
Jueces 20 – 21 y Filipenses 3 – 4
“Y dijeron:¿Por qué, oh SEÑOR, Dios de Israel, ha sucedido esto en Israel, que falte hoy una tribu en Israel”, Jueces 21:3.
¿Por qué me pasa esto a mí? Es una pregunta que en más de una oportunidad nos debemos haber hecho. Escuché alguna vez decir a un siquiatra que está comprobado que una de las mayores dificultades del hombre es poder reconocer las consecuencias negativas de sus propios actos. Cuando las cosas van bien, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez? Pero, cuando las cosas van de mal en peor, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez?… pero, echándole la culpa a todos, menos a él mismo.
Somos por naturaleza homo excusabis, por decirlo de alguna manera. El caso bíblico lo ejemplifica: Las tribus de Israel reunidas, estaban sorprendidas con el testimonio del levita que había dado cuenta del tremendo daño que los benjamitas de Gabaa habían inflingido a su esposa hasta causarle la muerte. Los benjamitas protegieron excusando a sus paisanos de Gabaa (así se llamaba el pueblo en donde sucedieron los hechos), negándose a entregar a los asesinos. Todo Israel, entonces, lleno de ira se enfrentó en batalla contra sus hermanos de Benjamín. Una guerra civil se había iniciado. Al final, los benjamitas fueron casi diezmados. La pregunta del encabezado surge después de conocer los cruentos datos de la masacre. Nunca una evasiva es una puerta de salida a un conflicto.
Es indudable que las excusas de ida y vuelta siempre tienden a agravar el problema y a endurecer la conciencia de los originadores de la falta. En el Mercurio, diario chileno, hay una columna denominada “Línea Directa”; allí, sufridos receptores de excusas presentan públicamente sus irresueltos casos problemáticos, ante la negativa de los excusistas de solucionar los problemas más allá de una noble pero escurridiza excusa. En la mayoría de oportunidades cada caso en donde interviene LD siempre termina así: “Resuelto. La gerencia de la empresa antes excusista dijo que fue evaluada la situación del sufrido receptor, se le dieron las explicaciones del caso y todo quedó resuelto a su entera conformidad”. Si todo era así de fácil… ¿Por qué no quedó resuelto por los canales normales? ¿Es más fuerte la publicidad negativa que la buena conciencia? Pues, como ven, la pandemia de la Excusitis está destruyendo la capacidad humana de resolución de aprietos.
Enfrentar las consecuencias de nuestros actos, sin excusas de por medio, es una necesidad. Nada fortalece más el carácter que poner la cara cuando las cosas no las hicimos correctamente, o no salieron como estaban previstas (por decirlo más diplomáticamente). Caer en largas justificaciones no sólo le hace daño al agredido, sino que también inmuniza nuestra conciencia contra la sinceridad. Quizás el factor sicológico y emocional más importante que pasa por nuestra mente al momento de elegir excusas antes que una disculpa, o una solución, se debe al temor que tenemos de perder algo que consideramos valioso y que es, aparentemente, superior a la verdad.
El buen nombre, dinero, el aprecio de los demás, el trabajo, y tantas otras cosas que, sobrevaluadas, nos impiden ver que la justicia nunca será dañina a nuestra vida y que la verdad es la que liberta, mientras que la mentira siempre esclaviza el alma. El apóstol Pablo tenía un notable sentido del deber. Él era irreprochable porque había aprendido a tener la justa medida para todas las cosas: “Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo”, Filipenses 3:7-8. Su responsabilidad delante de Dios y su verdad lo hizo eliminar todos aquellos subterfugios que pudieran impedirle glorificar con plenitud al Señor. Él decía: “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús… continuemos viviendo según la misma norma que hemos alcanzado”, Filipenses 3:13-14,16. Nada de dobleces, nada de pretextos, coartadas y alegatos. Sólo la verdad, que es igual para todos los hombres.
Ninguna persona excusienta podrá nunca resolver a cabalidad sus conflictos. Por eso, es de los mayores baluartes del hombre la verdad y la justicia, y esos valores son los que en realidad se deben temer perder. Alguien dijo alguna vez: “Cualquier cosa que el hombre gane debe pagarla cara, aunque no sea más que con el miedo de perderla”. Debemos aprender a que nos tiemble la voz cada vez que vamos a excusar nuestra responsabilidad porque simplemente… la excusa agrava la falta.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor. Es el autor de los libros Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024) y Hermenéutica bíblica: Consejos prácticos para comprender la Biblia sin morir en el intento (CLIE, 2025). Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana. Es director del Instituto Integridad & Sabiduría y es profesor adjunto en el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en X (Twitter).
Artículo de Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/excusas-reflexion/