La sangre de la vida

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

La sangre de la vida

Por John Piper

La Biblia dice que el amor de Dios es mejor que la vida (Sal 63:3 NVI). A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido quienes han tomado en serio Su Palabra, eligiendo creer que es mejor morir por el amor de Dios que vivir sin este. Esos son los mártires, quienes bebieron de la copa del sufrimiento hasta lo más profundo, y lo consideraron como un privilegio.

Joseph Tson, de la Sociedad Misionera de Rumania, dijo: «El cristianismo es una religión de martirio porque su fundador fue un mártir». De hecho, la palabra griega traducida como «mártir», que en realidad significa «testigo», llegó a referirse a aquellos que murieron por su fe. 

En la Iglesia del primer siglo (así como hoy), ser un testigo fiel a menudo significaba la muerte. Esteban fue apedreado porque dio un testimonio fiel (Hch 7:59). Más tarde, Jacobo se convirtió en el primer apóstol en ser asesinado cuando Herodes lo mató a espada (Hch 12:2). La tradición afirma que Pablo, Pedro y todos los demás apóstoles, a excepción de Juan, fueron ejecutados, así como también muchos otros santos ordinarios sufrieron el martirio. 

Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia.

Luego, cerca del final del período del Nuevo Testamento, el apóstol Juan tuvo una visión del cielo y vio bajo el altar las almas de los que habían sido martirizados. Ellos clamaban a Dios, preguntándole cuándo se levantaría, mostraría Su triunfo y los reivindicaría (Ap 6:10), algo que los santos que estaban vivos deben haberse preguntado también. 

La respuesta de Dios en Apocalipsis 6:11 es impresionante. Él les dice a los santos martirizados que descansen un poco más, hasta que fuera completado tanto el número de sus consiervos como el de sus hermanos que habrían de ser muertos como ellos. La clara implicación es que hay un número de mártires determinado por el Señor y ese número debe cumplirse antes de que llegue la consumación. «Descansen —dice el Señor— hasta que se complete el número de personas que morirán como ustedes murieron». 

El martirio no es algo accidental, no es algo que toma a Dios desprevenido, no es inesperado, y enfáticamente, no es una derrota estratégica para la causa de Cristo. Sí, puede parecer una derrota, pero es parte de un plan celestial que ningún estratega humano concebiría ni podría diseñar jamás. 

La muerte de Esteban debió haber aturdido a la Iglesia de Jerusalén. Dios permitió que tomaran al portavoz más brillante de la Iglesia, pero la persecución que surgió después de la muerte de Esteban hizo que la Iglesia se dispersara por todas partes en servicio misionero (Hch 8:14). Del mismo modo, la muerte de Jacobo debió haber sacudido a la comunidad. Dios permitió que uno de los doce, el fundamento de la Iglesia, fuera brutalmente asesinado, pero un gran torrente de oración se desató cuando la cabeza de Pedro corría la misma suerte (Hch 12:5). Más tarde, las muertes de Pablo y Pedro en Roma debieron haber provocado que los miembros de este joven movimiento se preguntaran qué sería de ellos si los dos líderes más importantes pudieron ser asesinados en una sola persecución. Muchos vacilaron, pero muchos también se mantuvieron firmes y durante tres siglos el cristianismo creció en un suelo empapado con la sangre de los mártires. 

Hasta la llegada del emperador Trajano (cerca del año 98), la persecución estaba permitida pero no era legal. Desde Trajano hasta Decio (cerca del año 250), la persecución fue legal pero principalmente local. Desde Decio, que odiaba a los cristianos y temía el impacto de ellos en sus reformas, hasta el primer edicto de tolerancia en el 311, la persecución no solo era legal, sino también extendida y generalizada. 

Así es como un escritor describió la situación en este tercer período: «El horror se extendió por todas partes en las congregaciones; y el número de lapsi (los que renunciaban a su fe cuando eran amenazados) … era enorme. Sin embargo, no faltaron quienes permanecieron firmes y sufrieron el martirio en lugar de ceder; y, a medida que la persecución se hacía más amplia y más intensa, el entusiasmo de los cristianos y su poder de resistencia se hicieron más y más fuertes» (Schaff-Herzog Encyclopedia, Enciclopedia Schaff-Herzog, Vol. 1). 

Tertuliano, el defensor de la fe que murió en el 225, dijo a sus enemigos: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por ustedes: la sangre de los cristianos es [la] semilla [de la Iglesia]» (Apologeticus, Cap. 50). Y Jerónimo dijo unos cien años después: «La Iglesia de Cristo se ha fundado derramando su propia sangre, no la de otros; soportando el oprobio, no infligiéndolo. Las persecuciones la han hecho crecer; los martirios la han coronado» (Carta 82). 

Durante trescientos años, ser cristiano era un inmenso riesgo para la vida, las posesiones y la familia. Era una prueba a lo que más amaba una persona. En el extremo de esa prueba estaba el martirio, pero por encima de ese martirio estaba un Dios soberano que dijo: «Hay un número determinado». 

Y continúa siendo así hoy en día. Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia. Tienen un papel especial que desempeñar para taparle la boca a Satanás, quien constantemente dice que el pueblo de Dios solo le sirve por conveniencia, porque le va mejor en la vida, y porque tienen un lugar especial en el coro celestial. Los mártires no están muertos; ellos están vivos, y alaban a Dios en el cielo hoy; el noble ejército de mártires continúa alabando a Dios porque todos dijeron: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21). Todos creyeron que Cristo valía más que la vida, más que enamorarse, más que casarse y tener hijos, más que ver a sus hijos crecer, más que hacerse de una reputación para ellos mismos, más que tener el cónyuge de sus sueños, la casa de sus sueños y el crucero de sus sueños. Para ellos Cristo valía más que todos sus planes y sus sueños. Todos ellos dijeron: «Es mejor ser privado de mis sueños, si es que puedo ganar a Cristo». 

¿Dirías tú con el apóstol Pablo que el deseo de tu corazón es que Cristo sea exaltado en tu cuerpo, ya sea por vida o por muerte? ¿Amas tanto a Jesús? ¿Lo amas tanto que perderlo todo para estar con Él (2 Co 5:8) sería una ganancia? 

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Piper
John Piper

El Dr. John Piper es fundador y profesor de Desiring God y Chancellor de Bethlehem College and Seminary en Minneapolis, Estados Unidos. Es autor de muchos libros, entre ellos: Cuando no deseo a Dios y Viviendo en la Luz: Dinero, Sexo & Poder.

¿El Miedo Pertenece a la Vida del Cristiano?

Alimentemos El Alma

¿El Miedo Pertenece a la Vida del Cristiano?

Por John Piper sobre Miedo y Ansiedad

Traducción por Natalia Micaela Moreno

A menudo se dice que el miedo de Dios no tiene lugar en la vida del cristiano porque “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme (por sí mismo) no es hecho perfecto en el amor” (1 Juan 4:18, LBLA).

Pero hay muchos mandamientos de temer en el Nuevo Testamento; por ejemplo, Romanos 11:20: “[Los judíos] fueron desgajados por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme.” De manera similar, Hebreos 3:12 advierte contra la incredulidad (aunque la palabra “temor” no se usa): “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo.” (Otros textos, amonestando miedo: 1 Pedro 1:17; 2:17; Filipenses 2:13; Lucas 12:5; Isaías 66:2; Hechos 9:31; 2 Corintios 5:11; 7:1; etc.)

Pero no debemos tener la idea de que los escritores del Nuevo Testamento están tomando partido aquí, algunos a favor del miedo (Pablo, Hebreos) y otros en contra (Juan). Porque aunque Romanos 11:20 amonesta el temor, Romanos 8:15 dice, “Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijos.”

Y aunque Hebreos 3:12 amonesta el temor de un corazón incrédulo (que es lo mismo que decir el temor de Dios que retribuye la incredulidad con castigo), Hebreos 4:16 dice, “Acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.”

Por lo tanto, el problema no es tanto un desacuerdo entre los autores de los libros del Nuevo Testamento, sino más bien el problema es cómo el mismo autor puede decir por un lado, “¡Miedo!” y por otro lado, “¡No tengan miedo! Tengan confianza.” La solución, creo yo, se encontrará en la sugerencia de que un temor sobrio de Dios nos motivará a confiar en su misericordia mostrada en Cristo y esta “confianza temblorosa” eliminará gradualmente el miedo que nos condujo a ella a medida que vemos más claramente lo que nuestro Señor ha hecho por nosotros.

Estaba leyendo la Antología de Lewis de George MacDonald y encontré algunos comentarios útiles. Él señala que absolutamente nada menos que el amor perfecto (tanto de Dios hacia el hombre como del hombre hacia Dios) debe echar fuera el temor. Somos propensos a querer librarnos del miedo a cualquier costo, por cualquier medio. Juan dice que hay y debe haber solo un medio: el amor perfecto por Dios debe echar fuera el temor.

Pensamos que seremos mejores cristianos cuando dejemos de temer; eso puede ser muy falso. Seremos mejores cristianos cuando amemos más a Dios por su amor perfecto. El perfeccionamiento del amor necesariamente expulsa el miedo, pero expulsar el miedo no necesariamente significa que el amor está siendo perfeccionado. Uno puede desear librarse del miedo de la misma manera que quiere librarse de una mala conciencia y puede usar todos los mismos medios engañosos para deshacerse de esta incomodidad (por ejemplo, alcohol, drogas, o más comúnmente, la eliminación de todos los mandamientos en la Biblia de temer a Dios y amarlo con todo su corazón. Ver Deuteronomio 10:12).

MacDonald escribe (pág. 67),

Persuadir a los hombres que el miedo es una cosa vil, que es un insulto a Dios, que él no va a nada de eso; mientras que ellos todavía están enamorados de su propia voluntad y esclavos de cada movimiento de impulso apasionado y ¿cuál será la consecuencia? Que insultarán a Dios como un ídolo desechado, una superstición, una cosa para ser arrojada y escupida. Después de eso, ¿cuánto aprenderán de Él?

El temor es un vínculo imperfecto con Dios, pero es un vínculo que solo debería ser reemplazado por un vínculo infinitamente más estrecho: el vínculo del amor (pág. 67). Nada más debería echar fuera el miedo.

¿Debe el miedo, entonces, jugar un papel hasta cierto punto y nunca más en la vida cristiana? El punto después del cual el miedo no tendrá lugar apropiado en la vida del cristiano es el punto en el cual su amor es perfeccionado. Pero ninguno de nosotros está todavía perfeccionado en el amor; ninguno de nosotros carece de momentos en los que su deleite en Dios se desvanece y las “cosas que se ven” se vuelven engañosamente atractivas.

En estos momentos estamos en necesidad de una advertencia de Pablo (Romanos 11:20) o de Hebreos (3:12) o de Jesús (Lucas 12:5). En estos momentos no debemos estar completamente libres del temor, porque no estamos completamente controlados por el amor a Dios; es decir, no estamos viviendo completamente por la fe. Pero el temor que debemos sentir como cristianos es en sí mismo una obra de gracia. Es un temor que nos devuelve al amor a Dios y a la confianza en su misericordia, y así se destruye a sí mismo. El temor es el servidor apropiado del amor por los santos imperfectos.

La segunda línea de “Amazing Grace” no es simplemente una experiencia que no se repita (traducción al español):

La gracia enseñó a mi corazón a temer,
Y la gracia mis dudas alivió;
Cuán preciosa apareció la gracia,
Cuando creí por primera vez.

El 7 de enero de 1974, encontré la siguiente cita en Treatise Concerning the Religious Affections de Jonathan Edwards (Londres, 1796), pág. 102 en adelante. Creo que expone exactamente lo que estoy tratando de decir.

Así que Dios ha ideado y constituido cosas en sus dispensaciones hacia su propio pueblo que cuando su amor decae y los ejercicios del mismo fallan o se vuelven débiles, el temor debe surgir; ya que entonces lo necesitan para refrenarlos del pecado y para animarlos a cuidar el bien de sus almas y así salvarlos a la vigilancia y diligencia en la religión: pero Dios ha ordenado que cuando el amor se eleva y está en vigoroso ejercicio, entonces el miedo debe desaparecer y ser expulsado porque entonces no lo necesitan, teniendo un principio superior y más excelente en ejercicio para refrenarlos del pecado y sacarlos de su deber. No hay otros principios influyendo la naturaleza humana que jamás harán concienzudos a los hombres, sino uno de estos dos, el miedo o el amor: y por lo tanto, si uno de estos no prevaleciera al decaer el otro, el pueblo de Dios al caer en figuras muertas y carnales, estando el amor dormido; estaría ciertamente, lamentablemente expuesto. Y por lo tanto Dios ha ordenado sabiamente, que estos dos principios opuestos de amor y miedo deben subir y bajar como las dos escalas opuestas de una balanza; cuando uno se eleva el otro se hunde… 

El temor es expulsado por el Espíritu de Dios, de ninguna otra manera que por el predominio del amor: ni nunca es mantenido por su Espíritu sino cuando el amor está dormido…

Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.

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