El estado de la iglesia – Preguntas y respuestas

Grace en Español

El estado de la iglesia – Preguntas y respuestas

John MacArthur

John MacArthur

Es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.

Desde que completó su primer libro que fue un éxito en ventas, El Evangelio según Jesucristo, en el año 1988, John ha escrito cerca de 400 libros y guías de estudio, incluyendo Fuego Extraño, Avergonzados del Evangelio, El Asesinato de Jesús, El Hijo Pródigo, Doce Hombres Inconcebibles, Verdad en Guerra, El Jesús que no Puedes Ignorar, Esclavo, Una Vida Perfecta y la serie de Comentarios MacArthur del Nuevo Testamento. Los títulos de John han sido traducidos a más de dos docenas de idiomas. La Biblia de estudio MacArthur, el recurso que es la piedra angular de su ministerio, está disponible en el idioma inglés (NKJ, NAS y ESV), español, ruso, alemán, francés, portugués, italiano, árabe y chino.

John y su esposa, Patricia, viven en el sur de California y tienen cuatro hijos casados: Matt, Marcy, Mark y Melinda. Ellos también disfrutan de la alegre compañía de sus 15 nietos.

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Dios salva sólo a pecadores

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Dios salva sólo a pecadores

John MacArthur

John MacArthur

Es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.

Desde que completó su primer libro que fue un éxito en ventas, El Evangelio según Jesucristo, en el año 1988, John ha escrito cerca de 400 libros y guías de estudio, incluyendo Fuego Extraño, Avergonzados del Evangelio, El Asesinato de Jesús, El Hijo Pródigo, Doce Hombres Inconcebibles, Verdad en Guerra, El Jesús que no Puedes Ignorar, Esclavo, Una Vida Perfecta y la serie de Comentarios MacArthur del Nuevo Testamento. Los títulos de John han sido traducidos a más de dos docenas de idiomas. La Biblia de estudio MacArthur, el recurso que es la piedra angular de su ministerio, está disponible en el idioma inglés (NKJ, NAS y ESV), español, ruso, alemán, francés, portugués, italiano, árabe y chino.

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Dar a la gente el verdadero evangelio

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Dar a la gente el verdadero evangelio

John MacArthur

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Cómo vivir en medio de una generación perversa

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Cómo vivir en medio de una generación perversa

John MacArthur

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La evangelización según Jesucristo

Alimentemos El Alma

Serie: La Evangelización

La teología de dormir

La evangelización según Jesucristo

John MacArthur

Las instrucciones más largas y detalladas de las Escrituras con respecto a la evangelización se encuentran en Marcos 4. Esta serie de parábolas es la Carta Magna de nuestro Señor en la evangelización, y el fundamento de su enseñanza es la parábola de las tierras. El punto de esta ilustración va en contra de mucho del pensamiento evangelístico de hoy como lo demuestra que ni el estilo del evangelizador ni su adaptación del mensaje tienen en último término un impacto en los resultados de sus esfuerzos. Lo que Jesús entendía por evangelización es una reprimenda sonora a los que suponen que la manera en que está vestido un pastor, el estilo o la música le ayudan a alcanzar a una cultura en particular o a una multitud, o que diluyendo el evangelio para hacerlo más aceptable se producirán más conversiones. La realidad es que el poder de Dios está en el mensaje, no en el mensajero.

Los discípulos estaban confundidos. Habían dejado sus casas, sus tierras, sus parientes y sus amigos (Marcos 10.28); habían dejado sus vidas pasadas para seguir a Jesús, y creían que era el Mesías largamente esperado y suponían que otros israelitas harían sacrificios similares y creerían también en Jesús. En vez de una conversión nacional, los discípulos encontraron tremenda animosidad. Los líderes judíos odiaban a Jesús y a sus enseñanzas, mientras muchos de las multitudes solo estaban interesados en señales y milagros. Pocos se arrepentían y la duda estaba comenzando a apoderarse de los doce.

El problema no era la habilidad de Jesús para atraer a una multitud. Cuando Él viajó por Galilea enseñando, las multitudes fueron enormes, contándose a menudo por decenas de miles. Los discípulos eran a menudo apretujados por las gentes. En ocasiones, Jesús tenía que meterse en un bote y alejarse levemente de la orilla del lago para enseñarles, escapando a duras penas del peso aplastante de los desesperados buscadores de milagros.

Pero pese a lo fascinante e impresionante de la escena, no daba como resultado verdaderos creyentes. Las personas no se arrepentían de manera genuina y no aceptaban a Jesús como Salvador. Aun las propias expectativas de los discípulos no se estaban cumpliendo. Las profecías de Isaías 9 y 45 hablaban de un día cuando el reino del Mesías sería global y sin fin. Para cuando ocurren los acontecimientos de Marcos 4, el ministerio del Señor había sido público por dos años y la noción de que Jesús establecería esa clase de reino parecía lejos de la realidad. Por eso, pocas personas eran sinceras en seguirle. El Antiguo Testamento describe al Mesías como trayendo a Israel tanto la salvación nacional como la supremacía internacional. Las multitudes estaban interesadas más bien en los milagros, las sanidades y la comida que en la salvación de sus pecados.

Así que no era para sorprenderse que los discípulos tuvieran preguntas. Si Jesús era de verdad el Mesías, ¿por qué muchos de sus seguidores eran tan superficiales? ¿Cómo era que el Mesías, por tanto, tiempo esperado viniera a Israel solo para ser rechazado por los líderes religiosos de la nación? ¿Y por qué no exigía poder y autoridad para establecer el reino prometido como el cumplimiento de todo lo que se había propuesto en los pactos nuevo, davídico y abrahámico?

El asunto era este: Jesús predicaba un mensaje que requería un sacrificio radical de sus seguidores. Por otro lado, seguir a Cristo era muy atrayente. Ofrecía libertad del laberinto de opresivas reglas hechas por el hombre e impuestas por los fariseos (Mateo 11.29–30; cp. 17.25–27). Seguir a Cristo era atemorizante, porque requería encontrar la puerta estrecha, negándose a sí mismo, y obedecerle hasta el punto de estar dispuestos a morir por Él (Mateo 7.13–14; Marcos 8.34). Seguir a Jesús requería reconocer su divinidad y que fuera de Él no hay salvación ni ninguna otra manera para reconciliarse con Dios (Juan 14.6). También significaba el completo abandono del judaísmo que se enfocaba en la práctica religiosa en lugar de en un corazón penitente vuelto a Dios.

Muchos judíos esperaban que el Mesías les librara de la ocupación romana, pero Jesús se negó a hacerlo. En su lugar, predicó un mensaje de arrepentimiento, sumisión, sacrificio, devoción radical y exclusividad. Las masas fueron atraídas por los milagros que realizaba y por el poder que poseía; sin embargo, los discípulos percibieron que su enfoque, tan poderoso y veraz como era, no volvía a los curiosos en convertidos. Cuando le preguntaron: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» fue una pregunta honesta nacida de la realidad de lo que experimentaban (Lucas 13.23). Quién sabe si los discípulos llegaron a pensar que Jesús debería modificar su mensaje, aunque fuera ligeramente, para conseguir la respuesta de la gente.

NO ES EL MENSAJERO SINO EL MENSAJE

De muchas formas, el evangelicalismo actual está igualmente confundido. A menudo he notado que el mito dominante en el evangelicalismo es que el éxito del cristianismo depende de cuán popular sea. El principio es que, si el evangelio va a seguir teniendo pertinencia, el cristianismo debe adaptarse y apelar a las últimas tendencias culturales.

Este modo de pensar por lo general limitado a la multitud de buscadores de emociones hace poco que ha aparecido más en círculos reformados. Hay movimientos que estarían de acuerdo con las verdades de la predestinación, la elección y la depravación total, pero que también, inexplicablemente, exigen que los pastores actúen como estrellas de rock en vez de como humildes pastores. Influenciadas por la retórica emocional de la mala teología, las personas toleran la idea de que la sagacidad cultural de un pastor determina cuán exitoso es su mensaje y cuán influyente será su iglesia. La actual metodología de crecimiento de la iglesia dice que si un evangelizador quiere «llegar a la cultura» (cualquier cosa que esto signifique), debe imitar la cultura. Pero tal enfoque es contrario al paradigma bíblico. El poder del Espíritu en el evangelio no se encuentra en el mensajero, sino en el mensaje. De modo que la motivación detrás de los buscadores compulsivos podría ser noble, pero está seriamente mal encaminada.

Cualquier esfuerzo para manipular el resultado de la evangelización cambiando el mensaje o estilizando al mensajero es un error. La idea de que más personas se arrepentirán si solo el predicador se hace más atrayente o chistoso invariablemente dará lugar a que la iglesia sufra en carne propia un desfile ridículo de tipos que actúan como si su encanto personal pudiera llevar a las personas a Cristo.

Este error conduce a la noción dañina de que la conducta de un pastor y un discurso deberían ser determinados por la cultura en la cual él ministra. Si trata de alcanzar a una cultura de personas no relacionadas con ninguna iglesia, algunos abogarían que él debiera hablar como los que nunca han tenido relación con una iglesia, aun cuando el comportamiento de ellos no sea santo. Hay muchos problemas con esa clase de lógica, pero en primer lugar está la falsa suposición que un pastor puede confeccionar conversiones verdaderas luciendo o actuando de cierta forma. La verdad final es que solo Dios tiene el control de si los pecadores se salvarán o no como resultado de cualquier sermón.

En realidad, las verdades duras del evangelio no propician ganar popularidad e influencia dentro de la sociedad secular. Tristemente, muchos predicadores desean ardientemente la aceptación cultural que están en verdad dispuestos a alterar el mensaje de salvación de Dios y su estándar de santidad con tal de lograr esa aceptación. El resultado, por supuesto, es otro evangelio que no es el evangelio.

Tales componendas no hacen nada por incrementar el testimonio de la iglesia dentro de la cultura. De hecho, tienden al efecto opuesto. Al crear un evangelio sintético, facilitan que las iglesias se llenen de personas que no se han arrepentido de sus pecados. En lugar de hacer al mundo como la iglesia, tales esfuerzos tienen solo el éxito de hacer la iglesia más como el mundo. Esta precisamente fue la enseñanza de Jesús en Marcos 4 para evitar esto.

LA PARÁBOLA DE LAS TIERRAS

Los discípulos, realmente preocupados porque otros creyeran, estaban asombrados que las multitudes no se estaban arrepintiendo. Quizá en algún momento hayan dudado de la conveniencia del mensaje duro, exigente y acusador que predicaba Jesús.

Si tal fue el caso, el Señor respondió a esta creciente marea de dudas diciéndoles a los discípulos una serie de parábolas y proverbios acerca de la evangelización. Un año antes de que les diera la Gran Comisión, Jesús usó esta serie de parábolas como su fundamento para la instrucción con respecto al tema de la evangelización (Marcos 4.1–34). Marcos le dedica más espacio a esta que a ninguna otra enseñanza en su Evangelio y el punto principal es la parábola inicial, una historia acerca de un agricultor esparciendo semillas:

Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar; y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. P ero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. (Marcos 4.3–8)

Esta ilustración es una explicación paradigmática de a qué debería parecerse la evangelización. Está diseñada para contestar una pregunta básica que, tarde o temprano, todos los evangelizadores se formularán: ¿Por qué algunas personas responden al evangelio mientras que otras no? La respuesta a esta pregunta aclara la esencia de la evangelización.

EL SEMBRADOR PERDIDO

La parábola de las tierras comienza con un agricultor. Lo que es sorprendente acerca de él es qué poco control en realidad tiene del crecimiento de los cultivos. No se usan adjetivos para describir su estilo o su habilidad, y en una subsiguiente parábola nuestro Señor describe a un sembrador que planta, regresa a casa y se va a dormir:

Decía, además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado. (Marcos 4.26–29)

Jesús dice que el agricultor desconoce cómo se transforma la semilla en una planta madura. Después de sembrar la semilla, el agricultor «duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo».

Esta ignorancia no es única para este agricultor en particular, sino que es cierta de todo el que siembra. El crecimiento de la semilla es un misterio que aun el agricultor más adelantado no puede explicar. Y esta realidad es la clave para toda la parábola. Jesús explica que la semilla representa el evangelio y el agricultor representa al evangelizador (v. 26). El evangelizador esparce la semilla; es decir, explica el evangelio a las personas, y algunas de esas personas creen y reciben vida. Cómo ocurre, es un misterio divino para el evangelizador. Una cosa es clara, sin embargo: Aunque es el medio humano, finalmente no depende de él. El poder del evangelio está en el obrar del Espíritu, no en el estilo del sembrador (Romanos 1.16; 1 Tesalonicenses 1.5; 1 Pedro 1.23). Es el Espíritu de Dios quien resucita las almas de muerte a vida, no los métodos o las técnicas del mensajero.

El apóstol Pablo comprendió este principio. Cuando llevó el evangelio a Corinto, inició la iglesia y la dejó al cuidado de Apolos. Más tarde, describiría la experiencia de este modo: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios» (1 Corintios 3.6). Dios fue el que en verdad trajo a los pecadores a sí mismo, cambió sus corazones e hizo que ellos fueran santificados. Tanto Pablo como Apolos fueron fieles, pero con toda seguridad no eran la explicación para el crecimiento y la vida sobrenaturales. Esta verdad dio lugar a que Pablo dijera: «Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Corintios 3.7).

De manera intencional Jesús resalta la falta de influencia del agricultor sobre el crecimiento de la semilla. De hecho, Jesús hace énfasis en que el agricultor, después de plantar la semilla, simplemente se fue a casa y se durmió. Esto es directamente análogo a la evangelización. Para que una persona sea salva, es el Espíritu de Dios el que tiene que atraerle y regenerar su alma (Juan 6.44; Tito 3.5). Esto es contrario de la noción de que los resultados de la evangelización pueden ser influidos por el vestuario del pastor o la clase de música que se pone antes del mensaje. Un agricultor podría llevar sus semillas en una arpillera o una bolsa de cachemira y ni lo uno ni lo otro tendría efecto alguno en el crecimiento de la semilla. El pastor que piensa que pantalones vaqueros de marca harán su mensaje más aceptable es semejante a un agricultor que invierte en una bolsa de semilla de marca esperando que con ello el terreno será más receptivo para sus semillas.

No se equivoque pensando que estoy diciendo que los predicadores deberíamos usar solo trajes azul oscuro. El punto de Jesús no es si el evangelizador debería llevar puesta una corbata y cantar himnos. La parábola entera declara que hasta donde la evangelización llega, simplemente no tiene importancia lo que el evangelizador lleva puesto o cómo se arregla el cabello. Tales apariencias externas no son las que hacen crecer la semilla. Cuando las personas arguyen que si un pastor se comporta como un segmento particular de una cultura logra alcanzar mejor a esa cultura, fracasan en comprender el punto de vista de Jesús.

Todo lo que el agricultor puede hacer es sembrar y todo lo que el evangelizador puede hacer es proclamar. Como predicador, si pensara que la salvación de alguien está en dependencia de mi adherencia a algún aspecto sutil de la cultura, no podría dormir. Pero, por el contrario, sé que «conoce el Señor a los que son suyos» (2 Timoteo 2.19). No es una coincidencia que en el Nuevo Testamento nunca se llama a los evangelizadores como teniendo la responsabilidad por la salvación de otra persona. Más bien, habiendo proclamado el mensaje fielmente, se nos llama a descansar en la soberanía de Dios.

Por supuesto, el hecho de que el agricultor se haya ido a dormir no es una excusa para la pereza. Está equivocado quien piensa que el estilo del evangelizador decide quiénes y cuántos se salvarán. Pero hay también el igualmente serio error de tomar como excusa la soberanía de Dios para no evangelizar. A menudo designado como híper calvinismo, este punto de vista asume de forma incorrecta que como los evangelizadores no son capaces de regenerar a alguien, entonces la evangelización misma no es necesaria.

Pero esa perspectiva también pierde el punto de vista de la enseñanza de Jesús. El agricultor durmió, pero solo después de que diligentemente sembró su semilla. Un agricultor que piensa: «No puedo hacer que la semilla crezca, ¿por qué me voy a molestar en plantarla?», no será un agricultor por mucho tiempo.

La verdad es que la descripción del agricultor hecha por Jesús provee el modelo para la evangelización. El evangelizador debe plantar la semilla del evangelio, sin la cual nadie puede ser salvo (Romanos 10.14–17). Entonces debe confiar en Dios para los resultados, ya que solo el Espíritu puede dar vida (Juan 3.5–8).

LA SEMILLA DESAPROVECHADA

No solo es irrelevante el estilo del agricultor para el éxito de sus cultivos, sino que Jesús tampoco sugiere que el sembrador debería alterar su semilla para facilitar su crecimiento. La parábola de las tierras muestra seis resultados del proceso de sembrar, pero en ningún lugar se dice que los resultados dependan de la habilidad del sembrador.

La ausencia de análisis acerca de la semilla también concuerda con la evangelización. Jesús asume que los cristianos evangelizarán usando la semilla verdadera: el evangelio. Alterar el mensaje no es una opción. A los creyentes se les advierte contra manipular indebidamente el mensaje como un todo (Gálatas 1.6–9; 2 Juan 9–11). La única variable en esta parábola es la tierra. Si un evangelizador frustrado mira cuán difícil es su tarea o cuán cerrada su cultura parece ser para el evangelio, el problema no está en el mensajero fiel o en el evangelio verdadero; más bien recae sobre la naturaleza del terreno en el que se echa la semilla verdadera.

Jesús describe diferentes tipos de tierra en los que se depositan las semillas; algunos no producen fruto de salvación, pero otros sí. Los seis describen un cuadro de las respuestas inevitables a la evangelización, ya que las tierras representan condiciones diversas del corazón humano.

La siembra en el camino

La primera clase de tierra definitivamente no es receptiva. En Mateo 13.4 se describe una parte de la semilla cayendo «junto al camino». Los campos en Israel no estaban cercados o amurallados. En lugar de cercas, había rutas que entrecruzaban los campos, haciendo bordes. Estas sendas se dejaban a propósito sin cultivar. Ya que el clima en Israel es árido y caliente, las rutas eran caminos apisonados tan duros como el pavimento para los pies de los que los atravesaban. Si la semilla caía sobre esas sendas, las aves que seguían al sembrador descenderían rápidamente y la arrebatarían.

Jesús relaciona este arrebatamiento de la semilla con la actividad de Satanás. La tierra compactada del camino representa el corazón duro en el que la semilla del evangelio no penetra, quedando en la superficie para ser comida para las aves. Es un cuadro de los que, estando sujetos a la esclavitud por Satanás, no tienen ningún interés en la verdad. Habiendo rechazado el evangelio, sus corazones solo se vuelven cada vez más encallecidos. Mientras más pise el camino el agricultor, sea que esté echando la semilla o no, más dura se vuelve la tierra.

Alguien podría pensar que este tipo de tierra describe los corazones de los peores, más atroces e irreligiosos pecadores imaginables. Pero en realidad, Jesús se refiere a los líderes religiosos de Israel que estaban intensa y devotamente comprometidos con la moralidad externa, la ceremonia religiosa, y las formas tradicionales de culto. Pero habiendo rechazado al Mesías, también se perdieron completamente. Fueron prueba de que ser «religioso» no es indicación de un corazón suave. Más bien, mientras más profundo el corazón se arraiga en la religión hecha por el hombre, más impenetrable se vuelve. La única esperanza es desbaratar por la fuerza la tierra dura, como el aplastar fortificaciones de piedra a que se refiere Pablo en 2 Corintios 10.3–5:

Pues, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.

La siembra en pedregales

El segundo tipo de tierra se compara con «pedregales, donde no tenía mucha tierra» (Marcos 4.5; véase también 4.16). Antes de que los agricultores sembraran sus campos, quitaban todas las piedras que podían lo cual demandaba un gran esfuerzo. Algunos rabinos acostumbraban a decir que cuando Dios decidió poner piedras en la tierra echó la mayor parte de ellas en Israel. Así que debajo del alcance del arado había a menudo un manto rocoso de piedra caliza. A esto es a lo que se refiere Jesús aquí.

Cuando la semilla caía sobre esta clase de tierra, se asentaba en el enriquecedor y suave terreno labrado por el arado. Al encontrar agua, la semilla se desarrollaría, comenzaría a echar raíces y a abrirse camino hacia la superficie. Pero debido a que pronto habrían de encontrarse con el lecho rocoso, las jóvenes raíces no podrían dar firmeza a la planta. La planta procesaría rápidamente los nutrientes que encontrara en la tierra con lo cual se desarrollaría sin problema; sin embargo, al empezar a recibir la luz del sol, requeriría más humedad. Pero como las raíces no podían penetrar en el lecho rocoso para conseguir sus nutrientes, la frágil planta terminaría secándose bajo los rayos del sol.

Jesús comparó esta tierra con alguien que oye el evangelio e inmediatamente responde con alegría (Mateo 13.20). Su respuesta rápida podría conducir al evangelizador a engañarse pensando que la conversión fue genuina. Inicialmente, este «convertido» muestra un cambio dramático, al absorber y aplicar toda la verdad que le rodea. Pero semejante a la semilla que se chamusca con rapidez, la vida aparente es superficial y temporal. Porque no hay profundidad en la respuesta emotiva o egocéntrica del pecador, ningún fruto puede venir de ella.

La naturaleza verdadera de esta conversión falsa se trasluce pronto en el calor del sufrimiento, del sacrificio propio y de la persecución. Tales adversidades son demasiado para que el corazón poco profundo las resista.

La siembra entre espinos

La tercera clase es una tierra llena de espinos (Marcos 4.7, 18). Esta tierra es engañosa. Ha sido arado y da la apariencia de estar fértil, pero debajo de la superficie acecha una red de raíces silvestres capaces de producir una plaga de cizaña. Cuando la buena semilla se ve forzada a competir por vivir contra cardos y espinos, los cultivos del agricultor terminarán ahogándose. Las malas hierbas roban la humedad de la semilla y le impiden recibir la luz del sol. Como consecuencia, la buena semilla muere.

La palabra que Jesús usa para espinos es el término griego ἄκανθα (akantha), que es una clase particular de mala hierba espinosa común en el Oriente Medio y que se encuentra con frecuencia en terrenos cultivados. Es la misma palabra usada en Mateo 27.29 para referirse a la corona de espinas colocada en la cabeza de nuestro Señor. Estas plantas indeseadas eran comunes y peligrosas para los cultivos.

Jesús compara esta tierra cubierta de maleza con las personas que oyen el evangelio, pero «los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa» (Marcos 4.19). Si la tierra rocosa significaba emoción superficial y si los del borde del camino representaban el engaño religioso impulsado por la autoestima y el interés propio, la tierra espinosa describe a una persona vacilante. Cuando el corazón de alguien está cautivo por las cosas del mundo, su arrepentimiento sobre el pecado no es genuino. Su corazón está dividido entre los placeres terrenales y temporales y las realidades celestiales y eternas. Pero estas cosas se excluyen mutuamente.

Los espinos tienen correlación con «los afanes de este siglo», y esta frase aún podría ser mejor traducida como «las distracciones de la época» (Marcos 4.19). El corazón con espinos está ocupado por cualquiera de las cosas mundanas que preocupan a la cultura. Es el corazón que ama al mundo y todas las cosas que hay en el mundo, y por eso el amor de Dios no está en él (véase 1 Juan 2.15; Santiago 4.4).

Los que intentan evangelizar acomodándose a la cultura no pueden evitar cultivar en esta clase de tierra. La semilla puede caer bastante bien, pero cuando crece, el amor al mundo expondrá lo que la profesión de fe es en realidad: Otra acción temporal y superficial de un corazón que todavía permanece cautivo al mundo.

Las semillas del evangelio caen sobre los oyentes de al lado del camino, sobre los oyentes de entre pedregales y sobre los oyentes de entre los espinos. En cada uno de estos casos, el evangelio no fructifica. Al dar esta analogía poderosa y evidente, el Señor nunca sugiere que se debería culpar al agricultor por la respuesta negativa. El problema no es un evangelizador que no fue hábil o lo bastante popular. Más bien, el problema está en la tierra. Los pecadores rechazan el evangelio porque aborrecen la verdad y aman su pecado. Es por eso por lo que el evangelio, fielmente proclamado, puede ser arrebatado por Satanás, matado por autoestima o sofocado por el mundo.

La siembra en buena tierra

Puede haber corazones que rechacen la salvación, pero Jesús también describe corazones que reciben el evangelio. El ánimo llega cuando Jesús dice: «Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno» (Marcos 4.8). La buena tierra es profunda, suave, enriquecida y limpia. Ni Satanás, ni la carne, ni el mundo pueden sofocar el evangelio cuando es plantado en esta clase de corazones.

Casi todas las parábolas de Jesús contienen un elemento chocante e inesperado, y la parábola de las tierras no es la excepción. Hasta este momento esta analogía con las actividades del campo les habría sido familiar a los discípulos o a cualquier israelita. Ellos dependían completamente de su agricultura, y su tierra estaba cubierta de campos de grano. Comprendían el peligro de las aves, las piedras y la maleza. Todo eso era muy común. Pero Jesús abandona lo familiar para describir un resultado que nadie habría alguna vez esperado: una cosecha al treinta, al sesenta y aun al ciento por uno. Un promedio de cosecha podría alcanzar un séxtuplo, y un cultivo que produjera diez veces más sería considerado una cosecha de una sola vez en la vida. Así es que cuando Jesús dijo que hasta una de las semillas del agricultor podría producir hasta cien veces, eso tiene que haber producido conmoción en los discípulos.

Si no es parte de una sociedad agraria, usted podría no entender el disparate de Jesús al describir una semilla que puede producir al 10.000 por ciento. Todas las ilustraciones dejan de ser útiles en un cierto punto y este es precisamente el punto donde la analogía agraria ya no es aplicable a la evangelización. Al describir una cosecha tan grande, Jesús está indicando que el evangelio puede producir vida espiritual en múltiplos que son imposibles excepto por el propio poder de Dios.

La preparación del corazón para el evangelio es la tarea del Espíritu Santo. Solo Él convence (Juan 16.8–15), regenera (Juan 3.3–8) y justifica (Gálatas 5.22–23). La obra en el corazón es del dominio de Dios:

Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. (Ezequiel 36.25–27; cp. Jeremías 31.31–33)

Tal como Salomón preguntó retóricamente: «¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?» (Proverbios 20.9). La respuesta, por supuesto, es nadie.

Mientras hay explicaciones de por qué las personas rechazan el evangelio, tanto satánicas como humanas, el arrepentimiento verdadero es sobrenatural. En ningún lugar se observa esta verdad con más claridad que en la conversión del ladrón en la cruz (Lucas 23.39–43; cp. Mateo 27.38–44). Su conversión no pudo haber sido más improbable, al ocurrir en un momento cuando Jesús daba la apariencia de ser un fracaso colosal. El Señor parecía débil, derrotado, victimizado y sin poder para salvarse a sí mismo, muchos menos a otro. Jesús estaba deshonrado, sus enemigos triunfantes y sus seguidores ausentes. La marea de la opinión pública estaba contra Él, y el comentario sarcástico, por parte del primer ladrón, era la respuesta apropiada y comprensible.

Dios, sin embargo, obró su habilidad sobrenatural de salvación en el segundo ladrón y en contra de la razón natural, este se arrepintió y creyó. ¿Por qué este rebelde moribundo aceptó a un hombre sangrante y crucificado como su Señor? La única respuesta es que fue un milagro de gracia y el resultado de la intervención divina. Antes de los terremotos sobrenaturales, la oscuridad y las tumbas abiertas, este hombre creyó porque la semilla del evangelio cayó en tierra fértil, preparada por la mano de Dios. Su conversión da testimonio del hecho de que no es el estilo o la fuerza del hombre los que salvan, sino el poder de Dios.

Ya que Dios produce ese cambio de corazón, el resultado será evidente en cada vida transformada, sin embargo, diferente en alcance, y mucho más allá de lo que los discípulos alguna vez podrían haber soñado. El evangelio pronto estallaría en una cosecha espiritual, comenzando en Pentecostés y continuando exponencialmente hasta el último día del reino terrenal de Cristo. El poder para esta multiplicación es sobrenatural, pero la manera es el fiel testimonio de creyentes verdaderos.

Lo asombroso del evangelio es que es obra de Dios. Sembramos la semilla al compartir el evangelio, entonces nos vamos a dormir, y el Espíritu obra mediante el evangelio para dar vida. No controlamos quién se salva, porque el Espíritu va donde Él quiera (Juan 3.8). No sabemos cómo ocurre, no más que lo que un agricultor sabe cómo una semilla en la tierra se convierte en alimento. Nuestro trabajo no es impartir vida, solo plantar la semilla. Una vez que hemos hecho esto, podemos descansar en el poder soberano de Dios.

CÓMO APLICARNOS PARA LA EVANGELIZACIÓN

La verdad en esta parábola debería tener un efecto profundo en cómo vemos la evangelización. Y motivarnos a evangelizar estratégica, humilde, obediente y confiadamente.

Estratégicamente

Jesús enseña que ciertas clases de tierras permiten que la semilla crezca con gozo en lugar de ser ahogada o que se seque. Este hecho debería ser suficiente para demostrar la insensatez de hacer del evangelio algo que apela solo a las emociones. Nada es un guía menos confiable con respecto a la fe verdadera que las emociones, ya que ni el gozo ni el pesar son necesariamente indicativos de arrepentimiento verdadero (véase 2 Corintios 7.10–11). Cuando el evangelizador apunta a los sentimientos del pecador o basa la seguridad de la salvación en una experiencia emocional, está dirigiendo el evangelio a corazones superficiales. Tal enfoque inicialmente puede dar la apariencia de ser impresionante, ya que la tierra poco profunda se ve bien de corto plazo. Pero no da como resultado conversiones duraderas.

Tampoco el evangelizador debería manipular la voluntad apelando a los deseos naturales del pecador. Es normal que pecadores esperen con ilusión mejores cosas para ellos mismos, como salud, riqueza, éxito y realización personal. Pero el evangelio nunca ofrece lo que el corazón no comprometido e impuro ya quiere. Solo los falsos maestros usan el orgullo y los deseos de la carne para coaccionar una respuesta positiva de las personas. Por contraste, el evangelio verdadero ofrece lo que es incongruente para el deseo humano natural. Como Jesús lo dijo a sus seguidores:

No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. (Mateo 10.34–39)

El verdadero arrepentimiento y la fe en Cristo niegan los anhelos depravados comunes de la voluntad humana.

De cierto, de cierto os digo, que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi P adre le honrará. (Juan 12.24–26)

Si ni la emoción cruda ni el deseo racional son un indicador confiable de fe verdadera, entonces ¿qué lo es? Como Jonathan Edwards correctamente observó, un indicador responsable es un «corazón humilde y quebrantado que ama a Dios». Él escribió:

Los deseos de los santos, no importa cuán fervorosos sean, son deseos humildes; su esperanza es una esperanza humilde; su gozo, aunque indecible y lleno de gloria, es un gozo del corazón quebrantado y humilde que deja al cristiano más pobre de espíritu, más semejante a un niño pequeño, más dispuesto a una humildad universal de comportamiento.

Según Edwards, la evangelización no debería dirigirse a influir en las emociones o a manipular la voluntad porque esas cosas no son solo fáciles de alcanzar, sino que no son señales seguras de conversión. Más bien, «una vida santa es la señal principal de la gracia». Una vida santa fluye de un corazón santo, el cual produce afectos santos dirigidos por el Santo. Esto es solo posible cuando la mente del pecador es persuadida a ver su pecado tal como es y al evangelio como su única solución.

Humildemente

La verdad es que el poder del evangelio está en las manos de Dios, no en las nuestras. Por lo tanto, deberíamos evangelizar con humildad. Por «humildad» no queremos decir incertidumbre, tolerancia ecuménica o alguna otra distorsión posmoderna del término. Más bien, entendemos por humildad el sentido bíblico de temblar ante Dios y su Palabra (Isaías 66.2), evitando cualquier noción orgullosa que nos pudiera hacer tan osados como para cambiar su mensaje o tan engreídos como para tomar el mérito por la obra de Él.

El poder del evangelio está en su verdad invariable, y una semilla mutante producirá un producto mutante. Además, el evangelizador no debería intentar hacer atractivo a Jesús para los pecadores. Jesús es atractivo en sí mismo. Pero las personas están cegadas a sus atributos a causa de su pecado. No es suficiente alentar a las personas a activar sus voluntades egoístas o a incitar sus emociones inconstantes. En lugar de eso deben ser llamados a llorar por su pecado al punto del arrepentimiento genuino. De modo que explicar la profundidad del pecado y el castigo que merece es una parte esencial de la evangelización bíblica. Un pecador debe escuchar que su pecado le acusa y le condena porque ofende a Dios, y solo el Espíritu de Dios puede llevar esa verdad desde los oídos del pecador a su corazón.

Es exactamente esta clase de evangelización que es la primera en sufrir en el afán de atraer más personas a Cristo. En un intento por hacer el mensaje más popular y los resultados más notables, los evangelizadores muy a menudo apelan a las emociones y a la voluntad en vez de a la mente.

Pero cuando el evangelio real es predicado a la mente, un mensaje que incluye los difíciles llamados al discipulado, la naturaleza radical de la conversión y la obra gloriosa de Cristo, entonces la semilla correcta es sembrada en el corazón, y los corazones divinamente preparados serán receptivos a la semilla.

Obedientemente

Cuando terminó de explicar la parábola de las tierras, Jesús les preguntó a los discípulos: «¿Acaso se trae la luz para ponerla debajo del almud, o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero?» (Marcos 4.21). Él les decía a sus discípulos que después de su muerte y su resurrección, poseerían una gran luz. Esa luz es la «luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4.4). Es para ser predicado fielmente por los esclavos de Cristo (v. 5), pero los resultados son por el poder soberano de Dios como lo fue en la creación original: «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Corintios 4.6).

Nuestro Señor continuó su enseñanza con este axioma: «Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz» (Marcos 4.22). Aquí había una perogrullada al comunicar el hecho de que cada secreto tiene su tiempo adecuado para decirse. Todo el asunto de guardar un secreto es que ahora no es el tiempo para que se sepa. En el caso de los discípulos, aún no habían sido comisionados y enviados al mundo. Pero cuando ese tiempo llegó, ellos fueron y hablaron con audacia. Esto se refiere al mandato frecuente de nuestro Señor a no hablar de Él o de sus milagros hasta después de su muerte y resurrección (Mateo 8.4; 9.30; 12.16; 17.9; Marcos 1.44; 3.12; 5.43; 7.36; 8.30; 9.9; Lucas 4.41; 8.56; 9.21). Una razón evidente para tal restricción era dejar en claro que el mensaje que Él quería que sus seguidores esparcieran no era el que Él era un sanador o un liberador político, sino un Salvador que murió y resucitó de entre los muertos.

La utilidad de un agricultor está relacionada con la cantidad de semilla que siembra. Mientras más siembra, más cantidad de semilla que él esparce y más probabilidad que una parte de la semilla alcance una buena tierra. Para comunicar este deber, Jesús siguió a los proverbios en Marcos 4.21–22 con una clara promesa: «con la medida con que medís, os será medido, y aun se os añadirá a vosotros los que oís» (v. 24). Ese es el lenguaje de recompensas eternas y provee gran motivación para proclamar el evangelio tanto activamente como con exactitud. Aunque no podemos controlar los resultados, somos llamados a esparcir el mensaje. Y aun si somos rechazados por los que nos escuchan, nuestros fieles esfuerzos harán que un día seamos recompensados por el Señor.

Hay cristianos y evangelizadores falsos. El Señor juzgará a ambos. Pero los creyentes verdaderos son obedientes en evangelizar cada vez que tienen oportunidad, recordando que nuestra obediencia lleva a la bendición divina tanto aquí como en la vida venidera.

Confiadamente

El saber que nuestra evangelización es energizada por el poder de Dios nos da confianza en los resultados divinos.

Esto es precisamente por qué Marcos concluyó esta amplia sección acerca de la evangelización con una parábola final describiendo el reino de Dios: «Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero después de sembrado, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra» (Marcos 4.31–32).

Recuerde que los discípulos estaban preocupados que las promesas del Antiguo Testamento de un reino no se pudieran cumplir con Jesús. Él había estado predicando por dos años y todavía parecían ser muy pocos los que creían. Los doce estaban al borde de perder la esperanza. Pero Jesús les dijo que, si la semilla se esparcía, el evangelio crecería y el reino vendría. Lo que Jesús quiso decir es que el reino comenzaría pequeño, pero se haría muy grande y finalmente, las aves de las naciones descansarían a su sombra (Ezequiel 31.6). El evangelio se volvería global y lo haría mediante estos acosados discípulos.

Esto es exactamente lo que ocurrió. Después de la resurrección eran solo 120 seguidores de Jesús y después del día de Pentecostés el número se elevó a 3,000 (Hechos 1.13; 2.41). Este número rápidamente alcanzó a 5,000 (Hechos 4.4). En pocos meses eran más de 20,000. El poder del evangelio estaba poniendo el mundo al revés. Dos mil años más tarde, incontables personas se han salvado, y están ahora tanto en la iglesia militante en la tierra como en la iglesia triunfante en el cielo. Un día, Cristo regresará y establecerá su reino milenial en esta tierra. Hasta entonces, el evangelio continuará invitando a los pecadores al arrepentimiento.

El mensaje de salvación se mantiene en movimiento mediante los que son sembradores, produciendo vida espiritual y fruto genuino en buen terreno. Esto solamente es posible porque lo hace el poder de Dios, lo que significa que la popularidad o la manera persuasiva del mensajero humano no tiene nada que ver con esto.

La evangelización es un llamado privilegiado. Hacemos lo que podemos por propagar el evangelio dondequiera que sea. Una vez hecho el trabajo, regresamos a casa y nos vamos a dormir. Si hemos trabajado duro podremos dormir bien, sabiendo, como el agricultor, que el crecimiento no depende de nosotros.

John MacArthur, La Evangelización. Cómo Compartir el Evangelio con Fidelidad (Nashville, TN: Grupo Nelson, 2011), 1-20.

El poder de la Gran Comisión

Alimentemos El Alma

Serie: La Evangelización

La meta global de Dios

El poder de la Gran Comisión

Jesse Johnson

La Gran Comisión es ciertamente la orden más importante dada a los cristianos. Alguna variación de ella aparece en cada uno de los cuatro Evangelios y las últimas palabras terrenales de Jesús en el libro de Hechos son otra forma de este encargo. A pesar de estas repeticiones, a menudo se pasa por algo la naturaleza radical de la orden para la evangelización global. Ya en Génesis 3 Dios indicó que enviaría a un salvador al mundo, pero Dios no dejó que los creyentes fueran por todo el mundo con ese mensaje sino hasta después de la crucifixión y resurrección. La comprensión del «por qué» de la Gran Comisión ayuda a desatar su poder.

Uno de los más sobrios y escalofriantes encargos dado a los pastores con respecto a la evangelización se encuentra en las palabras finales de Pablo a Timoteo. En 2 Timoteo, Pablo ha advertido a su discípulo y compañero en el pastorado a que esté listo para los días malos. Se lo dijo así: «Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina» (2 Timoteo 4.3). Pablo que Timoteo se fortaleciera para cuando experimentara el rechazo (v. 4), e incluso quería tener que enfrentar los mismos sufrimientos que tuvo que enfrentar él (v. 5).

Pablo le dijo a Timoteo que la solución se mantendrá en aceptar la suficiencia de las Escrituras. Solo así, puede el hombre de Dios ser «perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3.17). A consecuencia de esto, Pablo tuvo un encargo severo para su recomendado: «Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos ya los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra» (2 Timoteo 4.1 –2a). Advierta cuán seria es esta orden. Pablo le dice: (1) ante Dios, (2) ante el Señor Jesucristo y (3) a consecuencia del juicio de los vivos y los muertos. Es difícil imaginarse cómo podría haber hecho Pablo este encargo parecer más serio de lo que es.

Pero Pablo no había terminado. Timoteo no debía predicar solo, sino que Pablo también le escribió que debía ser «sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio» (v. 5). Timoteo podría predicar todo lo que quisiera, pero si descuidaba hacer la obra de evangelizador no estaría cumpliendo lo que Dios quería que él hiciera.

Esta verdad, que la obra de la evangelización debería ser central para cualquier ministerio, no se limita al ministerio de un pastor. Todos los cristianos son llamados a ser fieles al mandato de nuestro Señor de llevar el evangelio a cada persona. Pero es asombroso cuan a menudo la orden de evangelizar queda relegada a un segundo plano en la vida cristiana. Algunos hasta han caído en un patrón de descuidar la orden de evangelizar durante prolongados períodos de tiempo, y aun he escuchado a personas decir que la evangelización es algo simplemente a lo que Dios no las ha llamado.

La realidad es que la evangelización es fundamental para la misión de Cristo y de hecho es el punto central de la obra de Dios en la creación. Si una persona no logra comprender la importancia de la evangelización, pierde por completo el enfoque del ministerio de Jesús, pues «el Hijo del Hombre vino a buscar ya salvar lo que se había perdido» (Lucas 19.10). La evangelización no es una cosa que los cristianos son llamados a hacer; es la tarea primaria. Todas las otras tareas son intermedias.

Por ejemplo, los cristianos buscan la santificación en todas las áreas de la vida a fin de que nuestro testimonio sea creíble por el mundo exterior. Cuando proclamamos las riquezas de Cristo, necesitamos poder mostrar al mundo incrédulo que personalmente apreciamos a Cristo por sobre este mundo. Nos negamos a robar, porque el complacer a Dios vale más que cualquier cosa que podríamos tomar. Nos negamos a mentir, porque confiamos en la soberanía de Dios más que en cualquier ficción que podríamos inventar. Oramos, porque sabemos que nada de valor es posible en esta vida sin la bendición de Dios. Toda nuestra santificación tiene como consecuencia hacer creíble nuestro reclamo de que Cristo tiene valor supremo.

Además, el ministerio pastoral no es un fin en sí mismo. En una iglesia sana, los pastores predican sermones expositivos; las personas escuchan y los ponen en práctica, mientras que la iglesia madura. Pero todo esto no es de importancia final. La meta es que una iglesia sana comprenda el evangelio más claramente y pueda proclamarlo más poderosamente. Las iglesias generan oportunidades para el compañerismo y el cuidado de las necesidades los unos de los otros a fin de que el mundo conozca el amor de Dios por la forma en que los cristianos se aman entre sí (Juan 13.34–35). Todo esto en busca de la meta de propagar la gloria de Dios a más y más personas la evangelización (2 Corintios 4.15).

Cuando la evangelización es descuidada indica que hay una falta de comprensión del propósito de Dios en el mundo y en el plan de salvación. Desde la creación del hombre, la creencia global siempre ha sido el plan de Dios. Pero no fue sino hasta que Jesús se levantó de la tumba que a los seguidores de Dios se les dijo que fueron por el mundo y difundieron las nuevas acerca de Él. De hecho, una de las formas más eficaces para aumentar su pasión para la evangelización es comprender cómo la evangelización encaja dentro de la obra de Dios en el mundo. Siempre ha sido su meta, pero hasta que la iglesia comenzó, Dios no le había dado a su pueblo órdenes de marchar (junto con su Espíritu) para llevar el evangelio a cada tribu, lengua y nación.

George Peters explica que el llamado a evangelizar está engastado en el mismo centro de las Escrituras:

La Gran Comisión no es una orden aislada arbitrariamente impuesta al cristianismo. Es un resumen lógico y una efusión natural del carácter de Dios como Él se revela en las Escrituras, del propósito y avance misionero de Dios tal como se deja ver en el Antiguo Testamento e históricamente encarnado en el llamado de Israel, de la vida, la teología y la obra salvadora del Cristo tal como se revela en los Evangelios, de la naturaleza y obra del Espíritu Santo tal como lo predijo nuestro Señor y manifestado en Pentecostés y en adelante, y de la naturaleza y diseño de la iglesia de Jesucristo tal como se ha hecho conocer en los Hechos de los apóstoles y las epístolas.

En otras palabras, si nuestras iglesias deben descubrir de nuevo la evangelización bíblica, debemos enfrentar las prioridades de Dios tal como se exponen en las Escrituras. Como Peters tan apropiadamente lo expresa, la Gran Comisión no es simplemente otra orden de las Escrituras para obedecer, es el mandato que le da vida a todos los otros mandatos dados a la iglesia.

LA EVANGELIZACIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Desde las primeras páginas de las Escrituras, todo se enfoca hacia el drama de la redención. Dios creó a las personas sin pecado, pero ellas pecaron. El pecado trajo enemistad entre Dios y su creación, pero Génesis 3 muestra que Dios iba a reconciliar a las personas consigo mismo. Aunque Adán y Eva se escondieron de Dios, ya Dios había decretado la manera para sacar a la humanidad de su escondite a una relación correcta con Dios mismo. Esto es el proto evangelio (el evangelio dado con antelación) y revela el corazón evangelístico de Dios.

La promesa misma está envuelta en misterio. Dios dijo que habría una simiente, un descendiente de Adán, quien aplastaría la cabeza de Satanás (Génesis 3.15; Apocalipsis 12.9). Aunque esta simiente sería magullada por Satanás, no obstante, la esperanza se mantendría. Alguien, en algún momento, en algún lugar en el futuro, derrotaría a Satanás y restauraría la paz entre Dios y su creación.

Quién exactamente sería esta persona se mantendría como un misterio. Eva al parecer pensó que era Abel o tal vez Set (Génesis 4.25). El padre de Noé pudo haber pensado que podría ser su hijo (Génesis 5.29). Este misterio se agravó por los acontecimientos de Génesis 11. Antes de Babel, era concebible para Dios enviar a este hijo de Adán al mundo para derrotar a Satanás, y todo el mundo lo conocería. Pero después de los sucesos de la Torre de Babel, Dios separó a las naciones y confundió sus lenguas. Al esparcir a las naciones por todo el mundo y al confundir sus lenguas, Dios dio a conocer dos cosas: Las naciones no podrían comunicarse con facilidad y todas ellas seguirían su propio camino (Hechos 14.16).

Después de Génesis 11, la pregunta dejó de ser «¿quién será este redentor prometido?» y se convirtió en «¿cómo se enterarán los otros?» Los teólogos se a referidos esta última pregunta como el problema de la universalidad de Dios. Si Yahvé es el Dios de todas las naciones, pero elige revelarse a sí mismo solo a una nación, ¿cómo llevaría esa nación las noticias de quién era el redentor a todas las demás naciones? Esta cuestión de la forma de difundir la nueva de Yahvé es la base del mandato divino para las misiones. Las personas se preguntaban cómo el Mesías futuro se comunicaría con las personas que no hablaban su idioma, seguían sus leyes o esperaban su venida.

Para complicar el asunto aún más, Dios escogió y luego le prometió a un hombre, Abram, que él sería el principio de otra nación. Cuando el polvo de la Torre de Babel se desvaneció, ya Dios había vuelto su enfoque redentor hacia esta nación nueva que, a diferencia de las otras, no provenía de Babel, sino del pacto de Dios con Abram. Esta futura nación tendría un propósito único en el mundo, como su pueblo, les mostraría a las otras naciones el camino de regreso a Dios (Isaías 42.6; 51.4). A través de ellos mismos «benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12.3).

De modo que la evangelización fue el fundamento de la nación de Israel. El objetivo final y el deseo del corazón de Dios en estas promesas, a Adán, Eva, Abram, era que el mundo entero fuera depositario de su bendición. Este tema global es tan penetrante a todo lo largo de Génesis que la bendición universal se reitera cinco veces en todo el libro (Génesis 12.3; 18.18; 22.18; 26.4; 28.14).

La identificación de Israel como la nación que produciría al Mesías Dijera una fase nueva en la misión de Dios para el mundo.

UNA LUZ PARA EL MUNDO

Israel fue la nación escogida de Dios. Aunque había muchas razones para que Dios escogiera una nación; es decir, para producir al Mesías (Romanos 9.5), para ser administradores de la ley (Romanos 9.4) y para revelar un Nuevo Pacto (Hebreos 8.6), una razón sobresale en el contexto de la evangelización: Dios escogió a una nación para que se convirtiera en un faro de luz para el mundo. Dios le habló a Israel mediante Isaías: «Yo Jehová te llamó en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones »(Isaías 42.6). El diseño de Dios siempre ha sido que las naciones del mundo debería escuchar acerca de su gloria y depositar su confianza en Él. Su plan para la nación de Israel era que llevaran a cabo este designio al llevar el nombre de Dios y mostrar su gloria como un testimonio para el mundo.

El llamado de Abram no identificó quién exactamente sería el redentor prometido. En lugar de eso, esta promesa pasó a los patriarcas en Egipto. Durante su tiempo en Egipto los israelitas se convirtieron en una nación separada, y Dios les condujo a la tierra prometida de una manera dramática que sirvió de testimonio del poder y la superioridad de Yahvé. Pero antes de que entraran en la tierra, ellos recibieron su ley y esta les explicado cómo debían llevar las nuevas de la gloria de Dios al mundo.

En este sentido, los israelitas llegaron a ser una luz para el mundo. Dios les dio sabiduría desde la Torá y debieron manifestarla. Moisés descrito esto para los israelitas antes de que cruzaran el Jordán:

Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en el cual entráis para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? (Deuteronomio 4.5–7)

La ley era tan gloriosa que, si los israelitas la obedecían, las naciones del mundo sabrían de esto y estarían asombradas. De este modo, las naciones que siguieron su propio camino desde Babel aprenderían de Dios y su infinita sabiduría por medio del testimonio de cómo los israelitas siguieron la Torá.

Christopher Wright explica esto: «Porque la misión última de Dios es traer la bendición a las naciones, como le prometió a Abraham», Dios eligió hacer que «por la existencia en el mundo de una comunidad que sería adiestrada para vivir según la manera del Señor en rectitud y justicia (éticas) ». Los judíos vivirían en forma diferente a las otras naciones y la meta de esta distinción era evangelística.

Esta función evangelística de Israel explica por qué inmediatamente antes de darles la ley, Yahvé le dijo a Israel que iba a hacerles «un reino de sacerdotes» (Éxodo 19.6). Esta exclusividad no quiere decir que todas las otras naciones de la tierra fueron rechazadas, sino más bien que Israel sería la manera mediante la cual ellas recibirían el camino de regreso a Dios. Así que «este concepto de sacerdocio nacional tiene una dimensión misionera importante, pues pone a Israel en un papel dual en relación con Dios ya las naciones, y les da la función sacerdotal de ser el agente de la bendición». En otras palabras, las naciones bendecidas al revelárseles Dios por medio de la nación de Israel.

Obviamente, mucho de la ley mosaica tuvo la función de diferenciar a los israelitas de las naciones circundantes, lo que resaltó la singularidad de sus mandatos. Las leyes dietéticas, las leyes del sábado judío, las leyes de la tierra, la circuncisión y aun las leyes prohibiendo la idolatría, todas intencionalmente diferenciaron a Israel de sus vecinos con el propósito de evangelización.

Para Israel, la evangelización significaba guardar la Torá. De modo que todo el libro de Deuteronomio puede verso como «un llamado urgente para la lealtad del pacto… encontrado en la obediencia ética práctica… con miras a la influencia que esto traerá en las naciones».

Interesantemente, a los israelitas nunca se les ordenó ir al mundo y predicar el evangelio. No estaban supuestos a ser misioneros en el sentido del Nuevo Testamento. Más bien, debieron permanecer en Israel y dar testimonio al mundo por guardar la Torá. La obediencia del pacto era su forma de evangelizar.

Puede decirse que los israelitas tuvieron su propia Gran Comisión (Deuteronomio 4), solo esta era un llamado a permanecer y obedecer en vez de ir y proclamar. Los teólogos se refieren a esto como «las misiones centrípetas». Este término comunica la idea que, en vez de esparcirse por todo el mundo, como los misioneros modernos harían, debían quedarse y atraer el mundo a ellos. En lugar del desparramamiento global, los israelitas mostrarían reunión global, al ser una luz para las naciones. Las naciones circundantes escucharían acerca de la grandeza de las leyes israelitas y fueron atraídas por Israel. Cuando vinieran a investigar la fuente de la sabiduría que los israelitas poseían, verían que esta sabiduría en última instancia provenía de Yahvé. En resumen, Israel, como un reino de sacerdotes y una luz para las naciones, formó «la esencia del Antiguo Testamento».

Por esto, tal como pienso Wright, «la obediencia a la ley no era para el beneficio solo de Israel. Es una característica señalada del Antiguo Testamento que Israel vivió ante los ojos de todo el mundo… y esta visibilidad de Israel fue parte de su papel e identidad teológica como el sacerdocio de YHWH entre las naciones ».

Sin embargo, con la posible excepción de la reina de Saba (1 Reyes 10), no hay un ejemplo en el Antiguo Testamento de gentiles siendo atraídos por Israel a causa de su obediencia del pacto. En lugar de eso, el Antiguo Testamento termina con Israel desplazado, el templo destruido y el misterio todavía sin resolverse: ¿quién sería ese redentor y cómo atraería el mundo a sí mismo?

EL MESÍAS PROMETIDO

Solo mediante el advenimiento del Mesías podría Israel posiblemente cumplir con su misión a

las naciones. En Isaías 49.6 Dios describe la misión del Mesías en la tierra como siendo «luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra». En otras palabras, Dios prometió que el Mesías vendría y sería esa luz para las naciones que se sostendría en la oscuridad de pecado. Juan llamó a Jesús la profetizada «luz del mundo» (Juan 8.12; 9.5; véase también a Juan 1.9; 3.19; 12.46).

Jesús, por supuesto, vino como el cumplimiento de esa profecía mesiánica. Interesantemente, Él no cumplió toda la profecía. Hay algunas promesas que se relacionan con la identidad nacional actual y política de Israel que aún están por cumplirse (por ejemplo, Salmo 72.8–14; Isaías 9.6–7; Jeremías 23.5; Zacarías 14.4–21). No obstante, Jesús dio fe de que era aquel de quien hablaron las Escrituras (Mateo 11.3-5; Lucas 4.2; Juan 4.26).

De manera asombrosa, Jesús no les dijo a sus seguidores que llevaran estas noticias a todo el mundo. En lugar de eso, les dijo lo contrario. Por ejemplo, después de sanar a un leproso, Jesús le dijo al hombre: «Mira, no lo digas a nadie» (Mateo 8.4). Aun después de los discípulos finalmente darse cuenta de que ciertamente Él era el Hijo de Dios y la simiente que aplastaría a Satanás y restauraría a Israel, Jesús «mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo» (Mateo 16.20) .

En algunos casos, este silencio era ordenado en la más imposible de las circunstancias. Considere el milagro en Decápolis. Allí un gran número de personas le trajo a Jesús un hombre que era conocido por todos como un sordomudo. Jesús llevó aparte al hombre y sanó tanto su audición como su capacidad para hablar, entonces le ordenó a la multitud «que no lo dijesen a nadie» (Marcos 7.36). Por supuesto, Marcos señala: «pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban» ( v. 36b).

Otro ejemplo que encontramos en el libro de Lucas es particularmente asombroso. Lucas narra la historia de un líder de la sinagoga bien conocido, ciertamente un judío influyente cuyos asuntos familiares eran públicos. Él cayó a los pies de Jesús y le rogó que sanara a su hija de doce años. Jesús comenzó a caminar hacia la casa del hombre y un gran número de personas se reunió para seguirlo. Mientras iban, un mensaje llegó que la hija había muerto, y para cuando Jesús y el auténtico desfile estar arribado a la casa del líder, había ya plañideras profesionales lamentando.

Jesús echó a todo el mundo de la casa excepto a los padres. Entonces tomó a Pedro, a Jacobo ya Juan, los llevó adentro y resucitó a la niña. Luego «les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido» (Lucas 8.56) y se volvió caminando hacia la multitud. Se fue con sus discípulos, dejando a los padres que resolvieran qué decirles a los que vienen para el funeral.

Cuando a los testigos asombrados de los milagros imposibles se les instruía que no dijeran nada, la orden parecía contra intuitiva. Después de todo, si Jesús era el Mesías, ¿por qué no les decía a sus discípulos que llevaran el mensaje de sus señales y maravillas por todas partes? Sin embargo, Jesús explicado por qué no quería que las personas esparcieran las noticias de sus milagros: Los milagros no eran el mensaje. Aun después de algo tan tremendo como la transfiguración, Jesús les ordenó a los discípulos que guardaran silencio porque primero: «Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día »(Lucas 9.22). En otro sitio,

LA GRAN COMISIÓN

El evangelio no es el hecho que Jesús es el Mesías o Él habría enviado a sus discípulos mucho antes de cuando lo hizo. Más bien, el evangelio es la noticia que Jesús es el Mesías que fue crucificado en el lugar de los pecadores y entonces se levantó de los muertos al tercer día. De modo que después de la crucifixión y la resurrección, las restricciones a los discípulos fueron quitadas. Recibieron instrucciones de esperar al Espíritu Santo para ser capacitados, y entonces iniciar un movimiento global que se esparciría a todas las naciones. Es imposible exagerar la radicalidad de este concepto en la historia de la redención.

Ilustrando la importancia de esta orden para la evangelización, los cuatro Evangelios finalizan con alguna variación de la Gran Comisión (Mateo 28.18-20; Marcos 16.15; Lucas 24.46-47; Juan 20.21). De hecho, las últimas palabras terrenales de Jesús fueron otro encargo a los discípulos a ser «testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta el último de la tierra» (Hechos 1.8).

Nunca Dios le había mandado a alguno de sus seguidores que viviera una vida consumida por llevar las nuevas de redención hasta los confines del mundo. Los discípulos esperaban que Jesús restaurara el reino a Israel (Hechos 1.6) y, en su lugar, recibieron instrucciones de esperar. Sin embargo, mientras tanto, debían llevarle el reino de Dios a cada criatura.

En vez de levantar una nación mediante la obediencia del pacto para atraer las naciones del mundo a Dios por medio de sabiamente seguir la ley de Dios, el Nuevo Testamento llama a los cristianos a «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura »(Marcos 16.15). En contraste con la orden de Dios a la nación de Israel de permanecer y obedecer, Cristo ordenó a la iglesia a salir y proclamar el cuerpo nuevo, hecho de personas de cada nación.

En vez de usar la obediencia de una nación como una manera de atraer el mundo a Dios, la iglesia es llamada a atraer a las personas a Dios mediante el evangelio. Es por eso por lo que Pablo dice que no fue enviado a bautizar, «sino a predicar el evangelio» (1 Corintios 1.17). Pablo no llevó un mensaje de obediencia a un grupo de leyes como una manera de transformación global, como hizo Moisés en Deuteronomio 4. Más bien, él estuvo predicando a Cristo ya este crucificado (1 Corintios 1.23; 2.2).

Israel debió usar la obediencia a la Torá para crear una cultura tal que atrajera a los pueblos para que fueron salvos por la fe en Yahvé y su gloria. La iglesia, por su parte, debiera usar la vida sacrificial como fundamento para una invasión global de los pueblos proclamando el evangelio bello que atrae a las personas para ser salvas por la fe en el Dios glorioso. El fin es el mismo, pero el método misionero es distinto.

Este fue el plan de Dios desde el mismo comienzo (1 Pedro 1.20). Desde la promesa inicial en el huerto a Adán y Eva que tendrían una simiente que aplastaría a Satanás, a través de la dispersión de las naciones en Babel, por el llamado de Abraham y mediante la odisea de Israel, Dios estaba dirigiendo la historia redentora al punto de enviar a su Hijo al mundo como la luz del mundo. Ahora su pueblo debe llevar esa luz y atraer a ella a cada incrédulo en el planeta.

LAS IMPLICACIONES DE LA GRAN COMISIÓN EN LA EVANGELIZACIÓN

La apatía acerca de la evangelización es inexplicable por esta razón: La Gran Comisión no es simplemente una de tantas órdenes, sino que señala un cambio en la historia redentora. Decir que la muerte y la resurrección de Jesús es el punto principal de toda la historia es correcto, pero es solo la mitad de la verdad. El corolario es que el propósito de la vida desde ese momento en adelante debe ser glorificar a Dios a través de decirles a tantas personas como sea posible la verdad acerca de su Hijo.

Esta es exactamente la pasión que se describe en el Nuevo Testamento. Tan pronto como la iglesia comenzó, la narrativa de Hechos rastrea su crecimiento y expansión. Los creyentes por todas partes crecían en su fe y se volvieron ansiosos por propagar el evangelio. Después de que Pablo se convirtió, él y Bernabé se encontraron predicando en Antioquía por casi la ciudad entera, incluyendo tanto a gentiles como a judíos. Lucas escribe que Pablo y Bernabé se levantaron con audacia y le dijeron a la multitud: «Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra »(Hechos 13,47). Pablo se vio a sí mismo como el depositario de la Gran Comisión y también comprendió su lugar en la historia redentora. El resultado de su trabajo evangelístico audaz es notable:

En otro lugar, Pablo describe a un cristiano como alguien que es constreñido por el amor de Cristo para instar a otros a venir a la fe en Cristo (2 Corintios 5.14, 20). Pide prestado el lenguaje de Babel y se compara a sí mismo como un embajador, enviado por Dios, con el objeto de reconciliar a las naciones marginadas (2 Corintios 5.18-20). Vivió su vida soportando sufrimientos y aflicciones, todo con el propósito de llevar el nombre de Jesucristo a los lugares donde nadie había ido (Romanos 15.20).

El empuje evangelístico evidente en Pablo no era exclusivo de él, sino que es, de hecho, una señal de cualquier cristiano que correctamente comprende su lugar en la obra redentora de Dios. Es por eso por lo que Pedro explica que el propósito de la santificación es que un creyente esté listo a evangelizar en cualquier momento. Él escribe: «sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparado para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demanda razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3.15).

Al ver que toda la historia redentora se construyó hacia la Gran Comisión resultante en una comprensión del imperativo de proclamar el evangelio y una legítima pasión por la evangelización. Solo cuando los creyentes obedezcan las órdenes de evangelizar serán verdaderamente imitadores del corazón de Dios para el mundo.

John MacArthur, La Evangelización. Cómo Compartir el Evangelio con Fidelidad ( Nashville, TN: Grupo Nelson, 2011), 21-33.

5/11 – Me guía por senderos de justicia por amor de Su Nombre

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Serie: El Salmo 23

5/11 – Me guía por senderos de justicia por amor de Su Nombre

John MacArthur

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine.

El Salmo 23 está lleno de palabras de acción. Describe un viaje, no un estado de inactividad. Incluso cuando las ovejas se acuestan en pastos verdes, es un descanso temporal para las ovejas cansadas. Desde ese momento en el salmo, las ovejas se están moviendo. El Pastor las conduce junto a aguas tranquilas y a través del valle de sombra de muerte. Siguiéndolas todos los días de sus vidas con bondad y misericordia.

No puedo leer el Salmo 23 sin pensar en Lucas 15. Ese capítulo muestra cómo Dios en Cristo busca y salva a los perdidos. La parte más memorable del capítulo es, por supuesto, la historia del hijo pródigo. Pero ese relato ocurre al final de un discurso extenso que comienza con una parábola mucho más corta que utiliza la conocida analogía pastoral del Salmo 23. Aquí un pastor deja su gran rebaño en campo abierto para buscar y rescatar a una oveja que se encuentra sola y perdida. «Al encontrarla, la pone sobre sus hombros, gozoso” (Lc. 15:5) y la lleva a casa.

Aunque las Escrituras hacen mucho énfasis en la soberanía absoluta de Dios en la obra de la salvación, nunca excluye ni minimiza la responsabilidad humana.

Cristo, por supuesto, dijo que Él mismo es el Buen Pastor (Jn. 10:11). Fue una de sus afirmaciones públicas más controversiales porque era claramente una declaración de Su deidad. El verdadero «Pastor de Israel» es y siempre ha sido Yahweh. A lo largo del Antiguo Testamento Yahweh es identificado repetidamente como el Pastor de Su propio pueblo.

Sin embargo, Jesús no solo se llamó a Sí mismo «el Buen Pastor», sino que también se refirió a todos los creyentes como «las ovejas» (Jn. 10:11). El hecho de que Cristo se adjudicara esa función era equivalente a decir que Él es Yahweh. El Nuevo Testamento también lo llama «el gran Pastor de las ovejas» y «el Príncipe de los pastores» (Heb. 13:201 P 5:4).

Como el Salmo 23 enfatiza desde el comienzo hasta el final, la tierna dirección del Gran Pastor siempre es enfocada, intencional y llena de bondad y misericordia. Su propósito es librar a Sus corderos del mal y del peligro, a través del valle de sombra de muerte y llevarlos a seguridad y bendición. Todo eso está resumido en la declaración: «Me guía por senderos de justicia por amor de Su nombre».

Las ovejas representan criaturas caídas que por sí solas nunca podrán encontrar o recorrer con éxito los senderos de la justicia. «Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida» (Mt. 7:14). Pero, ¿a dónde más las podría llevar el Gran Pastor? “Justo es el Señor en todos sus caminos». (Sal. 145:17).

Estos hechos resaltan aún más una verdad que a menudo enfatizamos, es decir, la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores. El Pastor divino busca y salva a los perdidos. Él no es solo el restaurador de sus almas; también los guarda, los cuida, los mantiene en la fe, los trae de regreso cuando divagan y los conduce por senderos de justicia. La obra de Dios en la salvación es completa. La oveja rescatada no tiene logros de los que vanagloriarse.

Muchos pasajes de la Escritura enfatizan este hecho. Romanos 8:29-30 traza la salvación de los elegidos desde su predestinación en la eternidad pasada hasta su glorificación en la eternidad futura, y es Dios quien  hace todo. Efesios 2:8-9 nos recuerda que nuestra redención del pecado no es obra nuestra: «sino que es don de Dios. . . para que nadie se gloríe».

«¿Dónde está, pues, la jactancia? Queda excluida» (Ro. 3:27). Cada aspecto de nuestra salvación es realizado por la gracia divina, tanto que incluso las cosas buenas que hacemos como personas redimidas son obras que «Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef. 2:10). Por lo tanto, el Gran Pastor soberanamente nos guía por sendas de rectitud.

Sin embargo, aunque las Escrituras hacen mucho énfasis en la soberanía absoluta de Dios en la obra de la salvación, nunca excluye ni minimiza la responsabilidad humana. El Pastor guía, pero las ovejas no son pasivas. Ellas le siguen, ese es su deber. Pueden tropezar o divagar a veces, pero conocen al verdadero Pastor y son conocidas por Él, por lo que nunca se apartarán de Él por completo. En las palabras de Jesús: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen» (Jn. 10:27). Su propio andar en justicia es una de las evidencias clave de que pertenecen al Buen Pastor. No son salvas por caminar en rectitud, pero su andar en justicia evidencia que Dios las ha salvado.

Y aquí está la prueba definitiva de que su fe en el Gran Pastor es auténtica: ellas perseveran. Aquellos que se apartan de los senderos de justicia para nunca regresar nunca pertenecieron al Pastor.

Sin embargo, debido a que Dios es soberano, Sus ovejas están seguras. Ellas perseveran en los caminos de justicia. Más aún, el Pastor mismo dijo: «y yo les doy vida eterna, y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre» (Jn. 10:28-29).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

John MacArthur
John MacArthur
El Dr. John MacArthur es pastor y maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, y presidente de The Master’s University and Seminary. Es autor de más de 400 libros y maestro del ministerio Gracia a Vosotros.

No abandone el verdadero comienzo

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Serie: Las lecturas diarias de MacArthur

No abandone el verdadero comienzo

John MacArthur

Ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquier de todo viento de doctrina. Efesios 4:14

Muchos de los que deberían ser conocedores a cabalidad, los pastores y lideres cristianos quienes de manera habitual defienden la fe contra las enseñanzas falsas, han sido tentados a abandonar la batalla por la correcta interpretación de los primeros capítulos de Génesis. Hace poco un pastor evangélico se me acercó después de que prediqué. Se encontraba confundido e intimidado por varios libros que había leído, todos escritos por destacados autores evangélicos, donde se presentaban argumentos a favor de que la tierra ha existido por miles de millones de años. Estos autores tratan a la mayoría de las teorías evolucionistas como irrefutables hechos científicos. En algunas casos estos escritos muestran poseer credenciales científicas o académicas que persuaden a los lectores a estimar que sus opiniones son resultado de la investigación a cabalidad, aunque en realidad se tratan de presunciones naturalistas que incorporan al texto bíblico. Este pastor me preguntó si creía posible que los tres primeros capítulos de Génesis fueran solo una seria de artificios literarios o poéticos con el propósito de darles una aplicación <<espiritual>> de lo que ocurrió durante miles de millones de ańos de evolución.

Le respondí sin rodeos: No, no lo creo. Estoy convencido de Génesis capítulos 1 al 3 deben recibirse como lo que son: La historia de la creación revelada por Dios. Nada en el texto mismo de Génesis indica que el registro bíblico de la creación sea simbólico, poético, alegórico, o mítico. El mensaje central del pasaje no puede reconciliarse con la noción de que la creación ocurrió de modo natural mediante procesos evolutivos durante largos periodos de tiempo. Además, no creo que un tratamiento justo del texto bíblico según principios aceptables de hermenéutica, pueda reconciliar estos capítulos con la teoría de la evolución o cualquier otra de las teorías denominadas científicas acerca del origen del universo.

¿Cómo se ha sentido tentado a ceder a la idea del mundo acerca de la verdad?

The battle for the Beginning, pp. 18-19

John MacArtur

Desatando la verdad de Dios, un día a la vez

Las lecturas diarias de MacArthur

 

 

 

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John MacArthur

John MacArthur

Es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.

Desde que completó su primer libro que fue un éxito en ventas, El Evangelio según Jesucristo, en el año 1988, John ha escrito cerca de 400 libros y guías de estudio, incluyendo Fuego Extraño, Avergonzados del Evangelio, El Asesinato de Jesús, El Hijo Pródigo, Doce Hombres Inconcebibles, Verdad en Guerra, El Jesús que no Puedes Ignorar, Esclavo, Una Vida Perfecta y la serie de Comentarios MacArthur del Nuevo Testamento. Los títulos de John han sido traducidos a más de dos docenas de idiomas. La Biblia de estudio MacArthur, el recurso que es la piedra angular de su ministerio, está disponible en el idioma inglés (NKJ, NAS y ESV), español, ruso, alemán, francés, portugués, italiano, árabe y chino.

John y su esposa, Patricia, viven en el sur de California y tienen cuatro hijos casados: Matt, Marcy, Mark y Melinda. Ellos también disfrutan de la alegre compañía de sus 15 nietos.

http://www.gracechurch.org/espanol

El verdadero comienzo

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El verdadero comienzo

John MacArthur

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Genesis 1:1

Dios sí creó los cielos y la tierra. Y hay un solo documento que con credibilidad reclama ser un registro revelado divinamente de esa creación: El libro de Génesis. A menos que exista algún creador que nos haya dejado sin información con respecto a nuestros origen y propósito, el pasaje de Génesis 1 y 2 no tiene paralelo y es la única descripción de la creación revelada por Dios. En otras palabras, si hay un Dios que creó los cielos y la tierra, y si Él dio a conocer a la humanidad algún registro de la creación, ese registro es el Génesis. Si el Dios de las Escrituras no creó los cielos y la tierra, entonces estamos sin respuesta reales a cualquier asunto de importancia. Todo esto se reduce a esas dos simples opciones.

Así que si creemos en el registro de Génesis o no influye en todo lo demás.

Podemos creer o no en lo que dice Génesis. Si Génesis 1.1 es verdad, entonces el universo y todo lo que hay en él fue creado por un Dios amoroso y personal cuyos propósitos nos han sido revelados en las Escrituras. También, si el registros de Génesis es verdadero, nosotros llevamos el sello de Dios y Él nos ama, y porque somos hechos a su imagen, los seres humanos tenemos dignidad, valía y obligaciones que sobrepasan a las de todas las otras criaturas. Por otra parte, si Génesis es verdad, no solo tenemos las respuestas del mismo Dios a las preguntas de quiénes somos y cómo llegamos donde estamos, sino que además tenemos la promesa de salvación de nuestro pecado.

¿De qué manera el hecho de que Dios creó el mundo afecta su modo de ver la vida?

The Battle for the Beginning, pp. 42-43 

John Mac Artur