Una amable respuesta

4/16/2017

Una amable respuesta

El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos. (2 Timoteo 2:24)

Un cristiano debe explicar su fe “con mansedumbre y reverencia” (1 P. 3:15). Esto indica un espíritu sensible y generoso en la conversación. El temor que debemos tener es una sana devoción a Dios, un gran interés por la verdad y un considerable respeto por la persona con la que hablamos. Por eso no se puede ser contencioso cuando se defiende la fe.

Un cristiano que no puede dar una explicación clara, razonable y bíblica de su fe se sentirá inseguro cuando afronte la hostilidad y pudiera inclinarse a dudar de su salvación. El golpe del enemigo destruirá a quienes no estén vestidos con “la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo” (1 Ts. 5:8).

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«Hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol»

16 de abril

«Hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol».

Éxodo 17:12

Tan poderosa era la oración de Moisés que todo dependía de ella. Las peticiones de Moisés desconcertaron más al enemigo que el combate de Josué. Sin embargo, ambas cosas eran necesarias. Así, también, en el conflicto del alma, el poder y el fervor, la decisión y la devoción, el valor y la vehemencia deben unir sus fuerzas y todo irá bien. Tú debes luchar con tus pecados, pero la mayor parte de la lucha tienes que librarla solo, en privado con Dios. La oración, como la de Moisés, levanta la señal del pacto delante del Señor. La vara era el emblema de lo que Dios hacía con Moisés, el símbolo de la autoridad de Dios sobre Israel. Aprende, ¡oh santo suplicante!, a levantar la promesa y el juramento de Dios delante de él. El Señor no puede negar sus declaraciones. Levanta, pues, la vara de la promesa y obtén lo que quieras.

Moisés se cansaba y, entonces, sus amigos le asistían. Cuando en cualquier ocasión tu oración flaquee, deja que la fe la sostenga de un lado y la esperanza del otro; y la oración, sentándose sobre la piedra de Israel, la roca de nuestra salvación, perseverará y prevalecerá. ¡Cuidado con el desfallecimiento en la devoción! Si Moisés lo experimentó, ¿quién podrá eludirlo? Es mucho más fácil luchar con el pecado en público que orar contra él en privado. Es de notar que Josué nunca se cansó en la lucha; en cambio Moisés se fatigó en la oración. Cuanto más espiritual sea un ejercicio, tanto más dificultoso es para la carne y la sangre el mantenerlo. Clamemos, entonces, pidiendo fuerza especial; y que el Espíritu Santo, que nos ayuda en nuestras flaquezas como ayudó a Moisés, nos permita, como a él, continuar con nuestras manos firmes «hasta que se [ponga] el sol». Las súplicas intermitentes valen poco. Debemos luchar toda la noche levantando nuestras manos «hasta que se [ponga] el sol»; hasta que la tarde de la vida pase; hasta que lleguemos a la salida de un sol mejor sobre la tierra, cuando la oración se vea absorbida por la alabanza.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 115). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Instruido por la verdad de Dios

16 ABRIL

Instruido por la verdad de Dios

Levítico 20 | Salmo 25 | Eclesiastés 3 | 1 Timoteo 5

Una de las características más asombrosas del Salmo 25 es la diversidad de las necesidades acerca de las que David pide a Dios que le responda.

David corre el peligro de verse abrumado por completo por sus enemigos y, por tanto, expuesto a la vergüenza pública (25:2). Desea aprender los caminos de Dios y ser instruido por la verdad de Dios (25:4–5). Ruega que Dios pase por alto los pecados de su juventud rebelde (25:7) y además, reconoce que hay momentos en los que su iniquidad es grande y necesita ser perdonada (25:11). David confiesa que está solo y afligido, y que padece angustia (25:16–17). Habla de nuevo de su aflicción y dolor, alude otra vez a sus pecados y se siente amenazado por el cada vez mayor número de los enemigos que le odian (25:18–19). De hecho, a juzgar por el último versículo (25:22), cabe perfectamente la posibilidad de que David reconociese que sus propias crisis y fracasos hubiesen minado el bienestar del pueblo a quien servía como rey; por lo cual, su oración parece abarcarles también a ellos.

Por supuesto que es importante reflexionar en cómo Dios interviene con gracia en la experiencia de su pueblo, ayudándoles de unas maneras extraordinariamente diversas. No obstante, aquí quisiera señalar algo diferente, a saber: el hecho de que las crisis y las angustias que nos afligen están estrechamente vinculadas las unas con las otras. Las diferentes cosas que David menciona aquí no son los distintos puntos de una lista discontinua. Están inseparablemente vinculadas en varios sentidos.

Por ejemplo, cuando David pide que sus enemigos no le expongan a la vergüenza pública, reconoce que Dios mismo es el Juez absoluto, de modo que al final sufrirán la vergüenza pública todos aquellos que “traicionan sin razón” (25:3). Pero esto quiere decir que David mismo debe aprender los caminos y la verdad de Dios; necesita que sus propios pecados sean perdonados. Debe mantenerse humildemente fiel al pacto (25:9–10), temiendo a Dios como es debido (25:12, 14). A causa de lo que sufre, no está únicamente afligido, sino también solo (25:16) – la angustia en un área nutre muy a menudo un sentimiento de terrible aislamiento, incluso de enajenamiento. No obstante, en las últimas peticiones del salmo, vemos que el salmista no se ha hundido en la autocompasión, sino que resumen estos vínculos ya establecidos: David necesita ser librado de sus enemigos, que sus pecados sean perdonados, que sus aflicciones sean aliviadas, y una integridad y rectitud personales, todo ello estando inseparablemente ligado a la protección de Dios mismo.

Aquí encontramos un autoconocimiento muy saludable. A veces, nuestras peticiones de alivio de la soledad están inmersas en el amor propio; en ocasiones nuestras peticiones de justicia no tienen en cuenta lo endémico que es el pecado, de modo que permanecemos indiferentes ante nuestra propia iniquidad. Pero aquí tenemos a alguien que no sólo conocía a Dios, sino que se conocía también a sí mismo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 106). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Misericordia para el día de hoy

ABRIL, 16

Misericordia para el día de hoy

Devocional por John Piper

Las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades; son nuevas cada mañana; ¡grande es tu fidelidad! (Lamentaciones 3:22-23)

Las bondades de Dios son nuevas cada mañana porque cada día hay misericordia suficiente solo para ese día.

Esta es la razón por la cual tendemos a desesperarnos pensando que quizá tengamos que sobrellevar las cargas de mañana con los recursos del día de hoy. Dios quiere que sepamos que esto no sucederá. La misericordia de hoy es para los problemas de hoy. La misericordia de mañana es para los problemas de mañana.

A veces nos preguntamos si contaremos con la misericordia para mantenernos en pie en medio de terribles pruebas. La respuesta es sí, nos será dada. Pedro dice: «Si sois vituperados por el nombre de Cristo, dichosos sois, pues el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobre vosotros» (1 Pedro 4:14). Cuando las adversidades llegan, el Espíritu de gloria viene. Es lo que sucedió con Esteban en el momento en que fue apedreado. Lo mismo nos sucederá. Cuando necesitemos el Espíritu y la gloria, estos estarán presentes.

Israel recibía el maná en el desierto un día a la vez. No se podía guardar para el día siguiente. Esa es la forma en que debemos depender de la misericordia de Dios. No se recibe hoy la fuerza para sobrellevar las cargas de mañana. Se recibe misericordia hoy para los problemas de hoy.

Mañana las misericordias serán nuevas. «Fiel es Dios, por medio de quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo, Señor nuestro» (1 Corintios 1:9).

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

Su preciosa sangre nos hace limpios, sin mancha

Abril 16

Lecturas Matutinas

Su preciosa sangre nos hace limpios, sin mancha

La sangre preciosa de Cristo (1 Pedro 1: 19)

Estando al pie de la cruz, vemos manos, pies y costado destilando arroyos de preciosa sangre carmesí. Es preciosa a causa de su eficacia redentora y expiadora. Por ella los pecados del pueblo de Cristo son expiados; los creyentes son redimidos de debajo de la ley, son reconciliados con Dios y son hechos uno con Él. La sangre de Cristo es también preciosa por su poder purificador: «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos». Gracias a la sangre de Jesús no queda una sola mancha sobre el creyente, ni arruga ni nada semejante. ¡Oh preciosa sangre que nos haces limpio, quitando las manchas de abundante iniquidad, y permitiéndonos ser aceptos en el amado, no obstante las muchas formas en que nos hemos revelado contra nuestro Dios! La sangre es asimismo preciosa por su poder preservador. Bajo la sangre esparcida, estamos seguros contra el ángel destructor. Recordemos que la razón por la que somos perdonados es porque Dios ve la sangre. Aquí hay consuelo para nosotros cuando el ojo de la fe esté empañado. La sangre de Cristo es preciosa por su influencia santificadora. La misma sangre que justifica al quitar el pecado, después anima a la nueva criatura y la conduce a someter el pecado y a cumplir los mandamientos de Dios. No hay motivo mayor para la santidad que el que viene de las venas de Jesús. Y preciosa, inefablemente preciosa es esta sangre por su subyugante poder. Está escrito: «Ellos vencieron por la sangre del Cordero». ¿Cómo hubieran vencido de otro modo? El que lucha con la preciosa sangre de Jesús lucha con un arma que no puede conocer derrota. ¡La sangre de Jesús! El pecado muere en su presencia, la muerte deja de ser muerte, las puertas del cielo se abren. ¡La sangre de Jesús! Seguiremos adelante conquistando, mientras confiemos en su poder.


Spurgeon, C. H. (2011-06-01). Lecturas matutinas: 365 lecturas diarias (Spanish Edition) (pp. 109-110). Editorial CLIE. Kindle Edition.

La crucifixión de Jesucristo: la sepultura y la resurrección (3)

domingo 16 abril

Hallaron removida la piedra del sepulcro… no hallaron el cuerpo del Señor Jesús… He aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; y… les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado.

Lucas 24:2-6

La crucifixión de Jesucristo: la sepultura y la resurrección (3)

Algunas mujeres, que habían seguido a Jesucristo durante su vida, asistieron con dolor a su crucifixión y a su sepultura. Su tumba había sido tallada en la roca y cerrada con una enorme piedra. Los jefes religiosos temían que los discípulos de Jesús robasen su cuerpo, por eso sellaron la piedra y unos soldados la vigilaban.

Estas mujeres, al amanecer del primer día de la semana (domingo), fueron a la tumba para embalsamar el cuerpo de Jesús con especias aromáticas. Ellas se preguntaban: “¿Quién nos removerá la piedra?” (Marcos 16:3). A su llegada quedaron estupefactas, ¡la piedra estaba removida y la tumba vacía! Unos ángeles les declararon: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? … ha resucitado”. Llenas de gozo dejaron la tumba y recordaron que, efectivamente, Jesús había anunciado su resurrección.

De este modo se cumplieron los planes de Dios. ¡A la aparente derrota pública de Jesús en la cruz, le siguió su victoria sobre la muerte! ¡La muerte está vencida! Jesús se apareció vivo a María, y después a los discípulos (Juan 20:11-23). Luego, más de 500 personas lo vieron a la vez (1 Corintios 15:6). Ignacio, historiador del segundo siglo, escribió: «Jesús murió realmente, fue sepultado y resucitó de entre los muertos». ¡El Hijo de Dios vive para siempre! La resurrección de Jesucristo es la prueba y la garantía de la resurrección de los creyentes y de una vida eterna de felicidad junto a él.

Ezequiel 39 – 1 Pedro 2:1-10 – Salmo 44:17-26 – Proverbios 13:20-21