El amor divino, el vínculo que une a los hijos de Dios | 1 Juan 4:7-8

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Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.
1 Juan 4:7-8
El amor divino, el vínculo que une a los hijos de Dios
Juan fue uno de los doce discípulos que Jesús eligió para seguirlo durante sus años de ministerio público. Por inspiración divina, Juan fue el autor del Evangelio y de las tres Epístolas que llevan su nombre, así como del libro del Apocalipsis. Exceptuando el Apocalipsis, nunca menciona su nombre en sus escritos, pero cinco veces en su evangelio se refiere a sí mismo como “el discípulo a quien amaba Jesús”. Juan, que había convertido el pecho del Salvador en su hogar, ciertamente era el más capacitado para escribir acerca del bendito tema del amor.

Aunque los cristianos profesantes habían dejado su primer amor (véase Ap. 2:4), Jesucristo nunca falla. Su amor por los suyos permanece inalterable. Juan comprendió que el amor es de Dios. Todo el que ha nacido de Dios ha recibido una nueva vida y, por lo tanto, una nueva naturaleza divina, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro. 5:5).

En nuestro versículo de 1 Juan, el apóstol se dirige a los cristianos como “amados”. Le escribe a toda la familia de Dios, la cual es muy numerosa. Abarca una gran variedad de nacionalidades, idiomas y culturas, pero se trata de una sola familia. Cada miembro de esta familia ha nacido de Dios y el Espíritu Santo habita en él. ¿Forma usted parte de esta familia, la familia de Dios?

Hay un vínculo que une a todos los hijos de Dios, y este vínculo está destinado a ser visto abiertamente en el mundo. ¿Cómo se ve? Por nuestro amor mutuo. No es un amor natural. Es el amor divino que se eleva por encima de todas las diferencias naturales. Si digo que amo a Dios, entonces estoy obligado a amar a todos los hijos de Dios, porque ellos también han nacido de Dios, y Dios es amor. “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Jn. 13:34).

Jacob Redekop
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Nimrod y sus ciudades | Génesis 10:8-12

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Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra. Este fue vigoroso cazador delante de Jehová… Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar. De esta tierra salió para Asiria, y edificó Nínive, Rehobot, Cala, y Resén entre Nínive y Cala, la cual es ciudad grande.
Génesis 10:8-12

Nimrod y sus ciudades
Nimrod fue un líder. De hecho, muy probablemente haya sido el líder que, antes de que el Señor confundiera los idiomas en Babel, comandó los intentos para construir una ciudad, y una torre cuya cúspide llegara al cielo, buscando así hacerse un nombre (véase Gn. 11:1-9). “Y fue el comienzo de su reino Babel” (es decir, “confusión”), aunque Nimrod, un rebelde, pronto añadió más ciudades a su reino.

Nimrod es llamado “vigoroso cazador delante de Jehová”, una expresión que siempre se utiliza negativamente en las Escrituras. Contrasta vivamente con el oficio de pastor. Muchos líderes piadosos de las Escrituras comenzaron su carrera como pastores. El Señor Jesús se refirió a sí mismo como el Buen Pastor en Juan 10. El cazador es alguien que acaba con la vida de su presa, mientras que el pastor se dedica a proteger su rebaño, alimentándolo y guiándolo, incluso dando su vida por él.

Nimrod construyó un imperio de ciudades aquí en la tierra, ciudades que reflejan su carácter a través de la Palabra de Dios. Babilonia es conocida por su idolatría. Abraham, por el contrario, “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (He. 11:10). Nínive es conocida por su ferocidad y crueldad en el Antiguo Testamento. Nuestro bendito Señor es completamente diferente; el apóstol Pablo habla de “la mansedumbre y ternura de Cristo” en 2 Corintios 10:1.

A lo largo de los siglos, los reinos terrenales han seguido el modelo de Nimrod. Se trata de un modelo de rebelión contra los mandamientos de Dios y engrandecimiento a través de la fuerza y la conquista militar. La ciudad que esperamos pronto descenderá “del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios” (Ap. 21:10-11).

Eugene P. Vedder, Jr.
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