La Historia detrás de la Cita con John Frame

✍🏼 Una frase puede inspirar. Sólo la GRACIA de DIOS puede SALVAR.

🎥 Edición #0028

🎬 La Historia

En la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, John M. Frame (1939–) se consolidó como uno de los teólogos reformados más influyentes de su generación. Profesor durante décadas en distintos seminarios reformados de los Estados Unidos, dedicó su ministerio a enseñar teología sistemática con un profundo compromiso hacia la autoridad de las Escrituras y la centralidad de Cristo.

Discípulo de Cornelius Van Til y reconocido por su capacidad para explicar verdades doctrinales complejas con claridad pastoral, Frame insistió en que toda doctrina cristiana debe conducir finalmente a la adoración y a una mayor confianza en la obra de Jesucristo. Entre los temas que desarrolló con especial cuidado se encuentra la doctrina de la justificación, piedra angular de la Reforma Protestante.

Frente a una cultura religiosa que con frecuencia dirige la mirada hacia las obras, los méritos personales o las experiencias espirituales, Frame recordó una y otra vez que la aceptación del pecador delante de Dios descansa exclusivamente sobre la justicia perfecta de Cristo. La pregunta decisiva no es cuánto hemos hecho por Dios, sino sobre qué fundamento puede un Dios santo declarar justo a un pecador culpable.

Por eso, al resumir la doctrina de la justificación, condujo toda la atención hacia una sola respuesta: Cristo.

💬 La Cita

«El fundamento de la justificación es la base sobre la cual somos justificados. Responde a la pregunta: ¿Por qué debería Dios declararme justo? La respuesta es, sencillamente: Cristo.» — John Frame

📖 La Enseñanza Bíblica

La justificación es uno de los regalos más gloriosos del evangelio. Dios declara justo al pecador, no porque éste haya alcanzado una justicia propia, sino porque la perfecta obediencia y la obra redentora de Cristo le son acreditadas por la fe.

Nuestra esperanza no descansa en nuestros esfuerzos, en nuestras obras ni en nuestra fidelidad imperfecta. Descansa únicamente en Jesucristo, quien cumplió perfectamente la ley, llevó sobre sí la culpa de su pueblo y satisfizo completamente la justicia de Dios.

Por eso, cuando el creyente pregunta: «¿Sobre qué base puedo ser aceptado delante de Dios?», la respuesta nunca será: «Porque lo mereces». La única respuesta suficiente es: Cristo.

📜 La Escritura nos recuerda

«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.»

— 2 Corintios 5:21

🤔 Pregunta de reflexión

¿Descansa mi confianza delante de Dios en mis obras y méritos, o únicamente en la justicia perfecta de Jesucristo?

✝️ Soli Deo Gloria.

«Examinadlo todo; retened lo bueno.»

— 1 Tesalonicenses 5:21

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📜 La Historia detrás de la Cita con Adoniram Judson

✍🏼 Una frase puede inspirar. Sólo la GRACIA de DIOS puede SALVAR.

🎥 Edición #0027


🎬 La Historia

A comienzos del siglo XIX, Adoniram Judson (1788–1850) dejó la comodidad de su país para llevar el evangelio a Birmania, una nación donde Cristo era prácticamente desconocido. Lo que parecía el inicio de un ministerio prometedor pronto se convirtió en una larga sucesión de pruebas que habrían quebrantado a casi cualquier persona.

Judson sufrió la muerte de varios de sus hijos, perdió a su amada esposa Ann y más tarde a su segunda esposa Sarah. Pasó casi dos años encarcelado en condiciones inhumanas durante la guerra anglo-birmana, con cadenas en los pies, enfermedades, hambre e incertidumbre constante. En muchos momentos no veía fruto alguno de su labor misionera y llegó a experimentar una profunda aflicción espiritual.

Sin embargo, nunca interpretó sus sufrimientos como acontecimientos fuera del control de Dios. Con el paso de los años comprendió que la providencia del Señor gobernaba incluso aquello que humanamente parecía incomprensible. Precisamente de esa convicción brota esta confesión: la certeza de que cada prueba estaba ordenada por un amor y una misericordia infinitos fue el ancla que sostuvo su alma en medio del dolor.

Cuando murió, dejó tras de sí una iglesia birmana en crecimiento y una traducción completa de la Biblia al idioma birmano, obra que continúa siendo una bendición para millones de personas.


💬 La Cita

«Si no hubiera tenido la certeza de que cada prueba estaba ordenada por un amor y una misericordia infinitos, no habría podido sobrevivir a mis sufrimientos acumulados.»

Adoniram Judson


📖 La Enseñanza Bíblica

La providencia de Dios no elimina el sufrimiento, pero le da un propósito. El creyente puede atravesar pruebas intensas sin comprender todas las razones inmediatas, confiando en que el Señor gobierna cada circunstancia con perfecta sabiduría, amor y misericordia.

La esperanza cristiana no consiste en negar el dolor, sino en saber que ninguna aflicción escapa al gobierno de Dios. Aun cuando las lágrimas nublan la vista, el Padre continúa obrando para su gloria y para el bien eterno de sus hijos.


📜 La Escritura nos recuerda

«Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.»
— 2 Corintios 4:17


🤔 Pregunta de reflexión

Cuando llegan las pruebas, ¿descansa mi corazón en la certeza de la providencia de Dios, o permito que las circunstancias definan mi esperanza?


✝️ Soli Deo Gloria.

«Examinadlo todo; retened lo bueno.»
— 1 Tesalonicenses 5:21

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¿Puede alguien ayudarme cuando siento que Dios está lejos?

Hay momentos en la vida cristiana en los que la oscuridad parece envolverlo todo. Oramos, pero sentimos que nuestras palabras no pasan del techo. Leemos la Biblia, pero el corazón permanece frío. Asistimos a la iglesia, sonreímos delante de otros, pero por dentro nos preguntamos en silencio: «¿Dónde está Dios?» Muchos creyentes experimentan temporadas de desánimo, ansiedad o profundo abandono espiritual y llegan a pensar que algo está mal con su fe. Sin embargo, las Escrituras muestran que esta lucha no es extraña para el pueblo de Dios. La verdadera esperanza no se encuentra en respuestas rápidas, sino en conocer más profundamente al Dios que nunca abandona a los suyos.

El desánimo no es una experiencia desconocida para el creyente

Existe la idea de que un cristiano maduro siempre debe sentirse alegre y victorioso. Sin embargo, la Biblia presenta un cuadro muy diferente. Los salmistas clamaron desde la angustia, el profeta Elías deseó morir, Job cuestionó su sufrimiento y el mismo David preguntó repetidamente: «¿Hasta cuándo, Señor?»

El problema no siempre es la falta de fe, sino que vivimos en un mundo marcado por el pecado, el sufrimiento y la debilidad humana. Incluso los creyentes más fieles pueden atravesar épocas en las que sienten que Dios guarda silencio.

Precisamente por eso los Salmos ocupan un lugar tan importante. Allí encontramos hombres y mujeres que no ocultaron sus lágrimas delante de Dios. Sus oraciones nos enseñan que el Señor no rechaza al creyente que llega con un corazón quebrantado. Al contrario, utiliza esas mismas pruebas para conducirnos a una comprensión más profunda de su gracia y de su fidelidad.

La vida cristiana nunca fue prometida como un camino sin aflicciones, pero sí como un camino recorrido junto al Buen Pastor.

La solución no está en mirarnos a nosotros mismos, sino en mirar a Dios

Cuando atravesamos tiempos de oscuridad, nuestra tendencia natural es encerrarnos en nuestros propios pensamientos. Analizamos cada emoción, cada fracaso y cada circunstancia hasta perder completamente la perspectiva. Esa introspección constante suele aumentar el desánimo en lugar de aliviarlo.

La Escritura nos invita a levantar la mirada. La verdadera recuperación espiritual comienza cuando dejamos de concentrarnos únicamente en nuestras sensaciones y volvemos a contemplar el carácter de Dios.

Sus caminos muchas veces permanecen ocultos para nosotros, pero nunca dejan de ser sabios. Dios continúa gobernando incluso cuando no entendemos lo que está haciendo. Su amor no depende de nuestros sentimientos, ni su fidelidad cambia porque nuestra percepción cambie.

Conocer a Dios transforma la manera en que interpretamos nuestras circunstancias. Las pruebas no desaparecen de inmediato, pero dejan de ser el centro de nuestra atención. En lugar de preguntarnos continuamente «¿qué me está pasando?», aprendemos a preguntar: «¿Qué quiere enseñarme Dios acerca de Él mismo?»

La Palabra de Dios es el instrumento que fortalece el corazón

Vivimos en una cultura que busca soluciones inmediatas para todo. También queremos que las heridas espirituales sanen rápidamente. Sin embargo, Dios normalmente obra mediante procesos de crecimiento paciente.

El apóstol Pablo afirma que toda la Escritura es útil para enseñar, corregir, redargüir e instruir en justicia. La Palabra de Dios no actúa únicamente informando nuestra mente; también examina nuestro corazón, confronta nuestros pecados, corrige nuestro rumbo y fortalece nuestra fe.

Por eso el creyente desanimado no necesita alejarse de la Biblia, sino aprender a leerla correctamente. No basta una lectura superficial o únicamente emocional. Necesitamos estudiar las Escrituras con oración, reflexión y dependencia del Espíritu Santo.

A medida que la verdad de Dios llena nuestra mente, también comienza a transformar nuestra manera de pensar, nuestras emociones y nuestras decisiones. Es un proceso muchas veces lento, pero profundamente seguro, porque es el camino establecido por el Señor.

La estabilidad espiritual no nace de circunstancias favorables, sino de una mente renovada continuamente por la verdad de Dios.

Aplicación y conclusión

Todos atravesaremos momentos en los que parecerá que Dios guarda silencio. Sin embargo, el silencio de Dios nunca significa su ausencia. Él continúa gobernando, sosteniendo y obrando aun cuando nuestros sentimientos digan lo contrario.

Si hoy te encuentras desanimado, no tomes decisiones basadas únicamente en tus emociones. No abandones la oración, la comunión con la iglesia ni el estudio de la Palabra. Permite que las Escrituras vuelvan a dirigir tus pensamientos hacia el carácter inmutable del Señor. Él sigue siendo el mismo Dios lleno de gracia, compasión y fidelidad.

El desafío de este capítulo es sencillo, pero profundo: en lugar de alimentar constantemente tus temores, dedica tiempo cada día a conocer mejor a Dios por medio de su Palabra. Allí encontrarás una esperanza que las circunstancias no pueden destruir.

Oremos: Señor, cuando nuestro corazón se llena de dudas y sentimos que estás lejos, ayúdanos a recordar que Tú permaneces fiel. Renueva nuestra mente mediante tu Palabra, fortalece nuestra fe y enséñanos a esperar pacientemente en Ti. Amén.

Crédito de la obra que inspiró este artículo:

Este artículo ha sido elaborado por Alimentemos el Alma como un resumen y reflexión original, basado en las enseñanzas del libro ¿Abandonado por Dios?, de Sinclair B. Ferguson (Editorial Peregrino).

📖 Lectura recomendada
Si este artículo fue de bendición para tu vida, te animamos a leer el libro completo ¿Abandonado por Dios?, de Sinclair B. Ferguson, una obra de gran riqueza pastoral para quienes atraviesan momentos de desánimo, sufrimiento o aparente silencio de Dios.

¿Cómo saber si realmente somos salvos?

Esta es una de las preguntas más importantes que una persona puede hacerse. No se trata simplemente de saber si asistimos a una iglesia, si hicimos una oración en algún momento de nuestra vida o si tenemos conocimiento de la Biblia. La pregunta fundamental es si hemos sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo y si poseemos una fe genuina que produce evidencias de una nueva vida.

La Escritura no nos deja en incertidumbre absoluta. El apóstol Juan escribió: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Observe que Juan no dice “para que esperéis” o “para que supongáis”, sino “para que sepáis”. Dios desea que Sus hijos tengan una seguridad fundamentada en Su Palabra y no en sentimientos cambiantes.

La primera evidencia de una verdadera salvación es la confianza exclusiva en Cristo. El creyente comprende que no puede justificarse por sus obras, méritos o esfuerzos religiosos. Descansa únicamente en la obra perfecta de Cristo en la cruz. Como enseña Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La fe salvadora mira fuera de sí misma y se aferra a Cristo como único Salvador.

Sin embargo, la fe verdadera nunca permanece sola. Produce transformación. El Señor Jesús declaró: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Esto no significa perfección, sino una dirección nueva en la vida. Existe una lucha contra el pecado, un deseo creciente de obedecer a Dios y una disposición a arrepentirse cuando se falla. Donde antes había indiferencia hacia Dios, ahora hay hambre espiritual.

Charles Spurgeon expresó esta verdad de manera memorable:

“La fe que salva es una fe que obra por amor, purifica el alma y vence al mundo”.

Spurgeon entendía que las obras no son la raíz de la salvación, sino su fruto. Un árbol no vive porque produce fruto; produce fruto porque está vivo.

Otra evidencia importante es el amor por Cristo y por Su pueblo. El apóstol Juan escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). El nuevo nacimiento produce nuevos afectos. El creyente comienza a amar aquello que Dios ama y a valorar aquello que antes despreciaba.

John Gill señaló que la gracia salvadora no solo ilumina la mente, sino que transforma las inclinaciones del corazón. Cuando Dios salva a una persona, le concede nuevos deseos y nuevas prioridades.

Asimismo, la perseverancia es una señal importante de una fe genuina. Jesús enseñó que algunos reciben la Palabra con gozo, pero abandonan cuando llegan las pruebas (Mateo 13:20-21). El verdadero creyente puede atravesar temporadas de debilidad, dudas o incluso caídas dolorosas, pero no abandona definitivamente a Cristo. Dios lo sostiene por Su poder.

John Bunyan escribió:

“Aunque el cristiano tropiece muchas veces, el Señor no lo dejará caer definitivamente, porque lo sostiene con Su mano.”

La perseverancia no demuestra la fuerza del creyente, sino la fidelidad de Dios.

Al mismo tiempo, debemos tener cuidado de no buscar seguridad únicamente observando nuestro desempeño espiritual. Si miramos solamente nuestras obras, encontraremos muchas imperfecciones. Nuestra seguridad descansa primero en las promesas de Dios y después en las evidencias de Su obra en nosotros. Como afirma Romanos 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.

Por ello, la pregunta no debe ser simplemente: “¿Hice una profesión de fe alguna vez?”, sino: “¿Estoy confiando hoy en Cristo? ¿Existe evidencia de Su obra en mi vida? ¿Amo Su Palabra, Su pueblo y Su voluntad? ¿Hay arrepentimiento cuando peco?”.

La verdadera seguridad surge cuando contemplamos simultáneamente dos realidades: la perfección de Cristo como Salvador y la evidencia de que Su Espíritu está obrando en nosotros. No somos salvos porque producimos fruto; producimos fruto porque hemos sido unidos a Cristo por la fe. Y aquellos que han sido verdaderamente regenerados pueden descansar en la promesa de Aquel que dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás” (Juan 10:27-28).

“Contenido elaborado con apoyo tecnológico y publicado, editado, corregido, revisado bajo responsabilidad de Alimentemos el Alma.”

NO MAQUILLES TU PECADO CON RELIGIÓN | AEA

El versículo: “Hay cargas que Dios nunca diseñó para que las llevaras solo, sino para que se las des a Cristo”, a la luz de 1 Pedro 5:7, toca una verdad profundamente bíblica: Dios llama al creyente a descansar su ansiedad, temor y aflicción sobre Cristo, porque Él cuida de los suyos. El texto dice: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Pedro no está promoviendo irresponsabilidad emocional ni dependencia manipuladora de otros, sino una confianza humilde y reverente en la soberanía y el cuidado paternal de Dios.

Sin embargo cuando esto se manipula intencionalmente apunta a un problema muy real dentro del corazón humano y aun dentro de ciertos ambientes cristianos: muchas veces las personas no entregan verdaderamente sus cargas a Cristo, sino que usan el lenguaje espiritual para descargar responsabilidades sobre otros mientras mantienen intacto el control, el egoísmo o la conveniencia personal. Allí la religión puede convertirse en una máscara y no importa denominación o credo el fin es el mismo.

Esto revela algo más profundo: el pecado del corazón. El ser humano caído no solo sufre; también aprende a manipular su sufrimiento para obtener beneficio, atención, validación o incluso ventajas prácticas. A veces se utiliza la “necesidad espiritual” como una herramienta de presión emocional. Se habla de “orar por mí”, “ayudarme”, “Dios me está probando”, pero detrás puede esconderse pereza espiritual, falta de arrepentimiento, irresponsabilidad o incluso cálculo consciente para que otros carguen consecuencias que uno mismo no quiere enfrentar.

Eso es diferente al verdadero quebranto y arrepentimiento. El creyente genuino puede pedir ayuda, llorar, cansarse y buscar apoyo de la iglesia; pero lo hace desde la honestidad y la humildad, no desde la manipulación. Juan Calvino enseñaba que el corazón humano es una “fábrica de ídolos”; incluso el dolor puede convertirse en un ídolo cuando se usa para controlar a otros en lugar de rendirse a Dios.

El peligro de esta hipocresía es que aparenta dependencia de Cristo mientras realmente depende de estrategias humanas y de su engañoso corazón. Se “maquilla” con vocabulario cristiano, pero el centro sigue siendo el «YO». Cristo es presentado como refugio con los labios, pero en la práctica el refugio está en las personas, en la manipulación emocional o en el provecho que se puede sacar de la situación.

La Escritura confronta eso con claridad. Gálatas 6:5 enseña que “cada uno llevará su propia carga”, mostrando responsabilidad personal delante de Dios; mientras el versículo 2 dice “sobrellevad los unos las cargas de los otros”, hablando del amor cristiano. Ambos textos juntos muestran equilibrio: la iglesia ayuda, pero no para alimentar pecado, irresponsabilidad o dependencia carnal. La gracia no fue dada para encubrir manipulación, sino para transformar el corazón.

Es importante abordar este punto y tratarlo con la verdad, honestidad y ética, porque desenmascara una moral a la medida del corazón engañoso y una religiosidad superficial que puede existir incluso dentro de la iglesia. Hay personas que quieren alivio sin arrepentimiento, ayuda sin transformación y compasión sin asumir consecuencias. Pero Cristo no solo vino a aliviar cargas; vino a romper el dominio del pecado sobre el corazón humano.

El verdadero sentido de 1 Pedro 5:7 no es “usar a otros para escapar del problema”, sino rendir delante de Cristo nuestras ansiedades, reconociendo nuestra incapacidad y descansando en Su cuidado soberano. Cuando alguien realmente deposita sus cargas en Cristo, deja también de usar a las personas como instrumentos de conveniencia personal. Allí nace una fe sincera, humilde y transformada por el evangelio.

“Pero aun en medio de nuestras luchas, hipocresías y cargas mal llevadas, la gracia de Dios sigue llamándonos al arrepentimiento. La Biblia dice que ‘no hay justo, ni aun uno’ (Romanos 3:10), recordándonos que ninguno de nosotros es perfecto delante de Dios. Todos hemos fallado, todos necesitamos misericordia y todos dependemos completamente de Cristo.

Por eso, el evangelio no es una invitación a fingir fortaleza, sino a rendir el corazón delante de Dios. Cristo no rechaza al pecador arrepentido; Él recibe a todo aquel que viene a Él con humildad y fe. Jesús dijo: ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar’ (Mateo 11:28).

No pongas tu esperanza en hombres imperfectos, ni en estrategias humanas, ni en una religión vacía. Descansa plenamente en la gracia soberana de Dios. Él es fiel aun cuando nosotros somos débiles.

Y si aún no conoces verdaderamente a Cristo, búscale en Su Palabra. Porque ‘la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios’ (Romanos 10:17). En las Escrituras encontrarás no solo verdad para confrontar tu pecado, sino también al Salvador capaz de perdonar, restaurar y dar vida eterna.

Hoy es un buen día para dejar la carga del pecado a los pies de Cristo y hallar en Él el verdadero descanso para tu alma.”

Porque Él dice: «En el momento propicio te escuché y en el día de salvación te ayudé». Les digo que este es el momento propicio de Dios; hoy es el día de salvación. 2 Corintios 6:2 NVI

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Excusas | Reflexión – Pepe Mendoza

Jueces 20 – 21   y   Filipenses 3 – 4

“Y dijeron:¿Por qué, oh SEÑOR, Dios de Israel, ha sucedido esto en Israel, que falte hoy una tribu en Israel”, Jueces 21:3.

¿Por qué me pasa esto a mí?  Es una pregunta que en más de una oportunidad nos debemos haber hecho. Escuché alguna vez decir a un siquiatra que está comprobado que una de las mayores dificultades del hombre es poder reconocer las consecuencias negativas de sus propios actos.  Cuando las cosas van bien, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez? Pero, cuando las cosas van de mal en peor, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez?… pero, echándole la culpa a todos, menos a él mismo.

Somos por naturaleza homo excusabis, por decirlo de alguna manera. El caso bíblico lo ejemplifica: Las tribus de Israel reunidas, estaban sorprendidas con el testimonio del levita que había dado cuenta del tremendo daño que los benjamitas de Gabaa habían inflingido a su esposa hasta causarle la muerte. Los benjamitas protegieron excusando a sus paisanos de Gabaa (así se llamaba el pueblo en donde sucedieron los hechos), negándose a entregar a los asesinos. Todo Israel, entonces, lleno de ira se enfrentó en batalla contra sus hermanos de Benjamín. Una guerra civil se había iniciado. Al final, los benjamitas fueron casi diezmados. La pregunta del encabezado surge después de conocer los cruentos datos de la masacre. Nunca una evasiva es una puerta de salida a un conflicto.

Es indudable que las excusas de ida y vuelta siempre tienden a agravar el problema y a endurecer la conciencia de los originadores de la falta. En el Mercurio, diario chileno, hay una columna denominada “Línea Directa”; allí, sufridos receptores de excusas presentan públicamente sus irresueltos casos problemáticos, ante la negativa de los excusistas de solucionar los problemas más allá de una noble pero escurridiza excusa. En la mayoría de oportunidades cada caso en donde interviene LD siempre termina así: “Resuelto. La gerencia de la empresa antes excusista dijo que fue evaluada la situación del sufrido receptor, se le dieron las explicaciones del caso y todo quedó resuelto a su entera conformidad”. Si todo era así de fácil… ¿Por qué no quedó resuelto por los canales normales? ¿Es más fuerte la publicidad negativa que la buena conciencia? Pues, como ven, la pandemia de la Excusitis está destruyendo la capacidad humana de resolución de aprietos.

Enfrentar las consecuencias de nuestros actos, sin excusas de por medio, es una necesidad. Nada fortalece más el carácter que poner la cara cuando las cosas no las hicimos correctamente, o no salieron como estaban previstas (por decirlo más diplomáticamente). Caer en largas justificaciones no sólo le hace daño al agredido, sino que también inmuniza nuestra conciencia contra la sinceridad.  Quizás el factor sicológico y emocional más importante que pasa por nuestra mente al momento de elegir excusas antes que una disculpa, o una solución, se debe al temor que tenemos de perder algo que consideramos valioso y que es, aparentemente, superior a la verdad.

El buen nombre, dinero, el aprecio de los demás, el trabajo, y tantas otras cosas que, sobrevaluadas, nos impiden ver que la justicia nunca será dañina a nuestra vida y que la verdad es la que liberta, mientras que la mentira siempre esclaviza el alma. El apóstol Pablo tenía un notable sentido del deber. Él era irreprochable porque había aprendido a tener la justa medida para todas las cosas: “Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo”, Filipenses 3:7-8. Su responsabilidad delante de Dios y su verdad lo hizo eliminar todos aquellos subterfugios que pudieran impedirle glorificar con plenitud al Señor. Él decía: “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús… continuemos viviendo según la misma norma que hemos alcanzado”, Filipenses 3:13-14,16. Nada de dobleces, nada de pretextos, coartadas y alegatos. Sólo la verdad, que es igual para todos los hombres.

Ninguna persona excusienta podrá nunca resolver a cabalidad sus conflictos. Por eso, es de los mayores baluartes del hombre la verdad y la justicia, y esos valores son los que en realidad se deben temer perder. Alguien dijo alguna vez: “Cualquier cosa que el hombre gane debe pagarla cara, aunque no sea más que con el miedo de perderla”. Debemos aprender a que nos tiemble la voz cada vez que vamos a excusar nuestra responsabilidad porque simplemente… la excusa agrava la falta.

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor. Es el autor de los libros Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024) y Hermenéutica bíblica: Consejos prácticos para comprender la Biblia sin morir en el intento (CLIE, 2025). Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana. Es director del Instituto Integridad & Sabiduría y es profesor adjunto en el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en X (Twitter).

Artículo de Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/excusas-reflexion/

Para entrenar a un niño PDF | Michael y Debi Pearl

Para Entrenar a un Niño
Hace tres mil años, un sabio dijo, “instruye (entrena) al niño en su camino y aun cuando fuere viejo, no se apartará de él.” Un buen entrenamiento o instrucción no es solucionar crisis; por el contrario, es aquel proceso que se debe hacer antes de enfrentarlas o de tener que disciplinar a los hijos.La mayoría de las personas asumen la paternidad por accidente, no lo hacen de manera deliberada o planeada. ¡Imagínese si se construyera una casa de esa manera! No tenemos que reinventar la instrucción. Existen principios para instruir a los niños, y métodos que han funcionado desde la antigüedad. Negarle la formación o entrenamiento a un hijo es abandonarlo deliberadamente y es semejante a empujarlo hacia un mar de opciones y de pasiones, sin un barco apropiado ni una brújula.

PDF:https://tesoroscristianos.co/wp-content/uploads/2020/07/Como-entrenar-un-ni%C3%B1o-Debi-y-Michael-Pearl.pdf

SIETE PALABRAS DE LA CRUZ

En los momentos en que acontece la crucifixión, el Señor Jesús dijo algunas cosas. Siendo éste uno de los momentos supremos de su vida y de la historia, es natural que se tenga mucho interés en la significación de esas palabras que fueron recogidas en los Evangelios. Son siete expresiones.

La primera aparece en Lc. 23:34 (“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”). Es de notar que se dirige al “Padre” y que lo que solicita no es que se disminuyan sus dolores, sino que se tenga misericordia de los que lo crucificaban. Reconoce que lo hacían en ignorancia. Pablo escribiría después acerca de la sabiduría de Dios, “la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Co. 2:8). El Señor, entonces, ruega a su Padre que no les tome en cuenta este terrible pecado que cometían los gobernantes y el pueblo de Jerusalén. Intercede por sus enemigos cuando más mal le hacían.

La segunda palabra es la que dirige al ladrón que mostró arrepentimiento (“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” [Lc. 23:43]). Aquel ladrón había hecho una declaración asombrosa de fe, puesto que llamó a Jesús “Señor”. Reconoció la existencia de un más allá, en el cual las personas están en plena capacidad intelectual, al decir “Acuérdate de mí”. E incluso pudo ver en aquel crucificado al futuro rey de Israel, pues le expresó: “Cuando vinieres en tu reino”. Pero la respuesta del Señor sobrepasó sus expectativas, pues oyó que se le dijo que en ese mismo día su oración sería contestada, al encontrarse con él en el •paraíso. En el momento de suprema debilidad, el Señor continúa con su autoridad para beneficio de otros y salva a un pecador arrepentido.

Con la tercera palabra, el Señor Jesús demuestra su sentido de responsabilidad hacia su madre, encomendándola a Juan, su mejor amigo (“Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” [Jn. 19:26–27]). La verdadera humanidad de Jesús resalta en estas palabras. Es un hombre que está a punto de morir y desea conseguir para su amada madre un mínimo de seguridad, por lo cual la encomienda a aquel de entre sus discípulos más íntimos que tenía cierta posibilidad económica. Además, muchos opinan que •María era hermana de •Salomé, la madre de Juan y Jacobo, por lo tanto, tía de Juan. Toda las Escrituras sobre el honrar al padre y a la madre tienen en este acto una muestra ejemplar. Además, el Señor estaba ofreciendo un regalo de amor a Juan, una demostración especial de amor hacia su discípulo, al poner a su cargo, nada más y nada menos, que a su bienaventurada progenitora.

“Cerca de la hora novena”, según Mateo y “a la hora novena”, según Marcos (Mt. 27:46; Mr. 15:34), en medio de una misteriosa oscuridad, se escucha la cuarta palabra: “¿Elí, Elí, lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Antes se había dirigido a su Padre, ahora se dirige a su Dios. No se trata de un susurro, sino de “una gran voz”. Es un grito de desesperación pronunciado por alguien que experimenta la última de todas las soledades: el abandono de Dios. Las palabras del Sal. 22:1, que de seguro el Señor conocía muy bien, tomaron para él en ese momento su plena significación. Por eso las usa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. ¿Repetiría el Señor todo el resto del salmo en forma inaudible? No se nos dice. Pero, de todos modos, la experiencia que el profeta puso en aquella poesía describe mucho de lo que acontecía en el alma de Jesús en el momento de la cruz (“¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?). Tener sobre sí la carga de los pecados nuestros traía, necesariamente, el juicio de Dios.

La quinta palabra sale de uno que es verdadero hombre: “Tengo sed” (Jn. 19:28). Aunque en castellano son dos vocablos, en griego se trata de uno solo: dipso. De importancia suprema es la consideración de la verdad de que quien sufre y muere es un ser humano, no una aparición o un fantasma. Los soldados habían tratado de que el Señor bebiera un sedante compuesto por vino agrio y mirra, “pero después de haberlo probado, no quiso beberlo” (Mt. 27:33–34; Mr. 15:23). La jornada, hasta el momento, había sido extenuante. Su cuerpo estaba deshidratado, tal como habían predicho las Escrituras: “Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar”; “… y en mi sed me dieron a beber vinagre” (Sal. 22:15; 69:21).

Después, en la sexta palabra, el Señor dice que todo ha llegado a su fin (“Consumado es” [Jn. 19:30]). No es el final de la historia, sino la cúspide de la obra que se le había encomendado: ofrecer su cuerpo, dar su vida en expiación por los pecados de los hombres. Todo su ser estuvo siempre imbuido del deseo de hacer la voluntad del que le envió y acabar su obra (Jn. 4:32, 34; Lc. 13:32). Ahora, tras los muchos sufrimientos que había padecido, reconoció que lo había logrado (“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” [Jn. 17:4]).

Entonces, en la séptima palabra, “clamando a gran voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46), de nuevo usa el término “Padre”. Se cumple así la profecía del Sal. 31:5 (“En tu mano encomiendo mi espíritu”). Se nos dice que el Señor “entregó el espíritu” (Jn. 19:30). Fue un acto de su voluntad, porque él había dicho: “… yo pongo mi vida.… Nadie me la quita. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Jn. 10:17–18). Se trata, sin embargo, de una muerte real. El Señor realmente murió. No fue un desmayo ni cosa parecida, sino que él sufrió el “padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (He. 2:9).

 Lockward, A. (1999). En Nuevo diccionario de la Biblia (pp. 963-964). Editorial Unilit.

¿Qué oculto temor espantaba el alma del justo Job?

Porque el temor que me espantaba me ha venido,
Y me ha acontecido lo que yo temía. (Job 3:25)

¿Qué bestia moraba en el oscuro fondo de su ser? ¿Qué fantasma afligía el espíritu de este «varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal»? (1:8).
Sentado en medio de las cenizas, herido desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, enmudecido por el dolor, ¿qué es lo que le ha sobrevenido, y en respuesta a qué innombrable terror?
No temía las consecuencias de una turbia conciencia, ser descubierto en pecados ocultos, pues no los tenía; ni pagar sus faltas ante tribunales de justicia, pues no había cometido ninguna. Job era perfecto: andaba siempre en la luz de Dios. Puros eran sus pensamientos, limpia su mirada, sus palabras eran sabias, e intachables sus hechos. Vivía en paz con Dios y con los hombres.
No temía la pérdida de sus bienes o riqueza, ni la separación de sus seres más queridos. Ante la pérdida de todo, Job declaró: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (1:21). Lo que Job temía era mucho más aterrador: temía perder el favor de Dios.

El dilema de Job es indescriptiblemente cruel. Él es justo, pero Dios se ha vuelto contra él. Ha perdido irrecuperablemente la amistad de Dios. El Omnipotente es su enemigo.
Su mujer lo entendió al instante, y con clarividencia satánica espetó: «Maldice a Dios, y muérete» (2:9). No queda otra alternativa. Mejor sería no haber nacido.

Terrible crisis la del santo Job. Pero en medio de la tempestad nace una fe que le salva, pues en todo el universo de Dios, sólo la fe, la sola fe, le puede salvar. Y en el momento más oscuro de la noche surge una magnífica fe:

«Pero en mi corazón yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo;
Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios;
Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí» (19:25–27).

¡Oh, que fuera aquella noche solitaria,
Que no viniera canción alguna en ella!
Maldíganla los que maldicen el día,
Los que se aprestan a despertar a leviatán.

Park, S. S. (1991). Desde el Torbellino, Job: Más allá del sufrimiento humano (1a Edición, pp. 1-2). Publicaciones Andamio.

Hombres perversos y malos | Charles Spurgeon

24 de Marzo
“Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal.” 2 Tesalonicenses 3:3.

Los hombres a menudo están tan desprovistos de razón como de fe. Todavía hay entre nosotros “hombres perversos y malos”. No sirve de nada argumentar con ellos o procurar tener paz con ellos: tienen un corazón falso y su conversación es engañosa. Bien, ¿qué haremos? ¿Acaso nos preocuparemos por ellos? No; volvámonos al Señor, pues Él es fiel. Ninguna promesa de Su palabra será incumplida jamás. Él no es irrazonable en Sus exigencias para con nosotros, ni es infiel a nuestros argumentos relacionados con Él. Tenemos un Dios fiel. Esto ha de ser nuestro gozo.
Él nos confirmará de tal manera que los hombres perversos no ocasionarán nuestra caída, y Él nos guardará de tal manera que ninguno de los males que ahora nos asedian, nos hará realmente ningún daño. Qué bendición es para nosotros que no tengamos que contender con los hombres, y más bien que se nos permita abrigarnos en el Señor Jesús, que se identifica verdaderamente con nosotros. Hay un corazón sincero, una mente fiel, un Amor inmutable; descansemos allí. El Señor cumplirá el propósito de Su gracia para con nosotros, Sus siervos, y no debemos permitir que ni una sombra de duda caiga sobre nuestros espíritus. Todo lo que los hombres o los demonios puedan hacer, no puede impedir que gocemos de la protección y la provisión divinas. Oremos en este día pidiéndole al Señor que nos afirme y nos guarde.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román
Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Logos Bible Software.