La guerra espiritual: 6 mitos y verdades

Coalición por el Evangelio

La guerra espiritual: 6 mitos y verdades

GERSON MOREY

La vida cristiana es una pelea constante y feroz. En su última carta, el apóstol Pablo escribió: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe (2 Ti. 4:7). Él consideraba el caminar cristiano como una guerra. Por eso exhortó a Timoteo: “Pelea la buena batalla de la fe” (1 Ti. 6:12).

La guerra espiritual en la que estamos es la lucha de todo cristiano frente a los poderes del infierno y los enemigos de Dios que conspiran contra nuestra firmeza (Ef. 6:12). El adjetivo espiritual hace referencia al origen y la naturaleza de esta guerra. Es espiritual porque nuestros enemigos son espirituales, y por la forma en que luchamos y las armas que usamos. No apelamos a estrategias humanas, ni usamos pistolas o armas físicas. En cambio, empleamos armas espirituales poderosas en Dios y que nos fueron dadas por Él, como la oración y la Palabra (2 Co. 10:4).

El llamado a la santidad supone grandes conflictos. Debemos estar dispuestos y preparados para resistir. Mientras vivamos en este lado de la gloria, la vida será una batalla sin tregua contra los enemigos de nuestra alma: Satanás, el mundo, y la carne. El diablo nos tienta, el mundo nos resiste, y nuestras pasiones combaten en nosotros para arrastrarnos al pecado.

Desafortunadamente, en los últimos años ha surgido en nuestro países un entendimiento erróneo de esta guerra, y así varias fallas en cómo se lleva a cabo. Estos son algunos mitos comunes al respecto (algunos de los cuales creí por muchos años) y la verdad detrás de ellos:

Mito #1: “La guerra espiritual es arrebatarle al diablo lo que nos quita”.

Esta visión de la guerra espiritual, orientada a la pérdida de los bienes materiales o hacia asuntos terrenales, tiene mucha aceptación dentro de la iglesia. Sin embargo, la noción de que debemos arrebatarle al diablo lo que nos quita (popularizada por una conocida canción hace años) no tiene sustento bíblico y es espiritualmente nociva. En primer lugar, porque parte de la premisa de que aquello que Dios nos da se puede perder. En segundo lugar, porque presenta al diablo como el determinante de mucho (o todo) de lo que nos sucede.

Mientras vivamos en este lado de la gloria, la vida será una batalla sin tregua contra los enemigos de nuestra alma: Satanás, el mundo, y la carne

La Biblia enseña que todas nuestras bendiciones, lo que somos, y todo lo que tenemos en Cristo, fue asegurado por Él en la cruz (Ef. 1:3). A la vez, recordemos que los beneficios terrenales no están asegurados para los cristianos. Dios no nos promete perfecta salud, ni prosperidad financiera, ni una vida sin problemas aquí. Al contrario, los creyentes estamos expuestos a la hostilidad del mundo, a la pérdida de nuestros bienes (Heb. 10:34), y se nos advierte que en esta tierra sufriremos (Jn. 16:33).

Algunas veces padeceremos por nuestra lealtad e identificación con Cristo, y otras simplemente porque vivimos en un mundo afectado por el pecado. Sin embargo, todos los beneficios de la redención son eternos, posesión segura de los creyentes, y podemos confiar en que nada se perderá. Pablo decía que Dios “nos bendijo en los lugares celestiales en Cristo”, para enfatizar el carácter celestial y permanente de nuestros beneficios (Ef. 1:3). Pedro decía que nuestra herencia está reservada en los cielos (1 P. 1:4). Todo lo tenemos en Cristo —aquello que disfrutamos ahora y lo que disfrutaremos en gloria— está seguro en Él. Nada ni nadie, ni siquiera el diablo, tiene el poder para quitarnos esto. 

Por otro lado, los bienes terrenales son pasajeros y se pueden perder. En ocasiones por nuestro propio pecado; a veces, por nuestra fidelidad a Dios o solo como el resultado de vivir en un mundo caído. Pero Dios está por encima de todo escenario. Él es quién finalmente nos da y nos quita cosas, como nos recuerda Job (Job 1:21-22). Este hombre no culpó al diablo ni pretendió arrebatarle lo que había perdido. Más bien, confió en el Dios que dirige soberanamente nuestras vidas según Su sabiduría y para nuestro bien. 

Verdad #1: Dios es quien en última instancia nos da y quita beneficios terrenales, mientras todos nuestros beneficios celestiales están seguros en Cristo.

Mito #2: “Dios da las mayores guerras a sus mejores soldados”.

Este conocido cliché es un error porque sugiere una distinción entre los creyentes. Comunica la idea de categorías entre cristianos. Tal distinción no es saludable ni bíblica. Las palabras de Pablo en Efesios 6 son instructivas al respecto: “No tenemos (plural) lucha contra sangre y carne” (Ef. 6:12). ¡Todos los creyentes están incluidos en esta guerra!

No hay superiores ni inferiores en el reino de los cielos. Las grandes dificultades para unos no sugiere superioridad en ellos

En un sentido todos tenemos la misma lucha, y en otro sentido es diferente para cada uno. Es la misma lucha porque batallamos contra los poderes del infierno; es diferente porque cada uno de nosotros es más propenso a diferentes tentaciones. Lo cierto es que cada creyente tiene su propia batalla. Cada uno experimenta la guerra espiritual de maneras distintas conforme a la providencia de Dios. Pero no hay superiores ni inferiores en el reino de los cielos. Las grandes dificultades para unos no sugiere superioridad en ellos.

Verdad #2: Todos los creyentes están en la guerra espiritual.

Mito #3: “Los gritos al orar añaden poder a la guerra espiritual”.

Santiago nos enseña que debemos ser fervientes en oración (v. 5:17), pero ese fervor no supone levantar la voz y gritar constantemente, porque el ejemplo que él nos provee es el de Elías. Curiosamente, en esa ocasión fueron los falsos profetas de Baal quienes levantaron la voz. Por el contrario, el fervor del profeta se expresó en la firmeza y confianza que demostró al orar (1 R. 18:25-36). La intensidad de los gritos no es crucial en la guerra espiritual.

Levantar la voz puede ser una expresión de celo y fervor, pero los gritos no siempre son una evidencia indiscutible de ello. Tengamos en cuenta que nuestro fervor debe ser una realidad integral y no solo al momento de orar. Es decir, la oración ferviente nace y debe estar en armonía con una vida fervorosa por Dios (Ro. 12:11). 

La resistencia al enemigo comienza con una vida de obediencia que se somete a Dios y no por medio de gritos

Para la guerra espiritual, la oración fervorosa no es un sustituto de la piedad, sino la extensión de una vida piadosa. El mismo Santiago decía: “sométanse a Dios. Resistan, pues, al diablo y huirá de ustedes” (v. 4:7). La resistencia al enemigo comienza con una vida de obediencia que se somete a Dios y no por medio de gritos.

Verdad #3: Los gritos no nos dan más poder en la guerra espiritual.

Mito #4: “Orar en lenguas hace más efectiva nuestra guerra espiritual”.

Es común escuchar que “las lenguas son un idioma de guerra”. Para argumentar eso, se citan las palabras de Efesios 6:18 en el contexto sobre la guerra espiritual: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu”. Sin embargo, más allá de la posición que tengamos sobre el don de lenguas, este mandato en realidad no es sobre eso. La exhortación es general para todos los creyentes, sin importar si hablan en lenguas o no. Es decir, orar “en el Espíritu” es algo que todos podemos y debemos hacer.

Una mirada al uso que Pablo hace de la expresión “en el Espíritu” nos ayuda a entender lo que quiso decir aquí. Por ejemplo, en Efesios 2:22 dice que los creyentes somos “juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”. Esto significa que Dios mora en nosotros por medio de Su Espíritu mientras somos edificados. También dice en Gálatas 5:16: “anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne”. Aquí nos exhorta a caminar en dependencia del Espíritu, en el poder del Espíritu, y de manera que honre al Espíritu.

Debemos depender del Espíritu, su fuerza, su impulso, y su guía para levantar nuestras oraciones en medio de la batalla espiritual

Estos dos pasajes —Efesios 2:22 y Gálatas 5:16— nos ayudan a ver que la expresión “en el Espíritu” en Efesios 6, no es necesariamente una referencia al uso del don de lenguas. En cambio, significa que debemos depender del Espíritu, su fuerza, su impulso, y su guía para levantar nuestras oraciones en medio de la batalla espiritual.

Verdad #4: La oración en el Espíritu es la oración guiada, sostenida, y fortalecida por Él.

Mito #5: “Debemos hacer decretos y declaraciones para ganar la guerra espiritual”.

La creencia de que nuestras palabras tienen poder para crear cosas y cambiar la realidad es muy común dentro de la iglesia. La idea es que debemos “declarar” con nuestra boca lo que deseamos que suceda y, si tenemos la suficiente fe y convicción, será hecho. He hablado con más detalles sobre esa práctica y mi experiencia con ella en este otro artículo.

Esta enseñanza falla en entender que los decretos que siempre se cumplen son los propósitos eternos de Dios. Esta es una prerrogativa divina, no humana. Los creyentes estamos llamados a confiar en Él y esta confianza la expresamos por medio de la oración constante y humilde. La Biblia nos enseña a clamar al Señor (Sal. 34:6) y presentar nuestras peticiones a Él; no a decretar ni declarar que se cumplan cosas que deseamos.

La oración cristiana pide, no exige; ruega, no ‘declara’ cambiar cosas

La oración cristiana pide, no exige; ruega, no “declara” cambiar cosas. En ninguna parte en la Escritura vemos un mandato a “declarar”. Al contrario, vemos exhortaciones a pedir y ejemplos de peticiones (ej. Mt. 7:7). El mismo Pablo, en un tiempo difícil de su vida, dice que le pidió a Dios tres veces para que lo librara de una aflicción (2 Co. 12:8). El apóstol sabía que en Dios estaba su esperanza y por eso rogaba por ayuda en vez de “decretar”. 

Verdad #5: El creyente puede confiar en que Dios es el único soberano.

Mito #6: “En la guerra espiritual debo dirigirme al diablo y sus demonios”.

Un popular evangelista, conocido por su énfasis en la guerra espiritual, solía decir al orar: ¡Escúchame bien, Satanás…! Es cierto que Pablo le habló en Filipos a un espíritu de adivinación y le mandó a salir de una muchacha, y que Jesús se dirigió al demonio que tenía cautivo al hombre de Gadara (Hch. 16:18Mr. 5:8-13). Pero la práctica actual de dirigirnos a enemigos espirituales al orar es un error por al menos dos razones.

Solo Dios es la fuente de nuestra ayuda, provisión, y protección

Primero, porque fallamos al distinguir entre lo que es descriptivo y prescriptivo en la Escritura. En los Evangelios y en Hechos vemos prácticas y situaciones que no deben ser tenidas como normas para la iglesia. No todo lo que hizo Pablo o Jesús está para ser imitado. Nadie interpreta el relato de Jesús caminando sobre las aguas como algo que la iglesia debe hacer. Y en segundo lugar, estos relatos bíblicos fueron casos de liberación de demonios y no constituyen un modelo para la práctica de la oración en el conflicto espiritual.

Lo que la Biblia nos manda y modela es que la oración debe ser dirigida a Dios (Mt. 6:6Fil. 4:61 Pe. 4:75:6-7). Solo Él es la fuente de nuestra ayuda, provisión, y protección. El ejemplo en Hechos 4 de la iglesia primitiva cuando fue amenazada es instructivo. En esa ocasión la oración fue dirigida al Señor y no al diablo: “Ahora, Señor, considera sus amenazas, y permite que tus siervos hablen tu palabra con toda confianza” (Hch. 4:29). Que ese sea siempre nuestro ejemplo al luchar en la guerra espiritual.

Verdad #6: En vez de dirigir nuestras palabras al diablo y sus demonios, pidamos a Dios y confiemos en que Él dirige y cuida nuestras vidas.

​Gerson Morey es pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie en el Sur de la Florida y autor del blog cristiano El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos, Christopher, Denilson y Johanan. Puedes encontrarlo en Twitter: @gersonmorey

¿En qué consiste la fe que salva?

Coalición por el Evangelio

¿En qué consiste la fe que salva?

PAUL WASHER

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro El evangelio de Cristo Jesús (Poiema Publicaciones, 2019). Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

La Biblia define la fe como “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1). Esto nos lleva a una pregunta muy importante: ¿Cómo puede una persona razonable asegurarse de aquello que espera o cómo puede tener la convicción de que lo que él o ella nunca ha visto realmente existe?

La respuesta a esta pregunta se encuentra en el carácter de Dios, la veracidad de la Biblia, y el ministerio del Espíritu Santo. Podemos tener la certeza del perdón de pecados, la reconciliación con Dios y la esperanza de la vida eterna porque Dios ha prometido estas cosas en la Biblia (Tit. 1:2-3) y el Espíritu de Dios testifica a nuestros corazones que son verdad (Jn. 16:3Ro. 8:14-16Gá. 4:61 Jn. 2:2027).

La fe salvadora consiste especialmente en confiar que Cristo es nuestro Salvador, y única justicia con Dios. Una de las evidencias más grandes del arrepentimiento genuino es que no solo nos estamos alejando del pecado, sino también de confiar en nuestras propias virtudes, méritos u obras para ganarnos el derecho de estar delante de Dios.

La fe genuina incluye creer y depender de lo que Dios ha revelado sobre Sí mismo, sobre nosotros y sobre Su obra de salvación a través de Jesucristo

Nos damos cuenta de que toda nuestra supuesta justicia personal y buenas obras son como trapos de inmundicia (Is. 64:6), y las rechazamos firmemente como medios de salvación. Sabemos que si estamos reconciliados con Dios, no será como resultado de nuestras obras hacia Él, sino como resultado de Su gran obra hacia nosotros a través de Jesucristo. Estamos incondicionalmente de acuerdo con los siguientes versículos bíblicos: 

“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:16 (RVR60).

“Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”, Romanos 4:4-5 (RVR60).

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”, Efesios 2:8-9 (RVR60).

La fe ilustrada 

En la vida de Abraham, la Biblia nos provee una ilustración maravillosa de la fe genuina. Cuando Abraham y su esposa, Sara, habían pasado por mucho la edad de tener hijos, Dios les prometió un hijo. En respuesta a esta promesa, la Biblia declara que Abraham estaba “plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido” (Ro. 4:21 RVR60). Abraham creyó a Dios, y esto le fue contado por justicia (Ro. 4:3). 

La fe salvadora consiste especialmente en confiar que Cristo es nuestro Salvador, y única justicia con Dios

En cuanto al evangelio, la fe genuina incluye creer y depender de lo que Dios ha revelado sobre Sí mismo, sobre nosotros y sobre Su obra de salvación a través de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Creer es estar completamente seguro de que Dios está realmente dispuesto y es capaz de realizar lo que ha prometido a través de Jesucristo. Los próximos versículos bíblicos son una buena representación de lo que Dios ha prometido.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, Juan 3:16 (RVR60).

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”, Juan 1:12 (RVR60).

“[Jesús dijo] ‘De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida’”, Juan 5:24 (RVR60).

Autoexamen

 ¿Estás creyendo? Debemos creer en Jesucristo para ser salvos. La pregunta que ahora queda por responder es personal: ¿Has creído? ¿Estás creyendo, confiando y dependiendo de la persona y obra de Jesucristo? Las siguientes preguntas explicativas te ayudarán a determinar si la fe genuina es una realidad en tu vida. 

  1. ¿Estás convencido de que la salvación no se encuentra en otro nombre sino en el de Jesucristo? ¿Estás convencido de que las afirmaciones de todos los demás supuestos profetas y salvadores son falsos? ¿Le confías tu bienestar eterno al poder y fidelidad de una sola persona, Jesús de Nazaret? 
  2. ¿Estás convencido de que la salvación no es un resultado de tu propia virtud o mérito? ¿Estás convencido de que incluso tus hechos más justos son como trapos de inmundicia delante de Dios? ¿Estás convencido de que la salvación por obras es totalmente inútil?
  3. ¿Has puesto toda tu confianza en el Hijo de Dios para que te salve de tus pecados? ¿Estás dependiendo de Él para que te enseñe la verdad de la Biblia, perdone tus pecados por Su sangre y cambie tu corazón por Su Espíritu?

Si puedes responder de manera afirmativa a estas preguntas, es un indicador de que Dios ha estado y está obrando en tu corazón, iluminando tu mente para que veas la verdad y creas para salvación.

Si estamos reconciliados con Dios, no será como resultado de nuestras obras, sino de Su gran obra hacia nosotros a través de Jesucristo

Si no puedes responder de manera afirmativa a estas preguntas, pero deseas la salvación, entonces sigue buscando a Dios en Su Palabra (la Biblia) y en oración. Reconsidera los versículos de la Biblia que hemos estudiado y examina tu vida a la luz de ellos. Sigue clamando a Dios para vencer tu incredulidad y para que te salve. La Biblia promete: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro. 10:13, RVR60). Sigue buscándolo en Su Palabra hasta que el Espíritu de Dios te dé la seguridad de que eres un hijo de Dios.

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”, Romanos 8:16 (RVR60).

“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”, Gálatas 4:6 (RVR60).

Paul Washer fue misionero en Perú durante 10 años. Ahora sirve en la sociedad misionera HeartCry. Paul y su esposa Charo tienen cuatro hijos: Ian, Evan, Rowan, y Bronwyn.

Conocer la gloria de Dios, de eso se trata la vida cristiana

Coalición por el Evangelio

Conocer la gloria de Dios, de eso se trata la vida cristiana

GERSON MOREY

“Pues Dios, que dijo: ‘De las tinieblas resplandecerá la luz’, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo”, 2 Corintios 4:6 (cursiva añadida).

Leyendo 2 Corintios 4, me detuve en este texto, principalmente en la frase: “para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo”. ¡Cuánto he meditado en esto y me ha bendecido! Mi meditación en estos días ha girado en torno a la gloria de Dios. En particular, tener conocimiento de ella. Muchas preguntas surgieron que hicieron mi meditación más compleja y extensa, pero a la vez edificante. Algunas de las interrogantes que me planteaba fueron estas:

¿Por qué Dios quiere que conozcamos su gloria?
¿Qué pasa si no la conocemos?
¿Cuál es el beneficio de conocer su gloria?
¿Por qué Dios cree tan importante que nosotros la conozcamos?
Y si es tan importante, ¿por qué sentimos que esa gloria (o ser tocados por ella) muchas veces nos es tan esquiva?
Si su gloria es tan grande, ¿por qué vivimos cómo si fuese pequeña?
Si es trascendente, ¿por qué nos afecta y nos motiva poco?
¿Por qué parece no ser algo más relevante en nuestra vida?
¿Por qué nuestro sentido interno de su gloria es tan débil y tan poco frecuente?
¿Por qué nuestra percepción y apropiación de esa realidad es tan efímera y superficial?
Después de leer 2 Corintios 4:6 y analizar las preguntas anteriores, concluyo que este pasaje es instructivo y revelador, por varias razones.

Dios nos comunica su gloria
Nadie le pidió a Dios que resplandezca en nosotros para que veamos su gloria. Esto fue una decisión y una acción suya. Fue gracia soberana. Así como nadie pidió la luz natural en Génesis 1:3 y Él la trajo. Él tomó la iniciativa de resplandecer para que veamos esa gloria.

Dios considera que lo fundamental para el hombre es conocer Su gloria. Como decía Jonathan Edwards: “Dios nos comunica su gloria. Él quiere que entremos en contacto con ella”. Para Dios, revelar su gloria es su gran deseo y para nosotros conocerla es nuestra gran necesidad; volver a tenerla en, con, y para nosotros.

La gloria de Dios es la grandeza y majestad, es decir, la superioridad y hermosura de su persona por sobre la creación, los pueblos, y los dioses (Dt. 5:24; Jud. 1:24; Sal. 29:9; 97:9). Un pasaje que resume bien esto, y contiene todas estas verdades es Isaías 40:12-25.

Su gloria es exhibida y accesible a nosotros en Cristo. El Hijo de Dios vino para mostrar esa gloria porque Él es la gloria: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14, cursiva añadida). Sin embargo, para experimentarla algo debe pasar primero: el Señor debe traer luz al corazón. Esa gloria nunca será vista a menos que Dios resplandezca: “Pues Dios, que dijo: ‘De las tinieblas resplandecerá la luz’, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo” (2 Co. 4:6).

Lo que necesita el pecador es conocer la gloria de Dios porque en ella está la esperanza del mundo. La verdadera dicha y la más terrible miseria tienen que ver con Su gloria: todo lo malo, es un problema de gloria, todo lo bueno tiene que ver con la gloria. La experiencia humana tiene que ver esencialmente con esto. Todo en la vida encuentra su explicación y sentido únicamente desde la gloria. Cuando entendemos todo en relación a la gloria de Dios empezamos a entender todo correctamente.

Dios nos permite ver su gloria
El hombre no regenerado no busca esa gloria porque él no la percibe ni la entiende. En su estado natural, el hombre no quiere, no persigue ni anhela esa gloria; porque está ciego ante ella. Para el hombre sin Cristo, la gloria no existe: no la siente, tampoco la ve, ni le preocupa. Por esto hay algo llamado el mal. En realidad, la falta de gloria constituye el pecado (Ro. 3:23).

El único contacto que el inconverso tiene con esta realidad es el uso gramatical para describir algo que considera bueno o hermoso. Pero es un uso y una apreciación estrictamente terrenal. ¡Qué desperdicio! Nada de eso tiene que ver con la realidad de la verdadera gloria. Pero para nosotros, los que estamos en Cristo, esto es tan vivo, real, y cercano como lo están las huellas digitales a nuestros dedos. La gloria se vistió de piel y se acercó a nosotros (Jn. 1:14). La vemos porque Dios resplandeció. Al mismo Cristo que los incrédulos no ven, ahora nosotros vemos, porque Dios nos alumbró (Mt. 4:16). ¡Oh cuán precioso sol ha encendido Dios! (Mal. 4:2). Ahora vemos y tenemos esa gloria.

Conocer su gloria y disfrutar la vida en ella. De eso se trata la existencia, porque nos da el enfoque correcto: una vida bien vivida, fructífera, y que no se desperdicia porque cumple con su papel en el evangelio, esa es la gloria de Dios manifestada en el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Esto no es un aspecto más de la experiencia cristiana o de la existencia humana. No es un agregado ni un beneficio más. La existencia tiene que ver fundamentalmente con Su gloria.

Ahora bien, Dios ha dado a conocer su gloria a los hombres. Ha comunicado esa gloria en Cristo (Heb. 1:3). ¡Conocer la gloria de Dios! Ese es nuestro problema, pero también nuestro gozo y esperanza. Cuando el hombre conoce, tiene, y es tocado por esa gloria, Dios es glorificado.

Conocer esa gloria es indispensable para la humanidad. No puede ser de otra manera. La gloria no es una realidad complementaria ni un suplemento opcional. Es la realidad. Es lo más serio; es la vida, la sensatez, y esperanza para el hombre. Desde mi interior afirmo: ¡Déjanos verla, oh Señor, mirarla, y admirarla con mayor claridad! ¡Qué vivamos por ella!

¿Cómo experimentamos la gloria de Dios a plenitud?
No podremos experimentar esa gloria de una manera nueva y transformadora sin estas dos realidades:

Primero, es indispensable. Debemos estar convencidos de que conocer esa gloria —de manera continua— es nuestra necesidad más fundamental.

Segundo, conocer y crecer en esa gloria es una realidad sobre la que no tenemos poder. Carecemos de toda habilidad para lograr conocer más y ser alcanzados por esa gloria. Somos absolutamente dependientes de Dios. Convencernos que no podemos hacer nada, que somos incapaces de hacer progresos por nosotros mismos para conocer más y mejor esa gloria.

Esa doble consciencia nos causará desear más a Dios y hará que lo busquemos con desesperación y lo miremos continuamente. Dile al Señor estas palabras:

“Danos Señor, un sentido interno de tu gloria, una percepción espiritual de ella. Una conciencia viva que toque el corazón para la transformación del creyente y para testimonio al incrédulo”.

Gerson Morey

​Gerson Morey es pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie en el Sur de la Florida y autor del blog cristiano El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos, Christopher, Denilson y Johanan. Puedes encontrarlo en Twitter: @gersonmorey.

Comenzar bien no es suficiente

Coalición por el Evangelio

Comenzar bien no es suficiente

OTTO SÁNCHEZ

Al igual que muchos personajes de distintos ámbitos, en las Escrituras encontramos personas dotadas de todo lo necesario para tener éxito según los parámetros de Dios. Uno de esos personajes bíblicos fue uno cuyo nombre significa requerido, o solicitado. Él entra en la escena bíblica con grandes expectativas en torno a su persona, con todas las herramientas necesarias para ser lo que Dios quería que él fuera, y así satisfacer las necesidades de su nación.

Su historia comienza a narrarse en los días donde el pueblo hebreo, ya en la tierra prometida, estaba siendo gobernado temporalmente por jueces hasta que se estableciera el gobierno monárquico que Dios le había prometido (Dt. 17:14-20). Sin embargo, ante la anarquía imperante (Jue. 17: 621: 25) el pecado, la inoperancia de los hijos de Samuel (1 S. 8:1-5), el querer ser como las demás naciones (1 S. 8:5), y las amenazas de los enemigos (1 S. 12:12) motivaron al pueblo a presionar al profeta Samuel para la búsqueda de un Rey.

Las Escrituras nos dicen que la persona elegida por Dios para ser ese rey fue Saúl, quien tenía todas las condiciones para desarrollar una gran gestión. Sin embargo, su éxito como rey estaba condicionado a las normas que el mismo Dios había establecido de cómo debían ser los reyes (Dt. 17: 14-20). Según este pasaje, las gestiones de los futuros gobernantes de Israel estaban reguladas por unas estrictas normas de modestia, prudencia, equidad, justicia y honestidad; y así debía de ser el mandato de Saúl, que dicho sea de paso, por ser el primer rey, tenía mayor responsabilidad, por los precedentes que habría de establecer.

Saúl tenía todo lo que se necesitaba para ser un buen gobernante: temeroso de Dios, justo, amado por su pueblo, y con el potencial para tener gran éxito. En  1 Samuel 9:1-21 podemos ver por lo menos diez cualidades que se reflejan en su carácter y en lo que Dios estaba dispuesto a hacer con él:

  1. Venía de una familia rica e influyente (v. 1).
  2. Buena apariencia física (v. 2).
  3. Sometido a la autoridad de su padre (v. 3).
  4. Diligente (v. 4).
  5. Prudente (v. 5).
  6. Sabía escuchar (v. 6).
  7. Dadivoso (v. 7).
  8. Escogido por Dios (v. 17-19).
  9. Respaldo inmediato de Dios (v. 20).
  10. Humilde (v. 21).

De este Saúl casi no hablamos. Estamos más acostumbrados a escuchar sobre el otro Saúl cuando ya era una persona rebelde y lejos de Dios. Todas estas características en su vida hacían de Saúl tanto una persona íntegra como un rey muy prometedor. Con todas esas cualidades, vemos un éxito asegurado. Un carácter dócil, diligente, buena familia, y el respaldo de Dios… ¡qué más se podía pedir! No había en Israel un candidato como él. Todo lo que se podía pedir de un gobernante, Saúl lo poseía. ¡No podía fallar! El profeta Samuel lo ungió como rey, y esto es lo que dice la palabra de Dios de ese momento:

Tomó entonces Samuel la redoma (frasco) de aceite, la derramó sobre la cabeza de Saúl, lo besó y le dijo: ¿No te ha ungido el Señor por príncipe sobre su heredad?… Entonces el Espíritu del Señor vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre.  Cuando estas señales te hayan sucedido, haz lo que la situación requiera, porque Dios está contigo.  (1 Samuel 10:167)

En estos textos vemos algunas características que sobresalen en un Saúl ya ungido como rey, en adición a las que ya poseía. No había duda alguna de que el éxito de Saúl como rey estaba sellado. Después de ser ungido por Samuel, el respaldo de Dios es reiterado en él, y como consecuencia de esto vemos cómo sería la ejecución de Saúl. ¿No era esta una maravillosa oportunidad para Saúl? En muy pocas personas (incluso de renombre) en las Escrituras se observan tantas cualidades juntas:

  1. Fue consagrado por Samuel para ser rey (v. 1)
  2. El Espíritu del Señor estaría sobre él con gran poder (v. 6)
  3. Hablaría en el nombre del Señor (v.6)
  4. Libertad para accionar. (v. 7)
  5. Dios estaría con él (v. 7)

En el campo político, deportivo, artístico o ministerial, la realidad de Saúl se ha repetido muchas veces. Hemos sido testigos de políticos que han llegado al poder por un respaldo masivo de votantes, para después tener una gestión patética. Los titulares de las páginas deportivas de los diarios nos han traído reportajes de las grandes hazañas de ciertos atletas que hoy en día están pasando por procesos judiciales, despojados de sus trofeos y de sus hazañas, sumergidos en las neblinas de la vergüenza. Todos recordamos las voces encantadoras de artistas que tuvieron de rodillas a París con sus encantos, y el mundo de las drogas y de los excesos como arena movediza les ahogaron, apagando sus voces y las luces de su escenario.

Más doloroso es esta realidad cuando se da en el orden ministerial. Hemos visto cómo algunos hombres han sido instrumentos de Dios y nos han edificados desde sus púlpitos, para después ser protagonistas de penosos escándalos que avergüenzan el nombre de Cristo y presentan una mala imagen de la iglesia que Él limpió con su sangre.

Al igual que Saúl, muchos comienzan bien, pero terminan mal. ¿Por qué es esto así? Porque comenzar bien no es suficiente. ¿Dónde está el fallo? ¿Por qué lo que comienza bien no necesariamente termina bien? La vida de Saúl responde estas interrogantes. De hecho, cuando examinamos la historia bíblica y la historia secular, nos podemos dar cuenta que hay comunes denominadores entre Saúl y la de muchos actores de eventos del pasado y del presente.

¿Qué pasó con Saúl? ¿Cómo pudo llegar a degenerar en la manera que registran las Escrituras? ¿Cómo podemos evitar repetir su triste historia en nuestras vidas y ministerios? La ruina espiritual de una persona no es algo abrupto. No es algo que se da de forma repentina, sino más bien es un proceso. La vida de Saúl así lo indica. Comenzó a gobernar a los treinta años (1 Samuel 13:1)[1], y ya establecido como rey, Saúl comienza a dar evidencias de ser una persona distinta a la que había sido ungida. Comenzó a confiar en sus propias capacidades más que en Dios que se las había dado. Veamos brevemente el proceso de su decadencia:

Impaciencia. (1 Samuel 13: 8-15)

Su orgullo y confianza en sí mismo lo llevó a ser impaciente. Samuel le había dicho que esperara por él. Saúl, no sometido a las indicaciones del profeta y (según él) presionado por las circunstancias y el pueblo (1 S. 13: 5-7), usurpa las funciones sacerdotales de ofrecer sacrificios (Nm. 3: 10).

De esta manera, Saúl no pasa lo que pudiera parecer una prueba de Samuel de tardar intencionalmente para verificar su carácter, y termina pecando contra Jehová. Esto mismo sucedió con el pueblo hebreo cuando Moisés estuvo hablando con Dios. Ellos interpretaron que tardaba demasiado, desobedecieron en contubernio con Aarón, y terminaron haciendo y adorando un becerro de oro (Éx. 32).

A pesar de haber pecado, Saúl no da muestra de arrepentimiento, y con esta acción da el primer paso para dañar su relación con Dios, que nunca volvería a ser la misma a partir de ese momento. Los capítulos siguientes a los eventos del capítulo trece no son menos dramáticos e ilustrativos de la decadencia de Saúl:

Desobediencia (1 Samuel 15).

Desobedeció flagrantemente contra Dios en la confrontación contra los amalecitas. Algunos eruditos piensan que Saúl tal vez pudo haber preservado la vida del rey de Amalec para presentarlo como botín de guerra, y así buscar popularidad y reconocimiento del pueblo en vez de buscar honrar a Dios.

 Autosuficiencia (1 Samuel 17:1124)

Confianza en él mismo en vez confiar en Dios. Los desafíos de Goliat llenaron de miedo a Saúl y a todo Israel. Se llenó de miedo porque creía que era en él que estaba la victoria. Olvidó que podía hacer lo que quisiera siempre que fuera guiado por el Señor (1 Samuel 10: 6-7).

 Envidia (1 Samuel 18:6-9)

Dios desechó a Saúl por su desobediencia, que acarreó a su vez otros pecados. Dios entonces escoge a David (1 S. 16:1-13), quien derrota a Goliat (1 S. 17: 48-51). Saúl, al ver el recibimiento que le hicieron a David por todo Israel, se llenó de celo y envidia. A partir de ese momento comenzó un repudió que terminó en odio y en reiterados intentos por matar a David, quien ya era el verdadero ungido de Jehová (1 S. 19).

Cuando vemos el desarrollo de la vida de Saúl entonces confirmamos que todo aquello que le fue puesto en sus manos no lo supo retener y terminó su gestión de una manera muy diferente a cómo comenzó. 1 Samuel 31 nos dice cómo terminaron los días de Saúl: aquel dotado de todo lo que se necesitaba para tener una gran gestión como rey de Israel y siervo del Altísimo a la vez, ahora muere junto con sus hijos y rodeados de los mismos temores que le acompañaron siempre, por confiar en él en vez de Jehová que lo llamó.

Comenzar bien no es suficiente. Debemos cuidar en el transcurso de nuestros ministerios lo que Dios quiere de nosotros. Debemos cuidar lo que se nos ha entregado porque no es nuestro, y al no ser nuestro, tenemos que rendir cuenta por eso.

Pienso que aunque los seres humanos somos muy complejos, y a veces actuamos de maneras inexplicables, servir al Señor y ser fieles a Él está claramente plasmado en su Escritura. Saúl escogió el camino de la desobediencia, la soledad, y la confianza en sí mismo. Comenzó bien pero terminó mal. Todos nosotros tenemos a nuestro alcance prevenir las acciones de Saúl.

En lo particular he pecado en mis años de ministerio, pero Dios en su gracia ha tenido misericordia de mí y por eso estoy de pie. Dios ha puestos hombres a nuestros alrededor para que nos amonesten en amor. Al igual que Saúl, tenemos nuestros propios Samueles para que le rindamos cuenta, y aunque hayamos comenzado mal (como es mi caso) podamos terminar bien.

Las palabras de nuestro Dios por medio del profeta Samuel todavía tienen vigencia. Han surcado con su eco el tiempo y el espacio para recordarnos lo que Saúl olvidó:

Entonces el Espíritu del Señor vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre. Cuando estas señales te hayan sucedido, haz lo que la situación requiera, porque Dios está contigo (1 Samuel 10: 6,7).

[1] Según la BLA. Algunos señalan que es más exacto sugerir que tenía cuarenta puesto que Jonatán su hijo era ya comandante de tropas según lo indica I Samuel 13: 2

​Otto Sánchez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama (IBO) en Santo Domingo, República Dominicana. Es además director del Seminario Teológico Bautista Dominicano. Está casado con Susana Almánzar, y tienen dos hijas, Elizabeth y Alicia. Puedes encontrarlo en twitter.

Por qué no debes casarte con un inconverso

Coalición por el Evangelio

Por qué no debes casarte con un inconverso

KATHY KELLER

En el transcurso de nuestro ministerio la cuestión más común que Tim y yo hemos enfrentado es la de matrimonios —ya sean actuales o propuestos— entre cristianos y no cristianos.

Muchas veces he pensado lo simple que sería si pudiera alejarme de la conversación e invitar a los que ya están casados ​​con incrédulos a hablarle a los solteros que están tratando desesperadamente de encontrar un resquicio legal que les permita casarse con alguien que no comparte su fe. Así podría pasar por encima todos los pasajes de la Biblia que instan a los solteros a solo “casarse en el Señor” (1 Co. 07:39) y a “no ser yugo desigual” (2 Co. 6:14) y las proscripciones del Antiguo Testamento contra casarse con extranjeros que adoren a un dios que no sea el Dios de Israel (vea Números 12 donde Moisés se casa con una mujer de otra raza, pero de la misma fe). Puedes encontrar pasajes de este tipo en abundancia, pero cuando alguien ya le ha permitido a su corazón comprometerse con una persona fuera de la fe, me parece que la Biblia ya ha sido devaluada como la regla no negociable de fe y práctica. En cambio, variantes de la pregunta que la serpiente le hizo a Eva, “¿Realmente dijo eso Dios?” flotan, como si de alguna manera esta pareja pudiera ser elegible para una exención, teniendo en cuenta lo mucho que se aman, como se apoyan y el no creyente entiende la fe del cristiano, como son almas gemelas a pesar de la ausencia de un real compartir de la fe espiritual.

Sintiéndome cansada e impaciente, quisiera decirles: “No va a funcionar, no a largo plazo. El matrimonio ya es bastante difícil cuando tienes dos creyentes que están en completa armonía espiritual. ¡Solo ahórrense el dolor y supérenlo!”. Sin embargo, tal dureza no está ni en línea con la paciencia de Cristo, ni es convincente.

Más tristes y más sabios
Si tan sólo pudiera confrontar a esas mujeres ahora más tristes y sabias, y a los hombres que se han encontrado en matrimonios desiguales (ya sea por su propia estupidez o porque una persona encontró a Cristo después de que ya se habían casado) con los solteros alegremente optimistas que están convencidos de que su pasión y compromiso superarán todos los obstáculos. Solo diez minutos de conversación —un minuto si la persona es realmente sucinta— serían suficientes.

En las palabras de una mujer que estaba casada con un hombre suficientemente bueno que no compartía su fe: “Si usted piensa que está sola antes de casarse, no es nada en comparación con lo sola que puede sentirse DESPUÉS de estar casada!”. Sinceramente, el único enfoque pastoral eficaz podría ser: encontrar a un hombre o una mujer que esté dispuesto a hablar honestamente acerca de las dificultades de la situación e invitarlos a un ministerio de consejería con los que están a punto de cometer el gran error de formar una pareja desigual. Como alternativa, sería interesante que algún cineasta creativo estuviera dispuesto a recorrer todo el país, filmando a personas que viven con el terrible dolor de estar casado con un no creyente, y crear unos 40 o 50 vídeos cortos (menores de 5 minutos) de testimonios de primera mano. El peso colectivo de sus historias sería de mayor alcance en todo sentido que lo que jamás sería cualquier conferencia de segunda mano.

Tres resultados verdaderos
Sin embargo, un matrimonio desigual puede tener solamente tres resultados, (y por desigual estoy dispuesta a estirar mi punto de vista a incluir al cristiano genuino y comprometido que quiere casarse con un cristiano nominal, o alguien muy, muy lejos en cuanto al crecimiento y la experiencia cristiana):

  1. Con el fin de estar más en sintonía con su cónyuge, el cristiano tendrá que empujar a Cristo a los márgenes de su vida. Esto no necesariamente implicaría repudiar la fe, pero en cuestiones tales como la vida devocional, la hospitalidad a los creyentes (reuniones de grupos pequeños, alojamiento de emergencia de las personas necesitadas), el apoyo misionero, el diezmo, criar a los niños en la fe, la comunión con otros creyentes, aquellas cosas tendrán que ser minimizadas o evitadas con el fin de preservar la paz en el hogar.
  2. Alternativamente, si el creyente se aferra a la vida y la práctica cristiana sólida, su compañero(a) no creyente tendrá que ser marginado(a). Si él o ella no puede entender el asunto del estudio de la Biblia y la oración, o de los viajes misioneros, o de la hospitalidad, entonces él o ella no podrá o no participará junto con su cónyuge creyente en esas actividades. La profunda unidad y comunión de un matrimonio no puede florecer cuando una pareja no puede participar plenamente en los compromisos más importantes de la otra persona.
  3. Así que, o el matrimonio experimentará estrés y se romperá; o experimentará estrés y permanecerá unida, logrando una especie de tregua que implica un cónyuge u otro capitulando en algunas áreas, pero haciendo que ambas partes se sientan solas e infelices.

¿Se parece esto al tipo de matrimonio que quieres? Estar con alguien que estrangule su crecimiento en Cristo o que estrangule su desarrollo como pareja o las dos cosas a la vez?

Piensa nuevamente en 2 Corintios 6:14, donde habla acerca de ser un “yugo desigual”. La mayoría de nosotros ya no vivimos en ambientes rurales, pero trata de visualizar lo que sucedería si un agricultor uniera en yugo desigual, por ejemplo, a un buey y un asno. El yugo de madera pesada, diseñado para aprovechar la fuerza del equipo, estaría torcida, ya que los animales son de diferentes alturas, pesos, caminan a diferentes velocidades y con diferentes ritmos.

El yugo, en lugar de aprovechar el poder del equipo para completar la tarea, solo rozaría y heriría a ambos animales, ya que la carga se distribuiría de manera desigual. Un matrimonio desigual no es solo imprudente para el cristiano, también es injusto para el no cristiano, y va a terminar siendo una carga para los dos.

Nuestra experiencia
Les seré honesta, uno de nuestros hijos empezó a pasar el tiempo hace unos años con una mujer laica de origen judío. Él nos oyó hablar de las penas (y desobediencia) de estar casado con un no cristiano por años, así que sabía que no era una opción (algo que le recordamos bastante). Sin embargo, su amistad creció y se convirtió en algo más. A su favor, nuestro hijo le dijo: “No podemos casarnos a menos de que seas cristiana y no puedes hacerte cristiana solo para casarte conmigo. Voy a sentarme junto a ti en la iglesia, pero si en serio deseas explorar la fe cristiana tendrás que hacerlo por tu cuenta, encontrar tu propio pequeño grupo, leer libros, hablar con otras personas además de mí”.

Afortunadamente, ella es una mujer de gran integridad y carácter y decidió por sí misma explorar las verdades de la Biblia. A medida que se acercaba a la fe salvadora, a nuestra sorpresa, ¡nuestro hijo comenzó a crecer en su fe con el fin de mantenerse al día con ella! Ella me dijo un día: “Su hijo no debería haber salido conmigo nunca”. Ella vino a la fe, y fue bautizada. La semana siguiente el le propuso matrimonio, y han estado casados ​​por dos años y medio, creciendo, ambos unidos tanto en las dificultades como en un arrepentimiento genuino. Nosotros les amamos y estamos muy agradecidos de que ella esté tanto en nuestra familia como también en el cuerpo de Cristo.

Solo menciono la historia personal debido a que muchos de nuestros amigos en el ministerio han visto diferentes resultados en hijos que se casan fuera de la fe.

La lección para mí es que esto puede ocurrir incluso en casas pastorales, donde las cosas de Dios son enseñadas y discutidas, y donde los niños tienen una buena ventana a ver a sus padres aconsejar a los matrimonios rotos y que no siempre tienen un final feliz. Si esto ocurre en familias de líderes cristianos, ¿que se puede esperar de las familias en el rebaño? Necesitamos escuchar las voces de hombres y mujeres envueltos en matrimonios desiguales y conocer su dolor porqué esta no es solo una decisión basada en la desobediencia, sino también en la imprudencia.

Publicado originalmente para The Gospel Coalition. Traducido por Jesús Eddy Garcia.


Kathy Keller sirve como ayudante de dirección de comunicaciones en la Iglesia Presbiteriana Redentor en la ciudad de Nueva York. Es co-autor junto a su esposo, Tim, de El significado del matrimonio.

En la terraza del rey: El cristiano y el pecado sexual secreto

Coalición por el Evangelio

En la terraza del rey: El cristiano y el pecado sexual secreto

DAVID BARCELÓ

David salió a pasear por la terraza de palacio. Después de una larga siesta, le apetecía sentir la brisa de la tarde. Desde allí vio a Betsabé que se estaba bañando, la deseó en su corazón y la hizo traer a sus aposentos (2 Samuel 11).

Todos conocemos la historia del pecado del rey David. Un pecado que el rey se esforzó por mantener oculto. Un pecado sexual secreto cuyos efectos catastróficos empezó a sentir de inmediato en su propia alma.

Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano (Salmo 32:3-4).

Pero la historia del rey David tristemente se repite en la vida de muchos cristianos. La terraza del rey David sigue abierta al público. No es una terraza cubierta de losas de mármol, pero sigue siendo rectangular… como la pantalla de un teléfono móvil… como una página de una revista… como el televisor de un hogar… Al asomarse a esas terrazas modernas, muchos cristianos sienten ese mismo pesar que el rey David expresa, mientras pretenden seguir viviendo una vida secreta de lujuria que les esclaviza cada vez con más fuerza.

En este breve artículo quisiera compartir 10 grandes temas que desde la consejería bíblica podemos tratar en estos casos para ofrecer ayuda al que lucha con el pecado sexual secreto de la pornografía, la masturbación y, en general, con la lujuria, esperando que estas líneas sean también de ánimo al pastor y consejero en su práctica cotidiana de aconsejar.

1. Confiesa tu pecado

La expresión de David en el Salmo anterior es demoledora. “Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió…”. Es imprescindible en primer lugar confesar este pecado a tu esposa, a tu pastor, a tu consejero. Haz que el pecado secreto deje de ser secreto, y así poder recibir dirección. La lujuria es pecado, así como complacerse en ver la fornicación de otros mediante la pornografía (Ro. 1:28-32). Aunque la Biblia no habla directamente de la masturbación, tal como dice Joshua Harris,

“La masturbación se basa en una visión egoísta de la sexualidad… Cuando damos rienda suelta a nuestros deseos lujuriosos, empujamos a la relación sexual contra un rincón y la transformamos en una experiencia egoísta y aislada que refuerza una visión egoísta de la vida”.¹

2. Confiesa tu idolatría

La relación matrimonial tiene el propósito de ilustrar la relación de amor entre Cristo y su Iglesia (Ef. 5:22-33). Nuestra sexualidad es por tanto un reflejo de nuestra teología. En Romanos 1 vemos claramente como por causa del pecado los hombres cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible… Por consiguiente, Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones (v.23-24). El hombre, en vez de adorar al Creador, prefiere adorar las criaturas. En la pornografía y la masturbación se está dando un verdadero culto idolátrico.

Dice el Señor, “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua” (Jer. 2:13). El apóstol Juan nos repite después de dos mil años “Hijos, guardaos de los ídolos” (1 Jn. 5:21). ¿Por qué después de haber comido del árbol de la vida íbamos a querer comer del árbol prohibido? La pornografía ofrece paz, esperanza, seguridad, intimidad, gozo… pero a la hora de la verdad solo se cosecha tristeza y soledad. Los ídolos de este mundo prometen grandes cosas, para defraudarnos profundamente después de haberlos servido.

“Los hombres persiguen implacablemente su satisfacción en las cosas terrenales. Se agotarán en los deleites engañosos del pecado y todos encontrarán que sólo es vanidad y vacío, se quedarán perplejos y muy defraudados. Pero aun así, continuarán su búsqueda infructuosa. Aunque cansados, todavía se tambalean bajo la influencia de la locura espiritual, y no alcanzan ningún resultado, sin embargo, persisten en esa eterna desilusión, y siguen adelante. No proveen nada para su estado eterno; los absorbe la hora presente. Y se vuelven a otra y otra cisterna rota, esperando encontrar agua donde ni una gota ha sido descubierta todavía” (Charles Spurgeon).

3. Adora a Cristo

¿Por qué habría el cristiano de beber agua salada que no satisface? ¿Por qué, si Cristo es el agua viva que sacia nuestra sed? ¡Adora a Jesús y abandona las falsas promesas de la serpiente! Bebe del agua fresca y viva que es él, y cuando la hayas probado, abandona tu cántaro a sus pies. Cristo es el agua que anhelas. Tu alma tiene sed del Dios vivo.

En nuestro camino de santidad sabemos que pertenecemos a él en alma y cuerpo, y que el Espíritu Santo debe tener control absoluto de nuestras vidas (Ef. 5:18). Ese crecimiento en santidad supone dejar atrás las tinieblas para andar en luz, y consagrarnos en alma y cuerpo para la gloria de Dios. Glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1 Co. 6:15-20).

Usando una expresión de Ed Welch, un trastorno de la adoración solo puede encontrar su medicina en la adoración verdadera. En palabras de John Piper “El fuego de los placeres de la lujuria se debe combatir con el fuego de los placeres de Dios”. A medida que todo nuestro ser se goza en adorar al Dios vivo, la idolatría de la lujuria se difumina como la niebla al salir el sol de la mañana.

4. No obedezcas a tu cuerpo

En el episodio de 2 Samuel 11 vemos en el rey David claras señales de alerta. El pasaje nos dice que era la época del año cuando los reyes salen a la guerra, y sin embargo David prefirió quedarse en Jerusalén. En concreto ese día, durmió una larga siesta hasta caída la tarde, y se paseaba por la terraza de palacio curioseando qué pasaba en casa de sus vecinos. David estaba ocioso. David escuchó a su cuerpo y el bienestar que le demandaba, y se entregó a la comodidad absoluta.

La santificación cristiana no es algo mágico, sino que requiere de lucha y sacrificio. En nuestro caminar en santidad la Palabra de Dios nos recuerda innumerables veces que hemos de dominar los deseos de la carne, y no darles rienda suelta porque sabemos que “cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Stg. 1:13-14). Los que son de Cristo “han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá. 5:24).

Evita la actitud ociosa del rey David. No te entregues al sueño y al dormitar. No hagas zappingfrente al televisor. No navegues por internet sin un propósito claro. Planifica aún incluso tu tiempo de entretenimiento, para poder dedicarte a aquello que edifica y no a lo que tu cuerpo te exija.

5. Controla tus ojos

Sabiendo la importancia de los ojos, Job exclama estas palabras en Job 31:1 “Hice un pacto con mis ojos, ¿cómo podía entonces mirar a una virgen?”. Sobre el mismo tema, dice el Señor Jesús en Mateo 5:28 “el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón”.

¿Eres capaz de controlar tus ojos? Tus ojos son la puerta de entrada a tu alma, y es en esa puerta donde hemos de poner los mejores centinelas. Tu corazón se alimenta de lo que entra por tus ojos, y aquello será lo que acabe deseando. Si no somos capaces de dominar nuestros ojos, la solución que nos da el Señor es radical. Leemos en Mateo 5:29: “Y si tu ojo derecho te es ocasión de pecar, arráncalo y échalo de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”.

Es una solución radical pero no literal. La mano derecha, o el ojo derecho, hacen referencia a las mejores capacidades de la persona. Jesús está diciendo que sea lo que sea a lo que tengas que renunciar, arráncalo de tu vida antes que caer en la esclavitud de la lujuria.

Créeme. Tus ojos fueron creados para contemplar la belleza del Creador, que es infinitamente superior a las cosas creadas. El corazón de Job se llenaba de gozo ante esa realidad cuando exclamaba “mis ojos [lo] verán” (Job 19:27), y Jesús nos enseñó que son “Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mt. 5:8).

6. Controla los ojos del alma

Pero no solo miramos con los ojos del cuerpo. El alma tiene ojos, que también debemos controlar. Nuestra mente tiene una gran capacidad de crear imágenes que solo uno mismo puede ver. Fantasear es dirigir en nuestra mente una película donde todo nos va mejor que en la vida real. Fantasear es jugar a ser Dios creando un mundo mejor. Fantasear es decirle a Dios que el mundo que él ha creado y las circunstancias en las que nos ha puesto son un gran error. En nuestro interior inventamos un mundo paralelo, un paraíso privado hecho a imagen y semejanza de nuestras pasiones más ocultas. La pornografía alimenta ese oscuro mundo interior, de manera que aun cuando los ojos del cuerpo no ven, los ojos del alma siguen viendo.

7. Teme las consecuencias

Sabemos que “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23), pero no solo en un sentido espiritual, sino también en un sentido práctico y cotidiano. Todo pecado tiene unas consecuencias, una onda expansiva de destrucción. Nuestras pasiones pecaminosas nos atraen y seducen, “Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte” (Stg. 1:15).

El hábito de la pornografía y la masturbación causa estragos a todos los niveles. Los jóvenes a los que he podido aconsejar describen el poder adictivo de la pornografía. El cuerpo experimenta una respuesta hormonal y fisiológica placentera, semejante a las drogas, y del mismo modo las dosis que el cuerpo pide son cada vez mayores reduciendo la capacidad de decisión y esclavizando la voluntad. Como nos advierte Salomón, “Porque por causa de una ramera uno es reducido a un pedazo de pan, pero la adúltera anda a la caza de la vida preciosa. ¿Puede un hombre poner fuego en su seno sin que arda su ropa?” (Pr. 6:26-27).

El pecado sexual secreto va dejando de ser tan secreto. Se descuidan las disciplinas cristianas, y la energía se ve mermada para hacer el bien. Un joven me explicaba que “ya no podía ver a las mujeres de forma normal”. La pornografía altera la percepción por completo y uno se siente cada vez más incapaz de relacionarse con las chicas de manera natural. En los casados la relación matrimonial se va erosionando por causa de un sinfín de adulterios virtuales que alejan a la pareja física y emocionalmente. Las fantasías sustituyen a la realidad y consumen toda la ilusión, sumiendo a la persona en una continua insatisfacción con su vida diaria. Como un cáncer, el pecado va ganando terreno en el corazón, y éste va perdiendo su sensibilidad. En un alto número de casos, la adicción a la pornografía conduce a la fornicación y el adulterio.

Como una bomba, el pecado explota, y su onda expansiva causa estragos en la familia, el cónyuge, los hijos, la iglesia… Quiera el Señor que sea justo al revés en nuestras vidas, que nuestra adoración sea solo para él. Que nuestro corazón irradie bendiciones. Que así como María de Betania (Jn. 12:1-3), ese perfume de adoración que derramemos a los pies de Cristo llene toda la casa para bendición de los que tenemos más cerca.

8. No proveas para la carne

El hijo pródigo se fue a un país lejano a gastar su dinero en deleites, comilonas y rameras, y solo dejó de pecar cuando se le acabó el dinero. Es necesario poner límites a la capacidad de pecar, y construir verdaderas murallas que detengan nuestros pasos. No tiene ningún sentido orar al Padre diciendo “no nos metas en tentación”, para meterse uno mismo donde no debe. Es de sabios no ver ciertas películas, no ir a ciertos lugares, no andar en ciertas compañías, poner filtros en internet, etc. No es de cobardes, es de sabios. Es cobarde el que huye de un conejo, pero no es cobarde el que huye de un león. El conejo no te puede matar, pero el león sí. Así mismo es de sabios huir del pecado y no acercarse a él porque sabes que es más fuerte que tú y te quiere quitar la vida.

¡Muchas veces la Palabra de Dios nos anima a huir! “Huid de la idolatría” (1 Co. 10:14); “Huid de la fornicación” (1 Co. 6:18); “Pero tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas…” (1 Ti. 6:11). ¡Si se trata del pecado, huir es de santos! Cuando hayas puesto todo de tu parte, si aún la mujer de Potifar te persigue, ¡Huye! ¡Renunciando a lo que haga falta y dejándolo atrás! ¡Huye! Como dice Matthew Henry, porque “mejor es perder una buena túnica, que perder una buena conciencia”.

Así mismo en el terreno de los pensamientos. El pensamiento tiene el propósito de ayudarnos a planificar nuestras acciones. Pensar no es un juego. Es un programador de nuestra conducta. Las fantasías sexuales son por tanto altamente peligrosas, porque nos estamos diciendo a nosotros mismos que pensemos en cosas que no estamos dispuestos a llevar a cabo. El hijo pródigo, cuando volvió en sí estando en aquella sucia pocilga, pensó lo bueno para llevarlo a cabo después “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc. 15:18).

9. ¡Sé valiente!

¿De qué huyes entonces? El que busca refugio en la pornografía, está huyendo de algo. Tal vez sea la insatisfacción ante la vida, la codicia frustrada, los deseos de poder y grandeza que no se cumplen… pero yendo tras el ídolo de la lujuria, pronto se da cuenta de que sus promesas son huecas. Recuerda a Amnón y su obsesión con Tamar, y cómo después de acostarse con ella la aborreció con un odio muy grande; porque el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado” (2 S. 13:15).

El verdadero amor es servicial. No busca recibir sino dar. El pecado sexual secreto se convierte para muchos en un búnker donde esconderse del llamado a servir y pertenecer a otra persona. El casado huye del deber de acercarse a su esposa y su familia. El soltero huye del reto de conocer una mujer y comprometerse con ella.

Qué contradicción tan grande. Es como huir del incendio corriendo hacia las llamas. Dios diseñó el matrimonio para satisfacer nuestra necesidad de amor, compañía e intimidad, y el hombre huye del matrimonio pretendiendo hallar eso mismo. En el acto de la pornografía y la masturbación hay una evidente confesión de cobardía. ¡Sé valiente! ¡Pórtate varonilmente! Abandona la lujuria, camina en pureza y santidad, y ora al Señor por una esposa cristiana.

10. Teme a Dios

Una última pregunta puede venir a la mente del lector. Si se trata de un pecado sexual secreto, ¿por qué abandonarlo entonces? El último ingrediente, pero el más importante, es la necesidad de crecer en el temor de Jehová. “El temor del Señor es el principio de la sabiduría” (Pr. 1:7).

Hemos hablado del rey David, pero otro personaje bíblico que se enfrentó a la tentación del pecado sexual secreto fue el joven José. Hubiese podido sucumbir ante la mujer de Potifar, y haber excusado su conducta refugiándose en su triste pasado, su falta de afecto, la pérdida de su madre en su juventud, el desprecio de sus hermanos… Podría haber rechazado a esa mujer alegando primeramente su fidelidad a su amo Potifar, o a la educación de sus padres, o a las leyes de Egipto… sin embargo los ojos de José estaban puestos en Dios. José vivía Coram Deo, ante la mirada de Dios, y respondió a la mujer que le tentaba “¿Cómo entonces iba yo a hacer esta gran maldad y pecar contra Dios?” (Gn. 39:9).

Necesitamos que nuestro temor del Señor crezca día a día. Que todo lo que pensemos y hagamos busque honrar su Nombre. Que no nos mueva lo que los hombres vean, sino lo que ve en nosotros el Dios que nos hizo. Crezcamos en el temor de Jehová, y seremos sabios. Vivamos Coram Deo. Qué diferente hubiese sido todo si David, al ver a Betsabé bañándose hubiese apartado su vista, y pronunciado las palabras de José “¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?”. Que diferente la vida de cada cristiano si exclamara esas mismas palabras al encontrarse en la terraza del rey.

[1] Harris, Joshua. Ni aún se nombre, 110.

Publicado originalmente en 9Marks.

La gran división: el paganismo y el cristianismo

Coalición por el Evangelio

La gran división: el paganismo y el cristianismo

AUGUSTUS NICODEMUS GOMES LOPES

Estamos presenciando hoy el gigantesco resurgimiento de una cosmovisión antagónica al cristianismo, aparentemente nueva, pero no es otra cosa que el antiguo paganismo.

Históricamente, el paganismo, como religión y cosmovisión del antiguo Imperio Romano, tuvo su declive con el advenimiento y el asombroso crecimiento del cristianismo, comenzando en el siglo I y culminando siglos más tarde con la dominación del racionalismo y la consecuente secularización del estado. Lo curioso es que, paralelamente a esta secularización, el mismo viejo paganismo regresa de las cenizas hoy, disfrazado de una nueva espiritualidad, creciendo y extendiéndose en todos los círculos de la sociedad occidental moderna que fue edificada sobre valores cristianos.

La diferencia fundamental entre la cosmovisión pagana y el cristianismo radica en el tema de las distinciones. Para el paganismo, la realidad consiste en un solo elemento: el universo es uno y armónico, y todas las cosas son meras formas o manifestaciones de una sola sustancia. En otras palabras, hay que ver la realidad como un todo uniforme, sin distinciones de seres o existencias. Toda la realidad está en el mismo círculo. En cambio, el cristianismo entiende que hay distinciones fundamentales en la base de nuestra existencia y de la realidad como un todo. Los siguientes cinco puntos ilustran ese contraste.

1) La distinción entre Dios y el mundo 

La relación entre el hombre y Dios es la subordinación de la criatura al Creador, lo que implica respeto, obediencia, y adoración del ser creado ante quien lo creó

En la cosmovisión pagana que cada vez domina más nuestra civilización, Dios y el mundo son uno. La mejor figura para ilustrar esta perspectiva es la de un círculo. Dios y el mundo están dentro del mismo círculo, tienen niveles iguales de existencia, y uno es la extensión del otro. Todo está unido en una realidad divina. El mundo se creó a sí mismo a través de la evolución. Tiene su propia fuerza interior que le sostiene y le mantiene siempre en el proceso evolutivo. Según esta concepción, el mundo no necesita un creador distinto de sí mismo. Un ejemplo del impacto de esta nueva espiritualidad es el surgimiento de la ecología radical la cual se ha convertido en una religión para sus adherentes, divinizando, a su manera, la Tierra y sus ecosistemas.

En cambio, el cristianismo declara que Dios y el mundo son distintos y, por lo tanto, están ubicados en diferentes círculos. Dios existe eternamente por sí mismo. Él creó el mundo no como una extensión de sí mismo, sino como una existencia separada.

2) La distinción entre Dios y la humanidad 

Desde el punto de vista pagano, la humanidad es una con Dios, una expresión de la divinidad. No necesitamos reverenciar nada más que a nosotros mismos. No hay un Dios personal que se comunique a través de la verdad objetiva. No estamos bajo reglas o autoridad, y podemos crear nuestras propias leyes así como establecer nuestros propios valores.

Para el cristianismo, sin embargo, el ser humano, aunque lleva en sí mismo la imagen y semejanza de Dios, fue creado por Él no como una extensión de Dios, sino como una criatura con existencia distinta y separada del Creador. La relación entre el hombre y Dios es la subordinación de la criatura al Creador, lo que implica respeto, obediencia, y adoración del ser creado ante quien lo creó. Quien establece la verdad y las reglas es el Creador, no la criatura.

3) La distinción entre religiones 

El paganismo considera que todas las religiones son una sola. Si toda la humanidad es realmente una, entonces hay solo una religión después de todo. Todas las religiones comparten la misma experiencia mística, a través de la cual sus seguidores se vuelven divinos.

El cristianismo hace una distinción entre las dos únicas religiones que existen en realidad: el paganismo, por un lado, que se manifiesta en la forma de muchas religiones, diferentes pero todas de acuerdo en que el ser humano alcanza la bienaventuranza en base a sus propios méritos. Por otro lado, el cristianismo histórico, que presenta a Jesucristo como el único y suficiente salvador de la condición humana y donde la salvación es ofrecida por gracia.

4) La distinción sobre el problema del ser humano 

Para la cosmovisión pagana solo hay un problema real: las distinciones, o separaciones, creadas por el cristianismo. De esta manera, los partidarios del paganismo moderno argumentan que estas separaciones deben ser rechazadas. Solo así podrá la humanidad tomar conciencia de la unidad mística de todas las cosas. En general, la espiritualidad pagana desea abolir las diversas separaciones o dicotomías que esta considera la causa única de los problemas humanos, por ejemplo:

Dios/mundo

Dios/hombre

Humanos/animales

Correcto/incorrecto

Hombre/mujer

La solución del problema del ser humano no está dentro de nosotros, como dice el paganismo, sino afuera de nosotros, en la maravillosa persona de Jesucristo 

Para el cristianismo, sin embargo, estas distinciones fueron introducidas por Dios mismo. El problema del hombre no son estas distintas separaciones, sino aquella separación que es la causa de todos los males, problemas, dolores, y angustias de la humanidad: la separación moral y espiritual entre el hombre y Dios. Esa es, de hecho, la gran división. Por supuesto, esta separación es negada por la cosmovisión pagana que pone a Dios y al hombre dentro del mismo círculo.

Para el cristianismo, por el contrario, esta separación radical es causada por nuestra inclinación al mal, al egoísmo, a la crueldad, en contraste con la naturaleza de Dios que es perfecta, justa, verdadera, y coherente. Como resultado, separado del Creador, el ser humano vive una existencia ciega y solitaria llena de incertidumbres, angustia, inquietud, y culpa, teniendo como referencia solamente a sí mismo o a la naturaleza.

5) La distinción sobre la solución al problema del ser humano

El paganismo predica que la solución está dentro de cada uno. Dice que el círculo está completo cuando el ser humano se encuentra a sí mismo. El “yo” necesita ponerse en el centro de las cosas. Esto se hace eliminando tanto las separaciones antes mencionadas como los controles racionales. La espiritualidad deseada no se encuentra en el mundo de las ideas, sino en el mundo de las experiencias. Los hippies, por ejemplo, pensaron que las drogas ayudarían en ese viaje de autodescubrimiento. Muchas personas, a su vez, utilizan la meditación para descubrir la conexión entre ellos y el todo.

El cristianismo, por el contrario, afirma que la solución está fuera de nosotros. El hombre es incapaz de encontrar en sí mismo las referencias y respuestas que busca, porque se encuentra en un estado de caída y separación. Dios, a su vez, se reveló en Cristo Jesús y propone una reconciliación con su criatura caída a través del perdón gratuito de sus pecados.

La solución, por lo tanto, no está dentro de nosotros, como dice el paganismo, sino afuera de nosotros, en la maravillosa persona de Jesucristo y en su obra de salvación realizada a través de su muerte y resurrección.

Publicado originalmente en Coalición por el evangelio: Brasil. Traducido por Lea Meirelles.

La predicación bíblica humilla y persuade

Coalición por el Evangelio

La predicación bíblica humilla y persuade

SUGEL MICHELÉN

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro De parte de Dios y delante de Dios: Una guía de predicación expositiva por Sugel Michelén (B&H Español).

En la década de los 60, el filósofo canadiense de la teoría de comunicación Marshall McLuhan acuñó la frase: “El medio es el mensaje”. Con estas sencillas pero poderosas palabras, McLuhan nos recuerda que el medio escogido para comunicar un mensaje afecta su contenido. “El modo es el asunto”, había dicho el pastor estadounidense del siglo XIX Henry C. Fish, adelantándose a McLuhan por unos 100 años. Los que leyeron en los diarios acerca del desembarco de las fuerzas aliadas en las playas de Normandía, a finales de la II Guerra Mundial, no tuvieron la misma experiencia que aquellos que vieron la primera escena de la película de Steven Spielberg, Rescatando al soldado Ryan. Lo primero es noticia; lo segundo es tanto noticia como espectáculo.

Esta realidad debe llevarnos a pensar seriamente en el medio que usamos para comunicar la verdad de Dios revelada en su Palabra. Escuchar a un predicador exponiendo la Palabra es una experiencia distinta a ver un videoclip, una obra de teatro, o incluso leer un libro o un folleto evangelístico. Con esto no pretendo minimizar la importancia de la página impresa. Creo de todo corazón que los libros son un instrumento poderoso para propagar la verdad y combatir el error. La Reforma protestante le debe muchísimo a la invención de la imprenta. Pero aun así, la proclamación oral sigue siendo el medio por excelencia que Dios usa para salvar las almas y fortalecer la fe de los creyentes.

De miles y miles de personas que pueden dar testimonio de que se convirtieron a través de la predicación de la Palabra de Dios, encontraremos unos pocos que afirman haberse convertido leyendo algún libro o tratado que explicaba el mensaje del evangelio. Y es probable que muchos de esos pocos se hayan expuesto antes a la predicación de la Palabra.

La predicación es el formato más idóneo para mostrar la realidad de que el hombre no está en la posición de sentarse con Dios en una mesa de negociaciones.

Decía un puritano inglés del siglo XVII, Thomas Watson, que “fue por los oídos que perdimos el paraíso, cuando nuestros primeros padres escucharon a la serpiente; y es también por los oídos, por escuchar la Palabra predicada, que alcanzamos el cielo”. Si la Biblia enfatiza la necesidad de oír, es porque presupone que sus siervos cumplirán el mandato que se les ha dado de predicar la Palabra.

Hablamos de parte de Dios y delante de Dios (2 Co. 2:17). Y no solo el mensaje que transmitimos, sino también la forma como lo hacemos deben enviar esa señal a la mente y el corazón de todos los que escuchan. Somos “embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros”, llamando a los hombres a reconciliarse con Él (2 Co. 5:20).

De esta manera, la predicación de la Palabra no surge en los tiempos bíblicos por el atraso tecnológico de aquellos días, sino por ser el medio más apropiado para comunicar la naturaleza del mensaje. El Rey Soberano del universo, que tiene derecho pleno sobre todas sus criaturas, nos encargó transmitir sus decretos.

Esa es la señal que los predicadores envían a los hombres cuando se colocan detrás del púlpito para proclamar a viva voz la Palabra de Dios. Somos mensajeros del Dios Altísimo, no sus negociadores. Él es Rey de reyes y Señor de señores; y ahora venimos en su nombre a proclamar que hay salvación en Cristo para todo aquel que cree. La predicación es el formato más idóneo para mostrar la realidad de que el hombre no está en la posición de sentarse con Dios en una mesa de negociaciones, sino que necesita más bien humillarse ante la voz de Dios.

El entendimiento debe ser iluminado por la presentación clara y persuasiva de la verdad para que seamos movidos a abrazar a Cristo por la fe.

Por otra parte, la predicación es un vehículo ideal para persuadir correctamente a los hombres, informando de manera adecuada el entendimiento del pecador y moviéndolos a levantar la bandera blanca de rendición. De Pablo se dice en el libro de los Hechos que persuadía (o trataba de convencer) a judíos y a griegos (Hch. 18:4). ¿Es nuestra argumentación lo que va a vencer la obstinación de los perdidos y va a traerlos al arrepentimiento y a la fe? Por supuesto que no. Solo Dios puede hacerlo. Pero Él obra tomando en cuenta la manera como Él mismo nos creó.

El entendimiento debe ser iluminado por la presentación clara y persuasiva de la verdad para que seamos movidos a abrazar a Cristo por la fe (Rom. 6:17). Como dice una vez más el puritano Thomas Watson: “Los ministros tocan a la puerta de los corazones de los hombres, y el Espíritu viene con una llave y abre la puerta”.

Es sorprendente pensar que el Espíritu obre en los corazones humanos a través de voces humanas, pero eso es precisamente lo que Él hace: “El Espíritu y la esposa dicen: ‘Ven”. Y el que oye, diga: ‘Ven’. Y el que tiene sed, venga; y el que desee, que tome gratuitamente del agua de la vida” (Ap. 22:17). Debemos proclamar a viva voz la Palabra de Dios, pero debemos hacerlo correctamente para que sea de verdad predicación. Recuerda que el medio sí afecta el mensaje. No basta con que el contenido sea bíblico, la predicación bíblica debe reflejar nuestra vocación como heraldos y embajadores del Dios Altísimo.

Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios y El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.

 

Todo ayuda para bien

Coalición por el Evangelio

Todo ayuda para bien

GERSON MOREY

https://www.coalicionporelevangelio.org/podcasts/un-sermon-para-tu-semana-podcast/todo-ayuda-para-bien/

Lamentablemente es común encontrarnos con una interpretación bíblicamente defectuosa y espiritualmente dañina de Romanos 8:28. Si el apóstol Pablo, inspirado por Dios, estuviera mostrándonos un enfoque exclusivamente terrenal y material de esta verdad, entonces no seríamos muy diferentes al mundo.

En este sermón, el pastor Gerson Morey nos ayuda a entender mejor las profundas riquezas y verdades de esta reconocida porción de las Escrituras, mientras aprendemos a qué se refiere Pablo cuando dice “todas las cosas”, cuál es el “bien” al que ayudan todas estas cosas, y finalmente a quiénes están dirigidas estas palabras –“los que aman a Dios”.

Salvación 101

Coalición por el Evangelio

Salvación 101

CARLOS LLAMBÉS

La salvación es uno de esos temas que la mayoría de los cristianos cree maneja muy bien, y sin embargo, a la hora de explicarlo, nos encontramos dudando.

Una de las cosas que más hace un misionero es hablar con las personas de su necesidad de arrepentimiento. Es por eso que al hablar con personas, ya estamos esperando preguntas como: ¿Por qué tengo que arrepentirme? ¿Qué es eso de salvación? ¿Salvación de qué? ¿Por qué necesito salvación? Aunque las respuestas parezcan ser obvias para cualquier cristiano, muchas veces no dominamos el tema como debiéramos, y es por eso que queremos repasar esto que es de suma importancia y fundamental. Lo que quisiera es que este breve escrito pueda servirte para repasar estas verdades y tenerlas más claras, o quizás para entenderlas por primera vez.

Hablando bíblicamente, la salvación se refiere a la obra de Dios en favor del hombre que provee un camino de liberación de la condena y castigo del pecado y la justa ira de Dios.

Para entender la salvación, entonces, debemos entender el estado perdido del hombre.
La Biblia nos deja ver que el hombre esta en un estado caído en pasajes como Romanos 3:9-1923Efesios 2:1-3; y Hechos 9:27.
De manera que, para que el hombre pueda ser salvo, el necesita saber primeramente que está perdido.

El apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, presenta argumentos poderosos que demuestran el estado perdido del hombre.

Es importante reconocer que la mayoría de los individuos parecen creer:

  1. Que no son realmente pecadores.
  2. Que no son tan malos como algunos otros.
  3. Que el infierno no es real.
  4. Que sus buenas obras sobrepasan sus malas acciones, lo que les será tomado en cuenta a su favor.
  5. Que Dios es tan bueno y tan amoroso que no permitirá que la gente vaya al infierno
  6. Que al final, de alguna manera, toda la gente se salvará.

El problema con todas esas creencias, excusas y argumentos es que todas son falsas. Ninguna tiene soporte en la Escritura.

La realidad del asunto es que sin Cristo todos los hombres:

  1. Están perdidos y sin remedio, la ira de Dios está sobre ellos (Juan 3:36).
  2. Están condenados a morir en sus pecados (Ezequiel 18:20).
  3. Están separados y alienados de Dios por causa del pecado (Romanos 3:23).
  4. La única solución es la provisión de Dios para salvación en Cristo. El hombre carece de la habilidad y la capacidad para salvarse a sí mismo. El pecado del hombre es la razón por la cual el hombre pierde la justicia, la rectitud y la pureza moral que le impide tener una posición correcta delante de Dios.

Por su parte, el hombre insiste en salvarse a sí mismo de múltiples maneras. Las formas más comunes:

Siendo buenos.

En otras palabras por medio del mérito y justicia personal. Sin embargo la Biblia nos deja ver que la justicia del hombre son como trapos de inmundicia, Isaias 64:6. La justicia que es aceptable para Dios no es inherente en el hombre, pues si los escribas y fariseos (que habían dedicado sus vidas a conocer la Palabra y agradar a Dios) no lo lograron, nosotros tampoco lo haremos.

“Porque les digo a ustedes que si su justicia no supera la de los escribas y Fariseos, no entrarán en el reino de los cielos”, Mateo 5:20.

Haciendo el bien.

Las obras de caridad, los ritos religiosos, el guardar la ley. La Biblia nos deja ver claramente que las obras no pueden salvar al hombre.

“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley; puesto que por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:15-16.

Confiando en su herencia religiosa.

El asunto no es por herencia o por tradición.

“Sino que es judío el que lo es interiormente, y la circuncisión es la del corazón, por el Espíritu, no por la letra; la alabanza del cual no procede de los hombres, sino de Dios”, Romanos 2:29.

Conocimientos, sabiduría e inteligencia.

El hombre no puede discernir por sí mismo la realidad de quien es Jesús. Solamente Dios puede revelarle al hombre el significado de Jesús para salvación.

“Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente”, 1 Corintios 2:14.

Mi oración es que este breve escrito te sirva para explicar a otros las buenas nuevas. Ahora, si Dios ha abierto tu entendimiento para reconocer que eres un pecador que necesitas un Salvador, arrepiéntete de tus pecados y deposita toda tu esperanza y confianza en la obra salvadora de Cristo en la cruz para el perdón de nuestro pecados. Hoy es un buen día para comenzar una relación con él.