Vivir nuestro mensaje

Vivir nuestro mensaje

6/19/2017

Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús,
dando gracias a Dios el Padre por medio de él. (Colosenses 3:17)

Los incrédulos prestarían más atención a nuestro mensaje evangélico si le diéramos algo especial a observar. Pudiéramos comenzar por no mentir y por decir siempre la verdad. ¿Qué sucedería si nunca nos enojáramos hasta pecar, sino que siempre obráramos con amor; que nunca robáramos, sino que siempre compartiéramos lo nuestro; y que nunca dijéramos vulgaridades, sino que siempre pronunciáramos palabras edificantes? ¿Puede imaginarse cómo reaccionarían los perdidos si nunca nos amargáramos, ni enojáramos, ni mostráramos resentimiento, ni fuéramos violentos, ni calumniadores, sino que siempre nos caracterizara la bondad, la compasión y el perdón? Tal vez entonces prestarían más atención.

Examine su conducta. ¿Dice usted la verdad? ¿Controla usted su enojo de tal modo que solo actúa con justicia? ¿Comparte con otros lo que tiene? ¿Habla con misericordia? ¿Es usted bondadoso, compasivo y clemente? Si usted es un nuevo hombre o una nueva mujer en Cristo, vivirá de esa manera.

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¡En el mundo tendréis aflicción!

19 de junio

«Mi amado es mío y yo suya; él apacienta entre lirios. Hasta que apunte el día y huyan las sombras, vuélvete, oh amado mío; se semejante al corzo, o como el cervatillo sobre los montes de Beter».

Cantares 2:16, 17

Sin duda, si hay en la Biblia un versículo precioso es este: «Mi amado es mío y yo suya». Es tan suave, tan lleno de seguridad, tan rebosante de dicha y de contento que bien podía haberlo escrito la misma mano que escribió el Salmo 23. Este versículo se expresa como Aquel que una hora antes de ir al Getsemaní dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da» (Jn. 14:27). «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33). Hagamos sonar de nuevo la campanilla de plata, porque sus notas son exquisitamente suaves: «Mi amado es mío y yo suya; él apacienta entre lirios». Sin embargo, hay una sombra en el texto. Aunque el paisaje resulta sumamente hermoso, tanto que la tierra no puede mostrar otro mejor, no está, sin embargo, enteramente iluminado por el sol. Puede verse una nube en el cielo que proyecta su sombra sobre el paisaje, aunque no lo oscurece, pues todo él es claro y se mantiene vivo y brillante: «Mi amado es mío y yo suya». Esto está suficientemente claro, pero no tiene toda la luz del sol. Escucha ahora: «Hasta que apunte el día y huyan las sombras».
También se dicen unas palabras acerca de «los montes de Beter», o «los montes de la división»; y una división semejante es amarga para nuestro amor. Veo un cordero pascual, pero veo asimismo a su lado las hierbas amargas. Veo el lirio, pero noto que aún está entre espinos. Querida alma, quizá sea este tu actual estado de ánimo. No dudas de tu salvación; sabes que él es tuyo, pero no te estás gozando en él. Conoces la vital compenetración que te une con él, de tal suerte que no tienes ni una sombra de duda en cuanto a que tú eres suya y él tuyo, pero su izquierda no está aún debajo de tu cabeza ni su derecha te abraza. Una sombra de tristeza se proyecta sobre tu corazón, quizá por aflicción; sin duda, por la momentánea ausencia de tu Señor. Y así, mientras exclamas: «Soy suya», te sientes obligada a ponerte de rodillas y a decir: «Hasta que apunte el día y huyan las sombras, vuélvete, amado mío». «¿Dónde está él?», se pregunta el alma; y la respuesta le llega: «Él apacienta entre lirios». Al mundo no le importa dónde está Cristo, pero al cristiano sí. Jesús se ha ido entre los blancos lirios que florecen en las dehesas del Cielo, los lirios de oro que rodean el Trono. ¡Oh cuándo estaremos con él y participaremos de su gloria! Nuestro impaciente espíritu ansía la hora en que nuestro enlace se consume y nuestra felicidad sea completa. Él está entre los lirios aquí en la tierra, vírgenes almas que «siguen al Cordero por dondequiera que va» (Ap. 4), y nunca se apartan de él. Si queremos hallar a Cristo, tenemos que tener comunión con los suyos y asistir a los cultos con sus santos. Aunque él no apaciente sobre lirios, apacienta entre ellos, y allí, quizá, podamos encontrarnos con él. ¡Ojalá pudiésemos cenar con él esta noche! Señor mío, por todo el amor que me profesas, dígnate visitarme en esta hora con tu cariño y pon el alba del Cielo en mi alma. ¡Cuán rápidamente puede él venir a mí! Ningún pie de corzo es capaz de andar tan rápido. En un momento él es capaz de alegrarme con su agradable presencia. Ven, Señor Jesús, y permanece conmigo para siempre.

Dulce comunión la que gozo ya
en los brazos de mi Salvador;
¡que gran bendición en su paz me da!
¡Cuánto siento en mí su tierno amor!

¡Cuán dulce es vivir, cuán dulce es gozar
en los brazos de mi Salvador!
Quiero ir con él y a su lado estar,
siendo objeto de su tierno amor.

No habré de temer ni desconfiar
en los brazos de mi Salvador;
en él puedo yo bien seguro estar
de los lazos del vil tentador.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, pp. 179–180). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Provisión para los pobres

19 JUNIO

Deuteronomio 24 | Salmos 114–115 | Isaías 51 | Apocalipsis 21

Es sorprendente hasta qué punto la ley de Moisés hace provisión para los pobres.

Consideremos Deuteronomio 24. Aquí Dios prohíbe tomar en prenda una piedra de molino, “ni la de arriba” (es decir, la más movible, 24:6). Sería como tomar en prenda las herramientas de trabajo de un mecánico, o el software del ordenador de un escritor. Sería quitarle los únicos medios con los cuales puede ganarse la vida, lo cual no sólo agravaría su pobreza, sino haría que el pago de la deuda fuese imposible.

En 24:10–12, hay dos estipulaciones que se establecen en lo que se refiere a los avales de las deudas. (1) Si haces un préstamo a tu prójimo, no entres en su casa para exigir la deuda. Mantente fuera; deja que sea él quien te la traiga. Una conducta así de discreta permite que el deudor conserve su dignidad, y frena la tendencia de parte de algunos ricos de usar su riqueza para intimidar a los pobres y tratarles como si fueran escoria. (2) No tomes en prenda aquello que un pobre necesita como fuente esencial de calor y de abrigo.

En 24:14–15, a los empleadores se les dice que paguen diariamente a sus obreros. En una sociedad pobre y agraria, donde hasta el 70% o el 80% de los ingresos se destinaban a la comida, esto garantizaba que los jornaleros y sus familias tuviesen al menos lo suficiente para poder comer cada día. No pagar ese sueldo no sólo infligía sufrimiento, sino que también era injusto. Hay consideraciones relativas a la justicia aún más amplias en los versos 17 al 18: los huérfanos y los extranjeros, es decir, los que carecían de protectores, y no comprendían cómo se manejaban “los hilos” de la cultura, merecen que se les trate con justicia y nunca deben ser tratados con injusticia, ni maltratados, ni explotados.

Finalmente, en 24:19–22, se les avisa a los agricultores que no recojan de forma exhaustiva todo el producto de sus cultivos a fin de maximizar sus beneficios. Es mejor dejar algo para “el extranjero, el huérfano y la viuda.” (Ver también la meditación del 9 de Agosto).

Dos observaciones: En primer lugar, esta clase de provisiones para los pobres funcionan mejor en una sociedad agraria y no tecnológica, donde la tierra y el trabajo van emparejados y donde son los miembros de una comunidad local los que ayudan a los otros miembros de la misma. No hay ningún sistema burocrático. Por otro lado, sin algún tipo de estructura organizada es difícil imaginarse cómo fomentar la de ayuda para los pobres, por ejemplo, el sur de Chicago, donde no hay agricultores que puedan dejar parte de sus cosechas sin recoger. En segundo lugar, el incentivo en todos los casos era actuar bien, por la gracia de Dios, especialmente teniendo presente el recuerdo de los años cuando ellos también fueron extranjeros en Egipto (24:13–20). Estos versos exigen una lectura muy detenida. Allí donde la gente vive en el temor, en el amor y en el conocimiento de Dios, la compasión social y la generosidad práctica se pondrán de manifiesto; allí donde se va olvidando a Dios o este desaparece en la niebla de lo sentimental, tampoco habrá una compasión robusta –como se ve más adelante en las rigurosas denuncias del libro de Amós.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 170). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La desobediencia de Saúl

19 Junio 2017

La desobediencia de Saúl
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 13:1-15

En las acciones de desobediencia de Saúl estuvieron  presentes por lo menos tres grandes errores.

Primero, los reyes no podían ofrecer holocaustos en favor de la comunidad. Podían ofrecerlos por sí mismos, pero nunca por la nación. Eso solo podían hacerlo los sacerdotes.

Segundo, era Samuel quien iba a comunicar los planes de batalla del Señor. Saúl tenía que esperar por Él. Sin embargo, por estar Saúl pendiente del reloj de su mermado ejército, se llenó de pánico y se apresuró a hacer las cosas por su propia cuenta. Esto redujo el holocausto a una ceremonia sin sentido, que parecía más pagana que hebrea. Los generales paganos decidían dónde, cuándo y a quién atacar, movilizaban sus tropas, y después ofrecían sacrificios a sus dioses para ganarse su favor. El holocausto hebreo era diferente; debía ser uno de sumisión, no de soborno.

Tercero, y lo más importante para nuestro estudio, en medio de la crisis Saúl tomó la decisión de confiar en sí mismo. Su decisión de ofrecer holocaustos y de atacar tenía sentido (desde una perspectiva terrenal). Pero así como el deseo de Israel fue tener un rey humano, y por eso se apresuraron a aceptar a Saúl basándose en su apariencia exterior el nuevo rey se apresuró a atacar al enemigo basándose en una estrategia humana, que probablemente no era mala, pero humana, al fin.

A Saúl le faltó fe. Vio que su ejército se le evaporaba como el agua, y que el pueblo de Micmas era un hervidero de filisteos. Vio que los siete días señalados habían transcurrido, y que Samuel se tardaba, Por eso hizo a un lado toda reserva y protocolo. En efecto, se puso el atuendo sacerdotal con su corona y anillo, y trató de hacer del altar su instrumento de poder algo a lo que no tenía derecho.

La confrontación rara vez es agradable, pero con frecuencia es necesaria. A todos nos hace falta un Samuel, alguien a quien le importe más nuestro carácter que nuestra comodidad. Muchas veces, esa clase de amorosa sinceridad exige palabras duras. No es fácil oír: “Has actuado torpemente”, pero cuando eso sale de labios de un buen amigo, que teme a Dios, debemos hacerle caso.

La confrontación rara vez es agradable, pero con frecuencia es necesaria.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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La ofensa de temer al hombre

JUNIO, 19

La ofensa de temer al hombre

Devocional por John Piper

Entonces Saúl dijo a Samuel: He pecado; en verdad he quebrantado el mandamiento del Señor y tus palabras, porque temí al pueblo y escuché su voz. (1 Samuel 15:24)
¿Por qué Saúl obedeció al pueblo en lugar de a Dios? Porque temí?a al pueblo en lugar de a Dios. Temí?a las consecuencias humanas de la obediencia más de lo que temí?a las consecuencias divinas del pecado. Temía desagradar al pueblo más de lo que temía desagradar a Dios. Eso es un gran insulto a Dios.

De hecho, Isaí?as dijo que tener miedo de lo que el hombre pueda hacer, al mismo tiempo que hacemos caso omiso de las promesas de Dios, es una clase de orgullo. Él cita a Dios con esta pregunta penetrante: «Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú que temes al hombre mortal, y al hijo del hombre que como hierba es tratado? ¿Has olvidado al Señor, tu Hacedor?» (Isaí?as 51:12-13).

Puede que el temor al hombre no se sienta como orgullo, pero eso es lo que Dios dice que es: «¿Quién crees que eres para temer al hombre y olvidarme a mí, tu Hacedor?».

El punto es el siguiente: si tememos al hombre, hemos comenzado a negar la santidad y el valor de Dios y de su Hijo Jesús. Dios es infinitamente más fuerte. Es infinitamente más sabio e infinitamente más lleno de galardones y gozo.

Darle la espalda por temor a lo que el hombre pueda hacer es pasar por alto todo lo que Dios promete ser para los que le temen. Es un gran insulto. Y en tal insulto Dios no puede complacerse.

Por otra parte, cuando escuchamos las promesas y confiamos en él con valentí?a, temiendo la deshonra que nuestra incredulidad trae a Dios, entonces él es honrado en gran manera, y en ello se complace.

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Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

(Jesús dijo a la mujer cananea:) No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Mateo 15:26-27

Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Romanos 10:13

Jesús habla a las mujeres (8) – “Grande es tu fe”

Mateo 15:21-28

“Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra” (Mateo 15:21-23).

El silencio de Jesús no se debía a una falta de compasión, pues su actuación al final así lo prueba. Él quería hacer brillar la fe de esta mujer y mostrar a sus discípulos que su amor iba más allá de los límites de Israel.

Luego, Jesús empezó a hablar con esta extranjera que lo reconocía como Señor. Fijémonos en la humildad e inteligencia de esta madre. No se desanimó por un rechazo que parecía despectivo. Su fe sobrepasó este obstáculo e inspiró sus respuestas. Jesús no le reprochó nada y no juzgó su actitud ni impertinente ni demasiado audaz. Al contrario: apreció la valentía de su fe y le dijo: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora” (v. 28).

Incluso antes de comprobarlo, ella supo que su hija había sido sanada. “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).

Recordemos su ejemplo. Un aparente silencio puede ser la preparación de una respuesta divina inesperada.

El Señor responde a nuestros más grandes anhelos, ¡pero a su tiempo!

2 Reyes 19 – 1 Timoteo 1 – Salmo 72:12-20 – Proverbios 17:19-20

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