Permanecer en el amor de Cristo | Juan 15:9

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Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.
Juan 15:9
Permanecer en el amor de Cristo

Un siervo de Cristo, que ahora está con el Señor, comentó en una ocasión: «¡Permanezcan en el amor de Cristo! Eso los obligará a vivir para su gloria como nada otro lo puede hacer». Sí, el secreto está en permanecer en su amor, lo cual es muy diferente a estar ocupados con nuestro amor por él. Frecuentemente escuchamos que se les exhorta a las almas a «amar a Cristo» o «adherirse a él», y esto ha generado que las personas se centren en sí mismas, obstaculizando así su gozo y progreso en Cristo. Observemos que el Espíritu nos anima en el amor de Cristo por nosotros, y es así como el amor por él se incrementa; pero el Espíritu nunca insta a los miembros del Cuerpo de Cristo a amar a Cristo. Es su amor el que engendra amor en sus corazones.

La Ley exigía amor, pero no lo producía. El estandarte triunfante del amor divino, levantado en la resurrección por el Hijo de Dios, nos habla de una victoria obtenida en este aspecto cuando todo lo demás fracasó: “Su bandera sobre mí fue amor” (Cnt. 2:4). “Permanecer en Cristo” y “permanecer en su amor” (Jn. 15:9) son exhortaciones esenciales a las que debemos prestar atención en estos días de abandono de la verdad y desorden en la Casa de Dios; un abandono predicho en la Palabra de Dios y que en estos días se está acelerando. No podemos corregir lo que ya se ha deteriorado, pero aquellos que son salvos por la gracia y han sido sellados por el Espíritu, pueden permanecer en Cristo y en su amor.

El versículo de hoy nos insta a permanecer en el amor de Cristo. ¡Es un amor presente y victorioso! Nos amó cuando sufrió en la cruz por nuestros muchos pecados, pero nos sigue amando ahora que está exaltado en el trono donde nuestros pecados ya no son recordados. Por lo tanto, no nos extraña que quienes permanecen en su gran amor puedan reunirse instintivamente en torno a su Persona, conforme a las Escrituras, resplandeciendo y gozándonos en las cosas que Dios nos revela por su Espíritu.

H. J. Vine
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La ciudad de Abraham | Hebreos 11:8-10, 16

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Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena… porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios… por lo cual Dios… les ha preparado una ciudad.
Hebreos 11:8-10, 16

Caín construyó la primera ciudad de la tierra y la nombró “Enoc” en honor a su hijo. Años después del diluvio, Nimrod salió de Babel y fundó un imperio de varias ciudades. Varios cientos de años más tarde, Dios llamó a Abraham para que dejara su ciudad, Ur de los Caldeos, y se trasladara a donde él lo condujera. Por la fe, Abraham obedeció a Dios.

Ur era una ciudad hermosa y muy culta, pero estaba completamente entregada a la idolatría. Allí vivía Abraham cuando el Dios de gloria lo llamó para ir a una tierra que le iba a mostrar. Después de detenerse en Harán por un tiempo (hasta la muerte de su padre), Abraham siguió su camino, como un extranjero y peregrino, morando en tiendas como si estuviera en un país extranjero. Dios le había prometido que le daría esa tierra. Sin embargo, aunque tenía muchas posesiones y 318 siervos entrenados, que habían derrotado al ejército unificado de cuatro reyes, Abraham no realizó ningún movimiento para conquistar la tierra o construir una ciudad en ella. La única tierra que poseía era el campo y la cueva que compró para enterrar a su esposa cuando esta murió.

En la Epístola a los Hebreos, Dios nos dice lo que hizo que la vida de Abraham fuera tan diferente a la del resto de sus contemporáneos (¡y Dios quiere lo mismo para nosotros!). Él buscaba una patria mejor, una patria celestial, una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios. Se ganó el profundo respeto de las personas que lo rodeaban, entre quienes vivía en separación. Ellos le llamaban “un príncipe de Dios entre nosotros” (Gn. 23:6). Dios lo apreciaba a él y a su forma de vida. Lo visitó, compartió sus planes con él y más tarde se refirió a él como su “amigo” (Is. 41:8). ¡Qué ejemplo es Abraham para nosotros!

Eugene P. Vedder, Jr.
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El peligro de la ociosidad | 2 Samuel 11:1

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Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel… Pero David se quedó en Jerusalén.
2 Samuel 11:1
El peligro de la ociosidad
“Pero David se quedó en Jerusalén”. ¡Ay! ¡Un coqueteo fatal en los brazos de la comodidad y sus tentaciones! Esto fue lo que condujo a David a la desgracia. Era la época del año en que los reyes solían ir a la guerra. En años anteriores, a David no se le habría pasado por la cabeza dejar que Joab (u otro general) enfrentara solo la tensión y el estrés del conflicto. David siempre estuvo dispuesto a enfrentar el ardor de la batalla. De hecho, más adelante, y en más de una ocasión, sus seguidores le recriminaron que expusiera la Luz de Israel (David) a los riesgos del campo de batalla. Sin embargo, en esta ocasión, David envió a Joab y a sus valientes a la batalla contra Amón, mientras él se quedó resguardado en Jerusalén. Este letargo fatal delata el deterioro de su alma. Mientras David paseaba perezosamente por el terrado de su palacio, durante aquella bochornosa tarde, se vio arrastrado por una pasión repentina, y tomó la oveja del pobre para satisfacer el impulso vagabundo y hambriento que le sobrevino (v. 2; véase 12:3).

¡Cuidado con las horas de ocio! Es necesario descansar, todos debemos tener tiempos de refrigerio y refortalecimiento. Nuestra naturaleza nos exige (positivamente) que descansemos, pero no debemos ser negligentes al deber reconocido, ni delegar a otros lo que podríamos hacer nosotros mismos, ni quedarnos atrás mientras las tropas marchan hacia la batalla.

“Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mt. 26:41). Necesitamos estar doblemente en guardia cuando no estamos enfrentando en la batalla al enemigo de forma activa. Una puerta abierta puede admitir al enemigo en la ciudadela de nuestra vida, y robarnos la paz de nuestros días futuros.

F. B. Meyer
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Interceder (2) | 1 Samuel 12:23

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Lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros.

1 Samuel 12:23

Interceder (2)

Abraham tenía un corazón semejante al del profeta Samuel. En Génesis 18 encontramos la primera oración de intercesión en la Biblia. Interceder es defender la causa de otra persona. Pongamos atención a algunas características de este tipo de oración que vemos en este relato. (1) La oración de Abraham fue una oración justa, mostrando que Abraham tenía en vista la gloria de Dios (Gn. 18:1923-2528). (2) Apeló a la justicia de Dios (v. 23; Dt. 32:4). (3) Oró con humildad y mansedumbre (Gn. 18:2732Is. 6:257:1566:21 P. 5:5). (4) Su oración estuvo llena de compasión. (5) Fue ferviente y persistente en la oración intercedió seis veces por la ciudad, comenzando por 50 almas, luego 45, 40, 30, 20 y luego 10. (6) Abraham dejó de pedir antes de que Dios dejara de dar. (7) Oró con audacia (He. 4:16). (8) Oró con fe, sin ninguna duda (Gn. 18:33Stg. 1:6-8).

Consideremos al Señor cuando fue a un lugar desierto para orar (Mr. 1:35), o cuando envío a sus discípulos a orar (Mr. 6:45-46). ¿Qué vemos en Lucas 5:16? “Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba”. Se puso “en la brecha” (Sal. 106:23 NBLA). “Busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ez. 22:30).

La intercesión es una de las diferentes clases de oración mencionadas en 1 Timoteo 2:1: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres”. Cuando, como cristianos, nos convertimos en intercesores, somos intermediarios, es decir, personas que se interponen entre el Dios todopoderoso y las personas necesitadas. Cuando intercedemos por otra persona, confiamos en que Dios actuará e imitamos al Señor Jesucristo. ¿Cuándo fue la última vez que usted intercedió por alguien?

Tim Hadley, Sr.

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El Eclesiastés y el cristiano (4) | Eclesiastés 3:1-2

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Todo tiene su tiempo… Tiempo de nacer, y tiempo de morir.
Eclesiastés 3:1-2
El Eclesiastés y el cristiano (4)
En el plano natural, hay un momento concreto en el que alguien nace y otro en el que muere. Moisés dijo: “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo… Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sal. 90:10, 12). Es sabio que el hombre, en general, medite en el hecho de que un día morirá, porque está “establecido para los hombres que mueran una sola vez” (He. 9:27). Como creyentes, tenemos la maravillosa perspectiva de no tener que morir si el Señor Jesús viene antes a buscar a su Esposa (la Iglesia).

Dios, en su soberanía, tiene el derecho exclusivo de determinar el momento de nacer o el de morir en la vida de un ser humano. Sin embargo, el hombre natural siempre ha intentado torcer la soberanía de Dios, tanto al inicio de la vida del hombre (aborto) como al final de su vida (eutanasia o suicidio asistido).

Pero hay otro aspecto en este versículo que es aún más importante. Hay un tiempo para nacer en el plano espiritual, lo que conocemos como “nuevo nacimiento”. Y este tiempo es ahora: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Co. 6:2); hoy: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (He. 3:15). Si alguien no aprovecha el tiempo para nacer de nuevo, inevitablemente llegará el momento en el que morirá, aquello que la Biblia denomina “la muerte segunda” o “lago de fuego” (Ap. 20:14). Sin embargo, todos aquellos que son salvados por la sangre de Cristo, no tienen por qué tener miedo a la segunda muerte. “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos” (Ap. 20:6). ¡Qué grave sería si se dijera de usted lo que se dijo de Faraón: “Dejó pasar el tiempo señalado” (Jer. 46:17)!

Michael Vogelsang
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El apóstol Pablo en Atenas | Hechos 17:30-31

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Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó.
Hechos 17:30-31

El apóstol Pablo en Atenas
Después de ver la visión de un hombre macedonio que le rogaba que fuera para ayudarlos (Hch. 16:9), Pablo comprendió que Dios lo estaba llamando a predicar el Evangelio en esa región. Más tarde, en ese primer viaje a Europa, Pablo pasó por Atenas. Allí se encontró con una ciudad entregada a los ídolos; e incluso vio allí un altar con la siguiente inscripción: “Al Dios no conocido”.

Diariamente, tanto en la sinagoga como en la plaza pública, Pablo discutía con los habitantes de esta ciudad. Los filósofos llevaron a Pablo al Areópago, donde se reunía el más alto tribunal ateniense. Querían saber más acerca de esta nueva doctrina que Pablo estaba predicando, pues los atenienses “en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo” (v. 21). Allí, en la colina de Marte, Pablo tuvo la oportunidad de declararles el maravilloso mensaje del “Dios no conocido”, quien, efectivamente, se había dado a conocer. Dios envió a su Hijo para que fuera el Salvador del mundo, pero el mundo no lo recibió. De hecho, lo clavaron en una cruz.

Así como los judíos y los gentiles rechazaron a Cristo cuando estuvo en la tierra, estos filósofos atenienses también despreciaron el mensaje que Pablo les predicó. Nadie puede recibir a Cristo por medio de la sabiduría humana, sino por la simple fe en Aquel que murió para pagar el rescate por el pecado. Y Dios aceptó este pago, esta obra consumada. La prueba de esto está en que él resucitó a Cristo de entre los muertos.

Pablo habla de un día que Dios ha señalado en el que el mundo será juzgado con justicia por aquel Varón que él designó. ¿Quién es este Varón? ¡Jesús! Dios manda a todos que se arrepientan de sus pecados y reciban al Salvador mientras aún sea el día de la gracia. Si usted no lo conoce como su Salvador, muy pronto tendrá que comparecer ante él como su Juez.

Jacob Redekop
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Reflexiones sobre el Salmo 22 (1)

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Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. Sobre ti fui echado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios.
Salmo 22:9-10
Reflexiones sobre el Salmo 22 (1)
Este sorprendente salmo nos da detalles relativos a la Persona de nuestro Señor Jesucristo y su sacrificio, así como de sus glorias presentes y futuras. Cristo vivió una vida de total consagración a Dios y a sus intereses, y uno de los secretos de esto radica en su inquebrantable confianza en Dios. Sin importar las circunstancias, Cristo siempre puso su confianza en Dios. Durante aquellas horas oscuras, él siguió confiando en Dios, quizás más que nunca, incluso cuando Dios apartó su rostro de él (v. 2).

Sus enemigos se burlaron de su confianza en Dios, diciendo: “Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía” (v. 8). Satanás sabía cómo apuntar al centro del asunto, tal como lo hizo durante la tentación en el desierto. Sin embargo, no pudo detener a nuestro Señor en su camino de obediencia. Durante aquellas horas en la cruz, Satanás intentó desesperadamente frustrar la obra de Cristo por medio de estos burladores, quienes provocaron a Jesús con el objetivo de hacerlo desistir de su obra. Sin embargo, a pesar de su debilidad corporal y las terribles presiones que enfrentó durante esta lucha, nuestro Señor Jesucristo continuó poniendo su confianza en Dios. Lo había hecho desde el vientre de su madre, cuando María dio a luz a su primogénito. Dios, el Espíritu Santo, había concebido a Jesús en el vientre de la virgen y, desde entonces, hasta que entregó su espíritu al Padre (Lc. 23:46), nuestro Señor (como Hombre perfecto) se apoyó en él. Así, con el poder del Espíritu Santo (véase He. 9:14), Jesús mismo se entregó como el supremo sacrificio.

Desde su nacimiento, el hombre Cristo Jesús se apoyó en Dios, quien le había dado su confianza. En total dependencia, comunión, obediencia y compromiso el Señor Jesús confesó a Dios como su Dios, y lo honró en cada uno de sus pensamientos, palabras y acciones, especialmente mientras estuvo en aquella vergonzosa cruz.

Alfred E. Bouter
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Mirar el rostro de Dios | 2 Corintios 4:6

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Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.
2 Corintios 4:6

Muéstrame tu gloria (2) – Mirar el rostro de Dios
Los acontecimientos relatados en Éxodo 33-34 deben entenderse a la luz de 2 Corintios 3. Después de que Israel pecara en el asunto del becerro de oro, Moisés intercedió por el pueblo. Entonces recibió la Ley por segunda vez, pero ahora mezclada con misericordia. Podemos darnos cuenta de esto último por la forma en que Jehová describió su nueva disposición hacia el pueblo: “Misericordioso y piadoso; tardo para la ira… que perdona la iniquidad” (Éx. 34:6-7). Algunos enseñan que esta mezcla de Ley y misericordia es lo que constituye en realidad al Evangelio, pero no es así. De hecho, fue esta misma combinación de Ley y misericordia la que el apóstol Pablo denomina como el “ministerio de muerte” o “ministerio de condenación” (2 Co. 3:7, 9).

Este ministerio tenía cierta gloria, “la cual se desvanecía” (2 Co. 3:7 NBLA), e iba a ser reemplazado por el “ministerio del Espíritu”, que es mucho más glorioso que todo lo que Moisés vio en el monte. “Lo que tenía gloria, en este caso no tiene gloria por razón de la gloria que lo sobrepasa” (3:10).

El creyente ahora puede contemplar la gloria del Señor y ser transformado por ella (2 Co. 3:18), pues vemos “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). La gloria que vio Moisés fueron las “espaldas” de Dios, mientras que como cristianos podemos mirar directamente al rostro de Jesucristo.

¿Quiere ver la gloria de Dios? Entonces mire a Jesús (Jn. 1:18). Muy pronto veremos su rostro sin que la carne nos lo impida (Ap. 22:4). Pero no tenemos que esperar hasta entonces, ¡porque podemos empezar a contemplarlo desde ahora!

Brian Reynolds
Fija tus ojos en Cristo / Tan lleno de gracia y amor
Y lo terrenal sin valor será / A la luz del glorioso Señor
H. H. Lemmel
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Muéstrame tu gloria | Éxodo 33:22-23

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Cuando pase mi gloria… verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro.
Éxodo 33:22-23
Muéstrame tu gloria (1) – Mirar las espaldas de Dios
Moisés le había hecho una petición sencilla a Jehová: “Te ruego que me muestres tu gloria” (Éx. 33:18). Dadas las circunstancias en las que se encontraba, realmente no se trataba de un deseo demasiado presuntuoso. Acababa de interceder en favor del pueblo de Israel tras el incidente del becerro de oro. Fue allí, en el monte, con Jehová, que esta petición brotó espontáneamente de sus labios. A veces el concepto “gloria” puede ser difícil de comprender, pero una definición útil es: «Excelencia en exhibición». Moisés tenía un sincero y profundo deseo de ver la gloria de Dios.

Sin embargo, Dios le dijo a Moisés que él no podía ver su rostro: “Porque no me verá hombre, y vivirá.” (v. 20). Ahora bien, ¿cómo explicamos que poco antes la Palabra nos dice que Jehová hablaba con Moisés “cara a cara” (v. 11a)? Obviamente, esto no es una contradicción, sino una metáfora que nos explica que Dios hablaba frecuentemente con Moisés como un hombre habla con su compañero (v. 11b), no que Moisés viera literalmente el rostro de Dios. Sin embargo, Dios le concedió a Moisés ver su gloria, pero de una forma muy especial e instructiva. Dios le dijo a Moisés: “Cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas, mas no se verá mi rostro” (vv. 22-23).

Al relatar este acontecimiento, el apóstol Pablo nos dice que se trató de una gloria que, en realidad, “había de perecer” (véase 2 Co. 3:7, 11). Representaba el carácter parcial y provisional del antiguo pacto. Aun así, esa misma gloria (ver las espaldas de Dios) hizo que el rostro de Moisés resplandeciera, a tal punto que tuvo que cubrirlo con un velo (Éx. 34:29-33). Este maravilloso acontecimiento transformó la vida de Moisés. Hoy en día, los cristianos poseemos algo que supera con creces todo lo que Moisés experimentó aquel día en el monte.

Brian Reynolds
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Algunas de las glorias del Señor Jesús | 1 Tesalonicenses 1:10

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Y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera.
1 Tesalonicenses 1:10
Algunas de las glorias del Señor Jesús
¡Qué maravillosas glorias de nuestro Señor encontramos en este versículo! Consideremos brevemente algunas de ellas.

  1. Él es el Hijo. Este nombre de nuestro Señor nos presenta pensamientos maravillosos acerca de la relación eterna entre el Padre y su único Hijo en la Deidad. Esa relación se manifestó luego en la tierra cuando el Hijo se hizo Hombre. Él es quien pudo decir en su oración al Padre: “Me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24).
  2. Él es el que vendrá de los cielos. Hoy esperamos, como los tesalonicenses, que el Hijo regrese de los cielos. Sabemos que él ya vino una vez (1 Jn. 5:20). En su primera venida, vino para “quitar de en medio el pecado” y nuestros pecados mediante el sacrificio de sí mismo (He. 9:26, 28).
  3. Él resucitó de entre los muertos. El Hijo de Dios murió como nuestro sustituto. Pero la muerte no lo pudo retener, y al tercer día resucitó “por la gloria del Padre” (Ro. 6:4).
  4. Él es Jesús. Aquel que desde la eternidad es Dios y se hizo Hombre. Jesús es el nombre que tomó cuando vino a este mundo, el cual significa “Jehová Salvador”. Vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21).
  5. Él es nuestro Libertador. A menudo pensamos en la ira eterna, el lago de fuego, de la que hemos sido salvados por la obra del Señor Jesús. Pero la ira también caerá pronto sobre este mundo que ha rechazado al Hijo de Dios (1 Ts. 5:1-4, 9; Mt. 24:21). A esto comúnmente se le denomina como “la tribulación”. Durante ese periodo, ¿estará aún la iglesia en la tierra? ¡No! El Señor Jesús es aquel que nos librará de esta “ira venidera”. “Yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra” (Ap. 3:10).

Kevin Quartell
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