¿Qué significa creer en la santidad de la vida?

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¿Qué significa creer en la santidad de la vida?

La frase “santidad de la vida”, refleja la creencia de que debido a que las personas son creadas a imagen de Dios (Génesis 1:26-27), la vida humana tiene en sí un atributo sagrado que se tiene que proteger y respetar en todo momento. Mientras que Dios le dio la autoridad a la humanidad para matar y comer otras formas de vida (Génesis 9:3), el homicidio de otros seres humanos es expresamente prohibido con la pena de muerte (Génesis 9:6).

La humanidad fue creada a imagen de Dios, pero el pecado ha corrompido esa imagen. No hay nada inherentemente sagrado en el hombre en su condición caída. La santidad de la vida humana no se debe al hecho de que somos unos seres humanos maravillosos y buenos. La única razón por la que la santidad de la vida se aplica a la humanidad, es el hecho de que Dios nos creó a su imagen y nos aparta de todas las demás formas de vida. A pesar de que esa imagen ha sido manchada por el pecado, la imagen de Dios aún está presente en la humanidad. Somos semejantes a Dios, y esa semejanza significa que la vida humana siempre se debe tratar con dignidad y respeto.

La santidad de la vida significa que la humanidad es más sagrada que el resto de la creación. La vida humana no es santa en el mismo sentido en que Dios es santo. Sólo Dios es santo en sí mismo. La vida humana solo es santa en el sentido de estar “apartada” del resto de la vida creada por Dios. Muchos aplican la santidad de vida a temas como el aborto y la eutanasia, y, aunque definitivamente se aplica a esos temas, la aplicación es mucho mayor. La santidad de vida debe motivarnos a luchar contra toda forma de maldad y de injusticia que se perpetúa contra la vida humana. La violencia, el abuso, la opresión, el tráfico de personas, y muchas otras maldades también son violaciones de la santidad de la vida.

Más allá de la santidad de la vida, hay un argumento mucho mejor contra estas cosas: el más grande mandamiento. En Mateo 22:37-39, Jesús dice, “‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos mandamientos, vemos que nuestras acciones deben estar motivadas por el amor a Dios y por el amor a los demás. Si amamos a Dios, valoraremos nuestras propias vidas como parte del plan de Dios, para hacer su voluntad hasta que se haga realidad que nuestra muerte contribuya mejor a su voluntad. Y vamos a amar y a cuidar a su pueblo (Gálatas 6:10; Colosenses 3:12-15). Vamos a ver las necesidades de los ancianos y de los enfermos. Vamos a proteger a los demás de cualquier daño, ya sea por el aborto, la eutanasia, el tráfico de personas o de otros abusos. Mientras que el fundamento sea la santidad de la vida, el amor debe ser la motivación.

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¿Qué dice la biblia acerca de la popularidad / deseo de ser popular?

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¿Qué dice la biblia acerca de la popularidad / deseo de ser popular?

Todos anhelamos la aceptación por parte de los demás. Los bebés se socializan cuando aprenden a leer las señales de aquellos que quieren agradar y ajustan su comportamiento como corresponde. Sin embargo, cuando buscamos la mayor parte de nuestra aprobación y autoestima en las opiniones de otras personas, estamos en el camino equivocado. La opinión popular cambia constantemente, y cuando ponemos demasiada importancia en eso, nos estamos preparando para una continua decepción. Mientras persigamos la popularidad como un medio para la felicidad, estamos entrando en la idolatría. Cuando encontramos nuestro valor personal en algo o en alguien aparte de Dios, estamos creando un ídolo. Un ídolo es alguna cosa o persona que usamos para satisfacer profundas y sinceras necesidades que sólo Dios puede suplir.

El deseo de ser popular es más que simplemente querer que otros tengan un buen concepto de nuestro carácter. Tenemos que desear tener un buen testimonio en el mundo (Filipenses 2:15). Un enfoque en la popularidad es una obsesión con uno mismo. El ansia de popularidad es parte del “orgullo de la vida” que se menciona en 1 Juan 2:16. El ego se siente bien cuando nos considerarnos populares, y tendemos a disfrutar ese sentimiento, en lugar de tratar honestamente con nosotros mismos respecto a nuestras propias debilidades. Esto conduce al orgullo. El orgullo infla la visión que tenemos de nuestra propia importancia y nos ciega a nuestros pecados y faltas (Proverbios 16:18; Romanos 12:3).

La popularidad es un dios escurridizo que muchos han perseguido para su propia destrucción. El rey Herodes estaba disfrutando de popularidad en el momento mismo de su espantosa muerte pública (Hechos 12:19-23). Los falsos maestros siempre son populares con las multitudes que tiene “comezón de oír” (2 Timoteo 4:3). Un triste ejemplo de escoger la popularidad por encima de Dios, se encuentra en Juan 12:42-43: “Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios”. Todos los que desean ser populares muchas veces tendrán que elegir entre la aprobación de los demás y la aprobación de Dios. El plan de Dios y el plan del mundo para nosotros a menudo está en conflicto (1 Juan 2:15). Para ser “popular”, debemos elegir el mundo. Pero al hacerlo, estamos dando a entender que Jesús no es Señor de nuestra vida, sino que somos nosotros (Lucas 9:23).

Gálatas 1:10 dice, “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo”. Según este versículo, no podemos siempre complacer a Dios y al mundo. El deseo de la popularidad está arraigado en nuestra vieja naturaleza pecaminosa. Cuando cedemos a ella, estamos viviendo “según la carne” (Romanos 8:5, 12). Incluso los líderes cristianos pueden caer presa de este deseo seductor. Los maestros o predicadores que se intoxican con su propia popularidad, están en riesgo. Si no se controla, el deseo de ser popular puede llevarlos a que se conviertan en aquellos que complacen a los hombres, que enseñen herejías (2 Pedro 2:1), y que diseñen sus ministerios para complacer a la mayoría de la gente (2 Timoteo 4:3) en lugar de permanecer fiel a “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27).

Jesús es nuestro modelo. Él era el favorito tanto con Dios como con los hombres en la medida que crecía (Lucas 2:52). Sin embargo, nunca hubo una lucha en Su mente acerca de lo que iba a elegir, y eso lo demostró una y otra vez (Juan 8:29; Marcos 1:11). Él no dejó que la popularidad temporal lo influenciara o lo distrajera de Su propósito (Juan 6:15). Él nunca evadió las duras verdades, incluso cuando eso significó el rechazo (Juan 6:66), las amenazas (Juan 11:53-54) y, finalmente, la muerte (Juan 19:16).

Jesús nos da un ejemplo perfecto de la manera que Él quiere que nos relacionemos con los demás. No estamos aquí para hacernos famosos. Estamos aquí en una misión de nuestro Padre celestial (Hechos 1:8; Mateo 28:19). Las personas pueden amarnos, o pueden odiarnos, pero nuestro compromiso con nuestro objetivo nunca debe flaquear (Hebreos 12:1-3). Cuando decidimos dejar que Dios defina nuestro valor en lugar de otras personas, nos libramos para cumplir todo lo que Jesús nos llama a hacer. Él sabía que iba a ser difícil, pero nos dio el mejor consejo cuando dijo, “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos…” (Mateo 5:11-12).

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¿Qué dice la Biblia acerca del orgullo?

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¿Qué dice la Biblia acerca del orgullo?

Existe una diferencia entre la clase de orgullo que Dios odia (Proverbios 8:13) y la clase de orgullo que sentimos acerca de un trabajo bien realizado (Gálatas 6:4) o el tipo de orgullo que expresamos por el logro de los seres queridos (2 Corintios 7:4). La clase de orgullo que procede de la autojustificación o vanidad es pecado y Dios lo aborrece porque es un obstáculo para buscarle a Él.

El Salmo 10:4 explica que los orgullosos están tan llenos de sí mismos que sus pensamientos están lejos de Dios: “El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos”. Esta clase de orgullo altanero, es lo opuesto al espíritu de humildad que Dios busca: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3). Los “pobres de espíritu” son aquellos que reconocen su total bancarrota espiritual y su incapacidad para venir a Dios aparte de Su divina gracia. Los orgullosos, por otra parte, están tan cegados por su soberbia, que piensan que no tienen necesidad de Dios o aún peor, que Dios debe aceptarlos como son, porque ellos merecen ser aceptados.

A través de toda la Escritura, se nos habla acerca de las consecuencias del orgullo. Proverbios 16:18-19 nos dice que, “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu. Mejor es humillar el espíritu con los humildes, que repartir despojos con los soberbios”. Satanás fue echado del cielo por su orgullo (Isaías 14:12-15). Él tuvo la egoísta audacia de intentar reemplazar a Dios Mismo como el legítimo gobernante del universo. Sin embargo, Satanás será lanzado al abismo del infierno en el juicio final de Dios. Para aquellos que se levantan desafiantes contra Dios, no les espera nada más que el desastre, “Porque yo me levantaré contra ellos, dice Jehová de los ejércitos, y raeré de Babilonia el nombre y el remanente, hijo y nieto, dice Jehová” (Isaías 14:22).

El orgullo ha impedido que mucha gente acepte a Jesucristo como su Salvador personal. El rehusar admitir el pecado y reconocer que en nuestras propias fuerzas no podemos hacer nada para heredar la vida eterna, ha sido una piedra de tropiezo para la gente soberbia. No debemos gloriarnos de nosotros mismos; si queremos gloriarnos, entonces debemos proclamar las glorias de Dios. Lo que decimos de nosotros mismos, no significa nada en la obra de Dios. Es lo que Dios dice acerca de nosotros, lo que hace la diferencia (2 Corintios 10:18).

¿Por qué es el orgullo un pecado tan grande? El orgullo es darnos el crédito a nosotros mismos por algo que Dios ha hecho. El orgullo toma la gloria que solo le corresponde a Dios y la guardamos para nosotros mismos. El orgullo es en esencia una auto adoración. Cualquier cosa logremos en este mundo, no habría sido posible si no fuera por Dios que nos capacita y nos sostiene. “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras hecho?” (1 Corintios 4:7). Eso es por lo que le damos la gloria a Dios – porque solo Él la merece.

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¿Qué dice la Biblia acerca de la fe?

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¿Qué dice la Biblia acerca de la fe?

Hebreos 11:1 nos dice que la fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Tal vez ningún otro componente de la vida cristiana es más importante que la fe. No la podemos comprar, ni vender, ni tampoco dársela a nuestros amigos. Entonces, ¿Qué es la fe? y ¿Qué papel juega la fe en la vida cristiana? El diccionario define la fe como “la creencia en, devoción a, o confianza en alguien o algo, especialmente sin prueba lógica”. También define la fe como “la creencia en y devoción a Dios”. La Biblia tiene mucho más que decir sobre la fe y lo importante que es. De hecho, es tan importante que sin fe no tenemos ningún lugar con Dios, y es imposible agradarlo (Hebreos 11:6). La fe es la creencia en el Dios único y verdadero, sin verlo realmente.

¿De dónde proviene la fe? La fe no es algo que evocamos por nuestra cuenta, ni es algo de nacimiento, tampoco es un resultado de la diligencia en estudiar o buscar lo espiritual. Efesios 2:8-9 deja claro que la fe es un don de Dios, no porque lo merecemos, lo hemos ganado, o somos dignos de tenerlo. No es de nosotros mismos; es de Dios. No se obtiene por nuestro poder o nuestro libre albedrío. Simplemente nos es dada por Dios, junto con Su gracia y misericordia, según Su santo plan y propósito, y por eso, Él recibe toda la gloria.

¿Por qué tener fe? Dios diseñó una forma de distinguir entre aquellos que le pertenecen a Él y quienes no, y esto se llama la fe. Simplemente, necesitamos fe para complacer a Dios. Dios nos dice que le agrada que creamos en Él, aunque no lo podemos ver. Una parte clave de Hebreos 11:6 nos dice que “es galardonador de los que le buscan”. Esto no quiere decir que tenemos fe en Dios sólo para obtener algo de Él. Sin embargo, Dios quiere bendecir a aquellos que son obedientes y fieles. Vemos un ejemplo perfecto de esto en Lucas 7:50. Jesucristo dialoga con una mujer pecadora cuando Él nos da una idea de por qué la fe es tan gratificante. “Tu fe te ha salvado; ve en paz”. La mujer creyó en Jesucristo por la fe y Él la recompensó por ello. Finalmente, la fe es lo que nos sostiene hasta el final, sabiendo por la fe que estaremos en el cielo con Dios por toda la eternidad. “Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues [obtienen] la meta de su fe, que es su salvación” (1ª Pedro 1:8-9).

Ejemplos de fe. Hebreos capítulo 11 es conocido como “el capítulo de la fe” porque en él se describen grandes actos de fe. Por la fe Abel ofreció un sacrificio agradable a Dios (v. 4); por la fe Noé preparó el Arca en una época cuando la lluvia era desconocida (v. 7); por la fe Abraham salió de su casa y obedeció el mandato de Dios de ir sin saber a dónde, luego voluntariamente ofreció a su único hijo (vv. 8-10, 17); por la fe Moisés condujo a los hijos de Israel fuera de Egipto (vv. 23-29); por la fe Rahab recibió a los espías de Israel y salvó su vida (v. 31). Muchos héroes de la fe se mencionan “los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros” (vv. 33-34). Claramente, la existencia de la fe se demuestra por la acción.

La fe es la piedra angular del cristianismo. Sin demostrar fe y confianza en Dios no tenemos lugar con Él. Creemos en la existencia de Dios por la fe. La mayoría de las personas tiene un concepto vago, inconexo de quién es Dios, pero les falta la reverencia necesaria para Su posición exaltada en sus vidas. Estas personas carecen de la verdadera fe necesaria para tener una relación eterna con el Dios que los ama. La fe nos puede fallar a veces, pero debido a que es el regalo de Dios, dado a Sus hijos, Él provee tiempos de prueba y dificultad para demostrar que nuestra fe es real y para afilarla y fortalecerla. Esto es por qué Santiago nos dice tenerlo por “sumo gozo” porque la prueba de nuestra fe produce perseverancia y nos madura, aportando la evidencia de que nuestra fe es real (Santiago 1:2-4).

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¿Qué es la lujuria? ¿Qué tiene que decir la Biblia acerca de la lujuria?

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¿Qué es la lujuria?

¿Qué tiene que decir la Biblia acerca de la lujuria?

La definición del diccionario de la lujuria es “1) un intenso o incontrolable deseo sexual, o 2) un deseo o apetito irresistible”. La Biblia habla de la lujuria de varias maneras. Éxodo 20:14,17, “No cometas adulterio… No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca”. O Mateo 5:28, “Pero yo les digo que cualquiera que mira a una mujer y la codicia ya ha cometido adulterio con ella en el corazón”. Y Job 31:11-12: “Porque es maldad e iniquidad que han de castigar los jueces. Porque es fuego que devoraría hasta el Abadón, Y consumiría toda mi hacienda”.

La lujuria tiene como enfoque agradarse a sí mismo, y a menudo conduce a acciones perjudiciales para satisfacer los deseos, sin considerar las consecuencias. La lujuria tiene que ver con posesión y codicia. La fe cristiana tiene que ver con la abnegación y está marcada por una vida santa (Romanos 6:19, 12:1-2; 1 Corintios 1:2,30, 6:19-20; Efesios 1:4, 4:24; Colosenses 3:12; 1 Tesalonicenses 4:3-8, 5:23; 2 Timoteo 1:9; Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:15-16). El objetivo de cada persona que ha depositado su fe en Jesucristo es volverse más y más como Él cada día. Esto significa despojarse de la vieja forma de vida la cual estaba en control, y conformar los pensamientos y acciones al estándar enseñado en la Escritura. La lujuria está en oposición a este ideal.

Nadie nunca será perfecto ni tampoco alcanzará la impecabilidad (es decir, un estado sin pecado) mientras vive todavía en esta tierra, sin embargo, sigue siendo un objetivo para el cual nos esforzamos. La Biblia hace una declaración fuerte al respecto en 1 Tesalonicenses 4:7-8, “Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo”. Si la lujuria no ha tomado control aún de tu corazón y mente, prepárate mediante una vida intachable para combatir las tentaciones de la lujuria. Si actualmente luchas con la lujuria, es hora de confesar tu pecado a Dios y pedir Su intervención en tu vida, para que la santidad pueda ser una marca de tu vida también.

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¿Cuál es el Día del Señor?

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¿Cuál es el Día del Señor?

 El Día del Señor (a diferencia del Día de Jehová), es el domingo. La frase Día del Señor se utiliza sólo una vez en las Escrituras. Apocalipsis 1:10 dice, “Yo estaba en el Espíritu en el Día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta”. Puesto que el apóstol Juan no da detalles sobre el significado de “el Día del Señor”, podemos asumir que su público objetivo, los cristianos del primer siglo, ya estaban familiarizados con la expresión.

Algunos suponen que el Día del Señor es lo que en el Nuevo Testamento es equivalente al sábado o día de reposo. Dios instituyó el día de reposo para la nación de Israel, con el propósito de conmemorar su liberación de Egipto (Deuteronomio 5:15). El día de reposo comenzó el viernes a la puesta del sol y terminó el sábado al atardecer, e iba a ser un día de completo descanso de todo el trabajo, simbolizando el reposo del Creador el séptimo día (Génesis 2:2-3; Éxodo 20:11; 23:12). El día de reposo fue una señal especial para los israelitas que habían sido separados para ser seguidores del Dios altísimo. Al guardar el día de reposo, les ayudaría a distinguirse de las naciones vecinas. Sin embargo, en ninguna parte de las Escrituras se considera el día de reposo como el Día del Señor. El término día de reposo todavía se usaba dentro de la comunidad judía en los tiempos del Nuevo Testamento, y tanto Jesús como los apóstoles lo mencionan (Mateo 12:5; Juan 7:23; Colosenses 2:16).

El domingo fue el día en que Jesucristo resucitó de los muertos, un acto que separó para siempre el cristianismo de cualquier otra religión (Juan 20:1). Desde ese momento, los creyentes se han reunido el primer día de la semana para celebrar la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte (Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2). Aunque Dios designó el día de reposo como un día santo, Jesús demostró que Él era el Señor del día de reposo (Mateo 12:8). Jesús dijo que no había venido a abolir la ley, sino a cumplirla. El guardar la ley no puede justificar a nadie; la humanidad pecaminosa puede ser declarada justa sólo a través de Jesús (Romanos 3:28). Pablo hace eco de esta verdad en Colosenses 2:16-17, cuando escribe, “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo”.

El Día del Señor se considera normalmente como el domingo, pero no se trata de un equivalente directo para el día de reposo judío (sábado), en otras palabras, el domingo no es el “día de reposo cristiano”. Aunque no estamos bajo la ley, si debemos apartar un día para descansar y honrar al Señor, quién murió y resucitó por nosotros (Romanos 6:14-15). Como seguidores de Jesús, nacidos de nuevo, somos libres para adorarlo cualquier día en que nuestra conciencia lo determine. Romanos 14 da una clara explicación de cómo los cristianos pueden lidiar con esas zonas grises sutiles del discipulado. Los versículos 5 y 6 dicen, “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente.

El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios”.

Algunos judíos mesiánicos desean continuar considerando al día de reposo (sábado) como santo, por causa de su herencia judía. Algunos gentiles cristianos se unen a sus hermanos y hermanas judíos, para guardar el sábado como una forma de honrar a Dios. Adorar a Dios el sábado es aceptable, y vale la pena mencionar que el día de la semana no es el asunto más importante, sino la motivación en el corazón detrás de esa elección. Si el legalismo o el guardar la ley motiva la elección de observar el sábado (día de reposo), entonces esa elección no se hace con una actitud correcta de corazón (Gálatas 5:4). Cuando nuestros corazones son puros delante del Señor, somos libres para adorarlo el sábado (el sabbat) o el domingo (el Día del Señor). Dios está igualmente complacido con ambos.

Jesús advirtió en contra el legalismo cuando citó al profeta Isaías: “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Mateo 15:8-9; ver Isaías 29:13). Dios no está interesado en que guardemos los rituales, normas o requisitos. Él quiere corazones que estén incendiados por el fuego de Su amor y de Su gracia, el día sábado (día de reposo), en el Día del Señor, y todos los días (Hebreos 12:28-29; Salmo 51:15-17).

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¿Puede Satanás leer nuestras mentes o conocer nuestros pensamientos?

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¿Puede Satanás leer nuestras mentes o conocer nuestros pensamientos?

 En primer lugar, es importante que recordemos que Satanás no es omnipresente, él no puede estar en más de un lugar al mismo tiempo. Sólo Dios está en todas partes, y sólo Dios sabe todo, mientras que Satanás debe apoyarse en su ejército de demonios para hacer su voluntad.

¿Puede Satanás o sus demonios leer nuestras mentes? No. 1 Reyes 8:39 dice que sólo Dios conoce el corazón de todo ser humano. No hay nadie más que tenga esa capacidad. Dios sabe lo que vamos a decir antes de que lo podamos decir, cuando el pensamiento aún se está elaborando (Salmo 139:4). Jesús, siendo Dios encarnado, demostró la cualidad divina de conocer los pensamientos de los hombres: “Él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2:25; cf. Mateo 9:4; Juan 6:64).

La Biblia nos enseña que Satanás es poderoso. Posiblemente él fue el mayor de todos los ángeles caídos, ya que fue lo suficientemente persuasivo para convencer a un tercio de los ángeles a que se unieran a él en su rebelión (Apocalipsis 12:4). Incluso después de la caída de Satanás, ni siquiera el arcángel Miguel se atrevió a enfrentarlo sin la ayuda del Señor (Judas 1:9). Satanás es el “príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2b). Sin embargo, el poder de Satanás tiene sus límites, y parece que el leer nuestras mentes está más allá de su capacidad.

Para que Satanás y sus demonios lean nuestras mentes, se necesitaría que fueran omniscientes, y esto es algo que no tienen. Dios es el único que puede conocer nuestros pensamientos. Sin embargo, Satanás y sus demonios han estado observando y tentando a los seres humanos desde hace miles de años. Sin duda, con el tiempo han aprendido unas cuantas cosas sobre nosotros. Incluso sin tener la capacidad de conocer nuestros pensamientos, pueden hacer un buen cálculo en cuanto a saber qué estamos pensando y luego intentar usar esto para su provecho. Por esa razón se nos ordena “Someteos, pues, a Dios” (Santiago 4:7a), antes de que se nos diga “resistid al diablo” (Santiago 4:7b).

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¿Debe la tradición Católica tener igual o mayor autoridad que la Biblia?

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¿Debe la tradición Católica tener igual o mayor autoridad que la Biblia?

¿Debe concederse a las tradiciones eclesiásticas la misma autoridad que tienen las Escrituras? o, ¿deben seguirse las tradiciones de la iglesia solo si están en total concordancia con la Escritura? La respuesta a estas preguntas juega un importante papel para determinar lo que tu crees y cómo vives la vida cristiana. Nuestra postura es que la Escritura es la única fuente autoritativa e infalible para la doctrina y la práctica cristiana. Las tradiciones solo son válidas si tienen su origen en el firme fundamento de la Escritura, y si están en total acuerdo con toda la Escritura. A continuación veremos siete razones bíblicas que respaldan la enseñanza de que la Biblia debe ser aceptada como la autoridad para la fe y la práctica:

(1) Es la Escritura de quien se dice haber sido inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16), y es la Escritura la que contiene la repetida frase, “Así dice el SEÑOR…” en otras palabras, es la Palabra escrita la que repetidamente es vista como la Palabra de Dios. De ninguna tradición eclesiástica, se ha dicho que sea igualmente infalible e inspirada por Dios.

(2) Es la Escritura a quien Jesús y los apóstoles recurrían una y otra vez para el soporte o defensa de sus acciones y enseñanzas (Mateo 12:3,5; 19:4; 22:31; Marcos 12:10) Hay más de 60 versos en los que leerás “está escrito….” usado por Jesús y los apóstoles para respaldar sus enseñanzas.

(3) Es la Escritura hacia donde la iglesia es encomendada para combatir el error que habría de surgir (Hechos 20:32). De igual manera, era la palabra escrita la que era consultada en el Antiguo Testamento como fuente de verdad y sobre la cual basaban sus vidas. (Josué 1:8; Deuteronomio 17:18-19; Salmo 1; Salmo 19:7-11; 119; etc.) Jesús dijo que una de las razones por la que los saduceos estaban en un error concerniente a la resurrección, es que ellos no conocían las Escrituras (Marcos 12:24)

(4) La infalibilidad jamás se estableció como posesión de aquellos que se convirtieran en líderes de la iglesia en sucesión a los apóstoles. En ambos Testamentos, Antiguo y Nuevo, se puede ver que algunos designados como líderes religiosos, eran responsables de que el pueblo de Dios se extraviara en el error (1 Samuel 2:27-36; Mateo 15:14; 23:1-7; Juan 7:48; Hechos 20:30; Gálatas 2:11-16). Ambos Testamentos exhortan a la gente a estudiar las Escrituras para determinar lo que es verdadero y lo que es falso (Salmos 19; 119; Isaías 8:20; 2 Timoteo 2:15; 3:16-17). Mientras que Jesús enseñó respeto hacia los líderes religiosos (Mateo 23:3), enseñanza que siguieron los apóstoles; tenemos también el ejemplo de los mismos apóstoles de resistir la autoridad de sus líderes religiosos, cuando estaba en oposición a los que Jesús había ordenado (Hechos 4:19)

(5) Jesús compara las Escrituras con la palabra de Dios (Juan 10:35). En contraste, cuando se trata de tradiciones religiosas, Él condena algunas de ellas, porque contradicen la Palabra escrita (Marcos 7:1-13). Jamás utilizó Jesús las tradiciones religiosas para dar soporte a Sus acciones o enseñanzas. Antes de la escritura del Nuevo Testamento, el Antiguo Testamento era la única Escritura inspirada. Sin embargo, había literalmente cientos de “tradiciones” judías registradas en el Talmud (una colección de comentarios compilados por los rabinos judíos). Jesús y los apóstoles tenían tanto el Antiguo Testamento como la tradición Judía. Pero en ninguna parte de la Escritura Jesús o alguno de los apóstoles se refiere a las tradiciones judías. En contraste, Jesús y los apóstoles citan o aluden al Antiguo Testamento cientos de veces. Cuando los fariseos acusaron a Jesús y los apóstoles de “quebrantar las tradiciones” (Mateo 15:2), Jesús les respondió con una reprensión, “…¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?” (Mateo 15:3) La manera en que Jesús y los apóstoles distinguían entre las Escrituras y las tradiciones que tenían, es un ejemplo para la iglesia. Jesús específicamente reprende el tratar a los “mandamientos de hombres” como doctrinas (Mateo 15:9).

(6) Es la Escritura la que tiene la promesa de infalibilidad; que toda ella sería cumplida. Nuevamente, nunca es dada esta promesa a las tradiciones de la iglesia (Salmos 119:89, 152; Isaías 40:8; Mateo 5:18; Lucas 21:33).

(7) Son las Escrituras las que son el instrumento del Espíritu Santo y Su medio para derrotar a Satanás y cambiar vidas. (Hebreos 4:12; Efesios 6:17).

“… y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” (2 Timoteo 3:15-17). “¡A la lay y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20)

“Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” (Hechos 17:10-11) Aquí, la gente judía del pueblo de Berea fue elogiada por corroborar en las Escrituras las enseñanzas que estaban oyendo de Pablo. Ellos no solo aceptaron las palabras de Pablo como autoritativas; ellos examinaron las palabras de Pablo, comparándolas con la Escritura, y comprobaron que eran verdaderas.

En Hechos 20:27-32, Pablo reconoció públicamente que se levantarían “lobos” y falsos maestros “de vosotros mismos” (dentro de la iglesia). ¿A quién los encomendó? “A Dios y a la palabra de Su gracia”. Él no los encomendó a los “líderes de la iglesia” (ellos eran los líderes de la iglesia), ni a las tradiciones de la iglesia, ni al cuidado de un anciano en particular. En vez de eso, Pablo los dirigió a la Palabra de Dios.

En resumen, mientras que no hay un verso específico que establezca que solamente la Biblia es nuestra autoridad; la Biblia una y otra vez nos da ejemplos de las advertencias de volvernos a la Palabra escrita como nuestra fuente de autoridad. Cuando se trata de examinar el origen de la enseñanza de un profeta o líder religioso, siempre se recurre a la Escritura como la norma seguir.

La Iglesia Católica Romana utiliza un número de pasajes bíblicos para dar soporte y conferir a las tradiciones el mismo valor que tiene la Escritura. Estos son algunos de los pasajes más comúnmente utilizados, junto con una breve explicación:

“Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.” ( 2 Tesalonicenses 2:15) “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros.” (2 Tesalonicenses 3:6) Estos pasajes se refieren a las tradiciones que los Tesalonicenses habían recibido de Pablo mismo, ya fueran orales o escritas. No se refieren a tradiciones que ellos hayan heredado, sino a enseñanzas que ellos mismos habían recibido, ya fuera de la boca o de la pluma de Pablo.

Pablo no les está dando su bendición sobre toda la tradición, sino más bien solo en las tradiciones que él les ha transmitido a los tesalonicenses. Esto está en contraste con las tradiciones de la Iglesia Católica Romana, las cuales han surgido a partir del siglo cuarto en adelante, no de la boca o la pluma de uno de los apóstoles.

“Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y valuarte de la verdad.” ( 1 Timoteo 3:14-15) La frase “columna y valuarte de la verdad” no indica que la iglesia sea creadora de la verdad, o que pueda originar tradiciones para complementar o suplir la Escritura. La iglesia que es la “columna y valuarte de la verdad” simplemente significa que la iglesia es la proclamadora y defensora de la verdad. El Nuevo Testamento alaba a las iglesias por proclamar la verdad, “Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor…” (1 Tesalonicenses 1:8). El Nuevo Testamento encomendaba a los primeros cristianos a defender la verdad, “… y en la defensa y confirmación del evangelio, todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia.” (Filipenses 1:7). No hay un solo verso en toda la Escritura que indique que la iglesia tiene la autoridad de desarrollar, o de decretar una nueva verdad como salida de la boca de Dios.

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14:26). Esta era una promesa dada solamente a los apóstoles. El Espíritu Santo ayudaría a los apóstoles a recordar todo lo que Jesús les había dicho. En ninguna parte la Escritura establece que habría una línea apostólica de sucesores, y que la promesa también sería para ellos.

“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:18-19). Estos versos son usados por la Iglesia Católica Romana para basar su enseñanzas de que Pedro fue el primer Papa, y que la iglesia fue construida sobre él. Pero cuando es tomada en contexto con lo que sucede en el Libro de los Hechos, encuentras que Pedro fue quien abrió el evangelio al mundo en el sentido de que fue él quien primero predicó el evangelio de Cristo en el día de Pentecostés (Hechos 2). Fue él quien primero predicó el evangelio a los gentiles (Hechos 10) Así que, el atar y desatar fue hecho a través de la predicación del evangelio, no a través de ninguna tradición Católica Romana.

Mientras que es claramente evidente que la Escritura arguye su propia autoridad, en ninguna parte argumenta que “la autoridad de la tradición sea igual que la de la Escritura”. De hecho, el Nuevo Testamento tiene más que decir en contra de las tradiciones de lo que lo hace a favor de éstas.

La Iglesia Católica Romana, argumenta que la Escritura fue dada a los hombres por la Iglesia y que por lo tanto la Iglesia tiene igual o mayor autoridad que ella. Sin embargo, aún entre los escritores de la Iglesia Católica Romana (del Primer Concilio Vaticano), encontrarán la confesión de que los concilios eclesiásticos que determinaron cuáles libros debían ser considerados como la Palabra de Dios, no hicieron más que reconocer que el Espíritu Santo ya lo había hecho evidente. Esto es, la Iglesia no le “dio” las Escrituras al hombre, sino simplemente “reconoció” lo que Dios, a través del Espíritu Santo ya había dado. Como lo establece A. A. Hodge: el que un campesino reconozca a un príncipe y pueda llamarlo por su nombre, eso no le da el derecho de gobernar sobre el reino. De igual manera, un concilio eclesiástico que reconoce cuáles libros fueron inspirados por Dios y poseen las características de un libro inspirado por Dios, eso no le concede la misma autoridad de estos libros.

En resumen, uno no puede encontrar un solo pasaje que diga que “solo la Palabra escrita y no la tradición, es nuestra única autoridad para la fe y la práctica” Al mismo tiempo, lo que también debe ser admitido es que repetidamente, los escritores del Antiguo Testamento, Jesús y los apóstoles, consultaban las Escrituras como su instrumento de guía, y encomendaron hacer lo mismo a cualquiera y a todos los que los siguieran.

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¿Cuáles son los peligros del postmodernismo?

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¿Cuáles son los peligros del postmodernismo?

En pocas palabras, el postmodernismo es una filosofía que afirma que no hay una verdad objetiva o absoluta, especialmente en materia de religión y espiritualidad. Cuando son confrontados con una afirmación de la verdad, en relación a la realidad de Dios y práctica religiosa, la opinión del postmodernismo se ejemplifica en la declaración del: “eso puede ser verdad para ti, pero no para mí”. Mientras que tal respuesta puede ser totalmente apropiada cuando se discute sobre comida favorita o preferencias sobre el arte, tal mentalidad es peligrosa cuando se aplica a la realidad, porque confunde asuntos de opinión con asuntos sobre la verdad.

El término “postmodernismo” significa literalmente “después del modernismo” y es usado para describir filosóficamente la presente era, la cual llegó después de la era del modernismo. El postmodernismo es una reacción (o tal vez más apropiadamente, una respuesta de desilusión) ante la promesa fallida del modernismo de usar solo la razón humana para mejorar a la humanidad, y hacer del mundo un mejor lugar. Una de las creencias del modernismo, era que los absolutos sí existen; así que el postmodernismo busca “corregir” las cosas, primeramente, eliminando la verdad absoluta y haciendo que todo (incluyendo las ciencias empíricas y la religión) sea relativo a las creencias y deseos del individuo.

Los peligros del postmodernismo pueden ser vistos como un espiral descendente que comienza con el rechazo de la verdad absoluta, lo que conduce a una pérdida de distinciones en materia de religión y fe, y culmina en una filosofía de pluralismo religioso, que dice que ninguna fe o religión es objetivamente verdadera, y, por consiguiente, nadie puede asegurar que su religión sea verdadera y la otra sea falsa.

Peligros del Postmodernismo – #1 – La Verdad Relativa

La postura del postmodernismo de la verdad relativa, es el resultado de muchas generaciones de pensamiento filosófico. Desde Agustín hasta la Reforma, los aspectos intelectuales de la civilización occidental y el concepto de la verdad, fueron dominados por los teólogos. Pero, comenzando con el renacimiento del siglo XIV al XVII, los pensadores comenzaron a elevar a la humanidad al centro de la realidad. Si uno observara los períodos de la historia como un árbol genealógico, el Renacimiento sería el abuelo del modernismo, y la Ilustración sería la madre. El “Pienso, luego existo” de René Descartes, personificó el comienzo de esta era. Dios ya no era el centro de la verdad – ahora lo era el hombre.

La Ilustración era, de alguna forma, la completa imposición del modelo científico de la racionalidad sobre todos los aspectos de la verdad. Proclamaba que solo los datos científicos podían ser entendidos objetivamente, definidos y defendidos. La verdad en lo que se refiere a la religión, fue descartada. El filósofo que contribuyó a la idea de la verdad relativa fue el prusiano Immanuel Kant y su obra Crítica de la Razón Pura, que apareció en 1781. Kant decía que el verdadero conocimiento de Dios era imposible, así que creó una división del conocimiento entre “hechos” y “fe”. De acuerdo con Kant, “Los hechos no tienen nada que ver con la religión”. El resultado fue que los asuntos espirituales fueron asignados al ámbito de la opinión, y solo a las ciencias empíricas se les permitió hablar de la verdad. Mientras que el modernismo creía en los absolutos de la ciencia, la revelación especial de Dios (la Biblia) fue expulsada del reino de la verdad y la certidumbre.

Después del modernismo, vino el postmodernismo y las ideas de Frederick Nietzsche. Como el santo patrón de la filosofía postmodernista, Nietzsche se adhería al “perspectivismo”, el cual dice que todo conocimiento (inclusive científico) es una cuestión de perspectiva e interpretación. Muchos otros filósofos han construido sobre el trabajo de Nietzsche (por ejemplo, Foucult, Rorty, y Lyotard) y han compartido su rechazo a Dios y a la religión en general. También rechazaron cualquier indicio de verdad absoluta, o como Lyotard lo expresó, un rechazo a la metanarrativa (una verdad que trasciende a todos los pueblos y culturas).

Esta guerra filosófica contra la verdad objetiva, ha resultado en que el postmodernismo sea completamente reacio a cualquier afirmación de absolutos. Tal mentalidad naturalmente rechaza cualquier cosa que declare ser la verdad inerrante, como la Biblia.

Peligros del Postmodernismo – #2 – Pérdida del Discernimiento

El gran teólogo Tomás de Aquino dijo: “Es labor del filósofo hacer distinciones”. Lo que Aquino quiso decir es que la verdad depende de la habilidad para discernir – la capacidad para distinguir “esto” de “aquello” en el ámbito del conocimiento. Sin embargo, si la verdad objetiva y absoluta no existe, entonces todo se vuelve una cuestión de interpretación personal. Para el pensador postmoderno, el autor de un libro no posee la interpretación correcta de su obra; es el lector quien realmente determina lo que dice el libro – un proceso llamado deconstrucción. Y dado que hay múltiples lectores (vs. un autor), naturalmente hay múltiples interpretaciones válidas.

Tal situación caótica hace imposible hacer distinciones significativas o duraderas entre las interpretaciones, porque no hay ninguna norma que pueda utilizarse. Esto se aplica especialmente a los asuntos de fe y religión. El intentar hacer distinciones apropiadas y significativas en el área de la religión, no es más significativo que discutir que el chocolate sabe mejor que la vainilla. El postmodernismo dice que es imposible juzgar objetivamente entre verdades contrapuestas.

Peligros del Postmodernismo – #3 – Pluralismo

Si la verdad absoluta no existe, y si no hay manera de hacer distinciones significativas de bueno/malo entre los diferentes sistemas de fe y religiones, entonces, la conclusión natural es que todas las creencias deben ser consideradas igualmente válidas. El término adecuado para este resultado práctico en el postmodernismo, es “pluralismo filosófico”. Con el pluralismo ninguna religión tiene el derecho de pronunciarse a sí misma como verdadera y llamar falsas, o aún inferiores a las otras creencias competitivas. Para aquellos que se adhieren al pluralismo filosófico religioso, ya no hay herejías, excepto tal vez, la opinión de que hay herejías. D. A. Carson subraya la preocupación del evangelismo conservador, acerca de lo que se ve como el peligro del pluralismo: “En mis momentos más sombríos, a veces me pregunto si la fea cara de lo que me refiero como el pluralismo filosófico, es la amenaza más peligrosa para el Evangelio, desde el surgimiento de la herejía gnóstica en el siglo II”.

Este progresivo peligro del postmodernismo – la verdad relativa, la pérdida del discernimiento, y el pluralismo filosófico – representan amenazas impuestas al cristianismo, porque colectivamente descartan la Palabra de Dios como algo que no tiene autoridad real sobre la humanidad, ni la habilidad para mostrarse a sí misma como la verdad en un mundo de religiones competitivas. ¿Cuál es la respuesta del cristianismo a estos desafíos?

Respuesta a los Peligros del Postmodernismo

El cristianismo afirma ser absolutamente verdadero, que existen distinciones significativas en materia del bien/mal (así como la verdad espiritual y la falsedad) y que está en lo correcto en sus declaraciones acerca de Dios, que cualquier afirmación contraria de religiones competitivas deben ser incorrecta. Tal actitud provoca gritos de “arrogancia” e “intolerancia” del postmodernismo. Sin embargo, la verdad no es una cuestión de actitud o preferencia, y cuando se le examina de cerca, los cimientos del postmodernismo se desmoronan rápidamente, revelando que las afirmaciones del cristianismo son tanto plausibles como convincentes.

Primero, el cristianismo asegura que la verdad absoluta existe. De hecho, Jesús específicamente dice que Él fue enviado para hacer una cosa; “Para dar testimonio de la verdad” (Juan 18:37). El postmodernismo dice que ninguna verdad debe ser afirmada, sin embargo, su posición es auto excluyente – ya que afirma al menos una verdad absoluta: que ninguna verdad debe ser afirmada. Esto significa que el postmodernismo sí cree en la verdad absoluta. Sus filósofos escriben libros declarando ideas que ellos esperan que sus lectores las adopten como la verdad. En pocas palabras, un profesor ha dicho, “Cuando alguien dice que no hay tal cosa como la verdad, ellos están pidiéndote que no les creas. Así que no lo hagas”.

Segundo, el cristianismo afirma que las distinciones significativas existen entre la fe cristiana y todas las otras creencias. Debe entenderse, que aquellos que afirman que las distinciones significativas no existen, están de hecho haciendo una distinción. Están tratando de mostrar una diferencia entre lo que ellos creen que es verdadero y las afirmaciones cristianas de la verdad. Los autores del postmodernismo esperan que sus lectores lleguen a las conclusiones correctas acerca de lo que ellos han escrito y corregir a aquellos que interpreten su trabajo de manera diferente a lo que ha sido su intención. Nuevamente, su posición y filosofía prueba en sí misma ser auto contradictoria, porque insistentemente hacen distinciones entre lo que ellos creen que es lo correcto y lo que ellos consideran como falso.

Finalmente, el cristianismo afirma ser universalmente verdadero en lo que dice respecto a la condición perdida del hombre ante Dios, al sacrificio de Cristo en favor de la humanidad caída, y la separación entre Dios y cualquiera que elige no aceptar lo que Dios dice acerca del pecado y la necesidad de arrepentimiento. Cuando Pablo se dirigió a los filósofos estoicos y epicúreos en la Colina de Marte, les dijo, “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). Las declaraciones de Pablo no fueron “esta es la verdad para mí, pero puede no ser la verdad para ustedes” más bien; fue un mandato exclusivo y universal (es decir, una metanarrativa) de Dios para todos. Cualquier postmodernista que diga que Pablo está equivocado, está cometiendo un error en contra de su propia filosofía pluralista, la cual dice que ninguna fe o religión es incorrecta. Una vez más, el postmodernismo viola su propia postura de que toda religión es igualmente verdadera.

Así como no es arrogante que un maestro de matemáticas insista en que 2 + 2 = 4, o que un cerrajero insista en que solo una llave entrará en la cerradura de la puerta, tampoco es arrogante para el cristiano erigirse contra el pensamiento postmodernista e insistir en que el cristianismo es verdadero y que cualquier oposición es falsa. La verdad absoluta sí existe, así como existen las consecuencias de estar equivocado. Mientras que el pluralismo puede ser deseable en cuestiones de preferencias de comida, no es útil en cuestiones de fe. El cristiano debe presentar la verdad de Dios en amor y simplemente preguntar a cualquier postmodernista que esté enojado por las afirmaciones exclusivas del cristianismo, “¿Así que me he hecho, pues, tu enemigo, por decirte la verdad?” (Gálatas 4:16).

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“¿Fe vs. temor — ¿Qué dice la biblia?”

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“¿Fe vs. temor — ¿Qué dice la biblia?”

La fe y el temor no pueden coexistir. La fe se describe en Hebreos 11:1 como estar “seguros de lo que no vemos”. Es una absoluta convicción de que Dios está siempre trabajando tras bambalinas en cada área de nuestras vidas, incluso cuando no hay pruebas tangibles que apoyen ese hecho. Por otra parte, el temor, en pocas palabras, es incredulidad o una convicción débil. Cuando la incredulidad empieza a dominar nuestros pensamientos, el temor se apodera de nuestras emociones. Nuestra liberación del temor y la preocupación se basa en la fe, que es todo lo contrario de la incredulidad. Tenemos que entender que la fe no es algo que podemos producir en nosotros mismos. La fe es un don (Efesios 2:8-9) y se describe como un fruto (o característica) que se produce en nuestras vidas por el Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23). La fe cristiana es una garantía segura en un Dios que nos ama, que conoce nuestros pensamientos y se preocupa por nuestras necesidades más profundas. Esa fe sigue creciendo a medida que estudiamos la biblia y aprendemos los atributos de Su maravilloso carácter. Cuanto más aprendamos acerca de Dios, más podemos verlo obrando en nuestras vidas y nuestra fe crece más fuerte.

Una fe que crezca es lo que deseamos tener y lo que Dios quiere producir en nosotros. Pero, ¿cómo en la vida diaria, podemos desarrollar una fe que vence nuestros temores? La biblia dice, “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). El estudio cuidadoso de la palabra de Dios, es de primordial importancia en el desarrollo de una fe fuerte. Dios quiere que lo conozcamos y que confiemos totalmente en Él para que dirija nuestras vidas. Es a través de escuchar, leer y meditar en las escrituras, que comenzamos a experimentar una fe fuerte y segura que excluye la preocupación y temor. Tener un tiempo de quietud en oración y adoración, desarrolla una relación con nuestro Padre celestial, que incluso nos ve a través de la más oscura de las noches. En los Salmos, podemos ver una imagen de David, quien, como nosotros, experimentó momentos de temor. Salmos 56:3 revela su fe con estas palabras: “En el día que temo, yo en ti confío”. El Salmo 119 está lleno de versículos que expresan la forma en que David atesoraba la palabra de Dios: “Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviarme de tus mandamientos” (v. 10); “En tus mandamientos meditaré; consideraré tus caminos” (v. 15); “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (v. 11). Estas son palabras reveladoras que nos brindan sabiduría hoy en día.

Dios es bondadoso y comprensivo respecto a nuestras debilidades, sin embargo, Él quiere que sigamos adelante en fe, y la biblia es clara en cuanto a que la fe no madura y no se fortalece si no hay pruebas. La adversidad es la herramienta más eficaz de Dios para desarrollar una fe fuerte. Este patrón es evidente en las escrituras. Dios toma a cada uno de nosotros a través de situaciones aterradoras, y en la medida que aprendemos a obedecer la palabra de Dios y le permitimos que sature nuestros pensamientos, nos damos cuenta que cada prueba o tribulación se convierte en un peldaño para una fe más sólida y profunda. Nos da esa capacidad para decir, “¡Él me sustentó en el pasado, me llevará hoy y me sostendrá en el futuro!”. Dios obró de esta manera en la vida de David. Cuando David se ofreció para pelear contra Goliat, dijo: “El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo” (1 Samuel 17:37). David conocía al Dios que lo había sostenido a través de situaciones peligrosas en el pasado. Él había visto y experimentado el poder y la protección de Dios en su vida, y esto desarrolló dentro de él una fe audaz.

La palabra de Dios tiene abundantes promesas para que nosotros las tomemos y las reclamemos para nosotros mismos. Cuando nos enfrentamos a problemas financieros, Filipenses 4:19 nos dice, “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”. Si estamos ansiosos por una decisión futura, el Salmo 32:8 nos recuerda que Dios “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”. En la enfermedad, podemos recordar que Romanos 5:3-5 dice, “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”. Si alguien se vuelve en contra de nosotros, podemos ser consolados por las palabras de Romanos 8:31, “… Si Dios es por nosotros ¿quién contra nosotros?”. A lo largo de toda la vida seguiremos enfrentándonos a diversas pruebas que nos causarán temor, pero Dios nos asegura que podemos experimentar la paz a través de cada situación: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7).

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