El Hijo de David

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Serie: El Mesías prometido

El Hijo de David

Robert Rothwell

Nota del editor: Este es el sexto de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

¿Alguna vez has notado la cantidad de ofertas de sistemas de seguridad que bombardean a los propietarios de casas? Al menos en el centro de la Florida, parecen estar en todas partes. Anuncios de sistemas de seguridad para casas aparecen regularmente durante las pausas comerciales en la radio. Con los años, mi buzón ha recibido innumerable publicidad impresa que vende la instalación y activación de sistemas de alarma para casas. Y no te imaginas la cantidad de vendedores que han tocado el timbre de mi casa con la esperanza de convencerme de comprar protección monitoreada para mi propiedad.

También existen soluciones de seguridad de baja tecnología. Aseguramos nuestras puertas. Tenemos perros guardianes. Colocamos cercas alrededor de nuestros patios. Independientemente de lo que se diga  sobre tales medidas, demuestran una cosa: queremos seguridad.

El deseo de seguridad era particularmente intenso en el mundo antiguo, especialmente en Israel. Al vivir en un pedazo de tierra donde se unen tres continentes, África, Asia y Europa, Israel estaba en constante peligro de ser conquistado por otros que valoraban su posición geográfica estratégica. Y para la familia real, las necesidades de seguridad alcanzaron un nivel completamente diferente. Tenías que proteger tanto a la nación como a la dinastía real. Siempre había alguien queriendo quitarte el trono.

La casa de David finalmente estará a salvo no solo de sus enemigos sino también de la ira santa de Dios mismo.

La promesa de seguridad ocupa un lugar protagónico cuando Dios establece el pacto davídico que encontramos en 2 Samuel 7:1-17. Dios hizo una promesa pactual clave al rey David: “Tu casa y tu reino permanecerán para siempre delante de Mí; tu trono será establecido para siempre”(v. 16). David no solo obtiene un reino seguro con un trono eterno, sino que el reino “[permanecerá] para siempre delante de [Dios]”. La casa de David finalmente estará a salvo no solo de sus enemigos sino también de la ira santa de Dios mismo.

Aquí se promete más que simplemente que la familia de David siempre tendrá un hombre en el trono en Jerusalén (2 Sam 7:15). Cuando incluso los desaciertos de los descendientes piadosos de David, Ezequías y Josías, hacen inevitable la caída de Judá y el exilio a Babilonia (2 Re 20:12-192 Cr 35:20-27), está claro que el trono de David no puede perdurar si ha de ser sostenido por meros pecadores. Se requerirá un hijo de David supremamente justo para mantener el trono del reino y darle una seguridad duradera frente a sus enemigos. Se necesitará un hijo de David perfectamente santo para edificar una casa duradera a el nombre de Dios (v. 13). A pesar de que Salomón construyó un templo para Dios en Jerusalén, no podía ser este hijo, porque cayó en la idolatría y, además, el templo que construyó fue destruido por Babilonia (1 Re 3-11; 2 Re 24).

Además, la promesa de Dios de un amor eterno por el linaje de David no significa que este linaje quede sin castigo cuando cae en pecado. Dios disciplinará al linaje de David “con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres” (2 Sam 7:14). Pero la promesa aquí no es solo que el linaje de David sufrirá la derrota por parte de otros reyes cuando sea desobediente. El mismo versículo que promete disciplina también promete que los hijos de David serán considerados hijos de Dios (v. 14). Y ¿quién más en el Antiguo Testamento es considerado como hijo de Dios? Su pueblo, Israel (Os 11:1). El linaje de David puede representar a toda la nación. Ambos son, por así decirlo, intercambiables, porque ambos son el hijo de Dios. Lo que le sucede al hijo de David le sucede a toda la nación. Vemos esto claramente en el caso del rey Manasés, quien fue castigado por el pecado y llevado al exilio solo para ser llevado de regreso a Jerusalén (2 Cr 33:10-13). Lo mismo le sucedería más tarde a los judaítas, es decir, al pueblo de Dios Israel (2 Cr 36:17-23).

Al unir estos hechos, vemos las sombras de un Rey venidero. Este Rey será perfectamente justo y capaz de mantener el trono de David. Pero este Rey también soportará el castigo de Dios por el pecado, yendo al exilio por el pecado y regresando a la bendición de Dios que es la vida. Y como consecuencia de esto, aquellos a quienes Él representa son contados como que han sufrido el exilio y regresarán a la vida también. Esto empieza a sonar familiar, ¿no? Estamos hablando, por supuesto, del Hijo final de David, Cristo Jesús, nuestro Señor. Él es el perfectamente justo Hijo de David que entra en el exilio del juicio de Dios, soportando la ira de Dios, para así garantizar la resurrección de Su pueblo, Israel (Is 53; Mt 1:1-142 Co 5:21). Y Él sostiene el trono de David para siempre (Hch 2:1-36).

Hay otro hijo de Dios mencionado en el Antiguo Testamento: Adán, el padre de la raza humana (Lc 3:38). Como el Hijo de Dios, Jesús  puede representar también a los descendientes de Adán, llevando el exilio del juicio de Dios para que todos los que confían en Cristo de entre los gentiles puedan tener también la garantía de la vida eterna resucitada. Por la fe, tanto judíos como gentiles pueden unirse al pueblo de Dios, Israel, y recibir la bendición de protección y seguridad para siempre.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Un profeta como Moisés

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Serie: El Mesías prometido

Un profeta como Moisés

Anthony T. Selvaggio

Nota del editor: Este es el quinto de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

¿Has conocido alguna vez a alguien famoso?  En nuestra cultura obsesionada con las celebridades, esto puede ser una experiencia emocionante, particularmente si la celebridad te dirige la palabra. Luego de este tipo de encuentro con una celebridad, la gente con frecuencia se maravilla de que alguien famoso en realidad se dignara a hablar con ellos. En una mayor manera, una de las cosas más asombrosas respecto a la fe cristiana es la realidad de que el eterno y santo Dios del cosmos eligió dignarse a hablar con nosotros. ¿No deberíamos entonces cultivar un deseo más profundo de escucharle?

A través de la historia de la redención, Dios habló a Su pueblo de varias maneras. El escritor de Hebreos recalca este punto en el versículo introductorio de su epístola: “Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas” (Heb 1:1). Aunque Dios se comunicó de varias maneras en el Antiguo Testamento, Su medio preferido fue a través de Sus profetas, y entre esos profetas del Antiguo Testamento, Moisés fue el más importante. Moisés fue el portavoz y mediador escogido por Dios al orquestar la liberación de Su pueblo de la servidumbre en Egipto. La importancia de Moisés en la historia de la redención no puede ser exagerada, y la sombra del éxodo se expande a través de todo el cuerpo de la Sagrada Escritura. El éxodo fue un evento de redención que tipificaba la futura redención asegurada por Jesucristo. Esto significa que el rol primario de Moisés en la revelación fue preparar el escenario para Jesucristo, Aquel que lo sobrepasa y lo eclipsa.

Jesús es el cumplimiento de la promesa de Deuteronomio 18:15.

Luego del éxodo de Egipto, Moisés habló al pueblo de Israel y les dijo que debían esperar por otro profeta que vendría, quien, como él, redimiría al pueblo de Dios de la servidumbre y la cautividad. En Deuteronomio 18:15, Moisés declara, “Un profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios; a él oiréis”. Nota que Moisés no solo revela la venida de este futuro profeta, sino que también ordena a Israel a escucharle.

Varios milenios después, Moisés, junto con Elías, aparecerían en un monte en la presencia de Jesús, Pedro, Jacobo y Juan. En el monte, Jesús se transfiguró y Su rostro “resplandeció como el sol” y Sus “vestiduras se volvieron blancas como la luz” (Mat 17:2). Luego, Dios el Padre habló desde una nube, declarando, “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido; a Él oíd” (v. 5, énfasis añadido). Con esas palabras, que hacían eco a las palabras de Moisés, Dios inequívocamente declaró que la profecía de Deuteronomio 18:15 se había cumplido en la venida de Jesucristo.

El apóstol Pedro, uno de los testigos de la transfiguración, también confirmó que Jesús cumplió la profecía de Moisés de Deuteronomio 18:15. En el Pentecostés, en su famoso sermón lleno del Espíritu, Pedro declaró:

“Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor, y Él envíe a Jesús, el Cristo designado de antemano para vosotros, a quien el cielo debe recibir hasta el día de la restauración de todas las cosas, acerca de lo cual Dios habló por boca de sus santos profetas desde tiempos antiguos. Moisés dijo: El Señor Dios os levantará un profeta como yo de entre vuestros hermanos; a él prestaréis atención en todo cuanto os diga. Y sucederá que todo el que no preste atención a aquel profeta, será totalmente destruido de entre el pueblo”. (Hechos 3:19-23)

Jesús es ese profeta como Moisés. Jesús es el cumplimiento de la promesa de Deuteronomio 18:15.

Aunque Jesús es como Moisés en muchas maneras, Él es también mayor que Moisés (Heb 3:1-6). Jesús condujo a Su pueblo a través de un éxodo mayor, no de la mera esclavitud física en Egipto, sino mas bien de la esclavitud eterna del pecado y de la muerte. El relato de Lucas de la transfiguración señala que Moisés y Elías estaban conversando con el Jesús transfigurado, y la sustancia de su conversación estaba centrada en la “partida” de Jesús (Lucas 9:31). La palabra traducida como “partida” en ese versículo es exodos, la palabra griega para “éxodo”. Jesús guió un éxodo de Su pueblo, pero no fue a través de las aguas del mar Rojo; fue a través del horror de la cruz y de Su experiencia de la ira divina a nuestro favor. Es por esto que Hebreos 8:6 declara que Jesús es el mediador de un nuevo y mejor pacto. Él es la palabra final y definitiva para Su pueblo: “en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo” (1:2).

En la venida de Jesucristo alguien muy especial nos ha hablado, y por lo tanto, haríamos bien en obedecer el mandato de Moisés y escucharlo,escuchar a Jesús. “Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Anthony T. Selvaggio
Anthony T. Selvaggio

El Rev. Anthony T. Selvaggio es pastor titular de lRochester Christian Reformed Church en Rochester, NY. Es autor o editor de varios libros, incluyendo From Bondage to Liberty [De la Esclavitud a la Libertad], The Gospen according to Moses [El Evangelio según Moisés] y Meet Martin Luther: A Sketch of the Reformer’s Life [Conozca a Martín Lutero: Un Esbozo de la Vida del Reformador].

El cetro de Judá

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Serie: El Mesías prometido

El cetro de Judá

Peter Y. Lee

Nota del editor: Este es el cuarto de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido

No hay duda de que los reinados del Antiguo Testamento alcanzan su clímax con el surgimiento de la monarquía davídica. Lo que es igual de claro es que la promesa del reinado no comenzó con David. Se remonta hasta Abraham. Recordemos que el Señor le prometió a Abraham “de ti saldrán reyes” (Gn 17:6), una promesa que fue reiterada con Jacob (Gn 35:11). Esta promesa monárquica se hace evidente en las últimas palabras de Jacob a sus hijos en Génesis 49, donde pronuncia la bendición de dominio sobre Judá. Consideremos esta bendición de Jacob y cómo anticipó el surgimiento de la monarquía para el pueblo de Dios.

En el versículo 8, Judá es hecho objeto de alabanza e investido de dominio mundial. El versículo 9 continúa esta representación del gobierno de Judá al describirlo vívidamente como un león joven y creciente que ha cazado a su presa, ha regresado a su guarida con lo que mató y descansa en poder donde nadie se atreve a desafiarlo.

Esto lleva a las intrigantes imágenes en el versículo 10. Jacob asocia dos símbolos de realeza con Judá: un “cetro” (Nm 24:17Is 11:4Sal 45:6Zac 10:11) y una “vara de gobernante” (Nm 21:18Sal 60:7). La frase “entre sus pies” es un eufemismo para el órgano reproductor masculino (cf. Jue 3:241 Sam 24:3Is 7:20) y por lo tanto, representa la descendencia de Judá. En otras palabras, uno proveniente de Judá siempre será un comandante nacional del pueblo de Dios. Esto seguirá siendo cierto “hasta que venga Siloh” (Gn 49:10).

Jesús es ese hijo supremo de Judá, el Siloh mesiánico cuya muerte estableció la “paz con Dios” (Rom 5:1).

La figura de “Siloh” [o Shiloh (hebreo שִׁילֹה)] ha cautivado el interés de los académicos a lo largo de los siglos, y se han propuesto diversas interpretaciones. Algunos entienden el sh como un pronombre relativo y loh como “para él”; por lo tanto, “hasta que él venga a quien pertenezca [el cetro/vara de gobernante]”. Otros ven el sh como el poco usado sustantivo hebreo shay, que significa “tributo”; por lo tanto, “hasta que el tributo llegue a él [Judá]”. Todavía una tercera opción es entender la referencia a «Siloh» como el nombre personal de un futuro hijo prominente de Judá. Se han ofrecido otras interpretaciones, pero estas tres representan las opciones más populares. Independientemente de la opinión, estas tres comparten un tema común: un individuo prominente en la línea de Judá establecerá su dominio que no se limitará a Israel; sino que, “a él será la obediencia de los pueblos” (v. 10).

Aunque cualquiera de estas opciones mesiánicas es posible, estoy a favor de la perspectiva que ve a “Siloh” como una referencia a un nombre personal. La raíz hebrea sh-l-h aparece con frecuencia en el Antiguo Testamento, que significa “facilidad, tranquilidad, paz”. Por lo tanto, “Siloh” es una figura que es en esencia un príncipe de paz (ver Is 9:6). La imagen de la prosperidad de la dicha pacífica que él trae continúa en Génesis 49:11-12. El reinado universal de Siloh resulta en la prosperidad de su reino, donde las vides son tan abundantes que los burros pueden ser atados a ellas en lugar de arbustos. El vino, el fruto de la vid, ya no necesita ser conservado para ocasiones especiales. En el reino de Siloh, es tan abundante que puede usarse para las tareas cotidianas, como el lavado de ropa (v. 11). De hecho, las bebidas de placer, como el vino y la leche, serán superabundantes para que todos las disfruten (v. 12).

Sin embargo, esta imagen de paz y prosperidad tiene un precio muy alto, a saber, el sacrificio del propio Siloh. Hay alusiones a tal hecho en el texto. Una es la ilustración de la “sangre de uvas” (v. 11; ver Is 63:2). Otra es el “asno» (o pollino), que en el mundo antiguo a menudo se usaba comúnmente en la ratificación de juramentos de lealtad. El uso de este término en este contexto sugiere que Siloh traerá la paz a costa suya (ver Gn 15). Se alude a este “asno” en un pasaje similar en Zacarías 9:9, donde el rey mesiánico entra en la ciudad de Jerusalén cabalgando sobre este pollino. No hay duda del significado de Zacarías 9:9 ya que la profecía se cumple en la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén (Mt 21:5). Así, Cristo entró a Jerusalén montado en una bestia que representaba Su sacrificio inminente.

Aunque Génesis 49:8-12 es el registro de la bendición final de Jacob a su hijo Judá, su aparición en la historia de la redención la presenta como una gran profecía que encuentra su cumplimiento final en Jesucristo. Establece que la autoridad real estará asociada con Judá y su familia. Esto alcanzará un punto culminante cuando uno de sus hijos venga a establecer la paz y la prosperidad universales. Aunque la paz fue establecida por reyes provenientes de Judá como David y Salomón, su reinado no pudo establecerla universalmente donde “la obediencia de los pueblos” (v. 10) les perteneciera ni tampoco pudieron traer una prosperidad al reino que proporcionara abundancia escatológica (vv. 11-12). Eran una imagen de un hijo supremo de Judá, el verdadero Príncipe de Paz, que trae la bendición plena de Su glorioso reino. Jesús es ese hijo supremo de Judá, el Siloh mesiánico cuya muerte estableció la “paz con Dios” (Rom 5:1). Él ascendió para estar con Su Padre, pero regresará “con los ejércitos del cielo” (Ap 19:14) vistiendo una “túnica bañada en sangre” (v. 13) para derrotar a todos los que se atreven a oponerse a Él. En nuestra unión con Cristo, somos “coherederos con Cristo” (Rom 8:17) y esperamos Su regreso cuando Él establezca la verdadera patria celestial y vestiremos túnicas blancas lavadas «en la sangre del Cordero» (Ap 7:14).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Peter Y. Lee
Peter Y. Lee

El Dr. Peter Y. Lee es profesor de Antiguo Testamento y decano de estudiantes en el Reformed Theological Seminary en Washington, D.C.

¿Son las oraciones de algunas personas más eficaces?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Son las oraciones de algunas personas más eficaces?

Kevin D. Gardner

Nota del editor: Este es el capítulo 15 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Cuando preguntamos sobre la eficacia de las oraciones de las personas, estamos preguntando si acaso Dios está más inclinado a responderlas,, en el sentido de responder positivamente. Es decir, queremos saber si Dios es más propenso a dar a ciertas personas, como nuestros pastores o ancianos, lo que piden en oración.

En cierto sentido, la respuesta a esta pregunta es obvia. Sí, Dios es más propenso a darle a ciertas personas lo que ellos piden en oración. Santiago nos lo dice así: “La oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Stg 5:16).

La pregunta entonces viene siendo: “¿Quién es justo?”. Ahí es donde se torna un poco más complicado, aunque en cierto sentido la respuesta nuevamente es obvia: aquellos que están unidos a Cristo por medio de la fe son contados como justos (2 Co 5:21). Aquellos que son justos en Cristo pueden estar seguros de que Dios estará más inclinado a concederles sus peticiones. Santiago 5:16 parece confirmar esto: “Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho”. Lo que esto implica es que aquellos que están orando los unos por los otros en la primera parte del versículo —esto es, los lectores cristianos de Santiago— son esos mismos “justos” que menciona la segunda parte del versículo.

Debemos pedirle a nuestros pastores y ancianos que oren por nosotros.

La justicia en Cristo que poseen los creyentes es una justicia posicional. Es la que nos concede acceso a la presencia de Dios por la nueva posición que tenemos en Cristo. Pero la referencia a Elías que vemos más adelante indica que hay más a la vista. Elías fue un profeta enviado por Dios, pero Santiago no enfatiza su oficio; lo llama “un hombre de pasiones semejantes a las nuestras” (v. 17). En lugar de esto, Santiago enfatiza cómo Elías obedeció al orar “fervientemente” por las cosas que Dios le llamó a orar, esto es, por juicio sobre Israel (vv. 17-18; ver 1 Re 17:1-4).

Esto indica que la justicia personal, el fruto de una vida de obediencia progresiva a Dios mediante el poder santificador del Espíritu Santo, también forma parte de la oración eficaz. Mientras progresamos en la santificación, nuestras oraciones se alinean cada vez más con la voluntad y el corazón de Dios. Dios entonces está cada vez más inclinado a concedernos lo que deseamos porque lo que deseamos será lo que Él desea.

Así que, sí, debemos pedirle a nuestros pastores y ancianos que oren por nosotros. Pero tenemos que saber que no necesitamos que ellos oren por nosotros para que nuestras peticiones sean escuchadas. Podemos orar los unos por los otros, incluso somos animados a hacerlo. Y podemos acercarnos nosotros mismos al trono de Dios, confiados de que Dios se complace en conceder acceso a aquellos que están revestidos de la justicia de Su Hijo y que están siendo santificados por Su Espíritu Santo. El Señor se deleita en responder las oraciones de fe de Sus hijos (Stg 5:15).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin D. Gardner
Kevin D. Gardner

Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.

La simiente de Abraham

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Serie: El Mesías prometido

La simiente de Abraham

Michael P.V. Barrett

Nota del editor: Este es el tercero de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

Los detalles e implicaciones del pacto de Dios con Abraham son de gran alcance. Tres promesas aunque distintas, pero relacionadas, están en el corazón de esta entrega del pacto de gracia: una simiente, una tierra y una bendición universal. Cada una de ellas halla su significado final en el Señor Jesucristo. No es sorprendente que Jesús declarara que Abraham se regocijó al ver Su día (Jn 8:56).

La promesa de una descendencia o simiente es el punto central de la promesa de Dios a Abraham, tal como lo fue en la promesa hecha a Adán y Eva y como sería hecha, años más tarde, a David. La promesa de una simiente justa es el hilo que conecta cada promesa pactual. Es cierto que identificar la simiente puede ser complicado porque a veces se refiere a varias personas y a veces a una sola. Primero, la simiente de Abraham fue física. Dios prometió que Abraham sería padre de muchas naciones (Gn 17:5). Hubo naciones que surgieron de su descendencia con Agar y Cetura, pero la simiente de la promesa fue Isaac, el hijo de Sara. De Isaac vino Jacob y luego la nación de Israel. El desarrollo de esta simiente física fue esencial para la venida de Cristo, porque Él estaba en el linaje de Abraham. Fue de Israel que Cristo vino “según la carne” (Rom 9:4-5). Tenía que haber una simiente física si iba a haber un Cristo de Dios. Por lo que Israel, la simiente física y particular de Abraham, fue el medio para el cumplimiento mesiánico de la promesa de Dios.

El linaje de Abraham fue escogido para la identidad física del Mesías, pero todas las naciones de la tierra se benefician del Mesías.

Segundo, la simiente fue y es espiritual. Que Dios prometa una simiente más numerosa que las estrellas del cielo o la arena del mar va más allá de los descendientes físicos de Abraham. Jesús dejó claro que era posible ser descendiente físico de Abraham sin ser descendiente espiritual (Jn 8:39). De manera similar, Pablo dijo que no todo Israel es Israel (Rom 9:6-8). Los verdaderos hijos de Abraham son aquellos que tienen fe (Gál 3:7). La nacionalidad es irrelevante: pertenecer a Cristo es ser la verdadera descendencia de Abraham y herederos de la promesa (Gal 3:29).

En tercer lugar, y lo más importante, la simiente final o ideal es Cristo mismo. Aunque la palabra traducida como “descendencia” o “simiente” puede referirse tanto a varias personas como a un individuo, la forma es gramaticalmente singular. Pablo se enfoca en esa gramática cuando da su interpretación inspirada y mesiánica de la promesa abrahámica: “No dice: y a las descendencias, como refiriéndose a muchas, sino más bien a una: y a tu descendencia, es decir, Cristo” (Gal 3:16). Por una buena razón, el Nuevo Testamento comienza identificando a Jesús como el hijo de David y como el hijo de Abraham (Mt 1:1).

La promesa de la tierra fue también un componente clave en la promesa abrahámica Que es tanto físico como espiritual. La tierra se refería a un territorio geográfico real. Sin embargo, la tierra transmitió un mensaje espiritual más allá de la geografía y las fronteras. Fue un símbolo o un ejemplo perfecto del deleite del descanso en la presencia de Dios y en comunión con Él. Es este sentido simbólico el que apunta a Jesús como el dador del descanso espiritual que nos reconcilia con Dios (Mt 11:28Col 1:22). Así como hubo un “Jesús” del Antiguo Testamento (Josué) para lograr el descanso físico en la tierra (Heb 4), así está el Jesús ideal que guía a Su pueblo de todas las edades y lugares al descanso prometido. Incluso el “polvo” de la tierra prometida apuntaba a la perspectiva del descanso espiritual posible solamente a través de la simiente ideal de Abraham. El lenguaje de nuestro texto de que la simiente “poseerá la puerta de sus enemigos” simplemente significa que las defensas de los enemigos no pueden oponerse al avance de la simiente. En el lenguaje del Nuevo Testamento, Cristo dijo que Él edificará Su iglesia y que ni siquiera las puertas del infierno podrán prevalecer contra el avance de la simiente.

Que Dios bendijera a Abraham, e hiciera su simiente una bendición para el mundo entero, enfoca la atención de la promesa directamente en Cristo. Lo único acerca de los descendientes de Abraham que puede ser interpretado de alguna manera como una bendición para todo el mundo es Jesús, la simiente final de la promesa. Pablo dio una interpretación inspirada de esta bendición abrahámica cuando dijo que Cristo se convirtió en maldición al colgar del madero a fin de que “en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles” (Gál 3:13-14). Esto resalta un tema mesiánico clave a lo largo del Antiguo Testamento: la promesa del Mesías nunca fue una promesa exclusivamente judía. La única pretensión que la simiente física de Abraham tuvo sobre Cristo fue que Él vino al mundo físicamente a través de ellos (Rom 9:4-5). El linaje de Abraham fue escogido para la identidad física del Mesías, pero todas las naciones de la tierra se benefician del Mesías. El pacto con Abraham nos da una mejor compresión sobre la identidad de la Simiente prometida mientras que al mismo tiempo mantiene el carácter inclusivo del propósito de gracia de Dios para “todas las familias de la tierra” (Gn 12:1-3).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Michael P.V. Barrett
Michael P.V. Barrett

El Dr. Michael P.V. Barrett es vicepresidente de asuntos académicos, decano académico y profesor de Antiguo Testamento en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan. Es autor de varios libros, incluyendo Beginning with Moses: A Guide to Finding Christ in the Old Testament [Empezando con Moisés: Una guía para encontrar a Cristo en el Antiguo Testamento]..

La simiente de la mujer

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Serie: El Mesías prometido

La simiente de la mujer

R. Andrew Compton

Nota del editor: Este es el segundo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido

La maldición sobre la serpiente en Génesis 3:14-15 prepara el escenario para el curso posterior de la historia redentora. Las alusiones obvias del Nuevo Testamento a este pasaje ocurren en lugares como Lucas 10:19Romanos 16:20 y Apocalipsis 12:17. Sin embargo, a partir de este punto en el libro de Génesis, el tema de la “enemistad entre las descendencia/simientes” caracteriza la narrativa bíblica. Este pasaje se cumple finalmente en Jesucristo, la consumada “simiente de la mujer” que aplasta la cabeza de la serpiente. En los tres discursos de maldición dados en Génesis 3:14-19, se bosqueja la trama de la historia.

La intensidad de estos discursos se puede rastrear de la siguiente manera. En su punto máximo, una maldición le es dada directamente a la serpiente: “Maldita serás” (v. 14). Con Adán, hay una leve mitigación: la tierra es maldita por causa de él, pero él no es maldecido directamente como lo fue la serpiente (v. 17). Finalmente, con Eva, la palabra maldición ni siquiera es usada.

La maldición de la serpiente culmina en el versículo 15: “Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente ; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar”. Eva no murió el mismo día que comió del árbol (ver 2:17); ella vivió lo suficiente como para tener hijos. El dolor en el parto fue multiplicado, pero el parto ocurrió de todos modos (3:16). Adán nombró a Eva apropiadamente: “El hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes” (v. 20). A través de Eva vendría la vida.

Qué consuelo saber que en Cristo Dios nos ha reconciliado Consigo mismo.

A partir de este momento, Génesis presenta dos líneas de simientes librando una guerra santa. Cuando Eva dio a luz a Caín, su confianza en la promesa de Dios era fuerte: “He adquirido varón con la ayuda del Señor” (4:1). Y sin embargo, este hombre, Caín, era en realidad del maligno (1 Jn 3:12) y mató a su justo hermano Abel. Caín demostró ser de la línea de la serpiente, que inicialmente parecía ganar ventaja. El juicio de Dios sobre Caín aludió a las maldiciones en Génesis 3: “Ahora pues, maldito eres de la tierra” (4:11). Caín fue como su padre biológico Adán, al ser maldito de la tierra, pero también fue como su padre espiritual, el diablo, en el sentido de que él mismo recibió la maldición: “Maldito eres de la tierra” (v. 11, énfasis agregado).

Lo que vemos a continuación es el contraste entre lo que podríamos llamar dos “patriarcas” de simientes diferentes. Caín fue la cabeza de la línea de la serpiente, y Set de la línea de la promesa.

Caín procedió a construir un imperio malvado. Aunque Adán y Eva fueron enviados al este del Edén, Caín voluntariamente se alejó aún más al este de la presencia de Dios. Construyó una ciudad, tuvo un hijo, Enoc, y nombró a la ciudad (literalmente “la llamó”) en su honor. (Nota que la próxima vez que leamos de alguien construyendo una ciudad, es otra ciudad serpentina en el este, Babel [Gn 11]). A pesar de los logros culturales de la línea de Caín (4:18-24), vemos que esta culmina en el nacimiento de Lamec, la séptima generación. Dios prometió vengarse siete veces en Génesis 4:15 de cualquiera que matara a Caín, pero Lamec actuó como si fuera más grande que Dios, capaz de imponer una venganza setenta veces. ¿Había la simiente serpentina de Caín planteado un verdadero desafío a la promesa de Dios?

En Génesis 4:25, leemos de la línea de la promesa. Eva dio a luz un reemplazo del justo Abel, Set. Con el hijo de Set, hay un interés continuo en los nombres de las personas: “A Set le nació también un hijo y le puso por nombre Enós. Por ese tiempo comenzaron los hombres a invocar el nombre del Señor” (v. 26). La línea de Set culmina en el nacimiento de un mejor Enoc que el Enoc cainita. Este Enoc era la séptima generación de Set, pero era lo opuesto a la séptima generación cainita, Lamec. Cuando Lamec se jactó de ser más grande que Dios, Enoc caminó con Dios (5:22) y no probó la muerte (v. 24; Heb 11:5). Luego vino un Lamec mejor y diferente, un setita que engendró un hijo, Noé (Gn 5:28-29). Sobre el nacimiento de Noé, Lamec dijo: “Este nos dará descanso de nuestra labor y del trabajo de nuestras manos, por causa de la tierra que el Señor ha maldecido”. Noé era un tipo de Cristo, siendo un hombre justo entre un pueblo adúltero. Su línea fue salvada, pero la línea de la serpiente pereció en su mayoría.

Sin embargo, el diluvio, no fue el golpe final de la cabeza de la serpiente. El hijo de Noé, Cam, continuaría con la línea de la serpiente. No obstante, vendría el día en que llegaría la simiente prometida, Cristo mismo (Gál 3:16). Esta simiente le daría el golpe definitivo a la serpiente. En la nueva creación, no quedará ningún Cam para liderar una nueva resistencia. Génesis 3:14-15 contiene la línea de la historia redentora de toda la Biblia, prometiendo  que aunque la guerra santa se librará entre las dos líneas, Dios proveerá salvación, completa y final, en la obra de Cristo. Qué consuelo saber que en Cristo Dios nos ha reconciliado Consigo mismo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R. Andrew Compton
R. Andrew Compton

El reverendo R. Andrew Compton es profesor asistente de estudios del Antiguo Testamento y director del programa de maestría en estudios teológicos en el Mid-America Reformed Seminary y pastor asociado de la Redeemer United Reformed Church en Dyer, Indiana.

¿Es de ayuda compartir mis peticiones con otros?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Es de ayuda compartir mis peticiones con otros?

Thomas Brewer

Nota del editor: Este es el capítulo 14 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

A la mayoría de nosotros nos han pedido que oremos por algo. Recientemente, le dije a una amiga que oraría por su esposo, quien está sirviendo en el ejército en el extranjero, para que Dios le permita volver a casa a salvo. Al hacerlo, seguramente estaría repitiendo la misma oración de mi amiga. ¿Por qué molestarse? ¿No escuchó Dios las oraciones de mi amiga? ¿Por qué necesitaría Dios escuchar lo mismo de mi parte?

Quizás lo hacemos porque pensamos que si Dios escucha la misma oración de parte de dos personas, será más probable que la responda. Según ese razonamiento, sería tremendo si pudiéramos encontrar aún más personas para que oren. Pero sabemos que algo en este razonamiento suena mal, y es que insinúa que podemos conformar la voluntad de Dios a la nuestra, solo tenemos que conseguir suficientes personas para que oren. Sin embargo, sabemos que Dios no obra de esta manera. Su voluntad no cambia porque haya muchas personas orando. Dios hace lo que a Él le agrada, y nuestro llamado es conformarnos a Su voluntad, no viceversa (Sal 135:6Mt 6:10).

Orar con otros agrada a Dios, le glorifica y es parte de lo que nos transforma a la imagen de Cristo.

Entonces, ¿por qué orar? Bueno, paradójicamente, la voluntad de Dios es que oremos los unos por los otros y en todo momento (Ef 6:181 Tes 5:16-18Stg 5:16). Vemos ejemplos de este tipo de oración en la vida de Jesús y en las vidas de los apóstoles (Jn 17; Col 1:9). Los mandatos son sencillos: ora, continúa orando y ora por los demás.

Debemos orar no solo porque es la voluntad de Dios, por supuesto, sino también porque Dios quiere dar a conocer Su nombre en nuestras vidas (Sal 46:10). Una de las maneras en que Él logra esto es a través de la oración. Por ejemplo, cuando la Iglesia en Hechos oró para que Pedro fuese liberado de la cárcel, él fue milagrosamente liberado por un ángel (Hch 12:1-17). ¿Había Dios determinado liberar a Pedro desde antes que orara Su pueblo? Sí. ¿Respondió Dios sus oraciones? Sí. ¿Fue su fe fortalecida, sus vidas bendecidas, y el nombre de Dios glorificado? Si. Nuestro Dios es soberano sobre todo y conoce nuestras peticiones incluso antes de que haya palabra en nuestra boca (Sal 139; Mt 6:8). Aun así, Dios decide responder las oraciones de Su pueblo. Es la manera en que Dios ha establecido el universo. Cuando Su pueblo ora, Él escucha. Dios responde a Su tiempo y a Su manera. Pedro ciertamente no esperaba a un ángel. Independientemente de lo que Dios decida hacer, confiamos en Él y le damos gloria.

Así que ¿es de ayuda compartir mis peticiones con otros? No, eso no ayuda a alterar la voluntad de Dios, pero sí, sí ayuda. Ayuda porque Dios decide escuchar y actuar según las oraciones de Su pueblo cuando ellos oran juntos según Su voluntad y en Su Espíritu. El Espíritu, claro está, intercede por nosotros, conociendo la voluntad de Dios a la perfección (Rom 8:27). Orar con otros agrada a Dios, le glorifica y es parte de lo que nos transforma a la imagen de Cristo. Después de todo, Jesús oró por Sí mismo y por otros. Nosotros debemos ir y hacer lo mismo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas Brewer
Thomas Brewer

Thomas Brewer es editor en jefe de Tabletalk Magazine y un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en América.

El verdadero Israel de Dios

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El Blog de Ligonier

Serie: El Mesías prometido

El verdadero Israel de Dios

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primero de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido

En Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés], recientemente concluimos un estudio de dos años y medio del libro de Éxodo en nuestro servicio de domingo por la noche.  Fue un tremendo viaje a medida que salíamos de Egipto, a través del mar Rojo, por el desierto, subiendo y bajando el monte Sinaí y hacia la tierra prometida. Desde el principio, observamos que una de las razones fundamentales para la liberación divina de Israel de Egipto, no fue simplemente que los israelitas fueran libres de la esclavitud sino que fueran liberados para poder adorar al Señor. Dicho de manera sencilla, el libro de Éxodo no se trata fundamentalmente del éxodo, sino de la adoración. El Señor liberó a Israel para que ellos pudieran adorarle. La historia de Éxodo corresponde a la narrativa teológica general de la Escritura, y la gran narrativa general de la Escritura no es simplemente redención de la esclavitud sino redención para adorar.

El plan soberano y la promesa de Dios no pueden ser frustrados.

A lo largo del Nuevo Testamento, el Señor gloriosamente revela cómo el Mesías prometido cumplió las profecías, las promesas y el plan de nuestro Dios triuno.  El Evangelio de Mateo revela cómo Jesús es el verdadero y más grande Israel de Dios (Mt 2:13-155:17; ver Os 11:1) que logró lo que Israel logró. Él fue a Egipto y salió de Egipto (Mt 2). Pasó por las aguas (Mt 3:13-17) y por el desierto, donde fue tentado a adorar algo más que a Dios solo y fue sostenido por toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4:1-11). Habló con Moisés y Elías acerca de Su partida (literalmente, Su «éxodo»; ver Lc 9:31). Y, mientras repetía la historia de Israel en Su propia persona, Él cumplió los oficios de rey y profeta, sirviendo como el Rey del linaje de David quien es también el Hijo supremo de David (Mt  2:21221:527:27-31; ver 2 Sam 7) y como el Profeta superior a Moisés (Mt 11:1-1923-24; ver Dt 18:15-22).

Jesús repitió, avanzó y cumplió la historia de Israel en el clímax de Su obra. Sufrió el exilio de Su muerte en la cruz (Mt 27:32-50), donde también cumplió Su papel como el gran Sumo Sacerdote y el Cordero de la Pascua sacrificado (Mt 26:1-1327:51). Allí, el templo de Su cuerpo fue destruido (Mt 26:6127:40), pero al tercer día fue restaurado del exilio de la muerte en Su resurrección, resucitando el templo de Su cuerpo (Mt 28:1-10) y convirtiéndose en la piedra angular del nuevo templo, Su Iglesia, que es el cumplimiento del plan de Dios para Su verdadero pueblo Israel (1 Pe 2:4-8). El plan soberano y la promesa de Dios no pueden ser frustrados, porque ahora Jesucristo tiene toda la autoridad en el cielo y en la tierra, y está con nosotros hasta el fin del mundo, y Él regresará como nuestro Rey y nos llevará a la Tierra Prometida celestial.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Cuál debe ser mi postura al orar?

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El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Cuál debe ser mi postura al orar?

Kevin Struyk

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura —cómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitos— puede sonar absurdo hoy en día. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prácticas y los valores bíblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discípulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro Señor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.

Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu.

En Occidente, el hombre típicamente se arrodilla al proponerle matrimonio a su futura esposa. Esta postura, por lo general, muestra la devoción, el amor y el deseo del hombre de servir a su futura esposa, la cual merece honor y respeto. Estar de rodillas también demuestra sumisión y vulnerabilidad. La capacidad de uno ver y moverse es muy limitada en esa posición. Este ejemplo nos ayuda a entender el significado de nuestra postura al orar.

Estar de rodillas es común para los que oran. Al igual que un hombre que está proponiendo matrimonio, el que está arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al Señor. Vemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardín de Getsemaní (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del Señor.

Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el Señor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un día normal, lo más común es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estás sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. Quizás te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al Señor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluían el estar sentado y de pie, así como otras posiciones (Ef 6:181 Tes 5:16-18).

De todos modos, lo más importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al Señor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin Struyk
Kevin Struyk

El Rev. Kevin Struyk es un pastor asociado en Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, FL y un graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

La gratitud en la oración

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El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración

La gratitud en la oración

Kevin Struyk

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura —cómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitos— puede sonar absurdo hoy en día. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prácticas y los valores bíblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discípulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro Señor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.

Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu.

En Occidente, el hombre típicamente se arrodilla al proponerle matrimonio a su futura esposa. Esta postura, por lo general, muestra la devoción, el amor y el deseo del hombre de servir a su futura esposa, la cual merece honor y respeto. Estar de rodillas también demuestra sumisión y vulnerabilidad. La capacidad de uno ver y moverse es muy limitada en esa posición. Este ejemplo nos ayuda a entender el significado de nuestra postura al orar.

Estar de rodillas es común para los que oran. Al igual que un hombre que está proponiendo matrimonio, el que está arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al Señor. Vemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardín de Getsemaní (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del Señor.

Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el Señor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un día normal, lo más común es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estás sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. Quizás te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al Señor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluían el estar sentado y de pie, así como otras posiciones (Ef 6:181 Tes 5:16-18).

De todos modos, lo más importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al Señor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin Struyk
Kevin Struyk

El Rev. Kevin Struyk es un pastor asociado en Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, FL y un graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.