¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

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¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

R.C. Sproul

Hoy en día, la experiencia personal ha sido exaltada sobre todas las cosas como el criterio final de lo bueno y lo malo. Solo piensa en todas las personas que tratan de justificarse a sí mismas basándose en lo que sienten. De manera rutinaria el divorcio es excusado basándose en que la pareja casada ya no siente que está enamorada. Se nos dice que la homosexualidad debe ser aceptada como un bien moral porque algunos homosexuales aseguran haber sentido una atracción hacia el mismo sexo desde una edad temprana. Incluso muchos cristianos profesantes toman sus decisiones sobre lo que está bien y lo que está mal basándose en lo que sienten.

Es difícil tener una discusión con alguien que hace de su experiencia el árbitro final de la realidad. Muchas personas aceptan el viejo adagio de que «una persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento». En última instancia, tenemos que estar en desacuerdo con esta afirmación, pero no porque la experiencia no sea un tutor valioso. Ella puede ayudarnos a conectar la teoría con la práctica y los conceptos abstractos con situaciones concretas. Nos ayuda a filtrar las sutiles diferencias que vivimos en este mundo complejo. Incluso algunas experiencias parecen probar que la experiencia triunfa sobre la argumentación. Pienso en el ejemplo de Roger Bannister. Antes de 1954, muchas personas argumentaban que ningún ser humano podía correr una milla en menos de cuatro minutos. Bannister rompió ese récord, demostrando por medio de la experiencia que el argumento no era válido.

El problema no es que la experiencia nunca pueda superar un argumento; sabemos por la historia de la ciencia que a menudo la experiencia de la investigación empírica ha volcado los argumentos prevalecientes. El problema es la idea de que la persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento. En muchos casos, un buen argumento triunfa sobre la experiencia. Esto es particularmente cierto cuando el debate se refiere a la experiencia personal frente a un entendimiento sólido de la Palabra de Dios.

Recuerdo una ocasión en que una señora se me acercó y me dijo: “Dr. Sproul, durante treinta años he estado casada con un hombre amable y un buen proveedor que no es cristiano. Finalmente, ya no pude soportar el no tener en común con él lo más importante en mi vida: mi fe. Así que, lo dejé. Pero me ha estado llamando todos los días rogándome que regrese. ¿Qué cree que Dios quiere que haga?»

«Eso es sencillo», le dije. «La falta de fe cristiana de su esposo no es motivo para un divorcio según 1 Corintios 7. Entonces, la voluntad de Dios es que usted regrese con él».

La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal.

A la mujer no le gustó mi respuesta y dijo que no era buena porque yo no sabía lo que era vivir con su esposo. Le respondí: «Señora, usted no me preguntó qué yo haría si estuviera en sus zapatos. Tal vez me hubiera ido mucho antes que usted, pero eso es irrelevante para el caso. Usted me preguntó acerca de la voluntad de Dios, y eso está claro en esta situación. Su experiencia no es un permiso para desobedecer a Dios”. Puedo decir con gratitud que cuando la mujer se dio cuenta que le estaba pidiendo a Dios que hiciera una excepción solo por ella, se arrepintió y regresó con su esposo.

El argumento de esa mujer se replica todos los días entre muchos cristianos que someten la Palabra de Dios a su experiencia. Muy a menudo, cuando nuestra experiencia entra en conflicto con la Palabra de Dios, dejamos de lado las Escrituras. Podemos refugiarnos en la opinión pública o en los estudios psicológicos más recientes. Permitimos que la experiencia común de las personas que nos rodean se convierta en normativa, negando la sabiduría y la autoridad de Dios y prefiriendo la experiencia colectiva de los seres humanos caídos.

En verdad, todos sabemos que la experiencia suele ser un buen maestro. Pero la experiencia nunca es el mejor maestro. Dios, por supuesto, es el mejor maestro. ¿Por qué? Porque Él nos instruye desde la perspectiva de la eternidad y de las riquezas de Su omnisciencia.

A veces tratamos de encubrir nuestra confianza en la experiencia con un lenguaje más ortodoxo. No puedo decirles cuántas veces he escuchado a los cristianos decirme que el Espíritu Santo los guió a hacer cosas que las Escrituras claramente prohíben o que Dios les dio paz en su decisión de actuar de una manera que es claramente contraria a la ley de Dios. Pero eso es una calumnia blasfema contra el Espíritu, como si alguna vez Él tolerara el pecado. Ya es suficientemente malo culpar al diablo por nuestras propias decisiones, pero cuando apelamos al Espíritu para justificar nuestras transgresiones, nos ponemos en un grave peligro.

Uno de los dispositivos de manipulación más poderosos que hemos diseñado es el afirmar que experimentamos la aprobación del Espíritu a nuestras acciones. ¿Cómo puede alguien osar contradecirnos cuando reclamamos la autoridad divina para eso que queremos hacer? El resultado es que terminamos silenciando cualquier cuestionamiento sobre nuestro comportamiento. Pero la Escritura nos dice que el Espíritu Santo nos guía a la santidad, no al pecado, y si el Espíritu inspiró las Escrituras, cualquier experiencia que tengamos que sugiera que podemos ir en contra de la enseñanza bíblica, no puede ser de Él.

Mientras vivamos en este lado del cielo, debemos lidiar con el estado  caído de nuestros cuerpos y almas. Procurar que nuestra experiencia sea determinante de lo que es bueno y malo es repetir el pecado de Adán y Eva. ¿Por qué ellos desobedecieron al Señor? Porque confiaron en su experiencia que les decía que «el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría» (Gn 3:6). Ignoraron las promesas y las advertencias que Dios les reveló sobre el fruto del árbol prohibido. La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal. Ese papel pertenece únicamente a nuestro Creador, y Su Palabra nos da los estándares por los cuales debemos vivir.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Ni una iota ni una tilde

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Ni una iota ni una tilde

Brandon C. Crowe

Nota del editor: Este es el decimoctavo y último capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

El pasaje de Mateo 5:17-18 es clave para interpretar el Sermón del Monte y todo el Evangelio de Mateo:

No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir. Porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña [una iota] ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla”.

Aquí Jesús dice que ni una iota ni una tilde se perderán de la ley. La referencia a la letra más pequeña del alfabeto hebreo nos indica que el Antiguo Testamento es completamente confiable, incluso hasta el más mínimo detalle. Esto es consistente con la postura de Jesús en otras ocasiones. Nunca encontramos a Jesús expresando desacuerdo con las Escrituras. A pesar de que algunos han argumentado que Jesús discrepa con las Escrituras en la llamada antítesis de Mateo 5:21-48, Él explícitamente nos enseña lo contrario en los versículos 17-18. Jesús no ha venido a abolir la ley Mosaica (o los profetas) sino a cumplirla. En los versículos 21-48, Él no está en desacuerdo con el “escrito está”, sino con el “habéis oído que se dijo” (versículos 21, 27, 33, 38, 43; también ver el versículo 31). Jesús critica las interpretaciones erróneas de las Escrituras, no las palabras escritas en sí mismas.

Por lo tanto, es necesario apreciar la veracidad perdurable de la ley de Moisés ya que Jesús es el cumplimiento de esta ley (5:17; ver Rom 10:4). Jesús no la anula, sino que viene para que todo lo que hay en ella se cumpla (Mt 5:18). Y Él logra esto a través de toda Su obediencia representativa. Aunque la enseñanza de Jesús desafía hasta el alma, Él no vino a agobiarnos con cargas imposibles de llevar (11:28–30; ver 23:4). Solo Jesús, el último Adán y perfecto Hijo de Dios, es capaz de cumplir perfectamente la ley de Dios (3:15) y por consiguiente, capaz de derramar Su sangre para el perdón de los pecados (26:28; ver 1:21; 20:28).

Es necesario apreciar la veracidad perdurable de la ley de Moisés ya que Jesús es el cumplimiento de esta ley.

Esto no significa que los cristianos no deban preocuparse por seguir la ley de Dios; Cristo nos hace libres para obedecerla. Los discípulos de Jesús son llamados a amar genuinamente a Dios y a su prójimo (22:37–40; ver 7:21). Este es un llamado muy elevado, pero Jesús mismo lo personificó a lo largo de Su vida. Por medio de Su obediencia, Jesús nos libera de la carga de tratar de ganar nuestra salvación. Debemos ser misericordiosos por causa de la misericordia que Jesús nos ha mostrado (5:7; 9:13; 12:7; 23:23; ver Os 6:6Mt 18:33). En pocas palabras, la ley de Dios es un testigo permanente de la persona y obra de Cristo, y por medio de Él podemos llamar esta ley, nuestra delicia.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Brandon C. Crowe
Brandon C. Crowe

El Dr. Brandon Crowe es profesor asociado de Nuevo Testamento en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y autor del libro “Was Jesus Really Born of a Virgin?” [¿Verdaderamente Jesús nació de una virgen?]

Razones por las que la controversia es a veces necesaria

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Razones por las que la controversia es a veces necesaria

Albert Mohler

Nota del editor: Esta es la quinta parte de la serie de articulos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

Recientemente observé cómo una joven madre reaccionó rápida y decisivamente para poner fin a la disputa entre dos niños de edad preescolar. Ella actuó con justicia y efectividad, y luego se volteó hacia sus dos acusados y estableció la ley: “¡Pelear nunca es lo correcto!”

Lo siento, querida mamá, entiendo lo que estabas tratando de hacer, pero esa instrucción moral no les servirá de mucho a esos niños a medida que crezcan en madurez. El reto que tienen por delante es el de aprender cuándo es correcto pelear, y cómo pelear la buena batalla de la fe, tal como manda la Biblia.

¿Y qué tal en la Iglesia? ¿Es correcto que cristianos e iglesias se involucren en controversias? Por supuesto, la respuesta es sí; hay momentos en que los creyentes están divididos por asuntos serios y trascendentales, y la controversia es el resultado inevitable. La única manera de evitar toda controversia sería considerando que nada de lo que creemos es lo suficientemente importante como para ser defendido y que ninguna verdad es tan valiosa como para ser comprometida.

Sabemos que Cristo se preocupa mucho por la paz de Su Iglesia. En Su oración por la Iglesia en Juan 17, Jesús pide que Su rebaño sea protegido por el Padre y esté caracterizado por la unidad. Pero, como Cristo también aclara, Su Iglesia debe estar unida y santificada en la verdad. En otras palabras, no hay una unidad genuina fuera de la unidad en la verdad revelada de Dios.

El Nuevo Testamento no es evasivo ya que revela controversias serias y trascendentales entre las congregaciones más antiguas e incluso entre los líderes cristianos. El Apóstol Pablo entró en una controversia con los gálatas mientras defendía el Evangelio no adulterado (Gál 1:6-9). Se metió en una controversia moral al escribirle a los corintios (1 Co 5). Pablo confrontó a Pedro en cuanto a los gentiles y la circuncisión (Gál 2:11-14). Judas advirtió del perpetuo desafío de defender la verdad contra sus enemigos (Jud 3). Juan advirtió sobre una iglesia que era tan tibia y poco comprometida con la verdad que era incapaz de entrar en controversia (Ap 3:14-22).

No hay una unidad genuina fuera de la unidad en la verdad revelada de Dios.

La historia de la Iglesia también nos recuerda la necesidad de la controversia cuando está en juego la verdad del Evangelio. Una y otra vez, vemos momentos en que la verdad debe ser defendida o negada. La Iglesia debe mirar directamente lo que se está enseñando y determinar si la enseñanza es fiel a las Escrituras. Esto suele provocar controversia. Si la Iglesia creyera que la controversia se debe evitar a toda costa, no tendríamos idea de lo que es el Evangelio.

Para nuestra vergüenza, con mucha frecuencia la Iglesia se ha divido por las controversias equivocadas. Hay congregaciones y denominaciones que se han dividido por razones que son irrelevantes a la luz de la Palabra de Dios. Más aún, algunas iglesias parecen prosperar en la controversia, incluso cuando algunos miembros y líderes de la congregación son agentes de desunión. Esto trae vergüenza y reproche a la Iglesia, y distrae a la Iglesia de su tarea de predicar el Evangelio y hacer discípulos.  

Entonces, ¿cómo podemos saber si una controversia es correcta o no? La única manera de responder a esa pregunta es yendo a las Escrituras para evaluar la importancia de lo que se está debatiendo. Todas las preguntas relacionadas con la verdad son importantes, pero no todas son igualmente importantes. Las controversias sobre doctrinas centrales y esenciales no se pueden evitar sin traicionar el Evangelio. Tal como Pablo le advirtió a los gálatas, una iglesia que no esté dispuesta a enfrentar la controversia por doctrinas de vital importancia, pronto estará predicando “otro evangelio”. La Iglesia ha tenido que enfrentar controversias por doctrinas tan esenciales como la deidad y humanidad de Cristo, la naturaleza de la Trinidad, la justificación por la fe sola y la veracidad de las Escrituras. Si se hubieran evitado esas controversias, el Evangelio y la autoridad de las Escrituras se habrían perdido. Estas controversias fueron por doctrinas de “primer nivel”: doctrinas sin las cuales la fe cristiana no puede existir.

Doctrinas en un segundo nivel de importancia no tienen que ver con los aspectos fundamentales del Evangelio, y su llamado al arrepentimiento y fe, pero sí explican el por qué la Iglesia se ha dividido en diferentes denominaciones. Las denominaciones han surgido a raíz de desacuerdos en cuanto al bautismo, el orden de la iglesia y otros asuntos que son inevitables en la vida congregacional.

En un tercer nivel, vemos controversias sobre temas que deben ser discutidos, e incluso debatidos, pero que nunca deben dividir a los creyentes en diferentes congregaciones y denominaciones. Las congregaciones y denominaciones deben desarrollar la madurez bíblica y espiritual necesaria para poder determinar la importancia de los desacuerdos y saber cuando la controversia es correcta y cuando no lo es.

Los políticos son conocidos por instar a sus colegas a no desperdiciar una crisis. De la misma manera, la Iglesia no debe desperdiciar una controversia. La iglesia fiel debe hacer que sus controversias valgan la pena. La controversia, cuando aparece, debe conducir a la Iglesia a Cristo y a las Escrituras a medida que los creyentes buscan conocer todo lo que la Biblia enseña. Las disputas y los debates deben poner a la Iglesia de rodillas en oración mientras los creyentes buscan ser de una sola mente guiada por el Espíritu Santo. La controversia,  manejada apropiadamente, servirá para advertir a la Iglesia del peligro de la apatía doctrinal y de la necesidad de la humildad personal.

En fin, la controversia debe llevar a la iglesia a orar por esa unidad que Cristo logrará solo cuando glorifique a Su Iglesia. Aun así, Señor, ven pronto. Hasta entonces, no nos atrevamos a desperdiciar una controversia.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Albert Mohler
Albert Mohler

El Dr. R. Albert Mohler Jr. es presidente y profesor Joseph Emerson Brown de teología cristiana en The Southern Baptist Theological Seminary [El Seminario Teológico Bautista del Sur] en Louisville, Ky. Es el anfitrión de The Briefing y autor de muchos libros, incluyendo We Cannot Be Silent.

Espíritus inmundos y lugares áridos

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Espíritus inmundos y lugares áridos

Robert W. Carver

Nota del editor: Este es el decimoséptimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

«¡Beelzebú! ¡Este no expulsa los demonios sino por Beelzebú!» Con tal malicia respondieron los fariseos después de que Jesús sanó a un endemoniado. Jesús señaló que su acusación era absurda e ilógica, y luego los acusó de haber cometido el pecado imperdonable (Mt 12:22-32). Dijo que los ninivitas (que se arrepintieron con la predicación de Jonás) y la Reina del Sur (que vino para escuchar la sabiduría de Salomón) se levantarían en el juicio contra «esta generación» (vv. 41-42). Uno mayor que Jonás y Salomón estaba en medio de ellos, y sin embargo, lo rechazaron.

Jesús entonces habló de un espíritu inmundo saliendo de una persona, deambulando, y finalmente volviendo a entrar en esa persona junto con otros siete espíritus más malvados que él (vv. 43-45):

Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, pasa por lugares áridos buscando descanso y no lo halla. Entonces dice: “Volveré a mi casa de donde salí”; y cuando llega, la encuentra desocupada, barrida y arreglada. Va entonces, y toma consigo otros siete espíritus más depravados que él, y entrando, moran allí; y el estado final de aquel hombre resulta peor que el primero. Así será también con esta generación perversa.

El contexto del pasaje es como una serie de círculos concéntricos cada vez más amplios. El contexto más específico se centra en la hostilidad de los fariseos hacia Jesús y la condenación de Jesús hacia ellos. El contexto más amplio se remonta al ministerio de Juan el Bautista. Ante la predicación de Juan, muchas personas (al menos externamente) cambiaron a un mejor estilo de vida (3:5-6). El ministerio de Jesús también atrajo un gran interés inicialmente. En un determinado momento, la gente estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para convertirlo en su rey (Jn 6:15). Pero al día siguiente, muchos de Sus «discípulos» se dieron la vuelta y ya no andaban con Él (6:59-66).

Una persona que ha sido purgada por la auto-negación se vuelve vulnerable a la reinfestación por males aun más graves.

De modo que, podemos decir que un espíritu inmundo y demoníaco sale de una persona cuando esta decide hacer un cambio para bien. Ha iniciado una nueva etapa por su propio esfuerzo y las cosas parecen estar mejor. Pero en realidad, se ha creado un vacío espiritual. Como dice la Reformation Study Bible: «A menos que el Espíritu de Dios venga a habitar en ella (Rom 8:9), una persona que ha sido purgada por la auto-negación se vuelve vulnerable a la reinfestación por males aun más graves tales como el orgullo, la hipocresía y el desprecio por los demás». En consecuencia, el estado final de esta persona resultará mucho peor que el primero.

Jesús concluye: «Así será también con esta generación perversa». Jesús describió a esa generación (tipificada por los fariseos) como caprichosa, perversa y adúltera debido a que fallaron en recibirlo por quien Él es: el Salvador enviado del cielo. Lo mismo ocurrirá con cada generación (y cada individuo) que no lo reconozca y acepte.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Robert W. Carver
Robert W. Carver

Robert W. Carver se desempeñó como profesor asociado de griego y Biblia en Clearwater Christian College en Clearwater, Florida, durante más de treinta y cinco años.

Nadie sabe

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Nadie sabe

Robert Rothwell

Nota del editor: Este es el decimosexto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

¿Es nuestra doctrina de Cristo lo suficientemente grande como para acomodar a un Jesús que es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre? Quizá esa parece ser una pregunta extraña en este contexto, pero realmente llega al meollo del porqué muchas personas consideran la afirmación de Jesús en Mateo 24:36“Pero de aquel día y hora [de Su retorno] nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre”, como una declaración dura.

Mateo no tenía problemas en afirmar tanto la completa deidad como la completa humanidad de Cristo, por lo tanto, nosotros tampoco debemos tenerlos.

Algunos han sostenido una cristología que dice que Cristo es verdaderamente Dios pero no verdaderamente hombre. Para ellos, este versículo ha sido difícil debido a que pone en duda la deidad de Cristo. Si Cristo no sabe algo que el Padre sabe, entonces a Cristo le falta  omnisciencia, ¿verdad? Y si Cristo no sabe todas las cosas, no puede ser Dios encarnado, ¿correcto?

Otros han sostenido una cristología que dice que Cristo es verdaderamente hombre pero no verdaderamente Dios. Para ellos, este versículo en sí mismo no ha sido un problema. La dificultad está en el mal uso de este versículo para negar la enseñanza del Nuevo Testamento de que Jesús es el Hijo de Dios encarnado.

Si nuestra cristología admite tanto la verdadera humanidad como la verdadera deidad de Jesús, esta declaración no es dura en lo absoluto. La presentación de Mateo de la verdadera humanidad de Jesús es clara en este versículo y en otros pasajes que atribuyen limitaciones humanas a nuestro Señor (por ejemplo, Jesús está dormido en 8:24). Mateo también presenta la verdadera deidad de Cristo. En el Evangelio de Mateo, Jesús hace lo que solo Dios puede hacer, como es el perdonar los pecados (9:1-8).

Mateo no tenía problemas en afirmar tanto la completa deidad como la completa humanidad de Cristo, por lo tanto, nosotros tampoco debemos tenerlos. La singular persona de Cristo tiene tanto una naturaleza humana como una naturaleza divina, cada una manteniendo su integridad y atributos particulares. La persona de Cristo tiene atributos humanos y atributos divinos, y vemos los atributos de cada naturaleza manifestados a lo largo de Su ministerio. Su ignorancia del día y la hora de Su regreso pertenece a Su humanidad. De acuerdo con Su naturaleza humana, la cual incluye una mente humana con limitaciones, Él no sabía cuándo regresaría. Pero de acuerdo con Su naturaleza divina, la cual incluye la mente divina con Su omnisciencia, Él sabía y siempre ha sabido el día y la hora de Su regreso.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Considera la gloria de Dios

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Considera la gloria de Dios

Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Esta es la cuarta parte de la serie de articulos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia

John Newton (1725–1807) es mejor conocido hoy día por sus grandes himnos (incluyendo a “Sublime Gracia” y “Glorias mil de Ti se cuentan”). Pero en su época, era quizás más reconocido por su habilidad para escribir cartas: “el gran director de almas a través del correo”, como alguien lo llamó.  Tal era el valor de su correspondencia que publicó varios volúmenes de sus cartas (incluyendo una de sus cartas a su esposa, que provocó el comentario de un crítico, su amigo Richard Cecil, de que las esposas estarían en éxtasis leyendo tales cartas de amor, mientras que «nosotros (los maridos) podríamos sufrir una pérdida de estima por no escribirles cartas tan galantes»).

En varias de sus cartas, él comenta sobre el tema de la controversia. Le disgustaba mucho. (Sería algo trágico tener un «gusto» por tal cosa, ¿no?). También tenía la sensación de no ser apto para ella.. Él comentó que “no solo era desagradable para mi gusto, sino que realmente estaba fuera de mi alcance”. Pero la falta de experiencia no es necesariamente un obstáculo para que uno pueda dar consejos bíblicos. Newton constantemente buscaba dar tal consejo. (¿Acaso no animó a William Wilberforce durante la gran controversia pública del tráfico de esclavos?) En un tiempo en que sólo un número insignificante de ministros anglicanos eran evangélicos, él estaba particularmente consciente de que los calvinistas, siendo por mucho la minoría, podrían con frecuencia sentirse obligados a involucrarse en controversias.

Es seguramente por esta razón que una de sus preocupaciones principales era que si vamos a entrar en controversia, nuestra perspectiva necesita ser dominada por el tema de la gloria de Dios. “Si actuamos en un espíritu equivocado» escribe, «traeremos poca gloria a Dios”. La primera pregunta del Catecismo Menor de Westminster es relevante aquí como en todas partes: ¿Cómo hablo, escribo o actúo en situaciones de controversia para que Dios sea más glorificado?

Este es el principio básico, pero necesita ser detallado. Newton se dio cuenta de que a veces nos involucramos en controversia supuestamente «para la gloria de Dios”, pero estamos ciegos a las maneras en que nuestras propias motivaciones impactan y se manifiestan en nuestro discurso y en nuestras acciones. La rúbrica “para la gloria de Dios” debe transformar la manera en que los cristianos responden ante la controversia.

“Para la gloria de Dios” no requiere una respuesta monolítica a cada controversia. Las circunstancias influyen en cada caso. No echamos las perlas delante de los cerdos.

Aquí hay tres ejemplos de controversia. En el primero, el silencio es la reacción apropiada para glorificar a Dios; en el segundo, la confrontación; y en el tercero, la paciencia. ¿Por qué respuestas tan distintas?

Guarda silencio

Isaías 36 describe vívidamente cómo  Senaquerib de Asiria atacó a Judá. El Rabsaces (un oficial asirio) trató de provocar controversia. Él habló, como reconoció Ezequías “para injuriar al Dios vivo” (Is 37:17). Pero los líderes siguieron el consejo del rey: “Pero ellos se quedaron callados y no respondieron palabra alguna” (Is 36:21). ¿Cómo terminó la historia? Dios vindicó su respuesta. El ángel del Señor mató a 185,000 asirios. Senaquerib se retiró.

¿No habría sido más osado, más «fiel», entablar una controversia verbal en defensa del Señor? ¿Por qué el silencio? Por tres razones:

  1. Las palabras belicosas no habrían defendido la gloria del Señor aquí. En tales momentos, esperamos que el Señor defienda Su propia gloria y no se la dé a otros.
  2. Defendemos mejor la gloria de Dios al hablar primero con Él acerca de los incrédulos en lugar de hablar primero de Él a los incrédulos. De ahí la oración de Ezequías: “Señor, Dios nuestro, líbranos de su mano para que todos los reinos de la tierra sepan que solo tú, oh Señor, eres Dios” (37:20). Desgraciadamente, no todos los fervientes polémicos son fervientes intercesores.
  3. Podemos manchar la gloria del Señor —como sugiere Newton— por la manera en que respondemos a la controversia. El insulto del hombre a Dios no es revertido por nuestro insulto al hombre.

Habla directamente

Un incidente menos público pero no menos asombroso, tomó lugar en la Iglesia primitiva.

Imagina la tensa atmósfera: Simón Pedro comía con los gentiles. Luego vinieron “algunos de parte de Jacobo” (Gál 2:12). Pedro se apartó, tal como lo hicieron otros cristianos judíos, “aun Bernabé” (vs. 11-14). ¿Cómo respondió Pablo? Él se “opuso a (Pedro) cara a cara” (v.11).

Pablo tenía la razón. Pero ¿por qué fue esta una respuesta que glorificó a Dios, en lugar  de guardar silencio en deferencia a Pedro y Bernabé, evitando así la vergüenza y la posible división?

  1. Los protagonistas estaban presentes y creían el mismo Evangelio. Pablo no esperó para luego hablar mal de Pedro. Hizo la parte difícil. Le habló directa y personalmente. Eso glorifica a Dios porque sigue un patrón bíblico (Mt 18:15Stg 4:17).
  2. El corazón mismo del Evangelio estaba en juego aquí (como Pablo señala en Gál 2:15-21).
  3. Ministros “ordenados” del Evangelio estaban involucrados, no un individuo común y corriente. La desviación tanto de Pedro como de Bernabé llevaría a la desviación de otros y a una desastrosa ruptura de toda la Iglesia. La gloria de Dios en la Iglesia requería un discurso directo.

Responde con paciencia

Unos años más tarde, Pablo se encontró en una situación, que a primera vista, parecía ser similar. Había una continua controversia acerca de «las dietas y los días» en la iglesia de Roma. Algunos guardaban días especiales y se abstenían de ciertos alimentos. Era presumiblemente una controversia entre creyentes judíos y gentiles (siendo estos últimos mayoría en las iglesias después de la expulsión de los judíos y  judíos cristianos de Roma, ver Hch 18:1-2). Pablo tenía los ojos puestos en la gloria de Dios. ¿Cómo podrían los dos bandos de esta controversia “a una voz glorificar al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 15:6)?

  1. Sorprendentemente, los “fuertes”,  aquellos del “lado correcto” de la controversia (14:14), son los que deben abstenerse de insistir en que los demás adopten su postura y práctica “correcta”. La gloria de Dios es mejor vista cuando «los fuertes”acogen a «los débiles», porque esto es lo que Dios ha hecho en Cristo: “ Porque mientras aún éramos débiles…Cristo murió por los impíos” (5:6).
  2. Los hermanos en la fe son siervos de Cristo, no nuestros. Degradar o menospreciar al débil es despreciar al Señor de la gloria. (¿Recuerdas Mt 25:40?)
  3. Insistir en ejercer mi “libertad” en un tema controversial (comer carne, ignorar ciertos días, etc…) atenta contra la libertad misma. Significa que somos impulsados por nuestra “necesidad” interna más que por el amor. Estamos enfocados en nuestra propia gloria en vez de la gloria de Dios. Puesto que “ni aún Cristo se agradó a Sí mismo” (Rom 15:3), ¿deberíamos nosotros?

Estos ejemplos no son en absoluto exhaustivos, pero sí ilustran el punto de vista de Newton.  En todas las cosas, busca la gloria de Dios y guarda tu corazón. Los cristianos siempre tienen necesidad de ese consejo sabio.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

A menos que tu justicia supere la de los fariseos

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A menos que tu justicia supere la de los fariseos

Kevin D. Gardner

Nota del editor: Este es el decimoquinto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Jesús fue severo con los fariseos, llamándolos «sepulcros blanqueados» (Mt 23:27), «hipócritas» (Mr 7:6) e hijos del diablo (Jn 8:44). Y sin embargo, en Mateo 5:20, Él se refiere a ellos al elevar el estándar de la justicia: «Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos».

Jesús dice que la justicia es un requisito para entrar al cielo. Es posible que algunos quieran restarle importancia a esta afirmación con la genuina preocupación de proteger la savación por gracia sola por medio de la fe sola. Pero esta declaración no se trata de cómo obtener nuestra salvación. Más bien, habla de la función de la justicia y la ley de Dios en la vida del cristiano.

La justicia que emana de esta obediencia gozosa supera a la de los fariseos en naturaleza en vez de intensidad.

Al obedecer perfectamente la ley de Dios, Cristo alcanzó la justicia para aquellos que confían en Él. Esto lo podemos llamar justicia posicional. Cristo cumplió perfectamente la ley de una manera que los fariseos, a pesar de su minuciosidad, nunca pudieron. Y esa obediencia perfecta es acreditada a aquellos que confían en Él, como si hubieran guardado perfectamente la ley ellos mismos.

Pero Cristo se refiere a algo más. Durante el Sermón del Monte, Él insta a los cristianos a un profundo entendimiento y a una obediencia radical de la ley como un reflejo del carácter de Dios (Mt 5:48). Los cristianos no deberían tratar Su ley a la ligera, porque la forma en que vemos la ley de Dios indica cómo vemos a Dios mismo (Rom 3:21). Por lo tanto, los cristianos están llamados a la obediencia gozosa a Su ley por amor a Cristo. Esta obediencia resulta en una justicia práctica.

Esta justicia no es la base de nuestra salvación; no podemos ser justificados por nuestras obras (Rom 3:21-22). Pero supera a la de los fariseos porque su obediencia no provino del corazón, y porque es una señal de que hemos sido verdaderamente salvos y, por lo tanto, entraremos en el reino de los cielos.

La justicia que emana de esta obediencia gozosa supera a la de los fariseos en naturaleza en vez de intensidad. Aquellos que estamos en Cristo hemos sido salvos de la ley de Dios como el medio necesario para la salvación, pero también hemos sido salvos para la ley de Dios como una manera de amar y adorar al Dios que nos ha salvado (Rom 6:19).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Kevin D. Gardner
Kevin D. Gardner

Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.

La maldición de la higuera

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La maldición de la higuera

Daniel M. Doriani

El Domingo de Ramos, Jesús entró a Jerusalén en medio de gritos de aclamación y echó a los cambistas del templo. Dios lo había designado como «casa de oración», pero los sacerdotes lo habían convertido en «una cueva de ladrones». Jesús pasó la noche en Betania. Cuando regresó a la mañana siguiente, estaba hambriento.

Y al ver una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no halló nada en ella sino sólo hojas, y le dijo: «Nunca jamás brote fruto de ti». Y al instante se secó la higuera (Mt 21:18-19).

Esto es sorprendente. Hasta ahora, los milagros de Jesús produjeron restauración. No podemos decir que Jesús actuó con frustración. De hecho, Marcos 11:13 dice: «Porque no era tiempo de higos». Sin embargo, una higuera fructífera en temporada baja mostraría frutos pequeños y semi comestibles que luego madurarían. Pero esta higuera era completamente estéril. Cuando Jesús la maldijo, realizó un acto simbólico siguiendo el espíritu de Jeremías (Jer 19:1-11). La higuera simboliza a Israel. Así como la higuera tenía hojas pero no fruto, Israel tenía un templo, pero no vida espiritual. Sus deslumbrantes edificios estaban llenos de robo, hipocresía y ceremonia muerta.

Solo la fe puede mover el monte donde florece la religión muerta.
Una vez que la higuera se secó, esperaríamos que los discípulos pregunten por qué Jesús la maldijo. En cambio, ellos preguntan cómo Jesús lo hizo (Mt 21:20). Jesús respondió: «Si tenéis fe y no dudáis», no solo pueden secar las higueras, sino que si aun le dicen a este monte: “‘Quítate y échate al mar’, así sucederá” (v. 21).

Observa que Jesús no dijo que la fe mueve «montes». Más bien, la fe mueve «este monte»; una frase extraña que se refiere a un monte en particular cada vez que aparece (Mt 17:20, Jn 4:21). Cuando Jesús regresó a Jerusalén, vio el monte del templo. Ese monte debe ser movido, no físicamente, sino espiritualmente. Solo la fe puede mover el monte donde florece la religión muerta. Jesús maldijo a una higuera que representaba ese majestuoso pero sin sustancia templo de Israel. Ellos podrían echar eso al mar, si oraban con fe.

No malinterpretemos la frase «todo lo que pidáis en oración» (21:21-22). El Señor escucha las oraciones legítimas. La mejor oración es por una fe viva, y la religión muerta es un gran obstáculo para ella. Así que los discípulos deben orar con fe para que Dios elimine ese obstáculo. Y verdaderamente, Dios quitó ese monte para que la iglesia pudiera crecer.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Daniel M. Doriani
Daniel M. Doriani

El Dr. Daniel M. Doriani es vicepresidente de proyectos académicos estratégicos y profesor de teología en el Seminario Teológico Covenant en St. Louis. Él es autor de “The New Man: Becoming a Man After God’s Heart” [El nuevo hombre: convirtiéndonos en un hombre conforme al corazón de Dios].

Sabiduría y conocimiento

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Sabiduría y conocimiento

R.C. Sproul

Nota del editor: Esta es la tercera parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

En la universidad, me especialicé en filosofía. El primer día del primer curso que tomé en filosofía, el profesor escribió la palabra filosofía en la pizarra, luego la desglosó para mostrar su origen etimológico. El término proviene de dos palabras griegas, lo cual es apropiado, ya que los griegos son vistos generalmente como los padres fundadores de la filosofía occidental. El prefijo filo proviene de la palabra griega phileō, que significa «amar». La raíz proviene de la palabra griega sofía, que significa «sabiduría». Por lo tanto, el significado básico de la palabra filosofía es «amor por la sabiduría».

El propósito de aprender las cosas de Dios es la adquisición de sabiduría, y no podemos tener sabiduría sin conocimiento.

Una vez que comprendí este significado, asumí que al estudiar filosofía aprendería sobre la sabiduría en un sentido práctico. Sin embargo, pronto descubrí que la filosofía griega enfatizaba preguntas abstractas de la metafísica (el estudio del ser último o de la realidad última) y la epistemología (el estudio del proceso mediante el cual los seres humanos aprenden). Es cierto que una de las subdivisiones de la filosofía es la ética, particularmente la ciencia de la ética normativa, los principios de cómo debemos vivir. Esa fue ciertamente una preocupación de los antiguos griegos, particularmente de Sócrates. Pero incluso Sócrates estaba convencido de que la conducta apropiada, o la vida correcta, está íntimamente relacionada al conocimiento correcto.

Hay una sección del Antiguo Testamento conocida como la literatura sapiencial: los libros de Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares. Aquí, vemos un énfasis filosófico completamente diferente, uno basado en la suposición inicial de la Biblia. Muchas personas consideran la afirmación de que hay un solo dios sobre toda la creación como un desarrollo tardío en la filosofía griega. En cierto modo, fue el resultado de su pensamiento. Pero para los judíos, la afirmación de la soberanía de Dios era primordial. La primera línea del Antiguo Testamento dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1:1). El monoteísmo no está al final del camino; está al principio.

Génesis no ofrece ningún argumento o prueba de la existencia de Dios. Una de las razones de esto es que los judíos estaban convencidos de que Dios ya había hecho el trabajo por Sí mismo: los cielos proclamaron la gloria de Dios (Sal 19:1). Los judíos no estaban preocupados de si había un Dios sino de cómo es Él: ¿Cuál es Su nombre? ¿Cuáles son Sus atributos? ¿Cuál es Su carácter? Todo el Antiguo Testamento se enfoca en la autorrevelación de Dios a Su pueblo del pacto.

La literatura sapiencial hace una afirmación sorprendente: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Sal 111:10Pr 9:10). Para los judíos, la sabiduría significaba una comprensión práctica de cómo vivir una vida que sea agradable a Dios. La búsqueda de la piedad fue una preocupación central de los escritores de la literatura sapiencial. Afirmaron que la condición necesaria para que alguien tenga verdadera sabiduría es el temor del Señor.

Tal temor no es terror ni horror. Como dijo Martín Lutero, es un temor filial, el temor de un niño que admira a su padre y no quiere hacer nada que pueda contravenir a su padre e interrumpir su relación amorosa con él. En una palabra, este concepto tiene que ver con la reverencia, la admiración y el respeto. Cuando los escritores de la literatura sapiencial dicen que el principio de la sabiduría es el temor del Señor, ellos están diciendo que el punto de partida absoluto y esencial, si deseas adquirir la verdadera sabiduría, es la reverencia y la adoración a Dios.

Mostrando un contraste, el salmista nos dice: «El necio dice en su corazón: ‘No hay Dios’» (Sal 14:1a). La sabiduría es contrastada con la necedad. Sin embargo, en la literatura hebrea, la palabra necio no describe a una persona que carece de inteligencia. Ser necio para el judío es ser irreligioso e impío. El impío es la persona que no tiene reverencia por Dios, y cuando no tienes reverencia por Dios, inevitablemente tu vida lo mostrará.

La  literatura sapiencial también hace una distinción clara entre la sabiduría y el conocimiento. Una persona puede tener conocimiento ilimitado y no tener sabiduría. Pero no puede darse lo contrario; nadie puede tener sabiduría si no tiene conocimiento. El espíritu anti-intelectual de nuestro tiempo declara: «No necesito estudiar. No necesito conocerla Biblia. Todo lo que necesito es tener una relación personal con Jesús». Ese punto de vista está en un curso de colisión con lo que enseña la literatura sapiencial. El propósito de aprender las cosas de Dios es la adquisición de sabiduría, y no podemos tener sabiduría sin conocimiento. La ignorancia engendra necedad, pero el verdadero conocimiento, el conocimiento de Dios, conduce a la sabiduría que es más preciosa que los rubíes y las perlas.

Queremos ser ricos, exitosos y estar cómodos, pero no anhelamos la sabiduría. Por consiguiente, no leemos las Escrituras, el libro de texto supremo de la sabiduría. Esto es necedad. Busquemos el conocimiento de Dios a través de la Palabra de Dios, porque de ese modo encontraremos la sabiduría para vivir vidas que le agraden.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Cuando caen las torres

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Cuando caen las torres

David Strain

Nota del editor: Este es el decimotercer capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

“Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es Su megáfono para despertar a un mundo sordo”. Así dijo C.S. Lewis en su libro El problema del Dolor. El dolor presenta un desafío continuo para los cristianos mientras nos esforzamos por discernir el diseño de Dios para nuestras vidas.

Con demasiada rapidez llegamos a la conclusión de que cuando suceden cosas malas, debe ser porque nos lo merecemos.

Por más inexplicables que estas preguntas puedan parecer, a veces nos vemos tentados a abstenernos por completo de pensar en el sufrimiento, temiendo quizás que el tema presente dificultades insuperables para la fe. Pero en Lucas 13:1-5, Jesús habla del tema sin rodeos. Se enfoca en dos momentos de sufrimiento, el primero provocado por la malicia de otras personas: Pilato asesinó a unos peregrinos galileos que iban a adorar en el templo y mezcló su sangre con la de sus sacrificios, un acto de cruel desdén hacia la adoración a Dios. La segunda es el resultado de un desastre natural: una torre en construcción en Siloé colapsó matando a dieciocho personas.

En lugar de brindar una hipótesis abstracta sobre problema del sufrimiento, Jesús hace una pregunta diseñada para desenmascarar nuestras suposiciones erróneas: «¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque sufrieron esto?” (v.2). O en cuanto a los que murieron cuando cayó la torre, «¿eran más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén?” (v.4). Con demasiada rapidez llegamos a la conclusión de que cuando suceden cosas malas, debe ser porque nos lo merecemos. Qué fácil es encontrar una relación mecánica y directa entre el pecado y el sufrimiento. Pero escucha la respuesta de Jesús. ¿Acaso sufrieron porque pecaron? “Os digo que no; al contrario, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (vs. 3,5).

Nunca es prudente deducir el grado de pecado en la vida de alguien por la severidad del sufrimiento que tiene que soportar. Lo segundo no es necesariamente causado por lo primero. Pero también debemos aprovechar el sufrimiento cuando llega a nuestras vidas. Habrá un lugar donde con certeza podremos decir que el pecado y el sufrimiento se relacionan como se relaciona un crimen con su castigo: la Biblia lo llama el infierno. Entonces, ¿cómo debemos aprovechar nuestros sufrimientos? Debemos escuchar en ellos la advertencia de Dios a nunca darle tregua al pecado, a movernos otra vez al arrepentimiento, y a aferrarnos solo a Cristo en fe.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
David Strain
David Strain

El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].