10/11 – Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida

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Serie: El Salmo 23

10/11 – Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida

Steven Lawson

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Dwight L. Moody, un destacado evangelista del siglo XIX, fue abordado en su oficina una vez por una mujer que necesitaba consejería. Ella alegaba que dos hombres la estaban siguiendo. Cada vez que ella se subía al tranvía de la ciudad, ellos se subían detrás de ella. Cuando ella se bajaba, ellos se bajaban. Con un tic nervioso en su cuello, insistía en que incluso había sido seguida hasta esa oficina por estos dos hombres.

Moody podía detectar fácilmente que esta preciosa mujer estaba sufriendo de algún tipo de delirio mental. No había nadie siguiéndola. Pero para tranquilizarla él le dijo: “Esos dos hombres que te siguen son hombres de David. Sus nombres son Bien y Misericordia”. Él entonces abrió su Biblia en el Salmo 23:6 y le mostró: “Ciertamente el Bien y la Misericordia te seguirán todos los días de tu vida”. Con alivio ella exclamó: “Qué maravilloso. Siempre me he preguntado cómo se llamaban”. Ese día la mujer se fue en paz, consolada al saber que eran el bien y la misericordia que la seguían.

Nunca habrá un día en que el bien y la misericordia de Dios no estén cerca de nosotros.

Como creyentes en Jesucristo, tú y yo también necesitamos confiar en que el bien y la misericordia de Dios nos siguen a cada paso. Es necesario que tengamos la misma confianza y consuelo, creyendo que cada día de nuestras vidas, estos dos amigos de David están con nosotros en cada momento.

En el Salmo 23, aprendemos que hay una relación cercana e inseparable entre el Buen Pastor y Sus ovejas. Un vínculo inquebrantable los une como si fueran uno solo. El versículo 6 apoya esta idea y lo evidencia claramente. David empieza el versículo resaltando la certidumbre de esta unión indisoluble. Esta realidad se ve en la primera palabra “ciertamente”. No hay duda de que lo que aquí se afirma debe ser creído con una seguridad absoluta. No importa cuán oscuro sea valle, o cuán profundo sea el barranco, ciertamente este bien y misericordia le pertenecen a las ovejas. La cercana presencia del Pastor con Su tierno amor es una verdad indisputable. Su preocupación nunca debe ser puesta en duda, ni su cuidado cuestionado. Con la certeza del irrevocable amor pactal de Dios, Su gran bondad está firmemente comprometida con Su rebaño.

Cuando David testifica que el “bien” lo seguirá, él usa una palabra hebrea que cuando se usa como adjetivo, significa “hermoso” o “placentero”. Representa la manera atractiva con la que Dios muestra Su amor por Sus ovejas. Dios es perfectamente bueno en Su carácter e impecablemente bueno en Sus acciones. Por lo tanto, Él solo puede hacerle bien a Su amado rebaño. Esto se evidencia en cómo Él cuidadosamente vela por las muchas necesidades de Sus ovejas.

David también testifica que la “misericordia” le sigue. Esto es el amor incondicional del Buen Pastor para con aquellos que el Padre ha escogido y le ha encargado. Él los ama con Su amor soberano que jamás podrá ser extinguido. Aun cuando somos infieles, Él permanece fiel a nosotros.

El verbo hebreo traducido “seguir” muestra estas dos virtudes —el bien y la misericordia— como si persiguieran activamente a David. Se puede decir que estos dos componentes gemelos del amor divino son perros ovejeros que ayudan al pastor a acorralar su rebaño. Ellos siguen al rebaño para guiarlo en la dirección correcta. Cuando las ovejas se desvían, estos perros las traen de vuelta. Cuando disminuimos el paso, ellos nos impulsan a seguir adelante. Así que es con el bien y la misericordia que se tira de la retaguardia. Ellos nos acercan constantemente al Buen Pastor.

Esta persecución puede recordarnos los días en que David huía de Absalón. David testifica que no importa las amenazas que lo han perseguido o acosado, siempre hay un perseguidor más grande que lo acompaña: el bien y la misericordia. Aunque ha sido acosado por aquellos que tratan de hacerle daño, él permanece confiado en que este amor divino seguirá cada uno de sus pasos. Está convencido de que este amor divino estará con él hasta el fin.

Aquí está la perseverancia del Pastor en el cuidado de Sus ovejas. Aun cuando David se encontraba en situaciones de vida o muerte, la bondad de Dios estaba muy cerca. Sin importar la prueba, Su bondad amorosa siempre lo acompañaba.

Cuando David afirma que estas bendiciones gemelas “me seguirán”, está enfatizando cuán personales son para él. El punto aquí es que este cuidado divino no está dirigido hacia un grupo anónimo de ovejas sin nombre de una manera general e inespecífica. Al contrario, David sabe que el enfoque de Dios está fijo sobre él como una oveja particular llamada por su nombre.

Esta misericordia perseguirá a David “todos los días de [su] vida”. No habrá un solo día en que este fiel favor no lo siga de cerca. Estas dos partes del amor de Dios le pisarán los talones todo el día, cada día y por el resto de su vida. Nunca habrá un día en que el bien y la misericordia de Dios no estén cerca de nosotros. Nunca podremos escapar del fiel amor de este Buen Pastor.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Steven Lawson
Steven Lawson
El Dr. Steven J. Lawson es fundador y presidente de OnePassion Ministries. Es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, director del programa de doctorado en The Master’s Seminary y anfitrión del Instituto de Predicación Expositiva. Ha escrito más de dos docenas de libros.

9/11 – Has ungido mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando

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Serie: El Salmo 23

9/11 – Has ungido mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando

William MacKenzie

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine. 

El ataque de la mosca azul es una verdadera preocupación para un pastor. Causa debilidad y finalmente la muerte en los animales afectados. La mosca pone sus huevos en la oveja, y en veinticuatro horas, las larvas penetran la piel, se multiplican y pronto la oveja se enferma. Trabajando con nuestro propio rebaño, puedo ver una oveja angustiada por esta aflicción, pero, afortunadamente, hay un tratamiento: un ungüento. Una pomada medicada se vierte en la cabeza y la espalda del animal.

A menudo pensamos en David el pastor en relación con los pastos verdes del Salmo 23. Sin embargo, David necesitaba tratar enfermedades en su rebaño. También habría visto cómo las larvas o los gusanos eran como su propio pecado, llevándolo a la muerte.

David necesitaba el remedio divino; nosotros también. Qué maravilloso que Jesús nos dice en Juan 10 que el Buen Pastor da Su vida por las ovejas. Él ha provisto el remedio a un costo incalculable. Hechos 20:28 nos dice de la iglesia: «la cual Él compró con Su propia sangre».

Qué maravilloso que Jesús nos dice en Juan 10 que el Buen Pastor da Su vida por las ovejas.

El pastor no solo lucha con la enfermedad, sino también con la oveja misma. En el Salmo 51, David le suplica al Señor: «que se regocijen los huesos que has quebrantado». Como pastor judío caminando delante de su rebaño, David se daría cuenta cuando un cordero se desviaba. Primero, él arrojaría su cayado para traerlo de vuelta, pero si el cordero se alejaba nuevamente, David tendría que romperle una pata. Enseguida la vendaría y llevaría el cordero en sus brazos, y finalmente lo colocaría a sus pies, donde permanecería cerca de su pastor. Esta dura experiencia fue provocada por el bien del cordero. Qué hermosa imagen de castigo. Cuando Dios nos amonesta a nosotros, Sus hijos, debemos reconocer que Él es bueno en todo lo que hace.

El aceite de unción también significa alegría. Se nos recuerda esto en Isaías 61:1-3. ¿Quién trae buenas noticias a los pobres? ¿Quién venda a los quebrantados de corazón, proclama la libertad a los cautivos, dando «aceite de alegría en vez de luto»? Seguramente este es el Ungido, el Señor Jesús. Es mientras lo consideramos a Él que tenemos alegría y regocijo. De lo contrario, estamos cansados ​​y débiles en nuestras mentes.

El salmo 133 compara la unidad a un aceite precioso que se vierte sobre la cabeza del sacerdote Aarón. La unidad es preciosa. Necesitamos amar y desear bien a «todos los que en cualquier parte invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (1 Co 1:2). Si Cristo nos incluye a todos en Su amor y oraciones, ¿cómo podemos nosotros excluir a los demás? El aceite puede suavizar las aguas turbulentas; el aceite sustenta.

Recuerdo a un pastor africano que presentaba la imagen de Dios sosteniendo una copa de maldición y una copa de bendición. Seguramente, la bendición sería para el Hijo por quien tenía afecto eterno y la copa de la maldición sería para Sus criaturas que habían pecado contra Él. Pero no, el Hijo tomó la maldición para que los pecadores tuvieran la bendición. Necesitamos beber de esa copa una y otra vez, y como nuestro Señor se deleita en la misericordia, amamos encontrarnos con Él allí.

El salmista hace una pregunta importante en el Salmo 116:12: «¿Qué daré al Señor por todos Sus beneficios para conmigo?» La respuesta implícita es dulce: «Tendré más de lo mismo». Nuestra necesidad de satisfacción nunca será suplida por los bienes o el reconocimiento de este mundo. Stephen Charnock, el puritano, lo expresó bien cuando dijo: «Nada menos que Cristo puede satisfacer, y cuando lo encuentres, no se puede desear nada más».

Mi esposa y yo nos reunimos con un pastor retirado recientemente que nos habló de su fragilidad e incapacidad para viajar de vacaciones o para eventos de la iglesia, pero nos repitió, con gozo en su corazón, el poema de John Newton:

De Polo a Polo deja que otros vaguen
Y busca en vano la bienaventuranza
Mi alma está satisfecha en casa
El Señor es mi porción.

Margaret era el miembro más silencioso del estudio bíblico de Alec Motyer. Cuando se le preguntó: «¿Cómo podemos tener un impacto en el mundo que nos rodea?» Margaret simplemente dijo: «Paz». Alguien dijo: «Cuéntanos más». Ella respondió: «Hay once pisos en este edificio. Todos enfrentan las dificultades, desafíos y pruebas de la vida. Lo que mis vecinos deben ver es que nosotros enfrentamos los mismos problemas pero disfrutamos de una paz inquebrantable». La copa de Margaret estaba rebosando. Esta singularidad haría que nuestro testimonio fuera magnético para una sociedad con problemas.

En la cruz, Jesucristo sufrió una agonía y un rechazo incalculables. Esto no fue por algo malo que hubiera hecho, sino más bien por amor a Su Padre y por aquellos cuyo pecado estaba llevando. Sin embargo, Su copa se estaba rebosando; Él tenía paz inquebrantable. El centurión vio esto y exclamó: «En verdad éste era Hijo de Dios» (Mt. 27:54). Que eso sea lo que profesemos hoy mientras reconocemos la unción de nuestra cabeza con aceite y el rebosamiento de nuestra copa.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
William MacKenzie
William MacKenzie
William MacKenzie es cofundador y director general de Christian Focus Publications en Fearn, Escocia.

8/11 – Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos

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Serie: El Salmo 23

8/11 – Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos

Iain Duguid

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Lo mejor en el Salmo 23, como en la vida, está reservado para el final. Aquí, la clásica metáfora del pastor y la oveja es insuficiente para describir la riqueza de la relación entre el Señor y Su pueblo, por lo que la metáfora ahora cambia a la de un anfitrión y su invitado. Más precisamente —ya que esta no es la imagen de una fiesta común y corriente— la metáfora presenta a un gran rey recibiendo a su súbdito en su casa como invitado de honor al banquete.

Este contexto real explica la presencia de los enemigos de David como observadores en la fiesta. Normalmente no invitaríamos a nuestros enemigos para que nos vean comer, y en otras circunstancias podríamos decir que su presencia probablemente nos haría perder el apetito. Sin embargo, en este escenario, su asistencia involuntaria a la fiesta es la prueba contundente de que ha habido un cambio definitivo en el equilibrio del poder ahora que el gran Rey finalmente ha llegado. Por mucho tiempo, los enemigos de David se burlaron de él y de su confianza en Yahweh, y David no tuvo el poder para vencerlos. Por años, había estado clamando: «¿Hasta cuándo, oh SEÑOR? ¿Me olvidarás para siempre?… ¿Hasta cuándo mi enemigo se enaltecerá sobre mí?» (Sal 13:1-2). A menudo debió parecerle a David, y al mundo observador, como si el Señor realmente se hubiera, en efecto, olvidado de él y permitido que sus enemigos se regocijaran triunfantes.

Nuestro Pastor ha entregado Su vida por nosotros y ha resucitado de entre los muertos, avergonzando a nuestro último y mayor enemigo: la muerte misma.

Las apariencias pueden ser engañosas. Con la llegada del gran Rey, finalmente se hace justicia: David es reivindicado y mostrado como aquel a quien el Señor ama y se deleita en honrar, mientras que sus enemigos ahora están sin poder y avergonzados. El Señor ofrece una fabulosa  fiesta para David y lo recibe como el invitado de honor en el banquete. La fidelidad a los términos del pacto merece y recibe una invitación a un lugar de honor en la mesa del rey, mientras que los enemigos del salmista son juzgados y hallados en falta. La parábola que Jesús contó acerca de las ovejas y las cabras combina de manera similar las metáforas de la oveja y el pastor con la del Rey que ofrece un banquete (véase Mt 25). Allí también, las ovejas fieles son invitadas a recibir su recompensa mientras las cabras infieles son arrojadas a la oscuridad.

Pero esta distinción fundamental entre el siervo fiel y el enemigo infiel —entre los que son invitados a unirse a la fiesta y aquellos que son dejados de pie a un lado, impotentemente avergonzados— plantea una pregunta en el corazón de cada creyente: ¿por qué sería yo invitado como uno de honor a semejante fiesta reservada para los siervos fieles del Rey? Después de todo, nuestra obediencia es esporádica en el mejor de los casos, y a menudo muy lejos de lo que debería ser. Con frecuencia y deliberadamente hemos dado la espalda a la obediencia y nos hemos unido a los rebeldes en adoración ferviente a sus ídolos. En lugar de misericordia y gracia, merecemos que la maldición del pacto de Dios nos persiga todos los días de nuestras vidas.

Aquí es donde brilla tan claramente la belleza de la salvación inmerecida que viene a ser nuestra en el evangelio ya que Jesucristo, el Hijo del Gran Rey, vino y, tomando nuestro lugar, vivió la vida de perfecta obediencia que nosotros deberíamos haber vivido. En vez de recompensarlo con honor y gloria, el Padre entregó al Buen Pastor en manos de Sus enemigos, de modo que exclamó en las palabras del salmo anterior: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?» (Sal 22:1)En la cruz, Jesús encarnó la máxima representación de un hombre bajo la maldición de Dios. Su testimonio allí no era de abundante comida y verdes pastos, sino de hambre y sed, tanto que su lengua se pegó al paladar. Su experiencia en la cruz no fue la de la reconfortante presencia del Señor a Su lado en el valle de sombra de muerte, restaurando Su vida, sino una de desamparo y abandono a medida que Su vida menguaba lentamente. En el Calvario no había vara ni cayado para consolarlo y protegerlo de todo mal; por el contrario, fue entregado al escarnio de Sus enemigos para ser atormentado y torturado. En lugar de morar en la casa del Señor, en la cruz, fue abandonado en la oscuridad para morir solo, desamparado.

Sin embargo, este abandono es el fundamento de nuestra esperanza. Nosotros tenemos muchas más razones que David para declarar con confianza: «nada me faltará» y «no temeré mal alguno». Nuestro Pastor ha entregado Su vida por nosotros y ha resucitado de entre los muertos, avergonzando a nuestro último y mayor enemigo: la muerte misma. Ahora Jesús está de pie como el anfitrión de la gran fiesta, el Rey que se ha ido antes que nosotros para prepararnos un lugar en la casa de Su Padre. Ya sea que nuestro recorrido actual nos lleve a través de verdes pastos y aguas de reposo o se abra camino a través del valle de sombra de muerte, podemos confiar en esto: Jesús ha prometido darnos la bienvenida a Su reino en el último día, para allí festejar en Su mesa, junto con todos Sus santos de muchas naciones, reivindicados en presencia de todos nuestros enemigos. El Señor es en verdad nuestro Buen Pastor.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Iain Duguid
Iain Duguid
El Dr. Iain Duguid es profesor de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfia y pastor fundador de la Iglesia Presbiteriana de Cristo en Glenside, Pensilvania. Es autor de Is “Jesus in the Old Testament?” [¿Está Jesús en el Antiguo Testamento?].

7/11 – Tu vara y Tu cayado me infunden aliento

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Serie: El Salmo 23

7/11 – Tu vara y Tu cayado me infunden aliento

Aaron L. Garriott

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine.

Había mucho que temer en los secos y escarpados wadis y barrancos de Judá, los cuales presentaban a los rebaños de ovejas los elementos más peligrosos de su migración.. A pesar de esto, los temores de las ovejas son disipados ante el reconocimiento de dos instrumentos que el pastor cargaba, una vara y un cayado, por medio de los cuales gobernaba su rebaño. La vara y el cayado pueden ser categorizados en general como herramientas de protección y guía respectivamente. La vara protegía de los depredadores; el cayado era una herramienta de guía con un gancho en un extremo que al ponerla alrededor del pecho aseguraba a la oveja. Juntas, estas dos herramientas proveían tranquilidad a las ovejas.

Mientras David, el pastor hecho rey, asume el rol de una oveja, sus temores de todo mal son apaciguados al mirar al verdadero Pastor y Rey de Israel. David compara el cuidado gobernante de Dios de Su rebaño, Su providencia, a una vara y un cayado; un cuadro que debería calmar todo temor y darle seguridad al rebaño del cuidado de su fiel y poderoso Pastor.

Nosotros los cristianos somos ovejas peregrinas que aún no hemos alcanzado nuestro reposo eterno.

Los miembros de la Asamblea de Westminster discutieron deliberadamente la obra divina de la creación y la providencia luego de tratar sobre el decreto de Dios, ya que a través de estos dos medios—la creación y la providencia— Dios ejerce Su decreto eterno. La santa y sabia providencia de Dios es universal en un sentido, pero en otro sentido, “de una manera muy especial cuida de Su iglesia y dispone todas las cosas para el bien de ella” (WCF 5.7). Una providencia especial es ejercitada —podríamos llamarla una providencia pastoral— hacia el redil de Dios, el cual Él compró con Su propia sangre (Hch. 20:28). La pregunta número 1 del Catecismo de Heidelberg nos ayuda a ver cómo luce esta “manera especial”: “Y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación”.  La sangre de Cristo no solo nos da seguridad de nuestro rescate del pecado y de Satanás, sino que también nos asegura que hemos sido contados entre el redil del Buen Pastor de modo que ninguna calamidad puede ocurrirnos sin que sea ordenado por Dios, y aun estas providencias no placenteras, obran en conjunto para nuestra salvación (ver Rom. 8:31-39).

Las ovejas necesitan protección, pero también necesitan guía. La guía que los cristianos necesitan es una guía escatológica (fundamental y final). Hay verdes pastos y aguas de reposo del otro lado del valle de esta vida. La confianza de David de que él terminaría en el lugar correcto en el momento correcto, habiendo atravesado el valle, descansaba en la gracia direccional del Pastor.

El profeta Zacarías ilustra las maldiciones del pacto de Dios como un pastor que quiebra su cayado, significando con esto la terminación de un pacto previamente ratificado (Zac. 11:10). El rebaño es dejado sin un pastor con cayado. Este es el estado de Israel cuando Jesús comienza Su ministerio: “[Jesús] vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas sin pastor” (Mr. 6:34). No tenían guía en la verdad de Dios, por eso divagaban sin orientación, susceptibles a las varias amenazas que les apartarían del camino.

No obstante, el Buen Pastor ha llegado, y tiene Su cayado. Ese cayado significa que Él nos guía providencialmente a través del valle por Su Palabra, por Su Espíritu y por Sus subpastores. Primero, tenemos la Palabra. No se nos deja deambulantes en la oscuridad, sino que tenemos la ley como “lámpara a [nuestros] pies y lumbrera a [nuestro] camino” (Sal 119:105). Segundo, tenemos el Espíritu. La Confesión de Westminster atribuye esta guía hacia la perseverancia a “la permanencia del Espíritu” y a “la simiente de Dios en [nosotros]” (17.2). Tercero, contamos con los subpastores de Dios: líderes que son obispos de nuestras almas (Heb. 13:171 Pe. 2:25). Jesús cumple el pacto davídico como el Pastor y Rey en el linaje de David (Ez. 34:23-24), y una de las maneras en que lo hace es a través de los ancianos de la iglesia: hombres calificados designados para fungir como Sus subpastores.

Nosotros los cristianos somos ovejas peregrinas que aún no hemos alcanzado nuestro reposo eterno. Hasta entonces, cuando el peligro aceche, cuando la tentación merodee, cuando las dificultades y las adversidades se tornen más frecuentes, ¿qué nos traerá aliento que no sea la vara y el cayado de nuestro Pastor? Cuando las dificultades nos llegan y el temor es paralizante, descansamos completamente en la providencia de nuestro Buen Pastor quien nos protegerá y nos guiará a través de nuestra migración hacia las aguas de reposo y delicados pastos eternos (Ap. 22:1-2). Por supuesto, los instrumentos pastorales solo serán efectivos en la medida en que el pastor sea fuerte y competente. Considera que si con solo percibir la vara y el cayado de su Pastor los temores de David se disipan,  entonces el Pastor que los maneja debe ser uno de sublime fortaleza. Tal fortaleza caracteriza al Buen Pastor —tanto al pastor de David como al nuestro— cuya providencia perfecta y santa no permitirá que ni una sola oveja sea arrebatada de Su mano (Jn. 10:28).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Aaron L. Garriott
Aaron L. Garriott
Aaron L. Garriott es editor principal de Tabletalk Magazine, profesor adjunto residente en la Reformation Bible College de Sanford, Fla., y graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

6/11 – Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo

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Serie: El Salmo 23

6/11 – Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo

Bryan D. Estelle Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine.

Una de las primeras rutas que fue escalada en los flancos nevados y helados de Denali, el pico más alto de América del Norte, se llama la ruta “West Rib”. El primer ascenso fue reportado por el diario The American Alpine 1960 y en la sección de deportes del 13 de julio de 1959 de la revista Time. La ruta es relativamente segura, excepto por el acceso, que pasa a través de un estrecho y profundo valle glacial entre Denali a la izquierda y los picos Kahiltna a la derecha. Por estas pendientes caen constantemente avalanchas de nieve y hielo en el valle, razón por la cual se ha ganado el título de «valle de la muerte». Los escaladores suelen ascender esta sección durante la noche ya que las temperaturas más frías hacen que sea más seguro hacerlo.

Aunque el antiguo israelita no enfrentó los peligros del clima helado, ellos (como todos nosotros) se enfrentaron a muchas pruebas, tentaciones, tristezas y aflicciones durante esta vida, y, en última instancia, a ese último enemigo a vencer: la muerte misma. El viaje hacia la Tierra Prometida celestial está lleno de riesgos y peligros, y necesitamos un pastor que nos ayude a llegar a salvo.

Se conoce como pastorear a la labor realizada por las personas que obtienen su sustento primario de rebaños o manadas de ovejas, cabras, ganado, camellos, cerdos o burros. Cuando Israel conquistó y se asentó en la tierra de Canaán, se convirtieron en agricultores, pero no dejaron atrás el pastoreo. Desarrollaron una economía que era tanto agrícola como pastoral. Los israelitas se dedicaron a pastorear especialmente en las laderas semiáridas al este y al sur de las montañas de Judá.

El viaje hacia la Tierra Prometida celestial está lleno de riesgos y peligros, y necesitamos un pastor que nos ayude a llegar a salvo.
¿Cuáles eran los deberes del pastor para proteger a su rebaño en esta importante labor en el Israel antiguo? En primer lugar, tuvo que proporcionar comida y agua, asegurándose de que el rebaño no erosionara en un área específica. Tenía que proporcionar descanso. Tuvo que proteger a su rebaño de depredadores, tanto animales salvajes (lobos, osos, leopardos y leones) como incluso humanos (ver Job 1:14-15). Tuvo que proteger a su rebaño contra otros peligros también, incluyendo los muy destructivos y fuertes vientos del este, así como las enfermedades e incluso la dura naturaleza del desierto.

Este concepto del pastoreo se extendió metafóricamente y se aplicó a los reyes en el antiguo Cercano Oriente. La tradición de un pastor-gobernante se remonta a la historia escrita. Considera, por ejemplo, Hammurabi, el famoso rey de los amorreos, cuyo código de ley se encuentra en el museo del Louvre en París. Su código es un buen ejemplo del lenguaje de pastoreo aplicado a los gobernantes. En el prólogo, declara:

Anum [el dios supremo en su panteón] y Enlil, para hacer el bien a la gente, me nombraron. Soy Hammurabi, el pastor, llamado por Enlil, que reúne abundancia y suficiencia, proveedor de todo, vínculo del cielo y la tierra.

La ley comunica una tremenda preocupación por la justicia. Es obvio que Hammurabi se consideraba el rey ideal que pastoreaba al pueblo y ejecutaba la justicia en su nombre.

Las imágenes del pastoreo también se extendieron a los reyes y gobernantes de Israel. Los líderes de Israel fueron continuamente llamados pastores. Sin embargo, los gobernantes de Israel no cumplieron con sus deberes una y otra vez (por ej. Jer. 23). A pesar de esto, la imagen de pastor también se aplicó a Dios mismo (por ej. Os. 4:16). A lo largo de la historia de la redención, se hizo cada vez más evidente que Dios levantaría un pastor que fielmente impartiría justicia, protegería a Sus ovejas, las defendería y cuidaría de ellas, les vendaría las heridas y las conduciría a lugares tranquilos.

Ese es el gran consuelo que trae el Salmo 23. Aunque el salmista no sufrió un potencial golpe mortal por avalanchas de nieve y hielo sobre su lado izquierdo y derecho cuando atravesaba el valle de la sombra de la muerte, se enfrentó a muchos peligros al igual que nosotros: angustia física y mental crónica y enfermedades, dificultades económicas, preocupación y ansiedad por los seres queridos, enemigos de adentro y de afuera, traición y pérdida de muchas maneras. Sin embargo, el salmista afirmó y supo que el Señor, su divino Pastor, estuvo con él a través de todo. Estaba confiando en un Pastor regio que estaba con él y Uno más grande que habría de venir, que actuaría como nuestro Pastor «al someternos a Él, al gobernarnos y defendernos, y al restringir y conquistar a todos sus enemigos y a nosotros mismos» (WSC 26). Por lo tanto, podía ser valiente y tener coraje para las dificultades y aflicciones de la vida, porque el Señor estaba con él.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Bryan D. Estelle
Bryan D. Estelle
El Dr. Bryan D. Estelle es profesor de Antiguo Testamento en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Echoes of Exodus.

5/11 – Me guía por senderos de justicia por amor de Su Nombre

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Serie: El Salmo 23

5/11 – Me guía por senderos de justicia por amor de Su Nombre

John MacArthur

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine.

El Salmo 23 está lleno de palabras de acción. Describe un viaje, no un estado de inactividad. Incluso cuando las ovejas se acuestan en pastos verdes, es un descanso temporal para las ovejas cansadas. Desde ese momento en el salmo, las ovejas se están moviendo. El Pastor las conduce junto a aguas tranquilas y a través del valle de sombra de muerte. Siguiéndolas todos los días de sus vidas con bondad y misericordia.

No puedo leer el Salmo 23 sin pensar en Lucas 15. Ese capítulo muestra cómo Dios en Cristo busca y salva a los perdidos. La parte más memorable del capítulo es, por supuesto, la historia del hijo pródigo. Pero ese relato ocurre al final de un discurso extenso que comienza con una parábola mucho más corta que utiliza la conocida analogía pastoral del Salmo 23. Aquí un pastor deja su gran rebaño en campo abierto para buscar y rescatar a una oveja que se encuentra sola y perdida. «Al encontrarla, la pone sobre sus hombros, gozoso” (Lc. 15:5) y la lleva a casa.

Aunque las Escrituras hacen mucho énfasis en la soberanía absoluta de Dios en la obra de la salvación, nunca excluye ni minimiza la responsabilidad humana.

Cristo, por supuesto, dijo que Él mismo es el Buen Pastor (Jn. 10:11). Fue una de sus afirmaciones públicas más controversiales porque era claramente una declaración de Su deidad. El verdadero «Pastor de Israel» es y siempre ha sido Yahweh. A lo largo del Antiguo Testamento Yahweh es identificado repetidamente como el Pastor de Su propio pueblo.

Sin embargo, Jesús no solo se llamó a Sí mismo «el Buen Pastor», sino que también se refirió a todos los creyentes como «las ovejas» (Jn. 10:11). El hecho de que Cristo se adjudicara esa función era equivalente a decir que Él es Yahweh. El Nuevo Testamento también lo llama «el gran Pastor de las ovejas» y «el Príncipe de los pastores» (Heb. 13:201 P 5:4).

Como el Salmo 23 enfatiza desde el comienzo hasta el final, la tierna dirección del Gran Pastor siempre es enfocada, intencional y llena de bondad y misericordia. Su propósito es librar a Sus corderos del mal y del peligro, a través del valle de sombra de muerte y llevarlos a seguridad y bendición. Todo eso está resumido en la declaración: «Me guía por senderos de justicia por amor de Su nombre».

Las ovejas representan criaturas caídas que por sí solas nunca podrán encontrar o recorrer con éxito los senderos de la justicia. «Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida» (Mt. 7:14). Pero, ¿a dónde más las podría llevar el Gran Pastor? “Justo es el Señor en todos sus caminos». (Sal. 145:17).

Estos hechos resaltan aún más una verdad que a menudo enfatizamos, es decir, la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores. El Pastor divino busca y salva a los perdidos. Él no es solo el restaurador de sus almas; también los guarda, los cuida, los mantiene en la fe, los trae de regreso cuando divagan y los conduce por senderos de justicia. La obra de Dios en la salvación es completa. La oveja rescatada no tiene logros de los que vanagloriarse.

Muchos pasajes de la Escritura enfatizan este hecho. Romanos 8:29-30 traza la salvación de los elegidos desde su predestinación en la eternidad pasada hasta su glorificación en la eternidad futura, y es Dios quien  hace todo. Efesios 2:8-9 nos recuerda que nuestra redención del pecado no es obra nuestra: «sino que es don de Dios. . . para que nadie se gloríe».

«¿Dónde está, pues, la jactancia? Queda excluida» (Ro. 3:27). Cada aspecto de nuestra salvación es realizado por la gracia divina, tanto que incluso las cosas buenas que hacemos como personas redimidas son obras que «Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef. 2:10). Por lo tanto, el Gran Pastor soberanamente nos guía por sendas de rectitud.

Sin embargo, aunque las Escrituras hacen mucho énfasis en la soberanía absoluta de Dios en la obra de la salvación, nunca excluye ni minimiza la responsabilidad humana. El Pastor guía, pero las ovejas no son pasivas. Ellas le siguen, ese es su deber. Pueden tropezar o divagar a veces, pero conocen al verdadero Pastor y son conocidas por Él, por lo que nunca se apartarán de Él por completo. En las palabras de Jesús: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen» (Jn. 10:27). Su propio andar en justicia es una de las evidencias clave de que pertenecen al Buen Pastor. No son salvas por caminar en rectitud, pero su andar en justicia evidencia que Dios las ha salvado.

Y aquí está la prueba definitiva de que su fe en el Gran Pastor es auténtica: ellas perseveran. Aquellos que se apartan de los senderos de justicia para nunca regresar nunca pertenecieron al Pastor.

Sin embargo, debido a que Dios es soberano, Sus ovejas están seguras. Ellas perseveran en los caminos de justicia. Más aún, el Pastor mismo dijo: «y yo les doy vida eterna, y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre» (Jn. 10:28-29).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

John MacArthur
John MacArthur
El Dr. John MacArthur es pastor y maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, y presidente de The Master’s University and Seminary. Es autor de más de 400 libros y maestro del ministerio Gracia a Vosotros.

4/11 – Él restaura mi alma

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Salmo 23

4/11 – Él restaura mi alma

Benjamin Shaw

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine.

Los pasajes en la Biblia con los cuales el creyente está familiarizado pueden ser un problema. Los hemos escuchado y leído muchas veces. Tal vez hayamos escuchado predicaciones de ellos con frecuencia. El resultado es que ya no pensamos en ellos cuando los leemos o cuando los escuchamos siendo predicados. Creemos que sabemos lo que significan. En ocasiones es bueno detenernos cuando los leemos, analizarlos frase por frase, palabra por palabra, preguntándonos qué significan. Es bueno pensar, reflexionar y meditar en ellos, para que podamos escucharlos de nuevo y oír la Palabra de Dios hablándonos como si fuera la primera vez.

«Él restaura mi alma». Cuatro palabras sencillas en español. Dos palabras sencillas en hebreo. Pero, ¿qué significan? ¿Qué nos dicen? ¿Qué deberían decirnos? Tenemos ante nosotros la imagen del Pastor con Su rebaño. Las imágenes en el versículo 2 son claras. Podemos ver los exuberantes pastos junto al tranquilo arroyo donde el rebaño descansa bajo la protectora mirada de su Pastor. Pero ¿»Él restaura mi alma»? ¿Qué imagen traen esas palabras a tu mente? ¿Cómo vemos al Pastor restaurando las almas de Su rebaño? Es fácil pensar que tal vez David haya cambiado su enfoque aquí de la oveja a la persona. Pero las siguientes frases también se refieren al rebaño y a la dirección del Pastor, haciéndonos reflexionar sobre la conexión de esta cláusula con las que preceden y con las que siguen.

El Buen Pastor no solo trae de vuelta a las ovejas descarriadas, sino que da vida a los muertos.

Él restaura. Es en este punto que recibimos ayuda de otros pasajes que también utilizan la analogía del pastor. Tal vez el mejor pasaje del pastor en el Antiguo Testamento sea Ezequiel 34. Este pasaje bien pudo haber estado en la mente de Jesús cuando comenzó Su discurso sobre el Buen Pastor en Juan 10. En Ezequiel 34, escuchamos al Señor condenar a los pastores de Israel. Parte de su culpa es que no habían traído de vuelta a las ovejas que se habían extraviado (v. 4). Cuando el Señor más adelante en el pasaje declara que Él mismo será Su Pastor, dice, en parte, que traerá de vuelta a las ovejas que se han descarriado (v. 16). Ahí está la conexión que estamos buscando. Tendemos a ver a las ovejas que yacen pacíficamente en el prado y olvidamos que las ovejas son animales desorientados. Se levantan, caminan alrededor, se extravían. Es la tarea del pastor traerlas de vuelta. En el salmo, entonces, vemos al Pastor activo, yendo tras aquellas ovejas que se han desviado y trayéndolas de vuelta al rebaño. Y nosotros somos consolados, sabiendo que nuestro Buen Pastor no permitirá que nos alejemos demasiado. Él nos buscará y nos traerá de vuelta al rebaño.

Mi alma. Mi vida. Mi nephesh. El Buen Pastor no solo trae de vuelta a las ovejas descarriadas, sino que da vida a los muertos. Estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, y nuestro Buen Pastor nos da vida nueva. Las ovejas que están débiles, enfermas o heridas, el Pastor fortalece, sana y venda (Ez. 34:16). Él los restaura a la vida plena para que nuevamente puedan pararse, caminar y alimentarse, para que se mantengan como parte del rebaño. Nuestra vida anterior nos dejó no solo muertos en nuestros pecados, sino débiles, enfermos y dañados por nuestros pecados. Es el Buen Pastor, entonces, quien al restaurar nuestras almas venda nuestras heridas, sana nuestras enfermedades y nos da fortaleza en lugar de debilidad.

Nuestra nephesh no es solo nuestra vida, sino el asiento de nuestros apetitos. Al restaurar nuestras almas, Él nos hace tener hambre y sed de justicia. Él alimenta esa hambre y sacia esa sed. Nuestra nephesh es también el asiento de nuestras emociones. Al restaurar nuestras almas, Él nos da alegría en la mañana después de la noche de llanto. Él cambia nuestro luto en danza. Él desató nuestro cilicio de lamentación y angustia, y nos ciñó con la nueva vestimenta de alegría. El nephesh también se refiere ocasionalmente a nuestros acciones mentales, nuestro pensar y nuestro conocimiento. Al restaurar nuestras almas, el Buen Pastor renueva nuestro pensamiento y nuestro conocimiento. Comenzamos a entender las cosas de una nueva manera. La Palabra, que una vez no era más que palabras en una página, comienza a tener significado. Comenzamos a escuchar, entender y conocer la voz de nuestro Pastor. Escuchamos Su llamado y respondemos siguiendo Su dirección, incluso si nos lleva a través del valle de sombra de muerte.

Nuestra restauración tampoco es simplemente individual, aunque el salmo a menudo es leído como una promesa para el individuo. El Pastor nunca es el pastor de una sola oveja. Es el Pastor del rebaño. Al restaurar las vidas del rebaño, Él restaura también la vida del rebaño. Lo convierte en un rebaño de ovejas sanas y fuertes, capaces de unirse por el bien de la manada.

A excepción la nueva vida, nada de esta restauración es instantánea. La curación de los enfermos y los heridos toma tiempo. El fortalecimiento de los débiles toma tiempo. La renovación de los apetitos y de la mente toma tiempo. El Buen Pastor usa el rebaño en la restauración del individuo. A medida que el individuo se fortalece, el Pastor lo usa a su vez para restaurar a otras almas. Que seamos complacidos cuando nuestro Buen Pastor restaure nuestras almas para que podamos ser utilizados por Él en la restauración de las almas de los demás.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Benjamin Shaw
Benjamin Shaw
El Dr. Benjamin Shaw es decano académico y profesor de Hebreo y Antiguo Testamento en el Presbyterian Theological Seminary en Greenville.

 

3/11 – En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Salmo 23

3/11 – En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce

Michael G. McKelvey

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine.

El Salmo 23 nos proporciona un maravilloso ejemplo del cuidado y la protección de Dios en imágenes que estimulan la imaginación. Pero para la mentalidad contemporánea, el contexto de estas metáforas a muchos le puede resultar desconocido. Las imágenes del pastor son en realidad una metáfora de la realeza en el antiguo Medio Oriente. Así que cuando David expresa: «Jehová es mi pastor», esto implica más que una hermosa metáfora pastoral; él está diciendo: «Jehová es mi Rey [pastor]». Por lo tanto, en este salmo David canta del Rey divino que lo guía y lo sostiene, y esto es visto inicialmente en el verso 2. Usando la metáfora pastoral, David observa lo que Dios hace por él: «En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce». Al examinar con atención el lenguaje de este verso, queda claro que el cuidado de Dios para con Su pueblo es amplio y abarca todo.

Cristo como el Buen Pastor cuida de nosotros en el camino, sosteniéndonos a cada paso, en cada estación.

En hebreo, el texto literalmente dice: «En pastizales de pasto, me hace descansar; sobre aguas de descanso, él me guía». En el paisaje semiárido de la antigua Palestina, no abundaban las tierras de pastoreo. Los pastores tenían que guiar a sus rebaños hacia lugares con suficiente pasto. El pastor necesitaba saber a dónde ir, la mejor ruta para llegar y el paso al que debía llevar el rebaño. Era probable que tuvieran que atravesar por terrenos áridos y escabrosos, así como por incontables peligros de bestias salvajes y ladrones en el camino.

Esta realidad destaca la grandeza de Dios vista en este verso. La frase «lugares de verdes pastos» resalta la abundante provisión de Dios. La palabra traducida como «lugares de[…] pastos» significa tierras de pastoreo, y sugiere algo así como prados verdes. La adición de «hierba fresca» (traducida como «verde» en LBLA) subraya aún más la abundancia de provisión. El término a menudo se refiere a la hierba copiosa y abundante de la primavera después de que la temporada de lluvias ha regado la tierra (Dt. 32:22 S 23:4). Por lo tanto, la frase transmite la imagen de una tierra de pastoreo fresca y abundante. Después de un viaje largo y agotador, no podría imaginarse un mejor destino. El texto también revela la centralidad de las acciones de Dios. El lenguaje está en voz causativa lo que indica que es Dios quien provoca la acción: «[Él] me hace descansar». El Rey Pastor está guiando soberanamente a David a esta abundancia y dándole un lugar donde habitar. Esta idea de un lugar de residencia se relaciona con el tema «refugio» predominante en el libro de los salmos, el cual también está presente en el resto de este  salmo (23:5-6). Así pues, Dios provee un lugar seguro para que David reciba la provisión que necesita desesperadamente.

Pero la descripción que David hace de la provisión del Señor hasta este punto aún no está completa. La declaración paralela en este versículo proporciona otra imagen del cuidado de Dios para Su pueblo. David literalmente dice: «Hacia aguas de reposo, Él me guía». La provisión de agua es esencial para la vida, especialmente para un rebaño en una tierra árida y difícil. Un lugar de aguas tranquilas (es decir, donde no hay corrientes) sería un escenario para el pastor dar de beber y lavar a las ovejas, pero también era un lugar donde podía limpiar y curar las heridas que estas sufrían durante el tumultuoso viaje. Notablemente, el lenguaje de Dios guiando a David en este pasaje se encuentra en otras partes del Antiguo Testamento (Éx. 15:13Sal. 1:3Is. 40:1149:10), y en este versículo subraya la protección del Señor a Su siervo escoltándolo hacia «aguas de reposo». Esta frase a menudo se traduce como aguas «calmadas» o «quietas», destacando la tranquilidad de las aguas. Si bien esta es una forma perfectamente adecuada de interpretar este versículo, es importante notar que la palabra traducida «reposo» es en realidad un sustantivo en hebreo y es la última palabra en la frase «aguas de reposo». Esto implica que «reposo» es en realidad el escenario de las aguas y del lugar en el que ellas se encuentran. En el Antiguo Testamento, esta palabra para «reposo» a menudo se refiere a Canaán como un lugar de descanso para Israel (Dt. 12:91 R 8:56Is. 11:10y para la morada de Dios (Sal. 95:11132:814Is. 66:1). Esto sugiere que Jehová mismo es el lugar de «reposo» a la luz del Salmo 23:2, y el final del salmo (v. 6) corrobora esta idea. De manera que, el último lugar de descanso para el pueblo de Dios es Dios mismo.

Este versículo en el Salmo 23 presenta al pueblo de Dios la maravilla de la abundante provisión (tanto material como espiritual) que tenemos en Su Hijo, el Buen Pastor. Cuando oramos, «Danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt. 6:11), lo hacemos basados en la realidad de que Jesús, nuestro Rey soberano, nos guía a través de esta vida, proveyendo todo lo que necesitamos para cada día y para la vida eterna misma. Todo lo que hemos necesitado hasta el momento presente ha sido provisto por Su mano (vv. 31-34), y Él continuará proveyendo para nosotros hasta que llegue el día en que nos lleve a la provisión eterna de Su reposo. Cristo como el Buen Pastor cuida de nosotros en el camino, sosteniéndonos a cada paso, en cada estación. Y cuando «pasemos por las aguas» de la muerte, Cristo estará con nosotros (Is. 43:2), y nos guiará a los pastos abundantes, a la «Tierra de Emanuel».

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Michael G. McKelvey

Michael G. McKelvey

El Dr. Michael G. McKelvey es profesor asociado de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Miss., y un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América. El es autor del libro Moses, David and the High Kingship of Yahweh.

2/11 – El Señor es mi pastor, nada me faltará

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Salmo 23

2/11 – El Señor es mi pastor, nada me faltará

Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine.

Pasaron muchos años antes de que pudiera decir: «Amo el Salmo 23». Todavía puedo ver la portada de la versión del libro de cuentos de mi hijo. Allí está David, con mejillas color rubí y cabello rizado, con el cayado de pastor a su lado, ovejas inmaculadas a su alrededor. Él era el niño modelo, todo lo que yo no era. Este chico perfecto me condenó.

Me tomó más de veinte años y algunas penas mayores antes de que se pudiera abrir esa puerta que tenía cerrada. Ese niño no escribió este salmo. El David del Salmo 23 necesitaba la restauración del alma (v. 3): había visitado «el valle de la sombra de la muerte»; se enfrentó al «mal» (v. 4); él tenía enemigos (v. 5). Este fue un creyente bien probado hablando de una larga experiencia con Dios. Su confianza en el futuro se basó en experiencias del pasado.

Lo que Jacob y David vieron solo vagamente, Jesús lo vio claramente. El Pastor debe sufrir por Sus ovejas.
Pero David no estaba replanteando todo simplemente por su propia experiencia. Él no es la primera persona en la Biblia que dice: «El Señor es mi pastor». Simplemente se estaba aplicando a sí mismo algo que había aprendido de Jacob.

Génesis 48:15-16 registra la escena al final de la vida de Jacob cuando bendice a José y a sus dos hijos:

El Dios delante de quien anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que ha sido mi pastor toda mi vida hasta este día, el ángel que me ha rescatado de todo mal, bendiga a estos muchachos.

Jacob no había sido la oveja más fácil. Incluso después de su encuentro con el ángel en el vado de Jaboc, necesitaba ser desenredado. Su triste repetición de la locura de sus padres de tener hijos favoritos llevó a la disfunción familiar, los celos, el pecado y la tristeza. Pero ahora miró hacia atrás con una visión clara y se maravilló de la forma en que el Pastor lo había perseguido y lo había preservado, lo había herido solo para protegerlo y le había producido tanto bien. Su hijo José ya había visto eso (45:5-8), y más tarde lo confirmaría: lo que otros pensaban para el mal, Dios lo usó para bien (50:20); la versión del Antiguo Testamento de Romanos 8:28.

David había aprendido que lo que fue cierto para Jacob también era cierto para él. Y sin mencionar situaciones específicas en su propia vida, describe el pastoreo del Señor de una manera que muestra cuán aplicable es para cada situación en nuestras vidas también.

Cuando sabes que el Señor es tu Pastor, puedes estar seguro de que no te faltará nada. En otra parte, David registra que incluso en la vejez nunca había «visto al justo desamparado, ni a su descendencia mendigando pan» (Sal. 37:25).

El verbo que David usa («nada me faltará»/»nada querré») aparece en otra parte. Durante las peregrinaciones en el desierto, a la gente no le faltó nada (Éx. 16:18). Moisés pudo decir: «Por cuarenta años el Señor tu Dios ha estado contigo; nada te ha faltado» (Dt. 2:7). Dios prometió que lo mismo sería cierto en la tierra que les estaba dando (8:9). Él había hecho provisión para esto en la ley concerniente a la espiga (Lv. 19:9-10).

Por lo tanto, David probablemente también estaba pensando en cómo Jehová había guiado a la multitud por el desierto (Sal. 77:20; 78:32) y había demostrado ser el «Pastor de Israel» (80:1). Si Jehová pudiera proveer para ese enorme rebaño, concluyó David, entonces seguramente podría hacerlo para una sola oveja. Y ahora el Señor había vindicado su fe satisfaciendo todas sus necesidades.

Lo que al principio parece una lección de pastoreo del Pastor resulta ser la confianza de un creyente basada en la verdad de la Palabra de Dios y la revelación de Su carácter. Quizás esto es menos del David pastor pensando en cuidar ovejas y más del David expositor que se aplica la Palabra de Dios a sí mismo. Así, vino a compartir la fe de Jacob y experimentar la provisión soberana del Dios del éxodo.

Jesús vio un significado profundo en estas palabras; debe haberlas cantado con alegría. Miró hacia atrás a Sus padres Jacob y David y, al igual que ellos, confió en Su Padre para satisfacer todas Sus necesidades. De hecho, como Él explicó a Sus desconcertados discípulos, Su Padre le proporcionó Su alimento: «Yo tengo para comer una comida que vosotros no sabéis… Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo Su obra» (Jn. 4:32, 34).

Pero Jesús también debe haber leído el Salmo 23 con un profundo sentimiento de carga. Porque Él sabía que, en última instancia, Él mismo era «el Buen Pastor» que «da Su vida por las ovejas» (10:11, 14). Lo que Jacob y David vieron solo vagamente, Jesús lo vio claramente. El Pastor debe sufrir por Sus ovejas.

Como el Buen Pastor, Jesús tomaría el lugar de Sus ovejas y sería llevado al matadero (Is. 53:7). Para ellos, Él sería herido (Za. 13:7; ver Mt. 26:31). Él daría todo de Sí mismo para proporcionarnos todo. ¿La implicación? Como Él no fue eximido sino que fue entregado por todos nosotros, podemos estar seguros de que Él nos dará todo lo que necesitamos (Ro. 8:32).

Esto es lo que quiere dejar dicho un cristiano al decir: «El Señor es mi pastor, nada me faltará».

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

 

Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

1/11 – El salmo de David el pastor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Salmo 23

1/11 – El salmo de David el pastor

Joshua J. Van Ee

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Al leer la Biblia, primero conocemos a David como un pastor. Era el más joven de sus hermanos y no estaba incluido en el sacrificio especial organizado por Samuel. Sin embargo, él fue el elegido por Dios, el hombre conforme al corazón de Dios, y así fue convocado desde el campo donde atendía al rebaño para ser ungido como rey. Dios lo llamó a pastorear a un rebaño diferente, a Su pueblo Israel (1 S 16:1-132 S 5:2Sal. 78:70-71).

El pastoreo es una de las ocupaciones más antiguas. Por lo tanto, no es de sorprendernos que el cuidado de un pastor y su relación con su rebaño fuera una metáfora común en el antiguo Cercano Oriente para el liderazgo de las personas, especialmente la monarquía. Además, ocasionalmente se ha mencionado que algunos dioses de naciones son pastores. En la Biblia, los líderes civiles y religiosos son llamados pastores, y la metáfora está conectada con la realeza (por ej.: 1 R 22:17), especialmente con David. Dios es llamado pastor (por ej.: Gn 48:15Sal. 23:180:1), y los elementos de la vida de un pastor ocurren varias veces para describir la actividad de Dios (por ej.: Sal. 31:3Is. 40:11Mi. 7:14).

David conocía el cuidado constante que se necesitaba para ser un buen pastor y esto proporcionó una rica metáfora del cuidado constante de Dios hacia él en el Salmo 23.

La vida de David como pastor continuó desempeñando un papel después de que dejó los prados. Gran parte de lo que aprendió pastoreando ovejas lo aplicó como líder de hombres. Famosamente, apeló a sus hazañas de cómo protegió al rebaño, cómo dependía de Dios para ilustrar su habilidad al luchar contra Goliat (1 S 17:34-37). Las experiencias de David como pastor también encontraron un espacio en su poesía, proporcionando una rica variedad de metáforas para muchos de sus salmos más queridos, incluyendo el Salmo 23.

Tratar de imaginar la vida de David como un pastor no es fácil para la mayoría de nosotros, ya que vivimos en un mundo moderno y urbano. Pastorear en el mundo antiguo era, en muchos sentidos, más simple que nuestras ocupadas vidas, pues implicaba mucho tiempo viendo comer a los animales. Pero estaba lejos de ser trivial. Hasta el día de hoy, el cuidado de los animales siempre presenta dificultades únicas, especialmente con las ovejas necesitadas, además de los desafíos del medio ambiente. Podríamos resumir la vida de un pastor como una de cuidado constante.

David necesitaba proveer alimento y agua para sus ovejas, una tarea nada fácil para un pastor de Belén. La Biblia describe a Canaán como una buena tierra, una tierra de bendición para el pueblo de Dios, pero no era demasiado exuberante. Además, las mejores tierras, las áreas que recibieron la mayor cantidad de lluvia, se reservaron para la agricultura. Los pastores deambulaban por las colinas y valles en regiones más remotas y, a menudo, rocosas, con precipitaciones marginales. Seguro que hubo tiempos de abundancia, pero cuando pensamos en David como un pastorcillo, no deberíamos contemplar prados verdes todo el tiempo.

Para proveer a sus rebaños, David necesitaba ser un buen guía, ya que la vida de un pastor implicaba mucho caminar. Cada día, un pastor sacaba sus rebaños de la seguridad del pueblo y deambulaba por las colinas y valles con el propósito de proporcionar suficiente hierba para comer. Durante esta rutina diaria, un buen pastor debería estar al tanto de las necesidades del rebaño como un todo y las necesidades de cada oveja individualmente.

Mientras estaba en Jordania en un estudio arqueológico, pude observar a los pastores beduinos y sus rebaños. Cada mañana viajaban varias millas mientras buscaban pastos adecuados. Siempre me sorprende que eran capaces de mantener sus rebaños juntos y encaminados a pesar de que, como en los días de David, no había vallas para contenerlos. Durante el día, las ovejas y las cabras se extendían para pastar y descansar. Luego los pastores juntarían sus rebaños para hacer el viaje de regreso a la aldea antes de que oscureciera, asegurándose de que cada uno fuera contado.

David también necesitaba ser un guardián de su rebaño. Los pastores beduinos no enfrentan las mismas amenazas de los animales salvajes que David. Todavía hay lobos y algunos leopardos en Israel, pero los leones y los osos que David conoció se han ido. Las ovejas y las cabras son presa fácil, por lo que los pastores deben ser protectores vigilantes, a veces poniendo en peligro sus propias vidas. Incluso si un pastor es capaz de ahuyentar a estos peligrosos depredadores, lo más probable es que la manada se disperse y deba ser reunida, a menudo desde varios rincones. Los perros fueron utilizados para ayudar a proteger a las bandadas contra los animales salvajes y se mencionan algunas veces en la Biblia (Job 30:1Is. 56:11) pero nunca como un compañero de David.

Todos estos elementos muestran cuán cercano era el vínculo entre un pastor y su oveja. Él era su compañero constante y necesitaría conocerlas individual e íntimamente para cuidarlas adecuadamente. Las ovejas aprenderían a confiar en su pastor, a seguir su liderazgo y a escuchar su voz. David conocía el cuidado constante que se necesitaba para ser un buen pastor y esto proporcionó una rica metáfora del cuidado constante de Dios hacia él en el Salmo 23. Conocemos aún más plenamente el costo de la atención constante que Dios nos tiene como se ve en Jesús, quien dijo: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn. 10:11).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Joshua J. Van Ee

Joshua J. Van Ee

El Dr. Joshua J. Van Ee es profesor asociado de hebreo y del Antiguo Testamento en Westminster Seminary California.