¿Qué oculto temor espantaba el alma del justo Job?

Porque el temor que me espantaba me ha venido,
Y me ha acontecido lo que yo temía. (Job 3:25)

¿Qué bestia moraba en el oscuro fondo de su ser? ¿Qué fantasma afligía el espíritu de este «varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal»? (1:8).
Sentado en medio de las cenizas, herido desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, enmudecido por el dolor, ¿qué es lo que le ha sobrevenido, y en respuesta a qué innombrable terror?
No temía las consecuencias de una turbia conciencia, ser descubierto en pecados ocultos, pues no los tenía; ni pagar sus faltas ante tribunales de justicia, pues no había cometido ninguna. Job era perfecto: andaba siempre en la luz de Dios. Puros eran sus pensamientos, limpia su mirada, sus palabras eran sabias, e intachables sus hechos. Vivía en paz con Dios y con los hombres.
No temía la pérdida de sus bienes o riqueza, ni la separación de sus seres más queridos. Ante la pérdida de todo, Job declaró: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (1:21). Lo que Job temía era mucho más aterrador: temía perder el favor de Dios.

El dilema de Job es indescriptiblemente cruel. Él es justo, pero Dios se ha vuelto contra él. Ha perdido irrecuperablemente la amistad de Dios. El Omnipotente es su enemigo.
Su mujer lo entendió al instante, y con clarividencia satánica espetó: «Maldice a Dios, y muérete» (2:9). No queda otra alternativa. Mejor sería no haber nacido.

Terrible crisis la del santo Job. Pero en medio de la tempestad nace una fe que le salva, pues en todo el universo de Dios, sólo la fe, la sola fe, le puede salvar. Y en el momento más oscuro de la noche surge una magnífica fe:

«Pero en mi corazón yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo;
Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios;
Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí» (19:25–27).

¡Oh, que fuera aquella noche solitaria,
Que no viniera canción alguna en ella!
Maldíganla los que maldicen el día,
Los que se aprestan a despertar a leviatán.

Park, S. S. (1991). Desde el Torbellino, Job: Más allá del sufrimiento humano (1a Edición, pp. 1-2). Publicaciones Andamio.

Hombres perversos y malos | Charles Spurgeon

24 de Marzo
“Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal.” 2 Tesalonicenses 3:3.

Los hombres a menudo están tan desprovistos de razón como de fe. Todavía hay entre nosotros “hombres perversos y malos”. No sirve de nada argumentar con ellos o procurar tener paz con ellos: tienen un corazón falso y su conversación es engañosa. Bien, ¿qué haremos? ¿Acaso nos preocuparemos por ellos? No; volvámonos al Señor, pues Él es fiel. Ninguna promesa de Su palabra será incumplida jamás. Él no es irrazonable en Sus exigencias para con nosotros, ni es infiel a nuestros argumentos relacionados con Él. Tenemos un Dios fiel. Esto ha de ser nuestro gozo.
Él nos confirmará de tal manera que los hombres perversos no ocasionarán nuestra caída, y Él nos guardará de tal manera que ninguno de los males que ahora nos asedian, nos hará realmente ningún daño. Qué bendición es para nosotros que no tengamos que contender con los hombres, y más bien que se nos permita abrigarnos en el Señor Jesús, que se identifica verdaderamente con nosotros. Hay un corazón sincero, una mente fiel, un Amor inmutable; descansemos allí. El Señor cumplirá el propósito de Su gracia para con nosotros, Sus siervos, y no debemos permitir que ni una sombra de duda caiga sobre nuestros espíritus. Todo lo que los hombres o los demonios puedan hacer, no puede impedir que gocemos de la protección y la provisión divinas. Oremos en este día pidiéndole al Señor que nos afirme y nos guarde.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román
Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Logos Bible Software.

EL ORDO SALUTIS | R.C.Sproul


Cuando miramos más detenidamente la relación entre elección y salvación, necesitamos ocuparnos de lo que los teólogos llaman el ordo salutis u “orden de la salvación”. El ordo salutis tiene que ver con el orden en que ocurren varios sucesos que conducen a nuestra redención, específicamente el orden lógico más bien que cronológico.
Con esta distinción me refiero a lo siguiente. Creemos que somos justificados por la sola fe. Pero, ¿cuánto tiempo después de poseer la verdadera fe salvadora somos justificados? ¿Cinco segundos, cinco minutos, cinco meses, cinco años? No, decimos que la justificación y la fe son coincidentes en cuanto al tiempo. En el preciso instante en que tenemos verdadera fe, en ese mismo momento Dios nos recibe como personas justificadas. Pero aun así decimos que la fe viene antes que la justificación, aun cuando ocurren al mismo tiempo. La fe precede lógicamente a la justificación. En otras palabras, dado que nuestra justificación depende y se apoya en la fe, la fe es el prerrequisito, la condición necesaria que debe estar presente para que ocurra la justificación. Así que la fe es lógicamente necesaria para la justificación. La fe precede a la justificación, no en el tiempo, sino en cuanto a necesidad lógica. Así que cuando hablamos del orden de la salvación, ten en cuenta que lo que se toma en consideración son las distinciones relativas a los prerrequisitos, sobre la base de la necesidad lógica.
En Romanos 8, tenemos uno de los versos más famosos y apreciados de todo el Nuevo Testamento: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito” (v. 28). Nótese que esta promesa de que todas las cosas están dispuestas para bien es para las personas que aman a Dios, para aquellos que son descritos como los que son llamados según su propósito.
Ese es un tipo especial de llamado. La Biblia habla sobre el llamado del evangelio que sale para todos, lo que llamamos el llamado externo o exterior. No todos los que oyen el evangelio son salvos. También se habla del llamado interior, el llamado de Dios en la persona, en el corazón, que es una obra de Dios el Espíritu Santo, un llamado que es efectivo. En este llamado, el Espíritu Santo abre el corazón de los creyentes, obrando en el interior para llevar a cabo el propósito de Dios. Es este llamado el que Pablo tiene en mente en Romanos 8:28. Todos los elegidos reciben este llamado interior, como queda claro en los versos que siguen.
Veamos la primera mitad del verso 29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo”. Pablo está hablando aquí de los propósitos de Dios respecto a la salvación, y comienza mencionando la presciencia de Dios. Él nos dice que a aquellos que Dios antes conoció, él los predestinó. ¿Cuál fue el objetivo de esta predestinación? Fue que aquellos a los que Dios conoció de antemano fueran hechos conforme a la imagen de Cristo.
En el verso 30, encontramos lo que llamamos “la cadena de oro”: “Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó”. Esta es una versión abreviada del orden de la salvación. Hay otros aspectos de la salvación aparte de los que aquí se mencionan; Romanos 8:30 toca los puntos básicos, por así decirlo. Por ejemplo, la santificación no está en esta lista. Esta lista más bien incluye (partiendo desde el verso 29), primero, el conocimiento previo; segundo, la predestinación; tercero, el llamado; cuarto, la justificación; y quinto, la glorificación.
Es muy importante para nuestra comprensión de la seguridad asimilar lo que está sucediendo en este orden de la salvación. Como señalé antes, Pablo se refiere a un orden lógico, y comienza por el conocimiento previo. La perspectiva de la elección según la presciencia que mencioné anteriormente es popular porque las personas llegan a este texto y dicen: “¡Ajá! El primer paso es el conocimiento previo. Eso significa que la elección o la predestinación se basan en algo que Dios sabe de antemano sobre las personas”. Pero el texto no dice eso. De hecho, en el desarrollo que hace Pablo de este tema en el capítulo 9, esa posibilidad queda descartada. Según la comprensión reformada de la elección, las personas elegidas según los decretos de Dios no son códigos sin nombre. Para que Dios elija a alguien, él debe tener alguna idea de la persona que está eligiendo. Así que el conocimiento previo debe preceder a la predestinación, porque Dios predestina a individuos específicos a los que ama y escoge.
El siguiente suceso lógico es la predestinación. Pablo nos dice que aquellos a los que Dios antes conoció también los predestinó. No se dice pero se entiende claramente aquí que todos los que están en la categoría del conocimiento previo están predestinados. Desde luego, la presciencia de Dios, en general, incluye a todas las personas, no solo a los elegidos. Pero aquí Pablo está hablando del conocimiento previo de Dios de sus elegidos. ¿Cómo lo sabemos? Porque Pablo declara que todos aquellos a quienes Dios conoció de antemano, en el sentido en el que aquí los conoce, son predestinados, y todos los que son predestinados son llamados, y todos los que son llamados son justificados. Este es el punto crucial. Si todos los que son llamados son justificados, Pablo no puede estar refiriéndose al llamado externo. Debe estar hablando del llamado interno, porque todos los que reciben este particular llamado reciben la justificación, así como todos los que son justificados son glorificados.
Así que si quiero saber si voy a ser glorificado —es decir, si en última instancia voy a ser salvo— necesito determinar si estoy justificado. Si estoy justificado, sé que voy a ser glorificado. En otras palabras, si ahora estoy justificado, no tengo nada de qué preocuparme: Aquel que ha comenzado una buena obra en mí va a completarla hasta el final (Filipenses 1:6).

Sproul, R. C. (2010). ¿Puedo estar seguro de que soy salvo? (E. Castro, Trad.; Vol. 7). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

¿Qué es apostasía? | Arthur W. Pink

¿Qué es apostasía?

Arthur W. Pink (1886-1952)

Amado lector, en el pasado, miles de personas estaban muy seguras de haber recibido genuinamente la salvación y, realmente, confiaban en los méritos de la obra consumada de Cristo para llevarlos seguros al cielo, como quizá lo esté usted. No obstante, ahora están sufriendo los tormentos del infierno. Su confianza era carnal… Estaban seguros de que su fe era suficiente para su salvación y no veían la necesidad de examinarse a fondo, exhaustivamente y con frecuencia, a la luz de la Escrituras, a fin de descubrir si estaban dando o no, esos frutos que son inseparables de la fe de los escogidos por Dios. Si leían un artículo como éste, con orgullo llegaban a la conclusión de que se aplicaba a otros. Estaban tan seguros de que muchos años atrás habían nacido de nuevo, que se negaban a obedecer el mandato de 2 Corintios 13:5: “Examinaos a vosotros mismos”. Ahora es demasiado tarde. Desaprovecharon su día de oportunidad y, consecuentemente, su porción para siempre fue la “negrura de las tinieblas”.

En vista de esta solemne y terrible realidad, el escritor, seriamente, llama a sí mismo y a cada lector, a humillarse ante Dios y clamar sinceramente: “Examíname, oh Dios: revélame a mí mismo. Si vivo engañado, quítame el engaño antes de que sea demasiado tarde y sufra por toda la eternidad. Capacítame para analizarme fielmente de acuerdo con tu Palabra para poder descubrir si mi corazón ha sido renovado o no, si he abandonado todo camino de mi propia voluntad y me he rendido verdaderamente a Ti; si me he arrepentido de tal manera que odio todo pecado y ansío con fervor ser libre de su poder, me aborrezco a mí mismo y busco diligentemente negarme a mí mismo; si mi fe es la que vence al mundo (1 Jn. 5:4) o si es meramente una noción que no produce una vida piadosa; si soy un pámpano fructífero de la vid o meramente algo que estorba; en pocas palabras, si soy una nueva criatura en Cristo o sólo un hipócrita”. Si tengo un corazón sincero, entonces estaré dispuesto, sí, ansioso por enfrentar y conocer la verdad acerca de mí mismo.

Quizá algunos lectores estén listos para decir: “Yo ya sé la verdad acerca de mí mismo. Creo lo que la Palabra de Dios me dice: Soy un pecador sin nada bueno en mí. Mi única esperanza está en Cristo”. Sí, querido amigo, pero tenga en cuenta que Cristo salva a su pueblo de sus pecados. Cristo envía a su Espíritu Santo a sus corazones de modo que son cambiados radicalmente; dejan de ser lo que eran antes. El Espíritu Santo derrama el amor de Dios en el corazón de aquellos que regenera, y ese amor es manifestado en un anhelo profundo y una decisión sincera de complacer a Aquel que los ama. Cuando Cristo salva a un alma, la salva, no sólo del infierno, sino del poder del pecado. Lo libra del dominio de Satanás y del amor al mundo. Lo libra del temor al hombre, las lascivias de la carne y el amor a sí mismo. Es cierto que no ha completado esta obra bendita; es cierto que la naturaleza pecadora no ha sido aún erradicada, pero el que es salvo, ha sido liberado del dominiodel pecado (Ro. 6:14). La salvación es algo sobrenatural que cambia el corazón, renueva la voluntad, transforma la vida, de manera que es evidente a todos a su alrededor que hubo un milagro de gracia… Una fe que no produce un vivir piadoso, un caminar obediente, un fruto espiritual, no es la fe de los elegidos de Dios. Oh mi lector, le ruego que se examine con diligencia y fidelidad a la luz de la Palabra infalible de Dios. No pretenda ser un hijo de Abraham, a menos que haga las obras de Abraham (Jn. 8:39).

¿Qué es apostasía? Es hacer naufragar la fe (1 Ti. 1:19). Es el corazón apartado del Dios viviente (He. 3:12). Es volver al mundo y ser vencido por él, después de un escape previo de su contaminación, a través del conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo (2 P. 2:20). Hay varios pasos que la preceden. Primero, es mirar hacia atrás (Lc. 9:62) como la esposa de Lot, quien externamente partió de Sodoma, pero su corazón se quedó allí. Segundo, es retractarse (He. 10:38): Los requerimientos de Cristo son demasiado exigentes para apelar al corazón. Tercero, es dar la espalda (Jn. 6:66): La senda de santidad es demasiado angosta para los deseos de la carne. Lo cuarto, es la caída definitiva, lo cual es fatal: “Hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados” (Is. 28:13).

Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), reimpreso por Chapel Library.

A. W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures) y muchos libros, incluyendo los muy reconocidos: La soberanía de Dios (The Sovereignty of God) y Los atributos de Dios (Attributes of God). Nacido en Nottingham, Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y, en 1934, regresó a su patria.

“Acordemos, pues, esta noción de apostasía, la cual es evidente: es dejar la obediencia que debemos a nuestro legítimo Señor”. —Thomas Manton

Los Pensamientos del Pecador Arrepentido | Salvador Gómez Dickson

CAPÍTULO 3
Los Pensamientos del Pecador Arrepentido
Entonces, volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores.”
Lucas 15:17–19


Su situación era desesperada. Tinieblas y oscuridad se cernían sobre sí. El panorama era lóbrego y sombrío. ¡Pero de repente le ilumina un rayo de luz! Como si el sol estuviera amaneciendo por primera vez en su alma, brota la esperanza de una solución: “Esto no tiene que seguir así.”
Cuando el telón vuelve a elevarse, encontramos a nuestro personaje con una actitud completamente distinta. Lo que hemos conocido de la historia hasta este punto se debe en parte a la conversación que sostuvieron el padre y el hijo, y la narración que Cristo hizo de los eventos. Ahora podemos apreciar un ingrediente nuevo. Somos introducidos en la mente del individuo y somos capaces de leer sus pensamientos.
Algo extraordinario ha ocurrido. Es como si por esta experiencia el hombre pasara de un estado de locura a la cordura. El texto nos lo hace saber con la expresión: “Y volviendo en sí…” Mientras el hombre vive para sí mismo, entregado a sus pasiones y pecados (sean estos groseros o no), su vida es una especie de locura. No fue sino hasta este momento que él entiende que la realidad de la vida era otra. La vida sin Dios es una especie de demencia. La vida en pecado es un trastorno del diseño original del Creador; “este su camino es locura” (Sal. 49:13).
Aarón reconoció esto cuando murmuró junto a María contra Moisés; él dijo a Moisés: “locamente hemos actuado, y hemos pecado” (Núm. 12:11). Las palabras de Samuel al reprender a Saúl fueron: “locamente has hecho” (1 Sam. 13:13). Y David, por su parte, confesó a Dios: “He hecho muy locamente” (1 Cr. 21:8).
El pecador no arrepentido está fuera de su juicio. Es la fe y el arrepentimiento lo que le trae a ver las cosas de nuevo conforme a la realidad. Un hombre que está fuera de sus facultades percibe su mundo alrededor de modo distinto a la verdad. Y es así todo pecador. Ve el mundo y la vida desde una óptica completamente distinta. La realidad de Dios y de sí mismo le son ocultas. Vive en su mundo pensando que todo está bien. Y parte de lo que hace el arrepentimiento bíblico es cambiar esa manera de pensar que el hombre tiene de sí mismo y de Dios.
¿Qué es lo normal? Este hijo pensaba que lo juicioso era seguir los deseos de su corazón tras la independencia y el placer. Pero ahora se nos revela que tal cosa es locura para Dios. Aunque todos lo hagan, no es lo correcto; es un trastorno del plan de Dios para el hombre. Mientras disfrutaba del pecado y procuraba la satisfacción de sus anhelos, no veía cuál era su condición ante el Juez de todos los hombres. Hasta ahora había tratado de aplacar su hambre y miseria con soluciones ineficaces. Pensó que la solución quizás estaba en sí mismo: en la capacidad de trabajar y producir dinero. Pero ‘volvió en sí’, y los pensamientos que aquí se expresan, nos muestran lo que pasa por la mente de un pecador cuando se arrepiente.
¿Cuál es el proceso de pensamiento de un alma arrepentida? Recurrimos a la comprehensiva y precisa definición de arrepentimiento que nos brinda el Catecismo Menor:
“El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, por la cual un pecador, con un verdadero sentimiento de su pecado, y comprendiendo la misericordia de Dios en Cristo, con dolor y aborrecimiento de su pecado, se aparta del mismo para ir a Dios, con pleno propósito y esfuerzo para una nueva obediencia.”
El catecismo presenta dos elementos que son la raíz de todo verdadero arrepentimiento: (1) un verdadero sentimiento de su pecado y (2) una comprensión de la misericordia de Dios en Cristo. Son éstos los elementos que encontramos en los pensamientos del pecador arrepentido, aunque en nuestro pasaje los encontramos en un orden inverso.

Comprendiendo la Misericordia de Dios en Cristo
“Me levantaré e iré a mi padre.” No más huir; no más juegos. La realidad era sólo una y había que enfrentarla. Antes el pecador pensaba que la solución la podía encontrar en él mismo o por sí mismo. Ahora entiende que su necesidad sólo puede ser satisfecha por Dios. “Tengo problemas, y el único que los puede solucionar es mi padre.” Pero no sólo meditó en la capacidad que su padre tenía para ello; también reflexionó en su disposición. Dios no sólo tiene poder para salvar al pecador; sino que también es misericordioso y no quiere la muerte del que muere (Ez. 18:32).
“¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre.” Este es un elemento vital en todo verdadero arrepentimiento. Una persona puede sentir la carga de la culpa del pecado tras sus espaldas, pero si no comprende que en Dios hay perdón, nunca se acercará a Él. Fue lo que ocurrió con Judas; sintió su pecado, pero no supo ir a Dios por misericordia. No tuvo confianza en la promesa de que si se arrepentía e iba a Dios sería recibido y perdonado.
Observa el contraste con el salmista cuando expresa: “Si mirares a los pecados, ¿quién, oh, Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:3–4). Pensar en lo que somos y en lo que hemos hecho contra Dios, sin considerar su misericordia, es una consideración inaguantable. “¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?”
Nuestro personaje pensó en los jornaleros que laboraban en la casa de su padre. En aquellos días, un jornalero trabajaba por paga diaria. Era uno que estando de pasada, podía realizar alguna asignación de trabajo por un breve período de tiempo.
El punto es que, en el momento en que el hijo piensa en estos jornaleros, es cuando aprecia con claridad el carácter bondadoso de su padre. “¡Cuán bueno es! Hasta sus siervos tienen lo que necesitan y más.” Así comenzó la obra de arrepentimiento en su corazón. Empezó a albergar ideas correctas acerca de Dios. Conocía muy bien que ningún mendigo que se acercaba a la casa de su padre se iba con las manos vacías. Pensó, por tanto, que si podía ir como mendigo pidiendo misericordia, ésta le sería otorgada. Comprendió que el menor en el reino de los cielos es mayor que los príncipes de este mundo. “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Salmo 84:10). Para este joven, la ‘buena vida’ ya no estaba en el mundo, sino en la casa de su padre.

Con un Verdadero Sentimiento de su Pecado
Nuestro protagonista no sólo comenzó a albergar pensamientos correctos acerca de Dios, sino que por primera vez se vio a sí mismo apropiadamente. ¿Y qué observó?… Pecado. No sólo pensó en la bondad y misericordia de su padre, sino que igualmente pudo percatarse de todo cuanto había hecho en contra suya. “Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.”
Ese pensamiento no era otra cosa que el reflejo de la experiencia de su corazón. Este muchacho se sentía profundamente convicto de pecado. Su confesión nos habla de dolor por el hecho de haberse rebelado contra el gobierno de amor y bondad de su padre. Más aún, nos habla de su aborrecimiento al pecado. Ahora, todo aquello que anteriormente consideraba su derecho (gozar de la vida a su manera), lo pasa a ver como pecado.
‘Pecado’ no es una palabra que esté muy de moda hoy en día. La humanidad quisiera borrarla de su vocabulario. Pero es un término bíblico vital. Dios mismo la dejó plasmada en Su Santa Palabra. Y éste, tal y como fue dejado en la Biblia, no es algo relativo. El hombre quisiera hacerlo relativo a sus circunstancias y deseos, y sin embargo, Dios lo ha presentado clara y diáfanamente en términos absolutos. El pecado es toda transgresión de la ley de Dios. La vida de todo hombre comienza en pecado y permanece en éste a menos que el Salvador haga una obra de gracia en su corazón. Quizás todavía usted mire su vida con los mismos ojos que el hijo pródigo manifestó al principio; quizás aún piense que es su derecho el gozar de la vida a su manera, y si no nace y crece la convicción de que también usted ha pecado contra el cielo y ante Dios, morirá en su pecado e irá al lugar de miseria sin remedio.
El hombre de nuestra parábola admitió su insensatez. “He pecado contra los criterios divinos.” No empezó a excusar sus pecados. No pensó simplemente pedir una segunda oportunidad. Vio que el pecado es horrendo e inexcusable a los ojos de Dios. Manifestó el dolor de un corazón quebrantado. El orgullo que le llevó a pecar es ahora abandonado: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus jornaleros.” Ante sus ojos él no era digno de ser parte de la familia de Dios. ¡Qué bueno que despertó de su locura, sin importar que fuese a través de los azotes de la miseria del pecado! Es la misma experiencia de David: “De lo profundo a ti clamo” (Salmo 130:1).
¡Qué terrible es la condición del pecador que recibe los azotes de la miseria del pecado, y aún así endurece su corazón delante de Dios para no arrepentirse! ¡Qué difícil le es al hombre confesar delante del Altísimo y delante de los hombres: “He pecado”!… ¿Lo ha dicho usted?
Muchos hombres permiten que la indecisión entre dos mundos les gobierne. Claro que no quieren ir al infierno; por supuesto que anhelan ir al cielo; pero también es cierto que quieren seguir viviendo conforme a sus deseos, disfrutando de los pecados que tanto aman, y abrazando las miserias que les entretienen. Están dispuestos a arriesgar la eternidad con tal de vivir brevemente (muy brevemente) haciendo aquello a lo que su corazón les inclina. Tal es la ambivalencia entre dos mundos. En lugar de ganar una franca entrada por las puertas de oro a la Canaán celestial, su camino desemboca en un lago de fuego inextinguible, desprovistos de aquello por lo que perdieron la vida eterna.
Por esto vemos que, cuando el verdadero arrepentimiento llegó a este hijo pródigo, la ambivalencia se acabó. El mundo perdió todo su esplendor. “Si hay un hogar, pensó él, es la casa de mi padre.” No valía la pena cambiar la ciudadanía del reino de Dios por la de este mundo.

Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 20-26). Salvador Gómez Dickson.

El Verdadero Problema del Pecador | Salvador Gómez Dickson

CAPÍTULO 2
El Verdadero Problema del Pecador
Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Lucas 15:14–16

El reloj marcó las doce de la medianoche. La hermosura de sus vestidos desapareció; la gran carroza perdió su resplandor. El hijo de nuestra parábola volvió a convertirse en Cenicienta.
¿Dónde estaba la buena vida? ¿Qué pasó con el baile y los amigos? ¿Qué ocurrió con la independencia y el placer? El hechizo del pecado se había ido. La maldad se quitó la máscara y mostró su verdadero rostro. Detrás de la risa y de la algarabía se escondía la miseria de una vida sin Cristo. No había comprendido que el fin principal del hombre es “glorificar a Dios y gozar de Él por siempre” (Catecismo Menor de Westminster), que buscar la felicidad en cualquier otra fuente es como correr tras el viento.En esta sección de nuestro texto hay una lección que no podemos pasar por alto. La causa de la insatisfacción y la infelicidad del hijo pródigo no se encontraba en el padre ni en la casa de su padre; el problema era él mismo. El hombre trata de explicar la causa de su mal de mil maneras. Atribuye sus problemas al ambiente, a los demás, al trabajo, a la situación económica… a todo, menos a él. Si tan sólo tuviera el poder y la oportunidad, las cosas serían diferentes. Lo que éste ignoraba era que la enfermedad no estaba en la sábana.

Mirarse en un espejo con ojos honestos habría sido suficiente. Le revelaría el verdadero estado de su corazón. Mientras las cosas marchan viento en popa hay esperanzas de hallar la felicidad a nuestro modo. El descenso espiritual del hijo de nuestra historia, le impedía evaluarse a sí mismo correctamente. El problema estaba ahí todo el tiempo, pero no tenía ojos para verlo. Sus dificultades no comenzaron cuando el dinero se acabó o cuando sus amigos le abandonaron.
En nuestro capítulo anterior decíamos que el hijo de la parábola representa a todo hombre. Las personas no tienen necesariamente que derrochar los bienes materiales de sus padres para poder identificarse con nuestro personaje. Hay muchas cosas más envueltas en esto. Cristo nos muestra el corazón. Lo que hizo al reclamar su “libertad”, las actividades a las que se dedicó mientras estaba lejos de su padre y la condición tan baja a la que descendió, nos conduce a identificar las verdaderas características del pecador desde el punto de vista de Cristo.

El pecador es insensible
“¿Cómo se sentirá mi padre cuando le pida la herencia? ¿Qué efecto tendrá mi partida en su corazón?” Éstas no fueron preguntas que el hijo consideró. Nadie quisiera tener un hijo que le trate de este modo. Fue un gran acto de desconsideración. Estaba decidido a hacer su voluntad sin importar cómo se habría de sentir su padre.
Así nacemos todos en el pecado. Fuimos creados para amar a Dios con todo el corazón y para tener comunión con Él. Nos hizo y nos ha cuidado; ha sido bueno y misericordioso. Pero también le dijimos: “Dame la parte de los bienes que me corresponde.” También le hemos menospreciado; hemos echado a un lado Su Palabra y Sus consejos. Conscientemente hemos hecho lo contrario a Su voluntad. Hemos utilizado la vida y los recursos que Él nos ha dado para fines personales, sin importar cómo se sienta en Su corazón. “No aprobaron tener en cuenta a Dios” (Rom. 1:28).
El hijo ni siquiera se molestó en considerar cómo su decisión afectaría a su padre. Eso tiene su nombre: insensibilidad. Cada hombre conoce muchas cosas que no son del agrado de su esposa, y viceversa. Muchas heridas han sido causadas cuando hemos tomado la decisión de llevar esas cosas a cabo sin tomar en cuenta el efecto en nuestro cónyuge. ¿Y Dios? Muchos han representado al Señor como alguien sin sentimientos. Nada está más lejos de la realidad. La Biblia abunda en referencias a las emociones divinas. Dios se contrista y se duele cuando Su pueblo se desvía de Sus mandamientos. Su gozo por un pecador que se arrepiente se encuentra en perfecto contraste con su tristeza por un pecador extraviado. Cada vez que un hombre ignora, pisotea y transgrede la verdad revelada en la Palabra de Dios, es culpable de la misma insensibilidad del hijo pródigo.

El pecador es egoísta
Para hacer que sus sueños y anhelos fueran una realidad, nuestro personaje se vio en la necesidad de reclamar sus “derechos”. En su mente sólo había espacio para una persona, y esa persona era él. Podía esperar que esa herencia viniera a ser suya en el curso normal de los acontecimientos. Sin embargo, eso implicaba refrenar la sed insaciable de su alma por obtener y disfrutar del placer inmediato. El pecador piensa que es su derecho hacer lo que quiera con su vida. ¿Y es acaso esto cierto?
“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (Ecl. 11:9). No, el hombre no tiene derecho para hacer con su vida lo que quiera. Como creador, Dios es el dueño de la vida; le debemos nuestra existencia y somos responsables de lo que pensamos, decimos y hacemos ante Él.
Dios nos ha provisto abundantemente, mucho más allá de lo que merecemos. Pero en lugar de permitir que las muestras de Su bondad nos acerquen a Él, decidimos tomar un camino diferente en nuestra búsqueda de la felicidad. Cada cual piensa tomar su propio camino hacia lo que cree es la felicidad. Pero lo cierto es que la Biblia no contempla que el hombre sea feliz fuera de Dios. Cada vez que usted la busca haciendo su voluntad en contra de la de Dios, está cometiendo el mismo acto de egoísmo del hijo pródigo—está pensando solamente en sí mismo. ¿Dónde está Dios en sus pensamientos?
Espero que para este momento esté de acuerdo con el punto de que el hijo pródigo nos representa a todos. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). Hay muchos que no quieren ver a nadie —ni a Dios— intervenir con sus planes. No desean saber lo que la Biblia dice acerca de ellos; no quieren que alguien más les diga lo que tienen que hacer. Algo similar fue lo que hizo el hijo pródigo. En su egoísmo, no quería que nadie estorbara sus deseos, ni siquiera la persona que más amor le había demostrado: su padre.
Si los pecadores supieran, si tan sólo pudieran conocer las buenas intenciones que Dios tiene para con ellos, otra sería la moneda con que le pagarían. Nadie puede hacerles mayor bien, que aquel que Dios les puede brindar. Y aun así, prefieren echarle a un lado. Sus intereses personales están primero.

El pecador está muerto
Las dos características anteriores son una realidad en la vida de todo pecador, porque los dos rasgos siguientes las generan indefectiblemente. El hombre es insensible y egoísta porque está muerto y perdido.
Observe las palabras del padre cuando expresa los motivos para celebrar el regreso de su hijo: “Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido” (v. 24). Después de la introducción del pecado en el mundo, el hombre, estando vivo, se encuentra espiritualmente muerto.
La advertencia clara y precisa que Dios le dio al hombre en el huerto fue: “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gén. 2:17). Adán no prestó la debida atención a la advertencia, y murió. Ahora estaba físicamente vivo, pero muerto e insensible a las realidades espirituales. Tal como la muerte significa el cese de nuestra participación en los eventos de la vida, para el pecador es imposible asimilar y participar de las realidades celestiales. En contraste con el hombre espiritual (aquel que tiene al Espíritu morando en él), “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Cor. 2:14).
Con el fin de que entendamos esta realidad es que el Maestro pone tales palabras en la boca del padre de nuestra parábola. Es como si el padre dijera: “Mi hijo estaba muerto a las realidades espirituales, a la voluntad del Señor; pero he aquí que ahora vive. Dios le transformó.” Y eso es lo que ocurre con todo pecador al ser rescatado por la maravillosa gracia de Cristo. Es una especie de resurrección. Un alma imposibilitada de participar en el mundo de la comunión con Dios, ajena a Cristo y a sus promesas, por primera vez es despertada y llevada a tener una relación armoniosa con el Señor. La Biblia describe este fenómeno que se produce como una reconciliación. Ese estado de muerte espiritual es más que una mera inexistencia; es un estado de enemistad con Dios. El pecado había hecho separación entre Él y nosotros; y de ahí nos rescata por su bendita gracia.
“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo… haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 1:1–3). Piense en esto: hijos de ira, hijos de ira, hijos de ira. Todos hemos pecado y somos merecedores de la ira de Dios. Le hemos ignorado y ofendido; somos los culpables de habernos acarreado la ira de Dios, y sin embargo, Él toma la iniciativa para salvar al hombre. Observe cómo continúa el texto:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (vv. 4–5). ¡Gloria al Señor! Este texto puede decir lo mismo de usted, con tan sólo buscar a Dios mientras puede ser hallado. Llámele, en tanto está cercano. Busque a Cristo y vivirá, tal y como ocurrió con el hijo pródigo: “Mi hijo muerto era, y ha revivido.”

El pecador está perdido
El hombre en pecado no es descrito únicamente como muerto, sino también como perdido. “Mi hijo… se había perdido, y es hallado” (Lucas 15:24). Cuando el hombre buscó independencia de Dios, murió espiritualmente. Cuando el hombre decidió ir tras el placer olvidándose de Dios, se perdió.
“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).
¿Sabe usted lo que es estar perdido? ¿Alguna vez se ha extraviado en un lugar desconocido? ¡Es algo terrible! Pero estar perdido y no saberlo es todavía peor. Por lo menos en el primer caso la persona está consciente de que necesita resolver su situación. ¿Ha estado alguna vez perdido con una persona que no le gusta pedir ayuda? La persona se empecina en pensar que puede volver a encontrar la ruta de regreso, tornándose la situación cada vez peor.
Así es el hombre en el pecado. Está perdido. Está lejos de Dios y cree que por sí mismo puede tomar el camino al cielo. Lo interesante en la parábola es que el padre habla de su hijo como siendo hallado. Es Dios, y únicamente Él por medio de Su Palabra, quien nos ofrece la orientación y guía para encontrar la vía para llegar al cielo. Si todavía usted no ha encontrado el camino, déjese guiar por la Biblia y encontrará la senda de la vida eterna.
El hijo pródigo estaba vacío. Se encontraba en una situación de hambre y miseria, de locura y muerte; de perdición y esclavitud; pero él no lo sabía. Todo esto era una realidad mucho antes de salir de su casa. El problema no comenzó cuando se fue. Ya de antes la insensibilidad y el egoísmo habían atrapado su corazón, porque estaba perdido y muerto en sus delitos y pecados. Nuestro problema no es únicamente lo que hemos hecho, es lo que somos: pecadores.
Al relatar esta historia, es evidente que Cristo quería impresionar a sus oyentes con la realidad de la maldición y la miseria del pecado. ¿Qué piensa usted de él? No espere que el reloj de la oportunidad le marque las doce. Busque a Cristo antes que se deshaga el hechizo del pecado.
Dios envió al Mesías a buscar y a salvar lo que se había perdido. ¿Lo vino a buscar y a salvar a usted?

Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 11-19). Salvador Gómez Dickson.

UN TÍTULO EXAMINADO | Mateo 7:22, 23

22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? 23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. Mateo 7:22-23Reina-Valera 1960


Grande será la desilusión de aquellos que van al juicio esperando una bienvenida entre los amados de Dios, pero quienes recibirán la sentencia del Juez: «Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de iniquidad».

La razón para el examen:
A menudo es difícil distinguir entre el movimiento de los sentimientos animales, y los verdaderos afectos e impulsos religiosos. Las emociones vienen y van, como las olas del mar.

Estamos en peligro de ser satisfechos con el nivel existente de religión en la comunidad donde vivimos. El nivel de piedad en la mayoría de los lugares es muy bajo.

Un alma engañada es un constante peso muerto para la iglesia.

El examen que Dios nos haga será muy profundo y concienzudo.

Preguntas del examen:
¿Se ha rendido totalmente a Dios, y ha aceptado a Cristo como Salvador y Señor?

¿Ha experimentado el perdón de sus pecados?

¿Ama a su prójimo como a usted mismo?

¿Lee y obedece usted la Palabra de Dios?

¿Ora regularmente, no sólo por usted, sino también por los demás, y por la Iglesia y la venida del Reino de Dios?

¿Lucha contra el pecado?

¿Desea y hace esfuerzos por la salvación de otras personas?

¿Está usted listo y deseoso de obedecer la Palabra de Dios?

¿Tiene un deseo creciente de ser conformado a la imagen de Cristo?

¿Mira al Cielo como su hogar y desea estar allí, o considera que este mundo presente es su hogar?

Vila, S. (2001). 1000 bosquejos para predicadores (pp. 622-623). Editorial CLIE.

CONFIANZA EN DIOS | Proverbios 3:5


Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Proverbios 3:5

INTRODUCCIÓN: Salomón, personaje considerado, aun por la crítica histórico-literaria más radical, como un pensador agudo y de profunda sapiencia en lo relacionado con la naturaleza humana, ha dicho en frases inmortales: «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia» (Pr. 3:5). Sin duda alguna vivimos en un mundo donde impera la más absoluta desconfianza. Hay ocasiones en que la misma está sobradamente justificada. Pues son tantos los engañadores, los charlatanes, que es necesario estar alerta y quizás un poco desconfiados de todo lo que nos dicen. Sin embargo, la historia—la gran maestra de la vida—nos enseña que los hombres que triunfan son los confiados y no los desconfiados. Observando a través de los principios emanados de la experiencia cotidiana y aun de la Palabra de Dios, vemos que en materia de «confianza o fe», hay tres aspectos o facetas distintas.

  1. La confianza en uno mismo: esto es, la confianza en nuestras propias capacidades: en nuestras propias fuerzas, en nuestro valor personal. Sin duda alguna que el ser humano que afronte cualquier tipo de problemas y destierre de su mente la idea de que él es capaz de salir airoso en ciertas circunstancias más o menos convencionales o naturales, estará irremediablemente condenado al fracaso.
    Hay un refrán o adagio que reza: «El triunfo es de los osados». Pues bien, y ¿qué es la osadía, sino la confianza en uno mismo elevada a un grado sumo? Sin duda alguna que elemento de mucha importancia y relieve en la obtención del éxito humano es la confianza en uno mismo.
  2. La confianza en los demás: los grandes señores del éxito han sido hombres y mujeres que, además de confiar en sí mismos, han confiado en los demás (ej.: un general victorioso es un general que puso su confianza en su propia capacidad de estratega y en el valor y coraje de sus soldados; un industrial que tiene éxito es un industrial que además de confiar en su pericia y conocimiento, confía en la capacidad, destreza y habilidad de sus obreros).
    a) Piedra angular en la formación ideológica de un dirigente es la confianza depositada por él en aquellos que lo rodean y que le han servido de sostén y pedestal. Su éxito como jefe estará en proporción directa con su confianza y fe en aquellos que lo rodean.
    b) Ésa es la gran lección de la historia humana. en la raíz de toda empresa noble y honrada que se ha visto coronada por el éxito, ha habido una semilla de fe y confianza de uno para todos y todos para uno que ha florecido y fructificado.
    Ahora bien, si importante para el éxito en toda empresa humana es la confianza en uno mismo y en los demás, no es menos cierto que tanto en estos menesteres como en los problemas relacionados con la naturaleza inherente al ser humano, depende fundamentalmente de que depositemos nuestra confianza en Dios para que seamos recompensados con el éxito. Aunque muchos crean lo contrario, es absolutamente cierto que en los problemas del alma y del espíritu fallan de manera ridícula los dos aspectos primarios del tema en cuestión. La capacidad del hombre está limitada intrínsecamente a lo exterior, corpóreo y material; pero el hombre se encuentra incapacitado para resolver por sí mismo los graves y apremiantes problemas de su malparada naturaleza espiritual. Y es aquí, precisamente, a donde queríamos llegar. Únicamente cuando el hombre, sobreponiéndose a sus propios fracasos, se levanta y va y deposita a los pies del Trono de la Gracia su confianza en el Autor y Sustentador de la vid, estará en vías de ser restaurado y de vislumbrar en el futuro, el disfrute a plenitud de los grandes valores espirituales y éticos de que Dios le hizo depositario, desde el mismo instante en que alentó vida en su nariz.
  3. Confianza en Dios: he ahí la fórmula capaz de erradicar los males, cada vez mayores, de una humanidad descreída y desorientada …
    a) Confianza, seguridad y fe en que Dios escuchará nuestra oración, si implorantes y humillados acudimos ante él. Certeza de que el sacrificio de Jesucristo hace veinte centurias en el madero del Calvario, es perfectamente capaz de salvarnos, precisamente porque «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos».
    b) Confianza en que Dios cumplirá sus promesas de redención para la raza de Adán, sí sólo miramos al Cristo de la cruz.
    c) Confianza en que Dios ha edificado su iglesia sobre la Roca inconmovible de los siglos, Cristo Jesús y en que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
    d) Confianza en que Dios nos habrá de librar lo mismo del horno de fuego que del foso de los leones.
    e) Confianza en que Dios es Amor, y por lo tanto capaz de tener compasión por nosotros y ser propicio a nuestro pecado.
    CONCLUSIÓN: «Fíate de Jehová en todo tu corazón», ha dicho Salomón. Y Jehová te ungirá con el óleo santo de la paz y la vida eterna.

Vila, S. (2001). 1000 bosquejos para predicadores (pp. 744-745). Editorial CLIE.

Cuando Dios nos pide esperar | Charles Stanley

Los retrasos pueden ser agonizantes, pero Dios tiene una visión panorámica de todo, y su tiempo es perfecto. En este práctico mensaje, el Dr. Stanley nos habla de seis cosas que necesitamos para recibir lo mejor de Dios en cada situación.

Conocer los principios bíblicos es esencial para caminar en los pasos de Dios como Él desea.

Uno de los principios más importantes es obedecer al Señor y dejar todas las consecuencias en sus manos. Y junto a este, también hay otro igual de transcendental, el cual nos enseña a esperar por el tiempo del Señor. Obedecer a Dios no solo implica hacer su voluntad, sino también obrar en su tiempo y de la manera que nos indique hacerlo.

Para mantenernos en el centro de la voluntad perfecta de Dios, debemos evitar adelantarnos a su tiempo.

Aunque no siempre es fácil esperar en el Señor, no fallaremos si con paciencia le dejamos guiarnos de acuerdo a su tiempo. Si nos adelantamos, caeremos en problemas; pero si confiamos en su dirección, nos guiará hacia su voluntad y hará más de lo que esperábamos.

Antes de tomar una decisión rápida y avanzar, en vez de esperar en el tiempo de Dios, prestemos atención a las palabras del Salmo 27.14: “Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová”.

El tiempo de Dios no solo es bueno, sino perfecto.

Es Omnisciente y conoce cada aspecto del pasado, del presente y del futuro. El Señor ve cada área de nuestra vida; conoce todas nuestras necesidades y deseos. Comprende lo que es mejor para nosotros. Su plan divino para nuestra vida siempre es perfecto y cumple su buena voluntad.

En cambio, casi siempre estamos apurados para obtener lo que deseamos. Como poseemos un conocimiento limitado, debemos orar y esperar a que el Señor nos muestre el camino a seguir. Pero, en nuestra prisa por avanzar, casi siempre tomamos decisiones sin pedirle a Dios que nos muestre su tiempo perfecto para ese aspecto de nuestra existencia.

Sin embargo, el Señor ha provisto todo lo que necesitamos para obedecerlo. Al salvarnos, su Espíritu vino a morar a nuestra vida para siempre. Una de las responsabilidades del Espíritu Santo es guiarnos de acuerdo a la voluntad y a la Palabra de Dios. Nos advierte acerca de los caminos equivocados y nos exhorta para que hagamos lo correcto, pues no tenemos la capacidad para tomar decisiones sabias por nosotros mismos.

Cuando Dios dice que debemos esperar, eso es exactamente lo que desea que hagamos.

Así que debemos aprender a escucharlo y a seguir su dirección, en vez de tomar nuestras propias decisiones. Si nos acostumbramos a escucharlo en todo momento, estaremos listos para oírle cuando necesitemos ser guiados en situaciones difíciles. El Señor promete en su Palabra que contestará nuestras oraciones y dirigirá nuestro andar; aunque a veces debemos esperar a que nos muestre el camino. Aunque quizás deseamos una respuesta inmediata, Dios, por su amor y omnisciencia, conoce lo que es mejor para nosotros hoy y en el futuro, pues su perspectiva es eterna.

¿Cuáles son los requisitos para esperar en Dios?

• Fe. Si comprendemos quien es Dios, confiaremos en Él, pues sabe más que nosotros y su tiempo es siempre perfecto. No nos priva de nada, sino que hace lo que es mejor para nuestra vida, de acuerdo a su conocimiento y sabiduría. Nos invita a pedir, a buscar y a llamar en oración, y promete respondernos de acuerdo a su divino propósito y a su tiempo perfecto (Mt 7.7).

Por tanto, no debemos pensar que, si su respuesta no llega de manera inmediata, significa que no nos dará lo que le hemos pedido. Por el contrario, tenemos que recordar el poder, la sabiduría, el amor y el conocimiento de Dios, confiar en que tiene el control de toda situación y que nos dará lo que es bueno. Si su provisión no llega inmediatamente, es porque no la necesitamos, o porque no es bueno para nosotros, o no es el tiempo adecuado para recibirla.

• Paciencia. El Salmo 37.7 enseña: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres…”. Tener que esperar puede causar ansiedad e impaciencia, pues cuando lo hacemos pareciera que Dios no hiciera nada. Sin embargo, debemos recordar que nos ama y ofrece dirección, provisión, ayuda y fortaleza durante el tiempo de espera.

Cuando David fue ungido como rey de Israel siendo aún adolescente, no sabía que tendría que esperar más de doce años antes de que esa promesa se hiciera realidad. Lo que parecía como un tiempo perdido era parte del plan perfecto que Dios tenía con su vida. El Señor no estaba perjudicando a David con ese retraso, lo estaba ayudando.

• Valentía. Cuando una oferta u oportunidad parece buena, se requiere de gran valor para esperar en Dios, pues quizás tendremos que rechazarla. Aunque los demás no comprendan nuestra decisión y nos insten a proseguir, si esto no está de acuerdo al tiempo y a la voluntad del Señor, no debemos tomar la decisión equivocada. No podemos entender las dificultades que tendremos que enfrentar si avanzamos en desobediencia, en vez de esperar con paciencia y valor hasta que Dios nos muestre el camino a seguir.

• Determinación. Como la influencia de otros tiene un efecto poderoso en nuestra vida, se requiere de fortaleza para esperar en el Señor. Aunque la situación parezca buena, si el Espíritu Santo nos advierte, debemos cambiar de parecer para obedecerlo y no dejarnos guiar por los consejos de otras personas.

• Fortaleza. Si nos sentimos tentados a adelantarnos a Dios, debemos recordar que el Todopoderoso es la fuente de nuestra fuerza y quien provee el poder que necesitamos para esperar con paciencia. Además, es Dios quien puede cambiar los deseos de nuestro corazón para alinearlos con su voluntad y darnos pasión para obedecerlo.

• Perseverancia. Si el Señor nos llama a esperar, necesitamos perseverar para mantenernos firmes cuando otros den sus opiniones y ofrezcan sugerencias sobre lo que debemos hacer.

Aunque el mundo está lleno de ofrecimientos tentadores y muchos se apresuran para decirnos cómo debemos vivir, solo hay un Ser superior al que debemos escuchar, y es el Señor. Nuestra responsabilidad es obedecer y dejar las consecuencias en sus manos. Andar en la voluntad de Dios es la mejor decisión que podemos tomar. Aunque no recibiremos todo lo que anhelamos de acuerdo con nuestros planes, no nos perderemos las bendiciones del Señor, las cuales sí concuerdan con el tiempo y la voluntad de Dios. Por tanto, en todo momento debemos buscar la sabiduría de Dios en oración, mientras esperamos por su dirección y observamos cómo obra en nuestra vida.

REFLEXIÓN

¿Desea hacer la voluntad de Dios por encima de todo, aunque eso signifique que no le dará lo que desea, ni lo hará en el tiempo que esperaba recibirlo? De no ser así, ¿qué le impide confiar en el Señor?

¿Qué peticiones espera que Dios le conteste? ¿Cuáles de los atributos del Señor le asegura que obra a su favor cada día?

Fuente: https://www.encontactoglobal.org/vea/sermons/cuando-dios-nos-pide-esperar

“Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado paraexpiación suya.” Levítico 1: 4

23 de Enero
“Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para
expiación suya.” Levítico 1: 4.
Si al poner su mano sobre el novillo, este se convertía en el sacrificio del oferente,
¿cuánto más no se volverá Jesús nuestro cuando ponemos sobre Él la mano de
la fe? “Mi fe en verdad su mano pone Sobre esa amada cabeza Tuya, En tanto
que como penitente estoy, Confesando allí mi pecado.”
Si un novillo podía ser aceptado en lugar de una persona para hacer expiación
por ella, ¿cuánto más no será el Señor Jesús nuestra propiciación plena y toda
suficiente? Algunos contienden con la gran verdad de la sustitución; mas, en
cuanto a nosotros, es nuestra esperanza, nuestro gozo, nuestra jactancia y
nuestro todo. Jesús es aceptado en lugar nuestro para hacer expiación por
nosotros, y nosotros somos “aceptos en el Amado”. El lector ha de apresurarse de
inmediato para poner su mano sobre el sacrificio consumado del Señor, para que,
aceptándolo, pueda obtener su inmediato beneficio. Si ya lo ha hecho una vez,
que lo haga otra vez. Si no lo hubiere hecho nunca, que extienda su mano sin
demorarse ni un momento. Jesús es tuyo ahora si quieres tenerlo. Apóyate en Él;
apóyate fuertemente en Él; y es tuyo más allá de toda duda; estás reconciliado
con Dios, tus pecados han sido borrados, y tú le perteneces al Señor.

Devocional: La Chequera del Banco de la Fe, por Charles Spurgeon.