Una razón para vacunarse: libertad

Coalición por el Evangelio

Una razón para vacunarse: libertad

John Piper

Mi objetivo con este artículo es animar a los cristianos a vacunarse si es que pueden hacerlo con limpia conciencia y una autorización médica acertada.

Las personas a las que tengo en mente son aquellas que no se han vacunado por miedo a dejar de estar en el bando de las personas que respetan y piensan que se unirán al bando de aquellas a quienes no admiran. Mi mensaje para ellos es simple: eres libre.

En este caso, no les estoy hablando a todos de manera directa. Si el sombrero te sirve, póntelo: revisa tu conciencia, consulta a tu médico y ve a vacunarte. Si no es así, sigue tu camino, por un lado triste y por otro alegre. Triste, porque más de 4.5 millones de personas han muerto por COVID-19 en todo el mundo (incluyendo a más de 700,000 estadounidenses). Con alegría, porque Cristo hace posible amar milagrosamente a las personas al estar «como entristecidos, pero siempre gozosos» (2 Co 6:10).

La leña que alimenta el fuego

Antes de llegar al argumento bíblico a favor de la libertad radical, considera algunas estadísticas que sirvieron de leña para alimentar el fuego sobre el cual se cocinó este artículo.

  • «Casi todas las muertes por COVID-19 que han ocurrido ahora en los EE. UU. han sido de personas que no estaban vacunadas… Desde mayo [2021]… las infecciones en personas completamente vacunadas representaron menos de 1,200 en más de 107,000 hospitalizaciones por COVID-19. Eso es alrededor del 1.1%. En el mes de mayo, alrededor de 150 de las más de 18,000 muertes ocurridas por COVID-19 fueron de personas completamente vacunadas. Eso se traduce en alrededor del 0.8%» (Associated Press).
  • Indiana «tuvo 3,801 muertes por coronavirus entre [18 de enero del 2021] y 16 de septiembre: 94% de ellos no estaban vacunados… El 97.9% de los habitantes de Hoosiers menores de 65 años que murieron no estaban vacunados» (Evansville Courier and Press).
  • En Montana, «desde febrero de 2021 hasta septiembre de 2021… el 89.5% de los casos, el 88.6% de las hospitalizaciones y el 83.5% de las muertes se produjeron entre personas que no estaban completamente vacunadas, incluyendo las que aún no eran elegibles para la vacunación» (KRTV – Great Falls).
  • «Más del 95% de las 443 personas menores de 60 años que han muerto de COVID-19 en Kentucky desde principios de julio no estaban vacunadas» (Lexington Herald-Leader).
  • El Departamento de Salud de Pensilvania informa que entre el 1 de enero y el 4 de octubre de 2021, «el 93% de las muertes relacionadas con COVID-19 ocurrieron en personas no vacunadas o que no habían sido completamente vacunadas» (FOX43).

Cuando las personas responden a esta realidad, que cada vez es más clara, señalando a líderes gubernamentales y médicos poco confiables y de mala reputación, yo respondo: «Eso es un non sequitur» [una conclusión que no sigue lógicamente la declaración anterior]. El equipo llamado «vacunación» acaba de anotar el primer punto, aun si son monos los árbitros. Para los amigos de todo el mundo que no conocen el fútbol americano, eso significa que una victoria es una victoria, aun si todos los entrenadores y árbitros son incompetentes.

Entonces, pensemos en la libertad cristiana.

El llamado a la libertad de Pedro

El apóstol Pedro dijo:

«Esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, ustedes hagan enmudecer la ignorancia de los hombres insensatos. Anden como libres, pero no usen la libertad como pretexto para la maldad, sino empléenla como siervos de Dios. Honren a todos, amen a los hermanos, teman a Dios, honren al rey» (1 Pedro 2:15-17).

«Anden como libres».

Pedro acababa de decir: «Sométanse, por causa del Señor, a toda institución humana, ya sea al rey como autoridad» (1 P 2:13). ¿Cómo puedes «someterte» y «andar como libre» al mismo tiempo?

La respuesta de Pedro es que los cristianos son «siervos de Dios». En otras palabras, cuando te sometes a una «institución humana» (1 P 2:13), no lo haces como siervo de esa institución. Lo haces en libertad porque eres siervo de Dios, no del hombre. Dios es dueño de su pueblo, por creación y redención.

Dios es nuestro único dueño y por eso solo Dios nos gobierna. No somos gobernados por ningún hombre. Somos libres de toda propiedad y gobierno humanos 

El apóstol Pablo dice lo mismo: «…ustedes no se pertenecen a sí mismos… Porque han sido comprados por un precio» (1 Co 6:19-20). Dios te compró con la sangre de Cristo. Él es tu dueño y si le perteneces a Dios, no le puedes pertenecer a nadie más: «Ustedes fueron comprados por precio. No se hagan esclavos de los hombres» (1 Co 7:23).

Los cristianos no son propiedad de hombre alguno: de ninguna sociedad, empresa, clan, familia, escuela, ejército, gobierno o grupo de interés político. Dios es nuestro único dueño y por eso solo Dios nos gobierna. No somos gobernados por ningún hombre. Somos libres de toda propiedad y gobierno humanos.

Cuando nos sometemos, lo hacemos por amor al Señor, porque Él nos mandó que lo hiciéramos. La propiedad de Dios sobre su pueblo le quita todo derecho decisivo a la autoridad humana. Convierte cada acto de obediencia humana en adoración. Cuando nos sometemos, lo hacemos para la gloria de nuestro único Dueño y Maestro. La vida se dirige de manera radical hacia Dios.

«Los hijos están exentos»

Durante su vida en la tierra, Jesús le había enseñado a Pedro una lección sobre la libertad. Pedro se preguntaba a sí mismo acerca del impuesto de dos dracmas que los judíos tenían que pagar cada año (Mt 17:24). La respuesta de Jesús es la siguiente:

«“¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes cobran tributos o impuestos los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?”. “De los extraños”, respondió Pedro. “Entonces los hijos están exentos”, le dijo Jesús. “Sin embargo, para que no los escandalicemos, ve al mar, echa el anzuelo, y toma el primer pez que salga; y cuando le abras la boca hallarás un siclo; tómalo y dáselo por ti y por Mí”» (Mateo 17:25-27).

«Los hijos están exentos». Es decir, están libres de ser controlados por cualquier autoridad humana. Los hijos obedecen a su Padre. Él es su autoridad determinante. Lo que hacen, lo hacen por su voluntad, no por la voluntad del hombre. Los hijos son libres.

Los hijos del Rey no están obligados a pagar impuestos a las instituciones creadas por su Padre. Están obligados a obedecer a su Padre, no al hombre. Por lo tanto, cuando pagan el impuesto, lo hacen para honrar a su Padre, porque Él les dio los recursos y el mandato: «Tómalo y dáselo» (Mt 17:27).

Pedro aprendió la lección y ahora les dice a los cristianos: «Anden como libres». Ustedes son hijos de Dios, son esclavos de Dios. Ser hijos implica privilegio y amor. La esclavitud implica la propiedad y el gobierno de Dios. Ambos implican la libertad del hombre.

La liberación del hombre no es la exaltación del yo

Pero ay de nosotros, los cristianos, si esta libertad radical nos hace arrogantes. «Anden como libres, pero no usen la libertad como pretexto para la maldad» (1 P 2:16, énfasis añadido). El mayor mal es el orgullo de la exaltación propia. Pedro tiene claro cómo la propiedad y la paternidad de Dios deberían afectar a su pueblo: es decir, a sus siervos e hijos.

«Revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte a su debido tiempo, echando toda su ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de ustedes» (1 Pedro 5:5-7). 

Los cristianos somos humildes porque estamos «bajo la poderosa mano de Dios» y estamos gozosos porque «Él tiene cuidado de [nosotros]». Nuestra libertad no nos vuelve descarados. Nos vuelve audaces, pero no descarados. Hay una audacia cristiana particular, una audacia de un corazón quebrantado. Nuestra libertad no nos vuelve arrogantes. Valientes sí, pero no engreídos. Hay un coraje que es particularmente cristiano: un coraje contrito.

¿Por qué contrito? Porque nuestra ropa todavía está chamuscada por el fuego de nuestra casi condenación. Merecemos la condenación y nos salvó solo por gracia. Dependemos por completo de la misericordia inmerecida y sin derecho. La promesa de Dios a sus hijos es tan asombrosamente grande que estamos, como dicen, anonadados por ella, abrumados. Humillados por las alturas prometidas.

«Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es de ustedes: ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es suyo, y ustedes de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Corintios 3:21-23). 

¡Todas las cosas son tuyas! ¡Así que no te jactes! Esa es la paradoja de la libertad cristiana. Nuestro Padre es dueño de todo. Somos sus herederos y lo heredamos todo. Somos hijos y sus hijos son libres. Por lo tanto, no hay que fanfarronear, no hay jactancia. Solo hay lágrimas de alegría porque no merecemos nada y queremos que todos los demás se unan a nosotros. Sin embargo, muchos se niegan. Esta es la libertad del amor. Una libertad que nos convierte en deudores de todos (Ro 1:14). Una libertad con obligaciones radicales enviadas por el cielo.

Liberados del miedo al hombre: de izquierda o de derecha

No te dejes esclavizar por el miedo a apartarte de las filas de tus aliados ideológicos. Eres libre 

Ahora, podríamos pensar que el objetivo de esta realidad bíblica de libertad cristiana audaz y con el corazón contrito sería esta: no es necesario vacunarse cuando el gobierno lo diga. Ustedes son libres, así que anden como personas libres.

Eso es cierto, por supuesto. Si tu Padre que está en los cielos te deja en claro, por su Palabra y sabiduría, que su gloria y el bien de tu prójimo serán mejor servidos si no estás vacunado, eres libre de correr el riesgo de infectarte de COVID por amor. Ningún cristiano está obligado a ceder ante mandatos injustificados.

Pero ese no es mi punto principal.

Mi punto es este: no te dejes esclavizar por el miedo al hombre. No te dejes esclavizar por el miedo a apartarte de las filas de tus aliados ideológicos. El antiguo nombre para esto es presión de grupo. Eres libre.

  • Has considerado el riesgo del COVID al ver morir a cientos de miles de personas.
  • Has considerado los riesgos a corto y largo plazo de las vacunas mientras observas a millones de personas recibir las inyecciones.
  • Has comparado la frecuencia de hospitalizaciones y muertes de personas con y sin vacunas.
  • Has pensado mucho en las implicaciones de las líneas celulares fetales en la producción y prueba de las vacunas.
  • Te has regocijado por la creciente evidencia de que la inmunidad natural, desarrollada después de recuperarse del COVID, es tan efectiva como la inmunidad por vacunación.
  • Has reflexionado sobre la probabilidad y la improbabilidad de las conjeturas conspirativas.

Tu conciencia está cada vez más limpia. Dice: «Vacúnate». ¡Pero existe este miedo molesto de parecer de izquierda, progresista, demócrata, transigente, o woke!

Entonces, mi mensaje para esas personas es este: «¡Los hijos son libres!»

Cada uno de nosotros permanece o cae ante su propio Maestro (Ro 14:4). «Anden como libres». Anden libres del miedo: al hombre, a ser etiquetado, a ser llamado transigente, a que se dude de que no son parte de los que valientemente se resisten (especialmente cuando sabes que miles de esos resistentes son realmente valientes, sabios y reflexivos).

El miedo no es libertad. «El temor al hombre es un lazo, pero el que confía en el Señor estará seguro» (Pr 29:25). El miedo al hombre tiende una trampa para arrebatar la libertad. ¿Por qué? Porque el alma temerosa ya está atrapada, ya cayó en la trampa, está atada y esclavizada.

Te llamo a algo mejor. «Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud» (Gá 5:1). No es un yugo al gobierno, no es un yugo antigubernamental. No es un yugo de izquierda ni un yugo de derecha.

Tienes la libertad de decir con integridad: «Mi decisión de vacunarme no es una decisión política. No es de derecha ni de izquierda. Es un acto de amor informado bíblicamente». Los hijos son libres. Entristecidos, pero gozosamente libres. Por tanto, «anden como libres».

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.

​John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

El dinero me motiva a trabajar duro. ¿Eso está bien?

Coalición por el Evangelio

El dinero me motiva a trabajar duro. ¿Eso está bien?

JOHN PIPER

Nota del editor: El pastor John Piper recibe preguntas de algunos de sus oyentes de su programa Ask Pastor John. A continuación está su respuesta a una de esas preguntas.

Hola a todos y feliz viernes. Gracias por unirse a nosotros en el día de hoy a través del podcast de Ask Pastor. El pastor John se une a nosotros de manera remota a través de Skype. Y nuestra pregunta de hoy es de un oyente llamado Wesley, que tiene una pregunta importante acerca del trabajo, aunque no tenemos claro dónde es que trabaja. Wesley escribe: “¡Hola, pastor John! Recientemente, mi jefe nos ofreció a mí y a todos mis colegas un bono en efectivo para quien genere nuevas referencias. Me sentí atraído inmediatamente por la propuesta. Pero mi pregunta es la siguiente: ¿Debería la oferta de dinero en efectivo ser un buen motivador para nuestro trabajo? ¿Puede el deseo de obtener más dinero (en este caso, una bonificación) ser deseable de manera virtuosa? ¿O es simplemente amor al dinero? ¿Cómo puedo saber la diferencia?”.


Una de las cosas más básicas que podemos decir es que el dinero tiene valor en una cultura donde puede ser intercambiado por otra cosa. El papel que llamamos “billetes” o “dinero”, o las piezas de metal que llamamos “monedas”, o los cheques que representan dinero o usar el teléfono móvil como medio de pago (que de alguna manera se convierte en dinero), todo eso es relativamente inservible. Eso tiene valor solo porque vivimos en una cultura en la que hemos hecho un acuerdo sobre el uso que podemos dar a estas diferentes monedas y diferentes billetes.

Los puedes intercambiar por cosas y servicios que valoras, o puedes regalarlo porque crees que los demás lo intercambiarán por algo que realmente valoras y deseas promover. Podría ser a un misionero que lo intercambia por Biblias para regalar, o puede ser a un instituto de investigación que busca encontrar una cura para una enfermedad, etc. Entonces, el dinero es la habilidad de obtener y promover lo que tú valoras.

Usando el dinero para magnificar a Dios

Ahora bien, la Biblia es clara en que el objetivo principal de la vida es magnificar (es decir, engrandecer, glorificar, mostrar supremamente hermoso, digno y grande) a Jesús y todo lo que Dios es para nosotros en Él. En última instancia, todo lo que hay en el mundo existe para este propósito, aún el dinero. Por lo tanto, la pregunta fundamental para el cristiano con respecto al dinero es: tenerlo o no tenerlo, desearlo o no desearlo, ¿sirve todo eso para este propósito de magnificar (mostrar más grande) el valor de Jesús sobre todas las cosas?

La manera en que me gusta expresar esto es esta: la razón por la cual Dios le da dinero a su pueblo es para que podamos usarlo de una manera que demuestre que el dinero no es nuestro dios, sino que Dios es nuestro Dios. Por eso es que tenemos dinero. Por eso es que tenemos todo lo que tenemos. Creo que es importante enfatizar que Dios sí tiene la intención de que los cristianos usen el dinero. El dinero en sí mismo es solo dinero. No es ni bueno ni malo; es solo una cosa: es papel, monedas o el potencial de valor.

Salarios dignos

Jesús dijo en Lucas 10:7 (y esta es una oración muy importante, probablemente cada palabra en ella, especialmente la palabra digno) que el trabajador es digno de su salario. La palabra digno implica que es correcto, es bueno, es justo ganarse la vida y recibir el salario que corresponde a tu trabajo. Evidentemente, mientras más duro trabajas, mayor es el pago que recibes, y mientras menos trabajas, menor es el pago que recibes. Hay una correspondencia. A eso se refiere con la palabra dignidad: el trabajador es digno de su salario. A esto se le llama justicia. Es justo ser pagado más por haber hecho un buen trabajo para tu empleador. Es justo ser pagado menos por haber hecho un trabajo pobre para tu empleador. Por supuesto, existen otros criterios. Pero ese es el principio básico que equivaldría a la justicia, o lo que Jesús llama dignidad.

Dios le da dinero a su pueblo para que podamos usarlo de una manera que demuestre que el dinero no es nuestro dios, sino que Dios es nuestro Dios 

Entonces, no niego la bondad ni la justicia de que un empleado desee ser pagado de manera apropiada por un trabajo bien hecho, ya sea un salario normal o una bonificación. Me parece que el principio es el mismo, (no el que recibas un bono y eso crea todo tipo de problemas) es tu salario. ¿Por qué vas a trabajar en las mañanas aun cuando no hay una bonificación prometida? De cualquier manera, me parece que la remuneración por el trabajo hecho es justa. Desearlo es justo, o al menos puede ser justo.

Siete maneras de medir la codicia

La pregunta entonces se convierte en (y esta es la pregunta que se planteó): ¿Qué haría que el deseo de una bonificación o un salario sea defectuoso, es decir, un deseo pecaminoso y dañado de un salario o una bonificación? Wesley pregunta específicamente: “¿Debería la oferta de dinero en efectivo ser lo que nos motiva a trabajar? ¿Puede el deseo de obtener más dinero (en este caso, una bonificación) ser deseado de una manera virtuosa? ¿O es simplemente amor al dinero? ¿Cómo puedo saber la diferencia?”. Entonces, permítanme dar algunos consejos que entiendo que la Biblia nos da para ayudarnos a discernir si nuestros corazones están en lo correcto al desear una bonificación o un salario, o cualquier otro beneficio material, si vamos al caso, como el retorno de impuestos. 

1. Evalúa el proyecto

¿Es virtuoso en sí mismo el proyecto por el cual se te está ofreciendo el bono? ¿Se te está pidiendo hacer algo bueno? Si la respuesta es no, la búsqueda del dinero a través de la bonificación se verá contaminada.

2. Siente el peligro

¿Sientes una amenaza real de que el deseo de ser rico es un deseo peligroso? “Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo… la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Ti 6:9-10). “Es difícil que un rico entre en el reino de los cielos” (Mt 19:23).

En otras palabras, existe un grupo de textos en el Nuevo Testamento que alzan una bandera amarilla frente al deseo por el dinero diciendo: “Cuidado, esto puede matarte”. Yo solo digo: ¿sientes eso? Es apropiado ser despertado ante ese peligro, no sea que caigas en él.

3. Revisa tu contentamiento en Cristo

¿Es el deseo por el dinero una evidencia de que Dios se está volviendo menos satisfactorio para ti? Para decirlo de otra manera: ¿El deseo por el dinero se está convirtiendo en idolatría? Uso esa palabra debido a Colosenses 3:5, que dice que la avaricia, o la codicia, es idolatría. O, para decirlo de otra manera: ¿Aún estarías contento en Dios, feliz en Dios, si no recibes el bono?

4. Recuerda lo que es más bienaventurado

¿Sigue tu corazón experimentando la verdad de Hechos 20:35, que “más bienaventurado”, más gozoso, más satisfactorio, “es dar que recibir”? ¿O el deseo de este bono se está elevando a un nivel en donde sería más satisfactorio recibirlo en lugar de dar? ¿Ha comenzado tu corazón a apartarse de Hechos 20:35?

5. Mantén tu confianza en las promesas de Dios

¿El deseo por el bono indica que tu corazón podría estar perdiendo un poco su confianza en las promesas de Dios, las cuáles han sido diseñadas para librarte del amor al dinero? Aquí estoy considerando Hebreos 13:5-6: “Sea el carácter de ustedes sin avaricia, contentos con lo que tienen, porque Él mismo ha dicho: ‘Nunca te dejaré ni te desampararé’, de manera que decimos confiadamente: ‘El Señor es el que me ayuda; no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?’”. ¿Es el deseo por la bonificación una pérdida de confianza en esas promesas?

6. Evalúa tu amor por la Palabra de Dios

En vista de que Jesús dijo en Lucas 8:14 que las riquezas de esta vida ahogan a la Palabra de Dios, ¿detectas que tu deseo por esta bonificación disminuye tu gozo y tu deseo de mantenerte en la Palabra de Dios? Este es un buen barómetro. La gente comienza a considerar la Palabra de Dios aburrida cuando se vuelven más mundanos. 

¿O esta bonificación podría aumentar tus motivos de leer y meditar en la Palabra de Dios? Al encontrarte deseando la bonificación, contemplando la posibilidad de recibir esta bonificación, contemplando dar, gastar, ahorrar, o invertir este bono, ¿te sientes atraído a la Palabra de Dios o queriendo alejarte de ella?

7. Ancla tu vida en Cristo

Finalmente, como Jesús dijo que la vida no consiste en la abundancia de tus bienes (Lc 12:15), ¿detectas que esta bonificación está invadiendo tu sentido de estar vivo en Cristo, de manera que juega un rol energizante y vivificante, que parece desproporcionado con la declaración de que la vida no consiste en la abundancia de tus bienes? ¿Hay un sentido en que perder esta bonificación realmente disminuirá tu sentido de vida en Él?

Entonces, estas son algunas maneras en que puedes examinar tu corazón cuando estás deseando un sueldo, una bonificación, o algún otro beneficio material. En última instancia, la Biblia dice: “Ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Co 10:31). Esa es la conclusión: ¿Será Dios más glorioso para ti? ¿Y se verá Él más glorioso a través de ti debido a esta bonificación y lo que haces con ella?

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Lauren Charruf Morris.

​John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

La sangre de la vida

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

La sangre de la vida

Por John Piper

La Biblia dice que el amor de Dios es mejor que la vida (Sal 63:3 NVI). A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido quienes han tomado en serio Su Palabra, eligiendo creer que es mejor morir por el amor de Dios que vivir sin este. Esos son los mártires, quienes bebieron de la copa del sufrimiento hasta lo más profundo, y lo consideraron como un privilegio.

Joseph Tson, de la Sociedad Misionera de Rumania, dijo: «El cristianismo es una religión de martirio porque su fundador fue un mártir». De hecho, la palabra griega traducida como «mártir», que en realidad significa «testigo», llegó a referirse a aquellos que murieron por su fe. 

En la Iglesia del primer siglo (así como hoy), ser un testigo fiel a menudo significaba la muerte. Esteban fue apedreado porque dio un testimonio fiel (Hch 7:59). Más tarde, Jacobo se convirtió en el primer apóstol en ser asesinado cuando Herodes lo mató a espada (Hch 12:2). La tradición afirma que Pablo, Pedro y todos los demás apóstoles, a excepción de Juan, fueron ejecutados, así como también muchos otros santos ordinarios sufrieron el martirio. 

Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia.

Luego, cerca del final del período del Nuevo Testamento, el apóstol Juan tuvo una visión del cielo y vio bajo el altar las almas de los que habían sido martirizados. Ellos clamaban a Dios, preguntándole cuándo se levantaría, mostraría Su triunfo y los reivindicaría (Ap 6:10), algo que los santos que estaban vivos deben haberse preguntado también. 

La respuesta de Dios en Apocalipsis 6:11 es impresionante. Él les dice a los santos martirizados que descansen un poco más, hasta que fuera completado tanto el número de sus consiervos como el de sus hermanos que habrían de ser muertos como ellos. La clara implicación es que hay un número de mártires determinado por el Señor y ese número debe cumplirse antes de que llegue la consumación. «Descansen —dice el Señor— hasta que se complete el número de personas que morirán como ustedes murieron». 

El martirio no es algo accidental, no es algo que toma a Dios desprevenido, no es inesperado, y enfáticamente, no es una derrota estratégica para la causa de Cristo. Sí, puede parecer una derrota, pero es parte de un plan celestial que ningún estratega humano concebiría ni podría diseñar jamás. 

La muerte de Esteban debió haber aturdido a la Iglesia de Jerusalén. Dios permitió que tomaran al portavoz más brillante de la Iglesia, pero la persecución que surgió después de la muerte de Esteban hizo que la Iglesia se dispersara por todas partes en servicio misionero (Hch 8:14). Del mismo modo, la muerte de Jacobo debió haber sacudido a la comunidad. Dios permitió que uno de los doce, el fundamento de la Iglesia, fuera brutalmente asesinado, pero un gran torrente de oración se desató cuando la cabeza de Pedro corría la misma suerte (Hch 12:5). Más tarde, las muertes de Pablo y Pedro en Roma debieron haber provocado que los miembros de este joven movimiento se preguntaran qué sería de ellos si los dos líderes más importantes pudieron ser asesinados en una sola persecución. Muchos vacilaron, pero muchos también se mantuvieron firmes y durante tres siglos el cristianismo creció en un suelo empapado con la sangre de los mártires. 

Hasta la llegada del emperador Trajano (cerca del año 98), la persecución estaba permitida pero no era legal. Desde Trajano hasta Decio (cerca del año 250), la persecución fue legal pero principalmente local. Desde Decio, que odiaba a los cristianos y temía el impacto de ellos en sus reformas, hasta el primer edicto de tolerancia en el 311, la persecución no solo era legal, sino también extendida y generalizada. 

Así es como un escritor describió la situación en este tercer período: «El horror se extendió por todas partes en las congregaciones; y el número de lapsi (los que renunciaban a su fe cuando eran amenazados) … era enorme. Sin embargo, no faltaron quienes permanecieron firmes y sufrieron el martirio en lugar de ceder; y, a medida que la persecución se hacía más amplia y más intensa, el entusiasmo de los cristianos y su poder de resistencia se hicieron más y más fuertes» (Schaff-Herzog Encyclopedia, Enciclopedia Schaff-Herzog, Vol. 1). 

Tertuliano, el defensor de la fe que murió en el 225, dijo a sus enemigos: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por ustedes: la sangre de los cristianos es [la] semilla [de la Iglesia]» (Apologeticus, Cap. 50). Y Jerónimo dijo unos cien años después: «La Iglesia de Cristo se ha fundado derramando su propia sangre, no la de otros; soportando el oprobio, no infligiéndolo. Las persecuciones la han hecho crecer; los martirios la han coronado» (Carta 82). 

Durante trescientos años, ser cristiano era un inmenso riesgo para la vida, las posesiones y la familia. Era una prueba a lo que más amaba una persona. En el extremo de esa prueba estaba el martirio, pero por encima de ese martirio estaba un Dios soberano que dijo: «Hay un número determinado». 

Y continúa siendo así hoy en día. Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia. Tienen un papel especial que desempeñar para taparle la boca a Satanás, quien constantemente dice que el pueblo de Dios solo le sirve por conveniencia, porque le va mejor en la vida, y porque tienen un lugar especial en el coro celestial. Los mártires no están muertos; ellos están vivos, y alaban a Dios en el cielo hoy; el noble ejército de mártires continúa alabando a Dios porque todos dijeron: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21). Todos creyeron que Cristo valía más que la vida, más que enamorarse, más que casarse y tener hijos, más que ver a sus hijos crecer, más que hacerse de una reputación para ellos mismos, más que tener el cónyuge de sus sueños, la casa de sus sueños y el crucero de sus sueños. Para ellos Cristo valía más que todos sus planes y sus sueños. Todos ellos dijeron: «Es mejor ser privado de mis sueños, si es que puedo ganar a Cristo». 

¿Dirías tú con el apóstol Pablo que el deseo de tu corazón es que Cristo sea exaltado en tu cuerpo, ya sea por vida o por muerte? ¿Amas tanto a Jesús? ¿Lo amas tanto que perderlo todo para estar con Él (2 Co 5:8) sería una ganancia? 

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Piper
John Piper

El Dr. John Piper es fundador y profesor de Desiring God y Chancellor de Bethlehem College and Seminary en Minneapolis, Estados Unidos. Es autor de muchos libros, entre ellos: Cuando no deseo a Dios y Viviendo en la Luz: Dinero, Sexo & Poder.

¿El Miedo Pertenece a la Vida del Cristiano?

Alimentemos El Alma

¿El Miedo Pertenece a la Vida del Cristiano?

Por John Piper sobre Miedo y Ansiedad

Traducción por Natalia Micaela Moreno

A menudo se dice que el miedo de Dios no tiene lugar en la vida del cristiano porque “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme (por sí mismo) no es hecho perfecto en el amor” (1 Juan 4:18, LBLA).

Pero hay muchos mandamientos de temer en el Nuevo Testamento; por ejemplo, Romanos 11:20: “[Los judíos] fueron desgajados por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme.” De manera similar, Hebreos 3:12 advierte contra la incredulidad (aunque la palabra “temor” no se usa): “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo.” (Otros textos, amonestando miedo: 1 Pedro 1:17; 2:17; Filipenses 2:13; Lucas 12:5; Isaías 66:2; Hechos 9:31; 2 Corintios 5:11; 7:1; etc.)

Pero no debemos tener la idea de que los escritores del Nuevo Testamento están tomando partido aquí, algunos a favor del miedo (Pablo, Hebreos) y otros en contra (Juan). Porque aunque Romanos 11:20 amonesta el temor, Romanos 8:15 dice, “Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijos.”

Y aunque Hebreos 3:12 amonesta el temor de un corazón incrédulo (que es lo mismo que decir el temor de Dios que retribuye la incredulidad con castigo), Hebreos 4:16 dice, “Acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.”

Por lo tanto, el problema no es tanto un desacuerdo entre los autores de los libros del Nuevo Testamento, sino más bien el problema es cómo el mismo autor puede decir por un lado, “¡Miedo!” y por otro lado, “¡No tengan miedo! Tengan confianza.” La solución, creo yo, se encontrará en la sugerencia de que un temor sobrio de Dios nos motivará a confiar en su misericordia mostrada en Cristo y esta “confianza temblorosa” eliminará gradualmente el miedo que nos condujo a ella a medida que vemos más claramente lo que nuestro Señor ha hecho por nosotros.

Estaba leyendo la Antología de Lewis de George MacDonald y encontré algunos comentarios útiles. Él señala que absolutamente nada menos que el amor perfecto (tanto de Dios hacia el hombre como del hombre hacia Dios) debe echar fuera el temor. Somos propensos a querer librarnos del miedo a cualquier costo, por cualquier medio. Juan dice que hay y debe haber solo un medio: el amor perfecto por Dios debe echar fuera el temor.

Pensamos que seremos mejores cristianos cuando dejemos de temer; eso puede ser muy falso. Seremos mejores cristianos cuando amemos más a Dios por su amor perfecto. El perfeccionamiento del amor necesariamente expulsa el miedo, pero expulsar el miedo no necesariamente significa que el amor está siendo perfeccionado. Uno puede desear librarse del miedo de la misma manera que quiere librarse de una mala conciencia y puede usar todos los mismos medios engañosos para deshacerse de esta incomodidad (por ejemplo, alcohol, drogas, o más comúnmente, la eliminación de todos los mandamientos en la Biblia de temer a Dios y amarlo con todo su corazón. Ver Deuteronomio 10:12).

MacDonald escribe (pág. 67),

Persuadir a los hombres que el miedo es una cosa vil, que es un insulto a Dios, que él no va a nada de eso; mientras que ellos todavía están enamorados de su propia voluntad y esclavos de cada movimiento de impulso apasionado y ¿cuál será la consecuencia? Que insultarán a Dios como un ídolo desechado, una superstición, una cosa para ser arrojada y escupida. Después de eso, ¿cuánto aprenderán de Él?

El temor es un vínculo imperfecto con Dios, pero es un vínculo que solo debería ser reemplazado por un vínculo infinitamente más estrecho: el vínculo del amor (pág. 67). Nada más debería echar fuera el miedo.

¿Debe el miedo, entonces, jugar un papel hasta cierto punto y nunca más en la vida cristiana? El punto después del cual el miedo no tendrá lugar apropiado en la vida del cristiano es el punto en el cual su amor es perfeccionado. Pero ninguno de nosotros está todavía perfeccionado en el amor; ninguno de nosotros carece de momentos en los que su deleite en Dios se desvanece y las “cosas que se ven” se vuelven engañosamente atractivas.

En estos momentos estamos en necesidad de una advertencia de Pablo (Romanos 11:20) o de Hebreos (3:12) o de Jesús (Lucas 12:5). En estos momentos no debemos estar completamente libres del temor, porque no estamos completamente controlados por el amor a Dios; es decir, no estamos viviendo completamente por la fe. Pero el temor que debemos sentir como cristianos es en sí mismo una obra de gracia. Es un temor que nos devuelve al amor a Dios y a la confianza en su misericordia, y así se destruye a sí mismo. El temor es el servidor apropiado del amor por los santos imperfectos.

La segunda línea de “Amazing Grace” no es simplemente una experiencia que no se repita (traducción al español):

La gracia enseñó a mi corazón a temer,
Y la gracia mis dudas alivió;
Cuán preciosa apareció la gracia,
Cuando creí por primera vez.

El 7 de enero de 1974, encontré la siguiente cita en Treatise Concerning the Religious Affections de Jonathan Edwards (Londres, 1796), pág. 102 en adelante. Creo que expone exactamente lo que estoy tratando de decir.

Así que Dios ha ideado y constituido cosas en sus dispensaciones hacia su propio pueblo que cuando su amor decae y los ejercicios del mismo fallan o se vuelven débiles, el temor debe surgir; ya que entonces lo necesitan para refrenarlos del pecado y para animarlos a cuidar el bien de sus almas y así salvarlos a la vigilancia y diligencia en la religión: pero Dios ha ordenado que cuando el amor se eleva y está en vigoroso ejercicio, entonces el miedo debe desaparecer y ser expulsado porque entonces no lo necesitan, teniendo un principio superior y más excelente en ejercicio para refrenarlos del pecado y sacarlos de su deber. No hay otros principios influyendo la naturaleza humana que jamás harán concienzudos a los hombres, sino uno de estos dos, el miedo o el amor: y por lo tanto, si uno de estos no prevaleciera al decaer el otro, el pueblo de Dios al caer en figuras muertas y carnales, estando el amor dormido; estaría ciertamente, lamentablemente expuesto. Y por lo tanto Dios ha ordenado sabiamente, que estos dos principios opuestos de amor y miedo deben subir y bajar como las dos escalas opuestas de una balanza; cuando uno se eleva el otro se hunde… 

El temor es expulsado por el Espíritu de Dios, de ninguna otra manera que por el predominio del amor: ni nunca es mantenido por su Espíritu sino cuando el amor está dormido…

Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.

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