Gloria terrenal, gloria celestial | 1 Corintios 9:25-26

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Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura.
1 Corintios 9:25-26
Gloria terrenal, gloria celestial
Un día, mientras leía mi Biblia, alguien encendió un televisor y me encontré con un constraste sorprendente. En la pantalla, un hombre saltaba en paracaídas desde la cascada más alta del mundo. No era ficción; era real. Esta persona estaba intentando realizar algo que le había quitado la vida a otros antes que él. Luego miré mi Biblia abierta y leí el relato de Hechos 7, donde vi a otro hombre arriesgando su vida. Este hombre no estaba saltando desde la cima de una cascada ante una multitud de fotógrafos y aficionados; estaba en medio de una multitud de personas hostiles y violentas que querían apedrearlo hasta la muerte.

Entonces me pregunté por qué el primer hombre se arriesgó. ¿Será que quería triunfar donde otros fracasaron? ¿O tal vez buscaba llevar sus habilidades al límite? ¿O quizás solo buscaba fama terrenal? No lo sé. Pero sé por qué el otro hombre, un creyente llamado Esteban, estaba dispuesto a enfrentar la hipocresía, la injusticia y las amenazas de muerte: no era un temerario ni un buscador de emociones, sino un seguidor fiel de Cristo que consideraba un honor morir por su Señor y Salvador.

El paracaidista vivió. Las cámaras captaron su momento de gloria mientras se levantaba y saltaba en el aire, con una sonrisa en su rostro por aquel momento de triunfo. ¡Qué emoción!

Esteban murió. Pero en sus últimos momentos los cielos se abrieron y vio la gloria de Dios. Lo suyo no fue la emoción de un momento, sino gozo eterno, justo en el momento en que la furia de sus enemigos se desvaneció y la gloria del Hijo del hombre llenó su visión. El odio de los hombres en la tierra fue sustituido por el amor del Hombre del calvario. La muerte corporal dio paso a la vida eterna, y la derrota fue absorbida por la victoria.

¿Cuál de estas experiencias cree usted que vale la pena buscar?

Grant W. Steidl
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Varón de dolores

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En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste… Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Salmo 22:4, 6
Reflexiones sobre el Salmo 22 (2)
Mientras estuvo en la tierra, el Señor Jesús puso siempre su confianza en Dios (vv. 9-10). Los versículos anteriores describen cómo sufrió cuando fue desamparado por Dios durante las tres horas de tinieblas en la cruz. Jesús siempre puso su confianza en Dios, quien había hallado y proclamado su complacencia en él. Sin embargo, ahora se hallaba desamparado por Dios, y no obtuvo ninguna respuesta de parte de él. Los antepasados y líderes del pueblo de Dios habían confiado en él y habían sido ayudados en circunstancias difíciles. Habían clamado, poniendo su confianza en él, y habían recibido su ayuda y liberación. Sin embargo, el Santo de Dios, que siempre había confiado en él, ahora se hallaba desamparado por su Dios.

Bajo el extremo peso de sus insondables sufrimientos, Jesús se ve como un gusano, aplastado bajo el terrible juicio de Dios contra el pecado. Había clamado a él, como lo habían hecho los padres, pero no hubo respuesta divina para él. Además, despojado de su vestimenta, se convirtió en el oprobio de los hombres y el despreciado del pueblo. En esta terrible situación, su Dios era el único que podía ofrecer la solución correcta para él y para su pueblo. Durante esas tres horas, Jesús obró lo necesario para que se reconciliaran con Dios: el “gusano” produjo algo en lo que Dios podía deleitarse. Mientras la gente se burlaba de él, ridiculizando a su propio Mesías, escarneciéndolo (v. 7), él honró a Dios con su sacrificio, la ofrenda por el pecado.

La frase “mas yo soy gusano” se convirtió entonces en uno de los títulos mesiánicos del Varón de dolores, debido a lo que él hizo (véase v. 31). El mismo que sufrió es el que reinará. Durante su reino del Milenio, Cristo será el Gobernante de las naciones: Dios lo hará soberano de su pueblo y de las naciones.

Alfred E. Bouter
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Interceder | 1 Timoteo 2:8

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Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda.
1 Timoteo 2:8
Interceder (1)
Me gustaría considerar la intercesión de Abraham, tanto por Lot como por Sodoma, como una ilustración del versículo de hoy.

¿Dónde estaba Abraham en Génesis 18:1? ¿Dónde estaba Lot en Génesis 19:1? Abraham estaba junto a los árboles de Mamre. Mamre significa ’fuerza’ o ’gordura’. Mamre está a unos 900 metros sobre el nivel del mar, en las montañas de Judea al sur de Jerusalén. Sodoma, por otro lado, estaba en la llanura del mar Muerto, a unos 400 metros bajo el nivel del mar, en el lugar más bajo de la tierra. Es por eso que los tres varones que visitaron a Abraham vieron Sodoma desde arriba, tanto literal como moralmente. Mamre fue un lugar de fortaleza para Abraham. Fue el lugar al que trasladó su tienda después que Lot eligiera las llanuras bien regadas de Sodoma y Gomorra.

Santiago 4:4 nos recuerda que “la amistad del mundo es enemistad contra Dios”. El apóstol Juan añade que esta amistad conduce a amar las cosas de este mundo (1 Jn. 2:15). Pero esto no ocurre de golpe. Lot no se fue directamente a Sodoma, ¡hubo una progresión en este descenso! Comenzó “poniendo sus tiendas hasta Sodoma” (Gn. 13:12). Al principio fue una amistad casual con el mundo, pero pronto Lot se manchó con el mundo (Stg. 1:27) y luego se conformó al mundo (Ro. 12:1-2), probablemente tratando de marcar una diferencia en un puesto de responsabilidad en Sodoma (Gn. 19:1).

Pero si queremos ser como Abraham, debemos levantar nuestras tiendas en el lugar de la fuerza, Mamre, junto al encinar. Se trata de árboles que nos recuerdan a la cruz y lo que allí sucedió. La cruz de Cristo nos da la fuerza para apartarnos de este mundo. Lot no podía interceder por la gente de Sodoma porque moralmente no estaba separado de ellos, ¡pero Abraham sí! ¿Es usted capaz de interceder por alguien hoy? ¡Comience ahora “levantando manos santas”!

Tim Hadley, Sr.

El corazón humano y la gracia | Juan 8:3

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El corazón humano y la gracia

Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio.
Juan 8:3
El corazón humano y la gracia
Hay en todas las personas un cierto conocimiento del bien y del mal. Sin embargo, probablemente no existan dos personas que posean el mismo y exacto criterio acerca del bien o el mal. Por ejemplo, el borracho piensa que emborracharse no es tan malo, pero robar sí. Cada uno se felicita a sí mismo por no haber hecho ciertas cosas malas, y se compara con otra persona que ha cometido el pecado que cree haber logrado evitar.

Todo esto demuestra que los hombres no se juzgan a sí mismos utilizando un estándar fijo de lo correcto y lo incorrecto, sino que simplemente toman lo que les conviene y condenan a los demás. Sin embargo, hay un estándar con el que todos serán comparados: la perfecta justicia de Dios.

Los escribas y fariseos mencionados en Juan 8 eran personas muy morales y religiosas, y se escandalizaron grandemente cuando descubrieron a una mujer en flagrante pecado. El corazón corrupto del hombre se consuela a sí mismo y se tranquiliza cuando puede hallar, piensa él, a una persona peor que él.

Pero eso no es todo, porque los hombres no solo se glorían al compararse con otros, al punto de llegar a alegrarse por la caída y ruina de alguien más, sino que no pueden soportar que Dios exhiba su gracia. La gracia es el perdón pleno y gratuito de todo pecado y mal, sin que Dios exija o espere nada del perdonado. Es un principio que se opone diametralmente a todos los pensamientos y caminos del hombre, a quien le desagrada esta idea; a menudo la llama, en lo secreto de su corazón, injusticia. Es muy humillante admitir que dependemos enteramente de la gracia para la salvación; y que nada de lo que hemos hecho, y nada de lo que podamos hacer en el futuro, nos ha hecho, o nos hará, personas dignas incluso de la gracia; sino que nuestra miseria, nuestro pecado y nuestra ruina son el único derecho que poseemos para disfrutar de la gracia.

J. N. Darby
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Su compasión no fallará jamás | Marcos 8:2-3

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Tengo compasión de la gente… y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos.
Marcos 8:2-3
Su compasión no fallará jamás
Cuando Cristo alimentó milagrosamente a 4. 000 personas (v. 9), él satisfizo su necesidad de alimento material. Sin embargo, muchos comentaristas bíblicos pasan por alto la compasión del Señor en este relato. Su compasión se ve en el hecho de que entró en las circunstancias desfavorables de las personas: “Pues algunos de ellos han venido de lejos”. Era consciente de que algunos habían salido temprano de sus casas y habían caminado muchos kilómetros para estar con él; pero ahora tenían que regresar y corrían el peligro de desmayarse en el camino. Cristo había seguido de cerca su viaje y conocía la situación de cada uno de ellos. No solo ve nuestras necesidades, sino que también conoce las dificultades que enfrentamos en nuestro camino.

¡Así es como nuestro Dios simpatiza con nuestros problemas! Vemos lo mismo en Éxodo, el Señor se le apareció a Moisés. Le reveló su corazón compasivo, pues los llamó “mi pueblo”. Le dijo a Moisés: “He visto la aflicción de mi pueblo”, y por eso descendió (Éx. 3:7-8). No se limitó a liberar a su pueblo de una manera distante y mecánica, sino que dijo: “He descendido”. Entró en las calamidades que estaban experimentando. El profeta lo describió así: “En toda angustia de ellos él fue angustiado” (Is. 63:9).

En la época de Jeremías, cuando el pueblo de Dios pasaba por profundas pruebas, el profeta declaró: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana” (Lm. 3:22-23). Cristo, que era Dios manifestado en carne, y que descendió del cielo (cf. Jn. 6:33, 50) satisfizo nuestra necesidad como pecadores, pero también se compadece de nosotros como creyentes. Provee para las dificultades que enfrentamos en nuestra vida, no mecánicamente, sino con compasión y simpatía. Que podamos aprender de su compasión por la multitud hambrienta e imitemos su ejemplo.

Brian Reynolds
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El Eclesiastés y el cristiano | Eclesiastés 3:1

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Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.
Eclesiastés 3:1
El Eclesiastés y el cristiano (3)
En los primeros ocho versículos del capítulo 3, Salomón contrasta catorce pares de cosas opuestas y se pregunta al final: “¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?” (v. 9). Desde su punto de vista, esto también es vanidad. Si lo positivo se anula con lo negativo, ¿qué sentido tiene? Catorce menos catorce es cero. Pero si miramos un poco más profundamente, podemos aprender muchas cosas en este pasaje.

“Todo tiene su tiempo” es un principio bíblico. Incluso cuando consideramos los propósitos de Dios, la Biblia habla de tiempos diferentes.

En el cumplimiento del tiempo: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gá. 4:4).

A su tiempo: “Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos” (Ro. 5:6 NBLA); “Humíllense… para que él los exalte a su debido tiempo” (1 P. 5:6 NBLA). Pero esta expresión también se utiliza en relación con la responsabilidad del creyente: “El Señor dijo: ¿Quién es, pues, el mayordomo fiel y prudente a quien su señor pondrá sobre sus siervos para que a su tiempo les dé sus raciones?” (Lc. 12:42 NBLA).

Redimir o aprovechar el tiempo: “Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:16); “Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo” (Col. 4:5).

Estos pocos versículos bastan para demostrar que, tanto para Dios como en la vida del creyente, hay diferentes tiempos que el creyente tiene la responsabilidad de discernir. De manera que, puede ser provechoso que el cristiano medite más de cerca Eclesiastés 3:1-8.

Michael Vogelsang
¡Oh, Señor! En tus manos nuestros tiempos están,
Sean placenteros o dolorosos, según sea tu plan.
W. F. Lloyd
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La verdadera sabiduría | 1 Corintios 1:21

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El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría.
1 Corintios 1:21
La verdadera sabiduría
¿Qué alcanzó a hacer la filosofía de Grecia por sus discípulos? Les hizo los ignorantes adoradores de un “Dios no conocido” (Hch. 17:23). Esa inscripción en sus altares publicaba ante el mundo su ignorancia y su vergüenza. ¿Y no debemos preguntarnos si la filosofía ha hecho por la cristiandad más de lo que hizo por Grecia? ¿Nos ha comunicado el conocimiento del verdadero Dios? ¿Quién se atreverá a decir que sí? Existen millones de profesos bautizados en todos los ámbitos de la cristiandad que no conocen del verdadero Dios más de lo que conocían aquellos filósofos a los que Pablo encontró en la ciudad de Atenas.

El hecho es este: todo aquel que realmente conoce a Dios, es el privilegiado poseedor de la vida eterna. Así lo declara nuestro Señor Jesucristo de la manera más explícita en el capítulo 17 de Juan: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (v. 3). Conocer a Dios es tener vida, y vida eterna.

Pero ¿cómo puedo conocer a Dios? ¿Dónde le encontraré? ¿Me lo dirán la ciencia y la filosofía? ¿Lo han dicho alguna vez a alguien? ¿Han guiado alguna vez a algún pobre vagabundo al camino de la vida y de la paz? No; jamás. “El mundo por su sabiduría no conoció a Dios”. Las antiguas escuelas de filosofía, opuestas unas a otras, solo lograron sumergir la inteligencia humana en profunda oscuridad y en una desorientación sin esperanza; y las modernas escuelas filosóficas, igualmente opuestas unas a otras, no son mejores. Vacías especulaciones, dudas penosas, teorías sin base, es todo cuanto la filosofía humana en todo tiempo y en toda nación puede ofrecer al que sinceramente busca la verdad.

¿Cómo, pues, conoceremos a Dios? Si tan excelente resultado depende de su conocimiento; si conocer a Dios es vida eterna -y Jesús lo dice- entonces, ¿cómo le conoceremos? “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” (Jn. 1:18).

C. H. Mackintosh
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La paciencia del Señor Jesús, un ejemplo para nosotros | Isaías 53:7

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Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.
Isaías 53:7
Pacientes en la tribulación.
Romanos 12:12
La paciencia del Señor Jesús, un ejemplo para nosotros
¡Qué grande fue la paciencia de nuestro Señor Jesús! Mire cuánta paciencia tuvo en las escenas finales de ignominia y aflicción que precedieron a su muerte. En aquellas horrendas horas, azotado por el peso de lo que tenía ante él, bien podría haber convocado, con justificada indignación, a “más de doce legiones de ángeles” (Mt. 26:53) y dar a cada uno lo que merecía. Sin embargo, en lugar de eso, se sometió a un silencio suave y majestuoso.

Piense en lo paciente que ha sido con su Iglesia y su pueblo, en cómo año tras año ha soportado nuestra ingratitud, nuestra dureza de corazón y nuestra falta de respuesta a su santa Palabra. Sin embargo, la mano de nuestro Dios amoroso y paciente sigue extendida (Is. 5:25; 9:12, 17, 21; 10:4).

Querido hijo de Dios, ¿está usted pasando por alguna amarga prueba? ¡Tenga paciencia! Bueno es Jehová a los que en él esperan (Lm. 3:25). ¿Lleva mucho tiempo postrado en un lecho de enfermedad, experimentado días de dolor y noches de desánimo? Le animo a que tenga paciencia. Por medio de su dolor, Dios está alimentando en usted la gracia que brilló tan notablemente en el carácter de nuestro Señor. En él, la paciencia era un hermoso hábito del alma.

¿Sufre usted injusticias inmerecidas o acciones mezquinas, quedando expuesto a acusaciones duras e hirientes que son difíciles de soportar? Sea paciente. Cuídese de las palabras duras o la irritación, y recuerde cuánto mal hizo Moisés cuando “habló precipitadamente con sus labios” (Sal. 106:33). Piense en Jesús de pie ante un tribunal humano con completa y silenciosa sumisión, plenamente consciente de su inocencia y justicia, y deje su problema en manos de Dios. Que la paciencia sea un estado de ánimo habitual, que se manifieste a diario, en medio de los pequeños problemas y molestias de su vida cotidiana. Que su propósito de corazón sea esperar firmemente en Dios, habiendo echado todas sus cargas sobre él.

J. R. MacDuff
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Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? | Salmo 22 (1)

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Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?
Salmo 22:1
Reflexiones sobre el Salmo 22 (1)
Cuando el Señor Jesús se dirigía a Dios, solía hacerlo como “Padre” o “Padre mío”, mostrando así la intimidad de esta relación. A veces, esta expresión enfatiza la relación eterna entre el Padre y el Hijo. Muy a menudo indica la dependencia del Hijo en Dios Padre. Cuando el Señor Jesús dice “Dios mío”, entonces se enfatiza su relación con Dios como hombre y, como tal, lo honró, mientras que todos los hombres lo han deshonrado. Por eso se abrieron los cielos sobre él y se oyó la voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17).

¡Qué difícil debe haber sido para Jesús, después de tres años de servicio público y fidelidad a Dios, ser desamparado por Dios durante esas tres horas de tinieblas en la cruz! La noche anterior, él estuvo orando en el jardín de Getsemaní. El Hombre perfectamente dependiente y obediente pidió si era posible que esa copa pasara de él. Al día siguiente, en la cruz, él sufrió primeramente de manos de los hombres y por los ataques del enemigo. Sin embargo, lo que aterró su alma en Getsemaní vino después: el horror de las tres horas de tinieblas, cuando el Santo de Dios fue desamparado por su propio Dios. Esas horas fueron lo más terrible para él, pero era la única manera en que Dios podía tratar el tema del pecado. Allí fue “hecho pecado” (2 Co. 5:21) y se convirtió en el sacrificio por el pecado, nuestro Sustituto. El Justo sufrió por nosotros, los injustos, “para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). Dios se ocupó de la raíz del mal, el pecado -nuestra naturaleza pecaminosa- y juzgó a Cristo por nosotros.

El Señor Jesús también confesó como suyos todos los actos pecaminosos que hemos cometido, y soportó el castigo que ellos merecían. Los hechos, las palabras y los pensamientos de Cristo fueron siempre agradables a Dios, pero entonces en aquellas horas de tinieblas él tomó nuestro lugar: Aquel que “no conoció pecado”, por nosotros fue hecho pecado.

Alfred E. Bouter
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

El tribunal de Cristo para los creyentes | Hebreos 6:10

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Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre.
Hebreos 6:10
El tribunal de Cristo para los creyentes
Si somos creyentes, usted y yo nunca podremos ser juzgados por nuestros pecados, pues Jesús fue juzgado por ellos. Sin embargo, como creyentes, tendremos que dar cuenta al Señor de todas nuestras acciones aquí en la tierra. Creo que cuando toda nuestra historia sea revisada ante el Señor, estaremos profundamente agradecidos de haberla revisado junto con él.

Quizás alguien dice: “Pero voy a estar muy preocupado por lo que se manifestará en aquel momento”. ¡No!, no piense en ello. Le diré qué se manifestará: usted verá que ha sido puesto en la gloria, en semejanza a Cristo. ¿Tendrá entonces alguna objeción que hacer? Nuestra culpa nunca podrá sernos imputada, porque ya le ha sido imputada a Cristo. Él murió por nuestros pecados, Cristo es nuestra justicia y nuestro fundamento para comparecer ante la presencia de Dios. Sin embargo, será un momento de mucha bendición y solemnidad, pues veremos lo que su gracia fue para nosotros aquí en nuestro andar terrenal. En ese momento, cuando comparezca ante el tribunal de Cristo, el Señor me mostrará toda mi historia. Al mirar hacia atrás en mi vida, a mis días de incredulidad, veo un largo y oscuro río, negro como la tinta, con nada más que mi voluntad propia y el pecado. Luego llego a un punto en el que su gracia comenzó a obrar en mi corazón, y veo una pequeña y brillante línea de plata apareciendo en escena: el primer toque del Espíritu de Dios en mi alma. En ese momento, la corriente de su gracia comienza a ensancharse poco a poco, y el torrente oscuro de mi voluntad propia y el altivo pecado comienza a disminuir.

Así recorro toda mi historia, viendo mis fracasos, mis faltas, la paciencia del Señor y su gracia conmigo. ¡Qué tonto fui entonces, y cuánto me ayudó su gracia! Entonces contemplo anticipadamente el final de mi historia y digo: “Aquí estoy con Cristo en la gloria”. ¡Oh! ¡Estaré en la gloria! ¡Qué maravillosa gracia! No me lo perdería por nada del mundo.

W. T. P. Wolston
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