LA SANTIDAD QUE EL HOMBRE NO PUEDE PRODUCIR | AEA

REFLEXIONES BÍBLICAS AEA — EPISODIO 2

Texto central: Juan 15:5
“…separados de Mí nada podéis hacer.”

Existe una forma de religión que puede parecer profundamente espiritual y, sin embargo, terminar colocando nuestra confianza en el lugar equivocado.

Podemos orar más, leer más, disciplinarnos, renunciar a cosas legítimas, arrodillarnos, sacrificarnos y poner sinceramente todo de nosotros.

Y debemos tomarnos en serio la vida cristiana.

Pero ninguna de esas cosas produce santidad por sí misma.

Son medios. Son disciplinas. Son respuestas de obediencia. Pueden ser frutos de una vida transformada.

Pero la fuente no está allí.

Jesús dijo:

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos… separados de Mí nada podéis hacer.” — Juan 15:5.

Un sarmiento no fabrica vida y después se la ofrece a la vid. Permanece unido a ella, recibe de ella y entonces produce fruto.

Así comienza nuestra autocrítica.

Podemos terminar midiendo nuestra santidad por todo aquello que hacemos o dejamos de hacer. Incluso podemos construir una conciencia llena de prohibiciones que Dios nunca estableció y sentirnos más espirituales porque nuestros límites son más estrictos que los de otros.

Pero Pablo nos recuerda:

“Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para Su beneplácito.” — Filipenses 2:13.

Eso no convierte al creyente en pasivo.

El versículo anterior dice:

“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor.” — Filipenses 2:12.

Ahí están juntas las dos verdades.

Nosotros obedecemos. Dios obra.
Nosotros luchamos. Dios sostiene.
Nosotros caminamos. Pero la vida no nace de nosotros.

John Owen enseñó precisamente esta relación: la mortificación del pecado es responsabilidad real del creyente, pero es el Espíritu quien hace eficaz esa obra. No trabaja anulando nuestra obediencia, sino obrando en nosotros y con nosotros.

Por eso la libertad cristiana contiene una hermosa paradoja:

somos libres, pero pertenecemos a otro Amo.

Romanos 6:22 dice que hemos sido libertados del pecado, hechos siervos de Dios, y que nuestro fruto conduce a santificación.

No fuimos liberados para vivir sin Señor.

Fuimos liberados de un antiguo dominio para pertenecer a Cristo.

Y cuando esa nueva vida comienza a resplandecer, debemos recordar algo más:

la luz no se origina en nosotros.

Si aparece paciencia, dominio propio, humildad, pureza, misericordia o amor, somos responsables de caminar en esas cosas, pero no podemos apropiarnos de la gloria como si hubiéramos producido la vida que las hizo posibles.

Pablo lo expresó así:

“Ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí.” — Gálatas 2:20.

Esto tampoco significa perfección sin pecado. Mientras vivamos, habrá lucha. Owen mismo insiste en que el pecado remanente continúa siendo mortificado durante la vida del creyente.

Pero aquí permanece la convicción que dio origen a esta reflexión:

La santidad es inalcanzable para el hombre que no tiene a Cristo.

Puede modificar conductas.

Puede desarrollar disciplina.

Puede construir una reputación religiosa.

Incluso puede parecer moralmente admirable.

Pero no puede producir la santificación que nace de una nueva vida unida a Cristo. Owen hace precisamente esta distinción al afirmar que la verdadera mortificación pertenece al creyente unido a Cristo y obrada por su Espíritu.

Entonces la pregunta no es solamente:

“¿Cuánto estoy haciendo para ser santo?”

Sino también:

“¿Estoy intentando producir por mí mismo aquello que solamente puede crecer permaneciendo en Cristo?”

Señor, haznos diligentes sin volvernos autosuficientes. Que usemos fielmente los medios que nos has dado, que luchemos seriamente contra nuestro pecado y que busquemos la santidad; pero no permitas que confundamos nuestra obediencia con la fuente de nuestra vida.

Que si algo bueno resplandece en nosotros, jamás olvidemos de dónde procede la luz.

Porque separados de Cristo podemos fabricar muchas cosas.

Santidad, NO.

Textos bíblicos: Juan 15:5; Filipenses 2:12–13; Romanos 6:22; Gálatas 2:20.
Fuente consultada: John Owen — Of the Mortification of Sin in Believers, especialmente capítulos III y VII.
Reflexión, adaptación, revisión y edición: Alimentemos el Alma, con apoyo tecnológico y bajo su responsabilidad editorial.

Desde la Biblia: Tito 2:11-12

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente”. Tito 2:11–12

La gracia que salva nunca deja al creyente en paz con aquello de lo cual Cristo vino a rescatarlo. No somos justificados por nuestra lucha contra el pecado, pero quien ha sido alcanzado por la gracia comienza inevitablemente una batalla que antes no existía: la lucha contra sí mismo, contra los deseos de la carne y contra todo aquello que se opone a la voluntad de Dios.

Gálatas 5:17 describe esta tensión con claridad: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne”. El creyente verdadero no deja de experimentar la presencia del pecado, pero ya no puede relacionarse con él de la misma manera. Lo que antes podía gobernarlo sin resistencia ahora encuentra oposición. Hay caída, debilidad y fracaso, pero también arrepentimiento, disciplina y deseo de obediencia.

Por eso Romanos 8:13 declara: “si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis”. La santificación no consiste en esperar pasivamente que Dios elimine nuestras inclinaciones pecaminosas, ni tampoco en intentar vencerlas mediante fuerza humana. Es una obra de Dios en nosotros que demanda nuestra participación consciente: mortificar, resistir, huir, obedecer y perseverar por el poder del Espíritu.

La evidencia de la gracia no es una vida sin combate, sino una vida en la que el pecado ya no reina sin oposición. El creyente no lucha para convertirse en hijo de Dios; lucha porque ha sido hecho hijo de Dios. Y mientras permanezca en este cuerpo, una parte esencial de su caminar será aprender a decirse “no” a sí mismo para poder decirle “sí” a Cristo.

La gracia no elimina la batalla: nos introduce en ella y nos sostiene hasta el final.

Fuentes bíblicas consultadas: Biblia Reina-Valera 1960 — Tito 2:11–12; Gálatas 5:17; Romanos 8:13.

Reflexión, redacción, revisión y edición: Alimentemos el Alma, con apoyo tecnológico y bajo su responsabilidad editorial.

Desde la Biblia: Proverbios 17:17 & 19:4

“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” Proverbios 17:17, en claro contraste con la advertencia de Proverbios 19:4: “Las riquezas traen muchos amigos; mas el pobre es apartado de su amigo”.

Este contraste expone una realidad incómoda del corazón humano: mientras la verdadera amistad permanece cuando llega la adversidad, la amistad interesada se acerca mientras existe algún beneficio y se retira cuando la relación comienza a tener un costo. Tal conducta revela hasta qué punto el pecado puede convertir al prójimo en un instrumento para la propia conveniencia.

La lealtad que solo permanece mientras todo resulta favorable no es verdadera fidelidad. Buscar el apoyo, la cercanía o los beneficios de otros para después abandonarles cuando defenderlos, acompañarlos o permanecer a su lado exige sacrificio, contradice el amor sincero al prójimo y manifiesta un corazón gobernado por la autopreservación y el interés personal.

Robert F. Horton, al comentar Proverbios 17:17, señala que la adversidad constituye una de las grandes pruebas de la amistad: precisamente allí se distingue al compañero circunstancial del amigo verdadero. La prosperidad puede reunir muchas compañías; la angustia revela cuáles permanecen.

La Escritura no presenta la amistad verdadera como una relación utilitaria, sino como una expresión de amor, fidelidad y compromiso. Por eso, cuando una persona disfruta de la confianza y del apoyo ajeno, pero desaparece cuando llega el momento de corresponder con lealtad, no está simplemente mostrando una debilidad social: está dejando al descubierto algo mucho más profundo acerca de aquello que gobierna su corazón.

Fuentes bíblicas consultadas: Biblia Reina-Valera 1960 — Proverbios 17:17; Proverbios 19:4.

Fuente complementaria consultada: Robert F. Horton, The Expositor’s Bible: The Book of Proverbs, sección sobre la amistad y Proverbios 17:17.

Reflexión, redacción, revisión y edición: Alimentemos el Alma, con apoyo tecnológico y bajo su responsabilidad editorial.

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¿Sabemos cómo GLORIFICAR a DIOS? | Charles Spurgeon

CATECISMO DE SPURGEON

EPISODIO 2 — ¿QUÉ REGLA HA DADO DIOS?

Pregunta: ¿Qué regla ha dado Dios para hacernos saber cómo podemos glorificarle y disfrutar de él?

Respuesta: La Palabra de Dios que se encuentra en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento es la única regla para hacernos saber cómo podemos glorificar a Dios y disfrutar de él.

Si fuimos creados para glorificar a Dios y disfrutar de Él, inmediatamente aparece una pregunta necesaria: ¿cómo sabemos de qué manera debemos hacerlo?

No podemos decidirlo simplemente por lo que sentimos, por nuestras preferencias personales o por aquello que nuestra cultura considera correcto. Si Dios es nuestro Creador, entonces Él mismo debe decirnos quién es, cómo debemos acercarnos a Él y cómo quiere que vivamos delante de su presencia.

Y precisamente por eso Dios nos ha dado su Palabra.

Pablo afirma en 2 Timoteo 3:16 que toda la Escritura es inspirada por Dios. Esto significa que la Biblia no es solamente una colección de pensamientos religiosos producidos por hombres piadosos. Dios utilizó autores humanos, con sus propias personalidades y circunstancias, pero por medio de ellos comunicó aquello que quiso revelar a su pueblo.

Por tanto, nuestra fe no descansa finalmente en opiniones humanas, experiencias personales o sentimientos cambiantes. Descansa en lo que Dios ha dicho.

Y esa revelación se encuentra en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. No son dos mensajes separados. Toda la Biblia desarrolla una sola historia de redención. El Antiguo Testamento nos muestra la creación, la caída, las promesas y la preparación para la venida del Mesías; y el Nuevo Testamento nos muestra el cumplimiento de esas promesas en Jesucristo.

Por eso Efesios 2:20 presenta a la iglesia edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo la principal piedra del ángulo. Toda la revelación bíblica encuentra su centro y cumplimiento en Cristo.

Ahora bien, el catecismo añade algo fundamental: la Palabra de Dios es la única regla para saber cómo glorificarle y disfrutar de Él.

Esto no significa que no podamos aprender de pastores, maestros, confesiones de fe, catecismos o buenos libros cristianos. Podemos beneficiarnos profundamente de ellos. Pero todos permanecen bajo la autoridad de la Escritura.

Todo predicador debe ser examinado por la Palabra.

Toda tradición debe ser examinada por la Palabra.

Toda experiencia debe ser examinada por la Palabra.

Incluso este mismo catecismo debe ser examinado a la luz de la Biblia.

Desde una perspectiva bautista reformada valoramos la historia de la iglesia y las confesiones que han expresado fielmente la doctrina cristiana, pero ninguna de ellas puede sustituir la autoridad de Dios en su Palabra.

Y aquí encontramos algo hermoso: Dios no nos dio las Escrituras solamente para llenar nuestra mente de información. Nos las dio para que le conozcamos.

La Biblia nos muestra su santidad, su justicia, su misericordia, su fidelidad y su gracia. Nos muestra también nuestra condición pecaminosa y nuestra necesidad de salvación. Y, sobre todo, nos conduce a Jesucristo.

En 1 Juan 1:3, Juan relaciona la verdad proclamada con la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. La verdadera doctrina, entonces, no debe alejarnos de Dios; debe llevarnos a conocerle mejor.

Y cuanto más conocemos al Dios verdadero revelado en las Escrituras, más razones tenemos para confiar en Él, obedecerle, adorarle, glorificarle y disfrutar de Él.

Por eso esta segunda pregunta también nos confronta personalmente:

¿Qué está gobernando realmente lo que creo y la manera en que vivo?

¿La Palabra de Dios, mis emociones, las opiniones de otros o las ideas cambiantes de nuestra época?

Dios no nos dejó solos tratando de descubrir cómo vivir para su gloria.

Nos dio su Palabra.

Y en ella encontramos la verdad que necesitamos para conocer a Dios, conocer a Cristo y aprender a vivir para su gloria.

Catecismo de Spurgeon: doctrina para conocer, verdad para creer y una vida para la gloria de Dios.

Crédito de la obra que inspiró este artículo:

Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido.
La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.

¿PARA QUÉ EXISTE EL HOMBRE? | Charles Spurgeon

CATECISMO DE SPURGEON

Episodio 1 — ¿PARA QUÉ EXISTE EL HOMBRE?

PREGUNTA 1

¿Cuál es el fin principal del hombre?

RESPUESTA

El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” 1 Corintios 10:31

¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?; Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Salmos 73:25-26


COMENTARIO DOCTRINAL

¿Para qué estamos aquí?

Es una de las preguntas más profundas que puede hacerse un ser humano.

Muchos responderían que estamos aquí para ser felices, formar una familia, alcanzar nuestras metas, trabajar, prosperar, dejar un legado o simplemente disfrutar de la vida.

Todas esas cosas pueden ocupar un lugar legítimo en nuestra existencia. Pero ninguna de ellas constituye nuestro propósito supremo.

El Catecismo de Spurgeon comienza llevándonos inmediatamente a Dios:

«El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre».

Esta respuesta coloca toda nuestra existencia en la perspectiva correcta.

1. FUIMOS CREADOS PARA DIOS

El hombre no es el centro del universo.

Dios lo es.

La Escritura enseña que todas las cosas existen por Dios, mediante Dios y para Dios. Por eso Pablo concluye en Romanos 11:36 que de Él, por Él y para Él son todas las cosas.

Esto incluye nuestra propia vida.

No existimos principalmente para realizarnos a nosotros mismos. Existimos porque Dios quiso darnos existencia y porque nuestra vida encuentra su verdadero propósito cuando está orientada hacia Él.

Por eso 1 Corintios 10:31 nos enseña que incluso las actividades más ordinarias —comer, beber y todo lo que hacemos— deben realizarse para la gloria de Dios.

Glorificar a Dios no significa añadirle una gloria que Él no posea.

Dios es infinitamente glorioso en sí mismo.

Nosotros glorificamos a Dios cuando reconocemos quién es Él, creemos su Palabra, obedecemos sus mandamientos, confiamos en su bondad y vivimos de una manera que manifiesta su excelencia.

La vida cristiana, entonces, no se divide entre momentos “espirituales” y momentos “normales”.

Toda nuestra vida pertenece a Dios.

Nuestro matrimonio.

Nuestro trabajo.

Nuestro dinero.

Nuestros pensamientos.

Nuestro descanso.

Nuestras decisiones.

Nuestra adoración.

Todo debe estar bajo el señorío de Dios.


2. EL PECADO CAMBIÓ EL CENTRO DE NUESTRA VIDA

Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.

Aunque el hombre fue creado para glorificar a Dios, por naturaleza no vive buscando la gloria de Dios.

El pecado produjo precisamente lo contrario.

Romanos 1 enseña que el hombre conoció a Dios, pero no le glorificó como a Dios. En lugar de vivir para su Creador, comenzó a vivir para sí mismo y para las cosas creadas.

Ese es uno de los efectos más profundos de la caída.

El pecado no consiste solamente en cometer determinadas acciones malas.

En su raíz, el pecado consiste en quitar a Dios del centro y colocar allí al hombre.

Por eso podemos ser moralmente respetables y, sin embargo, vivir completamente alejados del propósito para el cual fuimos creados.

Una persona puede trabajar, estudiar, casarse, criar hijos, ayudar a otros e incluso practicar una religión, y todavía vivir fundamentalmente para sí misma.

El problema esencial del hombre no es simplemente que necesita mejorar su comportamiento.

Necesita ser reconciliado con Dios.


3. CRISTO NOS DEVUELVE AL PROPÓSITO PARA EL CUAL FUIMOS CREADOS

Aquí el catecismo nos conduce naturalmente hacia Cristo.

El hombre pecador no puede restaurarse a sí mismo.

Necesitamos un Salvador.

Jesucristo vivió perfectamente para la gloria del Padre. Obedeció donde nosotros desobedecimos y cumplió perfectamente la voluntad de Dios.

Después murió en la cruz por pecadores y resucitó.

Por medio de Cristo, Dios perdona y reconcilia consigo a todo aquel que se arrepiente y cree.

La salvación, por tanto, no consiste solamente en escapar del juicio.

Dios nos salva para restaurarnos a una vida centrada nuevamente en Él.

El creyente comienza a aprender aquello para lo cual fue creado:

vivir para la gloria de Dios.

No lo hace perfectamente.

Seguimos luchando contra el pecado.

Seguimos teniendo deseos egoístas.

Seguimos necesitando gracia cada día.

Pero ahora existe una nueva dirección en nuestra vida.

Ya no queremos vivir únicamente para nosotros mismos.

Queremos que Cristo sea honrado en nosotros.


4. GLORIFICAR A DIOS Y GOZARSE EN ÉL

La segunda parte de la respuesta es igualmente hermosa:

«…y gozar de Él para siempre».

El cristianismo bíblico no presenta a Dios como si Él recibiera gloria mientras nosotros vivimos eternamente frustrados.

Al contrario.

Nuestra mayor satisfacción se encuentra precisamente en conocer a Dios.

El Salmo 73 expresa esta realidad cuando el salmista reconoce que, aun cuando su cuerpo y su corazón desfallezcan, Dios sigue siendo la fortaleza de su corazón y su porción para siempre.

El mayor regalo de la salvación no es simplemente recibir bendiciones de Dios.

El mayor regalo es Dios mismo.

Esto necesita decirse con claridad, especialmente en una época donde muchas veces se presenta el cristianismo como un medio para obtener salud, prosperidad, éxito, estabilidad económica o cumplimiento de nuestros sueños.

Dios ciertamente puede concedernos muchas bendiciones temporales.

Pero ninguna de ellas es el propósito final de la vida cristiana.

Nuestra porción es Dios.

Podemos perder posesiones y tener a Dios.

Podemos atravesar enfermedad y tener a Dios.

Podemos conocer aflicción y tener a Dios.

Podemos pasar temporadas donde nuestros planes no se cumplen y todavía tener en Cristo aquello que ninguna circunstancia puede quitarnos.

Por eso glorificar a Dios y disfrutar de Dios están profundamente unidos.

Cuanto más conocemos verdaderamente a Dios, más comprendemos que Él es digno de nuestra adoración.

Y cuanto más vivimos para su gloria, más descubrimos que ninguna criatura puede ocupar el lugar que pertenece solamente al Creador.


APLICACIÓN

Esta primera pregunta del catecismo nos obliga a examinar nuestra vida.

¿Para qué estoy viviendo?

¿Qué ocupa realmente el centro de mis decisiones?

¿Qué determina mis prioridades?

¿Qué considero indispensable para ser feliz?

Tal vez profesamos creer que Dios es lo más importante mientras nuestras preocupaciones revelan que estamos viviendo principalmente para el dinero, la aprobación de los demás, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestros proyectos o nuestra propia tranquilidad.

Ninguna de esas cosas puede soportar el peso de convertirse en nuestro dios.

Fuimos creados para algo infinitamente mayor.

Fuimos creados para conocer a Dios, amarle, obedecerle, adorarle y vivir para su gloria.

Y solamente en Cristo podemos regresar al propósito para el cual fuimos creados.


CONCLUSIÓN

Así que la primera pregunta del Catecismo de Spurgeon no es una cuestión filosófica distante.

Es profundamente personal.

¿Cuál es el fin principal del hombre?

Glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.

Ese es nuestro propósito.

Ese es el verdadero orden de la vida.

Y esa es también nuestra esperanza:

que aquello que comenzamos imperfectamente ahora por la gracia de Dios, un día lo viviremos plenamente en su presencia.

Glorificaremos a Dios y gozaremos de Él para siempre.

CATECISMO DE SPURGEON

Doctrina para conocer.
Verdad para creer.
Una vida para la gloria de Dios.

Crédito de la obra que inspiró este artículo:

Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido.
La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.

¿Cómo saber si realmente somos salvos?

Esta es una de las preguntas más importantes que una persona puede hacerse. No se trata simplemente de saber si asistimos a una iglesia, si hicimos una oración en algún momento de nuestra vida o si tenemos conocimiento de la Biblia. La pregunta fundamental es si hemos sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo y si poseemos una fe genuina que produce evidencias de una nueva vida.

La Escritura no nos deja en incertidumbre absoluta. El apóstol Juan escribió: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Observe que Juan no dice “para que esperéis” o “para que supongáis”, sino “para que sepáis”. Dios desea que Sus hijos tengan una seguridad fundamentada en Su Palabra y no en sentimientos cambiantes.

La primera evidencia de una verdadera salvación es la confianza exclusiva en Cristo. El creyente comprende que no puede justificarse por sus obras, méritos o esfuerzos religiosos. Descansa únicamente en la obra perfecta de Cristo en la cruz. Como enseña Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La fe salvadora mira fuera de sí misma y se aferra a Cristo como único Salvador.

Sin embargo, la fe verdadera nunca permanece sola. Produce transformación. El Señor Jesús declaró: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Esto no significa perfección, sino una dirección nueva en la vida. Existe una lucha contra el pecado, un deseo creciente de obedecer a Dios y una disposición a arrepentirse cuando se falla. Donde antes había indiferencia hacia Dios, ahora hay hambre espiritual.

Charles Spurgeon expresó esta verdad de manera memorable:

“La fe que salva es una fe que obra por amor, purifica el alma y vence al mundo”.

Spurgeon entendía que las obras no son la raíz de la salvación, sino su fruto. Un árbol no vive porque produce fruto; produce fruto porque está vivo.

Otra evidencia importante es el amor por Cristo y por Su pueblo. El apóstol Juan escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). El nuevo nacimiento produce nuevos afectos. El creyente comienza a amar aquello que Dios ama y a valorar aquello que antes despreciaba.

John Gill señaló que la gracia salvadora no solo ilumina la mente, sino que transforma las inclinaciones del corazón. Cuando Dios salva a una persona, le concede nuevos deseos y nuevas prioridades.

Asimismo, la perseverancia es una señal importante de una fe genuina. Jesús enseñó que algunos reciben la Palabra con gozo, pero abandonan cuando llegan las pruebas (Mateo 13:20-21). El verdadero creyente puede atravesar temporadas de debilidad, dudas o incluso caídas dolorosas, pero no abandona definitivamente a Cristo. Dios lo sostiene por Su poder.

John Bunyan escribió:

“Aunque el cristiano tropiece muchas veces, el Señor no lo dejará caer definitivamente, porque lo sostiene con Su mano.”

La perseverancia no demuestra la fuerza del creyente, sino la fidelidad de Dios.

Al mismo tiempo, debemos tener cuidado de no buscar seguridad únicamente observando nuestro desempeño espiritual. Si miramos solamente nuestras obras, encontraremos muchas imperfecciones. Nuestra seguridad descansa primero en las promesas de Dios y después en las evidencias de Su obra en nosotros. Como afirma Romanos 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.

Por ello, la pregunta no debe ser simplemente: “¿Hice una profesión de fe alguna vez?”, sino: “¿Estoy confiando hoy en Cristo? ¿Existe evidencia de Su obra en mi vida? ¿Amo Su Palabra, Su pueblo y Su voluntad? ¿Hay arrepentimiento cuando peco?”.

La verdadera seguridad surge cuando contemplamos simultáneamente dos realidades: la perfección de Cristo como Salvador y la evidencia de que Su Espíritu está obrando en nosotros. No somos salvos porque producimos fruto; producimos fruto porque hemos sido unidos a Cristo por la fe. Y aquellos que han sido verdaderamente regenerados pueden descansar en la promesa de Aquel que dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás” (Juan 10:27-28).

“Contenido elaborado con apoyo tecnológico y publicado, editado, corregido, revisado bajo responsabilidad de Alimentemos el Alma.”

NO MAQUILLES TU PECADO CON RELIGIÓN | AEA

El versículo: “Hay cargas que Dios nunca diseñó para que las llevaras solo, sino para que se las des a Cristo”, a la luz de 1 Pedro 5:7, toca una verdad profundamente bíblica: Dios llama al creyente a descansar su ansiedad, temor y aflicción sobre Cristo, porque Él cuida de los suyos. El texto dice: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Pedro no está promoviendo irresponsabilidad emocional ni dependencia manipuladora de otros, sino una confianza humilde y reverente en la soberanía y el cuidado paternal de Dios.

Sin embargo cuando esto se manipula intencionalmente apunta a un problema muy real dentro del corazón humano y aun dentro de ciertos ambientes cristianos: muchas veces las personas no entregan verdaderamente sus cargas a Cristo, sino que usan el lenguaje espiritual para descargar responsabilidades sobre otros mientras mantienen intacto el control, el egoísmo o la conveniencia personal. Allí la religión puede convertirse en una máscara y no importa denominación o credo el fin es el mismo.

Esto revela algo más profundo: el pecado del corazón. El ser humano caído no solo sufre; también aprende a manipular su sufrimiento para obtener beneficio, atención, validación o incluso ventajas prácticas. A veces se utiliza la “necesidad espiritual” como una herramienta de presión emocional. Se habla de “orar por mí”, “ayudarme”, “Dios me está probando”, pero detrás puede esconderse pereza espiritual, falta de arrepentimiento, irresponsabilidad o incluso cálculo consciente para que otros carguen consecuencias que uno mismo no quiere enfrentar.

Eso es diferente al verdadero quebranto y arrepentimiento. El creyente genuino puede pedir ayuda, llorar, cansarse y buscar apoyo de la iglesia; pero lo hace desde la honestidad y la humildad, no desde la manipulación. Juan Calvino enseñaba que el corazón humano es una “fábrica de ídolos”; incluso el dolor puede convertirse en un ídolo cuando se usa para controlar a otros en lugar de rendirse a Dios.

El peligro de esta hipocresía es que aparenta dependencia de Cristo mientras realmente depende de estrategias humanas y de su engañoso corazón. Se “maquilla” con vocabulario cristiano, pero el centro sigue siendo el «YO». Cristo es presentado como refugio con los labios, pero en la práctica el refugio está en las personas, en la manipulación emocional o en el provecho que se puede sacar de la situación.

La Escritura confronta eso con claridad. Gálatas 6:5 enseña que “cada uno llevará su propia carga”, mostrando responsabilidad personal delante de Dios; mientras el versículo 2 dice “sobrellevad los unos las cargas de los otros”, hablando del amor cristiano. Ambos textos juntos muestran equilibrio: la iglesia ayuda, pero no para alimentar pecado, irresponsabilidad o dependencia carnal. La gracia no fue dada para encubrir manipulación, sino para transformar el corazón.

Es importante abordar este punto y tratarlo con la verdad, honestidad y ética, porque desenmascara una moral a la medida del corazón engañoso y una religiosidad superficial que puede existir incluso dentro de la iglesia. Hay personas que quieren alivio sin arrepentimiento, ayuda sin transformación y compasión sin asumir consecuencias. Pero Cristo no solo vino a aliviar cargas; vino a romper el dominio del pecado sobre el corazón humano.

El verdadero sentido de 1 Pedro 5:7 no es “usar a otros para escapar del problema”, sino rendir delante de Cristo nuestras ansiedades, reconociendo nuestra incapacidad y descansando en Su cuidado soberano. Cuando alguien realmente deposita sus cargas en Cristo, deja también de usar a las personas como instrumentos de conveniencia personal. Allí nace una fe sincera, humilde y transformada por el evangelio.

“Pero aun en medio de nuestras luchas, hipocresías y cargas mal llevadas, la gracia de Dios sigue llamándonos al arrepentimiento. La Biblia dice que ‘no hay justo, ni aun uno’ (Romanos 3:10), recordándonos que ninguno de nosotros es perfecto delante de Dios. Todos hemos fallado, todos necesitamos misericordia y todos dependemos completamente de Cristo.

Por eso, el evangelio no es una invitación a fingir fortaleza, sino a rendir el corazón delante de Dios. Cristo no rechaza al pecador arrepentido; Él recibe a todo aquel que viene a Él con humildad y fe. Jesús dijo: ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar’ (Mateo 11:28).

No pongas tu esperanza en hombres imperfectos, ni en estrategias humanas, ni en una religión vacía. Descansa plenamente en la gracia soberana de Dios. Él es fiel aun cuando nosotros somos débiles.

Y si aún no conoces verdaderamente a Cristo, búscale en Su Palabra. Porque ‘la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios’ (Romanos 10:17). En las Escrituras encontrarás no solo verdad para confrontar tu pecado, sino también al Salvador capaz de perdonar, restaurar y dar vida eterna.

Hoy es un buen día para dejar la carga del pecado a los pies de Cristo y hallar en Él el verdadero descanso para tu alma.”

Porque Él dice: «En el momento propicio te escuché y en el día de salvación te ayudé». Les digo que este es el momento propicio de Dios; hoy es el día de salvación. 2 Corintios 6:2 NVI

“Contenido elaborado con apoyo tecnológico y publicado, editado, corregido, revisado bajo responsabilidad de Alimentemos el Alma.”

Excusas | Reflexión – Pepe Mendoza

Jueces 20 – 21   y   Filipenses 3 – 4

“Y dijeron:¿Por qué, oh SEÑOR, Dios de Israel, ha sucedido esto en Israel, que falte hoy una tribu en Israel”, Jueces 21:3.

¿Por qué me pasa esto a mí?  Es una pregunta que en más de una oportunidad nos debemos haber hecho. Escuché alguna vez decir a un siquiatra que está comprobado que una de las mayores dificultades del hombre es poder reconocer las consecuencias negativas de sus propios actos.  Cuando las cosas van bien, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez? Pero, cuando las cosas van de mal en peor, ¿quién duda en contar su historia una y otra vez?… pero, echándole la culpa a todos, menos a él mismo.

Somos por naturaleza homo excusabis, por decirlo de alguna manera. El caso bíblico lo ejemplifica: Las tribus de Israel reunidas, estaban sorprendidas con el testimonio del levita que había dado cuenta del tremendo daño que los benjamitas de Gabaa habían inflingido a su esposa hasta causarle la muerte. Los benjamitas protegieron excusando a sus paisanos de Gabaa (así se llamaba el pueblo en donde sucedieron los hechos), negándose a entregar a los asesinos. Todo Israel, entonces, lleno de ira se enfrentó en batalla contra sus hermanos de Benjamín. Una guerra civil se había iniciado. Al final, los benjamitas fueron casi diezmados. La pregunta del encabezado surge después de conocer los cruentos datos de la masacre. Nunca una evasiva es una puerta de salida a un conflicto.

Es indudable que las excusas de ida y vuelta siempre tienden a agravar el problema y a endurecer la conciencia de los originadores de la falta. En el Mercurio, diario chileno, hay una columna denominada “Línea Directa”; allí, sufridos receptores de excusas presentan públicamente sus irresueltos casos problemáticos, ante la negativa de los excusistas de solucionar los problemas más allá de una noble pero escurridiza excusa. En la mayoría de oportunidades cada caso en donde interviene LD siempre termina así: “Resuelto. La gerencia de la empresa antes excusista dijo que fue evaluada la situación del sufrido receptor, se le dieron las explicaciones del caso y todo quedó resuelto a su entera conformidad”. Si todo era así de fácil… ¿Por qué no quedó resuelto por los canales normales? ¿Es más fuerte la publicidad negativa que la buena conciencia? Pues, como ven, la pandemia de la Excusitis está destruyendo la capacidad humana de resolución de aprietos.

Enfrentar las consecuencias de nuestros actos, sin excusas de por medio, es una necesidad. Nada fortalece más el carácter que poner la cara cuando las cosas no las hicimos correctamente, o no salieron como estaban previstas (por decirlo más diplomáticamente). Caer en largas justificaciones no sólo le hace daño al agredido, sino que también inmuniza nuestra conciencia contra la sinceridad.  Quizás el factor sicológico y emocional más importante que pasa por nuestra mente al momento de elegir excusas antes que una disculpa, o una solución, se debe al temor que tenemos de perder algo que consideramos valioso y que es, aparentemente, superior a la verdad.

El buen nombre, dinero, el aprecio de los demás, el trabajo, y tantas otras cosas que, sobrevaluadas, nos impiden ver que la justicia nunca será dañina a nuestra vida y que la verdad es la que liberta, mientras que la mentira siempre esclaviza el alma. El apóstol Pablo tenía un notable sentido del deber. Él era irreprochable porque había aprendido a tener la justa medida para todas las cosas: “Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo”, Filipenses 3:7-8. Su responsabilidad delante de Dios y su verdad lo hizo eliminar todos aquellos subterfugios que pudieran impedirle glorificar con plenitud al Señor. Él decía: “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús… continuemos viviendo según la misma norma que hemos alcanzado”, Filipenses 3:13-14,16. Nada de dobleces, nada de pretextos, coartadas y alegatos. Sólo la verdad, que es igual para todos los hombres.

Ninguna persona excusienta podrá nunca resolver a cabalidad sus conflictos. Por eso, es de los mayores baluartes del hombre la verdad y la justicia, y esos valores son los que en realidad se deben temer perder. Alguien dijo alguna vez: “Cualquier cosa que el hombre gane debe pagarla cara, aunque no sea más que con el miedo de perderla”. Debemos aprender a que nos tiemble la voz cada vez que vamos a excusar nuestra responsabilidad porque simplemente… la excusa agrava la falta.

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor. Es el autor de los libros Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024) y Hermenéutica bíblica: Consejos prácticos para comprender la Biblia sin morir en el intento (CLIE, 2025). Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana. Es director del Instituto Integridad & Sabiduría y es profesor adjunto en el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en X (Twitter).

Artículo de Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/excusas-reflexion/

Para entrenar a un niño PDF | Michael y Debi Pearl

Para Entrenar a un Niño
Hace tres mil años, un sabio dijo, “instruye (entrena) al niño en su camino y aun cuando fuere viejo, no se apartará de él.” Un buen entrenamiento o instrucción no es solucionar crisis; por el contrario, es aquel proceso que se debe hacer antes de enfrentarlas o de tener que disciplinar a los hijos.La mayoría de las personas asumen la paternidad por accidente, no lo hacen de manera deliberada o planeada. ¡Imagínese si se construyera una casa de esa manera! No tenemos que reinventar la instrucción. Existen principios para instruir a los niños, y métodos que han funcionado desde la antigüedad. Negarle la formación o entrenamiento a un hijo es abandonarlo deliberadamente y es semejante a empujarlo hacia un mar de opciones y de pasiones, sin un barco apropiado ni una brújula.

PDF:https://tesoroscristianos.co/wp-content/uploads/2020/07/Como-entrenar-un-ni%C3%B1o-Debi-y-Michael-Pearl.pdf

EL ORDO SALUTIS | R.C.Sproul


Cuando miramos más detenidamente la relación entre elección y salvación, necesitamos ocuparnos de lo que los teólogos llaman el ordo salutis u “orden de la salvación”. El ordo salutis tiene que ver con el orden en que ocurren varios sucesos que conducen a nuestra redención, específicamente el orden lógico más bien que cronológico.
Con esta distinción me refiero a lo siguiente. Creemos que somos justificados por la sola fe. Pero, ¿cuánto tiempo después de poseer la verdadera fe salvadora somos justificados? ¿Cinco segundos, cinco minutos, cinco meses, cinco años? No, decimos que la justificación y la fe son coincidentes en cuanto al tiempo. En el preciso instante en que tenemos verdadera fe, en ese mismo momento Dios nos recibe como personas justificadas. Pero aun así decimos que la fe viene antes que la justificación, aun cuando ocurren al mismo tiempo. La fe precede lógicamente a la justificación. En otras palabras, dado que nuestra justificación depende y se apoya en la fe, la fe es el prerrequisito, la condición necesaria que debe estar presente para que ocurra la justificación. Así que la fe es lógicamente necesaria para la justificación. La fe precede a la justificación, no en el tiempo, sino en cuanto a necesidad lógica. Así que cuando hablamos del orden de la salvación, ten en cuenta que lo que se toma en consideración son las distinciones relativas a los prerrequisitos, sobre la base de la necesidad lógica.
En Romanos 8, tenemos uno de los versos más famosos y apreciados de todo el Nuevo Testamento: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito” (v. 28). Nótese que esta promesa de que todas las cosas están dispuestas para bien es para las personas que aman a Dios, para aquellos que son descritos como los que son llamados según su propósito.
Ese es un tipo especial de llamado. La Biblia habla sobre el llamado del evangelio que sale para todos, lo que llamamos el llamado externo o exterior. No todos los que oyen el evangelio son salvos. También se habla del llamado interior, el llamado de Dios en la persona, en el corazón, que es una obra de Dios el Espíritu Santo, un llamado que es efectivo. En este llamado, el Espíritu Santo abre el corazón de los creyentes, obrando en el interior para llevar a cabo el propósito de Dios. Es este llamado el que Pablo tiene en mente en Romanos 8:28. Todos los elegidos reciben este llamado interior, como queda claro en los versos que siguen.
Veamos la primera mitad del verso 29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo”. Pablo está hablando aquí de los propósitos de Dios respecto a la salvación, y comienza mencionando la presciencia de Dios. Él nos dice que a aquellos que Dios antes conoció, él los predestinó. ¿Cuál fue el objetivo de esta predestinación? Fue que aquellos a los que Dios conoció de antemano fueran hechos conforme a la imagen de Cristo.
En el verso 30, encontramos lo que llamamos “la cadena de oro”: “Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó”. Esta es una versión abreviada del orden de la salvación. Hay otros aspectos de la salvación aparte de los que aquí se mencionan; Romanos 8:30 toca los puntos básicos, por así decirlo. Por ejemplo, la santificación no está en esta lista. Esta lista más bien incluye (partiendo desde el verso 29), primero, el conocimiento previo; segundo, la predestinación; tercero, el llamado; cuarto, la justificación; y quinto, la glorificación.
Es muy importante para nuestra comprensión de la seguridad asimilar lo que está sucediendo en este orden de la salvación. Como señalé antes, Pablo se refiere a un orden lógico, y comienza por el conocimiento previo. La perspectiva de la elección según la presciencia que mencioné anteriormente es popular porque las personas llegan a este texto y dicen: “¡Ajá! El primer paso es el conocimiento previo. Eso significa que la elección o la predestinación se basan en algo que Dios sabe de antemano sobre las personas”. Pero el texto no dice eso. De hecho, en el desarrollo que hace Pablo de este tema en el capítulo 9, esa posibilidad queda descartada. Según la comprensión reformada de la elección, las personas elegidas según los decretos de Dios no son códigos sin nombre. Para que Dios elija a alguien, él debe tener alguna idea de la persona que está eligiendo. Así que el conocimiento previo debe preceder a la predestinación, porque Dios predestina a individuos específicos a los que ama y escoge.
El siguiente suceso lógico es la predestinación. Pablo nos dice que aquellos a los que Dios antes conoció también los predestinó. No se dice pero se entiende claramente aquí que todos los que están en la categoría del conocimiento previo están predestinados. Desde luego, la presciencia de Dios, en general, incluye a todas las personas, no solo a los elegidos. Pero aquí Pablo está hablando del conocimiento previo de Dios de sus elegidos. ¿Cómo lo sabemos? Porque Pablo declara que todos aquellos a quienes Dios conoció de antemano, en el sentido en el que aquí los conoce, son predestinados, y todos los que son predestinados son llamados, y todos los que son llamados son justificados. Este es el punto crucial. Si todos los que son llamados son justificados, Pablo no puede estar refiriéndose al llamado externo. Debe estar hablando del llamado interno, porque todos los que reciben este particular llamado reciben la justificación, así como todos los que son justificados son glorificados.
Así que si quiero saber si voy a ser glorificado —es decir, si en última instancia voy a ser salvo— necesito determinar si estoy justificado. Si estoy justificado, sé que voy a ser glorificado. En otras palabras, si ahora estoy justificado, no tengo nada de qué preocuparme: Aquel que ha comenzado una buena obra en mí va a completarla hasta el final (Filipenses 1:6).

Sproul, R. C. (2010). ¿Puedo estar seguro de que soy salvo? (E. Castro, Trad.; Vol. 7). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.