LO QUE CADA MADRE NECESITA SABER

LO QUE CADA MADRE NECESITA SABER
POR GLORIA FURMAN


Cada madre necesita saber en lo más profundo de su ser que Jesucristo es Aquel a quien todos los profetas estaban apuntando. Jesús es el Rey davídico que había sido profetizado y que reina sobre las naciones. Jesús ha vencido a Sus enemigos, y a través de Su Espíritu está estableciendo Su iglesia—ese magnífico “templo” multiétnico en la tierra. Dios ha establecido Su morada entre hombres y mujeres a través de Su Espíritu. Jesús es el verdadero Hijo—haciendo lo que ni Adán, ni Israel, ni David pudieron hacer—que vive fielmente de cada palabra que sale de la boca de Dios. De entre todas las naciones de la tierra, Jesús está llamando a un pueblo para Sí mismo, para que sean “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios” (1P 2:9). Jesús está sacando a personas de Adán y colocándolas en Sí mismo. Jesús está reemplazando corazones de piedra con corazones de carne. Con cada día que pasa, el día del Señor se va acercando, y esa no es una esperanza vana. La maternidad es un ministerio estratégico en las manos del Hijo del Hombre que fue profetizado.

Tenemos un rol sacerdotal en el que le presentamos nuestras súplicas a Dios por medio de Cristo, súplicas por Sus ovejas elegidas que están esparcidas entre las naciones. “¡Señor, escúchanos! ¡Señor, perdónanos! ¡Señor, atiéndenos y actúa! Dios mío, haz honor a Tu nombre y no tardes más; ¡Tu nombre se invoca sobre Tu ciudad y sobre Tu pueblo!” (Daniel 9:19).

Tenemos el rol real de difundir la luz del evangelio por todo el reino tenebroso de Satanás, animándonos unas a otras y edificándonos unas a otras (1Ts 5:1-11). Y tenemos un rol profético, a medida que escuchamos y obedecemos al único y verdadero Dios que se ha revelado en Su Palabra, y hablamos con la verdad acerca de Él y de Su actividad en el mundo. Como madres con una misión, para nosotras es de particular importancia el escuchar y obedecer lo que Dios ha revelado como Sus propósitos para nosotras como mujeres.

Nuestras amigas, subculturas y gobiernos tienen sus propias ideas acerca de la imagen que debemos mostrar y cómo hacerlo, pero ¿cuadran esas imágenes con lo que el Creador ha dicho en Su Palabra? ¿Es coherente con la forma en que Jesucristo está moldeando a las mujeres para que sean madres con una misión que hacen discípulos en todas las naciones?

Nuestro rol profético en el mundo deriva del hecho de que hemos sido creadas a la imagen de Dios y recreadas a la imagen de Cristo. Desde las amas de casa en Santa Clara hasta las abuelas en Nepal, todas las culturas del mundo tienen sus propias ideas de la imagen que las mujeres deben representar. (Y ni hablar de cómo esas ideas cambian con el tiempo.) Dependiendo de la imagen que cada cultura tenga, a las mujeres se le asignan “trabajos de mujer”. El razonamiento es el siguiente: las mujeres hacen lo que hacen porque eso es lo que son. Tal razonamiento puede ser correcto, pero si la imagen es incorrecta, entonces también lo será el rol. Basta pensar en la pornografía o el voyerismo farandulero como ejemplos de esto. ¿Cuál es la imagen percibida de las mujeres dentro de esos esquemas? ¿Cuál, entonces, sería el rol que desempeña la mujer al mostrar esa imagen? Piensa en las imágenes de las madres en tu propia cultura. ¿A quién o qué se supone que deben de encarnar? ¿Cuáles son las funciones que estas madres deben desempeñar?

En medio de todo este mar de ideas, la Biblia afirma la verdad inmutable de que las mujeres están hechas a la imagen de Dios. Las mujeres hacen lo que hacen porque Dios las hizo de esa manera. Reflejamos la imagen del Creador, porque eso es lo que somos: generadoras de la imagen de Dios. La imago Dei implica necesariamente capacidades y habilidades dadas por Dios, pero también implica que nuestras actividades son igualmente ordenadas por Dios.

Las mujeres muestran la imagen de su Creador a través del ejercicio de la función y el llamado de Dios para ellas (o, en otras palabras, su vocación). Podríamos decir que los términos vocación y misión son sinónimos. Nuestro Padre ha diseñado una función para nosotras y nos ha llamado a ejercerla mediante el cumplimiento de la misión que Él nos dio. Trabajando, dirigiendo, hablando, sirviendo, cuidando, liderando, enseñando y construyendo—todas estas capacidades y más son dones de Dios como provisión para la misión que Él nos dio de hacer discípulos en todas las naciones.

Ahora mismo, en todo el mundo, las mujeres están naciendo de nuevo y siendo transformadas a la imagen de Cristo al contemplar la gloria suprema y permanente de Su ministerio (2Co 3:16-18). Este nuevo nacimiento es una palabra profética al mundo que nos ve. A través del evangelio de Dios, las mujeres están siendo conformadas a la imagen de Su Hijo. Jesús está renovando a las madres misionales, no a la imagen de Eva antes de que cayera, sino a algo más glorioso: a Su propia imagen. Las mujeres que están en Cristo hacen lo que hacen porque para eso es que Cristo las está recreando.

Las madres con una misión están experimentando el poder transformador de Jesús a medida que Él va dándoles nuevas habilidades para trabajar, dirigir, hablar, servir, cuidar, liderar, enseñar y construir según Su patrón cruciforme, fortalecidas por Su Espíritu, y para que Su gloria sea conocida en el mundo. No se trata de ser súper mamás; se trata de ser madres con una misión. Me encanta como lo dijo Susan Hunt en su libro Spiritual Mothering [Maternidad espiritual]:

A medida que el deseo creciente de una mujer de imitar a Dios produce obediencia a Su Palabra, ella va desarrollando características maternales. Nuestra femineidad nos capacita para la maternidad; nuestra fe produce ciertas características de esa maternidad. Algunas de las características que vemos en las Escrituras son la fuerza, la excelencia, la ternura, la generosidad, el deseo de nutrir y cuidar, el consuelo, la compasión, el afecto, la protección y el sacrificio.

El Verbo hecho carne es Cristo mismo, y cuando Su Palabra mora en abundancia en Sus nuevas creaciones, entonces el mundo puede ver cómo Su Palabra profética está obrando hoy.


Este artículo Lo que cada madre necesita saber fue adaptado de una porción del libro Madres con una misión publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

Planifica el futuro confiando en la provisión de Dios.

Serie: Perfeccionismo y control

Planifica el futuro confiando en la provisión de Dios
Por Mike Emlet

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Dios es verdaderamente soberano, y yo soy verdaderamente responsable de vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios. Él sostiene todas las cosas con la diestra de Su justicia (Is 41:10; Heb 1:3), y lo que yo hago con mis manos importa (Mt 5:30). Una cosa es afirmar que la soberanía de Dios y la responsabilidad humana son enseñanzas bíblicas, pero ¿cómo vivimos fielmente estas verdades de manera equilibrada en la vida diaria?

La realidad es que vivimos constantemente en la tensión empírica entre la soberanía de Dios y nuestra responsabilidad, entre el llamado a confiar y el llamado a actuar. Aquí hay un ejemplo trivial: configuré mi alarma para que me despertara esta mañana. Probablemente no juzgues eso como un acto de desconfianza total de la providencia de Dios. Hice planes. No asumí que Dios me despertaría sobrenaturalmente a las 5:30 a.m. Ese no fue un acto de incredulidad, sino una aceptación sabia de los medios secundarios. Por el otro lado, dependí de Dios para que me diera un sueño de calidad, mantuviera mi vida mientras dormía y conservara la precisión mecánica de mi despertador y la red eléctrica que lo alimenta. Estoy llamado a vivir en un mundo donde Dios es soberano y mis acciones en verdad importan.

¿PODER, PRESUNCIÓN O PRUDENCIA?
Pero es fácil desequilibrarse y pasar al «modo poder» o al «modo presunción». En el modo poder, nos hacemos cargo de nuestras vidas como si la responsabilidad humana fuera la totalidad de la ecuación. La planificación excesiva es común en este escenario. Hay una ausencia funcional de un Dios soberano; desde luego, reconocemos la soberanía de Dios, pero en la práctica no afecta nuestra vida diaria. Por el otro lado, hay un énfasis excesivo en las causas secundarias. Como resultado de estos desequilibrios, podemos vernos tentados a la ansiedad, el miedo, el control excesivo, la responsabilidad excesiva, el perfeccionismo y la ira. ¿Por qué? Porque creemos que todo depende de nosotros.

En el modo presunción, soltamos nuestras vidas como si la soberanía de Dios fuera la totalidad de la ecuación. Es común que haya poca o nula planificación. Aquí hay un énfasis exacerbado en la soberanía de Dios, pero una ausencia funcional de las causas secundarias. Como resultado de estos desequilibrios, podemos vernos tentados a la pereza, la pasividad, el estoicismo, el fatalismo y la indecisión. ¿Por qué? Porque creemos que todo depende de Dios.

Las Escrituras se mantienen alejadas de ambos extremos. No estamos llamados a vivir en nuestro propio poder ni con presunción. La Palabra de Dios ofrece una alternativa: la prudencia. La prudencia implica una planificación sabia y abundante en oración. Se caracteriza por una visión sólida de la soberanía y la providencia de Dios: Él es responsable. Además, mantiene un énfasis adecuado en las causas secundarias: yo también soy responsable. Vemos este énfasis dual en toda la Biblia. Una y otra vez, la Escritura nos llama a confiar en el cuidado providencial de Dios y a planificar bien y trabajar duro en varias esferas de la vida. Quiero profundizar en un área específica: la provisión material para nosotros y nuestras familias mientras confiamos nuestras labores al cuidado del Señor.

LA PROVISIÓN MATERIAL
Un aspecto inherente de nuestro papel como portadores de la imagen de Dios es que participamos en trabajos significativos. Dios plantó el huerto del Edén, pero Adán debía cultivarlo y cuidarlo (Gn 2:8, 15). Si bien la caída hizo que el trabajo fuera fatigoso (3:17-19), trabajar para mantenernos a nosotros mismos, a nuestras familias y a otras personas en necesidad sigue siendo una norma para nosotros.

Incluso en el desierto, cuando Dios proveyó maná de manera milagrosa para los israelitas, ellos estaban llamados a recogerlo y prepararlo todos los días de acuerdo con Su voluntad y mandamientos revelados (Ex 16). Recogían lo suficiente para cada día todas las mañanas, excepto el sexto día, cuando Dios proveía una porción doble porque debían descansar el séptimo día. Los que desconfiaron de la provisión de Dios (ya sea tratando de guardar algo de maná durante la noche en un día laboral o saliendo a recogerlo el día de reposo) experimentaron la reprensión de Dios. Dios proveyó soberanamente, y el pueblo respondió en la obra práctica de la obediencia, administrando lo que Él proveyó. Nuestro trabajo es importante, pero está basado en la obra providencial de Dios.

En nuestro papel como mayordomos, Dios nos advierte sobre la pereza que conduce a la pobreza (Pr 6:6-11), nos dice que trabajemos tranquilamente y nos ganemos la vida (1 Tes 4:11-12; 2 Tes 3:6-12) y nos exhorta a proveer para los miembros de nuestra casa (1 Tim 5:8) y los necesitados (Ef 4:28). Incluso el apóstol Pablo trabajó duro como fabricante de tiendas a fin de no ser una carga para sus iglesias incipientes (Hch 18:3; 1 Tes 2:9).

Al mismo tiempo, Dios llama a Su pueblo a recordar que Él es Su proveedor supremo. Cuando los israelitas llegaron a Canaán, la provisión milagrosa de Dios se detuvo y debieron hacer el trabajo de cultivar la tierra (Ex 16:35). Sin embargo, Dios advirtió: «No sea que digas en tu corazón: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza”. Pero acuérdate del SEÑOR tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas» (Dt 8:17-18). Solo podemos lograr lo que Él nos permite (Sal 127:1-2). Además, Jesús nos recuerda que no debemos estar ansiosos por las provisiones materiales porque el Padre cuida de nosotros, conoce nuestras necesidades y ya nos ha dado el mayor regalo de todos: Su Reino (Lc 12:22-32). Como resultado, Jesús nos anima a ser generosos con nuestras posesiones materiales, confiando en la provisión de nuestro Padre (vv. 33-34).

Por lo tanto, es correcto considerar las necesidades materiales de nuestra familia, presupuestar de acuerdo a ellas y trabajar diligentemente. Abre un plan de ahorro universitario si puedes. Aparta dinero en una cuenta de jubilación individual. Ahorra para el techo nuevo o la remodelación de la cocina. Pero, por otro lado, no acumules tus posesiones de manera autoprotectora, impulsado por el orgullo, el miedo o la codicia, como se describe en la parábola del rico necio relatada por Jesús (vv. 13-21).

PLANIFICA BIEN Y SÉ FLEXIBLE
Dios no nos llama a vivir en nuestro propio poder ni presumiendo neciamente de Su providencia, sino en una prudencia sabia y equilibrada. Haz planes, pero sé flexible. Vive de acuerdo con la voluntad revelada de Dios, encomendándote a ti y a tus seres queridos a Sus planes soberanos. Santiago 4:13-15 refleja bien esta dinámica:

Oigan ahora, ustedes que dicen: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia. Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debieran decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.

Debemos esperar que, en ocasiones, Dios cambie drásticamente nuestros planes y seamos llamados a someternos humildemente a Sus propósitos amorosos y buenos.

¿Cómo puedes saber si estás perdiendo el equilibrio? Primero, busca la sobrecarga de tu corazón: las tentaciones y los estilos de vida específicos que mencioné anteriormente, asociados con un énfasis excesivo en la responsabilidad humana o en la soberanía de Dios. En segundo lugar, presta atención a tu vida de oración. Si es anémica, estás diciendo (funcionalmente, al menos) que tu propia planificación y acciones son lo que en realidad importa (modo poder) o que en verdad no importa lo que hagas (incluso en la oración) porque Dios simplemente hará lo que hará (modo presunción).

Lo que hacemos importa. En ningún caso presuponemos que Dios obrará al margen de nuestra agencia. Al contrario, considerando nuestros propios planes con humildad, reconocemos que: «Muchos son los planes en el corazón del hombre, mas el consejo del SEÑOR permanecerá» (Pr 19:21). Solo Él puede decir: «Ciertamente, tal como lo había pensado, así ha sucedido; tal como lo había planeado, así se cumplirá» (Is 14:24). Y esa es una buena noticia. Los propósitos soberanos e infalibles de Dios nos dan libertad y valor para soñar, hacer planes, trabajar duro, fracasar con valentía, triunfar humildemente y volver a buscar Su rostro.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Mike Emletpropo
El Dr. Mike Emlet es profesor de la Christian Counseling & Educational Foundation Fundación de Consejería y Educación Cristiana. Es autor de CrossTalk [Conversaciones sobre la cruz] y Descriptions and Prescriptions [Descripciones y prescripciones].

Tempestad en el lago

Lunes 29 Agosto
Levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?
Marcos 4:39-41
Tempestad en el lago
Leer Marcos 4:35-41
Como los discípulos en la barca durante la tempestad, los cristianos atraviesan el mar agitado de este mundo.

Si Jesús está en nuestro barco, aunque nos parezca que duerme, el naufragio es imposible, porque nuestra suerte está unida a la suya. Notemos que Jesús estaba en la popa del barco, cerca del timón. Este detalle nos recuerda que, a pesar de las apariencias, él dirige la barca. Los discípulos, angustiados, no comprendían cómo Jesús podía dormir en semejante situación, y lo despertaron: Maestro, vamos a perecer, ¿no te importa?

Lo mismo sucede en nuestros días: cuando pasamos por momentos difíciles, solemos pensar que el Señor duerme y no se preocupa por nosotros. ¡Qué error! Él mismo dio la orden: “Pasemos al otro lado”. Los discípulos aún no habían comprendido quién era su Maestro. Si hubieran creído su palabra, hubieran estado seguros de llegar a su destino sanos y salvos, a pesar de la tempestad.

Él nos prometió: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:20). Con Jesús en la barca de nuestra vida no tenemos nada que temer, aunque parezca que él duerme. Las olas y el viento pueden sacudirnos, pero con Jesús siempre estaremos seguros. Confiemos en él; suceda lo que suceda, él tendrá el control de cualquier situación.

Jeremías 31:21-40 – 1 Corintios 7:1-24 – Salmo 102:1-8 – Proverbios 22:10-11

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

EL HOMBRE NO ES SEÑOR DE SU CAMINO 

Lectura del libro devocional Manatiales en el Desierto; escrito por L.B. Cowman y leído por Orlando Rosario (locutor de BBN).

Este programa es producido por BBN Dios suple las necesidades financieras de BBN por medio del generoso aporte de sus oyentes. Esas ofrendas, con base bíblica en Gálatas 6:6 nos permiten proveer sin ningún cargo un espacio para nuestros programadores. Su ofrenda nos va a ayudar para que muchos conozcan a Cristo por medio de programas como este.

El problema, no la solución

Domingo 28 Agosto
Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios.
Filipenses 4:6
Mis pensamientos no son vuestros pensamientos; ni vuestros caminos mis caminos, dijo el Señor. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.
Isaías 55:8-9
El problema, no la solución
Los turistas se fueron al lago con su velero. Gracias a una buena brisa, navegaban rápidamente. Pero cuando se encontraron en medio del inmenso lago, el viento cesó. En pleno mes de agosto, el sol ardía y la superficie del agua parecía tan llana como un espejo. El tiempo pasaba… los viajeros pidieron a Dios que el viento soplara. Pero nada cambió. La inquietud dio paso a la angustia. ¿Dios no los escuchaba?

De repente percibieron un punto negro que se acercaba. Pronto reconocieron el barco del pescador en cuya casa se habían hospedado, que venía para socorrerlos…

Después, uno de ellos se puso a reflexionar sobre este episodio. Habían pedido a Dios que el viento volviera a soplar. Pero en realidad esa no era la solución divina. Ellos necesitaban regresar a su casa sanos y salvos. El viento solo era una solución posible. Dios tenía otra. No respondió conforme a las palabras de su oración, sino que lo hizo a su manera.

Cuando exponemos a Dios un problema, no le “dictemos la solución”. Dios es más grande que nosotros. Él tiene todos los medios a su disposición, y puede respondernos de mil maneras que nosotros ni siquiera imaginamos. Nuestra “solución” quizá no sea la mejor.

Expongámosle simplemente nuestro problema, y confiemos en él. Él nos responderá, tal vez no de la manera que nosotros esperamos, pero su respuesta siempre será sabia y adaptada a la situación.

Jeremías 31:1-20 – 1 Corintios 6 – Salmo 101:5-8 – Proverbios 22:8-9

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Una teología de la familia

Motivos para la adoración familiar
J. Merle D’Aubigne (1794-1872)
“Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. —Josué 24:15
“Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea la suya”. —Números 23:10


Hemos dicho, hermanos míos, en una ocasión anterior, que si queremos morir su Muerte, debemos vivir su Vida. Es cierto que hay casos en los que el Señor muestra su misericordia y su gloria a los hombres que ya se encuentran en el lecho de muerte y les dice como al ladrón en la cruz: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). El Señor sigue dándole a la Iglesia ejemplos similares de vez en cuando. Y lo hace con el propósito de exhibir su poder soberano por el cual, cuando le agrada hacerlo así, puede quebrantar el más duro de los corazones y convertir a las almas más apartadas de Dios para mostrar que todo depende de su gracia y que tiene misericordia de quien tiene misericordia. Con todo, estas no son sino raras excep- ciones de las que no pueden depender en absoluto y, mis queridos oyentes, si desean morir la muerte del cristiano, deben vivir la vida del cristiano. Sus corazones deben estar verdade- ramente convertidos al Señor; verdaderamente preparados para el reino y confiar sólo en la misericordia de Cristo deseando ir a morar con Él. Ahora, amigos míos, existen varios me- dios por los cuales pueden prepararse en vida para obtener, un día futuro, un bendito final. Y es en uno de estos medios más eficaces en el que queremos reflexionar ahora. Este medio es la adoración familiar; es decir, la edificación diaria que los miembros de una familia cristiana pueden disfrutar mutuamente. “Pero yo y mi casa [le dijo Josué a Israel] serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). Deseamos hermanos, darles los motivos que deberían inducirnos a resolver lo mismo que Josué y las directrices necesarias para cumplirlo.

¿Por qué la adoración familiar?

  1. Para darle gloria a Dios
    Sin embargo, hermanos míos, si el amor de Dios está en sus corazones y si sienten que por haber sido comprados por precio, deberían glorificar a Dios en sus cuerpos y sus espíritus, que son de Él, ¿hay otro lugar aparte de la familia y el hogar en el que prefieren glorificarle? A ustedes les gusta unirse con los hermanos para adorarle públicamente en la iglesia; les agrada derramar su alma delante de Él en el lugar privado de oración. ¿Será que en la presencia de ese ser con el que hay una unión para toda la vida, hecha por Dios, y delante de los hijos es el único lugar donde no se puede pensar en Dios? ¿Será tan solo que no tienen bendiciones que atribuirle? ¿Será tan solo que no tienen que implorar por misericordia y protección? Se sienten libres para hablar de todo cuando están con la familia; sus conversaciones tocan mil asuntos diferentes; ¡pero no cabe lugar en sus lenguas y en sus corazones para una sola pa- labra sobre Dios! ¿No alzarán la mirada a Él como familia, a Él que es el verdadero Padre de sus familias? ¿No conversará cada uno de ustedes con su esposa y sus hijos sobre ese Ser que un día tal vez sea el único Esposo de su mujer y el único Padre de sus hijos? El evangelio es el que ha formado la sociedad doméstica. No existía antes de él; no existe sin él. Por tanto, pa- recería que el deber de esa sociedad, llena de gratitud hacia el Dios del evangelio, fuera estar particularmente consagrada a él. A pesar de ello, hermanos míos, ¡cuántas parejas, cuántas familias hay que son cristianas nominales28 y que incluso sienten algún respeto por la religión y no nombran nunca a Dios! ¡Cuántos ejemplos hay en los que las almas inmortales que han sido unidas nunca se han preguntado quién las unió y cuáles serán su destino futuro y sus objetivos! ¡Con cuánta frecuencia ocurre que, aunque se esfuerzan por ayudarse el uno al otro en todo lo demás, ni siquiera piensan en echarse una mano en la búsqueda de lo único que es necesario, en conversar, en leer, en orar con respecto a sus intereses eternos! ¡Esposos cristianos! ¿Acaso sólo deben estar unidos en la carne y por algún tiempo? ¿No es también en el espíritu y para la eternidad? ¿Son ustedes seres que se han encontrado por accidente y a quienes otro accidente, la muerte, pronto separará? ¿No desean ser unidos por Dios, en Dios y para Dios? ¡La fe cristiana29 uniría sus almas mediante lazos inmortales! Pero no los rechacen; más bien al contrario, estréchenlos cada día más, adorando juntos bajo el techo doméstico. Los viajantes en el mismo vehículo conversan sobre el lugar al que se dirigen. ¿Y no conversarán ustedes, compañeros de viaje al mundo eterno, sobre ese mundo, del cami- no que conduce a él, de sus temores y de sus esperanzas? Porque muchos andan —dice San Pablo— como os he dicho muchas veces, y ahora os lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo (Fil. 3:18) porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo (Fil. 3:20).
  1. Para proteger a los hijos del pecado
    Si tienen el deber de estar comprometidos con respecto a Dios en sus hogares y esto para su propio bien, ¿no deberían también estar comprometidos por amor a los que forman su familia, cuyas almas han sido encomendadas a su cuidado y, en especial, por sus hijos? Les preocupa en gran extremo la prosperidad de ellos, su felicidad temporal; ¿pero no hace esta preocupación que el descuido de ustedes por su prosperidad eterna y su felicidad sea aún más palpable? Sus hijos son jóvenes árboles que les han sido confiados; el hogar es el vivero donde deberían de crecer y ustedes son los jardineros. ¡Pero oh! ¿Plantarán esos jóvenes árboles tier- nos y preciosos en una tierra estéril y arenosa? Y sin embargo es lo que están haciendo, si no hay nada en el hogar que los haga crecer en el conocimiento y el amor de su Dios y Salvador. ¿No están ustedes preparando para ellos una tierra favorable de la que puedan derivar savia y vida? ¿Qué será de sus hijos en medio de todas las tentaciones que los rodearán y los arras- trarán al pecado? ¿Qué les ocurrirá en esos momentos turbulentos en los que es tan necesario fortalecer el alma del joven con el temor de Dios y, así, proporcionarle a esa frágil barca el lastre necesario para botarla sobre el inmenso océano?
    ¡Padres! Si sus hijos no se encuentran con un espíritu de piedad en el hogar, si por el con- trario, el orgullo de ustedes consiste en rodearlos de regalos externos, introduciéndolos en la sociedad mundana, permitiendo todos sus caprichos, dejándoles seguir su propio curso, ¡los verán crecer como personas superficiales, orgullosas, ociosas, desobedientes, insolentes y extravagantes! Ellos los tratarán con desprecio y cuanto más se preocupen ustedes por ellos, menos pensarán ellos en ustedes. Este caso se ve con mucha frecuencia; pero pregúntense a ustedes mismos si no son responsables de sus malos hábitos y prácticas. Y sus conciencias responderán que sí, que están comiendo ahora el pan de amargura que ustedes mismos han preparado. ¡Ojalá que la consciencia les haga entender lo grande que ha sido su pecado con- tra Dios al descuidar los medios que estaban en su poder para influir en los corazones de sus hijos y pueda ser que otros queden advertidos por la desgracia de ustedes! No hay nada más eficaz que el ejemplo de la piedad doméstica. La adoración pública es, a menudo, demasiadovaga y general para los niños, y no les interesa suficientemente. En cuanto a la adoración en secreto, todavía no la entienden. Si una lección que se aprende de memoria no va acompa- ñada por nada más, puede llevarlos a considerar la fe cristiana como un estudio, como los de lenguas extranjeras o historia. Aquí como en cualquier otra parte e incluso más que en otro lugar, el ejemplo es más eficaz que el precepto. No se les debe enseñar que deben de amar a Dios a partir de un mero libro elemental, sino que deben demostrarle amor por Dios. Si observan que no se brinda adoración alguna a ese Dios de quien ellos oyen hablar, la mejor instrucción resultará ser inútil. Sin embargo, por medio de la adoración familiar, estas jóve- nes plantas crecerán “como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae” (Sal. 1:3). Los hijos pueden abandonar el techo parental, pero recordarán en tierras extrañas las oraciones que se elevaban en el hogar y esas plegarias los protegerán. “Si alguna… tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia” (1 Ti. 5:4).
  1. Para producir verdadero gozo en el hogar
    ¡Y qué delicia, qué paz, qué felicidad verdadera hallará una familia cristiana al erigir un altar familiar en medio de ellos y al unirse para ofrecer sacrificio al Señor! Tal es la ocupación de los ángeles en el cielo ¡y benditos los que anticipan estos gozos puros e inmortales! “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna” (Sal. 133). ¡Oh qué nueva gracia y vida le propor- ciona la piedad a una familia! En una casa donde se olvida a Dios, hay falta de educación, mal humor e irritación de espíritu. Sin el conocimiento y el amor de Dios, una familia no es más que una colección de individuos que pueden sentir más o menos afecto natural unos por otros; pero falta el verdadero vínculo, el amor de Dios nuestro Padre en Jesucristo nuestro Señor. Los poetas están llenos de hermosas descripciones de la vida doméstica; ¡pero, desa- fortunadamente, qué distintas suelen ser las imágenes de la realidad! A veces existe falta de confianza en la providencia de Dios; otras veces hay amor a la riqueza; otras, una diferencia de carácter; otras, una oposición de principios. ¡Cuántas aflicciones, cuantas preocupaciones hay en el seno de las familias!
    La piedad doméstica impedirá todos estos males; proporcionará una confianza perfecta en ese Dios que da alimento a las aves del cielo; proveerá amor verdadero hacia aquellos con quienes tenemos que vivir; no será un amor exigente y susceptible, sino un amor misericor- dioso que excusa y perdona, como el de Dios mismo; no un amor orgulloso, sino humilde, acompañado por un sentido de las propias faltas y debilidades; no un amor ficticio, sino un amor inmutable, tan eterno como la caridad. “Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos” (Sal. 118:15).
  1. Para consolar durante momentos de prueba
    Cuando llegue la hora de la prueba, esa hora que tarde o temprano debe llegar y que, en ocasiones, visita el hogar de los hombres más de una vez, ¡qué consuelo proporcionará la pie- dad! ¿Dónde tienen lugar las pruebas si no en el seno de las familias? ¿Dónde debería adminis- trarse, pues, el remedio para las pruebas si no en el seno de las familias? ¡Cuánta lástima debe dar una familia donde hay lamento, si no hay esa consolación! Los diversos miembros de los que se compone incrementan los unos la tristeza de los otros. Sin embargo, cuando ocurre lo contrario y la familia ama a Dios, si tiene la costumbre de reunirse para invocar el santo nom- bre de Dios de quien viene toda prueba y también toda buena dádiva, ¡cómo se levantarán las almas desanimadas! Los miembros de la familia que siguen quedando alrededor de la mesa sobre la que está el Libro de Dios, ese libro donde encuentran las palabras de resurrección, vida e inmortalidad, donde hallan promesas seguras de la felicidad del ser que ya no está en medio de ellos, así como la justificación de sus propias esperanzas. Al Señor le complace enviarles al Consolador; el Espíritu de gloria y de Dios viene sobre ellos; se derrama un bálsamo inefable30 sobre sus heridas y se les da mucho consuelo; se trans- mite la paz de un corazón a otro. Disfrutan momentos de felicidad celestial: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4). “Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol… Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal. 30:3, 5).
  1. Para influir en la sociedad
    ¿Y quién puede decir, hermanos míos, la influencia que la piedad doméstica podría ejercer sobre la sociedad misma? ¡Qué estímulos tendrían todos los hombres al cumplir con su deber, desde el hombre de estado hasta el más pobre de los mecánicos! ¡Cómo se acostumbrarían todos a actuar con respeto, no sólo a las opiniones de los hombres, sino también al juicio de Dios! ¡Cómo aprendería cada uno de ellos a estar satisfecho con la posición en la que ha sido colocado! Se adoptarían buenos hábitos; la voz poderosa de la conciencia se reforzaría: La prudencia, el decoro, el talento, las virtudes sociales se desarrollarían con renovado vigor. Esto es lo que podríamos esperar, tanto para nosotros mismos como para la sociedad. La piedad tiene promesa en la vida que transcurre ahora y la que está por venir.

Tomado de “Family Worship” (Adoración familiar), disponible en Chapel Library.

J. H. Merle D’Aubigne (1794-1872): Pastor, catedrático de historia de la Iglesia, presidente y ca- tedrático de teología histórica en la Escuela de teología de Ginebra; autor de varias obras sobre la historia de la Reforma, incluido su famoso History of the Reformation of the Sixteenth Century (Historia de la Reforma del siglo XVI) y The Reformation in England (La Reforma en Inglaterra).

¿Y después?

Sábado 27 Agosto

Está establecido para los hombres que mueran una sola vez.

Hebreos 9:27

Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.

2 Timoteo 1:10

¿Y después?

“Tengo salud, fortuna, belleza… ¿y después?

 – Tengo oro, dinero… ¿y después?

 – Cuando fuera el único en poseer el genio y el saber, ¿qué sucederá después con ello?

 – Cuando debiera disfrutar del mundo durante mil años, ¿qué pasará después? La muerte llega rápido y quita todo. ¿Qué hallaremos más allá de sus puertas?… Solo Dios merece ser servido…”.

Estas reflexiones, escritas por la reina María Cristina Ferdinande de Bourbon-Siciles (1806-1878), fueron halladas después de su muerte en su libro de piedad. Esta reina había comprendido el secreto de la verdadera felicidad: la fe en Dios, quien es amor. Ella sabía que el éxito, la riqueza o la salud no dan la verdadera felicidad, que los placeres ofrecidos por el mundo pueden ayudar a olvidar momentáneamente las preocupaciones… ¿y después?

La Biblia siempre lo ha declarado: este mundo no podrá satisfacer ni dar la verdadera felicidad al hombre (Eclesiastés 6). El apóstol Pablo experimentó que conocer a Cristo es una cosa excelente, e incluso lo único importante (Filipenses 3:8). Seremos felices si sabemos que somos amados por Dios y perdonados por la obra de Jesús, “el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). Jesús libera del miedo a la muerte a todos los que reconocen su culpabilidad y lo aceptan como su Salvador y Señor. Él les da la vida eterna (Juan 17:2). “En ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12).

Jeremías 30 – 1 Corintios 5 – Salmo 101:1-4 – Proverbios 22:7

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«El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (Sal. 135:6)

Salmo 135
«El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (Sal. 135:6).
Si Dios no fuese soberano sobre todo en el universo, entonces no ten- dríamos razones para confiar en Él y atesorar sus promesas. Seguro sería una deidad frustrada e infeliz. ¿Qué sentido tendría adorar a un «dios» incapaz de hacer lo que quiera? ¿Cómo seríamos felices en Él?
Pero el Dios verdadero sí es soberano. «El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (v. 6). La Biblia habla tanto sobre la soberanía de Dios, ¡que sería fácil pensar que este es Su atributo favorito!
La soberanía de Dios consiste en que Él tiene la autoridad y el poder para llevar a cabo todo aquello que Él quiere que ocurra.

Esta soberanía significa que cuando Dios obra algo, no fue porque alguien lo obligó a eso, sino porque Él quiso hacerlo. Y cuando Dios permite algo (trátese de un sufrimiento presente o cualquier otra cosa) fue porque en un sentido Él quiso que eso ocurriera conforme a sus propósitos.
En otras palabras, Dios está detrás de todo lo que pasa, ya sea obrándolo directamente para que ocurra u orquestándolo según sus buenos designios (que no comprendemos completamente desde este lado de la eternidad). Y lo hace de forma tal que Él nunca es au- tor del pecado y las cosas que están mal en el mundo (Stg. 1:13-17).
De manera específica, el Salmo 135 señala que Dios gobierna sobre la naturaleza y las naciones (v. 5-7, 10-12), y que Su soberanía está por encima de cualquier ídolo que tengamos (v. 5, 15-18). Los ídolos en este mundo no pueden hacer nada por nosotros, pero el Dios soberano sí. Al mismo tiempo, en el corazón de este salmo vemos también que Dios es soberano en sus hechos redentores a favor de sus escogidos (v. 4, 8, 12-14).
Esto debe inundarnos de esperanza cuando la duda y el temor nos golpean. Dios fue soberano a nuestro favor en la cruz, en la hora más decisiva de la historia y cuando todo parecía arruinado (Hech. 2:23; 4:27-28). Por lo tanto, aunque en nuestros momen- tos difíciles no tenemos todas las respuestas que quisiéramos, sí tenemos la certeza que más necesitamos: podemos confiar en que Dios gobierna todo en nuestras vidas para nuestro bien (Rom. 8:28, 32).

El gran predicador Carlos Spurgeon decía que la soberanía de Dios es la almohada sobre la que el cristiano puede reposar su cabeza. ¿Estás reposando en esta verdad?

El control de Dios y nuestra responsabilidad

Por Guy M. Richard

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

R.C. Sproul será recordado por muchas cosas, pero quizás la más importante de todas sea su visión elevada de Dios. Durante su vida, R.C. ayudó a iniciar una especie de reforma moderna que invitó a la Iglesia a abrazar lo que bien podría denominarse la «Deidad de Dios». Su ministerio, que continúa a través de la obra de la revista Tabletalk y Ministerios Ligonier, se basó en gran medida en la idea central de que si Dios no es soberano, entonces no puede ser Dios. R.C. nos recordaba frecuentemente que el sentido común demuestra que esta idea debe ser cierta. Es que si hubiera alguien o algo en el universo más poderoso o con más autoridad que Dios, entonces ese alguien o algo por definición sería Dios.

Sin embargo, el sentido común no es lo único que apunta en esta dirección; la enseñanza abrumadora de la Escritura ciertamente también lo hace. R.C. también nos recordaba eso con regularidad. De este modo, leemos en 1 Timoteo 6:15-16 que Dios es llamado el «único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores; el único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible». En el Salmo 95:3 se nos dice que nada es más poderoso ni tiene más autoridad que Dios. Él es «Rey grande sobre todos los dioses». Nadie puede resistir Su voluntad (Rom 9:19), nadie puede detener Su Mano (Dn 4:35), Él reina sobre las naciones (Sal 22:28) y todos los reyes de la tierra están sujetos a Él (Sal 2).

Pero además, pasajes como Efesios 1:11 y Salmos 115:3 son útiles para demostrar que la soberanía no se trata únicamente de lo que Dios es, sino también de lo que Dios hace. Él es soberano y actúa soberanamente. Él «permanece para siempre» (Sal 9:7), «obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad» (Ef 1:11) y siempre hace «todo lo que le place» (Sal 115:3).

Aunque esta visión de Dios es tremendamente alentadora, nunca debería llevarnos a tener una actitud fatalista hacia la vida que nos haga negarnos a asumir la responsabilidad de nuestras acciones y decisiones. La Biblia dice con claridad que los seres humanos somos genuinamente responsables. Romanos 14:12, por ejemplo, nos dice claramente que cada ser humano «dará a Dios cuenta de sí mismo». Y la Escritura nos manda constantemente a arrepentirnos (Hch 17:30), creer (16:31), obedecer (Mt 28:20), ocuparnos en nuestra salvación (Flp 2:12), hacer el bien (Gal 6:9), poner nuestra mente en las cosas de arriba (Col 3:2), orar en todo tiempo (1 Tes 5:17) y hacer discípulos en todas las naciones (Mt 28:18). Estas cosas indican que nuestros pensamientos, palabras y acciones realmente importan.

Pero, ¿cómo conciliamos estas dos verdades? ¿Cómo es posible que Dios sea soberano a tal grado que todo lo que sucede ocurra «conforme al consejo de su voluntad», y que al mismo tiempo los seres humanos puedan ser genuinamente responsables por sus acciones y decisiones? Para responder a esta interrogante, los teólogos se han basado en dos distinciones principales. Por un lado, han distinguido entre la voluntad oculta y la voluntad revelada de Dios, y por el otro, han distinguido entre la causalidad primaria y la secundaria. Examinaremos cada una de ellas.

Cuando hablamos de la voluntad oculta de Dios, enfatizamos el hecho de que Dios sabe muchas cosas que tú y yo no sabemos. Nos referimos a lo que algunos han llamado Su voluntad decretiva, esa voluntad por la cual, en palabras de la Confesión de Fe de Westminster, Dios «ordena todo lo que acontece». Tú y yo no podemos conocer esta voluntad; está escondida de nosotros. Pero, afortunadamente, Dios no nos ha ocultado todo. Él nos ha revelado muchas cosas en Su Palabra y a través de ella, y estas cosas constituyen Su voluntad revelada para nuestras vidas. Puede que no sepamos lo que nos sucederá mañana, el próximo mes o el próximo año, pero sí sabemos que debemos amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mr 12:29-31). Sabemos que no debemos tener otros dioses delante de Él (Ex 20:3). Y sabemos que debemos obedecer todo lo que Dios nos ha mandado (Mt 28:20). Estas cosas nos han sido reveladas claramente. Como dice Deuteronomio 29:29, las cosas ocultas o «secretas pertenecen al SEÑOR nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre».

Por lo tanto, como R.C. solía decir con franqueza, la soberanía de Dios, en cierto sentido, «no es asunto nuestro». Necesitamos dejar que Dios sea Dios. Necesitamos dejar que Él se preocupe por lo que sucederá o dejará de suceder. Nuestro deber no es prestar atención a las cosas ocultas o secretas de Dios, sino a las que son reveladas. Nuestras acciones y decisiones, en cuanto son regidas por la Palabra de Dios, son las que «nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre».

Hechos 27:13-44 presenta un precedente interesante acerca de la voluntad oculta y la voluntad revelada de Dios, y el modo en que la soberanía divina opera junto con la responsabilidad humana. En este pasaje, Dios le revela a Pablo algo que normalmente sería parte de Su voluntad oculta. En medio de una feroz tormenta en el mar en la que fueron «abandonando toda esperanza» (v. 20) de salvarse, Dios le dice a Pablo que no perecerá en la tormenta y que tanto él como todos los demás a bordo del barco saldrían con vida. Pero, incluso con este conocimiento de la voluntad oculta de Dios, Pablo igualmente les ordena a los soldados a bordo que eviten que los marineros abandonen el barco cuando intentan escapar en el bote salvavidas (vv. 30-31); de todas maneras insta a «todos» a comer algo de alimento para preservar sus vidas (vv. 33-34), y el centurión de todos modos se anticipa a los planes de los soldados, que eran matar a Pablo y al resto de los prisioneros, liberando tempranamente a los presos (vv. 42-44).

Lo interesante en este caso es que tanto Pablo como el centurión conocen la voluntad oculta de Dios. Ambos saben que Dios ha decretado la supervivencia de todos los del barco (v. 21). Pablo, al menos, confía en que el decreto de Dios se cumplirá en sus vidas y que todos se salvarán. Sin embargo, a pesar de esta confianza, Pablo y el centurión se comportan como si sus acciones y decisiones realmente importaran. La explicación más probable para esto es que por lo menos Pablo debe haber entendido que la voluntad decretiva de Dios se cumpliría en y a través de sus acciones y decisiones, y las del centurión. La soberanía de Dios, en lugar de hacer que sus acciones y decisiones sean innecesarias, las emplea y las usa para lograr exactamente lo que Dios quiere que suceda.

Y eso nos lleva a la segunda distinción que queremos hacer: entre la causalidad primaria y secundaria. Cuando nos referimos a Dios como la causa principal o última de todas las cosas, simplemente estamos reconociendo que Dios es soberano y que actúa soberanamente. Estamos diciendo que nada lo toma por sorpresa, que nada sucede por accidente, que no hay una «molécula suelta» ni una fuerza suelta en el universo que esté más allá del poder y control de Dios, y que todo lo que sucede es parte de la voluntad decretiva de Dios.

Pero aunque Dios es la causa primaria o final de todo lo que sucede, no es la única causa. En Hechos 27, por ejemplo, vemos varias causas secundarias por las que Pablo y los demás se salvan. Vemos que Pablo advierte al centurión y a los soldados que mantengan a los marineros a bordo, vemos que el centurión y los soldados cortan la cuerda del bote salvavidas, vemos que Pablo exhorta a la gente a comer y vemos que el centurión frustra el plan de los soldados de matar a los prisioneros. Ninguna de estas causas es la fundamental, porque solo Dios es la causa fundamental de todas las cosas. Sin embargo, todas son causas secundarias; son medios que Dios usa para cumplir Sus propósitos. Y también son causas reales, como se evidencia en la advertencia de Pablo a los soldados: «Si estos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros» (v. 31).

R.C. Sproul pasó su vida invitándonos a abrazar la «Deidad» de Dios, junto con los muchos beneficios que la acompañan, y al mismo tiempo nos desafió a vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios. R.C. sabía que nuestras acciones y decisiones realmente importan. Sabía que el soberano y glorioso Dios del universo realmente cumple Sus propósitos perfectos en y a través de nuestras acciones y decisiones imperfectas. Y, por eso, sabía que el ahora en verdad cuenta para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Guy M. Richard
El Dr. Guy M. Richard es director ejecutivo y profesor adjunto de teología sistemática en el Seminario Teológico Reformado de Atlanta. Es autor de varios libros, entre ellos Baptism: Answers to Common Questions [El bautismo: Respuestas a las preguntas más comunes].

¿Tiene usted paz? (3)

Viernes 26 Agosto

Andrés… halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías. (Natanael dijo a Jesús:) Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.

Juan 1:4149

¿Tiene usted paz? (3)

“Algún tiempo después se presentó un hombre en mi casa: -¿Señor Gil Bernard? Vengo a traerle el Nuevo Testamento que usted pidió… Lo invité a entrar, y después de una agradable y enriquecedora conversación, me preguntó si podía leer un pasaje del libro que traía en respuesta a mi carta. Leyó lentamente la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32). No hay necesidad de comentar esta parábola, me dije a mí mismo, he comprendido… Sin rodeos pregunté a mi visitante: -¿Jesús es el Mesías de Israel? Él guardó silencio un momento, y luego respondió: -¡Sí, Jesús es el Mesías de Israel y el Salvador del mundo!

Eso fue un choque para mí. Quedé sin palabras. Apenas tuve la fuerza para decir a mi invitado que debía prepararme para ir a cantar esa misma noche. Antes de irse, me pidió que le prometiera leer el Nuevo Testamento. La petición me pareció extraña, pero acepté. Y cumplí la palabra. Volviendo a leer los evangelios, tuve la impresión de andar sobre los pasos de Jesús, y mi vida fue transformada.

Tres años más tarde dejé el salón de música, pero no la canción. Elegí cantar mi fe en Jesús. La decisión de abandonar mi trabajo fue difícil, pero nunca lo lamenté. Recibí más de lo que esperaba, una vida plena y feliz, a pesar de los momentos dolorosos. Dios es fiel y me ha sostenido en las alegrías y en las penas. Tengo la esperanza de alabarlo eternamente”.

Gil Bernard

Jeremías 29 – 1 Corintios 4 – Salmo 100 – Proverbios 22:5-6

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