Domingo 20 Agosto Envió desde lo alto; me tomó, me sacó de las muchas aguas. Me libró de mi poderoso enemigo, y de los que me aborrecían; pues eran más fuertes que yo. Me asaltaron en el día de mi quebranto, mas Jehová fue mi apoyo. Salmo 18:16-18 Resurrección y victoria Este salmo presenta al Señor Jesús bajo las profundas aguas del sufrimiento y la muerte en el Calvario, rodeado de enemigos que no conocían la razón de su sumisión que lo llevó a tal muerte. Por lo tanto, mientras se unían para burlarse de él y despreciarlo, ellos no tuvieron en cuenta el maravilloso sacrificio que él estaba realizando en ese mismo momento.
Ese día, Satanás y los hombres unieron cruelmente todas sus fuerzas en oposición a él. Y más que eso, Dios, en su absoluta justicia, lo desamparó para que sufriera en solitaria agonía, cargando sobre él el pecado y la culpa de los pecados de muchos. Pero, al mismo tiempo, el corazón del Padre se deleitó en este sacrificio perfecto, amándolo por poner su vida.
Cuando todo se cumplió, el enemigo se regocijó en su victoria, y los hombres sellaron la tumba para que su victoria fuera lo más segura posible. Pero se habían olvidado de Dios. Cristo fue crucificado en debilidad (2 Co. 13:4), y sus enemigos, en su orgullo carnal, pensaron que habían triunfado. Pero Dios intervino desde arriba: lo “sacó de las muchas aguas” y lo “libró” de su “poderoso enemigo”. Entonces el poder del hombre se convirtió en una evidente debilidad. Los soldados de la tumba estaban aterrorizados y sin fuerzas. Al conocer esta noticia, los gobernantes se escandalizaron y se asustaron; recurrieron a burdas mentiras para protegerse. Dios resucitó a su Hijo de entre los muertos. ¡El Varón de dolores ahora era el Vencedor! No queda duda: toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Si los enemigos tiemblan, los creyentes se alegran y rinden sincera adoración al Padre y al Hijo.
10 características de un líder humilde MOSES Y. LEE
Las historias recientes de pastores famosos y líderes de adoración apostatando me han hecho pensar en la idea del liderazgo cristiano. Si los líderes caen en desgracia a regañadientes debido a un fracaso moral o renuncian públicamente a su fe en Instagram para ser más “auténticos”, una cosa está clara: la humildad no es un factor contribuyente.
Aunque no me considero un líder humilde —puedo ser descarado y cabezota (tanto en sentido literal como figurado)—, por la gracia de Dios he sido bendecido al servir con muchos líderes humildes. He visto muchos más desde la distancia.
En lo que he observado, he podido notar 10 rasgos comunes de los líderes que demuestran humildad, en contraste con aquellos que demuestran orgullo. Al proteger nuestros corazones de los engaños penetrantes del orgullo y, especialmente los líderes, de las tentaciones tóxicas del poder, es bueno reflexionar sobre cuáles de estos rasgos marcan nuestras propias vidas.
Líderes humildes vs. líderes arrogantes Los líderes humildes tienden a compartir sus recursos, tengan poco o mucho. Los líderes arrogantes tienden a atesorar sus recursos, y están dispuestos a compartir solo si obtienen algo a cambio. Los líderes humildes tienden a construir puentes, y se niegan a demonizar o descuidar a los demás. Los líderes arrogantes tienden a trabajar solos, y se niegan a asociarse con otros, especialmente aquellos que tienen puntos de vista diferentes. Los líderes humildes tienden a ignorar los chismes, pues son lo suficientemente sabios como para saber que siempre hay otro lado de la historia. Los líderes arrogantes tienden a difundir y oír chismes, siempre queriendo escuchar lo peor de los demás para sentirse mejor. Los líderes humildes tienden a ser hacedores de reyes, sin exigir ser ellos los reyes. Los líderes arrogantes tienden a buscar atención, y prefieren quemar puentes o llegar con armas de fuego si no se salen con la suya. Los líderes humildes tienden a celebrar los logros de los demás y no los suyos. Los líderes arrogantes tienden a ignorar los logros de otras personas si no beneficia su agenda. Los líderes humildes tienden a dar el beneficio de la duda, pues saben que nadie está siempre en su mejor momento. Los líderes arrogantes tienden a asumir lo peor, y son incapaces de ver las vigas en sus propios ojos. Los líderes humildes tienden a apreciar los matices, ya que saben que se han equivocado muchas veces antes. Los líderes arrogantes tienden a ver todo extremadamente blanco y negro, y están poco dispuestos a considerar puntos de vista contrarios. Los líderes humildes tienden a ser empáticos, y a menudo priorizan a las personas sobre las ideas. Los líderes arrogantes tienden a ser rígidos, incapaces de recibir críticas constructivas. Los líderes humildes tienden a aceptar la rendición de cuentas, porque saben cuánto la necesitan. Los líderes arrogantes tienden a rechazar la rendición de cuentas, y la consideran una molestia o una pérdida de tiempo. Los líderes humildes tienden a reconocer sus errores, ya que saben que están lejos de ser perfectos. Los líderes arrogantes tienden a culpar a los demás por sus defectos o fracasos, y no están dispuestos a reconocer sus propias tendencias pecaminosas. Cristo, el líder perfecto Jesús no es solo un modelo a seguir y admirar; Él es la imagen a la que nos estamos conformando.
Quizá esta lista te abruma. ¿Cómo llegaré a ser un líder humilde?, te preguntas. Pero la belleza del evangelio es que, en Jesús, ya tenemos el modelo perfecto de liderazgo humilde. Y no es solo un modelo a seguir y admirar; Él es la imagen a la que nos estamos conformando por el poder del Espíritu Santo en nosotros.
Jesús muestra que el liderazgo humilde comienza en la cruz: “Quien quiera ser grande entre ustedes debe ser su servidor, y quien sea el primero entre ustedes debe ser su siervo. Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:26-28). El líder-siervo que se inclina para lavar los pies de los infieles (Jn. 13:1-17) pone de cabeza la idea que el mundo tiene del liderazgo. Él nos muestra el camino hacia arriba (Lc. 22:26), y que el postrero será el primero (Mt. 20:16). En su reino, la ambición egoísta conduce a la muerte, mientras que servir a los demás hasta el punto de la muerte conduce a la vida (Fil. 2:2-9).
Incluso para los cristianos, que tienen el modelo perfecto de humildad en Jesús, ese tipo de liderazgo sigue siendo una lucha. Esto es un testimonio a la incansable atracción del orgullo en nuestros corazones. Por supuesto, el mundo del posicionamiento en las redes sociales, la construcción de plataformas, y la obsesión con las celebridades no ayuda. Pero pocas cosas confunden más al mundo y endurecen los corazones hacia el evangelio que seguidores de Jesús que secuestran Su nombre para promocionarse ellos mismos. ¿Por qué nosotros, que llevamos el nombre del hombre más humilde de la historia, seríamos tan pomposos? Eso es confuso y da tristeza.
La necesidad de un liderazgo humilde, el de cristianos que realmente se parecen a Cristo en la forma en que viven y lideran, es urgente. Que podamos controlarnos con sobriedad y volver a comprometernos humildemente por Su causa, para nuestro testimonio y Su gloria.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición. Imagen: Lightstock. Moses Y. Lee (MDiv, ThM) es un plantador de iglesias que vive y sirve en la “DC Metro Area” de los Estados Unidos.
Sábado 19 Agosto Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad. Santiago 2:12 Libertad cristiana (3) La verdadera libertad cristiana no es una licencia para hacer lo que se me antoje. Hemos visto que está ligada al deseo de vivir para Cristo y para los demás. ¡La hallo y la poseo cuando estoy ocupado con Cristo!
En el versículo de hoy, Santiago habla de “la ley de la libertad”. Al utilizar la palabra ley busca indicar que se trata de “la fuerza que controla” o “el principio de acción”. La ley (dada por Moisés) exigía a los judíos que amaran al prójimo, pero no les daba la fuerza, y los condenaba si no lo hacían. Pero bajo la gracia se nos da la fuerza para amar al prójimo. Los verbos “hablad” y “haced” se refieren a nuestras palabras y acciones, a lo que decimos y a cómo caminamos: ¡ambas cosas deben ir a la par! Cuando no es así, estamos infringiendo la ley de la libertad y se dará cuenta de esta falta en el tribunal de Cristo (1 Co. 3:14-15; 2 Co. 5:9, 10). En Romanos 14:10-13, Pablo establece un paralelismo entre el tribunal de Cristo y la ley de la libertad, ¡con ello busca motivarnos y recordarnos que la ley de la libertad debe regir nuestras vidas!
Pero, ¿qué impide que esta libertad se vea en nuestras propias vidas y en nuestras asambleas locales? Santiago asocia la ley de la libertad con la Palabra de Dios (Stg. 1:21-27). Para poner en práctica la Palabra, debemos atesorarla en nuestro corazón para que nos sirva de guía en todos los aspectos o detalles de nuestra vida. Debe ser nuestra estándar; es un instrumento eficaz para evitar que nos dejemos influir por el mundo que nos rodea. Al descuidar la Palabra de Dios, permitimos que el mundo dicte nuestros pensamientos y nuestra conducta. ¡Seremos verdaderamente libres si miramos a la perfecta ley de la libertad y perseveramos en ella, no siendo “oidores olvidadizos” sino “hacedores” de la palabra!
Cuando nos preguntan cómo nos va con el orgullo muchos tenemos una reacción inmediata: “¿Orgulloso, yo? No creo”. Así nos convencemos de que no somos orgullosos. Pero, ¿qué es el orgullo, cómo nos afecta, y cómo el evangelio nos libra de él?
Cuando somos orgullosos tenemos un concepto de nosotros mismos más alto del que debemos tener. Dejamos de escuchar las necesidades de otros y minimizamos sus aportaciones. Desarrollamos autoaprobación para aferrarnos a una postura, incluso a una equivocada. También solemos ser hirientes, amenazadores, o hacemos que los errores de otros se vean exagerados y sin solución. Somos orgullosos cuando cerramos nuestros oídos a las correcciones e incluso vemos como amenazas las sugerencias más simples y honestas.
El evangelio hace que los muertos vivan y que los orgullosos nos rindamos en humildad
El orgullo produce una vida pendiente de las apariencias. Nos susurra que debemos controlar lo que otros piensan de nosotros y crear una imagen sin debilidad o necesidad. Ser una persona orgullosa es tener una actitud ególatra.
El orgullo debilita y rompe nuestras relaciones personales. Esto se debe a que el orgullo nos induce a buscar satisfacción en nosotros mismos, pues creemos que tenemos mayor conocimiento y habilidades.
Examinando el orgullo en nosotros “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno”, Romanos 12:3 (RV60, cursiva añadida).
La frase alto concepto de sí, implica un pensamiento arrogante que sobreestima el “yo”. El orgullo nos convence de creer la mentira: “yo soy mejor”. Para examinar el orgullo que hay en ti, pregúntate lo siguiente:
1) ¿Busco siempre tener la razón por encima de otros?
2) ¿Cuido y me preocupo por mantener una reputación ante otros?
3) ¿Mis conversaciones se concentran o terminan por señalar los errores de otros?
4) Cuando soy cuestionado, ¿argumento como si fuera criticado?
5) ¿Produzco escenarios para ser reconocido porque siento que merezco aprobación?
6) ¿Me siento vulnerable frente a otros y prefiero alejarme de ellos?
7) ¿Culpo a otros para evitar responsabilidades?
8) ¿Señalo a otros para evitar reconocer que estoy equivocado?
9) ¿Busco ser competitivo incluso en los momentos sencillos y de diversión?
10) ¿Descalifico a todo el que me rodea?
11) En una conversación, ¿quiero tener la última palabra?
12) ¿Para cada indicación tengo una respuesta o un desafío?
Nuestra lucha contra el orgullo comienza a dar fruto cuando reconocemos que necesitamos la gracia de Dios en Cristo
No importa cuántas de tus respuestas sean afirmativas, el orgullo está presente en nuestra vida por nuestra naturaleza. Eso indica nuestra necesidad de Cristo y de un cambio radical por medio del evangelio. El evangelio hace que los muertos vivan y que los orgullosos nos rindamos. Nuestra lucha contra el orgullo comienza a dar fruto cuando reconocemos que necesitamos toda la gracia de Dios en Cristo.
Un contraste con la humildad Antes de hablar de cómo el evangelio nos ayuda en nuestra lucha contra el orgullo, veamos una comparación entre el orgulloso y el humilde:
1) El orgulloso impone sus razonamientos mientras el humilde renuncia a la imposición, busca reconciliación, y cede su lugar a otros por medio de la paz y el amor de Cristo.
2) El orgulloso no considera a otros, los ve con menosprecio. En cambio, el humilde siempre considera primero a los otros, los estima siempre como superiores a sí mismo, y les sirve sin importar si son personas difíciles.
3) El orgulloso está cegado por sus propios intereses y siempre se da la razón. El humilde encuentra en la misericordia de Dios el impulso para ayudar, escuchar, y amar a otros. El humilde se considera un servidor, no un héroe.
4) El orgulloso es ambicioso y egoísta, esto produce pleitos y divisiones debido a su aspiración de reconocimiento y admiración. Cuando no logra tener lo que quiere, busca culpables y se aísla. El humilde sabe quién es a la luz de la persona de Cristo y está satisfecho con eso, entiende sus limitaciones y pide ayuda.
5) El orgulloso no aprecia la gracia porque esta desafía sus supuestos méritos, y él piensa que lo hace ver como inútil. El humilde vive agradecido por la gracia y sabe que necesita más para vivir diariamente.
El humilde sabe quién es a la luz de la persona de Cristo y está satisfecho con eso, entiende sus limitaciones y pide ayuda
En Filipenses 2:1-4, vemos a Cristo como el mayor ejemplo de humildad. Este pasaje demuestra que el orgullo sencillamente no existe en Él. Cristo se describe como “manso y humilde de corazón” (Mt. 11:29). Él no toma ejemplo de otro para ser humilde. Él es el autor y consumador de la humildad. Para quienes luchamos contra el orgullo, esto es esperanzador.
Luchemos a la luz del evangelio El evangelio nos muestra la realidad de que necesitamos depender de Cristo. Vivir a la luz de esta verdad destruye el orgullo y edifica la humildad en nosotros. La Biblia revela que Cristo nos libró de la necesidad de tener la razón y pelear por ella; ahora podemos tener deleite en que Él es la verdad y siempre tiene la razón. El evangelio nos libra de “ser fuertes” según nuestro criterio para reconocer nuestra debilidad e identificar nuestra fuerza en Cristo (2 Co. 12:10).
Nuestra batalla contra el orgullo no terminará cuando dejes de leer estas líneas, pero algo sí sabemos: Cristo, siendo en forma de Dios, se humilló para ser como nosotros y así nos libró del pecado para formar en nosotros su carácter (Ro. 8:29). Él sigue salvando orgullosos. ¡Humillémonos ante su gloria y demos testimonio de su humillación que trajo salvación!
Alex Díaz es el pastor Titular de Iglesia Central, la cual está plantando en Cuernavaca, México. Es consejero y maestro de Biblia, y está cursando una Maestría en Divinidad con énfasis en misiones y evangelismo en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado desde hace 19 años con Ana Laura Sánchez, y tiene dos hijos adolescentes, Fernando y Elías. Síguelo en Twitter.
Viernes 18 Agosto Sus nobles no pusieron su cerviz a la obra del Señor. Nehemías 3:5 VM Entusiasmo a medias en el servicio La obra de Dios se realiza en este mundo, y en el cielo se lleva un registro de los que toman parte en ella, qué es lo que hacen, cómo lo hacen y por qué lo hacen. Esta es una consideración solemne y alentadora a la vez. En la antigüedad, los ojos de Dios miraban a sus siervos y observaban cómo contribuían a su obra, y nos ha dado todos los detalles de ello. Los tecoítas repararon la muralla, pero lo hicieron con el corazón dividido: “Sus nobles no pusieron su cerviz a la obra del Señor”. Estos hombres eran los líderes del pueblo, y si los líderes eran tibios, el pueblo también lo sería; y la vergüenza que se extrae de su actitud ha quedado registrada en la Palabra de Dios hasta nuestros días.
Salum, hijo de Halohes, era diferente (v. 12). Su entusiasmo por la obra era tal que fue un modelo para sus hijas y ellas ayudaron en la edificación del muro. Y este hombre no era cualquiera, pues se nos dice que era gobernador de un importante distrito de Jerusalén. Debido a la posición tan honorable de su padre en la ciudad, las hijas de Salum podrían haber pensado que su responsabilidad era mantener la dignidad de la casa y no ensuciarse las manos trabajando. Pero no, su ambición era participar en la obra del Señor, y la dignidad de su casa no se resintió por ello, pues está escrito que Salum reparó “con sus hijas”.
Eventualmente, el pueblo terminó la obra, pero no con sus propias fuerzas, sino que el “Dios del cielo” los hizo prosperar (Neh. 2:20). Confiaron en él y no los defraudó. Tampoco nos defraudará si, impulsados por el amor de Cristo, nos ponemos a trabajar en su obra. Pero hagámoslo con temor a él, pues todo lo que hacemos quedará registrado allí arriba, junto con la razón y el propósito de nuestras acciones. “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará” (1 Co. 3:13).
Si Jesús dijo que el que bebiera del agua que Él daría no tendría sed (Juan 4:14),
¿Por qué será que hay tantos cristianos aún sedientos, buscando en cisternas rotas? Si Jesús dijo que Él vino para que tengamos vida en abundancia (Juan 10:10),
¿Por qué tantos de los que van a las iglesias viven aún como los que están muertos espiritualmente, es decir, siguiendo la corriente del mundo? (Efesios 2:2) Si Pablo afirma que los que hemos muerto al pecado, no podemos vivir aún en él. (Romanos 6:2)
¿Por qué afirman ciertos predicadores que hay cristianos que pueden vivir continuamente como inconversos y aún así ser salvos? La Biblia dice que el que ha nacido de Dios no practica el pecado (I Juan 5:18), entonces
¿Por qué hay tantos cristianos que aún viven esclavizados al pecado ? La respuesta a todas estas preguntas es: por causa de la predicación de la errónea doctrina del «cristiano carnal».
Tal condición hace pensar a muchos que son salvos aunque aún no han experimentado el cambio de corazón que hace el Espíritu Santo, no tienen fe verdadera y por lo tanto no han tenido un arrepentimiento verdadero tampoco.
Se les anima a pensar a estas personas y hasta confesar que sí son salvos y que nadie puede cuestionarles su salvación. Esta perniciosa doctrina es la culpable de que las iglesias estén mezcladas, con una gran cantidad de impíos que pasan por cristianos y a los verdaderos creyentes sufriendo las consecuencias, siendo tratados como los «muy fanáticos», los «santurrones», los «intolerantes», etc, etc.
Por muchos años yo viví engañándome a mí mismo y engañando a otros, pensando que era cristiano, pero no lo era, así habría seguido para siempre, hasta recibir la condenación del Juicio, si no fuera por la Gracia Soberana de Dios que actuó para darme vida en Cristo, abriendo mis ojos y mis oídos y regocijarme en Su Verdad. No es mi afán atormentar a nadie con dudas, pero preferiría hacerlo un poco para provocar un auto-examen, que dejar que las almas vivan una falsa seguridad y en el día final escuchan las espantosas palabras «Nunca os conocí, apartaos de mí»
Jueves 17 Agosto Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. Juan 11:3-5 Confiar en Jesús ¡Qué confianza en el Señor mostraron María y su hermana Marta cuando enviaron un mensaje para informarle que su hermano Lázaro estaba enfermo! Apelaron a su tierno corazón. Sabían que Jesús los amaba, y mencionaron a Lázaro por una necesidad particular. Tenían plena confianza en que Jesús podía ayudarles. Muchas veces en el pasado habían sido testigos del poder milagroso del Señor, quien nunca había rechazado a nadie. Todos los que acudían a él recibían ayuda, a menudo más allá de las esperadas. Esto es lo que leemos Marcos 7:37: “En gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar”. ¿Se negaría ahora el Señor a responder a su clamor?
Todos podemos identificarnos con María y Marta. No hay hogar, ni familia, donde la enfermedad y el miedo a la muerte no hayan aparecido inoportunamente. A veces nos sentimos totalmente desesperados. Las enfermedades prolongadas de las esposas, los padres o los hijos, agotan nuestras fuerzas, nos privan del sueño y nos dejan completamente exhaustos. A veces nuestra paciencia llega a su límite, y sentimos que nadie nos entiende ni se preocupa por nosotros, o eso parece.
Jesús conocía la ansiedad de las dos hermanas y simpatiza con ellas. También sabía que esta enfermedad era “para la gloria de Dios”, y por eso esperó a que llegara el momento perfecto en los planes de Dios. ¡Qué confianza y paz sentimos al ver cómo se desarrolla esta escena! También nosotros podemos confiar plenamente en Aquel que “hace todo bien”. Él atrae nuestros corazones al suyo para que cada uno de nosotros esté convencido de que nos ama tanto como amó a Marta, María y Lázaro.
Introducción Hoy hablaremos acerca del liderazgo de la iglesia y, específicamente, acerca de la interacción entre el liderazgo y la congregación. Recordarás que hace unas semanas consideramos los oficios bíblicos de los ancianos y los diáconos. En esa clase, el énfasis recaía en la manera en la que Dios nos ha instruido acerca de la organización en la iglesia para su gloria y por nuestro bien. En contraste, la clase de hoy del tema del liderazgo aborda el lado personal del liderazgo de la iglesia. Concretamente, lo que nosotros, como miembros de la iglesia, podemos hacer para promover la unidad a través de nuestra sumisión y respaldo fiel para con el liderazgo. Mientras que al mismo tiempo hacemos nuestro trabajo como congregación para proteger a la iglesia de errores doctrinales graves.
Permíteme comenzar esta clase con la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos nosotros, como miembros de la iglesia, relacionarnos con nuestros ancianos en formas que promuevan la unidad y glorifiquen a Dios?
Hebreos 13:17 nos dice: «Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso». Estas son palabras fuertes: «obedeced», «sujetaos», especialmente en la cultura igualitaria e individualista de hoy.
Pero estas palabras no están allí solo para mantener el orden. Leemos que la sumisión en la iglesia es para nuestro provecho. A través de la sumisión podemos dar ejemplo de la humildad piadosa que debería caracterizarnos. Por medio de la sumisión mantenemos la unidad en medio de los desacuerdos, demostrando que nuestro llamado en Cristo es más importante que los choques de opinión. Finalmente, nuestra confianza o seguridad en quienes nos lideran es mucho más que una simple confianza en el hombre, porque hasta los mejores hombres caen. En cambio, se trata de una confianza en Cristo, que da líderes a su iglesia y trabaja a través de ellos para bendecirnos.
¿Quiere esto decir que debemos decir «sí» a todo? No, de hecho, en el Nuevo Testamento los miembros de la congregación, y no sus líderes, son los responsables de toda enseñanza antibíblica que se filtra en la iglesia. No, en el Nuevo Testamento, en realidad son los miembros de las congregaciones y no solo sus líderes quienes rinden cuentas por la enseñanza no bíblica en la iglesia. Confiar en el liderazgo no significa que debemos considerar las opiniones de nuestros ancianos como verdaderas sin vacilar. Como lo expresó un escritor: «La libertad cristiana se corrompe cuando los laicos se enamoran cada vez más de los decretos de los ancianos y de los mandamientos de los hombres» (Roger Beardmore, ed., Shepherding God’s Flock (Pastoreando el rebaño de Dios) (Harrisonburg, Va: Sprinkle Publications, n.d.) 105-6.).
Empezaremos considerando lo que podemos hacer positivamente para alentar el liderazgo de nuestra iglesia. Haciéndoles trabajar con alegría como leímos en Hebreos 13. Luego dedicaremos el resto de la clase a examinar cómo deberíamos responder cuando discrepamos con el liderazgo de nuestra iglesia. Así que, ¡comencemos!
Haz que los líderes trabajen con alegría y sin quejarse Una de las mejores cosas que podemos hacer para promover la unidad en nuestra iglesia es ayudar a nuestros líderes a ver su trabajo como un deleite dado por Dios. Por supuesto, esto se complica por el hecho de que tanto nosotros como ellos, somos pecadores. Al reconocer todo eso, nuestro llamado en la Escritura como vimos hace unos minutos es: «Obedecerles para que trabajen con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso».
Nunca deberíamos subestimar la conexión entre la actitud de una congregación y la capacidad de sus líderes. Muchas situaciones infelices se resolverían si las congregaciones vieran a sus líderes como compañeros en el gran llamado de la iglesia para reflejar la gloria de Cristo y no como adversarios que vencer. Los líderes son seres humanos, que luchan con la indecisión. Pueden encontrar que las decisiones que deben tomar exceden su sabiduría y experiencia. Pueden luchar con la inseguridad. Pueden ser lastimados y desanimados en su trabajo por la ignorancia o la insensibilidad de los miembros de la iglesia. A menudo, suponemos implícitamente que nuestros líderes deben ser perfectos. Por lo que, cuando vemos señales de su imperfección, ya sea pecado, decisiones cuestionables o características irritantes, sentimos que podemos ridiculizar su liderazgo.
Recuerda que nosotros somos el objeto de la supervisión cuidadosa de los líderes. «Ellos velan por nuestras almas» (Hebreos13:17). Dios valora nuestras almas. Por tanto, él escoge líderes para advertirnos de los peligros espirituales. Así que, ¿cómo podemos ayudarles a cumplir con su labor? Aquí tienes algunas ideas. Como referencia, éstas están basadas en el libro de Wayne Mack y David Swavely llamado Life in the Father’s House: A Member’s Guide to the Local Church (La vida en casa del Padre: La guía de un miembro para la iglesia local).
A. Cree en Jesucristo y camina en obediencia El primer punto es obvio, pero siempre vale la pena mencionarlo. Podemos alentar a nuestros líderes creyendo en el evangelio y caminando en obediencia a la Palabra de Dios. Piensa en la declaración de 3 Juan 4: «No tengo yo mayor gozo que éste, el oír que mis hijos andan en la verdad».
Da gozo ver la mano de Dios obrar en los miembros para conformarlos cada vez más a la imagen de Cristo. Da gozo ver al pueblo de Dios usar sus dones para la edificación del cuerpo. Da gozo ver a los miembros compartir el amor de Cristo entre sí. Da gozo ver a los santos perseverar en la fe en tiempos difíciles.
Por supuesto, ¿cómo podrán los líderes de la iglesia sentirse alentados por nuestro deleite y crecimiento en Cristo si no lo manifestamos? ¡Deja que los ancianos sepan lo que Cristo está haciendo en tu vida! Y cuando te pregunten cómo estás, diles. Lo que Cristo está haciendo en tu vida, y la forma en la que necesitas oración y consejo.
B. Cultiva y preserva la unidad en el cuerpo Pablo escribió acerca de esto a los filipenses cuando dijo: «Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa» (Filipenses 2:1-2). Cuando los ancianos buscan candidatos para el diaconado, buscan a alguien que tenga un efecto «amortiguador» y esclarecedor en situaciones susceptibles. Y eso no es algo solo para los diáconos; es algo a lo que todos estamos llamados a hacer. Después de todo, como escribió Santiago: «Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz» (Santiago 3:18). Esa clase de congregación es de gran estimulo para sus líderes.
Ahora bien, ¿cómo podemos promover la unidad actuando como «amortiguadores»? De esto se ha tratado todo este seminario, por lo que algunas de estas sugerencias sonarán familiares. Pero es bueno refrescar nuestras mentes con estas cosas.
Primero, trata a los demás con amor. Recuerda lo que Pedro escribe: «Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados» (1 Pedro 4:8). Segundo, y en ese mismo sentido, recuerda en medio del desacuerdo que aunque nuestras opiniones son temporales, las personas con quienes discrepamos son eternas. En medio de una discusión, ten cuidado de no tentar a un hermano o hermana a pecar enojado o con resentimiento. Tercero, anima a otros a confiar en los líderes. Sí, los líderes no son perfectos. Pero aun así deberíamos inclinarnos hacia la confianza y no hacia el cinismo. Cuando alguien se nos acerca con una preocupación por la decisión de un líder de la iglesia, y nosotros sabemos el motivo de esa decisión, podemos explicarlo. Si no lo sabemos, o si una mejor explicación no alivia su inquietud, deberíamos sugerirle rotundamente que hable directamente con ese líder de la iglesia en vez de hacer que las cosas se agraven. C. Ora por los líderes de la iglesia En 2 Corintios 1:10-11, Pablo escribe: «En quien Cristo esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte; cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a nosotros por medio de muchos». Este pasaje nos recuerda dos razones por las que debemos orar regularmente por los líderes de la iglesia. En primer lugar, ellos han recibido un deber formidable: actuar en su humanidad para pastorear una congregación de personas pecaminosas. Pero además, debemos orar por los líderes de la iglesia para que podamos regocijarnos y agradecer a Dios cuando nuestras oraciones sean contestadas. Entonces estaremos asombrados por su poder y experimentaremos la alegría que es nuestra en Cristo.
D. Expresa tu amor por ellos. Más adelante en 2 Corintios, Pablo describe cómo esto lo hizo sentir. Dice: «Porque de cierto, cuando vinimos a Macedonia, ningún reposo tuvo nuestro cuerpo, sino que en todo fuimos atribulados; de fuera, conflictos; de dentro temores. Pero Dios, que consuela a los humildes, nos consoló con la venida de Tito; y no sólo con su venida, sino también con la consolación con que él había sido consolado en cuanto a vosotros, haciéndonos saber vuestro gran afecto, vuestro llanto, vuestra solicitud por mí, de manera que me regocijé aún más» (7:5-7).
Qué increíble giro el que Pablo describe aquí. De «ningún reposo tuvo nuestro cuerpo» a «me regocijé aún más». Considera el hecho de que tu ánimo podría ser el consuelo de Dios para un líder que está luchando con el desánimo. Y si no eres el tipo de persona efusiva que a menudo hace comentarios alentadores, tus palabras podrían hundirse incluso más profundamente.
E. Busca su consejo y acepta con gratitud su reprensión El consejo de los líderes de la iglesia, solicitado o no, debería ser una parte valiosa de nuestras vidas. Parte de su trabajo como pastores es identificar y abordar los problemas en nuestras vidas antes de que se vuelvan dañinos. Dos comentarios al respecto: Primero, recuerda que para que su consejo o reprensión sea específico y bien concebido, nuestros líderes deben saber lo que sucede en nuestras vidas. Es un buen hábito asegurarnos de que al menos un líder de nuestra iglesia esté consciente de nuestras luchas, de futuras decisiones importantes y de lo que nos desanima. Así que, habla regularmente con los líderes de la iglesia, tanto con los ancianos como con los miembros del personal y los líderes de un grupo pequeño.
Y, por supuesto, ve la reprensión piadosa como una consideración cuidadosa. Como leemos en Proverbios 9:8: «No reprendas al escarnecedor; para que no te aborrezca. Corrige al sabio, y te amará».
Ora para que Dios nos ayude a crecer en la madurez de Cristo para que podamos reaccionar positivamente a la reprensión cuando se nos presente, y no de manera defensiva.
F. Cree lo mejor de su carácter y de sus decisiones En 1 Tesalonicenses 5:12-13, Pablo escribe: «Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros». Permíteme leerte un párrafo del libro que mencioné anteriormente de Mack y Swavely, ya que captura bien este punto de la Escritura.
«Aunque siempre somos propensos a darnos ‘el beneficio de la duda’, nuestra naturaleza pecaminosa siente la fuerte tendencia a ser desconfiada, escéptica e incluso cínica para con los demás. Esto es especialmente cierto con nuestros líderes. Muchos miembros desarrollan el hábito de disfrutar ‘quemar al pastor’ en su almuerzo, pero el amor bíblico según 1 Corintios 13:7: ‘Todo lo sufre, todo lo espera’. Un miembro amoroso supondrá lo mejor de sus líderes y confiará en ellos hasta que algunas palabras o acciones claras le hagan preocuparse legítimamente por su sabiduría o intenciones».
Debemos confiar en nuestros líderes si no hay razones claras para lo contrario. Y no deberíamos esforzarnos por suponer sus intenciones a no ser que exista un fin elemental para ello. Con mucha frecuencia, no nos molesta lo que se hace, sino el porqué se hace. Lo que, claro está, es totalmente presuntivo a menos que la persona nos diga por qué hizo algo.
A menudo, desconocemos el porqué de las decisiones que se toman. Es peligroso confiar demasiado en nuestra opinión de lo que debería haberse hecho, sin conversar con los líderes de la iglesia. Y es riesgoso suponer razones pecaminosas del porqué se hicieron las cosas. Solo Dios conoce el corazón del hombre, nunca deberíamos creer que nosotros conocemos sus motivos.
Este es el lugar apropiado para hablar de la crítica piadosa hacia los líderes de nuestra iglesia. Nuestros líderes son seres humanos. Son imperfectos como el resto de nosotros. Debemos recordar ser humildes, amorosos y amables al acercarnos a un líder con una crítica apropiada y constructiva. Debemos tener cuidado de no ser excesivamente críticos o directos con comentarios negativos con mucha frecuencia. Pero también deberíamos recordar que hay ocasiones en las que es necesario algo de crítica piadosa, y no deberíamos renunciar a nuestra responsabilidad en esta área. Recuerda esta sección de nuestro pacto congregacional: «Caminaremos juntos en amor fraternal, como miembros de la iglesia de Cristo; nos cuidaremos y supervisaremos en amor, nos amonestaremos y oraremos fielmente los unos por los otros según la ocasión lo amerite».
Aplica tanto para los líderes de la iglesia como para los miembros de la iglesia, ¿cierto? Debemos trabajar arduamente por cultivar una cultura en la que la crítica amorosa y considerada sea dada con prudencia y aceptada libremente. Recuerda Proverbios 25:11: «Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene».
Por tanto, seis formas en las que podemos obedecer el mandamiento bíblico de respetar a quienes nos sirven como líderes, especialmente los ancianos, y ayudarles a trabajar con alegría: (1) camina en obediencia a Cristo; (2) cultiva y preserva la unidad; (3) ora por los líderes de la iglesia; (4) expresa tu amor por ellos; (5) busca su consejo y acepta su reprensión, y (6) confía en su carácter y decisiones.
Y no puedo culminar esta sección sin señalar lo provechoso que es cuando el cuerpo de la iglesia hace esto. El cuidado y el amor que los miembros tienen por sus líderes es asombroso y evidente. ¡Alabado sea Dios por su gracia en eso!
¿Qué hacemos cuando no estamos de acuerdo? La segunda parte de nuestra clase es lo que deberíamos hacer cuando no estamos de acuerdo con los líderes de la iglesia. Permíteme decir desde el principio que hablaremos dentro de unas pocas semanas acerca de lo que debemos hacer cuando un anciano está en pecado.
Inevitablemente habrá veces para todos nosotros en la que los ancianos tomen decisiones con las que no estemos de acuerdo. Nuestra respuesta puede marcar la diferencia entre promover la unidad o fomentar el disentimiento.
Es posible que hayas visto un útil diagrama ser usado en nuestra iglesia antes, con un eje midiendo cuán clara es la respuesta a una pregunta en específico, y el otro midiendo su importancia. Está en tu folleto y me referiré a él el resto de nuestra discusión.
Comenzando en el cuadrante izquierdo superior, tenemos las cosas que están claras en la Escritura, pero que no son importantes. Honestamente, es difícil pensar en algo que encaje en esta categoría. Si Dios decide algo que es lo suficientemente importante como para que quede claro en la Biblia, deberíamos prestar atención.
Avanzando hacia el cuadrante izquierdo inferior, tenemos las cosas que no son importantes ni claras. Por ejemplo, ¿qué marca de fotocopiadora deberíamos comprar? ¿Cuánto debería durar nuestro tiempo de silencio luego de que culmina el servicio? Puede ser bueno tener discusiones sabias acerca de estos temas. Pero una iglesia haría bien en someterse a las decisiones de sus líderes, quienes probablemente están delegando muchas de estas preguntas al personal o a otros miembros de la iglesia. Si tienes algo qué decir acerca de esta clase de temas, hazlo, pero nunca de manera conflictiva.
Y ahora, en los dos cuadrantes derechos es donde las preguntas se ponen más desafiantes. ¿Qué pasa con los asuntos que son bastante importantes, pero nada claros? ¿Deberíamos reconocer a alguien como anciano o comprar una gran propiedad? Es en estas situaciones que la congregación debe escuchar cuidadosamente a los ancianos y darles el beneficio de la duda. Es por ello que Dios los ha puesto para guiarnos.
Ahora bien, eso no quiere decir que algunas de estas decisiones no sean difíciles de aceptar. Entonces, ¿cómo podemos discrepar de manera piadosa acerca de cosas que están lejos de estar claras, pero cuyas implicaciones son importantes para nosotros como iglesia? Aquí tienes algunas sugerencias:
Primero, debemos reconocer que tenemos un importante rol que desempeñar, y es informar a los ancianos. Los ancianos no siempre están conscientes de todas las necesidades de la iglesia ni están perfectamente informados. Como iglesia, creemos en esto tan fuertemente que hemos escrito en nuestra constitución la norma de que ningún miembro de la iglesia puede hablar públicamente contra un anciano o contra un candidato a diácono a no ser que haya hablado antes con un anciano. La razón para esto NO es que los ancianos tratan de controlar tu voto. Se debe simplemente a que si existe una razón por la que estás en contra de la nominación de esta persona, podría ser una buena razón para que los ancianos reconsideren su decisión.
Por tanto, puedes desempeñar un rol útil al informar a los ancianos. Pero luego deberíamos confiar en lo que ellos decidan hacer con esa información.
Segundo, si no estás de acuerdo con una decisión hecha por el liderazgo, siéntate y habla con ellos para entender su razonamiento. Los ancianos están dispuestos a hacerlo. Ellos ven su cuidado espiritual por la congregación como su máximo deber en la iglesia. Así que, date le oportunidad de ser persuadido por ellos, y abordar el asunto con un espíritu enseñable.
Tal vez te preguntes, ¿qué pasa si me siento intimidado por los ancianos? ¿Cómo puedo participar en esta clase de conversación? Bueno, a la larga, puedes contradecir ese sentimiento conociendo mejor a los líderes. A corto plazo, es probable que de todos modos debas hablar con ellos acerca de tu inquietud, aunque a veces tener una conversación primero con otro líder de la iglesia, como el líder de tu grupo pequeño, puede ser sabio.
Incluso si luego de hablar con los ancianos sigues discrepando acerca de un asunto en esta categoría, está bien. No todos los cristianos pensarán siempre del mismo modo. Puedes confiar en ellos y no discrepar al mismo tiempo. Aquí es donde realmente la teoría se pone a prueba en relación con Hebreos 13:17. Una cosa es obedecer a los ancianos cuando estás entusiasmado y crees que tienen una excelente idea. Otra cosa es sujetarte a ellos cuando no estás de acuerdo con su decisión. En el segundo caso, nos sujetamos porque actuamos en fe. Por fe confiamos en que Cristo nos gobierna por su Palabra y Espíritu y a través de sus líderes.
Y en este punto, solo déjame decir que esto es lo que los ancianos están llamados a hacer cuando discrepan entre sí. Están llamados a someterse a la mayoría de los obispos. Habrá un tiempo en el que cada anciano pertenecerá a la minoría en una votación acerca de un determinado tema. En esas circunstancias, ese anciano está llamado a sujetarse a la mayoría, confiando en que Dios está obrando a través los otros ancianos en la votación. Así que, si uno de los ancianos sale perdiendo en una votación, tiene que dejarlo pasar. No debe buscar apoyo moral luego de la votación ni guardar rencor porque el resto del equipo no compartió su punto de vista. Nuestros ancianos hacen lo mejor para ser un ejemplo de sumisión para la congregación.
Tercero, cuida cómo discutes este asunto con otros. Para los temas en esta categoría de importante, pero incierto, nuestra unidad como iglesia glorificará más a Cristo que el tomar decisiones óptimas. No vayas a espaldas de los ancianos, buscando el apoyo de la congregación, para tratar de derrocar su decisión. No te burles de la decisión de los ancianos al conversar con otros, y corras el riesgo de hacer que sea más difícil para ellos confiar en sus líderes. Y sí hablas acerca de tu posición en una reunión de miembros, hazlo con gracia, bondad y humildad. ¿Cuántas veces hemos escuchado acerca de reuniones de los miembros en las iglesias que terminan en gritos y sentimientos de dolor y enojo?
Finalmente, cuando otros intenten menospreciar al liderazgo al conversar contigo, explícales que deberían hablar con los ancianos directamente si tienen una preocupación. Que hay buenas y malas maneras de criticar esas decisiones.
Ahora, consideremos la última categoría en la matriz donde los asuntos son claros y también importantes. Aquí es donde la congregación se convierte en el respaldo final contra las malas decisiones hechas por los ancianos. Es en estos temas de disciplina y doctrina en los que los apóstoles apelan en el Nuevo Testamento a la iglesia para que actúe. ¿La iglesia en Corinto continuaría aceptando en su comunión a un hombre en grave pecado? ¿Las iglesias de Galacia cambiarían los requisitos del evangelio? Aquí la congregación debe actuar. En este punto, la reputación de Cristo será mejor servida si nos apegamos a la respuesta correcta en lugar de a la unidad visible. Pero incluso aquí las preguntas abundan. ¿Cómo se llevaría a cabo esta acción? ¿Y cómo podemos cumplir nuestro rol bíblico como congregación mientras cuidamos gentilmente la reputación de Cristo entre nosotros y las almas de aquellos con quienes no estamos de acuerdo?
La manera en la que esto sucedería es que la congregación votaría a favor de la moción en cuestión por parte de los ancianos, de nuevo si esa moción es claramente antibíblica. En algunas situaciones, también deberían pedir la renuncia de los ancianos. Pero a lo largo de esto, una iglesia debe tener varias cosas en mente.
Primero, una iglesia no es un lugar para campañas y escrutinios secretos. Si un miembro de la congregación siente que los ancianos están cruzando la línea en temas de disciplina o doctrina, él o ella debe ser franco con los ancianos. Incluso al hablar con otros miembros de la iglesia sobre el mejor curso de acción.
Segundo, si existe un problema en esta categoría en la que los ancianos defienden una posición no bíblica, este es un buen momento para buscar el consejo de líderes piadosos de otras iglesias. Preferiblemente aquellos que conozcan bien a la iglesia y a sus líderes. Simplemente el hecho de que la congregación es la autoridad final en asuntos de disciplina y doctrina, de ninguna manera insinúa que no deberían buscar el consejo piadoso en ninguna otra parte.
Tercero, debemos tener mucho cuidado para proteger el nombre de Cristo en medio de lo que bien puede ser un desacuerdo desgarrador. A veces lees una historia en el periódico de que miembros de una iglesia han contactado medios externos por un desacuerdo en su iglesia, probablemente para reunir apoyo y ejercer presión sobre sus oponentes. Qué espantoso. Qué mundano. El apóstol Pablo arremetió contra la iglesia en Corinto por llevar los desacuerdos entre los miembros de la iglesia ante un tribunal civil. Imagínate cómo habría reaccionado ante la trompeta del desacuerdo de toda una iglesia ante el mundo en general. Sin embargo, lo más importante es pensar en cómo Dios ve estas tácticas. La reputación de Cristo debe dominar nuestras mentes. No debemos tomar medidas ni decir algo, independientemente de las circunstancias, que podría llegar a difamar el nombre de Cristo ante los ojos del mundo que nos rodea. Aún más que la unidad de nuestra iglesia, Cristo debe ser nuestro gozo y nuestro tesoro.
Al ver esta última categoría de desacuerdo, oro para que nuestra iglesia nunca tenga que recorrer un camino tan difícil. Pero si ese día llegara, esperemos de la increíble manera en que nos ha perseverado como cuerpo a través de tres siglos diferentes. Y alegrémonos de que los propósitos de Dios triunfan independientemente de nuestro comportamiento.
Conclusión Cerraré con las palabras de un pastor anciano, Edward Griffin, hablando a su iglesia acerca de su jubilación. Estas son palabras que haríamos bien en prestar atención a todos aquellos que Dios nos ha dado como líderes.
«Por tu propio bien, y por el bien de tus hijos, cuida y respeta a quien has elegido para que sea tu pastor. Él ya te ama; y pronto te amará como ‘hueso de su hueso y carne de su carne’. Será igualmente tu deber y tu interés hacer que su trabajo sea lo más agradable posible para él. No exijas demasiado. No demandes visitas demasiado frecuentes. Si pasara, de esta manera, la mitad del tiempo que algunos exigen, deberá descuidar por completo sus estudios, si no se hunde antes bajo la carga. No le reportes todas las cosas desagradables que puedan decir en su contra; ni insinúes constantemente, en su presencia, oposición. Aunque es un ministro de Cristo, considera que tiene los sentimientos de un hombre». Que así podamos glorificar a Cristo a través del cuidado de nuestros líderes.
Miércoles 16 Agosto [Jesús fue con Jairo] y le seguía una gran multitud… cuando [una mujer] oyó hablar de Jesús, vino por detrás… y tocó su manto. Marcos 5:24-27 Contacto personal con Jesús Cuando vemos a la multitud que rodea al Señor, podemos suponer que todos creían en él. Lo mismo ocurre hoy cuando vemos los edificios religiosos llenos de cristianos que profesan ser adoradores de Cristo. Podemos tener la impresión de que hay una multitud de creyentes en Cristo, ya que oímos que se pronuncian himnos y oraciones en su nombre, y también vemos diversas obras que se realizan en el nombre de Cristo. Ciertamente, así es como juzgan los hombres, ya que se llaman a sí mismos cristianos y dicen que su país está “cristianizado”. Pero, ¿implica esto que todos ellos creen realmente en el Señor Jesús? ¡Ay, no! En la multitud de personas que dicen conocerlo, y que poseen una profesión externa, el Señor sabe distinguir a los que tienen una fe personal en él: “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Ti. 2:19).
La multitud de los que rodeaban a Jesús podía ser sincera, ya que veían sus milagros y recibían beneficios de él, pero no sentían realmente la necesidad de pertenecer a Cristo; no tenían, por tanto, una fe personal en él. Del mismo modo, hoy en día, la gente puede ser bastante sincera cuando se adhiere, como dicen, a la religión cristiana. Pero este compromiso exterior con el cristianismo (unirse a la multitud que sigue a Jesús) no dará la salvación al alma; no resolverá la cuestión del pecado, la muerte y el juicio; no romperá el poder del pecado, ni nos librará de la corrupción, la carne y el mundo.
Para que haya una bendición real, debe haber una fe personal en el Señor Jesús. No tenemos que hacer grandes cosas para asegurar esta bendición, eso solo halagaría nuestro orgullo; pero al creer en el Salvador estamos dispuestos a no ser nada, y a darle a él toda la gloria. El poder está en Cristo, no en la fe; la fe, aunque sea débil, asegura la bendición al ponernos en contacto con Aquel que posee todo el mérito.
CARTA DE JOVEN MARTIRIZADO POR SU FE La siguiente carta que aquí les comparto fue escrita por un joven pastor de Zimbabue un tiempo antes de ser martirizado por su fe.
Soy parte de la comunidad de los que no se avergüenzan.
Tengo el poder del Espíritu Santo.
La suerte se ha echado. He cruzado la línea. La decisión fue tomada – soy Su discípulo.
No miraré atrás, no voy a dar tregua, no disminuiré el ritmo, no pararé o retrocederé.
Mi pasado ha sido redimido, mi presente tiene sentido, mi futuro está asegurado.
He terminado, y ya no puedo ser parte de una vida mediocre, de los que caminan por vista, de rodillas suaves, sueños sin color, visiones domesticadas, que hablan de lo mundano, que dan lo que les sobra y reducen al mínimo sus objetivos.
Ya no necesito preeminencia, prosperidad, posición, promoción, aplausos o popularidad.
No tengo que estar en lo cierto, ser el primero, el príncipe, reconocido, elogiado, amado y apreciado.
A hora vivo por fe, me postro en su Presencia, camino con paciencia, me inclino en oración y obro con poder.
Mi frente está determinado, mi caminar es rápido, mi meta es el cielo, mi camino es estrecho, la vía difícil, los que me acompañan son pocos, mi Guía confiable, mi misión es clara.
No puedo ser comprado, desalentado, desviado, seducido, cambiado, engañados o retrasado.
No retrocederé ante el sacrificio, no dudaré en presencia del enemigo, no me entrego a los valores de la popularidad y no deambularé en el laberinto de la mediocridad.
No me rendiré, ni callaré y no daré tregua hasta que duerma.
Él ha pagado, y predico la causa de Cristo.
Soy un discípulo de Jesús.
Debo seguir adelante hasta que él venga, dar hasta que no pueda más, predicar hasta que todos sepan, y trabajar hasta que Él me detenga.
Y, cuando Él venga por los suyos, dirá que me conoce.