¿Cómo hablo con mis hijos sobre el coronavirus?

Soldados de Jesucristo

John Piper Responde

Episodio 58 – ¿Cómo hablo con mis hijos sobre el coronavirus?

John Piper

Es el fundador y escritor principal de DesiringGod.com y es presidente de Bethlehem College & Seminary. Durante 33 años Piper ha servido como pastor de Bethlehem Baptis Church. Ha escrito más de 50 libros, entre ellos Cinco puntos y Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder.

Es uno de los escritores cristianos más reconocidos de las últimas décadas. Su escritura es  caracterizada por un corazón pastoral y un estilo confrontador, pero también alentador. Sus más de 30 años de ministerio están recopilados gratuitamente en artículos y vídeos. Los puedes encontrar en: DesiringGod.org.

El pastor John Piper vive en la ciudad de Minneapolis, Estados Unidos con su esposa Noel. Tiene cinco hijos y catorce nietos.

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Sitio Internet: somossoldados.org

Lávese las manos (1)

Sábado 5 Marzo

Las palabras del Señor son palabras limpias, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces.

Salmo 12:6

Lávese las manos (1)

Testimonio

“En plena pandemia del coronavirus, cumplí con la cita médica programada para un control del marcapasos que me fue instalado hace dos años.

Cuando llegué al hospital, hombres vestidos con trajes especiales me interpelaron:

 – ¿Qué desea?

 – Tengo una cita con el cardiólogo.

 – Primero vaya a esa gran carpa.

Seguí el camino indicado en el suelo.

 – ¿Qué desea?, preguntó una enfermera.

 – Tengo cita con el cardiólogo a las 11:30.

 – Vaya a esa cabina.

Allí me atendió otra enfermera ubicada detrás de un plástico protector.

 – ¿Tiene una confirmación de la cita?

 – Sí señora, aquí está. Después de mirar detenidamente la orden, me entregó un papel verde.

 – Con esto lo dejarán entrar en el hospital.

Para ingresar a la enorme carpa, tuve que lavarme las manos; al salir de allí, tuve que lavármelas por segunda vez; al entrar al hospital, me exigieron lavarme las manos; antes de sentarme en la sala de espera, me lavé las manos por cuarta vez; después de que el médico revisó el marcapasos, me las lavé otra vez, antes de salir del hospital. Cuando por fin terminé este largo recorrido, pensé jocosamente: ¿a qué viniste al hospital? ¿Estás tan sucio que debes lavarte las manos cada rato?

Meditando un poco en esto, recordé la primera vez que entré en una sala donde se predicaba el Evangelio. ¡Cuán grande ha sido mi Señor!”.

(mañana continuará)

Éxodo 17 – Hechos 13:1-25 – Salmo 30:1-5 – Proverbios 10:31-32

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

46 – El error de la liberación y la auto-liberación de demonios

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 46

El error de la liberación y la auto-liberación de demonios

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

16 – LA SANTIDAD DE DIOS

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

16 – LA SANTIDAD DE DIOS

La primera oración que aprendí siendo un niño fue la sencilla oración de agradecimiento frente a los alimentos: «Dios es grande; Dios es bueno. Y le agradecemos estos alimentos». Supongo que esta oración debería de rimar. Al menos, rimaba cuando la recitaba mi abuela que pronunciaba food («alimentos») de manera tal que rimara con good («bueno»).

Estas dos virtudes asignadas a Dios en esta oración, la grandeza y la bondad, están comprendidas en una sola palabra bíblica, la santidad. Cuando hablamos de la santidad de Dios, estamos muy acostumbrados a asociarla casi exclusivamente con la pureza y la justicia de Dios. Sin duda que la idea de santidad contiene dichas virtudes, pero no constituyen el significado principal de la santidad.

La palabra bíblica santo tiene dos significados distintos. El significado principal es «lo apartado» o «lo otro». Cuando decimos que Dios es santo, estamos llamando la atención a la profunda diferencia que existe entre Él y todas las demás criaturas. Se refiere a la majestad trascendente de Dios, a su augusta superioridad, en virtud de la cual Él es digno de todo nuestro honor, nuestra reverencia, nuestra adoración y nuestra alabanza. Él es «otro», o es distinto a nosotros en su gloria. Cuando la Biblia habla de objetos santos, o de un pueblo santo, o de un tiempo santo, se refiere a objetos que han sido apartados, consagrados o hechos diferentes por la mano de Dios. El suelo que pisaba Moisés frente a la zarza que ardía era suelo santo porque Dios estaba allí, presente de una manera muy especial. Era la cercanía de lo divino que convertía a lo ordinario súbitamente en algo extraordinario, y a lo cotidiano en algo fuera de lo común.

El segundo significado de santo se refiere a las acciones puras y justas de Dios. Dios hace lo que está bien. Nunca hace algo que esté mal. Dios siempre actúa de manera justa porque su naturaleza es santa. Podemos entonces diferenciar la justicia interna de Dios (su naturaleza santa) de la justicia externa de Dios (sus acciones)..

Como Dios es santo, es grande y bueno al mismo tiempo. No hay maldad entremezclada con su bondad. Cuando somos llamados dos a ser santos, no significa que hemos de compartir la majestad divina de Dios, sino que hemos de apartarnos de nuestra pecaminosidad normal como caídos. Hemos sido llamados a reflejar el carácter moral y la actividad de Dios. Hemos de imitar su bondad

Resumen

La santidad tiene dos significados: (1) «lo otro» o «lo apartado», y (2) «las acciones puras y justas».  

SANTO = 1. Lo otro (majestad) y 2. Pureza (justicia)

Hemos sido llamados a ser santos -a reflejar la justicia y la pureza de Dios.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Ex. 3: 1-6 

1 Sam. 2:2  

Ps. 99: 1-9  

Is. 6:1-13 

Rev. 4:1-11

El cesacionismo

Ministerios Ligonier

Serie: Doctrinas mal entendidas

El cesacionismo
Por Robert Rothwell

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas

Ellos adoran así porque no tienen el Espíritu Santo». Escuché esa frase muchas veces durante mis días como cristiano pentecostal/carismático, años atrás. Así era cómo los pentecostales hablábamos sobre los creyentes no pentecostales, en especial sobre los que siguen una liturgia formal. Creíamos que, aunque los no pentecostales eran salvos, carecían de la unción del Espíritu Santo, lo que quedaba en evidencia en su estilo de adoración, que externamente era menos dinámico y más estructurado que el nuestro. Nuestra teología pentecostal nos decía que los dones de lenguas y de profecía nunca cesaron, así que todo grupo que no practicara esos dones ni el típico dinamismo externo vinculado a ellos carecía del Espíritu, o al menos de la plenitud de Su presencia. Según nuestra postura, creer que esos dones han cesado equivale a creer que el Espíritu Santo no está obrando en Su pueblo. Estábamos opuestos al cesacionismo, la doctrina que sostiene que los dones espirituales que comunican o confirman la revelación divina ―en particular los dones de lenguas, milagros y profecía― cesaron con la muerte del último apóstol.

Para ser honestos, gran parte de la culpa del vincular la postura cesacionista con la incredulidad en la presencia y obra continua del Espíritu era mía y de mis amigos pentecostales. No estudiamos el cesacionismo en detalle ni hablamos con los mejores representantes de esa postura. Sin embargo, los cesacionistas no estaban exentos de culpa. Los cesacionistas que conocíamos lo eran solo por costumbre, no por convicción. No es justo culpar a los cristianos pentecostales/carismáticos por malinterpretar el cesacionismo cuando los únicos cesacionistas que conocen niegan la realidad permanente de los llamados «dones de señales» (lenguas, milagros y profecía) más por miedo a lo extraño que basados en un argumento bíblico bien desarrollado.

Sería necesario escribir todo un libro para poder presentar una defensa cabal del cesacionismo, pero la esencia de la postura puede articularse brevemente. Cuando Dios imparte una nueva revelación especial, utiliza métodos extraordinarios como la profecía y las lenguas para otorgar tal revelación, y también señales extraordinarias como los milagros para confirmar a las personas que debemos recibir (los profetas y los apóstoles) como comunicadores inspirados de Su revelación. En consecuencia, cuando Dios no está impartiendo una nueva revelación especial, no utiliza señales ni métodos extraordinarios; más bien, obra en y a través de la exposición de Su revelación especial (la Escritura), llevada a cabo por maestros dotados y ancianos de la iglesia debidamente instalados.

Vale la pena considerar algunas evidencias bíblicas en favor del cesacionismo. En primer lugar, el pueblo de Dios ha pasado siglos sin tener profetas en varios períodos de su historia. Por ejemplo, Dios no le habló a Su pueblo mediante profetas ―al menos no mediante profetas como normalmente los concebimos― desde los días de Abraham hasta Moisés. Más aún, los judíos del primer siglo reconocían que el Señor no había enviado profetas durante los cerca de cuatro siglos que transcurrieron entre Malaquías y Juan el Bautista. Sin embargo, Dios estuvo obrando en esos períodos, aunque no hubo profetas.

En segundo lugar, los milagros no eran acontecimientos cotidianos en los tiempos bíblicos. Solo ocurrían cuando Dios entregaba a Su pueblo nuevas revelaciones que iban a ser escritas. Si vemos la Escritura como un todo, hallamos tres grandes períodos de milagros: durante los tiempos de Moisés, de Elías y Eliseo y de Jesús y Sus apóstoles. Cada uno de estos períodos estuvo caracterizado por nuevas revelaciones especiales de Dios. Moisés recibió la ley y fue hecho mediador del antiguo pacto. Elías y Eliseo representan la institución formal del oficio profético y de los muchos oráculos que los profetas darían. Jesús y Sus apóstoles instituyeron el nuevo pacto e impartieron instrucciones necesarias para la era del nuevo pacto. Dado que incluso los milagros bíblicos fueron tan limitados, no hay razón para esperar que en todas las generaciones haya gente con el don de obrar milagros.

En tercer lugar, Hebreos 1:1-4 nos dice que la Palabra final de Dios para nosotros es Su Hijo y que la manera en que Él habla mediante Su Hijo ―y, en consecuencia, mediante los apóstoles que hablaron a la Iglesia con Su autoridad― no es igual a las muchas maneras en que Él habló antes de la venida de Jesús. Ya que Jesús es nuestro Profeta y que los apóstoles del primer siglo ejercieron un ministerio profético, la diferencia entre Jesús y Sus apóstoles y los profetas del antiguo pacto no es que Jesús y Sus apóstoles hayan empleado nuevos métodos de enseñanza, sino que hablaron de forma final y definitiva. Ellos pusieron el fundamento de la Iglesia (Ef 2:18-22), así que no debemos esperar que continúe habiendo revelaciones, pues el fundamento se coloca una sola vez. Ya no es necesario que Jesús nos guíe mediante profetas y apóstoles.

Por último, cuando observamos la instrucción de Jesús y los apóstoles para el período postapostólico, no encontramos ningún llamado a que la Iglesia busque profetas, o que espere que la gente haga milagros o que procure recibir nuevos mensajes o lineamientos del Señor mediante personas con el don de lenguas. En esta línea, son especialmente pertinentes pasajes como Hechos 20, donde Pablo se despide de los ancianos de Éfeso, y las últimas cartas escritas por los apóstoles antes de su muerte, entre ellas, las epístolas paulinas de 1 y 2 Timoteo y Tito, además de 1, 2 y 3 de Juan. ¿Cuál es el mandamiento de estos textos para la Iglesia? Que retenga la tradición ―la enseñanza apostólica― que la Iglesia ya había recibido, no que busque nuevas revelaciones.

A la luz de todo esto y de la alta estima que goza la doctrina de la Escritura en la teología reformada, no es de sorprender que el cesacionismo sea la postura reformada estándar. De hecho, creer que los dones de lenguas, profecías y milagros han cesado es un concepto tan entrelazado con la visión reformada confesional de la Palabra escrita de Dios y el poder declarativo de la Iglesia postapostólica que en verdad es imposible ser reformado y a la vez creer en la continuidad de los dones ya mencionados. Si la revelación especial divina no ha cesado, si la profecía y sus dones relacionados continúan, no tenemos otra alternativa que registrar esa revelación y seguirla, pues Dios exige que guardemos y sigamos Su Palabra. Si la revelación especial divina no ha terminado, Dios no ha hablado finalmente en Su Hijo y el canon cerrado de la Escritura no puede ser nuestra última regla de fe y práctica. Combinar la teología reformada con la postura continuista, que enseña que los dones de profecía, milagros y lenguas continúan, equivale a producir una mezcla inestable e irreconciliable de elementos contradictorios.

Sin embargo, eso no significa que los cesacionistas neguemos la presencia y la obra continua del Espíritu Santo. Los cesacionistas no creemos que el Espíritu sea incapaz de hablar a través de profetas en la actualidad, sino solo que ha escogido no hacerlo. Los cesacionistas creemos que el Espíritu puede sanar a las personas de forma inesperada ―y a menudo lo hace― cuando oramos por ellas. Creemos que el Espíritu Santo nos habla a través de la sana exposición de Su Palabra. Creemos que nos abre y cierra puertas e incluso ordena «coincidencias» providenciales en nuestras vidas. De hecho, yo afirmo que el cesacionismo reformado tradicional tiene un concepto más elevado del poder y la libertad del Espíritu que el continuismo tradicional. Esto se debe a que nosotros confesamos que el Espíritu debe dar vida a las almas muertas para que podamos creer; que Él hace eso sin que se lo pidamos, pues en nuestra condición de muerte espiritual sin Cristo no podemos pedir que se nos dé nueva vida, y que Él lo hace solo en aquellos a quienes escoge libremente y en el momento en que a Él le place.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Alabar y dar testimonio

Viernes 4 Marzo

Aclamad a Dios con alegría, toda la tierra. Cantad la gloria de su nombre; poned gloria en su alabanza… Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma.

Salmo 66:1216

Alabar y dar testimonio

Leer Salmo 66

El autor de este salmo invita a toda la tierra a alabar, e incluso a aclamar a Dios con alegría. ¿Por qué? Porque anticipa el día en que toda la humanidad se postrará y entonará un cántico para celebrar la majestad de lo que él es, de su Nombre (v. 4).

Expresa su alabanza a Dios por las liberaciones del pasado, las ve ante él como si las hubiese vivido, e invita a los creyentes a adorarlo: “Venid, y ved las obras de Dios” (v. 5). Numerosas liberaciones marcaron la historia del país de Israel. Y los creyentes de todos los tiempos pueden expresar su alabanza a Dios, quien los liberó.

Después de veinte siglos de cristianismo, hoy nuestra simple presencia como creyentes prueba la fidelidad y el poder de Dios. A pesar de las persecuciones y herejías que han tratado de destruirla, la Iglesia del Señor subsiste siempre, y está presente en todo el mundo.

Después de evocar de manera general las obras de Dios, el autor del salmo recurre a su experiencia: “Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma” (v. 16). Esta experiencia personal contada humildemente tiene peso para convencer y llevar a una persona a la fe. El cristiano experimenta liberaciones; puede hablar de su Señor con conocimiento de causa. Es claro que Dios responde a nuestras oraciones; no debido a nuestros méritos, sino en virtud de su bondad y de su misericordia. ¡Mayor razón para dar libre curso a nuestro gozo!

Éxodo 16 – Hechos 12 – Salmo 29:7-11 – Proverbios 10:29-30

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

AUXILIO ESPIRITUAL

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

AUXILIO ESPIRITUAL
Padre Eterno,
Eres una maravilla de amor, Tú has enviado a Tu Hijo para sufrir en mi
lugar, Tú nos has dado al Espíritu para enseñar, consolar, guiar, que el
Señor me conceda el ministerio de los ángeles para protegerme alrededor;
que todo el cielo tenga en cuenta el bienestar de un gusano miserable.
Permite que Tus siervos invisibles estén siempre activos para mí, y se
regocijen cuando la gracia se expanda en mí. No los hagas descansar hasta
que mi conflicto esté terminado, y yo esté victorioso en tierra de salvación.
Haz que mi propensión al mal, no amortigüe el bien, que la resistencia a la
acción de Tu Espíritu, nunca haga que Tú me abandones. Que mi duro
corazón despierte a Tu misericordia, y no a Tu ira, y si el enemigo consigue
una ventaja debido a mi corrupción, permite ver que el cielo es más
poderoso que el infierno, que aquellos por mí son mayores que los que están
contra mí. Levántate para mi auxilio en la riqueza de las bendiciones del
pacto, mantenme alimentado en los pastos de Tu Palabra fortalecedora,
examinando las Escrituras para encontrarte allí.
Si mi obstinación es visitada con un flagelo, concédeme recibir corrección
humildemente, de forma que bendiga la mano que reprende, discernir la
razón de la censura, responder con prontitud, y volver a la primera obra.
Permite que todas Tus relaciones paternales me hagan partícipes de Tu
santidad. Concede que cada caída yo pueda hundirme más en mis rodillas,
y cuando me levantes, pueda estar en alturas más elevadas de devoción.
Que mi cruz sea santificada, cada pérdida sea ganancia, cada negación
una ventaja espiritual, cada día oscuro la luz del Espíritu Santo, cada
noche de tribulación una canción.

El estado intermedio

Ministerios Ligonier

Serie: Doctrinas mal entendidas

El estado intermedio
Por Kim Riddlebarger

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas

Los pastores tratan a menudo con la muerte y las inevitables preguntas que la acompañan. La misma naturaleza de la muerte suscita preguntas difíciles. No es raro que los niños reciban palabras de consuelo bien intencionadas luego de la partida de un familiar o un conocido. Con frecuencia decimos frases como: «La abuela está en el cielo», esperando consolar a los pequeños confusos y tristes que están lidiando con un tema que ni siquiera los teólogos eruditos comprenden bien. Sin embargo, aunque decir que «la abuela está en el cielo» en verdad no es una respuesta incorrecta si la abuela era creyente en Jesucristo, la respuesta es incompleta e incluso pudiera resultar engañosa. Viendo el asunto desde la perspectiva bíblica, si la abuela era creyente, ahora está en la presencia del Señor, esperando Su regreso y la resurrección de su cuerpo.

Lo que le ocurre a la gente cuando muere es un aspecto de la teología cristiana muy explorado, pero frecuentemente incomprendido, que a menudo se discute bajo el título de «el estado intermedio». Debido a que se presta a confusión, es útil comenzar con una breve definición de lo que entendemos por estado intermedio. Es el período de tiempo que transcurre entre la muerte de un creyente (y su entrada inmediata a la presencia del Señor) y la resurrección del cuerpo en el momento del retorno de Cristo. Cuando Jesús levante a los muertos en el día final, las almas incorpóreas serán reunidas a sus cuerpos, que entonces se volverán imperecederos (1 Co 15:35-58), a modo de preparación para morar por toda la eternidad en los nuevos cielos y la nueva tierra (Ap 21).

En varios pasajes muy conocidos, Pablo aborda específicamente el tema de lo que ocurre con los creyentes durante el tiempo transcurrido entre su muerte y el retorno de Cristo. Según 2 Corintios 5:8, los creyentes ingresan inmediatamente a la presencia de Dios tras su muerte física. A eso nos referimos cuando hablamos del cielo. El apóstol escribe: «Preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor». Pablo también habló de cómo deseaba «partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor» (Flp 1:23). Cuando morimos, estamos «con Cristo», entrando de inmediato en la presencia de Dios.

La imagen bíblica más vívida del cielo es la que se presenta en Apocalipsis 4-6, una escena gloriosa de lo que ocurre en la habitación del trono celestial antes del retorno de Jesús. Si bien la escena allí revelada es maravillosa, vale la pena notar que los santos en el cielo están clamando: «¿Hasta cuándo, oh Señor santo y verdadero, esperarás para juzgar y vengar nuestra sangre de los que moran en la tierra?» (6:10). Los que han muerto antes que nosotros ya están en la presencia de Dios, experimentando ahora el estado intermedio, anhelan el retorno de Jesucristo a la tierra el día de la resurrección y el juicio.

Hay tres errores importantes respecto al estado intermedio que recién describimos. El primero, conocido comúnmente como el «sueño del alma», sostiene que, al momento de la muerte, el alma del creyente «duerme» hasta el día de la resurrección. Según esta postura, desde que morimos hasta que despertamos el día del retorno de Jesús, no percibimos conscientemente que estamos en la presencia del Señor. Morimos, y luego «dormimos» hasta que Cristo regrese. Esta posición fue abordada por Juan Calvino en su primer gran tratado teológico, un libro publicado bajo el atractivo nombre de Psychopannychia. El error consiste en sostener que la muerte da inicio a un estado de inconsciencia muy similar al sueño. Los creyentes no recuerdan nada desde el momento en que dan su último aliento hasta que despiertan en la resurrección. Sin embargo, esta postura no puede dar cuenta de los pasajes bíblicos recién mencionados, que dicen con claridad que los creyentes están conscientes en la presencia del Señor inmediatamente después de la muerte y experimentan las glorias de la escena celestial descrita en Apocalipsis 4-6.

El segundo error es la noción de que el estado intermedio es en un período durante el cual los humanos pecadores deben ser purificados de la presencia de todo pecado remanente. El principal ejemplo de este error es la doctrina católica romana del purgatorio. La idea de que el estado intermedio es un período de purificación surge de la creencia errada de que, incluso si una persona muere creyendo en Jesucristo, es posible que aún no haya alcanzado un estado de santidad personal suficiente para ingresar al cielo. Se hace necesario un período de purificación para que, después de la muerte, el alma se vuelva lo suficientemente «pura» para entrar a la plenitud del gozo de la comunión con los santos. Esta postura asume que los méritos de Jesucristo (Su vida de obediencia, Su muerte por nuestros pecados) no bastan por sí solos para que el creyente sea lo suficientemente «santo» para ingresar al cielo al momento de la muerte. Sin embargo, el evangelio se basa en la promesa de que Jesús otorga todo lo que necesitamos para que seamos considerados y hechos santos en virtud de nuestra unión con Jesucristo a través de la fe. Posicionalmente, somos santos desde el momento de nuestra justificación, pero en la práctica crecemos en santidad a lo largo de nuestras vidas hasta que somos completamente santificados en nuestra glorificación.

El tercer error (quizás la postura más popular en el mundo hoy en día) consiste en confundir el estado intermedio (de existencia incorpórea) con el estado eterno, de modo que ya no está la expectativa de la resurrección del cuerpo enseñada claramente por la Biblia (1 Co 15:12 ss.). Según esta postura, la muerte libra al alma (ya «pura») del cuerpo pecaminoso. Como no hay resurrección de los muertos, los seres humanos existen después de la muerte como espíritus conscientes e invisibles. Muchas personas, incluso algunos cristianos profesantes, han llegado a creer que esos espíritus están presentes con nosotros en esta vida, ofreciéndonos alivio y consuelo en momentos de prueba o cuando lloramos por ellos y luego «sentimos» su presencia. Estas creencias pueden ser sinceras, pero carecen de fundamento bíblico, pues ignoran la enseñanza escritural sobre la resurrección del cuerpo. Este error impulsa a los enlutados a buscar consuelo en la presencia invisible de los espíritus de sus seres queridos fallecidos en lugar de la gran esperanza cristiana de la resurrección del cuerpo.

Podemos estar seguros de que, cuando la abuela murió, no se quedó dormida. En el cielo, no está siendo purgada de su pecado. Si la abuela era creyente, fue inmediatamente glorificada e ingresó a la presencia de Cristo. Jesús ganó todo eso para ella en la cruz y en Su vida de perfecta obediencia. Ahora, ella está consciente esperando la resurrección, aun ahora, mientras contempla el rostro de su Salvador.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kim Riddlebarger

El Dr. Kim Riddlebarger es pastor principal de la Christ Reformed Church en Anaheim, California, y copresentador del programa de radio White Horse Inn. Es autor de A Case for Amillennialism [Un argumento a favor del amilenialismo] y First Corinthians [Primera Corintios] en la serie Lectio Continua.

La ley exige, la gracia salva

Jueves 3 Marzo

La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Juan 1:17

No estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.

Romanos 6:15

La ley exige, la gracia salva

Por medio de Moisés, Dios había dado una ley al pueblo de Israel. Esta declaraba lo que Dios exigía del pueblo y le prometía su bendición si obedecía. Ordenaba a los hombres actuar según los mandamientos de Dios y les advertía sobre las consecuencias que tendrían si desobedecían.

Hoy la ley sigue siendo un cartel indicador seguro para todos los hombres. Nos indica los valores morales que Dios aprecia, y arroja luz sobre nuestro comportamiento según sus exigencias. La ley es semejante a un espejo en el que podemos vernos sin complacencia, tal como somos, tal como Dios nos ve. Este espejo nos muestra que le desobedecemos cada día, por lo tanto, la ley nos condena a todos.

Pero Dios no se conformó con hacernos constatar esto. Él es amor y quería salvar a sus criaturas culpables y perdidas. Por ello envió a su Hijo Jesucristo a la tierra, “para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). Él murió en la cruz y sufrió en nuestro lugar el castigo de Dios que nosotros merecíamos. ¡Esta es la gracia unida a la verdad!

La gracia es un don gratuito, no la merecemos: no tenemos que hacer nada para obtenerla, solo aceptarla, y recibir al Señor Jesús como Salvador. Él no se conforma con ofrecernos el perdón. Nos concede una nueva relación con él: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

¡Este es el comienzo de una real y abundante bendición!

Éxodo 15 – Hechos 11 – Salmo 29:1-6 – Proverbios 10:27-28

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

45 – El bautismo del Espíritu Santo no implica el don de lenguas

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 45

El bautismo del Espíritu Santo no implica el don de lenguas

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría