¿Qué es la gloria de Dios?

Coalición por el Evangelio

¿Qué es la gloria de Dios?

JOHN PIPER

Nota del editor:
¿Qué es la gloria de Dios? Esta es la pregunta que el pastor John Piper trató de responder en su sermón: “A Él sea la gloria para siempre”, predicado el 17 de diciembre de 2006. Aquí un extracto de su mensaje.

Definiendo lo imposible

Definir la gloria de Dios es imposible, porque se parece más a la palabra belleza que a la palabra baloncesto. Si alguien dice que nunca ha oído hablar del baloncesto, entonces no sabe qué es una pelota de baloncesto, y por lo tanto preguntará: “qué es una pelota de baloncesto”, y no sería difícil para ti describirla. Usarías tus manos y dirías:

“Bueno, es como una cosa redonda hecha de cuero o goma, y de unas diez o nueve pulgadas de diámetro, que rebotas en el piso. Contiene aire adentro, por lo que es un poco dura. Así que la rebotas y la lanzas a la gente, y puedes correr mientras lo haces. También hay un aro (que llaman cesta o canasta), y la idea es lanzar la pelota a través de ese aro. Por eso se llama baloncesto”.

Con esta respuesta una persona tendría una muy buena idea de lo que es el baloncesto. Y podrían identificar una pelota de baloncesto, y diferenciarla de una pelota de fútbol o una pelota de fútbol americano.

No puedes hacer lo mismo con la palabra belleza. Hay algunas palabras en nuestro vocabulario con las que nos podemos comunicar, pero no porque podamos decirlas, sino porque podemos verlas o podemos señalarlas. Es decir, que si señalamos suficientes cosas y vemos suficientes cosas juntas, y decimos: “¡Eso es bello! ¡Eso eso bello!”, entonces podríamos tener un sentido común de la belleza. Pero cuando tratas de poner la belleza en palabras, es muy, muy difícil.

Dios está en una categoría por sí solo. Él tiene perfecciones infinitas, grandeza infinita y valor infinito.

Santo se deletrea d-i-g-n-o

Lo mismo sucede con la palabra gloria. ¿Cómo podemos describirla? Tienes que intentarlo, porque no podemos dejar que las personas lo hagan por su propia cuenta. Así que intentaré definirla al compararla bíblicamente con la palabra santo, y te preguntaré: “¿Cuál es la diferencia entre la santidad de Dios y la gloria de Dios?”. Al hacer esta comparación podremos tener un mejor acercamiento a la naturaleza de este término: la gloria de Dios.

Yo defino la santidad de Dios como su pertenencia a una clase única, en su perfección, grandeza, y valor. Su perfección, su grandeza, y su valor son de una categoría tan distinta y separada –incluso se nos ha enseñado que la palabra santo significa separado– que Él está en esta categoría por sí solo. Él tiene perfecciones infinitas, grandeza infinita, y valor infinito.

Su santidad es lo que Él es, como Dios, y que nadie más es. Es su calidad de perfección lo que no se puede mejorar, lo que no se puede imitar, lo que es incomparable, lo que determina todo lo que es, y que no está determinado por nada externo a Él. Significa su valor infinito: su valor intrínseco e infinito.

Santidad manifiesta

Ahora, cuando Isaías 6:3 dice que un ángel da voces a otro, diciendo: “Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos”, lo siguiente que dice es esto: “Llena está toda la tierra de Su gloria”. Podríamos haber esperado que dijera “santidad”, pero no dice eso. Él ángel dice: “gloria”.

Él es intrínsecamente santo, y toda la tierra está llena de su gloria –de la cual acuñé una definición, al decir que la gloria de Dios es la belleza manifiesta de su santidad. Es la manifestación pública de su santidad. Es la forma en que muestra su santidad para que la gente la comprenda. Entonces, la gloria de Dios es la santidad de Dios manifestada.

La gloria de Dios es la belleza manifiesta de su santidad. Es la manifestación pública de su santidad.

Escuche este pasaje de Levítico 10:3. Dios dice que manifestará su santidad a los que están cerca de él, y que ante todo el pueblo será glorificado. “Como santo seré tratado”, dice. “Y en presencia de todo el pueblo”, por decirlo de otra manera, “seré glorificado”. Entonces ver, comprender, y reconocer su santidad –y, en cierto sentido, percibirla– es ver la gloria y, por lo tanto, glorificarlo.

Entonces, aquí hay un intento de definición: la gloria de Dios es la belleza infinita y la grandeza de las múltiples perfecciones de Dios. Me estoy centrando en la manifestación de su carácter, su valor, y sus atributos. Todas sus perfecciones y grandezas son hermosas tal como se ven, y hay muchas de ellas. Por eso uso la palabra múltiple. Esta sería otra forma de describirlo: la gloria de Dios es la belleza infinita y la grandeza de sus múltiples perfecciones.

Cómo Dios lo proclama

“Los cielos cuentan la gloria de Dios” (Sal. 19:1). ¿Qué significa eso? Significa que lo está proclamando. Él lo anuncia fuertemente a través de las nubes. Él grita por medio de la extensión azul. Grita con oro en los horizontes. Él grita con galaxias y estrellas. Él está proclamando: “¡Soy glorioso! Abre tus ojos. Mi gloria es como esto que ves —solo que mejor, si me conocieras”.

Y la Biblia dice: “Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de Su gloria” (Is. 6:3). Si tuvieras ojos para ver, verías la gloria de Dios en todas partes. Necesitamos ojos. Necesitamos ojos más que cualquier cosa porque “el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo” (2 Co. 4:4).

La gloria de Dios es la belleza infinita y la grandeza de las múltiples perfecciones de Dios.

Entonces, ¿lo ves? ¿lo amas? En el fondo de tu corazón, fuiste hecho para esto. Si eres una persona totalmente desinteresada, y estás leyendo esto, estoy ansioso por ver el día –y espero que sea hoy– cuando digas: “Fui creado para esto. Para eso existo: para ver la gloria de Dios. ¡Todo apunta a eso! Toda la gloria que pensé que era tan atractiva, no se compara a esto. Todo es sombras y cenizas. Él estaba en lo correcto. La Biblia estaba en lo correcto. Jesús tenía razón”.

Espero que no sea demasiado tarde cuando eso te suceda.

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN DESIRING GOD. TRADUCIDO POR FABIO ROSSI.
Imagen: Lightstock.

​John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

7 verdades que debes saber sobre el hombre y el pecado

Coalición por el Evangelio

7 verdades que debes saber sobre el hombre y el pecado

WAYNE GRUDEM

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro Cómo entender el concepto del hombre y del pecado (Vida, 2013), por Wayne Grudem.

Después de que Dios creara al hombre y lo pusiera en el huerto del Edén, hubo una serie de estipulaciones que vinculaban legalmente y definían la relación entre ambos. Estas estipulaciones aparecen con claridad cuando Dios habla con Adán y le da mandamientos (Gn. 1:28-30; 2:15, 16-17).

En la prohibición acerca del árbol del conocimiento del bien y del mal hay una promesa de castigo por la desobediencia: la muerte, que se refiere a la muerte física, espiritual, muerte eterna, y separación de Dios. En esta promesa de castigo por la desobediencia hay implícita una promesa de bendición por la obediencia. Pero ¿qué otros significados encierran las palabras “hombre” y “pecado” en la Biblia? Veamos algunos:

1) Es correcto usar la palabra “hombre” para referirnos a la raza humana
Algunas personas objetan el uso de la palabra “hombre” para referirnos a la raza humana, porque afirman que ese uso es insensible hacia las mujeres. En cambio, sugieren que usemos “humanidad”, “género humano”, “seres humanos”, o “personas”.

Después de considerar esta sugerencia, decidí continuar usando “hombre”, además de los otros términos, para referirme a la raza humana; porque la Biblia lo justifica en Génesis 5, y porque está en juego una cuestión teológica. El término hebreo que traducimos “hombre” es adam, que es el mismo que se usa para hablar de Adán, y el mismo término se usa para referirse al hombre a fin de distinguirlo de la mujer (Gn. 2:22, 25; 3:12; Ec. 7:28).

El Antiguo Testamento usa el mismo término, adam, para referirse (1) a los seres humanos varones, y (2) a la raza humana en general. Si esta práctica se originó con Dios mismo, no debiéramos encontrarlo inaceptable ni insensible.

2) Dios creó al hombre para Su gloria
Dios no necesitaba crear al hombre, pero nos creó para su propia gloria (Is. 43:7; Ef. 1:11-12). Por tanto, estamos llamados a hacer todo “para gloria de Dios” (1 Co. 10:31). Este hecho determina la respuesta correcta a la pregunta: ¿Cuál es nuestro propósito en la vida?

Nuestro propósito debe ser cumplir la razón por la que Dios nos creó: Glorificarle a Él

Nuestro propósito debe ser cumplir la razón por la que Dios nos creó: Glorificarle a Él. Cuando hablamos con respecto a Dios mismo, ese es un buen resumen de nuestro propósito. Pero cuando pensamos en nuestros propios intereses, nos encontramos con el feliz descubrimiento de que estamos para gozar a Dios, deleitarnos en Él, y en nuestra relación con Él.

3) El hombre fue creado a imagen de Dios
De todas las criaturas solo del hombre se dice que fue creado “a imagen de Dios”. El hecho de que el hombre está formado a la imagen de Dios quiere decir que el hombre es como Dios y representa a Dios. Cuando Dios creó al hombre planeaba hacer una criatura similar a Él (Gn. 1:26).

Las palabras “imagen” (tselem) y “semejanza” (demut) se refieren a algo que es similar, pero no idéntico a aquello que representa o de lo que es una “imagen”. Para los lectores originales, esto significa que el hombre era como Dios y que en muchas maneras representaba a Dios. De manera que Génesis 1:26 significaba para estos lectores “Hagamos al hombre como nosotros somos y para que nos represente”.

4) Los dos sexos reflejan la imagen de Dios
Aunque la creación del hombre como varón y hembra no es la única forma en que somos a la imagen de Dios, es un aspecto bastante significativo que las Escrituras mencionan (Gn. 1:27).

Podemos resumir las formas en que nuestra creación como varón y hembra representan algo de nuestra creación a la imagen de Dios de la siguiente manera: La creación del hombre como varón y hembra muestra la imagen de Dios en (1) la armonía de las relaciones interpersonales, (2) la igualdad en personalidad e importancia, y (3) la diferencia en papel y autoridad.

5) La unidad completa del cuerpo y alma humana será restaurada en la eternidad
¿Cuántas partes hay en el hombre? Todos estamos de acuerdo en que tenemos cuerpos físicos. La mayoría de las personas (cristianos y no cristianos) sienten que también tienen una parte inmaterial, un “alma”. Pero ahí termina el acuerdo.

Algunas personas creen que además de “cuerpo” y “alma” tenemos un “espíritu”, y este concepto se llama tricotomía. El punto de vista de que el hombre está formado de dos partes (cuerpo y alma/espíritu) se llama dicotomía. Fuera del ámbito evangélico, otro punto de vista es que el hombre no puede existir aparte del cuerpo físico. Esta perspectiva de que el hombre es solo un elemento, y que su cuerpo es la persona, se llama monismo.

Antes de preguntarnos si las Escrituras ven a “alma” y “espíritu” como partes distintivas del ser humano, debemos dejar claro desde el principio que el énfasis de la Biblia está en la unidad general del hombre como creado por Dios (Gn 2:7). Aquí Adán es una persona unificada con cuerpo y alma viviendo y actuando juntos. Este estado original unificado del hombre volverá a ocurrir cuando Cristo regrese y estemos completamente redimidos en nuestros cuerpos, así como en nuestras almas para vivir con Él para siempre (1 Co. 15:51-54).

6) El pecado es no conformarnos a la ley moral de Dios
Podemos definir el pecado de la siguiente manera: el pecado es no conformarnos a la ley moral de Dios en acciones, actitudes, o naturaleza. Lo definimos aquí en relación con Dios y su ley moral. El pecado incluye no solo las acciones individuales tales como robar, mentir o matar, sino también las actitudes que son contrarias a las actitudes que Dios requiere de nosotros. Esto lo vemos ya en los Diez Mandamientos, los cuales no solo prohíben acciones pecaminosas sino también actitudes erróneas.

Una vida que agrada a Dios tiene pureza moral no solo en las acciones, sino también en los deseos del corazón. De hecho, el más grande de los mandamientos requiere que tenga el corazón lleno de una actitud de amor a Dios (Mc. 12:30).

7) Dios no es culpable del pecado
Primero, debemos afirmar claramente que Dios no pecó, y que no podemos culparlo por el pecado. Fueron el hombre y los ángeles los que pecaron voluntariamente. Culpar a Dios por el pecado sería blasfemar en contra de Dios (Dt. 32:4). De hecho, es incluso imposible que Dios desee hacer el mal (Stg. 1:13).

Aunque nunca debemos decir que Dios mismo pecó ni culparle del pecado, debemos también afirmar que Dios es soberano

Pero, sería erróneo creer que existe un “dualismo” en el universo. Es decir, la existencia de dos poderes igualmente supremos, uno bueno y el otro malo. Tampoco debemos pensar que el pecado sorprendió a Dios, que es un reto, o que supera su omnipotencia y su control providencial sobre el universo.

Por tanto, aunque nunca debemos decir que Dios mismo pecó ni culparle del pecado, debemos también afirmar que Dios es soberano (Ef. 1:11; Dn. 4:35), y estableció que el pecado entrara en el mundo, aunque no se deleita en ello y aunque estableció que entrara por medio de las decisiones voluntarias de criaturas morales. Aun antes de la desobediencia de Adán y Eva, el pecado ya estaba presente en el mundo angelical con la caída de Satanás y los demonios. Pero con respecto a la raza humana, el primer pecado fue el de Adán y Eva en el huerto del Edén (Gn. 3:1-19).

Wayne Grudem es profesor de teología y estudios bíblicos en Phoenix Seminary en Phoenix, Arizona.

¿Es John Piper realmente reformado?

Coalición por el Evangelio

¿Es John Piper realmente reformado?

KEVIN DEYOUNG

Para muchas personas, John Piper es el más reconocido y más vigoroso exponente de la Teología Reformada en el mundo evangélico hoy. Él es el tipo que se llama a sí mismo un “Calvinista de siete puntos”. Él se goza en la soberanía de Dios en cada momento. De acuerdo a Mark Dever, él es “el factor individual más eficaz en el reciente ascenso de la teología reformada”. Claro que John Piper es reformado.

Pero para otros, es muy obvio que John Piper no es realmente reformado. La teología reformada es definida por las confesiones reformadas, y encuentra su expresión en las estructuras reformadas bautistas y presbiterianas, así que claramente John Piper (un credo-bautista perteneciente a la Conferencia General Bautista) no es reformado. ¿Por qué debería el nombre “Bautista Reformado” sonar menos extraño que “Luterano Bautista”? Entiendo el punto que están tratando de exponer aquellos dentro de la segunda categoría. Existe un peligro real al igualar la teología reformada con Juan Calvino, y luego igualar a Juan Calvino con el TULIP (Acrónimo en inglés: Depravación Total, Elección Incondicional, Expiación Limitada, Gracia Irresistible, Perseverancia de los Santos), de manera que lo “reformado” termina significando nada más que la creencia en la predestinación. Eruditos como Richard Muller han trabajado duro para recordarnos que ambas ecuaciones son terriblemente simplistas. Las iglesias reformadas existen antes de Juan Calvino, y el pensamiento de Calvino no era más que una corriente (una muy importante) fluyendo hacia fuera y hacia adentro de la tradición reformada. De igual manera, cualquiera que tenga una profunda apreciación por las confesiones reformadas y haya estudiado el desarrollo de la teología reformada, tendrá un gran celo por enseñar a la gente que la teología reformada es mucho más que solo poseer una soteriología basada en la predestinación. Yo, que he estado suscrito a una denominación histórica reformada, y que he escrito un libro sobre el catecismo de Heidelberg, estoy muy entusiasmado con todo lo que la tradición reformada tiene que ofrecer, desde eclesiología y adoración, hasta nuestro entendimiento de la ley, nuestro entendimiento de los sacramentos, y una docena cosas más. Simpatizo con aquellos que se apresuran a señalar que, cuando un estudiante de seminario de primer año afirma creer en un Dios grande, esto no necesariamente significa que conozca las profundidades de lo que significa ser reformado. Por otro lado, no me molesta cuando John Piper es llamado reformado. Además del hecho de que él podría aprobar el 95% de lo que está en las Tres Formas y en los estándares de Westminster (no estoy sugiriendo que el 5% restante sea insignificante, simplemente hago la observación de que las diferencias no son tan notables como se podría pensar), puedo reconocer fácilmente que la palabra “reformado” es usada de diferentes maneras. “Reformado” puede referirse a un sistema confesional o a un cuerpo eclesiástico. Pero “reformado” o “calvinista” puede también ser usado más ampliamente como un adjetivo que describe una teología que le debe mucho de su vigor y sustancia a los teólogos reformados y a la teología reformada clásica. El capítulo de Herwan Bavinck sobre la historia de la “Dogmática Reformada” provee un buen ejemplo. Para los que se están iniciando en este tema, Bavinck nota cuán diferente es la teología reformada de la teología luterana, siendo la primera menos ligada a un país, menos atada a un solo hombre y menos atada a una única confesión (Dogmática Reformada, pg. 1177). El desarrollo doctrinal, argumenta Bavinck, ha sido más rico y más multifacético en la teología reformada (lo cual puede ser una de las razones por las que usted no oye de Luteranos Bautistas). De manera particular, Bavinck expone que “desde el principio, la teología reformada en Norteamérica ha mostrado una multiplicidad de formas diversas”. Él luego menciona la llegada de la iglesia episcopal (1607), la holandesa reformada (1609), los congregacionalistas (1620), los cuáqueros (1680), los bautistas (1639), los metodistas (1735 con Wesley y 1738 con Whitefield), y finalmente las iglesias alemanas. Bavinck observa que “casi todas estas iglesias y las corrientes dentro de ellas tuvieron origen calvinista. De todos los movimientos religiosos en Estados Unidos, el calvinismo ha sido el más vigoroso. Este no ha estado limitado a una iglesia en particular, sino que constituye (en una variedad de modificaciones) el elemento de valor en las iglesias congregacionales, bautistas, presbiterianas, holandesa reformada y alemanas reformadas, etc.” (pg. 1201). En otras palabras, Bavinck no solo se siente cómodo usando el término “calvinismo” como un sinónimo de “teología reformada”, sino que además no tiene problema en afirmar que el calvinismo no estuvo limitado a una sola tradición sino que constituyó el elemento “de valor” en una gran variedad de iglesias. El calvinismo, en oposición al luteranismo, floreció en el Estados Unidos colonial como la alternativa típica (ortodoxa, reformada, basada en Sola Scriptura y Sola Fide), a las diversas formas que comprendieron el arminianismo y socinianismo heterodoxo. El motivo por el cual el término “reformado” no ha estado limitado en Estados Unidos a aquellos y solo a aquellos que se adhieren a las Tres Formas o a los Estándares de Westminster, es porque desde un comienzo las formas básicas de la teología calvinista vibraron a través de las venas de una diversidad de iglesias. ¿Significa esto que solamente “las formas básicas de la teología calvinista” importan para la vida y la santidad? Por supuesto que no. Sino, ¿por qué Herman Bavinck iba pasar a delimitar cuidadosamente las complejidades de la dogmática reformada a través de 2500 páginas? Soy gratamente Reformado, con la R mayúscula más grande que usted pueda encontrar. Por eso mi primera reacción a la proliferación (aunque sea un poco) de teología reformada es profunda gratitud. ¿Pienso que el TULIP es la esencia del calvinismo? No. ¿Deseo que muchos de aquellos que se creen “reformados” vayan más atrás y escudriñen un poco más? Sí. Pero, ¿me molesta que las personas crean que Piper, Mohler y Dever sean o no reformados? En lo absoluto. Ellos están celebrando y promoviendo a Calvino, a Hodge, a Warfield, a Bavinck y a Berkhof -sin mencionar toda la rica teología escritural que exponen-, de maneras que deberían hacer verdaderamente feliz al más verdadero reformado.

Traducido por Omar Jaramillo.

Kevin DeYoung (MDiv, Seminario Teológico Gordon-Conwell) es pastor principal de la Iglesia Christ Covenant en Matthews, Carolina del Norte, presidente de la junta de The Gospel Coalition, profesor asistente de teología sistemática en el Seminario Teológico Reformado (Charlotte) y candidato a doctorado en la Universidad de Leicester. Es autor de numerosos libros, incluyendo Just Do Something. Kevin y su esposa, Trisha, tienen siete hijos.

¿Quieres ser como Michael Jordan?

Coalición por el Evangelio

¿Quieres ser como Michael Jordan?

Cuando la grandeza encuentra un vacío: Michael Jordan cumple 50

MATT SMETHURST

Nota del editor:  El documental acerca de la vida de Michael Jordan, “The Last Dance”, recién terminó, rompiendo récords de audiencia. Vale la pena visitar esta reflexión sobre los 50 años de la estrella del baloncesto y el estado de su alma.

Si sintonizaste ESPN en algún momento de la semana pasada, sabes que Michael Jordan acaba de cumplir 50 años. Con 6 títulos de la NBA, 5 MVPs (jugador más valioso), 14 apariciones en los juegos de estrellas, y muchas otras hazañas inmortalizadas en los carteles de mi antigua habitación, el legado que ha dejado Jordan en la cancha de básquet es inigualable.

Pero su vida fuera de la cancha, especialmente después de su retiro final en el 2003, no ha sido tan prístina. Anticipando el cumpleaños número 50 de Jordan, el escritor senior de ESPN, Wright Thompson, pasó un buen tiempo con el Número 23. Lo que surgió de ese encuentro fue un artículo de Outside the Lines titulado “Michael Jordan no ha salido del edificio”, una fascinante vista detrás de cámaras a la mente del hombre que revolucionó el mundo de los deportes.

Un fuego insaciable
El artículo de Thompson nos hace sentir que Jordan no es feliz. “Yo daría todo por volver a jugar básquetbol”, confiesa el jugador. Cuando es cuestionado sobre cómo lo ha reemplazado, Jordan simplemente dice: “No lo haces. Uno aprende a vivir así”. Durante casi tres décadas en el escenario supremo del básquetbol, Jordan vivió en busca del próximo desafío, del próximo rival. Los detractores se convirtieron en amigos, puesto a que proveyeron el combustible que reavivó su empuje por el desempeño, por la conquista, por el poder vindicar su nombre. Ese empuje insaciable de probarse a sí mismo impulsó a Jordan al tope del mundo de los deportes… y lo mantuvo allí. Aun hoy, escribe Thompson, a Jordan le importa lo que digan sus críticos. “Él necesita saber, es como agua para el sediento”.

Jordan dejó el baloncesto, pero su furor sigue ahí. El fuego permanece, por eso busca alivio en el campo de golf o en la mesa de blackjack, por eso invierte tanto tiempo en los Bobcats de Charlotte, y por eso es que sueña con volver a jugar.

El hombre ha dejado la cancha, pero las adicciones no han dejado al hombre.

Hasta “Yahweh” envejece
El entorno de Jordan solo ha fortalecido significativamente la percepción de que él viene de otro mundo. Thompson explica:

Jordan está en el centro de varios universos solapados, en el tope de la billonaria marca Jordan en Nike, de los Bobcats, de su propia compañía con docenas de empleados y contratistas en nómina. En el extraño caso de que alguien de su círculo íntimo olvide quién está a cargo, solo tiene que recordar los sobrenombres que les han sido dados por el equipo de seguridad. Estee es Veneno. George es Mayordomo. Yvette es Armonía. Jordan es llamado Yahweh… la palabra hebrea para Dios.

Yahweh. Yo soy el que soy. Yo seré el que seré. Este no es un sobrenombre que incita a la humildad.

“Mi ego es tan grande que tengo ciertas expectativas”, admite Jordan. Pero, como observa Thompson, esta es la consecuencia natural de vivir la vida en la cima. “Jordan está acostumbrado a ser la persona más importante en todo lugar al que entre y, todavía más allá, en la vida de toda persona que conoce… Las personas atienden a cada uno de sus caprichos”. Imagina vivir de esa manera. Ponte en sus zapatos (Air Jordans, por supuesto). No poder recordar la última vez que no eras la persona más importante del lugar. No importa a dónde vayas, eres el rey. Así ha sido por más de 40 años. ¿Qué causaría tal fama en una persona? ¿Qué causaría en ti?

Un parpadeo que desvanece
Una existencia tan anormal trae consigo esperanzas, promesas, y expectativas anormales. Como escribe Thompson:

“La mayoría de las personas viven vidas anónimas, y cuando envejecen y mueren, todo registro de sus vidas desaparece. Son olvidados; algunos más lentamente que otros, pero eventualmente le pasa a prácticamente todo el mundo. Sin embargo, para los pocos de cada generación que alcanzan la cúspide de logros y famas, un espejismo destella: la inmortalidad. Ellos llegan a creerlo. Aun después de que Jordan se haya ido, él sabe que las personas le recordarán. Aquí yace el mejor basquetbolista de todos los tiempos. Ese es su epitafio.

Hay una fábula sobre los generales romanos que atravesaban las calles de la capital entre desfiles de victorias: un esclavo les seguía, suspirando a sus oídos “toda gloria es efímera”. Nadie juega ese papel para los atletas profesionales. No había forma de que Jordan supiera que lo más cerca que él estaría de la inmortalidad fue durante esa última salida de la cancha… todo lo que pase en los días y años venideros contribuirá a que ese lujoso monumento que construyó sea erosionado y desgastado. Su autoestima siempre ha estado, como él mismo dice, “atado directamente al juego”. Sin él, se siente a la deriva. ¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo? Por los últimos 10 años, luego de retirarse por tercera vez, Jordan ha estado corriendo, moviéndose tan rápido como le sea posible, creando distracciones y distancias”.

En su arrogante discurso para el Salón de la Fama del 2009, Jordan llamó al juego de baloncesto su “refugio”, el “lugar a donde he acudido cuando he necesitado consuelo y paz”. Tres años más tarde, la inquietud permanece. Sucede que ese impulso voraz que transformó a ese chico tímido de Carolina del Norte en un nombre familiar para todos vino con un precio. Y mientras desaparece el destello de la inmortalidad, Jordan se mira a sí mismo en el espejo, preguntándose a dónde acudir. “¿Cómo puedo disfrutar los próximos 20 años sin que esto me consuma?”, se pregunta. “¿Cómo puedo encontrar paz lejos del baloncesto?”.

De Chicago al Calvario
Como cristianos, es fácil leer el artículo escrito por Thompson y sentirnos desanimados y hasta asqueados por el egocentrismo de Jordan. Pero mientras los psicólogos procuran diagnosticar su condición, no sentimos sorpresa. Después de todo, la distancia entre él y nosotros no es muy ancha. Nosotros queremos ser la persona más importante en cada lugar; él lo es.

Como diría el apóstol, para estas cosas ¿quién está capacitado? En el mundo, el estatus está atado al desempeño. Lo mismo pasa en el evangelio. La diferencia, sin embargo, es que nuestro estatus como creyentes no está atado a nuestro desempeño, sino al de Cristo. Solo el evangelio nos puede ofrecer recursos para combatir nuestro orgullo, exponer nuestro vacío, e inundar nuestros corazones de paz.

“¿Cómo puedo encontrar paz alejado del juego del basquetbol?”, pregunta la envejeciente leyenda. Michael, tú nunca tuviste paz. Triunfo y fama sí, pero no paz. James Naismith inventó un juego que te dio un sentido de propósito, de valor, de calma. Pero era solo eso… un sentido, una imitación de lo real. Nunca encontrarás vida afuera del baloncesto por la misma razón que no la encontraste adentro. No está ahí. La paz que estás buscando no está disponible en una cancha de básquet, o en un campo de golf, sino que está en un pequeño monte a las afueras de Jerusalén. Allí, Yahweh encarnado se colgó en un madero en el lugar de los pecadores, los que suplantan a Yahweh, como tú y como yo. Has ganado el mundo entero y no te ha bastado, Mike. No pierdas tu alma.

¿Todavía quieres ser como Michael Jordan?

Publicado originalmente el 21 de Febrero 2013 en The Gospel Coalition.

Matt Smethurst sirve como editor asociado para The Gospel Coalition y es autor de 1–2 Thessalonians: A 12-Week Study (Crossway, 2017). Él y su esposa, Maghan, tienen tres hijos y viven en Louisville, Kentucky. Son miembros en Third Avenue Baptist Church, donde Matt sirve como anciano. Puedes seguirle en Twitter.

No ignores al diablo

Coalición por el Evangelio

No ignores al diablo

JON BLOOM

A. W. Tozer dijo una vez memorablemente: “Lo que viene a nuestra mente cuando pensamos en Dios es lo más importante sobre nosotros”. Aunque estoy de acuerdo con lo que respondió C. S. Lewis a esta línea de pensamiento —“Lo que Dios piensa de nosotros es […] infinitamente más importante que lo que pensamos de Él”—, el punto de Tozer sigue siendo crucial: “Tendemos por una ley secreta del alma a avanzar hacia nuestra imagen mental de Dios” (El conocimiento de lo santo, p. 1). Lo que pensamos acerca de Dios determina cómo vivimos.

Ahora, ¿qué te viene a la mente cuando piensas en Satanás y sus demonios? Ciertamente, no es lo más importante sobre ti. Y lo que Dios piensa sobre Satanás y los demonios es infinitamente más importante de lo que nosotros pensamos de ellos. Pero lo que pensamos sobre el reino demoníaco ciertamente es importante.

¿Qué pensamos de lo que Dios tiene que decir sobre la existencia y la actividad de los demonios en las Escrituras? ¿Cuán en serio tomamos lo que dice, no solo en credo sino también en hecho? ¿Cuánto influye funcionalmente tener una conciencia de la guerra espiritual en nuestra vida diaria? ¿Cómo afecta cómo oramos? ¿Cómo informa las formas en que vemos nuestras áreas de tentación crónica, miedos, dinámicas familiares, conflictos en la iglesia, enfermedades físicas y mentales, falta de fruto evangelístico, eventos geopolíticos? ¿Qué tipo de acción espiritual estratégica tomamos en respuesta a estas cosas?

Estas son preguntas importantes. Porque la forma en que pensamos sobre las fuerzas satánicas también determina de manera significativa cómo vivimos.

¿Ignoramos sus designios?

Los autores del Nuevo Testamento escribieron con una profunda conciencia de la guerra cósmica en la que estaban involucrados. Así escribió Pablo: “Que Satanás no tome ventaja sobre nosotros, pues no ignoramos sus planes” (2 Co. 2:11).

“El diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41) tuvieron un rol destacado en la vida, la enseñanza, y los milagros de Jesús. Desde su tentación en el desierto al comienzo de su ministerio (Mt. 4:1-11) hasta los eventos que rodearon su crucifixión (Jn. 13:27), Satanás y sus fuerzas fueron una realidad siempre presente. Jesús enseñó que los demonios esclavizan activamente a las personas (Lc. 13:16), buscan activamente ganar influencia sobre los líderes e instituciones religiosas (Jn. 8:44), y se oponen activamente y buscan socavar y corromper la obra del evangelio (Lc. 8:12). También enseñó que Satanás considera su influencia masiva en el mundo como su “reino” (Lc. 11:17-18). Cuando los discípulos más cercanos de Jesús describieron Su ministerio milagroso, dijeron: “Hizo el bien y sanó a todos los oprimidos por el diablo” (Hch. 10:38).

La pregunta que debemos hacernos es esta: ¿ignoramos los designios de Satanás?

Cuando Jesús comisionó a sus primeros líderes apostólicos, los envió a un mundo de incrédulos: “Para que les abras sus ojos a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del dominio de Satanás a Dios” (Hch. 26:18). Entendieron que ellos, y todos los cristianos, están involucrados en una guerra en la que “nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12).

Y repetidamente advirtieron a los cristianos: “Sean de espíritu sobrio, estén alerta”, porque “su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar” (1 Pe. 5:8). No querían que ignoráramos los designios de Satanás.

La pregunta que debemos hacernos, especialmente los cristianos en Occidente, es esta: ¿ignoramos los designios de Satanás?

Un ejemplo de prueba

Aquí hay un ejemplo que te pondrá a prueba. ¿Cómo respondiste emocionalmente a lo que dije anteriormente sobre que las “enfermedades físicas y mentales” son posiblemente causadas o exacerbadas por seres demoníacos? ¿Te provocó algún nivel de vergüenza cultural porque la idea suena muy poco científica, incluso supersticiosa? ¿O provocó un poco de ira defensiva porque, especialmente cuando se trata de una enfermedad mental, quieres declarar enfáticamente que nadie debería asumir que la aflicción es demoníaca?

Ahora, antes de cualquier explicación, tomemos un momento para evaluar nuestras reacciones emocionales. Si sentimos algo de vergüenza, ¿por qué? Si sentimos algo de ira defensiva, ¿por qué? ¿Qué alimenta nuestras respuestas? ¿Cuánto se alimentan de una comprensión bíblica precisa de la participación demoníaca y cuánto se alimentan de nuestras experiencias personales o lo que nuestra cultura naturalista asume?

Es importante que consideremos nuestras respuestas, que no las aceptemos con demasiada facilidad. Podrían exponer un desequilibrio no bíblico o un punto ciego. Cada era tiene sus puntos ciegos espirituales, y las fuerzas demoníacas, por supuesto, se aprovecharán de ello. El primer siglo tuvo sus puntos ciegos, y nosotros tenemos los nuestros. Somos ingenuos al pensar que no nos afectan significativamente. Es por eso que el Espíritu Santo inspiró a los escritores del Nuevo Testamento a instruir a los cristianos de todas las épocas a ser sobrios y de espíritu vigilante, y no ignorar los esquemas satánicos.

No, ciertamente no todas las enfermedades físicas y mentales son causadas o exacerbadas por seres demoníacos. La Biblia no enseña esto, ni la gran mayoría de los cristianos a lo largo de la historia creyeron esto. Es por eso que en nuestro ministerio, Desiring God (Deseando a Dios), junto con muchos recursos sobre la guerra espiritual, también tenemos muchos recursos sobre enfermedades mentales y discapacidades.

El costo del sobrenaturalismo

Pero los evangélicos occidentales —especialmente los norteamericanos— en general no estamos en peligro de una aplicación excesiva de demonización. Estamos mucho más en peligro de una aplicación insuficiente, de un naturalismo funcional y no bíblico. Esto se debe en parte a los puntos ciegos en nuestra cultura. Pero cada vez más también se debe al resultado del creciente costo cultural que viene por creer en el sobrenaturalismo.

Vivimos en culturas posteriores a la Ilustración que consideran que la cosmovisión bíblica y sobrenatural es una tonta resaca religiosa de la Edad Media. La idea misma de un mundo embrujado por demonios es ridiculizada. Pero no solo se considera tonto; rápidamente se considera abusivo insinuar que una persona puede ser afectada por un demonio. Desde una perspectiva naturalista, afirmar eso solo avergüenza al que sufre, y todo porque nosotros no estamos dispuestos a abandonar una cosmovisión arcaica cuyo tiempo ya pasó.

Esto tiene un golpe emocional, y a menudo aterriza en nuestro plexo solar espiritual. De repente, el problema es binario: o existen demonios y negarlo (explícita o funcionalmente) es cruel, o los demonios no existen y creer en ellos es cruel. Ninguno de nosotros quiere ser cruel; queremos ayudar, no dañar, a los afligidos. Pero un lado de ese escenario binario es cruel. Incluso podríamos llamarlo precisamente demoníaco.

Mantenerse firmes

Cuanto más alineados estemos con la visión bíblica de la realidad, más fielmente seguiremos a Jesús y más daño haremos en el dominio de la oscuridad.

Para los cristianos occidentales, esto significa que si queremos involucrarnos seriamente en la gran comisión de “hacer discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19) y ver a muchas personas “pasar de la oscuridad a la luz y del poder de Satanás a Dios” (Hch. 26:18), debemos estar dispuestos a soportar la vergüenza cultural (o tal vez cosas peores) que vendrá de tomar en serio a los demonios. Debemos estar más dispuestos a ser considerados tontos que dejar cruelmente a las personas víctimas y esclavas del mal.

La forma en que pensamos acerca de las fuerzas satánicas y la seriedad con la que nos tomamos las instrucciones de Dios sobre ellas determina cómo vivimos. Cuanto más alineados estemos con la visión bíblica de la realidad, más fielmente seguiremos a Jesús, más espiritualmente serviremos a las personas, y más daño haremos en el dominio de la oscuridad. Pero también soportaremos el reproche que Jesús soportó (Heb. 13:13).

La Biblia es un libro robustamente sobrenatural. La guerra espiritual entre Dios y sus ángeles y el diablo y sus ángeles, y los seres humanos en ambos lados del conflicto, llena sus páginas de principio a fin. Y así es como nos indica que vivamos:

“Por lo demás, fortalézcanse en el Señor y en el poder de su fuerza. Revístanse con toda la armadura de Dios para que puedan estar firmes contra las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomen toda la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo, y habiéndolo hecho todo, estar firmes”, Efesios 6:10-13.

Tomemos esto en serio. No dejemos a las personas cautivas a esquemas demoníacos. Y mantengámonos firmes en el asalto.

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.

Imagen: Lightstock.

¿Qué es la gracia común?

Coalición por el Evangelio

¿Qué es la gracia común?

WAYNE GRUDEM

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado de Cómo entender la salvación (Vida, 2014), por Wayne Grudem.

Cuando Adán y Eva pecaron, se hicieron dignos de castigo eterno y de separación de Dios (Gn. 2:17). De la misma manera, cuando los seres humanos pecan hoy se hacen merecedores de la ira de Dios y del castigo eterno: “Porque la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23). Esto quiere decir que, una vez que las personas pecan, la justicia de Dios requiere solo una cosa: que queden eternamente separados de Dios, alejados de la posibilidad de experimentar sus cosas buenas y que vivan para siempre en el infierno, recibiendo solo la ira divina para siempre.

De hecho, esto es lo que les sucedió a los ángeles que pecaron, y nos podría haber sucedido a nosotros también: “Porque Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al infierno y los entregó a fosos de tinieblas, reservados para juicio” (2 Pe. 2:4).

Pero en realidad Adán y Eva no murieron de inmediato (aunque la sentencia de muerte empezó a cumplirse en sus vidas a partir del día que pecaron). La plena ejecución de la sentencia de muerte quedó demorada por muchos años. Además, millones de sus descendientes aun hasta el día de hoy no mueren y van al infierno tan pronto como pecan, sino que continúan viviendo por muchos años, disfrutando de innumerables bendiciones en este mundo. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede continuar Dios dando bendiciones a pecadores que merecen la muerte, no solo a aquellos que al final serán salvos, sino también a millones que nunca lo serán, cuyos pecados nunca serán perdonados?

La respuesta a estas preguntas es que Dios otorga gracia común.

Podemos definir la gracia común de la siguiente manera: la gracia común es la gracia de Dios mediante la cual Él da a las personas innumerables bendiciones que no son parte de la salvación. Se le llama común porque es común a todas las personas y no está restringida a los creyentes ni a los elegidos.

Para distinguirla de la gracia común, identificamos como “gracia salvadora” la gracia de Dios que trae salvación a las personas. Por supuesto, cuando hablamos de “gracia común” y “gracia salvadora” no estamos indicando que haya dos clases de gracia en Dios, sino que la gracia de Dios se manifiesta a sí misma en el mundo en dos formas diferentes.

La gracia común es diferente de la gracia salvadora en sus resultados (no produce salvación), en sus receptores (la reciben por igual los creyentes y los incrédulos), y en su fuente (no fluye directamente de la obra expiatoria de Cristo, puesto que la muerte de Cristo no gana ninguna medida de perdón para los incrédulos y, por tanto, tampoco hace que tengan mérito las bendiciones de la gracia común para ellos). Sin embargo, sobre este último punto debiéramos decir que la gracia común fluye indirectamente de la obra redentora de Cristo, debido al hecho de que Dios no juzgó al mundo de una vez cuando entró el pecado debido primaria y quizá exclusivamente a que planeaba salvar al final a algunos pecadores a través de la muerte de su Hijo.

La gracia común no cambia el corazón humano ni lleva a las personas al arrepentimiento genuino y a la fe, y, por tanto, no puede salvar a las personas (aunque en la esfera intelectual y moral puede proporcionar algo de preparación para hacer que las personas estén más dispuestas a aceptar el evangelio). La gracia común restringe el pecado, pero no cambia la disposición fundamental de nadie hacia el pecado, ni en ninguna medida significativa purifica la naturaleza humana caída.

Wayne Grudem Photo

Wayne Grudem es profesor de teología y estudios bíblicos en Phoenix Seminary en Phoenix, Arizona.

¿Quién es el Redentor?

Coalición por el Evangelio

¿Quién es el Redentor?

El Catecismo de la Nueva Ciudad
  
Nota del editor:  Este es un fragmento adaptado de El Catecismo de la Nueva Ciudad: La verdad de Dios para nuestras mentes y nuestros corazones (Poiema Publicaciones, 2018)editado por Collin HansenPuedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

¿Quién es el Redentor?

El único Redentor es el Señor Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, en quien Dios se hizo hombre y cargó con la culpa del pecado sobre Sí mismo.

1 Timoteo 2:5: “Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.

El Redentor es Jesucristo, el Hijo eterno de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre y vivió una verdadera vida humana como la nuestra. Por poco más de treinta años en el primer siglo después de Cristo, Él vivió como tú y como yo; la única diferencia es que siempre confió en Dios. Confió en Él por completo.

Así que si piensas en ocasiones en que debiste confiar en Dios y no lo hiciste, en esas mismas ocasiones Jesús obedeció a Dios. Confió en que lo que Dios sabía era mejor, en que debía obedecer la voluntad de Su Padre. Cuando miro hacia el pasado en mi vida, me doy cuenta de que no he vivido de esa manera. Pero el Redentor, Jesucristo, sí lo ha hecho.

Cristo se entregó a Sí mismo por nosotros para poder ser, como dice la Biblia, nuestro Redentor, Aquel que nos rescata

Lo llamamos el Redentor porque Él redime a Su pueblo. Él restaura nuestro valor. Él dio Su vida en la cruz por todos los que se arrepienten de sus pecados y confían en Él. Él es nuestro Redentor. Él nos valoró, a pesar de que habíamos desperdiciado nuestras vidas al no confiar en nuestro Padre celestial, al no obedecerle y al no temerle.

Él realmente vino y dio Su vida por nosotros. Él vivió una vida de confianza y sufrió una muerte que no tenía que sufrir, pero lo hizo por amor a nosotros. Él se entregó a Sí mismo por nosotros para poder ser, como dice la Biblia, nuestro Redentor, Aquel que nos rescata.

La imagen de la redención en el Antiguo Testamento es la de Dios rescatando a Su pueblo de Egipto, sacándolos de la esclavitud. En el Nuevo Testamento, Jesús el Redentor nos rescata de nuestro estado natural de esclavitud al pecado, de servirnos a nosotros mismos de forma destructiva.

Dios en Su gran amor envió a Su Hijo unigénito, quien vivió una vida perfecta, murió en la cruz y después resucitó de los muertos para llevarnos a Él, para redimirnos. A eso nos referimos cuando decimos que Jesucristo es nuestro Redentor.

Oración: Precioso Redentor, desde antes de que comenzara el mundo, Tú nos amaste. Dejaste Tu gloria para llevar nuestra vergüenza. Glorificaste a Tu Padre al obedecerlo hasta la cruz. Tú mereces nuestra alabanza, nuestro agradecimiento y nuestra adoración. No tenemos esperanza fuera de Ti. Amén.

 

Mark Dever es pastor en Capitol Hill Baptist Church y Presidente de 9Marks.

9Marks es un ministerio dedicado a equipar a pastores y líderes de iglesias con una visión bíblica y recursos prácticos

para reflejar la gloria de Dios a las naciones a través de iglesias sanas.

 

Las estrellas cuentan la Gloria de Dios

Coalición por el Evangelio

Las estrellas cuentan la Gloria de Dios

ELIZABETH GARCÉS

“Los cielos proclaman la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de Sus manos”, Salmo 19:1.

El salmo 19 es uno de los pasajes acerca de la creación más famosos de la Biblia. Normalmente lo usamos antes de decir que el Universo es gigantesco, misterioso y plagado de cosas asombrosas. Pero no es común que los cristianos sepamos mucho acerca de esas maravillas que llenan el Universo. ¿Por qué no hablamos un poco sobre una de ellas, las estrellas?

Desde pequeña me gustó el Universo. Mi mamá me mostraba libros de imágenes astronómicas y mi papá nos llevaba al campo de mi abuela, donde el pasatiempo preferido era salir a ver las estrellas. Estaba tan sumergida en el firmamento que los astros daban vueltas en mi cabeza; incluso tuve el terror infantil de que el Sol se tragaría la Tierra. Los adultos siempre me tranquilizaban diciendo que eso no sucedería, aunque si hubieran sido estrictos con la ciencia de las estrellas, me habrían dicho que sí pasaría, pero en millones de años más.

En el campo esperábamos ver “estrellas fugaces” (nombre desafortunado, porque no son estrellas sino meteoritos; trocitos de material que, al entrar en contacto con la atmósfera, se queman y se ve su trazo en el cielo). También buscábamos ciertas figuras conocidas: la Osa Mayor, la Osa Menor, la Cruz del Sur, las Tres Marías. A veces tratábamos de afinar la vista y mirar lo que parecía una nube de polvo; al usar los binoculares descubríamos que eran cúmulos de estrellas tan lejanas que no alcanzábamos a ver nítidamente los puntos de luz.

El cielo es maravilloso incluso si no tenemos aparatos para examinarlo. A simple vista encontrarás no solo estrellas, sino también la Luna, cúmulos (grupos de estrellas), satélites artificiales, estrellas fugaces, planetas, e incluso un par de galaxias, dependiendo del hemisferio en el que estés.

Incluso podrías llegar a ver una supernova, que es la explosión de una estrella a punto de morir y que pocas generaciones han tenido la dicha de observar. Quizá nosotros podríamos tener esa suerte, ya que Betelgeuse, una supergigante roja que agoniza en el final de sus días, podría explotar en cualquier momento (bueno, en cualquier momento en los próximos 100,000 años) y si así fuera podríamos apreciar su brillo durante semanas o meses.

La gloria de las estrellas es solo un destello de la gloria de Dios

A todas ellas llama por su nombre

“Cuenta el número de las estrellas,
Y a todas ellas les pone nombre”, Salmo 147:4.

Estimar el número de estrellas en el universo es una tarea osada. Se cree que —en promedio— cada galaxia alberga cien mil millones de estrellas, y se estiman cien mil millones de galaxias en el Universo. Eso quiere decir que nuestro Sol es una de esas cien mil millones de estrellas que alberga nuestra galaxia, la Vía Láctea. Muchas estrellas son binarias, es decir, tienen una estrella compañera y giran una alrededor de la otra. Otras pueden albergar sistemas planetarios (como el Sol) y, en otras ocasiones más raras, podemos encontrar estrellas solitarias y errantes.

Pero, ¿qué son esos bonitos puntos de luz? Las estrellas son esferas (la forma usual que la gravedad da a las cosas muy grandes) de plasma, es decir, elementos gaseosos cargados eléctricamente. Usualmente se mantienen en combustión, fusionando hidrógeno, convirtiéndolo en helio u otros elementos dependiendo de la etapa de vida en la que se encuentre.

A algunos podría sorprenderle saber que las estrellas siguen un ciclo de vida curiosamente similar al de los seres vivos: nacen, se desarrollan, y mueren. A grandes rasgos, las estrellas nacen a partir del polvo y gas cósmico que comienza a aglomerarse por atracción gravitatoria, polvo que podría ser parte del remanente de una vieja estrella.

Dependiendo de si la estrella es muy masiva o no, se puede prever la “muerte” que tendrá. Por ejemplo, una estrella como nuestro Sol (poco masiva) terminará siendo una enana blanca, que es básicamente el núcleo desnudo de la estrella después de haber eyectado sus capas exteriores. Si la estrella es un poco más masiva, de unas ocho masas solares o más, su destino será convertirse en una estrella de neutrones, una estrella que a veces gira a velocidades tan altas que los aparatos no son capaces de medirla y que pueden presentar los campos magnéticos más fuertes del Universo. Finalmente, si la estrella es muy masiva, de más de veinticinco masas solares, será seguro que se convertirá en un bellísimo agujero negro.

“¿No está Dios en lo alto de los cielos?
Mira también las más lejanas estrellas, ¡cuán altas están!”, Job 22:12.

El Sol, la estrella que orbitamos, está a una distancia de ocho minutos luz. Eso es bastante, si consideramos que la Luna se encuentra a unos 1,3 segundos luz. Me parece divertido pensar que si el Sol desapareciera repentinamente, nos daríamos cuenta de ello ocho minutos más tarde.

¿A qué distancia están las demás estrellas? La siguiente más cercana a nosotros es Próxima Centauri (o Alfa Centauri), a nada más y nada menos que 4,2 años luz. Betelgeuse, la supergigante roja de la que hablamos anteriormente, está a unos 640 años luz. La estrella más lejana detectada hasta ahora por el telescopio Hubble se llama Icarus, a unos 14 mil millones de años luz.

La naturaleza es apasionante y preciosa no solo en ella misma, sino porque nos hace admirar aún más cuán apasionante y precioso es Dios 

Los cielos le alaban

“Alábenlo, sol y luna;
Alábenlo, todas las estrellas luminosas”, Salmo 148:3.

Es cierto que en el cielo no solo hay estrellas. También tenemos planetas, nebulosas, y agujeros negros. Pero todos estos objetos tienen relación directa con las estrellas, así que al hablar de ellas estamos hablando en gran parte del cosmos en general.

Al mirar las estrellas —todos los tipos que hay y los que faltan por descubrir—, su composición y su comportamiento, nos maravillamos. Son gloriosas en su belleza y en su complejidad. Y esa gloria es solo un destello de la gloria de Dios, de Su belleza y en Su complejidad.

La naturaleza es apasionante y preciosa no solo en ella misma, sino porque nos hace admirar aún más cuán apasionante y precioso es Dios. A través de los milenios de la humanidad, el cosmos no nos ha dejado de sorprender. Es bueno saber que el Creador nos ha dado a los creyentes la eternidad para admirarlo a Él.

Elizabeth Garcés es estudiante de maestría en Física y parte de Iglesia Bíblica Roca Grande. Vive en Chile junto con su esposo Ignacio.

Cuando mi pasión por Dios se ha ido

Coalición por el Evangelio

Serie: Conferencia para jóvenes JPSC

Cuando mi pasión por Dios se ha ido

Sigfrido Guillén

Coalición por el evangelio es un grupo de pastores, iglesias, y líderes comprometidos con la centralidad del evangelio para toda su vida y ministerio. Desde Coalición, buscamos proveer recursos de sana doctrina para toda la iglesia de habla hispana, de manera que podamos ver cada vez más iglesias y ministerios fundamentados en la Palabra de Dios y en el evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

http://www.thegospelcoalition.org

Cómo identificar una predicación sana

Coalición por el Evangelio

Cómo identificar una predicación sana

JOSUÉ ORTIZ

La predicación sana determina el bienestar de una iglesia.

Muchos decimos que escuchamos o exponemos predicaciones sanas, pero eso no siempre es así. Necesitamos evaluar los sermones que enseñamos o escuchamos. Si identificamos que ellos no son bíblicos, debemos cambiar nuestra preparación y enfoque al predicar. Pero ¿cómo podemos identificar una predicación sana?

Aunque ninguno de nosotros es la autoridad por sí mismo para afirmar cuándo una predicación es saludable o no, hay algunas cosas que podemos decir al respecto cuando nos basamos en la Palabra de Dios.

La predicación sana hace más que citar la Biblia

Recordemos que Satanás usó las Escrituras erróneamente para tentar a Cristo (Mt. 4:1-11). Los falsos maestros, por lo general, usan la predicación que solo busca textos fuera de contexto que apoyan sus premisas principales. Ellos pervierten el significado del texto para justificar sus intereses mezquinos (2 P. 3.16).

La Palabra no es un trampolín para impulsar tu propio mensaje. Tampoco para exponer sobre intereses personales o temas oportunistas. En cambio, es un pozo para profundizar en el conocimiento del amor y poder de Dios. Él siempre obra a través de su Palabra.

Por lo tanto, el predicador debe “dar sentido al texto” (Neh. 8:8). El predicador necesita comprender el mensaje central del pasaje, luego exponer la verdad de Dios a la congregación, y finalmente promover la aplicación adecuada de sus conclusiones.

Una tentación frecuente para los predicadores es solo buscar predicar pasajes que apoyen los temas que nos apasionan o queremos hablar. No está mal hablar de los temas que consideres importantes para tu iglesia, pero si usas la Biblia solo como una nota al pie de tu sermón, debes preguntarte si usas bien la Palabra de verdad (2 Ti. 2:15).

La predicación sana no se enfoca en tradiciones

Muchos piensan que la predicación es bíblica solo por ser tradicionalista, ya que así contiene muchos estándares y reglas. Ellos hablan de “conservar la llama del pasado” y se jactan de eso. Esto los lleva a legalismos tales como no permitir cierta ropa, prohibir algunos instrumentos musicales, y evitar visitar ciertos lugares. Creen que la iglesia es más espiritual por ser más “tradicional”.

Con esto no quiero decir que los miembros de las iglesias pueden hacer de las suyas sin reglas ni límites, pero los tradicionalistas suelen oponerse a los cambios, incluso a los buenos y necesarios. Hay quienes predican que debemos ser diferentes al mundo. Y debe ser así, pero la definición de “mundo” suele restringirse a solo las últimas décadas. Muchos olvidan que nuestra tarea no es mantener tradiciones sino obedecer la Palabra.

La predicación tradicionalista es parcial, local, y enfocada solo en ciertas opiniones y corrientes denominacionales. La Palabra de Dios, en cambio, va más allá de nuestras denominaciones y rige mucho más que nuestras opiniones e ideas. ¿Sabes si tu predicación prioriza las leyes de los hombres por encima de las de Dios? (Mr. 7:8).

La predicación sana distingue entre moralidad y santidad

Cuando solo predicamos reglas en contra de cualquier pecado, lo único que hacemos es poner metas inalcanzables (Gá. 3:10Stg. 2:10). Esto provoca que las personas tengan una vida doble, tratando de ocultar lo que se supone que está mal. Ese fue el problema de los fariseos (Mt. 23:27-28). Esta predicación no es diferente a las enseñanzas de otros grupos religiosos que también predican moralidad, civismo, y ética.

La predicación sana expone la santidad de Dios, mientras que una predicación deficiente propone la moralidad del hombre

La moralidad y la santidad no son lo mismo. Una predicación sana expone la santidad de Dios, mientras que una deficiente propone la moralidad del hombre. Dios no quiere personas morales, Él quiere personas santas porque ellas serán morales. Pero alguien puede ser moral sin ser santo. Ese es el peligro de la predicación moralista.

Una predicación moralista llega a ser legalista. El legalismo antepone las reglas por encima del poder de Dios. Evita que el creyente ponga su mirada en el Dios que nos transforma. Él es quien nos capacita para evitar aquello que la ley prohíbe. Empezamos a crecer en santidad cuando sometemos nuestra voluntad a Él.

La predicación sana es expositiva

Por predicación expositiva me refiero a la que interpreta y expone el mensaje central de un pasaje de la Escritura.

Aunque habrá momentos donde la iglesia necesite orientación sobre diversos temas, ella no necesita tu opinión personal. En cambio, necesita una exposición clara de lo que la Biblia enseña al respecto. Los ciudadanos del reino necesitan el mensaje del Rey. Tu labor es alimentar y apacentar a la grey de Dios (1 P. 5:2). No es tu iglesia o tu gente. Solo somos administradores de lo que Dios nos encargó por un tiempo.

Así que predica el texto. No te enfoques solo en aplicarlo, sino también en interpretarlo primero. Sé un estudiante de la Palabra. Que seas caracterizado por meditar, interpretar, y exponer la Biblia. Solo así tu predicación será sana y guiarás a tu iglesia a vivir lo que David dijo: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca. De tus preceptos recibo entendimiento, por tanto aborrezco todo camino de mentira” (Sal. 119:103-104).

La predicación sana es rica en teología

Una predicación saludable es teológica. Esto no habla de academia o complejidad, sino de profundidad y sentido. La predicación teológica se caracteriza por su rico contenido bíblico. Esta predicación no solo presenta las verdades de Dios, sino que presenta al Dios de las verdades. Todo esto considerando los estándares definidos a lo largo de la historia de las doctrinas cristianas, donde se ha separado lo falso de lo verdadero.

Si afirmamos que Dios se revela en las Escrituras por medio de Jesús (Jn. 14:9), entonces cada predicación debe revelar a Dios por medio de la obra redentora del Mesías. Nuestras predicaciones deben estar centradas en el evangelio. Cada sermón nos dirige a pensar cómo el pasaje se conecta con el mensaje redentor de Cristo.

Cada mandamiento, versículo, y palabra, descansa en el mensaje central de la Biblia: que Dios restaura a su creación por medio de Jesús. Así que si estás en los Salmos o en Gálatas, tu labor no es “armar” creativamente un sermón. Tu labor es ver que tu predicación refleje la imagen de Dios, su revelación, su persona, su plan, su rescate, y su voluntad.

Josué Ortiz (MDiv., DMin.) es pastor fundador de la Iglesia Gracia Abundante en la Ciudad de México. Es doctor en predicación expositiva por The Master’s Seminary. Está casado con Rebekah y juntos tienen tres hijos. Puedes seguirlo en twitter: @pastorjosuecdmx