“El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” Miqueas 7:19.

21 de Diciembre
“El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” Miqueas 7:19.

a1Dios nunca se aparta de Su amor, pero pronto se aparta de Su ira. Su amor por Sus escogidos es de acuerdo a Su naturaleza, pero Su ira es sólo de acuerdo a Su oficio: Él ama porque es amor, y frunce Su entrecejo porque es necesario para nuestro bien. Él volverá al lugar en el que descansa Su corazón, es decir, Su amor por los Suyos, y entonces tendrá compasión de nuestras aflicciones y les pondrá un término.

Qué promesa tan especial es esta: “¡Sepultará nuestras iniquidades!” Él las vencerá. Ellas procuran esclavizarnos, pero el Señor, con Su propia diestra, nos dará la victoria sobre ellas. Como los cananeos, serán derrotadas, puestas bajo el yugo, y al final serán suprimidas.

En cuanto a la culpa de nuestros pecados, ¡cuán gloriosamente es quitada! “Todos nuestros pecados”: todo el ejército de ellos; “echará”: sólo un brazo todopoderoso podría realizar tal maravilla; “en lo profundo del mar”: donde Faraón y sus carros se hundieron. No en las partes poco profundas, donde la marea pudiera sacarlos a la superficie, sino que “en lo profundo” serán sumergidos nuestros pecados. Todos han desaparecido. Se hundieron como una piedra en el fondo. ¡Aleluya! ¡Aleluya!

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

“Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno? Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día temiste continuamente del furor del que aflige, cuando se disponía para destruir. ¿Pero en dónde está el furor del que aflige?” Isaías 51:12, 13.

20 de Diciembre
“Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno? Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día temiste continuamente del furor del que aflige, cuando se disponía para destruir. ¿Pero en dónde está el furor del que aflige?” Isaías 51:12, 13.

a1El texto mismo ha de ser tomado como la porción para hoy. No hay necesidad de abundar sobre él. Tú que tiemblas, léelo, créelo, aliméntate de él, y arguméntalo delante del Señor. La persona que temes es, después de todo, sólo un hombre; mientras que quien promete consolarte es Dios, tu Hacedor, y el Creador del cielo y de la tierra. El consuelo infinito protege con creces de un peligro muy limitado.

“¿Dónde está el furor del que aflige?” Está en la mano del Señor. Es únicamente la furia de una criatura moribunda; furia que llegará a un fin tan pronto como el aliento abandone las fosas nasales. ¿Por qué, entonces, deberíamos temer a alguien que es tan frágil como nosotros mismos? No deshonremos a nuestro Dios convirtiendo en un dios al hombre insignificante. Podemos convertir en un ídolo a un hombre, teniéndole un miedo excesivo o rindiéndole un amor desordenado. Tratemos a los hombres como hombres, y a Dios como Dios; y entonces proseguiremos calmadamente por el sendero del deber, temiendo a Dios, y no temiendo a nadie más.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

“El guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado.” Salmo 34:20.

19 de Diciembre
“El guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado.” Salmo 34:20.

a1Por el contexto, esta promesa está dirigida al hombre justo muy afligido: “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová.” Podría sufrir heridas en su piel y heridas en su carne, pero no se le hará mayor daño, “ni un hueso suyo será quebrantado.”

Esto es un gran consuelo para un atribulado hijo de Dios, y un consuelo que me apresuro a aceptar; pues hasta esta hora no he sufrido un daño real por mis muchas aflicciones. No he perdido fe, ni esperanza, ni amor. Es más, lejos de perder estos huesos del carácter, han ganado en fortaleza y energía. Tengo más conocimiento, más experiencia, más paciencia, más firmeza de los que tenía antes de que vinieran las pruebas. Ni siquiera mi gozo ha sido destruido. Muchas contusiones he recibido por enfermedad, luto, depresión, calumnia y oposición; pero la contusión fue sanada, y no he sufrido fractura compuesta de hueso, y ni siquiera una fractura simple. La razón no está lejos para que necesite buscarse. Si confiamos en el Señor, Él guarda todos nuestros huesos; y si Él los guarda, podemos estar seguros que ni uno solo de ellos será quebrantado.

Vamos, corazón mío, no te aflijas. Te estás doliendo, pero no hay huesos rotos. Soporta la dureza, y desafía al miedo

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

“Como las aves que vuelan, así amparará Jehová de los ejércitos a Jerusalén.” Isaías 31:5.

18 de Diciembre
“Como las aves que vuelan, así amparará Jehová de los ejércitos a Jerusalén.” Isaías 31:5.

a1Con ala presurosa la madre de los pajaritos vuela veloz para proteger a sus polluelos. No pierde ni un momento en su camino cuando se acerca para proporcionarles comida, o guardarlos del peligro. Así vendrá el Señor como sobre alas de águila, para la defensa de Sus escogidos; sí, cabalgará sobre las alas del viento.

Con alas desplegadas la madre cubre a sus pequeñuelos en el nido. Los oculta interponiendo su propio cuerpo. La madre transmite su propio calor a sus polluelos, y hace de sus alas una casa en la que habitan como en su hogar. De la misma manera el propio Jehová se convierte en la protección de Sus elegidos. Él mismo es su refugio, su morada, su todo.

Como pájaro volando, y pájaro protegiendo (pues la palabra significa ambas cosas), así será el Señor para nosotros: y lo será repetida y exitosamente. Hemos de ser defendidos y preservados de todo mal: el Señor, que se compara a los pájaros, no será como ellos en su debilidad, pues Él es Jehová de los ejércitos. Que este sea nuestro consuelo: que el amor todopoderoso sea veloz para socorrernos, y seguro para cubrirnos. El ala de Dios es más rápida y más tierna que el ala de un pájaro, y nosotros pondremos nuestra confianza bajo Su sombra a partir de este momento y para siempre.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

“Y así estaremos siempre con el Señor.” 1 Tesalonicenses 4:17.

17 de Diciembre
“Y así estaremos siempre con el Señor.” 1 Tesalonicenses 4:17.

Mientras estemos aquí, el Señor está con nosotros, y cuando somos llamados a partir, estamos con Él. No se puede separar al santo de su Salvador. Ellos son uno, y siempre han de ser uno: Jesús no puede estar sin Su propio pueblo, pues sería una cabeza sin un cuerpo. Ya sea que seamos arrebatados en el aire, o que descansemos en el Paraíso, o que permanezcamos aquí, estamos con Jesús; ¿y quién nos apartará de Él?

¡Qué gozo es este! Nuestro honor supremo, nuestro descanso, nuestro consuelo y nuestro deleite, es estar con el Señor. No podemos concebir nada que sobrepase o que ni siquiera iguale esta sociedad divina. Por una santa comunión hemos de estar con Él en Su humillación, en Su rechazo, en Su sufrimiento, y luego estaremos con Él en Su gloria. Antes de mucho estaremos con Él en Su reposo y en Su realeza, en Su expectación y en Su manifestación. Nos irá como a Él le vaya, y triunfaremos conforme Él triunfe.

Oh Señor mío, si he de estar siempre contigo, tengo un destino incomparable. No envidiaré a un arcángel. Estar para siempre con el Señor es mi idea suprema del cielo. La gloria para mí no son las arpas de oro, ni las coronas inmarcesibles, ni la luz sin nubes; sino el propio Jesús, y yo con Él para siempre en una comunión íntima y amorosa.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

“Porque tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte.” Josué 17:18.

16 de Diciembre
“Porque tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte.” Josué 17:18.

a1Tener la certeza de la victoria es un gran estímulo que nos da valor, pues entonces el hombre sale confiado a la guerra, y se aventura en lugares a los que de otra manera habría estado temeroso de ir. Nuestra guerra es contra el mal que está dentro de nosotros y a nuestro alrededor, y hemos de estar persuadidos de que somos capaces de obtener la victoria, y de que lo haremos en el nombre del Señor Jesús. No estamos cabalgando para caernos, sino para triunfar; y triunfaremos. Dios, en Su omnipotencia, ejerce Su gracia para el derrocamiento del mal en toda forma: de aquí la certeza del triunfo.

Ciertos de nuestros pecados encuentran carros herrados en nuestra constitución, en nuestros hábitos anteriores, en nuestras compañías, y en nuestras ocupaciones. Sin embargo, hemos de vencerlos. Son muy fuertes, y en referencia a ellos nosotros somos muy débiles; no obstante, en el nombre de Dios hemos de vencerlos, y lo haremos. Si un pecado tiene dominio sobre nosotros, entonces no somos los hombres libres del Señor. El hombre que está sujeto por una sola cadena es todavía un cautivo. No hay tal cosa como ir al cielo si un pecado gobierna en nuestro interior, pues de los santos se dice: “el pecado no se enseñoreará de vosotros. ¡Arriba, entonces, maten a todo cananeo, hagan añicos todo carro herrado! El Dios de los ejércitos está con nosotros, ¿y quién resistirá Su poder que destruye al pecado?

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

“Y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.” Isaías 2:4.

15 de Diciembre
“Y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.” Isaías 2:4.

a1¡Oh, que estos tiempos felices ya hubiesen llegado! En el momento presente, las naciones están fuertemente armadas, e inventan todavía armas más y más terribles, como si el principal objetivo del hombre sólo pudiese ser cumplido destruyendo a miríadas de sus semejantes. Sin embargo, la paz prevalecerá un día; sí, y prevalecerá de tal manera que los instrumentos de destrucción serán moldeados con otras formas y utilizados para mejores propósitos.

¿Cómo se dará esto? ¿Por el comercio? ¿Por medio de la civilización? ¿A través del arbitraje? No lo creemos. La experiencia pasada nos impide confiar en instrumentos tan débiles. La paz será establecida únicamente por el reinado del Príncipe de Paz. Él ha de enseñar al pueblo por Su Espíritu, ha de renovar los corazones por Su gracia, y ha de reinar en ellos por Su poder supremo, y entonces ellos cesarán de herir y matar. El hombre es un monstruo una vez que su sangre está hirviendo, y solamente el Señor Jesús puede convertir a este león en un cordero. Al cambiar el corazón del hombre, sus pasiones sedientas de sangre son dominadas. Que cada lector de este libro de promesas ofrezca hoy una oración especial al Señor y Dador de Paz, para que ponga prontamente un fin a la guerra, y establezca la concordia en el mundo entero.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

“Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.” Apocalipsis 21:5.

14 de Diciembre
“Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.” Apocalipsis 21:5.

a1¡Gloria sea dada a Su nombre! Todas las cosas necesitan ser renovadas, pues están tristemente estropeadas y desgastadas por el pecado. Ya es tiempo que la vieja vestidura sea enrollada y puesta aparte, y que la creación de ponga su traje dominguero. Pero nadie más puede renovar todas las cosas excepto el Señor, que las hizo al principio; pues se necesita el mismo poder para hacer algo de lo malo, que para hacer algo de la nada. Nuestro Señor Jesús ha asumido la tarea, y Él es plenamente competente para llevarla a cabo. Él ya ha comenzado Su labor, y por siglos ha perseverado en regenerar los corazones de los hombres, y el orden de la sociedad. Gradualmente hará nueva toda la constitución del gobierno humano, y la naturaleza humana será transformada por Su gracia; y el día vendrá en el que el propio cuerpo será cambiado y conformado a semejanza de Su cuerpo glorioso.

¡Qué gozo es pertenecer a un reino en el que todo está siendo renovado por el poder de su Rey! No nos estamos muriendo: nos estamos apresurando a una vida más gloriosa. A pesar de la oposición de los poderes del mal, nuestro glorioso Señor Jesucristo está cumpliendo Su propósito, y haciéndonos a nosotros y a todas las cosas que nos rodean, “nuevos”, y tan llenos de belleza como cuando salieron al principio de la mano del Señor.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

¡Predicadores honestos!

¡Predicadores honestos!

a1Si hay alguien sincero debe ser el predicador. La sinceridad de un predicador consta de dos aspectos: habla en serio al estar en el púlpito y practica lo que dice cuando no está allí. De hecho, ambas cosas van de la mano inevitablemente, puesto que como dijera Richard Baxter: «quien habla en serio seguramente cumplirá lo que habla».

La juventud contemporánea nada detesta más que la hipocresía, y nada le es más atractivo que la sinceridad. Además, con ello refleja la mente de Cristo quien reservó sus denuncias más severas para los hipócritas. Los jóvenes detestan nuestras hipocresías y subterfugios de adultos. Tienen una percepción muy sensible, por la cual perciben el más pequeño olor a hipocresía religiosa a una distancia considerable. Sospechan especialmente de nosotros los predicadores y de nuestras pretensiones enfáticas; olfatean para ver qué inconsistencias pueden descubrir, así como los perros tras una rata que se esconde. No es que ellos sean por su parte invariablemente honestos y consecuentes; ¿qué ser humano caído lo ha sido alguna vez? Sin embargo, tienen razón en esperar altos niveles de integridad en nosotros puesto que los predicadores no son catedráticos que diserten sobre temas lejanos a su propia experiencia, interés y creencias; están comprometidos personalmente con su mensaje. Por ello, si hay alguien sincero debe ser el predicador.

La sinceridad de un predicador consta de dos aspectos: habla en serio al estar en el púlpito y practica lo que dice cuando no está allí. De hecho, ambas cosas van de la mano inevitablemente, puesto que como dijera Richard Baxter: «quien habla en serio seguramente cumplirá lo que habla».

La persona del Predicador

Su conversión. – La primera y más elemental aplicación del principio arriba mencionado para el predicador es que quien proclama el evangelio debe haber recibido el evangelio él mismo, y quien predica a Cristo debe conocerlo. ¿Qué diremos, entonces, acerca de la peculiaridad de un predicador inconverso, o un evangelista no evangelizado? Spurgeon lo retrata con su habitual agudeza:

  • Un pastor sin la gracia es un ciego elegido como catedrático de óptica, que filosofa acerca de la luz y la visión… ¡al tiempo que él mismo está en absoluta oscuridad!
  • Es un mudo elevado a la cátedra de música; ¡un sordo que escribe fluidamente sinfonías y armonías!

Nos reímos de esta imagen retórica bien ilustrada, pero no con la grotesca anomalía que ella describe. Sin embargo, aún existen personas así en los púlpitos de algunas iglesias.

No es posible citar una instancia más notable que la del Reverendo William Haslam. Ordenado al ministerio de la Iglesia de Inglaterra en 1842, trabajó arduamente en una parroquia del norte de Cornwall. Era un clérigo tratadista a quien le desagradaban verdaderamente los protestantes que no pertenecían a la Iglesia Anglicana; era además una autoridad en antigüedades y arquitectura. Pero no estaba satisfecho; no había una fuente de agua viva en su interior. En 1851, nueve años después de su ordenación, se encontraba predicando el evangelio del día en base al texto: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16.15), el Espíritu Santo (sin duda en respuesta a muchas oraciones) abrió sus ojos y su corazón para ver al Cristo del que hablaba y poder creer en él. El cambio que tuvo lugar en él fue tan obvio que un predicador local presente en la iglesia saltó y gritó: «¡El pastor se convirtió! ¡Aleluya!», en ese instante su voz se ahogó en las alabanzas de la congregación de 300 ó 400 personas. Haslam, por su parte, «se unió a la explosión de alabanza, y para hacerla más ordenada… entonó la doxología… y la gente cantó con la voz y el corazón, una y otra vez». Volaron las noticias de que «¡el pastor se había convertido, y este por su propio sermón, en su propio púlpito!».

Su conversión fue el comienzo de un gran avivamiento en su parroquia, que duró alrededor de tres años con un sentimiento vivo de la presencia de Dios, y conversiones casi diarias; en años posteriores, Dios lo llamó al ministerio sumamente inusual de llevar a muchos clérigos al conocimiento personal de Jesucristo.

Su vida privada. – Sin embargo, los miembros de la iglesia tienen derecho a esperar que el Espíritu Santo haya hecho más en la vida de los pastores que llevarlos a la conversión. Naturalmente, buscan también el fruto del Espíritu, es decir, la madurez del carácter cristiano. Pablo instó a Timoteo y a Tito a ser modelos del comportamiento cristiano. De forma similar, Pedro instruyó a los ancianos a ser «ejemplos para el rebaño», en lugar de dominarlo. El énfasis es claro. La comunicación se realiza por medio del símbolo como por el habla. Porque «un hombre no puede predicar solamente, también debe vivir. Y su vida, con todas sus pequeñas peculiaridades, hace una de dos cosas: o bien coarta su predicación, o le da carne y hueso». No podemos esconder lo que somos. Por cierto, lo que somos habla tan claramente como lo que decimos. Cuando se unen ambas voces, se duplica el impacto del mensaje; pero al contradecirse, incluso el testimonio positivo de una es negado por la otra. Este fue el caso del hombre que Spurgeon describe como un buen predicador pero un mal cristiano: «Predicaba tan bien y vivía tan mal, que cuando estaba en el púlpito todos comentaban que jamás debería dejarlo, y cuando lo dejaba todos declaraban que no debía subir a él de nuevo».

Es en este aspecto que se nos presenta un problema práctico. Se les enseña a los pastores a ser modelos de madurez cristiana. La congregación tiende a vernos como tal, a ponernos en un pedestal, a idealizarnos e incluso a idolatrarnos. Sin embargo, sabemos que la reputación que nos atribuyen es al menos parcialmente falsa, puesto que, si bien la gracia de Dios ha estado obrando en nosotros y continúa haciéndolo, no somos los ejemplos máximos de virtud que ellos tienden a pensar que somos. ¿Entonces, qué debemos hacer? ¿No es la misma sinceridad que estamos discutiendo la que exige que destruyamos el mito que han creado, y que divulguemos la verdad sobre nosotros mismos? ¿Qué grado de apertura personal es apropiado en el púlpito? Mi respuesta a estas importantes preguntas es que una vez más debemos evitar las reacciones extremas.

Por un lado, convertir el púlpito en un confesionario sería inapropiado, indecoroso, y no ayudaría a nadie. Por otro, disfrazarse de perfecto sería deshonesto de nuestra parte, además de desalentador para la congregación. Por ello, ciertamente debemos admitir que somos seres humanos caídos y frágiles, vulnerables a la tentación y al sufrimiento, que luchan con las dudas, el temor y el pecado, y que necesitan depender continuamente de la gracia de Dios que perdona y libera. De esta forma, el predicador puede seguir siendo un modelo, pero un modelo de humildad y verdad.

El cuidado de sí mismo. – A partir de lo anterior, nuevamente es obvio que la predicación no puede ser reducida al aprendizaje de algunas técnicas retóricas. Subyace toda una teología, y todo un estilo de vida. La práctica de la predicación no puede divorciarse de la persona del predicador.

De allí proviene el énfasis neotestamentario en la autodisciplina del pastor. «Tengan cuidado de sí mismos», fue la admonición de Pablo a los presbíteros de la iglesia de Éfeso, antes de agregar, «y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios» (Hch 20.28). Del mismo modo, escribió a Timoteo: «Ten cuidado de tu conducta y de tu enseñanza» (1 Ti. 4.16). Este orden es vital. Los pastores tenemos responsabilidades asignadas por Dios tanto hacia la congregación como hacia la doctrina que enseñamos, porque ambas nos han sido encargadas. Sin embargo, nuestra responsabilidad primera es hacia nosotros mismos; guardar nuestro caminar personal con Dios y nuestra lealtad hacia él. Nadie puede ser un buen pastor o maestro para otros si no es en primer lugar un buen siervo de Jesucristo. Los hábitos disciplinados de visitación y consejería pastoral por un lado, y de estudio teológico y preparación del sermón por el otro, se convierten en ejercicios infructuosos, a menos que vayan sustentados por hábitos de devoción personal, especialmente en meditación bíblica y oración.

Cada pastor sabe cuán exigente es su ministerio. Es posible que encontremos falta de comprensión e incluso oposición; ciertamente nos agotaremos en cuerpo y mente; puede que también debamos soportar la soledad y el desaliento. Incluso las personalidades más fuertes colapsan bajo el peso de estas presiones, a menos que el poder de Dios se esté revelando en nuestra debilidad, y la vida de Jesús se revele en nuestros cuerpos mortales, de modo que por dentro nos vayamos renovando día tras día (2 Co 4.7–11 y 16).

La relación indisoluble entre el predicador y la predicación se refleja en muchas de las definiciones de esta última. Una de las más conocidas fue la de Phillips Brooks:

  • La predicación es la comunicación de la verdad de un hombre a los hombres. Contiene dos elementos esenciales: la verdad y la personalidad. No es posible que carezca de alguno de ellos y continúe llamándose predicación.… La predicación es traer la verdad mediante la personalidad … la verdad es en sí misma un elemento fijo y estable; la personalidad es un elemento que varía y crece.

Henry Ward Beecher:

  • Un predicador es, en alguna medida, una reproducción de la verdad en una forma personal. La verdad debe existir en él como una experiencia viva, un glorioso entusiasmo, una intensa realidad.

Es posible discernir un énfasis algo similar en la definición de predicación del laico congregacional Bernard Lord Manning:

  • Una manifestación de la Palabra Encarnada, a partir de la Palabra Escrita, y mediante la Palabra Hablada. Es un acto de adoración extremadamente solemne, en que lo entregado, el Evangelio del Hijo de Dios, eclipsa e incluso transfigura al predicador que lo declara.

Es ciertamente inconcebible que un predicador no se conmueva con lo que predica. Es el mensaje el que hace al predicador, controla sus pensamientos e inspira sus obras. Estas tres definiciones enfatizan que existe un nexo indispensable entre el predicador y el acto de predicación.

Argumentos a favor de la sinceridad

Para la mayoría de las personas la sinceridad es una virtud que no necesita explicación; rara vez necesita ser mencionada. Sin embargo, la facilidad con que todos nos alejamos de la estricta honestidad y caemos en algún grado de fingimiento o hipocresía indica que sería prudente armarnos de argumentos. No es difícil encontrarlos; el Nuevo Testamento expone al menos tres.

Los peligros inherentes de ser un maestro. – Ciertamente la enseñanza es un don espiritual, y su ministerio es un gran privilegio. Al mismo tiempo, se trata de un ministerio lleno de peligro, puesto que los maestros que instruyen a otros no pueden aducir que ignoran su propio currículum. Tal como, escribiera Pablo sobre un rabino judío: «Ahora bien, tú que… estás convencido de ser guía de los ciegos y luz de los que están en la oscuridad, instructor de los ignorantes, maestro de los sencillos, pues tienes en la ley la esencia misma del conocimiento y de la verdad; en fin, tú que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo? (Ro 2.17–21). La razón por la que la hipocresía es particularmente desagradable en los maestros es que no tiene excusa. De ahí la dureza del juicio de Jesús sobre los fariseos: «porque no practican lo que predican» (Mt 23.1–3). Ésta es también la razón para el sorprendente consejo de Santiago: «Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad» (Stg 3.1).

La hipocresía causa gran ofensa. – Sin duda, muchas personas se han apartado de Cristo por el comportamiento hipócrita de algunos que dicen seguirlo. Pablo lo sabía, y estaba decidido a no ser piedra de tropiezo para la fe de otros: «Por nuestra parte, a nadie damos motivo alguno de tropiezo, para que no se desacredite nuestro servicio. Más bien, en todo y con mucha paciencia nos acreditamos como servidores de Dios» (2 Co 6.3, 4). Luego procedió a mencionar su resistencia y carácter como evidencia de la realidad de su fe. No existía dicotomía entre su mensaje y su comportamiento.

Con otros predicadores es distinto. Mientras estamos en el púlpito abogamos en gran manera por Cristo y por la salvación que él provee, pero cuando descendemos de él lo negamos y no damos, más que cualquier otro, evidencias de haber sido salvados. Es entonces cuando el mensaje carece de credibilidad. Si nuestra vida lo contradice, nadie aceptará nuestro mensaje cristiano más de lo que aceptarían un remedio para el resfrío recomendado por un vendedor que tose y estornuda entre cada frase. Obstaculizamos tremendamente nuestro trabajo si edificamos con nuestras bocas los domingos durante una o dos horas y luego derribamos todo con nuestras manos durante el resto de la semana:

  • Un error palpable en aquellos ministros que crean tal desproporción entre su predicación y su vida es que estudian arduamente para predicar correctamente y estudian poco o nada en absoluto para vivir correctamente [cursivas añadudas]. La semana completa no alcanza para estudiar cómo hablar por dos horas; y sin embargo una hora parece ser demasiado para estudiar cómo vivir toda la semana… Debemos estudiar con el mismo ímpetu tanto para vivir bien como para predicar bien. (Richard Baxter. The Reformed Pastor.)

La influencia positiva de ser una persona genuina. – Ello era evidente en el caso de Pablo. No tenía nada que esconder. Cuando se decidió a renunciar definitivamente a «todo lo vergonzoso que se hace a escondidas», su política fue «la clara exposición de la verdad», y recomendarse de este modo «a toda conciencia humana en la presencia de Dios» (2 Co 4.2). Detestaba la artimaña y el engaño. Ejerció su ministerio abiertamente, y podía apelar tanto a Dios como al hombre como testigos suyos (por ejemplo, 1 Ts 2.1–12). Su convicción personal, solidez de conducta y rechazo de todo subterfugio proporcionaron un fuerte fundamento a todo su ministerio. Nada de su vida o estilo de vida impedía que creyeran sus oyentes o podía ser usado como excusa para no creer. Creyeron en él porque era digno de buena fe. Lo que era y lo que decía era lo mismo.

Estoy convencido de que en nuestros días la simple sinceridad no ha perdido nada de su poder de atracción o impresión. Fue en 1954 cuando Billy Graham alcanzó los titulares por primera vez en Gran Bretaña, con su Gran Cruzada de Londres. Aproximadamente 12.000 personas llegaron a Haringay Arena cada noche durante tres meses. La mayoría de las veces estuve presente, y al mirar la vasta muchedumbre a mi alrededor no pude evitar compararla con nuestras iglesias medio vacías. «¿Por qué viene esta gente a escuchar a Billy Graham,» me preguntaba, «y no viene a escucharnos a nosotros?» Estoy seguro de que había muchas respuestas justas para esa pregunta. Pero lo que seguía respondiéndome a mí mismo era: «Ese joven evangelista norteamericano es de una sinceridad indisputable. Aun sus críticos más acérrimos coinciden en que es sincero. Realmente creo que es el primer predicador cristiano sincero y transparente que muchas personas han oído». Hoy, años después, no he encontrado razón para cambiar de opinión. Es así como la hipocresía siempre repele, pero la integridad o autenticidad siempre atraen.

Una de las principales evidencias de la autenticidad es estar dispuesto a sufrir por lo que creemos. Pablo hablaba de sus aflicciones como credenciales. El predicador insincero diluye el evangelio de la gracia, para evitar «ser perseguidos por causa de la cruz de Cristo» (Gá 5.11–6.12). El verdadero siervo de Dios, por otro lado, se acredita en todo por su resistencia a la oposición (2 Co 6.4, 5). Sus sufrimientos pueden ser asimismo internos puesto que el predicador es particularmente vulnerable a las dudas y la depresión. A menudo es mediante una lucha oscura y solitaria que ha emergido hasta alcanzar la luz de una fe serena. Sus oyentes pueden discernirlo, y le prestarán mayor atención. Colin Morris lo ha expresado de esta acertada forma:

  • No es desde un púlpito sino desde una cruz que se enuncian las palabras llenas de poder. Para ser eficaces, los sermones necesitan ser vistos ademas de escuchados. La elocuencia, la habilidad homilética y el conocimiento bíblico no bastan. La angustia, el dolor, el compromiso, el sudor y la sangre acentúan las verdades explícitas que escuchan los hombres.

La sinceridad personal es probablemente el mejor contexto para mencionar las materias prácticas de reproducción de la voz y los gestos, lo cual es causa de ansiedad para la mayoría de los predicadores jóvenes e inexpertos. Es comprensible que sientan aprehensión por su forma de hablar («¿cómo se oye?») y su porte («¿cómo me veo?»). En consecuencia, algunos deciden averiguar. Se paran ante el espejo, adoptan una variedad de poses y se observan al gesticular; también se escuchan por medio de una grabadora.

De hecho, hoy en día se combina la imagen y el sonido en la cámara de vídeo, la cual es usada regularmente por los seminaristas norteamericanos que aprenden a predicar, y también en otros países. Ahora bien, no es mi intención vedar el uso de estos aparatos, porque no me cabe duda de su utilidad. Y ciertamente la cinta audiovisual es preferible al espejo, puesto que delante del espejo de hecho se actúa, mientras que la cinta permite la evaluación posterior objetiva de un sermón, que ocurre en forma completamente natural. Sin embargo, aún quisiera advertirles de sus peligros. Si se mira al espejo y se escucha en un cassette, me temo que es posible que continúe observándose y escuchándose a sí mismo al estar en el púlpito. En ese caso, el predicador se condenará a una esclavitud paralizante de preocuparse por sí mismo justo en el momento— en el púlpito—en que es esencial cultivar el olvido de sí mismo mediante la creciente conciencia de la presencia de Dios. Además, el predicador no debe olvidarse que habla en nombre de Dios y se dirige a su pueblo. Sé que los actores hacen uso del espejo y la cinta, pero los predicadores no son actores ni el púlpito es un escenario. Así es que ¡cuidado! Puede tener más valor pedirle a un amigo sincero acerca de la voz y gestos en el púlpito, en especial si necesitan corrección. Un proverbio hindú dice que «quien tiene un buen amigo no necesita espejo». Luego podrá ser usted mismo y olvidarse de sí mismo.

Puedo dar testimonio del gran valor de tener uno o más «críticos laicos». Cuando comencé a predicar, a fines de 1945, le pedí a dos estudiantes de medicina, amigos míos, que asumieran ese papel. (¡Los médicos son excelentes para esta tarea porque están entrenados en el arte de la observación!) . Si bien recuerdo haber quedado devastado por algunas de las cartas que me escribieron, su crítica siempre fue sana. Ambos son hoy eminencias en el campo de la medicina. El predicador que pertenece a un equipo ciertamente debe solicitar el comentario de sus colegas. De hecho, la evaluación ocasional en grupo, ya sea del equipo pastoral o de un grupo de personas, convenido especialmente y que incluya a laicos, ha probado ser de inmenso valor para los predicadores. La evaluación irá más allá de la forma de hablar y gestos al contenido del sermón, incluido nuestro uso de la Escritura, nuestra idea principal y objetivo, nuestra estructura, palabras e ilustraciones, y nuestra introducción y conclusión.

En su Segunda Serie, Spurgeon incluye dos charlas sobre «Postura, acción y gestos, cuando se predica un sermón, ilustradas con caricaturas de clérigos que gesticulan en forma grotesca. Estas charlas contienen muchos consejos sabios y divertidos, y aun así es obvio que le preocupa que sus estudiantes preserven la naturalidad. Preferiría que fueran torpes e incluso excéntricos a que comiencen a «posar y actuar».20 Al respecto escribe:

Espero que hayamos abjurado de los trucos de los oradores profesionales: la tensión que busca el efecto, el clímax estudiado, la pausa preestablecida, el pavoneo teatral, la pronunciación afectada de las palabras y quién sabe qué más, lo cual es posible ver en ciertos clérigos pomposos que aún sobreviven en la faz de la tierra. Ojalá se conviertan pronto en animales extintos, y aprendamos todos una forma simple, natural y viva de explayarnos sobre el evangelio, puesto que estoy persuadido de que Dios bendecirá dicho estilo.

«Caballeros», dijo a sus estudiantes en otra charla, «retomo mi regla: usen su propia voz natural. No sean monos, sino hombres; no loros, sino hombres que muestren originalidad en todas las cosas… Yo repetiría esta regla hasta cansarlos, si creyera que la olvidarían: sean naturales, sean naturales, sean naturales siempre».

Esta naturalidad es hermana de la sinceridad. Ambas nos prohiben imitar a otros. Ambas dicen que seamos auténticos.

La predicación no puede ser aislada jamás del predicador. Es él quien determina tanto lo que dice como forma de expresión. Puede ver la gloria de la predicación y comprender su teología. Puede estudiar arduamente y prepararse bien. Puede ver la necesidad de relacionar la Palabra con el mundo, y tener el genuino deseo de ser un constructor de puentes. Sin embargo, puede que aún carezca del ingrediente vital (cuya falta nada puede compensar): la realidad espiritual personal. La sinceridad es una cualidad que es fruto del Espíritu Santo, que simplemente describe a una persona que cree en lo que dice y lo siente.

John R. W. Stott es conocido en todo el mundo como un experimentado pastor, evangelista, predicador, escritor y erudito reformado. Fue rector de «All Souls Church» (Londres), y fundador y director de «London Institute for Contemporary Christianity».

“Pero sucederá que al caer la tarde habrá luz.” Zacarías 14:7.

13 de Diciembre
“Pero sucederá que al caer la tarde habrá luz.” Zacarías 14:7.

a1Es una sorpresa que esto sea así, pues la amenaza de todas las cosas es que al caer la tarde oscurecerá. Dios suele obrar de una manera tan por encima de nuestros miedos y más allá de nuestras esperanzas que nos quedamos grandemente sorprendidos, y somos conducidos a alabar Su gracia soberana. No, no sucederá con nosotros como nuestros corazones están profetizando: la oscuridad no se profundizará en medianoche, sino que súbitamente se esclarecerá como el día. No debemos desesperar nunca. En los peores momentos confiemos en el Señor que torna la oscuridad de la sombra de muerte en mañana. Cuando la tarea de ladrillo es aumentada, Moisés aparece, y cuando abunda la tribulación, está más cerca de su fin.
Esta promesa debía ayudar a nuestra paciencia. La luz no puede venir plenamente mientras nuestras esperanzas estén bastante disminuidas por esperar todo el día sin propósito alguno. Para el malvado el sol se pone cuando todavía es de día: para el justo el sol se levanta cuando todavía es de noche. ¿No podemos esperar con paciencia esa luz celestial, que podría tardar en llegar, pero que con seguridad demostrará ser muy digna de la espera?

Vamos, alma mía, toma tu parábola y cántale a Él, que te bendecirá en la vida y en la muerte de una manera que sobrepasa todo lo que la naturaleza pudiere ver jamás en su punto culminante.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román

Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.