El viejo evangelio para el nuevo siglo

El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano


El viejo evangelio para el nuevo siglo

NO. 2708
Sermón predicado el Domingo 5 de Diciembre, 1880

por Charles Haddon Spurgeon

En el Tabernáculo Metropolitano, Newington

“Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.” — Mateo 11:28

Sin duda, ustedes han escuchado ya muchos sermones que han tenido como base este texto. Yo mismo lo he utilizado no sé cuántas veces; sin embargo, no las veces suficientes como quisiera hacerlo si Dios me presta vida. Este versículo es una de aquellas grandes e inagotables fuentes de salvación de las que podemos extraer un contenido de manera permanente, sin que lleguen a extinguirse. Un proverbio nuestro dice: “las fuentes probadas son las más dulces”, y entre más hurguemos en un texto como éste, se tornará más dulce y lleno de significado.

En esta ocasión, voy a utilizar este versículo de una manera especial para extraer un solo punto de su enseñanza. Podría hablar, si así lo quisiera, del reposo que Jesucristo da al corazón, a la mente y a la conciencia de aquellos que creen en Él. Éste es el reposo, éste es el refrigerio que encuentran aquellos que vienen a Él, ya que podemos leer en el texto: “yo los refrescaré” o “yo los aliviaré”. Tendría un tema muy dulce si hablara acerca del maravilloso alivio, del divino refrigerio, del bendito reposo que llega al corazón cuando hay fe en Jesucristo. ¡Que todos ustedes experimenten esa bendición, queridos amigos! ¡Que su reposo y su paz sean muy profundos! ¡Que no sea un descanso fingido, sino un descanso que resista las pruebas y los escrutinios! ¡Que su reposo sea duradero! ¡Que su paz sea como un río que nunca deja de correr! ¡Que su paz sea siempre una paz segura, no una paz falsa, cuyo fin es la destrucción! ¡Que sea una paz verdadera, sólida, justificable, que resista durante toda su vida y que al fin se diluya en el reposo de Dios, a Su diestra, por toda la eternidad! ¡Bienaventurados los que descansan así en Cristo! Esperamos contarnos entre ellos; y si es así, que podamos penetrar de manera más profunda en su glorioso reposo.

También podría hablar, queridos amigos, acerca de las diversas maneras en las que el Señor da descanso a los creyentes; podría dirigirme especialmente a algunos de ustedes que, siendo creyentes, no consiguen obtener el descanso prometido. Algunos de nosotros nos afanamos con las cosas de este mundo o somos atribulados por nuestros propios sentimientos; nos encontramos perplejos y sacudidos de acá para allá por dudas y temores. Deberíamos estar descansando, ya que “los que hemos creído, sí entramos en el reposo”. El reposo nos corresponde por derecho: “Siendo justificados por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”; pero, por alguna razón u otra, algunos de los que son así justificados no parecen alcanzar esta paz, ni gozar del reposo como deberían. Tal vez, mientras hablo, puedan encontrar la causa por la que no obtienen la paz y el reposo que deberían tener. Ciertamente, nuestro Señor Jesucristo, cuando pronunció las palabras de nuestro texto, no le habló a un grupo en particular. A todos los que están fatigados y cargados, ya sean cristianos maduros o gente inconversa, Él dice: “Venid a mí, y yo os haré descansar.” Ciertamente me gozaré si, como resultado de mi sermón, algunos que están tensos y quejumbrosos tal vez, con un espíritu decaído y un corazón oprimido, vienen nuevamente a Cristo, acercándose a Él una vez más, entrando en contacto nuevamente con Él, y así encuentran descanso para sus almas. Entonces será doblemente dulce estar sentado a la mesa de la comunión, descansando en todo momento, reposando y festejando, no de pie, con los lomos ceñidos y con el báculo en la mano, como lo hicieron quienes participaron de la Pascua en Egipto, sino más bien reposando, como lo hicieron quienes participaron de la última cena, cuando el Maestro estaba reclinado en medio de sus apóstoles. Por tanto, que sus cabezas reposen espiritualmente sobre Su pecho y que sus corazones encuentren refugio en sus heridas, mientras le oyen decir: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.”

Sin embargo, no es acerca de esa verdad en particular sobre la que les hablaré hoy. Quiero tomar solamente este pensamiento: la gloria de Cristo, de manera que Él nos pueda decir algo así; el esplendor de Cristo, para que sea posible que Él diga: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.” Estas palabras, salidas de la boca de cualquier otro ser humano, serían ridículas, llegando hasta la blasfemia. Pensemos en el poeta más inspirado, en el más grande filósofo, el rey más poderoso, pero ¿quién, aun con el alma más grande, se atrevería a decir a todos los que están fatigados y cargados en toda la raza humana: “Venid a mí, y yo os haré descansar”? ¿Dónde hay alas tan anchas que puedan cubrir a toda alma entristecida, excepto las alas de Cristo? ¿Dónde hay una bahía con la capacidad suficiente para albergar a todos los navíos del mundo, para refugiar a cada barco sacudido por la tempestad que alguna vez haya surcado el mar? ¡Dónde sino en el refugio del alma de Cristo, en quien habita toda la plenitud de la Deidad y, por lo tanto, en quien hay espacio y misericordia suficientes para todos los atribulados hijos de los hombres!

¡Ése será, entonces, el sentido de mi mensaje¡ ¡Que el Espíritu de Dios por su gracia me ayude a presentarlo!

I. Primeramente, fijemos nuestra atención en LAS PERSONALIDADES DE ESTE LLAMADO: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.” Si escudriñamos el texto cuidadosamente, notarán que hay una doble personalidad involucrada en el llamado. Es: “Venid todos lo que… -venid todos los que…- a mí; y yo daré descanso a ustedes.” Se trata de dos personas que se aproximan entre sí, una otorgando y la otra recibiendo el descanso; pero no es, de ninguna manera, una ficción, un producto de la imaginación, un fantasma, un mito. Son ustedes, ustedes, USTEDES, que están realmente fatigados y cargados, y que, por lo tanto, son seres reales, dolorosamente conscientes de su existencia; son ustedes quienes deben de ir a otro Ser, que es tan real como ustedes mismos, Uno que es un ser tan viviente como ustedes son seres vivientes. Es Él quien les dice a ustedes: “Venid a mí, y yo os haré descansar.”

Queridos amigos, quiero que tengan una convicción muy clara de su propia personalidad; porque, a veces, da la impresión de que a la gente se le olvida que son individuos distintos de todo el mundo. Si se regalara una moneda de oro, y su sonido se escuchara a la distancia, la mayoría de los hombres estarían conscientes de su propia personalidad, y cada quien miraría por sí mismo, y trataría de obtener el premio; pero a menudo encuentro, en relación con las cosas eternas, que los hombres parecen perderse en la multitud y piensan en las bendiciones de la gracia como una suerte de lluvia general que puede caer en los campos de todos de manera igual, pero no necesariamente esperan la lluvia en su propia parcela, ni desean obtener una bendición específica para sí. Entonces, pues, ustedes, ustedes, USTEDES, que están fatigados y cargados, despiértense. ¿Dónde están? El llamado del texto no es para su hermana, su madre, su esposo, su hermano o su amigo, sino para ustedes: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.”

Bueno, ahora que se han despertado y sienten que son una personalidad distinta de todos los demás en el mundo, sigue el punto de mayor importancia de todos: ustedes tienen que ir a otra Personalidad. “Venid a mí” -dice Cristo- “y yo os haré descansar.” Aquí les pido que admiren la maravillosa gracia y la misericordia de este arreglo. De acuerdo con las palabras de Cristo, ustedes obtendrán la paz del corazón, no al venir a una ceremonia o a una ordenanza, sino a Cristo mismo: “Venid a mí.” Ni siquiera dice: “Venid a mi enseñanza, a mi ejemplo, a mi sacrificio”, sino “Venid a mí.” Es a una Persona a quien deben ir, a esa misma Persona que, siendo Dios e igual que el Padre, se despojó de sus glorias y asumió cuerpo humano,

“primeramente para, en nuestra carne mortal, servir;
y después, en esa misma carne, morir.”

Y ustedes deben ir a esa Persona; debe haber una cierta acción de parte de ustedes, el movimiento de ustedes hacia Aquel que les llama: “Venid a mí”, un movimiento que se aleja de toda otra base de confianza o puerta de esperanza, hacia el que llama como la Persona que Dios ha designado y ungido para que sea el único Salvador, el gran depósito de gracia eterna, en quien el Padre ha querido que habite toda la plenitud. ¡Oh hombre glorioso, oh glorioso Dios, que puede hablar así con autoridad, y decir: “Venid a mí, y yo os haré descansar”! Les suplico que hagan a un lado cualquier otro pensamiento, excepto el de Cristo viviendo, muriendo, resucitando y subiendo a la gloria, ya que Él les señala, no la casa de oración, ni el trono de gloria, ni el baptisterio, ni la mesa de la comunión; ni siquiera las cosas más santas y sagradas que Él ha ordenado para otros propósitos; ni siquiera al Padre mismo, ni al Espíritu Santo, sino que dice: “Venid a mí.” Aquí debe empezar su vida espiritual, a Sus pies; y aquí debe ser perfeccionada su vida espiritual, en Su pecho, ya que Él es a la vez el Autor y el Consumador de la fe. Adoremos a Cristo, en cuya boca estas palabras son tan adecuadas y llenas de significado; no puede ser menos que divino quien así se expresa: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.”

II. Ahora, en segundo lugar, quiero que se den cuenta de LA MAGNANIMIDAD DEL CORAZÓN DE CRISTO, manifiesta en el texto: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.”

Dense cuenta, primero, de la magnanimidad de su corazón al destacar a aquellos verdaderamente necesitados para hacerlos objeto de su llamado amoroso. ¿Alguna vez se han dado cuenta del cuadro que el Señor ha dibujado mediante estas palabras? “Todos los que están fatigados.” Ésa es la descripción de una bestia que tiene un yugo sobre su cuello. Los hombres pretenden encontrar placer al servicio de Satán, y le permiten que unza su yugo sobre sus cuellos. Seguidamente tienen que trabajar y batallar y sudar en lo que ellos denominan placer, sin encontrar descanso ni contentamiento en ello; y entre más trabajan al servicio de Satanás, más se incrementa su trabajo, ya que él utiliza aguijada y látigo, y siempre los está impulsando a esfuerzos renovados. Ahora, Cristo dice a esas personas que son como animales de carga: “Venid a mí, y yo os haré descansar.”

Pero ellos se encuentran en una peor condición de la descrita, pues no solamente trabajan, como el buey en el arado, sino que también llevan una carga muy pesada. Muy pocas veces sucede que los hombres convierten a un caballo o a un buey simultáneamente en una bestia de tiro y de carga, pero así es como el diablo trata al hombre que se convierte en su siervo. Satanás lo engancha a su carroza y lo obliga a arrastrarla, y luego salta sobre sus espaldas y cabalga como un jinete. Así que el hombre trabaja y está severamente cargado, ya que tiene que arrastrar el carro y llevar al jinete. Tal hombre se fatiga en pos de lo que él llama placer, y, al hacerlo, el pecado salta sobre su espalda, y luego le sigue otro pecado, y luego otro, hasta que pecados sobre pecados lo aplastan contra el suelo, pero aun así tiene que continuar arrastrando y jalando con toda su fuerza. Esta doble carga es suficiente para matarle; pero Jesús lo mira con piedad, viéndolo fatigado bajo la carga del pecado y trabajando para obtener placer en el pecado, y le dice: “Ven a mí, y yo te haré descansar.”

¿Cristo quiere a las bestias de tiro del diablo, aun cuando ya se han desgastado al servicio de Satanás? ¿Quiere persuadirlas de abandonar a su viejo amo para que vengan a Él? ¿A estos pecadores que sólo están cansados del pecado porque ya no pueden encontrar fuerzas para seguir pecando, o que no se sienten cómodos, puesto que ya no disfrutan del placer que antes encontraban en la maldad, Cristo los llama a venir a Él? Sí, y una muestra de la magnanimidad de Su corazón es Su deseo de dar descanso a aquellos grandemente fatigados y cansados.

Pero la magnanimidad de Su corazón se comprueba en el hecho de que invita a todos esos pecadores a venir a Él; a todos esos pecadores, repito. ¡Cuánto significado contiene esa pequeña palabra: “todos”! Creo que, generalmente, cuando un hombre usa grandes palabras dice pequeñas cosas; y cuando usa palabras pequeñas, dice grandes cosas; y, ciertamente, las pequeñas palabras de nuestro idioma son usualmente las que tienen mayor significado. ¿Cuál es el significado de esta pequeña palabra, “todos”, o, más bien, qué es lo que excluye? Y Jesús, sin limitar su significado, dice: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados.” ¡Oh magnificencia del amor y de la gracia de Cristo, que invita a todos a venir a Él! Y más aún, invita a todos a venir de inmediato. “Vengan todos conmigo” -dice Él- “todos los que están fatigados y cargados; vengan en una multitud, vengan en grandes masas; vuelen a mí como una nube, como palomas a sus ventanas.” Nunca serán demasiados los que vengan a Él y le hagan sentir satisfecho; Él dice: “Entre más, más contento.” El corazón de Cristo se regocija por todas las multitudes que vienen a Él, porque ha hecho una gran fiesta, y ha invitado a muchos, y sigue enviando a Sus siervos a decir: “Aún hay espacio; por tanto, venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados.”

Recordemos, también, que la promesa de Cristo está dirigida personalmente a cada uno de estos pecadores. Cada uno de ellos vendrá a Él y Él dará el descanso a cada uno. A cada uno que está fatigado y cargado, Jesús le dice: “Si tú vienes a mí, Yo, Yo mismo te daré descanso; no te enviaré al cuidado de mi siervo, el ministro, para que te cuide, sino que yo mismo haré todo el trabajo y te haré descansar.” Cristo no dice: “Te llevaré a mi palabra, y allí encontrarás alivio.” No; más bien dice: “Yo, una Persona, te daré descanso a ti, una persona, por medio de un claro acto mío, si tú deseas venir a Mí.”

Ese trato directo de Cristo con las personas es ciertamente bendito. Tennyson es autor de un poema que es, para mí, el más dulce de todos los que escribió. Tiene que ver con una niña que fue hospitalizada y que sabía que debía ser operada, con gran riesgo de su vida. Así que ella le preguntó a su compañera de la cama contigua qué debía hacer. Su compañera le dijo que le contara todo a Jesús y le pidiera que la cuidara. Entonces la niña preguntó: “Pero, ¿cómo me podrá conocer Jesús?” Las dos niñas estaban confundidas porque había muchísimas hileras de camas en el hospital infantil, y además pensaban que Jesús estaba tan ocupado, que no sabría cuál niña le había pedido que la cuidara. Entonces acordaron que la niña pusiera sus manos fuera de la cama, para que cuando Jesús las viera, supiera que ella era la niña que lo necesitaba. La escena, tal como el poeta la describe, es conmovedora. Al relatarla le quito algo de su encanto, pues, por la mañana, cuando los doctores y las enfermeras se paseaban por el pabellón, se dieron cuenta de que Jesús había estado allí y que la niña había ido a Él sin necesidad de la operación. Él la había cuidado de la mejor manera posible; y allí estaban sus manitas, extendidas fuera de la cama.

Bien, nosotros ni siquiera tenemos que hacer eso, puesto que el Señor Jesús nos conoce a cada uno, y Él vendrá personalmente a cada uno de nosotros, y nos hará descansar. Aunque es muy cierto que tiene mucho que hacer, aún puede decir: “Mi Padre hasta ahora trabaja; también yo trabajo”, ya que el universo entero se mantiene en funcionamiento por su fuerza omnipotente, y Él no olvidará a ninguno que venga a Él. De igual manera que una persona con abundantes alimentos puede decir a una gran multitud de hambrientos: “Vengan conmigo, y yo les daré alimento a todos”, de la misma manera Cristo sabe que en Sí mismo tiene el poder para dar descanso a cada alma fatigada que venga a Él. Tiene absoluta certeza de ello, por lo que no dice: “Ven a mí, y haré todo lo que esté de mi parte contigo” o “si me esfuerzo, tal vez pueda hacerte descansar”. ¡Oh, no; sino que Él dice: “Ven a mí, y yo te haré descansar”! Es algo que se da por sentado en Él, ya que, déjenme decirles, ha ejercitado Su mano en millones de personas, y no ha fallado ni una sola vez, por lo que habla con un aire de sólida confianza. Estoy seguro, tal como mi Señor lo estaba, que si hay alguien aquí entre ustedes que quiera venir a Él, Él puede dar y dará descanso a su alma. Él habla con la conciencia de poseer todo el poder requerido, y con la absoluta certeza de que puede realizar el acto requerido.

Porque, fíjense, Jesús promete sabiendo todo de antemano acerca de los casos que describe. Él sabe que los hombres están fatigados y cargados. No hay dolor en el corazón de alguien aquí presente, que Jesús no conozca, porque Él lo sabe todo. Los pensamientos de ustedes pueden estar retorcidos de muchas maneras, y todos sus métodos de juicio pueden parecer un laberinto, un rompecabezas que, según creen ustedes, nadie puede descifrar. Pueden estar sentados aquí diciéndose: “Nadie me entiende, ni siquiera yo mismo. Me encuentro atrapado en las redes del pecado, y no veo ninguna forma de escapar. Estoy perplejo más allá de toda posibilidad de liberación.” Te digo, amigo mío, que Cristo no habla sin sentido cuando dice: “Ven a mí, y yo te haré descansar.” Él puede seguir el hilo a través de la madeja enmarañada y puede extraerlo en línea recta. Él puede seguir todas las torceduras del laberinto hasta llegar a su propio centro. El puede quitar la causa de tu problema, aunque tú mismo no sepas de qué se trata; y lo que para ti se encuentra envuelto en misterio, un dolor impalpable que no puedes manejar, mi Señor y Salvador sí puede eliminarlo. Él habla acerca de lo que puede hacer cuando da esta promesa, ya que Su sabiduría es tal, que puede percibir las necesidades de cada alma individual, y su poder es lo suficientemente grande para aliviar todas las necesidades; así que Él dice a cada espíritu fatigado y cargado el día de hoy: “Ven a mí, y yo te haré descansar.”

Recordemos también que, cuando Cristo dio esta promesa, Él sabía el número de los que habían de ser incluidos en la palabra “todos”. A pesar de que para nosotros ese “todos” incluye una multitud que ningún hombre puede contar, “el Señor conoce a los que son suyos” y cuando dijo: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar”, no hablaba desconociendo que hay miles y millones y cientos de millones que están fatigados y cargados, y Él se dirigía concretamente a ese vasto conglomerado cuando dijo: “Venid a mí, y yo os haré descansar.”

Queridos amigos, ¿he logrado hacerlos pensar acerca de la grandeza del poder y la gracia del Señor? ¿Los he motivado para que lo adoren? Espero que así sea. Mi propia alma desea postrarse a Sus pies, absorta en la dulce consideración de la grandeza de esa gracia que de tal manera se expresa y que habla con la verdad cuando dice a toda la raza humana en la ruina: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo” -con una certeza absoluta- “os haré descansar.”

No debemos olvidar tampoco que lo que Cristo ha prometido tiene vigencia para todos los tiempos. Aquí tenemos a un hombre hablando que fue “despreciado y desechado por los hombres”. Veámoslo claramente ante nuestros ojos, el hijo del carpintero, el hijo de María, “varón de dolores y experimentado en el sufrimiento”. Sin embargo, Él dijo a los que se congregaban a su alrededor: “Venid a mí, y yo os haré descansar”; pero Él miraba a través de todos los siglos que habrían de venir, y nos habló a nosotros congregados aquí ahora, y luego miró a todas las multitudes de esta gran ciudad, y de este país, y de todas las naciones de la tierra, y dijo: “Venid a mí, y yo os haré descansar.” En efecto, Él dijo: “Hasta que yo venga de nuevo a la tierra, sentado sobre el trono del juicio, prometo que toda alma cargada que venga a Mí encontrará descanso.” Por su multitud, los sufrimientos de los hombres son semejantes a las estrellas del cielo, y los hombres mismos son innumerables. Cuenten, si pueden, las gotas del rocío de la mañana, o las arenas del mar y seguidamente traten de contar a los hijos de Adán desde el principio del tiempo; pero, nuestro Señor Jesucristo, hablando a la vasta multitud de hijos de los hombres que están fatigados y cargados, les dice: “Venid a mí; venid a mí; porque el que a mí viene jamás lo echaré fuera; y al que viene a mí, yo le daré descanso para su alma.”

Muestra, también, la grandeza del poder y la gracia de Cristo cuando recordamos a los muchos que han comprobado que esta promesa es verdadera. Ustedes saben que a través de todos estos siglos hasta ahora, ninguna alma fatigada y cargada ha venido a Cristo en vano. Aun en los últimos confines de la tierra, no se ha encontrado un criminal tan vil, o un alma totalmente encerrada en el calabozo de la Gigante Desesperación, que al venir a Cristo no haya recibido el descanso prometido y, por lo tanto, Cristo ha sido engrandecido.

III. Ahora consideremos juntos, por unos minutos, la SIMPLICIDAD DE ESTE EVANGELIO.

Jesucristo dice a todos los que están fatigados y cansados: “Venid a mí, y yo os haré descansar.” Esta invitación implica un movimiento, un movimiento de algo a algo. Ustedes son invitados a alejarse de todo aquello en lo que han venido poniendo su confianza, y a caminar hacia Cristo y confiar en Él; y en cuanto lo hagan, Él les dará el descanso. ¡Cuán diferente es esta simplicidad, de los sistemas complejos que los hombres han establecido! Pues, de conformidad con las enseñanzas de ciertos hombres, para ser cristianos y para seguir todas las regulaciones del culto, necesitan tener una pequeña biblioteca de consulta para saber a qué hora hay que encender las veladoras, y cómo mezclar el incienso, o la manera adecuada de usar el velo, y adónde deben voltear al decir cierta oración, y a qué otro lugar deben de voltear al decir otra, y si su entonación o su canto o su murmullo será aceptable a Dios.¡Oh queridos, queridos, queridos! Toda esta compleja maquinaria inventada por el hombre (el así llamado “bautismo” en la infancia, la confirmación en la juventud, “tomar el sacramento”, como algunos lo llaman) es un maravilloso abracadabra, lleno de misterio y falsedad y engaño; pero, de acuerdo con la enseñanza de Cristo, el camino a la salvación es solamente éste: “Venid a mí, y yo os haré descansar.” Y si tú, querido amigo, vienes a Cristo y confías en Él, encontrarás ese descanso y esa paz que Él se complace en otorgar; encontrarás el corazón de la nuez, alcanzarás la esencia y la raíz de todo el asunto. Si tu corazón abandona cualquier otra confianza y sólo está dependiendo en Jesucristo, encontrarás la vida eterna, y esa vida eterna nunca será arrebatada de ti. Por tanto, no esperes para gozarte en ello.

Y prosiguiendo, esta invitación está en el tiempo presente: “Ven ahora.” No esperes a llegar a casa, sino deja que tu alma se mueva hacia Cristo. Nunca vas a estar en mejor condición para ir a Él de lo que estás ahora; ni estarás en nada peor al venir a Él, a menos que, al posponer el llamado, estés más endurecido y menos inclinado a venir. En este mismo momento necesitas a Cristo; por lo tanto, ve a Él. Si estás hambriento, ésa es ciertamente la mejor razón para comer. Si estás sediento, ésa es la mejor razón para beber. O puede ser que estés tan enfermo que no tengas hambre. Entonces ve a Cristo, y come de las provisiones del Evangelio hasta que se abra tu apetito de esas provisiones. Al pecador que afirma: “no tengo sed de Cristo”, me gusta decirle: “ve y bebe hasta que se abra tu sed”, porque de la misma manera que una bomba de agua no funciona si no le echas líquido primero, así sucede con ciertos hombres. Cuando reciben algo de la verdad en sus almas, aunque pareciera al principio una recepción muy imperfecta del Evangelio, eso les ayudará posteriormente a ansiar más profundamente a Cristo y a sentir un gozo más intenso de las bendiciones de la salvación.

De todas maneras, Cristo dice: “Ven ahora”, y Él dice de manera implícita: “Ven, tal como eres”. Tal como son, vengan a mí, todos los que están fatigados y cansados, y yo les haré descansar. Si ustedes trabajan, entonces, antes de lavar sus manos mugrosas, vengan a mí, y yo les haré descansar. Si ustedes están débiles y cansados, y al borde de la muerte, mueran en mi pecho; porque para eso han venido a mí. No venimos a Cristo cuando ejercitamos nuestro propio poder de venir, sino cuando nos olvidamos de nuestro deseo de permanecer alejados de Él. Cuando el corazón se rinde, suelta todo aquello que está sosteniendo, y se arroja a las manos de Cristo; es en ese momento que se realiza el acto de fe, y es a ese acto que Cristo los invita cuando dice: “Venid a mí, y yo os haré descansar.”

“Bien” -dice alguno- “yo nunca he entendido el Evangelio; siempre me ha intrigado y me ha dejado perplejo.” En ese caso, voy a tratar de presentártelo de manera muy sencilla: Jesucristo, el Hijo de Dios, vivió y murió por los pecadores, y tú estás invitado a venir y confiar en Él. Confía en Él; depende de Él; echa todo el peso sobre Él; ve a Él y Él te dará descanso. ¡Oh, que por su infinita misericordia Él revele esta sencilla verdad a tu corazón, y que tú estés presto a aceptarla ahora mismo! Yo quiero glorificar a mi bendito Señor, que trajo al mundo un plan de salvación tan sencillo como éste. Hay algunos hombres que parecen rompecabezas, ya que les gusta perderse en dificultades y misterios, y desplegar ante sus oyentes los frutos de su gran cultura y su maravilloso saber. Si su Evangelio es verdadero, es un mensaje exclusivamente para la élite; y muchos tendrían que ir al infierno si ésos fueran los únicos predicadores. Pero nuestro Señor Jesucristo se gloriaba en predicar el Evangelio a los pobres, y es para honra Suya que puede decirse, hasta este día, “no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia”. Es una bendición que haya un Evangelio que se adecua al hombre que no sabe leer, y que también se adapta al hombre que no puede hilvanar dos pensamientos consecutivos, y que se rebaja al hombre cuyo cerebro ha fallado casi completamente a la hora de la muerte; un Evangelio que se adecua al ladrón muriendo en la cruz; un Evangelio tan sencillo que, si sólo hubiera gracia para recibirlo, no requiere de grandes poderes mentales para ser entendido. Bendito sea mi Señor por darnos un Evangelio tan sencillo y simple como éste.

Quiero que presten atención a un punto más, y luego concluyo mi mensaje. Y es éste: LA GENEROSIDAD DEL PROPÓSITO DE CRISTO.

Vengan, amados que aman al Señor, escuchen mientras les repito estas dulces palabras Suyas: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cansados, y yo os haré descansar.” “Yo os haré…” Él no dice: “Vengan a mí y tráiganme algo”, sino “Venid a mí, y yo os haré descansar”. Tampoco expresa: “Venid y haced algo para Mí”, sino “Yo haré algo por ustedes”. Posiblemente éste haya sido su problema, queridos hermanos, que han deseado traer hoy un sacrificio aceptable; y en la escuela dominical, o en alguna otra forma de servicio, han estado tratando de honrarle. Me da gusto, y espero que sigan intentándolo, pero cuídense de no caer en el error de Marta, y “afanarse con mucho servicio”. Por un instante olvídense de la idea de venir a Cristo para traerle algo; vengan ahora, ustedes que están fatigados y cargados, y reciban una bendición de Él, pues ha dicho “yo os haré descansar”. Cristo puede ser honrado cuando ustedes le dan, pero debe ser honrado por lo que Él les da. No hay duda de la bondad de lo que recibirán si vienen a Él; entonces, ahora mismo, no piensen en traerle nada a Él, sino vengan a Él para que puedan recibir de Él.

“Quiero amar a Cristo”, dice uno. Bien, olvídate de eso ahora; más bien trata de sentir cuánto te ama Él. “¡Oh, pero yo quiero consagrarme a Él!” Muy bien, mi querido amigo; pero, mejor ahora piensa cómo se consagró por ti. “¡Oh, pero yo deseo no pecar más!” Muy bien, querido amigo; pero, mejor ahora piensa cómo cargó con tus pecados en su propio cuerpo en el madero. “¡Oh -dice uno-, quisiera tener un frasco de alabastro con un ungüento muy precioso, para ungirle Su cabeza y Sus pies, y que toda la casa se llene de un dulce perfume!” Sí, todo eso está muy bien, pero escucha: Su nombre es un ungüento derramado; si no tienes nada de ungüento, Él tiene; si no tienes nada que traerle a Él, Él tiene abundancia que darte.

Cuando mi querido Señor llama a alguien para que venga a Él, no es para Su propio beneficio que lo llama. Cuando les otorga favores, cuando viene con grandes promesas de descanso, no es un soborno para comprar sus servicios. Es demasiado rico para tener necesidad de los mejores y los más fuertes de nosotros; solamente nos pide, en nuestra gran caridad, que seamos tan amables de recibir todo de Él. Esto es lo más grande que podemos hacer por Dios, estar totalmente vacíos para que su todo pueda verterse en nosotros. Eso es lo que quiero hacer cuando me siente a la mesa de la comunión. Quiero estar sentado allí, sin pensar en nada que pueda ofrecer a mi Señor, sino abrir mi alma, y tomar todo lo que Él quiera darme. Hay momentos en que los tenderos están vendiendo su mercancía, pero también hay momentos en que reciben mercancía, como ustedes saben. Por tanto, ahora, abran la puerta de la gran bodega y dejen entrar todos los bienes. Dejen que Cristo entero entre en su alma.

“No siento” -dice uno- “como si yo pudiera gozar la presencia de mi Señor.” ¿Por qué no? “Porque he estado dedicado intensamente todo el día a su servicio; y ahora estoy tan fatigado y cargado.” Tú eres alguien a quien especialmente llama el Señor a venir a Él. No trates de hacer nada, excepto simplemente abrir tu boca, y Él la llenará. Ven ahora y simplemente recibe de Él, y dale gloria recibiendo. ¡Oh sol, tú alumbras; pero no hasta que Dios te hace brillar! ¡Oh luna, tú alegras la noche; pero no con tu propio brillo, sino sólo con luz prestada! ¡Oh campos, ustedes producen cosechas; pero el gran Agricultor crea el grano! ¡Oh tierra, tú estás llena; pero solamente llena de la bondad del Señor! Todo recibe de Dios, y le alaba cuando recibe. Permítanme que mi cansado corazón se incline quieto bajo la lluvia de amor; permítanme que mi alma cargada descanse en Cristo, y lo pueda alegrar al estar alegre en Él.

¡Dios los bendiga a todos, y que Cristo sea glorificado en su salvación y en su santificación, por causa de Su nombre! Amén.

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Escudriñad las Escrituras

9 de junio

«Escudriñad las Escrituras».

Juan 5:39

La palabra griega traducida aquí por escudriñad significa una escrupulosa, minuciosa, diligente y cuidadosa investigación, como la que efectúan los hombres cuando buscan oro, o los cazadores cuando van inquietos tras la caza. No debemos descansar satisfechos por haber leído uno o dos capítulos de la Biblia, sino que hemos de buscar expresamente, con la vela del Espíritu en la mano, el significado oculto de la palabra. La Sagrada Escritura requiere examen; gran parte de ella solo se puede comprender mediante un estudio cuidadoso. En ella hay leche para los niños, pero hay también carne para los hombres vigorosos. Los rabinos dicen, sabiamente, que hay una montaña de enseñanza en cada palabra; sí, en cada nombre de las Escrituras. Tertuliano exclama: «Adoro la plenitud de las Escrituras». Ninguno que meramente hojee el libro de Dios puede sacar provecho de él; tenemos que cavar y excavar hasta que encontremos el tesoro escondido. La puerta de la Palabra solo se abre con la llave de la diligencia. Las Escrituras demandan investigación: son las Escrituras divinas que llevan el sello y la autorización de Dios. ¿Quién se atreverá a tratarlas con ligereza? El que las menosprecia, menosprecia a Dios que las escribió. No permita Dios que alguno de nosotros deje que su Biblia se convierta en un testigo contra él en el Juicio del gran día. La Palabra de Dios recompensará al que la investigue. Dios no nos ordena zarandear un montón de paja que contiene un grano de trigo aquí y allá, sino la Biblia, que es trigo aventado. Solo tenemos que abrir la puerta del granero y encontrarlo. La Biblia se agranda ante el que la estudia, pues está llena de sorpresas. La Biblia, a semejanza de un amplio templo pavimentado con oro y techado con rubíes, esmeraldas y toda suerte de gemas, brilla bajo la instrucción del Espíritu Santo con esplendor de revelación. No hay mercancía igual a la verdad de las Escrituras. Finalmente, las Escrituras revelan a Jesús. «Ellas dan testimonio de mí». Ningún estímulo más poderoso que este puede presentarse a los lectores de la Biblia: el que halla a Jesús halla la vida, el Cielo y todas las cosas. Feliz el que, escudriñando su Biblia, encuentra a su Salvador.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 169). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Mi siervo eres tú; te escogí»

17 de mayo

«Mi siervo eres tú; te escogí»

Isaías 41:9

Si hemos recibido la gracia de Dios en nuestros corazones, esta tiene que hacernos siervos de Dios. Quizá seamos siervos infieles —en realidad, somos siervos inútiles—; pero, a pesar de todo —¡bendito sea su nombre!— somos siervos suyos que visten su uniforme, se alimentan de su mesa y obedecen sus mandamientos. Nosotros éramos en otro tiempo siervos del pecado; sin embargo, Aquel que nos hizo libres nos admitió en su familia y nos enseñó a obedecer su voluntad. No servimos a nuestro Maestro perfectamente; pero, si pudiésemos hacerlo, ese sería nuestro deseo. Al oír la voz de Dios que nos dice: «Mi siervo eres tú», respondemos como David: «Siervo tuyo soy […] tú has roto mis prisiones» (Sal. 116:16). No obstante, el Señor no solo nos llama siervos, sino elegidos: «Te escogí». Nosotros no hemos sido los primeros en escogerlo a él, sino que él nos escogió a nosotros. Si ahora somos siervos de Dios, no lo fuimos siempre: el cambio debe atribuirse a su divina gracia. Su mirada soberana nos separó, y la voz de su inmutable gracia declaró: «Con amor eterno te he amado». Antes de que el tiempo empezara o el espacio fuera creado, Dios ya había escrito en su corazón los nombres de sus elegidos, los había predestinado a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, y los había constituido herederos de la plenitud de su amor, de su gracia y de su gloria. ¡Qué aliento encontramos en esto! Si el Señor nos ha amado tanto, ¿acaso nos desechará ahora? Él sabía cuán duros de cerviz íbamos a ser; él comprendía que nuestro corazón sería malo; y, sin embargo, llevó a cabo la elección. ¡Ah, nuestro Salvador no es un amante voluble! Él no se siente embelesado solo por algún tiempo con el brillo de los hermosos ojos de su Iglesia, abandonándola luego por su infidelidad. No: él se casó con ella en la remota eternidad, y está escrito de parte del Señor que «él aborrece el repudio» (Mal. 2:16). La elección eterna es un compromiso ideado para nuestra gratitud y para su fidelidad, que ni uno ni otro podemos repudiar.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 146). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Así dice el SEÑOR!

16 de mayo

«Y Él dijo: Así dice el SEÑOR: ‘Haced en este valle muchas zanjas.’ Pues así dice el SEÑOR: ‘No veréis viento, ni veréis lluvias; sin embargo ese valle se llenará de agua y beberéis vosotros y vuestros ganados y vuestras bestias’».

2 Reyes 3:16, 17 (LBLA)

Los ejércitos de los tres reyes perecían por falta de agua; pero Dios estaba a punto de enviarla y, con estas palabras, el Profeta anuncia la bendición que se acerca. Se trataba de un caso de impotencia humana: todos esos hombres valientes no podían conseguir del cielo una sola gota de agua, ni hallarla en los pozos de la tierra. Así también, el pueblo de Dios no sabe, a veces, lo que debe hacer. Ve la futilidad de la criatura y aprende por experiencia dónde debe buscar ayuda. Sin embargo, el pueblo debía prepararse con fe para recibir la bendición divina. Tenían que cavar las zanjas en las cuales el precioso líquido quedaría contenido. La Iglesia, por medio de sus variados instrumentos, esfuerzos y oraciones, debe prepararse para ser bendecida: ha de hacer los estanques y el Señor los llenará. Esto hay que ejecutarlo con fe, en plena seguridad de que la bendición está a punto de descender. Pronto hubo una singular dádiva de la bendición necesitada: no como en el caso de Elías, cuando las nubes derramaron la lluvia, sino que los estanques se llenaron de una forma callada y misteriosa. Dios tiene su propia manera soberana de actuar. Él no está atado a las formas o al tiempo como lo estamos nosotros, sino que actúa entre los hijos de los hombres como él quiere. A nosotros nos corresponde recibir de él con agradecimiento y no dictarle normas. Debemos también observar la extraordinaria abundancia de aquel suministro: hubo suficiente para la necesidad de todos. Así acontece también con la bendición del evangelio: todas las necesidades de la congregación y de la Iglesia entera se verán satisfechas por el poder divino en respuesta a la oración; y, sobre todo, se concederá a los ejércitos del Señor una rápida victoria.

¿Qué estoy haciendo yo por Jesús? ¿Qué zanjas estoy cavando? ¡Oh Señor, prepárame para recibir las bendiciones que tú deseas concederme!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 145). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Hechos perfectos

15 de mayo

«Hechos perfectos»

Hebreos 12:23

Recuerda que hay dos clases de perfección que el cristiano necesita: la justificación perfecta en la persona de Jesús y la santificación perfecta que obra el Espíritu Santo. Al presente, la corrupción aún permanece en el corazón del regenerado; la experiencia pronto nos enseña esta realidad. Dentro de nosotros se encuentran aún las codicias y los malos pensamientos. Sin embargo, me alegra saber que viene el día cuando Dios concluirá la obra que ha comenzado y no solo presentará mi alma perfecta en Cristo, sino también perfecta por el Espíritu: sin mancha, ni arruga ni cosa semejante. ¿Puede ser cierto que mi pobre y pecaminoso corazón llegue a ser santo como Dios es santo? ¿Es posible que este espíritu que frecuentemente clama: «¡Miserable hombre de mí, quién me librará de este cuerpo de muerte!», vaya a quedar libre del pecado y de la muerte, y que ninguna cosa mala perturbe más mis oídos ni pensamiento pecaminoso alguno turbe mi paz? ¡Oh, qué feliz momento! ¡Quiera Dios que llegue pronto! Cuando yo cruce el Jordán, la obra de la santificación quedará terminada; pero, hasta entonces, no pretenderé tener perfección alguna en mí. En aquella hora mi espíritu experimentará su último bautismo en el fuego del Espíritu Santo. Creo que anhelo morir para recibir esa última y final purificación que ha de introducirme en el Cielo. Ningún ángel será más puro que yo; pues podré decir «Soy puro» en doble sentido: por la sangre de Jesús y por la obra del Espíritu. ¡Oh, cómo deberíamos ensalzar el poder del Espíritu Santo que nos ha hecho aptos para estar delante de nuestro Padre en el Cielo! No obstante, que la esperanza de la perfección en el Más Allá no nos haga estar satisfechos con la imperfección presente; pues en ese caso nuestra esperanza no sería genuina, ya que una esperanza verdadera purifica aun ahora. La obra de la gracia tiene que ser permanente en nosotros en este tiempo; de lo contrario tampoco será perfecta después. Pidamos ser «llenos del Espíritu» para que podamos producir más y más los frutos de la justicia.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 144). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Yo soy la rosa de Sarón»

1 de mayo

«Yo soy la rosa de Sarón»

Cantares 2:1

Todo lo que pueda haber de belleza en el mundo material, Jesús lo posee en el mundo espiritual en grado superlativo. Entre las flores, se considera la rosa como la más fragante; pero Jesús es mucho más hermoso en el jardín del alma que la rosa pueda serlo en los jardines de la tierra. Él ocupa el primer lugar como el señalado entre diez mil. Él es el sol, los otros las estrellas. Los cielos y el día resultan oscuros a su lado, porque el Rey, con su belleza, lo sobrepasa todo. «Yo soy la rosa de Sarón»: esta era la mejor y la más inusual de las rosas. Jesús no solo es «la rosa», sino la «rosa de Sarón». Así como él llama «oro» a su justicia, y añade: «Oro de Ofir»; lo mejor de lo mejor. Él es positivamente hermoso y superlativamente el más hermoso. Tiene una variedad de encantos. La rosa es hermosa a la vista y su perfume agradable y refrescante; así también cada uno de los sentidos del alma —el gusto, el tacto, el oído, la vista o el olfato espiritual— hallan su pertinente placer en Jesús. Aun el recuerdo de su amor resulta agradable. Toma la rosa de Sarón, quítale los pétalos uno por uno y guárdalos en el florero de la memoria, y hallarás, mucho después, que cada uno de esos pétalos ha conservado su fragancia y llenado la casa de perfume. Cristo satisface completamente el gusto más refinado de los espíritus más cultos. El más destacado de los aficionados a los perfumes se siente completamente satisfecho con la rosa; y cuando el alma haya llegado a su más alto grado de auténtico deleite, aun entonces se sentirá satisfecha con Cristo. Más aún: estará mejor capacitada para apreciarlo. El Cielo mismo no tiene nada que sobrepase a la rosa de Sarón. ¿Qué emblema puede exponer plenamente su belleza? El lenguaje humano y las cosas terrenales son insuficientes para revelar a Jesús. Los más exquisitos encantos de la tierra, todos juntos, reflejan débilmente su valiosísimo carácter. ¡Bendita rosa, florece tú en mi corazón para siempre!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 130). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«La casa de Israel es dura de frente y obstinada de corazón»

28 de abril

«La casa de Israel es dura de frente y obstinada de corazón»

Ezequiel 3:7

¿No hay excepciones? No, ninguna: aun al pueblo favorecido se lo describe así. ¿Son los mejores tan malos? Entonces, ¿cómo serán los peores? Ven, corazón mío, piensa hasta dónde participas de esta acusación universal. Y mientras consideras esto, prepárate para avergonzarte de ti mismo acerca de aquello en lo que hayas podido hacerte culpable. El primer cargo es el de desvergüenza o dureza de frente: falta de santo recato, impía audacia para el mal… Antes de mi conversión, yo podía pecar sin sentir remordimiento, oír hablar de mi pecado sin humillarme y aun confesar mi iniquidad sin sentirme pesaroso. Un pecador impenitente que vaya a la casa de Dios y pretenda orar al Señor y alabarlo, revela un rostro endurecido de la peor especie. ¡Ay!, desde el día de mi nuevo nacimiento he dudado de mi Señor en su presencia, he murmurado delante de él sin avergonzarme, lo he adorado negligentemente y he pecado sin llorar por haberlo hecho. Si mi frente no fuera como un diamante, más dura que un pedernal, tendría más santo temor y una contrición de espíritu más profunda. ¡Ay de mí!, soy uno de los desvergonzados de la casa de Israel. El segundo cargo es el de obstinación de corazón. No debo atreverme a fingir inocencia sobre este particular. En otro tiempo tenía un corazón de piedra; y aunque ahora, por medio de la gracia, cuento con un corazón nuevo que es de carne, mucha de mi antigua obstinación permanece aún en mí. No me siento afectado por la muerte de Jesús como debiera; ni conmovido, como sería de esperar, por la perdición de mis semejantes, por la maldad de los tiempos, por el castigo de mi Padre celestial o por mis propios fracasos. ¡Ojalá que mi corazón se derritiera ante el relato de los sufrimientos y de la muerte de mi Salvador! Dios quiera que pueda librarme de esta piedra de molino que tengo dentro, de este odioso cuerpo de muerte. No obstante —bendito sea el nombre del Señor—, la enfermedad no resulta incurable: la preciosa sangre del Salvador es el disolvente universal y a mí, sí a mí, me ablandará de veras hasta que mi corazón se derrita como lo hace la cera delante del fuego.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 127). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Quisiéramos ver a Jesús»

17 de abril

«Quisiéramos ver a Jesús».

Juan 12:21

El clamor del mundano es siempre: «¿Quién nos mostrará el bien?». Él busca satisfacción en las comodidades, los goces y las riquezas terrenales. No obstante, el pecador transformado conoce un solo bien: «¿Quién me diera dónde hallarlo?». Cuando el pecador está realmente tan despierto como para sentir su pecado, si volcases a sus pies el oro de la India, diría: «Quítalo de mi vista. Yo quiero hallarle a él». El enfocar los deseos en un punto, de suerte que estos se concentren en determinado objeto, es una bendición. Cuando el hombre tiene cincuenta deseos, su corazón se parece a un lago de aguas estancadas convertidas en pantano, las cuales producen miasmas y pestilencia. Sin embargo, si se llevan todos esos deseos a un canal, el corazón de la persona se transforma en un río de aguas puras que corren rápidamente para fertilizar los campos. Dichoso el que tiene un solo deseo, si el mismo está centrado en Cristo, aunque dicho deseo quizá aún no se haya cumplido. El que Jesús sea el deseo de nuestra alma es buena señal de la obra divina interior. Tal persona nunca estará satisfecha con meras ceremonias, sino que dirá: «Yo necesito a Cristo, y debo tenerlo; las simples ceremonias no me servirán de nada. Yo lo necesito a él mismo. No me ofrezcáis, pues, estas cosas. Vosotros me ofrecéis el cántaro vacío, cuando yo me estoy muriendo de sed. Dadme agua o me muero. Jesús es el deseo de mi alma. Yo quisiera ver a Jesús».

¿Es esta, lector, tu condición en este momento? ¿Albergas tú un solo deseo y este tiene por objeto a Cristo? Entonces no estás lejos del Reino de los cielos. ¿Hay solamente un deseo en tu corazón, y es el de ser lavado de todos tus pecados en la sangre de Jesús? ¿Puedes decir realmente: «Daría cuanto tengo por ser cristiano; renunciaría a todo lo que poseo y a cada cosa que espero, si tan solo pudiese sentir que tengo parte en Cristo»? Entonces, a pesar de todos tus temores, anímate: el Señor te ama y pronto llegarás a la luz del día, y te regocijarás en la libertad con que Cristo hizo libres a los hombres.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 116). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Susténtales para siempre»

15 de abril

«Susténtales para siempre».

Salmo 28:9

El pueblo de Dios necesita que lo sustenten. Es, por naturaleza, muy pesado. No tiene alas; o, si las tiene, son semejantes a aquella paloma echada entre los tiestos: necesita de la gracia divina para remontarse con alas «cubiertas de plata y sus plumas con amarillez de oro» (Sal. 68:13). Las chispas se elevan en el aire por naturaleza, pero las almas pecadoras de los hombres caen al suelo. ¡Oh Señor, «susténtales para siempre»! David mismo dice en otro lugar: «A ti, oh Señor, elevo mi alma» (Sal. 25:1, LBLA); y aquí siente la necesidad de que las almas de otros hombres se vean también elevadas como la suya. Cuando pidas esta bendición para ti mismo, no te olvides de solicitarla también para otros. Hay tres aspectos en que los hijos de Dios necesitan ser elevados. Necesitan ser elevados en carácter. Elévalos, Señor; no permitas que tu pueblo sea semejante a la gente del mundo. El mundo está bajo el maligno; elévalos de allí. La gente del mundo va tras la plata y el oro, buscando su propio placer y la satisfacción de sus codicias. Sin embargo, Señor, eleva tú a los tuyos por encima de todo esto. Líbralos de ser «rebuscadores de estiércol», como llama John Bunyan al hombre que siempre iba tras el oro. Pon sus corazones en el Señor resucitado y en la herencia celestial. Además, los creyentes necesitan verse prosperados en el conflicto. ¡Oh Señor, si en la batalla pareciera que van a caer, complácete en darles la victoria! Si por un momento el pie del enemigo estuviese sobre sus cuellos, ayúdalos a empuñar la espada del Espíritu y, finalmente, a ganar la batalla. Señor, levanta el espíritu de tus hijos en el día del conflicto: no permitas que se sienten en el polvo, llorando perpetuamente. No dejes que el adversario los acose cruelmente y los destruya. No obstante, si como a Ana los han perseguido, permíteles cantar de la gracia de un Dios que liberta. Podemos también pedir al Señor que los eleve al final de la jornada. Elévalos, Señor; llévalos al hogar. Levanta sus cuerpos de la tumba y haz subir sus almas a tu Reino eterno en gloria.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 114). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya»

13 de abril

«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya».

Levítico 1:4

La verdad de que nuestro Señor fue hecho «pecado por nosotros» se enseña aquí por medio de la muy significativa transferencia del pecado sobre el buey, llevada a cabo por los ancianos del pueblo. El poner la mano no suponía meramente hacer contacto, porque en algunos otros pasajes de las Escrituras la palabra original tiene el significado de apoyarse pesadamente, como en la expresión «sobre mí reposa tu ira» (Sal. 88:7). Sin duda, esta es la misma esencia y naturaleza de la fe: que no solo nos pone en contacto con el gran Sustituto, sino que nos enseña a apoyarnos en él con toda la carga de nuestro pecado. El Señor reunió sobre la cabeza del Sustituto todas las ofensas del pueblo de su pacto, pero a cada uno de los elegidos se le conduce personalmente a ratificar ese solemne pacto cuando, por gracia, mediante de la fe, se le permite poner la mano sobre la cabeza del «Cordero inmolado desde la fundación del mundo». Creyente, ¿recuerdas aquel glorioso día cuando experimentaste el perdón por medio de Jesús, que es quien quita el pecado? ¿No puedes hacer una alegre confesión y unirte al escritor diciendo: «Mi alma recuerda con placer el día de su liberación. Cargado de pecado y lleno de temores vi a mi Salvador como mi Sustituto y puse mi mano sobre él»? ¡Oh, cuán tímidamente hice yo esto al principio! Sin embargo, mi valor fue creciendo y mi confianza se fue afirmando, hasta que apoyé mi alma entera sobre él. Ahora mi incesante gozo es saber que no se me imputan más mis pecados, sino que él ha cargado con ellos. Y, a semejanza de las deudas del que cayó en manos de ladrones, Jesús, como el buen samaritano, ha dicho de mis futuras caídas: «Ponlas a mi cuenta». ¡Bendito descubrimiento! ¡Eterno solaz de un corazón agradecido!

Confieso que culpable soy,

confieso que soy vil;

empero por ti salvo estoy,

seguro en tu redil.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 112). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.