Nuestra actitud hacia el fariseo

Nuestra actitud hacia el fariseo
Por David Strain

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

avegar entre la Escila (las rocas) del antinomianismo, por un lado, y la Caribdis (los lugares difíciles) del legalismo, por otro, es una responsabilidad constante en la vida cristiana. Esta dificultad se ve agravada por el hecho de que la mayoría de nosotros nos sentimos más atraídos por las rocas de un lado que por las del otro. Tal vez reaccionemos a la forma en que fuimos criados, o a una predicación desequilibrada que en su día tuvo lugar en nuestras iglesias, o a una fase anterior de nuestro propio camino cristiano en la que nos desviamos hacia la autocomplacencia o la autosuficiencia. Y aunque nunca debemos desentendernos de la lucha por mantener el rumbo y evitar los peligrosos arrecifes que siempre acechan bajo la superficie, también debemos recordar que hay otras personas que también están haciendo el viaje, y nuestras reacciones al verlas trazar un rumbo inseguro pueden estar condicionadas tanto por nuestra propia historia de giros equivocados como por sus errores actuales.

Los que venimos de un trasfondo fundamentalista y hemos llegado a conocer a Cristo podemos encontrarnos en medio de una reacción al legalismo. Las exigencias excesivamente restrictivas añadían cargas innecesarias al yugo ligero y fácil de Cristo. Pero en algún momento, en la bondadosa providencia de Dios, redescubrimos las riquezas de la gracia soberana. Comprendimos que, habiendo sido justificados gratuitamente, al margen de nuestras obras, estamos revestidos de la justicia de Cristo, total e inamoviblemente perdonados, aceptados y amados. Hemos llegado a aferrarnos con gratitud a la maravillosa verdad de nuestra adopción. En Cristo, nosotros, que antes éramos enemigos de Dios, ahora somos Sus hijos, herederos Suyos y coherederos con Cristo.

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él (Ro 8:16-17).

La vergüenza que sentíamos antes, cuando no estábamos a la altura de las exigencias legalistas que se nos imponían, se ha desvanecido a medida que nos apropiamos de nuevo de nuestra libertad como hijos del Rey. Ahora sabemos que no es necesario que intentemos ganarnos un lugar en la casa de Dios por nuestros propios esfuerzos, ya que hemos sido adoptados para siempre en Su familia.

Pero aun habiendo redescubierto las alegrías de estas preciosas verdades del evangelio, seguimos estando en peligro. Afortunadamente, el primer peligro es bien conocido, y aunque es pernicioso, la mayoría de nosotros estamos en guardia contra él. Es el peligro de la reacción exagerada. Sabemos que no debemos escuchar en las fuertes garantías de la rica gracia de Dios una negación de las exigencias igualmente fuertes de la santa ley de Dios. Sabemos que por las obras de la ley nadie será justificado (Gá 2:16), pero no estamos fuera de la ley de Dios, sino que vivimos bajo la ley de Cristo (1 Co 9:21). La ley, despojada de su poder condenatorio, se ha convertido en nuestra amiga. Siguiendo con la metáfora marinera, para el cristiano la ley se convierte en el piloto de un barco, que dirige la nave a través de aguas traicioneras y traza un rumbo seguro.

Sin embargo, al segundo peligro lo pasamos por alto fácilmente. Trazar un rumbo seguro para nosotros mismos es una cosa, pero la paciencia con los compañeros cristianos que pueden desviarse de ese rumbo es otra muy distinta. Como legalistas en recuperación, tenemos que reconocer lo rápido que puede fallar nuestra paciencia con los demás cuando todavía no pueden ver las rocas del legalismo que se avecinan y de las que siempre nos alejamos con tanto cuidado. Nos preguntamos cómo pueden estar tan ciegos como para pasar por alto las rocas afiladas de la justicia propia y los arrecifes ocultos de la vergüenza. Nos alegramos de no cometer sus errores. ¡Qué ingenuos son esos que no pueden ver el camino de la verdadera libertad del evangelio!

Pero el legalismo adopta diversas formas, y una de las más sutiles queda expuesta en nuestra jactancia farisaica de que, a diferencia de nuestros pobres hermanos legalistas, nosotros sabemos más. Y así, mientras nos felicitamos por nuestra sabiduría al alejarnos con seguridad de los peligros de la excesiva estrechez y de las gravosas restricciones impuestas por el hombre, encallamos en las mismas rocas de las que creímos haber escapado. J. Gresham Machen, reflexionando sobre la parábola de Jesús del fariseo y el publicano (Lc 18:11), señaló en una ocasión este peligro en su libro What Is Faith? [¿Qué es la fe?].

Sin duda creemos que podemos evitar el error del fariseo. Decimos que Dios no fue propicio a él, porque fue despectivo con el publicano; debemos ser tiernos con el publicano, como Jesús nos enseñó a ser, y entonces Dios será propicio a nosotros. Seguro que es una buena idea; está bien que seamos tiernos con el publicano. Pero ¿cuál es nuestra actitud hacia el fariseo? Por desgracia, lo despreciamos de forma verdaderamente farisaica. Subimos al templo a orar; nos ponemos de pie y oramos así con nosotros mismos: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, orgulloso de mi propia justicia, poco caritativo con los publicanos, ni aun como este fariseo».

Si esperamos salvar a otros de las rocas, de nada nos servirá que encallemos nosotros mismos. La práctica de la paciencia es la mejor defensa para no convertirnos en legalistas respecto al legalismo y en fariseos respecto a los fariseos.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Strain
El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].

Cómo superar el legalismo

Por Sean Michael Lucas

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Jaime se crió en un entorno eclesiástico legalista. Profesó la fe desde niño y se le enseñó la gloriosa verdad del evangelio de que Jesucristo murió por los pecadores. Pero después de esa profesión de fe inicial, toda su experiencia cristiana se centró en el cumplimiento de normas. Se le enseñó que los cristianos debían cumplir normas, no solo mandatos bíblicos directos, sino también una serie de «principios» en el ámbito de las citas y las amistades, el consumo de alcohol, la cultura popular y otros aspectos similares. La principal preocupación era mantener a Jaime y a los jóvenes cristianos como él «sin mancha del mundo»; el resultado fue que el evangelio que él conoció quedó truncado en un conjunto de normas de comportamiento.

Cuando Jaime llegó a la universidad, ya estaba cansado de cumplir normas. No solo era agotador cumplirlas, sino que también lo apartaba de sus compañeros de piso y amigos, que no parecían estar sujetos a tales reglas. Y ellos parecían divertirse y ser felices. ¿No sería mejor, menos agotador, más satisfactorio, renunciar a las normas y simplemente disfrutar de la vida? Así, Jaime dejó de cumplir las normas; y al hacerlo, también se alejó de la iglesia. Al fin y al cabo, si el cristianismo consiste en cumplir normas y él ya no las cumplía, entonces ya no era cristiano. Y lo que es peor, el cristianismo ya no funcionaba para él.

Lamentablemente, la historia de Jaime no es inusual. De hecho, para muchos jóvenes criados en la iglesia, este es exactamente el camino que siguen. Es cierto que, tras abandonar su moralismo legalista y «vivir la vida loca», algunos de ellos llegan a ver que su comprensión del evangelio era anémica e incluso falsa. Sin embargo, la mayoría de ellos nunca vuelven a la iglesia y, por eso, nunca se dan la oportunidad de escuchar el cristianismo bíblico.

¿Cómo respondemos a esto? ¿Existe alguna esperanza para los que se han criado en círculos eclesiásticos legalistas, para esos que quizá están maltrechos y magullados, en conflicto y confundidos sobre el verdadero significado del evangelio?

Sí, hay esperanza. Y esa esperanza se encuentra al volver al evangelio de Jesús.

PECADORES COTIDIANOS, EVANGELIO COTIDIANO
Al volver al evangelio, lo que debemos confesar es que nunca pasamos de la puerta del evangelio. Porque somos pecadores cotidianos, necesitamos un evangelio de todos los días.

Mientras vivamos, estaremos luchando con el pecado remanente. Sí, para aquellos que hemos confiado en Jesús, ha ocurrido algo decisivo. Hemos sido unidos a Cristo. Nos hemos despojado del viejo hombre y nos hemos revestido del nuevo. Por la fe, hemos sido bautizados en Cristo.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación (2 Co 5:17-19).

Pero, aunque somos nuevas criaturas en Cristo, también tenemos patrones aprendidos, deseos caprichosos y hábitos insensatos que permanecen. Además, a medida que aprendemos más sobre el Dios santo que nos ha amado con un amor inquebrantable, vemos los laberintos de nuestro corazón, los subterfugios que practicamos y la naturaleza de cabeza de hidra del pecado.

El arma que Dios nos ha dado para combatir el pecado remanente en nuestros corazones y cuerpos es el evangelio. Así traemos nuestros corazones de vuelta a quién y de quién somos en Jesucristo: estamos unidos a Jesús, somos aquellos a los que Él ha declarado justos y santos. Además, Él ha concedido al Espíritu Santo que entrene nuestras mentes y corazones para decir sí a la justicia y no a la injusticia. En el poder del Espíritu, damos muerte a los delitos de la carne y vivimos para las prácticas virtuosas de la santidad.

Debido a que pecamos todos los días y a que somos pecadores hasta el día de nuestra muerte, necesitamos el evangelio todos los días. A medida que meditamos en lo que Cristo ha hecho por nosotros a través de Su vida, muerte, sepultura, resurrección y ascensión, y a medida que vemos cada vez con más claridad cómo toda la Escritura trata de la obra de Cristo, nos formamos como una clase diferente de personas. El propio evangelio nos moldea cada día en mujeres y hombres nuevos.

EL PROGRESO DEL PEREGRINO
Esta transformación por el evangelio implica que el cristianismo no consiste en cumplir normas. Sin duda, un cristiano obedece la Palabra de Dios, pero el camino hacia la obediencia no consiste en centrarse en el cumplimiento de normas, en volar correctamente y en hacerlo mejor. El núcleo de lo que hace Jesús en el Sermón del monte, en Mateo 5, es destruir la idea de que la justicia consiste en la obediencia externa a la ley. Cuando dice: «Porque les digo a ustedes que si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt 5:20), nos dice que el camino hacia la justicia no es la mera obediencia externa. En cambio, el camino hacia una vida justa es la transformación interior del Espíritu a medida que progresamos en la vida del evangelio. Cuando utilizamos los medios de la gracia —incluyendo el culto corporativo centrado en la Palabra, los sacramentos, la oración y el compañerismo, así como la adoración privada—, Dios se encuentra con nosotros, introduce el evangelio en nuestros corazones, confronta nuestros patrones de pensamiento, palabras y actos pecaminosos, y nos hace nuevos.

Pero este tipo de transformación por el evangelio lleva tiempo. Progresamos en ella a medida que somos formados y moldeados por la obra del Espíritu. A medida que avanzamos y nos adentramos, vemos más pecados, nos enfrentamos a más engaños, creemos más en el evangelio y recibimos más consuelo divino. Aprendemos por experiencia y ganamos sabiduría y perspicacia a medida que pasamos de la insensatez a la reverencia y al amor al Señor.

Y esto es lo que ocurre: cuando vivimos al ritmo del Espíritu, en realidad vivimos de forma que «guardamos las reglas». Los que den el fruto de amor del Espíritu serán los que guarden las dos tablas de los Diez Mandamientos. Los que tengan gozo conocerán la fuerza para decir no al pecado y sí a la justicia. Los que lleven la paz serán íntegros y sanos, no inquietos ni ansiosos. Y así sucesivamente. Cumplimos normas, pero no centrándonos en ellas como meras obras que hay que hacer, sino centrando nuestro corazón en Jesús, en quién es Él, en lo que ha hecho y en lo que está haciendo en nosotros por medio del Espíritu para hacernos cumplir la ley.

CARÁCTER Y VOCACIÓN
En otras palabras, el evangelio de la gracia de Dios transforma nuestro carácter. Empezamos a vivir en la realidad de la nueva creación que es nuestra porque estamos unidos a Jesucristo. La imagen de Dios comienza a restaurarse en nosotros a medida que el Espíritu obra en nosotros la santidad, la justicia y el conocimiento genuino de Dios. Nos convertimos en las personas que Dios siempre quiso que fuéramos.

Este tipo de formación del carácter no puede ocurrir cuando un cristiano individual solo estudia la Palabra de Dios u ora por su cuenta. Más bien, se produce a través de la comunidad llamada «iglesia», a medida que aprendemos a amar y a vivir entre personas dramáticamente diferentes a nosotros. Las nuevas formas de vivir que Pablo detalla en Efesios 4-5 y Colosenses 3 solo pueden darse en comunidad: desechamos la falsedad y aprendemos a decir la verdad, ¿por qué? «Porque somos miembros unos de otros» (Ef 4:25). No permitimos que la ira se arraigue en nuestros corazones, ¿por qué? Para no dar «oportunidad al diablo» de dividirnos unos de otros (v. 27). No dejamos que salga de nuestra boca ninguna palabra mala, ni amargura, ira, enojo o malicia, ¿por qué? «Para que imparta gracia a los que escuchan» (v. 29). ¿Te das cuenta? El carácter nuevo y renovado que el Espíritu obra en nosotros es para los demás. Y solo puede formarse y expresarse en comunidad con los demás.

A medida que somos moldeados por el evangelio, Dios nos llama a la vida de los demás y a Su mundo. Se nos dan dones para que los compartamos con los demás, habilidades dadas por el Espíritu que edifican a los demás en el evangelio. Estos son diferentes y necesarios para que nosotros y los demás seamos las personas que Dios quiere que seamos (Ro 12; 1 Co 12). De nuevo, esto significa que debemos formar parte de la comunidad llamada «iglesia», no para que podamos marcar como cumplida en nuestra lista de reglas la asistencia a la iglesia, sino para poder contribuir a la formación de los demás en el evangelio.

Pero Dios también nos llama a Su mundo como señales y agentes de la nueva creación. Cuando vivimos como esposos y esposas, madres y padres, padres e hijos, trabajadores en nuestras carreras y en el hogar, miembros y líderes de la iglesia, y en varios otros llamados, lo hacemos como señales de cómo será cuando todo sea como debe ser. Somos señales de la nueva creación y a la vez sus agentes. Y eso es así porque Jesús nos ha encargado que hagamos discípulos, que ayudemos a otros a aprender la fe y los caminos del evangelio, no para conseguir más observadores legalistas de las normas, sino para formar más señales y agentes de los nuevos cielos y la nueva tierra.

Este es un evangelio que es mucho mejor que simplemente «cumplir normas». Este es un evangelio que da una esperanza genuina al legalista en recuperación, porque este es el evangelio de Jesús, Aquel que está haciendo todas las cosas nuevas.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sean Michael Lucas
El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

¡Cuánto amo tu ley!

Por Sinclair B. Ferguson

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

En un torneo del PGA Tour en octubre de 2015, Ben Crane se autodescalificó tras completar su segunda ronda. Lo hizo con un coste económico considerable. Pero no le importó: Crane creyó que el coste personal de no hacerlo habría sido mayor (animado por un artículo devocional que había leído esa mañana de Davis Love III, el distinguido excapitán de la Copa Ryder).

Crane se dio cuenta de que había roto una de las reglas menos conocidas del golf. Si recuerdo bien la historia, mientras estaba en un obstáculo buscando su bola, apoyó su palo en una piedra. Abandonó la bola, asumió la penalización requerida por hacerlo, siguió jugando y terminó su ronda. Pudo haber pasado cómodamente la eliminatoria del viernes por la noche; le esperaba un fin de semana muy exitoso desde el punto de vista financiero. Entonces Ben Crane pensó: «¿Debí haber incluido una penalización por haber dejado mi palo en un obstáculo?». Pues sí (regla 13.4a). Así que se descalificó.

(¿Entiendes la idea? Esperemos que ningún lector de Tabletalk se quede despierto esta noche sabiendo que el trofeo se ganó ilegalmente).

Crane fue ampliamente elogiado por su acción. No hubo una avalancha de ataques rencorosos o denigrantes en el ciberespacio ni correos de odio por su estrechez de mente. Todo el reconocimiento para él. Curiosamente, nadie dijo o escribió: «Ben Crane es un legalista».

No, Tabletalk no va a iniciar una nueva columna de deportes este mes. Pero qué extraño es ver tantos elogios por su atención detallada a las reglas del golf y, sin embargo, lo contrario cuando se trata de las reglas de la vida, la (mucho más sencilla) ley de Dios, incluso en la iglesia.

Hay un problema en alguna parte.

EL PROBLEMA
Ni Jesús ni Pablo tenían problemas con la ley. Pablo escribió que su evangelio de la gracia sostiene y confirma la ley (Ro 3:31), incluso las leyes de Dios en su forma negativa, ya que «la gracia de Dios… nos enseña a rechazar» (Tit 2:11-12 NVI). ¿Y recuerdas las palabras de Jesús en Mateo 5:17-19? Nuestra actitud ante la ley es una prueba de fuego de nuestra relación con el reino de Dios.

Entonces, ¿cuál es el problema? El verdadero problema es que no entendemos la gracia. Si lo hiciéramos, también nos daríamos cuenta de por qué John Newton, autor de Sublime gracia, pudo escribir: «En el fondo de la mayoría de los errores religiosos está la ignorancia de la naturaleza y del diseño de la ley».

Esta es una cuestión profunda. En la Escritura, la persona que comprende la gracia ama la ley. (Por cierto, las meras polémicas contra el antinomianismo tampoco pueden producir esto).

Piensa de nuevo en Ben Crane. ¿Por qué él guarda las complejas reglas del golf? Porque ama el juego. Algo similar, pero mayor, es cierto para el creyente. Si amamos al Señor, amaremos Su ley, porque es Suya. Todo se basa en esta hermosa simplicidad bíblica.

Piensa en esto en términos de tres hombres y las tres «etapas» o «épocas» que representan: Adán, Moisés y Jesús.

ADÁN
En la creación, Dios dio mandamientos. Expresaban Su voluntad. Y como Él es un Dios bueno, sabio, amoroso y generoso, Sus mandamientos son siempre para nuestro bien. Él quiere ser un Padre para nosotros.

Tan pronto como Dios creó al hombre y a la mujer a Su imagen (Gn 1:26-28, una afirmación enormemente significativa), les dio estatutos que debían seguir (v. 29). El contexto deja clara la razón: Él es el Señor; ellos son Su imagen. Los hizo para que le reflejaran. Él es el Señor cósmico y ellos los señores terrenales. Su objetivo es que disfruten el uno del otro y de la creación en una comunión de vida (1:26-2:3). Así que les dio un comienzo: un jardín en el Edén (2:7). Él quiere que extiendan ese jardín hasta los confines de la tierra y que lo disfruten como creadores en miniatura, imitando así al gran Creador original (1:28-29).

Así que los mandatos de Dios en la creación tenían como objetivo que reflejáramos Su imagen y Su gloria. Los portadores de Su imagen han sido hechos para ser como Él. De una forma u otra, todos los mandatos divinos tienen consagrado este principio: «Eres mi imagen y mi semejanza. Sé como Yo». Esto se refleja en Su mandato: «Santos serán porque Yo, el SEÑOR su Dios, soy santo» (Lv 19:2).

Aquí está implícito que los portadores de la imagen de Dios han sido creados, por así decirlo, para reflejarle. Sí, se les dan leyes externas, pero estas simplemente proporcionan aplicaciones específicas de las «leyes» incorporadas en la imagen divina, leyes que ya están en la conciencia.

Por tanto, era instintivo que Adán y Eva imitaran a Dios, que fueran como Él, porque fueron creados a Su imagen y semejanza, así como el pequeño Set habría de comportarse instintivamente como su padre, Adán, porque era «a su semejanza, conforme a su imagen» (Gn 5:3). De tal padre, tal hijo.

Pero entonces vino la caída: el pecado, la falta de conformidad con la ley revelada de Dios y la distorsión de la imagen dieron lugar a un mal funcionamiento de los instintos humanos internos. La imagen que reflejaba se apartó de la mirada y de la vida de Dios, y desde entonces todos los hombres (excepto Cristo) comparten esta condición. El Señor sigue siendo el mismo. Su diseño para Su imagen sigue siendo el mismo. Pero la imagen está estropeada. El virrey que fue creado para convertir el polvo en un jardín se ha convertido en polvo:

Con el sudor de tu rostro
Comerás el pan
Hasta que vuelvas a la tierra,
Porque de ella fuiste tomado;
Pues polvo eres,
Y al polvo volverás (Gn 3:19).

Seguimos siendo la imagen de Dios y las leyes que rigen nuestra mejor manera de vivir no han cambiado. Pero ahora estamos demacrados y gastados, retorcidos por dentro, descentrados, distorsionados, llevando el aroma de la muerte. Antes éramos jefes de operaciones, ahora somos vagabundos que sobreviven robando al Propietario de la empresa (Yahvé e Hijo) que tan generosamente nos proveyó. La ley interior sigue funcionando, pero en el mejor de los casos de forma poco fiable, no porque la ley sea defectuosa sino porque nosotros lo somos.

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos. Porque muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Ro 2:14-15; ver también 7:7-25).

Pero Dios quiere Su retrato, Su imagen, de regreso.

MOISÉS
En esencia, la ley mosaica, resumida en el Decálogo, fue una reescritura en tablas de piedra de la constitución escrita en el corazón del hombre en la creación. Pero ahora esa ley llegó a un hombre caído e incluyó ofrendas por el pecado para abordar la nueva condición de la humanidad. Se le dio a una nación específica en una tierra específica. Y se le dio hasta la venida del Redentor prometido en Génesis 3:15. Por lo tanto, en gran medida se dio en términos negativos, con aplicaciones añadidas relevantes para una nación específica en una tierra específica, hasta el día en que los tipos y sacrificios de esa ley se cumplieran en Cristo.

La ley se le dio a las personas como a un «menor de edad» (Gá 3:23-4:5), en gran medida en forma negativa. Nosotros también enseñamos a nuestros hijos: «¡No metas el destornillador en el enchufe!», mucho antes de explicarles cómo funciona la electricidad. Es la forma más sencilla y segura de protegerlos.

Pero los creyentes del antiguo pacto ya tenían claro que las negaciones de la ley encerraban mandatos positivos. La negación «No tendrás otros dioses delante de mí» implicaba la imagen a color y desarrollada de amar al Señor con todo el corazón y los mandamientos del dos al cuatro daban cuerpo a esa imagen. El resto de los mandamientos eran negativos que se desarrollaban en «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

Además, dado que los sacrificios de animales sustituían los pecados de los humanos, era evidente que no carecían de proporción y no podían otorgar el perdón que ilustraban. Un creyente del antiguo pacto podía comprobarlo yendo al templo dos días seguidos: el sacerdote estaba de pie ante el altar, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios (He 10:1-4, 11). El sacrificio adecuado y final aún estaba por llegar.

Y entonces el Decálogo recibió una aplicación civil para el pueblo en la tierra. Pero estas leyes locales ya no funcionarían de la misma manera para el pueblo de Dios cuando este se dispersara por todas las naciones. La preservación y el avance de Su reino ya no dependerían más de ellas.

Todo esto está bien expresado en la enseñanza de la Confesión de Fe de Westminster de que la «ley moral» continúa, la «ley ceremonial» fue abrogada y la «ley civil» expiró, aunque es evidente que todavía podemos aprender mucho de las legislaciones ceremonial y civil (19.3-5). Un creyente del antiguo pacto podría entender esto, aunque con menos claridad. Al fin y al cabo, solo el Decálogo se colocó en el arca, como expresión del propio carácter y el corazón de Dios. Sí, la ley era una porque el Dios que la dio es uno. Pero la ley de Moisés no era monolítica: era multidimensional, tenía un fundamento y también ámbitos de aplicación. Lo primero era permanente; lo segundo eran disposiciones provisionales hasta que el día amaneciera.

Los creyentes del antiguo pacto realmente amaban la ley. Se deleitaban en ella. A su Dios del pacto eso le importaba tanto que reformuló Sus instrucciones originales para que pudieran guiar al pueblo como pecadores que eran. Los creyentes del antiguo pacto que conocían y meditaban en el Decálogo y en toda la Torá (la ley) crecerían en su capacidad de aplicarla a todas las providencias de Dios en sus vidas (Sal 1). Con todas sus normas y reglamentos, la ley de Dios proporcionaba seguridad y dirección para toda la vida.

Al final de mi primer año de universidad, enseñé en una escuela para jóvenes delincuentes. Sus vidas estaban fuertemente limitadas. Pero, para mi sorpresa, tenían en común un extraordinario espíritu de equipo, lealtad y orgullo por su escuela. Al principio esto me desconcertó. Luego me di cuenta de que estos chicos sabían dónde estaban. Estaban a salvo y salvaguardados de sí mismos y de sus rebeldías. Los profesores los disciplinaban con afecto. Quizá por primera vez en sus vidas, recibían comidas regulares. Sí, las normas a veces les molestaban; al fin y al cabo eran pecadores. Pero estaban a salvo. Algunos de ellos incluso volvieron a transgredir solo para poder volver al entorno de la escuela. Comprendí el motivo, aunque no podía aprobarlo. Allí tenían cuidado y seguridad.

Pablo utiliza una ilustración no muy diferente en Gálatas 3-4. Los creyentes del antiguo pacto eran herederos menores de edad, que vivían en el entorno restringido de la ley mosaica. Pero ahora, en Cristo, la historia redentora ya ha alcanzado la mayoría de edad. Existe una nueva dimensión de libertad. No necesitas comprobar el calendario para ver si es un día santo. No necesitas comprobar la carne ni revisar de qué está hecha tu ropa. No necesitas llevar más sacrificios al templo. Ahora que Cristo ha venido, nos han dejado salir del reformatorio. «De manera que la ley ha venido a ser nuestro guía para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe» (Gá 3:24). Sin embargo, la ley en donde se apoya esto, ¿por qué habría de cambiar? ¿Por qué vamos a ser menos obedientes al mismo Padre?

Ya estamos descubriendo que no podemos comprender plenamente la ley de Moisés sin pensar en Jesús. Dios tiene la intención de restaurar Su retrato.

JESÚS
Jesús vino a recrear una humanidad nueva y verdadera, marcada por un amor interno restaurado hacia el Señor y un deseo de ser como Él. La ley por sí misma no puede hacer eso en nosotros. Para lograrlo se necesita perdón, liberación y poder. Esto lo proporciona Dios en Jesucristo y por el Espíritu.

Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Ro 8:3-4).

Tal vez porque sabía que la gente sacaría conclusiones erróneas de Sus enseñanzas (y así fue), Jesús explicó que no había venido a abolir, sino a cumplir la ley. Él llenaría a plenitud la «medida» que Moisés había dado (Mt 5:17-20). Dejó claro que también pretendía restaurar el retrato y la imagen de Dios en nosotros (Mt 5:21-48). Como sabemos, trazó una serie de contrastes. Pero Sus palabras no fueron: «Está escrito… pero yo les digo…»; más bien fueron: «Han oído que se dijo… pero yo les digo…». No estaba contrastando Su enseñanza con la ley de Dios, sino con las interpretaciones y distorsiones rabínicas de la misma.

Sin embargo, hay una diferencia importante en el nuevo pacto. Moisés ascendió al monte terrenal de Dios y bajó con la ley escrita en tablas de piedra. Pero más tarde, expresó su anhelo de que el Señor pusiera Su Espíritu sobre todo el pueblo (Nm 11:29). La ley de Moisés podía ordenar, pero no podía dar poder. En cambio, Jesús ascendió al monte celestial de Dios y bajó en el Espíritu para escribir Su ley en nuestros corazones.

El libro de Hebreos lo afirma explícitamente en dos ocasiones citando a Jeremías 31:31 (He 8:10; 10:16, la única «ley» que puede estar a la vista aquí son los Diez Mandamientos). El Señor de la ley ha reescrito la ley del Señor en nuestros corazones por medio de Su Espíritu. Fortalecidos desde dentro por el Espíritu de Jesús que cumple la ley, amamos la ley porque amamos al Señor. Al igual que en el antiguo pacto el principio de vida era «Yo que te amo soy santo, ámame y sé santo tú también», en el nuevo pacto el principio de vida también puede resumirse en una frase: «El Hijo de Dios, Jesús, es la imagen de Dios en nuestra naturaleza humana; así que sé como Jesús». A fin de cuentas, que lleguemos a ser como Cristo siempre ha sido el objetivo último del Padre para nosotros.

Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó (Ro 8:29-30).

AMA LA LEY DE DIOS
«Tienes que amar la ley» tiene un doble significado. Tienes que amarla: es un mandato. Pero al mismo tiempo, «tienes que amarla» porque es muy buena. Por supuesto que lo es. Es un regalo de tu Padre celestial. Está destinada a mantenerte seguro y bien, a darte seguridad y a ayudarte a andar por la vida. Toma el Catecismo Menor de Westminster (o mejor, el Catecismo Mayor) y lee la sección sobre los mandamientos. Allí aprenderás a utilizar y aplicar las reglas del juego de la vida. Son mucho más fáciles de entender que las reglas del golf.

Cuando Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guardarán Mis mandamientos» (Jn 14:15), solo hacía eco de las palabras de Su Padre. En realidad, es simple, pero lo exige todo. Como dice el himno de John H. Sammis:

Obedecer cumple a nuestro deber.

Si queréis ser felices, debéis obedecer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Las raíces del legalismo

Las raíces del legalismo
Por Stephen Nichols

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

no de los muchos aportes de Martín Lutero consiste en la palabra latina incurvatus. Suena como algo que un dentista te diría que tienes mientras te pincha y te clava los molares. Pero no es eso. Significa «vuelto hacia dentro». Significa que somos egoístas, egocéntricos y ensimismados por naturaleza. Aunque esto por sí solo es más que condenatorio, la condición de incurvatus tiene un efecto aun más revelador. Como estamos volcados hacia adentro, pensamos que podemos alcanzar la justicia por nosotros mismos. Así que nos esforzamos, ansiosos, por alcanzar una posición correcta ante Dios.

¿Cuántas veces has oído decir a alguien que mientras nuestras buenas obras superen a las malas, Dios nos recibirá en el cielo con los brazos abiertos? ¿Cuántos sistemas religiosos se basan en las obras? ¿Cuántas personas se sienten atrapadas por sus incesantes intentos fallidos de alcanzar la perfección? Todos esos son casos de incurvatus. Es una epidemia.

Comprendiendo tan bien este concepto de incurvatus, Lutero dijo: «Es muy difícil para un hombre creer que Dios es misericordioso con él. El corazón humano no puede captarlo». Si no miramos a la gracia, nos miramos a nosotros mismos y a nuestros propios esfuerzos.

Ahí están las raíces del legalismo.

Las raíces del legalismo están en el propio corazón humano pecador y caído. El corazón manifiesta su condición pecaminosa en nuestro deseo paralizante de apoyarnos en nuestros propios méritos y en nuestras propias capacidades en el intento de salir de algún modo del pozo cenagoso del pecado y llegar hasta el cielo. La gracia nos parece una píldora demasiado amarga. Nos dice que nunca podremos ser lo suficientemente buenos.

Curiosamente, lo contrario al legalismo también tropieza con la gracia. Lo contrario al legalismo es el antinomianismo. Esta palabra incluye el prefijo griego anti, «contra, en lugar de», y la palabra griega nomos, «ley». Desde el punto de vista teológico, los antinomianos huyen de cualquier obligación a la ley o de cualquier mandato divino. Los antinomianos son como James Bond: tienen licencia para pecar. Pero esa es la triste mentira del antinomianismo. No es libertad, es una licencia.

La solución al legalismo no es el antinomianismo. La solución al antinomianismo no es el legalismo. La solución a ambos es la gracia, eso que Lutero nos dijo que era difícil de comprender. Explorar más a fondo las raíces del legalismo servirá no solo para desenmascararlo, sino también para mostrar los contornos brillantes y asombrosos de su solución: la gracia de Dios.

EL LEGALISMO EN LA ESCRITURA
La expresión más clara del legalismo en la Escritura aparece en las historias de los antagonistas en los evangelios, los fariseos. De hecho, gracias a ellos, tenemos el término farisaico, que se define como «hipócrita» y tiene que ver también con ser censurador y santurrón. Estas cosas no son buenas. En conjunto, son algo realmente malo. Otra definición nos informa que el término farisaico, significa un compromiso extremo con la observancia religiosa y el ritual, lejos de creer. Ambos aspectos de la definición son cruciales. La primera parte es el empeño por llegar, aunque sea con aprehensión, al cielo. La segunda parte nos remite a la cita de Lutero y a nuestra aversión a la gracia: simplemente no puede ser tan simple como creer.

Cristo se enfrentó a esta tendencia farisaica en casi todas las páginas de los evangelios. Una de las ocasiones fue la parábola sobre el fariseo y el publicano en Lucas 18. «Te doy gracias porque no soy como los demás hombres», oraba el fariseo. Ahí está la autojustificación. El fariseo manifestó además que ayunaba y diezmaba. Ahí está la obediencia externa.

En esta parábola, el fariseo se contrapone al recaudador de impuestos. El publicano simplemente oraba: «Ten piedad de mí, pecador». Ahí está el clamor por la gracia.

Unos versículos más adelante, un gobernante rico se le acerca a Cristo. También él cumple el rol de fariseo. También él manifiesta su santurronería. Al parecer, adonde sea que Cristo iba, se encontraba con fariseos.

Irónicamente, los fariseos, aunque entendían lo contrario, en realidad no se preocupaban por la ley de Dios. Ellos crearon todo un sistema de normas para poder eludir la ley de Dios. Eran expertos en crear vacíos legales. Tenían un sistema de leyes creado por el hombre para evitar la ley divina y llevaron a Israel por el mal camino. Por eso vemos que Jesús se opuso a ellos con tanta vehemencia y los definió como falsos pastores de Israel en la serie de «ayes» desencadenados en Mateo 23.

Antes de su conversión, Pablo era uno de esos falsos pastores. Pablo era un legalista consumado. De hecho, sería difícil encontrar a otra persona tan celosa por la ley. Él tenía conocimiento de primera mano cuando declaró: «Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él» (Ro 3:20). Tenía conocimiento de primera mano cuando se lamentó: «Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición» (Gá 3:10).

Pablo también tuvo experiencia de primera mano con la gracia. Por eso declaró con gozo: «Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Es imposible estudiar a Pablo sin entrar en contacto con la gracia. Por eso leemos en Romanos 5 que todo nuestro esfuerzo llega a su fin en Cristo. Solo podemos alcanzar la paz con Dios por medio de la fe en Cristo, el único que cumplió la ley perfectamente.

EL LEGALISMO EN LA HISTORIA
Al volver a las páginas de la historia de la iglesia, vemos cómo el enfoque de la iglesia en la gracia fue eclipsado por el legalismo. Esto ocurrió a gran escala tras la controversia entre Agustín y Pelagio. A raíz de esa controversia, se sembraron las semillas que acabarían dando lugar a un sistema de obras en toda regla como lo fue la visión de la iglesia medieval sobre la salvación. La clave aquí es el cambio de la enseñanza bíblica sobre el arrepentimiento a la enseñanza de la iglesia sobre la penitencia.

El arrepentimiento está ilustrado en el recaudador de impuestos de la parábola de Cristo. El arrepentido simplemente oraba a Dios: «Ten piedad de mí, pecador». La penitencia es la lista de cosas que hay que hacer para quedar bien con Dios. En la época de Lutero, esa lista había crecido bastante. Por eso Lutero intentó en vano llegar a Dios siendo un buen monje. Lutero incluso se metió en el monasterio en un intento, muy equivocado, de agradar a Dios.

Solo una cosa resultó del ardiente trabajo de Lutero: se encontró aun más alejado de Dios y sumido en la ansiedad. Más adelante en su vida, incluso sufrió físicamente por sus intentos anteriores de alcanzar la justicia mediante estos esfuerzos. Pero en Su gracia, Dios llegó hasta Lutero. No podemos aprehender la gracia de forma natural. Por eso la gracia nos debe aprehender a nosotros.

Una rama de la Reforma inicialmente celebró esta gloriosa verdad de la gracia y luego se apartó de ella. En Zúrich surgieron los anabaptistas. Entre otras creencias, abogaban por retirarse de la sociedad y vivir en comunidades segregadas. Pronto desarrollaron un código de vestimenta y normas sobre cómo vivir y trabajar. Se llamaban a sí mismos menonitas, ya que seguían las enseñanzas de Menno Simons (1496-1561). En 1693, Jakob Ammann se separó de los menonitas por la práctica de «la prohibición», es decir, el rechazo a los que transgreden las normas. Sus seguidores serían conocidos como los amish. Pasaron del evangelio a las normas y las tradiciones.

La misma dinámica se produjo en el siglo XX en varios grupos fundamentalistas. Recuerdo entrar en una iglesia en los años setentas y encontrarme con dos grandes diagramas que mostraban las pautas aceptables de cabello y ropa para hombres y mujeres. El cristianismo se reducía a listas, sobre todo de lo que no hay que hacer.

Así como vemos que Cristo se enfrentó al legalismo en casi todas las páginas de los evangelios, también podemos encontrar legalismo en todas las páginas de la historia de la iglesia. También podemos encontrar lo contrario. El antinomianismo prosperó durante la Reforma. Prosperó y sigue prosperando en algunos grupos de fundamentalismo. Lamentablemente, podemos contar toda la historia de la búsqueda equivocada de Dios por parte de la humanidad rastreando estos hilos siempre presentes del legalismo y el antinomianismo.

EL LEGALISMO EN LA VIDA
Lo contrario al legalismo no es la licencia. Es la libertad. Lutero llamaba a Gálatas su «Katie». «Estoy comprometido con ella», decía. Es un cumplido que va en dos direcciones. Refleja cuán profundamente amaba a su esposa, y refleja cuán profundamente amaba el mensaje de Gálatas. Es «la epístola de la libertad».

Si queremos descubrir las raíces del legalismo, debemos mirar en última instancia a nuestra propia vida. La condición incurvatus nos impide ver nuestra verdadera necesidad. Nos engaña haciéndonos creer que somos básicamente buenos y que solo necesitamos ser mejores. El legalismo es realmente condenable y bastante perjudicial. El legalismo puede incluso catapultarnos hacia lo contrario, a una vida de licencia y a una vida, en última instancia, de rebelión.

La realidad es que no somos buenos. Qué ironía que parte de la «buena noticia» del evangelio sea que no somos buenos en absoluto. Y como no somos buenos, nunca podríamos mirarnos a nosotros mismos, sino que debemos mirar a Aquel que nació de una mujer, nacido bajo la ley. Él es el único justo. Guardó la ley y soportó su castigo por aquellos que confían en Él. Dios derrama Su gracia gratuitamente sobre nosotros por lo que Cristo ha hecho por nosotros. Cristo nos ha liberado (Gá 5:1).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Stephen Nichols
El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our Salvation, Jonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and Thought, Peace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life. Él está en Twitter @DrSteveNichols.

La definición de legalismo

La definición de legalismo
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Si quieres degradar a alguien en la iglesia, simplemente tienes que utilizar «la palabra que comienza con L» cuando hables con esa persona o sobre ella. El número de veces que un creyente ha llamado legalista a otro es incalculable. Los insultos suelen producirse cuando alguien de la iglesia cree que otro ha dicho o hecho algo que atenta contra la libertad cristiana. Al igual que su término hermano «fundamen…», la etiqueta de legalista se ha convertido en una especie de insulto religioso habitual en las iglesias orientadas a la gracia y centradas en el evangelio. Debemos ser extremadamente lentos a la hora de utilizar esta palabra cuando hablemos con o sobre otros en una comunidad eclesiástica. Puede ser que un creyente simplemente tenga una conciencia más débil o más blanda que otro (Ro 14-15). Además, los que aman la ley de Dios y procuran caminar cuidadosamente de acuerdo con ella siempre serán susceptibles de ser llamados legalistas.

Debemos cuidarnos de no lanzar descuidadamente la acusación de legalismo. Sin embargo, también debemos reconocer que el legalismo, en sus diversas formas, está muy vivo en las iglesias evangélicas y reformadas. También hay que evitarlo con la máxima determinación. Para evitar lanzar una falsa acusación contra un creyente, para evitar abrazar personalmente el legalismo y para ayudar a restaurar a un creyente que ha caído en el legalismo, debemos saber identificar este mal perenne tanto en sus formas doctrinales como prácticas.

LEGALISMO DOCTRINAL
El legalismo es, por definición, un intento de añadir algo a la obra terminada de Cristo. Es confiar en cualquier otra cosa que no sea Cristo y Su obra terminada para la posición de uno ante Dios. La refutación del legalismo en el Nuevo Testamento es principalmente una respuesta a las perversiones de la doctrina de la justificación por la fe sola. La mayoría de los oponentes del Salvador eran los que creían que eran justos por sí mismos, basándose en su celo y compromiso con la ley de Dios. Los fariseos, los saduceos y los escribas ejemplificaban, con sus palabras y sus actos, el legalismo doctrinal en los días de Cristo y los apóstoles. Aunque hacían ocasionales apelaciones a la gracia, con su autojusticia truncaron y tergiversaron el significado bíblico de la gracia. El apóstol Pablo resumió la naturaleza del legalismo judío cuando escribió: «Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:3-4).

Comprender la relación entre la ley y el evangelio en nuestra justificación es primordial para aprender a evitar el legalismo doctrinal. Las Escrituras enseñan que somos justificados por las obras del Salvador, no por las nuestras. El último Adán vino a hacer todo lo que el primer Adán no pudo hacer (Ro 5:12-21; 1 Co 15:47-49). Nació «bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Vino a ser nuestro representante para cumplir las exigencias legales del pacto de Dios, es decir, para rendir a Dios una obediencia perfecta, personal y continua en nombre de Su pueblo. Jesús hizo merecedores de justicia perfecta a todos aquellos que el Padre le había dado. Nosotros, mediante la unión de fe con Él, recibimos un estatus de justicia en virtud de la justicia de Cristo que se nos imputa. En Cristo, Dios proporciona lo que Él exige. Las buenas obras por las que Dios ha redimido a los creyentes, para que andemos en ellas, no intervienen en absoluto en nuestra justificación. Son simplemente la evidencia necesaria de que Dios nos ha perdonado y aceptado en Cristo.

Sin embargo, el legalismo doctrinal también puede introducirse en nuestra mente por la puerta trasera de la santificación. El apóstol Pablo lo dio a entender en Gálatas 3:1-4. Los miembros de la iglesia de Galacia se habían dejado engañar creyendo que su posición ante Dios dependía en última instancia de lo que consiguieran en la carne en su andar cristiano. Es posible que comencemos la vida cristiana creyendo únicamente en Cristo y en Su obra salvadora y que luego caigamos en la trampa de imaginar tontamente que depende de nosotros terminar lo que Él ha comenzado. En la santificación, al igual que en la justificación, son ciertas las palabras de Jesús: «separados de Mí nada pueden hacer» (Jn 15:5).

El legalismo doctrinal en la santificación a veces es alimentado por predicadores apasionados que hacen hincapié en las enseñanzas de Jesús sobre las exigencias del discipulado cristiano, al tiempo que las separan de la enseñanza apostólica sobre la naturaleza de la obra salvadora de Cristo para los pecadores, o minimizan tal enseñanza. El renombrado teólogo reformado Geerhardus Vos explicó la naturaleza de esta forma sutil de legalismo cuando escribió:

Todavía prevalece una forma sutil de legalismo que quiere robar al Salvador Su corona de gloria, ganada por la cruz, y hacer de Él un segundo Moisés, ofreciéndonos las piedras de la ley en lugar del pan de vida del evangelio… [el legalismo] no tiene poder para salvar.

En Colosenses 2:20-23, el apóstol Pablo aborda otra forma de legalismo doctrinal que se cuela por la puerta trasera de la santificación. Él escribe:

Si ustedes han muerto con Cristo a los principios elementales del mundo, ¿por qué, como si aún vivieran en el mundo, se someten a preceptos tales como: «no manipules, no gustes, no toques», (todos los cuales se refieren a cosas destinadas a perecer con el uso), según los preceptos y enseñanzas de los hombres? Tales cosas tienen a la verdad, la apariencia de sabiduría en una religión humana, en la humillación de sí mismo y en el trato severo del cuerpo, pero carecen de valor alguno contra los apetitos de la carne.

Los que han abrazado esta forma de legalismo doctrinal prohíben lo que Dios no ha prohibido y ordenan lo que Él no ha mandado. Se obligan a sí mismos y a los demás a una norma de santidad externa a la que Dios no nos ha obligado en Su Palabra. Esta es una de las formas más prevalentes y perniciosas de legalismo en la iglesia actual. A menudo se presenta en forma de prohibiciones de comer ciertos alimentos y beber alcohol. A veces se cuela a través de convicciones personales sobre la crianza y la educación.

LEGALISMO PRÁCTICO
Hay otro tipo de legalismo ante el que debemos estar en guardia: el legalismo práctico, que puede tomar imperceptiblemente el control de nuestros corazones. Por naturaleza, nuestras conciencias están conectadas al pacto de obras. Aunque los creyentes se han convertido en nuevas criaturas en Cristo, todavía llevan consigo un viejo hombre, una vieja naturaleza pecaminosa adámica. El modo por defecto de la vieja naturaleza es volver a deslizarse mentalmente bajo el pacto de obras. Siempre corremos el peligro de convertirnos en legalistas prácticos al alimentar o pasar por alto un espíritu legalista.

Es totalmente posible que un hombre o una mujer tenga la cabeza llena de doctrina ortodoxa y al mismo tiempo el corazón lleno de autosuficiencia y orgullo. Podemos estar comprometidos intelectualmente con las doctrinas de la gracia y hablar con nuestros labios de la libertad que Cristo ha comprado para los creyentes, y al mismo tiempo negarlas con nuestras palabras y acciones.

El espíritu legalista es fomentado por el orgullo espiritual. Cuando un creyente experimenta un crecimiento en el conocimiento o algún poder espiritual, corre el peligro de empezar a confiar en sus logros espirituales. Cuando esto ocurre, los legalistas prácticos empiezan a mirar a los demás por encima del hombro y a juzgar pecaminosamente a quienes no han experimentado lo mismo que ellos. En su sermón «Llevar el arca a Sión por segunda vez», Jonathan Edwards explicó que había observado la realidad del orgullo espiritual y el legalismo práctico entre quienes habían experimentado el avivamiento durante el Gran Despertar:

Mientras viven, en los hombres hay una disposición excesiva para hacer una justicia de lo que hay en ellos mismos, y también una disposición excesiva para hacer una justicia de sus experiencias espirituales, así como de otras cosas… un converso es propenso a ser exaltado con pensamientos elevados de su propia eminencia en la gracia.

Quizá lo más perjudicial sea la forma en que el espíritu legalista puede manifestarse en el púlpito. Un ministro puede predicar la gracia de Dios en el evangelio sin experimentar esa gracia en su propia vida. Esto, a su vez, tiende a alimentar un espíritu legalista entre ciertos miembros de una iglesia.

LA CURA PARA EL LEGALISMO
La gracia de Dios en el evangelio es la única cura para el legalismo doctrinal y práctico. Cuando reconozcamos el legalismo doctrinal o práctico en nuestras vidas, debemos huir hacia el Cristo crucificado. Al hacerlo, empezaremos a crecer de nuevo en nuestro amor por Aquel que murió para sanarnos de nuestra propensión a confiar en nuestras propias obras o logros. A diario, necesitamos que se nos recuerde la gracia que ha cubierto todos nuestros pecados, que nos ha proporcionado la justicia desde fuera de nosotros mismos y que nos ha liberado del poder del pecado. Solo entonces perseguiremos con gozo la santidad. Solo entonces amaremos la ley de Dios sin intentar cumplirla para nuestra justificación ante Él. El grito de un corazón liberado del legalismo es este:Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano (Gá 2:20-21).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

Ser fiel y dar frutos

Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El éxito

Richard Greenham, uno de los renombrados teólogos puritanos del siglo XVI, fue muy querido en su época por la ayuda espiritual que supuso para muchos creyentes de Inglaterra, como también para sus compañeros ministros. Un buen número de pastores puritanos enviaban a sus congregantes a Greenham para lo que consideraban los «casos de conciencia» más difíciles. No obstante, Greenham expresó su pesar por no ver muchos frutos en su propia congregación de Dry Drayton —la pequeñísima ciudad rural en la que ejercía como pastor— durante sus casi veintiún años de ministerio allí. Al reflexionar sobre el estado espiritual de su congregación, Greenham habló de «enfermedad de sermones» y de «falta de fruto». Un escritor describió una vez el ministerio de Greenham en Dry Drayton en los siguientes términos: «Tenía pastos verdes, pero las ovejas estaban demasiado flacas». Tras su muerte, la pequeña congregación de Dry Drayton creció espiritualmente y prosperó numéricamente bajo el sucesor de Greenham. Alguien le preguntó una vez al ministro sucesor qué había hecho para experimentar tal crecimiento. Sin vacilar, indicó que era el fruto de la fiel labor de Greenham. Aunque Richard Greenham nunca vivió para ver ese fruto entre la gente que pastoreaba, su fidelidad en Dry Drayton fue decisiva para preparar los campos de la congregación para que dieran fruto en los años venideros.

Comprender la relación entre el ser fiel y el dar frutos no es de poca importancia para aquellos que derraman su vida en el ministerio del evangelio. También lo es para todos los creyentes. Una pregunta con la que con frecuencia se enfrenta la mente, tanto de ministros como de congregantes, es esta: ¿Cómo sé que mis labores por la causa de Cristo han sido fructíferas?

Es importante que establezcamos primero la enseñanza bíblica sobre el dar frutos. Cuando los fariseos acudieron a Juan para que los bautizara, él les dijo: «Dad frutos dignos de arrepentimiento» (Lc 3:8). Del mismo modo, Jesús dijo: «Todo árbol bueno da frutos» (Mt 7:17). Además, Jesús aseguró que, cuando la semilla de la Palabra de Dios cae en un corazón regenerado, «este sí da fruto» (13:23). El apóstol Pablo reveló que se preocupaba profundamente por la fecundidad en el ministerio cuando dijo a la iglesia de Filipos: «… si el vivir en la carne, esto significa para mí una labor fructífera…» (Flp 1:22). El apóstol también se preocupó profundamente por la fecundidad en la vida y el trabajo de los creyentes. Cuando escribió a la iglesia de Colosas, recordó a los creyentes la forma en que el evangelio había ido «dando fruto constantemente y creciendo, así lo ha estado haciendo también en vosotros, desde el día que oísteis y comprendisteis la gracia de Dios en verdad» (Col 1:6). Y por supuesto, nuestra mente vuelve una y otra vez al célebre pasaje del apóstol sobre el fruto del Espíritu (Gal 5:22-23). Cuando consideramos las enseñanzas de Jesús y los apóstoles, descubrimos que el dar frutos es la obra de Dios, basada en la obra salvadora de Cristo y producida soberanamente por Su Espíritu tanto en las vidas (carácter piadoso) como en las labores (obra del Reino) de Su pueblo.

Pero ¿qué determina la naturaleza de la fecundidad? ¿Es la fecundidad proporcional a nuestro trabajo? ¿O simplemente debemos procurar ser fieles y dejar que ocurra lo que ocurra? Afortunadamente, las Escrituras nos proporcionan una serie de respuestas a estas preguntas sobre la relación entre la fidelidad y el dar frutos.

El dar frutos es, en última instancia, la obra de Dios, que sucede cuando nos comprometemos con Él para procurar ser fieles en todos los aspectos de nuestra vida y en todo aquello a lo que Él nos llama. Debemos resistir la tentación de ver la fecundidad del mismo modo en que un corredor de bolsa ve su cartera. Es un error espiritual de enormes proporciones el mirar nuestras vidas y trabajos y decir: «Si hago esto hoy y esto mañana, el resultado será x, y o z». El apóstol Pablo, al defender su propio ministerio contra los ministros que se jactaban de sus propios logros, escribió: «Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento» (1 Co 3:6-7). El salmista, en términos inequívocos, enseñó el mismo principio cuando escribió: «Si el SEÑOR no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Sal 127:1). Cuanto más logremos comprender y abrazar este principio, más preparados estaremos para comprometernos con Él de tal manera que estemos dispuestos a ser utilizados de la forma que Él desee.

Aunque reconozcamos que el dar frutos es obra de Dios, debemos entender que la diligencia es un componente esencial de vivir y obrar fielmente. Una vez que reconocemos que la fecundidad es obra de Dios, pudiera introducirse en nuestro pensamiento una forma sutil de hipercalvinismo. Podemos empezar a pensar para nosotros mismos, o encontrarnos diciendo a otros, cosas como: «Realmente no importa lo que hagamos porque, al final, todo es obra de Dios». Curiosamente, en la misma carta en la que admitió que «Dios ha dado el crecimiento», Pablo declaró: «He trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí» (1 Co 15:10). En Proverbios, Salomón observó sabiamente: «La mano de los diligentes gobernará» (Pr 12:24). Un autor resume de forma útil nuestra responsabilidad de ser diligentes en nuestras labores espirituales cuando dice: «Puedes hacer el ministerio con la ayuda de Dios, así que da todo lo que tienes. No puedes hacer el ministerio sin la ayuda de Dios, así que ten paz». Esto es cierto en todas las esferas en las que el creyente trata de ser fiel a Dios. La diligencia en llevar a cabo fielmente aquellas cosas a las que Dios nos ha llamado conducirá, en última instancia, a dar frutos.

La destreza es otro aspecto vital de la fidelidad que da frutos. Hay muchas cosas que nunca haré porque Dios no me ha dado los dones ni la vocación para hacerlas. Nunca practicaré un deporte profesional ni seré concertista de piano. Nunca seré físico nuclear ni cardiólogo. Estoy completamente satisfecho con el hecho de que no he sido dotado para ello. Del mismo modo, Dios no llama a todos los creyentes al ministerio del evangelio a tiempo completo. Considera el encargo del apóstol a los creyentes de Roma:

Pero teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos: si el de profecía, úsese en proporción a la fe; si el de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que da, con liberalidad; el que dirige, con diligencia; el que muestra misericordia, con alegría (Rom 12:6-8).

También debemos darnos cuenta de que el dar frutos no depende de las circunstancias ni de la posición. Podemos convencernos equivocadamente a nosotros mismos de que cuanto más grande sea la plataforma, más fruto se obtendrá. Podemos caer en la trampa de pensar en el fruto espiritual en términos mundanos, y actuar como si los individuos que tienen un talento natural, que son ricos o que tienen influencias fueran los que tengan más probabilidades de dar frutos. Sin embargo, el apóstol Pablo dio este recordatorio tan necesario a la iglesia de Corinto:

No hubo muchos sabios conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte; y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios (1 Co 1:26-29).

Considera el fruto que el apóstol vio en su propio ministerio mientras estaba encarcelado. El Señor utilizó a Pablo, no para la conversión del César, sino para la conversión de algunos de los guardias de la prisión del César. Además, Pablo le dijo a Filemón que Onésimo, su siervo fugitivo, «en otro tiempo te era inútil, pero ahora nos es útil a ti y a mí» (Flm 1:11; Col 4:9). Este es un excelente ejemplo del tipo de individuos improbables e inesperados a los que Dios pone a dar frutos.

Además, también debemos recordar que el dar frutos se produce en diferentes momentos y estaciones. No podemos saber cuándo aparecerá un fruto espiritual. Se nos dice que los santos del gran salón de la fe tuvieron diferentes resultados en sus fieles vidas y labores (Heb 11). Algunos triunfaron sometiendo reinos, obrando la justicia, obteniendo promesas, cerrando la boca de los leones, apagando la violencia del fuego, escapando del filo de la espada, etc. Otros sufrieron siendo torturados, no aceptando la liberación, soportando burlas y azotes, siendo encadenados y encarcelados, siendo apedreados, siendo aserrados en dos, vagando por desiertos y montañas y en cuevas y guaridas. Sin embargo, al final, todos ellos recibieron en gloria el fruto supremo de sus labores. El Cristo exaltado da a cada uno su corona de vencedor. En la resurrección, experimentarán el fruto pleno de sus vidas y obras, junto con todos los santos.

En última instancia, la muerte y resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fidelidad y fecundidad. «Vuestro trabajo en el Señor», explicó Pablo, «no es en vano», porque Cristo ha resucitado de entre los muertos (considera 1 Co 15:58 a la luz del contexto más amplio del capítulo). La muerte y la resurrección de Jesús han asegurado el fruto espiritual en la vida de Su pueblo. En última instancia, todos nuestros frutos proceden de nuestra unión con Jesucristo, la vid que da vida y fruto (Jn 15:1-11, 16). Cristo está comprometido a hacernos fructíferos en nuestras vidas y labores para que Dios obtenga la gloria por la obra que ha realizado en Su pueblo. Si procuramos ser firmes e inamovibles en todo aquello a lo que el Señor nos llama en Su Palabra, podemos estar seguros de que «[nuestro] trabajo en el Señor no es en vano».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

El éxito vocacional

El éxito vocacional
Por Eric B. Watkins

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El éxito

Ya sea en el ámbito de la paternidad, de las relaciones o de nuestra vocación, todos aspiramos al éxito. El éxito vocacional se encuentra en el corazón del sueño americano, que enseña que, si uno trabaja lo suficientemente duro y durante el tiempo suficiente, lo más probable es que tenga éxito. Pero ¿cómo medimos el éxito desde un punto de vista cristiano? ¿Es por la cantidad de dinero que ganamos? ¿Por las tantas cosas que poseemos? ¿Es por el número de personas que nos consideran exitosos?

En Mateo 25:14-30, Jesús cuenta la parábola de tres siervos, de los cuales los dos primeros fueron declarados fieles pero el último fue declarado infiel. Los dos primeros fueron fieles porque, cuando su amo partió para un largo viaje, los siervos tomaron lo que el amo les había confiado y lo invirtieron cuidadosamente. A la vuelta del amo, esto había producido un gran beneficio. El amo se alegró y les confió aún más. Pero el tercer siervo no amaba ni respetaba a su amo. En un acto de autopreservación y desinterés, escondió el dinero de su amo en la tierra y, a la vuelta de este, le devolvió el dinero sin haberlo invertido. El discurso que el siervo dirige a su amo revela que en verdad no amaba ni respetaba a su amo, por lo que ese siervo desperdició su tiempo y la confianza de su amo. El amo procedió a reprender y a expulsar al siervo infiel.

Esta parábola plantea una pregunta aleccionadora: ¿Cuánto amamos y respetamos a nuestro Amo celestial? Según la parábola, la respuesta se encuentra en la forma en que servimos a nuestro Amo con los talentos y tesoros que Él nos ha confiado. El éxito de los dos primeros siervos no radicaba en que su trabajo diera un resultado provechoso, sino simplemente en que habían sido fieles con lo que el amo les había dado. Jesús no los elogia por tener el «toque de Midas» en la inversión, sino simplemente por ser fieles. La bendición que les da es la que todos deberíamos desear oír en el día de Su regreso: «Bien, siervo bueno y fiel». ¿Qué puede ser más dulce que escuchar a Jesús decirnos eso?

El éxito vocacional debe verse desde esta perspectiva. Dios nos creó tanto para trabajar como para descansar. El trabajo es natural. Es un don de Dios y está en el corazón de lo que significa ser creado a Su imagen. Dios mismo trabajó y luego descansó. El hombre, como hijo fiel creado a imagen de Dios, debe trabajar y descansar, y todo para la gloria de Dios (1 Co 10:31). La razón por la que el éxito es a veces una meta ilusoria es que la caída de la humanidad en el pecado afectó no solo a nuestras almas, sino también a nuestros cuerpos y mentes. Ya no amamos las cosas para las que fuimos creados para amar en la inocencia y pureza que Adán conoció antes de la caída. Al igual que nuestra relación con Dios se vio afectada por el pecado, también lo hizo nuestra relación con el orden creado. La caída provocó una relación problemática, en la que ahora crecen espinas y cardos entre las flores de la creación de Dios. El sudor que resbala por nuestra frente se mezcla a menudo con la ansiedad, ya que nuestro trabajo está salpicado de numerosas frustraciones y decepciones. A veces, la molestia de nuestros trabajos parece tan grande que es difícil no levantar las manos junto al predicador de Eclesiastés y declarar que «todo es vanidad y correr tras el viento» (Ec 2:17).

Es aquí donde tenemos que recordar que no debemos mirar las cosas —incluso el éxito— como las mira el mundo. Aunque es cierto que los efectos de la caída permean todo lo que hacemos, la obra de Cristo nos redime y transforma nuestra perspectiva de todas las cosas, incluidas nuestras labores. Dado que Cristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte, nos ha convertido en nuevas criaturas cuya identidad se encuentra en Él, al igual que nuestro éxito. La Confesión de Westminster nos dice que, en la medida en que nuestras buenas obras se realicen con fe y obediencia hacia Dios, le son agradables y le dan gloria y honor. Pero lo que hace que nuestras buenas obras sean, en última instancia, aceptables para Dios, es que son aceptadas «en Él» (CFW 16.6). Dios se complace en considerar nuestras buenas obras, incluido el trabajo que realizamos en nuestras vocaciones, como hechas en Cristo, y al hacerlo, se complace en nosotros. Esto no significa que nuestro trabajo vaya a ser perfecto en esta vida, pero sí que a los ojos de Dios es agradable y aceptable. Así, el éxito genuino para nosotros puede encontrarse cuando nos damos cuenta de que solo por estar en Cristo cualquier cosa que hagamos es agradable a Dios. Por lo tanto, porque estamos en Cristo, nuestro trabajo «bajo el sol» es redimido y agradable a los ojos de Dios.

Sobre esta base de que hemos sido redimidos en Cristo mediante el evangelio, nos damos cuenta de la belleza y la importancia de esforzarnos por obrar de maneras en que agrademos a Dios. Él no simplemente nos ha redimido de algo; también nos ha redimido para algo. Según Efesios 2:10, hemos sido «creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas». Esto ciertamente incluye nuestras vocaciones. Dios nos ha recreado a la imagen de Cristo y nos ha dotado de la capacidad para trabajar de una manera que le agrade.

El famoso corredor presbiteriano escocés Eric Liddell, que guardaba el sábado, es recordado por decir: «Dios me hizo rápido. Y cuando corro, siento Su placer». Aunque la mayoría de nosotros no vamos a correr nunca en las olimpiadas, lo que dijo Liddell lo puede decir cada miembro del pueblo de Dios. Dios nos ha creado en Cristo Jesús para buenas obras —incluidas nuestras vocaciones— y cuando realizamos esas obras lo mejor que podemos, deberíamos sentir el placer de Dios. Para ampliar la analogía, lo que más importa no es que ganemos la carrera (que consigamos el ascenso, que ganemos más dinero o que tengamos la oficina más grande), sino que nos esforcemos con lo mejor de nuestras capacidades dadas por Dios para agradarle en todo lo que hacemos. Lo que más nos agrada debe ser lo que más agrada a Dios. El verdadero éxito no se puede cuantificar fácilmente. No es el éxito tal y como lo mide el mundo. Más bien, es esforzarse por hacer incluso las pequeñas cosas que hacemos cuando nadie nos mira de una manera que honre a Dios y demuestre que tenemos una relación adecuada con la creación y, lo que es más importante, con el Dios de la creación.

La Biblia nos recuerda repetidamente que solo Dios puede hacer prosperar nuestro trabajo. No es simplemente por la fuerza de nuestras manos o por nuestra fuerza de voluntad que llega el éxito. Ya sea que nuestras vocaciones estén dentro o fuera de la iglesia, es solo Dios quien da el crecimiento. En Su providencia, perfectamente sabia, a veces trabajamos con diligencia para Su honor y, sin embargo, no vemos el fruto de nuestra labor como habríamos deseado. Y hay otras veces en las que no trabajamos tan bien o tan fielmente como deberíamos y, sin embargo, Dios hace que nuestro trabajo prospere a pesar de nosotros. Es por eso que no podemos medir el éxito simplemente cuantificando los resultados visibles. Tenemos que esforzarnos por ver las cosas como las ve Dios y por medirlas como Dios las mide, no con la sabiduría mundana, sino con la sabiduría del Espíritu.

En este sentido, todo trabajo nuestro, sea cual sea, es un aspecto de la obra del Reino. Todo trabajo nuestro puede traer honor y gloria a Dios, y ser un aspecto de nuestro testimonio cristiano ante un mundo que nos observa. Por eso los cristianos deben trabajar mucho y descansar bien. Ambas cosas son importantes. Aunque Dios nos creó para trabajar, no nos creó exclusivamente para trabajar. Adán debía tener una semana de trabajo razonablemente constante, con seis días de trabajo y uno de descanso. Parece que en nuestra cultura nos hemos desviado hacia los extremos: o bien caemos en prácticas perezosas y no somos diligentes en nuestro trabajo, o bien nos convertimos en adictos al trabajo que parecen nunca detenerse ni descansar de la manera en que Dios lo diseñó. Ninguno de estos enfoques es bíblico ni saludable. Abstenerse de trabajar diligente y fielmente es negar tanto la belleza de la creación como la belleza mayor de la redención en Cristo. En Su perfecta sabiduría, Dios dotó nuestra semana de trabajo de un descanso sabático. Todo en nosotros necesita descanso. Nuestros cuerpos, sí, pero también nuestras almas.

Como parte de nuestro esfuerzo por glorificar y disfrutar de Dios en todo lo que hacemos, necesitamos descansar de nuestras labores en este mundo de forma regular y centrarnos en el bendito descanso del cielo mismo. Descansar y adorar en el día del Señor nos proporciona un agradable y rejuvenecedor anticipo del cielo. Trabajar sin descansar es actuar como si fuéramos esclavos condenados sin esperanza de redención de la maldición del pecado que ha cargado nuestras labores; y sin embargo, abstenernos de trabajar fielmente es una negación funcional de que hemos sido creados y recreados a imagen de Dios. Por tanto, nuestras vocaciones no son simplemente un medio para mantenernos a nosotros mismos y a nuestras familias; son oportunidades para utilizar nuestros «talentos» con la mayor fidelidad y diligencia que podamos, todo ello para la gloria de Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Eric B. Watkins
El Dr. Eric B. Watkins es el pastor principal de Covenant Presbyterian Church (OPC) en St. Augustine, Florida, y autor de The Drama of Preaching [El drama de la predicación].

El éxito bíblico

Serie: El éxito

Por Lain Duguid

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El éxito

Qué significa tener éxito? Solemos pensar que el éxito implica alcanzar determinados objetivos personales y profesionales: prosperar económicamente, ser respetado por los compañeros, formar una familia sólida, etc. Medimos el éxito en términos de recibir honores, llegar a la cima, ser admirado, alcanzar riquezas o hacerse notar. Mientras tanto, el fracaso significa ser pobre o insignificante, ser impopular o desagradable, o ser objeto de vergüenza. Incluso en el ministerio, a menudo calificamos como «éxito» tener una congregación grande o de rápido crecimiento, combinada con una reputación de buen pastor o predicador, mientras que «fracaso» significa un rebaño pequeño o que decrece, o tener que dejar una iglesia por dificultades o diferencias con su dirección.

Por supuesto, los distintos aspectos de esta definición de éxito son valorados de forma diferente por distintas personas. Una persona puede tenerlo todo económicamente y, sin embargo, sentirse fracasada porque le falta popularidad, lo único que realmente le importa. Otra puede parecer que no tiene nada y, sin embargo, sentirse triunfadora porque ha logrado sus objetivos en un ámbito diferente. En la vida eclesiástica hay pastores de iglesias grandes que no se sienten exitosos porque envidian a aquellos cuyas iglesias son aún más prominentes, mientras que algunos que pastorean pequeños rebaños se sienten satisfechos amando bien a los que Dios ha puesto bajo su mando. El «éxito» y el «fracaso» son evaluaciones muy subjetivas de nuestra propia situación y de los otros que nos rodean.

Sin embargo, los seres humanos somos unos jueces extraordinariamente malos para el éxito y el fracaso. Por un lado, a menudo utilizamos las varas de medir equivocadas. Las personas que juzgamos como «exitosas» —los ricos, los poderosos, los influyentes y los atractivos— no reciben ninguna alabanza especial en el Reino de Dios. Mientras tanto, aquellos a quienes menospreciamos como fracasados —los pobres, los quebrantados y las personas sin importancia— son a menudo aquellos por los que parece que Dios tiene una preocupación especial. Según Jesús, es posible ganar el mundo entero —triunfar sobre casi cualquier criterio humano— y aun así fracasar en la vida por perder el alma en el proceso (Mt 16:26). Al mismo tiempo, Jesús declara que es posible perder todas tus posesiones, relaciones y estatus, y aun así tener éxito en lo que realmente importa: tu relación con Dios (Mr 10:28-30).

Además, a menudo hacemos juicios prematuros. Juzgamos basándonos en las apariencias actuales, evaluando a las personas como si conociéramos el desenlace de su historia. En realidad, el final de la historia no se contará en este mundo, sino en el mundo venidero, donde algunos que ahora son los primeros («exitosos») serán los últimos, mientras que otros que ahora son juzgados como últimos («fracasados») serán los primeros en el Reino de Dios (Mr 10:31). Las medidas del éxito en el Reino invertido de Dios no son las mismas que las de esta época.

Por supuesto, la sabiduría bíblica no se limita a dar la vuelta a la sabiduría convencional para que ahora los pobres y los humildes se consideren automáticamente triunfadores, mientras se descarta de plano a quien tiene riqueza o rango. Ciertamente, hay personas en la Biblia que utilizaron su riqueza o su posición elevada con sabiduría, como José o Daniel. Incluso en un entorno pagano, estos hombres sirvieron fielmente al Señor en el más alto nivel de gobierno. Asimismo, José de Arimatea utilizó su riqueza para proporcionar una tumba a Jesús tras Su crucifixión (Mt 27:57-59). Pero más que la riqueza o la posición, lo que estos hombres tenían en común era que servían primero al Señor y a Su Reino, con los recursos que Él les dio.

Con toda seguridad esto es lo que significa tener éxito desde una perspectiva bíblica. En lugar de servir a los objetivos de nuestros propios reinos personales, cualesquiera que estos sean —comodidad, aprobación, dinero, etc.— la persona exitosa pone en primer lugar al Reino de Dios. Está dispuesta a renunciar a cualquiera de estas cosas si se interponen en el camino de servir a Dios, o a utilizarlas para Dios como recursos sobre los que es un mayordomo que un día será llamado a rendir cuentas (ver Mt 25:14-30). El mayordomo que tiene éxito no es aquel al que se le confían más recursos, sean del tipo que sean, sino el que es administrador fiel de los recursos que se le han confiado (Mt 25:21).

Así, la persona a la que se le ha confiado una casa grande debería preguntarse cómo esa casa puede ser un recurso para el Reino, tal vez acogiendo actos de la iglesia u hospedando misioneros visitantes. La persona con dones para los negocios debería utilizarlos sabiamente para construir un negocio que beneficie a sus clientes y a la comunidad, además de a sí misma. La persona que sabe hablar debe hacerlo de forma que edifique a la gente: esto puede incluir la predicación, en el caso de aquellos que estén llamados a esa labor, pero también puede ser en su momento una palabra amable a una joven madre con luchas o a un adolescente perdido. Hay muchas formas de servir al Reino de Dios que pasan desapercibidas para muchos de los que nos rodean pero que, sin embargo, constituyen el éxito.

Un aspecto del éxito que fácilmente elude nuestra atención es estar arraigado y cimentado en la Palabra de Dios. Esto, según el Salmo 1, es una marca clave de las personas de éxito («bienaventurados»). Estas personas se deleitan en la Palabra de Dios, meditando en ella de día y de noche, ponderando la sabiduría de las leyes de Dios, así como la belleza del evangelio (Sal 1:2). También serán sabios en sus relaciones (v. 1). Estas personas florecerán como un árbol bien regado, con hojas verdes y frutos abundantes a su tiempo (v. 3). Estas personas resistirán la prueba definitiva, el día del juicio (vv. 5-6). Este tipo de personas no son fáciles de encontrar en este tiempo. El escritor del Salmo 73 estuvo a punto de tropezar al ver la prosperidad de los impíos, que parecían florecer mientras la gente piadosa luchaba (vv. 2-4). Él también necesitaba desarrollar una perspectiva a largo plazo que percibiera el destino final de los dos grupos (vv. 17-20).

Por supuesto, ninguno de nosotros puede estar verdaderamente a la altura de semejante estándar de éxito. ¿Quién de nosotros se deleita realmente en la Palabra de Dios día y noche? La mayoría de las veces, nos distraemos fácilmente con cosas de mucho menos valor e importancia, ya sea Internet, libros, películas o televisión. ¿Quién de nosotros es verdaderamente fiel con los dones que se nos han dado, ya sea nuestro tiempo, nuestros talentos o nuestro patrimonio? Desperdiciamos las oportunidades para hacer el bien a los demás, mientras gastamos cantidades desmesuradas de estas cosas en nosotros mismos y nuestra propia comodidad. Si se nos juzga según la norma de la Palabra de Dios, todos somos unos fracasados, unos siervos inútiles, que merecen ser arrojados a las tinieblas de afuera (Mt 25:30).

Sin embargo, la belleza del Reino de Dios es que no se requiere el éxito para entrar. La puerta está abierta de par en par a los fracasados y a los pródigos, aquellos que han despilfarrado sus recursos (que en realidad desde el principio eran recursos de Dios) en festines y vida desenfrenada o, en algunos casos, en el acaparamiento miserable de cosas con las que pudimos haber bendecido ricamente a otros. Estas son buenas noticias para nosotros, pues en lugar de buscar primero el reino de Dios, nuestros corazones muchas veces han atesorado cosas terrenales —cosas que se oxidarán, se abollarán y se estropearán— en vez de buscar cosas que tienen un valor eterno. Hemos perseguido la reputación personal y la aclamación, ignorando las demandas de la gloria de Dios sobre nuestras vidas y nuestras posesiones.

Por eso necesitamos desesperadamente el éxito que Jesucristo logró en nuestro favor. No parecía un éxito según la lógica habitual de este mundo. Abandonó las habitaciones de la gloria celestial y nació en un establo de una comunidad atrasada al borde del mundo civilizado. Fue el mentor de un pequeño grupo de discípulos que discutían constantemente entre ellos sobre quién era el más grande, sin entender Sus enseñanzas más sencillas. Al final, todos abandonaron a Jesús y huyeron, negando en algunos casos el haberle conocido. Luego fue crucificado, el castigo reservado para los criminales más atroces y despreciados. Este no es el tipo de currículum que el mundo considera como «éxito».

Sin embargo, en todo esto, Jesús buscó el Reino de Su Padre por encima de Sus propios intereses, dando Su vida por los Suyos. Atesoró la Palabra de Dios en Su corazón y se deleitó en Su comunión con el Padre. Al final de Su sufrimiento, encomendó Su espíritu en las manos de Su Padre, confiado en que el precio que pagó cumpliría Sus objetivos. Al cabo de tres días, resucitó triunfante y ascendió al cielo, donde Su nombre es ahora exaltado sobre todo nombre. Un día, toda rodilla se doblará ante Él y reconocerá que Él es la verdadera medida del éxito.

Como resultado, todos los que están unidos a Cristo están vinculados para siempre a Su gloria. La medida de nuestro éxito no puede definirse por lo que logremos en esta tierra, sino que ya ha sido definida por el hecho de que estamos en Cristo. Esto es lo que nos libera para gastarnos a nosotros mismos y todo lo que tenemos en el servicio al Reino de Cristo. Y es esto lo que también nos libera de la culpa aplastante por nuestros fracasos pasados y presentes en tomar nuestra cruz y seguirle. El hecho de que yo «tenga éxito» o «fracase» —según cualquier criterio— en última instancia no cuenta para nada. Lo que cuenta es el hecho de que Cristo ha triunfado por mí, en mi lugar. Mi única esperanza y jactancia no descansan en mi fidelidad, sino en el hecho de que, ya sea yo rico o pobre, prominente o desconocido, débil o fuerte, mi fiel Salvador me ha amado y se ha entregado por mí. Ese es todo el éxito que yo —y cualquier otra persona— necesitaremos jamás.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Lain Duguid
El Dr. Lain Duguid es profesor de Antiguo Testamento en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia y pastor fundador de Christ Presbyterian Church en Glenside, Pennsylvania. Es autor de varios libros, entre ellos The Whole Armor of God: How Christ’s Victory Strengthens Us for Spiritual Warfare [Toda la armadura de Dios: Cómo la victoria de Cristo nos fortalece para la guerra espiritual].

El éxito mundano

Serie: El éxito

El éxito mundano
Por Nate Shurden

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El éxito

Claro, esto no es lo que se esperaría de alguien que fue escogido como el “estudiante con mayor probabilidad de éxito” en la escuela secundaria». Quise discrepar, pero no pude. Nunca había visto así a mi amigo, quien siempre fue tan seguro de sí mismo. Pero una relación rota, muy poco después de haber perdido su trabajo, puede lograr eso. Ya no tenía al mundo asido por la cola, y lo sabía. Ni siquiera podía disimularlo. Desanimado y desilusionado por una serie de expectativas no cumplidas, empezó a preguntarse en voz alta: «¿Qué significa realmente tener éxito en la vida?».

Aunque no lo sintiera así, en ese momento mi amigo estaba en un lugar mejor de lo que él podía imaginarse. Porque bajo la superficie de su vida destrozada, Dios estaba eliminando sus falsas suposiciones sobre el éxito mundano, y con el tiempo Él sustituiría esas suposiciones por creencias bíblicas fuertes y seguras sobre la naturaleza del verdadero éxito.

En el transcurso de un par de reuniones, expliqué que, si Adán y Eva hubieran asistido a la escuela secundaria, también habrían ganado el premio a «los de mayor probabilidad de éxito». Formados por la mano de Dios, sin carecer de nada, completamente equipados con la capacidad para fructificar, multiplicarse y llenar la tierra (Gn 1:26-28), estos dos estaban preparados para el éxito. Un dúo dinámico destinado a la grandeza.

Pero a medida que se desarrolla la historia, aprendemos que no se puede juzgar al éxito por su portada, pues un potencial de éxito no es una promesa de éxito. En Génesis 3, Adán y Eva cayeron bajo la influencia de una definición diferente de éxito, que no procedía de Dios, sino del maligno. Según la serpiente, el éxito verdadero se encuentra, no en ser a la imagen de Dios, sino en ser igual a Dios (v. 5).

Tras la caída de Adán y Eva, el diseño de Dios para el trabajo, los logros y el éxito se volvió patas arriba. El hombre sustituyó a Dios como objeto del éxito. El orgullo sustituyó a la humildad como impulso para el éxito. La autopromoción sustituyó al sacrificio como el método para el éxito. Y la cima sustituyó a la verdadera bendición como métrica para medir el éxito.

Por eso, cada vez que experimentamos un pequeño éxito, estalla en nuestro interior una guerra de gloria. En lugar del gozo santo por un trabajo bien hecho, por un logro hecho para la gloria de Dios, explotamos ese logro como una oportunidad para hacernos de un nombre. Ponemos el foco de atención en nosotros mismos en lugar de ponerlo en Dios, porque nuestra naturaleza está inclinada hacia la idolatría en lugar de la verdadera adoración a Dios.

Al decir esto, no pretendo sugerir que el éxito mundano sea inherentemente pecaminoso. Muchos de los hombres de Dios en la Biblia gozaron del éxito y el reconocimiento mundano. José era la mano derecha de Faraón en Egipto y fue usado para salvar a Israel durante la hambruna. Ester fue la reina del rey persa Asuero, y Dios la usó para salvar a Su pueblo del malvado complot de Amán. Daniel era consejero del rey Nabucodonosor y fue usado para representar la gloria de Dios ante una nación extranjera. Estos son solo tres ejemplos de entre docenas que podríamos elegir, pero el punto queda bien establecido: Dios participa activamente en la consecución del éxito mundano —el poder, la riqueza y la posición— de Su pueblo, y en el aprovechamiento de ese éxito para Sus propios fines buenos y piadosos.

Pero del mismo modo en que el éxito mundano no es intrínsecamente pecaminoso, tampoco es intrínsecamente bueno (al menos ya no lo es). El éxito mundano puede ser un medio para el bien, pero también puede ser aprovechado para el mal. Ya sea el engaño de las riquezas y las posesiones (Mr 4:19), la falsa esperanza del pedigrí y los dones (1 Co 1:26-31), o la idolatría del poder y la posición (Mr 10:35-45), las Escrituras nos advierten repetidamente contra la trampa del éxito mundano. La Biblia sabe que el éxito tiene una forma de remoldearnos según las prioridades y prácticas del mundo.

Adam Smith, el economista del siglo XVIII, conocía esta tendencia del éxito. Es famoso su argumento de que la mejor manera de construir una economía próspera es «dirigiéndonos no a su humanidad, sino a su amor propio». Comprendió que la motivación de las personas caídas por el logro y el éxito suele surgir, no de un corazón que se inclina hacia el amor a Dios y al prójimo, sino de un corazón volcado hacia el amor a sí mismo.

Ahora bien, todo esto plantea una pregunta: ¿Cuál es la verdadera naturaleza del éxito?

Tal como yo lo veo, hay dos maneras de equivocarse. Por un lado, dado que el éxito no es intrínsecamente bueno ni malo, y que llega tanto a los piadosos como a los impíos, sería insensato situar la naturaleza del éxito únicamente en factores externos. Por otra parte, puesto que el éxito incluye necesariamente un fruto manifiesto, resulta igualmente ingenuo limitar el éxito a solo factores internos o del corazón. Por el contrario, debemos reunir estos dos factores y seguir la enseñanza bíblica sobre la fidelidad y el dar frutos. ¿A qué me refiero?

A veces, vivir de acuerdo con las enseñanzas de la Biblia dará lugar a un éxito mundano. Jonathan Edwards señaló en su libro The Nature of True Virtue [La naturaleza de la virtud verdadera] que Dios ha hecho al mundo de tal manera que vivir rectamente suele reportar dividendos mundanos. Es la persona íntegra la que a menudo consigue el ascenso. Es el trabajador dedicado en quien se puede confiar y quien consigue el aumento. Como les ocurrió a José, Ester y Daniel, el éxito mundano suele ser el subproducto de una vida recta.

Sin embargo, otras veces, vivir con rectitud puede costarte el éxito mundano. Cuando defiendes la verdad, a veces no te dejarán ascender o no conseguirás un aumento. Cuando elijas valientemente denunciar la injusticia o la corrupción, es casi seguro que te despreciarán, y puede que, a veces, pierdas uno o dos peldaños en la escalera, o incluso algo peor. Pero esto es de esperar. De nuevo, podemos recurrir a José, Ester y Daniel. Estos santos no solo experimentaron el éxito mundano debido a su fidelidad, sino que también experimentaron la pérdida del éxito mundano debido a su fidelidad. Podríamos decir que, en algunos casos, recibir el éxito mundano fue el fruto de la fidelidad y, en otros casos, perder el éxito mundano fue el precio de la fidelidad.

Afortunadamente, el éxito mundano no tenía un gran control sobre sus corazones. Ellos estaban tan comprometidos con la fidelidad, que podían recibir o soltar el éxito mundano porque no era su objetivo. El éxito mundano no tenía sus corazones. La verdad es que no muchos de nosotros podemos poseer el éxito mundano sin que el éxito mundano nos posea a nosotros. Resulta que se necesita una gran madurez espiritual para ser exitoso. Debemos suplicar al Señor que nunca nos permita tener más éxito mundano del que puede soportar nuestra madurez espiritual. «Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?» (Mr 8:36).

Comprometámonos a recibir y conservar el éxito mundano solo si ese éxito se produce y se conserva por medio de la obediencia fiel a la Palabra de Dios. Ese fue el compromiso de Josué. Mientras preparaba a Israel para entrar a la tierra prometida, no se centró en las estrategias militares ni en el armamento físico. En cambio, llamó al pueblo a conocer y hacer todo lo que exigía el libro de la ley, «Porque entonces… tendrás éxito» (Jos 1:8).

Las palabras de Josué se parecen mucho a las de Jesús cuando dice: «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4:34). La fidelidad a Su Padre, no la aclamación y los elogios de los hombres, era el corazón y la misión de Jesús. Pero digamos la verdad. En muchos sentidos, este compromiso hizo que Jesús no fuera muy impresionante a los ojos del mundo.

De hecho, si las instituciones concedieran un premio al de «menos probabilidad de éxito» (y me alegro mucho de que no lo hagan), casi con toda seguridad Jesús habría sido el favorito para el premio. Nació fuera del matrimonio, de una madre sin renombre (Lc 1-2), fue adoptado por un simple carpintero llamado José de Nazaret y todo el mundo sabía que de Nazaret no podía salir nada bueno (Jn 1:46). No tenía majestad externa ni aspecto hermoso que lo hiciera deseable (Isa 53:2) y ni siquiera tenía un lugar donde recostar la cabeza (Mt 8:20). Por si todo esto fuera poco, murió de la forma más vergonzosa que se pueda imaginar, como un criminal convicto por medio de la crucifixión (Jn 19).

Ahora bien, estoy bastante seguro de que estas cualidades no están en ningún plan a diez años para el éxito mundano. Pero ese es el punto. El éxito de Jesús no se mide según el criterio del mundo porque Jesús no es de este mundo. El éxito o el fracaso de Su vida no puede evaluarse según los estándares del mundo, porque la vida que vivió y el Reino que construye no son de este mundo. Pero al no ser de este mundo, Jesús es el perfecto Salvador para este mundo.

Piénsalo. Si Adán y Eva pusieron al mundo patas arriba cuando se aferraron a la igualdad con Dios, fue Jesús quien puso al mundo patas arriba cuando «no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse». Si Adán y Eva pusieron al mundo patas arriba al envanecerse de orgullo, fue Jesús quien enderezó al mundo cuando «se despojó a sí mismo tomando forma de siervo». Si Adán y Eva pusieron al mundo patas arriba al desobedecer el mandamiento de Dios, fue Jesús quien lo enderezó «haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2:6-8).

El hombre más exitoso que jamás haya existido parecía un fracaso a los ojos del mundo, pero a los ojos del Padre era un verdadero éxito, y el Padre «le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre» (v. 9).

La cruz es necedad para los gentiles y piedra de tropiezo para los judíos. Pero para los que son salvos, es la definición del verdadero éxito (1 Co 1:18, 22-24).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Nate Shurden
El reverendo Nate Shurden es pastor principal de Cornerstone Presbyterian Church y miembro adjunto de la facultad del New College Franklin en Franklin, Tennessee. Puedes seguirle en Twitter como @NateShurden.

El éxito

Serie: El éxito
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El éxito

Bien hecho. Gran trabajo. Así se hace. Cuando éramos niños, nos encantaba oír palabras de ánimo de nuestros padres, madres, abuelos, profesores y entrenadores. Recuerdo con cariño la sonrisa de aprobación de mi padre y el abrazo cariñoso de mi madre cuando hacía un buen trabajo. A decir verdad, como adultos seguimos deseando que nos digan que lo hemos hecho bien. Nos encanta que nos animen cuando hemos tenido éxito.

Dios nos ha dado un deseo inherente de tener éxito. Queremos ser hombres, mujeres, padres, abuelos, empleados, estudiantes y cristianos de éxito. Queremos tener éxito no solo porque nos sentimos bien al tenerlo, sino porque sabemos que es bueno alcanzarlo. Queremos tener éxito por nuestra propia seguridad y para poder mantenernos a nosotros mismos y a nuestras familias. Queremos que nuestras vidas importen, y queremos que nuestro trabajo importe. Queremos ser apreciados, respetados y amados. No queremos hacer lo mejor posible y fracasar, y no queremos tener éxito en las cosas equivocadas. Queremos hacer las cosas correctas y que nuestras vidas marquen la diferencia en lo que realmente importa.

Algunos dicen que el deseo de éxito es intrínsecamente malo. Otros creen que el éxito terrenal es lo único que importa. Ambos se equivocan. Dios nos dio el deseo de tener éxito, y al esforzarnos por alcanzar el éxito según lo define la Biblia, damos gloria a nuestro Creador. Sin embargo, el éxito bíblicamente definido no siempre se parece al éxito según el mundo. Dios nos llama a ser fieles, porque ese es el verdadero éxito. Ser fiel siempre significa ser fructífero y exitoso a los ojos de Dios. Pero no siempre significa ser exitoso a los ojos de los hombres. Dios nos llama a ser fieles dependiendo cada día del Espíritu Santo para que prospere nuestro camino y tengamos buen éxito para Su gloria, no para la nuestra (Jos 1:8; Sal 118:25). Y mientras esperamos el regreso de Jesucristo, quien es nuestra única esperanza de éxito verdadero y definitivo, esforcémonos por ser siempre fieles para que podamos oír a nuestro Salvador decir: «Bien, siervo bueno y fiel» (Mt 25:23a)..

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.