¿Cómo saber si realmente somos salvos?

Esta es una de las preguntas más importantes que una persona puede hacerse. No se trata simplemente de saber si asistimos a una iglesia, si hicimos una oración en algún momento de nuestra vida o si tenemos conocimiento de la Biblia. La pregunta fundamental es si hemos sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo y si poseemos una fe genuina que produce evidencias de una nueva vida.

La Escritura no nos deja en incertidumbre absoluta. El apóstol Juan escribió: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Observe que Juan no dice “para que esperéis” o “para que supongáis”, sino “para que sepáis”. Dios desea que Sus hijos tengan una seguridad fundamentada en Su Palabra y no en sentimientos cambiantes.

La primera evidencia de una verdadera salvación es la confianza exclusiva en Cristo. El creyente comprende que no puede justificarse por sus obras, méritos o esfuerzos religiosos. Descansa únicamente en la obra perfecta de Cristo en la cruz. Como enseña Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La fe salvadora mira fuera de sí misma y se aferra a Cristo como único Salvador.

Sin embargo, la fe verdadera nunca permanece sola. Produce transformación. El Señor Jesús declaró: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Esto no significa perfección, sino una dirección nueva en la vida. Existe una lucha contra el pecado, un deseo creciente de obedecer a Dios y una disposición a arrepentirse cuando se falla. Donde antes había indiferencia hacia Dios, ahora hay hambre espiritual.

Charles Spurgeon expresó esta verdad de manera memorable:

“La fe que salva es una fe que obra por amor, purifica el alma y vence al mundo”.

Spurgeon entendía que las obras no son la raíz de la salvación, sino su fruto. Un árbol no vive porque produce fruto; produce fruto porque está vivo.

Otra evidencia importante es el amor por Cristo y por Su pueblo. El apóstol Juan escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). El nuevo nacimiento produce nuevos afectos. El creyente comienza a amar aquello que Dios ama y a valorar aquello que antes despreciaba.

John Gill señaló que la gracia salvadora no solo ilumina la mente, sino que transforma las inclinaciones del corazón. Cuando Dios salva a una persona, le concede nuevos deseos y nuevas prioridades.

Asimismo, la perseverancia es una señal importante de una fe genuina. Jesús enseñó que algunos reciben la Palabra con gozo, pero abandonan cuando llegan las pruebas (Mateo 13:20-21). El verdadero creyente puede atravesar temporadas de debilidad, dudas o incluso caídas dolorosas, pero no abandona definitivamente a Cristo. Dios lo sostiene por Su poder.

John Bunyan escribió:

“Aunque el cristiano tropiece muchas veces, el Señor no lo dejará caer definitivamente, porque lo sostiene con Su mano.”

La perseverancia no demuestra la fuerza del creyente, sino la fidelidad de Dios.

Al mismo tiempo, debemos tener cuidado de no buscar seguridad únicamente observando nuestro desempeño espiritual. Si miramos solamente nuestras obras, encontraremos muchas imperfecciones. Nuestra seguridad descansa primero en las promesas de Dios y después en las evidencias de Su obra en nosotros. Como afirma Romanos 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.

Por ello, la pregunta no debe ser simplemente: “¿Hice una profesión de fe alguna vez?”, sino: “¿Estoy confiando hoy en Cristo? ¿Existe evidencia de Su obra en mi vida? ¿Amo Su Palabra, Su pueblo y Su voluntad? ¿Hay arrepentimiento cuando peco?”.

La verdadera seguridad surge cuando contemplamos simultáneamente dos realidades: la perfección de Cristo como Salvador y la evidencia de que Su Espíritu está obrando en nosotros. No somos salvos porque producimos fruto; producimos fruto porque hemos sido unidos a Cristo por la fe. Y aquellos que han sido verdaderamente regenerados pueden descansar en la promesa de Aquel que dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás” (Juan 10:27-28).

“Contenido elaborado con apoyo tecnológico y publicado, editado, corregido, revisado bajo responsabilidad de Alimentemos el Alma.”

NO MAQUILLES TU PECADO CON RELIGIÓN | AEA

El versículo: “Hay cargas que Dios nunca diseñó para que las llevaras solo, sino para que se las des a Cristo”, a la luz de 1 Pedro 5:7, toca una verdad profundamente bíblica: Dios llama al creyente a descansar su ansiedad, temor y aflicción sobre Cristo, porque Él cuida de los suyos. El texto dice: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Pedro no está promoviendo irresponsabilidad emocional ni dependencia manipuladora de otros, sino una confianza humilde y reverente en la soberanía y el cuidado paternal de Dios.

Sin embargo cuando esto se manipula intencionalmente apunta a un problema muy real dentro del corazón humano y aun dentro de ciertos ambientes cristianos: muchas veces las personas no entregan verdaderamente sus cargas a Cristo, sino que usan el lenguaje espiritual para descargar responsabilidades sobre otros mientras mantienen intacto el control, el egoísmo o la conveniencia personal. Allí la religión puede convertirse en una máscara y no importa denominación o credo el fin es el mismo.

Esto revela algo más profundo: el pecado del corazón. El ser humano caído no solo sufre; también aprende a manipular su sufrimiento para obtener beneficio, atención, validación o incluso ventajas prácticas. A veces se utiliza la “necesidad espiritual” como una herramienta de presión emocional. Se habla de “orar por mí”, “ayudarme”, “Dios me está probando”, pero detrás puede esconderse pereza espiritual, falta de arrepentimiento, irresponsabilidad o incluso cálculo consciente para que otros carguen consecuencias que uno mismo no quiere enfrentar.

Eso es diferente al verdadero quebranto y arrepentimiento. El creyente genuino puede pedir ayuda, llorar, cansarse y buscar apoyo de la iglesia; pero lo hace desde la honestidad y la humildad, no desde la manipulación. Juan Calvino enseñaba que el corazón humano es una “fábrica de ídolos”; incluso el dolor puede convertirse en un ídolo cuando se usa para controlar a otros en lugar de rendirse a Dios.

El peligro de esta hipocresía es que aparenta dependencia de Cristo mientras realmente depende de estrategias humanas y de su engañoso corazón. Se “maquilla” con vocabulario cristiano, pero el centro sigue siendo el «YO». Cristo es presentado como refugio con los labios, pero en la práctica el refugio está en las personas, en la manipulación emocional o en el provecho que se puede sacar de la situación.

La Escritura confronta eso con claridad. Gálatas 6:5 enseña que “cada uno llevará su propia carga”, mostrando responsabilidad personal delante de Dios; mientras el versículo 2 dice “sobrellevad los unos las cargas de los otros”, hablando del amor cristiano. Ambos textos juntos muestran equilibrio: la iglesia ayuda, pero no para alimentar pecado, irresponsabilidad o dependencia carnal. La gracia no fue dada para encubrir manipulación, sino para transformar el corazón.

Es importante abordar este punto y tratarlo con la verdad, honestidad y ética, porque desenmascara una moral a la medida del corazón engañoso y una religiosidad superficial que puede existir incluso dentro de la iglesia. Hay personas que quieren alivio sin arrepentimiento, ayuda sin transformación y compasión sin asumir consecuencias. Pero Cristo no solo vino a aliviar cargas; vino a romper el dominio del pecado sobre el corazón humano.

El verdadero sentido de 1 Pedro 5:7 no es “usar a otros para escapar del problema”, sino rendir delante de Cristo nuestras ansiedades, reconociendo nuestra incapacidad y descansando en Su cuidado soberano. Cuando alguien realmente deposita sus cargas en Cristo, deja también de usar a las personas como instrumentos de conveniencia personal. Allí nace una fe sincera, humilde y transformada por el evangelio.

“Pero aun en medio de nuestras luchas, hipocresías y cargas mal llevadas, la gracia de Dios sigue llamándonos al arrepentimiento. La Biblia dice que ‘no hay justo, ni aun uno’ (Romanos 3:10), recordándonos que ninguno de nosotros es perfecto delante de Dios. Todos hemos fallado, todos necesitamos misericordia y todos dependemos completamente de Cristo.

Por eso, el evangelio no es una invitación a fingir fortaleza, sino a rendir el corazón delante de Dios. Cristo no rechaza al pecador arrepentido; Él recibe a todo aquel que viene a Él con humildad y fe. Jesús dijo: ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar’ (Mateo 11:28).

No pongas tu esperanza en hombres imperfectos, ni en estrategias humanas, ni en una religión vacía. Descansa plenamente en la gracia soberana de Dios. Él es fiel aun cuando nosotros somos débiles.

Y si aún no conoces verdaderamente a Cristo, búscale en Su Palabra. Porque ‘la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios’ (Romanos 10:17). En las Escrituras encontrarás no solo verdad para confrontar tu pecado, sino también al Salvador capaz de perdonar, restaurar y dar vida eterna.

Hoy es un buen día para dejar la carga del pecado a los pies de Cristo y hallar en Él el verdadero descanso para tu alma.”

Porque Él dice: «En el momento propicio te escuché y en el día de salvación te ayudé». Les digo que este es el momento propicio de Dios; hoy es el día de salvación. 2 Corintios 6:2 NVI

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Excusas | Reflexión – Pepe Mendoza

Jueces 20 – 21   y   Filipenses 3 – 4

“Y dijeron:¿Por qué, oh SEÑOR, Dios de Israel, ha sucedido esto en Israel, que falte hoy una tribu en Israel”, Jueces 21:3.

¿Por qué me pasa esto a mí?  Es una pregunta que en más de una oportunidad nos debemos haber hecho. Escuché alguna vez decir a un siquiatra que está comprobado que una de las mayores dificultades del hombre es poder reconocer las consecuencias negativas de sus propios actos.  Cuando las cosas van bien, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez? Pero, cuando las cosas van de mal en peor, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez?… pero, echándole la culpa a todos, menos a él mismo.

Somos por naturaleza homo excusabis, por decirlo de alguna manera. El caso bíblico lo ejemplifica: Las tribus de Israel reunidas, estaban sorprendidas con el testimonio del levita que había dado cuenta del tremendo daño que los benjamitas de Gabaa habían inflingido a su esposa hasta causarle la muerte. Los benjamitas protegieron excusando a sus paisanos de Gabaa (así se llamaba el pueblo en donde sucedieron los hechos), negándose a entregar a los asesinos. Todo Israel, entonces, lleno de ira se enfrentó en batalla contra sus hermanos de Benjamín. Una guerra civil se había iniciado. Al final, los benjamitas fueron casi diezmados. La pregunta del encabezado surge después de conocer los cruentos datos de la masacre. Nunca una evasiva es una puerta de salida a un conflicto.

Es indudable que las excusas de ida y vuelta siempre tienden a agravar el problema y a endurecer la conciencia de los originadores de la falta. En el Mercurio, diario chileno, hay una columna denominada “Línea Directa”; allí, sufridos receptores de excusas presentan públicamente sus irresueltos casos problemáticos, ante la negativa de los excusistas de solucionar los problemas más allá de una noble pero escurridiza excusa. En la mayoría de oportunidades cada caso en donde interviene LD siempre termina así: “Resuelto. La gerencia de la empresa antes excusista dijo que fue evaluada la situación del sufrido receptor, se le dieron las explicaciones del caso y todo quedó resuelto a su entera conformidad”. Si todo era así de fácil… ¿Por qué no quedó resuelto por los canales normales? ¿Es más fuerte la publicidad negativa que la buena conciencia? Pues, como ven, la pandemia de la Excusitis está destruyendo la capacidad humana de resolución de aprietos.

Enfrentar las consecuencias de nuestros actos, sin excusas de por medio, es una necesidad. Nada fortalece más el carácter que poner la cara cuando las cosas no las hicimos correctamente, o no salieron como estaban previstas (por decirlo más diplomáticamente). Caer en largas justificaciones no sólo le hace daño al agredido, sino que también inmuniza nuestra conciencia contra la sinceridad.  Quizás el factor sicológico y emocional más importante que pasa por nuestra mente al momento de elegir excusas antes que una disculpa, o una solución, se debe al temor que tenemos de perder algo que consideramos valioso y que es, aparentemente, superior a la verdad.

El buen nombre, dinero, el aprecio de los demás, el trabajo, y tantas otras cosas que, sobrevaluadas, nos impiden ver que la justicia nunca será dañina a nuestra vida y que la verdad es la que liberta, mientras que la mentira siempre esclaviza el alma. El apóstol Pablo tenía un notable sentido del deber. Él era irreprochable porque había aprendido a tener la justa medida para todas las cosas: “Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo”, Filipenses 3:7-8. Su responsabilidad delante de Dios y su verdad lo hizo eliminar todos aquellos subterfugios que pudieran impedirle glorificar con plenitud al Señor. Él decía: “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús… continuemos viviendo según la misma norma que hemos alcanzado”, Filipenses 3:13-14,16. Nada de dobleces, nada de pretextos, coartadas y alegatos. Sólo la verdad, que es igual para todos los hombres.

Ninguna persona excusienta podrá nunca resolver a cabalidad sus conflictos. Por eso, es de los mayores baluartes del hombre la verdad y la justicia, y esos valores son los que en realidad se deben temer perder. Alguien dijo alguna vez: “Cualquier cosa que el hombre gane debe pagarla cara, aunque no sea más que con el miedo de perderla”. Debemos aprender a que nos tiemble la voz cada vez que vamos a excusar nuestra responsabilidad porque simplemente… la excusa agrava la falta.

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor. Es el autor de los libros Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024) y Hermenéutica bíblica: Consejos prácticos para comprender la Biblia sin morir en el intento (CLIE, 2025). Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana. Es director del Instituto Integridad & Sabiduría y es profesor adjunto en el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en X (Twitter).

Artículo de Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/excusas-reflexion/

Para entrenar a un niño PDF | Michael y Debi Pearl

Para Entrenar a un Niño
Hace tres mil años, un sabio dijo, “instruye (entrena) al niño en su camino y aun cuando fuere viejo, no se apartará de él.” Un buen entrenamiento o instrucción no es solucionar crisis; por el contrario, es aquel proceso que se debe hacer antes de enfrentarlas o de tener que disciplinar a los hijos.La mayoría de las personas asumen la paternidad por accidente, no lo hacen de manera deliberada o planeada. ¡Imagínese si se construyera una casa de esa manera! No tenemos que reinventar la instrucción. Existen principios para instruir a los niños, y métodos que han funcionado desde la antigüedad. Negarle la formación o entrenamiento a un hijo es abandonarlo deliberadamente y es semejante a empujarlo hacia un mar de opciones y de pasiones, sin un barco apropiado ni una brújula.

PDF:https://tesoroscristianos.co/wp-content/uploads/2020/07/Como-entrenar-un-ni%C3%B1o-Debi-y-Michael-Pearl.pdf

SIETE PALABRAS DE LA CRUZ

En los momentos en que acontece la crucifixión, el Señor Jesús dijo algunas cosas. Siendo éste uno de los momentos supremos de su vida y de la historia, es natural que se tenga mucho interés en la significación de esas palabras que fueron recogidas en los Evangelios. Son siete expresiones.

La primera aparece en Lc. 23:34 (“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”). Es de notar que se dirige al “Padre” y que lo que solicita no es que se disminuyan sus dolores, sino que se tenga misericordia de los que lo crucificaban. Reconoce que lo hacían en ignorancia. Pablo escribiría después acerca de la sabiduría de Dios, “la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Co. 2:8). El Señor, entonces, ruega a su Padre que no les tome en cuenta este terrible pecado que cometían los gobernantes y el pueblo de Jerusalén. Intercede por sus enemigos cuando más mal le hacían.

La segunda palabra es la que dirige al ladrón que mostró arrepentimiento (“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” [Lc. 23:43]). Aquel ladrón había hecho una declaración asombrosa de fe, puesto que llamó a Jesús “Señor”. Reconoció la existencia de un más allá, en el cual las personas están en plena capacidad intelectual, al decir “Acuérdate de mí”. E incluso pudo ver en aquel crucificado al futuro rey de Israel, pues le expresó: “Cuando vinieres en tu reino”. Pero la respuesta del Señor sobrepasó sus expectativas, pues oyó que se le dijo que en ese mismo día su oración sería contestada, al encontrarse con él en el •paraíso. En el momento de suprema debilidad, el Señor continúa con su autoridad para beneficio de otros y salva a un pecador arrepentido.

Con la tercera palabra, el Señor Jesús demuestra su sentido de responsabilidad hacia su madre, encomendándola a Juan, su mejor amigo (“Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” [Jn. 19:26–27]). La verdadera humanidad de Jesús resalta en estas palabras. Es un hombre que está a punto de morir y desea conseguir para su amada madre un mínimo de seguridad, por lo cual la encomienda a aquel de entre sus discípulos más íntimos que tenía cierta posibilidad económica. Además, muchos opinan que •María era hermana de •Salomé, la madre de Juan y Jacobo, por lo tanto, tía de Juan. Toda las Escrituras sobre el honrar al padre y a la madre tienen en este acto una muestra ejemplar. Además, el Señor estaba ofreciendo un regalo de amor a Juan, una demostración especial de amor hacia su discípulo, al poner a su cargo, nada más y nada menos, que a su bienaventurada progenitora.

“Cerca de la hora novena”, según Mateo y “a la hora novena”, según Marcos (Mt. 27:46; Mr. 15:34), en medio de una misteriosa oscuridad, se escucha la cuarta palabra: “¿Elí, Elí, lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Antes se había dirigido a su Padre, ahora se dirige a su Dios. No se trata de un susurro, sino de “una gran voz”. Es un grito de desesperación pronunciado por alguien que experimenta la última de todas las soledades: el abandono de Dios. Las palabras del Sal. 22:1, que de seguro el Señor conocía muy bien, tomaron para él en ese momento su plena significación. Por eso las usa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. ¿Repetiría el Señor todo el resto del salmo en forma inaudible? No se nos dice. Pero, de todos modos, la experiencia que el profeta puso en aquella poesía describe mucho de lo que acontecía en el alma de Jesús en el momento de la cruz (“¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?). Tener sobre sí la carga de los pecados nuestros traía, necesariamente, el juicio de Dios.

La quinta palabra sale de uno que es verdadero hombre: “Tengo sed” (Jn. 19:28). Aunque en castellano son dos vocablos, en griego se trata de uno solo: dipso. De importancia suprema es la consideración de la verdad de que quien sufre y muere es un ser humano, no una aparición o un fantasma. Los soldados habían tratado de que el Señor bebiera un sedante compuesto por vino agrio y mirra, “pero después de haberlo probado, no quiso beberlo” (Mt. 27:33–34; Mr. 15:23). La jornada, hasta el momento, había sido extenuante. Su cuerpo estaba deshidratado, tal como habían predicho las Escrituras: “Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar”; “… y en mi sed me dieron a beber vinagre” (Sal. 22:15; 69:21).

Después, en la sexta palabra, el Señor dice que todo ha llegado a su fin (“Consumado es” [Jn. 19:30]). No es el final de la historia, sino la cúspide de la obra que se le había encomendado: ofrecer su cuerpo, dar su vida en expiación por los pecados de los hombres. Todo su ser estuvo siempre imbuido del deseo de hacer la voluntad del que le envió y acabar su obra (Jn. 4:32, 34; Lc. 13:32). Ahora, tras los muchos sufrimientos que había padecido, reconoció que lo había logrado (“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” [Jn. 17:4]).

Entonces, en la séptima palabra, “clamando a gran voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46), de nuevo usa el término “Padre”. Se cumple así la profecía del Sal. 31:5 (“En tu mano encomiendo mi espíritu”). Se nos dice que el Señor “entregó el espíritu” (Jn. 19:30). Fue un acto de su voluntad, porque él había dicho: “… yo pongo mi vida.… Nadie me la quita. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Jn. 10:17–18). Se trata, sin embargo, de una muerte real. El Señor realmente murió. No fue un desmayo ni cosa parecida, sino que él sufrió el “padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (He. 2:9).

 Lockward, A. (1999). En Nuevo diccionario de la Biblia (pp. 963-964). Editorial Unilit.

¿Qué oculto temor espantaba el alma del justo Job?

Porque el temor que me espantaba me ha venido,
Y me ha acontecido lo que yo temía. (Job 3:25)

¿Qué bestia moraba en el oscuro fondo de su ser? ¿Qué fantasma afligía el espíritu de este «varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal»? (1:8).
Sentado en medio de las cenizas, herido desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, enmudecido por el dolor, ¿qué es lo que le ha sobrevenido, y en respuesta a qué innombrable terror?
No temía las consecuencias de una turbia conciencia, ser descubierto en pecados ocultos, pues no los tenía; ni pagar sus faltas ante tribunales de justicia, pues no había cometido ninguna. Job era perfecto: andaba siempre en la luz de Dios. Puros eran sus pensamientos, limpia su mirada, sus palabras eran sabias, e intachables sus hechos. Vivía en paz con Dios y con los hombres.
No temía la pérdida de sus bienes o riqueza, ni la separación de sus seres más queridos. Ante la pérdida de todo, Job declaró: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (1:21). Lo que Job temía era mucho más aterrador: temía perder el favor de Dios.

El dilema de Job es indescriptiblemente cruel. Él es justo, pero Dios se ha vuelto contra él. Ha perdido irrecuperablemente la amistad de Dios. El Omnipotente es su enemigo.
Su mujer lo entendió al instante, y con clarividencia satánica espetó: «Maldice a Dios, y muérete» (2:9). No queda otra alternativa. Mejor sería no haber nacido.

Terrible crisis la del santo Job. Pero en medio de la tempestad nace una fe que le salva, pues en todo el universo de Dios, sólo la fe, la sola fe, le puede salvar. Y en el momento más oscuro de la noche surge una magnífica fe:

«Pero en mi corazón yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo;
Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios;
Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí» (19:25–27).

¡Oh, que fuera aquella noche solitaria,
Que no viniera canción alguna en ella!
Maldíganla los que maldicen el día,
Los que se aprestan a despertar a leviatán.

Park, S. S. (1991). Desde el Torbellino, Job: Más allá del sufrimiento humano (1a Edición, pp. 1-2). Publicaciones Andamio.

Hombres perversos y malos | Charles Spurgeon

24 de Marzo
“Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal.” 2 Tesalonicenses 3:3.

Los hombres a menudo están tan desprovistos de razón como de fe. Todavía hay entre nosotros “hombres perversos y malos”. No sirve de nada argumentar con ellos o procurar tener paz con ellos: tienen un corazón falso y su conversación es engañosa. Bien, ¿qué haremos? ¿Acaso nos preocuparemos por ellos? No; volvámonos al Señor, pues Él es fiel. Ninguna promesa de Su palabra será incumplida jamás. Él no es irrazonable en Sus exigencias para con nosotros, ni es infiel a nuestros argumentos relacionados con Él. Tenemos un Dios fiel. Esto ha de ser nuestro gozo.
Él nos confirmará de tal manera que los hombres perversos no ocasionarán nuestra caída, y Él nos guardará de tal manera que ninguno de los males que ahora nos asedian, nos hará realmente ningún daño. Qué bendición es para nosotros que no tengamos que contender con los hombres, y más bien que se nos permita abrigarnos en el Señor Jesús, que se identifica verdaderamente con nosotros. Hay un corazón sincero, una mente fiel, un Amor inmutable; descansemos allí. El Señor cumplirá el propósito de Su gracia para con nosotros, Sus siervos, y no debemos permitir que ni una sombra de duda caiga sobre nuestros espíritus. Todo lo que los hombres o los demonios puedan hacer, no puede impedir que gocemos de la protección y la provisión divinas. Oremos en este día pidiéndole al Señor que nos afirme y nos guarde.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román
Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Logos Bible Software.

EL ORDO SALUTIS | R.C.Sproul


Cuando miramos más detenidamente la relación entre elección y salvación, necesitamos ocuparnos de lo que los teólogos llaman el ordo salutis u “orden de la salvación”. El ordo salutis tiene que ver con el orden en que ocurren varios sucesos que conducen a nuestra redención, específicamente el orden lógico más bien que cronológico.
Con esta distinción me refiero a lo siguiente. Creemos que somos justificados por la sola fe. Pero, ¿cuánto tiempo después de poseer la verdadera fe salvadora somos justificados? ¿Cinco segundos, cinco minutos, cinco meses, cinco años? No, decimos que la justificación y la fe son coincidentes en cuanto al tiempo. En el preciso instante en que tenemos verdadera fe, en ese mismo momento Dios nos recibe como personas justificadas. Pero aun así decimos que la fe viene antes que la justificación, aun cuando ocurren al mismo tiempo. La fe precede lógicamente a la justificación. En otras palabras, dado que nuestra justificación depende y se apoya en la fe, la fe es el prerrequisito, la condición necesaria que debe estar presente para que ocurra la justificación. Así que la fe es lógicamente necesaria para la justificación. La fe precede a la justificación, no en el tiempo, sino en cuanto a necesidad lógica. Así que cuando hablamos del orden de la salvación, ten en cuenta que lo que se toma en consideración son las distinciones relativas a los prerrequisitos, sobre la base de la necesidad lógica.
En Romanos 8, tenemos uno de los versos más famosos y apreciados de todo el Nuevo Testamento: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito” (v. 28). Nótese que esta promesa de que todas las cosas están dispuestas para bien es para las personas que aman a Dios, para aquellos que son descritos como los que son llamados según su propósito.
Ese es un tipo especial de llamado. La Biblia habla sobre el llamado del evangelio que sale para todos, lo que llamamos el llamado externo o exterior. No todos los que oyen el evangelio son salvos. También se habla del llamado interior, el llamado de Dios en la persona, en el corazón, que es una obra de Dios el Espíritu Santo, un llamado que es efectivo. En este llamado, el Espíritu Santo abre el corazón de los creyentes, obrando en el interior para llevar a cabo el propósito de Dios. Es este llamado el que Pablo tiene en mente en Romanos 8:28. Todos los elegidos reciben este llamado interior, como queda claro en los versos que siguen.
Veamos la primera mitad del verso 29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo”. Pablo está hablando aquí de los propósitos de Dios respecto a la salvación, y comienza mencionando la presciencia de Dios. Él nos dice que a aquellos que Dios antes conoció, él los predestinó. ¿Cuál fue el objetivo de esta predestinación? Fue que aquellos a los que Dios conoció de antemano fueran hechos conforme a la imagen de Cristo.
En el verso 30, encontramos lo que llamamos “la cadena de oro”: “Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó”. Esta es una versión abreviada del orden de la salvación. Hay otros aspectos de la salvación aparte de los que aquí se mencionan; Romanos 8:30 toca los puntos básicos, por así decirlo. Por ejemplo, la santificación no está en esta lista. Esta lista más bien incluye (partiendo desde el verso 29), primero, el conocimiento previo; segundo, la predestinación; tercero, el llamado; cuarto, la justificación; y quinto, la glorificación.
Es muy importante para nuestra comprensión de la seguridad asimilar lo que está sucediendo en este orden de la salvación. Como señalé antes, Pablo se refiere a un orden lógico, y comienza por el conocimiento previo. La perspectiva de la elección según la presciencia que mencioné anteriormente es popular porque las personas llegan a este texto y dicen: “¡Ajá! El primer paso es el conocimiento previo. Eso significa que la elección o la predestinación se basan en algo que Dios sabe de antemano sobre las personas”. Pero el texto no dice eso. De hecho, en el desarrollo que hace Pablo de este tema en el capítulo 9, esa posibilidad queda descartada. Según la comprensión reformada de la elección, las personas elegidas según los decretos de Dios no son códigos sin nombre. Para que Dios elija a alguien, él debe tener alguna idea de la persona que está eligiendo. Así que el conocimiento previo debe preceder a la predestinación, porque Dios predestina a individuos específicos a los que ama y escoge.
El siguiente suceso lógico es la predestinación. Pablo nos dice que aquellos a los que Dios antes conoció también los predestinó. No se dice pero se entiende claramente aquí que todos los que están en la categoría del conocimiento previo están predestinados. Desde luego, la presciencia de Dios, en general, incluye a todas las personas, no solo a los elegidos. Pero aquí Pablo está hablando del conocimiento previo de Dios de sus elegidos. ¿Cómo lo sabemos? Porque Pablo declara que todos aquellos a quienes Dios conoció de antemano, en el sentido en el que aquí los conoce, son predestinados, y todos los que son predestinados son llamados, y todos los que son llamados son justificados. Este es el punto crucial. Si todos los que son llamados son justificados, Pablo no puede estar refiriéndose al llamado externo. Debe estar hablando del llamado interno, porque todos los que reciben este particular llamado reciben la justificación, así como todos los que son justificados son glorificados.
Así que si quiero saber si voy a ser glorificado —es decir, si en última instancia voy a ser salvo— necesito determinar si estoy justificado. Si estoy justificado, sé que voy a ser glorificado. En otras palabras, si ahora estoy justificado, no tengo nada de qué preocuparme: Aquel que ha comenzado una buena obra en mí va a completarla hasta el final (Filipenses 1:6).

Sproul, R. C. (2010). ¿Puedo estar seguro de que soy salvo? (E. Castro, Trad.; Vol. 7). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

¿Qué es apostasía? | Arthur W. Pink

¿Qué es apostasía?

Arthur W. Pink (1886-1952)

Amado lector, en el pasado, miles de personas estaban muy seguras de haber recibido genuinamente la salvación y, realmente, confiaban en los méritos de la obra consumada de Cristo para llevarlos seguros al cielo, como quizá lo esté usted. No obstante, ahora están sufriendo los tormentos del infierno. Su confianza era carnal… Estaban seguros de que su fe era suficiente para su salvación y no veían la necesidad de examinarse a fondo, exhaustivamente y con frecuencia, a la luz de la Escrituras, a fin de descubrir si estaban dando o no, esos frutos que son inseparables de la fe de los escogidos por Dios. Si leían un artículo como éste, con orgullo llegaban a la conclusión de que se aplicaba a otros. Estaban tan seguros de que muchos años atrás habían nacido de nuevo, que se negaban a obedecer el mandato de 2 Corintios 13:5: “Examinaos a vosotros mismos”. Ahora es demasiado tarde. Desaprovecharon su día de oportunidad y, consecuentemente, su porción para siempre fue la “negrura de las tinieblas”.

En vista de esta solemne y terrible realidad, el escritor, seriamente, llama a sí mismo y a cada lector, a humillarse ante Dios y clamar sinceramente: “Examíname, oh Dios: revélame a mí mismo. Si vivo engañado, quítame el engaño antes de que sea demasiado tarde y sufra por toda la eternidad. Capacítame para analizarme fielmente de acuerdo con tu Palabra para poder descubrir si mi corazón ha sido renovado o no, si he abandonado todo camino de mi propia voluntad y me he rendido verdaderamente a Ti; si me he arrepentido de tal manera que odio todo pecado y ansío con fervor ser libre de su poder, me aborrezco a mí mismo y busco diligentemente negarme a mí mismo; si mi fe es la que vence al mundo (1 Jn. 5:4) o si es meramente una noción que no produce una vida piadosa; si soy un pámpano fructífero de la vid o meramente algo que estorba; en pocas palabras, si soy una nueva criatura en Cristo o sólo un hipócrita”. Si tengo un corazón sincero, entonces estaré dispuesto, sí, ansioso por enfrentar y conocer la verdad acerca de mí mismo.

Quizá algunos lectores estén listos para decir: “Yo ya sé la verdad acerca de mí mismo. Creo lo que la Palabra de Dios me dice: Soy un pecador sin nada bueno en mí. Mi única esperanza está en Cristo”. Sí, querido amigo, pero tenga en cuenta que Cristo salva a su pueblo de sus pecados. Cristo envía a su Espíritu Santo a sus corazones de modo que son cambiados radicalmente; dejan de ser lo que eran antes. El Espíritu Santo derrama el amor de Dios en el corazón de aquellos que regenera, y ese amor es manifestado en un anhelo profundo y una decisión sincera de complacer a Aquel que los ama. Cuando Cristo salva a un alma, la salva, no sólo del infierno, sino del poder del pecado. Lo libra del dominio de Satanás y del amor al mundo. Lo libra del temor al hombre, las lascivias de la carne y el amor a sí mismo. Es cierto que no ha completado esta obra bendita; es cierto que la naturaleza pecadora no ha sido aún erradicada, pero el que es salvo, ha sido liberado del dominiodel pecado (Ro. 6:14). La salvación es algo sobrenatural que cambia el corazón, renueva la voluntad, transforma la vida, de manera que es evidente a todos a su alrededor que hubo un milagro de gracia… Una fe que no produce un vivir piadoso, un caminar obediente, un fruto espiritual, no es la fe de los elegidos de Dios. Oh mi lector, le ruego que se examine con diligencia y fidelidad a la luz de la Palabra infalible de Dios. No pretenda ser un hijo de Abraham, a menos que haga las obras de Abraham (Jn. 8:39).

¿Qué es apostasía? Es hacer naufragar la fe (1 Ti. 1:19). Es el corazón apartado del Dios viviente (He. 3:12). Es volver al mundo y ser vencido por él, después de un escape previo de su contaminación, a través del conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo (2 P. 2:20). Hay varios pasos que la preceden. Primero, es mirar hacia atrás (Lc. 9:62) como la esposa de Lot, quien externamente partió de Sodoma, pero su corazón se quedó allí. Segundo, es retractarse (He. 10:38): Los requerimientos de Cristo son demasiado exigentes para apelar al corazón. Tercero, es dar la espalda (Jn. 6:66): La senda de santidad es demasiado angosta para los deseos de la carne. Lo cuarto, es la caída definitiva, lo cual es fatal: “Hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados” (Is. 28:13).

Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), reimpreso por Chapel Library.

A. W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures) y muchos libros, incluyendo los muy reconocidos: La soberanía de Dios (The Sovereignty of God) y Los atributos de Dios (Attributes of God). Nacido en Nottingham, Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y, en 1934, regresó a su patria.

“Acordemos, pues, esta noción de apostasía, la cual es evidente: es dejar la obediencia que debemos a nuestro legítimo Señor”. —Thomas Manton

Los Pensamientos del Pecador Arrepentido | Salvador Gómez Dickson

CAPÍTULO 3
Los Pensamientos del Pecador Arrepentido
Entonces, volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores.”
Lucas 15:17–19


Su situación era desesperada. Tinieblas y oscuridad se cernían sobre sí. El panorama era lóbrego y sombrío. ¡Pero de repente le ilumina un rayo de luz! Como si el sol estuviera amaneciendo por primera vez en su alma, brota la esperanza de una solución: “Esto no tiene que seguir así.”
Cuando el telón vuelve a elevarse, encontramos a nuestro personaje con una actitud completamente distinta. Lo que hemos conocido de la historia hasta este punto se debe en parte a la conversación que sostuvieron el padre y el hijo, y la narración que Cristo hizo de los eventos. Ahora podemos apreciar un ingrediente nuevo. Somos introducidos en la mente del individuo y somos capaces de leer sus pensamientos.
Algo extraordinario ha ocurrido. Es como si por esta experiencia el hombre pasara de un estado de locura a la cordura. El texto nos lo hace saber con la expresión: “Y volviendo en sí…” Mientras el hombre vive para sí mismo, entregado a sus pasiones y pecados (sean estos groseros o no), su vida es una especie de locura. No fue sino hasta este momento que él entiende que la realidad de la vida era otra. La vida sin Dios es una especie de demencia. La vida en pecado es un trastorno del diseño original del Creador; “este su camino es locura” (Sal. 49:13).
Aarón reconoció esto cuando murmuró junto a María contra Moisés; él dijo a Moisés: “locamente hemos actuado, y hemos pecado” (Núm. 12:11). Las palabras de Samuel al reprender a Saúl fueron: “locamente has hecho” (1 Sam. 13:13). Y David, por su parte, confesó a Dios: “He hecho muy locamente” (1 Cr. 21:8).
El pecador no arrepentido está fuera de su juicio. Es la fe y el arrepentimiento lo que le trae a ver las cosas de nuevo conforme a la realidad. Un hombre que está fuera de sus facultades percibe su mundo alrededor de modo distinto a la verdad. Y es así todo pecador. Ve el mundo y la vida desde una óptica completamente distinta. La realidad de Dios y de sí mismo le son ocultas. Vive en su mundo pensando que todo está bien. Y parte de lo que hace el arrepentimiento bíblico es cambiar esa manera de pensar que el hombre tiene de sí mismo y de Dios.
¿Qué es lo normal? Este hijo pensaba que lo juicioso era seguir los deseos de su corazón tras la independencia y el placer. Pero ahora se nos revela que tal cosa es locura para Dios. Aunque todos lo hagan, no es lo correcto; es un trastorno del plan de Dios para el hombre. Mientras disfrutaba del pecado y procuraba la satisfacción de sus anhelos, no veía cuál era su condición ante el Juez de todos los hombres. Hasta ahora había tratado de aplacar su hambre y miseria con soluciones ineficaces. Pensó que la solución quizás estaba en sí mismo: en la capacidad de trabajar y producir dinero. Pero ‘volvió en sí’, y los pensamientos que aquí se expresan, nos muestran lo que pasa por la mente de un pecador cuando se arrepiente.
¿Cuál es el proceso de pensamiento de un alma arrepentida? Recurrimos a la comprehensiva y precisa definición de arrepentimiento que nos brinda el Catecismo Menor:
“El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, por la cual un pecador, con un verdadero sentimiento de su pecado, y comprendiendo la misericordia de Dios en Cristo, con dolor y aborrecimiento de su pecado, se aparta del mismo para ir a Dios, con pleno propósito y esfuerzo para una nueva obediencia.”
El catecismo presenta dos elementos que son la raíz de todo verdadero arrepentimiento: (1) un verdadero sentimiento de su pecado y (2) una comprensión de la misericordia de Dios en Cristo. Son éstos los elementos que encontramos en los pensamientos del pecador arrepentido, aunque en nuestro pasaje los encontramos en un orden inverso.

Comprendiendo la Misericordia de Dios en Cristo
“Me levantaré e iré a mi padre.” No más huir; no más juegos. La realidad era sólo una y había que enfrentarla. Antes el pecador pensaba que la solución la podía encontrar en él mismo o por sí mismo. Ahora entiende que su necesidad sólo puede ser satisfecha por Dios. “Tengo problemas, y el único que los puede solucionar es mi padre.” Pero no sólo meditó en la capacidad que su padre tenía para ello; también reflexionó en su disposición. Dios no sólo tiene poder para salvar al pecador; sino que también es misericordioso y no quiere la muerte del que muere (Ez. 18:32).
“¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre.” Este es un elemento vital en todo verdadero arrepentimiento. Una persona puede sentir la carga de la culpa del pecado tras sus espaldas, pero si no comprende que en Dios hay perdón, nunca se acercará a Él. Fue lo que ocurrió con Judas; sintió su pecado, pero no supo ir a Dios por misericordia. No tuvo confianza en la promesa de que si se arrepentía e iba a Dios sería recibido y perdonado.
Observa el contraste con el salmista cuando expresa: “Si mirares a los pecados, ¿quién, oh, Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:3–4). Pensar en lo que somos y en lo que hemos hecho contra Dios, sin considerar su misericordia, es una consideración inaguantable. “¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?”
Nuestro personaje pensó en los jornaleros que laboraban en la casa de su padre. En aquellos días, un jornalero trabajaba por paga diaria. Era uno que estando de pasada, podía realizar alguna asignación de trabajo por un breve período de tiempo.
El punto es que, en el momento en que el hijo piensa en estos jornaleros, es cuando aprecia con claridad el carácter bondadoso de su padre. “¡Cuán bueno es! Hasta sus siervos tienen lo que necesitan y más.” Así comenzó la obra de arrepentimiento en su corazón. Empezó a albergar ideas correctas acerca de Dios. Conocía muy bien que ningún mendigo que se acercaba a la casa de su padre se iba con las manos vacías. Pensó, por tanto, que si podía ir como mendigo pidiendo misericordia, ésta le sería otorgada. Comprendió que el menor en el reino de los cielos es mayor que los príncipes de este mundo. “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Salmo 84:10). Para este joven, la ‘buena vida’ ya no estaba en el mundo, sino en la casa de su padre.

Con un Verdadero Sentimiento de su Pecado
Nuestro protagonista no sólo comenzó a albergar pensamientos correctos acerca de Dios, sino que por primera vez se vio a sí mismo apropiadamente. ¿Y qué observó?… Pecado. No sólo pensó en la bondad y misericordia de su padre, sino que igualmente pudo percatarse de todo cuanto había hecho en contra suya. “Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.”
Ese pensamiento no era otra cosa que el reflejo de la experiencia de su corazón. Este muchacho se sentía profundamente convicto de pecado. Su confesión nos habla de dolor por el hecho de haberse rebelado contra el gobierno de amor y bondad de su padre. Más aún, nos habla de su aborrecimiento al pecado. Ahora, todo aquello que anteriormente consideraba su derecho (gozar de la vida a su manera), lo pasa a ver como pecado.
‘Pecado’ no es una palabra que esté muy de moda hoy en día. La humanidad quisiera borrarla de su vocabulario. Pero es un término bíblico vital. Dios mismo la dejó plasmada en Su Santa Palabra. Y éste, tal y como fue dejado en la Biblia, no es algo relativo. El hombre quisiera hacerlo relativo a sus circunstancias y deseos, y sin embargo, Dios lo ha presentado clara y diáfanamente en términos absolutos. El pecado es toda transgresión de la ley de Dios. La vida de todo hombre comienza en pecado y permanece en éste a menos que el Salvador haga una obra de gracia en su corazón. Quizás todavía usted mire su vida con los mismos ojos que el hijo pródigo manifestó al principio; quizás aún piense que es su derecho el gozar de la vida a su manera, y si no nace y crece la convicción de que también usted ha pecado contra el cielo y ante Dios, morirá en su pecado e irá al lugar de miseria sin remedio.
El hombre de nuestra parábola admitió su insensatez. “He pecado contra los criterios divinos.” No empezó a excusar sus pecados. No pensó simplemente pedir una segunda oportunidad. Vio que el pecado es horrendo e inexcusable a los ojos de Dios. Manifestó el dolor de un corazón quebrantado. El orgullo que le llevó a pecar es ahora abandonado: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus jornaleros.” Ante sus ojos él no era digno de ser parte de la familia de Dios. ¡Qué bueno que despertó de su locura, sin importar que fuese a través de los azotes de la miseria del pecado! Es la misma experiencia de David: “De lo profundo a ti clamo” (Salmo 130:1).
¡Qué terrible es la condición del pecador que recibe los azotes de la miseria del pecado, y aún así endurece su corazón delante de Dios para no arrepentirse! ¡Qué difícil le es al hombre confesar delante del Altísimo y delante de los hombres: “He pecado”!… ¿Lo ha dicho usted?
Muchos hombres permiten que la indecisión entre dos mundos les gobierne. Claro que no quieren ir al infierno; por supuesto que anhelan ir al cielo; pero también es cierto que quieren seguir viviendo conforme a sus deseos, disfrutando de los pecados que tanto aman, y abrazando las miserias que les entretienen. Están dispuestos a arriesgar la eternidad con tal de vivir brevemente (muy brevemente) haciendo aquello a lo que su corazón les inclina. Tal es la ambivalencia entre dos mundos. En lugar de ganar una franca entrada por las puertas de oro a la Canaán celestial, su camino desemboca en un lago de fuego inextinguible, desprovistos de aquello por lo que perdieron la vida eterna.
Por esto vemos que, cuando el verdadero arrepentimiento llegó a este hijo pródigo, la ambivalencia se acabó. El mundo perdió todo su esplendor. “Si hay un hogar, pensó él, es la casa de mi padre.” No valía la pena cambiar la ciudadanía del reino de Dios por la de este mundo.

Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 20-26). Salvador Gómez Dickson.