La Vergüenza de la Cruz | John MacArthur

La Vergüenza de la Cruz
John MacArthur
Predicamos un mensaje vergonzoso cuando predicamos a JesĆŗs en la cruz. Morir crucificado era un insulto degradante, y la idea de adorar a un individuo que habĆa muerto crucificado era absolutamente inimaginable. Por supuesto, hoy no vemos que crucifiquen a nadie como los lectores de Pablo veĆan en el siglo I, asĆ que, en cierta medida, el impacto se pierde para nosotros.
Pero Pablo sabĆa a quĆ© se enfrentaba: āLa palabra de la cruz es locura a los que se pierdenā (1 Corintios 1:18); āLos judĆos piden seƱales, y los griegos buscan sabidurĆa; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judĆos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locuraā (vv. 22-23). El mensaje de la cruz es locura, moria en griego, que quiere decir fatuo, ignorante, insensato.
Los versĆculos 22 y 23 nos dicen que los judĆos buscaban seƱal. āSi eres el MesĆasā, le habĆan dicho a JesĆŗs, ādanos una seƱalā. Esperaban algĆŗn prodigio grandioso, sobrenatural, que identificara al MesĆas prometido y lo condujera a Ćl. QuerĆan algo espectacular. Aunque JesĆŗs les habĆa dado milagro tras milagro durante su ministerio, querĆan una especie de supermilagro que todos pudieran ver y decir: āĀ”Esa sĆ es la seƱal! Ā”Esa es por fin la prueba de que este es el MesĆas!ā
A los griegos, por el contrario, no les interesaba tanto lo milagroso. No buscaban una seƱal sobrenatural; lo que buscaban era sabidurĆa. QuerĆan validar la religión verdadera mediante alguna noción trascendental, alguna idea elevada, algĆŗn conocimiento esotĆ©rico, alguna especie de experiencia espiritual, tal vez una experiencia fuera del cuerpo o algĆŗn otro episodio imaginario y emocional.
Los griegos querĆan sabidurĆa y los judĆos querĆan una seƱal. Dios les dio exactamente lo opuesto. Los judĆos recibieron un MesĆas crucificado: escandaloso, blasfemo, estrambótico, hiriente, increĆble. Para los griegos que buscaban conocimiento esotĆ©rico, algo altilocuente y noble, ese sinsentido sobre el eterno Dios creador del universo crucificado era una insensatez.
Desde el punto de vista tanto griego como romano, el estigma de la crucifixión convertĆa en un absurdo absoluto la noción del evangelio que afirmaba que JesĆŗs era el MesĆas. Un vistazo a la historia de la crucifixión en Roma del siglo I revela lo que los contemporĆ”neos de Pablo pensaban al respecto. Era una forma horrible de pena capital originaria, muy probablemente, del imperio persa; pero otros bĆ”rbaros la usaban tambiĆ©n. El condenado sufrĆa una muerte agonizantemente lenta por asfixia, y se debilitaba gradualmente al punto traumĆ”tico de no poder levantarse con los clavos que sujetaban sus manos, ni de empujarse con el clavo que atravesaba sus pies, lo suficiente como para respirar profundamente.
Esto fijó el horror de la crucifixión en la mente judĆa. Los romanos llegaron al poder en Israel en el aƱo 63 a.C., y usaron mucho la crucifixión. Algunos escritores dicen que las autoridades romanas crucificaron como a treinta mil personas en esa Ć©poca. Tito Vespasiano crucificó tantos judĆos en el aƱo 70 d.C. que los soldados no tenĆan espacio para las cruces ni suficientes cruces para los cuerpos. No fue sino hasta el aƱo 337, cuando Constantino abolió la crucifixión, que la cruz desapareció despuĆ©s de un milenio de crueldad en el mundo.
La crucifixión era una forma de ejecución repugnante, denigrante, reservada para lo peor de la sociedad. La idea de que un individuo que murió en la cruz hubiera sido una persona excepcional, elevada, noble, importante, era absurda. Los ciudadanos romanos, por lo general, estaban exentos de la crucifixión, excepto si cometĆan traición. Las autoridades reservaban la cruz para los esclavos rebeldes y los pueblos conquistados, y para los ladrones y asesinos mĆ”s notorios. La polĆtica del Imperio Romano en cuanto a la crucifixión llevó a los romanos a tener a cualquier crucificado como digno de desprecio absoluto. Usaban la cruz solo para la escoria, para los mĆ”s humillados, para los mĆ”s bajos de los mĆ”s bajos.
Los soldados primero azotaban a las vĆctimas, luego las obligaban a llevar su cruz, el instrumento de su propia muerte, al sitio de la crucifixión. Los letreros que les colgaban del cuello indicaban los crĆmenes que habĆan cometido, e iban totalmente desnudos. Luego, los soldados los ataban o clavaban al travesaƱo, los izaban para colocarlos en el poste vertical, y los dejaban allĆ colgados, desnudos. Los verdugos podĆan acelerar la muerte quebrĆ”ndoles las piernas, porque eso hacĆa que la vĆctima no pudiera empujarse hacia arriba para poder llenarse los pulmones de aire. Si no les quebraban las piernas, la muerte podĆa tardar dĆas. La humillación final era dejar el cuerpo colgado allĆ hasta que se pudriera.
Los gentiles tambiĆ©n veĆan a todo crucificado con el mĆ”s completo desdĆ©n. Era una escena prĆ”cticamente obscena. La sociedad educada simplemente no hablaba de la crucifixión. Cicerón escribió: āLa sola palabra ācruzā deberĆa eliminarse, no solo de la persona del ciudadano romano, sino de sus pensamientos, sus ojos y sus oĆdosā.
Y ante todo esto, Pablo vino y todo lo que habló fue acerca de⦠”la cruz! Podemos captar algo del profundo desprecio que los gentiles tenĆan por cualquier crucificado en algunas de las afirmaciones paganas en cuanto a Cristo. Las palabras pintadas en una piedra en un salón de guardias de la Colina Palatina, cerca del Circo MĆ”ximo, en Roma, muestran la figura de un hombre con cabeza de asno colgando de una cruz. Debajo, se halla un hombre en gesto de adoración y la inscripción dice: āElexa Manos adora a su Diosā. Tal repulsiva representación del SeƱor Jesucristo ilustra vĆvidamente el desdĆ©n del pagano por un crucificado, y particularmente por un Dios crucificado. La primera apologĆa de Justino, en el aƱo 152 d. C., resume la noción de los gentiles: āProclaman que nuestra locura consiste en esto, que ponemos a un crucificado a un nivel igual al del Dios eterno e inmutableā. Ā”Locura!
Si la actitud de los gentiles era mala, la actitud de los judĆos era peor, e incluso mĆ”s hostil. Detestaban la prĆ”ctica romana y se mofaban de ella mĆ”s que los romanos. En su opinión, el que acababa en una cruz cumplĆa Deuteronomio 21.23: āNo dejarĆ©is que su cuerpo pase la noche sobre el madero⦠porque maldito por Dios es el colgadoā. ĀæQuiere decir esto que el eterno Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el SeƱor mismo, recibió maldición? ĀæCómo podĆa Dios maldecir a Dios? Es absolutamente impensable. ĀæQuĆ© Dios maldijo al MesĆas? Para los judĆos era inconcebible.
VeĆan la crucifixión no solo como un estigma social, sino como maldición divina. AsĆ que el estigma de la cruz significaba, mĆ”s allĆ” de la desgracia social, la misma condenación divina. La MishnĆ”, que es un comentario de la ley del Pentateuco producido en el siglo II d.C., indicaba que se debĆa crucificar solo a los blasfemos y a los idólatras, e incluso en esos casos, los verdugos colgaban sus cuerpos en la cruz solamente despuĆ©s de muertos. ĀæCómo podĆa el MesĆas ser blasfemo? ĀæCómo podĆa Dios blasfemar contra Dios? Los judĆos se atragantaban con la idea de un Cristo crucificado. Esto hacĆa al evangelio imposible de creer.
ĀæPiensa usted que tiene problemas en proclamar el evangelio hoy? ImagĆnese a los primeros cristianos. Si decĆan la verdad, enfrentaban un obstĆ”culo masivo: sus afirmaciones eran locura, escandalosas, procaces, blasfemas, increĆbles.
Pablo no era un predicador de mensaje fĆ”cil. Dios mismo, en forma del Cristo crucificado, era el mayor obstĆ”culo para creer en Ćl. Francamente, no parece que Dios pudiese haber puesto una barrera mĆ”s formidable a la fe en el primer siglo. No puedo pensar en una peor forma de mercadeo para el evangelio que predicarlo asĆ.
Ā”No es extraƱo que tanto los gentiles como los judĆos detestaron el mensaje de Pablo! Era un mensaje que estaba mĆ”s allĆ” de la credulidad humana. No era un mensaje fĆ”cil para el que busca, sino absurdo y hasta aberrante.
(Adaptado de DifĆcil de Creer)
Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B233107bnnbbnbbngtbv ujhn b








