Conformados a Cristo

Conformados a Cristo

6/3/2017

No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo.

(1 Juan 2:15)

Como cristianos, somos nuevas criaturas y miembros de la iglesia de Jesucristo, y por tanto excepcionales. Como resultado, no debemos vivir como las personas del mundo. El mundo es orgulloso; nosotros somos humildes. El mundo está fragmentado; nosotros estamos unidos. El mundo es incapaz; nosotros estamos dotados. El mundo odia; nosotros amamos. El mundo no conoce la verdad; nosotros sí la conocemos. Si no andamos de manera diferente del mundo, no lograremos las metas de Cristo. Si vivimos como las personas del mundo, estamos esencialmente imitando a los muertos (Ef. 2:1-5), y eso no tiene sentido.

Los cristianos somos como una nueva raza. Tenemos una nueva simiente espiritual incorruptible, y debemos vivir de una manera que corresponda con ella. Somos nuevas criaturas que han sido preparadas para una existencia eterna. Como resultado, podemos abandonar nuestra antigua manera de vivir y ser conformados a la vida de Cristo.

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«Se humilló a sí mismo»

3 de junio

«Se humilló a sí mismo».

Filipenses 2:8

Jesús es el gran Maestro de la humildad de corazón. Necesitamos aprender de él diariamente. Observa al Maestro tomar una toalla y lavar los pies de sus discípulos. Y tú, seguidor de Cristo, ¿no deseas humillarte? Míralo como el Siervo de los siervos y, sin duda, no podrás ser soberbio. ¿Acaso no es esta frase el compendio de su biografía: «Se humilló a sí mismo»? ¿No estuvo en la tierra quitándose una prenda de gala tras otra hasta que al fin, desnudo, lo clavaron en la cruz? Y allí, ¿acaso no se despojó a sí mismo, derramando su sangre, entregándose por nosotros, hasta que, privado de todo, lo pusieron en un sepulcro prestado? ¡Cuánto se humilló nuestro querido Redentor! ¿Cómo, pues, podemos nosotros ser orgullosos? Ponte al pie de la cruz y cuenta esas gotas escarlatas que te han limpiado; mira la corona de espinas; observa sus espaldas flageladas, manando aún hilos de sangre; contempla sus manos y sus pies sujetos por los clavos, y todo su ser entregado a la burla y al escarnio. Mira la amargura y la angustia, observa también los dolores íntimos que se reflejan en su rostro y oye ese grito desgarrador que dice: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Y si no quedas postrado en el suelo frente a aquella cruz, es señal de que nunca la has contemplado; si no te sientes humillado en la presencia de Jesús es porque no lo conoces. Estás tan perdido que nada puede salvarte sino el sacrificio del Unigénito de Dios. Piensa en esto y, como Jesús se humilló por ti, humíllate tú también a sus pies. La comprensión del admirable amor de Dios hacia nosotros tiene un influjo mayor para humillarnos que el conocimiento de nuestras propias culpas. ¡Ojalá el Señor nos haga contemplar el Calvario! Entonces nuestra posición no será más la del hombre henchido de orgullo, sino que nos situaremos en el lugar del que ama mucho porque mucho se le ha perdonado. El orgullo no puede vivir debajo la cruz. Sentémonos allí y aprendamos nuestra lección y, después, levantémonos y llevémosla a la práctica.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 163). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¿Por qué?

3 JUNIO

¿Por qué?

Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

Hay algunos temas muy complejos que se entrelazan en Deuteronomio 7. Aquí quisiera reflexionar en dos de ellos.

El primero de ellos es el énfasis en la elección. “Porque para el Señor tu Dios tú eres un pueblo santo; él te eligió para que fueras su posesión exclusiva entre todos los pueblos de la tierra” (7:6). ¿Por qué? ¿Acaso fue a base de una superioridad intrínseca, ya sea de una inteligencia privilegiada, o de una superioridad moral, o de un poderío militar, que Yahvé hizo elección? De ningún modo. “El Señor se encariñó contigo y te eligió, aunque no eras el pueblo más numeroso sino el más insignificante de todos. Lo hizo porque te ama y quería cumplir su juramento a tus antepasados; por eso te rescató del poder del faraón, el rey de Egipto, y te sacó de la esclavitud con gran despliegue de fuerza.” (7:7–8).

Tres observaciones en relación con esto: (1) En la Biblia, la absoluta soberanía de Dios no disminuye la responsabilidad humana; y recíprocamente, los seres humanos son agentes morales que eligen, que creen y niegan, que obedecen y desobedecen, y este hecho no convierte en intrascendente la soberanía de Dios. Esto queda muy claro en la manera como la soberanía se manifiesta en este capítulo, es decir, en lo que se refiere a la elección, mientras el mismo capítulo está lleno de las responsabilidades que nos recaen. Los que no mantienen ambas verdades – que Dios es soberano y que los seres humanos somos responsables – de este modo introducen elementos que tarde o temprano harán tambalear toda la estructura de su fe. (2) Aquí el amor de Dios se muestra selectivo. Dios escoge a Israel porque les ha hecho objeto de su afecto, y no a causa de ninguna cualidad que posean. Esta misma idea aparece en otras partes (p. ej., Malaquías 1:2–3). Pero esta no es la única forma como las Escrituras describen el amor de Dios (p. ej., Juan 3:16).

El segundo tema es la manera como Dios alienta a su pueblo a no tener ningún miedo hacia aquellos contra quienes tendrán que luchar durante la conquista de la Tierra Prometida (7:17–22). La razón para ello es el Éxodo. Un Dios capaz de desencadenar las plagas, dividir el Mar Rojo, y liberar a su pueblo de una superpotencia como la egipcia no tendrá problema alguno para eliminar la resistencia de unos cuantos cananitas paganos e inmorales. El miedo es el contrario de la fe. A los israelitas se les anima a no tener miedo, no porque ellos sean más fuertes ni superiores en cualquier sentido, sino porque son el pueblo de Dios, y a Dios no se le puede vencer.

Estos dos temas – y varios otros también – se entrelazan en este capítulo. El Dios que escoge a las personas es suficientemente fuerte como para llevar a buen puerto sus propósitos con respecto a ellas; las personas escogidas por Dios deben responder no sólo con una obediencia agradecida, sino con una confianza inconmovible.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 154). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La Prueba

3 Junio 2017

La Prueba
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:1-2

Este mandato de Dios promueve una pregunta: ¿Por qué un Dios bueno y amoroso le pide a un hombre fiel y obediente que haga esto? La respuesta se encuentra en la lengua original de Moisés, el inspirado autor humano de Génesis. La palabra hebrea nash, traducida como “probó” en Génesis 22:1, tiene la idea de probar la calidad de algo, por lo general a través de una prueba de algún tipo. Dios quería probar la legitimidad, la autenticidad de la fe de Abraham.

Recordemos, sin embargo, que Dios es omnisciente. Él sabe todas las cosas, incluso el futuro. Dios conocía el corazón de Abraham mucho mejor que Abraham mismo. Por eso, el propósito de la prueba no era satisfacer su curiosidad, no era un experimento. El pedazo de tierra elegido en la cima de una apartada montaña en la región de Moriah iba a ser el lugar de la prueba de Abraham. Este sería el momento y el lugar donde sería puesta a prueba cualquier cuestión sobre su vacilante fe, tan evidente por sus mentiras (mintió dos veces) para salvar su pellejo, y su patético intento por lograr el cumplimiento del pacto a través de la criada de su esposa. Su familia vería su fe, sus amigos la verían y también nosotros en virtud de este relato, y probablemente lo más importante de todo, la vería Isaac. Si alguna vez Abraham iba a mostrar su fe, este sería el día.

Pero la cuestión era: ¿Amaba Abraham el regalo de Dios o amaba a Dios? Permítame dejar por un momento a Abraham, y pasar rápidamente al siglo XXI. Esta tiene que ser una de las preguntas más difíciles que cualquier padre tiene que considerar: ¿Adoro los regalos que Dios me da, más de lo que adoro al Dador? ¿He comenzado a adorar las relaciones que Dios me ha dado, en vez de adorar a Aquel que me ha dado estas satisfacciones?

No se apresure a responderla.

La palabra “adorar”, viene de un vocablo del idioma inglés que significa “de valor” (worthship). Cuando nosotros adoramos algo, estamos dando testimonio del valor que eso tiene para nosotros. Y lo hacemos con nuestras acciones y también con nuestros corazones. Un padre debe preguntarse: ¿Le asigno más valor a mi hijo que a Dios? Para responder esa pregunta, observe a qué cosas se dedica usted más, y cuente después los resultados. Sea honesto en esto. ¿A quién o quiénes se dedica usted más o con mayor empeño y dedicación?

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Fe para lo imposible

JUNIO, 03

Fe para lo imposible

Devocional por John Piper

Se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo. (Romanos 4:20-21)

Pablo tiene en mente una razón especial al decir que la fe glorifica la gracia venidera de Dios. Dicho de forma sencilla, esta fe que glorifica a Dios es una confianza —con miras hacia el futuro— en la integridad y el poder y la sabiduría de Dios para cumplir todas sus promesas.

Pablo ilustra esta fe recordándonos la respuesta de Abraham a la promesa de Dios de que sería padre de muchas naciones. En Romanos 4:18, dice: «Él creyó en esperanza contra esperanza», es decir, tuvo fe en la gracia venidera de la promesa de Dios.

Y sin debilitarse en la fe contempló su propio cuerpo, que ya estaba como muerto puesto que tenía como cien años, y la esterilidad de la matriz de Sara; sin embargo, respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo (Romanos 4:19-21).

La fe de Abraham fue una fe en la promesa de Dios de hacerlo padre de muchas naciones. Esta fe glorificó a Dios porque estaba centrada en todos los recursos de Dios necesarios para cumplirla.

Abraham era demasiado viejo para tener hijos, y Sara era estéril. No solo eso: ¿Cómo un hijo o dos podrían llegar a ser las «muchas naciones» que Dios le había dicho a Abraham que le daría por descendencia? Todo parecía totalmente imposible.

Por lo tanto, la fe de Abraham glorificó a Dios porque él estaba plenamente convencido de que Dios podía hacer lo imposible y de hecho lo haría.

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Estar bien con uno mismo

sábado 3 junio

Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia.

Hechos 2:28

Estar bien con uno mismo

A menudo escuchamos hablar de la importancia de estar bien con uno mismo, es decir, en paz consigo mismo. Pero, ¿cómo puedo experimentar tal estado si primeramente no estoy en paz con Dios?

En su vejez, el emperador Carlos I de España dejó la gloria y las riquezas y se retiró a un monasterio con la esperanza de encontrar paz y descanso para su alma. Allí, aterrorizado, esperó la muerte. Los grandes de este mundo no hallaron mejor que las demás personas la paz y la verdadera felicidad en su saber o en su poder. ¡Cuántos artistas y personajes célebres, admirados y llenos de honores, han dejado la escena terrenal y han partido con el corazón atormentado! Otros hallaron al Dios de paz, al confesarle en definitiva el vacío de su vida.

La Biblia confirma que, en nuestro mundo, todo es “vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 1:14). En esta tierra no hay nada que pueda darme la paz real y duradera; en cambio, la paz de Dios “sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7). Esta paz es la que Jesús me da, y todos pueden experimentarla. Consiste primeramente en tener paz con Dios, es decir, tener la paz de la conciencia y del corazón. Estos dos elementos son indispensables para estar bien con uno mismo: la conciencia purificada del mal y el corazón lleno del amor divino.

Dios nos ofrece gratuitamente el fundamento de nuestra paz. En la cruz Jesús llevó el castigo que nosotros merecíamos debido a nuestros pecados. Cuando resucitó, dejó este mensaje siempre actual para todo el que lo recibe: “Paz a vosotros” (Lucas 24:36).

2 Reyes 4:25-44 – Romanos 10 – Salmo 67 – Proverbios 16:21-22

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