¿Qué oculto temor espantaba el alma del justo Job?

Porque el temor que me espantaba me ha venido,
Y me ha acontecido lo que yo temía. (Job 3:25)

¿Qué bestia moraba en el oscuro fondo de su ser? ¿Qué fantasma afligía el espíritu de este «varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal»? (1:8).
Sentado en medio de las cenizas, herido desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, enmudecido por el dolor, ¿qué es lo que le ha sobrevenido, y en respuesta a qué innombrable terror?
No temía las consecuencias de una turbia conciencia, ser descubierto en pecados ocultos, pues no los tenía; ni pagar sus faltas ante tribunales de justicia, pues no había cometido ninguna. Job era perfecto: andaba siempre en la luz de Dios. Puros eran sus pensamientos, limpia su mirada, sus palabras eran sabias, e intachables sus hechos. Vivía en paz con Dios y con los hombres.
No temía la pérdida de sus bienes o riqueza, ni la separación de sus seres más queridos. Ante la pérdida de todo, Job declaró: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (1:21). Lo que Job temía era mucho más aterrador: temía perder el favor de Dios.

El dilema de Job es indescriptiblemente cruel. Él es justo, pero Dios se ha vuelto contra él. Ha perdido irrecuperablemente la amistad de Dios. El Omnipotente es su enemigo.
Su mujer lo entendió al instante, y con clarividencia satánica espetó: «Maldice a Dios, y muérete» (2:9). No queda otra alternativa. Mejor sería no haber nacido.

Terrible crisis la del santo Job. Pero en medio de la tempestad nace una fe que le salva, pues en todo el universo de Dios, sólo la fe, la sola fe, le puede salvar. Y en el momento más oscuro de la noche surge una magnífica fe:

«Pero en mi corazón yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo;
Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios;
Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí» (19:25–27).

¡Oh, que fuera aquella noche solitaria,
Que no viniera canción alguna en ella!
Maldíganla los que maldicen el día,
Los que se aprestan a despertar a leviatán.

Park, S. S. (1991). Desde el Torbellino, Job: Más allá del sufrimiento humano (1a Edición, pp. 1-2). Publicaciones Andamio.

Hombres perversos y malos | Charles Spurgeon

24 de Marzo
“Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal.” 2 Tesalonicenses 3:3.

Los hombres a menudo están tan desprovistos de razón como de fe. Todavía hay entre nosotros “hombres perversos y malos”. No sirve de nada argumentar con ellos o procurar tener paz con ellos: tienen un corazón falso y su conversación es engañosa. Bien, ¿qué haremos? ¿Acaso nos preocuparemos por ellos? No; volvámonos al Señor, pues Él es fiel. Ninguna promesa de Su palabra será incumplida jamás. Él no es irrazonable en Sus exigencias para con nosotros, ni es infiel a nuestros argumentos relacionados con Él. Tenemos un Dios fiel. Esto ha de ser nuestro gozo.
Él nos confirmará de tal manera que los hombres perversos no ocasionarán nuestra caída, y Él nos guardará de tal manera que ninguno de los males que ahora nos asedian, nos hará realmente ningún daño. Qué bendición es para nosotros que no tengamos que contender con los hombres, y más bien que se nos permita abrigarnos en el Señor Jesús, que se identifica verdaderamente con nosotros. Hay un corazón sincero, una mente fiel, un Amor inmutable; descansemos allí. El Señor cumplirá el propósito de Su gracia para con nosotros, Sus siervos, y no debemos permitir que ni una sombra de duda caiga sobre nuestros espíritus. Todo lo que los hombres o los demonios puedan hacer, no puede impedir que gocemos de la protección y la provisión divinas. Oremos en este día pidiéndole al Señor que nos afirme y nos guarde.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román
Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Logos Bible Software.

EL ORDO SALUTIS | R.C.Sproul


Cuando miramos más detenidamente la relación entre elección y salvación, necesitamos ocuparnos de lo que los teólogos llaman el ordo salutis u “orden de la salvación”. El ordo salutis tiene que ver con el orden en que ocurren varios sucesos que conducen a nuestra redención, específicamente el orden lógico más bien que cronológico.
Con esta distinción me refiero a lo siguiente. Creemos que somos justificados por la sola fe. Pero, ¿cuánto tiempo después de poseer la verdadera fe salvadora somos justificados? ¿Cinco segundos, cinco minutos, cinco meses, cinco años? No, decimos que la justificación y la fe son coincidentes en cuanto al tiempo. En el preciso instante en que tenemos verdadera fe, en ese mismo momento Dios nos recibe como personas justificadas. Pero aun así decimos que la fe viene antes que la justificación, aun cuando ocurren al mismo tiempo. La fe precede lógicamente a la justificación. En otras palabras, dado que nuestra justificación depende y se apoya en la fe, la fe es el prerrequisito, la condición necesaria que debe estar presente para que ocurra la justificación. Así que la fe es lógicamente necesaria para la justificación. La fe precede a la justificación, no en el tiempo, sino en cuanto a necesidad lógica. Así que cuando hablamos del orden de la salvación, ten en cuenta que lo que se toma en consideración son las distinciones relativas a los prerrequisitos, sobre la base de la necesidad lógica.
En Romanos 8, tenemos uno de los versos más famosos y apreciados de todo el Nuevo Testamento: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito” (v. 28). Nótese que esta promesa de que todas las cosas están dispuestas para bien es para las personas que aman a Dios, para aquellos que son descritos como los que son llamados según su propósito.
Ese es un tipo especial de llamado. La Biblia habla sobre el llamado del evangelio que sale para todos, lo que llamamos el llamado externo o exterior. No todos los que oyen el evangelio son salvos. También se habla del llamado interior, el llamado de Dios en la persona, en el corazón, que es una obra de Dios el Espíritu Santo, un llamado que es efectivo. En este llamado, el Espíritu Santo abre el corazón de los creyentes, obrando en el interior para llevar a cabo el propósito de Dios. Es este llamado el que Pablo tiene en mente en Romanos 8:28. Todos los elegidos reciben este llamado interior, como queda claro en los versos que siguen.
Veamos la primera mitad del verso 29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo”. Pablo está hablando aquí de los propósitos de Dios respecto a la salvación, y comienza mencionando la presciencia de Dios. Él nos dice que a aquellos que Dios antes conoció, él los predestinó. ¿Cuál fue el objetivo de esta predestinación? Fue que aquellos a los que Dios conoció de antemano fueran hechos conforme a la imagen de Cristo.
En el verso 30, encontramos lo que llamamos “la cadena de oro”: “Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó”. Esta es una versión abreviada del orden de la salvación. Hay otros aspectos de la salvación aparte de los que aquí se mencionan; Romanos 8:30 toca los puntos básicos, por así decirlo. Por ejemplo, la santificación no está en esta lista. Esta lista más bien incluye (partiendo desde el verso 29), primero, el conocimiento previo; segundo, la predestinación; tercero, el llamado; cuarto, la justificación; y quinto, la glorificación.
Es muy importante para nuestra comprensión de la seguridad asimilar lo que está sucediendo en este orden de la salvación. Como señalé antes, Pablo se refiere a un orden lógico, y comienza por el conocimiento previo. La perspectiva de la elección según la presciencia que mencioné anteriormente es popular porque las personas llegan a este texto y dicen: “¡Ajá! El primer paso es el conocimiento previo. Eso significa que la elección o la predestinación se basan en algo que Dios sabe de antemano sobre las personas”. Pero el texto no dice eso. De hecho, en el desarrollo que hace Pablo de este tema en el capítulo 9, esa posibilidad queda descartada. Según la comprensión reformada de la elección, las personas elegidas según los decretos de Dios no son códigos sin nombre. Para que Dios elija a alguien, él debe tener alguna idea de la persona que está eligiendo. Así que el conocimiento previo debe preceder a la predestinación, porque Dios predestina a individuos específicos a los que ama y escoge.
El siguiente suceso lógico es la predestinación. Pablo nos dice que aquellos a los que Dios antes conoció también los predestinó. No se dice pero se entiende claramente aquí que todos los que están en la categoría del conocimiento previo están predestinados. Desde luego, la presciencia de Dios, en general, incluye a todas las personas, no solo a los elegidos. Pero aquí Pablo está hablando del conocimiento previo de Dios de sus elegidos. ¿Cómo lo sabemos? Porque Pablo declara que todos aquellos a quienes Dios conoció de antemano, en el sentido en el que aquí los conoce, son predestinados, y todos los que son predestinados son llamados, y todos los que son llamados son justificados. Este es el punto crucial. Si todos los que son llamados son justificados, Pablo no puede estar refiriéndose al llamado externo. Debe estar hablando del llamado interno, porque todos los que reciben este particular llamado reciben la justificación, así como todos los que son justificados son glorificados.
Así que si quiero saber si voy a ser glorificado —es decir, si en última instancia voy a ser salvo— necesito determinar si estoy justificado. Si estoy justificado, sé que voy a ser glorificado. En otras palabras, si ahora estoy justificado, no tengo nada de qué preocuparme: Aquel que ha comenzado una buena obra en mí va a completarla hasta el final (Filipenses 1:6).

Sproul, R. C. (2010). ¿Puedo estar seguro de que soy salvo? (E. Castro, Trad.; Vol. 7). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

¿Qué es apostasía? | Arthur W. Pink

¿Qué es apostasía?

Arthur W. Pink (1886-1952)

Amado lector, en el pasado, miles de personas estaban muy seguras de haber recibido genuinamente la salvación y, realmente, confiaban en los méritos de la obra consumada de Cristo para llevarlos seguros al cielo, como quizá lo esté usted. No obstante, ahora están sufriendo los tormentos del infierno. Su confianza era carnal… Estaban seguros de que su fe era suficiente para su salvación y no veían la necesidad de examinarse a fondo, exhaustivamente y con frecuencia, a la luz de la Escrituras, a fin de descubrir si estaban dando o no, esos frutos que son inseparables de la fe de los escogidos por Dios. Si leían un artículo como éste, con orgullo llegaban a la conclusión de que se aplicaba a otros. Estaban tan seguros de que muchos años atrás habían nacido de nuevo, que se negaban a obedecer el mandato de 2 Corintios 13:5: “Examinaos a vosotros mismos”. Ahora es demasiado tarde. Desaprovecharon su día de oportunidad y, consecuentemente, su porción para siempre fue la “negrura de las tinieblas”.

En vista de esta solemne y terrible realidad, el escritor, seriamente, llama a sí mismo y a cada lector, a humillarse ante Dios y clamar sinceramente: “Examíname, oh Dios: revélame a mí mismo. Si vivo engañado, quítame el engaño antes de que sea demasiado tarde y sufra por toda la eternidad. Capacítame para analizarme fielmente de acuerdo con tu Palabra para poder descubrir si mi corazón ha sido renovado o no, si he abandonado todo camino de mi propia voluntad y me he rendido verdaderamente a Ti; si me he arrepentido de tal manera que odio todo pecado y ansío con fervor ser libre de su poder, me aborrezco a mí mismo y busco diligentemente negarme a mí mismo; si mi fe es la que vence al mundo (1 Jn. 5:4) o si es meramente una noción que no produce una vida piadosa; si soy un pámpano fructífero de la vid o meramente algo que estorba; en pocas palabras, si soy una nueva criatura en Cristo o sólo un hipócrita”. Si tengo un corazón sincero, entonces estaré dispuesto, sí, ansioso por enfrentar y conocer la verdad acerca de mí mismo.

Quizá algunos lectores estén listos para decir: “Yo ya sé la verdad acerca de mí mismo. Creo lo que la Palabra de Dios me dice: Soy un pecador sin nada bueno en mí. Mi única esperanza está en Cristo”. Sí, querido amigo, pero tenga en cuenta que Cristo salva a su pueblo de sus pecados. Cristo envía a su Espíritu Santo a sus corazones de modo que son cambiados radicalmente; dejan de ser lo que eran antes. El Espíritu Santo derrama el amor de Dios en el corazón de aquellos que regenera, y ese amor es manifestado en un anhelo profundo y una decisión sincera de complacer a Aquel que los ama. Cuando Cristo salva a un alma, la salva, no sólo del infierno, sino del poder del pecado. Lo libra del dominio de Satanás y del amor al mundo. Lo libra del temor al hombre, las lascivias de la carne y el amor a sí mismo. Es cierto que no ha completado esta obra bendita; es cierto que la naturaleza pecadora no ha sido aún erradicada, pero el que es salvo, ha sido liberado del dominiodel pecado (Ro. 6:14). La salvación es algo sobrenatural que cambia el corazón, renueva la voluntad, transforma la vida, de manera que es evidente a todos a su alrededor que hubo un milagro de gracia… Una fe que no produce un vivir piadoso, un caminar obediente, un fruto espiritual, no es la fe de los elegidos de Dios. Oh mi lector, le ruego que se examine con diligencia y fidelidad a la luz de la Palabra infalible de Dios. No pretenda ser un hijo de Abraham, a menos que haga las obras de Abraham (Jn. 8:39).

¿Qué es apostasía? Es hacer naufragar la fe (1 Ti. 1:19). Es el corazón apartado del Dios viviente (He. 3:12). Es volver al mundo y ser vencido por él, después de un escape previo de su contaminación, a través del conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo (2 P. 2:20). Hay varios pasos que la preceden. Primero, es mirar hacia atrás (Lc. 9:62) como la esposa de Lot, quien externamente partió de Sodoma, pero su corazón se quedó allí. Segundo, es retractarse (He. 10:38): Los requerimientos de Cristo son demasiado exigentes para apelar al corazón. Tercero, es dar la espalda (Jn. 6:66): La senda de santidad es demasiado angosta para los deseos de la carne. Lo cuarto, es la caída definitiva, lo cual es fatal: “Hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados” (Is. 28:13).

Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), reimpreso por Chapel Library.

A. W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures) y muchos libros, incluyendo los muy reconocidos: La soberanía de Dios (The Sovereignty of God) y Los atributos de Dios (Attributes of God). Nacido en Nottingham, Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y, en 1934, regresó a su patria.

“Acordemos, pues, esta noción de apostasía, la cual es evidente: es dejar la obediencia que debemos a nuestro legítimo Señor”. —Thomas Manton

Los Pensamientos del Pecador Arrepentido | Salvador Gómez Dickson

CAPÍTULO 3
Los Pensamientos del Pecador Arrepentido
Entonces, volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores.”
Lucas 15:17–19


Su situación era desesperada. Tinieblas y oscuridad se cernían sobre sí. El panorama era lóbrego y sombrío. ¡Pero de repente le ilumina un rayo de luz! Como si el sol estuviera amaneciendo por primera vez en su alma, brota la esperanza de una solución: “Esto no tiene que seguir así.”
Cuando el telón vuelve a elevarse, encontramos a nuestro personaje con una actitud completamente distinta. Lo que hemos conocido de la historia hasta este punto se debe en parte a la conversación que sostuvieron el padre y el hijo, y la narración que Cristo hizo de los eventos. Ahora podemos apreciar un ingrediente nuevo. Somos introducidos en la mente del individuo y somos capaces de leer sus pensamientos.
Algo extraordinario ha ocurrido. Es como si por esta experiencia el hombre pasara de un estado de locura a la cordura. El texto nos lo hace saber con la expresión: “Y volviendo en sí…” Mientras el hombre vive para sí mismo, entregado a sus pasiones y pecados (sean estos groseros o no), su vida es una especie de locura. No fue sino hasta este momento que él entiende que la realidad de la vida era otra. La vida sin Dios es una especie de demencia. La vida en pecado es un trastorno del diseño original del Creador; “este su camino es locura” (Sal. 49:13).
Aarón reconoció esto cuando murmuró junto a María contra Moisés; él dijo a Moisés: “locamente hemos actuado, y hemos pecado” (Núm. 12:11). Las palabras de Samuel al reprender a Saúl fueron: “locamente has hecho” (1 Sam. 13:13). Y David, por su parte, confesó a Dios: “He hecho muy locamente” (1 Cr. 21:8).
El pecador no arrepentido está fuera de su juicio. Es la fe y el arrepentimiento lo que le trae a ver las cosas de nuevo conforme a la realidad. Un hombre que está fuera de sus facultades percibe su mundo alrededor de modo distinto a la verdad. Y es así todo pecador. Ve el mundo y la vida desde una óptica completamente distinta. La realidad de Dios y de sí mismo le son ocultas. Vive en su mundo pensando que todo está bien. Y parte de lo que hace el arrepentimiento bíblico es cambiar esa manera de pensar que el hombre tiene de sí mismo y de Dios.
¿Qué es lo normal? Este hijo pensaba que lo juicioso era seguir los deseos de su corazón tras la independencia y el placer. Pero ahora se nos revela que tal cosa es locura para Dios. Aunque todos lo hagan, no es lo correcto; es un trastorno del plan de Dios para el hombre. Mientras disfrutaba del pecado y procuraba la satisfacción de sus anhelos, no veía cuál era su condición ante el Juez de todos los hombres. Hasta ahora había tratado de aplacar su hambre y miseria con soluciones ineficaces. Pensó que la solución quizás estaba en sí mismo: en la capacidad de trabajar y producir dinero. Pero ‘volvió en sí’, y los pensamientos que aquí se expresan, nos muestran lo que pasa por la mente de un pecador cuando se arrepiente.
¿Cuál es el proceso de pensamiento de un alma arrepentida? Recurrimos a la comprehensiva y precisa definición de arrepentimiento que nos brinda el Catecismo Menor:
“El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, por la cual un pecador, con un verdadero sentimiento de su pecado, y comprendiendo la misericordia de Dios en Cristo, con dolor y aborrecimiento de su pecado, se aparta del mismo para ir a Dios, con pleno propósito y esfuerzo para una nueva obediencia.”
El catecismo presenta dos elementos que son la raíz de todo verdadero arrepentimiento: (1) un verdadero sentimiento de su pecado y (2) una comprensión de la misericordia de Dios en Cristo. Son éstos los elementos que encontramos en los pensamientos del pecador arrepentido, aunque en nuestro pasaje los encontramos en un orden inverso.

Comprendiendo la Misericordia de Dios en Cristo
“Me levantaré e iré a mi padre.” No más huir; no más juegos. La realidad era sólo una y había que enfrentarla. Antes el pecador pensaba que la solución la podía encontrar en él mismo o por sí mismo. Ahora entiende que su necesidad sólo puede ser satisfecha por Dios. “Tengo problemas, y el único que los puede solucionar es mi padre.” Pero no sólo meditó en la capacidad que su padre tenía para ello; también reflexionó en su disposición. Dios no sólo tiene poder para salvar al pecador; sino que también es misericordioso y no quiere la muerte del que muere (Ez. 18:32).
“¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre.” Este es un elemento vital en todo verdadero arrepentimiento. Una persona puede sentir la carga de la culpa del pecado tras sus espaldas, pero si no comprende que en Dios hay perdón, nunca se acercará a Él. Fue lo que ocurrió con Judas; sintió su pecado, pero no supo ir a Dios por misericordia. No tuvo confianza en la promesa de que si se arrepentía e iba a Dios sería recibido y perdonado.
Observa el contraste con el salmista cuando expresa: “Si mirares a los pecados, ¿quién, oh, Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:3–4). Pensar en lo que somos y en lo que hemos hecho contra Dios, sin considerar su misericordia, es una consideración inaguantable. “¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?”
Nuestro personaje pensó en los jornaleros que laboraban en la casa de su padre. En aquellos días, un jornalero trabajaba por paga diaria. Era uno que estando de pasada, podía realizar alguna asignación de trabajo por un breve período de tiempo.
El punto es que, en el momento en que el hijo piensa en estos jornaleros, es cuando aprecia con claridad el carácter bondadoso de su padre. “¡Cuán bueno es! Hasta sus siervos tienen lo que necesitan y más.” Así comenzó la obra de arrepentimiento en su corazón. Empezó a albergar ideas correctas acerca de Dios. Conocía muy bien que ningún mendigo que se acercaba a la casa de su padre se iba con las manos vacías. Pensó, por tanto, que si podía ir como mendigo pidiendo misericordia, ésta le sería otorgada. Comprendió que el menor en el reino de los cielos es mayor que los príncipes de este mundo. “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Salmo 84:10). Para este joven, la ‘buena vida’ ya no estaba en el mundo, sino en la casa de su padre.

Con un Verdadero Sentimiento de su Pecado
Nuestro protagonista no sólo comenzó a albergar pensamientos correctos acerca de Dios, sino que por primera vez se vio a sí mismo apropiadamente. ¿Y qué observó?… Pecado. No sólo pensó en la bondad y misericordia de su padre, sino que igualmente pudo percatarse de todo cuanto había hecho en contra suya. “Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.”
Ese pensamiento no era otra cosa que el reflejo de la experiencia de su corazón. Este muchacho se sentía profundamente convicto de pecado. Su confesión nos habla de dolor por el hecho de haberse rebelado contra el gobierno de amor y bondad de su padre. Más aún, nos habla de su aborrecimiento al pecado. Ahora, todo aquello que anteriormente consideraba su derecho (gozar de la vida a su manera), lo pasa a ver como pecado.
‘Pecado’ no es una palabra que esté muy de moda hoy en día. La humanidad quisiera borrarla de su vocabulario. Pero es un término bíblico vital. Dios mismo la dejó plasmada en Su Santa Palabra. Y éste, tal y como fue dejado en la Biblia, no es algo relativo. El hombre quisiera hacerlo relativo a sus circunstancias y deseos, y sin embargo, Dios lo ha presentado clara y diáfanamente en términos absolutos. El pecado es toda transgresión de la ley de Dios. La vida de todo hombre comienza en pecado y permanece en éste a menos que el Salvador haga una obra de gracia en su corazón. Quizás todavía usted mire su vida con los mismos ojos que el hijo pródigo manifestó al principio; quizás aún piense que es su derecho el gozar de la vida a su manera, y si no nace y crece la convicción de que también usted ha pecado contra el cielo y ante Dios, morirá en su pecado e irá al lugar de miseria sin remedio.
El hombre de nuestra parábola admitió su insensatez. “He pecado contra los criterios divinos.” No empezó a excusar sus pecados. No pensó simplemente pedir una segunda oportunidad. Vio que el pecado es horrendo e inexcusable a los ojos de Dios. Manifestó el dolor de un corazón quebrantado. El orgullo que le llevó a pecar es ahora abandonado: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus jornaleros.” Ante sus ojos él no era digno de ser parte de la familia de Dios. ¡Qué bueno que despertó de su locura, sin importar que fuese a través de los azotes de la miseria del pecado! Es la misma experiencia de David: “De lo profundo a ti clamo” (Salmo 130:1).
¡Qué terrible es la condición del pecador que recibe los azotes de la miseria del pecado, y aún así endurece su corazón delante de Dios para no arrepentirse! ¡Qué difícil le es al hombre confesar delante del Altísimo y delante de los hombres: “He pecado”!… ¿Lo ha dicho usted?
Muchos hombres permiten que la indecisión entre dos mundos les gobierne. Claro que no quieren ir al infierno; por supuesto que anhelan ir al cielo; pero también es cierto que quieren seguir viviendo conforme a sus deseos, disfrutando de los pecados que tanto aman, y abrazando las miserias que les entretienen. Están dispuestos a arriesgar la eternidad con tal de vivir brevemente (muy brevemente) haciendo aquello a lo que su corazón les inclina. Tal es la ambivalencia entre dos mundos. En lugar de ganar una franca entrada por las puertas de oro a la Canaán celestial, su camino desemboca en un lago de fuego inextinguible, desprovistos de aquello por lo que perdieron la vida eterna.
Por esto vemos que, cuando el verdadero arrepentimiento llegó a este hijo pródigo, la ambivalencia se acabó. El mundo perdió todo su esplendor. “Si hay un hogar, pensó él, es la casa de mi padre.” No valía la pena cambiar la ciudadanía del reino de Dios por la de este mundo.

Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 20-26). Salvador Gómez Dickson.