¿Qué oculto temor espantaba el alma del justo Job?

Porque el temor que me espantaba me ha venido,
Y me ha acontecido lo que yo temía. (Job 3:25)
¿Qué bestia moraba en el oscuro fondo de su ser? ¿Qué fantasma afligía el espíritu de este «varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal»? (1:8).
Sentado en medio de las cenizas, herido desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, enmudecido por el dolor, ¿qué es lo que le ha sobrevenido, y en respuesta a qué innombrable terror?
No temía las consecuencias de una turbia conciencia, ser descubierto en pecados ocultos, pues no los tenía; ni pagar sus faltas ante tribunales de justicia, pues no había cometido ninguna. Job era perfecto: andaba siempre en la luz de Dios. Puros eran sus pensamientos, limpia su mirada, sus palabras eran sabias, e intachables sus hechos. Vivía en paz con Dios y con los hombres.
No temía la pérdida de sus bienes o riqueza, ni la separación de sus seres más queridos. Ante la pérdida de todo, Job declaró: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (1:21). Lo que Job temía era mucho más aterrador: temía perder el favor de Dios.
El dilema de Job es indescriptiblemente cruel. Él es justo, pero Dios se ha vuelto contra él. Ha perdido irrecuperablemente la amistad de Dios. El Omnipotente es su enemigo.
Su mujer lo entendió al instante, y con clarividencia satánica espetó: «Maldice a Dios, y muérete» (2:9). No queda otra alternativa. Mejor sería no haber nacido.
Terrible crisis la del santo Job. Pero en medio de la tempestad nace una fe que le salva, pues en todo el universo de Dios, sólo la fe, la sola fe, le puede salvar. Y en el momento más oscuro de la noche surge una magnífica fe:
«Pero en mi corazón yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo;
Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios;
Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí» (19:25–27).
¡Oh, que fuera aquella noche solitaria,
Que no viniera canción alguna en ella!
Maldíganla los que maldicen el día,
Los que se aprestan a despertar a leviatán.
Park, S. S. (1991). Desde el Torbellino, Job: Más allá del sufrimiento humano (1a Edición, pp. 1-2). Publicaciones Andamio.