La esperanza superior del cristiano: cómo las promesas del evangelio moldean la forma en la que vemos el sufrimiento | Timothy Keller

Una esperanza superior

Timothy Keller

Cuando el cristianismo comenzó a crecer, sus escritores rápidamente comenzaron a aportar muchas ideas nuevas al mundo del pensamiento humano, difiriendo notoriamente no solo de las creencias paganas oc­cidentales, sino también del pensamiento oriental, especialmente en lo referente al dolor y el sufrimiento[1]. Es casi imposible sobreestimar la importancia de la perspectiva cristiana del sufrimiento por el éxito que tuvo en el imperio romano y por su impacto en el pensamiento humano.

Los primeros oradores y escritores cristianos no solo argumentaron enérgicamente que la enseñanza del cristianismo tenía una mejor expli­cación del sufrimiento, sino que insistieron en que las vidas de los cristia­nos lo demostraban. Cipriano relató cómo los cristianos no abandona­ron a sus seres queridos ni huyeron de las ciudades durante las terribles pestes, como hicieron la mayoría de los residentes paganos. En lugar de esto, se quedaron para atender a los enfermos y enfrentaron su muerte con calma[2]. Otros escritos cristianos primitivos, como Para los romanos de Ignacio de Antioquía y Carta a los filipenses de Policarpo, señalaban el aplomo con que los cristianos se enfrentaban a torturas y muerte a causa de su fe. “Los cristianos usaron el sufrimiento para defender la superioridad de su credo… [porque] sufrían mejor que los paganos”[3]. Los griegos habían enseñado que el verdadero propósito de la filosofía era ayudarnos a enfrentar el sufrimiento y la muerte. Sobre esta base, escritores como Cipriano, Ambrosio y más tarde Agustín argumentaron que los cristianos sufrieron y murieron mejor, y esta fue una evidencia empírica y visible de que el cristianismo era “la filosofía suprema”. Las diferencias entre la población pagana y la cristiana en cuanto a este tema fueron lo suficientemente significativas como para dar credibilidad a la fe cristiana. A diferencia del momento actual, en el que la existencia del sufrimiento y el mal hace que la fe cristiana sea vulnerable a la crítica y la duda, los primeros cristianos proclamaban que el dolor y la adversidad en la vida eran de las principales razones para abrazar la fe.

¿Por qué eran tan diferentes los cristianos? No era debido a alguna distinción en su temperamento natural; no eran simplemente personas más fuertes. Tenía que ver con lo que creían sobre el mundo. Judith Perkins, erudita en documentos clásicos, argumenta que el relato del su­frimiento de la tradición filosófica griega no fue práctico ni satisfactorio para la persona promedio. El enfoque cristiano del dolor y el mal, con mayor espacio para la tristeza y mayor base para la esperanza, fue parte importante de su atractivo[4].

Primero, el cristianismo ofrecía una mayor base para la esperanza. Luc Ferry, en su capítulo “La victoria del cristianismo”[5], está de acuerdo en que la perspectiva cristiana del sufrimiento fue una de las principales razones por las que el cristianismo derrotó completamente a la filosofía griega y se convirtió en la cosmovisión dominante en el imperio roma­no. Para Ferry, una de las principales diferencias tenía que ver con lo que el cristianismo enseñaba respecto al amor y al propósito de las personas. La diferencia más obvia era la doctrina cristiana de la resurrección de los cuerpos y la restauración del mundo material. Los filósofos estoicos ha­bían enseñado que, después de la muerte, continuamos como parte del universo, pero no en una forma individual. Tal como resume Ferry: “La doctrina estoica de la salvación es completamente anónima e impersonal. Nos promete la eternidad, ciertamente, pero no como personas, sino como un fragmento olvidado del cosmos”[6]. Pero los cristianos creían en la resurrección debido a la confirmación de cientos de testigos oculares del Cristo resucitado. Ese es nuestro futuro, y eso significa que somos salvos de manera individual —nuestras personalidades serán conserva­das, embellecidas y perfeccionadas después de la muerte. Nuestro futuro estará lleno de un amor perfecto y sin obstáculos —con Dios y con los demás. Ambrosio escribió:

Debe haber una diferencia entre los siervos de Cristo y los adora­dores de ídolos; estos últimos lloran por sus amigos, pues supo­nen que han perecido para siempre… Pero en cuanto a nosotros, para quienes la muerte es el fin no de nuestra naturaleza sino solo de esta vida, ya que nuestra naturaleza misma será renovada y mejorada, la llegada de la muerte enjugará toda lágrima[7].

Los filósofos griegos, especialmente los estoicos, intentaron “des­pojarnos de los temores relacionados con la muerte, pero a expensas de nuestra identidad individual”[8]. El cristianismo ofrecía algo radicalmente más satisfactorio. Ferry señala que lo que los seres humanos queremos “sobre todas las cosas es reunirnos con nuestros seres queridos y, si es posible, con sus voces, sus rostros —no en forma de fragmentos indife­renciados, como piedrecitas o verduras”[9].

No hay una declaración más sorprendente sobre esta diferencia en­tre el cristianismo y el paganismo antiguo que la que se encuentra en el primer capítulo del Evangelio de Juan. Allí, Juan aborda de manera brillante uno de los temas principales de la filosofía griega, al comenzar su relato diciendo que “en el principio [del tiempo] ya existía el Logos” (Jn 1:1). Pero continúa diciendo: “Y el Logos se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado Su gloria” (Jn 1:14). Esta fue una decla­ración impresionante. Juan estaba diciendo: “Estamos de acuerdo en que existe un orden detrás del universo, y en que hallamos el significado de la vida cuando nos alineamos con él”. Pero Juan también estaba diciendo que el Logos detrás del universo no era un principio abstracto y racional que solo podía ser entendido por la élite educada. Más bien, el Logos del universo es una persona — Jesucristo— que cualquiera puede amar y conocer en una relación personal. Ferry resume el mensaje de Juan de esta manera: “Lo divino… ya no era una estructura impersonal, sino un individuo extraordinario”[10]. Ferry señaló que esto fue un “cambio insondable” que tuvo un “efecto incalculable en la historia de las ideas”.

Y más espacio para el sufrimiento

La otra gran diferencia entre los filósofos griegos y el cristianismo era que la consolación cristiana daba más lugar a las expresiones de tristeza y dolor. Las lágrimas y el llanto no deben ser sofocados ni limitados —son naturales y buenos. Cipriano cita a San Pablo, diciendo que los cristianos deben realmente afligirse, pero que deben hacerlo llenos de esperanza (1Ts 4:13).34 Los cristianos no veían el dolor como una cosa inútil que debía ser reprimida a toda costa. Ambrosio no se disculpó por sus lá­grimas y su dolor a causa de la muerte de su hermano. Recordando las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro, escribió: “No hemos incurrido en ningún pecado grave por nuestras lágrimas. No todo el llanto proce­de de la incredulidad o la debilidad… El Señor también lloró. Lloró por uno que no era familiar Suyo, yo por mi hermano. Lloró por todos al llorar por uno; yo lloraré por todos al llorar por mi hermano”[11].

Para los cristianos, el sufrimiento no se debe tratar principalmente mediante el control y la supresión de las emociones negativas con el uso de la razón o la fuerza de voluntad. La realidad no era conocida prin­cipalmente a través de la razón y la contemplación, sino a través de las relaciones. La salvación se obtenía por medio de la humildad, la fe y el amor, no de la razón y el control de las emociones. Y, por tanto, los cris­tianos no enfrentamos la adversidad reduciendo estoicamente nuestro amor por las personas y por las cosas de este mundo, sino aumentando nuestro amor y nuestro gozo en Dios. Ferry señala: “Agustín, después de haber criticado radicalmente el amor que nos lleva a aferrarnos a cualquier cosa, no lo condena cuando su objeto es divino”[12]. Lo que está diciendo es que aunque el cristianismo estaba de acuerdo con los escrito­res paganos en que ese apego desmesurado a los bienes terrenales puede conducir a penas y dolor innecesarios, también enseñó que la respuesta a esto no era disminuir mi amor por esos bienes, sino amar a Dios por encima de todo. La única forma en que podremos enfrentarnos a todas las cosas con paz es si Dios es nuestro mayor amor, pues ni siquiera la muerte puede separarnos de Su amor. El dolor no tenía que ser elimina­do, sino sazonado y sostenido con amor y esperanza.

Además de utilizar el amor y la esperanza para aligerar nuestro do­lor, los cristianos también somos llamados a usar el consuelo de conocer el cuidado paternal de Dios. El consejo de los antiguos consoladores a los enfermos era que aceptaran la inevitabilidad de su cruel destino. Señalaban que el destino era aleatorio, una rueda de azar sin fundamen­to ni propósito; así que debían reconciliarse con él y no entregarse a la autocompasión ni quejarse[13]. El cristianismo rechazó rotundamente esta opinión. En lugar de múltiples dioses y centros de poder luchan­do unos contra otros, y de un destino impersonal gobernando sobre todo, el cristianismo presentaba una visión completamente nueva a la cultura grecorromana. El historiador Ronald Rittgers señaló que los cristianos afirmaban que un Creador único sostiene al mundo con sabi­duría y amor personal, “en oposición directa al politeísmo pagano y las nociones paganas del destino”[14]. Lo resume de esta manera: “Este Dios creó a la humanidad para la comunión con Él” e impuso la muerte y el sufrimiento solo cuando la raza humana se separó de esta confraternidad para ser sus propios amos; “la mortalidad y las dificultades no eran parte de la naturaleza original de las cosas”. Después de la Caída de la raza humana y la llegada del dolor y la maldad, Dios comenzó un proceso de salvación para restaurar esa comunión a través de Cristo. Durante este tiempo, Dios utilizó “pruebas, tribulaciones y adversidades para probar las almas humanas”, y junto con ellas les ofreció la “esperanza de ser libradas de ellas… Fue Él quien eliminó el aguijón de la muerte”[15]. En resumen, aunque los caminos de Dios a menudo son tan borrosos para nosotros como los de un padre para un bebé, aún confiamos en que nuestro Padre celestial nos cuida y está con nosotros para guiarnos y protegernos en todas las circunstancias de la vida.

Este artículo La esperanza superior del cristiano: cómo las promesas del evangelio moldean la forma en la que vemos el sufrimiento fue adaptado de una porción del libro Caminando con Dios a través de el dolor y el sufrimiento, publicado por Poiema Publicaciones.

Páginas 45 a la 50

[1] Ver Rittgers, Reformation of Suffering. Esta sección y la siguiente se basan grande­mente en el excelente e innovador estudio de Rittgers sobre este tema.

[2] Cipriano, On Mortality [Sobre la mortalidad], capítulo 13. Citado en Rittgers, Reformation of Suffering, 45.

[3] Rittgers, 47.

[4] Judith Perkins, The Suffering Self: Pain and Narrative Representation in the Early Christian Era [El ser sufriente: El dolor y la representación narrativa en la era cristiana primitiva] (Routledge, 1995).

[5] En Ferry, Brief History.

[6] Ibid

[7] Ambrosio de Milán, On the Death of Satyrus [Sobre la muerte de Sátiro]. Citado en Rittgers, Reformation of Suffering, 43–44.

[8] Rittgers, 52.

[9] Ibid.

[10] Ibid.

[11] Ibid.

[12] Ibid.

[13] Incluso Séneca, quien creía en un Dios, creía que Él estaba sujeto a los dictados del destino. El destino en la visión greco-romana es impersonal, sus dispensaciones son completamente inexplicables, no puedes pedirle al destino que haga justicia —ese es un error categórico. El destino es completamente caprichoso y aleatorio, aunque se haya personificado poéticamente en los escritos antiguos. En Boecio, Consolation of Philosophy [La consolación de la filosofía], se expresa bien esta opinión: “Estás equivocado si piensas que la fortuna ha cambiado a favor tuyo. El cambio es su comportamiento normal, su verdadera naturaleza… Has descubierto la cara cambiante de la diosa aleatoria… Con mano dominante mueve la rueda de inflexión [de azar], como las corrientes que van de un lado a otro en una bahía traicionera. No escucha ningún grito de miseria, no hace caso a ninguna lágrima, sino que se ríe de todo el dolor que ha provocado”. Boecio, The Consolation of Philosophy, traducido con una introducción de Victor Watts (rev. ed., Penguin, 1999), 23-24.

[14] Boecio, The Consolation of Philosophy, 46–47.

[15] Ibid.

En aquella misma hora Jesús se regocijó en el espíritu | Charles Spurgeon

24 de marzo
«En aquella misma hora Jesús se regocijó en el espíritu».
Lucas 10:21

El Salvador era «varón de dolores», pero toda mente reflexiva descubre que en lo íntimo de su alma había un inagotable tesoro de gozo refinado y celestial. En la raza humana nunca hubo un hombre que tuviese una paz más profunda, más pura o más permanente que nuestro Señor Jesucristo.

Él fue ungido «con óleo de alegría más que [sus] compañeros» (He. 1:9). Su benevolencia debe de haberle dado, por la misma naturaleza de las cosas, los más profundos deleites posibles, porque la benevolencia es gozo. Hay algunas notables sazones cuando este gozo se manifiesta espontáneamente: «En aquella misma hora Jesús se regocijó en el espíritu, y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». Cristo tuvo sus cánticos, aunque le rodeaban las tinieblas. Aunque su rostro estaba desfigurado y su semblante había perdido el brillo de la felicidad terrena, sin embargo, algunas veces, al pensar en «el galardón» (He. 11:26) su cara se encendía con un incomparable resplandor de deleite, y entonces elevaba a Dios su alabanza en medio de la congregación. En esto, el Señor Jesús es un bendito representante de su Iglesia en la tierra. En esta hora, la Iglesia espera vivir compenetrada con su Señor recorriendo un camino espinoso; a través de mucha tribulación, está forzando su marcha hacia la corona. Llevar la cruz es su cometido; y ser despreciada y considerada extraña por los hijos de su madre su suerte.

No obstante, la Iglesia tiene un profundo manantial de gozo del que ninguno puede beber sino sus propios hijos. Hay tesoros de vino, y aceite y grano ocultos en medio de nuestra Jerusalén, de los cuales siempre se alimentan y se nutren los santos de Dios. Y, algunas veces —como en el caso de nuestro Salvador—, tenemos nuestros tiempos de intenso deleite, porque «del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios». Aunque estemos exilados, nos regocijamos en nuestro Rey; sí, en él nos regocijamos grandemente, mientras enarbolamos en su nombre nuestras banderas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 92). Editorial Peregrino.

¿Deberías quedarte o irte? | Mark Dever

¿Deberías quedarte o irte? | Mark Dever

Para cumplir la Gran Comisión, los primeros discípulos fueron. Pero no estaban continuamente yendo y viniendo.

Algunas veces, los jóvenes cristianos escuchan el mandato de «ir» y lo tratan como el mandato básico de la vida cristiana. Esa es una forma bastante miope de pensar. Una vez que vas, tienes que quedarte. Si estas yendo siempre, nada se hará excepto la acumulación de más millas de viajero frecuente. Para que el viaje tenga algún significado, debes quedarte durante una cantidad significativa de tiempo: algunas semanas, algunos años, tal vez el resto de tu vida.

La pregunta que todo cristiano enfrenta es, ¿debería mudarme a un lugar donde ahora no se sabe que el evangelio es parte de un equipo de plantación de iglesias allí? ¿O debo unirme a un equipo que plante una nueva iglesia o ayude a recuperar una iglesia cercana? ¿O debo quedarme en mi iglesia actual, adorando, discipulando y evangelizando mientras apoyo a otros que salen?

Las tres opciones pueden ser buenas. Dependen de quién eres y de lo que el Señor te está llamando a hacer.


Quiero sugerirte 12 factores a considerar al decidir si vas a permanecer en tu iglesia actual o te vas a mover a otra congregación local o internacional. Deberías considerar:

  1. El propósito de tu mudanza

Si está pensando en irte, ¿sería tu propósito mayormente negativo: irte por algo que no te gusta en tu iglesia actual? ¿O tu propósito sería mayormente positivo: edificar una obra evangélica en otro lugar? Si vas, tiene que ser por razones positivas. Además, no debes irte basado en un sentimiento de culpa o falsos ideales sobre lo que haría un cristiano «maduro». Los propósitos negativos, la culpa fuera de lugar y los falsos ideales no te sostendrán a través de los desafíos de apoyar un trabajo nuevo o revitalizante.

  1. La teología y filosofía del ministerio

¿La iglesia o el equipo de plantación que estás considerando cree y enseña correctamente la Palabra de Dios? ¿Tienen un entendimiento bíblico tanto del evangelio como de lo que es una iglesia?

  1. Evangelismo

¿Es la iglesia a la que te diriges una a la que puedes llevar a tus amigos no cristianos porque sabes que escucharán el evangelio y verán el evangelio fielmente vivido? (Obviamente, este puede no ser el caso en un proyecto revitalizante, al menos al principio).

  1. Edificación

Está bien que quieras crecer como cristiano. Por tanto, deberías trabajar para estar en una iglesia que te ayude a crecer espiritualmente. ¿Estás prosperando en tu iglesia actual? ¿Crees que prosperarías en la otra? ¿Irte sería espiritualmente dañino para ti o para otra persona? Piensa en cómo las asistentes de vuelo de un avión te dicen que te pongas la máscara sobre tu cara antes de colocarla sobre la cara de la persona que viaja contigo. De la misma manera, está bien que te ocupes primero de tu propia salud espiritual. Necesitas poder respirar y crecer espiritualmente si quieres ayudar a los demás.

Hay tres categorías diferentes de personas en la iglesia: las personas infelices, las personas que están bien y las personas que están creciendo azarosamente. Las personas infelices generalmente no deberían unirse a un equipo de plantación o revitalización de iglesias. ¡Ahora, en plena confesión, mi tentación como pastor es enviar precisamente a estas personas! Pero eso no es sabio. Si no estás satisfecho con tu iglesia actual, probablemente sea mejor para ti permanecer entre las personas que te conocen bien y pueden ayudarte a trabajar en los orígenes de esa infelicidad. Además, podrías llevarte la infelicidad contigo a la nueva iglesia que necesita tu ayuda.

Si perteneces al tercer grupo de personas, — actualmente estás creciendo vertiginosamente—es posible que desees también permanecer en tu iglesia actual por un tiempo. ¡Estás creciendo! ¡No dejes de hacer lo que estás haciendo! Ahora, si este crecimiento ha perdurado por algún tiempo, tal vez hables con un anciano y analicen el asunto juntos.

Las mejores personas para unirse a una plantación o un proyecto de revitalización suelen ser personas del grupo intermedio. Esta es la mayoría de la gente en una iglesia, después de todo. Si ese eres tú, lo estás haciendo bien. Estás creciendo, pero lentamente, nada excepcional. Eres estable y puedes ser de gran ayuda para una nueva obra. ¡Incluso podría darte una pequeña sacudida!

  1. La naturaleza estratégica del trabajo de la iglesia

¿Es este un trabajo que te parece particularmente importante, al que te gustaría contribuir y sientes que puedes hacerlo? ¿Existe una oportunidad vocacional estratégica dada por Dios que brindaría oportunidades para apoyar a una iglesia en particular, particularmente en el extranjero? ¿Hay algún grupo de personas al que quieras alcanzar con el evangelio?

  1. El ministerio que tienes actualmente en tu iglesia

Considera el ministerio que ya Dios te dio, y ten mucho cuidado de no irte si un ministerio en particular depende de ti. Quizá tus habilidades de enseñanza o discipulado ya se están utilizando bien, o tal vez podrías darles un mejor uso en un nuevo proyecto. Tal vez formes relaciones rápidamente y eso se trasplantaría bien a una nueva ubicación. O tal vez te lleve mucho tiempo formar relaciones de tal manera que desees pensar un poco más antes de mudarte. Si tú no eres un «exportador neto» del ministerio en su iglesia actual—evangelizar, discipular, animar—hay pocas razones para pensar que podrías estar en otra iglesia.

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  1. Los pastores en particular que estarías apoyando

Puede tener una relación personal con un hombre o su familia. O tal vez te has encontrado creciendo de manera marcada bajo su enseñanza. Esas son buenas razones para ir y apoyar el trabajo, ¡y qué maravilloso estímulo podrías ser para los líderes y otros!

  1. Geografía

¿A qué distancia vives actualmente de donde se reúne tu iglesia y vive la mayoría de sus miembros? ¿Su proximidad se presta a la asistencia regular, el voluntariado fácil y la integración de tu vida con la vida de otros miembros? ¿Cómo impacta el lugar donde vives el ministerio evangelístico que tienes en la vida de tus vecinos, o en la vida de tus compañeros de trabajo? Si vives más lejos, ¿podrías ser usado para establecer o fomentar un buen trabajo más cerca de dónde vives? Si vives cerca, te podría disuadir de unirte a un nuevo proyecto a menos que estés dispuesto a mudarte a donde sea que el nuevo proyecto se realice.

  1. Etapa de vida

La etapa de tu vida es algo legítimo en lo que pensar. ¿Eres soltero? ¿Quieres encontrar un cónyuge que esté de acuerdo contigo en forma práctica y teológica en tu comprensión de la vida cristiana? Si eres padre, ¿será la futura iglesia un buen lugar para discipular a tu esposa e hijos?

  1. El estado de tus finanzas

Otra vez, es completamente legítimo que consideres si no puedes pagar tu status actual o cualquier situación futura posible. ¿Podrás pagar el alquiler? ¿La educación para tus hijos? ¿Otros gastos de manutención? Pablo observa que «si alguno no provee para…su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo» (1 Timoteo 5:8). Por otro parte, ¿has considerado si realmente necesitas todo lo que se supuso que necesitabas? Ten cuidado sobre tus suposiciones.

  1. El estado de tus relaciones con los otros

Deberías dejar un lugar cuando tus relaciones estén en buena forma, no en mala forma. No deberías irte para evitar lidiar con problemas relacionales difíciles.

  1. Oración

¿Piensas que Dios quiere que vayas a otra iglesia o que te quedes en tu iglesia actual? Tenemos libertad en Cristo. Frecuentemente hay más de una buena opción frente a nosotros. Alabado sea Dios por la libertad que tenemos.

ALGUNOS DEBERÍAN IRSE, ALGUNOS DEBERÍAN QUEDARSE
El hecho de que una mudanza pueda ser costosa no significa que no deberías irte. Ha sido costoso para la mayoría de los santos que obedecieron el mandato de Jesús de ir. Y a menos que vivas en Jerusalén, ¡alabado sea Dios porque alguien pagó ese costo y llevó el evangelio a tu nación y tu ciudad y tu casa para que creas!

¿El punto de todo esto es decir que algunos de ustedes deberían dejar sus iglesias? Más o menos. Algunos deberían ir a ayudar a las iglesias que luchan. Algunos deberían plantar otras. Algunos deberían irse al extranjero. Y algunos deberían quedarse.

Por supuesto, la gente tiene que quedarse para que una congregación determinada siga siendo una congregación. Toda iglesia necesita coherencia en el liderazgo, el discipulado y las amistades a largo plazo. De hecho, permanecer en nuestra cultura es a menudo algo contracultural, especialmente entre la generación más joven. Con todas las transiciones profesionales o educativas que caracterizan la vida urbana moderna, lo radical para algunos será permanecer en un mismo lugar durante décadas.

Cualquier cosa que hagas, no tomes esas decisiones en forma acelerada. Y no tomes tales decisiones de forma aislada, sino tómalas en oración y en conversación con tus amigos que te conocen bien, y con al menos un anciano que te conozca.

Traducido por Renso Bello

Nota del editor: El siguiente es un extracto de la próxima publicación de Mark Dever Entendiendo la Gran Comisión , en la serie Church Basics (B&H, abril de 2016). Reimpreso con permiso de B&H.

Martyn Lloyd-Jones sobre los ingredientes de un avivamiento verdadero | Ben Bailie

Martyn Lloyd-Jones sobre los ingredientes de un avivamiento verdadero |

Por Ben Bailie

El 6 de febrero de 1925, un joven de veinticinco años, miembro del Royal College of Physicians (Colegio real de médicos, en el Reino Unido), pronunció una conferencia polémica titulada «La tragedia de la Gales moderna». Allí fueron objeto de censura los banqueros, los educadores y la «gran abominación» de los predicadores-políticos, al igual que las medias de seda, la radio inalámbrica y las personas que se bañaban a diario. Sin embargo, la «tragedia» de la Gales moderna era en esencia sobre la creciente incompetencia de la iglesia y su decreciente vitalidad. El doctor Martyn Lloyd-Jones lamentó la insignificancia espiritual de las iglesias y la debilidad espiritual de la predicación del momento. Su diagnóstico del cuerpo de Cristo en Gales era que estaba con respiración asistida y necesitaba reanimación.

Ese diagnóstico nunca cambió. Durante los siguientes cincuenta y cinco años, Lloyd-Jones amplió su diagnóstico para incluir al cuerpo de Cristo en todo el mundo de habla inglesa. Tanto si hablaba como médico o como pastor, la necesidad de avivamiento dominó su vida ministerial.

Cada semana, en las reuniones de oración de su iglesia y regularmente en sus sermones, llamaba a su congregación y a la iglesia en general a buscar al Señor y a buscar un avivamiento. A menudo decía cosas como: «Si tengo algún entendimiento de los tiempos, si tengo algún entendimiento de la enseñanza bíblica concerniente a la naturaleza de la iglesia y la obra del Espíritu Santo, no dudo en afirmar que la única esperanza para la iglesia en el tiempo presente yace en un avivamiento».

Esta era la necesidad suprema de la iglesia en el siglo XX.

Definición de avivamiento

Lloyd-Jones nunca escribió una exposición sistemática sobre el avivamiento. La articulación más completa de su teología de los avivamientos se encuentra en los veinticuatro sermones (en inglés) que predicó en 1959 para conmemorar los cien años del gran avivamiento transatlántico de 1859. En esta serie desarrolla y explora temas que mencionaría cientos de veces. Pero el mejor lugar para comenzar con su teología del avivamiento es un sermón de Efesios 4:4-6, predicado el 9 de junio de 1957.

Cada semana, Martyn Lloyd-Jones llamaba a su congregación y a la iglesia en general a buscar al Señor y a buscar un avivamiento.

En este sermón (en inglés), distingue entre las operaciones normales del Espíritu Santo, sobre las que predicó la semana anterior, y la obra extraordinaria del Espíritu Santo. Allí define el avivamiento como el Espíritu obrando en una medida extraordinaria. Es una repetición, hasta cierto punto, de lo que ocurrió en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo cayó de forma poderosa sobre numerosas personas simultáneamente.

Según Lloyd-Jones, un avivamiento tiene dos propósitos: «Los que están dentro de la iglesia son elevados a un nuevo nivel de experiencia y comprensión […] y los que están fuera son convertidos y atraídos». Ambos elementos son importantes. Para los que están en la iglesia, hay un nuevo nivel de comprensión de las verdades doctrinales y una poderosa experiencia de la presencia manifiesta del Señor. Para los que están fuera, hay un poderoso encuentro evangelístico con el Dios vivo.

Lloyd-Jones creía que un avivamiento es una obra extraordinaria del Espíritu Santo porque está marcado por esta misteriosa manifestación de la presencia de Dios. No es algo que podamos fabricar o promocionar. Un avivamiento es el descenso especial y soberano del fuego del Espíritu Santo; nuestra labor simplemente es buscarlo. Podemos construir un altar como Elías en el monte Carmelo, pero solo Dios puede enviar el fuego.

Deseando un avivamiento

Pero ¿cómo construimos un altar? ¿Cómo buscamos la presencia especial y manifiesta de Dios?

Aunque Lloyd-Jones creía que Pentecostés es el paradigma, en su serie sobre el avivamiento utiliza Éxodo 33 como texto clave para ilustrar qué es el avivamiento y cómo debemos buscarlo. Predicó ocho sermones sobre Éxodo 33, estableciendo cuatro etapas esenciales para aquellos que desean un avivamiento.

Etapa 1: Reconocer la necesidad, confrontar el pecado (Éx 32:30-33:3)

Moisés tuvo que encontrarse cara a cara con la verdadera condición espiritual del pueblo. Asume la responsabilidad de su estado espiritual y de su pecado colectivo, se pone en la brecha y predica la verdad, aunque no reaccionen favorablemente. Esto es exactamente lo que Lloyd-Jones trató de hacer en los primeros siete sermones de su serie sobre el avivamiento.

Inició con un sermón (en inglés) sobre Marcos 9:28-29, ya que creía que el fracaso de los discípulos para sanar al muchacho poseído por un demonio ilustra el fracaso actual de la iglesia. No se dan cuenta de que esta clase solo puede salir mediante ayuno y oración. El demonio está demasiado adentro. Los métodos y las estrategias que trajeron éxito ministerial en generaciones anteriores no van a satisfacer la necesidad del caso presente.

Etapa 2: Lamento por el pecado (Éx 33:4)

La segunda etapa es cuando el pueblo comienza a afligirse por la ausencia de Dios (en inglés). Una vez que se dan cuenta de su situación, una vez que se ven confrontados con su pecado y amenazados por la ausencia de Dio, se lamentan. No se conformarán con la tierra prometida sin Dios. Se dan cuenta de la gravedad de su pecado y se convencen de que todas sus bendiciones son inútiles sin Su presencia. Porque, ¿de qué servirían la prosperidad y la opulencia exteriores sin Dios? «Si no vienes con nosotros, no nos saques de aquí», se convierte en su clamor.

Las preguntas clave en esta etapa son: «¿Conocemos a Dios? ¿Está con nosotros? ¿Irá Dios con nosotros a la tierra? Si no está realmente entre nosotros, entonces por muy espléndida que sea la tierra de la leche y la miel, no la queremos. No queremos los dones de Dios sin la presencia de Dios».

A lo largo de la serie, Lloyd-Jones llama a la gente a lamentar el estado actual de la iglesia, marcado por una «ortodoxia defectuosa» y, lo que es peor, una «ortodoxia muerta».

Etapa 3: Oración urgente e intercesión (Éx 33:7-17)

Esto nos lleva a la tercera etapa de un avivamiento, la cual consiste en una temporada de oración e intercesión extraordinarias (en inglés). Lloyd-Jones divide esta etapa en tres pasos.

El primer paso (v. 7) es levantar una «tienda de reunión», un lugar para buscar el rostro de Dios fuera del campamento habitual. Él veía esto como un lugar de oración, normalmente establecido solo por una o dos personas —fuera del campamento, fuera de la vida y ritmo regulares de la iglesia— donde buscan la presencia de Dios en nombre del pueblo. Lloyd-Jones creía que Dios a menudo bendecía esos esfuerzos con indicaciones tempranas de Su favor. Hay una renovada calidez espiritual, libertad, expectativa y sensibilidad que marca a los medios ordinarios de gracia. Hay una nueva nota de urgencia en la predicación y de agonía en la oración. Pero ese solo es el primer paso.

El segundo paso sería cuando más y más personas van a la tienda de reunión y comienzan a suplicar por más gracia y más presencia de Dios. La han probado, pero ahora quieren más. ¿De qué quieren más concretamente? Moisés señala el camino (v. 13).

En primer lugar, quiere más certeza personal. No se contenta con saber que es aceptado por Dios y que ha hallado gracia ante Sus ojos. Quiere más. Quiere una manifestación personal y directa del amor de Dios por él. Lloyd-Jones vio esto como un aspecto común de todos los avivamientos; hay hambre de un conocimiento más profundo del amor personal de Dios.

En segundo lugar, hay un deseo de más poder. Todos los intercesores que buscan la presencia de Dios son profundamente conscientes de su debilidad e impotencia ante el enemigo que tienen delante. En los avivamientos verdaderos, hay una conciencia intensa de que separados de Jesús no podemos hacer nada, y un deseo profundo de no estar separados de Él.

En tercer lugar, él ora por una autenticación especial de la misión de la iglesia (v. 16). El motivo profundo para buscar un avivamiento es la gloria de Dios mostrada en el esplendor de la iglesia. Claman a Dios para que haga de la iglesia lo que debe ser: apartada, única, santa, gloriosa, poderosa y hermosa. Ella debía mostrar la gloria de Dios y encarnar el evangelio para que las naciones se maravillen. Pero no es así. Es débil, maltratada, quebrantada e ineficaz. Por eso claman.

El tercer y último paso de la «construcción del altar» es la intercesión urgente. Las oraciones de Moisés son un modelo: es audaz y específico, «argumentando» con Dios y suplicándole por Sus propias promesas.

Etapa 4: Muéstrame tu gloria: Cuando el fuego cae (Éx 33:18-23)

Pero la tercera etapa no es la etapa final de un avivamiento. De hecho, no tienes un avivamiento hasta que cae el fuego. El clamor de Moisés, «muéstrame tu gloria» (en inglés), es el clamor de todos los que buscan un avivamiento. El don de Dios como respuesta es el don de todos los avivamientos verdaderos. A Moisés solo se le ofrece una visión parcial, un breve destello de la gloria de Dios. Pero eso es suficiente, y eso es avivamiento.

Lloyd-Jones creía que todos los avivamientos verdaderos son una repetición de Pentecostés, donde Dios derrama su Espíritu sobre Su pueblo. Pero en muchos sentidos, Pentecostés es una repetición del Sinaí. Un avivamiento manifiesta la gloriosa presencia del Dios vivo, pero para muchas personas en lugar de para una. Cuando sucede a muchos, afecta significativamente a la iglesia y al mundo. La primera señal de que el fuego ha caído es que la iglesia se vuelve consciente de una presencia y un poder en medio de ella. A veces esto está marcado por fenómenos físicos únicos, pero no siempre. Lo que siempre está presente es la conciencia de una presencia gloriosa, una sensación de poder y gloria.

No solo hay una sensación indescriptible de la presencia multiforme de Dios, sino también una confianza renovada en la verdad de Dios. Las grandes doctrinas bíblicas del evangelio se hacen explosivamente reales. A pesar de que los apóstoles se sintieron sacudidos y destrozados, desanimados y abatidos tras la crucifixión, después de Pentecostés se llenaron de seguridad y confianza, declarando con valentía las obras maravillosas de Dios. La iglesia se llena de gran gozo, celebración y acción de gracias.

¿Cómo describir una experiencia así? Lloyd-Jones intentó describirla a los más de dos mil asistentes:

¿Qué significa esto? Bueno, podemos describirlo así. Es una conciencia de la presencia de Dios, el Espíritu Santo, literalmente, en medio de las personas. Probablemente la mayoría de los que estamos aquí nunca hemos conocido eso, pero eso es exactamente lo que significa una visitación del Espíritu de Dios. Es, por encima de todo y más allá, la experiencia más elevada en la vida normal y en la labor de la iglesia. De repente, los presentes en la reunión toman conciencia de que Alguien ha venido entre ellos; son conscientes de la gloria; son conscientes de una presencia. No pueden definirlo; no pueden describirlo, no pueden ponerlo en palabras, solo saben que nunca antes habían conocido algo así. A veces lo describen como «días de cielo en la tierra». Realmente sienten que están en el cielo. […] Han olvidado el tiempo; están más allá; el tiempo ya no tiene sentido para ellos. […] Están en un reino espiritual. Dios ha descendido entre ellos y ha llenado el lugar y a las personas con un sentido de Su presencia gloriosa.

Eso es avivamiento. Un breve destello de gloria. ¿Cómo responde el mundo? De todas las maneras en las que respondió en Pentecostés. Algunos se burlan; otros sienten curiosidad; otros claman por arrepentimiento. Pero hay transformaciones significativas y duraderas. Se construyen iglesias, las personas se sienten atraídas, las tabernas se vacían y el mundo es trastornado.

Publicado originalmente en The Gospel CoalitionTraducido por Eduardo Fergusson.
Ben Bailie (PhD, The Southern Baptist Theological Seminary) es pastor de la iglesia Trinity en Lake Nona. Realizó su tesis doctoral sobre Martyn Lloyd-Jones, centrándose en cómo su formación médica influyó en su ministerio pastoral. Ben apareció en el documental Logic on Fire [Lógica en llamas].

El siglo XVIII | Nicholas R. Needham 

El siglo XVIII

Nicholas R. Needham

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine:La historia de la Iglesia | Siglo XVIII

El siglo XVIII fue un siglo de paradojas. Por un lado, fue la era de la Ilustración, con todo su cuestionamiento filosófico (en el mejor de los casos) y su rechazo escéptico (en el peor) de la fe cristiana. Por otro lado, también fue la época del Avivamiento evangélico (como se conoce en Gran Bretaña) o el Primer Gran Despertar (como se conoce en Estados Unidos), en el que incontables miríadas fueron traídas de la oscuridad espiritual hacia la luz verdadera. La paradoja se intensifica por la forma en que estos dos fenómenos actuaron y reaccionaron entre sí. El mayor filósofo de la Ilustración, el «sabio de Königsberg» (actual Kaliningrado, Rusia), Immanuel Kant (1724-1804), estaba claramente influenciado por el cristianismo; el mayor teólogo del Primer Gran Despertar, Jonathan Edwards (1703-58), estaba claramente influenciado por la Ilustración.

En cierto modo, la Ilustración (en alemán, la Aufklärung) surgió de la revolución científica de los siglos XVI y XVII. Los orígenes de esa revolución han sido objeto de interminables debates. Sin embargo, lo que sí podemos decir es que a medida que la ciencia moderna se desarrollaba en el mundo occidental, los pensadores se sentían cada vez más impresionados por su poder para comprender y manipular la naturaleza a través de la investigación racional. Esto empezó a fomentar la idea de que la razón humana es suficiente para responder a todas las preguntas importantes de la vida. Cada vez se prestaba menos atención a los puntos de vista establecidos por la tradición y la autoridad, que en asuntos de ciencias naturales habían demostrado con demasiada frecuencia ser inadecuados y defectuosos. El antiguo filósofo griego Aristóteles (384-322 a. C.), quien había aportado la mayor parte de la ciencia de los dos milenios anteriores, fue pesado en la balanza y hallado deficiente.

Podemos citar dos ejemplos importantes. La antigua teoría geocéntrica del sistema solar fue suplantada por la nueva y más eficazmente explicativa teoría heliocéntrica, defendida por el astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) y el astrónomo italiano Galileo (1564-1642). La nueva física, en particular aunque no exclusivamente su teoría de la gravedad, fue promovida por el preeminente científico inglés Sir Isaac Newton (1643-1727). Por tanto, en lugar de recurrir a la sabiduría heredada del pasado, la empresa científica enseñó a la gente a pensar y a investigar la naturaleza por sí misma. La expectativa era lograr un progreso incesante hacia una comprensión cada vez más precisa del universo.

A medida que avanzaba el siglo XVIII, esta actitud se convirtió en una confianza más profunda en la capacidad de la razón para definir la realidad en todos los ámbitos de la existencia, incluida la religión. Si los pensadores racionales ya no se adherían incondicionalmente a las enseñanzas de Aristóteles en el ámbito de las ciencias naturales, ¿por qué iban a adherirse incondicionalmente a las enseñanzas de textos religiosos antiguos como la Biblia?

La Ilustración y la religión
El pensamiento de la Ilustración dio origen a dos tendencias en la religión. La primera se conoce como deísmo. Se trataba de una forma de teísmo que basaba sus convicciones no en supuestas revelaciones de textos religiosos, sino en el poder de la razón pura. Los deístas concebían a Dios como el «Ser Supremo» en lugar de la Trinidad de la revelación cristiana, como un Dios que era más bien como un científico cósmico, que diseñaba y creaba el universo para que funcionara como un reloj por sí solo. Después de haber creado este perfecto reloj cósmico, Dios no tenía nada más que hacer que observar pasivamente el tictac de sus movimientos preordenados. Por tanto, los deístas rechazaban los milagros como «interferencias» innecesarias en un mundo que ya funcionaba perfectamente. En cuanto a la salvación, todo lo que era necesario era observar las leyes morales conocidas por la razón. En la vida venidera, Dios recompensaría a los virtuosos y castigaría a los malvados. No era necesario ningún Salvador. En el esquema deísta, Jesús quedaba reducido a un mero maestro que recordaba a la gente las verdades morales que la razón podía descubrir por sí misma.

Los pensadores deístas clave de la época de la Ilustración en la Europa continental fueron los filósofos francófonos Voltaire (1694-1778) y Jean-Jacques Rousseau (1712-78), ambos antagonistas del cristianismo ortodoxo. De hecho, fue en Francia donde la Ilustración alcanzó su primer triunfo político con la Revolución francesa de 1789. La monarquía y la aristocracia del país fueron destruidas en nombre de la razón y sustituidas por una especie de «democracia popular». El cristianismo también fue arrasado, sustituido por el «culto al Ser Supremo».

En el mundo anglófono, el promotor más eficaz del deísmo anticristiano fue el pensador y propagandista inglés Thomas Paine (1737-1809). Su libro La edad de la razón —una acertada autodescripción de la Ilustración— sometió la Biblia a una crítica fulminante por ser «más parecida a la palabra de un demonio que a la Palabra de Dios». Paine también defendió la democracia militante y revolucionaria en sus tratados Sentido común y Los derechos del hombre. Los tres tratados tuvieron gran influencia en la Revolución estadounidense de 1776. Algunas de las figuras más destacadas del movimiento independentista estadounidense eran deístas, particularmente Thomas Jefferson (1743-1826). Jefferson elaboró su propia versión editada del Nuevo Testamento (La vida y la moral de Jesús de Nazaret, conocida popularmente como «la Biblia de Jefferson») de la que se habían eliminado cuidadosamente todos los elementos sobrenaturales. Otro destacado deísta estadounidense fue Benjamin Franklin (1706-90). De hecho, si no hubiera sido por el efecto espiritual generalizado del Primer Gran Despertar, es muy probable que la revolución estadounidense hubiera sido tan destructivamente anticristiana como la francesa. Sin embargo, afortunadamente, los deístas estadounidenses tuvieron que reconocer la fuerza y el benéfico valor social de la fe cristiana entre la gente a la que ayudaron a alcanzar la independencia.

La otra tendencia religiosa de la Ilustración era el ateísmo puro. Esta era minoritaria: la mayoría de los pensadores «ilustrados» no cristianos querían conservar un mínimo de respeto por la religión. No obstante, por primera vez en la historia de la Europa postconstantiniana, el ateísmo contó con ilustres defensores filosóficos. Los de mayor peso fueron los pensadores franceses Denis Diderot (1713-84) y Jean-Baptiste le Rond d’Alembert (1717-83). Juntos editaron la grandemente influyente Encyclopédie, publicada en varios volúmenes entre 1751 y 1772. Su objetivo era «secularizar» el saber y difundir los conceptos y valores de la Ilustración.

La revolución kantiana
El filósofo de la Ilustración por excelencia fue Immanuel Kant, de la Universidad de Königsberg, en Prusia (noreste de Alemania). Gran parte de la teología postkantiana se ha articulado en respuesta a Kant. Si nos limitamos al impacto teológico de Kant, hay varios temas clave.

En primer lugar, Kant sometió todos los argumentos tradicionales a favor de la existencia de Dios a una crítica devastadora. El argumento del diseño (la complejidad de la creación requiere un diseñador), el argumento cosmológico (las cosas finitas requieren una causa trascendente), el argumento ontológico (el propio concepto de Dios como el ser máximamente perfecto exige que exista realmente)… nada podía satisfacer el intelecto indudablemente brillante de Kant. La razón humana, al reflexionar sobre el mundo, no podía encontrar ningún camino hacia el conocimiento de Dios.

En segundo lugar, Kant sostenía que todo nuestro conocimiento está «filtrado» por nuestra capacidades mentales y sensoriales. En consecuencia, solo podemos conocer las cosas tal y como nos parecen o aparecen una vez que han sido así filtradas (Kant llamaba a estas apariencias «fenómenos»). Pero las cosas tal y como son en sí mismas («noúmenos») permanecen para siempre fuera de nuestro alcance. Evidentemente, esto afecta de manera seria nuestra capacidad de tener un conocimiento objetivo de Dios.

En tercer lugar, y a pesar de lo anterior, Kant siguió siendo teísta (de tipo deísta). Sostuvo que la razón humana, considerada prácticamente, impone una «ley moral» a la conducta humana. Sin embargo, para que esta ley moral tenga sentido, debemos hacer tres «postulados» (algo parecido a supuestos teóricos): la libertad humana, la inmortalidad humana y la existencia de Dios como sanción última detrás de la ley moral. Debemos postular la libertad, a pesar de la ausencia de pruebas científicas de ello, para incentivar a las personas a esforzarse por obedecer la ley moral. Debemos postular la inmortalidad para satisfacer nuestra sensación de que la virtud y la felicidad coinciden en última instancia (ya que a menudo no lo hacen en esta vida presente). Y debemos postular a Dios como el Juez perfecto que garantizará que la virtud sea recompensada y el mal castigado en el más allá.

Kant, por tanto, negó que Dios pudiera ser conocido en algún sentido, pero lo mantuvo como un «postulado» necesario de la ley moral. Es muy posible que este planteamiento haya infundido nueva vida a los argumentos morales sobre la realidad de Dios, que tanto han figurado en la apologética cristiana postkantiana (por ejemplo, en C.S. Lewis). En su opinión, Kant había hecho un buen servicio a la religión: había «negado el conocimiento para dar espacio a la fe». Los teólogos no estaban tan seguros. En la Biblia, la fe nunca es un postulado carente de conocimiento sustancial.

La relación ambigua de Kant con la religión se muestra en otras dos facetas de su vida y su pensamiento. En primer lugar, casi a pesar de sí mismo y de su optimismo ilustrado sobre el poder de la razón, Kant se vio obligado en su investigación racional de la ley moral a confesar algo muy parecido a la doctrina cristiana del pecado original. Reconoció que existe un misterioso defecto en la naturaleza humana —como él lo denominó, un «mal radical»— que socava continuamente nuestros esfuerzos hacia la bondad. Otros pensadores de la Ilustración se sintieron indignados por este elemento de la filosofía de Kant, considerándolo como una traición a favor del dogma cristiano. Podemos atribuirlo con generosidad a la honestidad intelectual de Kant sobre la condición humana.

En segundo lugar, Kant conservó una gran reverencia moral por la figura de Jesús. Para Kant, Jesús no es el Hijo de Dios ni el Redentor de los pecadores. Pero en virtud de Su profunda enseñanza e influencia, según Kant, Jesús es el fundador de un nuevo reino moral en el mundo. Kant intentó osadamente despojar al cristianismo de todos sus aspectos sobrenaturales, reinterpretándolo de un modo estrictamente moral (y moralista). Sus escritos inspiraron muchas formas de teología «liberal».

La misiones moravas
El cristianismo residual de Kant, si podemos llamarlo así, quizá tuvo una raíz biográfica en su temprana educación en una devota familia luterana profundamente influenciada por los valores religiosos del pietismo. Este movimiento generalizado de renovación espiritual dentro del luteranismo alimentó directamente el gran Avivamiento evangélico en Gran Bretaña a través de los moravos. Eran descendientes de los husitas, que habían huido de la persecución y se habían establecido en una finca alemana de Bethelsdorf, propiedad del conde pietista luterano Nicolaus von Zinzendorf (1700-1760). Zinzendorf, un «ecumenista» pionero, había forjado una unión amistosa entre pietistas luteranos y moravos en Bethelsdorf, donde el espíritu renovador del pietismo tomó forma de un poderoso renacimiento clásico en 1727. Este intenso renacimiento local condujo a los moravos a una iniciativa misionera de gran envergadura, que en apenas cinco años llevó el evangelio a Groenlandia, Laponia, las Islas Vírgenes, América del Norte y del Sur y Sudáfrica. A la muerte de Zinzendorf en 1760, los moravos habían enviado al menos 226 misioneros. Zinzendorf también legó un rico repertorio de himnos a los evangélicos de todo el mundo, muchos de los cuales fueron traducidos al inglés por John Wesley (1703-1971).

La mención de Wesley nos alerta sobre el modo en que el reavivado moravianismo alimentó el Avivamiento evangélico en Gran Bretaña. El propio Wesley estuvo profundamente influenciado por los moravos. Visitó Bethelsdorf en 1738 y, por así decirlo, se contagió del fuego moravo. Wesley incorporó aspectos de la piedad morava al metodismo, como la «reunión de estudio bíblico» y la «fiesta ágape».

La iglesia en Estados Unidos
La conexión entre el Avivamiento evangélico en Gran Bretaña y el Primer Gran Despertar en Estados Unidos se estableció en la vida y el ministerio de George Whitefield (1714-70), el calvinista inglés sumamente elocuente que pasó gran parte de su tiempo predicando con efecto en las Trece Colonias. El panorama religioso en Estados Unidos era muy diverso, incluyendo anglicanos o episcopalianos (como Whitefield), congregacionalistas (como Edwards), bautistas (como el célebre predicador calvinista, y agitador a favor de la separación Iglesia-Estado, Isaac Backus [1724-1806]), cuáqueros, moravos y católicos romanos. El presbiterianismo también se asentó firmemente en suelo estadounidense cuando se organizó el primer presbiterio en 1706. Su principal figura fue el irlandés, educado en Escocia, Francis Makemie (1658-1708). Desde sus pequeños comienzos, el presbiterianismo floreció en Estados Unidos, dando a la iglesia en general un mayor número de teólogos ilustres reformados que cualquier otro cuerpo protestante en los Estados Unidos.

Roma y el Oriente
Dos acontecimientos principales en el mundo católico romano merecen nuestra atención. Primero, en la década de 1760, la convulsa controversia jansenista quedó finalmente resuelta. Había estado destrozando la paz de Roma durante más de un siglo, mientras los jansenistas luchaban por todos los medios para rehabilitar la doctrina de la gracia de Agustín dentro de la Iglesia romana. Esa valerosa iniciativa, tras muchas vueltas y revueltas, se estrelló al final contra la arena al iniciar la segunda mitad del siglo XVIII. La mayoría de los jansenistas activos que quedaban entraron en cisma contra Roma, formando su propia iglesia jansenista en la tolerante Holanda protestante. Liberados de las restricciones de la lealtad al papado, allí se convirtieron en un cuerpo más protestante, que podríamos caracterizar como «calvinistas de alta iglesia». Como resultado, la teología de la gracia de Agustín quedó permanentemente eclipsada en el catolicismo romano.

La paradoja se repite en el segundo acontecimiento. Los principales enemigos de los jansenistas habían sido los jesuitas, o la Compañía de Jesús. Sin embargo, en lo que debió haber sido su momento de triunfo, el desastre recayó sobre la orden jesuita. Demasiadas personas, tanto católicos romanos ordinarios como figuras poderosas, se habían desencantado y alarmado por las tácticas, intrigas, poder indebido e influencia aparentemente conspirativa de los jesuitas. Apenas habían ganado los jesuitas su largo duelo con el jansenismo, cuando ellos mismos cayeron en desgracia de forma espectacular. Fueron suprimidos en Francia, España, Portugal, Austria, Hungría y otros países en una serie de restricciones drásticas desde 1759 hasta 1782. El trago más amargo para los jesuitas, las «tropas de choque del papado», como se les ha apodado, fue cuando el propio papado se volvió contra ellos en 1773, y el papa Clemente XIV abolió la orden jesuita.

No fue hasta después del trauma europeo de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas (que terminaron en 1815) que los jesuitas volvieron a establecerse. Un nuevo orden europeo conservador, reaccionando contra los peligros percibidos de la democracia revolucionaria desatada en Francia en 1789, acogió de nuevo a los jesuitas como aliados de la política y la moral cristianas contra las fuerzas del radicalismo secular.

Mientras tanto, el mundo ortodoxo oriental atravesaba sus propias pruebas y tribulaciones. Con sus antiguas tierras centrales ahora bajo dominio islámico, la bandera de la ortodoxia libre ondeaba orgullosa en manos de la vasta y poderosa Rusia. Sin embargo, el zar de Rusia en las últimas décadas del siglo XVII y las primeras del XVIII fue el formidable Pedro el Grande (1682-1725). Pedro se enamoró de casi todo lo occidental y aprovechó la poderosa maquinaria del Estado ruso para «modernizar» (occidentalizar) su imperio. Para la Iglesia ortodoxa rusa, esto significó la pérdida de su autonomía. En 1721 se abolió el cargo de patriarca de Moscú, que había permanecido vacante por veinte años. Pedro lo reemplazó por un organismo llamado «Santo Sínodo». Tomando como modelo las formas luteranas de gobierno eclesiástico, contaba con diez (más tarde doce) miembros, todos ellos nombrados por Pedro y a los que también podía destituir a voluntad. El presidente del sínodo era un procurador laico, cargo que evolucionó hasta convertirse en un funcionario muy poderoso que garantizaba la sumisión de la Iglesia al Estado zarista. Al mismo tiempo, comenzó a circular en la Iglesia rusa una teología de tendencia luterana. La teología sistemática de Platon Levshin, arzobispo metropolitano de Moscú de 1775 a 1812, apenas difiere de un tratado luterano.

Las máquinas y la música
Una última palabra sobre el siglo XVIII: otra paradoja. Por un lado, fue el siglo que presenció los comienzos de la Revolución industrial, el nacimiento de la era de las máquinas, con todo su impacto transformador en la tecnología, la sociedad y los modelos de pensamiento humano.

Por otro lado, el mismo «siglo de la máquina» fue testigo de un derroche de genio musical creativo tal vez insuperable en la historia. Compositores como Johann Sebastian Bach (1685-1750), George Frideric Handel (1685-1759), Wolfgang Amadeus Mozart (1756-91), Joseph Haydn (1732-1809) y Ludwig van Beethoven (1770-1827) hicieron que la música nunca volviera a ser la misma. Muchas de sus obras son explícitamente cristianas y han servido de inspiración tanto espiritual como estética para millones de personas. Karl Barth lo plasmó en una bella frase aunque un tanto graciosa: «Cuando los ángeles tocan música para Dios, tocan Bach. Cuando tocan para sí mismos, tocan Mozart».

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine
Nicholas R. Needham
El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

Maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a la iglesia | Charles Surgeon

20 de marzo
«Maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a la iglesia».
Efesios 5:25

¡Qué precioso ejemplo da Cristo a sus discípulos! Pocos maestros se atreverían a decir: «Si quieres practicar mi doctrina, imita mi vida». No obstante, como la vida de Cristo es una transcripción exacta de la perfecta virtud, él puede señalarse a sí mismo como modelo de santidad y como maestro de ella. El cristiano debiera tomar como modelo solo a Cristo. No hemos de estar satisfechos hasta que reflejemos la gracia que había en él. Como esposo, el cristiano debe fijarse en Cristo y actuar según ese modelo. El verdadero cristiano tiene que ser un esposo como Cristo lo fue para su Iglesia. El amor de un esposo es especial. El Señor abriga para con su Iglesia un afecto peculiar, que la eleva sobre el resto de la Humanidad. «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo». La Iglesia elegida es la favorita del Cielo, el tesoro de Cristo, la corona de su cabeza, el brazalete de su brazo, el pectoral de su corazón, el mismo centro y esencia de su amor. Un esposo debiera amar a su esposa con un amor constante, pues así ama Jesús a su Iglesia. Él no varía en su afecto. Él puede cambiar la forma de manifestar su cariño, pero el cariño en sí es siempre el mismo. Un esposo debiera amar a su esposa con un amor permanente, porque nada «podrá apartarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». Un verdadero esposo ama a su esposa con un amor de corazón, ferviente e intenso. No es un mero culto de labios. ¡Ah!, querido amigo, ¿qué más podía Cristo hacer en prueba de su amor que aquello que hizo? Jesús tiene un amor deleitoso para con su Esposa. Él estima el amor de esta y se deleita gratamente con ella. Creyente, tú te maravillas del amor de Jesús, te admiras de él, ¿pero lo estás imitando? En tus relaciones familiares, ¿es «como Cristo amó a la Iglesia» la regla y la medida de tu amor?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 88). Editorial Peregrino.

No deis lo santo a los perros | Will Graham

No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen (Mateo 7:6).

Amantísimo Padre:

No debo separar los versículos 1-5 del verso 6. Ahora entiendo que sí quieres que juzgue, pero no de manera hipercrítica. Tengo que ser compasivo y comprensivo a la hora de sacar la paja del ojo ajeno.

No obstante, hay ciertas personas que no son dignas de ser corregidas. Tu Hijo se refiere a ellas como “perros” y “cerdos”. Se burlan de tu Palabra y ridiculizan a tus mensajeros con desdén.

Con razón está escrito: “Y [Herodes] le hacía muchas preguntas [a Jesús], pero él nada le respondió” (Lucas 23:10). Y de nuevo: “Dejadlos; son ciegos guías de ciegos” (Mateo 15:14). Tu siervo Pablo imitó al Salvador diciendo: “Puesto que desecháis [la Palabra de Dios], y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí nos volvemos a los gentiles” (Hechos 13:46).

En palabras de D.A. Carson: “Rehúso […] presentar a Cristo a esa persona que sólo desea burlarse, discutir y ridiculizar. No sirve de nada”.

Dame discernimiento hoy para que no dé lo santo a los perros.

Amén.

Pastor Will Graham – Palabra de Vida Almería

Beneficios de utilizar credos | Gabriel Reyes-Ordeix

Beneficios de utilizar credos

Gabriel Reyes-Ordeix

Imagina esto: el centurión romano entra a la casa del cristiano, pone su espada sobre su garganta y le pregunta: “¿Quién es el señor?”. El cristiano responde: “Jesús es el Señor”, dispuesto a pagar con su vida.

En el imperio romano, una las frases más repetidas era Kaiser Kyrios, que significa: “César es señor”. Decir estas palabras te ganaba el favor de la guardia y del estado; cualquier otra respuesta ponía tu vida en riesgo. Pero la Iglesia fiel nunca se queda callada, y la respuesta de todo cristiano verdadero era Cristos Kyrios. Este fue uno de los primeros credos en la historia de la iglesia.

Un credo es una formulación concisa de creencia, es decir, una confesión doctrinal resumida. El nombre viene del latín credere, de donde viene nuestra palabra “creer”.

Muchas iglesias han dejado a un lado los credos. Algunos por miedo, otros por falta de conocimiento. Se piensa que los credos son demasiado formales, o que son católico romanos. Se alega que la Biblia no necesita reemplazo o ayuda.

Sin embargo, en la historia bíblica vemos múltiples credos, desde el shema —uno de los principales credos de Israel (Deut. 6:4-6)—, hasta las bendiciones finales en las cartas pastorales de Pablo (1 Cor. 15:3-7).1 De la misma manera, la iglesia primitiva se apoyó de credos basados en la Palabra de Dios para preservar la doctrina ortodoxa y sobrevivir a herejías que buscaban eliminar la fe cristiana.

Con esto en mente, veamos 6 razones para volver a los credos.

1) Son cristianos
Los credos no son católico-romanos. Son cristianos, son universales. No pertenecen a una denominación; más bien, están basados en la revelación. Nuestra fe tiene su fundamento en la revelación de Dios en las Escrituras, y los credos ortodoxos comparten la misma genética bíblica. Desde Moisés hasta Pablo, y desde Atanasio hasta Calvino, los cristianos que han impactado, también han adoptado estas fórmulas de creencia (también conocidos como símbolos).2

Estos credos estuvieron en el centro del triunfo del cristianismo sobre las herejías, distorsiones, y controversias históricas. Han servido para reforzar, reformar, y reafirmar los artículos esenciales de la verdad bíblica que dan vida al cristianismo.

2) Representan lo que creemos
Los credos sostienen la doctrina cristiana usando lenguaje sencillo. Afirman la verdad y corrigen el error. El Credo de los apóstoles es uno de los más antiguos. Ambrosio, el primero en mencionarlo, decía: “Es el símbolo que protege a la Iglesia”. Cuando tenemos convicciones teológicas firmes, la Iglesia es relevante. Este credo era lo primero que los creyentes recitaban al bautizarse:

Creo en Dios, Padre omnipotente, creador de cielo y de tierra. Y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, quien fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María, padeció bajo Poncio Pilato, crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos: al tercer día resucitó entre los muertos, ascendió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios Padre omnipotente. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia universal*, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo, y la vida eterna. Amén.

3) Nos guían a adorar
Los credos son una forma de adoración corporal. Así como cantamos al unísono las verdades fundamentales de la Biblia, podemos recitar las mismas verdades, pero sin música. Confesar lo que la Biblia dice sobre nuestro Señor es adoración. Proclamamos al Dios trino según su revelación, y Él se glorifica en esto. El Credo Calcedonio (451 d. C.) dice:

Nosotros, entonces, siguiendo a los santos padres (los primeros pastores y teólogos), todos de común consentimiento, enseñamos a los hombres a confesar a Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en Deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; cosustancial —coesencial— con el Padre de acuerdo a la Deidad, y cosustancial con nosotros de acuerdo a la humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades, de acuerdo a la Deidad; y en estos postreros días, para nosotros y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, de acuerdo a la humanidad; uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; de ningún modo borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza, y son concurrentes en una Persona y una hipóstasis, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo; como los profetas desde el principio lo han declarado con respecto a Él, y como el Señor Jesucristo mismo nos lo ha enseñado, así mismo es el credo de los padres que nos ha sido dado.

Confesar a una voz que Jesús es el único Señor, como lo hicimos individualmente en nuestra conversión, es una declaración de alianza. Igual que el bautismo, los credos son declaraciones públicas que dicen de qué lado estamos.

4) Han sido probados
Aunque no son la Biblia ni son inspirados, estos textos han superado la prueba del tiempo. Los credos no son un sustituto de la Biblia: los mejores credos representan la doctrina de la Biblia misma. Son el producto de la unión y el acuerdo de hombres santos y comprometidos con la verdad de la Palabra.

La mayoría de ellos han surgido como una defensa en contra del error. Una de las mayores herejías de la historia se le debe a Arrio (250–336 d. C.). Su enseñanza decía: “Hubo un tiempo en el que el Hijo no era”.3 Eso significaba que Jesús era una mera creación, y por lo tanto no era Dios. Esta mentira se propagó gracias a la gran capacidad mercadológica del arrianismo.

Esta doctrina anticristiana se pregonó por medio de canciones cortas y pegajosas, y en cuestión de pocos años expandió a lo largo del imperio. Todos cantaban las pegajosas (y herejes) melodías de Arrio.

La respuesta ortodoxa a esta herejía fue el credo de Nicea/Constantinopla (325, 381 d. C.), uno de los textos de la Iglesia primitiva más importantes, poderosos, y unificantes en la historia del cristianismo:

Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible; y en un solo Señor, Jesucristo, el unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María la Virgen, y se hizo hombre; por nuestra causa fue crucificado en tiempo de Poncio Pilato, y padeció, y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo; y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin. Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo; que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, que habló por los profetas. En una Iglesia santa, universal,* y apostólica. Confesamos un solo bautismo para la remisión de los pecados. Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

5) Nos recuerdan que no estamos solos.
Los credos nos recuerdan el gran valor de la Iglesia como la institución de Cristo. Nos recuerdan de lo que somos parte. La Iglesia es universal e histórica. Así como la vida cristiana es una que no se vive de manera solitaria, nuestras iglesias no deben aislarse. El participar de los credos nos une en adoración y alianza a Dios junto a la Iglesia histórica. Nos unimos a cristianos del primer siglo, y a los cristianos del presente.

6) Nos recuerdan que la iglesia ha prevalecido y prevalecerá
Cada credo representa una historia pasada que impacta la historia futura. La Iglesia ha errado mucho. Algunos ejemplos son el arrianismo, nestorianismo, docetismo, modalismo, y otras malas doctrinas han atacado al cristianismo. Pero Dios libró a su Iglesia. Y en gran parte, los credos fueron el medio que utilizó.

Los credos nos recuerdan que la Iglesia está en las manos del Señor, y aunque hemos pasado por valle de sombra de muerte, el Señor sigue siendo nuestro pastor. La iglesia prevalecerá hasta el final.

Conclusión
El cristianismo depende completamente de la doctrina. Si la revelación de Dios es tergiversada, el cristianismo se distorsiona.

Los credos son grandes tesoros para la Iglesia. Son tesoros que no solo tienen valor en el pasado —habiendo sido los defensores de la fe ortodoxa en innumerables batallas teológicas—, sino también en el futuro. Nos ayudan a recordar quién es Dios y por qué se ha revelado en su Palabra. Nos recuerdan que la consecuencia de desviarnos de las Escrituras es la muerte espiritual.

Si la vida de la Iglesia depende de su teología, entonces, con su propia vida, la Iglesia debe defenderla. Los credos que ayudaron a Moisés, Pablo, Atanasio, y Calvino siguen a tu disposición como un escudo teológico para la defensa de tu vida.

  • Originalmente dice “católica”, que se refiere a ‘universal’. No debe confundirse con Católica Romana (nombre propio).
    [1] Otros credos en la Biblia son: 1 Re. 18:39; Mat. 16:16; Hec. 16:31; Rom. 10:9-10; 1 Tim. 3:16; 1 Cor. 12:3; Fil. 2:6-11
    [2] Justo L. Gonzalez, The Story of Christianity, 2nd ed., Vol. 1, p. 77. Del griego σύμβολον (symbolon): símbolo, lema o prenda.
    [3] Atanasio de Alejandría, De Synodis, 15. Atanasio reporta sobre Arrio, “Dios creó al Hijo de la nada, y le llamó Su Hijo … El Verbo de Dios es una de sus criaturas … y … hubo un tiempo en el que Él no era.”
    Imagen: Lightstock.
    Gabriel Reyes-Ordeix (M.Div., Th.M.) tiene un doctorado en estudios históricos y teológicos del Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY (Estados Unidos). Él está detrás de los perfiles Credo en las redes sociales (Facebook, Twitter e Instagram) en donde comparte información sobre la historia de la iglesia. Junto a su esposa, Ivana, y su hija, Noël, son parte de Sovereign Grace Church of Louisville. Puedes encontrarlo en Twitter.

Muchos me dirán: Señor, Señor | Will Graham 

“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:22-23).

Amantísimo Padre:

¿Profetas lanzados al infierno?

¿Exorcistas enviados al lago de fuego?

¿Milagreros condenados eternamente?

Hoy aprendo que Satanás vendrá a la iglesia vestido como ángel de luz. El diablo predica bien, ora bien, canta bien, sabe enviar mensajes muy bonitos por WhatsApp y ha aprendido el arte de subir imágenes espirituales a las redes, pero en el fondo es un asesino y un mentiroso. No te conoce. Lleva milenios escondiéndose detrás de una falsa apariencia de piedad y santidad. Ciertamente, no es oro todo lo que reluce.

Te pido que tu Hijo Jesucristo sea el Señor de todas las áreas de mi vida. Si le digo “Señor, Señor”, que sea una realidad. Deseo que tu buen Espíritu labre fruto y luz en mí para que mi corazón no siga los pasos de los “hacedores de maldad” que brillan en público y maquinan en secreto.

No me interesa ser profeta ni exorcista ni milagrero, sino tu hijo.

Pastor Will Graham – Palabra de Vida Almería

¿Por qué Dios no puede solamente perdonarnos? | Tim Keller

¿Por qué Dios no puede solamente perdonarnos?

por Tim Keller

En 2005, Rick Warren, pastor de una megaiglesia y autor del éxito de ventas Una vida con propósito, tuvo un intercambio de ideas con un destacado periodista en un foro de opinión patrocinado por Pew Foundation. A algunos de los allí presentes les suponía un problema la posible implicación civil de una creencia cristiana particular, a saber, que Dios condena a algunas personas a castigo eterno. Uno de los participantes se dirigió a Warren en los siguientes términos:

Puede que para Ud. no sea un problema la contradicción implícita en que Wendy [una de las periodistas presentes, no cristiana] sea plena ciudadana norteamericana, y merecedora por ello de toda la protección que en la vida presente pueda merecer el miembro más veterano de su congregación, y que cuando ella muera vaya a ir al infierno porque no es salva, tal como Vd. lo entiende en cristiano. La pregunta entonces es, ¿cree verdaderamente que los seguidores de su iglesia –o las personas que asisten a cualquier otra iglesia, las personas que leen los libros que Vd. escribe, y las personas a las que Vd. se dirige incluso al nivel mundial– tienen realmente una mente tan sofisticada como para poder aceptar semejante contrasentido?…1

A lo que Warren respondió que, en su opinión, no había contradicción alguna entre ambas cuestiones. Respuesta que, sin embargo, no convenció a la mayoría de los periodistas asistentes, y objetaron que el infierno como destino para algunos lleva implícita una desigualdad en cuanto a la dignidad y la valoración de las personas. Lo cual no hacía sino poner de relieve las dudas de muchos respecto al concepto cristiano de un Dios que juzga a las personas, condenándolas al infierno y que, además, semejante creencia resulta en exclusión, abuso, división y manifiesta violencia.

La Doctrina del Juicio de Dios es ofensiva.

En nuestro entorno cultural y social, el juicio divino es una de las doctrinas cristianas que más ofenden. Como ministro de culto y como predicador, me encuentro a menudo hablando acerca de textos bíblicos que tratan de la ira de Dios, del juicio final y de la doctrina de la condenación al infierno. Durante muchos años mantuve abierto un foro para responder dudas y preguntas tras los cultos del domingo. La dinámica era de “tormenta” de preguntas acerca de todas esas enseñanzas. Yo entendía perfectamente que les causaran problemas estos aspectos de la fe cristiana histórica. Y aun siendo, sin duda, la objeción al juicio y al infierno una actitud más visceral que duda metódica, siguen estando ahí presentes unas creencias muy específicas. Procedamos a examinar estas creencias erradas sobre Dios.

No puede haber un Dios de juicio

Robert Bellah, en su muy influyente libro Habits of the Heart, se ocupa del “individualismo de expresión” dominante en la cultura americana. En ese sentido, apunta que el 80% de los norteamericanos piensa que “cada individuo tiene derecho a su propia fe o religión con independencia de cualquier iglesia o sinagoga”.2 La conclusión de Bellah es que, para el común de la mentalidad nacional, la verdad moral es algo relativo que tiene que ver exclusivamente con la conciencia personal. Así, se piensa más bien en un Dios de amor, favorable al ser humano independientemente de su conducta. Pero, en el punto opuesto de la cuestión, se resiente la idea de que ese Dios pueda castigar a las personas por creencias personales que puede que sean erróneas. Lo interesante a notar es que tal actitud viene avalada por una visión del desarrollo de la cultura en la historia.

En su libro The Abolition of Man, ya todo un clásico, C. S. Lewis indica lo que él veía cómo las principales diferencias entre la visión antigua y moderna de la realidad. Para ello empieza por desmontar la creencia de que los antiguos creían en la magia y que después hizo su aparición la ciencia moderna y ocupó su lugar. Como experto en estudios medievales y la posterior transición a la modernidad, Lewis sabía bien que había habido muy poco de mágico en ese período y que la verdadera edad dorada de lo mágico habían sido los siglos XVI y XVII, coincidiendo justamente con el desarrollo de la ciencia moderna y, según contendía, con una misma génesis.

La indagación seria en lo mágico y en lo científico nació en parto doble: la primera de esas criaturas era débil y enfermiza y pronto murió, la otra era fuerte y prosperó. Aun así, fueron gemelas en su primer momento, naciendo de un mismo impulso.3

Lewis da razón de ese impulso como novel aproximación a la realidad moral y espiritual:

Hay un nexo de unión entre la magia y las ciencias aplicadas, pero desmarcándose ambas por igual de la “sabiduría” de épocas anteriores. Así, para los sabios de otros tiempos, el problema principal había sido cómo adecuar el alma espiritual a la realidad física, siendo su respuesta el conocimiento obtenido mediante autodisciplina y virtud. Tanto para la magia como para las ciencias aplicadas, el problema consistía en someter la realidad a los deseos del hombre: la solución era, pues, la técnica; y ambas disciplinas, en la aplicación de su técnica, se hallan en disposición de hacer cosas hasta entonces tenidas por deleznables e impías…4

En los tiempos antiguos, se daba por supuesta la existencia de un orden moral externo al yo, intrínseco al entramado propio del universo. El violar ese orden metafísico tenía consecuencias tan graves como las de la trasgresión de la realidad física al poner la mano en el fuego. La actitud sabia era la de obrar en conformidad con los distintos órdenes de lo creado. Sabiduría que, por otra parte, se adquiría ejercitando el propio carácter en humildad, en compasión, en valor, en discreción y en lealtad.

La modernidad cambio el paradigma medieval con respecto al bien y el mal.

El advenimiento de la modernidad alteró por completo ese modelo. En última instancia, la realidad era cosa no tanto de un orden sobrenatural sino de un mundo natural maleable. Así, en vez de tratar de amoldar nuestros deseos a la realidad, nos afanamos por controlar y configurar la realidad según intereses personales. Donde antes se discernía ansiedad, prescribiéndose un cambio de carácter espiritual, la modernidad habla de técnicas de manejo del estrés.

Lewis era consciente de que sus lectores podían pensar que estaba en contra del progreso científico como tal, asegurando vehemente todo lo contrario. Su intención era hacernos ver que la modernidad se había gestado en un ámbito de “sueños de poder”. Escribiendo durante la Segunda Guerra Mundial, Lewis era consciente de vivir en medio de uno de los más amargos frutos del espíritu moderno. J. R. R. Tolkien, amigo de Lewis, reflejó en su trilogía, El Señor de los anillos, las consecuencias de un ansia desmedida de control y poder, que para nada tiene en cuenta la sabiduría y el disfrute gozoso de la creación de Dios, tal como ésta es.5

La determinación del bien y el mal en nuestras manos: La consecuencia del modernismo.

El espíritu de la modernidad nos dejó la carga de discriminar entre lo que está bien y lo que está mal. Esa recién adquirida confianza en que podemos controlar el entorno físico a nuestro antojo ha ido creciendo hasta el punto de hacernos creer que podemos incluso remodelar el ámbito de lo metafísico. De ahí que no nos parezca justo que podamos primero determinar que el sexo fuera del matrimonio es algo permisible, para luego encontrarnos con que existe un Dios que va a castigarnos por ello. Estamos tan convencidos de que nos asisten derechos personales que la mera idea de un Día del Juicio Divino nos parece imposible. Aun así, y tal como Lewis se esfuerza por hacernos ver, esa renuencia va ligada a la búsqueda desmedida de control y poder que tan terribles consecuencias ha tenido en la historia más reciente. Pero no toda la raza humana ha aceptado la visión de las cosas de la modernidad. ¿Qué razones hay para que pensemos que es un proceso ya irreversible?

¿Cómo puede Dios ser moral si pasa por alto los pecados negándose a juzgarlos?

En una de las sesiones del foro tras el culto, una de las personas presentes dijo que la mera idea de la existencia de un Dios que juzga era ya algo ofensivo. A lo que yo respondí preguntando: “¿Por qué en cambio no le ofende la idea de un Dios que perdona?”. Ante su expresión de perplejidad, proseguí: “Con todo respeto, le animo a que reflexione acerca del origen y trasfondo cultural de ese rechazo suyo de la doctrina cristiana sobre el infierno como algo ofensivo”. Acto seguido, procedí a señalar que el espíritu secularizado actual de Occidente se siente incómodo con la doctrina acerca del infierno, pero consideran en cambio muy aceptable la enseñanza bíblica que insta a poner la otra mejilla y a perdonar al enemigo. Finalmente, le pedí que se detuviera a pensar en cómo ven el cristianismo gentes de otras culturas. En sociedades tradicionales, la enseñanza de “poner la otra mejilla” no tiene ningún sentido. De hecho, ofende sus más íntimas convicciones acerca de lo que está bien y es justo. En cambio, la doctrina de un Dios que juzga no es algo problemático. Rechazan, pues, lo que en Occidente se considera aceptable, y se sienten atraídos por aspectos que el Occidente secularizado no puede tolerar.

Como apunte final, ¿qué razones pueden aducirse para que las sensibilidades occidentales se arroguen el derecho de juzgar si el cristianismo es válido o no? Mi pregunta a esa persona fue entonces si creía que su cultura era superior a otras distintas. Su respuesta fue un claro y rotundo “no”. “En ese caso –proseguí– ¿qué razones hay para que las objeciones de nuestra cultura al cristianismo trastornen sus distintas opiniones?”.

Conclusión.

En un deseo de profundizar aún más, imaginemos que el cristianismo no es producto exclusivo de una cultura particular, sino que es de hecho la verdad definitiva y transcultural sobre Dios. Si esa fuera la realidad del caso, cabría esperar que generara polémica y ofendiera a toda posible entidad cultural en alguno de sus puntos, y ello por la simple razón que no hay cultura o sociedad que no sea imperfecta y que no esté en perenne cambio. Si el cristianismo es cierto tendría al mismo tiempo que ofender y corregir en sus pronunciamientos. La doctrina cristiana del juicio divino podría ser ese punto de inflexión. Si Dios es Dios, entonces tiene que juzgar el pecado, si Dios es Dios, El no podia perdonarnos sin la muerte de Cristo. La Doctrina del Juicio de Dios ofende, dejemos que ofenda.

Adaptado de: Timothy Keller, La Razón de Dios: Creer en una época de escepticismo, trans. Pilar Florez, 1a Edición. (Barcelona: Andamio; Gbu Conecta, 2014), 123-129.

Sobre el autor:
Timothy J. Keller (1950-), es un pastor, teologo y autor estadounidense. BA. Bucknell University, M. Div. Gordon-Conwell Theological Seminary, D. Min. Westminster Theological Seminary (PA). Keller fue profesor por en Westminster Theological Seminary (PA), donde enseñaba eclesiologia y plantaciones de Iglesias. Keller es uno de los teólogos mas influyentes en el cristianamos en la actualidad tanto en Estados Unidos como Europa. Entre sus temas de interés e investigación estan: Apologética, Religion versus evangelio, Ministerio Urbano, Justicia Social y Política, Idolatría versus Adoración, entre otros. Keller es pastor de la Iglesia Presbiteriana del Redentor en Nueva York, (USA). Entre sus numerosos libros se encuentran: “La Cruz del Rey”, “La Razon del Matrimonio”, “Iglesia Centrada”, ” Justicia Generosa”, entre muchos otros disponibles en español.

Notas:

1 23 Mayo, 2005, Conferencia Bianual Faith Angle de Pew Forum sobre religión, política y vida pública, en Cayo Oeste, Florida. Con fecha 5 de Septiembre, puede consultarse la correspondiente transcripción en http://www.pewforum.org/Christian/Evangelical-Protestant-Churches/Myths-of-the-Modern-Megachurch.aspx ID=80.

2 Robert Bellah, et al., Habits of the Heart: Individualism and Commitment in American Life, 1.ª ed. (Universidad de California, 1985), p. 228.

3 De C. S. Lewis, The Abolition of Man (Collins, 1978), p. 46. En relación con este tema, véase también el libro de Lewis, English Literature in the Sixteenth Century, Excluding Drama en la serie Oxford History of English Literature (Oxford University Press, 1953), pp. 13–14.

4 Lewis, Abolition of Man, p. 46.

5 Alan Jacobs, en su biografía de Lewis, hace notar que insistió repetidamente en que no disentía del método propio de la ciencia como tal. Dicho método asume, de entrada, la uniformidad de la naturaleza, y no pocos estudiosos han hecho notar, en ese sentido, que ha sido el cristianismo la fuerza impulsora de las investigaciones por su propia cosmovisión. Pero lo que Lewis está ahí tratando de hacer ver es que la ciencia moderna nació ya con claros “sueños de poder”. Véase Jacobs, The Narnian: The Life and Imagination of C. S. Lewis (Harper San Francisco, 205), pp. 184–187.