El tronco de Isaí

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Serie: El Mesías prometido

El tronco de Isaí

Stephen J. Casselli

Nota del editor: Este es el 11vo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

El profeta Isaías no tenía un árbol de Navidad. Tenía un tronco. Un tronco en el que crecía un solo retoño (Is 11:1). Según Isaías, ese es un verdadero árbol de Navidad. Pero ¿qué significa? ¿Por qué el profeta llama nuestra atención sobre este extraño y pequeño tronco de Navidad?

Es una imagen del Mesías prometido. Un Salvador que será el Rey. Él es un retoño del tronco de Isaí (Is 11:1). Isaí es el padre del rey David. Pero ahora todo lo que queda del glorioso reino de David es un tronco, tal como el Señor le prometió a Isaías cuando lo llamó (Is 6:13).

Desde Su nacimiento hasta Su resurrección, Jesús es el hombre del Espíritu por excelencia.

El pueblo de Dios se ha alejado. Se han apartado de su Dios, pero “las misericordias del SEÑOR jamás terminan” (Lm 3:22). Él promete levantar a Su libertador en medio de esta situación sombría y desesperada, de esta familia humilde y oscura. Y será como un retoño nuevo y vulnerable creciendo en el suelo del bosque. El Redentor prometido de Dios aparece en escena en las penumbras. Al principio parece ser débil y vulnerable. Saldrá de condiciones desesperantes, en aparente debilidad, pero Su carácter y reinado serán majestuosos.

Será la presencia del Espíritu Santo con Él lo que lo santificará y empoderará. “Reposará sobre Él el Espíritu del SEÑOR” (Is 11:2). El ungimiento de los reyes en Israel era una representación simbólica del Espíritu del Señor siendo derramado sobre ellos para que pudieran guiar al pueblo con sabiduría, justicia, fidelidad y poder (ver 1 Sam 16:13). Por el Espíritu, esta rama podrá saber lo que es correcto y ejecutar Su reinado en consecuencia.

Cuando llega el Mesías de Dios, descubrimos que Él no solo fue ungido con el Espíritu, como lo fueron los reyes de antaño, sino que en realidad fue concebido en el poder del Espíritu Santo (Lc 1:35). Desde Su nacimiento hasta Su resurrección (Rom 1:4), Jesús es el hombre del Espíritu por excelencia. En cada etapa de Su vida y ministerio, el Espíritu lo guía, lo dirige y lo empodera. Él sabe lo que se necesita para redimir a los Suyos, y el Espíritu lo capacita para salvar como corresponde.

El secreto de Su poder sabio es Su deleite en el temor del Señor (Is 11:3), el cual le es dado por el Espíritu. Él se deleita en el temor, una combinación curiosa. El principio de la sabiduría es el temor del Señor porque el que teme al Señor no temerá a nadie más. Esto es lo que lo habilita para ser un Juez equitativo (Is 11:4-5).

Esta es la esencia de la realeza. Él es un Juez misericordioso para los pobres y los afligidos [o  humildes] (v. 4). “Bienaventurados los humildes”, dijo Jesús. Los humildes son aquellos que conocen su necesidad y acuden humildemente a su Rey para recibir protección y cuidado.

Pero también es un Juez ferozmente justo que “herirá la tierra con la vara de Su boca” y “con el soplo de Sus labios matará al impío” (v. 4). Soplará sobre los orgullosos y los hará desaparecer. Los reyes justos y buenos traen justicia a la tierra. Jesús es el verdadero Juez (Jn 5:22).

La justicia produce paz. Por la sabiduría que le da el Espíritu y Su temor del Señor, Él marca el comienzo de un Reino mundial de paz. Allí los animales que suelen comerse unos a otros estarán morando en armonía (Is 11:6-7) y los niños estarán jugando con serpientes (v. 8). Ecos del Edén. Es un mundo donde la paz ha sido restaurada. Esto es lo que hacen los reyes buenos. Establecen la paz.

Desde la caída de Adán, la falta de armonía y el conflicto recorren todo el orden creado. Pero aquí, el depredador y la presa tienen naturalezas transformadas (v. 7), dando como resultado la paz. Incluso un niño podrá ejercer dominio sobre ellos, tal como Dios lo propuso desde el principio (v. 6; ver Gn 1:28).

La simiente de la serpiente ya no será temida (Is 11:8; ver Gn 3:15). En Jesús, la cabeza de la serpiente será aplastada, el enemigo será vencido. Aquí están las primicias proféticas de esa paz. Jesús ha venido como el Príncipe de Paz (Is 9:6). “La bendición del Salvador quitó la maldición”.

¿Y cómo nos convertimos en ciudadanos de Su Reino, en herederos de esta paz? Isaías nos dice: “La tierra estará llena del conocimiento del SEÑOR como las aguas cubren el mar” (Is 11:9). Conocemos al Rey, el Señor; confiamos en Él y lo amamos. Personas de todas las naciones de la tierra llegarán a conocer al Señor a través de este Rey y Mesías (v. 11).

¿Lo conoces? ¿Has doblado la rodilla ante Él y confesado que Él es tu Rey y tu Salvador?

Para todos los que sí lo conocen, Isaías promete que Su lugar de descanso es glorioso (v. 10). Paz con Dios, protección contra el pecado y Satanás, consuelo en el Espíritu, sin condenación. Todo está allí; ¿lo ves? ¿Ves ese tronco, ese retoño, ese Rey? Feliz Navidad.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Stephen J. Casselli
Stephen J. Casselli

El Dr. Stephen J. Casselli es ministro principal de Holy Trinity Presbyterian Church en Tampa, Fla. Es autor de Divine Rule Maintained [Gobierno divino mantenido].

Príncipe de Paz

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Serie: El Mesías prometido

Príncipe de Paz

Scott Redd 

Nota del editor: Este es el décimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

Imagina que el país que una vez amaste ahora se encuentra dividido, destruido, invadido por un liderazgo corrupto, amenazado por grandes poderes internacionales y aparentemente a punto de colapsar. Imagina a tus mejores líderes paralizados por su falta de carácter, indecisión e imprudencia en las alianzas internacionales. Todas estas situaciones moldearon las condiciones políticas y culturales de Jerusalén en el siglo VIII a. C., las cuales proveyeron el trasfondo para el cumplimiento de la profecía de Isaías 9:6-7. El reino del norte de Israel se había rebelado contra el reino del sur, Judá, al unirse neciamente con Siria al norte, una coalición que conduciría a la destrucción de ambas partes a manos del ejército asirio. Judá se quedó solo y con escasas posibilidades de supervivencia.

En medio de esta terrible situación, Isaías pronunció un oráculo de esperanza acerca de un niño que nacería en el reino y traería la restauración nacional e internacional al mundo.

El pasaje comienza asegurando a la audiencia sureña que el reino del norte será incluido en la restauración del exilio (Is 9:1). La restauración venidera incluirá a todos los hijos de Israel, aun a las tribus rebeldes del norte (ver Ez 37:16-17). Llegará el día en que terminará la oscuridad del exilio hasta para el norte y su capital, Samaria; aparecerá la aurora de la restauración y del nuevo rey. El Evangelio de Mateo muestra cómo la restauración del reino llega a través del ministerio de Jesucristo (Mt 4:12-16). Él es la luz que brilla en las tinieblas.

Nuestra afirmación de que el Rey regresará es igualmente audaz, pero nosotros sabemos de qué Rey hablaba Isaías.

Desde la perspectiva de Isaías, lo importante es que esta restauración venidera traerá consigo la reunificación de los dos reinos de Israel a través de un rey del linaje de David (ver 2 Sam 7:14). El nacimiento del niño marcará el fin de su sufrimiento en el exilio. El niño en Isaías 9 es el nuevo rey que inaugurará el período de restauración para el pueblo de Dios luego de los largos años de exilio.

Isaías 9:1-7 evoca una ceremonia de coronación en la que los títulos de la realeza se leen en voz alta ante una audiencia de súbditos y dignatarios. En este caso, cada título representa las características superlativas del nuevo regente, las cuales le servirán en su reino venidero como la luz que reemplaza la oscuridad del exilio que se avecina.

Admirable Consejero: El significado de este título podría parecer poco claro para una audiencia moderna. En este caso, un consejero representa un maestro de la sabiduría y sus enseñanzas. Este sabio consejero serviría en la corte del rey, quien a su vez gobernaba como jefe del poder judicial de la nación. Sin embargo, el rey restaurador se destacará en todas las áreas de la sabiduría, así como Salomón en la antigüedad, pero él mismo será un consejero maravilloso cuyo consejo va acompañado de milagros que confirman su mensaje (Mt 12:42Lc 11:311 Co 1:24). Como tal, él resolverá el problema de liderazgo deficiente que ha habido a través de la historia (Is 3:3).

Dios Poderoso: Este título indica que el rey será identificado por la soberanía divina de la cual se deriva su autoridad. Este rey no será como el primer rey de Israel, Saúl, quien era “pequeño a [sus] propios ojos” (1 Sam 15:17). Esa inseguridad lo llevó a guiar a la nación según sus propios planes y no según los planes de Dios. El rey restaurador será identificado con el rey divino y soberano del cual él, y todo líder terrenal, recibe su autoridad en la tierra (Mt 28:18).

Padre Eterno: Este título implica otra característica del trono: el rey como padre de la nación. Los cristianos recordarán que la paternidad de Dios es el tema principal de la oración que Jesús enseñó a Sus discípulos (Mt 6:9). En la oración se anima al creyente a orar a Dios como a un Padre cuyo reino vendrá y cuya voluntad real debe cumplirse tanto en el ámbito terrenal como en el celestial. En Isaías 9, el lenguaje de paternidad en este pasaje no tiene la intención de transmitir una intimidad cercana sino la reverencia con la que uno se dirige al rey (Jn 10:3014:9-10).

Príncipe de Paz: Este último título se refiere a la abundancia y la totalidad del reino de restauración que está por venir. El título “príncipe” no es necesariamente un título de menor autoridad gubernamental que el de “rey”, sino que incluye a un grupo más amplio de gobernantes. El futuro hijo de David no solo será rey, sino que será un gobernante que marca el inicio de un período de shalom (paz), de bienestar y de integridad comunitaria para el reino. Se hará justicia. Se le dará descanso al pobre y al oprimido. Y cada uno vivirá plena y totalmente según la vocación que Dios le otorgó (Jn 17:20-23Gál 3:27-29Flp 1:6).

Para el profeta Isaías, la seguridad de este reino de restauración y de su rey proveían un gran motivo de esperanza y celebración. Los suyos eran tiempos oscuros, e iban a ser aún más oscuros, pero el Señor en Su «celo» (Is 9:7) no permitiría que la oscuridad durara para siempre. Tenemos mucho en común con la audiencia de Isaías. Cuanto más tiempo parecía Dios ausente en las sombrías realidades del exilio, más audaz era la afirmación de que venía un rey restaurador. Nuestra afirmación de que el Rey regresará es igualmente audaz, pero nosotros sabemos de qué Rey hablaba Isaías. Lo hemos conocido, y Él volverá por nosotros, y Su regreso será glorioso.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Scott Redd
Scott Redd

El Dr. Scott Redd es presidente y profesor asociado de Antiguo Testamento en el Reformed Theological Seminary en Washington, D.C. Es el autor de The Wholeness Imperative [El imperativo de la totalidad].

Del vientre de la virgen

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Serie: El Mesías prometido

Del vientre de la virgen

Brandon C. Crowe

Nota del editor: Este es el noveno de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

El nacimiento virginal de Jesús es una parte importante del mensaje de la Navidad. «A salvar los pecadores vino al seno virginal”. Esta doctrina es a menudo relacionada con la profecía de Isaías 7:14, pero este pasaje puede ser difícil de entender. ¿Qué significó originalmente? ¿Cómo encaja en el contexto del Antiguo Testamento? ¿Cómo cumplió Cristo esta profecía? Veamos brevemente a Isaías 7:14 —uno de los textos clave que habla del nacimiento virginal— y cómo se relaciona con la obra de Jesús.

Comenzamos con el contexto del Antiguo Testamento, que tiene muchos enredos que desenredar. En Isaías 7, el profeta Isaías es enviado al rey Acaz de Judá para instruirlo a pedir una señal de Dios (vv. 10-11). Esta iba a ser una señal de la provisión de Dios frente a la devastación potencial de Siria e Israel. Aunque pedir una señal de Dios está a menudo relacionado a la falta de fe, aquí Dios ordenó a Acaz que pidiera una señal. En este caso, no pedir una señal indica la falta de fe del rey (v. 12). En lugar de confiar en una alianza política con Asiria (ver 2 Reyes 16:1-9), Acaz fue instruido a confiar en el Dios que gobierna sobre las naciones. El rechazo de Acaz a obedecer la palabra profética y a confiar en Dios llevó finalmente a la invasión de los asirios en forma de abeja (Is 7:17-25).

Aunque Acaz no pidió una señal de Dios, una señal le fue dada. Esto es relatado en Isaías 7:14: “Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”. Dios mismo escogió la señal: el nacimiento de un niño especial. No está del todo claro a qué niño se refiere aquí. ¿Será Ezequías? ¿O uno de los hijos de Isaías? Pero lo que sí es cierto es que el niño viene de Dios como una señal para Acaz.

Lo que quizás no esté tan claro es si la joven en discusión era en realidad una virgen. Algunos han argumentado que el término hebreo traducido como «virgen» en Isaías 7:14 no es aparentemente el término más común para una virgen y es un término que puede referirse simplemente a una mujer joven que aún no ha tenido un hijo. De modo que, algunos han afirmado que Isaías no está hablando de un nacimiento virginal.

Dios mismo es nuestra ayuda y refugio, y no debemos poner nuestra confianza y esperanza en otro lugar.

Sin embargo, esta objeción es exagerada. Isaías tiene a una virgen en mente. El término que Isaías usa para referirse a una mujer joven consistentemente se refiere a una virgen en el Antiguo Testamento. Además, la traducción griega del Antiguo Testamento (la Septuaginta) traduce el término hebreo sin ambigüedades, usando la palabra griega para «virgen». Finalmente, el testimonio del Nuevo Testamento confirma que Isaías 7:14 se refiere a un nacimiento virginal (Mt 1:22-23).

Este niño prometido es identificado como Emmanuel. Este título significa «Dios con nosotros» y necesita ser entendido en el contexto del pacto de Dios. Emmanuel puede evocar alentadores himnos de Navidad. Aunque en el contexto de Isaías, Emmanuel es una advertencia para Acaz, quien estaba rechazando la Palabra de Dios. En su caso, Emmanuel no era una bendición sino una maldición y una advertencia para que Acaz se arrepintiera. Así es como los pactos de Dios funcionan: Dios pone delante de nosotros una bendición y una maldición, y debemos responder en fe para obtener la bendición.

En resumen, el niño prometido por Isaías a Acaz era una señal de la fidelidad pactual de Dios y una crítica a la falta de fe de Acaz. Dios no abandonaría a Su pueblo. Dios mismo es nuestra ayuda y refugio, y no debemos poner nuestra confianza y esperanza en otro lugar.

La profecía a través Isaías tiene un referente cercano: antes de que este niño creciera, la coalición política que Acaz temía desaparecería (Is 7:16). Sin embargo, el niño que era una señal para Acaz apunta hacia un cumplimiento más definitivo. No está claro si el niño Emmanuel de Isaías 7:14 en los días de Acaz tuvo un nacimiento milagroso, pero sin duda fue una señal de «Dios con nosotros» para bendecir o para maldecir. Esto anticipa la gran venida de Jesús, que ciertamente nació de una virgen y es «Dios con nosotros» como el divino Hijo de Dios. Como en Isaías 7:14, la presencia pactual de Jesús con nosotros trae la posibilidad de una bendición o una maldición, dependiendo de si nos volvemos a Él o lo rechazamos.

La historia del rey Acaz debe servir de advertencia y ánimo. Debe advertir al pueblo pactual de Dios de los peligros de rechazar la Palabra de Dios; al parecer, Acaz incluso hizo pasar a su hijo por el fuego (2 Re 16:32 Cr 28:3). No obstante, también debe animarnos el hecho de que Dios no rechazará a Su pueblo. Él prometió enviar a un niño que traería bendición duradera a Su pueblo y vencería la maldad aparente en el corazón de Acaz, y en nuestros propios corazones. 

El último Emmanuel pasó por el ardiente bautismo del sufrimiento (Lc 12:49-50), culminando en Su muerte sacrificial. Sin embargo, fue resucitado a una nueva vida para que pudiera ser Dios con nosotros por siempre. Como cantamos en Navidad de este fruto del vientre de la virgen:   “Pues al dar Tu vida entera Tú nos traes vida y luz. Has Tu majestad dejado y buscarnos te has dignado; para darnos el vivir a la muerte quieres ir. Canta la celeste voz: ‘¡En los cielos gloria a Dios!’”.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Brandon C. Crowe
Brandon C. Crowe

El Dr. Brandon Crowe es profesor asociado de Nuevo Testamento en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y autor del libro “Was Jesus Really Born of a Virgin?” [¿Verdaderamente Jesús nació de una virgen?]

El Sacerdote eterno

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Serie: El Mesías prometido

El Sacerdote eterno

Stephen M. Coleman 

Nota del editor: Este es el octavo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

El Salmo 110 tiene la distinción de ser el texto del Antiguo Testamento citado con más frecuencia en el Nuevo Testamento. Escrito por el rey David, el Salmo 110 es un salmo de realeza que profetiza la ascensión y el gobierno de un futuro rey mesiánico. Este rey, dice David, vendrá en el poder del Señor (Sal 110:2) y establecerá el gobierno de Dios en toda la tierra (v. 5). Él juzgará entre las naciones (Sal 110:6), derrotará los enemigos de Dios (Sal 110:16), y reunirá al pueblo de Dios para Sí mismo (Sal 110:3). Y en un pasaje particularmente sorprendente, David incluso llama a este rey «mi Señor» (Sal 110:1), reconociendo la superioridad de su descendiente real.

En el centro de esta extraordinaria profecía aparece uno de los personajes más misteriosos del Antiguo Testamento. David dice: “El Señor ha jurado y no se retractará: ‘Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec’” (Sal 110:4). Melquisedec aparece solo una vez más en el Antiguo Testamento. Después de que Abraham derrotó a los cuatro reyes del Oriente y rescató a su sobrino Lot, se encontró con Melquisedec, quien es identificado como el rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo (Gn 14:18-20). David encuentra en este misterioso personaje un presagio de la persona y obra de Jesucristo como el Gran Rey y el Gran Sumo Sacerdote de Su pueblo.

En Jesús, el máximo Rey Sacerdote, encontramos a un Dios que conoce nuestros pesares, que ha cargado con nuestro pecado, y que gobierna sobre nosotros como nuestro Señor misericordioso.

Sacerdote real

Era común que los reyes del mundo antiguo fungieran también como sacerdotes. Ellos gobernaban no solo en el ámbito civil sino también en el ámbito sagrado. Sin embargo, para Israel tal sacerdote-rey era una imposibilidad. Dios había dado el reinado a la tribu de Judá (Gn 49:9-10), y específicamente al linaje de David (2 Sam 7:12-16). Pero el sacerdocio, lo confió exclusivamente a la tribu de Leví, y específicamente a los descendientes de Aarón. (Nm 17).

No obstante, David comprendió que el rey mesiánico de Israel gobernaría sobre todas las cosas, incluyendo el ámbito sagrado reservado para los sacerdotes. Pero, ¿sobre qué premisa podría el rey de Israel servir también como sacerdote? Después de todo, ¿no fue rechazado el rey Saúl por ejercer prerrogativas sacerdotales (1 Sam 13:13-14)? David halla en Melquisedec no solo la base para otro sacerdocio sino la esperanza de un mejor sacerdocio. Siguiendo un razonamiento similar, el autor de Hebreos señala que Abraham dio una décima parte de su botín a Melquisedec y recibió de él una bendición como expresiones claras de la superioridad de Melquisedec sobre Abraham (Heb 7:4-10). Y si Melquisedec es superior a Abraham, ciertamente es superior a Leví, el descendiente de Abraham. Melquisedec, cuyo nombre significa «rey de justicia», por lo tanto representa un mejor sacerdocio, en parte, porque el suyo es un sacerdocio real. Prefigurando el ministerio de Jesús, Melquisedec fue tanto sacerdote como rey.

Hay un maravilloso estímulo para los creyentes en el hecho de que Jesús una los oficios de rey y sacerdote. Si Jesús fuera solo un Rey, podríamos vivir con temor de Su justo juicio. Pero la buena noticia es que este Rey justo que gobierna sobre Su pueblo es también el Sumo Sacerdote que se ofrece a Sí Mismo como su sacrificio expiatorio y permanece como su Mediador ante el Padre. De hecho, debido a que tenemos tal Sumo Sacerdote, Él puede “compadecerse de nuestras flaquezas” (Heb 4:15) y podemos “[acercarnos] con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Heb 4:16). En Jesús, el máximo Rey Sacerdote, encontramos a un Dios que conoce nuestros pesares, que ha cargado con nuestro pecado, y que gobierna sobre nosotros como nuestro Señor misericordioso.

Sacerdote eterno

El sacerdocio de Jesús es también superior al sacerdocio levítico porque es un sacerdocio eterno. David dice: “El Señor ha jurado y no se retractará: ‘Tú eres sacerdote para siempre’” (Sal 110:4). A diferencia de los sacerdotes levíticos, para quienes la genealogía era esencial a fin de establecer su legitimidad, no hay registro de la genealogía de Melquisedec en el Génesis ni en ningún otro lugar. No hay registro de su nacimiento o muerte, su linaje o sus descendientes. Como el autor de Hebreos astutamente observa, la presentación de Melquisedec en Génesis 14 le da una cualidad eterna, una cualidad que prefigura el carácter eterno del sumo sacerdocio de Jesús (Heb 7:3).

Una de las desventajas del sacerdocio levítico era que los que servían como sacerdotes estaban todos sujetos a la desafortunada condición de tener que morir. De modo que, así como había una necesidad constante de nuevos sacrificios para Israel, así también había una necesidad constante de nuevos sacerdotes. Pero el sacerdocio de Jesús es diferente. Es sacerdote para siempre. Debido a Su impecabilidad, aun después de Jesús ofrecerse a Sí mismo como el sacrificio perfecto y final, la muerte no pudo retenerlo (Heb 7:16). Y por lo tanto, está siempre a la diestra del Padre.

Para los creyentes en Cristo, el sumo sacerdocio eterno de Jesús debe ser una fuente diaria de consuelo. Es un recordatorio de que cuando olvidamos a Dios, Él no nos ha olvidado a nosotros. Cuando nosotros, por nuestra desobediencia, abandonamos a Dios, podemos saber que Él no nos ha abandonado (Heb 13:5). Tenemos un Mediador perfecto en el cielo que aboga por los méritos de Su propia sangre derramada por nosotros, trayéndonos de regreso a Dios a través del arrepentimiento y la fe en solo Él. El Salmo 110 anticipa y celebra el advenimiento de este Rey-Sacerdote eterno, Jesucristo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Stephen M. Coleman
Stephen M. Coleman

El Dr. Stephen M. Coleman es profesor asistente de Antiguo Testamento en Westminster Theological Seminary en Filadelfia e investigador principal en el Centro J. Alan Groves para la Investigación Bíblica Avanzada.

El Rey mesiánico

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Serie: El Mesías prometido

El Rey mesiánico

Robert J. Cara

Nota del editor: Este es el séptimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

El Salmo 2 enfatiza el reinado mesiánico o mediador de nuestro Señor Jesucristo. Es decir, Cristo siempre ha sido eternamente Rey como el segundo miembro de la Deidad, pero el Salmo 2 habla de Su reinado como el Dios-hombre y mediador del pacto de la gracia.

Este salmo ayudó a los escritores del Nuevo Testamento a comprender partes de los aspectos multifacéticos del reinado de Jesús. El Salmo 2 es citado explícitamente cuatro veces: dos veces en Hechos (Sal 2:1-2 en Hch 4:25-27Sal 2:7 en Hch 13:33) y dos veces en Hebreos (Sal 2:7 en Heb 1:55:5). Porciones del Salmo 2:9 también son mencionadas en Apocalipsis (2:27; 12:5; 19:15). Examinaremos estas cuatro citas específicas.

El Salmo 2 fue escrito por David y trata, en última instancia, acerca del Señor Jesucristo. Se divide en cuatro secciones: (1) hay enemigos contra Dios el Padre y Su “ungido”, Jesús (vv. 1-3); (2) Dios el Padre se ríe de Sus enemigos y declara que ha puesto a Su “Rey sobre Sión” (vv. 4-6); (3) Jesús dice lo que el Padre le ha dicho: Jesús es el “Hijo”, y Él destruirá a los enemigos de Dios con una “vara de hierro” (vv. 7-9); y (4) David alienta/advierte a todos que sirvan a Dios el Padre y a Jesús Su Hijo, concluyendo que “bienaventurados son todos los que en Él [Jesús] se refugian” (vv. 11-12).

Habrá enemigos contra Jesús y Su reino, pero Él triunfará.

En Hechos, Pedro y Juan son arrestados por hablar sobre la resurrección de Cristo y afirmar que un hombre cojo fue sanado en el nombre de Jesús. Posteriormente, ellos son liberados (Hch 4:1-22). Al regresar al cuerpo de la Iglesia, los creyentes citan el Salmo 2:1-2: “¿Por qué se enfurecieron los gentiles y los pueblos tramaron cosas vanas? Se presentaron los reyes de la tierra, y los gobernantes se juntaron a una contra el Señor y contra Su Ungido [griego Christos]” (Hch 4:25-26). Los creyentes concluyen que este texto se refería a aquellos que conspiraron y actuaron contra Jesús el Cristo: Herodes, Poncio Pilato, algunos gentiles y algunos judíos (v. 27). Además concluyen que este texto también se refiere a Pedro, Juan y a ellos mismos debido a su conexión con Jesús (v. 29). Por supuesto, como el Salmo 2 continúa indicando, el Cristo sería victorioso, al igual que aquellos conectados a Su reino. En el contexto de Hechos 4, Jesús había resucitado; Pedro, Juan y otros continuaron sanando y hablando con valentía acerca de Cristo (vv. 30-31). Sí, habrá enemigos contra Jesús y Su reino, pero Él triunfará (ver Ap 12:519:15).

El Salmo 2:7: “Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy”, es citado tres veces en el Nuevo Testamento: Hechos 13:33 y Hebreos 1:55:5. La palabra hijo era una forma común en el Antiguo Testamento para referirse a varios reyes davídicos y también al Rey davídico, el futuro Mesías. Indica una relación especial entre el rey y Dios.

En su primer viaje misionero, Pablo pronunció un sermón en la sinagoga de Antioquía de Pisidia (Hch 13:16-41). Él cuenta las buenas noticias de salvación que están relacionadas con la muerte y resurrección de Jesús. En relación específicamente con la resurrección, Pablo cita tres textos del Antiguo Testamento: Sal 2:716:10; e Is 55:3. El Salmo 2:7 es citado en Hechos 13:33: “Hijo Mío eres Tú; Yo te he engendrado hoy”. Por supuesto, aquí “engendrado” no significa biológicamente nacido, sino que, en Su resurrección, Jesús ha entrado en otra etapa de Sus deberes reales. Como el poderoso Rey sentado a la diestra de Dios, Él puede efectuar la salvación de Su pueblo (ver Hch 4:11-12).

En Hebreos 1:5, el Salmo 2:7 es citado y la palabra “Hijo” es enfatizada. El autor de Hebreos está señalando que Jesús es mejor que los ángeles porque es llamado el “Hijo”, y a ellos no se les da este título. Un segundo texto es citado para demostrar que Jesús es este Hijo especial: “Yo seré Padre para Él, y Él será Hijo para Mí” (2 Sam 7:14Heb 1:5). El contexto de 2 Samuel 7:14 es la iniciación trascendental del pacto davídico. Estos dos versículos se combinan para enfatizar aún más la relación única entre Dios el Padre y Su Hijo Rey. Después de la resurrección de Jesús, un aspecto de Su reinado mediador (Heb 8:69:15) es el poder: “se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (1:3).

La tercera cita del Salmo 2:7 está en Hebreos 5:5. Aquí se resalta un aspecto diferente. En el contexto de discutir los aspectos sacerdotales y reales del ministerio de Jesús, se señala que Jesús no se exaltó a Sí mismo sino que fue designado (“engendrado”) por Dios el Padre. Este aspecto de no exaltarse a Sí mismo fue prefigurado por el sumo sacerdote del Antiguo Testamento, quien tampoco se eligió a sí mismo (5:4-6). Además, la vida terrenal de Jesús exhibió esta humilde cualidad como nuestro líder/rey: “Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos” (Mr 10:45).

Ciertamente, puede decirse acerca de Jesús el Rey: “bienaventurados son todos los que en Él se refugian” (Sal 2:12).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert J. Cara
Robert J. Cara

El Dr. Robert J. Cara es rector, director académico y profesor del Nuevo Testamento de Hugh and Sallie Reaves en el Reformed Theological Seminary en Charlotte, Carolina del Norte. Es autor de Cracking the Foundation of the New Perspective on Paul [Quebrando los cimientos de la nueva perspectiva sobre Pablo] y de un próximo comentario sobre el libro de Hebreos.

El Hijo de David

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Serie: El Mesías prometido

El Hijo de David

Robert Rothwell

Nota del editor: Este es el sexto de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

¿Alguna vez has notado la cantidad de ofertas de sistemas de seguridad que bombardean a los propietarios de casas? Al menos en el centro de la Florida, parecen estar en todas partes. Anuncios de sistemas de seguridad para casas aparecen regularmente durante las pausas comerciales en la radio. Con los años, mi buzón ha recibido innumerable publicidad impresa que vende la instalación y activación de sistemas de alarma para casas. Y no te imaginas la cantidad de vendedores que han tocado el timbre de mi casa con la esperanza de convencerme de comprar protección monitoreada para mi propiedad.

También existen soluciones de seguridad de baja tecnología. Aseguramos nuestras puertas. Tenemos perros guardianes. Colocamos cercas alrededor de nuestros patios. Independientemente de lo que se diga  sobre tales medidas, demuestran una cosa: queremos seguridad.

El deseo de seguridad era particularmente intenso en el mundo antiguo, especialmente en Israel. Al vivir en un pedazo de tierra donde se unen tres continentes, África, Asia y Europa, Israel estaba en constante peligro de ser conquistado por otros que valoraban su posición geográfica estratégica. Y para la familia real, las necesidades de seguridad alcanzaron un nivel completamente diferente. Tenías que proteger tanto a la nación como a la dinastía real. Siempre había alguien queriendo quitarte el trono.

La casa de David finalmente estará a salvo no solo de sus enemigos sino también de la ira santa de Dios mismo.

La promesa de seguridad ocupa un lugar protagónico cuando Dios establece el pacto davídico que encontramos en 2 Samuel 7:1-17. Dios hizo una promesa pactual clave al rey David: “Tu casa y tu reino permanecerán para siempre delante de Mí; tu trono será establecido para siempre”(v. 16). David no solo obtiene un reino seguro con un trono eterno, sino que el reino “[permanecerá] para siempre delante de [Dios]”. La casa de David finalmente estará a salvo no solo de sus enemigos sino también de la ira santa de Dios mismo.

Aquí se promete más que simplemente que la familia de David siempre tendrá un hombre en el trono en Jerusalén (2 Sam 7:15). Cuando incluso los desaciertos de los descendientes piadosos de David, Ezequías y Josías, hacen inevitable la caída de Judá y el exilio a Babilonia (2 Re 20:12-192 Cr 35:20-27), está claro que el trono de David no puede perdurar si ha de ser sostenido por meros pecadores. Se requerirá un hijo de David supremamente justo para mantener el trono del reino y darle una seguridad duradera frente a sus enemigos. Se necesitará un hijo de David perfectamente santo para edificar una casa duradera a el nombre de Dios (v. 13). A pesar de que Salomón construyó un templo para Dios en Jerusalén, no podía ser este hijo, porque cayó en la idolatría y, además, el templo que construyó fue destruido por Babilonia (1 Re 3-11; 2 Re 24).

Además, la promesa de Dios de un amor eterno por el linaje de David no significa que este linaje quede sin castigo cuando cae en pecado. Dios disciplinará al linaje de David “con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres” (2 Sam 7:14). Pero la promesa aquí no es solo que el linaje de David sufrirá la derrota por parte de otros reyes cuando sea desobediente. El mismo versículo que promete disciplina también promete que los hijos de David serán considerados hijos de Dios (v. 14). Y ¿quién más en el Antiguo Testamento es considerado como hijo de Dios? Su pueblo, Israel (Os 11:1). El linaje de David puede representar a toda la nación. Ambos son, por así decirlo, intercambiables, porque ambos son el hijo de Dios. Lo que le sucede al hijo de David le sucede a toda la nación. Vemos esto claramente en el caso del rey Manasés, quien fue castigado por el pecado y llevado al exilio solo para ser llevado de regreso a Jerusalén (2 Cr 33:10-13). Lo mismo le sucedería más tarde a los judaítas, es decir, al pueblo de Dios Israel (2 Cr 36:17-23).

Al unir estos hechos, vemos las sombras de un Rey venidero. Este Rey será perfectamente justo y capaz de mantener el trono de David. Pero este Rey también soportará el castigo de Dios por el pecado, yendo al exilio por el pecado y regresando a la bendición de Dios que es la vida. Y como consecuencia de esto, aquellos a quienes Él representa son contados como que han sufrido el exilio y regresarán a la vida también. Esto empieza a sonar familiar, ¿no? Estamos hablando, por supuesto, del Hijo final de David, Cristo Jesús, nuestro Señor. Él es el perfectamente justo Hijo de David que entra en el exilio del juicio de Dios, soportando la ira de Dios, para así garantizar la resurrección de Su pueblo, Israel (Is 53; Mt 1:1-142 Co 5:21). Y Él sostiene el trono de David para siempre (Hch 2:1-36).

Hay otro hijo de Dios mencionado en el Antiguo Testamento: Adán, el padre de la raza humana (Lc 3:38). Como el Hijo de Dios, Jesús  puede representar también a los descendientes de Adán, llevando el exilio del juicio de Dios para que todos los que confían en Cristo de entre los gentiles puedan tener también la garantía de la vida eterna resucitada. Por la fe, tanto judíos como gentiles pueden unirse al pueblo de Dios, Israel, y recibir la bendición de protección y seguridad para siempre.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Un profeta como Moisés

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El Blog de Ligonier

Serie: El Mesías prometido

Un profeta como Moisés

Anthony T. Selvaggio

Nota del editor: Este es el quinto de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

¿Has conocido alguna vez a alguien famoso?  En nuestra cultura obsesionada con las celebridades, esto puede ser una experiencia emocionante, particularmente si la celebridad te dirige la palabra. Luego de este tipo de encuentro con una celebridad, la gente con frecuencia se maravilla de que alguien famoso en realidad se dignara a hablar con ellos. En una mayor manera, una de las cosas más asombrosas respecto a la fe cristiana es la realidad de que el eterno y santo Dios del cosmos eligió dignarse a hablar con nosotros. ¿No deberíamos entonces cultivar un deseo más profundo de escucharle?

A través de la historia de la redención, Dios habló a Su pueblo de varias maneras. El escritor de Hebreos recalca este punto en el versículo introductorio de su epístola: “Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas” (Heb 1:1). Aunque Dios se comunicó de varias maneras en el Antiguo Testamento, Su medio preferido fue a través de Sus profetas, y entre esos profetas del Antiguo Testamento, Moisés fue el más importante. Moisés fue el portavoz y mediador escogido por Dios al orquestar la liberación de Su pueblo de la servidumbre en Egipto. La importancia de Moisés en la historia de la redención no puede ser exagerada, y la sombra del éxodo se expande a través de todo el cuerpo de la Sagrada Escritura. El éxodo fue un evento de redención que tipificaba la futura redención asegurada por Jesucristo. Esto significa que el rol primario de Moisés en la revelación fue preparar el escenario para Jesucristo, Aquel que lo sobrepasa y lo eclipsa.

Jesús es el cumplimiento de la promesa de Deuteronomio 18:15.

Luego del éxodo de Egipto, Moisés habló al pueblo de Israel y les dijo que debían esperar por otro profeta que vendría, quien, como él, redimiría al pueblo de Dios de la servidumbre y la cautividad. En Deuteronomio 18:15, Moisés declara, “Un profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios; a él oiréis”. Nota que Moisés no solo revela la venida de este futuro profeta, sino que también ordena a Israel a escucharle.

Varios milenios después, Moisés, junto con Elías, aparecerían en un monte en la presencia de Jesús, Pedro, Jacobo y Juan. En el monte, Jesús se transfiguró y Su rostro “resplandeció como el sol” y Sus “vestiduras se volvieron blancas como la luz” (Mat 17:2). Luego, Dios el Padre habló desde una nube, declarando, “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido; a Él oíd” (v. 5, énfasis añadido). Con esas palabras, que hacían eco a las palabras de Moisés, Dios inequívocamente declaró que la profecía de Deuteronomio 18:15 se había cumplido en la venida de Jesucristo.

El apóstol Pedro, uno de los testigos de la transfiguración, también confirmó que Jesús cumplió la profecía de Moisés de Deuteronomio 18:15. En el Pentecostés, en su famoso sermón lleno del Espíritu, Pedro declaró:

“Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor, y Él envíe a Jesús, el Cristo designado de antemano para vosotros, a quien el cielo debe recibir hasta el día de la restauración de todas las cosas, acerca de lo cual Dios habló por boca de sus santos profetas desde tiempos antiguos. Moisés dijo: El Señor Dios os levantará un profeta como yo de entre vuestros hermanos; a él prestaréis atención en todo cuanto os diga. Y sucederá que todo el que no preste atención a aquel profeta, será totalmente destruido de entre el pueblo”. (Hechos 3:19-23)

Jesús es ese profeta como Moisés. Jesús es el cumplimiento de la promesa de Deuteronomio 18:15.

Aunque Jesús es como Moisés en muchas maneras, Él es también mayor que Moisés (Heb 3:1-6). Jesús condujo a Su pueblo a través de un éxodo mayor, no de la mera esclavitud física en Egipto, sino mas bien de la esclavitud eterna del pecado y de la muerte. El relato de Lucas de la transfiguración señala que Moisés y Elías estaban conversando con el Jesús transfigurado, y la sustancia de su conversación estaba centrada en la “partida” de Jesús (Lucas 9:31). La palabra traducida como “partida” en ese versículo es exodos, la palabra griega para “éxodo”. Jesús guió un éxodo de Su pueblo, pero no fue a través de las aguas del mar Rojo; fue a través del horror de la cruz y de Su experiencia de la ira divina a nuestro favor. Es por esto que Hebreos 8:6 declara que Jesús es el mediador de un nuevo y mejor pacto. Él es la palabra final y definitiva para Su pueblo: “en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo” (1:2).

En la venida de Jesucristo alguien muy especial nos ha hablado, y por lo tanto, haríamos bien en obedecer el mandato de Moisés y escucharlo,escuchar a Jesús. “Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Anthony T. Selvaggio
Anthony T. Selvaggio

El Rev. Anthony T. Selvaggio es pastor titular de lRochester Christian Reformed Church en Rochester, NY. Es autor o editor de varios libros, incluyendo From Bondage to Liberty [De la Esclavitud a la Libertad], The Gospen according to Moses [El Evangelio según Moisés] y Meet Martin Luther: A Sketch of the Reformer’s Life [Conozca a Martín Lutero: Un Esbozo de la Vida del Reformador].

El cetro de Judá

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Serie: El Mesías prometido

El cetro de Judá

Peter Y. Lee

Nota del editor: Este es el cuarto de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido

No hay duda de que los reinados del Antiguo Testamento alcanzan su clímax con el surgimiento de la monarquía davídica. Lo que es igual de claro es que la promesa del reinado no comenzó con David. Se remonta hasta Abraham. Recordemos que el Señor le prometió a Abraham “de ti saldrán reyes” (Gn 17:6), una promesa que fue reiterada con Jacob (Gn 35:11). Esta promesa monárquica se hace evidente en las últimas palabras de Jacob a sus hijos en Génesis 49, donde pronuncia la bendición de dominio sobre Judá. Consideremos esta bendición de Jacob y cómo anticipó el surgimiento de la monarquía para el pueblo de Dios.

En el versículo 8, Judá es hecho objeto de alabanza e investido de dominio mundial. El versículo 9 continúa esta representación del gobierno de Judá al describirlo vívidamente como un león joven y creciente que ha cazado a su presa, ha regresado a su guarida con lo que mató y descansa en poder donde nadie se atreve a desafiarlo.

Esto lleva a las intrigantes imágenes en el versículo 10. Jacob asocia dos símbolos de realeza con Judá: un “cetro” (Nm 24:17Is 11:4Sal 45:6Zac 10:11) y una “vara de gobernante” (Nm 21:18Sal 60:7). La frase “entre sus pies” es un eufemismo para el órgano reproductor masculino (cf. Jue 3:241 Sam 24:3Is 7:20) y por lo tanto, representa la descendencia de Judá. En otras palabras, uno proveniente de Judá siempre será un comandante nacional del pueblo de Dios. Esto seguirá siendo cierto “hasta que venga Siloh” (Gn 49:10).

Jesús es ese hijo supremo de Judá, el Siloh mesiánico cuya muerte estableció la “paz con Dios” (Rom 5:1).

La figura de “Siloh” [o Shiloh (hebreo שִׁילֹה)] ha cautivado el interés de los académicos a lo largo de los siglos, y se han propuesto diversas interpretaciones. Algunos entienden el sh como un pronombre relativo y loh como “para él”; por lo tanto, “hasta que él venga a quien pertenezca [el cetro/vara de gobernante]”. Otros ven el sh como el poco usado sustantivo hebreo shay, que significa “tributo”; por lo tanto, “hasta que el tributo llegue a él [Judá]”. Todavía una tercera opción es entender la referencia a «Siloh» como el nombre personal de un futuro hijo prominente de Judá. Se han ofrecido otras interpretaciones, pero estas tres representan las opciones más populares. Independientemente de la opinión, estas tres comparten un tema común: un individuo prominente en la línea de Judá establecerá su dominio que no se limitará a Israel; sino que, “a él será la obediencia de los pueblos” (v. 10).

Aunque cualquiera de estas opciones mesiánicas es posible, estoy a favor de la perspectiva que ve a “Siloh” como una referencia a un nombre personal. La raíz hebrea sh-l-h aparece con frecuencia en el Antiguo Testamento, que significa “facilidad, tranquilidad, paz”. Por lo tanto, “Siloh” es una figura que es en esencia un príncipe de paz (ver Is 9:6). La imagen de la prosperidad de la dicha pacífica que él trae continúa en Génesis 49:11-12. El reinado universal de Siloh resulta en la prosperidad de su reino, donde las vides son tan abundantes que los burros pueden ser atados a ellas en lugar de arbustos. El vino, el fruto de la vid, ya no necesita ser conservado para ocasiones especiales. En el reino de Siloh, es tan abundante que puede usarse para las tareas cotidianas, como el lavado de ropa (v. 11). De hecho, las bebidas de placer, como el vino y la leche, serán superabundantes para que todos las disfruten (v. 12).

Sin embargo, esta imagen de paz y prosperidad tiene un precio muy alto, a saber, el sacrificio del propio Siloh. Hay alusiones a tal hecho en el texto. Una es la ilustración de la “sangre de uvas” (v. 11; ver Is 63:2). Otra es el “asno» (o pollino), que en el mundo antiguo a menudo se usaba comúnmente en la ratificación de juramentos de lealtad. El uso de este término en este contexto sugiere que Siloh traerá la paz a costa suya (ver Gn 15). Se alude a este “asno” en un pasaje similar en Zacarías 9:9, donde el rey mesiánico entra en la ciudad de Jerusalén cabalgando sobre este pollino. No hay duda del significado de Zacarías 9:9 ya que la profecía se cumple en la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén (Mt 21:5). Así, Cristo entró a Jerusalén montado en una bestia que representaba Su sacrificio inminente.

Aunque Génesis 49:8-12 es el registro de la bendición final de Jacob a su hijo Judá, su aparición en la historia de la redención la presenta como una gran profecía que encuentra su cumplimiento final en Jesucristo. Establece que la autoridad real estará asociada con Judá y su familia. Esto alcanzará un punto culminante cuando uno de sus hijos venga a establecer la paz y la prosperidad universales. Aunque la paz fue establecida por reyes provenientes de Judá como David y Salomón, su reinado no pudo establecerla universalmente donde “la obediencia de los pueblos” (v. 10) les perteneciera ni tampoco pudieron traer una prosperidad al reino que proporcionara abundancia escatológica (vv. 11-12). Eran una imagen de un hijo supremo de Judá, el verdadero Príncipe de Paz, que trae la bendición plena de Su glorioso reino. Jesús es ese hijo supremo de Judá, el Siloh mesiánico cuya muerte estableció la “paz con Dios” (Rom 5:1). Él ascendió para estar con Su Padre, pero regresará “con los ejércitos del cielo” (Ap 19:14) vistiendo una “túnica bañada en sangre” (v. 13) para derrotar a todos los que se atreven a oponerse a Él. En nuestra unión con Cristo, somos “coherederos con Cristo” (Rom 8:17) y esperamos Su regreso cuando Él establezca la verdadera patria celestial y vestiremos túnicas blancas lavadas «en la sangre del Cordero» (Ap 7:14).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Peter Y. Lee
Peter Y. Lee

El Dr. Peter Y. Lee es profesor de Antiguo Testamento y decano de estudiantes en el Reformed Theological Seminary en Washington, D.C.

¿Son las oraciones de algunas personas más eficaces?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Son las oraciones de algunas personas más eficaces?

Kevin D. Gardner

Nota del editor: Este es el capítulo 15 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Cuando preguntamos sobre la eficacia de las oraciones de las personas, estamos preguntando si acaso Dios está más inclinado a responderlas,, en el sentido de responder positivamente. Es decir, queremos saber si Dios es más propenso a dar a ciertas personas, como nuestros pastores o ancianos, lo que piden en oración.

En cierto sentido, la respuesta a esta pregunta es obvia. Sí, Dios es más propenso a darle a ciertas personas lo que ellos piden en oración. Santiago nos lo dice así: “La oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Stg 5:16).

La pregunta entonces viene siendo: “¿Quién es justo?”. Ahí es donde se torna un poco más complicado, aunque en cierto sentido la respuesta nuevamente es obvia: aquellos que están unidos a Cristo por medio de la fe son contados como justos (2 Co 5:21). Aquellos que son justos en Cristo pueden estar seguros de que Dios estará más inclinado a concederles sus peticiones. Santiago 5:16 parece confirmar esto: “Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho”. Lo que esto implica es que aquellos que están orando los unos por los otros en la primera parte del versículo —esto es, los lectores cristianos de Santiago— son esos mismos “justos” que menciona la segunda parte del versículo.

Debemos pedirle a nuestros pastores y ancianos que oren por nosotros.

La justicia en Cristo que poseen los creyentes es una justicia posicional. Es la que nos concede acceso a la presencia de Dios por la nueva posición que tenemos en Cristo. Pero la referencia a Elías que vemos más adelante indica que hay más a la vista. Elías fue un profeta enviado por Dios, pero Santiago no enfatiza su oficio; lo llama “un hombre de pasiones semejantes a las nuestras” (v. 17). En lugar de esto, Santiago enfatiza cómo Elías obedeció al orar “fervientemente” por las cosas que Dios le llamó a orar, esto es, por juicio sobre Israel (vv. 17-18; ver 1 Re 17:1-4).

Esto indica que la justicia personal, el fruto de una vida de obediencia progresiva a Dios mediante el poder santificador del Espíritu Santo, también forma parte de la oración eficaz. Mientras progresamos en la santificación, nuestras oraciones se alinean cada vez más con la voluntad y el corazón de Dios. Dios entonces está cada vez más inclinado a concedernos lo que deseamos porque lo que deseamos será lo que Él desea.

Así que, sí, debemos pedirle a nuestros pastores y ancianos que oren por nosotros. Pero tenemos que saber que no necesitamos que ellos oren por nosotros para que nuestras peticiones sean escuchadas. Podemos orar los unos por los otros, incluso somos animados a hacerlo. Y podemos acercarnos nosotros mismos al trono de Dios, confiados de que Dios se complace en conceder acceso a aquellos que están revestidos de la justicia de Su Hijo y que están siendo santificados por Su Espíritu Santo. El Señor se deleita en responder las oraciones de fe de Sus hijos (Stg 5:15).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin D. Gardner
Kevin D. Gardner

Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.

La simiente de Abraham

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Serie: El Mesías prometido

La simiente de Abraham

Michael P.V. Barrett

Nota del editor: Este es el tercero de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

Los detalles e implicaciones del pacto de Dios con Abraham son de gran alcance. Tres promesas aunque distintas, pero relacionadas, están en el corazón de esta entrega del pacto de gracia: una simiente, una tierra y una bendición universal. Cada una de ellas halla su significado final en el Señor Jesucristo. No es sorprendente que Jesús declarara que Abraham se regocijó al ver Su día (Jn 8:56).

La promesa de una descendencia o simiente es el punto central de la promesa de Dios a Abraham, tal como lo fue en la promesa hecha a Adán y Eva y como sería hecha, años más tarde, a David. La promesa de una simiente justa es el hilo que conecta cada promesa pactual. Es cierto que identificar la simiente puede ser complicado porque a veces se refiere a varias personas y a veces a una sola. Primero, la simiente de Abraham fue física. Dios prometió que Abraham sería padre de muchas naciones (Gn 17:5). Hubo naciones que surgieron de su descendencia con Agar y Cetura, pero la simiente de la promesa fue Isaac, el hijo de Sara. De Isaac vino Jacob y luego la nación de Israel. El desarrollo de esta simiente física fue esencial para la venida de Cristo, porque Él estaba en el linaje de Abraham. Fue de Israel que Cristo vino “según la carne” (Rom 9:4-5). Tenía que haber una simiente física si iba a haber un Cristo de Dios. Por lo que Israel, la simiente física y particular de Abraham, fue el medio para el cumplimiento mesiánico de la promesa de Dios.

El linaje de Abraham fue escogido para la identidad física del Mesías, pero todas las naciones de la tierra se benefician del Mesías.

Segundo, la simiente fue y es espiritual. Que Dios prometa una simiente más numerosa que las estrellas del cielo o la arena del mar va más allá de los descendientes físicos de Abraham. Jesús dejó claro que era posible ser descendiente físico de Abraham sin ser descendiente espiritual (Jn 8:39). De manera similar, Pablo dijo que no todo Israel es Israel (Rom 9:6-8). Los verdaderos hijos de Abraham son aquellos que tienen fe (Gál 3:7). La nacionalidad es irrelevante: pertenecer a Cristo es ser la verdadera descendencia de Abraham y herederos de la promesa (Gal 3:29).

En tercer lugar, y lo más importante, la simiente final o ideal es Cristo mismo. Aunque la palabra traducida como “descendencia” o “simiente” puede referirse tanto a varias personas como a un individuo, la forma es gramaticalmente singular. Pablo se enfoca en esa gramática cuando da su interpretación inspirada y mesiánica de la promesa abrahámica: “No dice: y a las descendencias, como refiriéndose a muchas, sino más bien a una: y a tu descendencia, es decir, Cristo” (Gal 3:16). Por una buena razón, el Nuevo Testamento comienza identificando a Jesús como el hijo de David y como el hijo de Abraham (Mt 1:1).

La promesa de la tierra fue también un componente clave en la promesa abrahámica Que es tanto físico como espiritual. La tierra se refería a un territorio geográfico real. Sin embargo, la tierra transmitió un mensaje espiritual más allá de la geografía y las fronteras. Fue un símbolo o un ejemplo perfecto del deleite del descanso en la presencia de Dios y en comunión con Él. Es este sentido simbólico el que apunta a Jesús como el dador del descanso espiritual que nos reconcilia con Dios (Mt 11:28Col 1:22). Así como hubo un “Jesús” del Antiguo Testamento (Josué) para lograr el descanso físico en la tierra (Heb 4), así está el Jesús ideal que guía a Su pueblo de todas las edades y lugares al descanso prometido. Incluso el “polvo” de la tierra prometida apuntaba a la perspectiva del descanso espiritual posible solamente a través de la simiente ideal de Abraham. El lenguaje de nuestro texto de que la simiente “poseerá la puerta de sus enemigos” simplemente significa que las defensas de los enemigos no pueden oponerse al avance de la simiente. En el lenguaje del Nuevo Testamento, Cristo dijo que Él edificará Su iglesia y que ni siquiera las puertas del infierno podrán prevalecer contra el avance de la simiente.

Que Dios bendijera a Abraham, e hiciera su simiente una bendición para el mundo entero, enfoca la atención de la promesa directamente en Cristo. Lo único acerca de los descendientes de Abraham que puede ser interpretado de alguna manera como una bendición para todo el mundo es Jesús, la simiente final de la promesa. Pablo dio una interpretación inspirada de esta bendición abrahámica cuando dijo que Cristo se convirtió en maldición al colgar del madero a fin de que “en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles” (Gál 3:13-14). Esto resalta un tema mesiánico clave a lo largo del Antiguo Testamento: la promesa del Mesías nunca fue una promesa exclusivamente judía. La única pretensión que la simiente física de Abraham tuvo sobre Cristo fue que Él vino al mundo físicamente a través de ellos (Rom 9:4-5). El linaje de Abraham fue escogido para la identidad física del Mesías, pero todas las naciones de la tierra se benefician del Mesías. El pacto con Abraham nos da una mejor compresión sobre la identidad de la Simiente prometida mientras que al mismo tiempo mantiene el carácter inclusivo del propósito de gracia de Dios para “todas las familias de la tierra” (Gn 12:1-3).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Michael P.V. Barrett
Michael P.V. Barrett

El Dr. Michael P.V. Barrett es vicepresidente de asuntos académicos, decano académico y profesor de Antiguo Testamento en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan. Es autor de varios libros, incluyendo Beginning with Moses: A Guide to Finding Christ in the Old Testament [Empezando con Moisés: Una guía para encontrar a Cristo en el Antiguo Testamento]..