Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas. (1 Tesalonicenses 2:8)
Tuve el privilegio de asistir al seminario a fin de estudiar para el ministerio. Aprendí mucho de los libros que leí, las notas que tomé y los ensayos que escribí. Pero aprendí mucho más de la vida de los hombres que me enseñaron. En vez de concentrarme en lo que decían, me encontraba en por qué lo decían.
Eso es lo que Pablo hizo con los romanos. En realidad dijo: “Antes de darles mi teología, déjenme darme a mí mismo”. Pablo es un modelo para todos los que sirven a Cristo. Siga el ejemplo de Pablo y comience a darse a sí mismo.
Al hablar del ministerio de la mujer en la iglesia, nosotros tenemos que ir no directamente al Nuevo Testamento, sino al Antiguo Testamento, y más específicamente al orden de la creación. Dios hizo al hombre varón y hembra, a su imagen y semejanza; eso quiere decir que Dios tenía la intención de que el hombre lo representara en la Tierra. Nosotros sabemos por las Escrituras que en la Trinidad hay un orden: está Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Dios el Hijo voluntariamente se somete a la voluntad del Padre, y eso no lo hace menos Dios, eso no lo hace inferior. Cuando Dios crea la sociedad humana, Él la crea con esa estructura de autoridad y pone al hombre como cabeza.
Cuando hablamos de la mujer como pastora, en 1 Timoteo 2:12, el apóstol Pablo dice claramente que él no permite que la mujer asuma ese papel, precisamente porque estaría violentando ese orden estructural que Dios creó para la sociedad humana, cómo debería funcionar el hogar, cómo debería funcionar la sociedad y cómo debe funcionar la Iglesia. Entonces, en ese sentido la respuesta es que la Biblia claramente enseña que la mujer no debe ministrar en la Iglesia, como pastora. Ahora bien, primero tenemos que remachar el hecho, resaltar el hecho, que eso no hace a la mujer inferior al hombre en el mismo sentido que el Hijo –como decíamos hace un momento– no es inferior al Padre. Eso dice 1 Corintios 11:3, que el Padre es la cabeza del Hijo y el hombre de la mujer. Si hubiera alguna inferioridad en esto, entonces tendríamos que decir que Dios el Hijo es menos Dios que Dios el Padre.
Por otro lado, yo creo que cuando se plantea esta pregunta, generalmente las personas piensan en lo que la mujer no puede hacer. Pero tal vez, deberíamos ser más positivos y preguntarnos cuántas cosas puede hacer la mujer en la Iglesia, porque la mujer tiene un papel importante en la vida y ministerio de la iglesia local. El hecho de que nosotros no permitamos que una mujer sea pastora en la iglesia no quiere decir que la estamos anulando. Cuando personas me preguntan: ¿si una mujer no puede ser pastora, entonces, qué va a hacer en la iglesia? Pues, ¡lo mismo que hacen un montón de hombres que tampoco son pastores! Porque si bien es cierto que Dios llama al hombre a ser pastor, no todos los hombres son pastores, y los hombres también tienen un ministerio que hacer en la iglesia aunque no prediquen. Entonces, en ese sentido Dios le da dones de enseñanza a la mujer, Dios le da dones de liderazgo a la mujer; sin embargo, Dios quiere que lo ejerza en un contexto particular. Nosotros no estamos anulando a la mujer, estamos simplemente colocándola en la posición en la que Dios la coloca.
Muchas personas me dicen: “Pero mira, hay mujeres que predican muy bien”. Y de hecho yo conozco personas que se han convertido al Señor a través de la predicación de pastoras. Y yo no lo dudo. Pero por el hecho de que Dios en su soberanía haga cosas como estas, no quiere decir necesariamente que Él apruebe tal cosa, y yo voy a poner un ejemplo aquí: ¿no ha pasado en iglesias evangélicas que violando claramente el mandato de no unirse a yugo desigual, hay hermanas creyentes que han entrado en una relación con jóvenes inconversos, esos jóvenes han ido a la iglesia y se han convertido? Dios en su Soberanía puede hacer tal cosa, pero nosotros no podemos alentar a las hermanas de la iglesia que hagan esa labor misionera de ir al mundo a buscar novios inconversos para traerlos al Señor. Eso es una misericordia que el Señor hace, de hecho, Dios ha usado aun pastores inconversos para traer a otros a la Salvación. Entonces, en ese sentido, el hecho pragmático de que haya personas que clamen haberse convertido al Señor a través de la predicación de pastoras no anula la clara enseñanza de la Palabra de Dios en textos como 1 Timoteo 2, 1 Corintios 14; de que Dios no le permite a la mujer ejercer ese tipo de ministerio en la Iglesia.
Otros citan Gálatas 3:28, cuando dice que: “En Cristo Jesús, no hay varón ni hembra”, y eso es verdad, en el sentido de que el hombre creyente no tiene más privilegio espirituales que la mujer creyente. Pero vuelvo y repito, ese principio general de unidad en Cristo no anula la clara enseñanza de que la mujer no debe ejercer este ministerio de autoridad en la Iglesia.
La frase que concluye Mateo 28 es sobrecogedora: “Y os aseguro que estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo” (28:20). Por supuesto, se trata de una gran promesa por parte del Cristo resucitado a su pueblo, poco antes de su ascensión. Pero el contexto nos revela que aquí no se trata de ninguna garantía generalizada y nada más, sino que estas palabras van ligadas a la Gran Comisión. ¿Cuál es la conexión entre las dos cosas exactamente? O, para indagar un poco más en el significado de la promesa, ¿por qué se encuentra esta promesa de estar con sus discípulos hasta el fin añadida al final de su afirmación de su propia autoridad y del mandato de que hagan discípulos a todos, en todas partes?
Hay que reconocer aquí que estas palabras no se expresan en ninguna forma condicional, ni ocultan una velada amenaza. Jesús no dice: “Si hacéis discípulos yo estaré con vosotros, hasta el fin del mundo”; y mucho menos, “Si no hacéis discípulos no estaré con vosotros.” Sin embargo, no deja de haber aquí una conexión entre una cosa y la otra. ¿Cuál es?
Dicha conexión es tan general, que sospecho que lo que viene a decir es que la presencia de Jesús es la clave por la que vamos obedeciendo la Gran Comisión – es decir, es la experiencia de los que obedecen, y al mismo tiempo el marco que da sentido a nuestra obediencia. Conocemos y experimentamos la presencia de Jesús de acuerdo con la promesa, y damos testimonio de esta realidad mientras proclamamos quién es él, qué es lo que ha hecho, y qué es lo que manda. Aunque sea objetiva la verdad del evangelio que anunciamos, no la proclamamos únicamente porque sea verdad, sino porque nosotros mismos hemos experimentado su poder salvador y transformador. Por lo tanto, no sólo proclamamos esta verdad, sino que la llevamos como testimonio personal a ella y a Jesús mismo. No somos meros heraldos de ciertos hechos en los cuales no estemos involucrados personalmente, sino que somos discípulos comprometidos con la tarea de hacer otros discípulos.
Que no nos extrañe que, mientras vayamos cumpliendo nuestra misión, la presencia prometida de Jesús se aprecie cada vez más. Porque le conocemos y porque experimentamos su presencia transformadora en nuestras propias vidas, evangelizamos, bautizamos, instruimos y discipulamos – y, así, descubrimos que le vamos conociendo mejor, y experimentamos más y más esta presencia transformadora en nuestras vidas. La promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo resulta ser entonces la clave por la que obedecemos la Gran Comisión, siendo simultáneamente el cimiento y la meta, la base y la recompensa. ¿Cómo podría ser de otra manera? Le servimos porque le amamos y porque anhelamos oír las palabras benditas: “¡Bien hecho!” al final de nuestro trayecto aquí.
Aunque afligido yo y necesitado, el Señor pensará en mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no te tardes. – Salmo 40:17
(Jesús le dijo:) Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados. – Mateo 9:2
Cada vez los psicólogos y trabajadores sociales encuentran más gente desanimada. Las situaciones difíciles, por ejemplo el fracaso profesional o sentimental, un problema de salud, parecen no tener salida, y la gente necesita una ayuda externa.
Cuando Jesús estuvo en la tierra se encontró con muchas personas desanimadas, y cada vez les dio una esperanza, una razón para vivir. Aún hoy desea transmitir ese mensaje de esperanza y paz, quizás a usted que está leyendo estas líneas y que no lo conoce. Quiere decirle que su horizonte no ha colapsado, desea darle fuerzas para continuar. Tome su promesa al pie de la letra: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). ¡Confíe en él, él le ama como nadie le ha amado jamás! ¡La prueba es que dio su vida por usted! Le ofrece la vida eterna, un lugar junto a él en el cielo. ¡No espere más para dejar su vida en sus manos y recobrar ánimo!
Y usted, cristiano que está sumido en las preocupaciones, las tristezas y las dificultades, recuerde que no está solo; Jesús lleva sus cargas. Como dijo a sus discípulos en otro tiempo, le dice: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
No hay ninguna situación desesperada para Dios. Él resolvió el mayor problema de los hombres, es decir, el problema de sus pecados, por lo tanto podemos confiar en él en todas las circunstancias de nuestra vida. ¡Su gracia siempre tiene una solución en reserva!