El sólido cimiento

Gracia a Vosotros

John MacArthur

Agosto 26

El sólido cimiento

Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. (Mateo 7:24)

El prudente edificará su vida sobre la roca. La roca a la que Jesús se refiere en el versículo de hoy es la Palabra de Dios, la Biblia. El edificar sobre la roca es por tanto equivalente a oír y obedecer las palabras de Cristo, y para nosotros eso significa vivir según la Biblia.

Después que Pedro confesó “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, nuestro Señor le dijo: “…no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mt. 16:16-18). La palabra de Jesús para “roca” en este versículo es la misma que empleó en Mateo 7:24. Es la base de la revelación de Dios, su Palabra. La roca del sólido cimiento es la dirección segura y divina que Pedro recibió, y es el único fundamento sobre el cual puede descansar la verdadera vida cristiana.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com
la verdad para hoy

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La Distinción de Dios

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

La Distinción de Dios

R.C.Sproul

Algunas veces pienso que nos parece que nada cambia. Sentimos cómo que estamos estancados en nuestra cotidianidad y que nuestras vidas solo repiten lo mismo una y otra vez. Pero esa no es la realidad. La realidad es que cambiamos, y que cambiamos cada día de nuestras vidas, pero muchos de esos cambios que ocurren son superficiales – ganamos algo de peso; lo perdemos y cosas como esas. Los cambios en nuestra personalidad, en la dirección de nuestras vidas son, en su mayor parte, graduales y casi imperceptibles.

Pero creo que todos nosotros hemos experimentado momentos de crisis en la vida que han alterado radicalmente la dirección de nuestras personalidades o nuestras carreras. Si piensas en el pasado de tu vida, serás capaz de identificar, estoy seguro, un puñado de experiencias críticas, momentos críticos que han cambiado para siempre el curso de tu vida.

Cuando pienso en mi propia vida, siempre regreso al momento en el año 1958 que tuvo lugar al final del invierno durante mis años en la universidad. Estaba recostado en mi cama una noche cerca de la medianoche, mi cuerpo estaba cansado, tuve un día largo, pero no podía quedarme dormido. Recuerdo estar volteando mi cabeza de un lado al otro de la almohada, tratando de encontrar la manera en que podría ser capaz de caer en un sueño pacífico, pero no podía conseguirlo. Mi mente estaba acelerada. Y yo tenía esa abrumadora urgencia de salir de la cama y dejar el edificio donde me estaba alojando.

Así que saqué mis piernas de la cama, me cambié de ropa y salí en medio de la noche, y era una noche bastante fría. Lo recuerdo vívidamente. Había nevado el día entero hasta la noche, pero ahora, cerca de la medianoche, los cielos se habían aclarado. Había luna llena. Las estrellas se veían brillar en los cielos, y fue uno de esos momentos increíbles en un ambiente rural campestre después de una nevazón fresca, donde la noche está callada y hay ese hermoso manto de nieve sobre los campos y sobre las copas de los árboles.

Empecé a caminar por las calles de ese pequeño campus universitario en New Wilmington, Pensilvania. No había nadie más afuera. Había ese silencio penetrante. Y yo estaba solo con mis pensamientos. Podía oír el hielo quebrándose con mis pisadas mientras caminaba por la calle. Me estaba dirigiendo a la capilla de la Universidad.

Ahora, si lo puedes visualizar, la capilla de la universidad estaba al lado del edificio administrativo de la Universidad. Se le llamaba Old Main. Este edificio tenía una inmensa torre y allí había un reloj como el Big Ben de Londres. Y cada quince minutos las campanas del reloj resonaban claramente a lo largo de toda la plaza central del campus.

Y mientras estaba caminando hacia la capilla estaba todo muy silencioso, y era casi la medianoche cuando pude oír los engranajes del mecanismo de cambio del reloj y los oí rechinar antes que las campanas suenen a la medianoche. Y luego de las campanadas vino el sonido de la hora. Y tenía siempre la costumbre… Yo podía oír esas horas siendo anunciadas por las campanas aun desde muy lejos mientras estaba… reposando en mi cama y llegaba a escuchar las campanas y contarlas cada hora para asegurar que tenía la hora precisa.
Pero esa noche eso pasó exactamente a la medianoche mientras me acercaba a la puerta de la capilla. Y conté los golpes de las campanas hasta el número 12.

Luego abrí la puerta principal de la capilla que tenía un inmenso arco de roble que daba a una mini catedral gótica, o algo así. Y mientras caminaba por esa puerta oyendo cada sonido que la puerta hace al abrirse, una puerta que rechinaba, me entró un temor. Porque normalmente cuando uno camina a la capilla, uno va entrando con varios miles de estudiantes al mismo tiempo todos apretados, y todos esos sonidos son amortiguados por el ruido de pisadas, ropas y gente conversando. Pero esa noche, cada sonido individual era acentuado por el silencio. Y caminé hacia adentro y la puerta se cerró tras mí, y fui arrojado a una oscuridad total.

Tuve que detenerme en el vestíbulo de la capilla hasta que mis ojos se ajustaron a la oscuridad, porque la única luz era la luz de la luna que se filtraba a través de los vitrales de las ventanas. Esperé unos momentos y entonces empecé a caminar hacia el centro de la capilla; ¿Alguna vez has estado de noche en una iglesia que está adornada con ventanas de vitrales?

Durante el día, cada una de esas ventanas actúa de forma similar a un prisma. Y la iluminación y refulgencia de la luz que viene de afuera… las ventanas de vitrales producen un espectáculo de belleza sin igual, pero de noche, cuando la luz casi no existe, lo que resalta al estar parado, sin tener luz, son los marcos de metal que separan los paneles en la ventana. Eso es lo que recuerdo cuando entré caminando allí. Era atemorizante.

Con sumo cuidado fui hasta el centro del pasillo y mis pisadas sonaban como las botas militares de los soldados alemanes marchando en calles de piedras. Podía oír como resonaban en toda la capilla. Cuando finalmente alcancé el frente de la capilla, había una alfombra en la escalera antes del altar. Me arrodillé en ese lugar y la primera sensación que tuve fue la de una tremenda soledad. Sentí que estaba completamente solo. Y entonces, en un instante, fui sobrecogido por el sentimiento de otra presencia. Casi la podía tocar. Era como si pudiera alcanzar y tocar esa inmensa presencia de Dios. Y no dije nada más. Yo no oré, ni en voz alta ni en silencio.

Solo estaba arrodillado allí, más o menos disfrutando esa sensación de estar en la presencia de Dios. Y luego tuve un conflicto interno con dos emociones que parecían colisionar en mi corazón. Por un lado estaba un miedo terrible. Tuve la sensación, ese escalofrío que empieza en la base de mi columna y que va corriendo hasta mis dedos; se me puso la piel de gallina. Estaba claramente atemorizado por ese sentimiento de la presencia de Dios; pero, al mismo tiempo, me sentía atraído a deleitarme, a disfrutar el momento, mientras sentía un irresistible bálsamo de paz en mi alma. Y esta fue una de esas experiencias que deseaba que continuaran para siempre. No quería ni moverme. Solo quería permanecer allí, en quietud y en éxtasis pacífico.

Ahora, la razón por la que fui allí, la razón por la que caminé en esa noche helada con la nieve a lo largo de las calles, viendo los témpanos que se formaron en los bordes de los edificios mientras caminaba por la calle, casi como gárgolas de la naturaleza que me añadían algo más de terror. La razón por la que hice esa mini peregrinación era por lo que había pasado esa tarde en el salón de clases. Yo había sido cristiano por un poco más de un año, y mi conversión a Cristo era hasta esa noche, obviamente, el punto más dramático de mi vida. Me había enamorado de Jesús, y mi vida dio un vuelco por completo. Mis amigos pensaban que había perdido la razón. Ellos no podían superar esa transformación y la preocupación por aquello que marcó mi personalidad.

Yo estaba obsesionado con aprender la Biblia en ese primer año. De hecho, en mi primer semestre como alumno nuevo, saqué una A en gimnasia y una A en Biblia. Todo lo demás puras Ds porque no me interesaba aprender más que las Escrituras. Yo pasaba todo el tiempo devorando la Biblia.

Y estaba tomando materias que eran requeridas en el primer año, Introducción al Antiguo Testamento en el primer semestre e Introducción al Nuevo Testamento en el segundo semestre. Y me había propuesto que el profesor no fuera capaz de preguntar algo en el examen que yo no pudiera responder. Y él daba esos largos exámenes de desarrollo– Con quién se casó ese tío y de quién era abuela y cosas como esas… y era casi un juego para mí. Yo quería dominar cada uno de los detalles de la Escritura porque era lo único que me importaba. Hice mi especialidad en Biblia.

Ahora, para el segundo año yo todavía estaba finalizando materias requeridas que necesitaba para graduarme. Y una de esas fue Introducción a la Filosofía. Y la odiaba. Pensaba que era la pérdida de tiempo más grande del mundo que había experimentado hasta ese entonces en mi entrenamiento académico. Y lo que solía hacer en la clase de filosofía era sentarme en la última fila donde al profesor le cueste darse cuenta que estoy allí, y levantaría mi libro de texto al frente mío y ocultaría con el libro grande una versión de letra chica de los últimos sermones de Billy Graham, porque todo lo que quería era leer acerca de religión y oír todo lo que se pueda del cristianismo. Me importaba muy poco Kant, Hume y Locke. Todos esos filósofos sonaban aburridos a mis oídos.

Pero ese día, el profesor estaba hablando de San Agustín. Estaba enseñando acerca del entendimiento de Agustín de la creación del universo. Leyó porciones de las obras de San Agustín. Y casi en contra de mi voluntad, aunque trataba de no escuchar, no pude evitar el oír lo que ese hombre decía; Y así, lenta y de mala gana, dejé el sermón de Billy Graham a un lado y empecé a prestar atención a las enseñanzas de San Agustín. Y Agustín estaba hablando acerca del poder trascendente de Dios por el cual Él podía traer un completo universo a existencia, solo por la pura fuerza de su mandato.

Él estaba describiendo lo que Agustín había llamado el Imperativo Divino, o el Decreto Divino, el poderoso mandamiento por el cual Dios podía decir simplemente, “Sea la Luz” y fue la luz. Y mientras yo escuchaba eso, tuve una repentina epifanía de la grandeza de la distinción de la majestad de Dios, que no me había dado cuenta aun durante mi primer año de absorción de mi interés en estudiar las Escrituras. Y lo que pasó fue casi como una segunda experiencia de conversión para mí.

Había pasado por esa conversión a Cristo. Me había enamorado de Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, pero en esta ocasión, escuchando esta exposición del Génesis de uno de las mentes más grandes de la historia de la iglesia, San Agustín, de repente tuve un completo y nuevo entendimiento del carácter de Dios, el padre. Y cuando digo un nuevo entendimiento, quiero decir un entendimiento diferente. Nunca más pude mirar a Dios como un tipo de Santa Claus celestial, un ujier cósmico que está de turno para responder cada una de mis peticiones y mandamientos. Nunca más pude pensar en la fe como algo que empieza y termina en mi experiencia.

Ahora mi atención no estaba en aquel que fue salvado; llámese, mí mismo, sino en Aquel que descendió del Cielo para encontrarme, para redimirme, para perdonarme, y reclamar mi vida para Él. Y empecé a tener este nuevo entendimiento del Dios con el que debía tratar. Y recuerdo que cuando terminó la clase yo estaba petrificado.

No le dije nada al profesor; no le dije nada a mis amigos en la clase. Salí del aula, no con un espíritu de entusiasmo, sino con sobriedad, casi de reserva. Acababa de rendir algo en mi alma. Y bajé por las escaleras luego que salí del salón. Fui a la oficina del Secretario Académico, fui allá, y cambié mi especialidad de Biblia a Filosofía.

Ahora, cuando hice eso, algunos de mis amigos pensaron que había tenido una crisis de fe y que la había perdido. Ellos decían, “¿estás queriendo decir que ya no vas a estudiar la Biblia?” Les dije, “Oh no, yo voy tomar cada materia que pueda de Biblia. No he cambiado mi posición con respecto a las Escrituras en lo absoluto”. Ellos dijeron, “Pero, ¿por qué te quieres involucrar en el estudio de la filosofía?” Les dije que era porque quería leer los escritos de hombres como Agustín y otros que, en lo humanamente posible, han penetrado en la profundidad del entendimiento acerca del carácter y la naturaleza de Dios.

Ese Dios de quién yo he recibido un atisbo hoy, a quien he conocido con mayor profundidad. Tengo que conocer más de Aquel que confiere, que revela y que manifiesta tal grandeza y excelencia magnífica. Y por esa razón cambié mi especialidad, no porque estuviera interesado en filosofía especulativa, sino porque quería tener las herramientas con el fin de ir lo más profundo posible que pudiera en la búsqueda de mi alma por Dios.

Puedes ver que lo que experimenté esa tarde no me dejó dormir. No era suficiente con solo pensar en eso. No era suficiente con solo estudiarlo. No quería simplemente un entendimiento abstracto de ideas. Lo que ahora quería más que nada era encontrarme a solas con Dios. Y cuando fui a la cama esa noche, antes de acostarme, me arrodillé y lo busqué allí al lado de mi cama, pero eso no era suficiente.

Ahora sé que Dios no está confinado a las cuatro paredes de una iglesia, pero hay algo en un santuario que lo hace tierra santa. Hay algo en la puerta principal de una iglesia que marca el umbral de lo profano a lo sagrado, de lo secular a lo santo. Aun en Israel, en el Tabernáculo y el Templo, hubo un lugar entre el santuario que era llamado el Lugar Santo, y aun el Lugar Santo estaba separado por ese velo gigante que daba al lugar más santo que era llamado Sanctus Sanctorum—el Lugar Santísimo, donde solo el Sumo Sacerdote podía entrar, y solo después de realizar rituales elaborados, de limpieza ceremonial y solo una vez al año. Yo estaba buscando un lugar como ese. Y esa es la razón por la cual me levanté de la cama. Y esa es la razón por la que tuve que caminar con frío y por la nieve para llegar a la capilla.

Una vez más, no era porque creía que era el único lugar en donde Dios estaba presente, sino que, de algún modo, allí podía encontrar refugio, amparo, un santuario donde pudiera estar quieto y conocer que Él es Dios. Y no fui decepcionado. Esa experiencia privada y personal que tuve en esa capilla fue una experiencia transformadora en mi vida.

Y fue el inicio de una búsqueda de toda la vida por la santidad de Dios. Y lo que vamos a hacer en este programa en los días que siguen, Dios mediante, es explorar ese tema que no solo es vital para mi vida, sino que es central en la revelación bíblica del carácter de Dios, y que es absolutamente crucial que cada cristiano lo investigue para su crecimiento personal, reflexionando, buscando un entendimiento de lo que las Escrituras quieren decir cuando declaran que Dios es Santo.

CORAM DEO

R.C.Sproul

Es mi deseo que en cada uno de estos programas tengas un breve tiempo para reflexionar al final y buscar las posibles aplicaciones personales y prácticas del material que hemos cubierto. Voy a llamar a esas viñetas de comentarios de cierre, nuestros segmentos “Coram Deo” tomado del eslogan que fue central para la Reforma del siglo XVI donde hombres como Martín Lutero y Juan Calvino entendieron que la búsqueda de la vida cristiana era vivir Coram Deo, que significa simplemente vivir ‘delante del rostro de Dios’. Para entender que toda nuestra vida debe vivirse con la conciencia de que estamos viviendo en Su Presencia y que estamos viviendo bajo Su autoridad, y que estamos para vivirla para su gloria.

En los días siguientes estaremos buscando algunos recordatorios de las formas en que podemos aplicar lo que hemos aprendido en nuestra búsqueda de vivir nuestras vidas Coram Deo, delante del rostro de Dios.

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En el desierto – 1/5

Aviva Nuestros Corazones

Nancy Leigh DeMoss

En el desierto – 1/5

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/en-el-desierto/

Leslie Basham: ¿Por qué tuvo el pueblo de Dios que vagar por el desierto durante cuarenta años? Aquí está Nancy Leigh DeMoss.

Nancy Leigh DeMoss: El pecado que destruyó a los hijos de Israel y los mantuvo fuera de la Tierra Prometida en realidad  tenía  una sola raíz, y  esta era el pecado del descontento.

Leslie: Esto es Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss en la voz de Patricia de Saladín.

Aquí está Nancy en la serie, Cultiva contentamiento en el corazón.

Nancy: Durante las siguientes sesiones, quiero compartir con ustedes desde mi corazón y desde la Palabra de Dios  lo que  creo que es una de las mayores razones por  la que tantos de nosotros, los cristianos, pasamos la vida vagando en un desierto espiritual, en lugar de disfrutar la vida abundante que sabemos que Jesucristo vino a darnos.

Vayamos a la Biblia a la carta de 1ra a los Corintios en el capítulo 10. Y vamos a estar viendo algunos pasajes, pero este pasaje nos dará el punto de partida, 1ra a los Corintios capítulo 10. En la primera parte de este capítulo, Pablo comienza haciendo una lista de algunas  bendiciones. Algunas son espirituales y algunas son bendiciones físicas que fueron vividas por la nación judía que Dios redimió de Egipto. Él comienza en el versículo 1 de 1ra a los Corintios capítulo 10 y dice:

“Porque no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron por el mar. . . «

Ahora, quiero que tomes en cuenta  la palabra «todos», ya que aparece varias veces en estos versículos. Los hijos de Israel (esto se remonta a los días del Antiguo Testamento) estuvieron todos bajo la nube. Esa es una referencia a la nube de la gloria Shekinah de Dios que acompañó a los hijos de Israel cuando salieron de Egipto  hacia la Tierra Prometida. «Y todos pasaron el mar» (v. 1).

¿Qué mar es ese? El Mar Rojo. Cuando Dios los liberó, caminaron por tierra seca. Entonces recordarás cómo los egipcios se ahogaron en ese mismo mar que había sido un camino seco para los hijos de Israel.

Todos comieron también el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los acompañaba, y la roca era Cristo (v. 3-4).

Ahora bien, sabemos que Dios proveyó agua física de las rocas del desierto para saciar la sed los hijos de Israel, Dios proveyó maná, pan del cielo, y Dios proveyó carne, codornices cuando necesitaban  comer. Así que había literalmente provisión física. Sin embargo, esta provisión física de Dios era realmente una ilustración de necesidades más profundas que Dios conoce—nuestras necesidades espirituales. Las Escrituras dicen aquí que  Cristo  fue la fuente de esa provisión. La provisión de Dios fue Cristo mismo.

Así que aquí vemos cuáles eran las bendiciones espirituales que los hijos de Israel disfrutaban. Todos ellos disfrutaron de estas bendiciones, las bendiciones físicas y las bendiciones espirituales. Dios los guió a todos, Dios los liberó a todos, Dios proveyó para todos ellos,  todos ellos experimentaron estas bendiciones.

Sabemos  cuando llegamos al Nuevo Testamento, que tú y yo como hijas de Dios hemos sido redimidas, y hemos sido bendecidas, y según nos dice Pablo en Efesios capítulo 1 con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo.

Así que no importa cómo luzca nuestra vida aquí en la tierra hoy en día, el hecho es, que por la fe que abrazamos, hemos recibido toda clase de bendiciones espirituales. Todos los que estamos en Cristo hemos experimentado toda clase de bendiciones espirituales que Dios tiene para dar, y eso es porque estamos en Cristo.

Ahora bien, cuando llegamos al versículo 5 de 1ra a los Corintios capítulo 10, vemos un giro en el pensamiento. Pablo dice en el versículo 5,

Sin embargo, Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, pues quedaron tendidos en el desierto…

Todos ellos experimentaron todas esas grandes bendiciones, pero con la mayoría de ellos, Dios estaba disgustado, y acabaron yéndose a la ruina y a la destrucción. Ahora, cuando se dice que Dios no estaba contento con la mayoría de ellos, se plantea la pregunta en mi mente: ¿Con cuántos de ellos no estaba Dios complacido?

Pues bien, las Escrituras nos lo dicen. En Números capítulo 1 leemos que aproximadamente 600.000 hombres mayores de veinte años salieron de Egipto, cuando fueron redimidos de Israel. Ahora, cuando  agregas las esposas a ese número, eran fácilmente un millón de adultos los que fueron liberados de Egipto.

Pero cuarenta años más tarde, otro conteo fue hecho. Uno lee sobre ello más adelante en el libro de  Números, a ese punto  solo tres de ese  millón de adultos vivieron para entrar en la Tierra Prometida. Sólo tres de un millón. Con todos los demás habían sido destruidos en el desierto.

Por cierto, si  haces un pequeño cálculo, podrás darte cuenta de que hubo un promedio de más de setenta funerales cada día durante cuarenta años en el desierto. Esas son muchas muertes.  Dios no estaba contento.

Ahora, Pablo nos dice en el versículo 11 en 1ra Corintios capítulo 10, que «estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza, como advertencia para nosotros”. Eso nos dice que es importante que entendamos qué fue lo que pasó  en el desierto. Por qué casi un millón de personas perecieron en el desierto; tenemos que aprender de su ejemplo y ser advertidos sobre la base de lo aprendido.

Así que la pregunta es:

• ¿Qué podemos aprender de su ejemplo?

• ¿Acerca de qué se supone que debamos ser advertidos?

• ¿Con qué cosas no se complace Dios?

• ¿Y por qué nunca entraron a la Tierra Prometida—un millón de adultos, con  excepción de tres?

Y eso plantea la siguiente pregunta:

• ¿Por qué muchos cristianos de hoy vagan por el desierto, dando vueltas en círculos en su vida cristiana, en lugar de disfrutar de la Tierra Prometida, y de la vida abundante que Cristo Jesús vino a darnos?

Pablo lo explica, comenzando en el versículo 6, por qué los israelitas perecieron en el desierto. Si resumes ese versículo él dice que hay dos cosas que ellos hicieron. En primer lugar, dice que codiciaron lo malo que Dios había prohibido.

Leemos en el versículo 6.

“Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para guardarnos de poner nuestro corazón en las cosas malas, como ellos lo hicieron. No sean idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: ‘El Pueblo se sentó a comer y a beber, y se levanto a jugar.’”

Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron—y en un día cayeron veintitrés mil (vv. 6-8).

Ahora bien, Pablo dice que uno de sus problemas era que anhelaban las cosas malas que Dios había prohibido. Ellos siguieron tras los ídolos, y siguieron tras la inmoralidad sexual. Estas son las cosas malas que nunca deberían haber anhelado. Pero tenían otro problema,  este era que ellos anhelaban cosas buenas y legítimas que Dios no les había dado, y luego se quejaban cuando no conseguían lo que querían. Y ese va a ser el foco de nuestra discusión. El versículo 9 nos dice:

“Ni provoquemos al Señor, como algunos de ellos le provocaron—y fueron destruidos por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron—y fueron destruidos por el destructor” (vv. 9-10).

Ahora todos sabemos que no es bueno codiciar las  cosas malas. Pero me pregunto cuán a menudo recordamos que es también algo grave ante los ojos de Dios  pedirle  cosas buenas a Dios que Él ha optado por no darnos, y luego  murmurar, quejarnos,  quejarnos y quejarnos cuando no conseguimos lo que queremos. El pecado que destruyó a los hijos de Israel y los mantuvo fuera de la Tierra Prometida en realidad se reduciría a una misma raíz.  El pecado del descontento.

El descontento—querían algo que Dios no les había dado, que no era el tiempo para Dios dárselo. Insistieron en tener  las cosas que ellos querían, que Dios no les había proporcionado, y las Escrituras dicen que Dios considera esto un pecado muy serio. No murmuréis como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos en el desierto. Y por eso Pablo dice:

“Estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para quienes [el cumplimiento] ha llegado el fin de los siglos» (v. 11).

Y entonces Pablo nos dice de una manera muy práctica a nosotros como creyentes del Nuevo Testamento,

¡Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga! No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; (v.12-13).

Este es un versículo muy común, la mayoría de nosotros estamos familiarizados con él. Pero, ¿te has detenido a darte cuenta del contexto de este versículo?

Se encuentra en el contexto de hablar del pecado de la queja y la murmuración, de reclamar y lloriquear. Pablo dice: » Vas a caer en la tentación de quejarte. Vas a tener la tentación de murmurar. ¡Todos lo hacen!”, Pero.

Dice el versículo 13, “fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla”.

Ahora vamos de nuevo al libro de Éxodo y leemos en Éxodo capítulo 13, el momento donde Dios liberó a todo los hijos de Israel después de 400 años de estar en cautiverio, en la esclavitud, en la servidumbre. Dios los libertó por Su gran poder. Él los rescató y los llevó fuera de Egipto. Los condujo por el desierto. Los llevó a un desierto, y sabemos entonces que Dios guió a los hijos de Israel al mar Rojo.

Y  recuerdas que con el Mar Rojo delante de ellos, cordilleras a ambos lados, y el ejército egipcio respirándole detrás del cuello; y es entonces en Éxodo capítulo 14 que los hijos de Israel se encuentran ahora en un lugar en el que estaban cercados sin esperanza. No había salida, a menos que  Dios  interviniera a su favor. Así que no habían bien salido de Egipto, y ahora en  cuestión de días  llegarían al Mar Rojo. No había manera aparente de escapar, y se llenaron de temor.

Leemos en el capítulo 14 en el versículo 11 que los hijos de Israel dijeron a Moisés:

¿”Acaso no había sepulcros en Egipto para que nos sacaras a morir en el desierto?  ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: «Déjanos, para que sirvamos a los egipcios»? Porque mejor nos hubiera sido servir a los egipcios que morir en el desierto (vv. 11-12).

Ahora bien, si sabes algo acerca de lo que precede a este capítulo, ¿acaso era cierto que los hijos de Israel dijeron a Moisés cuando estaban en Egipto, «Queremos permanecer en Egipto. Nos encanta estar aquí. Nos encanta servir a Faraón. Nos encanta ser sus esclavos»?¡No! Durante años habían gritado por haber sido entregados a la esclavitud, y Dios escuchó sus llantos y los liberó.

Pero ahora, cuando  se enfrentan el reto de salir por primera vez de Egipto. En lugar de clamar al Señor que los había liberado y pedirle al Señor que ahora los librara de nuevo, comienzan a murmurar, a quejarse y reclamar contra Moisés, que era el representante de Dios. «Hubiera sido mejor para nosotros servir a los egipcios que morir en el desierto» (v. 12).

Ahora, ¿cuál fue la respuesta de Dios ante la murmuración y las quejas de los hijos de Israel? Pues el versículo 30 nos dice: «Aquel día salvó el SEÑOR a Israel de mano de los egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar» (v. 30).

Y así llegamos al capítulo siguiente, Éxodo capítulo 15. Encontramos que después de cruzar el Mar Rojo y de haber pasado tres días en el desierto, han tenido una gran fiesta que tuvo lugar después de que atravesaron el Mar Rojo. Ellos están alabando a Dios, algo fácil de hacer cuando acabamos de experimentar el poder de Dios y la liberación.

Ahora han pasado tres días en el desierto, y han llegado a un lugar donde no hay agua.  Es una situación bastante grave para  un millón de adultos y niños, no tener nada que beber. Es obvio que no pueden pasar mucho tiempo en esta situación. Y luego, cuando llegan al agua, en un lugar que llamaron Mara, que significa amargo, porque el agua estaba contaminada, encuentran que era agua amarga que no podían beber.

Entonces, ¿cuál es su respuesta? ¿Cuál crees que sería su respuesta después de haber visto a Dios derrotar al ejército egipcio entero y llevarlos a través del Mar Rojo? Uno pensaría que dirían: «Oh Señor, Tú lo has hecho antes, puedes hacerlo de nuevo. Te alabamos porque sabemos que Tú eres capaz de proveer para nuestras necesidades en esta circunstancia”.

Pero no, esa no es la respuesta. El versículo 24 nos dice, en Éxodo capítulo 15, » Y murmuró el pueblo contra Moisés, diciendo: ¿Qué beberemos?’ Se volvieron a Moisés y le dijeron:» Tú nos metiste en este lío, tienes que sacarnos de esto”. «El versículo 25 nos dice: «Entonces Moisés clamó al SEÑOR, y el SEÑOR le mostró un árbol; y él lo echó en las aguas, y las aguas se volvieron dulces.»

Una vez más, Dios hace un milagro. Él oye sus quejas, Él escucha sus murmuraciones, y como respuesta Dios hace un milagro. Él endulzó las aguas amargas. Y justo después de esto, Él los lleva a un lugar que es un oasis,  Elim. Un lugar donde hay doce fuentes de agua.

Mira, los pozos de agua y  el oasis, estaban justo delante de ellos. Dios tenía en la mente proveerles. Sabía lo que iba a hacer para satisfacer sus necesidades, pero en lugar de confiar en Él, se quejaron, reclamaron, murmuraron. Luego Dios por Su misericordia y por Su gracia realizó un milagro para auxiliarlos en su momento de necesidad.

Bien podrías pensar: «Seguramente habrán aprendido la lección.»  Vamos al capítulo siguiente, Éxodo capítulo 16. Todo esto ocurre a los dos meses de haber salido de Egipto. Luego de los dos meses de haber salido de Egipto, ellos tienen todas estas experiencias de tener que enfrentase  a los obstáculos. Siempre vemos su respuesta. Ahora vienen a un lugar llamado el desierto de Sin. En este desierto pasan por  la experiencia de no tener alimentos. Primero no  tenían agua, ahora no tienen comida. El versículo 2 nos dice:

Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y contra Aarón en el desierto. Y los hijos de Israel les decían: ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del SEÑOR en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud! (vv. 2 – 3).

A veces nuestras emociones algunas veces nos hacen irracionales. Nos hacen creer, pensar y decir cosas que no son realmente ciertas, que sabemos que no son ciertas. En primer lugar, no tenían ningún deseo de morir en Egipto. Sí tenían alimentos para comer en Egipto, pero  eran  esclavos de aquel  que les proveía la comida. Ellos experimentaron grandes dificultades a pesar de que faraón satisfacía su necesidad de alimento. Y en segundo lugar, acusan a Moisés de haberlos sacado al desierto con la intención de matarlos de hambre.  ¿Ves, como  la incredulidad, la murmuración y el descontento nos hacen creer cosas que no son ciertas? Nos hacen acusar falsamente a Dios y a los siervos de Dios cuando nos encontramos con estas circunstancias.

El pasaje continúa diciéndonos que Dios oyó sus murmuraciones, como Dios siempre escucha mis murmuraciones y las tuyas. Cuando nos quejamos, Dios nos oye. Las Escrituras dicen en los versículos 7 y 8 de Éxodo capítulo 16 que sus quejas eran contra Él, contra Dios. Ellos pensaban que estaban murmurando contra Moisés y Aarón, pero Dios dice: «En verdad vuestras murmuraciones son contra mí.”

Entonces, ¿qué hizo Dios esta vez en respuesta a sus murmuraciones? Bueno, la Biblia nos dice que Dios hizo llover maná y codornices. Él realizó otro milagro. Ellos murmuran, y Dios hace un milagro para satisfacer sus necesidades. Dice en el versículo 12,  «Al caer la tarde comeréis carne, y por la mañana os saciaréis de pan; y sabréis que yo soy el SEÑOR vuestro Dios.»

Así que una vez más, Dios aprovechó la oportunidad de su necesidad, su carencia, para revelar Su poder, Su amor, Su bondad y Su grandeza. El propósito de Dios era que Él quería que los hijos de Israel  llegaran a conocerlo. Él quería que ellos supieran como Él era. Para que supieran lo que Él era capaz de hacer. Habían vivido todos esos años en Egipto sin realmente conocer a Dios, y Dios estaba trayendo estas pruebas a sus vidas como lo hace en nuestras vidas porque Él quiere que veamos lo que Él puede hacer cuando no tenemos otros recursos disponibles.

El siguiente capítulo, Éxodo capítulo 17, y ya hemos estado en los capítulos 14,  15, y en el capítulo 16,  ahora llegamos al siguiente capítulo.  Podríamos  pensar: «Seguramente ya habrán aprendido. Han visto mucho de la bondad y el poder de Dios. “Entonces  llegaron a un lugar llamado Refidim, donde una vez más, no había agua.  Podrías pensar que esta vez dirían: «¡Oh Dios! Nos proveíste agua antes, hiciste   las aguas amargas dulces,  nos llevaste a ese oasis,  así que esta vez vamos a confiar en ti. Señor, solo  muéstranos lo que tienes para nosotros. ¿Nos suplirías el agua que necesitamos?» Podrías pensar que es como responderían, ¿verdad?

No esta vez. Una vez más, vemos en  los versículos 2 y 3, » Entonces el pueblo contendió contra Moisés, y dijeron: Danos agua para beber. Casi se pueden escuchar sus voces y sus demandas, como si dijeran: «Hazlo ahora. Hazlo ahora,  danos lo que queremos”.

Y Moisés les dijo: ¿Por qué contendéis conmigo? ¿Por qué tentáis al SEÑOR? Pero el pueblo tuvo sed allí, y murmuró el pueblo contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos has hecho subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?

Esto suena como un disco rayado. Una vez más, el mismo tipo de respuesta. ¿Y cómo responde Dios a sus murmuraciones? Sin embargo, por cuarta vez Dios hace un milagro, de nuevo. En el versículo 6 Dios le dijo a Moisés: “Golpearás la peña, y saldrá agua de ella para que beba el pueblo.»  Entonces, ¿cómo responde Dios a sus murmuraciones? En cada uno de estos cuatro eventos—cuando se encontraban en el Mar Rojo, cuando llegaron a las aguas amargas, cuando no tenían comida, cuando no tenían agua —cada vez que murmuraban, reclamaban, o se quejaban, ¿qué hacía Dios? Él hacía un milagro. Él conoció  sus necesidades. Y Él reveló Su poder.

Estos milagros son signos de la misericordia de Dios y de Su gracia. Y ¿no es así como a menudo Dios hace con nosotros? Frente a una situación difícil, nos quejamos, estamos descontentas con lo que tenemos, queremos algo que no tenemos, y una y otra vez mientras miras atrás ¿puedes recordar los momentos de tu vida en los que Dios vino y se acerco a ti de todas maneras? Cuando Él proveyó tus necesidades. No porque fuéramos agradecidas, no porque expresáramos  fe. Éramos inmaduras, infantiles y exigentes, y dijimos: «Dios, llena mis necesidades ahora.» En algunos casos podemos mirar hacia atrás y ver como Dios tuvo misericordia de nosotras. Él no nos dio lo que merecíamos por nuestras murmuraciones, hizo un milagro. Él proveyó nuestras necesidades.

En la siguiente sesión, vamos a ver que Dios no siempre respondió con milagros. Él quería que sus hijos crecieran y aprendieran cómo responder en fe. Pero en estas primeras etapas de sus experiencias con Dios, Él quería que ellos vieran Su gracia, para que pudieran ver Su poder, y que llegaran a conocerlo.

Padre, ¿cómo agradecerte  que nos trates con misericordia?  Tú no nos das lo que merecemos. Muchas veces cuando  murmuramos, cuando somos incrédulas, cuando nos asaltan las dudas, cuando  te acusamos falsamente a Ti o a Tus siervos, vienes y nos dices: “Voy a satisfacer tus necesidades de todos modos. Voy a suplirte. Voy a hacer un milagro”.

Señor, y al mirar hacia atrás, te doy las gracias por esos momentos en los que nos has  demostrado Tu poder, Tu bondad, Tu amor y Tu gracia. No  lo merecemos Señor, pero estamos muy agradecidas. Te pedimos: ¿»Podrías  enseñarnos a desarrollar un corazón agradecido y cultivar un corazón que se contente con Tu provisión.»? Te lo pedimos en el nombre de Jesús, amén.

Leslie: Es tan fácil dejarse llevar por las quejas, y pretender que no es un pecado. Yo sé que el mensaje de Nancy Leigh DeMoss ha dado convicción a una gran cantidad de oyentes sobre este importante tema. Una forma de evitar quejarse es cultivar una actitud de agradecimiento. Nos gustaría ayudarte a aprender a dar gracias activamente en todo tiempo. Nancy te muestra cómo hacerlo en su libro, Sea Agradecido”.

Nancy, este libro  ha hecho una gran diferencia en las vidas de tantas mujeres.

Nancy: Es realmente alentador Leslie. Escuchamos a una mujer que fue diagnosticada con fibromialgia. Decir:

“Sea Agradecido”  realmente me desafió a tener contentamiento y paz durante esta prueba. Como  dices en el libro,  estoy  mejor de lo que merezco. Yo solía tener una actitud de autocompasión. Me sentía tan frustrada cuando no podía levantarme de la cama porque me dolía mucho el cuerpo. Pero ahora estoy muy agradecida por los días en los que puedo levantarme de la cama. En los días en que no puedo levantarme de la cama,  paso más tiempo con el Señor. Ella dice: Gracias a tu libro, Sea Agradecido, y a esta situación, Dios me ha enseñado mucho sobre mí y sobre mi necesidad de Él.

Ahora tu situación puede ser diferente a la de esta oyente, pero no importa en qué circunstancia o etapa de la vida estés, aprender a mostrar gratitud va a transformar tu vida tal como lo hizo con esta mujer.

Si deseas contribuir con nuestro ministerio y ayudar a otras mujeres como esta, sólo tienes que llamarnos al 1-800-569-5959. Si prefieres hacer una donación en línea, simplemente visítanos en www.AvivaNuestrosCorazones.com.

Leslie: ¿Cómo reacciona Dios cuando Su pueblo se queja? Mañana Nancy te llevará de vuelta al Antiguo Testamento para ver los resultados de las quejas de la gente. Por favor, acompáñanos  de regreso en Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

 

 

Algunas preguntas de la Biblia

Jueves 26 Enero

Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

1 Corintios 15:54-57

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

Algunas preguntas de la Biblia

¡Qué angustia sentimos cuando a uno de nuestros familiares o amigos le sobreviene una enfermedad grave! Empieza un combate de esperanza y miedo. El personal médico se moviliza y el ánimo parece renacer… pero, ¿hay cura? A veces sí, pero otras veces la enfermedad sigue su curso, y al fin llega la muerte… que parece obtener la victoria.

Entonces, ¿dónde está la esperanza con respecto a la muerte? 1 Corintios 15 habla primeramente de la resurrección de Jesucristo, de su victoria sobre la muerte. Luego afirma que todos los creyentes resucitarán con un cuerpo parecido al de Cristo, cuando vuelva por ellos. ¡La resurrección es la victoria, la esperanza! Entonces se cumplirá lo que está escrito en el versículo 54: “Sorbida es la muerte en victoria”.

La muerte alcanza a todos. Ella llena de temor e incertidumbre al que ignora que Jesucristo resucitó. Jesús da la victoria sobre la muerte a todos los que creen en él. Él sufrió en la cruz la condenación que merecíamos debido a nuestros pecados… Resucitó, después de haber sufrido todo el castigo en nuestro lugar. Todos los que creen son, pues, justificados, y todos sus pecados son perdonados.

Después de su muerte, los creyentes gozarán de la vida eterna con su Salvador en el paraíso. Pero para los que rehusaron creer en Cristo, “está establecido… que mueran… y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

1 Samuel 20:24-42 – Mateo 16:13-28 – Salmo 17:6-9 – Proverbios 5:7-14

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