¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

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¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

R.C. Sproul

Hoy en día, la experiencia personal ha sido exaltada sobre todas las cosas como el criterio final de lo bueno y lo malo. Solo piensa en todas las personas que tratan de justificarse a sí mismas basándose en lo que sienten. De manera rutinaria el divorcio es excusado basándose en que la pareja casada ya no siente que está enamorada. Se nos dice que la homosexualidad debe ser aceptada como un bien moral porque algunos homosexuales aseguran haber sentido una atracción hacia el mismo sexo desde una edad temprana. Incluso muchos cristianos profesantes toman sus decisiones sobre lo que está bien y lo que está mal basándose en lo que sienten.

Es difícil tener una discusión con alguien que hace de su experiencia el árbitro final de la realidad. Muchas personas aceptan el viejo adagio de que «una persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento». En última instancia, tenemos que estar en desacuerdo con esta afirmación, pero no porque la experiencia no sea un tutor valioso. Ella puede ayudarnos a conectar la teoría con la práctica y los conceptos abstractos con situaciones concretas. Nos ayuda a filtrar las sutiles diferencias que vivimos en este mundo complejo. Incluso algunas experiencias parecen probar que la experiencia triunfa sobre la argumentación. Pienso en el ejemplo de Roger Bannister. Antes de 1954, muchas personas argumentaban que ningún ser humano podía correr una milla en menos de cuatro minutos. Bannister rompió ese récord, demostrando por medio de la experiencia que el argumento no era válido.

El problema no es que la experiencia nunca pueda superar un argumento; sabemos por la historia de la ciencia que a menudo la experiencia de la investigación empírica ha volcado los argumentos prevalecientes. El problema es la idea de que la persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento. En muchos casos, un buen argumento triunfa sobre la experiencia. Esto es particularmente cierto cuando el debate se refiere a la experiencia personal frente a un entendimiento sólido de la Palabra de Dios.

Recuerdo una ocasión en que una señora se me acercó y me dijo: “Dr. Sproul, durante treinta años he estado casada con un hombre amable y un buen proveedor que no es cristiano. Finalmente, ya no pude soportar el no tener en común con él lo más importante en mi vida: mi fe. Así que, lo dejé. Pero me ha estado llamando todos los días rogándome que regrese. ¿Qué cree que Dios quiere que haga?»

«Eso es sencillo», le dije. «La falta de fe cristiana de su esposo no es motivo para un divorcio según 1 Corintios 7. Entonces, la voluntad de Dios es que usted regrese con él».

La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal.

A la mujer no le gustó mi respuesta y dijo que no era buena porque yo no sabía lo que era vivir con su esposo. Le respondí: «Señora, usted no me preguntó qué yo haría si estuviera en sus zapatos. Tal vez me hubiera ido mucho antes que usted, pero eso es irrelevante para el caso. Usted me preguntó acerca de la voluntad de Dios, y eso está claro en esta situación. Su experiencia no es un permiso para desobedecer a Dios”. Puedo decir con gratitud que cuando la mujer se dio cuenta que le estaba pidiendo a Dios que hiciera una excepción solo por ella, se arrepintió y regresó con su esposo.

El argumento de esa mujer se replica todos los días entre muchos cristianos que someten la Palabra de Dios a su experiencia. Muy a menudo, cuando nuestra experiencia entra en conflicto con la Palabra de Dios, dejamos de lado las Escrituras. Podemos refugiarnos en la opinión pública o en los estudios psicológicos más recientes. Permitimos que la experiencia común de las personas que nos rodean se convierta en normativa, negando la sabiduría y la autoridad de Dios y prefiriendo la experiencia colectiva de los seres humanos caídos.

En verdad, todos sabemos que la experiencia suele ser un buen maestro. Pero la experiencia nunca es el mejor maestro. Dios, por supuesto, es el mejor maestro. ¿Por qué? Porque Él nos instruye desde la perspectiva de la eternidad y de las riquezas de Su omnisciencia.

A veces tratamos de encubrir nuestra confianza en la experiencia con un lenguaje más ortodoxo. No puedo decirles cuántas veces he escuchado a los cristianos decirme que el Espíritu Santo los guió a hacer cosas que las Escrituras claramente prohíben o que Dios les dio paz en su decisión de actuar de una manera que es claramente contraria a la ley de Dios. Pero eso es una calumnia blasfema contra el Espíritu, como si alguna vez Él tolerara el pecado. Ya es suficientemente malo culpar al diablo por nuestras propias decisiones, pero cuando apelamos al Espíritu para justificar nuestras transgresiones, nos ponemos en un grave peligro.

Uno de los dispositivos de manipulación más poderosos que hemos diseñado es el afirmar que experimentamos la aprobación del Espíritu a nuestras acciones. ¿Cómo puede alguien osar contradecirnos cuando reclamamos la autoridad divina para eso que queremos hacer? El resultado es que terminamos silenciando cualquier cuestionamiento sobre nuestro comportamiento. Pero la Escritura nos dice que el Espíritu Santo nos guía a la santidad, no al pecado, y si el Espíritu inspiró las Escrituras, cualquier experiencia que tengamos que sugiera que podemos ir en contra de la enseñanza bíblica, no puede ser de Él.

Mientras vivamos en este lado del cielo, debemos lidiar con el estado  caído de nuestros cuerpos y almas. Procurar que nuestra experiencia sea determinante de lo que es bueno y malo es repetir el pecado de Adán y Eva. ¿Por qué ellos desobedecieron al Señor? Porque confiaron en su experiencia que les decía que «el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría» (Gn 3:6). Ignoraron las promesas y las advertencias que Dios les reveló sobre el fruto del árbol prohibido. La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal. Ese papel pertenece únicamente a nuestro Creador, y Su Palabra nos da los estándares por los cuales debemos vivir.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Sabiduría y conocimiento

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Sabiduría y conocimiento

R.C. Sproul

Nota del editor: Esta es la tercera parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

En la universidad, me especialicé en filosofía. El primer día del primer curso que tomé en filosofía, el profesor escribió la palabra filosofía en la pizarra, luego la desglosó para mostrar su origen etimológico. El término proviene de dos palabras griegas, lo cual es apropiado, ya que los griegos son vistos generalmente como los padres fundadores de la filosofía occidental. El prefijo filo proviene de la palabra griega phileō, que significa «amar». La raíz proviene de la palabra griega sofía, que significa «sabiduría». Por lo tanto, el significado básico de la palabra filosofía es «amor por la sabiduría».

El propósito de aprender las cosas de Dios es la adquisición de sabiduría, y no podemos tener sabiduría sin conocimiento.

Una vez que comprendí este significado, asumí que al estudiar filosofía aprendería sobre la sabiduría en un sentido práctico. Sin embargo, pronto descubrí que la filosofía griega enfatizaba preguntas abstractas de la metafísica (el estudio del ser último o de la realidad última) y la epistemología (el estudio del proceso mediante el cual los seres humanos aprenden). Es cierto que una de las subdivisiones de la filosofía es la ética, particularmente la ciencia de la ética normativa, los principios de cómo debemos vivir. Esa fue ciertamente una preocupación de los antiguos griegos, particularmente de Sócrates. Pero incluso Sócrates estaba convencido de que la conducta apropiada, o la vida correcta, está íntimamente relacionada al conocimiento correcto.

Hay una sección del Antiguo Testamento conocida como la literatura sapiencial: los libros de Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares. Aquí, vemos un énfasis filosófico completamente diferente, uno basado en la suposición inicial de la Biblia. Muchas personas consideran la afirmación de que hay un solo dios sobre toda la creación como un desarrollo tardío en la filosofía griega. En cierto modo, fue el resultado de su pensamiento. Pero para los judíos, la afirmación de la soberanía de Dios era primordial. La primera línea del Antiguo Testamento dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1:1). El monoteísmo no está al final del camino; está al principio.

Génesis no ofrece ningún argumento o prueba de la existencia de Dios. Una de las razones de esto es que los judíos estaban convencidos de que Dios ya había hecho el trabajo por Sí mismo: los cielos proclamaron la gloria de Dios (Sal 19:1). Los judíos no estaban preocupados de si había un Dios sino de cómo es Él: ¿Cuál es Su nombre? ¿Cuáles son Sus atributos? ¿Cuál es Su carácter? Todo el Antiguo Testamento se enfoca en la autorrevelación de Dios a Su pueblo del pacto.

La literatura sapiencial hace una afirmación sorprendente: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Sal 111:10Pr 9:10). Para los judíos, la sabiduría significaba una comprensión práctica de cómo vivir una vida que sea agradable a Dios. La búsqueda de la piedad fue una preocupación central de los escritores de la literatura sapiencial. Afirmaron que la condición necesaria para que alguien tenga verdadera sabiduría es el temor del Señor.

Tal temor no es terror ni horror. Como dijo Martín Lutero, es un temor filial, el temor de un niño que admira a su padre y no quiere hacer nada que pueda contravenir a su padre e interrumpir su relación amorosa con él. En una palabra, este concepto tiene que ver con la reverencia, la admiración y el respeto. Cuando los escritores de la literatura sapiencial dicen que el principio de la sabiduría es el temor del Señor, ellos están diciendo que el punto de partida absoluto y esencial, si deseas adquirir la verdadera sabiduría, es la reverencia y la adoración a Dios.

Mostrando un contraste, el salmista nos dice: «El necio dice en su corazón: ‘No hay Dios’» (Sal 14:1a). La sabiduría es contrastada con la necedad. Sin embargo, en la literatura hebrea, la palabra necio no describe a una persona que carece de inteligencia. Ser necio para el judío es ser irreligioso e impío. El impío es la persona que no tiene reverencia por Dios, y cuando no tienes reverencia por Dios, inevitablemente tu vida lo mostrará.

La  literatura sapiencial también hace una distinción clara entre la sabiduría y el conocimiento. Una persona puede tener conocimiento ilimitado y no tener sabiduría. Pero no puede darse lo contrario; nadie puede tener sabiduría si no tiene conocimiento. El espíritu anti-intelectual de nuestro tiempo declara: «No necesito estudiar. No necesito conocerla Biblia. Todo lo que necesito es tener una relación personal con Jesús». Ese punto de vista está en un curso de colisión con lo que enseña la literatura sapiencial. El propósito de aprender las cosas de Dios es la adquisición de sabiduría, y no podemos tener sabiduría sin conocimiento. La ignorancia engendra necedad, pero el verdadero conocimiento, el conocimiento de Dios, conduce a la sabiduría que es más preciosa que los rubíes y las perlas.

Queremos ser ricos, exitosos y estar cómodos, pero no anhelamos la sabiduría. Por consiguiente, no leemos las Escrituras, el libro de texto supremo de la sabiduría. Esto es necedad. Busquemos el conocimiento de Dios a través de la Palabra de Dios, porque de ese modo encontraremos la sabiduría para vivir vidas que le agraden.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Traición cósmica

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Traición cósmica

R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

La pregunta «¿Qué es el pecado?» se plantea en el Catecismo Menor de Westminster. La respuesta a esta pregunta en el catecismo es simplemente ésta: «El pecado es la falta de conformidad con la ley de Dios o la transgresión de ella».

Examinemos algunos de los elementos de esta respuesta catequética. En el primer caso, el pecado es identificado como algún tipo de carencia o falta. En la Edad Media, los teólogos cristianos trataron de definir el mal o el pecado en términos de privación (privatio) o negación (negatio). En estos términos, el mal o el pecado se definía por su falta de conformidad con el bien. La terminología negativa asociada con el pecado puede ser vista en palabras bíblicas como desobediencia, ateísmo o inmoralidad. En todos estos términos, vemos lo negativo siendo enfatizado. Otras ilustraciones incluirían palabras como deshonor, anticristo, etc.

Debido a que es la ley de Dios la que define la naturaleza del pecado, quedamos expuestos a las terribles consecuencias de nuestra desobediencia a esa ley.
Sin embargo, para tener una visión completa del pecado, tenemos que entender que se trata de algo más que una negación del bien, o algo más que una simple falta de virtud. Podemos inclinarnos a pensar que el pecado, si se define exclusivamente en términos negativos, es simplemente una ilusión. Pero los estragos del pecado apuntan dramáticamente a la realidad de su poder, la cual nunca puede ser explicada por medio de apelaciones a la ilusión. Los reformadores añadieron a la idea de privatio la noción de realidad o actividad, de modo que el mal se ve en la frase «privatio actuosa«. Esto enfatiza el carácter activo del pecado. En el catecismo, el pecado se define no sólo como una falta de conformidad, sino como un acto de transgresión, una acción que implica una violación de una norma.

Para comprender el significado del pecado, no podemos definirlo aparte de su relación con la ley. Es la ley de Dios la que determina lo que es el pecado. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo, particularmente en Romanos, elabora el punto de que hay una relación inseparable entre el pecado y la muerte y entre el pecado y la ley. La fórmula simple es esta: No pecado equivale a no muerte. No ley equivale a no pecado. El apóstol argumenta que donde no hay ley, no hay pecado, y donde no hay pecado, no hay muerte. Esto se basa en la premisa de que la muerte invade la experiencia humana como un acto de juicio divino por el pecado. Es el alma que peca la que muere. Sin embargo, sin ley no puede haber pecado. La muerte no puede entrar en la experiencia humana hasta que primero la ley de Dios sea revelada. Es por esta razón que el apóstol argumenta que la ley moral estaba en efecto antes de que Dios le diera a Israel el código mosaico. El argumento se basa en la premisa de que la muerte estaba en el mundo antes del Sinaí, que la muerte reinó desde Adán hasta Moisés. Esto solo puede significar que la ley moral de Dios fue dada a Sus criaturas mucho antes de que las tablas de piedra fueran entregadas a la nación de Israel.

Esto da algo de credibilidad a la afirmación de Immanuel Kant sobre un imperativo moral universal al que llamó imperativo categórico, que se encuentra en la conciencia de toda persona sensible. Debido a que es la ley de Dios la que define la naturaleza del pecado, quedamos expuestos a las terribles consecuencias de nuestra desobediencia a esa ley. Lo que el pecador requiere para ser rescatado de los aspectos punitivos de esta ley es lo que Solomon Stoddard llamó una justicia de la Ley. Así como el pecado es definido por la falta de conformidad con la Ley, o la transgresión de la Ley, el único antídoto para esa transgresión es la obediencia a la Ley. Si poseemos tal obediencia a la Ley de Dios, no estamos en peligro del juicio de Dios.

Solomon Stoddard, el abuelo de Jonathan Edwards, escribió en su libro, La justicia de Cristo, el siguiente resumen del valor de la justicia de la Ley: «Es suficiente para nosotros si tenemos la justicia de la ley. No hay peligro de que nos perdamos si tenemos esa justicia. La seguridad de los ángeles en el Cielo es que ellos tienen la justicia de la ley, y es una seguridad suficiente para nosotros si tenemos la justicia de la ley. Si tenemos la justicia de la ley, entonces no estamos sujetos a la maldición de la ley. No somos amenazados por la ley; no provocamos a la justicia; la condenación de la ley no puede apoderarse de nosotros; la ley no tiene nada que objetar contra nuestra salvación. El alma que tiene la justicia de la ley está fuera del alcance de las amenazas de la ley. Cuando se responde a la demanda de la ley, la ley no encuentra culpabilidad. La ley maldice solo por falta de obediencia perfecta. Además, donde está la justicia de la ley, Dios se ha comprometido a dar vida eterna. Tales personas son herederos de la vida, según la promesa de la ley. La ley los declaró herederos de la vida, Gálatas 3:12, «la ley no es de fe; al contrario, el que las hace (las cosas escritas en el libro de la ley), vivirá por ellas». (La justicia de Cristo, p. 25).

La única justicia que cumple con los requisitos de la Ley es la justicia de Cristo. Es solo por medio de la imputación de esa justicia que el pecador puede poseer la justicia de la Ley. Esto es crítico para nuestro entendimiento en este día donde la imputación de la justicia de Cristo está siendo fuertemente atacada. Si abandonamos la noción de la justicia de Cristo, no tenemos esperanza, porque la Ley nunca es negociada por Dios. Mientras la Ley exista, estamos expuestos a su juicio a menos que nuestro pecado esté cubierto por la justicia de la Ley. La única cobertura que podemos tener de esa justicia es la que nos viene de la obediencia activa de Cristo, quien cumplió por Sí mismo cada jota y cada tilde de la Ley. Su cumplimiento de la ley en Sí mismo es una actividad vicaria por la cual Él alcanza la recompensa que viene con tal obediencia. No lo hace para Sí mismo, sino para Su pueblo. Es el marco de esta justicia imputada, este rescate de la condenación de la Ley, esta salvación de los estragos del pecado que viene a ser el escenario para la santificación del cristiano, en el que debemos mortificar el pecado que permanece en nosotros, ya que Cristo murió por nuestros pecados.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios

La voz de la iglesia

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La voz de la iglesia

R.C. Sproul

Cuando Planned Parenthood adoptó una estrategia para ganar el debate sobre el aborto y establecer el derecho legal para que las mujeres puedan hacerse el aborto libre, se hicieron una pregunta estratégica: «¿De dónde vendrá nuestra oposición más fuerte?» La organización anticipó que la oposición vendría más ferozmente de la Iglesia Católica Romana. Así que, con el fin de contrarrestar el impacto de la comunidad católica, Planned Parenthood adoptó una táctica para alentar a las iglesias protestantes a apoyar el derecho de la mujer al aborto libre. Fomentó el uso de slogans como «El derecho de una mujer a elegir» y «El derecho de una mujer sobre su propio cuerpo». Otra parte de la estrategia fue cambiar el lema “pro aborto” por el de «pro elección». En otras palabras , el esfuerzo para legalizar el aborto libre fue envuelto en la bandera de la libertad personal.

La estrategia de Planned Parenthood fue eminentemente exitosa. En su mayor parte, las principales iglesias liberales respaldaron la cruzada feminista a favor de la «elección». Lo más penoso fue el silencio de las iglesias evangélicas, las iglesias comprometidas con la autoridad de la Biblia y la fe cristiana clásica. Le tomó muchos años a la iglesia evangélica llegar a un consenso sobre el mal del aborto, pero lo más trágico es que muchas de ellas todavía se niegan a hablar en contra de la destrucción de bebés hechos a la imagen de Dios.

Hace varios años, produje una serie de enseñanza, de la cual surgió mi libro sobre el aborto. Hicimos un esfuerzo para llevar estos materiales educativos a las iglesias evangélicas, a fin de ayudarlos a instruir a sus miembros sobre este asunto ético profundamente serio . Me entristeció recibir la misma respuesta una y otra vez. Innumerables pastores evangélicos me dijeron que no podían usar nuestros materiales en sus iglesias porque el tema del aborto es muy controversial. Decían que si se oponían al aborto libre dividirían sus iglesias. ¿Qué? ¿Dividir sus iglesias? ¿Qué mal podría ser mayor que dividir una iglesia? La respuesta es la siguiente: permanecer en silencio en cuanto al problema ético más serio al que se ha enfrentado Estados Unidos alguna vez.

Si la matanza de millones de bebés no nacidos se va a detener, la iglesia debe, una vez más, volver a ser la iglesia. Aquellos que se esconden detrás de la idea de que la iglesia nunca debería hablar sobre asuntos políticos han pasado por alto las versiones escriturales de lo que podríamos llamar crítica profética. Pudo haber sido políticamente incorrecto por parte de Natán confrontar a David por su adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías (2 Sam. 12:1-15a). Pudo haber sido políticamente incorrecto por parte de Elías confrontar a Acab por tomar posesión de la viña de Nabot en forma pecaminosa (1 Re. 21). Pudo haber sido políticamente incorrecto que Juan el Bautista desafiara el matrimonio ilícito de Herodes el Tetrarca (Mat. 14). En estos y otros ejemplos de la Sagrada Escritura, vemos representantes de la iglesia que no intentan convertirse en el Estado sino que hacen una crítica profética al Estado, a pesar de las consecuencias que ello pudiera acarrearles. La iglesia no debe pretender ser el Estado, más bien debe ser la conciencia del Estado, una conciencia que no puede permitirse el lujo de ser cauterizada y callada.

El Estado es un instrumento ordenado por Dios. También está gobernado por Dios. La iglesia no necesita ser el Estado, pero debe recordarle al Estado el deber que Dios le ha dado. La razón principal de la existencia de cualquier gobierno es mantener, sostener y proteger el carácter sagrado de la vida humana. Cuando el Estado falla en hacer eso, se ha demonizado. Y es el deber sagrado de la iglesia y de cada cristiano expresar su oposición.

Las principales estrategias de la iglesia evangélica para terminar con el aborto han sido presionar a las clínicas de aborto y a los funcionarios electos. No hay nada malo con estas estrategias; sin embargo, una estrategia que no se ha utilizado o adoptado ampliamente es protestar contra las iglesias que apoyan el horrible asesinato de bebés no nacidos. Es hora de que los cristianos hagan una crítica profética a la iglesia, específicamente a aquellas iglesias que apoyan el aborto libre o que guardan silencio sobre este asunto tan importante.

En mi propia ciudad, una de las iglesias evangélicas más grandes públicamente le dió la bienvenida a una mujer que en Estados Unidos es la más notable y elocuente defensora de los abortos por parto parcial (dilatación y extracción). Eso es un escándalo para la comunidad cristiana. Es un escándalo para la causa de Jesucristo. Esa iglesia necesita ser llamada a rendir cuentas.

Es hora de que las iglesias que entienden el mal del aborto se pongan de pie y den la cara, sin importar el riesgo o el costo. Cuando la iglesia guarda silencio en medio de un holocausto, deja de ser una verdadera iglesia. Dondequiera que la dignidad humana esté bajo ataque, es el deber de la iglesia y del cristiano levantar su protesta. Esto no es un asunto político, y tampoco es un asunto temporal. No se trata de cuáles cristianos puedan estar en desacuerdo. Es una cuestión de vida o muerte, cuyos resultados tendrán repercusiones eternas.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

R.C. Sproul

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El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué es el Reino de Dios?

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¿Qué es el Reino de Dios?

R.C. Sproul

Supongamos que alguien te hace la pregunta: “¿Qué es el reino de Dios?” ¿Cómo responderías? La respuesta más fácil sería notar que un reino es un territorio donde gobierna un rey. Y como entendemos que Dios es el Creador de todas las cosas, su reino se extiende por todo el mundo. Esto manifiesta que el reino de Dios está dondequiera que Dios reina, y dado que Él reina en todas partes, el reino de Dios está en todas partes.

Sin embargo, eso no es todo. Ciertamente, el Nuevo Testamento se refiere a algo más. Podemos ver esto en el momento que Juan el Bautista sale del desierto anunciando con urgencia: “Arrepentíos, porque el reino de Dios se ha acercado”. Y volvemos a verlo cuando Jesús aparece en escena con el mismo anuncio. Si el reino de Dios es todo el universo sobre el cual Él reina, ¿por qué alguien tendría que anunciar que el reino de Dios estaba cerca o estaba por suceder? Obviamente, Juan el Bautista y Jesús se referían a algo más profundo.

En el corazón de este tema está la idea del reino mesiánico de Dios. Un reino que será gobernado por el Mesías escogido de Dios, quien no será solo el Redentor de su pueblo, sino también su Rey. Así que cuando Juan habla de la proximidad radical de este avance, la intrusión del reino de Dios, está hablando del reino del Mesías.

La tarea de la iglesia es hacer visible el reino invisible.

Al final de la vida de Jesús, justo cuando estaba a punto de partir de este mundo, sus discípulos tuvieron la oportunidad de hacerle una última pregunta. Ellos le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?” (Hch. 1:6b).

Fácilmente puedo imaginarme que de alguna manera Jesús se frustró con esa pregunta. Y hubiera esperado que Él dijera: “¿Cuantas veces tengo que decirles que yo no restauraré el reino de Israel?”; pero eso no fue lo que dijo; Él les dio una respuesta paciente y gentil. Él dijo: “No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con Su propia autoridad; pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch. 1:7-8). ¿Qué quiso decir? ¿A dónde quería llegar?

Cuando Jesús le dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”, ¿estaba indicando que su reino era algo espiritual que toma lugar en nuestros corazones, o estaba hablando de algo más? Todo el Antiguo Testamento llama la atención no a un reino que simplemente toma lugar en los corazones de las personas, sino a un reino que se abriría paso en este mundo, un reino gobernado por el Mesías escogido por Dios. Por esta razón, durante su ministerio en la tierra, Jesús dijo cosas como: “Pero si Yo por el dedo de Dios echo fuera los demonios, entonces el reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc. 11:20). ¿Cómo podría el reino haber llegado a la gente, o estar cerca de ellos? El reino de Dios estaba cerca de ellos porque el Rey del reino estaba allí. Cuando Él vino, Jesús inauguró el reino de Dios. Él no lo consumó, pero sí lo empezó. Y cuando ascendió al cielo, fue allí para su coronación, para su investidura como Rey de reyes y Señor de señores.

Así que la realeza de Jesús no es algo que permanezca en el futuro. Cristo es Rey en este preciso minuto. Él está en el puesto de la más grande autoridad cósmica. Toda la autoridad en el cielo y en la tierra ha sido dada al ungido Hijo de Dios (Mt. 28:18).

En 1990 me invitaron a Europa del Este a realizar una serie de cátedras en tres países, primero en Checoslovaquia, luego Hungría, y finalmente Rumania. Cuando partíamos de Hungría, nos alertaron que la patrulla fronteriza de Rumania era un poco hostil a los estadounidenses, y que debíamos estar preparados para que nos arrestaran en la frontera.

Efectivamente, cuando nuestro inestable tren llegó a la frontera con Rumania, dos guardias se subieron. No podían hablar inglés, pero señalaron nuestros pasaportes y nuestro equipaje. Ellos querían que bajáramos nuestras maletas del portaequipaje y las abrieramos. Eran bastante bruscos y rudos. Fue entonces, cuando de la nada, su jefe apareció, un oficial corpulento que hablaba un poco de inglés. Él notó que una de las mujeres de nuestro grupo tenía una bolsa de papel en su regazo, y había algo que se asomaba. El oficial dijo: ¿Qué es esto? ¿Qué hay en la bolsa? La abrió, sacó una Biblia, y repasó rápidamente las hojas. Luego se detuvo y me miró. Yo estaba sosteniendo mi pasaporte americano, y él dijo: “Usted no estadounidense”. Miró a Vesta y dijo: “Usted no estadounidense”. Y luego dijo lo mismo al resto del grupo. Fue allí cuando él sonrió y dijo: “Yo no soy rumano”.

Para entonces ya estábamos confundidos, pero él señaló un texto, me lo dio, y me dijo, “Lee lo que dice”. Yo miré y decía: “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20a). El oficial era un cristiano. Volteó a ver a sus subordinados y dijo: “Dejen a esta gente en paz. No hay problema. Ellos son cristianos”. Como puedes imaginar, dije: “Gracias, Señor”. Este hombre entendía algo acerca del reino de Dios: que nuestra ciudadanía, en primer lugar, es el reino de Dios.

Yo tuve una crisis sobre esto en mi último año de seminario, cuando era un pastor estudiantil de una iglesia de refugiados húngaros en el oeste de Pensilvania. Era un pequeño grupo de unas cien personas, muchas de las cuales no hablaban inglés. Alguien donó una bandera estadounidense a la iglesia, la cual coloqué en la plataforma, frente a la bandera cristiana. Mi crisis llegó la semana siguiente, cuando uno de los ancianos, que era un veterano, vino y me dijo: “Reverendo, usted puso todo mal allí en la plataforma”. Le pregunté: “¿Por qué?”. Dijo: “Bueno, la ley de nuestra tierra requiere que cada vez que se muestra una bandera junto a la bandera estadounidense, debe colocarse en una posición subordinada a la bandera estadounidense. La forma en que usted las puso, la bandera estadounidense está subordinada a la bandera cristiana. Eso tiene que cambiar”. Cualquiera que haya vivido fuera de este país sabe lo maravilloso que es este lugar. Me encanta y lo respeto, junto con sus símbolos, incluida la bandera. Pero mientras escuchaba a este anciano hablar, me pregunté a mí mismo: ¿Cómo puede la bandera cristiana estar subordinada a cualquier bandera nacional?

El reino de Dios triunfa sobre todos los reinos terrenales. Soy primero cristiano, y segundo estadounidense. Le debo lealtad a la bandera estadounidense, pero tengo una mayor lealtad a Cristo, porque Él es mi Rey. Entonces tuve un dilema. No quería violar la ley de los Estados Unidos, y no quería comunicar que el reino de Dios está subordinado a un gobierno humano. Así que resolví el dilema con bastante facilidad: saqué ambas banderas de la iglesia.

Experimentamos este conflicto de reinos cuando Jesús nos dice que oremos: “Venga tu reino”. ¿Qué significa esto? ¿Qué estamos orando cuando hacemos esta petición? Hay una lógica que corre como una cinta a través del Padre nuestro. Cada una de las peticiones está conectada a las demás. La primera petición que Jesús nos enseñó fue: “Santificado sea tu nombre”, lo cual pide que el nombre de Dios sea considerado como santo. Manifiestamente, a menos que y hasta que el nombre de Dios sea considerado como santo, su reino no vendrá ni podrá venir a este mundo. Pero nosotros que consideramos que su nombre es santo, tenemos la responsabilidad de manifestar el reino de Dios.

Juan Calvino dijo que la tarea de la iglesia es hacer visible el reino invisible. Lo hacemos al vivir de tal manera que damos testimonio de la realidad de la monarquía de Cristo en nuestros trabajos, nuestras familias, nuestras escuelas, e incluso nuestros talonarios de cheques, ya que Dios, en Cristo, es Rey sobre cada una de estas esferas de la vida. La única forma en que el reino de Dios se manifestará en este mundo antes de que Cristo venga es si lo manifestamos por la forma en que vivimos como ciudadanos del cielo y súbditos del Rey.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios

La plenitud de gozo

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La plenitud de gozo

R.C. Sproul

«Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Juan 15:2).

No tengo habilidad para la jardinería, y mi conocimiento en horticultura es muy rudimentario. Sin embargo, he experimentado el proceso de cultivar rosas, y he aprendido que después de que florecen pueden decaer si no las cortas en cierta parte del tallo. Si soy diligente en podar las partes muertas del rosal, el florecimiento se vuelve más hermoso con el tiempo.

Este proceso me parece contrario a mi intuición; creería que cortando partes del tallo estaría hiriendo o incluso destruyendo el rosal. Sin embargo, el proceso de poda concentra los nutrientes del rosal, o del arbusto, causando que este produzca fruto consistentemente. Este proceso es especialmente importante en el cuidado de los viñedos, el cual es el ejemplo de la vid que vemos en la metáfora de Jesús.

Continuando con el capítulo de Juan, Jesús dijo: “Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado” (v. 3). Aquí Él se está dirigiendo a sus discípulos, a los creyentes, y a aquellos que ya disfrutaban de la comunión con Él y tenían una relación de salvación con Él. Él dijo que ellos ya habían sido “limpios”, y luego agrega: “Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí” (v. 4).

Entonces ¿qué pasa con las ramas que son podadas del árbol o del arbusto? Después de que son cortadas, ellas se marchitan y mueren, pues han sido separadas de su suministro de vida. Obviamente, esas ramas muertas no producirán fruto alguno. Se vuelven impotentes.

Necesitas la iglesia de Cristo. Necesitas la comunión de los santos y la asamblea de la gente de Dios. No somos individualistas llamados a vivir en aislamiento.

Un día, durante una comida al aire libre en la casa de unos de sus miembros, un ministro se acercó a la parrilla para hablarle al anfitrión, el cual había dejado de ir al servicio semanal. El ministro esperaba animarlo a comenzar a asistir una vez más, pero cuando el ministro le preguntó al anfitrión por qué no había vuelto, el hombre respondió: “Soy cristiano, pero no siento que deba ir a la iglesia. Puedo hacerlo solo. Soy un tipo de persona independiente. No necesito de comunión con otros para estimular mi caminar con el Señor”.

Mientras el ministro escuchaba las explicaciones de este hombre, notó que el carbón de la parrilla estaba al rojo vivo. Sin decir nada, el ministro cogió un cubierto de tenazas y apartó de los otros uno de los carbones encendidos, y siguió la conversación con el feligrés. Sin embargo, minutos después el ministro cogió el carbón que había apartado, miró al hombre y le dijo: “¿Viste lo que acaba de pasar? Hace un par de minutos yo no me hubiera atrevido a tocar este carbón porque estaba muy caliente, pero apenas lo separé de los otros, dejó de arder y enfrió. Ya no podrá ayudar a cocinar las carnes de la parrilla. Eso es lo que te va a pasar a ti, pues tú necesitas el cuerpo de Cristo. Tú necesitas la iglesia de Cristo. Tú necesitas la comunión de los santos y la asamblea de la gente de Dios. No somos individualistas llamados a vivir en aislamiento”.

El ministro tenía razón. La compañía de otros creyentes mantiene nuestra fe viva y activa. Pero si nos enfriamos cuando nos alejamos de la conexión con otros cristianos, ¿cuánto más nos marchitaremos si nos alejamos de la verdadera fuente de poder, que es Cristo mismo?

Ese es el punto que Jesús está haciendo aquí. Seremos infructuosos y nos marchitaremos espiritualmente si no permanecemos en Cristo, la vid verdadera.

La palabra griega traducida como “permanecer” es meno, la cual también puede traducirse como “remanente” o “quedarse”. Si queremos ser productivos, no podemos simplemente visitar a Jesús de vez en cuando. Necesitamos permanecer en Él.

Déjame enfatizar que Jesús no estaba hablando en esta parábola sobre perder la salvación. Ese es otro asunto. Pero nos estaba recordando que somos propensos a divagar, a dejar de aprovechar la fuente de nuestro poder y nuestra vitalidad espiritual, que es Cristo mismo.

Así que la enseñanza de Jesús es mantenernos cerca: “Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí” (v. 4). En pocas palabras, todos los esfuerzos que hacemos para estar gozosos, para ser productivos, o para lograr algo que valga la pena en el reino de Dios, son ejercicios inútiles si tratamos de hacerlos en nuestra propia fuerza.

Los cristianos debemos entender que sin una conexión fuerte con Cristo, que es el suministro de energía, seremos completamente infructuosos.

Jesús continuó diciendo:

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer. Si alguno no permanece en mí, es echado fuera como un sarmiento y se seca; y los recogen, los echan al fuego y se queman. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así probéis que sois mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea perfecto» (v. 5-11).

Fue solo en el versículo final de este pasaje que Jesús explicó por qué había enseñado esto a los discípulos: “Estas cosas les he hablado, para que Mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea perfecto”. Nota tres cosas importantes en esta lección.

Primero, el gozo que Jesús quiere ver en nosotros es su gozo. Anteriormente Jesús le habló a sus discípulos acerca de la paz, diciendo: “La paz les dejo, Mi paz les doy; no se la doy a ustedes como el mundo la da. No se turbe su corazón ni tenga miedo” (Jn. 14:27). Entonces, ¿de dónde viene la paz del cristiano? Viene de Él; de hecho, es Su paz. Y así mismo, su propio gozo está disponible para nosotros, y Él quiere verlo habitando en nosotros.

Segundo, Él quiere que su gozo permanezca en nosotros. Él quiere que tengamos un gozo permanente, no una montaña rusa de emociones oscilando entre gozo y miseria. Si nosotros queremos estar consistentemente gozosos, necesitamos habitar en Él.

Tercero, Él distingue entre su gozo y nuestro gozo, y expresa el deseo de que “nuestro gozo sea cumplido”. ¿No es acaso eso lo que queremos? No queremos una copa parcial del fruto del Espíritu. No queremos solo un poquito de gozo. Queremos todo el gozo que el Padre haya guardado para sus hijos. Esa plenitud de gozo viene de Cristo. Es primero su gozo el que Él nos da, y cuando estamos conectados a Él, este gozo que proviene de Él crece, aumenta, y se llena.

Ninguno de los que están leyendo este articulo ha experimentado el nivel más alto de gozo disponible para los hijos de Dios. Hay más gozo disponible que el que tienes en este momento. Hay una plenitud que nos espera mientras el fruto del Espíritu es nutrido por la vid verdadera.

Este es un extracto del libro gratis de R.C. Sproul: «¿Puedo tener gozo en mi vida?». Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

No confundas el placer con el gozo

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No confundas el placer con el gozo

R.C. Sproul

Cuando estaba chico mis padres me obligaban a la iglesia cada domingo por la mañana. No tenía deseos de ir. Encontraba que el servicio de adoración era aburrido y no podía esperar a que se terminara para salir a jugar. Pero todavía peor que el servicio de adoración dominical era la clase semanal de catecismo, la cual teníamos los sábados por la mañana. Esa fue mi peor experiencia en la iglesia de pequeño. Tuve que pasar por una clase de comulgante, luego siguió una clase de catecismo, donde yo y otros niños y niñas teníamos que memorizar el Catecismo menor de Westminster. Lo soporté todo para convertirme en miembro de la iglesia y terminar el curso para que mis padres estuvieran satisfechos. No me convertí a Cristo sino hasta años después.

Cuando me convertí en cristiano me encontré deseando haber puesto más atención a mi clase de catecismo. Lo único que recordaba del Catecismo menor era la primera pregunta y respuesta, y la única razón por la que recordaba esa pregunta era porque nunca pude encontrarle el sentido. La pregunta era esta: “¿Cuál es el propósito principal del hombre?”. La respuesta que teníamos que aprender y recitar era esta: “El propósito principal del hombre es glorificar a Dios, y disfrutarlo por siempre”. Simplemente no podía conectar las dos cosas. Entendía, incluso de niño, que la idea de glorificar a Dios tenía algo que ver con obedecerle, algo que ver con la búsqueda de la piedad. Pero eso no era lo que me preocupaba más. No era mi propósito principal ser un hijo obediente de Dios, ¡para nada! Y debido a que no era mi propósito principal ser un hijo obediente de Dios, no podía entender cómo había una relación entre glorificar a Dios y disfrutarlo. Para mí, las dos cosas parecían antitéticas, incompatibles.

Al buscar perdón de Dios día a día, regresamos al principio de nuestro gozo, al día en que descubrimos que nuestros nombres están escritos en el cielo.
Mi problema era que había confundido dos ideas fundacionales. No sabía la diferencia entre placer y gozo. Lo que yo quería era placer, porque asumía que la única manera de tener gozo era adquiriendo placer. Pero entonces descubrí que mientras más placer adquiría, menos gozo poseía, porque estaba buscando el placer en cosas que desobedecían a Dios. Esa es la atracción del pecado. Pecamos porque da placer. La seducción del pecado es que pensamos que nos hará feliz. Pensamos que nos dará gozo y realización personal. Pero solamente nos da sentimiento de culpa, la cual socava y destruye el gozo auténtico.

Mi conversión fue fundamentalmente una experiencia del perdón de Dios. Cuando fui salvo podría haber saltado de alegría en la lluvia, pues experimenté la diferencia entre placer y gozo. Descubrí en mi propia conversión un gran gozo.

El salmo 51 es el más grande ejemplo de arrepentimiento que encontramos en toda la Escritura. En este salmo, David, bajo la convicción del Espíritu Santo, es traído a arrepentimiento por su pecado con y contra Betsabé. Está quebrantado y contrito del corazón, y viene delante de Dios rogando recibir perdón. Dice: “Restitúyeme el gozo de Tu salvación” (v. 12a). Aquellos que han experimentado el perdón de Dios y el gozo inicial de ello siempre necesitan que ese gozo sea restituido, que el gozo pueda regresar al ser removida la culpa del pecado continuo. Al buscar perdón de Dios día a día, regresamos al principio de nuestro gozo, al día en que descubrimos que nuestros nombres están escritos en el cielo.

Hay millones de personas que nunca han experimentado el gozo de la salvación. Si eres una de ellas, te digo que no hay nada como eso en el mundo. Solo imagina a Dios borrando todo pecado que jamás hayas cometido, qué sea removida toda esa culpa que has acumulado y los sentimientos que vienen por ello. Eso es lo que Cristo vino a hacer. Quiere darnos gozo, no poder o éxito. Su regalo es el gozo que viene al saber que nuestros nombres están escritos en el cielo.

Este es un extracto del libro gratis de R.C. Sproul: «¿Puedo tener gozo en mi vida?». Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Nuestro hermoso Dios

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Nuestro hermoso Dios

R.C. Sproul

Siempre me ha parecido interesante que la Biblia a menudo hace referencia a lo bello. De hecho, si uno se toma el tiempo de buscar cada referencia que se hace acerca de la “belleza”, o cada referencia que se hace a “lo bello” en una concordancia, podríamos darnos cuenta de que la palabra belleza en una forma u otra es usada con frecuencia en las páginas de la Sagrada Escritura, particularmente en el Antiguo Testamento. 1 Crónicas 16:29 es uno de los lugares donde leemos acerca de la belleza: “Tributen al Señor la gloria debida a Su nombre; traigan ofrenda, y vengan delante de Él. Adoren al Señor en la majestad de la santidad”. Este pasaje nos habla de la santidad y la gloria de Dios en relación con la idea de la belleza. Estamos llamados a venir ante la presencia de Dios y a adorar lo que es bello en Él: y eso es su gloria y santidad.

La Escritura se preocupa por tres dimensiones de la vida cristiana: lo bueno, lo verdadero, y lo bello.

Otros textos que también nos hablan sobre la belleza de Dios los podemos encontrar en los Salmos. “Una cosa he pedido al Señor, y ésa buscaré: Que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo” (Sal. 27:4). En el salmo 29, David nos llama a adorar al Señor en la belleza o hermosura de su santidad. En ambos pasajes, el Señor, o aspectos significativos de su carácter, son llamados “bellos”.

Me temo que la idea de la belleza de Dios ha quedado prácticamente eclipsada en nuestra cultura contemporánea, nuestra comunidad secular, y también en la iglesia. He dicho en muchas ocaciones que la Escritura se preocupa por tres dimensiones de la vida cristiana: lo bueno, lo verdadero, y lo bello. Sin embargo, tendemos a separar el tercero de los otros dos. Algunos cristianos reducen su preocupación por las cosas de Dios al ámbito ético, a una discusión de rectitud o de bondad con respecto a nuestro comportamiento. Otros están tan preocupados por la pureza de la doctrina que se enfocan mas por la verdad a expensas del comportamiento, o a expensas de lo santo. Raramente, al menos en muchos de los círculos protestantes, encontramos un enfoque en lo bello.

Esto refleja un sorprendente desequilibrio, pues la Biblia se preocupa por la bondad, la verdad, y la belleza. Dios nos dice que las Escrituras son como el fundamento o la fuente de toda bondad. Toda bondad encuentra su definición en el carácter de Dios. Analizándolo bien, el carácter de Dios es la medida de la bondad. Al mismo tiempo, las Escrituras hablan de Dios como el autor, la fuente, y el fundamento de toda la verdad. De la misma manera y en la misma dimensión, las Escrituras nos hablan acerca de la belleza de Dios. Su Palabra nos dice que todas las cosas bellas encuentran su fuente y fundamento en el carácter de Dios mismo. Entonces, Dios es en última instancia la norma del bien, la norma de lo verdadero, y la norma de lo que es verdaderamente bello.

Vivimos en un momento de mucha crisis en la cultura secular, y sobre todo en la iglesia, con respecto a lo bello. Escucho todo el tiempo de artistas cristianos que son músicos, escultores, pintores, arquitectos, escritores, dramaturgos, y demás, que se sienten aislados de la comunidad cristiana. Me dicen que son tratados con desprecio porque su vocación se considera mundana e indigna de la devoción cristiana. Ese es un triste comentario sobre nuestra forma de ver las cosas, particularmente cuando miramos la historia de la iglesia y vemos que la iglesia cristiana ha producido algunos de los mayores gigantes en la música, el arte, y la literatura. ¿Dónde sino en la historia cristiana encuentras un Milton, un Handel, un Bach, o un Shakespeare, hombres que han sido pioneros de la grandeza en las artes?

Si fueras al Louvre en París, o al Rijksmuseum en Amsterdam, y examinaras la historia del arte, verías que está dominado por una orientación religiosa, y específicamente, una orientación cristiana. Desde que el pueblo de Dios ha existido en comunidad, el arte ha sido una preocupación significativa. Cuando vamos al Antiguo Testamento, por ejemplo, observamos que las primeras personas llenas del Espíritu Santo eran los artesanos, y artesanos que Dios seleccionó con el fin de preparar los objetos para hacer su tabernáculo. Esa es la inspiración divina: estos artistas fueron inspirados por Dios y su Espíritu Santo. Él los inspiró para hacer la artesanía del tabernáculo y sus muebles, para el trabajo del metal en el tabernáculo, y para la fabricación de los vestidos y túnicas de Aarón, que debían ser hechos para la gloria y la belleza del Padre. A Dios le preocupaba no solo usar artistas en la construcción de su santuario en el Antiguo Testamento, sino también le preocupaba dotar a esos mismos artistas con el poder de su Espíritu Santo para asegurarse de que lo que hacían cumplía con los estándares de belleza que Él mismo había establecido.

Al mismo tiempo, también vemos en el Antiguo Testamento fuertes prohibiciones contra el mal uso del arte. Uno de los diez mandamientos prohíbe hacer imágenes talladas que se volvieran parte de la práctica de la idolatría, por lo que existe una cerca protectora alrededor del uso del arte en el Antiguo Testamento. Aunque hubo algunas formas de arte que recibieron la bendición de Dios, hubo otras que no.

No puedes leer las Escrituras y llegar a una conclusión simplista de que todo arte es buen arte, o que todo arte es mal arte. No puedes leer las Escrituras y llegar a la idea de que el arte siempre es legal, o que el arte siempre es ilegal. Lo que podemos hacer es entender que Dios creó el arte, y esto dice que el arte es lo suficientemente importante, al punto de incluirlo en su tabernáculo para mostrar lo que es hermoso, ahí donde las personas se encontrarían para adorarlo. La belleza es importante para Dios porque Él es hermoso, y por eso lo bello también debe ser importante para su pueblo. Se debe alentar a los artistas cristianos a crear bellas artes, y se debe alentar a los cristianos a apreciar lo bello junto a lo verdadero y lo bueno, porque el Señor mismo es hermoso.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué cree la Iglesia católica sobre la justificación?

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¿Qué cree la Iglesia católica sobre la justificación?

R.C. Sproul

El evangelio de Jesucristo siempre corre el riesgo de ser distorsionado. Se distorsionó en los siglos que precedieron la Reforma protestante del siglo XVI. Se distorsionó innumerables veces en la historia de la Iglesia, y frecuentemente se distorsiona hoy. Por esto Martín Lutero dijo que el evangelio debe ser defendido en cada generación. Es el centro del ataque de las fuerzas del mal. Saben que si erradican el evangelio, erradican el cristianismo.

Hay dos lados al evangelio, las buenas nuevas del Nuevo Testamento: un lado objetivo y uno subjetivo. El contenido objetivo del evangelio es la persona y obra de Jesús: quién es y lo que ha hecho en su vida. El lado subjetivo concierne la pregunta de cómo los beneficios de la obra de Cristo pueden ser apropiados por el creyente. Allí sale a relucir la doctrina de la justificación.

Lo que estaba en juego en la Reforma era el evangelio de Jesucristo.
La Reforma incluyó muchos puntos, pero el principal, el punto material de la Reforma era el evangelio, específicamente en la doctrina de la justificación. No había un gran desacuerdo entre las autoridades católico romanas y los reformadores protestantes sobre el lado objetivo. Todos estaban de acuerdo en que Jesús era divino, el Hijo de Dios y de la Virgen María, y que había vivido una vida de obediencia perfecta, muerto en la cruz como expiación, y resucitado de la tumba. La batalla era sobre la segunda parte del evangelio, la parte subjetiva, la pregunta de cómo los beneficios de Cristo se aplican al creyente.

Los reformadores creían y enseñaron que somos justificados por la fe solamente. La fe, decían, es la única causa instrumental para nuestra justificación. Querían decir que recibimos todos los beneficios de la obra de Jesús al poner nuestra confianza en Él solamente.

La comunidad romana también enseñaba que la fe es una condición necesaria para la salvación. En el seminal de Concilio de Trento (1545–1563), que formuló la respuesta de Roma a la Reforma, las autoridades católico romanas declararon que la fe es tres cosas: el initium, el fundamentum, y la radix. Esto es, que la fe es el comienzo de la justificación, el fundamento para la justificación, y la raíz de la justificación. Pero Roma mantenía que una persona podía tener fe verdadera y aún así no ser justificada, porque había muchas más cosas en el sistema romano.

En realidad, el evangelio de acuerdo a Roma, expresado en Trento, decía que la justificación se lleva a través de sacramentos. Inicialmente, quien los recibe debe aceptar y cooperar en el bautismo, en donde recibe gracia que justifica. Retiene esa gracia hasta cometer pecado mortal. El pecado mortal es llamado así porque mata la gracia de la justificación. El pecador entonces debe ser justificado una segunda vez. Eso sucede por el sacramento de la penitencia, el cual el concilio de Trento definió como “el segundo tablón” de la justificación para aquellos que habían hundido sus almas.

La diferencia fundamental era esta. Trento decía que Dios no justifica a nadie hasta que dicha persona tuviera justicia real inherentemente en su persona. En otras palabras, Dios no declara justa a una persona a menos que ella lo sea. Entonces, de acuerdo a la doctrina católico romana, la justificación depende de la santificación de la persona. En contraste, los reformadores decían que la justificación se basa en la justicia imputada de Jesús. La única base por la cual una persona puede ser salva es la justicia de Jesús, la cual le es adjudicada cuando cree.

Éstas eran dos maneras de ver la salvación radicalmente diferentes. No podían ser reconciliadas. Una era el evangelio, la otra no. Entonces, lo que estaba en juego en la Reforma era el evangelio de Jesucristo. Aunque el Concilio de Trento hizo muchas buenas afirmaciones de verdades tradicionales de la fe cristiana, declaró que la justicia por la fe solamente era anatema, ignorando la plena enseñanza de la Escritura, como aquella encontrada en Romanos 3:28, “Concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la Ley”.

Este es un extracto del libro de R.C. Sproul titulado «¿Estamos Juntos en Verdad?«. Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios

La virtud cristiana del amor

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La virtud cristiana del amor

R.C. Sproul

¿Cuántas personas conoces que hayan llegado al salón de la fama en música, arte, literatura, o deportes, debido a su amor? Elevamos a la gente al estatus de héroes debido a sus dones, sus talentos, y su poder, pero no debido a su amor. A pesar de esto, desde la perspectiva de Dios, el amor es la mayor de todas las virtudes. Pero, ¿qué es el amor?

Se dice que el amor hace que el mundo gire, y el amor romántico ciertamente hace que la cultura gire en términos de publicidad y entretenimiento. Nunca nos cansamos las de historias románticas. Pero no nos referimos al amor romántico cuando hablamos de la virtud cristiana del amor. Estamos hablando de una dimensión mucho más profunda del amor, una virtud tan suprema que debe distinguir a los cristianos de todas las demás personas. Es más, el amor es tan importante en las enseñanzas bíblicas que Juan nos dice: “Dios es amor” (1 Jn. 4:7-8).

1 Corintios 13 mide las profundidades de lo que significa realmente el amor. Es una vara de medir con la que podemos examinarnos cuidadosamente para ver si este amor habita en nuestros corazones y se hace manifiesto en nuestras vidas.

Cualquier otra cosa que digamos sobre la virtud cristiana del amor, debemos tener en claro que el amor que Dios ordena es un amor que imita el suyo. El amor de Dios es absolutamente perfecto. Y somos llamados a reflejar ese amor como un espejo, a ser perfectos como Él es perfecto (Mt. 5:48). Ahora, por supuesto, ninguno de nosotros ama de manera perfecta, y es por esto que debemos estar cubiertos con la justicia perfecta de Cristo por medio de la fe únicamente en Él. No obstante, es importante regresar a la Escritura para descubrir cómo el amor debe lucir, pues nos satisfacemos fácilmente con un entendimiento sentimental, sensiblero, romántico, o superficial del amor.

1 Corintios 13 mide las profundidades de lo que significa realmente el amor. Es una vara de medir con la que podemos examinarnos cuidadosamente para ver si este amor habita en nuestros corazones y se hace manifiesto en nuestras vidas. Por eso me sorprende que 1 Corintios 13 sea uno de los pasajes más populares en toda la Biblia, en lugar de ser uno de los más despreciados. No puedo pensar en ningún capítulo en la Escritura que revele tan rápido nuestro pecado. Su popularidad quizá se debe a que es uno de los capítulos menos comprendidos y menos aplicados de la Biblia. En cierta manera somos ambivalentes a él. Nos atrae la grandeza de su tema y la elocuencia de su lenguaje, a pesar de que al mismo tiempo somos rechazados por este capítulo porque revela nuestras faltas. Queremos guardar cierta distancia del mismo porque nos muestra tan claramente nuestra falta de amor real.

Este capítulo es parte de una amonestación apostólica a los cristianos que se encontraban separados por las contiendas de la iglesia. Se estaban comportando de manera inmadura y carnal, y en el corazón de esa profana conducta estaban ciertos talentos, habilidades, y dones, que se manifestaban en ellos sin que hubiera amor en sus vidas. En los versos de apertura, Pablo habla del amor como el sine qua non de la virtud cristiana (1 Cor. 13:1-3). Está hablando en hipérbole, exagerando intencionalmente las cosas para establecer su punto. Inicia comparando el amor con el don de lenguas. Pablo dice: “No me importa si hablas cincuenta idiomas, o si tienes el don de milagrosamente hablar en idiomas extranjeros. No me importa si Dios te ha dotado con la habilidad de hablar el lenguaje de las potestades celestiales. Si no tienes amor, la elocuencia de tu discurso se convierte en ruido. Se convierte en disonancia, un estruendo irritante y molesto”. Él dice que si hablamos en lenguas de hombres o de ángeles pero no tenemos amor, nos convertimos en un metal resonante o en un címbalo que retiñe… puro ruido. Toda la hermosura del discurso se pierde cuando el amor está ausente.

Pablo luego compara el amor con los dones de profecía y entendimiento, dotaciones milagrosas que Dios daba a las personas durante la era apostólica. Estos formidables dones no se comparaban con el amor. El apóstol dice que puedes tener talentos milagrosos, puedes recibir poder de Dios el Espíritu Santo, pero debe ser para usarlos en el contexto de la gracia del amor. Y sin ese amor, el uso de poder divino es una parodia. Jesús tuvo que advertir incluso a sus discípulos sobre el peligro de usar un don dado por Dios sin amor. Jesús empoderó a sus discípulos para participar en su ministerio de exorcismo, y ellos fueron en su misión y regresaron con la frente en alto. Estaban tan emocionados ante la efectividad de su ministerio que se regocijaban en el poder que Cristo les había dado. Pero ¿qué dijo Jesús? No se regocijen por tener poder sobre Satanás, sino regocíjense de que sus nombres estén escritos en el cielo (Lc. 10:1-20). Los discípulos se centraron en el poder, en lugar de en la gracia que se encontraba detrás de ese poder. Estaban intoxicados por el regalo, y se estaban olvidando de aquel que lo dio.

La conclusión es que los dones de Dios pueden ser usados sin amor. Cuando eso sucede, su valor es destruido. La esencia del amor, nos dice 1 Corintios 13, es buscar el bien de los demás. Una persona que refleja el amor de Dios se da por otros, en lugar de ejercer su poder para su propio beneficio. Pero somos personas que estamos más interesadas en el poder; en hacer en lugar de ser. Nos preocupamos más por tomar el poder sobrenatural que Dios puede dar, que en el amor sobrenatural derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom. 5:5). Nuestras prioridades están fuera de lugar. Gracias sean dadas a Dios que su amor por nosotros es mayor que nuestro amor por Él. Que Él nos fortalezca para buscar su amor sobre todas las cosas, un amor que refleje su amor por nosotros en Cristo (Rom. 5:8).

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.