19 de junio

«Mi amado es mío y yo suya; él apacienta entre lirios. Hasta que apunte el día y huyan las sombras, vuélvete, oh amado mío; se semejante al corzo, o como el cervatillo sobre los montes de Beter».
Cantares 2:16, 17
Sin duda, si hay en la Biblia un versículo precioso es este: «Mi amado es mío y yo suya». Es tan suave, tan lleno de seguridad, tan rebosante de dicha y de contento que bien podía haberlo escrito la misma mano que escribió el Salmo 23. Este versículo se expresa como Aquel que una hora antes de ir al Getsemaní dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da» (Jn. 14:27). «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33). Hagamos sonar de nuevo la campanilla de plata, porque sus notas son exquisitamente suaves: «Mi amado es mío y yo suya; él apacienta entre lirios». Sin embargo, hay una sombra en el texto. Aunque el paisaje resulta sumamente hermoso, tanto que la tierra no puede mostrar otro mejor, no está, sin embargo, enteramente iluminado por el sol. Puede verse una nube en el cielo que proyecta su sombra sobre el paisaje, aunque no lo oscurece, pues todo él es claro y se mantiene vivo y brillante: «Mi amado es mío y yo suya». Esto está suficientemente claro, pero no tiene toda la luz del sol. Escucha ahora: «Hasta que apunte el día y huyan las sombras».
También se dicen unas palabras acerca de «los montes de Beter», o «los montes de la división»; y una división semejante es amarga para nuestro amor. Veo un cordero pascual, pero veo asimismo a su lado las hierbas amargas. Veo el lirio, pero noto que aún está entre espinos. Querida alma, quizá sea este tu actual estado de ánimo. No dudas de tu salvación; sabes que él es tuyo, pero no te estás gozando en él. Conoces la vital compenetración que te une con él, de tal suerte que no tienes ni una sombra de duda en cuanto a que tú eres suya y él tuyo, pero su izquierda no está aún debajo de tu cabeza ni su derecha te abraza. Una sombra de tristeza se proyecta sobre tu corazón, quizá por aflicción; sin duda, por la momentánea ausencia de tu Señor. Y así, mientras exclamas: «Soy suya», te sientes obligada a ponerte de rodillas y a decir: «Hasta que apunte el día y huyan las sombras, vuélvete, amado mío». «¿Dónde está él?», se pregunta el alma; y la respuesta le llega: «Él apacienta entre lirios». Al mundo no le importa dónde está Cristo, pero al cristiano sí. Jesús se ha ido entre los blancos lirios que florecen en las dehesas del Cielo, los lirios de oro que rodean el Trono. ¡Oh cuándo estaremos con él y participaremos de su gloria! Nuestro impaciente espíritu ansía la hora en que nuestro enlace se consume y nuestra felicidad sea completa. Él está entre los lirios aquí en la tierra, vírgenes almas que «siguen al Cordero por dondequiera que va» (Ap. 4), y nunca se apartan de él. Si queremos hallar a Cristo, tenemos que tener comunión con los suyos y asistir a los cultos con sus santos. Aunque él no apaciente sobre lirios, apacienta entre ellos, y allí, quizá, podamos encontrarnos con él. ¡Ojalá pudiésemos cenar con él esta noche! Señor mío, por todo el amor que me profesas, dígnate visitarme en esta hora con tu cariño y pon el alba del Cielo en mi alma. ¡Cuán rápidamente puede él venir a mí! Ningún pie de corzo es capaz de andar tan rápido. En un momento él es capaz de alegrarme con su agradable presencia. Ven, Señor Jesús, y permanece conmigo para siempre.
Dulce comunión la que gozo ya
en los brazos de mi Salvador;
¡que gran bendición en su paz me da!
¡Cuánto siento en mí su tierno amor!
¡Cuán dulce es vivir, cuán dulce es gozar
en los brazos de mi Salvador!
Quiero ir con él y a su lado estar,
siendo objeto de su tierno amor.
No habré de temer ni desconfiar
en los brazos de mi Salvador;
en él puedo yo bien seguro estar
de los lazos del vil tentador.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, pp. 179–180). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.