¿Qué es la naturaleza pecaminosa?

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¿Qué es la naturaleza pecaminosa?

La naturaleza pecaminosa es ese aspecto en el hombre que lo hace ser rebelde contra Dios. Cuando hablamos de la naturaleza de pecado, nos referimos al hecho de que tenemos una inclinación natural a pecar. Teniendo la opción de hacer la voluntad de Dios, o la nuestra, vamos a elegir naturalmente hacer lo nuestro.

La prueba de la naturaleza de pecado abunda. Nadie tiene que enseñar a un niño a mentir o a ser egoísta; más bien, hacemos todo lo posible para enseñarle a decir la verdad y a poner a los demás en primer lugar. La conducta pecaminosa viene de manera natural. Las noticias están llenas de ejemplos trágicos de cómo la humanidad actúa de manera equivocada. Donde quiera que se encuentren las personas, siempre van a haber problemas. Charles Spurgeon dijo, “A medida que la sal da sabor hasta la última gota en el Atlántico, también el pecado lo hace afectando a todos los átomos de nuestra naturaleza. Está tan tristemente allí, tan abundantemente allí, que si no se puede detectar, usted está engañado”.

La biblia explica la razón del problema. La humanidad es pecaminosa, no solo en la teoría o en la práctica, sino por naturaleza. El pecado es parte de la fibra de nuestro ser. La biblia habla de “la carne de pecado” en Romanos 8:3. Es nuestra “naturaleza terrenal” que produce la lista de pecados en Colosenses 3:5. Y Romanos 6:6 habla de “el cuerpo gobernado por el pecado”. La existencia de carne y hueso que llevamos en esta tierra, es moldeada por nuestra naturaleza pecaminosa y corrupta.

La naturaleza de pecado es universal en la humanidad. Todos nosotros tenemos una naturaleza pecaminosa, y afecta a cada parte de nuestro ser. Esta es la doctrina de la depravación total, y es bíblica. Todos nosotros nos hemos descarriado (Isaías 53:6). Pablo reconoce eso, “mas yo soy carnal, vendido al pecad” (Romanos 7:14). Pablo en su “naturaleza pecaminosa era un esclavo a la ley del pecado” (Romanos 7:25). Salomón coincide con esto: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20). El apóstol Juan quizás lo pone sin rodeos: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8).

Incluso los niños tienen una naturaleza pecaminosa. David se lamenta por el hecho de que él había nacido con pecado y el cual ya estaba obrando dentro de él: “He aquí, en maldad he sido formado,

Y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). En otro lugar, David afirma, “Se apartaron los impíos desde la matriz; Se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Salmo 58:3).

¿De dónde vino la naturaleza de pecado? La biblia dice que Dios creó al hombre bueno y sin naturaleza pecaminosa: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Sin embargo, Génesis 3 registra la desobediencia de Adán y Eva. Por esa sola acción, el pecado entró en la naturaleza de ellos. Inmediatamente fueron afectados con una clase de vergüenza e incapacidad, y se escondieron de la presencia de Dios (Génesis 3:8). Cuando tuvieron hijos, la imagen y semejanza de Adam fue traspasada a su descendencia (Génesis 5:3). La naturaleza de pecado pronto se manifestó en la genealogía: Caín, el primer hijo de Adán y Eva, se convirtió en el primer asesino (Génesis 4:8).

De generación en generación, la naturaleza de pecado se pasó a toda la humanidad: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Este versículo también presenta la verdad inquietante que la naturaleza de pecado conduce inexorablemente a la muerte (Romanos 6:23 y Efesios 2:1).

Otras consecuencias de la naturaleza de pecado son la enemistad hacia Dios y la ignorancia de su verdad. Pablo dice, “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:7-8). Además, “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

Sólo hay una persona en la historia del mundo que no tuvo una naturaleza de pecado: Jesucristo. Su nacimiento virginal le permitió entrar en nuestro mundo mientras pasaba por alto la maldición transmitida de Adán. Jesús vivió una vida sin pecado de absoluta perfección. Él era el “santo y justo” (Hechos 3:14), que “no conoció pecado” (2 Corintios 5:21). Esto permitió que Jesús fuera sacrificado en la cruz como nuestro perfecto sustituto, “un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19). Juan Calvino lo pone en perspectiva: “Ciertamente, Cristo es mucho más poderoso para salvar que lo que fue Adán para destruir”.

Es a través de Cristo que nacemos de nuevo. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6). Cuando nacemos de Adán, heredamos su naturaleza de pecado; pero cuando nacemos de nuevo en Cristo, heredamos una nueva naturaleza: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

No perdemos nuestra naturaleza de pecado cuando recibimos a Cristo. La biblia dice que el pecado permanece en nosotros y que una lucha con esa vieja naturaleza continuará mientras estemos en este mundo. Pablo lamentó su propia lucha personal en Romanos 7:15-25. Pero tenemos la ayuda divina en la batalla. El Espíritu de Dios hace morada en cada creyente y nos da el poder que necesitamos para vencer la influencia de la naturaleza pecaminosa en nosotros. “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9). El plan final de Dios para nosotros es la santificación total cuando veamos a Cristo (1 Tesalonicenses 3:13; 1 Juan 3:2).

A través de su obra acabada en la cruz, Jesús satisface la ira de Dios contra el pecado y proporciona a los creyentes la victoria sobre la naturaleza pecaminosa: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (1 Pedro 2:24). En su resurrección, Jesús ofrece la vida a todos aquellos atados por la carne corrupta. Aquellos que han nacido de nuevo ahora tiene este mandato: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11).

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¿Qué dice la biblia acerca del transexualismo / transgénero?

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¿Qué dice la biblia acerca del transexualismo / transgénero?

La transexualidad, también conocida como transgénero, trastorno de identidad de género (TIG) o disforia de género, es una sensación de que su género biológico, genético o fisiológico, no coincide con el género con el cual usted se identifica o con el cual usted se ve a sí mismo. Los transexuales o transgénero a menudo se describen a sí mismos como si estuvieran “atrapados” en un cuerpo que no coincide con su verdadero género. Suelen practicar el travestismo y también tratan de buscar la terapia hormonal o la cirugía de reasignación de género para poner sus cuerpos en conformidad con la percepción de su género.

En ninguna parte la biblia menciona explícitamente la transexualidad, ni describe a alguien que tenga sentimientos transgénero. Sin embargo, la biblia tiene mucho que decir acerca de la sexualidad humana. Lo más básico para nuestra comprensión del género es que Dios creó dos (y sólo dos) géneros: “varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Todas las especulaciones hoy en día acerca de los numerosos géneros, o la fluidez de género, o incluso un género “continuo” con un número ilimitado de géneros, son ajenas a la biblia.

Lo más cerca que la biblia llega a mencionar el transgénero, está en su condena de la homosexualidad (Romanos 1:18-32; 1 Corintios 6:9-10) y travestismo (Deuteronomio 22:5). La palabra griega que generalmente se traduce “afeminados” o “los que se echan con varones” en 1 Corintios 6:9, significa literalmente “hombres afeminados”. Por lo tanto, mientras que la biblia no menciona directamente transgenerismo, cuando se habla de otros casos de “confusión” de género, de forma clara y explícita los identifica como pecado.

¿Y qué pasa con la posibilidad de que aquellos que sufren de transgenerismo tengan un cerebro que funcione como un género, mientras que el resto del cuerpo biológicamente es el otro género? La biblia ni siquiera insinúa esa posibilidad. Sin embargo, la biblia tampoco menciona el hermafroditismo (una condición en la cual una persona tiene ambos órganos sexuales masculinos y femeninos), que indudablemente se produce (aunque muy rara vez). Además, las personas pueden nacer con o desarrollar todo tipo de defectos o anomalías cerebrales diferentes. ¿Cómo se puede decir que es imposible que un cerebro femenino este en un cuerpo masculino (o viceversa)?

Con el hermafroditismo como evidencia, no se podría decir algo como: “si la biblia no lo menciona, no puede ocurrir”. Entonces, podría ser posible que una persona nazca con un cerebro cableado de tal manera que contribuya al trastorno de género. Esto también podría ser una explicación para algunos casos de homosexualidad. Sin embargo, sólo porque algo podría tener una causa biológica, no significa aceptar los efectos de que es lo correcto. Algunas personas están conectadas con una sexualidad latente. Eso no significa que para ellos sea correcto participar en inmoralidad sexual. Está científicamente demostrado que algunos psicópatas/sociópatas, tienen cerebros con mecanismos de control de impulsos severamente debilitados. Eso no significa que para ellos sea correcto participar en cada comportamiento pervertido que pasa por su mente.

No importa si la distorsión de género tiene causas genéticas, hormonales, fisiológicas, psicológicas o espirituales; se pueden superar y sanar por la fe en Cristo y la continua dependencia en el poder del Espíritu Santo. Se puede recibir la sanidad, el pecado se puede vencer y vidas pueden ser cambiadas a través de la salvación que Jesús ofrece, incluso si hay factores fisiológicos o biológicos. Los creyentes de Corinto son un ejemplo de este cambio: “Y eso eran algunos de ustedes. Pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:11). Hay esperanza para todos, para los transexuales, transgénero, para aquellos con trastorno de identidad de género, e incluso los travestis, por causa del perdón de Dios disponible en Jesucristo.

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¿Qué significa tener una conciencia cauterizada?

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¿Qué significa tener una conciencia cauterizada?

La conciencia cauterizada es mencionada en 1 Timoteo 4:2. La conciencia es el conocimiento moral dado por Dios dentro de cada uno de nosotros (Romanos 2:15). Si la conciencia está “cauterizada” -literalmente “quemada”-, entonces se ha vuelto insensible. Tal conciencia no funciona correctamente; es como si el “tejido espiritual de cicatrización” hubiera entorpecido el sentido del bien y del mal. Así como el cuero de un animal marcado con una marca de hierro se adormece ante un dolor mayor, así también el corazón de un individuo con una conciencia cauterizada se insensibiliza ante los dolores morales.

Pablo identifica a los que tienen la conciencia cauterizada en 1 Timoteo 4:1-2: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia”. En este pasaje, aprendemos tres cosas sobre los falsos maestros que conducen a otros a la apostasía: 1) son voceros de espíritus malignos, ya que promulgan “cosas enseñadas por demonios”; 2) son hipócritas mentirosos, ya que llevan una máscara de santidad, pero están llenos de falsedad; y 3) son inescrupulosos, ya que sus conciencias han sido cauterizadas. Esto explica mucho. ¿Cómo pueden los falsos maestros mentir sin sentir vergüenza y propagar el engaño sin escrúpulos? Porque tienen conciencias cauterizadas. Ya no sienten que mentir está mal.

Anteriormente en la epístola, Pablo habla de la “buena conciencia” en oposición a la conciencia cauterizada: “Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Timoteo 1:4-5). Una buena conciencia tiene la capacidad de distinguir el bien del mal y está libre de culpa. Una persona con buena conciencia mantiene su integridad. Disfruta de la comunión con los que “caminan en la luz, así como [Jesús] está en la luz” (1 Juan 1:7). Las mentiras del diablo son un anatema para el que tiene la conciencia tranquila. En vez de seguir las mentiras de los apóstatas, hay que “militar la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia” (1 Timoteo 1:18-19).

Proverbios 6:27 hace una pregunta retórica para ilustrar las consecuencias del adulterio: “¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan?” Para parafrasear la pregunta en relación con la falsa enseñanza, “¿Puede un apóstata hablar las ardientes mentiras del infierno sin que su conciencia sea cauterizada?”

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¿Tenemos ángeles guardianes?

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¿Tenemos ángeles guardianes?

Mateo 18:10 dice, “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”. En el contexto, “estos pequeños” podría aplicarse a aquellos que creen en Él (v.6) o podría referirse a los niños pequeños (vv.3-5). Este es el pasaje clave con respecto a los ángeles de la guarda. No hay duda de que hay ángeles buenos que protegen (Daniel 6:20-23; 2 Reyes 6:13-17), revelan información (Hechos 7:52-53; Lucas 1:11-20), guían (Mateo 1:20-21; Hechos 8:26), proveen (Génesis 21:17-20; 1 Reyes 19:5-7), y ministran a los creyentes en general (Hebreos 1:14).

La pregunta que surge es si cada persona –o cada creyente—tiene un ángel asignado. En el Antiguo Testamento, la nación de Israel tenía asignado al arcángel Miguel (Daniel 10:21; 12:1), pero en ninguna otra parte de la Escritura se establece que un ángel haya sido “asignado” a un individuo (aunque algunas veces eran enviados a individuos, no se menciona que se les diera una asignación “permanente”). Los judíos desarrollaron plenamente la creencia de los ángeles guardianes durante el tiempo transcurrido entre en Antiguo y Nuevo Testamento. Algunos padres de la iglesia primitiva creían que cada persona no sólo tenía asignado un ángel bueno, sino también un demonio. La creencia de ángeles guardianes ha existido durante mucho tiempo, pero no hay bases en la Escritura para ello.

Regresando a Mateo 18:10, la palabra “sus” es un pronombre colectivo en el griego, y se refiere al hecho de que los ángeles sirven a los creyentes en general. Estos ángeles son representados como “siempre” viendo el rostro de Dios para escuchar Sus órdenes de ayudar a un creyente cuando se necesite. Los ángeles en este pasaje no parecen estar guardando a una persona tanto como estando atentos al Padre en el cielo. El servicio activo o supervisión parece entonces venir más de Dios que de los ángeles, lo que tiene perfecto sentido, porque sólo Dios es omnisciente. Él ve a cada creyente en todo momento, y sólo Él sabe cuándo uno de nosotros necesita la intervención de un ángel. Puesto que ellos están continuamente viendo Su rostro, los ángeles se encuentran a Su disposición para ayudar a uno de Sus “pequeños”.

En la sociedad occidental actual, está de moda creer en ángeles. Tenemos películas que se enfocan en los ángeles; tenemos series de televisión, que muestran a los ángeles como siendo asignados para ayudar a los humanos. La Escritura hace claro que, aunque los ángeles poseen un poder y conocimiento sobrehumano, ellos sólo son seres creados, al igual que nosotros y son “nada” comparados con Dios. Como tales, ellos no deben ser adorados (Éxodo 20:1-6; Colosenses 2:18). La adoración únicamente debe ser reservada para el Dios Trino. Desafortunadamente, mientras que los programas acerca de ángeles, sirven a Dios sólo de labios, el Hijo de Dios es raramente mencionado (si no es que nunca). Como dice Dios en Juan 5:23, que, si uno no honra al Hijo, tampoco honra al Padre que lo envió.

No se puede responder enfáticamente por la Escritura, si cada creyente tiene un ángel guardián asignado a él/ella. Pero como se aclaró anteriormente, Dios los utiliza para ministrarnos. Es bíblico decir que Dios los utiliza a ellos, como nos utiliza a nosotros; es decir, de ninguna manera somos necesarios ni nosotros ni ellos, para llevar a cabo Sus propósitos, sin embargo, Él elige utilizarlos a ellos y a nosotros (Job 4:18; Job 15:15). Al final, ya sea que tengamos un ángel asignado para protegernos o no, tenemos la mayor seguridad que nos brinda Dios: Si somos Sus hijos a través de la fe en Cristo, Él hace que todas las cosas sucedan para bien (Romanos 8:28-30), y que Jesucristo nunca nos dejará ni nos desamparará (Hebreos 13:5-6). Si tenemos un Dios omnisciente, omnipotente y amoroso con nosotros, ¿realmente importa si tenemos a un ángel finito protegiéndonos?

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¿El matrimonio impide tu relación con Dios?

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¿El matrimonio impide tu relación con Dios?

El asunto de que el matrimonio puede interferir con el servicio a Dios era una preocupación de Pablo en 1 Corintios 7. Debido a esto, él afirmó que es mejor para una persona soltera permanecer como él era — soltero. Pero él comprendió que la capacidad de manejar una vida sola sin “quemar” con pasión no fue un don dado a todo el mundo (los versículos 7-9). En los versículos 32-35, Pablo afirma que los solteros son capaces de servir al Señor de una manera “sin congoja”, porque no necesitan enfocar una parte de sus vidas en agradar a sus cónyuges. Pero también afirmó que, ya sea casados o no, deberíamos concentrarnos en servir a Cristo (los versículos 28-31).

Pero el hecho de que Jesús no llamó sólo a solteros — y de hecho seleccionó a Pedro, un hombre casado, como uno de los tres discípulos más cercanos (Mateo 8:14) — indica que el matrimonio no tiene por qué ser un obstáculo para la intimidad con Cristo. Asimismo, en el Antiguo Testamento hay dos individuos (entre otros) que eran íntimos con Dios. Uno era Daniel; otro era Moisés. Uno era soltero; uno estaba casado. Por lo tanto, el matrimonio no fue un factor en la determinación de intimidad con Dios.

La clave para que el matrimonio no impida la intimidad con Cristo es estar seguro de casarse “en el Señor” (1 Corintios 7:39) o, para decirlo de otra forma, no entrar en un yugo desigual (2 Corintios 6:14) al casarse con un incrédulo, o un creyente que no tiene la misma base doctrinal o el mismo deseo de servir a Cristo de todo corazón. Si uno se casa “en el Señor”, la Escritura promete los beneficios de un buen compañero (Proverbios 27:17; Eclesiastés 4:9-12), y el cónyuge se convierte en una ayuda y estímulo en su caminar con Cristo.

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¿Qué significa que la Biblia es inspirada?

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¿Qué significa que la Biblia es inspirada?

Cuando la gente dice que la Biblia fue inspirada, se están refiriendo al hecho de que Dios influenció divinamente a los autores humanos de las Escrituras, de tal manera que lo que ellos escribieron fue la misma Palabra de Dios. En el contexto de las Escrituras, la palabra “inspiración” significa sencillamente “exhalada por Dios.” La inspiración nos comunica el hecho de que la Biblia es realmente la Palabra de Dios, y hace que la Biblia sea única entre todos los demás libros.

Mientras que hay diferentes opiniones acerca de hasta qué punto la Biblia es inspirada, no cabe duda que la Biblia por sí misma afirma que cada palabra, en cada parte de la Biblia, fue inspirada por Dios. (1 Corintios 2:12-13; 2 Timoteo 3:16,17). Esta visión de las Escrituras es frecuentemente conocida como inspiración “verbal plenaria”, lo que significa que la inspiración se extiende a cada una de las palabras (inspiración verbal), no sólo a los conceptos o ideas; y que la inspiración se extiende a todas las partes de la Escritura y a todos los temas tratados en la Escritura (inspiración plenaria). Hay algunas personas que creen que sólo partes de la Biblia son inspiradas, que sólo los pensamientos o conceptos que tratan sobre la religión son inspirados. Sin embargo, estas opiniones sobre la inspiración se quedan cortas ante lo que la Biblia demuestra por sí misma. Toda la inspiración verbal plenaria es una característica esencial de la Palabra de Dios.

El alcance de su inspiración puede verse claramente en 2 Timoteo 3:16-17: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Estos versículos nos dicen que Dios inspiró toda la Escritura y que es provechosa para nosotros. No solamente son inspiradas las partes de la Biblia que tratan de las doctrinas religiosas, sino cada una de sus partes desde Génesis hasta Apocalipsis. Puesto que están inspiradas por Dios, las Escrituras tienen, por lo tanto, la autoridad cuando se trata del establecimiento de la doctrina, y son suficientes para enseñar al hombre cómo guardar una correcta relación con Dios. La Biblia declara que no sólo está inspirada por Dios, sino que también tiene la habilidad de cambiarnos y prepararnos “enteramente”. ¿Qué más necesitamos?

Otro versículo que trata con la inspiración de las Escrituras, es 2 Pedro 1:21. Este versículo nos ayuda a comprender, que aunque Dios utilizó a hombres con sus distintivas personalidades y estilos de escritura, Dios inspiró divinamente cada palabra que ellos escribieron. Jesús mismo confirmó la inspiración verbal plenaria de las Escrituras cuando Él dijo, “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:17-18). En estos versículos, Jesús reforzó la veracidad de las Escrituras hasta su más pequeño detalle y el más minúsculo signo de puntuación, porque es la mismísima Palabra de Dios.

Ya que las Escrituras son la inspirada Palabra de Dios, podemos concluir que también son infalibles y con autoridad. Una correcta visión de Dios nos llevará a una correcta visión de Su Palabra. Puesto que Dios es todopoderoso, omnisciente, y completamente perfecto, Su Palabra tendrá, por su misma naturaleza, las mismas características. Los mismos textos que establecieron la inspiración de las Escrituras, también establecen que son tanto infalibles como acreditadas en su autoridad. Sin duda, la Biblia es lo que dice ser – la innegable y autorizada Palabra de Dios para la humanidad.

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¿Qué es el verdadero Evangelio?

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¿Qué es el verdadero Evangelio?

El verdadero Evangelio son las buenas noticias de que Dios salva a los pecadores. El hombre es pecador por naturaleza y está separado de Dios sin esperanza alguna de remediar tal situación. Pero Dios ha provisto los medios para la redención del hombre; en la muerte, sepultura y resurrección del Salvador, Jesucristo.

La palabra “evangelio” significa literalmente “buenas nuevas.” Pero para comprender verdaderamente que tan buenas son estas noticias, debemos entender primeramente las malas noticias. Como resultado de la caída del hombre en el Jardín del Edén (Génesis 3:6), cada parte del hombre – su mente, voluntad, emociones y carne – han sido contaminadas por el pecado. Por la naturaleza pecadora del hombre, él no busca ni puede buscar a Dios. Él no tiene el deseo de venir a Dios y, de hecho, su mente mantiene una hostilidad hacia Dios (Romanos 8:7). Dios ha declarado que el pecado del hombre lo condena a una eternidad en el infierno, separado de Él. Es en el infierno donde el hombre paga el castigo por pecar contra un Dios santo y justo. Ciertamente estas serían malas noticias, si no existiera un remedio.

Pero en el Evangelio, Dios, en Su misericordia, ha provisto ese remedio, un sustituto para nosotros – Jesucristo – quien vino a pagar el castigo por nuestro pecado, mediante Su sacrificio en la cruz. Esta es la esencia del Evangelio que Pablo predicaba a los corintios. En 1 Corintios 15:2-4, él explica los tres elementos del Evangelio – la muerte, sepultura, y resurrección de Cristo a nuestro favor. Nuestra vieja naturaleza murió con Cristo en la cruz y fue sepultada con Él. Entonces nosotros fuimos resucitados con Él a una nueva vida (Romanos 6:4-8). Pablo nos dice que nos “sujetemos firmemente” a este verdadero Evangelio, el único que salva. Creer en cualquier otro evangelio es creer en vano. En Romanos 1:16-17, Pablo también declara que el verdadero Evangelio “Es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree,” con lo cual él nos dice que la salvación no se logra mediante el esfuerzo del hombre, sino por la gracia de Dios a través del don de la fe (Efesios 2:8-9).

Mediante el Evangelio, a través del poder de Dios, aquellos que creen en Cristo (Romanos 10:9) no solo son salvados del infierno. De hecho, nos es dada toda una nueva naturaleza (2 Corintios 5:17) con un corazón cambiado y un nuevo deseo, voluntad, y actitud que son manifestados en buenas obras. Este es el fruto que el Espíritu Santo produce en nosotros por Su poder. Las obras nunca son los medios para la salvación, pero sí son la prueba de ella (Efesios 2:10). Aquellos que son salvados por el poder de Dios, siempre mostrarán la evidencia de la salvación por medio de una vida transformada.

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¿Qué es convicción de pecado?

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¿Qué es convicción de pecado?

La biblia nos dice que el Espíritu Santo va a convencer al mundo de pecado (Juan 16:8). Para ayudarnos a entender qué es lo que significa la convicción de pecado, podemos referirnos a lo que no es. En primer lugar, no es simplemente una conciencia culpable o incluso el sentir vergüenza por el pecado. Tales sentimientos se experimentan naturalmente por casi todo el mundo. Pero esto no es una verdadera convicción de pecado.

Segundo, la convicción de pecado no es un sentimiento de temor o un presentimiento del castigo divino. Estos sentimientos también son experimentados frecuentemente en los corazones y en las mentes de los pecadores. Pero, una vez más, la verdadera convicción de pecado es algo diferente.

Tercero, la convicción del pecado no es simplemente el conocimiento del bien y el mal; no se trata de un dictamen conforme a las enseñanzas de las escrituras acerca del pecado. Muchas personas leen la biblia y son plenamente conscientes de que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Ellos pueden saber que “ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios” (Efesios 5:5). Incluso pueden estar de acuerdo en que “Los malos serán trasladados al Seol,

Todas las gentes que se olvidan de Dios” (Salmo 9:17). Sin embargo, pese a todos sus conocimientos, continúan viviendo en pecado. Entienden las consecuencias, pero están lejos de ser convencidos de sus pecados.

La verdad es que, si lo que experimentamos no es sino una punzada en la conciencia, la ansiedad ante la idea del juicio, o un conocimiento académico del infierno, entonces nunca hemos conocido verdaderamente la convicción de pecado. Entonces, ¿cuál es la auténtica convicción de la cual habla la biblia?

La palabra convicción es una traducción de la palabra griega elencho que significa “convencer a alguien de la verdad; reprobar; acusar, refutar o interrogar a un testigo”. El Espíritu Santo actúa como un fiscal que expone el mal, denuncia a los criminales, y convence a las personas de que necesitan un salvador.

Tener la convicción es sentir repugnancia total del pecado. Esto sucede cuando hemos visto la belleza de Dios, su pureza y santidad, y cuando reconocemos que el pecado no puede habitar con él (Salmo 5:4). Cuando Isaías estuvo en la presencia de Dios, inmediatamente fue abrumado por su propia maldad: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios…han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5).

Tener la convicción es experimentar un espanto total del pecado. Nuestra actitud hacia el pecado llega a ser como la de José, que huyó de la tentación, gritando, “¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9).

Somos convencidos cuando somos conscientes de qué tanto deshonramos a Dios con nuestro pecado. Cuando David fue convencido por el Espíritu Santo, él clamo, “Contra ti, contra ti solo he pecado,

Y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51:4). David vio su pecado primordialmente como una afrenta a un Dios santo.

Somos convencidos cuando somos profundamente conscientes de la ira que expone a nuestras almas (Romanos 1:18; Romanos 2:5). Cuando el carcelero de Filipos cayó a los pies de los apóstoles y gritó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”, él estaba bajo la convicción (Hechos 16:30). Estaba seguro de que sin un salvador, moriría.

Cuando el Espíritu Santo convence a las personas de su pecado, él representa el justo juicio de Dios (Hebreos 4:12). No hay ninguna apelación a este veredicto. El Espíritu Santo no sólo convence a la gente del pecado, sino que también los trae al arrepentimiento (Hechos 17:30; Lucas 13:5). El Espíritu Santo viene a iluminar nuestra relación con Dios. El poder de convicción del Espíritu Santo abre nuestros ojos a nuestro pecado y abre nuestros corazones para recibir su gracia (Efesios 2:8).

Alabamos al señor por la convicción del pecado. Sin ella, no puede haber salvación. Nadie se salva excepto por la obra de convicción y regeneración del Espíritu en el corazón. La biblia enseña que todas las personas por naturaleza se rebelan contra Dios y son enemigas de Jesucristo. Están “muertas en delitos y pecados” (Efesios 2:1). Jesús dijo, “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44). Parte de este “traer” a Jesús, es la convicción de pecado.

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¿Qué significa creer en la santidad de la vida?

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¿Qué significa creer en la santidad de la vida?

La frase “santidad de la vida”, refleja la creencia de que debido a que las personas son creadas a imagen de Dios (Génesis 1:26-27), la vida humana tiene en sí un atributo sagrado que se tiene que proteger y respetar en todo momento. Mientras que Dios le dio la autoridad a la humanidad para matar y comer otras formas de vida (Génesis 9:3), el homicidio de otros seres humanos es expresamente prohibido con la pena de muerte (Génesis 9:6).

La humanidad fue creada a imagen de Dios, pero el pecado ha corrompido esa imagen. No hay nada inherentemente sagrado en el hombre en su condición caída. La santidad de la vida humana no se debe al hecho de que somos unos seres humanos maravillosos y buenos. La única razón por la que la santidad de la vida se aplica a la humanidad, es el hecho de que Dios nos creó a su imagen y nos aparta de todas las demás formas de vida. A pesar de que esa imagen ha sido manchada por el pecado, la imagen de Dios aún está presente en la humanidad. Somos semejantes a Dios, y esa semejanza significa que la vida humana siempre se debe tratar con dignidad y respeto.

La santidad de la vida significa que la humanidad es más sagrada que el resto de la creación. La vida humana no es santa en el mismo sentido en que Dios es santo. Sólo Dios es santo en sí mismo. La vida humana solo es santa en el sentido de estar “apartada” del resto de la vida creada por Dios. Muchos aplican la santidad de vida a temas como el aborto y la eutanasia, y, aunque definitivamente se aplica a esos temas, la aplicación es mucho mayor. La santidad de vida debe motivarnos a luchar contra toda forma de maldad y de injusticia que se perpetúa contra la vida humana. La violencia, el abuso, la opresión, el tráfico de personas, y muchas otras maldades también son violaciones de la santidad de la vida.

Más allá de la santidad de la vida, hay un argumento mucho mejor contra estas cosas: el más grande mandamiento. En Mateo 22:37-39, Jesús dice, “‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos mandamientos, vemos que nuestras acciones deben estar motivadas por el amor a Dios y por el amor a los demás. Si amamos a Dios, valoraremos nuestras propias vidas como parte del plan de Dios, para hacer su voluntad hasta que se haga realidad que nuestra muerte contribuya mejor a su voluntad. Y vamos a amar y a cuidar a su pueblo (Gálatas 6:10; Colosenses 3:12-15). Vamos a ver las necesidades de los ancianos y de los enfermos. Vamos a proteger a los demás de cualquier daño, ya sea por el aborto, la eutanasia, el tráfico de personas o de otros abusos. Mientras que el fundamento sea la santidad de la vida, el amor debe ser la motivación.

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¿Qué dice la biblia acerca de la popularidad / deseo de ser popular?

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¿Qué dice la biblia acerca de la popularidad / deseo de ser popular?

Todos anhelamos la aceptación por parte de los demás. Los bebés se socializan cuando aprenden a leer las señales de aquellos que quieren agradar y ajustan su comportamiento como corresponde. Sin embargo, cuando buscamos la mayor parte de nuestra aprobación y autoestima en las opiniones de otras personas, estamos en el camino equivocado. La opinión popular cambia constantemente, y cuando ponemos demasiada importancia en eso, nos estamos preparando para una continua decepción. Mientras persigamos la popularidad como un medio para la felicidad, estamos entrando en la idolatría. Cuando encontramos nuestro valor personal en algo o en alguien aparte de Dios, estamos creando un ídolo. Un ídolo es alguna cosa o persona que usamos para satisfacer profundas y sinceras necesidades que sólo Dios puede suplir.

El deseo de ser popular es más que simplemente querer que otros tengan un buen concepto de nuestro carácter. Tenemos que desear tener un buen testimonio en el mundo (Filipenses 2:15). Un enfoque en la popularidad es una obsesión con uno mismo. El ansia de popularidad es parte del “orgullo de la vida” que se menciona en 1 Juan 2:16. El ego se siente bien cuando nos considerarnos populares, y tendemos a disfrutar ese sentimiento, en lugar de tratar honestamente con nosotros mismos respecto a nuestras propias debilidades. Esto conduce al orgullo. El orgullo infla la visión que tenemos de nuestra propia importancia y nos ciega a nuestros pecados y faltas (Proverbios 16:18; Romanos 12:3).

La popularidad es un dios escurridizo que muchos han perseguido para su propia destrucción. El rey Herodes estaba disfrutando de popularidad en el momento mismo de su espantosa muerte pública (Hechos 12:19-23). Los falsos maestros siempre son populares con las multitudes que tiene “comezón de oír” (2 Timoteo 4:3). Un triste ejemplo de escoger la popularidad por encima de Dios, se encuentra en Juan 12:42-43: “Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios”. Todos los que desean ser populares muchas veces tendrán que elegir entre la aprobación de los demás y la aprobación de Dios. El plan de Dios y el plan del mundo para nosotros a menudo está en conflicto (1 Juan 2:15). Para ser “popular”, debemos elegir el mundo. Pero al hacerlo, estamos dando a entender que Jesús no es Señor de nuestra vida, sino que somos nosotros (Lucas 9:23).

Gálatas 1:10 dice, “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo”. Según este versículo, no podemos siempre complacer a Dios y al mundo. El deseo de la popularidad está arraigado en nuestra vieja naturaleza pecaminosa. Cuando cedemos a ella, estamos viviendo “según la carne” (Romanos 8:5, 12). Incluso los líderes cristianos pueden caer presa de este deseo seductor. Los maestros o predicadores que se intoxican con su propia popularidad, están en riesgo. Si no se controla, el deseo de ser popular puede llevarlos a que se conviertan en aquellos que complacen a los hombres, que enseñen herejías (2 Pedro 2:1), y que diseñen sus ministerios para complacer a la mayoría de la gente (2 Timoteo 4:3) en lugar de permanecer fiel a “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27).

Jesús es nuestro modelo. Él era el favorito tanto con Dios como con los hombres en la medida que crecía (Lucas 2:52). Sin embargo, nunca hubo una lucha en Su mente acerca de lo que iba a elegir, y eso lo demostró una y otra vez (Juan 8:29; Marcos 1:11). Él no dejó que la popularidad temporal lo influenciara o lo distrajera de Su propósito (Juan 6:15). Él nunca evadió las duras verdades, incluso cuando eso significó el rechazo (Juan 6:66), las amenazas (Juan 11:53-54) y, finalmente, la muerte (Juan 19:16).

Jesús nos da un ejemplo perfecto de la manera que Él quiere que nos relacionemos con los demás. No estamos aquí para hacernos famosos. Estamos aquí en una misión de nuestro Padre celestial (Hechos 1:8; Mateo 28:19). Las personas pueden amarnos, o pueden odiarnos, pero nuestro compromiso con nuestro objetivo nunca debe flaquear (Hebreos 12:1-3). Cuando decidimos dejar que Dios defina nuestro valor en lugar de otras personas, nos libramos para cumplir todo lo que Jesús nos llama a hacer. Él sabía que iba a ser difícil, pero nos dio el mejor consejo cuando dijo, “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos…” (Mateo 5:11-12).

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