La diferencia entre ética y moralidad

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La diferencia entre ética y moralidad

Por R.C. Sproul

En nuestro vocabulario, encontrarás que la mayoría de las personas usan las palabras ética y moral de manera intercambiable, como si fueran sinónimos. Pero, históricamente, ese no ha sido el caso.

La palabra en español “ética” viene de la palabra griega ethos. La palabra “moral” o “moralidad” viene de la palabra mores. La diferencia es que el ethos de una sociedad o cultura se ocupa de su filosofía fundamental, su concepto de valores, y su sistema de comprensión de cómo el mundo tiene sentido. Hay un sistema filosófico de valores que es el ethos de todas las culturas del mundo. Por otro lado, mores tiene que ver con costumbres, hábitos y formas normales de comportamiento que se encuentran dentro de una cultura determinada.

El concepto cristiano de la ética va en curso de colisión con gran parte de lo que se está expresando como la moral.

En primera instancia, la ética es llamada una ciencia normativa; es el estudio de las normas o estándares por los cuales las cosas son medidas o evaluadas. La moral, por otro lado, es lo que llamaríamos una ciencia descriptiva. Una ciencia descriptiva es un método para describir la manera en que las cosas operan o se comportan. La ética tiene que ver con lo imperativo y la moral se ocupa de lo indicativo. ¿A qué nos referimos con eso? Significa que la ética se ocupa de lo que debe ser, y la moral se ocupa de lo que es.

La ética, o ethos, es normativa e imperativa. Se trata de lo que alguien debe hacer. La moralidad describe lo que alguien está haciendo en realidad. Esa es una diferencia importante, en particular en cuanto a cómo la entendemos a la luz de nuestra fe cristiana, y también a la luz del hecho de que los dos conceptos se confunden, se fusionan, y se mezclan en nuestra comprensión contemporánea.

Lo que ha resultado de la confusión de la ética y la moral es la aparición de lo que llamo “moralidad estadística”. Esto es en donde lo normal o lo regular se convierte en lo normativo. Así es como funciona: para saber lo que es normal, hacemos un estudio estadístico, realizamos una encuesta, o averiguamos lo que la gente está haciendo en realidad.

Por ejemplo, supongamos que nos encontramos con que la mayoría de los adolescentes están usando marihuana. Entonces llegamos a la conclusión de que en este momento de la historia, es normal que un adolescente en la cultura estadounidense se permita a sí mismo el uso de la marihuana. Si es normal, lo comenzamos a considerar como bueno y correcto.

En última instancia, la ciencia de la ética se ocupa de lo que es correcto, y la moral tiene que ver con lo que es aceptado. En la mayoría de las sociedades, cuando algo se acepta, es juzgado como correcto. Pero a menudo, esto provoca una crisis para el cristiano. Cuando lo normal se convierte en lo normativo, cuando lo que es determina lo que debería ser, es posible que, como cristianos, nos encontremos nadando con dificultad contra la corriente cultural.

El concepto cristiano de la ética va en curso de colisión con gran parte de lo que se está expresando como la moral. Esto se debe a que no determinamos lo correcto o incorrecto basándonos en lo que hacen los demás.

Por ejemplo, si estudiamos las estadísticas, veremos que todos los hombres en algún momento u otro mienten. Eso no quiere decir que todos los hombres mienten todo el tiempo, sino que todos los hombres se han permitido el mentir en algún momento u otro. Si lo vemos estadísticamente, diríamos que el cien por ciento de las personas se permiten la deshonestidad, y puesto que es cien por ciento universal, se debe llegar a la conclusión de que es perfectamente normal para los seres humanos decir mentiras. No solo normal, sino absolutamente humano. Si queremos ser plenamente humanos, debemos alentarnos a nosotros mismos en la dirección de mentir. Por supuesto, eso es lo que llamamos un argumento de reducción al absurdo (reductio ad absurdum), donde llevamos algo hasta su conclusión lógica y mostramos el disparate de ello.

Pero eso no es lo que normalmente ocurre en nuestra cultura. Estos problemas tan evidentes al desarrollar una moralidad estadística a menudo se pasan por alto. La Biblia dice que nos inclinamos hacia mentir, y sin embargo estamos llamados a un estándar superior. Como cristianos, el carácter de Dios es lo que suple nuestra ética, o ethos, definitiva; el marco definitivo por el cual podemos discernir lo que es correcto, bueno, y agradable a Él.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué significa “Danos hoy nuestro pan de cada día”?

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¿Qué significa “Danos hoy nuestro pan de cada día”?

Por R.C. Sproul

Jesús nos enseña a orar a Dios que nos dé el pan de cada día (Mateo 6:11). Obviamente, Jesús no les estaba diciendo a sus discípulos que solo oraran por pan. Pero el pan era un alimento básico en la dieta de los judíos y lo había sido durante muchos años. Por otra parte, el pan era un símbolo poderoso en el Antiguo Testamento de la provisión de Dios con su pueblo.

Recordamos cómo Dios cuidó de los Israelitas cuando estaban en el desierto después de su salida de Egipto. La vida en el desierto era difícil, y pronto la gente comenzó a quejarse de que sería mejor volver a estar en Egipto, donde tuvieron comida excelente para comer. En respuesta a estas quejas, Dios les prometió hacer “llover pan del cielo” (Éxodo 16:4). A la mañana siguiente, cuando la capa de rocío se evaporó, había sobre la superficie “una cosa delgada, como copos, menuda, como la escarcha sobre la tierra… Era como la semilla del cilantro, blanco, y su sabor era como de hojuelas con miel” (vv. 14, 31). Cuando Dios alimentó milagrosamente desde el cielo a su pueblo, lo hizo dándoles pan.

No se nos da licencia para pedir grandes riquezas, pero se nos anima a hacer conocer nuestras necesidades a Él, confiando en que Él proveerá.

Es interesante que en el lenguaje de la cultura occidental, a veces nos referimos a una de las personas en el matrimonio (lo que solía ser casi exclusivamente del marido, pero no tanto en estos días) como el asalariado del hogar. Sin embargo, más coloquialmente, llamamos a esa persona el “que trae el pan a la casa”. Incluso en nuestra jerga, usamos la palabra pan como sinónimo de “dinero”. El pan sigue siendo, al menos en nuestro idioma, un símbolo poderoso de la base rudimentaria de provisión para nuestras necesidades.

Después de que termino la Guerra de Corea, Corea del Sur se quedó con un gran número de niños huérfanos. Hemos visto lo mismo en el conflicto de Vietnam, en Bosnia, y en otros lugares. En el caso de Corea, muchas agencias de ayuda llegaron para hacer frente a todos los problemas que surgieron por consecuencia de tener tantos niños huérfanos. Una de las personas que fue parte de este esfuerzo de ayuda me comentó de un problema que había encontrado con los niños que estaban en los orfanatos: A pesar de que a los niños se les proveía tres comidas al día, llegando la noche se ponían inquietos y tenía dificultad para dormir. Hablando mas con ellos, se dieron cuenta de que la ansiedad se debía a la incertidumbre de si tendrían comida para el día siguiente.

Para ayudar a resolver este problema, los trabajadores de ayuda de un orfanato en particular decidieron que cada noche cuando los niños se fueran a la cama, las enfermeras les pondrían un pedazo de pan en cada una de sus manos. El pan no era para que se lo comieran sino para que lo pudieran sostener en sus manitas mientras se quedaban dormidos. Era como una “manta de seguridad” para ellos, recordándoles que habría provisión para sus necesidades diarias. Efectivamente, el pan les calmó la ansiedad y los ayudó a dormir. Del mismo modo, a nosotros nos consuela saber que no nos faltara comida, o “pan” para suplir nuestras necesidades físicas.

Entonces, la petición que se encuentra en el Padre Nuestro nos enseña a venir al Señor con un espíritu humillado dependiente de Él, pidiéndole que supla nuestras necesidades y que nos sostenga diariamente. No se nos da licencia para pedir grandes riquezas, pero se nos anima a hacer conocer nuestras necesidades a Él, confiando en que Él proveerá.

Si nos parece como si la mano de Dios nos es invisible y que no podemos discernir su intrusión providencial en nuestras vidas, puede ser por la manera en la que oramos. Tenemos una tendencia a orar en general. Cuando oramos en general, solo vemos la mano de la providencia de Dios en lo general. Al entrar en la oración, por medio de la conversación y comunión con Dios, hay que poner nuestras peticiones delante de Él. Al derramar nuestras almas y nuestras necesidades en específico veremos respuestas específicas a nuestras oraciones. Nuestro Padre nos ha invitado a ir a Él y pedirle nuestro pan de cada día. Él no fallará en proveerlo.

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Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Si Dios es soberano, ¿por qué orar?

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Si Dios es soberano, ¿por qué orar?

R.C. Sproul

Nada escapa a la atención de Dios; nada sobrepasa los límites de su poder. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas. Si pensara siquiera por un momento que una sola molécula estuviera corriendo suelta en el universo fuera del control y dominio del Dios omnipotente, no dormiría esta noche. Mi confianza en el futuro descansa en mi confianza en el Dios que controla la historia. Pero, ¿cómo es que Dios ejerce ese control y revela esa autoridad? ¿Cómo Dios lleva a cabo las cosas que Él soberanamente decreta?

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden.
Agustín dice que nada pasa en este universo aparte de la voluntad de Dios y que, en cierto sentido, Dios ordena todo lo que sucede. Agustín no estaba tratando de absolver a los hombres de la responsabilidad de sus acciones, pero su enseñanza plantea una pregunta: ¿Si Dios es soberano sobre las acciones y las intenciones de los hombres, ¿por qué orar entonces? Una preocupación secundaria gira en torno a la pregunta: “¿Realmente la oración cambia algo?” Permítanme responder a la primera pregunta diciendo que el Dios soberano ordena por su Santa Palabra a que oremos. La oración no es opcional para el cristiano, es requerida.

Podríamos preguntar, “¿Qué pasa si no sucede nada?” Ese no es el problema. Independientemente de si la oración haga algún bien, si Dios nos manda a orar, entonces debemos orar. Que el Señor Dios del universo, el creador y sustentador de todas las cosas lo ordene es razón suficiente. Sin embargo, Él no solo nos manda a orar, sino que también nos invita a hacer conocer nuestras peticiones. Santiago dice que nosotros no tenemos es porque no pedimos (Santiago 4:2). También nos dice que la oración del justo puede mucho (Santiago 5:16). Una y otra vez, la Biblia dice que la oración es una herramienta eficaz. Es útil, funciona.

Juan Calvino, en “Institución de la Religión Cristiana”, hace algunas observaciones profundas con respecto a la oración:

Pero nos dirá alguno, “¿Es que no sabe Él muy bien, sin necesidad de que nadie se lo diga, las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario, por lo que podría parecer en cierta manera superflua que Él debería ser movido por nuestras oraciones, como si Él hiciese que no nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor?” Pero los que así razonan no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado a su pueblo a orar, porque lo ordenó no tanto por su propio bien sino por el nuestro. Él que, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo; es decir, que todo cuanto el hombre desee y en lo que le sirva de provecho, proviene de Él y de la manifestación de las oraciones. Sin embargo, el beneficio de este sacrificio, con el que Él es adorado, vuelve a nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había concedido a ellos y a los demás, tanto más vivamente se animaban a orar. . .

Aun así, es muy importante para nosotros el clamarle: En primer lugar, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y servirle siempre, acostumbrándonos a acogernos solamente a Él en todas nuestras necesidades como a una ancla sagrada. En segundo lugar, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo en el cual no nos atrevamos por vergüenza a ponerlo a Él como testigo, mientras aprendemos a poner todos nuestros deseos ante sus ojos y derramemos todo nuestro corazón sin ocultarle nada. En tercer lugar, para prepararnos a recibir sus beneficios con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias; beneficios que nuestra oración nos recuerda que todo viene de su mano.

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden. Todo lo que Dios hace, todo lo que Dios permite y ordena es, en todo sentido, para su gloria. También es cierto que mientras Dios busca su propia gloria enteramente, el hombre se beneficia cuando Dios es glorificado. Oramos para glorificar a Dios, pero también oramos con el fin de recibir los beneficios de la oración de su mano. La oración es para nuestro beneficio, aun conociendo el hecho de que Dios conoce el fin desde el inicio. Es nuestro privilegio llevar enteramente nuestra existencia finita a la gloria de su presencia infinita.

Uno de los grandes temas de la Reforma fue la idea de que toda la vida es para ser vivida bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios, en la presencia de Dios. La oración no es simplemente un soliloquio, un mero ejercicio de autoanálisis terapéutico, o una recitación religiosa. La oración es un discurso con el mismo Dios personal. Allí, en el acto y la dinámica de la oración, es que traigo toda mi vida bajo su atenta mirada. Sí, Él sabe lo que está en mi mente, pero aun así tengo el privilegio de poder expresarle lo que hay en ella. Dice: “Ven. Háblame. Haz conocer tus peticiones delante de mí”. Entonces vamos con el fin de conocerle, y para ser conocidos por Él.

Hay algo erróneo en la pregunta: “Si Dios lo sabe todo, ¿por qué orar?” La pregunta asume que la oración es unidimensional y se define simplemente como súplica o intercesión. Por el contrario, la oración es multidimensional. La soberanía de Dios no proyecta sombra sobre la oración de adoración. El previo conocimiento o consejo determinado de Dios no niega la oración de alabanza. Lo único que debe hacer es darnos una mayor razón para expresar nuestra adoración por quién es Dios. Si Dios sabe lo que voy a decir antes de que lo diga, su conocimiento, en lugar de limitar mi oración, realza la belleza de mi alabanza.

Mi esposa y yo nos conocemos mejor que nadie. A menudo sé lo que va a decir casi antes de que ella lo diga. Y viceversa también. Pero aun así me gusta oírla decir lo que está en su mente. Si esto es verdad en el hombre, ¿cuánto más cierto es para con Dios? Tenemos el privilegio inigualable de compartir nuestros pensamientos más íntimos con Dios. Por supuesto que podríamos simplemente entrar en nuestro espacio de oración, dejar que Dios lea nuestras mentes, y llamar a eso oración. Pero eso no es comunión y ciertamente tampoco es comunicación.

Somos criaturas que se comunican principalmente a través del habla. La oración hablada es, obviamente, una forma de expresión, una manera en la que nosotros nos relacionamos íntimamente y comunicamos con Dios. Hay un cierto sentido en el que la soberanía de Dios debe influir en nuestra actitud hacia la oración, al menos con respecto a la adoración. En todo caso, nuestra comprensión de la soberanía de Dios debe provocarnos a una intensa vida de oración de gratitud. Al conocer eso, deberíamos ver que cada beneficio, todo don bueno y perfecto, es una expresión de la abundancia de su gracia. Cuanto más entendamos la soberanía de Dios, nuestras oraciones estarán más llenas de acciones de gracias.

¿De qué manera podría la soberanía de Dios afectar negativamente a la oración de contrición o confesión? Tal vez podríamos llegar a la conclusión de que nuestro pecado es, en última instancia, la responsabilidad de Dios y que nuestra confesión es una “acusación de culpabilidad contra Dios mismo. Cada cristiano verdadero sabe que no puede culpar a Dios por su pecado. Quizás no pueda entender la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, pero me puedo dar cuenta de que lo que se deriva de la maldad de mi propio corazón no puede ser culpado a la voluntad de Dios. Así que debemos orar porque somos culpables, suplicando el perdón del Dios Santo a quien hemos ofendido.

Este extracto se toma del folleto “Preguntas Cruciales” de R.C. Sproul “¿Puede la oración cambiar las cosas?”. Descarga más ebooks gratis de la serie Preguntas Cruciales aquí.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

El costo del discipulado

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El costo del discipulado

Adriel SanchezNota del editor: Este es el décimo séptimo y último capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine.

Es fácil seguir a la gente hoy día. Nos seguimos con el clic de un botón en las redes sociales. El costo es minúsculo. Como mucho, perdemos un poco de dignidad (dependiendo de a quién sigamos). Por lo general, queremos seguir a amigos y familiares, o personas cuyas vidas codiciamos. Las celebridades tienen millones de seguidores y no piden mucho a cambio, tal vez un «me gusta» ocasionalmente. Hoy en día, seguir a alguien es fácil, tan fácil que podemos seguir a cientos, incluso miles de personas. Me pregunto si este fenómeno ha ayudado a confundirnos con las palabras de Jesús: «Sígueme».

La comodidad y la gloria que a menudo deseamos para nosotros mismos son radicalmente contrarias a la cruz.

La vida que Jesús nos llama a emular en realidad no fue codiciada por nadie. Si Instagram hubiera existido en el primer siglo, no estoy seguro de que Jesús hubiera tenido muchos seguidores. Él era un marginado religioso, así que los piadosos de aquel tiempo no hubieran querido ser identificados con Él o seguirle. En nuestros días, a «los espirituales pero no religiosos» les resulta igualmente difícil seguir a Jesús por dos razones.

Primero, Jesús exige que le sigamos de manera exclusiva. «Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14:26). Familiares y celebridades están felices de compartir sus seguidores, pero Jesús no. No puedes seguir a Jesús y dedicarte a los demás de la misma manera que te consagras a Él. Este tipo de exclusividad es especialmente difícil en sociedades como la nuestra, donde los no cristianos se alegran de incluir a Jesús entre los grandes maestros religiosos, pero no sobre ellos. Sin embargo, Jesús no compartirá escenario con nadie más, y exige que nuestro amor por Él sea único.

Segundo, Jesús exige que le sigamos precisamente cuando no sea emocionante o cómodo. «El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (v. 27). La comodidad y la gloria que a menudo deseamos para nosotros mismos son radicalmente contrarias a la cruz. Sin embargo, seguir a Jesús es abrazar una vida cruciforme. Juan Calvino escribió que los seguidores de Cristo «debían prepararse para una vida dura, trabajosa e inquieta, llena de muchos y diversos tipos de maldad». Tan grande es el costo de seguir a Jesús que Él nos exhorta a considerar la decisión cuidadosamente antes de que hagamos «clic» (vv. 28-32).

Jesús concluyó Su llamado al discipulado en Lucas 14 diciendo: «Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo» (v. 33). En pocas palabras, seguir a Jesús te costará todo, pero lo que ganas es más grande que lo que pierdes. A través de la cruz, obtenemos al Cristo, que por nuestra salvación lo soportó antes que nosotros.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Adriel Sanchez
Adriel Sanchez
El Rev. Adriel Sánchez es el pastor principal de la iglesia North Park Presbyterian Church en San Diego y conductor del programa de radio Core Christianity.

La libertad del discipulado

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La libertad del discipulado

Roland Barnes

Cuando yo era adolescente, consideraba la fe cristiana como restrictiva y opresiva. Tenía miedo de que la manera cristiana de vivir fuera esclavizante, que me llevara a una vida de miseria. Por lo tanto, estaba esperando mi tiempo hasta que pudiera escaparme de la supervisión de mis padres y buscar una vida de libertad en la universidad.

Sin embargo, gracias a Dios, durante mi último año de secundaria descubrí que lo que yo pensaba que era libertad era en verdad esclavitud, y lo que pensaba que sería esclavizante era, de hecho, la verdadera libertad, la libertad del discipulado. Llegué a la conclusión de que, aparte de Jesús, no existe la verdadera libertad, solo la esclavitud del pecado.

Es solo cuando nos sometemos al señorío de Jesús y nos convertimos en Sus discípulos que experimentamos la verdadera libertad.

El hombre fue creado por Dios para gobernar sobre la tierra, para aprovechar el mundo material para la gloria de Dios y el beneficio del hombre. Pero cuando el hombre se rebeló contra Dios, se encontró a sí mismo bajo el dominio de la creación en lugar de ejercer el dominio sobre ella. Esto es lo que vemos en la esclavitud de las adicciones. El hombre se convierte en el esclavo de sus propios deseos. Él se convierte en esclavo del pecado. El hombre natural está bajo el cautiverio del pecado.

Este fue, por supuesto, uno de los énfasis principales de los reformadores mientras recuperaban el evangelio de la gracia soberana de Dios. Martín Lutero, en su obra La esclavitud de la voluntad, trata este punto con gran claridad. El hombre natural no es libre sino esclavo del pecado. Él no puede hacer lo contrario. Él debe ser liberado del poder del pecado que lo ata. Esta es la libertad del discipulado.

Jesús dijo: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8:31-32). Es solo cuando nos sometemos al señorío de Jesús y nos convertimos en Sus discípulos que experimentamos la verdadera libertad. Él rompe el poder del pecado en nuestras vidas y nos otorga la libertad bajo Su gobierno benevolente. Somos hechos libres para ser lo que Dios quiere que seamos: seres que están llenos de gozo indescriptible mientras le obedecemos y cumplimos los propósitos para los cuales Él nos creó.

Aquí es cuando somos realmente libres. No es la falsa libertad de la anarquía, sino la verdadera libertad que se experimenta cuando vivimos la vida para la gloria de Dios como discípulos de Jesús. Esto es lo que el apóstol Pablo nos dice en Romanos 6: 20-23. Cuando nuestra esclavitud al pecado y la muerte se rompe por el poder de la gracia de Dios en Jesús, nos convertimos en esclavos (discípulos) de Jesús. En verdad, es una servidumbre gozosa, porque Jesús trata a Sus discípulos como hijos e hijas. De hecho, entramos en la gozosa libertad de los hijos de Dios.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Roland Barnes
Roland Barnes
El reverendo Roland Barnes es pastor principal de Trinity Presbyterian Church (PCA) en Statesboro, Georgia.

Los discípulos aman la sana doctrina

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Los discípulos aman la sana doctrina

C.N. Willborn

Nota del editor: Este es el décimo quinto capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine.

Hace algunos años, mi esposa, mi hija pequeña y yo vivíamos en Filadelfia, donde era un nuevo estudiante de Doctorado en el Seminario Teológico de Westminster. Después de adorar en una iglesia local, recibimos una visita cordial de un par de los ancianos de la iglesia. Mientras hablábamos, el mayor de los dos comentó sobre mis libros (mi esposa tuvo que decorar la casa con mis libros debido a la falta de espacio en aquellos días). Estaba particularmente contento de ver la Colección de escritos de John Murray en mis estanterías. «¿Los has leído?», preguntó. Pude responder afirmativamente, gracias a Dios. «¿Recuerdas haber leído sobre el Sr. Murray enseñando una clase de escuela dominical juvenil en nuestra iglesia?», preguntó. Yo sí había leído sobre eso. «Bueno, soy el estudiante mencionado. ¡Soy Bobby! «, respondió con una sonrisa. Entonces este santo envejecido comenzó a contarnos cómo el profesor Murray les enseñó el libro de Romanos (esto fue mientras escribía su célebre comentario). «Nunca lo olvidaré. Cuando era adolescente, aprendí a estudiar la Palabra de Dios por medio del profesor Murray», dijo Bobby. Luego agregó: «Todavía amo la doctrina».

Un obrero se embarca en una tarea y permanece allí hasta que la completa.

El apóstol Pablo exhortó a su hijo espiritual Timoteo a ser diligente en el estudio de la Palabra de Dios (2 Tim 2:15). El cristiano no debe ser un investigador casual de la Palabra de Dios. No, Pablo describe a aquel que es diligente como «un obrero». Un obrero se embarca en una tarea y permanece allí hasta que la completa. Recientemente, leí una recomendación de un empleado por parte de su empleador: «Ella tiene una gran ética de trabajo y una mentalidad de cumplimiento de la tarea». A eso es a lo que Pablo llama a Timoteo cuando se trata de «la Palabra de verdad». No estamos lidiando con una novela, ni siquiera con una novela de William Faulkner o Gabriel García Márquez. Estamos tratando con «la Palabra de verdad», que es la misma Palabra del infinito, eterno e inmutable Dios trino.

Puede haber algunos que piensan que esta exhortación fue para Timoteo y, por lo tanto, es relevante solo para los ministros o pastores. Seguramente, dicen, Dios no espera que todos los cristianos sean obreros diligentes cuando se trata de la Palabra de Dios. Bueno, recuerda quién enseñó a Timoteo su doctrina a temprana edad. Recuerda quiénes fueron sus mentores antes que Pablo. Su abuela Loida y su madre Eunice son mencionadas, incluso recomendadas (2 Tim 1: 5), por conocer y enseñar «las Sagradas Escrituras» a Timoteo (3:15).

Cuando abres tu Biblia y comienzas a leer, ¿tienes una «mentalidad de cumplimiento de la tarea»? Quizás dices: «La Biblia es como medio lenta; a veces puede hasta parecer polvorienta o confusa». Recuerda las palabras del profesor Murray: «El polvo tiene su lugar, especialmente cuando es polvo de oro». Bobby nunca había perdido su devoción por el polvo de oro. ¿Y tú?

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
C.N. Willborn
C.N. Willborn
El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.

 

 

 

Los discípulos persiguen la santidad

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Los discípulos persiguen la santidad

Leonardo De Chirico

Nota del editor: Este es el 14vo capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine.

Uno de los malentendidos comunes sobre la doctrina de la justificación solo por la fe es de que es una especie de ficción sin consecuencias prácticas en la vida misma. Este ha sido un argumento polémico utilizado por los apologistas católicos contra la visión protestante de sola fide: la verdad bíblica de que somos justificados por gracia por medio de la fe en Cristo solamente. Además, los antinomianos de todo tipo han argumentado que, dado que los creyentes están bajo la gracia y ya no están bajo la ley, se les permite vivir de una manera moralmente «relajada».

No importa de donde vengan estas caricaturas de la vida cristiana, Pablo no es la fuente de ninguna de ellas. En realidad, él se opone totalmente a ellas. En la carta a los Romanos, el Apóstol describe las profundidades del evangelio de la justificación solo por la fe sobre la cual está enraizada y se desarrolla la nueva vida en Cristo. La justificación es la base de la santificación. La primera es la base de la postrera, y la postrera es el resultado espiritual de la primera. Como Charles Hodge escribió en su comentario de 1886 sobre Romanos: «Es imposible que alguien comparta los beneficios de Su muerte [es decir, Jesucristo] sin conformarse a Su vida».

Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente.

Aquí es donde entra la santidad. La santidad es la marca inevitable del discípulo de Jesucristo. Una vida cristiana impía es simplemente un oxímoron, una contradicción en los términos, una negación de la realidad de la justificación solo por la fe. En Romanos 6:12-16, Pablo revela el significado de una vida santa en términos de una transición radical que tuvo lugar: de estar bajo la ley, lo que significa que el individuo estaba muerto en su pecado y al servicio de la injusticia, a estar ahora bajo la gracia, lo que significa que el individuo ha revivido para Dios y está ahora sirviendo a la causa de la justicia.

La santidad es la evidencia espiritual y práctica de que esta transición ha tenido lugar y está funcionando correctamente en términos reales. Una vez más, vale la pena citar a Hodge: «La gracia, en lugar de conducir a la indulgencia del pecado, es esencial para el ejercicio de la santidad». Bajo la gracia, la santidad es la señal de que la justificación ha ocurrido. Sin la evidencia de santidad en la vida cristiana, todas las caricaturas de la justificación ficticia y el antinomianismo desafortunadamente son posibles. Una vida impía es una excusa para que los burladores de la fe cristiana sean reforzados en sus prejuicios equivocados contra el evangelio. Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente. Qué gran responsabilidad sobre nosotros los discípulos de Jesús, de ser santos, porque Dios es santo (1 Pedro 1:16).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Leonardo De Chirico
Leonardo De Chirico
El Dr. Leonardo De Chirico es el pastor de la iglesia Breccia di Roma en Roma, vicepresidente de la Alianza Evangélica Italiana y director de la Iniciativa Reformanda.

La necesidad de ilustraciones en la predicación

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La necesidad de ilustraciones en la predicación

 R.C. Sproul

Nosotros no ponemos nuestra confianza en técnicas. Sin embargo, Martín Lutero no menospreció las enseñanzas de ciertos principios de comunicación que pensó eran importantes. Hay cosas que los predicadores pueden aprender sobre cómo construir y entregar un sermón, y cómo transmitir información de manera efectiva desde el púlpito.

Él también dijo que la composición del ser humano es una clave importante para la predicación. Dios nos ha hecho a Su imagen y nos ha dado mentes. Por lo tanto, un sermón está dirigido a la mente, pero no solo es transmisión de información; también hay amonestación y exhortación. Tiene sentido el que nos dirijamos a la voluntad de las personas y los llamemos a cambiar. Los llamamos a actuar de acuerdo a su entendimiento. En otras palabras, queremos llegar al corazón, pero sabemos que el camino al corazón es a través de la mente. Así que, primero la gente debe ser capaz de entender de qué estamos hablando. Es por ello que Lutero dijo que una cosa es enseñar en el seminario, como lo hizo en la universidad, y otra cosa es enseñar desde el púlpito. Dijo que los domingos por la mañana dirigiría sus prédicas a los niños en la congregación para asegurarse que todos pudieran entender. El sermón no es un ejercicio de pensamiento abstracto.

Para Lutero, los tres principios más importantes de comunicación pública eran ilustrar, ilustrar e ilustrar.
Aquello que hace la impresión más profunda y duradera en la gente es la ilustración concreta. Para Lutero, los tres principios más importantes de comunicación pública eran ilustrar, ilustrar e ilustrar. Él animó a los predicadores a usar imágenes y relatos concretos. Aconsejó que, al predicar sobre una doctrina abstracta, el pastor debe encontrar un relato en la Escritura que comunique esa verdad para comunicar lo abstracto a través de lo concreto.

De hecho, así fue como predicó Jesús. Alguien vino a Él y quería debatir lo que significaba amar al prójimo como a uno mismo. “Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores…” (Lucas 10:29-30). No solo dio una respuesta abstracta y teórica a la pregunta; contó la parábola del Buen Samaritano. Respondió a la pregunta en forma concreta dando una situación de la vida real que de seguro aclararía el tema.

Jonathan Edwards predicó su famoso sermón “Pecadores en manos de un Dios airado” en Enfield, Conn. Leyó el sermón de un manuscrito con una voz monótona. Sin embargo, empleó imágenes concretas y aun gráficas. Por ejemplo, Edwards dijo: “Dios… te sostiene sobre el infierno, así como uno sostiene a una araña o algún insecto detestable sobre el fuego”. Luego dijo: “El arco de la ira de Dios está encorvado, la flecha lista en la cuerda”. También declaró: “Cuelgas de un hilo delgado, con las llamas de la ira divina destellando”. Edwards entendía que mientras más gráfica la imagen, más gente estaría dispuesta a escucharla y recordarla.

Lutero dijo lo mismo. No estaba sustituyendo la técnica por la sustancia, sino diciendo que la sustancia de la Palabra de Dios debe ser comunicada al pueblo de Dios de formas ilustrativas simples, gráficas y directas. Ese era todo el asunto para Lutero –el ministro debe ser un portador de la Palabra de Dios– nada más ni nada menos. De esta forma, el predicador enseña al pueblo de Dios.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Si nadie se pierde, entonces la misión de Cristo fue una pérdida de tiempo

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Si nadie se pierde, entonces la misión de Cristo fue una pérdida de tiempo

 R.C. Sproul

Es fácil recluirnos en nosotros mismos, no de forma consciente, ni maliciosamente; sin embargo pasamos por el otro lado a fin de mantenernos desentendidos del dolor y la desesperanza espiritual que nos rodea. Ese no fue el ejemplo de Jesús. Él buscó el dolor. Buscó a los perdidos. Ese fue su primer paso en la redención de los perdidos.

Jesús ganó una reputación por asociarse con aquellos que eran considerados marginados. Los indeseables, los desestimados de la cultura judía, todos estos se reunían con Jesús. Esto molestó a los fariseos y los escribas, los dignatarios y el clero de la época. Estos habían adoptado una tradición la cual enseñaba que la salvación era por segregación: mantente apartado de todo aquel involucrado en pecado, así es como puedes asegurar tu propia redención. Era parte de su filosofía de trabajo el aislarse de todos aquellos que fuesen pecadores. Jesús vino y desafió aquella tradición al asociarse abiertamente con los rechazados de la cultura.

Jesús no se limitó a decir que vino solo a salvar a los perdidos, sino que vino a buscarlos y salvarlos.

Fue en una de estas ocasiones cuando los fariseos comenzaron a murmurar y a quejarse sobre los compañeros de Jesús. En respuesta, Jesús cuenta una serie de parábolas, la primera de las cuales dice lo siguiente:

¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la que está perdida hasta que la halla? Al encontrarla, la pone sobre sus hombros, gozoso; y cuando llega a su casa, reúne a los amigos y a los vecinos, diciéndoles: “Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido.” Os digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento (Lucas 15:4-7).

Esta parábola se llama «la parábola de la oveja perdida». Hay aquellos hoy en día que no creen que haya quien se pierda, rechazan por completo el concepto de estar perdido. Hay quienes son universalistas, que creen todas las personas irán directo al cielo de forma automática; la justificación no es por fe ni obras, sino simplemente por la muerte, porque nadie está realmente perdido. Luego, hay quienes dicen que dado el tiempo suficiente, los perdidos eventualmente encontrarán su camino de regreso; solo necesitamos dejarlos solos.

Sin embargo, si nadie se pierde o si al final todos terminan encontrando su camino de regreso, entonces la misión de Cristo fue una perdida de tiempo; la expiación de Cristo no era necesaria. Esto ensombrece la misión de Jesús.

Jesús definió su misión diciendo: “el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). No se limitó a decir que vino solo a salvar a los perdidos, sino que vino a buscarlos y salvarlos. Esto es, antes de que los perdidos puedan ser redimidos, estos tienen que ser hallados.

Es el encontrar a los perdidos lo que requiere la labor de las misiones. Es fácil engañarnos a nosotros mismos pensando que no hay nadie perdido y una forma de hacer esto es hacernos a un lado de la búsqueda, esto es, asegurarnos de mantenernos desinformados sobre las necesidades del perdido, aislarnos de forma tal de desconocer qué es lo que realmente está pasando en el mundo. Por ejemplo, no nos salimos de nuestro camino para entender y aprender sobre todas las personas que mueren de hambre en el mundo. Cuando somos confrontados con ello, nuestras conciencias son punzadas y somos movidos a acción. Pero no salimos de nuestro andar para encontrar la miseria; pensamos que ya hay suficiente miseria en nuestras propias vidas, sin tener que buscar más.

Cuando era chico, aún era común que un doctor hiciera visitas a domicilio, y en realidad viniera hasta tu casa. Todos los días conducía por el barrio y visitaba a niños, ancianos y todo aquel que estuviera enfermo. Hoy en día, si estás enfermo, el doctor no es quien va a ti, sino que eres tú quien debe ir al doctor. Por desgracia, muchas iglesias se manejan de esta forma, cuelgan un letrero e invitan a que la gente vaya a ellas.

Jesús no tenía un edificio, no esperaba detrás de puertas cerradas a que la gente se acercara a verlo. Su ministerio era uno de “andar caminando”. Él salía a donde las personas estaban. De eso es lo que se tratan las misiones. El ministerio de Cristo era un ministerio de buscar el dolor y a aquellos que están perdidos.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.
Este es un extracto del libro gratis de R.C. Sproul «¿Qués la gran comisión?»

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

 

 

Los discípulos aman a otros discípulos

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Los discípulos aman a otros discípulos

Nota del editor: Este es el 13vo capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine.

Hablamos mucho sobre el amor en la iglesia cristiana. Y con razón, ya que el amor es el centro de nuestro mensaje, el evangelio (Jn 3:16). Pero, ¿qué significa amar a otros cristianos? ¿Es realmente tan importante? ¿No podemos vivir la vida cristiana por nuestra propia cuenta?

La Confesión de Fe de Westminster nos dice: «Los santos, por profesión, están obligados a mantener una comunión y un compañerismo santos en la adoración a Dios y a realizar los otros servicios espirituales que promueven su edificación mutua; y también a socorrerse los unos a los otros en las cosas externas, de acuerdo con sus diferentes habilidades y necesidades». (CFW, cap 26-2). La asistencia regular al culto corporativo es una parte importante de cómo cumplimos con este deber. Nos unimos a nuestros hermanos en Cristo para escuchar la Palabra, participar de los sacramentos, orar juntos, mezclar nuestras voces en canciones de alabanza y confesar la fe que compartimos.

Nuestro amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por nosotros en Cristo.

También estamos llamados a aliviar las necesidades externas de nuestros hermanos en la fe como podamos. Esto puede hacerse en forma de donaciones al fondo de diáconos de la iglesia, donaciones para la obra misionera o participando directamente en operaciones de ayuda: preparando comidas para nuevas madres, visitando a los enfermos y confinados en casa, o ayudando después de un desastre.

El ser un cuerpo en Cristo tiene implicaciones importantes para nuestras relaciones con otros creyentes. Juan nos dice que debemos amarnos los unos a los otros, «porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4: 7). Juan también registra a Cristo mismo hablando del mismo tema: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13: 34-35). Nuestro amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por nosotros en Cristo.

El amor de Dios por nosotros obra en nuestras vidas de varias maneras. Nos mueve a responder a Dios con amor, y nos mueve a amar a nuestros hermanos y hermanas en la fe (1 Jn 4: 11-125: 1-3). Esto se debe a que somos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Nadie odia su propio cuerpo, sino que desea lo que es bueno para él (Ef 5:29); de la misma manera, aquellos que están unidos al cuerpo de Cristo hacen su parte para cuidar ese cuerpo. Adoramos juntos, usamos los dones dados por Dios para el beneficio del cuerpo, sufrimos juntos, nos regocijamos juntos y llevamos los unos las cargas de los otros (1 Cor. 12: 12-31Gal. 6:2).

Juan advierte que si no somos movidos de esta manera, es posible que no seamos parte del cuerpo (1 Jn 4:20). Cualquiera que se separe de este cuerpo no tiene ninguna base de seguridad. Un cristiano solitario no tiene sentido bíblico: estamos unidos en Cristo como el nuevo templo de Dios (Ef. 2: 19-22). Cristo no mora en nadie que no esté unido a ese cuerpo.

Así que, amigos, no abandonemos la santa comunión del cuerpo de Cristo, sino amémonos unos a otros, animémonos unos a otros y cuidemonos unos a otros (1 Jn 4:21Heb. 10: 23-25).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Kevin D. Gardner
Kevin D. Gardner
Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.