Demostrar amor aunque duela

Febrero 16

Demostrar amor aunque duela

Lectura bíblica: 1 Juan 2:1–6

El que dice que permanece en él debe andar como él anduvo. 1 Juan 2:6

a1Toma el siguiente breve examen. ¿Cuántas de las siguientes acciones demuestran cariño?

(a) Si un amigo aparece en la iglesia con la cara sucia, le aviso en privado para que pueda limpiársela.
(b) Dejo que mis amigos a quienes les gusta colorear, recortar y pegar usen mi pegamento.
(c) A veces cuando juego al fútbol con mis amigos a propósito tiro mal la pelota para que no se sientan mal por ser tan malos jugadores.

Aunque esos quizá no sean los ejemplos de amistad más significativos del mundo, por lo menos son un comienzo. Porque el cariño es más que un sentimiento. Es una acción.
Ten en cuenta esto: Todas tus acciones correctas, buenas y cariñosas quizá no vayan acompañadas de un diluvio de sentimientos cálidos de amor o afecto.
No siempre te sientes con ganas de obedecer a tus padres, de realizar tus tareas escolares o de cepillarte los dientes. Pero la mayoría de las veces te las arreglas para hacer estas cosas porque has decidido hacer lo correcto.

Con el amor sucede lo mismo. No es algo que siempre sientes; es algo que haces. Es posible que te sientas bien cuando realizas acciones cariñosas, pero Dios quiere que ames aunque no te hagan sentir bien. Jesús no se sentía con ganas de dar su vida para salvar a la raza humana. Oró, tratando de buscar una manera de evitar la cruz (ver Mateo 26:38, 39). Pero decidió seguir el plan de Dios y sacrificarse por nuestros pecados.

Cuando no estás seguro si en realidad amas a otros como es el propósito de Dios, usa esta lista para comprobar si lo estás haciendo o no:

☐ Considero que la salud, la felicidad y el crecimiento de mis amigos son tan importantes para mí como mi propia salud, felicidad y crecimiento.
☐ Ayudo a mis amigos a madurar en todas las maneras posibles: mental, física, espiritual y socialmente.
☐ Protejo a mis amigos de todo lo que pone en peligro el bienestar de ellos.
☐ Ayudo a mis amigos a querer más a Dios.

Si podemos hacer estas declaraciones con total sinceridad, realmente amamos a los demás. Cuando ponemos en acción nuestro cariño, los estamos amando con el amor más grande del universo. Es el tipo de amor de la vida real, repleto de acción, que Dios nos ha demostrado a nosotros.

PARA DIALOGAR
¿A quién conoces que necesita tu cariño, aunque no te sientas con ganas de demostrárselo? ¿Cómo puedes usar el amor de Dios para amar a esa persona?

PARA ORAR
Señor Jesús, ayúdanos a amar como tú amaste, no sólo de palabra sino con nuestras acciones.

PARA HACER
Quizá hayas tenido la intención de hacer algo grande por un amigo, pero todavía no lo has hecho. ¡Házlo hoy!

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

HECHO A TU MEDIDA

HECHO A TU MEDIDA

Pablo Martini
Programa No. 2016-02-16
a1Una familia, ejecutando cuidadosamente sus planes de escape a medianoche, cruza de prisa la frontera… Un hombre parado fuera de las paredes de la prisión, toma el aire bañado por un nuevo sol… Una joven parece haber superado el efecto destructivo de la droga… ¡Son libres! Con renovada esperanza, pueden comenzar una nueva vida. Ya sea por escapar de la opresión, salir de la prisión o romper un hábito asfixiante. La libertad es vida. No hay nada tan emocionante como saber que el pasado ha sido perdonado y que tenemos por delante nuevas alternativas. La gente sueña con la libertad. En verdad, Dios creó al hombre y a la mujer libres para decidir lo que le conviene y lo que no le conviene. Este hecho estaba muy bien representado en el árbol prohibido en el huerto del Edén, el árbol del conocimiento del bien y del mal. Conocimiento que fue muy tentador para el ser humano, pues le ofrecía control absoluto de sus decisiones. Pero Dios quería ser Él quien le aconsejara y le guiara a través del árbol de la vida, que no era otra cosa que el madero del Calvario. Pero escogimos decidir nosotros mismos, quisimos tener libertad. Lo que trágicamente ignoramos es que no tenemos libertad para escoger las consecuencias de esas decisiones. Sí, desde el primer momento en que Adán y Eva mordieron esa fruta, mordieron también el anzuelo del engaño de Satanás y se dieron cuenta (tarde) de sus nefastas consecuencias: Miedo, culpabilidad, vergüenza. Desde entonces cada ser humano suspira con sueños de libertad. Pero no confundamos libertad con libertinaje. Necesitamos libertad verdadera, donde podemos hacer lo que queramos pero dentro del Plan para el cual fuimos diseñados.

Todo otro intento de independencia me condena a ser esclavo de mis propios deseos y eso no es libertad. De ahí que Cristo viniera a este mundo para decirnos que solo cuando Él nos libere seremos verdaderamente libres. Antes no. Dios tiene un Plan hecho a tu medida. Descúbrelo y sentirás levantar vuelo como las águilas más libre ue nunca.

http://labibliadice.org/unapausaentuvida/2016/02/16/hecho-a-tu-medida/

VISIÓN PERDURABLE

15 feb 2016

VISIÓN PERDURABLE
por el Hermano Pablo

 

a1El tiempo había transcurrido de noviembre a julio. En nueve meses pasan muchas cosas: un bebé es concebido y avanza a su madurez en el vientre materno; tres estaciones del año pasan siguiendo su ritmo inevitable; la política, la economía y el deporte experimentan grandes cambios.

Pero esos nueve meses no trajeron ningún cambio en la vida de Carmela Salas, de 65 años, mexicana residente de Texas. Los pasó, según el periódico «Los Ángeles Times», contemplando el cadáver de su esposo, Enrique Salas, acostado en la cama matrimonial.

Cuando el esposo murió, ella, negándose a reconocer la realidad, hizo de cuenta que la desgracia no había pasado, y el tiempo se detuvo para ella.

Este no es el primer caso en que hombres o mujeres ven morir al ser más querido y no se resignan a tener que dejar de mirarlo. Y aunque son cadáveres ya, y la momificación de la muerte ha comenzado el proceso de descomposición, el amor que les tienen es más fuerte.

El odio jamás hará una cosa semejante. El odio tiende a destruir, destrozar, masacrar y a hacer desaparecer todo de la vista. El amor construye, y cuando no puede construir, hace perdurar. Porque el amor es muy diferente al odio.

El amor de Dios es el amor más fuerte que existe. Es una fuerza que tiende siempre a reparar, a curar, a construir, a conservar lo bueno, a hermosear más lo que ya es lindo, a regenerar, a purificar y a santificar. El amor de Dios tiende siempre a perdonar y, más que perdonar, a olvidar. Incluso olvida el pecado, el mal, la falta, la derrota, el fracaso humano.

Y como Carmela Salas, Dios también contempla perdurablemente a sus seres amados. Él nunca deja de mirarlos. «El Señor recorre con su mirada toda la tierra —dice la Biblia—, y está listo para ayudar a quienes le son fieles» (2 Crónicas 16:9).

No hay nada más perdurable, poderoso, fiel y comprensivo en la humanidad que el amor de Cristo. Es un amor que nunca falla, una sabiduría que nunca yerra. Tener un corazón entregado a Él es asegurarse la bendición de la vida eterna. Tomemos hoy la más grande decisión moral posible: Elijamos a Cristo como nuestro Salvador y nuestro Señor.

La reforma monástica 35

PARTE IV

Era de los altos ideales

La reforma monástica 35

La historia de Marta y María en el Evangelio muestra que la vida contemplativa ha de preferirse. María escogió la mejor parte. […] Pero la parte de Marta, si es la que nos ha tocado, ha de llevarse con paciencia.

Bernardo de Claraval

a1Através de toda la “era de las tinieblas”, siempre había quedado encendida la chispa de los ideales evangélicos. Los nobles que guerreaban entre sí, los miembros de los diversos partidos que se disputaban el papado, y los siervos que en fin de cuentas proveían el sustento de Europa, eran todos cristianos. Llamarlos “cristianos de nombre” sería inexacto, pues su fe, aunque quizá errada o inoperante, y ciertamente demasiado desentendida de los designios de Dios para la historia humana, era sincera. Se trataba más bien de personas para quienes la fe era ante todo el modo de ganar el cielo, y a quienes ese cielo les parecía tan real como la tierra en que vivían. Para ellas, la salvación del alma era el propósito último de la vida humana, y por ello los más atroces atropellos se excusaban sobre la base de su justificación eterna.

Pero la época era oscura y turbulenta. En medio de las rapiñas de los nobles, los sufrimientos de los oprimidos, la ambición de los prelados, y las invasiones de húngaros, normandos y sarracenos, las almas parecían peligrar. El pecado abundó, y la iglesia se vio obligada a ofrecer medios de gracia para su expiación. Así se desarrolló el sistema penitencial, que a la postre dio origen al conflicto entre protestantes y católicos en el siglo XVI. El noble que mataba a su pariente en el campo de batalla, o el prelado cuya ambición desbordaba, podían encontrar remedio en los sacramentos de la iglesia, y así subsistir en medio de la era tenebrosa en que les había tocado vivir.

Otro camino le quedaba al cristiano de aquella época. Puesto que la vida del común de las gentes estaba llena de desasosiego, violencias y tentaciones de toda clase, ¿por qué no apartarse de ella y seguir la senda del monaquismo? Durante toda la “era de las tinieblas”, la vida monástica ejerció una fascinación constante sobre los espíritus más religiosos.

Empero aun esa senda estrecha se había vuelto casi intransitable. Muchos monasterios fueron saqueados y destruidos por los invasores normandos y húngaros. Los que se encontraban en lugares más protegidos se volvieron juguete de las ambiciones de abades y prelados. Los nobles u obispos que eran sus supuestos protectores los utilizaban para sus propios fines. Al igual que el papado y los obispados, las abadías fueron objeto de codicia, y hubo quienes llegaron a ellas mediante la simonía o aun el homicidio, y luego las utilizaron para llevar una vida muelle muy distinta del ideal benedictino. Los monjes de vocación sincera se veían violentados por las circunstancias de la época. La Regla de San Benito apenas se cumplía. Y cuando algún monje devoto fundaba un nuevo monasterio, a la postre éste también se volvía presa de los ricos y poderosos.

La reforma cluniacense

En medio de todo esto, el duque Guillermo III de Aquitania fundó un pequeño monasterio en el año 909. En sí, esto no era nuevo, pues a través de la “era de las tinieblas” los señores feudales habían fundado casas monásticas. Pero varias decisiones sabias y circunstancias providenciales hicieron de aquel pequeño monasterio el centro de una gran reforma.

Para dirigir su fundación, Guillermo trajo a sus tierras a Bernón, quien se había distinguido por su firmeza al aplicar la Regla, y por sus propios esfuerzos en pro de la reforma de otros monasterios. Bernón le pidió a Guillermo que le concediera para su fundación un lugar llamado Cluny, que era el sitio favorito de caza del Duque. Este accedió a esa petición, y le concedió al nuevo monasterio las tierras aledañas necesarias para su sustento. El carácter de esa cesión fue de suma importancia, pues Guillermo, en lugar de retener el título y los derechos de patrono del monasterio, les donó las tierras a “santos Pedro y Pablo”, y colocó la nueva comunidad bajo la protección directa de la Santa Sede. Puesto que a la sazón el papado pasaba por una de sus peores épocas, esa supuesta protección no tenía otro propósito que prohibir la ingerencia de los señores feudales u obispos cercanos. Además, para evitar que el papado, corrupto como estaba, utilizara a Cluny para sus propios fines partidistas, Guillermo prohibió explícitamente que el papa invadiera o de cualquier otro modo tomara posesión de lo que pertenecía a los dos santos apóstoles.

Bernón gobernó a Cluny hasta el 926. De su época se conservan pocos datos, pues Cluny no fue sino un monasterio más de los muchos que Bernón reformó. A su muerte, le sucedió toda una serie de abades de gran habilidad y altos ideales, quienes hicieron de Cluny el centro de una gran reforma monástica: Odón (926–944), Aimardo (944–965), Mayeul (965–994), Odilón (994–1049) y Hugo (1049–1109). Seis abades extraordinariamente capaces y longevos rigieron los destinos de Cluny por doscientos años. Bajo su dirección, los ideales de la reforma monástica cobraron vuelos cada vez más altos. Aunque el séptimo abad, Poncio (1109–1122) no fue digno de sus antecesores, su sucesor, Pedro el Venerable (1122–1157), le devolvió a Cluny algo del lustre que había perdido.

Al principio, el propósito de los cluniacenses no era sino tener un lugar donde practicar a cabalidad la Regla de San Benito. Pronto ese ideal amplió sus horizontes, y los abades de Cluny, siguiendo el ejemplo de Bernón, se prestaron a reformar otros monasterios. Así surgió toda una red de “segundos Clunys”, que dependían directamente del abad del monasterio principal. No se trataba de una “orden” en el sentido estricto, sino de monasterios supuestamente independientes, pero todos bajo la supervisión del abad de Cluny, quien por lo general nombraba al prior de cada monasterio. Además, la reforma cluniacense se extendió a varios conventos de monjas, el primero de los cuales, Marcigny, fue fundado a mediados del siglo XI, cuando Hugo era abad de Cluny.

La principal ocupación de todos estos monjes, según lo estipulaba la Regla, era el oficio divino. A él los cluniacenses dedicaban toda su atención, hasta tal punto que en el apogeo de su observancia se cantaban ciento treinta y ocho salmos al día. Todo esto se hacía en medio de ceremonias cada vez más complejas, y por tanto los monjes de Cluny llegaron a dedicarse casi exclusivamente al oficio divino, dejando a un lado el trabajo manual que era tan importante en la tradición benedictina. Todo esto se justificaba alegando que la función de los monjes era orar y alabar a Dios, y que para hacerlo con toda pureza no debían enlodarse en los trabajos del campo.

En su apogeo, el celo reformador de Cluny no tenía limites. Tras regular la vida de centenares de casas monásticas, los cluniacenses comenzaron a soñar con reformar la iglesia. Era la época más oscura del papado, cuando los pontífices se sucedían unos a otros con rapidez vertiginosa, y cuando tanto los papas como los obispos se habían vuelto meros señores feudales, envueltos en todas las intrigas del momento. En tales circunstancias, el ideal monástico, tal como se practicaba en Cluny, ofrecía un rayo de esperanza. Al sueño de una reforma general según el modelo monástico se sumaron muchos que, sin ser todos cluniacenses, participaban de los mismos ideales. En contraste con la corrupción que existía en casi toda la iglesia en el siglo X y principios del XI, el movimiento cluniacense, y otros que siguieron el mismo patrón, parecían ser un milagro, un nuevo amanecer en medio de las tinieblas.

Por tanto, la reforma eclesiástica de la segunda mitad del siglo XI fue concebida en términos monásticos, aun por quienes no eran monjes. Cuando Bruno de Tula se dirigía como peregrino a Roma, donde habría de tomar la tiara y el título de León IX, tanto él como sus acompañantes iban imbuidos del ideal de reformar la iglesia según el patrón monástico establecido por Cluny. De igual modo que ese monasterio había podido llevar a cabo su obra por razón de su independencia de todo poder civil o eclesiástico, el sueño de aquellos reformadores era una iglesia en la que los obispos estuvieran libres de toda deuda al poder civil. La simonía (la compra y venta de cargos eclesiásticos) era por tanto uno de los principales males que había que erradicar. El nombramiento e investidura de los obispos y abades por los reyes y emperadores, con todo y no ser estrictamente simonía, se acercaba a ella, y debía prohibirse, sobre todo en aquellos países cuyos soberanos no tenían conciencia reformadora.

El otro gran enemigo de la reforma eclesiástica concebida en términos monásticos era el matrimonio de los clérigos. Durante siglos el celibato había tratado de imponerse; pero nunca se había hecho regla universal. Ahora, inspirados por el ejemplo monástico, los reformadores hicieron del celibato uno de los elementos principales de su programa. A la postre, lo que se había requerido sólo de los monjes se exigiría también de todos los clérigos.

La obediencia, otro de los pilares del monaquismo, lo sería también de la reforma del siglo XI. De igual modo que los monjes debían obediencia a sus superiores, toda la iglesia (de hecho, toda la cristiandad) debía estar supeditada al papa, quien encabezaría una gran renovación, como lo habían hecho dentro del ámbito monástico los abades de Cluny.

Por último, con respecto a la pobreza, tanto el monaquismo benedictino como la reforma que se inspiró en él sostenían una posición ambivalente. El buen monje no debía poseer cosa alguna, y su vida debía ser en extremo sencilla. El monasterio, en cambio, sí podía tener tierras y posesiones sin límite. Estas aumentaban constantemente gracias a los donativos y herencias que la casa recibía. A la larga se le hacía difícil al monje, con todo y ser personalmente pobre, llevar la vida sencilla que la Regla dictaba. Ya hemos dicho que los cluniacenses llegaron a negarse a cultivar la tierra, so pretexto de su dedicación exclusiva al culto divino, pero en realidad sobre la base de las muchas riquezas que su comunidad tenía. De igual modo, los reformadores se quejaban de la vida de lujo que los obispos llevaban, pero al mismo tiempo insistían en el derecho de la iglesia a tener amplias posesiones, supuestamente no para el uso de los prelados, sino para la gloria de Dios y el bienestar de los pobres. Pero a la postre tales posesiones dificultaban la labor reformadora, pues invitaban a la simonía, y el poder que los prelados tenían como señores feudales los envolvía constantemente en las intrigas políticas de la época.

Una de las principales causas de la decadencia del movimiento cluniacense fue la riqueza que pronto acumuló. Inspirados por la santidad de aquellos monjes, muchos nobles les hicieron donativos. Pronto la abadía de Cluny se volvió uno de los más suntuosos templos de Europa. Otras casas siguieron el mismo camino. Con el correr de los años, se perdió la sencillez de vida que era el ideal monástico, y otros movimientos más pobres y más recientes tomaron su lugar. Igualmente, una de las principales causas de los fracasos que sufrió la reforma del siglo XI fue la riqueza de la iglesia, que le hacía difícil desentenderse de las intrigas entre los poderosos, y tomar el partido de los oprimidos.

La reforma cisterciense

El movimiento de Cluny estaba todavía en su apogeo cuando, debido en parte a su inspiración, otros se lanzaron a empresas semejantes. En diversos lugares se renovó la vida eremítica, o por otros medios se intentó acentuar el rigor de la Regla. Así, por ejemplo, Pedro Damiano no se contentaba con el principio de “suficiencia” enunciado por San Benito para evitar la vida muelle, e insistía en la “penuria extremada”. A este espíritu rigorista se sumaba cierto descontento con el monaquismo cluniacense, que se había vuelto rico, y había elaborado sus rituales hasta tal punto que el trabajo manual se descuidaba. Estos sentimientos dieron lugar a varios nuevos movimientos monásticos, de los cuales el más importante fue el de los cistercienses.

La reforma eclesiástica de que trataremos en los dos próximos capítulos estaba en su auge cuando Roberto de Molesme decidió abandonar el monasterio de ese nombre y fundar uno nuevo en Cîteaux: de cuyo nombre latino, Cistertium, se deriva el término “cisterciense”. Poco después, por orden papal, Roberto tuvo que regresar a Molesme. Pero en Cîteaux quedó un pequeño núcleo de monjes, decidido a continuar la obra comenzada. El próximo abad, Alberico, logró que el papa Pascual II, en el 1110, colocara el nuevo monasterio bajo la protección de la Santa Sede, como lo estaba el de Cluny. Bajo Esteban Harding, el sucesor de Alberico, la comunidad continuó creciendo, y se hizo necesaria una nueva fundación en La Ferté.

Empero el gran desarrollo de la nueva orden tuvo lugar después de la entrada a ella de Bernardo de Claraval. Este tenía veintitrés años cuando se presentó en Cîteaux, y solicitó entrada a la comunidad con varios de sus parientes y amigos. Poco antes, había decidido que su vocación era unirse a ese monasterio, y se había dedicado a convencer a sus hermanos y demás allegados para que lo siguieran. El hecho de que se pudo presentar en Cîteaux con un nutrido grupo de reclutas era una de las primeras muestras de sus poderes de persuasión. Pocos años después el número de monjes en Cîteaux era tal que Bernardo recibió instrucciones de fundar una nueva comunidad en Claraval. Este nuevo monasterio pronto se volvió uno de los principales centros hacia donde se dirigían las miradas de toda la cristiandad occidental. Bernardo llegó a ser el más famoso predicador de toda Europa, que le dio el sobrenombre de “Doctor Melifluo”, porque las palabras de devoción brotaban de su boca como la miel de un panal. La fama de su santidad era tal que el movimiento cisterciense se vio invadido por multitudes que deseaban seguir el mismo camino.

Bernardo era ante todo monje. En la cita que encabeza el presente capítulo, lo vemos afirmar lo que él siempre creyó y el Señor había declarado: que la parte de María era mejor que la de Marta. Su deseo era pasar todo su tiempo meditando acerca del amor de Dios, particularmente en su revelación en la humanidad de Cristo. Esa humanidad era el tema principal de su contemplación. Esto llegó a tal punto que se cuenta de él que en cierta ocasión, cuando uno de sus acompañantes comentó en su presencia acerca de un lago junto al cual habían andado todo un día, Bernardo preguntó: “¿Qué lago?” Como monje, Bernardo insistía en la vida sencilla que había sido el ideal del monaquismo primitivo. En esa vida, el trabajo físico, particularmente en la agricultura, era importante.

Mientras los monjes de Cluny se excusaban de ese trabajo porque no querían que las vestimentas en las que adoraban a Dios se enlodaran, los cistercienses pensaban que todo teñido de las vestiduras era un lujo superfluo, y por ello se les conoció como “los monjes blancos”.

En su organización, el movimiento cisterciense debía ser sencillo. Pero era necesario evitar la excesiva centralización de Cluny, donde todo dependía del abad. Por ello, los monasterios cistercienses eran relativamente independientes, y mantenían sus vínculos mediante conferencias anuales en las que todos los abades se reunían. Además, los abades de las primeras casas tenían cierta autoridad sobre los demás. Pero aparte de esto cada monasterio era independiente.

Aunque Bernardo estaba convencido de que María había escogido la mejor parte, pronto se vio obligado a tomar el papel de Marta. A pesar de que su propósito explícito era dedicarse a la vida retirada, tuvo que intervenir como árbitro en varias disputas políticas y eclesiásticas. Su personalidad de tal modo dominó su época, que hemos de encontrarnos con él repetidamente en esta sección de nuestra historia, ya como el gran místico de la devoción a la humanidad de Cristo, ya como el poder detrás y por encima del papado, ya como el campeón de la reforma eclesiástica, ya como predicador de la segunda cruzada, o ya como el enemigo implacable de las nuevas corrientes teológicas.

Esta breve narración de los dos principales movimientos de reforma monástica de los siglos X al XII nos ha obligado a adelantarnos en algo al orden cronológico de nuestra historia.

Por tanto, volvamos a donde habíamos dejado la sección anterior, es decir, al año 1048, en tiempos del abad Odilón de Cluny, y medio siglo antes de la fundación de Cîteaux.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 351–356). Miami, FL: Editorial Unilit.

Herencia de los levitas

Números 34-36

34:1  Y Jehová habló a Moisés, diciendo:

Manda a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra de Canaán, esto es, la tierra que os ha de caer en herencia, la tierra de Canaán según sus límites,

tendréis el lado del sur desde el desierto de Zin hasta la frontera de Edom; y será el límite del sur al extremo del Mar Salado hacia el oriente.

Este límite os irá rodeando desde el sur hasta la subida de Acrabim, y pasará hasta Zin; y se extenderá del sur a Cades-barnea; y continuará a Hasar-adar, y pasará hasta Asmón.

Rodeará este límite desde Asmón hasta el torrente de Egipto, y sus remates serán al occidente.

Y el límite occidental será el Mar Grande; este límite será el límite occidental.

El límite del norte será este: desde el Mar Grande trazaréis al monte de Hor.

Del monte de Hor trazaréis a la entrada de Hamat, y seguirá aquel límite hasta Zedad;

y seguirá este límite hasta Zifrón, y terminará en Hazar-enán; este será el límite del norte.

10 Por límite al oriente trazaréis desde Hazar-enán hasta Sefam;

11 y bajará este límite desde Sefam a Ribla, al oriente de Aín; y descenderá el límite, y llegará a la costa del mar de Cineret, al oriente.

12 Después descenderá este límite al Jordán, y terminará en el Mar Salado: esta será vuestra tierra por sus límites alrededor.

13 Y mandó Moisés a los hijos de Israel, diciendo: Esta es la tierra que se os repartirá en heredades por sorteo, que mandó Jehová que diese a las nueve tribus, y a la media tribu;

14 porque la tribu de los hijos de Rubén según las casas de sus padres, y la tribu de los hijos de Gad según las casas de sus padres, y la media tribu de Manasés, han tomado su heredad.

15 Dos tribus y media tomaron su heredad a este lado del Jordán frente a Jericó al oriente, al nacimiento del sol.

16 Y habló Jehová a Moisés, diciendo:

17 Estos son los nombres de los varones que os repartirán la tierra: El sacerdote Eleazar, y Josué hijo de Nun.

18 Tomaréis también de cada tribu un príncipe, para dar la posesión de la tierra.

19 Y estos son los nombres de los varones: De la tribu de Judá, Caleb hijo de Jefone.

20 De la tribu de los hijos de Simeón, Semuel hijo de Amiud.

21 De la tribu de Benjamín, Elidad hijo de Quislón.

22 De la tribu de los hijos de Dan, el príncipe Buqui hijo de Jogli.

23 De los hijos de José: de la tribu de los hijos de Manasés, el príncipe Haniel hijo de Efod,

24 y de la tribu de los hijos de Efraín, el príncipe Kemuel hijo de Siftán.

25 De la tribu de los hijos de Zabulón, el príncipe Elizafán hijo de Parnac.

26 De la tribu de los hijos de Isacar, el príncipe Paltiel hijo de Azán.

27 De la tribu de los hijos de Aser, el príncipe Ahiud hijo de Selomi.

28 Y de la tribu de los hijos de Neftalí, el príncipe Pedael hijo de Amiud.

29 A éstos mandó Jehová que hiciesen la repartición de las heredades a los hijos de Israel en la tierra de Canaán.

Herencia de los levitas

35:1  Habló Jehová a Moisés en los campos de Moab, junto al Jordán frente a Jericó, diciendo:

Manda a los hijos de Israel que den a los levitas, de la posesión de su heredad, ciudades en que habiten; también daréis a los levitas los ejidos de esas ciudades alrededor de ellas.

Y tendrán ellos las ciudades para habitar, y los ejidos de ellas serán para sus animales, para sus ganados y para todas sus bestias.

Y los ejidos de las ciudades que daréis a los levitas serán mil codos alrededor, desde el muro de la ciudad para afuera.

Luego mediréis fuera de la ciudad al lado del oriente dos mil codos, al lado del sur dos mil codos, al lado del occidente dos mil codos, y al lado del norte dos mil codos, y la ciudad estará en medio; esto tendrán por los ejidos de las ciudades.

Y de las ciudades que daréis a los levitas, seis ciudades serán de refugio, las cuales daréis para que el homicida se refugie allá; y además de éstas daréis cuarenta y dos ciudades.

Todas las ciudades que daréis a los levitas serán cuarenta y ocho ciudades con sus ejidos.

Y en cuanto a las ciudades que diereis de la heredad de los hijos de Israel, del que tiene mucho tomaréis mucho, y del que tiene poco tomaréis poco; cada uno dará de sus ciudades a los levitas según la posesión que heredará.

Ciudades de refugio

(Dt. 19.1-13)

Habló Jehová a Moisés, diciendo:

10 Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando hayáis pasado al otro lado del Jordán a la tierra de Canaán,

11 os señalaréis ciudades, ciudades de refugio tendréis, donde huya el homicida que hiriere a alguno de muerte sin intención.

12 Y os serán aquellas ciudades para refugiarse del vengador, y no morirá el homicida hasta que entre en juicio delante de la congregación.

13 De las ciudades, pues, que daréis, tendréis seis ciudades de refugio.

14 Tres ciudades daréis a este lado del Jordán, y tres ciudades daréis en la tierra de Canaán, las cuales serán ciudades de refugio.

15 Estas seis ciudades serán de refugio para los hijos de Israel, y para el extranjero y el que more entre ellos, para que huya allá cualquiera que hiriere de muerte a otro sin intención.

16 Si con instrumento de hierro lo hiriere y muriere, homicida es; el homicida morirá.

17 Y si con piedra en la mano, que pueda dar muerte, lo hiriere y muriere, homicida es; el homicida morirá.

18 Y si con instrumento de palo en la mano, que pueda dar muerte, lo hiriere y muriere, homicida es; el homicida morirá.

19 El vengador de la sangre, él dará muerte al homicida; cuando lo encontrare, él lo matará.

20 Y si por odio lo empujó, o echó sobre él alguna cosa por asechanzas, y muere;

21 o por enemistad lo hirió con su mano, y murió, el heridor morirá; es homicida; el vengador de la sangre matará al homicida cuando lo encontrare.

22 Mas si casualmente lo empujó sin enemistades, o echó sobre él cualquier instrumento sin asechanzas,

23 o bien, sin verlo hizo caer sobre él alguna piedra que pudo matarlo, y muriere, y él no era su enemigo, ni procuraba su mal;

24 entonces la congregación juzgará entre el que causó la muerte y el vengador de la sangre conforme a estas leyes;

25 y la congregación librará al homicida de mano del vengador de la sangre, y la congregación lo hará volver a su ciudad de refugio, en la cual se había refugiado; y morará en ella hasta que muera el sumo sacerdote, el cual fue ungido con el aceite santo.

26 Mas si el homicida saliere fuera de los límites de su ciudad de refugio, en la cual se refugió,

27 y el vengador de la sangre le hallare fuera del límite de la ciudad de su refugio, y el vengador de la sangre matare al homicida, no se le culpará por ello;

28 pues en su ciudad de refugio deberá aquél habitar hasta que muera el sumo sacerdote; y después que haya muerto el sumo sacerdote, el homicida volverá a la tierra de su posesión.

Ley sobre los testigos y sobre el rescate

29 Estas cosas os serán por ordenanza de derecho por vuestras edades, en todas vuestras habitaciones.

30 Cualquiera que diere muerte a alguno, por dicho de testigos morirá el homicida; mas un solo testigo no hará fe contra una persona para que muera.

31 Y no tomaréis precio por la vida del homicida, porque está condenado a muerte; indefectiblemente morirá.

32 Ni tampoco tomaréis precio del que huyó a su ciudad de refugio, para que vuelva a vivir en su tierra, hasta que muera el sumo sacerdote.

33 Y no contaminaréis la tierra donde estuviereis; porque esta sangre amancillará la tierra, y la tierra no será expiada de la sangre que fue derramada en ella, sino por la sangre del que la derramó.

34 No contaminéis, pues, la tierra donde habitáis, en medio de la cual yo habito; porque yo Jehová habito en medio de los hijos de Israel.

Ley del casamiento de las herederas

36:1  Llegaron los príncipes de los padres de la familia de Galaad hijo de Maquir, hijo de Manasés, de las familias de los hijos de José; y hablaron delante de Moisés y de los príncipes, jefes de las casas paternas de los hijos de Israel,

y dijeron: Jehová mandó a mi señor que por sorteo diese la tierra a los hijos de Israel en posesión; también ha mandado Jehová a mi señor, que dé la posesión de Zelofehad nuestro hermano a sus hijas.

Y si ellas se casaren con algunos de los hijos de las otras tribus de los hijos de Israel, la herencia de ellas será así quitada de la herencia de nuestros padres, y será añadida a la herencia de la tribu a que se unan; y será quitada de la porción de nuestra heredad.

Y cuando viniere el jubileo de los hijos de Israel, la heredad de ellas será añadida a la heredad de la tribu de sus maridos; así la heredad de ellas será quitada de la heredad de la tribu de nuestros padres.

Entonces Moisés mandó a los hijos de Israel por mandato de Jehová, diciendo: La tribu de los hijos de José habla rectamente.

Esto es lo que ha mandado Jehová acerca de las hijas de Zelofehad, diciendo: Cásense como a ellas les plazca, pero en la familia de la tribu de su padre se casarán,

para que la heredad de los hijos de Israel no sea traspasada de tribu en tribu; porque cada uno de los hijos de Israel estará ligado a la heredad de la tribu de sus padres.

Y cualquiera hija que tenga heredad en las tribus de los hijos de Israel, con alguno de la familia de la tribu de su padre se casará, para que los hijos de Israel posean cada uno la heredad de sus padres,

y no ande la heredad rodando de una tribu a otra, sino que cada una de las tribus de los hijos de Israel estará ligada a su heredad.

10 Como Jehová mandó a Moisés, así hicieron las hijas de Zelofehad.

11 Y así Maala, Tirsa, Hogla, Milca y Noa, hijas de Zelofehad, se casaron con hijos de sus tíos paternos.

12 Se casaron en la familia de los hijos de Manasés, hijo de José; y la heredad de ellas quedó en la tribu de la familia de su padre.

13 Estos son los mandamientos y los estatutos que mandó Jehová por medio de Moisés a los hijos de Israel en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

Cuando la amistad es despareja

Febrero 15

Cuando la amistad es despareja

Lectura bíblica: Juan 1:10–13

A lo suyo vino, pero los suyos no le recibieron. Juan 1:11

a1Después de años de ser el único chico en su calle, Tito dio un salto de alegría cuando se enteró de que un muchacho de su misma edad se mudaba a cuatro casas de la suya. El día que llegó Daniel, Tito lo invitó a su casa. Anduvieron en bicicleta por todo el barrio, jugaron baloncesto en el parque y al béisbol en el patio de la casa de Tito.

A Daniel le gustaba el béisbol tanto como a Tito. Y le encantó el guante de Tito. Era tan suave que parecía envolver automáticamente la pelota.
Un atardecer, cuando Daniel tenía que volver a casa para cenar, le pidió a Tito que le prestara el guante.

—Sí, llévatelo —le dijo Tito.

La mañana siguiente, Tito se fue corriendo a la casa de Daniel para buscar el guante. Allí fue cuando Daniel tuvo que admitir que se le había olvidado afuera y que se había mojado con la lluvia durante la noche. Los dos sabían que cuando el guante se secara quedaría duro como una tabla.

No tienes que ser amigo de alguien por mucho tiempo antes de darte cuenta de que a veces el otro se aprovecha de tu amistad, la ignora o te rechaza. Por ejemplo:

• Te ofreces para dar de comer, pasear y hasta limpiar la suciedad del perro de un amigo cuando éste se va de viaje. Pero tu amigo nunca se ofrece a hacer lo mismo con tu perro.
• Pasas horas eligiendo el regalo de cumpleaños perfecto para un amigo. Pero tu amigo se olvida completamente de tu cumpleaños.
• Te apuras para terminar todas tus tareas escolares para poder pasar el sábado a la tarde con un amigo. A último momento, tu amigo te llama para decirte que se pasó la mañana perdiendo el tiempo y ahora tiene que hacer sus tareas y no puede salir a jugar.

Ese es el tipo de conducta que nos tienta a dejar de buscar oportunidades para demostrar nuestra amistad. Pero la amistad auténtica no espera compensación.
Dios nos ama no importa cómo lo tratemos. Piensa en las maneras como Jesús demostró a otros su amor. Sabía que Judas lo iba a traicionar, pero de igual modo lo llamó para ser su discípulo. Colgado en la cruz, Jesús dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23:34). Cristo murió por todos, aun por los que le dan la espalda.

Brindamos nuestra amistad por cariño, y punto. Sea que nuestras acciones o palabras sean apreciadas o no, seguimos brindando nuestra amistad.

PARA DIALOGAR
¿De qué maneras te ha amado Dios aun cuando lo has ignorado? ¿De qué manera puedes demostrar ese tipo de cariño por los demás?

PARA ORAR
Señor, ayúdanos a brindar nuestra amistad y seguir brindándola —como lo haces tú— pase lo que pase.

PARA HACER
Cuando alguien sea grosero hoy contigo, corresponde con una acción afectuosa.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

HACIENDO HONOR A SU OFICIO

HACIENDO HONOR A SU OFICIO

Pablo Martini
Programa No. 2016-02-15
a1El sol ya comenzaba su declive. En aquel monte con forma de calavera tres cruces se levantaban entre el cielo y la tierra. En una de ellas uno moría en sus pecados. Era un ladrón que no quiso arrepentirse ni siquiera estando al lado del Mesías. El otro moría a los pecados, reconociendo sus errores y rogándole al Jesús de la cruz misericordia, y el del medio moría por los pecados de ambos. De alguna manera en este cuadro se resume la historia de la humanidad en todos los tiempos y sus diferentes actitudes frente al Calvario. Pero quiero que consideremos al ladrón arrepentido. Alguien dijo que murió haciéndole honor a su oficio. Vivió toda su vida adueñándose de lo ajeno y acabó sus días siendo dueño de algo que no le correspondía: “El Paraíso”. No lo robó, se lo regalaron. “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”, fueron las palabras del Señor agonizante ante la súplica del arrepentido. “De cierto te digo” ¡Qué seguridad! “Hoy” ¡Qué prontitud! “Estarás conmigo” ¡Qué compañía! “En el Paraíso” ¡Qué regalo! Tal vez fue la única oración que hizo en su vida. No tuvo tiempo de memorizarla como el hijo pródigo, usó palabras sencillas que brotaban de un corazón desesperanzado: “¡Acuérdate de mí!”, pero fueron suficientes, porque no depende de lo grande de mis plegarias sino de lo grande del amor del Dios a quien elevo mis plegarias. Tuvo la oportunidad de su vida y no la desaprovechó. ¿Qué garantía de salvación transmitía la imagen del nazareno crucificado?… Ninguna.

Pero lo escuchó orar: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen.” Esto fue un clavo en el
corazón que se hundió mucho más hondo que los clavos en sus manos y pies. ¿Lo están crucificando y este ora por perdón?… Así, aquella alma curtida por el rencor y la marginación que la vida había producido, acostumbrada a vengarse de todos y no perdonar a nadie, era impactada por la palabra de Aquel que agonizaba. Fue esa palabra y las demás las que le permitieron entrar de la mano, aquel mismo día, al paraíso de sus sueños.

PENSAMIENTO DEL DÍA

Escucha al Jesús de la cruz, ya no podrás seguir igual.

http://labibliadice.org/unapausaentuvida/2016/02/15/348947/

Antes del alba, la noche oscura 34

Antes del alba, la noche oscura 34

A furore normannorum, libera nos Domine:
de la furia de los normandos, líbranos Señor.

Letanía latina del siglo X

a1Por un tiempo, Carlomagno pareció haber arrancado la Europa occidental de las tinieblas y el caos en que había estado sumida desde las invasiones de los germanos en los siglos IV y V. Pero el hecho es que las invasiones germánicas no habían terminado, y que aprovecharían la decadencia del imperio carolingio para reanudarse.

Los normandos o viquingos

Durante varios siglos, los territorios que hoy comprenden los países de Dinamarca, Suecia y Noruega habían estado ocupados por varios pueblos llamados “escandinavos”. Durante el siglo VIII, sin embargo, estos pueblos, hasta entonces relativamente sedentarios, desarrollaron el arte de la navegación hasta tal punto que pronto se hicieron dueños de los mares vecinos. Sus naves, de más de veinte metros de largo, e impulsadas tanto por una vela cuadrada como por más de una docena de remos, podían llevar tripulaciones de ochenta hombres. En ellas, los escandinavos pronto emprendieron incursiones al resto de Europa, donde se les llamó “normandos”, es decir, hombres del norte. Su ferocidad era tanto mayor por cuanto se basaba en su religión, que les aseguraba que los soldados muertos en batalla eran llevados por las hermosas “valquirias” al paraíso o “valjala”. Además, dada la desintegración del poderío carolingio, las ricas costas del norte de Francia quedaron relativamente indefensas, y los normandos descubrieron que podían impunemente desembarcar en una región, saquear sus iglesias, monasterios y palacios, capturar esclavos, y regresar a sus tierras con enorme botín. Puesto que frecuentemente atacaban los monasterios, se les tuvo por gente irreligiosa, y su nombre sembró el pánico en toda Europa.

Al principio los normandos limitaron sus ataques a las regiones más cercanas, en las Islas Británicas y en el norte de Francia. Pero pronto se volvieron más osados, ampliaron su campo de acción y se establecieron como conquistadores en diversos lugares. En Inglaterra, el rey de Wessex, Alfredo el Grande (871–899) fue el único que logró resistir su embate. Pero a principios del siglo XI el rey de Dinamarca, Canuto, era dueño de toda Inglaterra. En Francia, los normandos tomaron y saquearon ciudades tales como Burdeos, Nantes y París, hasta donde llegaron remontando el Sena en el año 845. En España, saquearon lugares cristianos tales como Santiago de Compostela, y musulmanes tales como Sevilla.

Después pasaron por el estrecho de Gibraltar, y empezaron a atacar las costas del Mediterráneo. A la postre se establecieron en el sur de Italia y en Sicilia, de donde expulsaron a los musulmanes y fundaron un reino normando.

Todas  estas conquistas no podían sino sembrar el pánico y el caos en Europa occidental. La efímera unidad que se había logrado bajo Carlomagno y Ludovico Pio se había roto, y no quedaba autoridad alguna capaz de oponerse a los desmanes de los escandinavos. Al mismo tiempo, esos desmanes contribuían al caos, y hacían más difícil todavía la restauración de las glorias carolingias.

Por estas razones un famoso historiador se ha referido al siglo X como “un siglo oscuro, de hierro y de plomo”. Desde el punto de vista político, el Imperio logró cierto lustre hacia la segunda mitad del siglo, bajo Otón el Grande y sus sucesores inmediatos. Pero aun ese Imperio restaurado tuvo que ser un imperio de hierro y de plomo. Desde el punto de vista religioso, el papado descendió al nivel más bajo de su historia. En cuanto a los normandos, a la postre todos se hicieron cristianos. Algunos se establecieron en territorios antes cristianos, como la zona del norte de Francia que desde entonces se llamó “Normandía”, y aceptaron la fe de los pueblos conquistados. Otros sencillamente esperaron a que, por diversas razones, sus reyes se hicieran cristianos, y entonces siguieron su ejemplo (o su imperioso mandato, según el caso). En la primera mitad del siglo XI, bajo el rey Canuto, quien llegó a gobernar toda Inglaterra, Dinamarca, Suecia y Noruega, casi todos los escandinavos eran ya cristianos, al menos de nombre.

Los magiares o húngaros

Al mismo tiempo que los normandos invadían la cristiandad occidental desde el norte, otro pueblo lo hacía desde el este. Se trataba de los magiares, a quienes el mundo latino dio el nombre de “húngaros” porque parecían comportarse como los hunos de antaño. Tras establecerse en lo que hoy es Hungría, los húngaros invadieron a Alemania repetidamente, y en más de una ocasión atravesaron el Rin. La lejana Borgoña tembló bajo los cascos de sus caballos, y hasta el extremo sur de Italia sus huestes marcharon, victoriosas y destructoras. Todo lo arrasaban a su paso, y ciudades enteras fueron incendiadas. Por fin, en el 936, Enrique I el Halconero los derrotó decisivamente, y desde entonces los ataques de los húngaros, aunque repetidos, fueron menos temibles. Poco a poco, los húngaros asimilaron la cultura de sus vecinos alemanes y de los eslavos que les estaban sometidos. A Hungría llegaron misioneros tanto de Alemania como del Imperio Bizantino. A fines del siglo X, el rey Gueisa recibió el bautismo, así como su corte y su heredero, Vayk. En el año 997, Vayk, quien para entonces había tomado el nombre de Esteban, heredó la corona, e inmediatamente les ordenó a sus súbditos que se hicieran cristianos. Por la fuerza, el país se convirtió. Tras la muerte de Esteban en el 1038, el pueblo lo tuvo por santo, y por tanto se le conoce como San Esteban de Hungría.

La decadencia del papado

El ocaso del papado no fue tan rápido como el de los carolingios. Al contrario, al faltar la unidad imperial, y por un breve tiempo, los papas fueron la única fuente de autoridad universal en la Europa occidental. Por esa razón Nicolás I, quien reinó del 858 al 867, fue el papa más notable desde tiempos de Gregorio el Grande. El poder de Nicolás se vio aumentado por una colección de documentos supuestamente antiguos, las Falsas Decretales, que les daban a los papas enormes facultades. Los historiadores modernos han comprobado que las mentidas decretales fueron escritas, no por el papa, sino por ciertos miembros de la baja jerarquía alemana, que querían aumentar el poder del papado como un freno contra sus superiores directos. Pero en todo caso el hecho es que Nicolás creía, junto a toda Europa, que las Decretales eran genuinas, y a base de ellas actuó con una energía sin precedente. Buena parte de su actuación fue en pro de la paz, que a su parecer los poderosos rompían por razones triviales, mientras era el pueblo quien sufría los desmanes de la guerra. Además trató de intervenir en el caso del rey Lotario II, que había abandonado a su esposa para casarse con la que había sido su concubina desde su juventud.

El sucesor de Nicolás, Adriano II, siguió la misma política. Los cronistas cuentan que cuando Lotario III y su corte se presentaron en Montecasino a la comunión en que el Papa oficiaba, éste lo conminó: Si te declaras inocente del crimen de adulterio, por el que te excomulgó el papa Nicolás, y prometes nunca más tener relaciones ilícitas con la ramera Waldrada, acércate aquí con fe, y toma este sacramento para remisión de tus pecados. Pero si estás pensando volver a revolcarte en el pecado del adulterio, no lo recibas, para que no provoques el juicio terrible de Dios.

El Rey y todos los presentes temblaron, sobre todo por cuanto el Papa amonestó a los demás con palabras semejantes. Pero al fin de cuentas todos tomaron la comunión.

Poco después fue toda Europa la que tembló, al saber que una terrible plaga se había desatado en la corte del Rey, y que él y todos los que con él comulgaron aquel día habían muerto.

El próximo papa, Juan VIII, tuvo un reino mucho menos glorioso. Los sarracenos amenazaban a Italia, y el Papa apeló a Carlos el Gordo, a quien hizo rey de Italia. Pero después de recibir los honores debidos el nuevo rey marchó a Francia, donde le preocupaban las invasiones de los normandos, y el Papa tuvo que pedir auxilio a la corte bizantina. Este fue uno de los papas que tuvo que ver con el caso de Focio, que discutimos en el capítulo anterior, y la necesidad en que se encontraba lo obligó a hacer concesiones a los bizantinos que de otro modo no habría hecho. Por fin murió asesinado en su propio palacio, donde el ayudante que lo envenenó, al ver que demoraba en morir, le asestó un golpe de mallete en el cráneo.

A partir de entonces los papas se suceden unos a otros con rapidez vertiginosa. Su historia se vuelve tan complicada y tan llena de intrigas que aquí no podemos sino mencionar algunos acontecimientos que son típicos de aquellos tiempos. El papado se volvió manzana de discordia entre distintos partidos romanos y transalpinos. No faltaron los papas que fueron estrangulados, o que murieron de hambre en los calabozos en que los habían puesto sus sucesores. A veces hubo más de un papa, y hasta tres. Veamos algunos ejemplos.

En el año 897 Esteban VI presidió sobre el llamado “concilio cadavérico”. Su antecesor Formoso, el mismo que antes había sido misionero entre los búlgaros, y que después había sido papa, fue desenterrado. Lo vistieron con la indumentaria papal y lo pasearon por las calles. Después lo juzgaron, lo declararon culpable de varios crímenes, le cortaron los dedos con que había bendecido al pueblo, y echaron el resto de su cuerpo al Tíber.

En el 904 Sergio III hizo encarcelar y degollar a sus dos rivales, León V y Cristóbal I. Este mismo papa llegó al poder mediante el apoyo de una de las familias más poderosas y ambiciosas de Italia. A la cabeza de esta familia se encontraban el patricio Teofilacto y su esposa Teodora. El propio Sergio III era amante de la hija de Teofilacto y Teodora, Marozia.

Poco después de la muerte de Sergio, Marozia y su esposo Guido, marqués de Tuscia, se adueñaron del palacio de Letrán e hicieron prisionero al papa Juan X, a quien después mataron cubriéndole el rostro con una almohada. Tras los breves papados de León VI y Esteban VII, Marozia colocó en la sede pontificia a Juan XI, el hijo que había tenido, años antes, de Sergio III.

Treinta años después de la muerte de Juan XI, un nieto de Marozia ocupaba el papado, bajo el nombre de Juan XII. Juan XIII era hijo de Teodora la joven, hermana de Marozia. Su sucesor, Benedicto VI, fue derrocado y estrangulado por Crescencio, hermano de Juan XIII. Juan XIV murió de hambre o envenenado en el calabozo en que lo puso Bonifacio VII, quien a su vez fue envenenado.

Durante un breve período el emperador Otón III intervino e hizo nombrar a dos papas, primero a su sobrino de veintitrés años, quien tomó el nombre de Gregorio V, y después al célebre erudito Gerberto de Aurillac, quien bajo el nombre de Silvestre II hizo todo cuanto estuvo a su alcance por reformar la iglesia, pero con poco éxito.

Empero a la muerte de Otón la familia de Crescencio se adueñó de nuevo del papado, hasta que los condes de Tusculum impusieron su voluntad e hicieron nombrar, sucesivamente, a Benedicto VIII, Juan XIX y Benedicto IX. Este último tenía quince años al ceñirse la tiara papal. Doce años después abdicó a cambio de que su padrino, quien lo sucedió con el nombre de Gregorio VI, le concediera ciertas rentas eclesiásticas procedentes de Inglaterra.

Gregorio VI trató de reformar la iglesia, pero pronto se encontró en una situación difícil, pues Benedicto IX, después de abdicar, volvió a reclamar el papado. Además, la familia de Crescencio, no contenta con haber perdido su antiguo poder, tenía su propio papa, quien se daba el nombre de Silvestre III.

En medio de aquel caos, Enrique III de Alemania decidió intervenir. Tras entrevistarse con Gregorio VI, reunió un sínodo en Sutri, en el año 1046. Este sínodo, siguiendo las directrices reales, declaró depuestos a los tres papas que se disputaban el título y nombró a Clemente II. Además promulgó una serie de decretos contra la corrupción eclesiástica, particularmente la compra y venta de cargos.

Clemente II murió tras un breve pontificado, y entonces Enrique III, a quien Clemente había coronado como emperador, decidió ofrecerle el trono papal al obispo de Tula, Bruno, conocido por su celo reformador. Empero Bruno se negó a aceptar el pontificado mientras el pueblo de Roma no lo eligiera.

Con ese propósito, Bruno partió hacia Roma. En su pequeña comitiva iban dos monjes, Hildebrando y Humberto. Tras siglos de tinieblas, la cristiandad occidental clamaba por una nueva luz, y aquellos tres hombres se preparaban a ofrecerla.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 339–344). Miami, FL: Editorial Unilit.

Venganza de Israel contra Madián

Números 31-33

Venganza de Israel contra Madián

a131:1  Jehová habló a Moisés, diciendo:

Haz la venganza de los hijos de Israel contra los madianitas; después serás recogido a tu pueblo.

Entonces Moisés habló al pueblo, diciendo: Armaos algunos de vosotros para la guerra, y vayan contra Madián y hagan la venganza de Jehová en Madián.

Mil de cada tribu de todas las tribus de los hijos de Israel, enviaréis a la guerra.

Así fueron dados de los millares de Israel, mil por cada tribu, doce mil en pie de guerra.

Y Moisés los envió a la guerra; mil de cada tribu envió; y Finees hijo del sacerdote Eleazar fue a la guerra con los vasos del santuario, y con las trompetas en su mano para tocar.

Y pelearon contra Madián, como Jehová lo mandó a Moisés, y mataron a todo varón.

Mataron también, entre los muertos de ellos, a los reyes de Madián, Evi, Requem, Zur, Hur y Reba, cinco reyes de Madián; también a Balaam hijo de Beor mataron a espada.

Y los hijos de Israel llevaron cautivas a las mujeres de los madianitas, a sus niños, y todas sus bestias y todos sus ganados; y arrebataron todos sus bienes,

10 e incendiaron todas sus ciudades, aldeas y habitaciones.

11 Y tomaron todo el despojo, y todo el botín, así de hombres como de bestias.

12 Y trajeron a Moisés y al sacerdote Eleazar, y a la congregación de los hijos de Israel, los cautivos y el botín y los despojos al campamento, en los llanos de Moab, que están junto al Jordán frente a Jericó.

13 Y salieron Moisés y el sacerdote Eleazar, y todos los príncipes de la congregación, a recibirlos fuera del campamento.

14 Y se enojó Moisés contra los capitanes del ejército, contra los jefes de millares y de centenas que volvían de la guerra,

15 y les dijo Moisés: ¿Por qué habéis dejado con vida a todas las mujeres?

16 He aquí, por consejo de Balaam ellas fueron causa de que los hijos de Israel prevaricasen contra Jehová en lo tocante a Baal-peor, por lo que hubo mortandad en la congregación de Jehová.

17 Matad, pues, ahora a todos los varones de entre los niños; matad también a toda mujer que haya conocido varón carnalmente.

18 Pero a todas las niñas entre las mujeres, que no hayan conocido varón, las dejaréis con vida.

19 Y vosotros, cualquiera que haya dado muerte a persona, y cualquiera que haya tocado muerto, permaneced fuera del campamento siete días, y os purificaréis al tercer día y al séptimo, vosotros y vuestros cautivos.

20 Asimismo purificaréis todo vestido, y toda prenda de pieles, y toda obra de pelo de cabra, y todo utensilio de madera.

Repartición del botín

21 Y el sacerdote Eleazar dijo a los hombres de guerra que venían de la guerra: Esta es la ordenanza de la ley que Jehová ha mandado a Moisés:

22 Ciertamente el oro y la plata, el bronce, hierro, estaño y plomo,

23 todo lo que resiste el fuego, por fuego lo haréis pasar, y será limpio, bien que en las aguas de purificación habrá de purificarse; y haréis pasar por agua todo lo que no resiste el fuego.

24 Además lavaréis vuestros vestidos el séptimo día, y así seréis limpios; y después entraréis en el campamento.

25 Y Jehová habló a Moisés, diciendo:

26 Toma la cuenta del botín que se ha hecho, así de las personas como de las bestias, tú y el sacerdote Eleazar, y los jefes de los padres de la congregación;

27 y partirás por mitades el botín entre los que pelearon, los que salieron a la guerra, y toda la congregación.

28 Y apartarás para Jehová el tributo de los hombres de guerra que salieron a la guerra; de quinientos, uno, así de las personas como de los bueyes, de los asnos y de las ovejas.

29 De la mitad de ellos lo tomarás; y darás al sacerdote Eleazar la ofrenda de Jehová.

30 Y de la mitad perteneciente a los hijos de Israel tomarás uno de cada cincuenta de las personas, de los bueyes, de los asnos, de las ovejas y de todo animal, y los darás a los levitas, que tienen la guarda del tabernáculo de Jehová.

31 E hicieron Moisés y el sacerdote Eleazar como Jehová mandó a Moisés.

32 Y fue el botín, el resto del botín que tomaron los hombres de guerra, seiscientas setenta y cinco mil ovejas,

33 setenta y dos mil bueyes,

34 y sesenta y un mil asnos.

35 En cuanto a personas, de mujeres que no habían conocido varón, eran por todas treinta y dos mil.

36 Y la mitad, la parte de los que habían salido a la guerra, fue el número de trescientas treinta y siete mil quinientas ovejas;

37 y el tributo de las ovejas para Jehová fue seiscientas setenta y cinco.

38 De los bueyes, treinta y seis mil; y de ellos el tributo para Jehová, setenta y dos.

39 De los asnos, treinta mil quinientos; y de ellos el tributo para Jehová, sesenta y uno.

40 Y de las personas, dieciséis mil; y de ellas el tributo para Jehová, treinta y dos personas.

41 Y dio Moisés el tributo, para ofrenda elevada a Jehová, al sacerdote Eleazar, como Jehová lo mandó a Moisés.

42 Y de la mitad para los hijos de Israel, que apartó Moisés de los hombres que habían ido a la guerra

43 (la mitad para la congregación fue: de las ovejas, trescientas treinta y siete mil quinientas;

44 de los bueyes, treinta y seis mil;

45 de los asnos, treinta mil quinientos;

46 y de las personas, dieciséis mil);

47 de la mitad, pues, para los hijos de Israel, tomó Moisés uno de cada cincuenta, así de las personas como de los animales, y los dio a los levitas, que tenían la guarda del tabernáculo de Jehová, como Jehová lo había mandado a Moisés.

48 Vinieron a Moisés los jefes de los millares de aquel ejército, los jefes de millares y de centenas,

49 y dijeron a Moisés: Tus siervos han tomado razón de los hombres de guerra que están en nuestro poder, y ninguno ha faltado de nosotros.

50 Por lo cual hemos ofrecido a Jehová ofrenda, cada uno de lo que ha hallado, alhajas de oro, brazaletes, manillas, anillos, zarcillos y cadenas, para hacer expiación por nuestras almas delante de Jehová.

51 Y Moisés y el sacerdote Eleazar recibieron el oro de ellos, alhajas, todas elaboradas.

52 Y todo el oro de la ofrenda que ofrecieron a Jehová los jefes de millares y de centenas fue dieciséis mil setecientos cincuenta siclos.

53 Los hombres del ejército habían tomado botín cada uno para sí.

54 Recibieron, pues, Moisés y el sacerdote Eleazar el oro de los jefes de millares y de centenas, y lo trajeron al tabernáculo de reunión, por memoria de los hijos de Israel delante de Jehová.

Rubén y Gad se establecen al oriente del Jordán

(Dt. 3.12-22)

32:1  Los hijos de Rubén y los hijos de Gad tenían una muy inmensa muchedumbre de ganado; y vieron la tierra de Jazer y de Galaad, y les pareció el país lugar de ganado.

Vinieron, pues, los hijos de Gad y los hijos de Rubén, y hablaron a Moisés y al sacerdote Eleazar, y a los príncipes de la congregación, diciendo:

Atarot, Dibón, Jazer, Nimra, Hesbón, Eleale, Sebam, Nebo y Beón,

la tierra que Jehová hirió delante de la congregación de Israel, es tierra de ganado, y tus siervos tienen ganado.

Por tanto, dijeron, si hallamos gracia en tus ojos, dése esta tierra a tus siervos en heredad, y no nos hagas pasar el Jordán.

Y respondió Moisés a los hijos de Gad y a los hijos de Rubén: ¿Irán vuestros hermanos a la guerra, y vosotros os quedaréis aquí?

¿Y por qué desanimáis a los hijos de Israel, para que no pasen a la tierra que les ha dado Jehová?

Así hicieron vuestros padres, cuando los envié desde Cades-barnea para que viesen la tierra.

Subieron hasta el torrente de Escol, y después que vieron la tierra, desalentaron a los hijos de Israel para que no viniesen a la tierra que Jehová les había dado.

10 Y la ira de Jehová se encendió entonces, y juró diciendo:

11 No verán los varones que subieron de Egipto de veinte años arriba, la tierra que prometí con juramento a Abraham, Isaac y Jacob, por cuanto no fueron perfectos en pos de mí;

12 excepto Caleb hijo de Jefone cenezeo, y Josué hijo de Nun, que fueron perfectos en pos de Jehová.

13 Y la ira de Jehová se encendió contra Israel, y los hizo andar errantes cuarenta años por el desierto, hasta que fue acabada toda aquella generación que había hecho mal delante de Jehová.

14 Y he aquí, vosotros habéis sucedido en lugar de vuestros padres, prole de hombres pecadores, para añadir aún a la ira de Jehová contra Israel.

15 Si os volviereis de en pos de él, él volverá otra vez a dejaros en el desierto, y destruiréis a todo este pueblo.

16 Entonces ellos vinieron a Moisés y dijeron: Edificaremos aquí majadas para nuestro ganado, y ciudades para nuestros niños;

17 y nosotros nos armaremos, e iremos con diligencia delante de los hijos de Israel, hasta que los metamos en su lugar; y nuestros niños quedarán en ciudades fortificadas a causa de los moradores del país.

18 No volveremos a nuestras casas hasta que los hijos de Israel posean cada uno su heredad.

19 Porque no tomaremos heredad con ellos al otro lado del Jordán ni adelante, por cuanto tendremos ya nuestra heredad a este otro lado del Jordán al oriente.

20 Entonces les respondió Moisés: Si lo hacéis así, si os disponéis para ir delante de Jehová a la guerra,

21 y todos vosotros pasáis armados el Jordán delante de Jehová, hasta que haya echado a sus enemigos de delante de sí,

22 y sea el país sojuzgado delante de Jehová; luego volveréis, y seréis libres de culpa para con Jehová, y para con Israel; y esta tierra será vuestra en heredad delante de Jehová.

23 Mas si así no lo hacéis, he aquí habréis pecado ante Jehová; y sabed que vuestro pecado os alcanzará.

24 Edificaos ciudades para vuestros niños, y majadas para vuestras ovejas, y haced lo que ha declarado vuestra boca.

25 Y hablaron los hijos de Gad y los hijos de Rubén a Moisés, diciendo: Tus siervos harán como mi señor ha mandado.

26 Nuestros niños, nuestras mujeres, nuestros ganados y todas nuestras bestias, estarán ahí en las ciudades de Galaad;

27 y tus siervos, armados todos para la guerra, pasarán delante de Jehová a la guerra, de la manera que mi señor dice.

28 Entonces les encomendó Moisés al sacerdote Eleazar, y a Josué hijo de Nun, y a los príncipes de los padres de las tribus de los hijos de Israel.

29 Y les dijo Moisés: Si los hijos de Gad y los hijos de Rubén pasan con vosotros el Jordán, armados todos para la guerra delante de Jehová, luego que el país sea sojuzgado delante de vosotros, les daréis la tierra de Galaad en posesión;

30 mas si no pasan armados con vosotros, entonces tendrán posesión entre vosotros, en la tierra de Canaán.

31 Y los hijos de Gad y los hijos de Rubén respondieron diciendo: Haremos lo que Jehová ha dicho a tus siervos.

32 Nosotros pasaremos armados delante de Jehová a la tierra de Canaán, y la posesión de nuestra heredad será a este lado del Jordán.

33 Así Moisés dio a los hijos de Gad, a los hijos de Rubén, y a la media tribu de Manasés hijo de José, el reino de Sehón rey amorreo y el reino de Og rey de Basán, la tierra con sus ciudades y sus territorios, las ciudades del país alrededor.

34 Y los hijos de Gad edificaron Dibón, Atarot, Aroer,

35 Atarot-sofán, Jazer, Jogbeha,

36 Bet-nimra y Bet-arán, ciudades fortificadas; hicieron también majadas para ovejas.

37 Y los hijos de Rubén edificaron Hesbón, Eleale, Quiriataim,

38 Nebo, Baal-meón (mudados los nombres) y Sibma; y pusieron nombres a las ciudades que edificaron.

39 Y los hijos de Maquir hijo de Manasés fueron a Galaad, y la tomaron, y echaron al amorreo que estaba en ella.

40 Y Moisés dio Galaad a Maquir hijo de Manasés, el cual habitó en ella.

41 También Jair hijo de Manasés fue y tomó sus aldeas, y les puso por nombre Havot-jair.[a]

42 Asimismo Noba fue y tomó Kenat y sus aldeas, y lo llamó Noba, conforme a su nombre.

Jornadas de Israel desde Egipto hasta el Jordán

33:1  Estas son las jornadas de los hijos de Israel, que salieron de la tierra de Egipto por sus ejércitos, bajo el mando de Moisés y Aarón.

Moisés escribió sus salidas conforme a sus jornadas por mandato de Jehová. Estas, pues, son sus jornadas con arreglo a sus salidas.

De Ramesés salieron en el mes primero, a los quince días del mes primero; el segundo día de la pascua salieron los hijos de Israel con mano poderosa, a vista de todos los egipcios,

mientras enterraban los egipcios a los que Jehová había herido de muerte de entre ellos, a todo primogénito; también había hecho Jehová juicios contra sus dioses.

Salieron, pues, los hijos de Israel de Ramesés, y acamparon en Sucot.

Salieron de Sucot y acamparon en Etam, que está al confín del desierto.

Salieron de Etam y volvieron sobre Pi-hahirot, que está delante de Baal-zefón, y acamparon delante de Migdol.

Salieron de Pi-hahirot y pasaron por en medio del mar al desierto, y anduvieron tres días de camino por el desierto de Etam, y acamparon en Mara.

Salieron de Mara y vinieron a Elim, donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras; y acamparon allí.

10 Salieron de Elim y acamparon junto al Mar Rojo.

11 Salieron del Mar Rojo y acamparon en el desierto de Sin.

12 Salieron del desierto de Sin y acamparon en Dofca.

13 Salieron de Dofca y acamparon en Alús.

14 Salieron de Alús y acamparon en Refidim, donde el pueblo no tuvo aguas para beber.

15 Salieron de Refidim y acamparon en el desierto de Sinaí.

16 Salieron del desierto de Sinaí y acamparon en Kibrot-hataava.

17 Salieron de Kibrot-hataava y acamparon en Hazerot.

18 Salieron de Hazerot y acamparon en Ritma.

19 Salieron de Ritma y acamparon en Rimón-peres.

20 Salieron de Rimón-peres y acamparon en Libna.

21 Salieron de Libna y acamparon en Rissa.

22 Salieron de Rissa y acamparon en Ceelata.

23 Salieron de Ceelata y acamparon en el monte de Sefer.

24 Salieron del monte de Sefer y acamparon en Harada.

25 Salieron de Harada y acamparon en Macelot.

26 Salieron de Macelot y acamparon en Tahat.

27 Salieron de Tahat y acamparon en Tara.

28 Salieron de Tara y acamparon en Mitca.

29 Salieron de Mitca y acamparon en Hasmona.

30 Salieron de Hasmona y acamparon en Moserot.

31 Salieron de Moserot y acamparon en Bene-jaacán.

32 Salieron de Bene-jaacán y acamparon en el monte de Gidgad.

33 Salieron del monte de Gidgad y acamparon en Jotbata.

34 Salieron de Jotbata y acamparon en Abrona.

35 Salieron de Abrona y acamparon en Ezión-geber.

36 Salieron de Ezión-geber y acamparon en el desierto de Zin, que es Cades.

37 Y salieron de Cades y acamparon en el monte de Hor, en la extremidad del país de Edom.

38 Y subió el sacerdote Aarón al monte de Hor, conforme al dicho de Jehová, y allí murió a los cuarenta años de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mes quinto, en el primero del mes.

39 Era Aarón de edad de ciento veintitrés años, cuando murió en el monte de Hor.

40 Y el cananeo, rey de Arad, que habitaba en el Neguev en la tierra de Canaán, oyó que habían venido los hijos de Israel.

41 Y salieron del monte de Hor y acamparon en Zalmona.

42 Salieron de Zalmona y acamparon en Punón.

43 Salieron de Punón y acamparon en Obot.

44 Salieron de Obot y acamparon en Ije-abarim, en la frontera de Moab.

45 Salieron de Ije-abarim y acamparon en Dibón-gad.

46 Salieron de Dibón-gad y acamparon en Almón-diblataim.

47 Salieron de Almón-diblataim y acamparon en los montes de Abarim, delante de Nebo.

48 Salieron de los montes de Abarim y acamparon en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó.

49 Finalmente acamparon junto al Jordán, desde Bet-jesimot hasta Abel-sitim, en los campos de Moab.

Límites y repartición de Canaán

50 Y habló Jehová a Moisés en los campos de Moab junto al Jordán frente a Jericó, diciendo:

51 Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando hayáis pasado el Jordán entrando en la tierra de Canaán,

52 echaréis de delante de vosotros a todos los moradores del país, y destruiréis todos sus ídolos de piedra, y todas sus imágenes de fundición, y destruiréis todos sus lugares altos;

53 y echaréis a los moradores de la tierra, y habitaréis en ella; porque yo os la he dado para que sea vuestra propiedad.

54 Y heredaréis la tierra por sorteo por vuestras familias; a los muchos daréis mucho por herencia, y a los pocos daréis menos por herencia; donde le cayere la suerte, allí la tendrá cada uno; por las tribus de vuestros padres heredaréis.

55 Y si no echareis a los moradores del país de delante de vosotros, sucederá que los que dejareis de ellos serán por aguijones en vuestros ojos y por espinas en vuestros costados, y os afligirán sobre la tierra en que vosotros habitareis.

56 Además, haré a vosotros como yo pensé hacerles a ellos.

Footnotes:

  1. Números 32:41 Esto es, las aldeas de Jair.
Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

HACER EL AMOR

HACER EL AMOR

Pablo Martini
Programa No. 2016-02-14
a1Saturado de historias de aventuras amorosas, citas secretas y romances extramaritales, el mensaje que comunican los medios actuales es que la inmoralidad significa libertad, la perversión es natural y el compromiso es anticuado. La sexualidad, que Dios creó y declaró buena en el Edén, la han deformado y explotado, y ha llegado a ser una actividad apremiante, ilícita, casual y auto gratificante. El amor se ha convertido en lujuria, el dar en obtener y el compromiso perdurable en «ningún lazo que nos ligue». En realidad, la relación sexual, la unión física y emocional de un hombre y una mujer, debe ser un medio santo de celebrar el amor, procrear y experimentar el placer, protegidos por el compromiso del matrimonio. Dios piensa que las relaciones sexuales son importantes y las Escrituras contienen numerosos principios relacionados con la expresión sexual y advertencias contra la violación de dichos principios. Las relaciones sexuales siempre se mencionan en el contexto de una relación amorosa entre esposo y esposa. Tal vez el pasaje bíblico más importante en cuanto a esto sea Cantar de los cantares, la historia íntima de un hombre y una mujer, su amor, noviazgo y matrimonio. Es una historia conmovedora, un drama y un poema que presenta un diálogo de amor entre una sencilla doncella judía (la sulamita) y su amado (el rey Salomón). El libro describe los detalles íntimos de sus sentimientos mutuos y sus deseos de permanecer juntos. A lo largo del diálogo, las relaciones sexuales y el matrimonio se colocan en su debida perspectiva divina.

Es que el mismo Dios que creó el sexo lo reguló en Su palabra. Si me preguntas si la Biblia habla de sexo te respondo que sí, es más, ¡es el manual del sexo! El sexo a la manera de Dios, no antes ni fuera del matrimonio. Eso ya no es sexo sino pasión. No es hacer el amor es jugar con el amor, y más que con el amor es jugar con el cuerpo, con las emociones y con el corazón que queda devastado después de cada noche de pasión.

PENSAMIENTO DEL DÍA

No olvides que eres libre para decidir, pero no eres libre para escogerlas consecuencias de tus decisiones.

http://labibliadice.org/unapausaentuvida/2016/02/14/hacer-el-amor/