Reyes y Reinas de la Creación

DÍA 10


Salmo 8

Reyes y Reinas de la Creación

Amor Eterno

 

“¡Oh SEÑOR, soberano nuestro, ¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra! ¡Has puesto tu gloria sobre los cielos!” (Salmo 8:1) (NVI)

Hay noches que son más luminosas que otras, cuando la luna está llena y el cielo resplandece de estrellas. ¿Te has deleitado contemplándolo? David lo hizo muchas veces y en una de esas ocasiones compuso este salmo como uno de los más preciosos himnos que glorifican a Dios describiendo su grandeza y majestad.

Pero, ese mismo Señor y dueño de todo el universo es también el Señor de nuestras vidas. Al contemplar la grandeza y las maravillas de la creación, David se mira a sí mismo como hombre y encuentra un gran contraste con la pequeñez del ser humano: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste: Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?

¿Te has hecho la misma pregunta?: “Señor, ¿Quién soy yo para que te fijes en mí? ¿Quién soy yo para que me escuches? ¿Quién soy yo para que me bendigas?” Amada, somos la especial creación de Dios, reflejamos su imagen y fuimos formadas para tener comunión con Él. Dios tuvo un plan creador maravilloso. Si lees el relato de Génesis 1 descubrirás una secuencia a través de los días, cada uno es una preparación para lo que va a ocurrir al día siguiente. Dios crea primero el escenario y luego llega al clímax de la creación al formar al hombre y a la mujer en un acto creativo diferente a todos los anteriores. Hombres y mujeres somos el objeto de su amor. En eso consiste nuestra grandeza.

David lo descubrió en una noche estrellada y prorrumpió en júbilo: “Le has hecho poco menor que los ángeles, Y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; Todo lo pusiste debajo de sus pies: Ovejas, y bueyes, todo ello; Y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos, y los peces de la mar; Todo cuanto pasa por los senderos de la mar. ¡Oh Jehová, Señor nuestro, Cuán grande es tu nombre en toda la tierra!”

En estos días, cuando vuelvas a observar la grandeza de la creación ¡maravíllate! Alaba a Dios por la dignidad que nos ha conferido, piensa en la responsabilidad que nos ha dado de señorear sobre esa creación, en la responsabilidad ecológica que tenemos en nuestras manos de cuidar la naturaleza. Y mírate a ti misma, redescubre tu belleza. ¡Agradécele el privilegio de tener comunión con Él y reflejar su imagen!

Amada, te invito esta noche a contemplar juntas las estrellas.

Oración: Señor, gracias por haber hecho de mí tu especial tesoro. Amén.

De Vergara, P. A., de Vera, A. D., & Harris, K. O. (2012). Isha-Salmos: Una dosis diaria de fe para ti. (P. A. de Vergara, Ed.) (Primera Edición, p. 25). Lima, Perú: Ediciones Verbo Vivo.

La oración de Abraham

Miércoles 28 Agosto

Abraham estaba aún delante del Señor.

Génesis 18:22

Cuando destruyó Dios las ciudades de la llanura (Sodoma y Gomorra), Dios se acordó de Abraham, y envió fuera a Lot de en medio de la destrucción.

Génesis 19:29

La oración de Abraham

Dios anunció a Abraham, el patriarca, una terrible noticia: Sodoma, la ciudad depravada, iba a ser destruida. Abraham vivía en un lugar apartado en la montaña; allí estaba protegido. Pero alguien de su familia vivía en Sodoma: Lot, su sobrino, quien fue a vivir entre hombres corruptos y quien, aunque justo (2 Pedro 2:7), corría el riesgo de ser destruido con ellos.

Entonces Abraham, hombre de fe, suplicó a Dios en favor de la ciudad: “Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también…?” (Génesis 18:24). ¿Y si hubieren 45… o 10?… Con paciencia y bondad, Dios respondió a la intercesión de Abraham, su amigo (Isaías 41:8). Le prometió librar la ciudad si en ella se hallaran 10 justos. Luego el Señor se fue. Vino la noche…

Al día siguiente, Abraham salió de su tienda y miró hacia Sodoma: la ciudad ardía en llamas. Obviamente en ella no se habían hallado diez justos. ¿Fue inútil la oración de Abraham?

No, Dios es un Dios fiel. No pudo perdonar la ciudad, porque estaba completamente corrompida, pero se acordó de Abraham y de su súplica. Con misericordia libró a su sobrino Lot, a su esposa y a sus dos hijas.

A veces pensamos que nuestras oraciones son inútiles, que todo está perdido. Mas contemos con la fidelidad de Dios, él escucha la oración (Salmo 65:2). “Su misericordia es de generación en generación a los que le temen” (Lucas 1:50).

2 Crónicas 13 – 1 Corintios 6 – Salmo 101:5-8 – Proverbios 22:8-9

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Cómo vivir en Babilonia – 1/7

Iglesia Evangélica de la Gracia

El Evangelio según Daniel

Cómo vivir en Babilonia – 1/7

David Barceló

 

David Barceló

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

http://www.porgracia.e

La casa edificada sobre la roca

Agosto 27

La casa edificada sobre la roca

No cayó, porque estaba fundada sobre la roca. (Mateo 7:25)

La casa fundada sobre la roca representa la vida de obediencia espiritual. Es la vida que tiene una perspectiva bíblica de sí mismo y del mundo, como se describe en las Bienaventuranzas de Cristo en el Sermón del Monte. Es la vida que se preocupa más por la justicia interna que por la forma externa. Es una vida de autenticidad y no de hipocresía, y de justicia de Dios en vez de justicia propia.

La casa fundada sobre la roca describe la vida que se deshace del orgullo y de las buenas obras humanas y es humilde y contrita debida a su propio pecado. Tal vida procura, con la ayuda del Espíritu, entrar por la puerta estrecha de la salvación y ser fiel al camino angosto de Cristo y de su Palabra. La vida edificada sobre la roca confía en la voluntad de Dios y espera en su Palabra por encima de todo. ¿Dónde descansa su esperanza y dónde radica su confianza?

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

Usted podrá reproducir este contenido de Gracia a Vosotros sin fines comerciales de acuerdo con la política de Derechos de Autor de Gracia a Vosotros. Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org

15 – «Hasta que el Dinero nos separe» – Testimonio de vida 3/3

Entendiendo los Tiempos

Primera Temporada – Programa 15

“Hasta que el Dinero nos separe”

Testimonio de Vida 3/3

 

 

ENTENDIENDO LOS TIEMPOS

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan  hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

http://www.entendiendolostiempos.org/

El lugar Santo

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

El lugar Santo

R.C.Sproul

Continuamos con nuestro estudio de la Santidad de Dios. Recuerdan que en nuestro primer segmento de esta serie les conté acerca de una experiencia personal que fue un momento crítico en mi vida, allá, en mis tiempos universitarios, donde escuché una clase sobre los escritos de San Agustín.

Mencioné cómo Agustín abrió mi entendimiento a una dimensión completamente nueva del carácter de Dios y que me asombró escuchar cómo Agustín explicó el poder y la majestad y la santidad de Dios. Bueno, el mismo Agustín escribió un pasaje interesante sobre su propia experiencia personal con la presencia de Dios. Esto es lo que dijo: “¿Qué es eso que fulgura a mi vista y hiere mi corazón sin lesionarlo? Me siento horrorizado y enardecido: horrorizado, por la desemejanza con ella; enardecido, por la semejanza con ella.”

Bueno, Agustín tenía una gran habilidad para articular sus más íntimos pensamientos y sentimientos, y aquí él se refiere a la pregunta: “¿Qué es lo que hiere mi corazón sin lastimarlo?” ¿Notan el contraste entre estas imágenes? Algo que lo atraviesa, algo que lo azota, algo que lo golpea con una tremenda fuerza y, aun así, no lo lastima, no lo hiere, no le deja marcas.

Pero cuando Agustín reflexiona sobre esta pregunta, él expresa una actitud de ambivalencia al respecto. Hay algo que le atrae de este tema y que hiere su corazón, pero al mismo tiempo hay algo que lo atemoriza. Él dice: “Al mismo tiempo me siento horrorizado y enardecido”. ¿Qué quiere decir con horrorizado? Que es una experiencia estremecedora, una experiencia que lo hace temblar.

Imaginen el momento de la cruz, están clavando las manos de Jesús y como la vieja canción decimos, “¿Estuviste allí cuando ellos crucificaron a mi Señor?” y el coro continúa diciendo, “Esto me hace temblar, temblar y temblar”. Y el percibir esto es algo con lo que podemos identificarnos, ¿no? Esos son momentos en nuestra propia experiencia cuando contemplamos el misterio de Cristo, la grandeza de Dios, los secretos de las obras y las operaciones del Espíritu Santo que nos produce temblor. Hay algo atemorizante en eso.

A inicios del siglo XX, un teólogo alemán, quién también era un experto en el campo de la sociología y la antropología, escribió un pequeño libro que tuvo un enorme impacto en el pensamiento de su generación. Su nombre era Rudolph Otto. Y su libro, cuando fue publicado originalmente, tenía un título corto y tajante que en alemán era, Das Heilige, que literalmente significa “El Santo”. Cuando fue traducido al inglés, el título en inglés para este libro fue cambiado a “La Idea de lo Santo”.

Ahora, Otto no tenía relación con el cristianismo evangélico conservador tradicional. Él no estuvo simplemente examinando algo acerca de Dios, sino que quizás estaba aún más interesado en la gente. Su análisis era un estudio de cómo los seres humanos reaccionan y responde a lo que ellos consideran como santo.

Esto podría ser los sentimientos y las reacciones de la gente en tribus primitivas a espíritus animistas que los atemorizaban. Esto podría ser una sacerdote en el templo. Podría ser un cristiano en oración. Él habló de cómo la gente responde de forma emocional, intelectual y sicológica a esa sensación de la presencia de lo santo.

Él básicamente dijo que la respuesta humana normal a lo santo es ambivalente. Que lo que es sagrado atrae y repele al mismo tiempo. Que hay algo en lo santo que nos lleva a desear ponernos aún más cerca de ello para descubrir de qué se trata, y todavía hay algo que es, de alguna manera, misterioso, tan diferente que queremos huir de ello.

Otto usó un término técnico para describir esa sensación de lo santo, a la cual él llamó usando la frase en latín, “mysterium Tremendum”, Misterio Tremendo, o el misterio que produce estremecimiento, temblor dentro de nosotros. ¿Te has dado cuenta cómo en nuestros días y en nuestra propia cultura la gente pareciera sentir fascinación por lo oculto? Se llenan los cines para ver películas como El Exorcista.

Hay interés en reportajes acerca de la adoración a Satanás y aún así hay algo horrible en esas cosas que es grotesco y por lo que quisieran huir. Pero no estamos completamente seguros, estamos fascinados. Queremos acercarnos. Y pareciera como que seguiremos todo lo que nos da alguna esperanza de penetrar la barrera de lo secular y de lo profano, algo que abrirá una puerta que nos permita entrar al terreno de lo sobrenatural. Atemoriza y fascina al mismo tiempo.

Recuerdo que cuando era niño acostumbrábamos escuchar la radio. Todavía no había aparecido la televisión. Con lo dicho me estoy avejentando yo mismo. Pero la diferencia entre la radio y la televisión es que estábamos restringidos a seguir nuestros programas favoritos a través de la radio, lo que significaba solo oír la historia.

Escuchábamos el diálogo y las descripciones que nos eran dadas por el narrador. No veíamos nada, excepto el dial de estaciones de nuestra radio de esa época. Y esto permitía que llenáramos el vacío con la imaginación. Visualizaríamos con los ojos de nuestras mentes a Superman o al Llanero Solitario.

De hecho, puedo encontrar ciertas ventajas con esto para desarrollar la creatividad. Fuimos forzados a usar la imaginación. Bueno, hubo diferentes clases de programas, radionovelas durante el día, historias de aventuras durante la noche, historias de héroes del Oeste como Roy Rogers y el Llanero Solitario y muchos más.

Sin embargo, uno de los géneros más populares de los programas de radio en los 40s eran las historias de misterio o las de detectives como cazadores de pandillas o encontrando personas perdidas. La radio tenía un programa que era sumamente tenebroso llamado “Suspenso”. Pero el programa de radio más escalofriante de todos los que yo recuerdo cuando niño era uno que se transmitía de noche.

El sonido de apertura era el ruido del rechinar de un ataúd abriéndose en el cementerio. La puerta de una cripta abriéndose, y nosotros siempre hablábamos de la puerta rechinante. Y ese sonido particular era la apertura de ese programa. Y la puerta rechinaba, y tiritaríamos de miedo como niños pequeños. Luego la voz del narrador anunciaría el programa—“Inner Sanctum”. Así lo decían, “Inner Sanctum”. Y nos quedábamos petrificados.

Y lo que me tiene más fascinado ahora cuando reflexiono en ese tiempo es que cuando era niño no sabía que significaba Inner Sanctum. Ahora sé que las palabras significan “Dentro de lo Santo”. Cuando pienso en eso, creo que es sorprendente que los productores de programas de radio en el mundo del entretenimiento, cuando estaban buscando algo que mantenga a las familias fascinadas y que invoque sentimientos de terror en ellos, ellos no pudieron pensar en nada más misterioso, nada más aterrorizante para el ser humano que estar cerca, tan cerca, que estás virtualmente dentro de lo santo.

Esa es la clase de reacción que Rudolph Otto examinó al mirar a varias civilizaciones y culturas. Y él dijo que cuando estamos hablando de lo santo, estamos hablando de algo que es uno de los asuntos más difíciles en la experiencia humana para definir con precisión y con claridad.

De hecho, Otto dice que con respecto a lo santo, estamos lidiando con lo que él llama un tal “más” una palabra extraña este “más”, ¿no es cierto? Cuando usamos la palabra “más” la usamos en aritmética o en matemáticas. Es una forma que indica algún tipo de adición. Algo que se añade con un “más”. Algo que es extra.

Una de las películas más populares vista en los Estados Unidos tiene, quizás, el título más corto que ha tenido cualquier película. Hubo una película que vi cuando era un niño y se titulaba “Ella” E-L-L-A. Ese es un título bien corto, pero al que me refiero no es siquiera una palabra, sino dos iniciales, E.T. E.T. Todo el país se enamoró con este extraño visitante del espacio exterior. ¿Qué significa E.T.? Extra Terrestre. E.T. es la abreviación que le damos al que es un alienígena, uno que viene de fuera de nuestra experiencia y nuestro ambiente, uno que es diferente, uno que es “extra”, que está aparte, extraño, extranjero.

Uno pensaría que el título E.T. sería más adecuado aplicarlo a Dios, quién está arriba y más lejos que la esfera terrestre, este planeta y ambiente que está compuesto por esta tierra en la que vivimos, en la que Dios es el Supremo Extraño, aquel que está supremamente “extra”.

Y así a lo que Otto estaba llegando es que cuando hablaba acerca de la santidad de Dios como comunicando un cierto “más”, estaba hablando de un sentido en el que Dios está arriba y más allá de todo lo que experimentamos en la tierra.

Podemos haber sido hechos a su imagen. Podemos disfrutar cierta semejanza o similitud con nuestro Hacedor, pero más allá de esa semejanza y más allá de tal similitud existe una enorme diferencia, la disimilitud entre quién es Dios y quiénes somos nosotros.

Una vez más, déjenme volver a la declaración que leí sobre San Agustín cuando él hizo la siguiente pregunta, “¿Qué es eso que fulgura a mi vista y hiere mi corazón sin lesionarlo? Me siento horrorizado y enardecido…horrorizado, por la desemejanza con ella; enardecido, por la semejanza con ella.”

Así Agustín fija esta ambivalencia de la que Rudolf Otto habla. En el hecho de que hay un sentido en el cual nosotros somos como Dios, hechos a Su imagen. Y debido a que somos hechos a su imagen y hechos para su gloria, y hechos originalmente para disfrutar de comunión con Él,.

Agustín, como recordarán, empezó su libro, su famoso libro Confesiones, con una oración en la que dice, “Oh Dios, tú nos has hecho para ti, y nuestros corazones no encontrarán descanso hasta encontrarlo en ti”.

E.T. quería volver a casa y respondemos a eso. Él quería volver a su residencia celestial. Eso lo podemos entender porque hay un sentido, al haber sido diseñados en nuestra propia naturaleza como criaturas hechas a la imagen de Dios, de anhelo por nuestra residencia en su presencia.

Es como si hubiera algún tipo de vacío dentro de nosotros, un abismo que nos obsesiona en la profundidad de nuestras almas hasta que podamos alcanzar y abrazar en una relación armoniosa al Dios que nos hizo. Y, sin embargo, debido a nuestro distanciamiento de Dios y debido a la disimilitud entre quién es Él y lo que somos nosotros, permanecemos temblando cada vez que se entromete en nuestra presencia. Ante tal intrusión, esos momentos preciosos, esos momentos significativos donde sentimos la presencia de Dios están llenos con la ambivalente reacción de atracción y temor.

Permítanme leerles brevemente lo que Otto dice para describir ese terrible misterio. Él dice: “Este sentimiento podría a veces venir como un barrido de una marea suave que impregna la mente con un sentimiento tranquilo de la más profunda adoración. Puede pasar como una actitud más estable y duradera del alma que continúa emocionalmente vibrante y resonante hasta que, finalmente, se disipa y el alma retoma su ánimo profano y no religioso de la experiencia diaria”.

¿Se identifican con esto? Todos hemos tenido esas experiencias de profunda emoción que son electrizantes, pero es inevitable que se disipen, y que retornemos a nuestra profanidad apegada a esta tierra.

Él dice: “Podría estallar en una erupción repentina desde las profundidades del alma con espasmos y convulsiones o llevarnos a la más extraña de las agitaciones o al frenesí intoxicado que lleva al éxtasis. Tiene sus formas salvajes y demoníacas y se hunde en un llanto de horror y estremecimiento.

Este tiene sus antecedentes barbáricos y más tempranas manifestaciones y, una vez más, podría ser desarrollado en algo hermoso, puro y glorioso. Puede convertirse en la humildad silenciosa y temblorosa de una criatura en la presencia de quién o qué, en la presencia de lo que es un misterio indescriptible que está más allá de todas las criaturas”.

Lo que él está describiendo aquí es lo que llamo la experiencia humana de pavor santo, un escalofrío penetrante, la sensación de estremecimiento que asociamos con el estar cerca del Dios viviente. Necesitamos explorar esto y hacerlo profundamente, lo que haremos en los próximos días.

 

CORAM DEO

R.C.Sproul

El pensamiento para hoy del Coram Deo, del vivir delante del rostro de Dios. Quisiera dejarles esta pregunta para que ustedes, espero, se la pregunten a ustedes mismos. ¿Cómo sientes; cómo respondes cuando tienes ese sentido de la presencia de Dios?

Si tú piensas en esos momentos en tu vida en donde has sentido Su Presencia, ¿Deseabas más? ¿o querías menos? ¿Querías ir aún más cerca, o querías< retroceder y retirarte?

¿Te identificas con ese sentido de ambivalencia del que Rudolf Otto habla en su libro? ¿La presencia de Dios te hace brillar o te hace estremecerte, o quizás, como en la mayoría de nosotros, hace ambas cosas? Piensa en eso.

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Tú puedes cultivar el contentamiento en el corazón – 2/5

Aviva Nuestros Corazones

Nancy Leigh DeMoss

Tú puedes cultivar el contentamiento en el corazón – 2/5

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/tu-puedes-cultivar-el-contentamiento-en-el-corazon/

Leslie Basham: Nancy Leigh DeMoss dice que quejarse es una condición grave del corazón.

Nancy Leigh DeMoss: Cuando me quejo, estoy diciendo que rechazo la voluntad de Dios,  la autoridad  de Dios y el derecho de Dios a gobernar mi vida.

Leslie: Esto es Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss, en la voz de Patricia de Saladín.

Si hay algo que conduce a una madre a la locura, es escuchar a sus hijos  quejarse. Es fácil para los adultos decirle a los niños que cultiven el contentamiento,  y luego, empezar a quejarse  ellos mismos.

Este problema nos afecta  casi a todas. Nancy está aquí para ofrecernos  una perspectiva bíblica que nos será de gran utilidad.

Nancy: Estamos examinando la forma como respondemos a los problemas, a los desafíos y decepciones de nuestras vidas y a la forma en que tendemos a murmurar y quejarnos, cuando Dios no hace las cosas como entendemos que creemos que debería hacerlas.

La  última vez que estuvimos  juntas,  revisamos  cuatro ocasiones en la vida del pueblo de Israel, justo después que salieron de Egipto.  Dos meses después de haber sido redimidos de Egipto, vimos cuatro casos en los que se enfrentaron con obstáculos, donde encontraron una situación difícil o imposible.

Después de que los hijos de Israel habían pasado por esas cuatro ocasiones que leemos en el libro del Éxodo, Dios guió los hijos de Israel al Monte Sinaí. Si sabes la historia del Antiguo Testamento, sabrás que se establecieron allí durante once meses. Ahí fue donde Dios les dio la Ley. Pero cuando llegamos al libro de  Números, comenzando en el capítulo 11, nos encontramos con que los hijos de Israel no han sido sanados de la murmuración y de la queja.

Para que no seamos demasiado duras con ellos, ¿Qué tiempo se necesita para curarnos? Justo cuando pensamos que realmente deberíamos tener confianza en la bondad de Dios, cuando debíamos ser capaces de alabarle por  fe, algo más sucede, y nos agarra con la guardia baja, y nos encontramos una vez más quejándonos, murmurando, y dudando de Dios.

En los primeros cuatro casos, Dios ha sido muy misericordioso. En todas las ocasiones realizó un milagro. Vamos a ver, que a partir de Números 11, Dios comienza a responder de manera diferente a sus murmuraciones y a sus quejas. A partir de este momento, casi cada vez que murmuran, Dios enviaba  juicio.

Y dices: «¿Por qué la diferencia? ¿Por qué en los primeros cuatro casos Él hizo un milagro,  como si Él ignorara sus murmuraciones? ¿Y por qué, de repente, a partir de Números capítulo 11, luego de que llegaron al Monte Sinaí…? ¿por qué de repente Dios responde con ira y juicio ante sus murmuraciones?»

Al meditar en estos pasajes, me parece que en esos primeros meses, al salir de Egipto, Dios sabía que eran inmaduros. Dios sabía que en realidad no le conocían, y Dios quería darles la oportunidad de llegar a conocerlo. Ahora habían visto la obra de Dios, habían visto Sus milagros, habían experimentado Su gracia, Su poder, Su bondad y Su amor. Ahora en este punto, ellos sabían más, y eran más responsables.

Quiero decirle estas palabras a aquellas de nosotras que hemos estado caminando con el Señor, tal vez por algunos  años—somos más responsables por lo que hacemos en la medida que conocemos lo que Dios puede hacer, cuando lo vemos actuar a nuestro favor.  Pero ahora verás una respuesta de Dios muy diferente a sus murmuraciones.

Las Escrituras nos dicen en Números capítulo 11, que «el pueblo se quejó.» En este caso, no nos dice de qué se quejó, y es casi como si no importara. Siempre podemos encontrar algo de qué quejarnos. No da ninguna razón.

Al parecer enfrentaban algún tipo de dificultad.  Y a pesar de que no nos señalan ninguna razón para esa murmuración, hay una vívida descripción de la respuesta de Dios a sus quejas. Las Escrituras dicen:

Aconteció que el pueblo se quejó a oídos de Jehová; y lo oyó Jehová, y ardió su ira, y se encendió en ellos fuego de Jehová, y consumió uno de los extremos del campamento.  Y llamó a aquel lugar Tabera, porque el fuego de Jehová se encendió en ellos. (vv. 1, 3 RV)

Esa palabra, Tabera, significa «quemar». Dios envió una plaga.  Puedes imaginarte a los hijos de Israel—que de alguna manera se habían acostumbrado a murmurar, y se habían acostumbrado a que Dios viera sus murmuraciones—y ¡de repente! Hay una plaga, hay fuego,  hay llamas.

Uno se pregunta si estarían pensando: “¿Qué tiene  Él? ¿Qué provocó a Dios?” Dios había oído sus murmuraciones todo el tiempo, pero ahora Dios está diciendo: «Mira, sabes mucho. Has estado a mí alrededor lo suficiente.  Has visto mis obras.  Has visto mi gracia. Quiero que sepas que tomo en serio tus murmuraciones. »

Números capítulo 11, continuando en este pasaje, comenzando con el versículo 4, dice que había una multitud mixta entre los israelitas. Estos eran extranjeros, no-israelitas que salieron de Egipto junto con los Israelitas en el éxodo, y comenzaron a anhelar otros alimentos. Algunas de sus traducciones dicen que eran el «populacho».

Ellos eran quejosos, de esos que siempre hay en algunos grupos, en cualquier iglesia y en cualquier familia. A menudo hay un quejón, alguna llorona y observa cómo infectan a todos los demás a su alrededor. Cuando esta multitud mixta comenzó a exigir otro tipo de alimentos, afectó—e  infectó— a todos los demás.

Y la Palabra dice que, de nuevo, los israelitas comenzaron a lamentarse, y dijeron: “¡Si al menos tuviéramos carne para comer! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de forma gratuita.” ¿Quién les estaba cobrando ahora? No era como que ahora  tuvieran  que pagar por la comida.

Están comparando su situación actual con la que tenían en Egipto. «Recordamos los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y el ajo.» Eso no suena muy apetitoso para mí, y puede que para ti tampoco. Pero estaban recordando los alimentos exóticos que habían tenido en Egipto, y dijeron: “y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos” (vv. 4-6).

Tenían comida, pero se aburrían con el tipo de comida que tenían. «Queremos variedad, queremos especias, queremos algo diferente.» El pasaje continúa  diciéndonos que el Señor se enojó mucho, y Moisés también estaba disgustado y le dijo a Dios: «No puedo yo solo soportar a todo este pueblo.»  ¡Dios, tienes que hacer algo! Y Dios de hecho lo hizo; Él hizo algo.

En el versículo 18, Moisés dijo a los hijos de Israel (estamos en Números capítulo 11),

El Señor les escuchó cuando se lamentaron: «¡Si sólo tuviéramos carne para comer! ¡Estábamos mejor en Egipto!»  Ahora el Señor les dará carne, y se la comerán. No la van a comer por un día, dos días, cinco, diez o veinte días, sino durante un mes entero —hasta que les salga por las narices y la detesten— porque  han rechazado [algunas traducciones dicen que  «han despreciado»] al Señor, que está entre vosotros, y se han lamentado ante Él diciendo: “¿Por qué salimos de Egipto?”(vv. 18-20).

El pasaje continúa diciéndonos que Dios envió codornices en abundancia, más codornices que las que podían manejar, pero escucha esta descripción, comenzando en el versículo 33 —es muy gráfica.

Mientras la carne estaba todavía entre sus dientes y antes de que pudiera ser consumida [antes siquiera de que hubieran tragado una mordida] la ira del Señor se encendió contra el pueblo, y los hirió con una plaga muy grande. Por lo tanto, el lugar fue llamado Kibrot-hataava (vv. 33-34).

Ahora bien, quizás el nombre no significa nada para ti, pero es una frase hebrea que significa literalmente «tumbas del deseo.» Terminaron muriendo y siendo enterrados, algunos de ellos, debido a su codicia, debido a sus exigencias de que Dios cumpliera sus deseos.  

«Allí sepultaron a la gente que había anhelado otros alimentos» dice el versículo 34.

Siguiendo adelante, hayamos  otro caso en Números capítulo 14, y vemos de nuevo un patrón muy similar. Ahora llegamos a un lugar llamado Cades-barnea, y se enfrentan con un reto imposible. Los espías han sido enviados a verificar la salida de la tierra de Canaán, y de los doce que entraron, diez regresaron y dijeron: «No podemos hacerle frente a esto. Hay gigantes en la tierra. Esto es demasiado difícil para nosotros.”

Las Escrituras dicen en el capítulo 14 versículo 1,

Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos! ¿Y por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada? «(Vv. 1-3).

¿Te suena familiar? Es solo la estrofa siguiente, de la misma canción.

Nuestras mujeres y nuestros niños sean por presa. . .  Y se dijeron unos a otros: «Designemos un capitán, y volvámonos a Egipto.» (v. 3).

Treinta y ocho años más tarde, Moisés estaba revisando el incidente con los hijos de Israel, con estos quejosos, mirando hacia atrás.  Y así fue que comentó sobre esta situación. Él dijo, «Y murmurasteis en vuestras tiendas, diciendo: «Porque el SEÑOR nos aborrece, nos ha sacado de la tierra de Egipto para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos» ( Dt. 1:27).

¿Ves cómo atacaron el carácter de Dios? Ellos dijeron: «¡Dios nos odia! Y es por eso que Él nos ha hecho esto a nosotros.» ¿Puedes imaginarte llegar a un punto en nuestras vidas donde fijemos la vista en un Dios que nos ha mostrado misericordia increíble, amor, bondad, lo miremos a la cara y le digamos: «Tú nos odias. Es por eso que nos has ocasionado esto”.

Pero ¿no es eso lo que el enemigo nos lleva a hacer, a dudar del amor y de la bondad de Dios? El Señor le dijo a Moisés (¿cómo responde Dios a esto?).

El Señor le dijo a Moisés: «¿Hasta cuándo me desdeñará este pueblo? ¿Y hasta cuándo no creerán en mí a pesar de todas las señales que he hecho en medio de ellos? Los heriré con pestilencia y los destruiré.” (Num 14:11-12).

A medida que leemos, encontramos que Moisés intercedió por ellos y Dios perdonó a los hijos de Israel, pero habría algunas consecuencias bastante graves. El pasaje continúa—y todavía estamos en Números capítulo 14—Dios dice:

¿Hasta cuándo tendré que sobrellevar a esta congregación malvada que murmura contra mí? He oído las quejas de los hijos de Israel, que murmuran contra mí. Diles: Vivo yo—declara el SEÑOR—que tal como habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros (vv. 27-28).

¿Qué habían dicho ellos? «¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá hubiéramos muerto en este desierto!» Y dijo Dios: «¿Quieres morir? Te voy a dar lo que has pedido. Así dice Dios,

En este desierto caerán vuestros cuerpos —cada uno de ustedes de veinte años de edad o más que se contó en el censo y que ha murmurado contra mí. Ninguno de ustedes va a entrar en la tierra. . .  Sus cuerpos caerán en este desierto. Tus hijos serán pastores aquí por cuarenta años, sufriendo por su infidelidad (vv. 29, 32-33).

En algunas  traducciones la palabra infidelidad se traduce como «tus fornicaciones.» Así de serio tomó Dios esto.

Sus hijos van a sufrir por su [adulterio espiritual] por su infidelidad, hasta que el último de sus cuerpos sea encontrado en el desierto. . . Ustedes van a sufrir por sus pecados, y sabrán lo que se siente  tenerme en su contra.

Ciertamente esto haré a toda esta perversa congregación que se ha juntado contra mí. En este desierto serán destruidos, y aquí morirán (vv. 33-35). 

Así vemos, que la raíz del pecado que causó consecuencias increíbles en los hijos de Israel fue el pecado del descontento. . . descontento con Dios, con Su presencia, con Su provisión, y con Su plan.

Quiero que veamos algunas de las características de un corazón descontento o insatisfecho, porque hemos visto que el apóstol Pablo dijo: «Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros.» Fueron escritas para advertirnos. «No murmures», dice Pablo en 1 a los  Corintios capítulo 10  “como algunos de ellos murmuraron y perecieron en el desierto» (v. 10).

¿Cuáles son algunas de las características del descontento? En primer lugar, quiero que veas que el descontento es una condición del corazón. Es un asunto del corazón. Ahí es donde comienza. No empieza al ser expresado verbalmente—comienza con un corazón internamente descontento con Dios. Es la actitud de un corazón insatisfecho con lo que Dios ha provisto.

Dios ha suplido nuestras necesidades, pero dentro de cada uno de nosotros, hay una parte que dice: «Yo quiero más.» Hay un anhelo de más, el anhelo por lo que Dios no ha provisto. Dios proveyó maná y los hijos de Israel, dijeron: «Queremos más variedad en nuestro menú.»

Cuando Dios provee, la inclinación de nuestro corazón, es decir, «Dame más.» Es natural a nuestra carne. Frecuentemente, nuestro descontento se centra en lo  temporal y no en lo eterno. Mira las cosas por las cuales los hijos de Israel murmuraron. Tenían que ver con el agua, con la comida, con los egipcios.

Eran  visibles, reales. Ellos perdieron de vista las realidades invisibles y eternas.  Tenían sus ojos puestos en lo que podían ver, lo que podían tocar, y estaban siempre anhelando  más de lo temporal, pero perdieron la perspectiva de lo eterno.

¿Qué es eterno?  El carácter de Dios, el corazón de Dios, la bondad de Dios, el plan de Dios,  pero es verdad que en este mundo en el que vivimos,  tiende a enfocarse en la ropa, en lo  temporal, en la provisión física. En el tipo de casa en que vivimos, en el trabajo que tenemos, en las personas que nos rodean.

Nos fijamos y obsesionamos con las cosas que podemos ver. Cuando hacemos eso, cuando nos estamos enfocando en las realidades visibles y temporales, perdemos de vista las grandes realidades eternas. Perdemos la perspectiva.

Pero el descontento generalmente implica comparación. Nos comparamos con la manera en que solíamos ser. Nos acordamos de cómo era Egipto. Teníamos todos aquellos alimentos estupendos para comer. Se habían olvidado de que habían sido siervos miserables de Faraón, esclavos de Faraón  todos esos años.

Pero se acordaron de las pocas cosas buenas acerca de la manera en que solían ser, y  compararon. Nos comparamos con la manera en que les va a otros, las cosas que otros tienen que nosotros no tenemos—las experiencias que otros son capaces de disfrutar que no llegamos a experimentar.

Todo este pecado del descontento en mi propia vida, me resulta  muy fácil alimentarlo por cosas como catálogos, centros comerciales. . . Estoy satisfecha con lo que tengo. Estoy contenta con la ropa que tengo. Tengo algo que ponerme todos los días. Solo en Estados Unidos  podemos  ir a un armario lleno y desbordado y decir: » No tengo nada que ponerme».

Mientras me quede en mi casa y en mi pequeño círculo, me conformo con lo que tengo, hasta que entro en una tienda por departamentos, y empiezo a ver todas las cosas nuevas que no sabía yo que no  tenía, que  no sabía que necesitaba hasta que las vi anunciadas.

Somos alimentados por la publicidad, la televisión, otras personas pasan a ser nuestro estándar de lo que necesitamos. Creemos que lo que tenemos está bien, pensamos que el coche que conducimos está bien, creemos que el trabajo que tenemos está muy bien, hasta que nos fijamos en lo que otras personas tienen, y empezamos a comparar. El corazón descontento duda de la bondad de Dios,  pone en duda el amor de Dios, duda de Sus promesas, duda de Su poder y el corazón descontento duda que la presencia de Dios sea suficiente para mí. Cuando tenemos un corazón descontento, nos encontramos como los hijos de Israel: empezando a creer las mentiras acerca de Dios. Empezamos a creer cosas que no son ciertas acerca de Dios, y sabemos que no son ciertas.

Porque el descontento también nos hace irracionales. No nos deja pensar con claridad, y nosotros hacemos también lo que los hijos de Israel  hicieron. Leemos en Deuteronomio capítulo 1 que los hijos de Israel, dijeron: «Dios nos odia. Él nos quiere destruir”.

¿Puedes  imaginar  que seamos capaces de mirar a los ojos de nuestro amoroso Padre celestial para decirle, «Yo sé que no me quieres de verdad. Sé que me odias.  Sé que  me quieres destruir?» Nunca podrías decir esas palabras en voz alta, pero ¿alguna vez has tenido la tentación de sentirte de esa manera, como cuando te encuentras en una situación imposible, sintiendo que Dios no te ama, que Dios te odia?

Así que nos encontramos a nosotras mismos creyendo cosas acerca de Dios, y tal vez incluso en última instancia, diciendo cosas acerca de Dios que no son ciertas. Cuando tenemos un corazón insatisfecho, nos olvidamos de la provisión anterior de Dios. Nos olvidamos de lo que Él ha hecho. Es por eso que es tan importante,  lo he podido ver en mi propia vida, el mantener un registro de las bondades de Dios, para anotarlas con regularidad: «¿Qué ha hecho Dios por mí?»

En el último par de años, he estado más o menos regularmente llevando un diario de agradecimiento, de gratitud  y hago  el ejercicio—no lo hago cada mañana—pero muchas mañanas comienzan con sólo anotar cinco cosas por las que estoy agradecida.

No todas son cosas grandes o inmensas.  Agradezco a Dios por mi salvación y por algunas otras cosas realmente increíbles; le doy gracias a Dios cuando sale el sol de la mañana porque que es un recordatorio de su fidelidad, y de que Él cumple Sus promesas.

Le doy gracias a Dios que tengo que comer hoy. Le doy gracias a Dios por una almohada, por una cama, por mantas cuando hace frío, por el calor en el invierno, o por el aire acondicionado en el verano.

Entonces, cuando me siento tentada a murmurar,  a pensar que no tengo lo que necesito, puedo volver atrás y revisar este registro de la provisión anterior de Dios. Pero cuando tenemos un corazón insatisfecho, estamos tentadas a olvidar lo que Dios ha hecho en el pasado.

Cuando tenemos un corazón insatisfecho, dudamos que Dios proveerá en el futuro. Dudamos de que Él proveerá lo que necesitamos en el camino. Cuando tenemos un corazón descontento, rechazamos lo que Dios está ofreciéndonos ahora mismo—Su provisión actual.

Eso fue lo que los hijos de Israel le dijeron a Dios: «¡Nosotros detestamos este miserable alimento!» Olvidaron  cómo Él les había provisto en el pasado,  pusieron en duda que Él les proveería en el futuro, y  dijeron: «En cuanto a lo que tenemos ahora, lo detestamos. No nos gusta. Nosotros no lo queremos”.

Cuando tenemos un corazón insatisfecho, no somos capaces de ver los propósitos de Dios, y no somos capaces de aceptar los designios de Dios,  de ver  que Dios tiene un plan en el que Él está trabajando, que Él está cumpliendo. Él está queriendo mostrarnos Su grandeza, Su poder, Su misericordia y Su amor. Él está queriendo conformarnos y moldearnos. Él está queriendo hacernos verdaderos creyentes. Él está queriendo edificar nuestra fe, pero cuando tenemos un corazón insatisfecho, rechazamos los propósitos de Dios. Decimos, en efecto, «No me importa cuál es Su plan. Yo quiero lo que quiero y lo quiero ahora.» Cuando tenemos un corazón insatisfecho, nos encontramos invariablemente siendo conducidos a otros pecados. No se limita al corazón.

Terminamos expresando nuestro descontento por medio de la murmuración, verbalizamos nuestro descontento, expresándolo a Dios y a los demás. Y tal vez no somos tan rápidas en expresárselo a Dios como lo somos en expresárselo a  los demás. Así que nos encontramos a nosotras mismas expresando nuestros lamentos a los demás—y es increíble todas los motivos que podemos encontrar para quejarnos.

Ya hablaremos en las próximas sesiones sobre algunas de las cosas por las que nos quejamos. El pecado del descontento en última instancia conduce al pecado de la murmuración, a expresar nuestro descontento con Dios. El pecado de descontento va mano a mano con otro pecado muy grave. Y ese pecado es el pecado de rebelión.

En Deuteronomio, Moisés le dice a los hijos de Israel, como se reflejó en esos años la murmuración, él les dice, «se rebelaron contra Dios.» Cuando me quejo, estoy diciendo: «Yo rechazo las elecciones de Dios, la autoridad de Dios y el derecho de  Dios a gobernar  mi vida. No quiero Su plan para mi vida. Me rebelo contra esto”.

Pero esa es una batalla que no podemos ganar. Dios hará Su voluntad en nuestras vidas, pero podemos ir pateando y gritando, o podemos ir en  sumisión,  entrega y  fe.

Leslie: Es tan fácil caer en la queja, pero como Nancy Leigh DeMoss nos ha estado mostrando,  no tienes que dejarte controlar por el descontento. ¿Quieres explorar con Nancy. . . escudriñar con ella en la Biblia sobre el tema de la gratitud? Obtén una copia de su libro Sea Agradecido: Tu camino al gozo. Explora este tema con Nancy, y reemplaza las actitudes del descontento. Nancy, es alentador saber cuántas mujeres se han visto profundamente afectadas por este libro.

Nancy: Sí, Leslie, ha sido una alegría increíble ver como Dios ha usado las sencillas verdades de este libro para impactar las vidas de las personas de maneras realmente transformadoras. Una mujer de Wisconsin escribió después que su pequeño grupo en la iglesia comenzó a estudiar “Sea Agradecido”. Ella dijo: «Nunca pensé que era una ingrata hasta que empecé a leer este libro.» Y entonces  dijo, «Sonó en mi vida como un violín. Diagnosticar el problema es la mitad de la solución. Muchas gracias por este libro.»

“Sea Agradecido” no solo diagnostica el problema,  muestra cómo caminar agradecidos día por día, sin importar la temporada o las circunstancias difíciles que puedan ser parte de tu vida en este momento.

Quiero aprovechar esta oportunidad para dar las más  sinceras «gracias» a todos nuestros amigos, que hacen posible este ministerio con sus oraciones y su fiel apoyo financiero. Dios está usando su inversión para hacer una diferencia eterna en la vida de muchos. Muchas gracias.

Leslie: Puedes donar cualquier cantidad a Aviva Nuestros Corazones llamando al 1-800-569-5959, o has tu donación en www.AvivaNuestrosCorazones.com, o simplemente visítanos para que te beneficies de los recursos que allí podrás encontrar.

¿Cuáles son las causas del descontento? Mañana le echaremos un vistazo. Por favor, acompáñanos en  Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

 

Dios, una Persona

Viernes 27 Enero

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

Juan 17:3

Dios, una Persona

¿Considera usted a Dios como un poder, una influencia, un inmenso conjunto o el universo mismo? El Dios del cristiano, aquel que se ha dado a conocer en su Palabra, la Biblia, es una persona. Una persona es un ser consciente, que piensa, siente y tiene proyectos, es alguien que obra y tiene relaciones activas con los demás. Uno puede hablar con una persona y obtener respuestas de ella. Puede conocerla. En este sentido, la Biblia nos revela claramente a Dios como una persona.

Dios piensa: “Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Señor, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11).

Dios obra: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1); la Biblia está llena de sus hechos a favor de su criatura.

Dios tiene sentimientos: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Dios comunica: “En una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende” (Job 33:14). “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:1-2).

Vale la pena, incluso es imprescindible, conocer a esta Persona. No se contente con lo que le digan acerca de Dios. Búsquelo, él se revelará a usted porque quiere adoptarlo como su hijo. “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:18).

1 Samuel 21 – Mateo 17 – Salmo 17:10-15 – Proverbios 5:15-20

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

El sólido cimiento

Gracia a Vosotros

John MacArthur

Agosto 26

El sólido cimiento

Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. (Mateo 7:24)

El prudente edificará su vida sobre la roca. La roca a la que Jesús se refiere en el versículo de hoy es la Palabra de Dios, la Biblia. El edificar sobre la roca es por tanto equivalente a oír y obedecer las palabras de Cristo, y para nosotros eso significa vivir según la Biblia.

Después que Pedro confesó “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, nuestro Señor le dijo: “…no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mt. 16:16-18). La palabra de Jesús para “roca” en este versículo es la misma que empleó en Mateo 7:24. Es la base de la revelación de Dios, su Palabra. La roca del sólido cimiento es la dirección segura y divina que Pedro recibió, y es el único fundamento sobre el cual puede descansar la verdadera vida cristiana.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com
la verdad para hoy

Usted podrá reproducir este contenido de Gracia a Vosotros sin fines comerciales de acuerdo con la política de Derechos de Autor de Gracia a Vosotros. Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org

La Distinción de Dios

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

La Distinción de Dios

R.C.Sproul

Algunas veces pienso que nos parece que nada cambia. Sentimos cómo que estamos estancados en nuestra cotidianidad y que nuestras vidas solo repiten lo mismo una y otra vez. Pero esa no es la realidad. La realidad es que cambiamos, y que cambiamos cada día de nuestras vidas, pero muchos de esos cambios que ocurren son superficiales – ganamos algo de peso; lo perdemos y cosas como esas. Los cambios en nuestra personalidad, en la dirección de nuestras vidas son, en su mayor parte, graduales y casi imperceptibles.

Pero creo que todos nosotros hemos experimentado momentos de crisis en la vida que han alterado radicalmente la dirección de nuestras personalidades o nuestras carreras. Si piensas en el pasado de tu vida, serás capaz de identificar, estoy seguro, un puñado de experiencias críticas, momentos críticos que han cambiado para siempre el curso de tu vida.

Cuando pienso en mi propia vida, siempre regreso al momento en el año 1958 que tuvo lugar al final del invierno durante mis años en la universidad. Estaba recostado en mi cama una noche cerca de la medianoche, mi cuerpo estaba cansado, tuve un día largo, pero no podía quedarme dormido. Recuerdo estar volteando mi cabeza de un lado al otro de la almohada, tratando de encontrar la manera en que podría ser capaz de caer en un sueño pacífico, pero no podía conseguirlo. Mi mente estaba acelerada. Y yo tenía esa abrumadora urgencia de salir de la cama y dejar el edificio donde me estaba alojando.

Así que saqué mis piernas de la cama, me cambié de ropa y salí en medio de la noche, y era una noche bastante fría. Lo recuerdo vívidamente. Había nevado el día entero hasta la noche, pero ahora, cerca de la medianoche, los cielos se habían aclarado. Había luna llena. Las estrellas se veían brillar en los cielos, y fue uno de esos momentos increíbles en un ambiente rural campestre después de una nevazón fresca, donde la noche está callada y hay ese hermoso manto de nieve sobre los campos y sobre las copas de los árboles.

Empecé a caminar por las calles de ese pequeño campus universitario en New Wilmington, Pensilvania. No había nadie más afuera. Había ese silencio penetrante. Y yo estaba solo con mis pensamientos. Podía oír el hielo quebrándose con mis pisadas mientras caminaba por la calle. Me estaba dirigiendo a la capilla de la Universidad.

Ahora, si lo puedes visualizar, la capilla de la universidad estaba al lado del edificio administrativo de la Universidad. Se le llamaba Old Main. Este edificio tenía una inmensa torre y allí había un reloj como el Big Ben de Londres. Y cada quince minutos las campanas del reloj resonaban claramente a lo largo de toda la plaza central del campus.

Y mientras estaba caminando hacia la capilla estaba todo muy silencioso, y era casi la medianoche cuando pude oír los engranajes del mecanismo de cambio del reloj y los oí rechinar antes que las campanas suenen a la medianoche. Y luego de las campanadas vino el sonido de la hora. Y tenía siempre la costumbre… Yo podía oír esas horas siendo anunciadas por las campanas aun desde muy lejos mientras estaba… reposando en mi cama y llegaba a escuchar las campanas y contarlas cada hora para asegurar que tenía la hora precisa.
Pero esa noche eso pasó exactamente a la medianoche mientras me acercaba a la puerta de la capilla. Y conté los golpes de las campanas hasta el número 12.

Luego abrí la puerta principal de la capilla que tenía un inmenso arco de roble que daba a una mini catedral gótica, o algo así. Y mientras caminaba por esa puerta oyendo cada sonido que la puerta hace al abrirse, una puerta que rechinaba, me entró un temor. Porque normalmente cuando uno camina a la capilla, uno va entrando con varios miles de estudiantes al mismo tiempo todos apretados, y todos esos sonidos son amortiguados por el ruido de pisadas, ropas y gente conversando. Pero esa noche, cada sonido individual era acentuado por el silencio. Y caminé hacia adentro y la puerta se cerró tras mí, y fui arrojado a una oscuridad total.

Tuve que detenerme en el vestíbulo de la capilla hasta que mis ojos se ajustaron a la oscuridad, porque la única luz era la luz de la luna que se filtraba a través de los vitrales de las ventanas. Esperé unos momentos y entonces empecé a caminar hacia el centro de la capilla; ¿Alguna vez has estado de noche en una iglesia que está adornada con ventanas de vitrales?

Durante el día, cada una de esas ventanas actúa de forma similar a un prisma. Y la iluminación y refulgencia de la luz que viene de afuera… las ventanas de vitrales producen un espectáculo de belleza sin igual, pero de noche, cuando la luz casi no existe, lo que resalta al estar parado, sin tener luz, son los marcos de metal que separan los paneles en la ventana. Eso es lo que recuerdo cuando entré caminando allí. Era atemorizante.

Con sumo cuidado fui hasta el centro del pasillo y mis pisadas sonaban como las botas militares de los soldados alemanes marchando en calles de piedras. Podía oír como resonaban en toda la capilla. Cuando finalmente alcancé el frente de la capilla, había una alfombra en la escalera antes del altar. Me arrodillé en ese lugar y la primera sensación que tuve fue la de una tremenda soledad. Sentí que estaba completamente solo. Y entonces, en un instante, fui sobrecogido por el sentimiento de otra presencia. Casi la podía tocar. Era como si pudiera alcanzar y tocar esa inmensa presencia de Dios. Y no dije nada más. Yo no oré, ni en voz alta ni en silencio.

Solo estaba arrodillado allí, más o menos disfrutando esa sensación de estar en la presencia de Dios. Y luego tuve un conflicto interno con dos emociones que parecían colisionar en mi corazón. Por un lado estaba un miedo terrible. Tuve la sensación, ese escalofrío que empieza en la base de mi columna y que va corriendo hasta mis dedos; se me puso la piel de gallina. Estaba claramente atemorizado por ese sentimiento de la presencia de Dios; pero, al mismo tiempo, me sentía atraído a deleitarme, a disfrutar el momento, mientras sentía un irresistible bálsamo de paz en mi alma. Y esta fue una de esas experiencias que deseaba que continuaran para siempre. No quería ni moverme. Solo quería permanecer allí, en quietud y en éxtasis pacífico.

Ahora, la razón por la que fui allí, la razón por la que caminé en esa noche helada con la nieve a lo largo de las calles, viendo los témpanos que se formaron en los bordes de los edificios mientras caminaba por la calle, casi como gárgolas de la naturaleza que me añadían algo más de terror. La razón por la que hice esa mini peregrinación era por lo que había pasado esa tarde en el salón de clases. Yo había sido cristiano por un poco más de un año, y mi conversión a Cristo era hasta esa noche, obviamente, el punto más dramático de mi vida. Me había enamorado de Jesús, y mi vida dio un vuelco por completo. Mis amigos pensaban que había perdido la razón. Ellos no podían superar esa transformación y la preocupación por aquello que marcó mi personalidad.

Yo estaba obsesionado con aprender la Biblia en ese primer año. De hecho, en mi primer semestre como alumno nuevo, saqué una A en gimnasia y una A en Biblia. Todo lo demás puras Ds porque no me interesaba aprender más que las Escrituras. Yo pasaba todo el tiempo devorando la Biblia.

Y estaba tomando materias que eran requeridas en el primer año, Introducción al Antiguo Testamento en el primer semestre e Introducción al Nuevo Testamento en el segundo semestre. Y me había propuesto que el profesor no fuera capaz de preguntar algo en el examen que yo no pudiera responder. Y él daba esos largos exámenes de desarrollo– Con quién se casó ese tío y de quién era abuela y cosas como esas… y era casi un juego para mí. Yo quería dominar cada uno de los detalles de la Escritura porque era lo único que me importaba. Hice mi especialidad en Biblia.

Ahora, para el segundo año yo todavía estaba finalizando materias requeridas que necesitaba para graduarme. Y una de esas fue Introducción a la Filosofía. Y la odiaba. Pensaba que era la pérdida de tiempo más grande del mundo que había experimentado hasta ese entonces en mi entrenamiento académico. Y lo que solía hacer en la clase de filosofía era sentarme en la última fila donde al profesor le cueste darse cuenta que estoy allí, y levantaría mi libro de texto al frente mío y ocultaría con el libro grande una versión de letra chica de los últimos sermones de Billy Graham, porque todo lo que quería era leer acerca de religión y oír todo lo que se pueda del cristianismo. Me importaba muy poco Kant, Hume y Locke. Todos esos filósofos sonaban aburridos a mis oídos.

Pero ese día, el profesor estaba hablando de San Agustín. Estaba enseñando acerca del entendimiento de Agustín de la creación del universo. Leyó porciones de las obras de San Agustín. Y casi en contra de mi voluntad, aunque trataba de no escuchar, no pude evitar el oír lo que ese hombre decía; Y así, lenta y de mala gana, dejé el sermón de Billy Graham a un lado y empecé a prestar atención a las enseñanzas de San Agustín. Y Agustín estaba hablando acerca del poder trascendente de Dios por el cual Él podía traer un completo universo a existencia, solo por la pura fuerza de su mandato.

Él estaba describiendo lo que Agustín había llamado el Imperativo Divino, o el Decreto Divino, el poderoso mandamiento por el cual Dios podía decir simplemente, “Sea la Luz” y fue la luz. Y mientras yo escuchaba eso, tuve una repentina epifanía de la grandeza de la distinción de la majestad de Dios, que no me había dado cuenta aun durante mi primer año de absorción de mi interés en estudiar las Escrituras. Y lo que pasó fue casi como una segunda experiencia de conversión para mí.

Había pasado por esa conversión a Cristo. Me había enamorado de Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, pero en esta ocasión, escuchando esta exposición del Génesis de uno de las mentes más grandes de la historia de la iglesia, San Agustín, de repente tuve un completo y nuevo entendimiento del carácter de Dios, el padre. Y cuando digo un nuevo entendimiento, quiero decir un entendimiento diferente. Nunca más pude mirar a Dios como un tipo de Santa Claus celestial, un ujier cósmico que está de turno para responder cada una de mis peticiones y mandamientos. Nunca más pude pensar en la fe como algo que empieza y termina en mi experiencia.

Ahora mi atención no estaba en aquel que fue salvado; llámese, mí mismo, sino en Aquel que descendió del Cielo para encontrarme, para redimirme, para perdonarme, y reclamar mi vida para Él. Y empecé a tener este nuevo entendimiento del Dios con el que debía tratar. Y recuerdo que cuando terminó la clase yo estaba petrificado.

No le dije nada al profesor; no le dije nada a mis amigos en la clase. Salí del aula, no con un espíritu de entusiasmo, sino con sobriedad, casi de reserva. Acababa de rendir algo en mi alma. Y bajé por las escaleras luego que salí del salón. Fui a la oficina del Secretario Académico, fui allá, y cambié mi especialidad de Biblia a Filosofía.

Ahora, cuando hice eso, algunos de mis amigos pensaron que había tenido una crisis de fe y que la había perdido. Ellos decían, “¿estás queriendo decir que ya no vas a estudiar la Biblia?” Les dije, “Oh no, yo voy tomar cada materia que pueda de Biblia. No he cambiado mi posición con respecto a las Escrituras en lo absoluto”. Ellos dijeron, “Pero, ¿por qué te quieres involucrar en el estudio de la filosofía?” Les dije que era porque quería leer los escritos de hombres como Agustín y otros que, en lo humanamente posible, han penetrado en la profundidad del entendimiento acerca del carácter y la naturaleza de Dios.

Ese Dios de quién yo he recibido un atisbo hoy, a quien he conocido con mayor profundidad. Tengo que conocer más de Aquel que confiere, que revela y que manifiesta tal grandeza y excelencia magnífica. Y por esa razón cambié mi especialidad, no porque estuviera interesado en filosofía especulativa, sino porque quería tener las herramientas con el fin de ir lo más profundo posible que pudiera en la búsqueda de mi alma por Dios.

Puedes ver que lo que experimenté esa tarde no me dejó dormir. No era suficiente con solo pensar en eso. No era suficiente con solo estudiarlo. No quería simplemente un entendimiento abstracto de ideas. Lo que ahora quería más que nada era encontrarme a solas con Dios. Y cuando fui a la cama esa noche, antes de acostarme, me arrodillé y lo busqué allí al lado de mi cama, pero eso no era suficiente.

Ahora sé que Dios no está confinado a las cuatro paredes de una iglesia, pero hay algo en un santuario que lo hace tierra santa. Hay algo en la puerta principal de una iglesia que marca el umbral de lo profano a lo sagrado, de lo secular a lo santo. Aun en Israel, en el Tabernáculo y el Templo, hubo un lugar entre el santuario que era llamado el Lugar Santo, y aun el Lugar Santo estaba separado por ese velo gigante que daba al lugar más santo que era llamado Sanctus Sanctorum—el Lugar Santísimo, donde solo el Sumo Sacerdote podía entrar, y solo después de realizar rituales elaborados, de limpieza ceremonial y solo una vez al año. Yo estaba buscando un lugar como ese. Y esa es la razón por la cual me levanté de la cama. Y esa es la razón por la que tuve que caminar con frío y por la nieve para llegar a la capilla.

Una vez más, no era porque creía que era el único lugar en donde Dios estaba presente, sino que, de algún modo, allí podía encontrar refugio, amparo, un santuario donde pudiera estar quieto y conocer que Él es Dios. Y no fui decepcionado. Esa experiencia privada y personal que tuve en esa capilla fue una experiencia transformadora en mi vida.

Y fue el inicio de una búsqueda de toda la vida por la santidad de Dios. Y lo que vamos a hacer en este programa en los días que siguen, Dios mediante, es explorar ese tema que no solo es vital para mi vida, sino que es central en la revelación bíblica del carácter de Dios, y que es absolutamente crucial que cada cristiano lo investigue para su crecimiento personal, reflexionando, buscando un entendimiento de lo que las Escrituras quieren decir cuando declaran que Dios es Santo.

CORAM DEO

R.C.Sproul

Es mi deseo que en cada uno de estos programas tengas un breve tiempo para reflexionar al final y buscar las posibles aplicaciones personales y prácticas del material que hemos cubierto. Voy a llamar a esas viñetas de comentarios de cierre, nuestros segmentos “Coram Deo” tomado del eslogan que fue central para la Reforma del siglo XVI donde hombres como Martín Lutero y Juan Calvino entendieron que la búsqueda de la vida cristiana era vivir Coram Deo, que significa simplemente vivir ‘delante del rostro de Dios’. Para entender que toda nuestra vida debe vivirse con la conciencia de que estamos viviendo en Su Presencia y que estamos viviendo bajo Su autoridad, y que estamos para vivirla para su gloria.

En los días siguientes estaremos buscando algunos recordatorios de las formas en que podemos aplicar lo que hemos aprendido en nuestra búsqueda de vivir nuestras vidas Coram Deo, delante del rostro de Dios.

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