Episodio 52 – ¿Cuánto entretenimiento es demasiado?
¿Deberíamos señalar a los falsos maestros o ignorarlos?
John Piper
Es el fundador y escritor principal de DesiringGod.com y es presidente de Bethlehem College & Seminary. Durante 33 años Piper ha servido como pastor de Bethlehem Baptis Church. Ha escrito más de 50 libros, entre ellos Cinco puntos y Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder.
Es uno de los escritores cristianos más reconocidos de las últimas décadas. Su escritura es caracterizada por un corazón pastoral y un estilo confrontador, pero también alentador. Sus más de 30 años de ministerio están recopilados gratuitamente en artículos y vídeos. Los puedes encontrar en: DesiringGod.org.
El pastor John Piper vive en la ciudad de Minneapolis, Estados Unidos con su esposa Noel. Tiene cinco hijos y catorce nietos.
Si confesamos nuestros pecados, él (Dios) es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.1 Juan 1:9
Más blanco que la nieve
Recuerdo con emoción los inviernos de mi infancia y nuestros juegos en la nieve… ¡Era algo maravilloso! Pero bastaban algunas horas para que la nieve pasase de un blanco radiante a un color grisáceo. Entonces, ¡qué alegría ver, temprano en la mañana siguiente, una nieve nueva, inmaculada! Todo estaba recubierto: los muñecos de nieve, las pistas de los trineos y cada huella.
¡Qué bella imagen del perdón de los pecados! Nuestro corazón puede estar sucio por diversas faltas, pero si las confesamos, Jesús las “cubre”. Su obra en la cruz tuvo en cuenta todos nuestros pecados; los cargó sobre sí mismo. Si los confesamos a Dios, él nos perdona, como un padre a su hijo, pues la obra de Cristo nos emblanqueció, como la nieve recubre todo el paisaje.
Incluso si tenemos la seguridad de que Dios nos perdonó, a veces nos cuesta aceptar la perfección de la obra de Cristo y el pleno perdón de Dios, sobre todo cuando cometemos un pecado particularmente grave a nuestros ojos. Sin embargo, el apóstol Juan afirma claramente: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). ¡No hay una “lista negra” de algunos pecados que Dios no quiera perdonarnos! Tampoco se trata de sentirnos perdonados, sino de creer en la promesa de Dios.
¡El diablo siempre trata de condenarnos y ligarnos a nuestro pecado! Dios, en cambio, perdona nuestros pecados, nos libera de ellos y nunca más los recordará (Hebreos 10:17).
Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.1 Pedro 5:8… que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones.2 Corintios 2:11
Una apariencia engañosa
El “gecko cola de hoja satánico” es un pequeño reptil que vive en Madagascar. Debe su nombre a su capacidad para camuflarse. Su cola tiene la forma y el color de una hoja muerta, lo que le permite pasar desapercibido ante la mirada de sus enemigos o de sus presas, en el suelo o en una rama. Esta estrategia nos recuerda la manera de actuar de Satanás.
Muchos de nuestros contemporáneos no creen en la existencia de Satanás, e incluso se ríen de él, pero la Biblia lo llama el “padre de mentira” (Juan 8:44), “el maligno”, “el cual engaña al mundo entero” (Apocalipsis 12:9). Lo describe como mentiroso y engañador, que arrastra tras sí a todo el que se deja atrapar por sus artimañas. Lo que propone parece bonito y atractivo, pero en realidad son trampas muy bien elaboradas y extremadamente eficaces.
La Palabra de Dios también lo llama “el príncipe de este mundo” (Juan 16:11). Satanás conoce muy bien la naturaleza humana, emplea nuestras codicias para llevarnos a hacer el mal, a desobedecer a Dios. Esto fue lo que hizo en el huerto de Edén, con Adán y Eva.
Es importante que el creyente nunca tome a la ligera a Satanás, “el enemigo”, el especialista de la mentira, “pues no ignoramos sus maquinaciones”. Se volvió experto en el disfraz, tanto para atraer como para hacer que lo olviden. Pero Satanás fue vencido por Cristo en la cruz (Colosenses 2:15), incluso si todavía sigue activo y trata de buscar a quién devorar. El cristiano que vive con Cristo, su Salvador, no debe temerle (Romanos 8:38-39).
¿Entiendes lo que lees? Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?Hechos 8:30-31(Jesús dijo:) Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.Juan 6:63
¿Qué quiere decir?
Algunas expresiones no siempre son familiares para nuestros lectores. He aquí algunas explicaciones:
– El pecado: es actuar mal a los ojos de Dios, el Creador. Pecar es vivir como a uno le parece, sin tener en cuenta a Dios.
– Convicción de pecado: la experimentamos cuando nuestra conciencia nos reprende y nos muestra que somos culpables ante Dios. A menudo llegamos a esta conclusión mediante la lectura de la Biblia.
– Arrepentimiento: es un cambio de actitud interior, la tristeza por haber desobedecido a Dios, cuando tomamos conciencia de que merecemos su juicio; entonces nace el deseo de cambiar de vida.
– La confesión: confesamos nuestras faltas a Dios, reconocemos nuestra desobediencia a la voluntad divina.
– La fe: es la confianza en Jesucristo, el Salvador dado por Dios, quien murió para llevar el juicio en nuestro lugar, y cuya resurrección prueba que la justicia de Dios fue satisfecha.
– La conversión: es un cambio completo de dirección. Damos la espalda a nuestra vida sin Dios, para vivir a partir de ese momento una vida con él, para escucharle y obedecerle.
– El perdón: es el acto de gracia por el cual Dios borra el mal que hemos hecho, incluso si algunas consecuencias de nuestras acciones subsisten.
– El nuevo nacimiento: a través de él todo el que cree recibe de Dios una nueva vida; pasa a ser un hijo de Dios. El Espíritu Santo que le es dado es la energía y la fuerza de esta nueva vida.
¿Cómo seguir a Cristo sin ser moralista o estar en libertinaje?
Desde los días de la época apostólica, la Iglesia cristiana se ha visto obligada a pelear contra dos grandes tentaciones espirituales, a saber, el moralismo y el libertinaje.
Recientemente el pastor dominicano Sugel Michelén se ha referido a estas dos corrientes con los términos mitológicos Escila y Caribdis. Eran los dos monstruos marinos que se ubican en los dos lados del estrecho de Mesina, en la mitología griega. El marinero que se alejaba de Escila se acercaba a Caribdis (y viceversa) poniendo su vida en peligro.[1]
¿Cómo podemos vencer la seducción del moralismo y el libertinaje? Antes que nada, veamos una definición de ambas tendencias.
Entendiendo el moralismo
La primera bestia indomable se llama Moralismo. Y su apellido es Legalismo.
El moralista es aquél que coloca la ética en el lugar que le corresponde a la gracia salvadora de Dios, porque piensa que heredará la vida eterna en base a su obediencia externa a los mandatos del Señor. El moralista no depende de la justicia de Dios en Cristo para salvación, sino de su propia justicia personal (la cual es una verdadera anti-justicia, por cuanto todos están bajo el poder del pecado).
El moralismo es el pecado favorito de todos los hijos de Adán. Si preguntas a cualquier persona incrédula que conoces si se cree buena o mala persona, lo más seguro es que te contestaría diciendo que es buena. ¿Por qué? “Porque nunca he matado a nadie. Nunca he robado nadie”. ¿Cierto? Es el evangelio de la auto-justicia.
Irónicamente, los pecadores utilizan este argumento diabólico para consolar sus conciencias sin darse cuenta de que es precisamente esta clase de fe falsa la que los envía al infierno. Al confiar en su propia justicia, desechan la justicia del Señor Jesucristo (Ro. 10:3).
En la carta a los Gálatas se nos presenta un buen ejemplo bíblico del engaño del moralismo. Tristemente, algunos maestros habían entrado en la iglesia del Señor enseñando que para ser salvos hacía falta fe en Cristo, pero que además de ella los verdaderos creyentes tenían que circuncidarse en obediencia al pacto de Abraham.
Pablo se puso furioso ante esto y escribió esta epístola fogosa explicando que el mensaje de los falsos profetas se trataba de una mentira. La tesis de Gálatas es que la salvación se da únicamente por medio de la fe en el Señor Jesús. En otras palabras, Dios no nos acepta gracias a nuestras obras religiosas como la circuncisión, sino con base en la perfecta justicia de su Hijo aplicada a nuestra cuenta por la fe (Gá. 2:16).
El verdadero creyente coloca su mirada en Jesucristo, no en sus hazañas religiosas.
En el siglo XVI, podemos considerar a la Reforma protestante, iniciada por Martín Lutero, como una reacción contra el mismo espíritu moralista que se daba a conocer dentro de la Iglesia católica romana. A diferencia de los judaizantes del primer siglo, los católicos no creían que hiciera falta circuncidarse para ser aceptados delante Dios; pero sí tenían que cumplir con una larga lista de deberes religiosos si querían disfrutar del favor de Dios.
¿Cómo respondieron los reformadores? Volvieron a las epístolas de Romanos y Gálatas explicando que el favor del Señor nos es concedido única y exclusivamente en la persona de su glorioso Hijo. El verdadero creyente coloca su mirada en Jesucristo, no en sus hazañas religiosas. Aquel que cree de todo corazón que Cristo murió por sus pecados en la cruz y que Dios le resucitó literalmente al tercer día, será salvado eternamente (1 Co. 15:1-4).
Pablo, Lutero, Zuinglio, y Calvino estuvieron de acuerdo en que el espíritu moralista se vence en el nombre de la intachable obra del Señor Jesucristo. ¿Cómo conquistar el moralismo? Fijándonos en la cruz y en la resurrección del Cristo de Dios.
Entendiendo el libertinaje
El segundo monstruo es conocido como Libertinaje.
Mientras el moralista coloca la ética en el lugar de la gracia salvadora de Dios, el libertino abusa de la doctrina de la gracia de Dios, usándola como un pretexto para vivir en pecado. En otras palabras, convierte la gracia en desgracia. Razona de la siguiente manera: “Ya que mi salvación depende cien por ciento del Señor Jesucristo y no de mi obediencia, puedo hacer lo que me da la gana”. El término teológico que alude a esto es antinomianismo. Etimológicamente hablando, quiere decir “anti-ley” o “contra la ley”.
La lógica del evangelio bíblico, al ser mal entendida, podría llevar a una persona a pensar que puede vivir según sus antojos y caprichos pecaminosos. A fin de cuentas, nuestra salvación está en Cristo, no en nosotros. Por lo tanto, ¿por qué preocuparnos por nuestra obediencia personal?
En cierto sentido, el libertino tiene algo de razón. Es cierto que nuestra salvación eterna depende de la imputación de la justicia de Jesucristo a nuestra cuenta. Es por eso que Martyn Lloyd-Jones decía que si un pastor predica el evangelio correctamente, será acusado de antinomianismo al bajar del púlpito (Pablo recibía la misma acusación, según Romanos 6:1-2).
Pero lo que la lógica humana no alcanza a entender por sí sola es que, cuando el Espíritu de Dios labra la fe salvadora en el alma del creyente, simultáneamente quita el corazón de piedra de aquel individuo para que este pueda gozarse en la ley de Dios. El nacido nuevo ama los mandatos de Dios (Ez. 36:26-27).
La señal de que una persona ha abrazado el evangelio es que abunda en buenas obras por el poder del Espíritu Santo.
Asimismo, el libertino olvida que Cristo nos salvó para que viviéramos para su gloria. Jesús “se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras” (Tit. 2:14). Es decir, la señal de que una persona ha abrazado el evangelio es que abunda en buenas obras por el poder del Espíritu Santo.
La carta de Judas nos revela que hubo hombres libertinos en la iglesia apostólica, los cuales convirtieron en libertinaje la gracia de Dios (Jud. 1:4). Y en los días de la Reforma, un tal Johannes Agricola, alumno de Lutero, avivó la herejía antinominiana entre los propios protestantes.
El libertino necesita aprender que la fe auténtica siempre engendra obediencia a Dios.
La solución que necesitamos
¿Cómo podemos evadir los monstruos Moralismo y Libertinaje? La solución reside en entender la relación entre el evangelio y la ética cristiana.
Recuerda que el evangelio no tiene que ver con lo que tú y yo hacemos. Tristemente, se utiliza una frase antibíblica entre los evangélicos contemporáneos —incluso en círculos sanos— la cual afirma que “hay que vivir el evangelio”, o dice: “vivamos el evangelio”, o cosas así por el estilo. No, no hay que vivir el evangelio. La única persona que vivió el evangelio fue el Señor Jesucristo mediante su muerte expiatoria y su resurrección. Lo que hay que hacer es creer en el evangelio del amado Hijo de Dios, arrepintiéndonos de todo pecado.
Cuando nos predicamos el evangelio día tras día, el gozo del Señor comienza a fluir en nosotros y esta maravillosa noticia tocante a la muerte de Cristo crea gozo en nuestros corazones, provocando una vida de obediencia alegre al Señor. La ética nace como una respuesta agradecida a la gracia salvadora de Dios (Ro. 12:1-2).
Por lo tanto, si tenemos clara esta distinción entre el evangelio y la ética, podremos acabar de una vez para siempre con el moralismo y el libertinaje.
Primero, venceremos el moralismo porque sabremos que disfrutamos de la sonrisa del Señor únicamente en la persona del Hijo de Dios. Así daremos toda la gloria a Jesucristo por nuestro estado positivo ante el Padre.
Segundo, triunfaremos sobre el libertinaje porque comprenderemos que aquel que de verdad tiene fe en el Hijo tendrá ganas de obedecer su Palabra sin reservas. Lejos de justificar una vida en pecado, el evangelio bíblico, correctamente entendido, produce vidas obedientes.
Gracias a la obra redentora de Jesús, no tenemos porqué temer ni a Escila ni a Caribdis. ¡Nos vemos en el estrecho de Mesina!
[1] Sugel Michelén, De parte de Dios y delante de Dios: Una guía de predicación expositiva (B&H Español, 2016), pos. 1646.
Casado con Agota, Will Graham sirve como predicador itinerante en España y es profesor de Pneumatología, Apologética y Teología contemporánea en la Facultad de Teología (Córdoba). Escribe semanalmente en sus blogs ‘Brisa fresca’ en Protestante Digital y ‘Fresh Breeze’ en Evangelical Focus. Puedes encontrarlo en Facebook.
La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu… y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.Hebreos 4:12
¡Dejen que se defienda!
“¡No hace falta defender a un león, pues se defenderá solo!”, decía un predicador. La Biblia ha sido el blanco de innumerables ataques; han tratado de destruirla, pero sin éxito.
Hoy, muchos ponen en duda lo que ella afirma ser: la Palabra de Dios. Pero la Biblia tiene suficiente autoridad para defenderse a sí misma. Es inútil tratar de defenderla mediante argumentos humanos. ¿A quién se le ocurriría alumbrar el sol con la luz de una vela?
¿Usted se pregunta si la Biblia es realmente la Palabra de Dios? Haga simplemente una prueba: ¡léala!
La Biblia no puede ser comparada con ningún otro libro. Tiene en sí misma su fuerza de persuasión. Se dirige a la conciencia y al corazón del lector; le habla personalmente. Es “viva y eficaz”; penetra hasta el fondo de su ser; puede hacernos sabios “para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir” (2 Timoteo 3:15-16). Dejemos que se imponga a nosotros con su autoridad divina.
¡Además, no somos nosotros los que la juzgamos; ¡es ella la que nos juzga! Algunas personas, tratando de demostrar que la Biblia se equivoca, quedaron confundidas y se vieron obligadas a reconocer su error.
La Biblia nos invita a arrepentirnos, nos dirige un mensaje de salvación, de perdón, de paz. Y la respuesta que espera de nosotros es la fe.
“Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:8-9).