Diversos movimientos dentro de nuestra cultura contemporánea, tales como la “New Age”, las religiones orientales, y la filosofía irracional, han ejercido su influencia y conducido a una crisis de entendimiento. Ha surgido una nueva forma de misticismo que le otorga al absurdo el sello de la verdad religiosa. A nuestro entender, la máxima del budismo zen, “Dioses una mano aplaudiendo”, constituye una clara ilustración de este concepto. Decir que Dios es una mano aplaudiendo suena como algo profundo. La mente conciente se confunde porque va a contramano de los patrones normales de pensamiento. Suena “profundo” e intrigante hasta que la analizamos cuidadosamente y descubrimos que en el fondo solo se trata de una afirmación carente de sentido. La irracionalidad es un tipo de caos mental. Descansa sobre una confusión contrapuesta con el Autor de toda verdad que no es un autor de confusión.
El cristianismo bíblico es vulnerable a dichas cadenas de irracionalidad exaltada debido a su cándido reconocimiento de que existen muchas paradojas y misterios en la Biblia. Como las diferencias que marcan los límites entre las paradojas, los misterios y las contradicciones son débiles pero cruciales, es importante que aprendamos a distinguir cuáles son estas diferencias. Cuando buscamos sondear las profundidades de Dios nos confundimos con mucha rapidez. Ningún mortal puede comprender a Dios exhaustivamente.
La Biblia nos revela cosas sobre Dios, cosas que aunque somos incapaces de comprenderlas completamente sabemos que son verdades. No tenemos ningún punto de referencia humano, por ejemplo, para entender a un ser que es tres en persona y uno en esencia (la Trinidad), o a un ser que es una persona con dos naturalezas distintas, la humana y la divina (la persona de Cristo). Estas verdades, tan ciertas como puedan serlo, son demasiado “elevadas” para ser alcanzadas por nosotros. Nos enfrentamos con problemas similares en el mundo natural. Sabemos que la gravedad existe, pero aunque no la entendemos, no por ello intentamos definirla en términos irracionales o contradictorios.
Casi todos estamos de acuerdo que el movimiento forma parte integral de la realidad, sin embargo, la esencia del movimiento en sí mismo ha dejado perplejos a los filósofos y a los científicos por milenios. La realidad tiene mucho de misteriosa y mucho que no podemos entender. Pero esto no se convierte en nuestra garantía para dar un salto al absurdo. Tanto en la religión como en la ciencia, la irracionalidad es fatal. En realidad, es mortal para cualquier verdad. El filósofo cristiano Gordon H. Clark en cierta ocasión definió un paradoja como “un calambre entre las orejas”. El propósito de su definición era señalar que lo que muchas veces se denomina una paradoja no es nada más que un razonamiento descuidado. Clark, sin embargo, reconoció con claridad la función y el papel legítimo de las paradojas. La palabra paradoja proviene de la raíz griega que significa “parecer o aparecer”. Las paradojas nos resultan difíciles porque a primera vista “parecen” ser contradictorias, pero si las examinamos con mayor detalle podemos encontrarles la solución. Por ejemplo, Jesús dijo que “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Superficialmente, esto parece ser una afirmación del mismo tenor que la que dice que “Dios es una mano aplaudiendo”. Parece contener en sí una contradicción. Lo que Jesús intentó decir, sin embargo, fue que si alguien pierde su vida en un sentido, la encontrará en otro sentido. Como la pérdida y el hallazgo están en dos sentidos distintos, no hay ninguna contradicción. Yo soy al mismo tiempo un padre y un hijo pero, obviamente, no en la misma relación. Debido a que la palabra paradoja ha sido muy frecuentemente entendida como sinónimo de contradicción, en algunos diccionarios ingleses ha sido ingresada como una segunda acepción al término contradicción. Una contradicción es una afirmación que viola la clásica ley de no contradicción.
La ley de no contradicción afirma que no es posible que A sea A y no-A [al mismo tiempo y en el mismo sentido. En otras palabras, algo no puede ser lo que es y no ser lo que es, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Se trata de la ley más importante de todas las leyes de lógica. Nadie es capaz de entender una contradicción porque una contradicción es inherentemente no inteligible. Ni siquiera Dios puede comprender las contradicciones. Pero sin duda que las puede reconocer por lo que en realidad son -meras falsedades. La palabra contradicción proviene del latín “hablar en contra”. También se las conoce como una antinomia, que significa “contra la ley”. Si Dios hablara por medio de contradicciones carecería intelectualmente de leyes, tendría un doble discurso. Es un tremendo insulto y una blasfemia incluso el sugerir que el Autor de la verdad pudiera hablar con contradicciones. La contradicción es la herramienta de aquel que miente —el padre de las mentiras que desprecia la verdad. Existe una relación entre los misterios y las contradicciones que fácilmente nos conduce a confundirlas entre sí. No podemos entender los misterios.
No podemos entender las contradicciones. El punto de contacto entre los dos conceptos es su carácter de no inteligible. Los misterios no nos resultan claros ahora porque carecemos de la información o de la perspectiva para comprenderlos. La Biblia nos promete que, una vez en el cielo, estos misterios que ahora no podemos comprender serán explicados. Las explicaciones solucionarán los misterios del presente. Sin embargo, no hay ninguna explicación posible, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda solucionar una contradicción.
UNA IGLESIA SALUDABLE: NUEVE CARACTERÍSTICAS Conociendo el Estado de Salud de su Iglesia Mark Dever
La Predicación Expositiva
Así es como empecé mi sermón un domingo de enero por la mañana: Así que, ¿cómo les va? ¿Durmieron lo suficiente anoche? ¿Tuvieron problemas para encontrar un buen lugar para estacionarse esta mañana? ¿Les dio alguien la bienvenida al llegar a la iglesia? ¿Tiene el edificio una apariencia agradable? ¿Se ve limpio? Me pregunto si el nombre de la iglesia les hizo más difícil decidirse a venir. ¿Ó quizá fue nuestro nombre una de las razónes por las que decidieron venir hoy? Y cuando entraron, ¿fue nuestra gente educada y amigable? ¿Tuvieron problemas para llevar a los niños a sus respectivas clases? ¿Y qué piensan acerca del cristal emplomado? Se que desde aqui lo veo mejor que la mayoria de ustedes, pero es bonito, ¿no? Tal vez ustedes creen que es un poco anticuado. ¿Estan cómodas las bancas de la iglesia? ¿Pueden ver bien todo lo que pasa aqui al frente? ¿De veras? ¿Pueden oir todo bien? ¿Tienen frio o calor? ¿Estan cómodos? ¿Y qué piensan del programa? ¿Estan de acuerdo que tiene buena presentacion? ¿Es claro, simple, y directo? No esta demasiado complicado… ¿verdad? Tal vez es un poco formal. ¿Leyeron todos los anuncios que estan en el programa? ¿Y vieron todas las actividades que están anunciadas en la tarjeta de al lado? Hay muchas, ¿no? Probablemente más de las que han leído hasta ahora. Por supuesto, leer es fácil, pero creo que las letras son un poco pequeñas, ¿no es así? Y no tiene muchos dibujitos. Quiero decir que el programa está lleno casi con puras letras. Eso probablemente dice mucho acerca de nuestra iglesia, ¿no lo creen? Tal vez ustedes piensan que somos la clase de iglesia donde una imagen vale mas que mil palabras, ¿no es cierto? ¿Y qué me dicen de las personas que están a su alrededor? ¿Son la clase de gente que les gusta ver en la iglesia? Si, ya se que ahora están demasiado nerviosos para ver a su alrededor, pero ustedes saben bien quienes son. ¿Qué piensan? ¿Son de la edad adecuada? ¿Son de la misma ciudad que usted? ¿Y que les parece su clase social? En pocas palabras, ¿son como ustedes? ¿Y Qué piensan del servicio hasta ahora? Quiero decir, ¿les fue difícil cambiar entre los dos himnarios? Ustedes saben que la mayor parte de las iglesias utilizan solamente uno y aqui tenemos dos; unas veces tienen que usar el verde y otras veces el beige. ¿Les parece que la persona dirigiendo el culto esta bien preparada e informada, pero a la vez no es un sabelotodo? Me refiero a que, ¿es muy capaz, pero no es arrogante? No hubo muchos anuncios en el servicio, ¿o sí? Yo no creo que sea ese el caso en esta mañana. Y las oraciones, ¿le han tocado el corazon y la mente? En estos dias, no es muy comun leer tanto la Palabra de Dios en la iglesia, ¿estan de acuerdo? Permitanme hablerles acerca de la música. Como lo podran notar, estamos tratando de hacer que las cosas funcionen- contemporánea o tradicional, clásica o moderna, litúrgica o informal. Es probable que hay gente que solia asistir a esta iglesia, pero que esta esta mañana están visitando otras iglesias porque les gusta otro tipo de musica. Y saben, probablemente hay algunas personas aquí, que decidieron venir hoy porque les gusta el tipo de musica que se toca en esta iglesia. ¿Y les gusta ofrendar? ¿Pueden creer que en la actualidad se tomen ofrendas del público con todo y visitantes? Esa es la clase de cosas que se dice en los seminarios que nunca se debe hacer. ¿Cómo se sentieron con todo esto? ¿Les hizo sentir que la iglesia está llena de un montón de gente saca-dinero, a quienes lo único que les importa es sacarle lo mas que se pueda? ¿Qué están haciendo aquí? Ya sea que hayan venido a esta iglesia por 50 años o que este sea su primer domingo, ¿por qué vinieron hoy? Ya se imaginan lo que sigue. Quizás ya haya empezado: ¡El sermón! Algunas personas lo aguantan para obtener algo bueno, quizá cantar un poco mas, ó asistir a una junta, o tal vez hablar con alguien después del servicio. El predicador tiene un trabajo muy difícil, ¿no lo creen? El tiene que ser alguien que los entienda, alguien a quien le puedan hablar con confianza, o alguien con quien ustedes se pueden sentir comodos. Pero también necesita parecer santo; aunque no demasiado. Tambien necesita estar bien informado, pero no ser un sabelotodo. Y necesita tener confianza, sin ser confianzudo. Ademas, necesita ser compasivo, pero no sentir lastima. ¿Y sus sermónes? Bueno, su sermónes necesitan ser suficientemente buenos, practicos, entretenidos, cautivadores y de preferencia lo mas cortos posible. Hay mucho que considerar cuando se está evaluando a la iglesia, ¿no es así? ¿Alguna vez se han puesto a pensar en esto? Hay tantas cosas que pensar. En esta epoca muchos se cambian de residencia, asi que nos serviria el aprender como evaluar las iglesias. Sucede todo el tiempo. Tenemos que preguntarnos a nosotros mismos que es lo que hace realmente una buena iglesia. En mi biblioteca personal tengo montones y montones de libros relacionados con esta pregunta, ¿qué es lo que hace realmente una buena iglesia? Se sorprenderian de ver que tan ampliamente varian las respuestas, estas van desde promover el ser amistosos hasta a la planificacion financiera, desde que tan bonitos estan los baños hasta como se ve la fachada de la iglesia, sigue la música que debe ser vibrante para que llame la atencion a los visitantes, Luego le toca al estacionamiento que debe ser grande, y de ahí se siguen los programas infatiles. Estas respuestas a lo que hace una buena iglesia tambien incluyen el tener la escuela dominical bien organizada por edades e intereses, el tener el software adecuado para las computadoras, que la publicidad se entienda con claridad y que sea facil de reconocer por personas de la misma fe y orden. Ustedes encontrarán toda clase de libros que hablan de estas cosas y las consideran la clave de una buena iglesia. Entonces, ¿qué piensan? ¿Qué es lo que hace a una iglesia sana? Ustedes necesitan saberlo. Si usted es un visitante buscando alguna iglesia donde asister regularmente y con la que se pueda comprometer, necesitará considerar esta pregunta. Aún si ya es miembro aquí, tambien necesita considerarla. Podriá cambiarse de residencia algun dia, ¿cierto? Y aún si nunca se va a vivir a otra ciudad, necesita saber que constituye una iglesia saludable. Si va a quedarse en una iglesia para participar de su crecimiento y edificación, ¿necesita saber lo que quieres edificar? ¿Cómo quiere que luzca? ¿Cuál es la meta para usted? ¿Cuál debería ser su fundamento? Responda a estas preguntas muy cuidadosamente. Como dije anteriormente, encontrará expertos que le dirán toda clase de respuestas, desde un lenguaje libre de terminos religiósos, hasta lo facil que debe ser cumplir los requisitos para ser miembros de la iglesia. Entonces, ¿qué piensan? ¿Son realmente los medios del crecimiento y la salud de la iglesia: las guarderías seguras para los ninos, los baños deslumbrantes, la música emocionante y las congregaciones llenas de gente de la misma clase social, edad, y con los mismos intereses? ¿Es esto realmente lo que hace una buena iglesia? Y así empecé la serie de sermones que llego a convertirse en este libro: “Las 9 caracteristicas de una iglesia saludable.” El propósito de este libro es preguntar y contestar lo siguiente: ¿Qué es lo que realmente caracteriza a una iglesia muy buena? En esta serie de estudios sugiero nueve caracteristicas que distinguen a una iglesia saludable. Las pueden encontrar en el índice. Estas nueve caracteristicas ciertamente no son los únicos atributos de una iglesia saludable. No estoy sugiriendo eso, ni por un momento. Ni son necesariamente las cosas más importantes que podrían ser dichas acerca de la iglesia. Por ejemplo, a pesar de que la Santa Cena y el bautismo son aspectos esenciales de la iglesia bíblica, y son ordenados por Cristo mismo, me refiero a ellos muy brevemente. Les recuerdo que este libro no es una eclesiología completa. Solamente trata de enfocarse en ciertos aspectos cruciales de la vida de una iglesia saludable, que raramente se han desarrollado en las iglesias de hoy en dia. A pesar de que a menudo pueden ser malinterpretados, el bautismo y la cena del Señor no han desaparecido de la mayoría de la iglesias; pero muchos de los atributos que consideraré en estas páginas si han desaparecido de muchas iglesias. Por supuesto, no existe una iglesia perfecta y ciertamente no quiero sugerir que cualquier iglesia que yo he pastoreado o pastorearé, sea o sera una iglesia perfecta. Pero eso no significa que nuestras iglesias no puedan ser más saludables. Mi objetivo es impulsar tal salud.
PREDICACIÓN EXPOSITIVA La primera señal de una iglesia saludable es la predicación expositiva. No es solamente la primera señal, es la más importante de ellas, porque si la comprenden bien, todas las otras la seguirán. Esta es la señal crucial. Si quiere leer solamente un capítulo de este libro, ha elegido el correcto. Este es el que debería leer primero, antes que los demás. Esto le ayudará a comprender que los pastores están para entregarse a sí mismos y lo que las congregaciones van a exigir de ellos. Mi papel principal y el papel principal de cualquier pastor es la predicación expositiva. Esta caracteristica es tan importante que, si no la entiende bien y comprende bien las ocho caracteristicas siguientes, en cierta forma, las habra entendido por casualidad. Pueden estar desechadas o distorsionadas, porque no habran nacido de la Palabra y no van a ser ni controladas ni reformadas continuamente por Ésta. Pero si usted le da la prioridad a la Palabra dada por Dios, entonces tendrá establecido el aspecto más importante de la vida de la iglesia y un crecimiento saludable estára virtualmente asegurado, porque Dios ha decidido actuar, por Su Espíritu, a través de Su Palabra. Así que, ¿qué es esta cosa tan importante llamada “Predicación Expositiva”? Habitualmente, se habla de ella en contraste con la predicación temática. Un sermón temático es como este capítulo, se elige un tema y se habla acerca de este, en cambio, un sermon expositivo es tomar un texto especifico de la Biblia (ese es el tema; por ejemplo, 1 Tim. 2) y predicarlo. El sermón temático empieza con un asunto en particular acerca del cual el predicador quiere hablar. El tema podría ser la oración, ó la justicia, ó la paternidad, ó la santidad, ó aún la predicación expositiva. Habiendo establecido el tema, el predicador reúne varios textos de varias partes de la Biblia y los combina con historias ilustrativas y anécdotas. El material se combina y entreteje alrededor de este tema. El sermón temático no se forma alrededor de un texto de las Escrituras, sino alrededor de un tema o idea escogidos con anterioridad. Un sermón temático puede ser expositivo. Usted podría decidir predicar de un tema y simplemente elegir un pasaje de las escrituras que toque precisamente este tema de interés. O podría predicar con un número de textos que estén orientados hacia ese mismo tema. Pero aún así es un sermón temático, porque el predicador sabe que quiere decir y va a la Biblia para encontrar respaldo a sus ideas, que ya han sido establecidas en su mente. Por ejemplo, cuando he predicado una parte de este libro como sermón, se casi todo lo que quiero decir antes de ir a la Biblia. Cuando predico expositivamente, la mayoria de veces este no es el caso. Al preparar mi sermón expositivo, a menudo quedo un poco sorprendido por las cosas que encuentro en el pasaje mientras lo estudio. Generalmente, no elijo los temas de mis sermones expositivos teniendo en mente que la iglesia necesita escuchar esto o aquello. Más bien, asumo que la Biblia se aplica a todas las areas de nuestras vidas. Tambien confío en que Dios puede conducirme a algunos libros o capitulos en particular. Pero muy a menudo, cuando estoy trabajando en un texto, leyéndolo en mis tiempos de descanso (la semana anterior a mi predicación), estudiandolo seriamente el viernes, se que habrá cosas que encontraré que para nada esperaba encontrar. Algunas veces estaré sorprendido por el mensaje que el texto parace comunicar y por lo tanto por lo que debe ser el punto central de mi predicacion. La predicación expositiva no es simplemente producir un comentario verbal acerca de algún pasaje de las Escrituras. Más bien la predicación expositiva es aquella predicación que toma como tema de un sermón, el mensaje de un texto espefico de las Escrituras. Eso es todo. El predicador abre la Palabra de Dios y la desenvuelve para la gente de Dios. Esto no es lo que estoy haciendo en este capítulo, pero es lo que normalmente intento hacer cuando me paro en el púlpito los domingos. La predicación expositiva es predicar como un servicio hacia la Palabra. Asume una creencia en la autoridad de las Escrituras y que la Biblia es realmente la Palabra de Dios; pero es mucho más que eso. Un compromiso a la predicación expositiva es un compromiso a escuchar la Palabra de Dios; no simplemente a afirmar que es la Palabra de Dios, sino realmente someterse usted mismo a su autoridad. A los profetas del Antiguo Testamento y a los apóstoles del Nuevo Testamento les fue dada, no una comisión personal de ir y hablar, sino un mensaje especifico que tenia que ser entregado. Al igual que los profetas y apostoles, los predicadores cristianos de hoy tienen autoridad para hablar en nombre de Dios, solamente mientras ellos hablen Su mensaje y revelen Sus palabras. Tan emotivos como algunos predicadores pueden ser, ellos no tienen órdenes de simplemente ir y predicar. Han sido ordenados específicamente para ir a predicar la Palabra. Eso es lo que se les ha ordenado a los predicadores. Muchos pastores, felizmente aceptan la Palabra de Dios y profesan creer que no hay contradicciones ni errores en la Biblia; y aún así no practican regularmente la predicación expositiva. Estoy convencido de que ellos nunca predicarán más de lo que sabian cuando empezaron sus ministerios. Un predicador puede tomar una parte de las escrituras y usarla para exhortar a la congregación acerca de un tema que es importante, pero realmente no usando el pasaje con el propósito especifico por el cual fue dado. Puede tomar su Biblia en este momento, cerrar sus ojos, abrirla en cierto lugar, poner su dedo en un verso, abrir sus ojos y leer ese verso y usted obtendrá una gran bendición de este para su alma, pero no necesariamente aprenderá lo que Dios se ha propuesto decir a través de ese pasaje. Lo que dicen acerca de las bienes raíces es verdad al comprender la Biblia: los tres factores más importantes son ubicación, ubicación, y ubicación. Usted entiende un texto de las Escrituras en donde está. Lo comprende en el contexto en el cual fue inspirado. Un predicador debería tener su mente renovada más y más por las Escrituras. No debería utilizar las Escrituras como una excusa para lo que él ya sabe que quiere decir. Cuando eso sucede, cuando alguien regularmente predica en una forma que no es expositiva, los sermones tienden a ser solamente sobre temas que le interesan al predicador. El resultado es que el predicador y la congregación solamente escuchan en las escrituras lo que ellos ya pensaban cuando empezaron a estudiar el texto. No hay nada nuevo que esté siendo agregado a su comprensión. No están siendo retados por la Biblia continuamente. Al estar comprometidos para predicar un pasaje de las Escrituras en su contexto, expositivamente tomando como tema de la predicacion el mensaje espeficico del texto, deberíamos escuchar aquellas cosas que Dios nos quiere decir, cosas que no intentábamos escuchar cuando empezamos la preparacion de la predicacion. Dios algunas veces nos sorprende. Y desde su arrepentimiento y conversión, hasta las últimas cosas que el Espíritu Santo le ha estado enseñándo, ¿no es esto lo que significa ser cristiano? ¿No encuentra que a la vez que usted empieza a descubrir la verdad acerca de su corazón y la verdad acerca de las Escrituras, Dios le reta una y otra vez y le dice algunas cosas en las que nunca habría pensado hace un año? Encargar el bienestar espiritual de la iglesia a alguien que no muestra un compromiso para escuchar y enseñar la Palabra de Dios, es obstaculizar el crecimiento de la misma, en esencia esto solo permite que la iglesia crezca, a lo mucho, al nivel espiritual del pastor. La iglesia lentamente será conformada a la imagen del pastor más que a la imagen de Dios. Y lo que queremos, lo que deseamos ardientemente como cristianos, son las palabras de Dios. Queremos escuchar y conocer en nuestras almas qué es lo que Él ha dicho.
Dever, M. (2008). Una Iglesia Saludable: Nueve Características (M. González, Trad.; Primera Edición, pp. 27-35). Publicaciones Faro de Gracia.
1 ¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? 2 ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, Con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí? 3 Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío; Alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte; 4 Para que no diga mi enemigo: Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara. 5 Mas yo en tu misericordia he confiado; Mi corazón se alegrará en tu salvación. 6 Cantaré a Jehová, Porque me ha hecho bien. Salmo 13 En el verano de 1851, un equipo de búsqueda encontró el cuerpo sin vida del misionero inglés Allen Gardiner, escondido en la barca en la que se había refugiado durante sus últimos días. Él y sus compañeros habían naufragado en la Tierra del Fuego. Al final, lo que les quedaba de provisiones se les acabó; la muerte llegó, de manera lenta pero inevitable, a cada uno de ellos. Conocemos algunos de los pensamientos de Allen Gardiner durante aquellos días por medio de unas cartas que había dejado para su familia, y de cosas que había escrito en su diario personal, que se encontró junto a su cadáver. En una de las últimas fases, estaba desesperado por beber agua; la angustia nacida de aquella sed, escribió, era “casi insoportable”. Lejos de su hogar y de sus seres queridos, murió solo, aislado, debilitado, físicamente quebrantado. ¡No precisamente nuestra idea del final de una “vida cristiana victoriosa”! Debió de ser bajo circunstancias parecidas como se escribió el Salmo 13. Se trata de una conmovedora lamentación. Pertenece al mundo de los montes y la niebla y el obsesionante sonido de la gaita llevado por el aire en el melancólico silencio. Con tales cánticos, los quebrantados de corazón derraman el alma, y a veces sus quejas, ante Dios. Tinieblas y penumbra rodean a David. Su visión está nublada. Se encuentra en un túnel. Esto lo podría soportar si tan sólo pudiera ver luz. Pero no ve ninguna. Tiene los ojos entenebrecidos (v. 3). No puede ver ni hacia dónde va, ni hacia dónde le lleva la vida. Él es lo que Isaías describe como “el que anda en tinieblas y carece de luz”, que ha de aprender a confiar “en el nombre de Jehová” y apoyarse “en su Dios” (Is. 50:10).
LAMENTACIÓN En los cánticos de lamentación en el Antiguo Testamento, predominan dos preguntas. La primera es: “¿Por qué?” ¿Por qué me ha pasado esto? ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? La segunda es la pregunta que se repite una y otra vez en este salmo: “¿Hasta cuándo?” David hace esta pregunta cuatro veces en los dos primeros versículos del Salmo 13. Está al borde de la desesperación. No ve ningún futuro. Siente que no puede soportarlo por más tiempo. Ya está al límite. Cuatro veces, con cuatro preguntas diferentes, clama a Dios: “¿Hasta cuándo?” A primera vista, las preguntas parecen ser expresiones de amargo desafío. Y más es así por cuanto llega a escribirlas. Nosotros, los cristianos modernos, ¡tendríamos un poco más cuidado al expresarnos! Sólo el tener pensamientos así sería lo suficientemente malo; ¡expresarlos por escrito sería hasta peligroso! Pero David ya con esto nos está enseñando una lección importante. Estaba diciendo en términos muy concretos cuál era su dificultad. Y sus preguntas son al mismo tiempo el diagnóstico de su problema. Para cuando tenía escritos dos versículos, ya había dicho claramente cuál era ese problema suyo. En casos así, el diagnóstico es la mitad del remedio. El desánimo tiene algunos elementos siniestros. Es omnipresente; afecta a todo en nuestras vidas. Y sin embargo, es a la vez un sentimiento general difícil de definir que parece disuadirnos de examinar sus raíces demasiado profundamente, no sea que la experiencia nos resulte demasiado dolorosa. Se trata de una aflicción espiritual que tiene su propio sistema de inmunidad. David, al comenzar a expresarse por escrito, ya había empezado a vencer al desánimo, identificando sus causas y enfrentándose con él cara a cara: ¿Se habrá olvidado Dios de mí para siempre? ¿Estará Dios escondiéndome su rostro? ¿Por qué lucho con mis pensamientos y tengo tristeza en mi corazón todos los días? ¿Por qué sigue triunfando mi enemigo sobre mí? En un sentido, éstas no son cuatro preguntas diferentes, sino más bien cuatro facetas de una misma gran pregunta: ¿Por qué será que siento que Dios me ha abandonado? ¿Pero ves lo importante que es hacer estas preguntas, y aun expresarlas por escrito? Ahora David tiene algo con lo cual trabajar. Antes no estaba haciendo más que luchar al azar en la oscuridad. ¿Cuáles eran sus problemas? El primero era éste: ¿Por qué será que Dios parece haberse olvidado de mí? A veces hablamos de lo que es disfrutar de la sensación de la presencia de Dios en nuestras vidas. Es una de las grandes bendiciones de la experiencia cristiana. Dios está con nosotros y cada día somos conscientes de que está cerca. La experiencia de David era todo lo contrario. Ya no tenía más esa sensación de la presencia de Dios, sino una deprimente sensación de la ausencia de Dios. Le parecía como si Dios se hubiera olvidado de él. Nos olvidamos de alguien cuando nuestro verdadero interés está en otra parte. La persona de quien nos hemos olvidado ha perdido su anterior significado para nosotros. Cuando somos nosotros las personas olvidadas, tendemos a sentirnos rechazados, pasados de largo, humillados. Se nos ha hecho sentirnos pequeños e insignificantes. Y esto nubla la manera como nos miramos y afecta a todo lo que hacemos. Es deprimente. Sin embargo, sentirte olvidado por Dios es devastador, sobre todo si crees, como creía David, que has sido hecho a su imagen para disfrutar de su presencia. Esto lo expresa David en su clamor a continuación: “¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?” Olvidarse puede ser sin querer: tal vez un simple despiste. Pero esconderse es otra cosa; es un acto deliberado de evitar a alguien. El Dios a quien David miraba como Aquel de cuya vida y ser él era el mismo reflejo como de un espejo, parecía haberse apartado de él. El Señor estaba escondiéndole el rostro. David sentía que se amenazaba su misma existencia. ¿Cómo podría la vida tener significado alguno si Dios estaba apartando su rostro? Y había algo aún peor: cuando Dios esconde su rostro, no sabemos qué está mirando, ni qué está planeando. Éste era el problema de David: había perdido del todo el sentido de lo que Dios estaba haciendo. No podía ver la sonrisa en su cara ni vislumbrar siquiera su infalible propósito de gracia. No tenía pistas en su experiencia que le pudieran animar o ayudarle a pensar: “¡Ahora puedo vislumbrar lo que el plan de Dios tiene que ser!” Peor aún que esto, David no podía ver luz al final del túnel. Ni siquiera sabía si había un final del túnel. Dios se había olvidado de él y se había escondido de él: ¡a pesar de que había advertido a su pueblo que nunca le hiciera eso a Él! Hasta más tarde se iba a revelar como un Dios que no puede olvidarse de su pueblo: ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida (Is. 49:15, 16). David subraya hasta dónde se le habían hundido los ánimos. “¿Me olvidarás para siempre?” Si la respuesta a la pregunta: “¿Hasta cuándo, Señor?” fuese “brevemente”, o “hasta que pase esto o aquello” a lo mejor podríamos soportarlo. El saber que los días de oscuridad van a llegar a su fin nos da suficiente luz como para ayudarnos a seguir adelante. Pero la oscuridad de David parecía continuar para siempre. Nuestras experiencias más dolorosas son así: tristezas, cargas, decepciones que tendremos que llevar con nosotros durante el resto de nuestras vidas. Son irreversibles. Por ejemplo, cuando muere alguien a quien amamos profundamente, entendemos lo que dio a entender David cuando dijo que tenía tristezas en su corazón “cada día” (v. 2). Al apartarse de nosotros aquel misericordioso olvido que es el sueño, tal vez a mitad de la noche, o cuando poco a poco nos vamos despertando por la mañana temprano, nos preguntamos qué es esa sensación de melancolía, difícil de definir, carcomiendo nuestro espíritu por dentro. Y entonces nos acordamos: otro día sin él. Ahora todos los días son días sin ella. Y nos sobrecoge el dolor que parece no tener horizonte. ¿Lo podremos soportar? Los dolores menos agudos también nos hacen experimentar algo de esto: ambiciones frustradas; la pérdida de un trabajo; un romance roto; una situación difícil que no puede resolverse. Cada día, la tristeza llena nuestros corazones y deja su sombra sobre todo lo que hacemos. ¿Será así para siempre? Nosotros también nos hacemos la pregunta de David; no tenemos más confianza de la que tenía él para poder seguir adelante. No es de extrañar que David se pregunte: “¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma…?” (v. 2). En el lenguaje del Antiguo Testamento, “los consejos” son una actividad de la mente, mientras que “el alma” es donde están asentadas las emociones. Así que, “los consejos” y “el alma” en realidad no van juntos de manera natural. No pensamos con los sentimientos, sino con la mente. Por eso, la mayoría de las traducciones modifican las palabras de David con el fin de procurar que la afirmación quede más coherente: “¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón?” (NVI). No obstante, tal vez la incoherencia misma de estas palabras sea significativa. La mente y las emociones a menudo se confunden cuando nos encontramos sobrecogidos por la angustia y desorientados. Esto es parte de nuestro problema: pensamos con nuestros sentimientos o, para ser más preciso, dejamos que nuestros sentimientos piensen por nosotros. Reconocemos esto en otras experiencias de prueba, especialmente en relación con la tentación. La tentación apela a los sentidos, a las emociones, a los deseos. Algo nos atrae, e incita nuestro deseo de hacerlo, o de tenerlo. Y antes de que sepamos dónde estamos, nuestros sentimientos están diciéndoles a nuestras mentes qué pensar. Fue así con Eva en el huerto de Edén (Gn. 3:6), y con David cuando fue atraído hacia el pecado con Betsabé (2 S. 11:2). La tristeza, las pruebas, las decepciones pueden obrar todas ellas de la misma manera, confundiendo nuestra manera de pensar y sobrecogiéndonos. Esto, parece ser, era lo que David experimentaba. Era incapaz de pensar en una manera de salir de su oscuro túnel. Sus pensamientos estaban confusos por razón de sus sentimientos. David se sentía derrotado: “¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?” (v. 2). Ya no era cuestión de resistir; se trataba de cuánto tiempo duraría la derrota. Sentía como si ya no le quedara recurso alguno. Se acercaba la desesperación total. No sabemos quién o qué era el “enemigo” de David. Los eruditos han hecho varias sugerencias. Pero aquí, al igual que en otros sitios, David no especifica. Algunos han pensado que David estaba pensando en algún individuo, o algún grupo, como es el caso después en el versículo 4; otros han pensado que el enemigo aquí probablemente es la muerte (cf. v. 3) y que el salmo fue compuesto en el transcurso de alguna enfermedad casi fatal. Agustín de Hipona pensaba que “el enemigo” era espiritual y que se refería al diablo o a “los hábitos sensuales de la vida”. Es cierto que para algunos de nosotros, son éstos, más que otros problemas, los que nos producen desesperación. Nos sentimos vencidos por el pecado, tal vez por algún pecado en particular, y sentimos demasiado poco eso de que Cristo “quebranta el poder del pecado ya borrado, y pone en libertad a los presos” (Charles Wesley). David no especificó. A lo mejor quiso que otros vieran que las lecciones que él aprendía a través de su experiencia eran de aplicación a otros cuyo “enemigo” era diferente del suyo. Luz en el túnel Éstas son palabras oscuras. Pero ya hemos notado algo que David mismo no ha notado. En el acto mismo de lamentar que Dios le haya abandonado, está al comienzo de un importante avance espiritual. Para empezar, ¡ha llegado a hablarle, cara a cara, al Dios a quien acusa de haberse olvidado de él y de esconderse de él! Además, identifica específicamente sus dificultades. Mientras que admite que está pensando con sus sentimientos, el hecho de que lo reconozca indica que ya está funcionando una mente bíblica. Hay mucho que aprender de esto. Es cierto que es más fácil reconocer este proceso en otros que en nosotros mismos. Pero es vital que reconozcamos lo que está pasando aquí. Cuando empezamos a hablarle a Dios acerca del hecho de que nos ha abandonado, ya no estamos en nuestro punto más bajo; ha empezado a subir la marea; estamos de nuevo en un camino ascendente. Existen analogías de esto en el área de la salud física. El saber que estás enfermo es, hablando en términos generales, estar más cerca de un remedio que el estar enfermo sin saberlo. Además, un paciente que nos parece a nosotros estar gravemente enfermo puede ser que, de hecho, esté camino de recuperarse. Recuerdo hablar con un cirujano que había operado a mi madre. Ella había tenido una trombosis en los Estados Unidos y poco después la llevaron en avión a su Escocia natal (también la mía). Pero dentro de pocos días la llevaron corriendo al hospital donde le tuvieron que practicar una operación quirúrgica para salvarle la vida de una enfermedad que antes no se le había diagnosticado. Tal era la condición física de mi madre después de la trombosis que los cirujanos no estaban seguros si aguantaría la operación; sin embargo, sin operarla, moriría seguro. Algún tiempo después, uno de los cirujanos habló conmigo. Comentó el estado de mi madre sin decir nada claro, pero luego dijo: “Desde luego que en su estado general no sabemos si podrá durar siete u ocho…” Yo acababa de verla; pensé que la última palabra de la frase podría ser “días”. A mí me parecía enferma sin posibilidades de recuperarse. Se me hundió el corazón. El cirujano terminó la frase: “…siete u ocho años.” Me quedé sobrecogido tanto de gozo como de asombro; ¡viviría! A mis ojos, faltos de formación y de experiencia médicas, su estado parecía fatal, pero de hecho ya estaba camino de recuperarse. Lo mismo era cierto para David. A los ojos de cualquiera que no tuviera una preparación, su estado parecía fatal; de hecho él mismo pensaba así. Pero el caso era que ya estaba en vías de recuperación. El decirle a Dios que te ha abandonado, el saber que has estado pensando con las emociones: éstas son señales de vida, no de muerte; de esperanza y no de desesperación. ¡Si hasta estás hablándole a Dios mismo acerca de ello como si supieras que a Él le importa!
PETICIÓN ¿Cuál fue la respuesta a la sensación que tenía David de que Dios le había abandonado? Hay tres frases imperativas que nos dicen que él sabía cuál era la respuesta: Mira, Respóndeme, Alumbra mis ojos (v. 3). Había sentido que Dios se había olvidado; ahora ruega que Dios le mire. Sin ser oído, pide una respuesta; en la oscuridad, aún cree que Dios le puede dar luz. La exhortación de David a Dios es más significativa de lo que pueda parecer a primera vista. Parece estar reflexionando conscientemente sobre la maravillosa bendición que Aarón y sus hijos habían de pronunciar sobre el pueblo: Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz (Núm. 6:24–26, énfasis añadido). De hecho, lo que David está haciendo es pedirle a Dios que dé las bendiciones que ha prometido; le está rogando que sea fiel a su propia palabra, que haga lo que ha dicho. Aun si nosotros no somos más que observadores de la experiencia de David, y no la compartimos, ésta es una lección importante: aprender las promesas de Dios anticipadamente. Cuando llega el tiempo de crisis o de oscuridad, es tarde para empezar entonces a aprenderlas. Almacena la Palabra de Dios, como la ardilla almacena nueces para el invierno; porque llegará sin falta el invierno de la vida, cuando necesites que las promesas de Dios te sirvan de ancla para el alma. ¿Sientes que Dios está muy lejos de ti, y echas en falta la sensación de su presencia en tu vida? Sé un poco de tu experiencia. Aquí tienes un ancla que yo a menudo he utilizado: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Stgo. 4:8). Es una promesa; Él no dejará de cumplirla. No podrá resistir la insistencia de sus hijos: “Padre, lo prometiste.” ¿Ves lo que David estaba haciendo? Estaba pensando en las promesas de Dios con su mente, en vez de concentrarse en sus propios sentimientos respecto a su situación. Por fin se estaba agarrando a algo fuera de sí mismo. Antes, toda su atención había estado fijada en la angustia dentro de su corazón; estaba mirando la tormenta. La tormenta aún seguía alrededor de él, pero ahora estaba asido al ancla de la promesa de Dios y estaba seguro. Quizá nada de susituación hubiera cambiado; pero ahora estaba empezando a saber que la promesa de bendición por parte de Dios le guardaría en medio de la tormenta. Esto lo expresa también de otra manera: “Alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte” (v. 3). Aquí está pidiendo más que simplemente la preservación de su vida. Está reconociendo que, aunque haya estado rodeado de dificultades y aunque le asedie la debilidad, su mayor necesidad no es que estas cosas sean quitadas de él. Puede ser, después de todo, que le sean un medio de bendición. No, lo que le importa más bien a David es tener una visión clara y una comprensión segura de los caminos del Señor con sus hijos. Está pidiendo en oración iluminación divina para que aprenda a ver sus circunstancias no con los ojos de la carne, sino con la visión que da la fe. Un notable ejemplo de esto se encuentra en la experiencia que tuvo el apóstol Pablo de estar en la cárcel. Desde cualquier punto de vista, aquello parecía algo desastroso para la extensión del Reino de Dios. Muchos de sus amigos se desanimaron por causa de ello: “Si esto es lo que le ocurre al gran evangelista, ¿qué esperanza hay para los demás?” Pero el Señor le dio a Pablo luz a sus ojos, hasta que brillaron de asombro y de deleite ante lo que Dios estaba haciendo: Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio, de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el Pretorio, y a todos los demás. Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor (Fil. 1:12–14). Sus circunstancias no habían cambiado; aún estaba en la cárcel. Pero su situación entera se había iluminado. Ahora, en vez de ver sus circunstancias como una barrera a su servicio, las veía como la esfera ordenada por Dios para ese servicio. ¡Su encarcelamiento había de servir de instrumento de evangelización! ¿Cómo, si no, se podía llevar el Evangelio a los de la guardia del Pretorio? Éstos nunca hubieran ido a oír predicar al Apóstol; ¡ahora, como guardianes suyos, no podían evitar el tener que escucharle! Es esto lo que pide en oración David también: “Señor, si no puedo disfrutar de una perspectiva divina en cuanto a mi situación, estoy como muerto: ¡Alumbra mis ojos!” Luego David añade otra preocupación suya en su oración aquí. Si el Señor no le ayuda, entonces su enemigo dirá: “Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara” (v. 4). “Resbalar”, aquí, conlleva la idea de ser sacudido hasta los cimientos y derrumbarse. En la mayoría de los salmos de lamentación hay alguna referencia a los enemigos del escritor, aunque, como hemos visto, rara vez se les identifica específicamente. Nunca se les menciona por un mero deseo vengativo personal. Son los enemigos del rey puesto por Dios. Es el Reino que Dios va edificando el que ellos están atacando, y son los propósitos de Dios a los que se están oponiendo. Lo mismo es cierto aquí en el Salmo 13. David es consciente de que lo que está en juego en su propia vida es el honor del Reino de Dios. Vive en un mundo en el que muchos se regocijarían al ver el nombre de Dios deshonrado por la humillación de uno de su pueblo. De ahí que le ruegue a Dios que se dé a conocer.
Recuperación ¿Ves lo que ha ocurrido? Ha comenzado la recuperación de David. Vuelve a leer las referencias personales en los dos primeros versículos: me… [tú]; [tú]… mí; [yo]… mi; mi; mi… mí. David ha llegado a obsesionarse (aunque sea comprensible) consigo mismo y con sus propios pensamientos y sentimientos. Sin embargo, ahora ha habido un cambio. Está en juego el Reino: el Reino de Dios. David le habla a Dios en voz alta para que éste le libre del enemigo y defienda su propia gloria divina. Empieza a ver luz al final del túnel y a perder esa sensación de estar absorto en sí mismo. ¡Lejos de acusar a Dios de olvidarse de él, ahora está suplicándole a Dios que se acuerde de su propio Reino! No nos debería extrañar que esta transición se efectuara en el contexto de la oración. ¿Has llegado a estar tan desanimado alguna vez que hayas tenido que arrastrarte fuera de la cama para ir a tener un tiempo de oración en la iglesia, o después de un día agotador hacer un gran esfuerzo para ir a la reunión semanal de oración, o aun para tener ese tiempo devocional a solas con el Señor? Luego, al emprender el trabajo de la oración, te has encontrado, sin ninguna decisión consciente por parte tuya, absorto en las necesidades de la Iglesia, la obra del Reino, y la gloria de Dios. Viniste muy cansado, y desanimado; te fuiste sintiéndote estimulado y lleno de gozo. Dios estuvo contigo, y lo supiste. Pues algo así ocurrió en la vida de David. Cuando leemos los versículos 5 y 6, encontramos a David como otro hombre: Mas yo en tu misericordia he confiado; Mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Jehová, Porque me ha hecho bien. David ha empezado a ver por sí mismo lo que ya ha estado claro para nosotros como observadores: que en el mismo proceso de articular su experiencia de la oscuridad, ha estado dando elocuente expresión a su fe viva. Como prueba de ello, a lo largo del salmo se ha dirigido a Dios utilizando el gran nombre del pacto de éste: Jehová. Se trata del nombre Yahveh, que Dios le reveló a Moisés en lazarza ardiente (Éx. 3:13–15). Este nombre es significativo. Es el nombre divino del pacto. Eso se lo subrayó a Moisés cuando le recordó que era el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Es también el nombre cuyo significado se manifestó con claridad en los acontecimientos del Éxodo: Dios es un Dios clemente y poderoso, un Dios que redime, provee y guía; es un Dios que vence cualquier oposición a su propósitos. Justo el Dios al que David necesitaba, ¡lo tenía! Sin embargo, tan desanimado estaba que tardó en darse cuenta de lo que siempre había sido verdad. Hasta clama a Él de la manera más íntima: “oh Jehová [el nombre del pacto] Dios mío.” Pero es sólo al ir terminando el salmo cuando empieza a apreciar plenamente lo que esto significa. Al hacerlo, sale como un hombre transformado. Palabras tales como estar angustiado (NVI) y tristezas luego dan lugar a otros verbos tales como confiar, alegrarse y cantar. ¿De qué se había acordado ahora David que antes había estado en peligro de olvidar? Menciona tres cosas:
La misericordia (o, gran amor, NVI) del Señor lleva a David a “confiar” en Él, fiarse de Él y descansar en Él. La palabra que se utiliza aquí es una de las más hermosas del Antiguo Testamento. Significa el amor del pacto, el amor al que Dios se compromete voluntariamente. Es lo que George Adam Smith, un erudito del Antiguo Testamento escocés de una generación anterior, solía llamar “amor leal”, o “amor de lealtad”. Dios es fiel. Es el que nunca falla. Descansad en Él; confiad en Él.
La salvación del Señor hace que el corazón de David “se alegre”. Por muy grandes que sean sus dificultades, posee algo aún más grande que ellas; y por mucho tiempo que puedan durar, su salvación durará aún más. Pablo expresa esto cuando escribe que, habiendo sido justificados, nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza (Ro. 5:2b–4 LBLA). Aquí, el apóstol traza dos líneas que conducen a la gloria de Dios: Por el hecho de que Dios ha prometido salvar a aquellos que confían en Él, aprendemos a regocijarnos en nuestra esperanza de compartir su gloria. Pero, de un modo paralelo, nuestros sufrimientos crean el contexto de la fe que persevera y del carácter espiritual genuino; y ese carácter asimismo produce la esperanza de la gloria de Dios. El saber que ya hemos sido perdonados nos hace regocijarnos; y la certeza de la salvación futura nos hace regocijarnos más aún. E hizo lo mismo para David.
La bondad del Señor le hace “cantar”. A esto debemos volver. Es una característica eminente de los salmos. Al pueblo de Dios le cuesta creer que Él es bueno, a la luz de lo que parece ser tanta evidencia en contra. Pero al llegar David a penetrar las nubes del pesimismo y casi de la desesperación que han estado suspendidas encima de su cabeza, respira el aire puro de la bondad del Señor. Ahora ve que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28). Allen Gardiner, con cuyo nombre comenzó este capítulo, hizo lo mismo. Pese a las terribles condiciones en las que murió, parece haber experimentado un sentimiento nuevo y más profundo de la bondad de Dios. Se puso a escribir pasajes de su amada Biblia. Uno de estos pasajes era el Salmo 34:10: Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien (énfasis añadido). En su debilidad pudo escribir una última anotación en su diario, con escritura muy débil. Fue ésta: “Estoy sobrecogido por un sentimiento de la bondad de Dios.” También lo estuvo David. Antes de dejar este breve salmo, o aun cualquier salmo, hay algo de lo cual debemos acordarnos. Jesucristo debió de aprender de memoria este salmo y cantarlo, y debió de hacerlo suyo. No es difícil ver lo aplicable que el Salmo 13 le sería a Jesús durante los días de su ministerio. Él supo lo que era que la vida diera la impresión de que Dios se había olvidado de Él; Él tuvo motivos de sobra para pedirle a su Padre que le protegiera de sus enemigos. Él confió en el amor constante de su Padre. Él experimentó la liberación y la salvación de Dios, tanto de los enemigos como de la muerte. Cuántas veces se acostaría por la noche pensando: “Padre, tú me has hecho bien.” Jesús ha estado donde nosotros estamos. Él sabe, entiende; Él también lo ha sentido, y te puede ayudar. Así que, pon en práctica lo que Isaías te anima a hacer cuando dice: El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios (Is. 50:10).
Ferguson, S. B. (2000). ¿Abandonado por Dios? (A. J. Birch, Trad.; Primera edición, pp. 18-32). Editorial Peregrino.
Todo lo que conocemos sobre el cristianismo nos ha sido revelado por Dios. Revelar significa “quitar el velo”. Implica el retirar la cubierta de algo que estaba oculto. Cuando mi hijo estaba creciendo, desarrollamos una tradición anual para festejar su cumpleaños. En lugar de seguir el procedimiento normal de repartir los regalos, lo hacíamos mediante una modalidad que era nuestra versión casera del programa televisivo de entretenimientos “Hagamos un trato”. Escondía sus regalos en lugares secretos tales como un cajón, o debajo del sillón, o detrás de una silla. Luego le daba opciones: “Puedes tener lo que está en el cajón del escritorio o lo que está en mi bolsillo”. El juego alcanzaba su clímax cuando llegábamos al “gran trato del día”. Colocaba en fila a tres sillas que cubría con una manta. Cada manta ocultaba un regalo. Una de las sillas tenía un pequeño regalo, la segunda silla tenía su regalo más grande, y la tercer silla tenía una muleta que había utilizado cuando se fracturó la pierna a los siete años. ¡Por tres años consecutivos mi hijo eligió la silla que tenía la muleta! (Siempre terminaba permitiéndole canjear la muleta por el verdadero regalo.) Al cuarto año, él estaba resuelto a no elegir la silla con la muleta debajo de la manta. Esta vez oculté su regalo grande junto con la muleta y dejé que la punta de la muleta asomara por debajo de la manta. Al ver la punta de la muleta, evitó elegir esa silla.
¡Nuevamente lo había atrapado! La diversión del juego consistía en adivinar dónde estaba escondido el tesoro. Pero se trataba únicamente de adivinar, de pura especulación. El descubrimiento del tesoro verdadero no podía concretarse hasta tanto la manta no hubiera sido retirada y el regalo quedara al descubierto. Lo mismo sucede con nuestro conocimiento de Dios. La especulación ociosa sobre Dios es tarea para un tonto. Si deseamos conocerle en verdad, debemos confiar en lo que Él nos dice sobre sí mismo. La Biblia nos indica que Dios se revela a sí mismo de diversas maneras. Despliega su gloria en la naturaleza y por medio de la naturaleza. En los tiempos antiguos se reveló por medio de sueños y de visiones. La marca de su providencia está demostrada en las páginas de la historia. Se revela a sí mismo en las Escrituras inspiradas. Y podemos ver el zenit de su revelación en Jesucristo que se hizo hombre —lo que los teólogos denominan “la Encarnación”. El autor de la epístola a los Hebreos escribe: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (Hebreos 1:1–2). Si bien la Biblia habla de las “muchas maneras” en que Dios se ha revelado a sí mismo, debemos distinguir entre dos tipos principales de revelación —la general y la especial. La revelación general se llama “general” por dos razones: (1) es general en cuanto a su contenido, y (2) ha sido revelada a un público en general. El contenido general La revelación general nos provee del conocimiento de que Dios existe. “Los cielos declaran la gloria de Dios”, nos dice el salmista. La gloria de Dios la vemos desplegada en la obra de sus manos. Este despliegue es tan claro y manifiesto que ninguna criatura puede dejar de apreciarlo. Nos revela la deidad y el poder eterno de Dios (Romanos 1:18–23). La revelación en la naturaleza no nos brinda una revelación completa de Dios. No nos brinda la información sobre Dios el Redentor que encontramos en la Biblia. Pero el Dios revelado en la naturaleza es el mismo Dios revelado en las Escrituras. El público en general No todas las personas en el mundo han leído la Biblia o escuchado la proclamación del evangelio. Pero la luz de la naturaleza brilla sobre cada uno en cualquier lugar y en cualquier tiempo. La revelación general de Dios tiene lugar todos los días. Él nunca se queda sin ningún testigo. El mundo visible es como un espejo que refleja la gloria de su Hacedor. El mundo es el escenario de Dios. Él es el actor principal que aparece al principio y en el centro. No puede caer ningún telón que oscurezca su presencia. De una simple mirada a la creación podemos saber que la naturaleza no es su propia madre. No hay nada de “madre” en la Madre Naturaleza. La naturaleza en sí misma no tiene ningún poder para producir ningún tipo de vida. En sí misma, la naturaleza es estéril. El poder para producir la vida reside en el Autor de la naturaleza —Dios. El sustituir la naturaleza como la fuente de vida es confundir a la criatura con el Creador. Cualquier forma de adoración de la naturaleza es un acto de idolatría y como tal le resulta detestable a Dios. Debido a la fuerza de la revelación general, todos los seres humanos saben que Dios existe. El ateísmo consiste en la negación lisa y llana de algo que se sabe ser cierto. Por eso es que la Biblia dice: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1). Cuando las Escrituras tratan de este modo al ateo, llamándolo “necio”, le están haciendo un juicio moral. Ser un necio en términos bíblicos no es ser de pocas luces o ser poco inteligente; es ser inmoral. Así como el temor de Dios es el principio de la sabiduría, la negación de Dios es el colmo de la necedad. El agnóstico, asimismo, niega la fuerza de la revelación general. El agnóstico es menos estridente que el ateo; no niega de manera tajante la existencia de Dios. Sin embargo, el agnóstico declara que no hay evidencia suficiente para decidirse por una cosa u otra con respecto a la existencia de Dios. Prefiere dejar su juicio en suspenso, dejar la cuestión sobre la existencia de Dios con un signo de interrogación. Sin embargo, a la luz de la claridad de la revelación general, la postura que asume el agnóstico no es menos detestable para Dios que la del ateo militante. Pero para todo aquel cuya mente y corazón estén abiertos, la gloria de Dios es maravillosa de contemplar -desde los billones de universos en los cielos hasta las partículas subatómicas que componen la más pequeña de las moléculas. ¡Qué Dios increíble es este a quien servimos!
En cierta ocasión un hombre joven en Filadelfia me detuvo y me preguntó: “¿Sois salvo?” Mi respuesta fue: “¿Salvo de qué?” Mi respuesta lo tomó por sorpresa. Obviamente no había pensado mucho sobre la pregunta que le estaba formulando a la gente. De lo que no me había salvado era de las personas que me detienen en la calle para acribillarme con la pregunta: “¿Sois salvo?”
La cuestión de ser salvo es la cuestión más importante de la Biblia. El tema de las Sagradas Escrituras es el tema de la salvación. En su concepción en el seno de María, Jesús es anunciado como el Salvador. El Salvador y la salvación van unidos. El papel del Salvador es salvar.
Pero volvemos a preguntarnos: ¿Salvarse de qué? El significado bíblico de la salvación es amplio y diverso. En su forma más sencilla el verbo salvar significa “ser rescatado de una situación peligrosa o amenazante”. Cuando Israel se escapó de la derrota de manos de sus enemigos en la batalla, se nos dice que fue salvado. Cuando una persona se recupera de una enfermedad que puso su vida en peligro de muerte, experimenta la salvación. Cuando se evita que una cosecha se pierda por una plaga o una sequía, el resultado es la salvación.
Utilizamos la palabra salvación de una manera similar. Decimos que a un boxeador lo “salvó la campana” si el asalto termina antes de que el árbitro acabe de contar. La salvación significa el haber sido rescatado de alguna calamidad. Sin embargo, la Biblia también utiliza la palabra salvación en un sentido específico para referirse a nuestra redención final del pecado y nuestra reconciliación con Dios. En este sentido, la salvación es la salvación de la mayor calamidad —el juicio de Dios. La salvación suprema ha sido lograda por Cristo que “nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:10).
La Biblia anuncia con total claridad que habrá un día de juicio en el que todos los seres humanos deberán rendir cuentas delante del tribunal de Dios. Para muchos este “día del Señor” será un día de oscuridad sin ninguna luz. Será el día en que Dios derrame su ira contra los malvados y los impenitentes. Será el holocausto final, la hora más oscura, la peor calamidad que haya ocurrido en la historia humana. Ser libre de la ira de Dios, que sin duda se derramará sobre el mundo, es la salvación suprema. Es la operación de rescate que Cristo como el Salvador realiza para su pueblo.
La Biblia utiliza la palabra salvación en pocos sentidos, pero en muchos tiempos verbales. El verbo salvar aparece prácticamente en todos los tiempos verbales griegos. En un sentido fuimos salvados (desde la fundación del mundo); fuimos siendo salvados (por la obra de Dios en la historia); estamos salvados (por estar en un estado de justificación); estamos siendo salvados (al ser santificados o ser hechos santos); y seremos salvados (cuando experimentemos la consumación de nuestra redención en el cielo). La Biblia nos habla de la salvación en términos del pasado, del presente y del futuro.
A veces, equiparamos la salvación presente con nuestra justificación, que es presente. Otras veces, consideramos a la justificación como un paso específico dentro del orden o plan de la salvación.
Por último, es importante señalar otro aspecto central del concepto bíblico de la salvación. La salvación es del Señor. La salvación no es un emprendimiento humano. Los seres humanos no se pueden salvar a sí mismos. La salvación es una obra divina; Dios es quien la logra y la aplica. La salvación es del Señor y proviene del Señor. Es el Señor el que nos libra de la ira del Señor.
Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 181-182). Editorial Unilit.