¿Cómo saber si realmente somos salvos?

Esta es una de las preguntas más importantes que una persona puede hacerse. No se trata simplemente de saber si asistimos a una iglesia, si hicimos una oración en algún momento de nuestra vida o si tenemos conocimiento de la Biblia. La pregunta fundamental es si hemos sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo y si poseemos una fe genuina que produce evidencias de una nueva vida.

La Escritura no nos deja en incertidumbre absoluta. El apóstol Juan escribió: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Observe que Juan no dice “para que esperéis” o “para que supongáis”, sino “para que sepáis”. Dios desea que Sus hijos tengan una seguridad fundamentada en Su Palabra y no en sentimientos cambiantes.

La primera evidencia de una verdadera salvación es la confianza exclusiva en Cristo. El creyente comprende que no puede justificarse por sus obras, méritos o esfuerzos religiosos. Descansa únicamente en la obra perfecta de Cristo en la cruz. Como enseña Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La fe salvadora mira fuera de sí misma y se aferra a Cristo como único Salvador.

Sin embargo, la fe verdadera nunca permanece sola. Produce transformación. El Señor Jesús declaró: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Esto no significa perfección, sino una dirección nueva en la vida. Existe una lucha contra el pecado, un deseo creciente de obedecer a Dios y una disposición a arrepentirse cuando se falla. Donde antes había indiferencia hacia Dios, ahora hay hambre espiritual.

Charles Spurgeon expresó esta verdad de manera memorable:

“La fe que salva es una fe que obra por amor, purifica el alma y vence al mundo”.

Spurgeon entendía que las obras no son la raíz de la salvación, sino su fruto. Un árbol no vive porque produce fruto; produce fruto porque está vivo.

Otra evidencia importante es el amor por Cristo y por Su pueblo. El apóstol Juan escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). El nuevo nacimiento produce nuevos afectos. El creyente comienza a amar aquello que Dios ama y a valorar aquello que antes despreciaba.

John Gill señaló que la gracia salvadora no solo ilumina la mente, sino que transforma las inclinaciones del corazón. Cuando Dios salva a una persona, le concede nuevos deseos y nuevas prioridades.

Asimismo, la perseverancia es una señal importante de una fe genuina. Jesús enseñó que algunos reciben la Palabra con gozo, pero abandonan cuando llegan las pruebas (Mateo 13:20-21). El verdadero creyente puede atravesar temporadas de debilidad, dudas o incluso caídas dolorosas, pero no abandona definitivamente a Cristo. Dios lo sostiene por Su poder.

John Bunyan escribió:

“Aunque el cristiano tropiece muchas veces, el Señor no lo dejará caer definitivamente, porque lo sostiene con Su mano.”

La perseverancia no demuestra la fuerza del creyente, sino la fidelidad de Dios.

Al mismo tiempo, debemos tener cuidado de no buscar seguridad únicamente observando nuestro desempeño espiritual. Si miramos solamente nuestras obras, encontraremos muchas imperfecciones. Nuestra seguridad descansa primero en las promesas de Dios y después en las evidencias de Su obra en nosotros. Como afirma Romanos 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.

Por ello, la pregunta no debe ser simplemente: “¿Hice una profesión de fe alguna vez?”, sino: “¿Estoy confiando hoy en Cristo? ¿Existe evidencia de Su obra en mi vida? ¿Amo Su Palabra, Su pueblo y Su voluntad? ¿Hay arrepentimiento cuando peco?”.

La verdadera seguridad surge cuando contemplamos simultáneamente dos realidades: la perfección de Cristo como Salvador y la evidencia de que Su Espíritu está obrando en nosotros. No somos salvos porque producimos fruto; producimos fruto porque hemos sido unidos a Cristo por la fe. Y aquellos que han sido verdaderamente regenerados pueden descansar en la promesa de Aquel que dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás” (Juan 10:27-28).

“Contenido elaborado con apoyo tecnológico y publicado, editado, corregido, revisado bajo responsabilidad de Alimentemos el Alma.”

NO MAQUILLES TU PECADO CON RELIGIÓN | AEA

El versículo: “Hay cargas que Dios nunca diseñó para que las llevaras solo, sino para que se las des a Cristo”, a la luz de 1 Pedro 5:7, toca una verdad profundamente bíblica: Dios llama al creyente a descansar su ansiedad, temor y aflicción sobre Cristo, porque Él cuida de los suyos. El texto dice: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Pedro no está promoviendo irresponsabilidad emocional ni dependencia manipuladora de otros, sino una confianza humilde y reverente en la soberanía y el cuidado paternal de Dios.

Sin embargo cuando esto se manipula intencionalmente apunta a un problema muy real dentro del corazón humano y aun dentro de ciertos ambientes cristianos: muchas veces las personas no entregan verdaderamente sus cargas a Cristo, sino que usan el lenguaje espiritual para descargar responsabilidades sobre otros mientras mantienen intacto el control, el egoísmo o la conveniencia personal. Allí la religión puede convertirse en una máscara y no importa denominación o credo el fin es el mismo.

Esto revela algo más profundo: el pecado del corazón. El ser humano caído no solo sufre; también aprende a manipular su sufrimiento para obtener beneficio, atención, validación o incluso ventajas prácticas. A veces se utiliza la “necesidad espiritual” como una herramienta de presión emocional. Se habla de “orar por mí”, “ayudarme”, “Dios me está probando”, pero detrás puede esconderse pereza espiritual, falta de arrepentimiento, irresponsabilidad o incluso cálculo consciente para que otros carguen consecuencias que uno mismo no quiere enfrentar.

Eso es diferente al verdadero quebranto y arrepentimiento. El creyente genuino puede pedir ayuda, llorar, cansarse y buscar apoyo de la iglesia; pero lo hace desde la honestidad y la humildad, no desde la manipulación. Juan Calvino enseñaba que el corazón humano es una “fábrica de ídolos”; incluso el dolor puede convertirse en un ídolo cuando se usa para controlar a otros en lugar de rendirse a Dios.

El peligro de esta hipocresía es que aparenta dependencia de Cristo mientras realmente depende de estrategias humanas y de su engañoso corazón. Se “maquilla” con vocabulario cristiano, pero el centro sigue siendo el «YO». Cristo es presentado como refugio con los labios, pero en la práctica el refugio está en las personas, en la manipulación emocional o en el provecho que se puede sacar de la situación.

La Escritura confronta eso con claridad. Gálatas 6:5 enseña que “cada uno llevará su propia carga”, mostrando responsabilidad personal delante de Dios; mientras el versículo 2 dice “sobrellevad los unos las cargas de los otros”, hablando del amor cristiano. Ambos textos juntos muestran equilibrio: la iglesia ayuda, pero no para alimentar pecado, irresponsabilidad o dependencia carnal. La gracia no fue dada para encubrir manipulación, sino para transformar el corazón.

Es importante abordar este punto y tratarlo con la verdad, honestidad y ética, porque desenmascara una moral a la medida del corazón engañoso y una religiosidad superficial que puede existir incluso dentro de la iglesia. Hay personas que quieren alivio sin arrepentimiento, ayuda sin transformación y compasión sin asumir consecuencias. Pero Cristo no solo vino a aliviar cargas; vino a romper el dominio del pecado sobre el corazón humano.

El verdadero sentido de 1 Pedro 5:7 no es “usar a otros para escapar del problema”, sino rendir delante de Cristo nuestras ansiedades, reconociendo nuestra incapacidad y descansando en Su cuidado soberano. Cuando alguien realmente deposita sus cargas en Cristo, deja también de usar a las personas como instrumentos de conveniencia personal. Allí nace una fe sincera, humilde y transformada por el evangelio.

“Pero aun en medio de nuestras luchas, hipocresías y cargas mal llevadas, la gracia de Dios sigue llamándonos al arrepentimiento. La Biblia dice que ‘no hay justo, ni aun uno’ (Romanos 3:10), recordándonos que ninguno de nosotros es perfecto delante de Dios. Todos hemos fallado, todos necesitamos misericordia y todos dependemos completamente de Cristo.

Por eso, el evangelio no es una invitación a fingir fortaleza, sino a rendir el corazón delante de Dios. Cristo no rechaza al pecador arrepentido; Él recibe a todo aquel que viene a Él con humildad y fe. Jesús dijo: ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar’ (Mateo 11:28).

No pongas tu esperanza en hombres imperfectos, ni en estrategias humanas, ni en una religión vacía. Descansa plenamente en la gracia soberana de Dios. Él es fiel aun cuando nosotros somos débiles.

Y si aún no conoces verdaderamente a Cristo, búscale en Su Palabra. Porque ‘la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios’ (Romanos 10:17). En las Escrituras encontrarás no solo verdad para confrontar tu pecado, sino también al Salvador capaz de perdonar, restaurar y dar vida eterna.

Hoy es un buen día para dejar la carga del pecado a los pies de Cristo y hallar en Él el verdadero descanso para tu alma.”

Porque Él dice: «En el momento propicio te escuché y en el día de salvación te ayudé». Les digo que este es el momento propicio de Dios; hoy es el día de salvación. 2 Corintios 6:2 NVI

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Excusas | Reflexión – Pepe Mendoza

Jueces 20 – 21   y   Filipenses 3 – 4

“Y dijeron:¿Por qué, oh SEÑOR, Dios de Israel, ha sucedido esto en Israel, que falte hoy una tribu en Israel”, Jueces 21:3.

¿Por qué me pasa esto a mí?  Es una pregunta que en más de una oportunidad nos debemos haber hecho. Escuché alguna vez decir a un siquiatra que está comprobado que una de las mayores dificultades del hombre es poder reconocer las consecuencias negativas de sus propios actos.  Cuando las cosas van bien, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez? Pero, cuando las cosas van de mal en peor, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez?… pero, echándole la culpa a todos, menos a él mismo.

Somos por naturaleza homo excusabis, por decirlo de alguna manera. El caso bíblico lo ejemplifica: Las tribus de Israel reunidas, estaban sorprendidas con el testimonio del levita que había dado cuenta del tremendo daño que los benjamitas de Gabaa habían inflingido a su esposa hasta causarle la muerte. Los benjamitas protegieron excusando a sus paisanos de Gabaa (así se llamaba el pueblo en donde sucedieron los hechos), negándose a entregar a los asesinos. Todo Israel, entonces, lleno de ira se enfrentó en batalla contra sus hermanos de Benjamín. Una guerra civil se había iniciado. Al final, los benjamitas fueron casi diezmados. La pregunta del encabezado surge después de conocer los cruentos datos de la masacre. Nunca una evasiva es una puerta de salida a un conflicto.

Es indudable que las excusas de ida y vuelta siempre tienden a agravar el problema y a endurecer la conciencia de los originadores de la falta. En el Mercurio, diario chileno, hay una columna denominada “Línea Directa”; allí, sufridos receptores de excusas presentan públicamente sus irresueltos casos problemáticos, ante la negativa de los excusistas de solucionar los problemas más allá de una noble pero escurridiza excusa. En la mayoría de oportunidades cada caso en donde interviene LD siempre termina así: “Resuelto. La gerencia de la empresa antes excusista dijo que fue evaluada la situación del sufrido receptor, se le dieron las explicaciones del caso y todo quedó resuelto a su entera conformidad”. Si todo era así de fácil… ¿Por qué no quedó resuelto por los canales normales? ¿Es más fuerte la publicidad negativa que la buena conciencia? Pues, como ven, la pandemia de la Excusitis está destruyendo la capacidad humana de resolución de aprietos.

Enfrentar las consecuencias de nuestros actos, sin excusas de por medio, es una necesidad. Nada fortalece más el carácter que poner la cara cuando las cosas no las hicimos correctamente, o no salieron como estaban previstas (por decirlo más diplomáticamente). Caer en largas justificaciones no sólo le hace daño al agredido, sino que también inmuniza nuestra conciencia contra la sinceridad.  Quizás el factor sicológico y emocional más importante que pasa por nuestra mente al momento de elegir excusas antes que una disculpa, o una solución, se debe al temor que tenemos de perder algo que consideramos valioso y que es, aparentemente, superior a la verdad.

El buen nombre, dinero, el aprecio de los demás, el trabajo, y tantas otras cosas que, sobrevaluadas, nos impiden ver que la justicia nunca será dañina a nuestra vida y que la verdad es la que liberta, mientras que la mentira siempre esclaviza el alma. El apóstol Pablo tenía un notable sentido del deber. Él era irreprochable porque había aprendido a tener la justa medida para todas las cosas: “Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo”, Filipenses 3:7-8. Su responsabilidad delante de Dios y su verdad lo hizo eliminar todos aquellos subterfugios que pudieran impedirle glorificar con plenitud al Señor. Él decía: “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús… continuemos viviendo según la misma norma que hemos alcanzado”, Filipenses 3:13-14,16. Nada de dobleces, nada de pretextos, coartadas y alegatos. Sólo la verdad, que es igual para todos los hombres.

Ninguna persona excusienta podrá nunca resolver a cabalidad sus conflictos. Por eso, es de los mayores baluartes del hombre la verdad y la justicia, y esos valores son los que en realidad se deben temer perder. Alguien dijo alguna vez: “Cualquier cosa que el hombre gane debe pagarla cara, aunque no sea más que con el miedo de perderla”. Debemos aprender a que nos tiemble la voz cada vez que vamos a excusar nuestra responsabilidad porque simplemente… la excusa agrava la falta.

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor. Es el autor de los libros Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024) y Hermenéutica bíblica: Consejos prácticos para comprender la Biblia sin morir en el intento (CLIE, 2025). Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana. Es director del Instituto Integridad & Sabiduría y es profesor adjunto en el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en X (Twitter).

Artículo de Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/excusas-reflexion/

Para entrenar a un niño PDF | Michael y Debi Pearl

Para Entrenar a un Niño
Hace tres mil años, un sabio dijo, “instruye (entrena) al niño en su camino y aun cuando fuere viejo, no se apartará de él.” Un buen entrenamiento o instrucción no es solucionar crisis; por el contrario, es aquel proceso que se debe hacer antes de enfrentarlas o de tener que disciplinar a los hijos.La mayoría de las personas asumen la paternidad por accidente, no lo hacen de manera deliberada o planeada. ¡Imagínese si se construyera una casa de esa manera! No tenemos que reinventar la instrucción. Existen principios para instruir a los niños, y métodos que han funcionado desde la antigüedad. Negarle la formación o entrenamiento a un hijo es abandonarlo deliberadamente y es semejante a empujarlo hacia un mar de opciones y de pasiones, sin un barco apropiado ni una brújula.

PDF:https://tesoroscristianos.co/wp-content/uploads/2020/07/Como-entrenar-un-ni%C3%B1o-Debi-y-Michael-Pearl.pdf

Hombres perversos y malos | Charles Spurgeon

24 de Marzo
“Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal.” 2 Tesalonicenses 3:3.

Los hombres a menudo están tan desprovistos de razón como de fe. Todavía hay entre nosotros “hombres perversos y malos”. No sirve de nada argumentar con ellos o procurar tener paz con ellos: tienen un corazón falso y su conversación es engañosa. Bien, ¿qué haremos? ¿Acaso nos preocuparemos por ellos? No; volvámonos al Señor, pues Él es fiel. Ninguna promesa de Su palabra será incumplida jamás. Él no es irrazonable en Sus exigencias para con nosotros, ni es infiel a nuestros argumentos relacionados con Él. Tenemos un Dios fiel. Esto ha de ser nuestro gozo.
Él nos confirmará de tal manera que los hombres perversos no ocasionarán nuestra caída, y Él nos guardará de tal manera que ninguno de los males que ahora nos asedian, nos hará realmente ningún daño. Qué bendición es para nosotros que no tengamos que contender con los hombres, y más bien que se nos permita abrigarnos en el Señor Jesús, que se identifica verdaderamente con nosotros. Hay un corazón sincero, una mente fiel, un Amor inmutable; descansemos allí. El Señor cumplirá el propósito de Su gracia para con nosotros, Sus siervos, y no debemos permitir que ni una sombra de duda caiga sobre nuestros espíritus. Todo lo que los hombres o los demonios puedan hacer, no puede impedir que gocemos de la protección y la provisión divinas. Oremos en este día pidiéndole al Señor que nos afirme y nos guarde.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román
Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Logos Bible Software.

EL ORDO SALUTIS | R.C.Sproul


Cuando miramos más detenidamente la relación entre elección y salvación, necesitamos ocuparnos de lo que los teólogos llaman el ordo salutis u “orden de la salvación”. El ordo salutis tiene que ver con el orden en que ocurren varios sucesos que conducen a nuestra redención, específicamente el orden lógico más bien que cronológico.
Con esta distinción me refiero a lo siguiente. Creemos que somos justificados por la sola fe. Pero, ¿cuánto tiempo después de poseer la verdadera fe salvadora somos justificados? ¿Cinco segundos, cinco minutos, cinco meses, cinco años? No, decimos que la justificación y la fe son coincidentes en cuanto al tiempo. En el preciso instante en que tenemos verdadera fe, en ese mismo momento Dios nos recibe como personas justificadas. Pero aun así decimos que la fe viene antes que la justificación, aun cuando ocurren al mismo tiempo. La fe precede lógicamente a la justificación. En otras palabras, dado que nuestra justificación depende y se apoya en la fe, la fe es el prerrequisito, la condición necesaria que debe estar presente para que ocurra la justificación. Así que la fe es lógicamente necesaria para la justificación. La fe precede a la justificación, no en el tiempo, sino en cuanto a necesidad lógica. Así que cuando hablamos del orden de la salvación, ten en cuenta que lo que se toma en consideración son las distinciones relativas a los prerrequisitos, sobre la base de la necesidad lógica.
En Romanos 8, tenemos uno de los versos más famosos y apreciados de todo el Nuevo Testamento: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito” (v. 28). Nótese que esta promesa de que todas las cosas están dispuestas para bien es para las personas que aman a Dios, para aquellos que son descritos como los que son llamados según su propósito.
Ese es un tipo especial de llamado. La Biblia habla sobre el llamado del evangelio que sale para todos, lo que llamamos el llamado externo o exterior. No todos los que oyen el evangelio son salvos. También se habla del llamado interior, el llamado de Dios en la persona, en el corazón, que es una obra de Dios el Espíritu Santo, un llamado que es efectivo. En este llamado, el Espíritu Santo abre el corazón de los creyentes, obrando en el interior para llevar a cabo el propósito de Dios. Es este llamado el que Pablo tiene en mente en Romanos 8:28. Todos los elegidos reciben este llamado interior, como queda claro en los versos que siguen.
Veamos la primera mitad del verso 29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo”. Pablo está hablando aquí de los propósitos de Dios respecto a la salvación, y comienza mencionando la presciencia de Dios. Él nos dice que a aquellos que Dios antes conoció, él los predestinó. ¿Cuál fue el objetivo de esta predestinación? Fue que aquellos a los que Dios conoció de antemano fueran hechos conforme a la imagen de Cristo.
En el verso 30, encontramos lo que llamamos “la cadena de oro”: “Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó”. Esta es una versión abreviada del orden de la salvación. Hay otros aspectos de la salvación aparte de los que aquí se mencionan; Romanos 8:30 toca los puntos básicos, por así decirlo. Por ejemplo, la santificación no está en esta lista. Esta lista más bien incluye (partiendo desde el verso 29), primero, el conocimiento previo; segundo, la predestinación; tercero, el llamado; cuarto, la justificación; y quinto, la glorificación.
Es muy importante para nuestra comprensión de la seguridad asimilar lo que está sucediendo en este orden de la salvación. Como señalé antes, Pablo se refiere a un orden lógico, y comienza por el conocimiento previo. La perspectiva de la elección según la presciencia que mencioné anteriormente es popular porque las personas llegan a este texto y dicen: “¡Ajá! El primer paso es el conocimiento previo. Eso significa que la elección o la predestinación se basan en algo que Dios sabe de antemano sobre las personas”. Pero el texto no dice eso. De hecho, en el desarrollo que hace Pablo de este tema en el capítulo 9, esa posibilidad queda descartada. Según la comprensión reformada de la elección, las personas elegidas según los decretos de Dios no son códigos sin nombre. Para que Dios elija a alguien, él debe tener alguna idea de la persona que está eligiendo. Así que el conocimiento previo debe preceder a la predestinación, porque Dios predestina a individuos específicos a los que ama y escoge.
El siguiente suceso lógico es la predestinación. Pablo nos dice que aquellos a los que Dios antes conoció también los predestinó. No se dice pero se entiende claramente aquí que todos los que están en la categoría del conocimiento previo están predestinados. Desde luego, la presciencia de Dios, en general, incluye a todas las personas, no solo a los elegidos. Pero aquí Pablo está hablando del conocimiento previo de Dios de sus elegidos. ¿Cómo lo sabemos? Porque Pablo declara que todos aquellos a quienes Dios conoció de antemano, en el sentido en el que aquí los conoce, son predestinados, y todos los que son predestinados son llamados, y todos los que son llamados son justificados. Este es el punto crucial. Si todos los que son llamados son justificados, Pablo no puede estar refiriéndose al llamado externo. Debe estar hablando del llamado interno, porque todos los que reciben este particular llamado reciben la justificación, así como todos los que son justificados son glorificados.
Así que si quiero saber si voy a ser glorificado —es decir, si en última instancia voy a ser salvo— necesito determinar si estoy justificado. Si estoy justificado, sé que voy a ser glorificado. En otras palabras, si ahora estoy justificado, no tengo nada de qué preocuparme: Aquel que ha comenzado una buena obra en mí va a completarla hasta el final (Filipenses 1:6).

Sproul, R. C. (2010). ¿Puedo estar seguro de que soy salvo? (E. Castro, Trad.; Vol. 7). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

¿Qué es apostasía? | Arthur W. Pink

¿Qué es apostasía?

Arthur W. Pink (1886-1952)

Amado lector, en el pasado, miles de personas estaban muy seguras de haber recibido genuinamente la salvación y, realmente, confiaban en los méritos de la obra consumada de Cristo para llevarlos seguros al cielo, como quizá lo esté usted. No obstante, ahora están sufriendo los tormentos del infierno. Su confianza era carnal… Estaban seguros de que su fe era suficiente para su salvación y no veían la necesidad de examinarse a fondo, exhaustivamente y con frecuencia, a la luz de la Escrituras, a fin de descubrir si estaban dando o no, esos frutos que son inseparables de la fe de los escogidos por Dios. Si leían un artículo como éste, con orgullo llegaban a la conclusión de que se aplicaba a otros. Estaban tan seguros de que muchos años atrás habían nacido de nuevo, que se negaban a obedecer el mandato de 2 Corintios 13:5: “Examinaos a vosotros mismos”. Ahora es demasiado tarde. Desaprovecharon su día de oportunidad y, consecuentemente, su porción para siempre fue la “negrura de las tinieblas”.

En vista de esta solemne y terrible realidad, el escritor, seriamente, llama a sí mismo y a cada lector, a humillarse ante Dios y clamar sinceramente: “Examíname, oh Dios: revélame a mí mismo. Si vivo engañado, quítame el engaño antes de que sea demasiado tarde y sufra por toda la eternidad. Capacítame para analizarme fielmente de acuerdo con tu Palabra para poder descubrir si mi corazón ha sido renovado o no, si he abandonado todo camino de mi propia voluntad y me he rendido verdaderamente a Ti; si me he arrepentido de tal manera que odio todo pecado y ansío con fervor ser libre de su poder, me aborrezco a mí mismo y busco diligentemente negarme a mí mismo; si mi fe es la que vence al mundo (1 Jn. 5:4) o si es meramente una noción que no produce una vida piadosa; si soy un pámpano fructífero de la vid o meramente algo que estorba; en pocas palabras, si soy una nueva criatura en Cristo o sólo un hipócrita”. Si tengo un corazón sincero, entonces estaré dispuesto, sí, ansioso por enfrentar y conocer la verdad acerca de mí mismo.

Quizá algunos lectores estén listos para decir: “Yo ya sé la verdad acerca de mí mismo. Creo lo que la Palabra de Dios me dice: Soy un pecador sin nada bueno en mí. Mi única esperanza está en Cristo”. Sí, querido amigo, pero tenga en cuenta que Cristo salva a su pueblo de sus pecados. Cristo envía a su Espíritu Santo a sus corazones de modo que son cambiados radicalmente; dejan de ser lo que eran antes. El Espíritu Santo derrama el amor de Dios en el corazón de aquellos que regenera, y ese amor es manifestado en un anhelo profundo y una decisión sincera de complacer a Aquel que los ama. Cuando Cristo salva a un alma, la salva, no sólo del infierno, sino del poder del pecado. Lo libra del dominio de Satanás y del amor al mundo. Lo libra del temor al hombre, las lascivias de la carne y el amor a sí mismo. Es cierto que no ha completado esta obra bendita; es cierto que la naturaleza pecadora no ha sido aún erradicada, pero el que es salvo, ha sido liberado del dominiodel pecado (Ro. 6:14). La salvación es algo sobrenatural que cambia el corazón, renueva la voluntad, transforma la vida, de manera que es evidente a todos a su alrededor que hubo un milagro de gracia… Una fe que no produce un vivir piadoso, un caminar obediente, un fruto espiritual, no es la fe de los elegidos de Dios. Oh mi lector, le ruego que se examine con diligencia y fidelidad a la luz de la Palabra infalible de Dios. No pretenda ser un hijo de Abraham, a menos que haga las obras de Abraham (Jn. 8:39).

¿Qué es apostasía? Es hacer naufragar la fe (1 Ti. 1:19). Es el corazón apartado del Dios viviente (He. 3:12). Es volver al mundo y ser vencido por él, después de un escape previo de su contaminación, a través del conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo (2 P. 2:20). Hay varios pasos que la preceden. Primero, es mirar hacia atrás (Lc. 9:62) como la esposa de Lot, quien externamente partió de Sodoma, pero su corazón se quedó allí. Segundo, es retractarse (He. 10:38): Los requerimientos de Cristo son demasiado exigentes para apelar al corazón. Tercero, es dar la espalda (Jn. 6:66): La senda de santidad es demasiado angosta para los deseos de la carne. Lo cuarto, es la caída definitiva, lo cual es fatal: “Hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados” (Is. 28:13).

Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), reimpreso por Chapel Library.

A. W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures) y muchos libros, incluyendo los muy reconocidos: La soberanía de Dios (The Sovereignty of God) y Los atributos de Dios (Attributes of God). Nacido en Nottingham, Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y, en 1934, regresó a su patria.

“Acordemos, pues, esta noción de apostasía, la cual es evidente: es dejar la obediencia que debemos a nuestro legítimo Señor”. —Thomas Manton

El Verdadero Problema del Pecador | Salvador Gómez Dickson

CAPÍTULO 2
El Verdadero Problema del Pecador
Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Lucas 15:14–16

El reloj marcó las doce de la medianoche. La hermosura de sus vestidos desapareció; la gran carroza perdió su resplandor. El hijo de nuestra parábola volvió a convertirse en Cenicienta.
¿Dónde estaba la buena vida? ¿Qué pasó con el baile y los amigos? ¿Qué ocurrió con la independencia y el placer? El hechizo del pecado se había ido. La maldad se quitó la máscara y mostró su verdadero rostro. Detrás de la risa y de la algarabía se escondía la miseria de una vida sin Cristo. No había comprendido que el fin principal del hombre es “glorificar a Dios y gozar de Él por siempre” (Catecismo Menor de Westminster), que buscar la felicidad en cualquier otra fuente es como correr tras el viento.En esta sección de nuestro texto hay una lección que no podemos pasar por alto. La causa de la insatisfacción y la infelicidad del hijo pródigo no se encontraba en el padre ni en la casa de su padre; el problema era él mismo. El hombre trata de explicar la causa de su mal de mil maneras. Atribuye sus problemas al ambiente, a los demás, al trabajo, a la situación económica… a todo, menos a él. Si tan sólo tuviera el poder y la oportunidad, las cosas serían diferentes. Lo que éste ignoraba era que la enfermedad no estaba en la sábana.

Mirarse en un espejo con ojos honestos habría sido suficiente. Le revelaría el verdadero estado de su corazón. Mientras las cosas marchan viento en popa hay esperanzas de hallar la felicidad a nuestro modo. El descenso espiritual del hijo de nuestra historia, le impedía evaluarse a sí mismo correctamente. El problema estaba ahí todo el tiempo, pero no tenía ojos para verlo. Sus dificultades no comenzaron cuando el dinero se acabó o cuando sus amigos le abandonaron.
En nuestro capítulo anterior decíamos que el hijo de la parábola representa a todo hombre. Las personas no tienen necesariamente que derrochar los bienes materiales de sus padres para poder identificarse con nuestro personaje. Hay muchas cosas más envueltas en esto. Cristo nos muestra el corazón. Lo que hizo al reclamar su “libertad”, las actividades a las que se dedicó mientras estaba lejos de su padre y la condición tan baja a la que descendió, nos conduce a identificar las verdaderas características del pecador desde el punto de vista de Cristo.

El pecador es insensible
“¿Cómo se sentirá mi padre cuando le pida la herencia? ¿Qué efecto tendrá mi partida en su corazón?” Éstas no fueron preguntas que el hijo consideró. Nadie quisiera tener un hijo que le trate de este modo. Fue un gran acto de desconsideración. Estaba decidido a hacer su voluntad sin importar cómo se habría de sentir su padre.
Así nacemos todos en el pecado. Fuimos creados para amar a Dios con todo el corazón y para tener comunión con Él. Nos hizo y nos ha cuidado; ha sido bueno y misericordioso. Pero también le dijimos: “Dame la parte de los bienes que me corresponde.” También le hemos menospreciado; hemos echado a un lado Su Palabra y Sus consejos. Conscientemente hemos hecho lo contrario a Su voluntad. Hemos utilizado la vida y los recursos que Él nos ha dado para fines personales, sin importar cómo se sienta en Su corazón. “No aprobaron tener en cuenta a Dios” (Rom. 1:28).
El hijo ni siquiera se molestó en considerar cómo su decisión afectaría a su padre. Eso tiene su nombre: insensibilidad. Cada hombre conoce muchas cosas que no son del agrado de su esposa, y viceversa. Muchas heridas han sido causadas cuando hemos tomado la decisión de llevar esas cosas a cabo sin tomar en cuenta el efecto en nuestro cónyuge. ¿Y Dios? Muchos han representado al Señor como alguien sin sentimientos. Nada está más lejos de la realidad. La Biblia abunda en referencias a las emociones divinas. Dios se contrista y se duele cuando Su pueblo se desvía de Sus mandamientos. Su gozo por un pecador que se arrepiente se encuentra en perfecto contraste con su tristeza por un pecador extraviado. Cada vez que un hombre ignora, pisotea y transgrede la verdad revelada en la Palabra de Dios, es culpable de la misma insensibilidad del hijo pródigo.

El pecador es egoísta
Para hacer que sus sueños y anhelos fueran una realidad, nuestro personaje se vio en la necesidad de reclamar sus “derechos”. En su mente sólo había espacio para una persona, y esa persona era él. Podía esperar que esa herencia viniera a ser suya en el curso normal de los acontecimientos. Sin embargo, eso implicaba refrenar la sed insaciable de su alma por obtener y disfrutar del placer inmediato. El pecador piensa que es su derecho hacer lo que quiera con su vida. ¿Y es acaso esto cierto?
“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (Ecl. 11:9). No, el hombre no tiene derecho para hacer con su vida lo que quiera. Como creador, Dios es el dueño de la vida; le debemos nuestra existencia y somos responsables de lo que pensamos, decimos y hacemos ante Él.
Dios nos ha provisto abundantemente, mucho más allá de lo que merecemos. Pero en lugar de permitir que las muestras de Su bondad nos acerquen a Él, decidimos tomar un camino diferente en nuestra búsqueda de la felicidad. Cada cual piensa tomar su propio camino hacia lo que cree es la felicidad. Pero lo cierto es que la Biblia no contempla que el hombre sea feliz fuera de Dios. Cada vez que usted la busca haciendo su voluntad en contra de la de Dios, está cometiendo el mismo acto de egoísmo del hijo pródigo—está pensando solamente en sí mismo. ¿Dónde está Dios en sus pensamientos?
Espero que para este momento esté de acuerdo con el punto de que el hijo pródigo nos representa a todos. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). Hay muchos que no quieren ver a nadie —ni a Dios— intervenir con sus planes. No desean saber lo que la Biblia dice acerca de ellos; no quieren que alguien más les diga lo que tienen que hacer. Algo similar fue lo que hizo el hijo pródigo. En su egoísmo, no quería que nadie estorbara sus deseos, ni siquiera la persona que más amor le había demostrado: su padre.
Si los pecadores supieran, si tan sólo pudieran conocer las buenas intenciones que Dios tiene para con ellos, otra sería la moneda con que le pagarían. Nadie puede hacerles mayor bien, que aquel que Dios les puede brindar. Y aun así, prefieren echarle a un lado. Sus intereses personales están primero.

El pecador está muerto
Las dos características anteriores son una realidad en la vida de todo pecador, porque los dos rasgos siguientes las generan indefectiblemente. El hombre es insensible y egoísta porque está muerto y perdido.
Observe las palabras del padre cuando expresa los motivos para celebrar el regreso de su hijo: “Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido” (v. 24). Después de la introducción del pecado en el mundo, el hombre, estando vivo, se encuentra espiritualmente muerto.
La advertencia clara y precisa que Dios le dio al hombre en el huerto fue: “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gén. 2:17). Adán no prestó la debida atención a la advertencia, y murió. Ahora estaba físicamente vivo, pero muerto e insensible a las realidades espirituales. Tal como la muerte significa el cese de nuestra participación en los eventos de la vida, para el pecador es imposible asimilar y participar de las realidades celestiales. En contraste con el hombre espiritual (aquel que tiene al Espíritu morando en él), “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Cor. 2:14).
Con el fin de que entendamos esta realidad es que el Maestro pone tales palabras en la boca del padre de nuestra parábola. Es como si el padre dijera: “Mi hijo estaba muerto a las realidades espirituales, a la voluntad del Señor; pero he aquí que ahora vive. Dios le transformó.” Y eso es lo que ocurre con todo pecador al ser rescatado por la maravillosa gracia de Cristo. Es una especie de resurrección. Un alma imposibilitada de participar en el mundo de la comunión con Dios, ajena a Cristo y a sus promesas, por primera vez es despertada y llevada a tener una relación armoniosa con el Señor. La Biblia describe este fenómeno que se produce como una reconciliación. Ese estado de muerte espiritual es más que una mera inexistencia; es un estado de enemistad con Dios. El pecado había hecho separación entre Él y nosotros; y de ahí nos rescata por su bendita gracia.
“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo… haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 1:1–3). Piense en esto: hijos de ira, hijos de ira, hijos de ira. Todos hemos pecado y somos merecedores de la ira de Dios. Le hemos ignorado y ofendido; somos los culpables de habernos acarreado la ira de Dios, y sin embargo, Él toma la iniciativa para salvar al hombre. Observe cómo continúa el texto:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (vv. 4–5). ¡Gloria al Señor! Este texto puede decir lo mismo de usted, con tan sólo buscar a Dios mientras puede ser hallado. Llámele, en tanto está cercano. Busque a Cristo y vivirá, tal y como ocurrió con el hijo pródigo: “Mi hijo muerto era, y ha revivido.”

El pecador está perdido
El hombre en pecado no es descrito únicamente como muerto, sino también como perdido. “Mi hijo… se había perdido, y es hallado” (Lucas 15:24). Cuando el hombre buscó independencia de Dios, murió espiritualmente. Cuando el hombre decidió ir tras el placer olvidándose de Dios, se perdió.
“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).
¿Sabe usted lo que es estar perdido? ¿Alguna vez se ha extraviado en un lugar desconocido? ¡Es algo terrible! Pero estar perdido y no saberlo es todavía peor. Por lo menos en el primer caso la persona está consciente de que necesita resolver su situación. ¿Ha estado alguna vez perdido con una persona que no le gusta pedir ayuda? La persona se empecina en pensar que puede volver a encontrar la ruta de regreso, tornándose la situación cada vez peor.
Así es el hombre en el pecado. Está perdido. Está lejos de Dios y cree que por sí mismo puede tomar el camino al cielo. Lo interesante en la parábola es que el padre habla de su hijo como siendo hallado. Es Dios, y únicamente Él por medio de Su Palabra, quien nos ofrece la orientación y guía para encontrar la vía para llegar al cielo. Si todavía usted no ha encontrado el camino, déjese guiar por la Biblia y encontrará la senda de la vida eterna.
El hijo pródigo estaba vacío. Se encontraba en una situación de hambre y miseria, de locura y muerte; de perdición y esclavitud; pero él no lo sabía. Todo esto era una realidad mucho antes de salir de su casa. El problema no comenzó cuando se fue. Ya de antes la insensibilidad y el egoísmo habían atrapado su corazón, porque estaba perdido y muerto en sus delitos y pecados. Nuestro problema no es únicamente lo que hemos hecho, es lo que somos: pecadores.
Al relatar esta historia, es evidente que Cristo quería impresionar a sus oyentes con la realidad de la maldición y la miseria del pecado. ¿Qué piensa usted de él? No espere que el reloj de la oportunidad le marque las doce. Busque a Cristo antes que se deshaga el hechizo del pecado.
Dios envió al Mesías a buscar y a salvar lo que se había perdido. ¿Lo vino a buscar y a salvar a usted?

Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 11-19). Salvador Gómez Dickson.

CONFIANZA EN DIOS | Proverbios 3:5


Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Proverbios 3:5

INTRODUCCIÓN: Salomón, personaje considerado, aun por la crítica histórico-literaria más radical, como un pensador agudo y de profunda sapiencia en lo relacionado con la naturaleza humana, ha dicho en frases inmortales: «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia» (Pr. 3:5). Sin duda alguna vivimos en un mundo donde impera la más absoluta desconfianza. Hay ocasiones en que la misma está sobradamente justificada. Pues son tantos los engañadores, los charlatanes, que es necesario estar alerta y quizás un poco desconfiados de todo lo que nos dicen. Sin embargo, la historia—la gran maestra de la vida—nos enseña que los hombres que triunfan son los confiados y no los desconfiados. Observando a través de los principios emanados de la experiencia cotidiana y aun de la Palabra de Dios, vemos que en materia de «confianza o fe», hay tres aspectos o facetas distintas.

  1. La confianza en uno mismo: esto es, la confianza en nuestras propias capacidades: en nuestras propias fuerzas, en nuestro valor personal. Sin duda alguna que el ser humano que afronte cualquier tipo de problemas y destierre de su mente la idea de que él es capaz de salir airoso en ciertas circunstancias más o menos convencionales o naturales, estará irremediablemente condenado al fracaso.
    Hay un refrán o adagio que reza: «El triunfo es de los osados». Pues bien, y ¿qué es la osadía, sino la confianza en uno mismo elevada a un grado sumo? Sin duda alguna que elemento de mucha importancia y relieve en la obtención del éxito humano es la confianza en uno mismo.
  2. La confianza en los demás: los grandes señores del éxito han sido hombres y mujeres que, además de confiar en sí mismos, han confiado en los demás (ej.: un general victorioso es un general que puso su confianza en su propia capacidad de estratega y en el valor y coraje de sus soldados; un industrial que tiene éxito es un industrial que además de confiar en su pericia y conocimiento, confía en la capacidad, destreza y habilidad de sus obreros).
    a) Piedra angular en la formación ideológica de un dirigente es la confianza depositada por él en aquellos que lo rodean y que le han servido de sostén y pedestal. Su éxito como jefe estará en proporción directa con su confianza y fe en aquellos que lo rodean.
    b) Ésa es la gran lección de la historia humana. en la raíz de toda empresa noble y honrada que se ha visto coronada por el éxito, ha habido una semilla de fe y confianza de uno para todos y todos para uno que ha florecido y fructificado.
    Ahora bien, si importante para el éxito en toda empresa humana es la confianza en uno mismo y en los demás, no es menos cierto que tanto en estos menesteres como en los problemas relacionados con la naturaleza inherente al ser humano, depende fundamentalmente de que depositemos nuestra confianza en Dios para que seamos recompensados con el éxito. Aunque muchos crean lo contrario, es absolutamente cierto que en los problemas del alma y del espíritu fallan de manera ridícula los dos aspectos primarios del tema en cuestión. La capacidad del hombre está limitada intrínsecamente a lo exterior, corpóreo y material; pero el hombre se encuentra incapacitado para resolver por sí mismo los graves y apremiantes problemas de su malparada naturaleza espiritual. Y es aquí, precisamente, a donde queríamos llegar. Únicamente cuando el hombre, sobreponiéndose a sus propios fracasos, se levanta y va y deposita a los pies del Trono de la Gracia su confianza en el Autor y Sustentador de la vid, estará en vías de ser restaurado y de vislumbrar en el futuro, el disfrute a plenitud de los grandes valores espirituales y éticos de que Dios le hizo depositario, desde el mismo instante en que alentó vida en su nariz.
  3. Confianza en Dios: he ahí la fórmula capaz de erradicar los males, cada vez mayores, de una humanidad descreída y desorientada …
    a) Confianza, seguridad y fe en que Dios escuchará nuestra oración, si implorantes y humillados acudimos ante él. Certeza de que el sacrificio de Jesucristo hace veinte centurias en el madero del Calvario, es perfectamente capaz de salvarnos, precisamente porque «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos».
    b) Confianza en que Dios cumplirá sus promesas de redención para la raza de Adán, sí sólo miramos al Cristo de la cruz.
    c) Confianza en que Dios ha edificado su iglesia sobre la Roca inconmovible de los siglos, Cristo Jesús y en que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
    d) Confianza en que Dios nos habrá de librar lo mismo del horno de fuego que del foso de los leones.
    e) Confianza en que Dios es Amor, y por lo tanto capaz de tener compasión por nosotros y ser propicio a nuestro pecado.
    CONCLUSIÓN: «Fíate de Jehová en todo tu corazón», ha dicho Salomón. Y Jehová te ungirá con el óleo santo de la paz y la vida eterna.

Vila, S. (2001). 1000 bosquejos para predicadores (pp. 744-745). Editorial CLIE.

Cuando Dios nos pide esperar | Charles Stanley

Los retrasos pueden ser agonizantes, pero Dios tiene una visión panorámica de todo, y su tiempo es perfecto. En este práctico mensaje, el Dr. Stanley nos habla de seis cosas que necesitamos para recibir lo mejor de Dios en cada situación.

Conocer los principios bíblicos es esencial para caminar en los pasos de Dios como Él desea.

Uno de los principios más importantes es obedecer al Señor y dejar todas las consecuencias en sus manos. Y junto a este, también hay otro igual de transcendental, el cual nos enseña a esperar por el tiempo del Señor. Obedecer a Dios no solo implica hacer su voluntad, sino también obrar en su tiempo y de la manera que nos indique hacerlo.

Para mantenernos en el centro de la voluntad perfecta de Dios, debemos evitar adelantarnos a su tiempo.

Aunque no siempre es fácil esperar en el Señor, no fallaremos si con paciencia le dejamos guiarnos de acuerdo a su tiempo. Si nos adelantamos, caeremos en problemas; pero si confiamos en su dirección, nos guiará hacia su voluntad y hará más de lo que esperábamos.

Antes de tomar una decisión rápida y avanzar, en vez de esperar en el tiempo de Dios, prestemos atención a las palabras del Salmo 27.14: “Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová”.

El tiempo de Dios no solo es bueno, sino perfecto.

Es Omnisciente y conoce cada aspecto del pasado, del presente y del futuro. El Señor ve cada área de nuestra vida; conoce todas nuestras necesidades y deseos. Comprende lo que es mejor para nosotros. Su plan divino para nuestra vida siempre es perfecto y cumple su buena voluntad.

En cambio, casi siempre estamos apurados para obtener lo que deseamos. Como poseemos un conocimiento limitado, debemos orar y esperar a que el Señor nos muestre el camino a seguir. Pero, en nuestra prisa por avanzar, casi siempre tomamos decisiones sin pedirle a Dios que nos muestre su tiempo perfecto para ese aspecto de nuestra existencia.

Sin embargo, el Señor ha provisto todo lo que necesitamos para obedecerlo. Al salvarnos, su Espíritu vino a morar a nuestra vida para siempre. Una de las responsabilidades del Espíritu Santo es guiarnos de acuerdo a la voluntad y a la Palabra de Dios. Nos advierte acerca de los caminos equivocados y nos exhorta para que hagamos lo correcto, pues no tenemos la capacidad para tomar decisiones sabias por nosotros mismos.

Cuando Dios dice que debemos esperar, eso es exactamente lo que desea que hagamos.

Así que debemos aprender a escucharlo y a seguir su dirección, en vez de tomar nuestras propias decisiones. Si nos acostumbramos a escucharlo en todo momento, estaremos listos para oírle cuando necesitemos ser guiados en situaciones difíciles. El Señor promete en su Palabra que contestará nuestras oraciones y dirigirá nuestro andar; aunque a veces debemos esperar a que nos muestre el camino. Aunque quizás deseamos una respuesta inmediata, Dios, por su amor y omnisciencia, conoce lo que es mejor para nosotros hoy y en el futuro, pues su perspectiva es eterna.

¿Cuáles son los requisitos para esperar en Dios?

• Fe. Si comprendemos quien es Dios, confiaremos en Él, pues sabe más que nosotros y su tiempo es siempre perfecto. No nos priva de nada, sino que hace lo que es mejor para nuestra vida, de acuerdo a su conocimiento y sabiduría. Nos invita a pedir, a buscar y a llamar en oración, y promete respondernos de acuerdo a su divino propósito y a su tiempo perfecto (Mt 7.7).

Por tanto, no debemos pensar que, si su respuesta no llega de manera inmediata, significa que no nos dará lo que le hemos pedido. Por el contrario, tenemos que recordar el poder, la sabiduría, el amor y el conocimiento de Dios, confiar en que tiene el control de toda situación y que nos dará lo que es bueno. Si su provisión no llega inmediatamente, es porque no la necesitamos, o porque no es bueno para nosotros, o no es el tiempo adecuado para recibirla.

• Paciencia. El Salmo 37.7 enseña: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres…”. Tener que esperar puede causar ansiedad e impaciencia, pues cuando lo hacemos pareciera que Dios no hiciera nada. Sin embargo, debemos recordar que nos ama y ofrece dirección, provisión, ayuda y fortaleza durante el tiempo de espera.

Cuando David fue ungido como rey de Israel siendo aún adolescente, no sabía que tendría que esperar más de doce años antes de que esa promesa se hiciera realidad. Lo que parecía como un tiempo perdido era parte del plan perfecto que Dios tenía con su vida. El Señor no estaba perjudicando a David con ese retraso, lo estaba ayudando.

• Valentía. Cuando una oferta u oportunidad parece buena, se requiere de gran valor para esperar en Dios, pues quizás tendremos que rechazarla. Aunque los demás no comprendan nuestra decisión y nos insten a proseguir, si esto no está de acuerdo al tiempo y a la voluntad del Señor, no debemos tomar la decisión equivocada. No podemos entender las dificultades que tendremos que enfrentar si avanzamos en desobediencia, en vez de esperar con paciencia y valor hasta que Dios nos muestre el camino a seguir.

• Determinación. Como la influencia de otros tiene un efecto poderoso en nuestra vida, se requiere de fortaleza para esperar en el Señor. Aunque la situación parezca buena, si el Espíritu Santo nos advierte, debemos cambiar de parecer para obedecerlo y no dejarnos guiar por los consejos de otras personas.

• Fortaleza. Si nos sentimos tentados a adelantarnos a Dios, debemos recordar que el Todopoderoso es la fuente de nuestra fuerza y quien provee el poder que necesitamos para esperar con paciencia. Además, es Dios quien puede cambiar los deseos de nuestro corazón para alinearlos con su voluntad y darnos pasión para obedecerlo.

• Perseverancia. Si el Señor nos llama a esperar, necesitamos perseverar para mantenernos firmes cuando otros den sus opiniones y ofrezcan sugerencias sobre lo que debemos hacer.

Aunque el mundo está lleno de ofrecimientos tentadores y muchos se apresuran para decirnos cómo debemos vivir, solo hay un Ser superior al que debemos escuchar, y es el Señor. Nuestra responsabilidad es obedecer y dejar las consecuencias en sus manos. Andar en la voluntad de Dios es la mejor decisión que podemos tomar. Aunque no recibiremos todo lo que anhelamos de acuerdo con nuestros planes, no nos perderemos las bendiciones del Señor, las cuales sí concuerdan con el tiempo y la voluntad de Dios. Por tanto, en todo momento debemos buscar la sabiduría de Dios en oración, mientras esperamos por su dirección y observamos cómo obra en nuestra vida.

REFLEXIÓN

¿Desea hacer la voluntad de Dios por encima de todo, aunque eso signifique que no le dará lo que desea, ni lo hará en el tiempo que esperaba recibirlo? De no ser así, ¿qué le impide confiar en el Señor?

¿Qué peticiones espera que Dios le conteste? ¿Cuáles de los atributos del Señor le asegura que obra a su favor cada día?

Fuente: https://www.encontactoglobal.org/vea/sermons/cuando-dios-nos-pide-esperar