Gracias por su consulta amable oyente. Para incluir el contexto de este pasaje bíblico, permítame leer Génesis 4:1-8. La Biblia dice: Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón.
Gen 4:2 Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra.
Gen 4:3 Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová.
Gen 4:4 Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda;
Gen 4:5 pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.
Gen 4:6 Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante?
Gen 4:7 Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.
Gen 4:8 Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.
Después de las funestas consecuencias de haber desobedecido a Dios, Adán y Eva fueron expulsados del huerto de Edén. Dice el texto que en estas condiciones, conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín. Cuando el texto dice que conoció Adán a su mujer, significa que Adán tuvo relaciones sexuales con su mujer Eva. Consecuencia de esto, Eva concibió. A su tiempo, Eva dio a luz un hijo varón, y le puso por nombre Caín, diciendo: Por la voluntad de Jehová he adquirido varón. El nombre Caín está relacionado con la idea de “he adquirido” tal vez en alusión a la esperanza que Adán y Eva tenían en cuanto a que Dios les enviaría un redentor quien sería simiente de la mujer. Claro que esta promesa no se cumplió con Caín sino con el Señor Jesucristo, miles de años más tarde. Después de un tiempo, no se sabe cuánto, Eva concibió nuevamente y dio a luz a otro hijo varón. El nombre que se le dio fue Abel, nombre que significa soplo o vanidad. La corta vida de Abel hizo realidad el significado de su nombre. El texto indica que Abel fue pastor de ovejas y Caín fue labrador de la tierra. No hay ningún problema con las ocupaciones que estos dos hermanos escogieron para afrontar las necesidades de la vida. Luego el texto dice: Y aconteció andando el tiempo. Esto implica que tanto Caín como Abel sabían, de alguna manera que la Biblia no revela, que Dios había ordenado que en cierto tiempo era necesario hacer ofrendas a Dios y que esas ofrendas consistían en el derramamiento de sangre de un animal, como víctima inocente quien muere en lugar del pecador culpable. Cuando llegó el tiempo de hacer las ofrendas, el texto dice que Caín trajo del fruto de la tierra, una ofrenda a Jehová. Por su lado Abel trajo también su ofrenda, la cual consistía en lo primogénito de las sus ovejas, esto significa la mejor oveja, de lo más gordo de ellas. De alguna manera que tampoco la Biblia revela, Dios dio su veredicto sobre estas dos ofrendas. Dice el texto que miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. La pregunta sería: ¿Por qué Dios miró con agrado a Abel y su ofrenda y no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya? Muchas razones se han sugerido, pero la más convincente es porque Abel se sujetó a lo que Dios había ordenado mientras que Caín hizo lo que a él le pareció lo mejor. En el fondo es cuestión de creer a Dios o no creer a Dios. Abel creyó a Dios y en consecuencia hizo lo que Dios pidió. Caín no creyó a Dios y en consecuencia no hizo lo que Dios pidió. La acción de Abel es figura de la salvación por gracia por medio de la fe. Somos salvos cuando recibimos por la fe en Cristo quien derramó su sangre en lugar de nosotros. La acción de Caín es figura de la salvación por medio de las obras. Todos los que piensan que pueden ser salvos por medio de sus buenas obras, cometen el mismo error de Caín y esto no agrada a Dios. El texto prosigue diciendo que en lugar de reconocer su pecado, Caín se ensañó en gran manera y decayó su semblante. Esto significa que lejos de arrepentirse de su pecado, Caín se llenó de rebeldía y odio contra Dios. A pesar de esto, Dios quería dar una oportunidad a Caín para que se arrepienta y con amor le dijo: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿No serás enaltecido? En otras palabras: Caín, reconoce tu error y haz lo que es correcto y tu ofrenda será aceptada. Dios le dijo además: Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él. Esto significa que si Caín persiste en desobedecer a Dios, el pecado aprovechará de esta rebeldía y lo atrapará para hacer con él lo que quiera. Caín estaba ante la disyuntiva. Reconocer su error y enmendarlo o persistir en su error y llegar a ser un esclavo de su propio pecado. Lamentablemente Caín escogió lo segundo. Por eso el texto prosigue diciendo que Caín engañó a su hermano Abel haciéndole una invitación a salir al campo. Mientras estaban en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató. Note la manera como Caín quedó a merced de su pecado. Se enojó contra Dios. Se enojó contra su hermano quien no tenía nada que ver en el pecado que él cometió. Tuvo envidia de su hermano. Engañó a su hermano y terminó matando a su propio hermano cometiendo el primer asesinato en la historia de la humanidad. Así es el pecado. Cuando le abrimos la puerta aun cuando sea sólo un poquito, corremos el riesgo de hacer cosas peores, nos volvemos esclavos del pecado. El resto del pasaje bíblico muestra las consecuencias del grave pecado de Caín. Todo pecado tiene sus consecuencias.
¿A qué se refiere Judas 11 cuando habla del “camino de Caín”?
Gracias una vez más por su consulta. Permítame leer Judas 8-11. La Biblia dice: No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores.
Jud 1:9 Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda.
Jud 1:10 Pero éstos blasfeman de cuantas cosas no conocen; y en las que por naturaleza conocen, se corrompen como animales irracionales.
Jud 1:11 ¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré.
Judas está hablando de los apóstatas. Un apóstata es un incrédulo quien por un tiempo aparenta ser creyente, pero en algún momento se manifiesta lo que es, y se vuelve en contra de todo lo que antes parecía apoyar. Judas nos presenta algunas características de estos apóstatas. Son soñadores. Afirman que Dios les habla por medio de sueños. Mancillan la carne, esto significa que no tienen ningún freno para satisfacer sus bajas pasiones. Rechazan la autoridad. Se revelan contra todo aquel que intente ejercer algún control sobre ellos. Blasfeman de las potestades superiores. No tienen reparo alguno para ofender a los ángeles, no importa si son buenos o malos. Judas cita el caso del arcángel Miguel, quien siendo un ángel de orden superior, sin embargo, cuando contendía con el ángel caído, llamado Satanás o diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que le dijo: El Señor te reprenda. Algo que deberían tomar muy en cuenta los que hoy en día hacen lo mismo con Satanás o sus demonios. John MacArthur aconseja que los creyentes no deben dirigir la palabra a Satanás y sus demonios, sino sólo buscar al Señor y encomendarse a Él para que intervenga con su poder infinito en contra de ellos. Los apóstatas se jactan de blasfemar de cuantas cosas no conocen, y en las que por naturaleza conocen, se corrompen como animales irracionales. Por su carácter y por sus acciones, Judas prosigue mencionando lo que espera a los apóstatas. ¡Ay de ellos! Dice. Una expresión para decir: ¡Pobres de ellos! La razón es porque han seguido el camino de Caín. El camino de Caín significa seguir el ejemplo de Caín. ¿Qué es lo que hizo Caín? Pues en Génesis 4: 1-12 vemos que Caín rechazó abiertamente la voluntad de Dios de ofrecer una víctima inocente para que derrame su sangre en lugar del pecador. Los apóstatas también rechazan la voluntad de Dios de confiar en la obra del Señor Jesucristo, quien derramó su sangre en la cruz del Calvario en lugar del pecador. Los apóstatas como Caín confían en sus buenas obras para ser aceptados por Dios. Además los apóstatas se lanzaron por lucro en el error de Balaam. El error de Balaam fue poner a disposición del mejor postor su oficio como profeta para obtener ganancias deshonestas. También los apóstatas perecieron en la contradicción de Coré. Esto es que terminan como los hijos de Coré quienes perecieron por sublevarse contra la autoridad.
Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones. (1 Pedro 3:15)
A pesar de la oposición a la que pueda enfrentarse el creyente en este mundo, siempre debe afirmar en su corazón que Cristo es Señor. Debe aceptar y reconocer la soberanía y majestad del Señor, temiendo solo a Él.
El creyente que santifica a Cristo lo exalta como el objeto de su amor y su lealtad. Reconoce su perfección, ensalza su gloria y exalta su grandeza. Se somete a la voluntad de Dios, comprendiendo que su voluntad a veces implica sufrimiento. Vivir de esa manera es adornar en todo “la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tit. 2:10).
Como cristiano, tiene que consagrarse a honrar a Cristo como Señor, aun en medio del sufrimiento. La sumisión a Él le dará valor y fortaleza en medio de la hostilidad.
(Pilato) les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho este? Ningún delito digno de muerte he hallado en él… Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado… Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían.
Lucas 23:22-24
La crucifixión de Jesucristo (1)
La crucifixión, «ese castigo de los más crueles y viles», según las palabras de Cicerón (autor latino del 1er siglo), era infligido por los romanos a los esclavos fugitivos y a los extranjeros criminales y rebeldes. Miles de condenados lo sufrieron, hasta que el emperador Constantino lo prohibió en el año 320.
Los evangelios relatan que Jesucristo fue condenado a esta muerte horrible. Pero, ¿qué crimen había cometido? Había manifestado compasión por los pobres, los abandonados, había alimentado a las multitudes, sanado a los enfermos, resucitado a muertos… Las multitudes se daban prisa para escuchar sus palabras de sabiduría y gracia. Pero Jesús también desenmascaraba las hipocresías y denunciaba el mal. Entonces, ¿por qué fue condenado? Las autoridades religiosas, celosas de su influencia, lo detuvieron y, después de un simulacro de juicio, lo acusaron de blasfemia porque había declarado que era el Hijo de Dios. Lo entregaron a la autoridad romana para que lo matasen. Pilato, aunque en tres ocasiones reconoció la inocencia de Jesús, cedió a su presión y lo condenó al suplicio de la cruz.
Pero, ¿fue esta la única razón de la muerte del Cristo? ¿Podemos considerarla solo como el resultado de un proceso inicuo, de un error jurídico voluntario? La Biblia nos señala otro aspecto sorprendente: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas?” (Lucas 24:26).
Vosotros, pues, orad de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre… (Mateo 6:9)
Decenas de veces las Escrituras dicen que Dios hace cosas «en honor a su nombre». Pero si nos preguntamos qué es lo que realmente mueve el corazón de Dios en esa declaración (y en muchas otras similares), la respuesta es que Dios se deleita en que su nombre sea conocido.
La primera oración, y la más importante que puede decirse, es: «santificado sea tu nombre». Es una oración a Dios para que él haga que las personas santifiquen su nombre.
Dios ama el hecho de que más y más personas «santifiquen» su nombre, y por eso su Hijo enseña a los cristianos a decir sus oraciones en línea con la gran pasión del Padre.
«Señor, haz que cada vez más personas santifiquen tu nombre», es decir, que lo estimen, lo admiren, lo respeten, lo honren, lo alaben, y se deleiten en su nombre. Es básicamente una oración misionera.
Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado. Entonces los principales sacerdotes, los escribas, y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote llamado Caifás, y tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús, y matarle.
Mateo 26:2-4
Un destino incomparable
Nadie sabe de antemano lo que le reserva la vida; nadie, excepto el Hijo de Dios. Jesús sabía perfectamente todo lo que le iba a suceder. Sabía que iba a nacer en medio de la pobreza, que poco después de su nacimiento un rey trataría de matarlo, que durante toda su vida sería incomprendido y odiado por sus conciudadanos, que finalmente sería condenado a morir crucificado. Anunció su suplicio incluso antes de que los jefes religiosos decidiesen qué hacer con él. Él prosiguió su camino hasta aceptar la muerte en la cruz: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8).
¡Su actitud es un misterio para la razón! Solo la fe puede apreciar el amor de Jesús, que lo hizo seguir un camino tan duro para salvar al hombre. Esta vida de sufrimiento hasta la cruz hizo resaltar la obediencia de un hombre totalmente consagrado a la obra que Dios le había encomendado, de un hombre que, con pleno conocimiento de lo que le iba a suceder, nunca dio marcha atrás. Solo él, el hombre sin pecado, tuvo que soportar el juicio de Dios contra nuestros pecados: “El castigo de nuestra paz fue sobre él… El Señor cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5-6).
Jesús también sabía que la muerte no podía retenerlo, y que debido a su perfección de hombre obediente, Dios lo resucitaría de entre los muertos, lo llevaría al cielo y lo glorificaría: ¡qué final tan glorioso!
«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya».
Levítico 1:4
La verdad de que nuestro Señor fue hecho «pecado por nosotros» se enseña aquí por medio de la muy significativa transferencia del pecado sobre el buey, llevada a cabo por los ancianos del pueblo. El poner la mano no suponía meramente hacer contacto, porque en algunos otros pasajes de las Escrituras la palabra original tiene el significado de apoyarse pesadamente, como en la expresión «sobre mí reposa tu ira» (Sal. 88:7). Sin duda, esta es la misma esencia y naturaleza de la fe: que no solo nos pone en contacto con el gran Sustituto, sino que nos enseña a apoyarnos en él con toda la carga de nuestro pecado. El Señor reunió sobre la cabeza del Sustituto todas las ofensas del pueblo de su pacto, pero a cada uno de los elegidos se le conduce personalmente a ratificar ese solemne pacto cuando, por gracia, mediante de la fe, se le permite poner la mano sobre la cabeza del «Cordero inmolado desde la fundación del mundo». Creyente, ¿recuerdas aquel glorioso día cuando experimentaste el perdón por medio de Jesús, que es quien quita el pecado? ¿No puedes hacer una alegre confesión y unirte al escritor diciendo: «Mi alma recuerda con placer el día de su liberación. Cargado de pecado y lleno de temores vi a mi Salvador como mi Sustituto y puse mi mano sobre él»? ¡Oh, cuán tímidamente hice yo esto al principio! Sin embargo, mi valor fue creciendo y mi confianza se fue afirmando, hasta que apoyé mi alma entera sobre él. Ahora mi incesante gozo es saber que no se me imputan más mis pecados, sino que él ha cargado con ellos. Y, a semejanza de las deudas del que cayó en manos de ladrones, Jesús, como el buen samaritano, ha dicho de mis futuras caídas: «Ponlas a mi cuenta». ¡Bendito descubrimiento! ¡Eterno solaz de un corazón agradecido!
Había dos especificaciones, según Levítico 17, que constreñían a los antiguos israelitas que quisieran mantenerse fieles al pacto.
En primer lugar (17:1–9), los sacrificios estaban limitados a aquello que estuviese prescrito según el pacto mosaico. Parece ser que algunos israelitas ofrecían sacrificios en el campo abierto, allá donde estuviesen (17:5). Sin duda unos estaban ofreciendo genuinamente sacrificios a Yahvé; mientras otros se deslizaban hacia ofrendas sincretistas, consagradas a dioses paganos (17:7). Someter las prácticas sacrificiales a la disciplina del tabernáculo (y más adelante del templo) tenía como propósito eliminar el sincretismo y, al mismo tiempo, adiestrar al pueblo en las estructuras intrínsecas del pacto mosaico. Allí fuera, en el campo, era demasiado fácil dar por sentado que estas prácticas religiosas contaban con la aprobación de Dios (¡o de los dioses!), y asegurarse así unas buenas cosechas y unos hijos bien plantados. Idealmente, el sistema del tabernáculo/templo sujetó al pueblo al tutelaje de los levitas, que enseñaban al pueblo que había un camino mejor. Dios mismo había mandado este sistema. Únicamente serían aceptables los mediadores y los sacrificios prescritos por él. La razón de ser de la estructura en su conjunto era dar mayor énfasis a la trascendencia de Dios, establecer y poner de manifiesto en la mente del pueblo lo feo y vil que era el pecado y demostrar que sólo podían ser aceptables a ojos de Dios si este pecado era expiado. Además, el sistema tenía dos ventajas más. Servía para reunir al pueblo en las fiestas que se celebraban tres veces al año en Jerusalén, lo cual aseguraba la cohesión del pueblo del pacto; y mediante los sacrificios anuales, también preparó el camino hacia el sacrificio supremo, inculcando en la mente de generaciones de creyentes que el pecado debe ser confrontado y absuelto tal como Dios mismo manda, o de otra manera no queda esperanza para ninguno de nosotros.
La segunda limitación impuesta en este capítulo (17:10–16) es la prohibición de comer sangre. La razón que se da es muy específica: “Porque la vida de toda criatura está en la sangre. Yo mismo os la he dado sobre el altar, para que hagáis propiciación por vosotros mismos, ya que la propiciación se hace por medio de la sangre” (17:11). El texto no atribuye ningún poder mágico a la sangre. Al fin y al cabo, la vida no reside en la sangre aparte del resto del cuerpo, y esta prohibición estricta contra el comer sangre no podía ser ejecutada a la perfección (puesto que, por mucho que intentes drenar la sangre de un animal, siempre queda sangre en el cuerpo). Lo que el texto quiere subrayar es que no hay vida en el cuerpo sin sangre; es el elemento físico más obvio para simbolizar la vida misma. Para enseñar al pueblo que sólo el sacrificio de una vida podía servir como medio de propiciación – puesto que el castigo del pecado es la muerte –, es difícil imaginarse una prohibición más contundente y eficaz. Recordamos su significado cada vez que participamos de la Mesa del Señor.
Los que siembran con lágrimas, segarán con gritos de júbilo. El que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra, en verdad volverá con gritos de alegría, trayendo sus gavillas. (Salmos 126:5-6)
No hay nada penoso en sembrar semillas. No toma más trabajo que cosechar. Los días pueden ser hermosos. Puede haber gran esperanza de una cosecha.
Sin embargo, el salmo habla de «sembrar con lágrimas». Habla de alguien «que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra». Entonces, ¿por qué está llorando?
Pienso que la razón no es que sembrar sea una tarea penosa o que cosechar sea difícil. Pienso que la razón no tiene nada que ver con sembrar. Sembrar simplemente es el trabajo que tiene que hacerse inclusive cuando haya cosas en la vida que nos hagan llorar.
Las cosechas no esperarán a que terminemos con nuestra pena o a que resolvamos todos nuestros problemas. Si queremos comer en el próximo invierno, deberemos salir al campo y plantar la semilla, estemos sufriendo o no. Si hacemos eso, la promesa del salmo es que segaremos «con gritos de júbilo» y volveremos «con gritos de alegría, trayendo [nuestras] gavillas». No es porque las lágrimas de la siembra produzcan el gozo de la cosecha, sino porque la simple siembra produce cosecha, y tenemos que recordar esto aun cuando nuestras lágrimas nos tienten a dejar de sembrar.
La lección es la siguiente: cuando haya tareas simples y claras que debamos hacer y nos encontremos llenos de tristeza, y las lágrimas fluyan fácilmente, sigamos adelante y hagamos el trabajo con lágrimas. Seamos realistas. Digamos a nuestras lágrimas: «Lágrimas, las estoy sintiendo. Ustedes hacen que quiera renunciar a la vida, pero hay un campo que debo sembrar (platos que lavar, auto que arreglar, sermón que escribir)».
Luego digamos, basándonos en la Palabra de Dios: «Lágrimas, sé que no se quedarán para siempre. El mismo hecho de que simplemente haga mi trabajo (con lágrimas y todo) traerá al final una cosecha de bendiciones. Entonces, continúen cayendo si deben hacerlo, pero yo creo (no lo veo ni lo siento completamente), creo que el simple trabajo de mi siembra traerá gavillas de cosecha». Y nuestras lágrimas se convertirán en gozo.
El plan de Dios a través de los siglos ha sido que Su pueblo se acerque a Él mientras Él habita en ellos. Lo hizo primeramente en la tienda del Tabernáculo, luego en una sección del templo santo, después en la tierra, en la persona de Su Hijo Jesús y ahora viviendo en todos los creyentes en Cristo a través de Su Espíritu.
El primer templo de Jerusalén, visualizado por David y construido por Salomón, era el lugar escogido por Dios para que Su gloria habitara. Esa estructura hermosa se convirtió en un símbolo de la presencia de Dios en la tierra, un lugar donde la gente podía ir cuando querían estar cerca de Dios. Ese templo fue destruido en el año 586 a.C. Otro templo fue construido 70 años después por Zorobabel y luego Herodes el Grande, durante la época de Jesús, lo convirtió en una estructura monumental. Sin embargo, para entonces, la presencia de Dios ya había abandonado el templo debido a la incredulidad de Israel.
En la búsqueda incansable por tener una relación con Su pueblo, Dios provee una nueva y mejor alternativa. Sí, algo mejor que el templo. Dios envió a Su Hijo, Jesucristo, para que fuese el «tabernáculo» en medio de nosotros (ver Juan 1:14). En ninguna otra parte de la Escritura esta imagen se muestra de una manera tan clara como en el templo mismo el día que Cristo murió: «Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo». De esta forma dramática, Dios le mostró al mundo que Él había aceptado el sacrificio de Jesús por nuestros pecados. Ya no eran necesarios más sacrificios en el templo. Dios ilustró este nuevo plan al permitir que las personas tuvieran acceso directo hacia Él: “Tenemos confianza para entrar al lugar santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir Su carne».
Para hacer este acceso aún más personal, Dios elige revelar Su presencia a través de Su Espíritu el cual vive en cada creyente. «¿Acaso no saben que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en ustedes?» Además, tenemos la promesa de que un día ya no necesitaremos ningún templo. El apóstol Juan escribió: «Y no vi en ella templo alguno, porque su templo es el Señor, el Dios todopoderoso, y el Cordero». ¡Podremos ver y moraremos con Dios, cara a cara!
Si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. (1 Pedro 3:14)
No es probable pero, según el apóstol Pedro, hay una remota posibilidad de que usted sufra por ser justo. En realidad, muchos cristianos sufrieron por su obediencia a Cristo en la iglesia primitiva, pero otros sufrieron por su desobediencia. Cuando un cristiano desobedece la Palabra de Dios, el mundo siente una mayor justificación y una mayor libertad para la hostilidad. Ni los cristianos consagrados deben sorprenderse ni temer cuando el mundo los trata con hostilidad.
La pasión por hacer el bien no es ninguna garantía contra la persecución. El hacer lo bueno reduce esa probabilidad. Nadie hizo más bien que Jesús, pero un mundo adverso finalmente lo mató. No obstante, usted debe vivir de modo que los críticos no tengan justificación alguna para acusarlo de nada.