Dar verdaderos frutos

Agosto 20

Dar verdaderos frutos

Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento. (Lucas 3:8)

Su carácter esencial, sus motivos, sus convicciones, sus lealtades y sus ambiciones, se mostrarán con el tiempo en lo que dice y en lo que hace. Las buenas obras no salvan, pero todo creyente es salvado para buenas obras. “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef. 2:10; vea también Gá. 5:22-23; Col. 1:10).

Para el creyente, el llevar fruto ocurre con la ayuda de Cristo. El apóstol Pablo se refiere a que seamos “llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo” (Fil. 1:11). Por otra parte, los incrédulos (entre ellos los que dicen ser cristianos y no lo son) con el tiempo mostrarán los malos frutos que inevitablemente produce su vida no regenerada.

Si usted está dando frutos, estará creciendo en todas las esferas que enumera Pedro: fe, virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal y amor (vea 2 P. 1:5-9).

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Del Fuerte Salió Dulzura – 2/6

Iglesia Evangélica de la Gracia

El Evangelio según Sansón

Del Fuerte Salió Dulzura – 2/6

David Barceló

 

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

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¿Cuál es la definición del pecado?

Got Questions

¿Cuál es la definición del pecado?

Respuesta: El pecado es descrito en la Biblia como la trasgresión a la ley de Dios (1 Juan 3:4) y la rebelión contra Dios (Deuteronomio 9:7Josué 1:18). El pecado tuvo su origen con Lucifer, el “Lucero, hijo de la mañana”, el más hermoso y poderoso de los ángeles. No contento con ser todo esto, el deseó ser semejante al Dios altísimo, y esa fue su caída y el inicio del pecado (Isaías 14:12-15). Cambiado su nombre a Satanás, él trajo el pecado a la raza humana en el Jardín del Edén, donde tentó a Adán y Eva con la misma seducción – “…seréis como Dios…”. Génesis 3 describe la rebelión de Adán y Eva contra Dios y contra Sus mandamientos. A partir de ese momento, el pecado ha pasado a través de todas las generaciones de la raza humana, y nosotros como descendientes de Adán, hemos heredado el pecado de él. Romanos 5:12 nos dice que a través de Adán, el pecado entró al mundo y, por lo tanto la muerte pasó a todos los hombres, porque “la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23).

A través de Adán, la heredada inclinación al pecado entró en la raza humana y los seres humanos se volvieron pecadores por naturaleza. Cuando Adán pecó, su naturaleza interior fue transformada por su pecado de rebelión, acarreándole la muerte espiritual y la depravación, la cual pasaría a todos aquellos que fueran después de él. Somos pecadores, no porque pecamos; por el contrario, pecamos porque somos pecadores. Esta es la condición conocida como la herencia del pecado. Así como heredamos características físicas de nuestros padres, así también heredamos nuestra naturaleza pecaminosa de Adán. El rey David lamentaba esta condición de la naturaleza humana caída en el Salmo 51:5 “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”.

Otro tipo de pecado es el conocido como pecado imputado. Usada tanto en asuntos financieros como legales, la palabra griega traducida como “imputación”, significa “tomar algo que pertenece a alguien y acreditarlo a la cuenta de otro”. Antes que fuera dada la Ley de Moisés, el pecado no era imputado al hombre, sin embargo, los hombres seguían siendo pecadores por causa del pecado heredado. Después que la Ley fue dada, los pecados cometidos en violación a la Ley fueron imputados (acreditados) a ellos (Romanos 5:13). Aún antes que las transgresiones de la Ley fueran imputadas al hombre, la paga por el pecado (la muerte) continuó reinando (Romanos 5:14). Todos los humanos, desde Adán hasta Moisés, estuvieron sujetos a muerte, no por sus acciones pecaminosas contra la Ley Mosaica (la cual aún no tenían), sino por su propia y heredada naturaleza pecaminosa. Después de Moisés, los humanos estuvieron sujetos a muerte tanto por el pecado heredado de Adán, como por el pecado imputado por violar las leyes de Dios.

Dios usó este principio de imputación para beneficio de la raza humana, cuando Él imputó el pecado de los creyentes a la cuenta de Jesucristo, quien pagó la pena por el pecado (la muerte) en la cruz. Imputando nuestro pecado a Jesús, Dios lo trató como si Él fuera un pecador, aunque Él nunca lo fue, y lo hizo morir por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2). Es importante entender que el pecado fue imputado a Él, pero Él no lo heredó de Adán. Él sufrió el pago por el pecado, pero Él nunca fue un pecador. Su naturaleza pura y perfecta no fue tocada por el pecado. Él fue tratado como si hubiera sido culpable de todos los pecados que la raza humana hubiera cometido, aunque Él no cometió ninguno. En cambio, Dios imputó la justicia de Cristo a los creyentes y acreditó a nuestras cuentas Su justicia, al igual que Él le acreditó nuestros pecados a la cuenta de Cristo (2 Corintios 5:21).

Un tercer tipo de pecado es el pecado personal, aquel que es cometido día tras día por el ser humano. Por haber heredado la naturaleza pecaminosa de Adán, cometemos pecados individuales y personales, desde la aparentemente inocente mentirilla, hasta el homicidio. Aquellos que no han puesto su fe en Jesucristo, deben pagar el castigo por estos pecados personales, así como por el pecado imputado y heredado. Sin embargo, los creyentes han sido liberados de la condenación eterna del pecado (el infierno y la muerte espiritual). Ahora podemos elegir si cometer o no pecados personales, porque tenemos el poder de resistir al pecado a través del Espíritu Santo que mora dentro de nosotros, santificándonos y dándonos la convicción de nuestros pecados cuando los cometemos (Romanos 8:9-11). Una vez que confesamos nuestros pecados personales a Dios y le pedimos perdón por ellos, somos restaurados a un perfecto compañerismo y comunión con Él. “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Todos somos condenados tres veces debido al pecado heredado, al pecado imputado y al pecado personal. El único castigo justo por este pecado es la muerte (Romanos 6:23), no sólo la muerte física sino la muerte eterna (Apocalipsis 20:11-15). Afortunadamente, los pecados heredados, imputados y personales, han sido crucificados en la cruz de Jesús, y ahora por la fe en Cristo Jesús como el Salvador, “tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7).

Usado con permiso del Ministerio Got Questions

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

¡Encienda un fuego y quémelas!

Martes 20 Agosto

Recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas. Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores.

Santiago 1:21-22

¡Encienda un fuego y quémelas!

Hace muchos años, en Sicilia, un evangelista atravesaba un bosque llevando Biblias. De repente se encontró frente a un hombre armado quien le preguntó qué llevaba en su bolsa.

–Llevo Biblias, respondió el cristiano.

–Encienda un fuego y quémelas, le ordenó el ladrón.

Nuestro amigo encendió el fuego y preguntó si podía leer un extracto de cada libro antes de lanzarlo a las llamas. En la primera Biblia leyó el Salmo 23. Luego, en la siguiente, leyó la parábola del buen samaritano, de otra leyó el Sermón del monte, y de otra el himno del amor escrito por el apóstol Pablo (1 Corintios 13).

Al terminar cada relato, el ladrón exclamaba: «Ese es un buen libro, no lo queme. Démelo». Al final, ninguno de los libros fue arrojado a las llamas. El ladrón se los llevó todos y se fue sin lastimar al vendedor de Biblias.

Años más tarde este cristiano encontró al ladrón y, para su sorpresa, descubrió que se había vuelto al Señor. Al contarle su conversión, agregó: «La lectura de sus libros me transformó».

La Biblia no es un libro como los demás. Es la Palabra de Dios. Ella obra en nuestras conciencias para demostrarnos que necesitamos el perdón divino. Obra en nuestro corazón para que amemos a Dios. Por medio de ella conocemos a Cristo y nacemos a una nueva vida. La lectura diaria de la Biblia se convierte en una fuente de fortaleza y gozo.

“La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos… y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

2 Crónicas 6:1-21 – Lucas 23:26-56 – Salmo 97:1-7 – Proverbios 21:25-26