¿Olvidando Lo Que Queda Atrás? | Andrew Kerr

¿Olvidando Lo Que Queda Atrás?
Por Andrew Kerr

Pensé que sería apropiado, a medida que avanzamos en este año, considerar, brevemente, el celo de Pablo por «seguir adelante» con el Señor.

7 Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. 8 Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, 9 y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, 10 y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte, 11 a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos. 12 No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también[e] fui alcanzado por Cristo Jesús. 13 Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, 14 prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. – Filipenses 3:7-14

Como muchas afirmaciones bíblicas, no debe ser absolutizada, particularmente cuando se trata de olvidar lo que está detrás.

El apóstol casi con toda seguridad toma esta metáfora de la arena – la longitud del campo en Atenas era de 607 pies desde los bloques de salida hasta el poste de llegada.

Para obtener el premio, los corredores no deben distraerse – mirar hacia atrás no sólo deletrea peligro sino que también hace que los atletas se desaceleraran: un retraso en el titubeo resultaría en una derrota.

Para alcanzar el objetivo del corredor y recibir la llamada del 1er premio, se necesita una concentración mental total, ojos fijos en la meta, motivados por el olor del éxito, para hacer que el esfuerzo de los tendones valga la pena.

Cuando traducimos esta metáfora al ámbito espiritual, es útil pensar en lo siguiente cuando la aplicamos a nosotros mismos:

Es bueno mirar hacia atrás en las siguientes circunstancias:

  1. Conmemorar lo que Dios ha hecho – en la redención, en la historia, en los avivamientos, a través de los héroes, para las iglesias y en los creyentes.
  2. Reflexionar sobre la obra de la gracia de Dios en nuestras propias vidas – predestinados, llamados, justificados, el progreso hasta la fecha en la gracia santificante, y todo lo que precede a la gloria que nos espera.
  3. Arrepentirse o profundizar en el arrepentimiento de los pecados no confesados o confesados superficialmente.
  4. Reparar las relaciones que deberían haberse arreglado hace mucho tiempo – es trágico cuando muere un hermano o hermana con el que no nos hemos reconciliado.
  5. Para guiarnos de la contrición, a las promesas del Evangelio, por la gracia y la gloria que se encuentra en Cristo, en la búsqueda de la santidad.

¿Por qué es bueno mirar hacia atrás a esas cosas?


A. Acelera (y de hecho es parte de) la santificación y el progreso que Pablo persigue en la búsqueda de la plena conformidad con Cristo – la ingratitud y la impenitencia en realidad frenarán nuestro caminar y nos obstaculizarán en esta carrera.

B. Nos anima y nos estimula cuando pensamos en lo que Dios ya ha hecho, y sabiendo que Él es fiel, y seguramente continuará haciendo lo mismo – Él es el mismo ayer, hoy y siempre.

C. Glorifica a Dios y está ordenado en la Escritura – ya que A y B todo obrará para bien.

Es malo mirar hacia atrás en las siguientes circunstancias:

  1. Cuando nos llena de una pena impropia, un resentimiento amargo o un desánimo sombrío, hay algunas cosas que necesitan ser decididamente «encarpetarlo» si queremos correr bien.
  2. Cuando nos encerramos en nosotros mismos en una introspección malsana sobre los pecados anteriores, no podemos deshacer los problemas que no se pueden resolver y que no hemos causado.
  3. Cuando estamos llenos de vanos arrepentimientos sobre decisiones que tomamos que fueron tontas o imprudentes y que nos dejan en dolor, vacilantes o confundidos – Cristo derramó su sangre y se ofreció a sí mismo por (y a) nosotros para quitar estos grilletes de nuestros pies y sogas de nuestros cuellos (en cambio debemos confiar en Dios, mientras esperamos con optimismo, para ver cómo nuestros numerosos, trágicos, errores serán soberanamente anulados, en el amor, para bien).
  4. Cuando empezamos a jactarnos ante el Señor en nuestro pedigrí, herencia, religión, rituales, servicio, esfuerzos como obras de justicia por las cuales nos justificamos.
  5. Cuando comenzamos a jactarnos ante Dios en cualquiera de los casos anteriores y por lo tanto volvemos nuestra mirada hacia nosotros mismos (y nos alejamos de Cristo que se nos ofrece gratuitamente en los medios de gracia).

¿Cómo y cuándo debemos mirar hacia atrás?
Así que mira hacia atrás al Dios que ha hecho grandes cosas por nosotros, y mira hacia atrás para confesar tu pecado para poder avanzar; pero no mires hacia atrás para acumular crédito para ti mismo – en vez de eso mira hacia adelante a Cristo, que es tanto la meta como el llamado – el Resucitado, Exaltado, Salvador tiene gracia en el presente, más gracia para el futuro, y gloria al final, cuando el llamado hacia arriba esté completo, cuando veas Su rostro sonriente.

Recuerden, siempre, ¡mirar a Cristo!
Y si estás plagado de la tendencia a mirar hacia atrás de manera equivocada, o si siempre estás mirando por encima del hombro al pecado, acelera el paso, mira a Cristo – Su mirada siempre fue correcta. ¡Él fijó ambos ojos en la Cruz! Lo hizo para ganar (y luego conceder a los que lo piden) la gracia sobreabundante de mantener los ojos fijos en Él.

Artículo de: Evangelio Blog

En quien también nosotros tuvimos herencia | Charles Spurgeon

Efesios 1:11 (VM)

30 de enero

En quien también nosotros tuvimos herencia

Efesios 1:11 (VM)

Cuando Jesús se dio a sí mismo por nosotros, nos otorgó todos sus derechos y privilegios; de modo que, aunque como Dios eterno tiene unos derechos esenciales que ninguna criatura puede aventurarse a pretender, sin embargo, como Jesús —el Mediador, la Cabeza representativa del pacto de gracia—, comparte una herencia con nosotros. Cada uno de los gloriosos resultados de su obediencia hasta la muerte son posesiones comunes de todos aquellos que están en él, a favor de los cuales cumplió la voluntad divina. Mira bien: Jesús entra en la gloria, pero no solo para sí mismo; pues está escrito: «Donde entró por nosotros como precursor» (He. 6.20). ¿Está él en la presencia de Dios? Está allí «para presentarse por nosotros» (He. 9:24).

Considera esto, creyente. En ti mismo no tienes el derecho de ir al Cielo; tu derecho está en Cristo. Si estás perdonado es por su sangre; si estás justificado es por su justicia; si estás santificado es porque él te ha sido hecho por Dios santificación; si permaneces sin caer es porque en Cristo Jesús estás preservado; y si, finalmente, llegas a ser perfecto, será porque estás completo en él. De este modo, Jesús es magnificado, pues todo existe en él y por él; así se nos garantiza la herencia, porque la hemos obtenido en él; así las bendiciones resultan más ricas y el Cielo mismo más esplendoroso, porque lo hemos obtenido todo en Jesús nuestro Amado. ¿Dónde está el hombre que pueda tasar nuestra divina porción? Pesa las riquezas y los tesoros de Cristo en balanzas, si puedes, y entonces intenta calcular los tesoros que pertenecen a los santos.

Mira si eres capaz de llegar al fondo del mar de gozo que hay en Cristo y, entonces, podrás tener la esperanza de comprender la gloria que Dios ha preparado para los que le aman. Salta, si puedes, por encima de las fronteras de las posesiones de Cristo y, entonces, sueña en poner límite a la hermosa herencia de los elegidos. «Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co. 3:23).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 38). Editorial Peregrino.

En el principio

Lunes 30 Enero

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Génesis 1:1-3

En el principio

En el principio: La Biblia empieza con esta expresión. No se trata de un comienzo cualquiera, como el de una nueva semana, sino del comienzo de la creación del universo, tal como Dios la operó. Antes de la creación no había nada, sino el Dios eterno.

Creó Dios: Dios tiene el poder para crear algo a partir de la nada. Los hombres, por el contrario, solo saben transformar lo que ya existe.

Los cielos y la tierra: este es el marco en donde se desarrolla toda la historia del hombre. De hecho, toda la Biblia habla sobre las relaciones entre la tierra y el cielo.

Y la tierra estaba desordenada y vacía: se expone el triste estado de nuestro planeta, que es el mismo estado del corazón humano. “El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”: Esta frase expresa el interés de Dios con respecto a la tierra, y con respecto a la humanidad: “De tal manera amó Dios al mundo…”.

Y dijo Dios: Sea la luz: Mediante esta primera frase, Dios introdujo la luz, es decir, el remedio a esta situación desoladora. Esta luz representa a Jesucristo. Él mismo dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12). “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1:9). En efecto, Dios envió a su Hijo unigénito al mundo perdido, para salvar a todos los que depositan su confianza en él.

Desde el principio de la Biblia encontramos el plan de salvación que, aún hoy, Dios ofrece a cada ser humano. ¡Que el Evangelio sea también el gran comienzo de su vida y de una verdadera relación con Dios!

1 Samuel 24 – Mateo 19 – Salmo 18:16-24 – Proverbios 6:6-11

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Amable | Tim Challies

El carácter del cristiano: amable
Por: Tim Challies

Estamos explorando los diferentes rasgos de carácter de los ancianos, que son en realidad un llamado de Dios para todos los cristianos. Si bien se supone que los ancianos deben ejemplificar estos rasgos, todos los cristianos deberían exhibirlos.

Quisiera que consideremos juntos si estamos mostrando estos rasgos, y de esta manera aprender cómo podemos orar para tenerlos en una mayor medida. Hoy vamos a ver lo que significa para un anciano —y para cada cristiano— ser amable.

Pablo escribe a Timoteo que el anciano debe ser “no pendenciero, sino amable” (1 Timoteo 3:2-3). De manera similar, le dice a Tito que el anciano no debe ser “pendenciero” (Tito 1:7). La característica positiva aquí es la amabilidad y se opone a dos características negativas como el ser pendenciero o violento. El anciano (y, por lo tanto, cada cristiano maduro) busca la amabilidad y huye de la violencia y de la argumentación trivial.

Ser amable es ser tierno, humilde y sensible; conocer qué postura y respuesta se adecua para cada ocasión. Indica amabilidad y el deseo de extender misericordia a otros, y un deseo de someterse tanto a la voluntad de Dios como a las preferencias de otras personas. Tal amabilidad será expresada primero en el hogar y sólo después de esto subsecuentemente en la iglesia. Es un rasgo poco común, pero uno que conocemos y amamos cuando lo vemos y lo experimentamos.

Alexander Strauch resalta que perseguir la amabilidad es imitar a Jesús. El escribe, “Jesús nos dice quién es como persona: es manso y humilde. Sin embargo, demasiados líderes religiosos no son mansos ni humildes. Ellos son controladores y orgullosos. Utilizan a la gente para satisfacer sus crecientes egos. Pero Jesús es refrescantemente diferente. Él realmente ama a la gente, sirviendo desinteresadamente y dando Su vida por ellos. Él espera que sus seguidores -especialmente los ancianos que dirigen a Su pueblo- sean humildes y mansos como Él”. De manera similar, John Piper escribe: “Esta [amabilidad] es lo opuesto de ser belicoso o beligerante. No debe ser áspero o mezquino. Debe estar inclinado a la ternura y recurrir a la dureza sólo cuando las circunstancias recomiendan esta forma de amor. Sus palabras no deben ser ácidas o divisivas, sino útiles y alentadoras “.

El anciano, entonces, debe ser amable, capaz de controlar su temperamento y su respuesta a los demás cuando es atacado, calumniado y cuando se encuentra en situaciones tensas o difíciles. Está marcado en todo momento por la paciencia, la ternura y un espíritu dulce. Negativamente, no debe perder el control ni física ni verbalmente. No debe responder a otros con fuerza física o amenazas de violencia. Cuando se trata de sus palabras, no debe pelear ni altercar ni ser uno que ama discutir. Incluso cuando es empujado y exasperado no arremete con sus palabras, no aplastará una caña magullada ni apagará un pábilo humeante.

Estoy seguro de que ustedes se dan cuenta de que Dios llama a todos los cristianos -no sólo a los ancianos- a ser amables. Los ancianos deben servir como ejemplos de mansedumbre, pero cada uno de nosotros debe mostrar este rasgo si queremos imitar a nuestro Salvador. Hay muchos textos a los que podemos recurrir, entre ellos este que nos dice que la mansedumbre es un fruto necesario del Espíritu: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio” (Gálatas 5: 22-23). Poco después Pablo dice: “Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre” (Gálatas 6: 1).

El exhorta a los cristianos de Éfeso a caminar de una manera digna de la vocación a la que han sido llamados y dice que esto implica vivir “con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos con otros en amor, deseosos de mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz “(Efesios 4: 1-3). Al hablar de la congregación bajo el cuidado de Tito dice: “Recuérdales que estén sujetos a los gobernantes, a las autoridades; que sean obedientes, que estén preparados para toda buena obra; que no injurien a nadie, que no sean contenciosos, sino amables, mostrando toda consideración para con todos los hombres.”(Tito 3: 1-2). La evidencia es clara: debemos ser amables para que podamos servir como una muestra de quien se ocupa tan amablemente con nosotros.

Auto-evaluación
Así que, ¿qué de ti? ¿Tu vida refleja la mansedumbre y humildad de la amabilidad? Te animo a hacerte en oración preguntas como estas:

Cuando alguien te hace daño, ¿eres propenso a atacar con ira? Si es así, ¿se expresa ese enojo físicamente, verbalmente o ambos?
¿Están las personas temerosas de enfrentar el pecado en tu vida porque temen tu ira o tus palabras cortantes? ¿Te temen tu esposa y tus hijos?
¿Tus amigos y familiares dirían que eres amable? ¿Dirían que los tratas con ternura?
¿Te gusta jugar al abogado del diablo? ¿Te gusta un buen argumento? ¿Qué indicaría tu presencia en los medios sociales?
Puntos de oración
El Dios de paz está ansioso por darte la paz de Dios (Filipenses 4: 7, 9). Por lo tanto, te animo a orar de esta manera:

Ruego que me hagas más parecido a Cristo para que yo sea manso como él es manso. Ruego que yo pueda considerar regularmente todas las formas en que Tú has sido tan paciente y amable conmigo.
Ruego que me ayudes a tragar mi orgullo, confesar mis pecados a los demás, y restaurar las relaciones tensas que tengo.
Ruego que me des la gracia de ser paciente y tranquilo cuando otros me atacan y me malinterpretan. Ayúdame a responder con mansedumbre incluso en las circunstancias más difíciles.
Oro que yo sea lento para comenzar una discusión o para entrar en la de algún otro.


Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter. Publicado originalmente en Challies.com. Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio.

Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde. – Génesis 8:11

29 de enero
«Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde».
Génesis 8:11

Bendito sea el Señor por este otro día de gracia, aunque esté yo ahora fatigado con sus afanes. Al preservador de los hombres elevo mi cántico de gratitud. La paloma no halló descanso fuera del arca y, por lo mismo, volvió a ella; y mi alma ha conocido hoy, más plenamente que nunca, que no hay satisfacción en las cosas terrenales: solo Dios puede dar descanso a mi espíritu. Mis negocios, mis posesiones, mi familia, mis conocimientos, todo está bien en su lugar, pero esas cosas no pueden satisfacer los deseos de mi naturaleza inmortal: «Vuelve alma mía a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de bienes» (Sal. 116:7, LBLA). Fue en la hora del reposo, mientras las puertas del día se cerraban, cuando, con las alas fatigadas, la paloma volvió a su dueño. ¡Oh Señor, capacítame esta noche para volver a Jesús! La paloma no podía estar revoloteando toda la noche sobre las turbulentas aguas; tampoco puedo yo estar ni una hora más apartado de Jesús, descanso de mi corazón y hogar de mi espíritu. La paloma no descendió meramente sobre el techo del arca, sino que entró en ella. Así quisiera mi angustiado espíritu considerar lo secreto del Señor, penetrar en el interior de la verdad, entrar dentro del velo y llegar a mi Amado. Debo ir a Jesús: mi anhelante espíritu solo quedará satisfecho con una comunión muy íntima y amorosa con él. Bendito Jesús, quédate conmigo, revélate y permanece conmigo toda la noche, de suerte que, cuando despierte, pueda estar aún contigo. Observo que la paloma traía en su pico una hoja de olivo, recuerdo de los días pasados y profecía de los futuros. ¿No tengo yo algún placentero recuerdo que traer a la memoria? ¿Alguna promesa de cariño? Sí, Señor mío, yo te presento mi agradecido reconocimiento por tus apacibles misericordias que has renovado todas las mañanas y repetido todas las tardes; y, ahora, te ruego que extiendas tu mano y pongas a tu paloma en tu pecho.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 37). Editorial Peregrino.

Jesús – su obediencia (4)

Domingo 29 Enero

(Jesús), puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Lucas 22:41-42

Jesús entonces dijo a Pedro… La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?

Juan 18:11

Jesús – su obediencia (4)

Dios solo prohibió una cosa al primer hombre, a quien instaló en un maravilloso huerto: no debía comer del fruto de cierto árbol. Pero Adán desobedeció y decidió hacer su propia voluntad, y no la de Dios.

En contraste, la invariable línea de conducta de Jesús fue hacer la voluntad de su Padre. “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7). Y dijo a sus discípulos: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). También dijo: “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).

La desobediencia del primer hombre fue una terrible afrenta a Dios. Mediante su obediencia, Jesús devolvió a Dios el honor debido. Jesús no obedeció por obligación, sino por amor: “Para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago” (Juan 14:31).

Como era Dios, Jesús nunca había tenido que obedecer. Pero cuando se hizo hombre, mostró lo que convenía a esta condición, es decir, una obediencia incondicional a Dios. Esta obediencia lo llevó hasta la cruz: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Dios fue plenamente glorificado mediante la obediencia perfecta del hombre Cristo Jesús.

(continuará el próximo domingo)

1 Samuel 23 – Mateo 18:15-35 – Salmo 18:7-15 – Proverbios 6:1-5

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho – Lucas 2:20

¿Cuál era el motivo de su alabanza? Alababan a Dios por lo que habían oído: por las buenas nuevas de gran gozo que decían que les había nacido un Salvador. Imitémoslos; levantemos nosotros también un cántico de acción de gracias por haber oído de Jesús y de su salvación. También alababan a Dios por lo que habían visto. Hay una música más melodiosa: aquello que hemos experimentado, que hemos sentido en nosotros, de lo que nos hemos apropiado… «Las cosas que hemos hecho tocante al Rey».

No es suficiente oír acerca de Jesús. El mero acto de oír puede afinar el arpa, pero son los dedos de la fe viva los que producen la música. Si has visto a Jesús con la visión de la fe que Dios da, no consientas que haya las telarañas entre las cuerdas del arpa, sino que, en alta voz, para alabanza de la soberana gracia, despierta tu salterio y tu arpa.

Un motivo por el cual alababan a Dios aquellos pastores era la concordancia entre lo que habían oído y lo que habían visto. Observa la última frase: «Como se les había dicho». ¿Has encontrado que el evangelio no ha sido para ti lo que la Biblia dice que debiera haber sido? Jesús prometió que te daría descanso. ¿No has gozado en él de la más dulce paz? Él dijo que tendrías gozo, bienestar y vida, creyendo en él. ¿No has recibido todas estas cosas? ¿No son sus sendas, sendas de gozo, y sus pasos, pasos de paz? Sin duda puedes decir con la reina de Sabá: «Ni aun se me dijo la mitad». He hallado a Cristo más amable de lo que sus siervos me dijeron que era.

Contemplé su parecer mientras lo describían, pero eso era un mero manchón comparado con la realidad; porque el Rey en su hermosura eclipsa toda la belleza imaginable. Sin duda, lo que hemos visto guarda relación con lo que hemos oído: más aún, lo excede.

Glorifiquemos, pues, y alabemos a Dios por un Salvador tan precioso y que tanto satisface.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 36). Editorial Peregrino.

Templanza | Tim Challies

El carácter del cristiano: templanza

Tim Challies

Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter Cristiano, publicada originalmente en Timchallies.com

Estamos explorando cómo las diversas cualidades de los ancianos son en realidad el llamado de Dios a todos los creyentes. Mientras los ancianos están destinados a ejemplificar estas cualidades, todos los cristianos deben exhibirlas. Quiero que consideremos si estamos mostrando estos rasgos y aprender juntos cómo podemos orar para tenerlos en mayor medida. Hoy vamos a ver lo que significa para los líderes cristianos y para todos los cristianos, ser templados y sobrios en lugar de borrachos o perversos.

Pablo le dice a Timoteo que un anciano no debe ser “dado a la bebida” (1 Timoteo 3:2-3). Otra vez, le dice a Tito que un anciano sea “no obstinado, no iracundo, no dado a la bebida.” (Tito 1:5-7). ¿Por qué esta cualidad especial? ¿Qué es lo que la hace importante?

Alexander Strauch dice claramente: “La embriaguez es pecado, y la gente persistentemente borracha requiere disciplina eclesiástica. … Así que una persona en una posición de confianza y autoridad sobre otras personas no puede tener un problema con la bebida.” Otra vez, él escribe: “Si un anciano tiene un problema con la bebida, conducirá a la gente al extravío y traerá reproches a la iglesia. Su sobre-indulgencia interfiere con el crecimiento espiritual y el servicio, y puede conducir a pecados más degradantes.” Vale la pena señalar que la Biblia no echa la culpa de la embriecha sobre el alcohol mismo, sino sobre el que lo consume. Comentando sobre 1 Timoteo 3, Juan Stott señala que Pablo “no exigía que fueran abstemios totales, puesto que Jesús mismo cambió el agua en vino e hizo del vino el emblema de su sangre. … Lo que Pablo requiere, sin embargo, es la moderación, como un ejemplo del dominio de sí mismo ya mencionado…”

John Piper amplía un poco las implicaciones del pasaje cuando dice: “La calificación general aquí sería como la de la templanza, es decir, el dominio propio — no adicto a nada perjudicial, debilitante o mundano. La libertad de la esclavitud debe ser tan apreciada que no se le cede ningún tipo de servidumbre.” Piper extiende el alcance de este mandato del alcohol a cualquier otro tipo de intoxicante o estupefaciente — una común y creo que justa extensión del principio.

Como hemos visto para cada una de estas cualidades, Dios requiere que todos los cristianos —no sólo los ancianos— persigan los mismos estándares. Pablo le dice a la iglesia en Corinto que no deben asociarse ni comer con “cualquiera que lleve el nombre de hermano” y que sea “borracho” (1 Corintios 5:11). ¿Por qué? Porque los borrachos (entre otros) “no heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9-10). Una vez más, Pablo dice, “los que hacen tales cosas (como emborracharse) no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:21). En otras partes, él ordena: “Y no os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, sino sed llenos del Espíritu” (Efesios 5:18). Pedro está de acuerdo: “El tiempo ya pasado os es suficiente para haber hecho lo que agrada a los gentiles, habiendo andado en sensualidad, lujurias, borracheras, orgías, embriagueces y abominables idolatrías” (1 Pedro 4:3).

Los Proverbios también advierten contra la embriaguez muchas veces y de muchas maneras. “El vino es escarnecedor, la bebida fuerte alborotadora, y cualquiera que con ellos se embriaga no es sabio” (Proverbios 20:1). “No estés con los bebedores de vino, ni con los comilones de carne” (Proverbios 23:20). Considere también este pasaje:

“¿De quién son los ayes? ¿De quién las tristezas? ¿De quién las contiendas? ¿De quién las quejas? ¿De quién las heridas sin causa? ¿De quién los ojos enrojecidos? De los que se demoran mucho con el vino, de los que van en busca de vinos mezclados. No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece en la copa; entra suavemente, pero al final como serpiente muerde, y como víbora pica. Tus ojos verán cosas extrañas, y tu corazón proferirá perversidades. Y serás como el que se acuesta en medio del mar, o como el que se acuesta en lo alto de un mástil. Y dirás: me hirieron, pero no me dolió; me golpearon, pero no lo sentí. Cuando despierte, volveré a buscar más” (Proverbios 23:29-35).

Finalmente, a grupos específicos de personas también se les dice que estén sobrios. Los diáconos deben mantenerse con la siguiente norma: “Los diáconos también deben ser… no dados al mucho vino” (1 Timoteo 3:8). Y otra vez Pablo escribe: “las ancianas deben ser reverentes en su conducta: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino” (Tito 2:3).

La Biblia lo deja muy claro: el pueblo de Dios debe ser esclavo solamente de Jesucristo. Deben resistirse a cualquier competidor, y el principal entre ellos, el alcohol.

Auto-evaluación
Así que, ¿que de ti? ¿Tu vida refleja la sobriedad y el autocontrol? Te animo a hacerte preguntas como estas:

¿Tienes una posición bíblicamente informada sobre si los cristianos pueden consumir alcohol o no? ¿Cumples tu posición?
¿Eres capaz de tomar alcohol con moderación y sin intoxicarte? ¿Estarían de acuerdo tus amigos y tu familia con eso?
¿Te encuentras tentado a beber demasiado cerca de tu límite? ¿Sucumbes regularmente a la tentación de tener “apenas un trago más”?
¿Hay otras sustancias a las que eres adicto? ¿Buscas el alcohol o cualquier otra sustancia para la felicidad y la satisfacción que sólo Cristo puede proporcionarte?
Puntos de oración
Si tú bebes regularmente, de vez en cuando, o nada en absoluto, te animo a considerar el orar en algunas de estas formas:

Ruego que profundices mis convicciones sobre el alcohol para que pueda participar (o no participar) con libertad y confianza. Ayúdame a no violar nunca mi conciencia, a no juzgar a los demás y a no hacer alarde de mi libertad.
Ruego que yo pueda disfrutar de tus dones sin ser esclavizado a ellos. Ruego que me des la victoria sobre toda borrachera y sobre la indulgencia. Incluso si esto es una tentación impensable en este momento, te pido que me ayudes a nunca bajar la guardia, sino siempre a ser vigilante.
Ruego que me hagas más parecido a Cristo, quien fue capaz de estar cerca del alcohol y de los que lo consumieron, pero que no podía ser acusado de embriaguez porque nunca se excedió en ello.


Publicado originalmente en Challies.com.

Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio.

Ser cristiano

Sábado 28 Enero
(Jesús dijo:) No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Mateo 7:21
Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna.
Juan 6:40

Ser cristiano

–¡Soy cristiano!, dicen algunos, sin reflexionar mucho.

–Ah, ¿sí? Pero realmente, ¿en qué cree?

De hecho, todo el mundo «cree» en algo. ¡Incluso los demonios! “Los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19), pues conocen el poder de Dios. En Atenas, el apóstol Pablo dijo a los filósofos griegos: En su ciudad vi esta inscripción: “Al Dios no conocido” (Hechos 17:23). Los griegos, que pretendían ser sabios, creían en un dios que no conocían.

Pero, ¿esto significa ser cristiano? Volvamos a leer las palabras de Jesús citadas en el encabezamiento: ¿es posible vivir en la ilusión hasta tal punto? Todo lo que soy, todo lo que he hecho, incluso todo lo que creo, no me sirve de nada si no recibí a Jesús como mi Salvador.

–¡Pero fui bautizado!, replica la persona.

–Esto no le abre las puertas del cielo.

–Oro todos los días, voy a la iglesia regularmente; he tenido muchas pruebas…

–Esto tampoco le salvará…

Ser cristiano es aceptar que Jesús es mi único Salvador, quien me liberó del castigo que yo merecía, pues lo sufrió en mi lugar. Él es el Salvador que Dios me dio. Jesús lo afirma: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios… Os es necesario nacer de nuevo… El que cree en el Hijo (de Dios) tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:3, 7, 36). ¡Ser cristiano significa creer lo que Cristo enseña, creer en el valor de su sacrificio!

1 Samuel 22 – Mateo 18:1-14 – Salmo 18:1-6 – Proverbios 5:21-23

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¡No hay doble condena!

Viernes 27 Enero
(Dios es) justo, y… justifica al que es de la fe de Jesús.
Romanos 3:26
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
Romanos 8:1

¡No hay doble condena!

El mismo delito no se castiga dos veces. Este principio básico es bien conocido por los hombres de leyes. Cuando una persona ha sido juzgada y se ha hecho justicia, no se pueden hacer más demandas contra esa persona por el mismo delito. La justicia divina aplica el mismo principio, y da una entera seguridad a todo hijo de Dios.

¡Expliquémoslo más claramente! Todo ser humano es pecador y merece la condenación del Dios santo. La pena merecida es el alejamiento definitivo de Dios, en los tormentos eternos. ¡Sería terrorífico si no hubiese otra salida! Pero Jesús ama a todos los hombres, y quiso ser condenado en lugar de ellos. Él no tenía ningún pecado que expiar, pero aceptó cargar con el pecado de los hombres y sufrir el castigo que ellos merecían. ¿Puedo formar parte de “los que están en Cristo Jesús”, protegidos por él? Sí, si reconozco mis pecados y acepto que Jesucristo sufrió una vez por mis pecados, “el justo por los injustos” (1 Pedro 3:18).

Para el que acepta esta propuesta del amor divino, todo está solucionado. La sentencia fue pronunciada y la pena expiada, por ello Dios no hará nuevamente un juicio sobre un asunto que ya fue juzgado definitivamente. Si lo hiciese, sería injusto con su Hijo. “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad” (Salmo 32:1-2). Cristianos, nuestra seguridad es total, fuimos justificados por un Dios justo. ¡Ya no hay ninguna condenación que recaiga sobre nosotros!

1 Samuel 21 – Mateo 17 – Salmo 17:10-15 – Proverbios 5:15-20

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