2 Timoteo 4
Reina-Valera 1960
Predica la palabra
1 Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, 2 que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. 3 Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, 4 y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. 5 Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.
Martes 27 Junio Tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Efesios 6:17 El escudo de la fe y la espada del Espíritu “No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”, escribió el apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso (Efesios 6:12). Luego continuó hablando de la armadura que el cristiano tiene a su disposición para librar esta batalla. Quiero hablar de dos piezas: el escudo de la fe y la espada del Espíritu.
El escudo de la fe es nuestra confianza en Dios. Cuando en nuestra mente surge un pensamiento de incredulidad o desánimo, recordemos el amor de Dios por nosotros, y su poder; así este pensamiento de incredulidad desaparecerá.
La espada del Espíritu es la Palabra de Dios. Ella es perfectamente eficaz para destruir las artimañas y la maldad de nuestro enemigo el diablo, el mentiroso. Podríamos comparar sus mentiras a globos inflados que tendríamos justo delante de nuestra cara. Son tan grandes que parece que ocupan todo nuestro campo de visión, ¡pero solo se necesita una aguja para reventarlos! Cada promesa de Dios es una aguja perfecta que podemos utilizar para «desinflar» totalmente los ataques del enemigo de nuestras almas.
Seamos firmes en nuestras batallas y, por la gracia de Dios y con su ayuda constante, marchemos como soldados victoriosos. Avancemos, a pesar de nuestros fracasos y ansiedades, esperando el momento en que estaremos con el Rey de reyes, quien nos cuida con amor y sabiduría.
La gloria de Dios nos motiva a honrarlo en el matrimonio
por Joselo Mercado.
Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro El matrimonio que agrada a Dios: Cómo vivir el evangelio hasta que la muerte nos separe (B&H Español, 2019),
Siempre hay algo que nos motiva en la vida. Hacemos las cosas porque hay una fuerte motivación en nuestros corazones que nos impulsa a actuar de cierta manera y lograr cierto objetivo. Por ejemplo, vamos a la universidad porque nos gusta la carrera y también porque queremos buenos trabajos. Hacemos ejercicios porque queremos sentirnos bien y también porque deseamos lucir bien. Nos levantamos cada mañana para ir a trabajar porque nos gusta lo que hacemos y también porque necesitamos cubrir nuestras necesidades.
La cosmovisión del mundo sostiene que, al final, es en la motivación donde radica su propia realización y felicidad. Hacemos las cosas que hacemos porque tenemos derecho a ser felices, porque nuestros sueños deben ser cumplidos. Todo nuestro actuar está permeado por esa visión global secular. Muchas novias caminan al altar el día de su boda guiadas por esa cosmovisión. Muchos novios esperan nerviosos a sus novias en el altar, poniendo todas sus esperanzas en que esa mujer ha llegado para hacerlos felices.
Los matrimonios que comienzan con esta visión de buscar su felicidad propia están, desde mi perspectiva, destinados al fracaso. Destinados al fracaso si definimos que el éxito en el matrimonio es que Dios sea glorificado. Quizás no todos terminan en divorcio, pero con esa visión egoísta, un matrimonio no puede cumplir la misión para la cual fue diseñado. Mientras el propósito del matrimonio sea la satisfacción personal de cada individuo, el mismo puede parecer perfecto en las redes sociales, pero no está cumpliendo la función primordial del diseño de Dios, que es glorificarlo a Él. Para que un matrimonio pueda hacer esto, ambos miembros deben desear glorificar a Dios individualmente y esto requiere morir a sus deseos personales para juntos vivir para un propósito eterno.
La Biblia nos recuerda una y otra vez que Dios merece toda gloria y que fuimos creados para darle gloria al que merece toda la gloria.
Descubramos un principio general que servirá para el matrimonio y para cualquier área de nuestra vida. El Catecismo de Westminster señala: “El propósito principal de un ser humano es dar gloria a Dios y disfrutarlo por siempre”. El apóstol Pablo enseñó con absoluta claridad que debemos hacerlo todo para la gloria de Dios (1 Co. 10:31). Dar gloria a Dios es el tema central de la Biblia. Una y otra vez se nos recuerda que Dios merece toda gloria y que fuimos creados para darle gloria al que merece toda la gloria. La gloria de Dios es un concepto que permea toda la Biblia. Los reformadores entendieron que todo es para la gloria de Dios. Su gloria es el reflejo de todo lo que Dios es en sí mismo. Su infinita perfección y Su santidad hacen que Dios sea glorioso.
Nosotros los creyentes, cuando somos salvados por el sacrificio sustitutorio de Jesús, somos transformados, la imagen de Dios comienza a ser restaurada en nosotros y comenzamos a reflejar la gloria de Dios por su gracia.
Este propósito es visible desde el Edén. Dios nos crea a su imagen y semejanza para ser su reflejo en este mundo y nos encomienda la tarea de sojuzgar su creación para su gloria. El Señor le recuerda a Israel, vez tras vez, que Él no comparte su gloria con nada ni nadie (Is. 42:8). El apóstol Pablo nos dice que la motivación detrás de la elección incondicional divina es la gloria de Dios (Rom. 9:23). Existe mucha evidencia bíblica que confirma que hemos sido creados para dar gloria a Dios. Ese es nuestro propósito, para eso Dios nos creó y, aún es más importante para el creyente porque para eso Dios lo salvó.
En oposición a la visión del mundo, la cosmovisión cristiana está basada en que fuimos creados para la gloria de Dios. Me pregunto entonces, ¿por qué los matrimonios cristianos lo olvidan o no lo toman en cuenta? Podría decir que los problemas matrimoniales con mi esposa Kathy o de los que escucho durante la consejería matrimonial se resumen en que uno de los cónyuges, o ambos en el matrimonio, no están dando gloria a Dios.
Si nos detuviéramos a analizar el motivo del conflicto en un matrimonio que se manifiesta en que ella está deprimida o él es agresivo, en que la esposa es sarcástica o el esposo no muestra interés, es muy posible que descubramos que la razón por la que están así es porque piensan que merecen ser felices y la persona con la que se casaron ya no cumple o nunca ha cumplido ese propósito. Cuando no vivo para la gloria de Dios, sino que vivo para mi propia gloria, si mi pareja no vive para mi gloria, entonces voy a entrar en guerra con ella.
Uno de los pasajes más poderosos que nos muestra qué sucede cuando un matrimonio está en conflicto es el siguiente: “¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros? Ustedes codician y no tienen, por eso cometen homicidio. Son envidiosos y no pueden obtener, por eso combaten y hacen guerra. No tienen, porque no piden. Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos, para gastarlo en sus placeres” (Stg. 4:1-3 LBLA).
El matrimonio debe ser la unión de dos vidas para reflejar el glorioso evangelio que a su vez refleja la gloria de Dios.
Estamos dispuestos a entrar en guerra porque no obtenemos lo que deseamos, porque finalmente estamos viviendo para nuestra propia gloria y no para la gloria de Dios. Vivimos para satisfacer nuestros deseos y placeres. Cuando nuestros placeres no se complacen, estamos dispuestos a todo por obtenerlos. Estamos dispuestos a subir nuestro tono de voz, dispuestos a manipular, dispuestos a menospreciar, y hasta dispuestos a abandonar.
La realidad del matrimonio que la Biblia presenta es la de morir al yo para la gloria de Dios y el bienestar del otro. El Señor nos dice: “Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn. 2:24). El matrimonio implica unidad y morir al individualismo para vivir junto a otra persona. Mi vida ya no se trata solo de mí porque ya no estoy solo, sino que estoy unido a otro.
El matrimonio debe ser la unión de dos vidas para reflejar el glorioso evangelio (1 Tim. 1:11) que a su vez refleja la gloria de Dios. El glorioso evangelio es donde Dios más claramente refleja Su gloria, ya que un Dios soberano y santo da su vida por pecadores que no lo merecen, por medio de la vida, la muerte, y la resurrección de Jesús.
El matrimonio refleja esta gloriosa realidad al dar nuestra vida por el bien del otro. El Señor nos presenta en Efesios 5:22-33 una hermosa imagen de la unidad que se manifiesta en la relación de Cristo y la Iglesia y que debe ser reflejada por el esposo y la esposa. Es importante recordar siempre que no nos hemos casado para ser felices. Nos casamos para darle gloria a Dios y para que, por medio de nuestro matrimonio, otros puedan ver el reflejo de la gloria de Dios, ya que estamos imitando la hermosa relación entre Cristo y su Iglesia.
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Imagen: Lightstock. José (Joselo) Mercado es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Oriundo de Puerto Rico, renuncia a su carrera de consultoría en el año 2006 para ingresar al colegio de pastores de Sovereign Grace Ministries. Es el pastor principal de la Iglesia Gracia Soberana en Gaithersburg, Maryland. Joselo completó su Maestría en Artes en estudios teologícos en SBTS, y está casado con Kathy Mercado y es padre de Joey y Janelle. Puedes encontralo en Facebook y Twitter.
Lunes 26 Junio Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti… en tierra seca y árida donde no hay aguas. Salmo 63:1 Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. Apocalipsis 21:6 Fuentes secas Temprano en la mañana, Esteban, Pablo y Marcos se subieron a sus bicicletas de montaña para dar un largo paseo por la sierra. Bajo el sol abrasador, sentían morirse de sed, pues sus botellas de agua ya estaban vacías.
¡De repente divisaron un pueblo! Seguro que allí encontrarían una fuente pública donde pudiesen saciar su sed y aprovisionarse de agua fresca. Desafortunadamente, la primera fuente que encontraron estaba seca, y el agua de la segunda no era potable. Felizmente, desde su casa, un lugareño vio la decepción de nuestros amigos y les ofreció el preciado líquido; además les dio algunas instrucciones sobre la ruta que debían seguir.
Esto nos hace pensar en otra sed, mucho más intensa que la de estos jóvenes ciclistas, y en la ausencia de fuentes para saciarla. ¡Cuántas personas sienten la necesidad de certeza, consuelo, ánimo, amor, esperanza o paz!
¿Qué respuestas pueden encontrar en las fuentes de este mundo, a principios del siglo 21? Los líderes políticos, los filósofos, los gurús o las estrellas son incapaces de responder a estas expectativas. Solo hay una respuesta a estas necesidades, y una fuente que puede saciar la sed. Como lo hizo en otro tiempo con la samaritana que encontró junto a un pozo, hoy el Señor Jesús quiere saciar su sed: “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).
En mi iglesia perfecta los hermanos siempre llegan a tiempo. La predicación expositiva es aplicable a la vida diaria. Rara vez hay malos entendidos. Casi nunca escuchamos chisme, y las familias viven prácticamente sin problemas, poniendo en práctica lo que oyen los domingos. Nuestra casa de reunión es preciosa: la arquitectura ni demasiado contemporánea, ni muy anticuada. Los jóvenes viven en santidad para Cristo, los padres son líderes en la casa, y las esposas se someten amorosamente a sus maridos.
Excepto, por supuesto, que esta iglesia existe solo en la imaginación.
Mi iglesia, en realidad, es muy diferente. Es más hospital que museo de cera. Hay personas que llegan siempre a tiempo… a la predicación. Y nuestro local de reunión es pequeño y multipropósito.
Mi iglesia está muy lejos de ser la iglesia perfecta.
¿Y sabes? Me encanta.
El mito de la iglesia perfecta Un pastor me advirtió hace tiempo de los “brinca iglesias”. Son hermanos que van de iglesia en iglesia, siempre buscando una que satisfaga sus necesidades. Se caracterizan por ser amables, pero algo críticos de “su antigua iglesia”. Normalmente prefieren ayudar pero no comprometerse. Y al año o dos se retiran porque la gente no era lo suficientemente amable, o el pastor no los visitó con frecuencia, o el programa de niños no era muy bueno, o la predicación era a veces aburrida. Así que se retiran a buscar otra iglesia. Siempre buscando la perfecta. Nunca encontrándola.
El problema es que nunca la encontrarán. La iglesia perfecta no existe, o por lo menos, no como la están buscando.
Déjame repetir eso de nuevo: la iglesia perfecta no existe. Antes de que respondas: “¡Por supuesto que es perfecta, ya que es el cuerpo de Cristo!”, sí, en eso tienes razón, y hablaremos de eso más abajo. A lo que me refiero es que hay muchas personas que buscan iglesias de la misma manera que buscan restaurantes: buen ambiente, asientos cómodos, y un menú para cualquier paladar. Los cristianos nos hemos vuelto bastante requisitosos al ir de compras en busca de iglesia. Rara vez se piensa en términos de lo que se puede aportar. Más bien, en lo que se puede recibir.
Por supuesto, hay congregaciones que hace mucho que deberían haber hecho algunos cambios, y soy el primero en decir que me desespera ver la increíble desorganización y falta de esfuerzo que abunda en las iglesias hispanas. Pero al mismo tiempo me entristece la constante rotación de personas en nuestras congregaciones debido a que “no encuentran lo que estaban buscando”, sea lo que sea.
Perfecta y perfeccionándose “Por tanto”, dice Pablo, “ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). De manera real, todo hijo de Dios es perfecto. Ha sido declarado justo por el poder de Dios y a través de la obra santificadora en Cristo. Esta es una verdad impresionante. A los ojos de Dios somos declarados perfectos con base en la obra perfecta de Jesucristo. De manera posicional, somos justos, ¡aunque sigamos cometiendo pecado en nuestra carne! De allí que Lutero decía que somos simul justus et peccator: simultáneamente justos y pecadores.
En Cristo, la iglesia es santa y perfecta, ya que “Cristo amó a la iglesia y se dio El mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada” (Ef. 5:25b-27). En ese sentido, ¡toda verdadera iglesia es perfecta! Cristo mismo la ha santificado y purificado, con el propósito de presentársela a sí mismo. De una manera real, toda (verdadera) iglesia imperfecta es en realidad perfecta en Cristo.
Pero al mismo tiempo, toda iglesia —compuesta por cristianos individuales— está en un proceso continuo de santificación. Por eso los apóstoles constantemente exhortan a la santidad.
Escucho a personas decir que debemos ser como a las iglesias del Nuevo Testamento. Me pregunto, a qué iglesia en específico se refieren. ¿La de Corinto? ¿La de Galacia? ¿Pérgamo? Uno no tiene que ser un erudito para ver que la mayoría de las iglesias del Nuevo Testamento tenían problemas. Muchos problemas. Serios problemas.
En realidad, todas dejan mucho qué desear. Los corintios tienen un desorden en la iglesia (1 Cor. 14:40). A los gálatas Pablo dice, “¡Oh, gálatas insensatos! ¿Quién los ha fascinado…?” (Gál. 3:1). La palabra “fascinó” puede traducirse como “hechizó” (léxico BDAG). Pablo simplemente no podía creer lo sucedido en Galacia. ¡Era como si alguien los hubiera hechizado! En Apocalipsis, las iglesias de Éfeso, Pérgamo, Tiatira, Sardis, y Laodicea son exhortadas a arrepentirse (Apoc. 2:5, 16, 21–22; 3:3, 19).
En este otro sentido, no hay iglesia perfecta. Solo iglesias en perfeccionamiento.
Pero hay algo que me llama la atención. Aun con los problemas, con las rebeldías, con las malas actitudes, siguen siendo iglesias de Jesús. A los Corintios, Pablo los llama la “iglesia de Dios”, y “santificados” (1 Co. 1:2). A los Gálatas los llama “hijos” (Gá. 4:6). Inclusive las siete iglesias de Asia claramente pertenecen a Jesucristo mismo; el hecho de que las llame al arrepentimiento habla de la preocupación que Jesús tiene por ellas.
Buscando una buena iglesia ¿Y entonces? ¿Qué esperanza hay? Mucha. Si estás buscando iglesia, busca una iglesia fiel. Que ame a Cristo y predique la Palabra. No te enfoques en los programas o instalaciones (por importante que eso pueda ser). Tampoco en que todos se vistan como tú y siempre te saluden. Mejor busca una iglesia compuesta por gente imperfecta que está en Cristo y en proceso de perfección por el poder del Espíritu. Busca una iglesia en donde se predique la palabra de Dios, se administren las ordenanzas con fidelidad, y se busque vivir en santidad.
Y entonces comprométete. Asiste. Ponte bajo la autoridad de los ancianos. Busca servir en lugar de criticar. Recuerda, la posición del crítico es la más cómoda: no hace nada pero encuentra fallas en todo.
Y si ya te encuentras en una iglesia fiel pero imperfecta, deja de esperar a que la gente se te acerque, ¡tú acércate! Deja de esperar a que alguien te visite, ¡tú visita! Conviértete en un agente de cambio con toda humildad y mansedumbre. Emociónate con tu iglesia. Apoya a los líderes. Involúcrate con los hermanos.
Las iglesias necesitan una multitud de hermanos comprometidos con el servicio y sacrificio. Que piensen más en otros y menos en ellos mismos.
Si tu iglesia parece más hospital que museo de cera, da gloria a Dios. Estás en el lugar correcto.
Imagen: Lightstock. Emanuel Elizondo (MDiv, DMin) es editor en jefe de Biblias Holman. Enseña teología en la UCLA y predica en la iglesia Vida Nueva en Monterrey, México, donde vive con su esposa Milka. Tiene un doctorado en predicación expositiva en The Master’s Seminary. Puedes seguirlo en Facebook y Twitter.
Domingo25 Junio (Jesús) les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Mateo 16:15-16 ¿Quién soy yo? ¿Quién es usted? El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) paseaba por un jardín de Dresde, buscando respuestas a las preguntas que le inquietaban. Notando su extraño comportamiento, un policía se le acercó y le preguntó: «¿Quién es usted?». Schopenhauer lo miró de los pies a la cabeza y le dijo.
–Si puede responder a esta pregunta, le estaré eternamente agradecido.
A pesar de su gran inteligencia, el filósofo no había encontrado una respuesta satisfactoria a la pregunta: ¿Quién soy yo? Quizá porque el único que puede responder esta pregunta es Dios. De hecho, para nosotros los cristianos, esta pregunta está vinculada a otra pregunta esencial que cada uno de nosotros debe plantearse ante Cristo: «Señor, ¿quién eres tú para mí?».
Después de responder a la pregunta de Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, Pedro escuchó al Señor decirle: “Tú eres Pedro” (Mateo 16:15, 18). Este discípulo descubrió quién era, no como él se veía a sí mismo, sino como Jesús lo veía.
Solo entiendo realmente quién soy cuando con fe empiezo a hablar con el Señor Jesús y a escucharle.
No permita que los demás, ni la moda o las marcas definan quién es usted. Elija responder a la pregunta ¿quién es usted? pensando en la segunda pregunta, dirigida a Cristo: «Señor, ¿quién eres tú para mí?». Descubriendo quién es Jesús, y confiando en su amor, descubrirá su verdadera identidad y el plan del Señor para su vida.
UN EXAMEN «El corazón conoce la amargura de su alma» (Proverbios 14:10). Antes de exponer el antídoto bíblico para la amargura, tomemos un examen para averiguar si ha brotado raíz de amargura en la vida. Recomiendo que, en oración, el lector medite sobre cada pregunta. 1) ¿Existe una situación en su vida que aparece frecuentemente en la mente o le despierta durante la noche? 2) ¿Está maquinando maneras de vengarse si tan sólo tuviera oportunidad de hacerlo? Varias personas me han dicho que estas maquinaciones son, precisamente, lo que les privan del sueño. 3) ¿Recuerda hasta los más ínfimos detalles de un evento que sucedió hace tiempo? La amargura tiene una memoria de elefante, y recuerda hasta los detalles más oscuros de un incidente. Tiempo atrás dos vecinas nuestras, cristianas, tuvieron una fuerte riña en plena calle. Fue sorprendente que una de las contrincantes, sin sacar apuntes pero con lujo de detalles, nombró cada vez que su vecina le había pedido prestado algo durante los últimos cinco años. Después de haber sembrado resentimiento, éste brotó en amargura cuando se presentó el ambiente apropiado. ¿Por qué recordamos ese tipo de detalles con tanta facilidad? En primer lugar, porque tal como mencionamos en la sección I siempre recordamos las heridas y las ofensas. Pero la razón principal es que repasamos y repasamos los detalles. Cuando yo era estudiante en la secundaria, un maestro nos enseñó cuál era, según él, la mejor manera de recordar el material del curso: repasar, repetir y repasar. ¡Si pudiéramos recordar los buenos momentos o aun los pasajes de la Biblia tanto como recordamos las ofensas! 4) ¿Se siente ofendido y, debido a que usted estima es víctima, está justificando el resentimiento? Aquí la frase clave es “pero yo tengo razón». No hay situación más difícil de solucionar que cuando la persona ofendida tiene razón. Carlos, un brillante y joven empresario, ascendió rápidamente en la empresa y a los 36 años llegó a ser vicepresidente con miras a llegar aun más arriba. Aunque el mismo director y fundador de la organización lo había empleado, llegó a sentir que Carlos era una amenaza y buscó motivos para despedirlo. Este, un creyente en Cristo, ignoraba el complot que se gestaba en la oficina a sólo cinco metros de la suya. Finalmente, un viernes por la tarde el director comunicó a Carlos en palabras terminantes que no tenía que volver a trabajar el lunes. Cuando preguntó por qué, el director, también cristiano, presentó una serie de mentiras y medias verdades. Carlos encontró otro empleo pero sigue amargado. Envenenó de amargura a su esposa (que, por supuesto, tomó sobre sí la ofensa y está más amargada que él) y a sus mejores amigos. Ahora bien, Carlos tenía toda la razón. Cada vez que escucho la historia yo mismo me enojo, porque era y sigue siendo injusto. Admito que es difícil quitar la amargura de la vida de quien fue ofendido, herido, pisoteado, marginado, pasado por alto, o algo similar. Es difícil porque esa persona es víctima. Sin embargo, la Santa Palabra de Dios interviene con el mandamiento “quítense de vosotros toda amargura…” (Efesios 4:31). 5) ¿Hay explosiones desmedidas en cuanto a incidentes que de otra manera tendrían menor importancia? Sucede a menudo en la vida matrimonial cuando uno de los cónyuges por algún motivo está amargado. Tal amargura se entremete en todas las contiendas con el cónyuge, y es como un volcán esperando el momento de erupción. Súbitamente y sin previo aviso, comienza a salir todo tipo de veneno antes escondido bajo la superficie. El cónyuge se sorprende por la reacción violenta y se pregunta cuál es la razón. 6) ¿Le sucede que al leer la Biblia casi inconscientemente aplica la Escritura a otros en vez de a sí mismo? Muchas personas amargadas hallan en la Biblia enseñanzas que aplican a otros (en forma especial al ofensor). Una de las pruebas de que yo me libré de la amargura fue que al leer el libro de Proverbios me encontré aplicando sus enseñanzas a mi propia vida en vez de a la vida de otros involucrados en el incidente en la iglesia. 7) Por lo general ¿usa usted expresiones que incluyen “ellos” o “todo el mundo” para apoyar sus argumentos? Durante el problema que experimentamos en nuestra iglesia entró en combate uno de los amigos más íntimos de la amargura: el chisme. La persona amargada piensa que tiene razón (y probablemente sea cierto), busca a otros, comparte su experiencia, fundamenta su actitud con exageraciones y generalizaciones refiriéndose a “todo el mundo». Para poder enterrar el problema en nuestra congregación, entre otras cosas tuvimos que disciplinar a una dama que cayó en el pecado de ser chismosa. Enfrentada con los pecados de la amargura y el chisme, se justificó diciendo que “tenía razón», y junto con su esposo se fueron de la iglesia ofendidos. 8) Cuando se refiere a su iglesia local, ¿habla de “ellos” o de “nosotros»? La persona amargada empieza a distanciarse de la congregación, cuando dice “ellos” al referirse a otros miembros de la iglesia.
Mirón, J. (1994). La amargura, el pecado más contagioso (pp. 13-17). Editorial Unilit.
Sábado 24 Junio El Señor no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. 1 Reyes 19:11-12 (Jesús dijo:) Soy manso y humilde de corazón. Mateo 11:29 El fruto del Espíritu (9) La mansedumbre El octavo sabor del fruto del Espíritu es la mansedumbre. Tristemente la manifestamos muy poco: ella excluye toda forma de brusquedad, dureza, amargura. Y produce una sensación de seguridad y comodidad.
Dios es un Dios lleno de dulzura… su voz es “apacible” y delicada; su dulzura se muestra en su amor y compasión por nosotros. Nos habla, e incluso nos corrige, con dulzura (Jeremías 30:11). Si conocemos la mansedumbre de Dios, podremos reflejar aunque sea un poco de ella con la ayuda del Espíritu Santo.
En el Nuevo Testamento, a menudo la mansedumbre se asocia a la humildad (Efesios 4:1-2), al hecho de no insistir sobre nuestros derechos. No puedo ser manso si soy orgulloso.
Amigos cristianos, hay dos ámbitos en los cuales debemos manifestar especialmente la mansedumbre: cuando estamos en una posición de autoridad o poder, ya sea en el entorno familiar, profesional, o incluso en las reuniones cristianas; y cuando hablamos de nuestra fe a personas que aún están alejadas de Dios. ¡No las despreciemos! Esta no sería una demostración de mansedumbre (1 Pedro 3:15), sino de un orgullo deplorable. Algunas personas han pasado por momentos difíciles y se han alejado de la fe. ¡Ayudémosles a mantener encendida la pequeña llama! (Gálatas 6:1). Y recordemos este versículo: “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres” (Filipenses 4:5). ¡La mansedumbre es uno de los caracteres de Jesús! (2 Corintios 10:1).
LAS CONSECUENCIAS DE LA AMARGURA Para motivar a una persona a cumplir con el mandamiento bíblico “despréndanse de toda amargura…” (Efesios 4:31 NVI), veamos las múltiples consecuencias (todas negativas) de este pecado. 1) El espíritu amargo impide que la persona entienda los verdaderos propósitos de Dios en determinada situación. Job no tenía la menor idea de que, por medio de su sufrimiento, el carácter de Dios estaba siendo vindicado ante Satanás. Somos muy cortos de vista. 2) El espíritu amargo contamina a otros. En uno de los pasajes más penetrantes de la Biblia, el autor de Hebreos exhorta: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (12:15). La amargura nunca se queda sola en casa; siempre busca amigos. Por eso es el pecado más contagioso. Si no la detenemos puede llegar a contaminar a toda una congregación, o a toda una familia. Durante la celebración de la pascua, los israelitas comían hierbas amargas. Cuando un huerto era invadido por estas hierbas amargas, no se lo podía limpiar simplemente cortando la parte superior de las plantas. Cada pedazo de raíz debía extraerse por completo, ya que de cada pequeña raíz aparecerían nuevos brotes. El hecho de que las raíces no se vean no significa que no existan. Allí bajo tierra germinan, se nutren, crecen, y los brotes salen a la superficie y no en un solo lugar sino en muchos. Algunas raíces silvestres son casi imposibles de controlar si al principio uno no las corta por lo sano. El escritor de Hebreos advierte que la amargura puede quedar bajo la superficie, alimentándose y multiplicándose, pero saldrá a la luz cuando uno menos lo espera. Aun cuando la persona ofendida y amargada enfrente su pecado de la manera prescrita por Dios, no necesariamente termina el problema de la contaminación. Los compañeros han tomado sobre sí la ofensa y posiblemente se irriten con su amigo cuando ya no esté amargado. Hace poco un médico muy respetado y supuestamente cristiano había abandonado a su esposa y a sus tres hijos, yéndose con una de las enfermeras del centro médico donde trabajaba. Después de la sacudida inicial, entró en toda la familia la realización de que el hombre no iba a volver. Puesto que era una familia muy unida, se enojaron juntos, se entristecieron juntos, sufrieron juntos y planearon la venganza juntos, hasta que sucedió algo sorprendente: la esposa, Silvia, perdonó de corazón a su (ahora) ex esposo y buscó el consuelo del Señor. Ella todavía tiene momentos de tristeza y de soledad, pero por la gracia de Dios no está amargada. Sin embargo, los demás familiares siguen amargados y hasta molestos con Silvia porque ella no guarda rencor. 3) El espíritu de amargura hace que la persona pierda perspectiva. Nótese la condición del salmista cuando estaba amargado: “… entonces era yo torpe y sin entendimiento; era como una bestia delante de ti” (Salmo 73:21, 22 BLA). La persona amargada toma decisiones filtradas por su profunda amargura. Tales decisiones no provienen de Dios y generalmente son legalistas. Cuando la amargura echa raíces y se convierte en norma de vida, la persona ve, estima, evalúa, juzga y toma decisiones según su espíritu amargo. Nótese lo que pasó con Job. En su amargura culpó a Dios de favorecer los designios de los impios (Job 10:3). Hasta lo encontramos a aborreciéndose a sí mismo (Job 9:21; 10:1). En el afán de buscar alivio o venganza, quien está amargado invoca los nombres de otras personas y exagera o generaliza: “…todo el mundo está de acuerdo…” o bien “nadie quiere al pastor…” Las frases “todo el mundo” y “nadie” pertenecen al léxico de la amargura. Cuando la amargura llega a ser norma de vida para una persona, ésta por lo general se vuelve paranoica e imagina que todos están en su contra. Un pastor en Brasil me confesó que tal paranoia tomó control de su vida, y empezó a defenderse mentalmente de adversarios imaginarios. 4) El espíritu amargo se disfraza como sabiduría o discernimiento. Es notable que Santiago emplea la palabra “sabiduría” en 3:14–15 al hablar de algunas de las actitudes más carnales de la Biblia. La amargura bien puede atraer a muchos seguidores. ¡Quién no desea escuchar un chisme candente acerca de otra persona! La causa que presentó Coré pareció justa a los oyentes, tanto que 250 príncipes renombrados de la congregación fueron engañados por sus palabras persuasivas. A pesar de que la Biblia aclara que el corazón de Coré estaba lleno de celos amargos, ni los más preparados lo notaron. 5) El espíritu amargo da lugar al diablo (Efesios 4:26). Una persona que se acuesta herida, se levanta enojada; se acuesta enojada, y se levanta resentida; se acuesta resentida, y se levanta amargada. El diablo está buscando a quien devorar (1ª Pedro 5:8). Pablo nos exhorta a perdonar “…para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11). Satanás emplea cualquier circunstancia para dividir el cuerpo de Cristo. 6) El espíritu amargo puede causar problemas físicos. La amargura está ligada al resentimiento, término que porviene de dos palabras que significan “decir de nuevo». Cuando uno tiene un profundo resentimiento, no duerme bien o se despierta varias veces durante la noche, y vez tras vez en su mente repite la herida como una grabadora. Es un círculo vicioso de no dormir bien, no sentirse bien al siguiente día, no encontrar solución para el espíritu de amargura, no dormir bien, ir al médico, tomar pastillas, etc. Algunas personas terminan sufriendo una gran depresión; otros acaban con úlceras u otras enfermedades. 7) El espíritu amargo hace que algunos dejen de alcanzar la gracia de Dios (Hebreos 12:15). En el contexto de Hebreos, los lectores estaban a punto de volver al legalismo y a no valerse de la gracia de Dios para su salvación. La persona amargada sigue la misma ruta porque la amargura implica vivir con recursos propios y no con la gracia de Dios. Tan fuerte es el deseo de vengarse que no permite que Dios, por su maravillosa gracia, obre en la situación.
Mirón, J. (1994). La amargura, el pecado más contagioso (pp. 8-12). Editorial Unilit.
Viernes 23 Junio Grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne. 1 Timoteo 3:16 Dios envió a su Hijo, nacido de mujer. Gálatas 4:4 Vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron. Mateo 2:11 El niño y su madre Jesús nació en Belén. Los magos de Oriente, advertidos de su nacimiento por la presencia de una estrella, vinieron a adorar al futuro rey de los judíos. Pero el rey Herodes se enteró de su nacimiento y, celoso, quería matarlo. Entonces Dios dio instrucciones a José para que pusiera a salvo al niño y a su madre. Esta conmovedora expresión se repite cinco veces en el capítulo 2 de Mateo. Subraya el hecho de que un niño necesita a su madre y que Dios no quiere que estén separados. De hecho, un niño depende totalmente de su madre para todas sus necesidades. Ella lo alimenta y lo cuida con ternura. El Salmo 22 nos revela anticipadamente los sentimientos de este niño recién nacido mientras mama del pecho de su madre. Se dirige a Dios diciendo: “Tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre” (Salmo 22:9).
Pero este humilde niño, nacido de una mujer como todos nosotros, también es “Hijo del Altísimo”, “Hijo de Dios” (Lucas 1:32, 35). Este frágil recién nacido no es nada más y nada menos que el Creador del universo. Y aunque acostado en un pesebre, es el que controla los movimientos de las estrellas y las galaxias, “quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:3). Él creó los mundos con su entendimiento, y por su autoridad perduran.
La humillación sin igual de nuestro Creador, hasta nacer en el humilde pesebre de Belén, es “el misterio de la piedad”, ¡un gran misterio en verdad!
En el primer capítulo de Efesios, Pablo proporciona la perspectiva más amplia posible de lo que significa ser cristiano. Él rastrea los orígenes de nuestra salvación hasta la elección de Dios en la eternidad pasada (Efesios 1:4) y mira hacia adelante a su consumación en las glorias de la eternidad venidera (Efesios 1:10).
La abrumadora naturaleza de esta visión a veces nos hace perder de vista una particular característica de la enseñanza paulina que para él tiene enorme importancia: su exposición está saturada del lenguaje de la familia. El Padre nos elige (v. 3) para ser adoptados como sus hijos (v. 5). Él nos ha dado su Espíritu como la garantía de nuestra herencia (v. 14). Él ora al Padre de la gloria (v. 17) que nuestros ojos puedan ser abiertos para apreciar su gloriosa herencia en los santos (v. 18).
La salvación significa ser incorporado en los privilegios de la vida en una nueva familia. Si uno es un hijo adoptivo de Dios, es heredero de Dios y coheredero con Cristo (Romanos 8:17). Es una persona rica.
EL HEREDERO Convertirse en heredero significa recibir el derecho a poseer riquezas que primero posee otro. La idea tiene especial significado en la enseñanza bíblica. El Padre es el Creador y Señor de todo. Pero en su generoso amor, la riqueza del universo iba a ser la herencia de Adán en cuanto imagen e hijo de Dios (Génesis 1:26; Lucas 3:38). Cuando Adán no era más que un “niño”, Dios le dio parte de su herencia, el Jardín del Edén, para que se hiciera responsable de él y lo disfrutara. Pero Adán intentó robar lo que no era suyo; a consecuencia de ello, perdió toda su herencia por su pecado. A la manera de Esaú, Adán y Eva vendieron el Edén “por un plato de lentejas” y se les prohibió la entrada al jardín que había sido las primicias de su herencia.
Pero el Padre había determinado que la herencia debía ser restaurada. En efecto, él ya había trazado un plan para su restauración. Él adelantó un atisbo al respecto: la Simiente de Eva rompería la cabeza de la serpiente cuyas tentaciones habían llevado a la catástrofe (Génesis 3:15). También a Abraham se le dio a conocer el plan posteriormente. En su simiente, todas las naciones heredarían bendición en lugar de maldición (Génesis 12:3).
Un bosquejo de la estrategia se hizo lentamente visible por medio de revelación divina: la Simiente de la mujer, un descendiente de Abraham, un hijo de David, un Profeta, Sacerdote y Rey mesiánico, y un Siervo Sufriente —un Hombre que también era el Hijo de Dios— cumpliría todas las promesas de Dios. Sería un segundo Hombre que haría un nuevo comienzo. Él también sería el último Adán. Él haría todo lo que Adán no había logrado cumplir a fin de entrar en una plena herencia. Pero perdería su propia vida a fin de soportar el castigo divino por el pecado adámico. A diferencia de Adán, sería el manso y heredaría la tierra. En él se restauraría el derecho a la herencia. Él sería designado “heredero de todo” (Hebreos 1:2).
Con mente de teólogo y corazón de pastor, el doctor Ferguson ayuda a los creyentes a alcanzar un mejor entendimiento de su Salvador y Señor, y luego les muestra cómo deben vivir la fe cristiana día a día. Estos cincuenta breves capítulos de Solo en Cristo son un paquete lleno de carbones de verdades bíblicas que avivarán la llama del amor cristiano por el Salvador.
Con toda certeza, el heredero vino. Obedeció al Padre y resistió la tentación donde Adán había cedido. Por su obediencia se ganó el derecho a poseer la totalidad de la herencia. Ahora todo le pertenece a Cristo. Él es “el primogénito de toda la creación” (Colosenses 1:15); toda autoridad en el cielo y en la tierra es suya, incluyendo el poder sobre el pecado, la muerte, y Satanás (Mateo 28:18); en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento, porque en él está la plenitud de Dios (Colosenses 2:3; 1:19).
Este Hijo y Heredero oyó a su Padre decir: “Pídeme, y como herencia te entregaré las naciones” (Salmo 2:8 NVI). Pero el Hijo respondió, “Padre, déjame compartir mi herencia con los pobres y desheredados. Adóptalos en tu familia como tus hijos también; dales mi Espíritu [ver Hechos 2:33; Romanos 8:15]; permíteles usar mi nombre [ver Juan 16:24]”.
El Padre oyó la oración del Hijo; él nos hizo sus hijos.
Escuchemos, entonces, el razonamiento de Pablo: entonces, si somos hijos, somos herederos (Romanos 8:17).
NUESTRA HERENCIA Según la Ley, como sabía Pablo, el primogénito recibía una doble herencia, mientras los demás recibían una sola porción (Deuteronomio 21:17; cf. 2 Reyes 2:9). Pero ni el Padre ni el Hijo se obligan a los límites de la Ley. Pablo declara: “[Todos somos] herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17).
¿Logras ver la implicación? Todo lo que le pertenece al último Adán es para nosotros. Como se deleitaban en decir los primeros padres de la iglesia, Cristo tomó lo que era nuestro para que pudiéramos recibir lo que era suyo. Todo lo suyo es nuestro: “Todo es de ustedes:… el mundo, la vida, la muerte, lo presente o lo por venir, todo es de ustedes, y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Corintios 3:21-23).
Cuando yo era niño en Escocia, ocasionalmente leía confusas noticias en el diario local, como la siguiente:
Podría Angus MacDonald por favor contactar a McKay, Campbell, y Ross (Abogados) en Calle Bannockburn, donde se enterará de algo para su beneficio.
Entonces yo no percibía a qué se referían esas crípticas palabras, “algo para su beneficio”. Angus, quienquiera que fuese, era un beneficiario del testamento de alguien, y él aún no lo sabía. Angus de pronto se había vuelto rico.
¿Pero qué tal si Angus no veía ni respondía al aviso? Entonces su pobreza continuaba. Si Angus no reclamaba su derecho a su herencia, él no disfrutaría de sus riquezas.
¡No cometamos tal error! Si eres cristiano, entonces eres rico en Cristo; disfruta y comparte tus riquezas.
Este artículo sobre ¿Qué significa ser cristiano? fue adaptado de una porción del libro Solo en Cristo, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.