La lepra y su similitud con el pecado


La lepra y su similitud con el pecado

Por R. M. Wilson, traducido por Calvin George

Por un doctor cristiano

El signo característico de la lepra es el llamado punto muerto o anestesia. Esta mancha se encuentra prácticamente en todos los casos, y no hay otro síntoma tan característico. En el diagnóstico de la enfermedad utilizamos un alfiler, una pluma, dos probetas, agua fría y caliente para comprobar el dolor en la mancha; el pinchazo de un alfiler y una pluma, como sensación, y el agua fría y caliente, como habilidad para reconocer la diferencia entre calor y frío. Hemos encontrado esta mancha en el 99 por ciento de nuestros leprosos.

En el pecado existe esta pérdida del sentido del pecado o del mal.

Contagioso. La lepra no es muy contagiosa, como se suele imaginar. Debe «frotarlo», por así decirlo, para contraer. Es una enfermedad en la que el saneamiento es deficiente y más común en las regiones tropicales cálidas y húmedas, aunque también se encuentra en Islandia, Noruega, Minnesota y climas más fríos, pero generalmente no se propaga en estas regiones. Es más contagioso en la niñez y se puede contraer en las casas, la ropa o el contacto directo con el leproso.

El pecado es contagioso.

Hereditario. Los científicos ahora consideran que la enfermedad no es hereditaria. La mayoría de los hijos de leprosos, separados de su madre antes de los cuatro meses, no acaban con lepra.

El pecado es hereditario.

Superficial. La lepra es una enfermedad de la superficie del cuerpo: la piel, algunos de los nervios superficiales, las cuerdas vocales, la nariz y la superficie del cuerpo. Por lo general, no hay cambios patológicos en los órganos internos.

El pecado afecta las partes más profundas, el alma.

Mutilante. La lepra es mutilante, a menudo destruye los dedos de las manos y de los pies, los pies, la nariz, las cuerdas vocales, los ojos, etc.

El pecado mutila.

Destructivo. La lepra destruye el cuerpo.

El pecado destruye el alma.

Cegador. Debido a que el nervio facial a menudo se paraliza, hay parálisis de los músculos de la cara, marchitamiento de estos músculos y la pérdida de movimiento de los párpados conduce a la ceguera como efecto secundario. Las lágrimas corren por el rostro. No puedes parpadear. Pronto hay irritación y enfermedad por el polvo y la luz solar. La lente se adhiere al iris. No puede enfocar el ojo ni dilatar la pupila y la ceguera es común.

El pecado es cegador.

Peculiar para el hombre. La lepra es claramente una enfermedad del hombre y el germen no crece en los animales. La mayoría de los gérmenes crecerán en un cultivo, un conejillo de indias, por ejemplo, pero no así con el germen de la lepra. Por esta razón, es imposible elaborar un suero o una vacuna.

El pecado es una enfermedad del hombre.

Contacto prolongado. La lepra suele ser consecuencia de un contacto estrecho y prolongado con los leprosos. Aproximadamente el 50 por ciento de los niños que continúan viviendo con sus madres leprosas contraerán la enfermedad.

El contacto cercano con el pecado es peligroso.

Afecta a los jóvenes. La lepra se observa con mayor frecuencia en los jóvenes, generalmente se contrae en la primera infancia, pero los síntomas no aparecen hasta la pubertad o más tarde. La edad media de aparición en nuestros dos mil casos fue de veintidós. El período de incubación es lento y largo.

El pecado causa sus mayores estragos en los jóvenes.

Crea marginados sociales. La lepra convierte a los casos en parias, y a menudo deben aceptar su maldición y salir de sus hogares para vagar y mendigar. Esto es algo muy triste en el oriente. Muchos se vuelven mendigos tristes, miserables y errantes.

El pecado nos convierte en marginados del cielo.

Tiende a endurecerse. La lepra endurece la piel, le quita vida y sensación, y la piel suele ser más gruesa, dura, floja y con una sensación peculiar. Encontré a una niña morena con lepra en los Estados Unidos recientemente, y lo llamativo fue la piel gruesa, seca y dura.

El pecado endurece nuestro corazón.

Puede ser curado. En muchos casos, si se trata a tiempo, la enfermedad se puede controlar, detener y dominar, y no tengo miedo de llamarla «curada», aunque los médicos más bien dudan en decir «cura». Creemos que podemos verificarlo y controlarlo en el 75 por ciento de los niños que llegaron a tiempo. Durante miles de años se ha considerado incurable y desesperanzado, una maldición del cielo, por lo que los últimos veinticinco años [tome en cuenta que este escrito es de 1938] ha obrado un verdadero milagro con esta enfermedad. Anualmente damos de alta alrededor de setenta y cinco casos curados, y treinta y tres de nuestros leprosos se han casado y viven en la colonia con salud y fuerza normales. Recientemente, informes señalan que en los últimos diez años tres mil quinientos leprosos en todo el mundo han sido registrados como curados y dados de alta.

El pecado también es curado por la sangre de Jesucristo.

Parece un cadáver. Entre nuestros setecientos cincuenta casos, hay unos pocos que se parecen mucho a un cadáver; pérdida de expresión en el rostro, músculos marchitos, toda una imagen de un cadáver de pocos días de pie. Las lágrimas caen por el rostro y uno no puede llorar, sonreír ni reír, y es una imagen triste. Afortunadamente, no hay muchos casos de este tipo.

El pecado nos convertirá en un triste cadáver.

Es muy real. Algunos dicen que no hay enfermedad, solo imaginación. Ojalá vinieran los seguidores de la llamada Ciencia Cristiana y echaran un vistazo a una colonia de leprosos. Hay dos grupos de médicos, uno que siente “una vez leproso, siempre leproso” y el otro, que muchos leprosos se pueden curar. Algunos de los principales leprólogos del mundo creen que la lepra se puede curar o detener. Muchos de mis casos vuelven a la salud normal y se han mantenido en buen estado de salud durante muchos años. Por supuesto, puede haber una recaída, si viven en un entorno inadecuado.

Algunos piensan que no hay pecado, no hay salvación, que no hay más allá. Pero “yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (II Tim. 1:12).

Moody Monthly, 1938

Mata el orgullo antes de que te destruya

Mata el orgullo antes de que te destruya
Por Lucas Aleman

Desde el principio, el orgullo presenta batalla contra Dios constantemente y se propaga entre nosotros con mucha facilidad. Se nutre de casi cualquier cosa con tal de no sucumbir ante la búsqueda de la humildad que Dios demanda de todos nosotros. Este pecado es único. La mayoría de los pecados nos alejan de Dios, pero el orgullo es un ataque directo aDios porque busca destronarlo con el fin de entronizarse a sí mismo cueste lo que cueste.
Por esta razón Dios «reprende a los soberbios» (Sal. 119:21) y no tolera nunca a los que son «altivos de corazón» (Pr. 16:5). Siempre los «resiste» (Stg. 4:6; 1 P. 5:5) y, de hecho, se burla de ellos (Pr. 3:34) como lo hizo con Faraón en el libro de Éxodo. Dios ya había mandado siete plagas cuando le hizo a Faraón una de las preguntas más particulares de todo el Antiguo Testamento por medio de Moisés y Aarón: «¿Hasta cuándo no querrás humillarte delante de mí?» (Éx. 10:3). Las siete «señales» anteriores deberían haber sido suficientes para dejar ir al pueblo de Dios (Éx. 10:2). Sin embargo, Faraón «se obstinó en pecar» (Éx. 9:34) y «se endureció» aún más (Éx. 9:35; cp. Éx. 8:15, 32).

El orgullo de Faraón
Esta no era la primera vez que un Faraón se enaltecía en su corazón. Anteriormente ya se había levantado «sobre Egipto» un «nuevo rey» que se caracterizaba por su orgullo porque «no conocía a José» (Éx. 1:8; cp. Gn. 47:11–27). Había no solo rechazado cualquier acuerdo previo con José sino que también había concebido con astucia un plan que tenía como primer objetivo debilitar a «los hijos de Israel» para así engrandecer su reino (Éx. 1:9–11). «Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían» (Éx. 1:12). En otras palabras, Dios hizo fracasar la política opresora de Faraón de manera poderosa. No había otra forma de explicar esto más que Dios estaba con su pueblo (cp. Éx. 33:15–17).

Varios años antes, Dios le había prometido a Abraham «una nación grande» (Gn. 12:2). A pesar de que al principio solo«setenta» entraron a Egipto (Éx. 1:5), providencialmente «los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra» (Éx. 1:7; cp. Gn. 1:28). Pero Faraón se aferró a su orgullo e hizo «servir a los hijos de Israel con [mayor] dureza» (Éx. 1:13). Enseguida manifestó dicha actitud al imitar a su padre el diablo —quien «ha sido homicida desde el principio» (Jn. 8:44)— e intentó limitar el crecimiento del pueblo de Dios. Mandó a matar a todos los descendientes varones por medio de «las parteras de las hebreas» a quien les ordenó: «Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva» (Éx. 1:16). Sin embargo, las parteras «temieron a Dios» y «preservaron la vida a los niños» (Éx. 1:17). Irónicamente, el resultado fue que «el pueblo se multiplicó y se fortaleció en gran manera» (Éx. 1:20).

Faraón no podía con Dios ni con su pueblo, pero esto no significaba que iba a rendirse. Hizo pasar un decreto en todo Egipto que decía: «Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida» (Éx. 1:22). «Por la altivez de su rostro», Faraón no buscó a Dios «en ninguno de sus pensamientos» (Sal. 10:4) pero aún así —en otra demostración de ironía— uno los hijos de Israel terminó en su propia casa (Éx. 2:1–10). Todos sus esfuerzos fueron superados por Dios quien desde «los cielos» se estaba burlando al compás de su soberanía absoluta que lo determina todo (Sal. 2:4), incluso el lugar de donde vendría el libertador de su pueblo. Pasaron los años y ese «rey de Egipto» murió (Éx. 2:23).

Con todo, la situación de «los hijos de Israel» no cambió y todavía «gemían a causa de la servidumbre» (Éx. 2:23). De hecho, se levantó otro Faraón mucho más orgulloso que el anterior, pero Dios no se olvidó del «pacto con Abraham, Isaac y Jacob» (Éx. 2:24) y «reconoció» la condición de su pueblo (Éx. 2:25).

Dios odia el orgullo
Es por eso que cuando Dios se le apareció a Moisés «en una llama de fuego en medio de una zarza» (Éx. 3:2) se identificóa sí mismo como el «Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob» (Éx. 3:6). No solo era el mismo Dios de sus antepasados, sino que aún se acordaba de todas sus promesas (Gn. 12:2–3; 17:3–8; 26:2–5; 23–24; 28:12–15). Moisés inmediatamente se humilló ante su presencia (Éx. 3:5; cp. Nm. 12:3) y «cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios» (Éx. 3:6) cuyo nombre es «YO SOY EL QUE SOY» (Éx. 3:14). Su nombre le dio a entender a Moisés que Dios no tiene principio ni fin. Vive en un permanente presente por la eternidad y su naturaleza, en efecto, no cambia (Éx. 3:15). No puede ser manipulado ni forzado a nada porque Dios es hoy quien ha sido ayer y quien será mañana. Lo que aborreció en el paraíso (Gn. 3:1–24), lo sigue abominando porque su carácter es inmutable (Mal. 3:6; Stg. 1:17).

En este caso, más específicamente, su actitud hacia el orgullo ha permanecido intacta, aún desde antes que Adán y Eva pecaran (Gn. 1:31). El diablo fue quien primeramente «se enalteció» en su corazón (Ez. 18:17) y dijo: «Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Is. 14:13–14). Muchos ángeles le siguieron y, como resultado, Dios «los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día» (Jud. 6). No hay duda alguna, entonces, de que Dios odia el orgullo en base a su naturaleza.

La oportunidad desperdiciada de Faraón
Irónicamente, el orgullo de Faraón también seguía intacto (Éx. 7:14–9:35). Siete plagas no le fueron suficiente para reconocer «que no hay otro como [Dios] en toda la tierra» (Éx. 9:14). Pero ciertamente esto no podía permanecer así para siempre. No hay lugar para el altivo delante de Dios (Sal. 5:5). Eventualmente «todo soberbio» será «abatido» por Dios (Is. 2:12) que por sí mismo juró: «[A] mí se doblará toda rodilla» (Is. 45:23; cp. Fil. 2:10–11). De igual modo, Faraón «no quedar[ía] impune» (Pr. 16:5). Su «quebrantamiento» estaba por caer en cualquier momento (Pr. 18:12) y es, precisamente por eso, que Dios le pregunta: «¿Hasta cuándo?» (Éx. 10:3).

¡Esta era la mejor oportunidad que Faraón tenía de arrepentirse! Hasta sus propios «siervos» se dieron cuenta de la destrucción que había sobrevenido sobre Egipto a causa de su orgullo obstinado (Éx. 10:7). Pero Faraón no dejó ir a todos los hijos de Israel (Éx. 10:11). Por lo tanto, Dios envió tres plagas más sobre el pueblo de Egipto (Éx. 10:12–12:30) hasta que fueron humillados (Éx. 12:31–36).

¿Qué hay de tu orgullo?
El orgullo es tan desagradable para Dios que ocupa el primer lugar de lo que parece ser una versión veterotestamentariade los siete pecados capitales (Pr. 6:16–19). En su esencia, es incompatible con lo que Dios es, fue y siempre será (Lev. 19:2; 20:26; 21:8). Aunque todavía no hemos visto a Dios «tal como él es» (1 Jn. 3:2), sí se ha revelado lo suficiente en Éxodo como para que seamos más humildes de lo que verdaderamente somos. Reconozcamos, pues, nuestra soberbia. Este es el primer paso para adquirir la humildad que Dios demanda de todos nosotros.

No podemos suponer que «la soberbia y la arrogancia» buscarán «el temor de Jehová» (Pr. 8:13) en nuestra vida. El orgullo nunca confiesa ni tampoco se arrepiente de pecado. Ahora bien, si ni siquiera estamos dispuestos a hacer esto es porque todavía tenemos un «más alto concepto de [nosotros] que el que [debemos] tener» (Ro. 12:3). No podemos hacer nada antes de este paso.

Al mismo tiempo, procuremos la humildad con todas nuestras fuerzas porque solamente allí abunda la gracia de Dios (Stg. 4:6; 1 P. 5:5). Dios no tolera los «ojos altaneros» ni el «corazón vanidoso» (Sal. 101:5). Nunca lo ha hecho y, ciertamente, tampoco lo hará «cuando él se manifieste» (1 Jn. 3:2). Se burló de Faraón y «no perdonó a los ángeles» (2 P. 2:4) que buscaron destronarlo (Jud. 6), ¿qué nos hace pensar que tratará con nuestro orgullo de manera diferente? Ante sus ojos, hay «más esperanza [para el] necio» que para el soberbio (Pr. 26:12). «Revist[ámonos] de humildad» «bajo la poderosa mano de Dios» antes de que sea demasiado tarde (1 P. 5:5–6).

Lucas Aleman
Lucas Alemán (M.Div., Th.M., Ph.D. Candidate) es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California, y el editor general y uno de los autores de «La hermenéutica de Cristo» así como uno de los contribuidores de «En ti confiaré». Lucas es oriundo de Argentina. En 2016, comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.

Valentía centrada en el evangelio

Valentía centrada en el evangelio

 Josué Barrios

El grafito de Alexamenos es un graffiti antiguo en Roma, que se considera la primera representación pictórica de la crucifixión de Cristo. El dibujo es el de un hombre crucificado, con cara de burro. Así las personas se burlaban de la cruz de Cristo en la antigüedad, y lo mismo ocurre hoy.

Hoy vemos a personas burlándose de la cruz de Cristo en la televisión, en películas taquilleras, en salones de clases, en redes sociales, en programas de radio, en canciones de moda y prácticamente en toda la cultura que nos rodea.

Es evidente que cuando el mundo no está persiguiendo a los cristianos violentamente, los persigue ridiculizando injustamente nuestra fe. Ciertamente el evangelio “es necedad para los que se pierden” (1 Cor. 1:18).

¿Cómo podemos mantener una valentía al predicar el evangelio con seriedad, compasión y convicción ante un mundo que en su rebeldía e ignorancia ve al cristianismo como algo patético?

En la segunda carta a su discípulo Timoteo, el apóstol Pablo nos muestra que la fuente de la valentía para proclamar a Cristo frente las adversidades culturales no es nuestra autodeterminación humana, sino una mayor comprensión del evangelio en el poder del Espíritu Santo. Mira lo que escribió a Timoteo:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio…” (2 Tim. 1:7-10).

Aquí vemos que cuando Pablo quería alentar a Timoteo a que no se avergüence del evangelio frente a la adversidad, no sólo le da este mandato afirmándole que Dios le ha dado el Espíritu Santo, sino que también le recuerda lo que ese evangelio significa.

Pablo le habla a Timoteo del evangelio de nuestro Señor Jesucristo, para que viva centrado en él, y esto le impulse a predicar la verdad con valentía. Le recuerda que Dios lo ha salvado y llamado, no porque Timoteo haya hecho buenas obras (porque todos somos pecadores y merecemos condenación), sino porque así le plació hacerlo (cp. Efesios 1:3-5).

Dios planeó antes de la fundación del mundo esta salvación por medio de Cristo, quien vino a quitar la muerte de nuestro destino y darnos vida eterna. ¿Qué puede ser más emocionante que esto? ¿Qué puede ser más alentador, consolador y energizante que esta realidad?

El antídoto contra el sentir vergüenza por el evangelio es conocer realmente el evangelio. ¿Por qué Pablo no se avergonzaba del evangelio? “Porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1:16). “… No me avergüenzo, porque yo sé en quién he creído y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día” (2 Tim. 1:12).

De hecho, Pablo en su carta a Timoteo continúa insistiendo en que procure no olvidar el evangelio que ha recibido. “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio” (2 Tim. 2:8).

Esto implica que si queremos que nuestras iglesias sean más fervientes en el evangelismo, predicando la verdad de Dios sin sentir temor de lo que las personas inconversas puedan decir contra nuestra fe y puedan hacernos, necesitamos recordarnos el evangelio y profundizar en sus riquezas.

Muéstrame a una iglesia que se avergüence del evangelio y te mostraré a una iglesia que no lo está comprendiendo correctamente.

Somos llamados a ser valientes al predicar la verdad, y la valentía correcta para hacerlo es una valentía que está centrada en el evangelio: una valentía que crece de conocer más y más lo que Cristo hizo por nosotros para que hoy tengamos salvación y vivamos deleitándonos en el amor de Dios.

La historia nos cuenta que Timoteo, por la gracia soberana de Dios, persistió en la predicación de la Palabra. Es mi oración que lo mismo se diga de nosotros en aquel día en que estaremos con Dios cara a cara.

Josué Barrios 

Sirve como Coordinador Editorial en Coalición por el Evangelio. Ha contribuido en varios libros y es el autor de Espiritual y conectado: Cómo usar y entender las redes sociales con sabiduría bíblicaEs licenciado en comunicación y cursa una maestría de estudios teológicos en el Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny y su hijo Josías en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer, donde realiza una pasantía ministerial y es líder de jóvenes. Puedes leerlo en josuebarrios.com y seguirlo en InstagramTwitter y Facebook.

¿Por qué hay pastores que no pastorean?

¿Por qué hay pastores que no pastorean?
Por Oscar Morales

Hace aproximadamente unos 15 años solía escuchar a través de la radio casi todos los días a un pastor de una congregación grande de mi país. Sus enseñanzas las consideraba de bastante bendición y mucho conocimiento, por lo que decidí un día ir a su iglesia para poder aprender un poco más. Al llegar a la congregación tomé mi lugar y el servicio empezó, sin embargo no lograba localizar visualmente al pastor. Al terminar el momento de alabanza una señora subió a dar algunos anuncios y luego hizo la presentación del pastor. El pastor salió de una de las puertas de al lado del escenario junto con tres personas más. Estas personas estaban vestidas de la misma forma y tenían walkie-talkies en las manos, uno de ellos llevaba una Biblia, la cual después de dejar al pastor en el púlpito entregó a él. Estos eran lo que hoy conocemos como “escuderos del pastor”, algo que yo en aquel tiempo no tenía ni la menor idea de qué significaba. Después de que el pastor subió, la señora le entregó un vaso de agua y junto con estas personas se sentaron en unas sillas en el escenario, justo detrás del pastor.

Años después, a través de varios amigos, me enteré que este pastor le decía clara y constantemente a la gente que por favor no le buscaran, que su labor era predicar y nada más, el no tenía tiempo ni le gustaba saludar gente. Que la razón de tener a este equipo de personas era para que le ayudaran a que nadie se le acercara después de haber predicado.

¿Un pastor que no pastorea?
¿Puede alguien ser un pastor que no pastorea? Tristemente, esto se mira demasiado. Pero, ¿debería ser así? El llamado pastoral descrito en la Palabra de Dios es un llamado serio del cual todos daremos cuentas de lo que hicimos (Heb. 13:17). Es un llamado en la mayoría de casos a sufrir juntamente con Cristo (1 Co. 16:8-9; 2 Co. 1:8-11; 4:8-11; 6:3-5; 11:16-33). También es un llamado el cual Dios nos advierte que no deberíamos buscarlo con ligereza (Stg. 3:1). Y sumado a todo esto, la Biblia también nos da las características de quienes buscan el llamado, la descripción y las responsabilidades de este llamado (1 Tim. 3, Tito 1, 1 Pd. 5). El que Dios en Su infinita sabiduría y soberanía haya usado la figura del “pastor de un rebaño” para describir la labor del liderazgo de ancianos en la iglesia no es para nada casualidad, y no solo eso, Jesús mismo se describe como “el buen Pastor” (Jn. 10). Esta es una de las más grandes responsabilidades y privilegios que Dios nos ha dado (1 P. 5:3; Jn. 21:15-19). Entonces, surge otra pregunta.

¿Por qué hay pastores que no pastorean?
Las razones pueden ser varias. Desde problemas emocionales, miedo al hombre y a los conflictos hasta la inmadurez, inexperiencia o la peor y más peligrosa razón: simple y sencilla indiferencia. Al final, ellos fueron llamados a enseñar, ocupar el púlpito, ser admirados excesivamente, recibir toda clase de elogios y aplausos, pero ¡Dios guarde que tengan que ensuciarse las manos con las personas que Dios ha permitido que estén bajo su cuidado!

Pueden ser varias las razones, pero al final la raíz creo que es la misma: no han entendido lo que significa ser pastor. El pastorear no es una labor fácil y mucho menos con caducidad de tiempo. El pastorear involucra tiempo, esfuerzo, paciencia, y por sobre todo amor para con el rebaño. Es curioso que Jesús en su conversación con Pedro haya usado dos palabras para enfatizar la labor que por amor a Él debía de hacer, apacentar y pastorear las ovejas.

Cuando Cristo no está sentado en el trono de nuestro corazón por completo, amamos más otras cosas, personas y experiencias que a Él. Probablemente estamos amando más la admiración, la posición, el liderazgo, el reconocimiento, etcétera; cosas que desde el inicio del mundo el mismo diablo ofreció a nuestros primeros padres: “… serán como Dios” (Gn. 3:5), y al mismo Jesús “…todo esto te daré” (Mt. 4:9), a cambio de adorarle a él y desobedecer a Dios.

Pongamos atención a la conversación de Jesús con Pedro, la condición para poder pastorear y apacentar al rebaño era su amor por su Señor. ¿Cómo puede alguien que se dice pastor decir que no tiene tiempo ni ganas ni llamado para atender, escuchar o estar con la gente? ¡Que Dios nos perdone y tenga misericordia!

Pastor, ¿estamos obedeciendo a Dios en nuestras responsabilidades como pastores de Su rebaño? ¿Estamos siendo buenos mayordomos de ese llamado? No tenemos empleados, son ovejas. No tenemos jefes, son ovejas. No tenemos sirvientes, son ovejas. No tenemos sub-ordinados, son ovejas. Ovejas por las cuales nuestro Señor Jesucristo dio su vida por amor y nos encomendó enseñarles, modelarles y amarlos a través de ese mismo mensaje. Recuerdo una vez haber leído una frase de Ed Stetzer que decía:

“El evangelio vino a los griegos y los griegos lo volvieron filosofía. El evangelio vino a los romanos y los romanos lo volvieron un sistema. El evangelio vino a los europeos y los europeos lo volvieron a la cultura. El evangelio vino a América y nosotros lo hemos vuelto un sistema de empresa/negocio.”

Amado pastor, oremos al Señor, arrepintámonos día a día, regresemos a la cruz y el evangelio a cada minuto y preguntémonos si estamos levantando día a día el reino de Jesús en la vida de quienes nos rodean. ¿O es solo nuestro propio reino? Estamos desarrollando más lideres para des-centralizar el liderazgo de la iglesia y poder pastorear adecuadamente al pueblo de Dios ¿o queremos ser “el único”? Te ves como el presidente ejecutivo de una compañía multinacional ¿o te ves como el siervo más humilde que lava los pies de quien incluso lo iba a traicionar? (Jn. 13:1-15) ¿Permites que un Zaqueo pueda compartir su vida contigo? (Lc. 19:1-10). ¿Dejas que los niños se acerquen contigo o sientes que interrumpen y aturden al “siervo de Dios”? (Mt. 19:14). O incluso ¿permites que una mujer con flujo de sangre (considerada sucia) te toque sin decirle a tus “escuderos” que estás muy ocupado? (Lc. 8:43-48).

Recuerda, amado pastor, que de todo lo que hagamos con el rebaño, daremos cuenta un día delante de Dios.

Oscar Morales

Es pastor en Iglesia Reforma, ha trabajado por más de 20 años en el ministerio. Está casado con Regina, es papá de Alex y Sofía. Disfruta de la música, de los deportes y la tecnología. Lo puedes encontrar en Twitter o en su blog personal.

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia
Por John Currie

 Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

«¿Por qué no sufren mejor la injusticia?». La pregunta de Pablo en 1 Corintios 6:7 difícilmente pudo ser más contracultural y contraintuitiva para un corintio. Corinto estaba contagiada con la pasión por el estatus, el éxito y el honor personal. La capacidad de alcanzar estas aspiraciones mediante la ambición, el posicionamiento y la imagen se consideraba sabiduría. Los cristianos de Corinto seguían profundamente influenciados —podríamos decir que infectados— por esta sabiduría cultural, y su seducción por ella había dado lugar a divisiones en el liderazgo, la tolerancia de hechos escandalosos de inmoralidad y, ahora, al litigio de conflictos ante los tribunales de los incrédulos. Su padre espiritual estaba tan escandalizado por esta conducta (y la condición subyacente del corazón que revelaba) que, aunque antes no había querido avergonzarlos por su mal comportamiento (1 Co 4:14), ahora los avergüenza (6:5) con ocho preguntas inquisitivas en solo siete versículos (vv. 1-7). Al apóstol le resultaba chocante y vergonzosa la realidad de los cristianos que llevaban a otros cristianos ante los tribunales civiles para resolver sus diferencias personales.

Él estaba escandalizado por dos razones. Primero, la conducta de los corintios traicionaba su testimonio de lo que Cristo, al inaugurar Su reino en Su iglesia, ha hecho (vv. 2-3); y segundo, contradecía la sabiduría que Cristo da y ha dado a Su iglesia (v. 5). Su inmadurez e incompetencia, evidenciadas en el hecho de litigios civiles entre creyentes, deshonraban a Aquel a quien decían conocer como sabiduría, justicia, santificación y redención de Dios (1:30).

El remedio de Pablo para este escándalo fue aplicar la sabiduría del evangelio de la cruz de Cristo a sus conflictos. El apóstol modeló esto al venir a ellos no a la manera de los grandes hombres de la cultura, sino en debilidad cruciforme (1:17). Su aceptación de la locura de la cruz le había hecho estar dispuesto a ser despreciado y a sufrir las calumnias con espíritu de reconciliación y humildad (4:9-13), y como les dirá posteriormente, incluso renunció a sus derechos entre ellos por el evangelio (9:3-18). En toda esta «necedad», el apóstol no hacía más que imitar el patrón del Cristo que les predicaba (1:18-25). Así que su pregunta inquisitiva a los que decían creer en su mensaje de la cruz y ser salvos por ello y, sin embargo, estaban litigando por la vindicación y la victoria personal de unos con otros, era: «¿Por qué no tomar la cruz?», «¿Por qué no sufrir más bien el mal?» (6:7).

No es que Pablo tratara de impedir que los cristianos buscaran la resolución de los conflictos presentes (y muy reales) que pudieran tener unos con otros. Sin embargo, debían poder usar la sabiduría que Dios ha dado en y a la iglesia para hacerlo (v. 5). Cristo mismo dio a los creyentes un proceso de apelación unos a otros con la esperanza de «ganar» al otro cuando se ha producido una ofensa. Ese proceso implica la ayuda de otros creyentes e incluso, en casos de dureza de corazón, puede implicar la acción judicial de los tribunales de la iglesia (Mt 18:15-20). Pablo tampoco prohíbe apelar a la autoridad civil ordenada por Dios (Ro 13:1-7) en casos de actividad delictiva (de hecho, ignorar y ser negligente en tales casos causa mucho daño a las víctimas del delito y al nombre de Cristo). Pero cuando los cristianos han llegado al punto de buscar el castigo por conflictos personales ante los incrédulos, algo está profunda y terriblemente mal en nuestros corazones y en nuestra iglesia.

Los cristianos de Corinto necesitaban una corrección cruciforme de la inclinación de sus corazones en sus conflictos unos con otros en su época. Tal vez nosotros también la necesitemos. Las preguntas de Pablo en 1 Corintios 6 nos impulsan a imitar a nuestro Salvador, una imitación que no manifiesta la sabiduría autopreservadora de esta época, sino la sabiduría abnegada de Aquel que se entregó por nuestros pecados y que, por Su Espíritu, vive ahora en nosotros para formarnos a Su semejanza (Gá 2:20).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

John Currie
El Dr. John Currie es coordinador del departamento y profesor de teología pastoral en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y ministro de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

El Orgullo Doctrinal

Por Matt Foreman

El breve ensayo de Jonathan Edwards sobre el Orgullo Espiritual sin Indulgencia 1 es algo que todos los pastores o cristianos deben leer en posiciones de liderazgo. En ese trabajo, Edwards escribe: «La primera y la peor causa de errores que prevalecen en [nuestros días], es el orgullo espiritual . Esta es la puerta principal por la cual el diablo entra en los corazones de aquellos que tienen celo por el avance de la religión «. 2 Hay algunos asuntos más difíciles de hablar y más insidiosos que el orgullo espiritual. ¿Cómo recomienda un artículo sobre el orgullo espiritual a alguien sin ser acusado de orgullo espiritual? ¿Cómo se escribe un artículo sobre el orgullo espiritual sin estar sujeto al orgullo espiritual? Incluso hablar de eso es un peligro. Pero se debe hablar de eso.

Hay un tipo específico de orgullo espiritual sin discernimiento que creo que no se discute con frecuencia y es especialmente difícil de reconocer: el peligro de la justicia doctrinal . Lamentablemente, creo que es un peligro particularmente frecuente entre los cristianos reformados y con mentalidad teológica. Es un peligro en el que he caído a veces. Por justicia doctrinal, me refiero a confiar en tu corrección doctrinal como tu justicia, en lugar de confiar en Cristo como tu justicia. La diferencia puede ser muy sutil y, por supuesto, estará marcada por la humildad o el orgullo.

Conocer sobre Dios vs. Conocer a Dios
Frente a un evangelicalismo anti-intelectual y teológico,poco profundo, el cristianismo reformado se ha preocupado justamente por la importancia de la teología. La Biblia es un libro teológico. Conocer a Dios requiere que sepamos acerca de Dios. Nuestra relación con él requiere doctrina.

Pero también es posible confiar en su conocimiento sobre él más que confiar en él personalmente. Puedes tener un conocimiento teórico de algo y no un conocimiento experiencial de algo. Algunas personas saben mucho pero eso no conduce a la fe, la esperanza y el amor. Para parafrasear a Tim Keller diciendo: «Hay una diferencia entre poseer la verdad y que la verdad te posea. Hay una diferencia entre confiar en su comprensión de él , en lugar de confiar en su comprensión de usted «. (El apóstol Pablo a menudo enfatiza este matiz: “Pero ahora que conocéis[a] a Dios, o más bien, que sois[b] conocidos por Dios …” – Gal. 4:9).

Cuando ‘tienes’ la verdad, la tienes; tienes dominio sobre eso. Cuando la verdad «te tiene», estás bajo ella, humillado por ella, moldeado por ella; te domina. Uno está basado en el orgullo; el otro conduce a la humildad. Algunas personas pueden tratar implícitamente su teología como algo captado sobre la base de su propia fuerza e intelecto, en lugar de un conocimiento personal de Dios recibido por gracia a través de la fe que los humilla y les da forma.

Discernimiento De La Justicia Doctrinal
Edwards señala que el orgullo espiritual puede ser difícil de discernir y ocultar fácilmente porque puede parecer justicia y preocupación por la verdad. Se ve bien, hasta que no lo hace. Él dice: «El orgullo espiritual en su propia naturaleza es tan secreto, que no se discierne tan bien por la intuición inmediata sobre si misma, como por los efectos y los frutos de ella … El orgullo espiritual se dispone a hablar de los pecados de otras personas … el orgullo es espiritual es muy propenso a sospechar de los demás; mientras que un santo humilde es muy celoso de sí mismo, desconfía tanto de cualquier cosa en el mundo como de su propio corazón»3.

La justicia doctrinal es muy similar. Se discierne más exactamente en su fruto: por la forma de comunicación de alguien, por su respuesta a la crítica o la corrección. El ídolo de la justicia doctrinal está especialmente expuesto en una actitud defensiva enojada y hostil cada vez que se cuestiona. Esto se debe a que se ha convertido en una cuestión de identidad y rectitud personal. Para hacer eco de Edwards, aquí hay algunas evidencias posibles de una persona doctrinalmente justa:

· Propenso a la crítica y la sospecha de la fidelidad doctrinal de los demás.

· Pasar una cantidad excesiva de tiempo en la crítica de las posturas de los demás, en lugar de una promoción positiva de la belleza del Evangelio.

· Creer que la corrección doctrinal es un requisito para la salvación personal.

· Tener una comprensión estrecha y formulista de las doctrinas teológicas, con la rapidez para ser sospechoso y atacar cualquier formulación que no concuerde exactamente con el lenguaje propio.

· Ponerse rápidamente a la defensiva, enojado e impaciente cuando se expresan preguntas y preocupaciones con respecto a su posición doctrinal; tomándolo personalmente

· Corregir a los demás con dureza e impaciencia.

· Pasar tiempo excesivo discutiendo (en realidad peleándose) sobre teología en línea (o fuera de línea), mientras se descuida la devoción personal, la oración, la familia, las relaciones, el servicio, etc.

· Tratar cada artículo de teología en cada discusión como una colina en la que morir.

· Amar la verdad y las ideas más que a las personas (y a Dios).

· Menospreciar y desconfiar del énfasis en lo «experiencial» en la vida cristiana.

· Justificar el estudio teológico mientras se descuida o minimiza el papel de las relaciones, el asesoramiento y el servicio a los demás en la iglesia.

· Creer que el ministerio pastoral implica el estudio y la predicación con exclusión de la hospitalidad, el ministerio personal, el discipulado, el asesoramiento, etc.

· En el debate doctrinal, creer que la Teología Histórica debe asumir el papel principal; refiriéndose primero y principalmente a Confesiones y Credos, incluso sobre la Biblia.

· Creer que el Confesionalismo es una guía y solución suficiente para el desvío doctrinal y la espiritualidad personal.

· Ser ciego a los pecados personales, debido a la certeza sobre la correcta doctrina. Asumiendo que la corrección doctrinal debe garantizar la corrección ética, la sabiduría y la moralidad personal.

· No creer que la justicia doctrinal es incluso una posibilidad o preocupación legítima.

· Escribir artículos sobre justicia doctrinal para afirmar su propia virtud espiritual. (¿Puedes ver lo pernicioso que es esto?)

Para que no se malinterprete el punto, ser ‘Valiente para la Verdad’ es algo bueno. Ser celoso para defender la doctrina no es automáticamente orgulloso. Aquellos que defienden vocalmente la doctrina bíblica no deben ser automáticamente asumidos o juzgados como doctrinalmente justos. De hecho, la doctrina bíblica necesita ser defendida y afirmada valientemente y con firmeza. De manera similar, la teología histórica y el Confesionalismo Reformado son crucialmente importantes: ¡un ‘Imperativo de Credo’! Una actitud negativa hacia la teología histórica y una minimización de la importancia del Confesionalismo es peligrosa. Tal actitud por sí misma revela su propio problema de autosuficiencia y falta de humildad.

¡Pero eso es lo que hace que la justicia doctrinal entre hombres y mujeres ortodoxos sea tan particularmente perniciosa! ¡Puede parecer tan justo! Pueden ser los doctrinalmente preocupados y fieles quienes pueden estar en mayor peligro de orgullo doctrinal. Puedes tener razón y estar luchando en las batallas correctas, y aún estar equivocado. Tristemente, la historia nos muestra repetidamente a hombres teológicamente ortodoxos, confesionales, que lucharon por la verdad en las batallas correctas … y sin embargo, quienes probaron que ni siquiera eran cristianos, que abandonaron la fe o cayeron en pecado no arrepentido . ¿Cómo sucede eso? El celo por la verdad a veces puede llegar a ser completamente egoísta y abstraído de cualquier fe real en Dios. Es aterrador lo fácil que es confiar en el lugar equivocado.

CS Lewis advirtió profundamente que » C.S. Lewis advirtió que «De todos los hombres malos, los religiosos son los peores». Es de los que tienen una vocación, visión y celo más elevados «que se puede hacer algo realmente diabólico; un inquisidor, un miembro del Comité de Seguridad Pública. Son los grandes hombres, los santos en potencia, no los hombres pequeños, los que se vuelven fanáticos despiadados…. Porque lo sobrenatural, al entrar en el alma humana, le abre nuevas posibilidades del bien y del mal. A partir de ahí el camino se ramifica: un camino hacia la santidad, el amor, la humildad, el otro hacia el orgullo espiritual, la justicia propia, el celo perseguidor…. De todos los hombres malos, los malos religiosos son los peores. De todos los seres creados, el más malvado es aquel que originalmente estuvo en la presencia inmediata de Dios».

Sin Amor, No Soy Nada
No podemos pensar que el conocimiento nos lleve al cielo o nos asegure nuestro lugar. El apóstol Pablo correctamente advirtió que “El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Cor. 8:1). «Si… entendiera todos los misterios y todo conocimiento,…pero no tengo amor, nada soy” (1 Cor.13:2). Pablo anticipa que puedes entender mucho y no tenerlo como real y poderoso sobre tu corazón. El conocimiento en sí mismo puede ser un peligro y un engaño.

Entonces él constantemente argumenta que el verdadero fruto del Espíritu es «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio» (Gal.5:22-23). Él repetidamente dice de los maestros cristianos: “Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen,” (2 Tim 2:24-25). ¡Estas cosas son tan importantes como el contenido de lo que se enseña! No debe haber una dicotomía falsa entre hablar la verdad y hacerlo en amor. No puede haber uno sin el otro. Un verdadero celo por la verdad está formado por el quebrantamiento ante la Cruz.

El antídoto contra la justicia doctrinal es una fe personal y una esperanza solo en Cristo, que conduce a la humildad personal y al amor compasivo. La teología no te salva; Jesús lo hace. Y eso crea humildad y gracia en el corazón.

John Newton tenía razón cuando dijo: “Si alguna vez llego al cielo, espero encontrar tres maravillas allí: Primero, conocer a algunos que no había pensado ver allí; segundo, echar de menos a algunos que había pensado encontrar allí; y tercero, la mayor maravilla de todas, ¡encontrarme allí!.” Que Dios nos conceda tal humildad, confianza y maravilla ante la gracia de Dios.

  1. Parte IV, Sección I de su obra más extensa, Algunos Pensamientos Sobre El Presente Avivamiento De La Religión, Edwards, J. (1974). Las Obras de Jonathan Edwards (Vol. 1, p. 398-403). Banner de Truth Trust.
  2. Ibid. p.398-399.
  3. Ibid. p.399.

Matt Foreman

Es pastor de Faith Reformed Baptist Church. Matt es graduado de Furman University y Westminster Theological Seminary en Philadelphia. Actualmente se desempeña como Presidente de la Asamblea General de la Reformed Baptist Network , como secretario del Comité de Misiones de RBN y como profesor de Teología Práctica en el Reformed Baptist Seminary.

Querido pastor: No te compares

Querido pastor: No te compares
Michael Staton 

Este es un artículo de nuestra serie «Querido pastor», en el que proporcionamos a pastores reales situaciones ficticias y les pedimos que respondan en una carta. Esta situación—aunque inventada—representa a innumerables pastores que experimentan luchas similares.
Nuestra meta es servirte, querido pastor.

Situación: 

Un querido amigo te llama. Ha sido pastor durante varios años. El desánimo en su voz es evidente. Admite que su iglesia se está reduciendo, pero que parece que todas las iglesias de sus amigos pastores están creciendo. Sus iglesias tienen múltiples servicios y contratan nuevo personal para mantener el ritmo de crecimiento. Mientras tanto, recientemente, su pastor asociado tuvo que pasar a tiempo parcial porque el presupuesto es demasiado reducido. Se esfuerza mucho, dice, pero nada parece funcionar.

Oras por tu amigo y haces lo poco que puedes para animarle en el momento, pero no puedes sacártelo de la cabeza ni siquiera después de la llamada telefónica. Así que te sientas al día siguiente y le escribes una carta.

Querido pastor,

Gracias por tu honestidad al compartir conmigo lo que hay en tu corazón. Tal y como lo describiste, es desalentador trabajar con todas tus fuerzas sólo para ver que otras iglesias están cosechando recompensas más visibles. Tal vez algunas personas se sorprendan al escuchar que los pastores luchan con los celos ministeriales, pero permíteme asegurarte que esa lucha es común. Debes entender que esta preocupación no es inusual entre los pastores.

Dicho esto, no importa su prevalencia, el pecado debe ser tratado rápida y completamente. De hecho, los celos son un asunto que debemos confesar. Solo cuando deseamos las cosas del Señor podemos dejar atrás la envidia terrenal. Te animo a que te desprendas de los grilletes de la envidia pastoral y encuentres un sentido más profundo de confianza en el Señor. Considera estas tres preguntas para ayudarte.

¿Por qué luchamos con celos ministeriales?

El pastoreo puede ser sumamente desalentador. Amas a la gente, oras por ellos, trabajas para alimentarlos con la Palabra, y sin embargo puedes experimentar un crecimiento mínimo. ¿Pasas semana tras semana entregándote a tu preciosa gente sólo para ver que la asistencia disminuye? ¿Murmuran y parecen desinteresados en compartir la carga del ministerio? Eso duele. Mencionaste que sigues a otros pastores en Facebook. Cuando observas las publicaciones o escuchas las historias de otras iglesias que se ven obligadas a añadir múltiples servicios y a contratar personal adicional para mantenerse al día con el aumento de la asistencia, te haces vulnerable a la desesperación. Cuando dejas que la desesperación eche raíces, no pasará mucho tiempo antes de que las alegrías de otros se conviertan en una fuente de celos para ti.

En nuestro mundo de las redes sociales, vemos el «lado bonito» de innumerables iglesias. A veces, parece que todas las iglesias están floreciendo excepto la nuestra. Aunque es un gran regalo, la tecnología puede ser una fuente constante de inseguridad, alimentando nuestros sentimientos de insuficiencia. A menudo experimentamos celos ministeriales porque comparamos los puntos bajos de nuestro ministerio con los más destacados de otros. Te pido que no lo hagas.

¿Por qué los celos ministeriales son tan peligrosos?

Cuando permitimos que los celos habiten en nuestros corazones, no ponemos la gloria de Dios por encima de la nuestra. Si el Señor decide que una iglesia, un pastor o un ministerio específico reciba frutos visibles de su trabajo, es una oportunidad para que adoremos y alabemos al Señor por eso. Pero, cuando la envidia echa raíces, le robamos al Señor la gloria debida a su nombre y, en cambio, alimentamos esa semilla de la envidia y permitimos que crezca.

Además, los celos ministeriales convierten a otras iglesias en nuestra competencia, en lugar de colaboradores. Nunca debemos olvidar que dondequiera que veamos al Señor trabajando, Él nos está dando razones para alabarlo. Por supuesto, queremos que a nuestra propia iglesia local le vaya bien, pero debemos mantener una visión de la obra de Dios que es más grande que nosotros mismos. En otras palabras, el ministerio tiene que ver con el Reino, no con nuestro domicilio. Si olvidamos esto, comenzaremos a ver a otras congregaciones como rivales en lugar de verlas correctamente como hermanos y hermanas, que se asocian con nosotros para servir al Rey.

¿Cuáles son algunas maneras prácticas de superar los celos ministeriales?

Me gustaría ofrecer algunas maneras prácticas y útiles para combatir los celos. En primer lugar, comienza con un método estructurado para orar genuinamente por otros pastores. En mi caso, oro por otras iglesias y pastores cuando pienso en ellos, pero también he implementado un sistema para orar por otras congregaciones. Llego a mi estudio temprano el domingo por la mañana, saco mi «lista de oraciones por los pastores» y empiezo a orar por los nombres de estos hombres y sus iglesias. Tengo mi lista dividida en tres categorías: pastores de mi estado, pastores con los que estoy en contacto desde el seminario, y pastores que conozco de todo el país y de otras naciones. Al orar por estos hombres cada semana, le pido al Señor que los bendiga y fortalezca sus iglesias. Después de haber hecho esto durante años, me siento parte de sus ministerios al orar por ellos.

En consecuencia, cuando escucho que Dios está obrando entre ellos, mi corazón se llena de alegría. Los celos se alejan cuando nos apoyamos mutuamente en la oración. Cada victoria se comparte entre todos nosotros, ¡para la gloria de Cristo!

Una segunda estrategia práctica es mantenerse en constante comunicación con los hombres por quienes estás orando. Después de orar por estos hombres (mi lista tiene alrededor de 65 pastores e iglesias), les envío un breve texto haciéndoles saber que he orado por ellos. Quiero recordarles—a ellos y a mi propio corazón—que estamos trabajando juntos en la labor de predicar el Evangelio. Por supuesto, hay veces que sus iglesias pueden tener más señales visibles de crecimiento que la mía. Puede haber otras temporadas en las que mi ministerio tenga más fruto discernible que el de ellos. Sin embargo, he descubierto que la comunicación semanal con estos hombres fieles me ayuda a anhelar genuinamente que sucedan cosas buenas en sus ministerios y permite que mi corazón siembre semillas de apoyo, no de envidia. Después de todo, cuando escucho informes de la obra de Dios entre ellos, eso es literalmente una respuesta a mis oraciones.

Un último estímulo es hacerse esta pregunta regularmente: ¿He sido fiel al Señor esta semana? A menudo nos preguntamos qué piensa la congregación de nosotros. Nos preguntamos cómo evaluarían otros pastores lo que hacemos. Sin embargo, la única cuestión que merece nuestra atención constante es lo que el Señor piensa de nosotros. He descubierto que pedirle al Espíritu de Dios que escudriñe mi corazón y arraigue mi fidelidad sólo a Él es una manera eficaz de mantenerme satisfecho en el privilegio de ser un siervo de Cristo.

Cuando permitimos que los celos den su malvado fruto, nos sentimos insatisfechos y anhelamos lo que otro disfruta. Ninguno de nosotros es pastor del rebaño de Dios porque se lo haya ganado. Sin duda, esta vocación es costosa y supone un reto continuo. Sin embargo, tenemos el privilegio de ser portavoces del Dios altísimo. Él nos salvó, nos redimió, nos llamó, nos equipó y ahora nos utilizará como Él considere adecuado. Él ha sido más bondadoso con nosotros de lo que podríamos merecer. Servimos para Su gloria, y ninguna cantidad de reconocimiento o estima de los hombres podría igualar lo que ya se nos ha dado en Cristo.

Así que anímate, hermano mío. No estás solo en tu lucha contra los celos ministeriales. Pero también, toma acción, mi hermano. Los celos no son una debilidad que se debe tolerar. Acudamos al Señor en arrepentimiento y busquemos su ayuda. Ora por tus compañeros de milicia. Toma un papel activo orando por su éxito espiritual. Luego descansa sabiendo que el Señor te ha llamado al lugar en el que estás, y descansa en el gozo de saber que sólo su aprobación debe ser el deseo continuo de tu vida.

Tu hermano en Cristo,

Michael Staton

admisiones@tms.edu

Michael Staton

Michael Staton (D.Min., The Masters Seminary) is the Senior Pastor of the First Baptist Church in Mustang, Oklahoma, where he has served since 2000. He has been married to his wife Marcy for 24 years and they have two sons. For sermons and other writings, visit his ministry website at everywordpreached.com.

Yo soy un católico, ¿por qué debo considerar el convertirme en cristiano?

Primero, por favor comprende que no intentamos ofenderte en la redacción de esta pregunta. Verdaderamente recibimos preguntas de católicos, tales como; “¿Cuál es la diferencia entre católicos y cristianos?” En conversaciones cara a cara con católicos, literalmente hemos escuchado, “Yo no soy cristiano, soy católico” Para muchos católicos, el término “cristiano” y “protestante” son sinónimos. Con todo lo expuesto, el intento de este artículo es que los católicos estudien lo que dice la Biblia acerca de ser un cristiano, y quizás consideren que la fe católica no es la mejor representación de lo que describe la Biblia.

La diferencia clave entre católicos y cristianos es la visión que se tiene de la Biblia. Los católicos ven la autoridad de la Biblia al mismo nivel de la autoridad de la Iglesia y la tradición. Los cristianos ven la Biblia como la suprema autoridad para la fe y la práctica. La pregunta es, ¿cómo se presenta la Biblia a sí misma? 2 Timoteo 3:16-17 nos dice, “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” La Escritura, por sí misma, es suficiente para que el cristiano sea enteramente preparado para toda buena obra. Este texto nos dice que la Escritura no es “solo el principio”, o “solo las bases”, o el “cimiento para una más completa tradición eclesiástica.” Por el contrario, la Escritura es perfecta y totalmente suficiente para todo en la vida cristiana. La Escritura puede enseñarnos, reprendernos, corregirnos, entrenarnos, y equiparnos. Los cristianos bíblicos no niegan el valor de las tradiciones de la iglesia. Más bien, los cristianos sostienen que para que una tradición de la iglesia sea válida, debe estar basada en una clara enseñanza de la Escritura, así como estar en concordancia con la misma. Amigo católico, estudia la Palabra de Dios por ti mismo. En la Palabra de Dios encontrarás la descripción y la intención de Dios para Su iglesia. 2 Timoteo 2:15 dice, “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.”

Una segunda diferencia clave entre católicos y “cristianos bíblicos” es el entendimiento de la manera en que podemos aproximarnos a Dios. Los católicos tienden a aproximarse a Dios a través de intermediarios, tales como María o los santos. Los cristianos se aproximan a Dios directamente, ofreciendo oraciones a nadie más que a Dios mismo. La Biblia proclama que nosotros podemos aproximarnos al trono de Gracia de Dios confiadamente (Hebreos 4:16). La Biblia es perfectamente clara en que Dios desea que le oremos a Él, que tengamos comunicación con Él, que le pidamos a Él las cosas que necesitamos (Filipenses 4:6; Mateo 7:7-8; 1 Juan 5:14-15). No hay necesidad de mediadores o intermediarios, porque Cristo es nuestro único y solo mediador (1 Timoteo 2:5), y tanto Cristo como el Espíritu Santo, están ya intercediendo a nuestro favor (Romanos 8:26-27; Hebreos 7:25). Amigo católico, Dios te ama íntimamente y ha provisto una puerta abierta para una comunicación directa a través de Jesucristo.

La diferencia más crucial entre católicos y “cristianos bíblicos” está en el tema de la salvación. Los católicos ven la salvación casi enteramente como un proceso, mientras que los cristianos ven la salvación de dos formas; como un estado y un proceso. Los católicos se ven a sí mismos como “siendo salvados”, mientras que los cristianos se ven a sí mismos como “habiendo sido salvados”. 1 Corintios 1:2 nos dice, “… a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…” Las palabras “santificados” y “santos” vienen de la misma raíz griega. Este verso establece ambas cosas, que los cristianos son santificados y llamados a ser santos. La Biblia presenta la salvación como un regalo que es recibido al momento en que una persona pone su fe en Jesucristo como su Salvador (Juan 3:16). Cuando una persona recibe a Cristo como Salvador, él / ella es justificada, (declarada justa – (Romanos 5:9), redimida (rescatada de la esclavitud del pecado – 1 Pedro 1:18), reconciliada, (logrando la paz con Dios – Romanos 5:1), santificada (puesta aparte para los propósitos de Dios – 1 Corintios 6:11), y renacida como una nueva creación (1 Pedro 1:23; 2 Corintios 5:17). Cada una de estas características son hechos consumados que son recibidos al momento de la salvación. Los cristianos son entonces llamados a vivir y practicar (llamados a ser santos), lo que ya es una realidad, posicionalmente (santificados).

El punto de vista católico es que la salvación se recibe por fe, pero entonces ésta debe ser “mantenida” por buenas obras y participación en los Sacramentos. Los cristianos bíblicos no niegan la importancia de las buenas obras o que Cristo nos llama a observar las ordenanzas en memoria de Él y en obediencia a Él. La diferencia es que el punto de vista cristiano es que estas cosas son el resultado de la salvación, y no un requerimiento para la salvación, o un medio para mantener la salvación. La salvación es una obra completa, comprada por el sacrificio expiatorio de Jesucristo (1 Juan 2:2). Como resultado, todos nuestros pecados son perdonados y se nos promete la vida eterna en el cielo, al momento en que recibimos el regalo que Dios nos ofrece – la salvación a través de Jesucristo (Juan 3:16).

Amigo católico, ¿deseas esta “salvación tan grande” (Hebreos 2:6)? Si es así, todo lo que debes hacer es recibirla (Juan 1:12), a través de la fe (Romanos 5:1). Dios nos ama y nos ofrece la salvación como un regalo (Juan 3:16). Si recibimos Su gracia, por fe, tenemos la salvación como nuestra eterna posesión (Efesios 2:8-9). Una vez salvados, nada podrá separarnos de Su amor (Romanos 8:38-39). Nada puede arrebatarnos de Su mano (Juan 10:28-29). Si deseas esta salvación, si deseas obtener el perdón de todos tus pecados, si deseas tener la seguridad de tu salvación, si deseas tener acceso directo al Dios que te ama – recíbela y es tuya.

Esta es la salvación por la que Jesús murió para concedérnosla y la que Dios ofrece como un regalo.

¿Existe tal cosa como la autoridad eclesiástica?

Por Greg Gilbert

En nuestros días, es al menos ligeramente controvertido decir que la iglesia local no es solo una asociación voluntaria de cristianos, o un centro de recursos para tu vida cristiana, o un medio de confraternidad del que eres libre de aprovecharte si quieres. Probablemente sea igualmente controvertido decir que, de hecho, la iglesia local desempeña un papel único y vital en la obra de redención de Dios, porque es la embajada del reino de los cielos en este mundo oscuro y caído.

En otras palabras, la iglesia local fue creada por el mismo Rey Jesús, comisionada para hacer una cosa particular en el mundo, y dotada de autoridad para hablar en su nombre. Eso es lo que Jesús quiso decir cuando dijo: «Les doy las llaves del reino». Así que, ustedes —es decir, los creyentes que han afirmado mutuamente la solidez y autenticidad de la lealtad de cada uno al Rey, y se han reconocido unos a otros como miembros de un solo cuerpo— ustedes juntos, como iglesia, tienen ahora autoridad para hablar por mí con respecto al qué y al quién del evangelio, tanto lo que es el evangelio, como quién lo confiesa correctamente. Esas son las llaves [1].

Sin embargo, ¿cómo funciona todo esto en la práctica? ¿Cómo hace una iglesia local individual para utilizar estas llaves y ejercer esta autoridad que Jesús ha dado? Algunos dicen que la Biblia no habla del tema y, por tanto, nos queda el pragmatismo (lo que funciona); otros dicen que sí habla. También hay quienes defienden todo tipo de estructuras de gobierno eclesiástico: el episcopado (obispos con un papa a la cabeza), el presbiterio (conjunto de tribunales interconectados), el presbiterianismo modificado, en el que no hay jerarquía, pero la iglesia sigue siendo gobernada por sus ancianos, y el congregacionalismo.

Pero incluso entre los congregacionalistas, algunos dicen que una iglesia está dirigida por el pastor y los diáconos como una junta directiva; o una democracia pura; o incluso que una iglesia puede estar repartida en varios lugares en toda una ciudad o incluso estado o nación o en todo el mundo y dirigida por una persona o grupo de personas centralizado.

Entonces, ¿cómo podemos dar sentido a todo esto?

En primer lugar, quiero argumentar que la Biblia sí habla de este tema, y de hecho dice bastante. El Rey Jesús no ha dejado su embajada sin instrucciones sobre cómo debe organizarse y funcionar. De hecho, las instrucciones que da son de una forma de gobierno que podríamos llamar congregacionalismo dirigido por los ancianos, donde la iglesia reunida en su conjunto tiene y ejerce la autoridad de las llaves del reino, pero es dirigida y enseñada en ese uso de la autoridad por sus ancianos.

En pocas palabras, el Rey Jesús ha dado a todas las iglesias locales dos cosas: las llaves del reino y los ancianos para dirigir y enseñar cómo usarlas.

Espero que lo que sigue te sea útil para entender mejor por qué la iglesia es tan importante, no sólo para ti como cristiano individual, aunque eso es cierto, sino en la realización del propósito de Dios en el mundo de crear una nueva nación santa centrada en su Hijo.

Con ese fin, aquí hay siete puntos relacionados con las llaves del reino, y cómo las iglesias locales ejercen la autoridad a través de su uso.

  1. Jesús da las llaves del Reino a asambleas reales de creyentes: grupos de ellos que se reúnen regularmente

Si asistieras a la iglesia que pastoreo, entre las primeras cosas que escucharías es a nuestro líder de servicio decir: «Bienvenidos a esta reunión de la Third Avenue Baptist Church». Este lenguaje es importante. ¿Por qué? Porque el hecho de reunirnos —nuestra reunión— no es algo accesorio a nuestra identidad como iglesia. De hecho, es esencial para ella, y hay varias razones bíblicas para pensar así. Brevemente, aquí hay tres.

Es justo lo que la palabra traducida como «iglesia» significa

«Iglesia» en sí es una palabra terrible: es una palabra del inglés antiguo tomada de la palabra griega kyrikon, que significa la casa del Señor, que significa, literalmente: «el edificio en el que vivía un señor». Este es un uso horrible, y me gustaría que dejáramos de usarlo. Después de todo, esa palabra kyrikon nunca se usa en la Biblia; lo que se usa en la Biblia es la palabra ekklesia, que significa «asamblea o reunión». Esa es la palabra que Jesús eligió para describirnos: un grupo de creyentes que se reúne para hacer ciertas cosas.

  1. 2. Las imágenes que la Biblia utiliza para describir la iglesia apuntan a esta unió.

Un edificio hecho de piedras vivas, un cuerpo con sus miembros, un rebaño de ovejas. Todas ellas apuntan a algo que está literalmente unido, que tiene una ubicación geográfica física literal.

  1. 3. Las responsabilidades que Jesús da a la iglesia suponen esta unión

Si hemos de afirmarnos, protegernos y discipularnos los unos a los otros, como dice Jesús, y hacerlo con algún conocimiento real de los demás, eso supone que estaremos juntos con regularidad para construir el tipo de conocimiento relacional que permite que todo eso ocurra.

Por todo ello, la Third Avenue Baptist Church nunca será lo que se ha dado en llamar recientemente una «iglesia» multisitio. De hecho, es por lo que —para ser muy precisos— no existe realmente una iglesia multisitio, al igual que no puede haber un edificio multisitio o un cuerpo multisitio.

Esta es la cuestión: Una iglesia no se define solo por un nombre compartido o un liderazgo o un presupuesto o unas oficinas. Es un grupo de cristianos que regularmente —la Biblia diría que semanalmente, en el día del Señor— se reúnen para llevar a cabo las funciones de una embajada del Rey Jesús. Eso es exactamente lo que hizo la primera iglesia de Jerusalén: los diez mil se reunían en el pórtico de Salomón hasta que la persecución les obligó a dispersarse, y entonces no se convirtieron en franquicias o brazos o campus de un «pórtico de Jerusalén» centralizado; se convirtieron en nuevas embajadas o iglesias propias que funcionaban plenamente.

Así que Jesús da llaves a las asambleas reales de creyentes.

  1. Jesús da las llaves del Reino a la congregación reunida, a nadie más

Este es un punto bastante simple, pero crucial, y si lo entiendes, responderá a mil preguntas de una sola vez con respecto a cómo se supone que debe organizarse y funcionar la iglesia. Jesús da autoridad a la congregación reunida, no a un grupo de ancianos o presbiterio u obispo o papa.

Mira Mateo 18:15-17. El último paso que menciona Jesús es «decírselo a la iglesia», no «decírselo a los ancianos» o apelar al colegio de cardenales o al papa. Lo que dice la iglesia es válido. También se puede ver en la carta de Pablo a las iglesias de Galacia. Han sido enseñados por falsos maestros, pero Pablo no hace responsables a esos maestros en última instancia; ¡hace responsables a las iglesias por aceptar la enseñanza! Incluso dice que tienen el derecho de rechazarlo a él o a un ángel del cielo si está enseñando algo contrario al evangelio. Ellos —no él, ni los maestros, ni los ángeles— tienen las llaves y el derecho de hablar en nombre de Jesús.

Así que eso es lo que quiero decir cuando digo que las iglesias deben ser «congregacionales». Significa que, bajo el Rey mismo, el último tribunal terrenal de apelación en asuntos relacionados con el quién y el qué del evangelio es la congregación reunida. No los ancianos, no el presbiterio o el papa o la junta de diáconos, y no tú como individuo, sino toda la congregación.

Por tanto, cada miembro de mi iglesia tiene actualmente 1/423 de responsabilidad en asegurarse de que el evangelio se predique fielmente. Y no solo por el tiempo que estén aquí, sino por los siglos venideros. Cientos de santos lo hicieron durante más de 130 años, y si Jesús no vuelve, deben asegurarse de que esta embajada del Rey esté aquí durante 130 años más.

  1. El poder de las llaves es la autoridad para proteger a la iglesia y su testimonio, y para extender el alcance del Reino de Jesús

Proteger y extender. ¿De dónde viene esto?

Puedes verlo en lugares particulares del Nuevo Testamento, pero primero quiero que veas que esta autoridad para proteger y extender no se construye sólo a partir de algunos textos de prueba. En realidad, es la culminación de una historia que se viene desarrollando desde el Huerto de Edén.

Para ir al grano, Dios le dio a Adán cierto trabajo en el Edén, cierto oficio que debía desempeñar. Este oficio tenía dos partes: debía ser sacerdote y rey en el Edén. Como rey, debía tener dominio, multiplicarse y expandirse y, en última instancia, someter la tierra bajo él y, en última instancia, bajo Dios. Como sacerdote, al igual que los sacerdotes posteriores en el Templo, debía guardar el Huerto, protegiéndolo de la impureza y el mal. Pero, por supuesto, fracasa completamente. En lugar de proteger el Huerto, de Satanás, se une a la rebelión de Satanás.

Toda la historia de la Biblia es la historia de cómo Dios restauraría esos dos oficios enviando a alguien que actuaría como rey y como sacerdote en todas las formas en que Adán falló. Y a través de los altibajos, las esperanzas y las desesperaciones, esa promesa finalmente llega a descansar sobre los hombros de Jesús. Él es el rey que Adán debería haber sido y que somete al mundo; él es el sacerdote que Adán debería haber sido y que destruye a Satanás.

Pero aquí está lo mejor: cuando reconoces tu pecado, confías en Jesús, te arrodillas ante él y te unes a él por la fe, la Biblia dice que también tú asumes esos dos cargos. Asumes las responsabilidades de la realeza y el sacerdocio, de proteger el lugar de la morada de Dios y de extender el alcance de su Reino. Pero no puedes quedarte ahí y afirmarlo por ti mismo; alguien tiene que afirmar que realmente tienes esos cargos, que realmente estás unido a Jesús.

Eso es lo que hacen el bautismo y la membresía. Es la iglesia diciendo al mundo: «Sí, por lo que vemos, eres cristiano. Así que ahora, únete a nosotros en el ejercicio de esta autoridad y responsabilidad para proteger y extender el Reino».

Los miembros de la iglesia tienen la tarea de proteger su testimonio y extender el alcance del Reino de Dios. Veamos cada una de ellas individualmente.

  1. La iglesia ejerce su autoridad real para extender el conocimiento y el reconocimiento del Reino de Jesús mediante la evangelización

En otras palabras, la Gran Comisión define muy particularmente esa autoridad. Esto no es terriblemente controvertido, pero fíjate que he llamado al evangelismo una autoridad, no solo una responsabilidad. Es una responsabilidad, pero también es una autoridad, un derecho que nos ha dado el Rey Jesús. Quiero decir, piensa en la redacción: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id».

Es por eso que ninguna frontera nacional o programa de persecución y supresión detendrá jamás a la iglesia en su trabajo de proclamar el evangelio y hacer discípulos. Porque es una obra respaldada por la autoridad del Rey del universo.

  1. La iglesia ejerce su autoridad sacerdotal para proteger la integridad del Reino de Jesús a través de la membresía y la disciplina eclesial

Cuando una iglesia trae a alguien a la membresía, está diciendo: «Sí, pareces entender el evangelio y realmente creerlo; pareces estar sometido y unido a Jesús». Este es un tipo de protección ofensiva, marcando los límites en la parte delantera.

Pero también hay otro tipo de protección, una defensiva. Esto sucede cuando una iglesia tiene que decir a uno de sus miembros: «Ahora, tu vida no parece la de un cristiano, y si vas a aferrarte a tu pecado y a abandonar a Cristo, no podemos dejar que sigas viviendo así mientras te llamas cristiano». En otras palabras, la iglesia invalida o desafía la pretensión de ese individuo de ser cristiano. Históricamente, esa acción se ha llamado disciplina eclesial.

Jesús habla de esto en Mateo 18, donde dice que debe ser tratado como un extraño. Pablo habla de esto en 1 Corintios 5, donde Pablo dice que hay que quitar al hombre pecador, juzgarlo, limpiarlo, incluso purgarlo-amputarlo del cuerpo como un miembro gangrenado.

Entonces, ¿qué significa eso? ¿Qué sucede realmente? Esto no es en absoluto la idea católica romana de la excomunión, donde se argumenta que a través de la excomunión la iglesia está realmente enviando a alguien al infierno. Solo el Rey Jesús tiene esa autoridad. Pero es decir: «No vamos a seguir afirmando tu profesión de fe porque tu vida no se ajusta a lo que significa ser cristiano». Así que no afirmamos tu bautismo; ya no te damos la bienvenida a la Cena del Señor. Esto no es poca cosa, e incluso si las iglesias locales no tienen la autoridad para enviar a los impenitentes al infierno, cuando se dicta esa clase de juicio considerado, debería hacer que una persona temiera que el mismo Rey Jesús dijera un día: «Nunca te conocí».

Observa también que las iglesias locales no toman esta acción por cualquier cosa. Todos los cristianos pecan, y las iglesias no deben perseguir la excomunión solo porque un miembro tuvo un pensamiento codicioso o dijo algo demasiado brusco. No, las iglesias ejercen esta autoridad por pecados que son graves, externos y sin arrepentimiento.

Graves

Los pecados graves son aquellos que son poco comunes para los cristianos, aquellos que, ya sea por su naturaleza o por su patrón repetido, hacen que se cuestione si una persona realmente es un cristiano que está en guerra contra la carne.

Externos

Una iglesia no debe ejercer la disciplina por cosas como el orgullo, sino solo por pecados externos y visibles.

Sin arrepentimiento

En cada acto de disciplina, la meta es el arrepentimiento, por lo que una iglesia nunca debe excomulgar a un cristiano que profesa arrepentimiento por un pecado particular. Por supuesto, el arrepentimiento no significa solo decir lo siento. Puedo imaginar situaciones en las que las simples profesiones verbales de arrepentimiento no son inmediatamente creíbles, lo que lleva a la iglesia a tomarse un tiempo para determinar si el arrepentimiento es genuino (por ejemplo, después de una temporada de mentiras habituales o de un pecado particularmente escandaloso).

La disciplina eclesial confunde con demasiada frecuencia a la gente. Piensan que es mezquina, o que su propósito es humillar y avergonzar. Pero eso no es cierto en absoluto; la Biblia tiene varios propósitos para la disciplina en la iglesia y, lejos de ser un acto de mezquindad u odio, es en realidad un profundo acto de amor.

Amor por el individuo, porque la meta es siempre el arrepentimiento. En Mateo 18, Jesús habla de «ganar a tu hermano». En 1 Corintios 5, Pablo anima a la iglesia a disciplinar «para que se arrepienta y se salve», lo que tal vez ocurra (2 Co. 2:6-7). La disciplina es la iglesia diciéndole a un hombre o mujer: «Si persistes, es peligroso».

Amor por la iglesia, porque advierte y protege a los demás miembros, diciéndoles también: «¡No hagas esto!».

Amor por el mundo que nos observa, porque permite a la iglesia hablar con claridad acerca de cómo es el cristianismo.

Amor por Jesús, porque nos tomamos en serio su honor y su reputación.

En este punto, sin embargo, surge una pregunta: ¿No puede la iglesia equivocarse? ¿No puede disciplinar equivocadamente? Sí, por supuesto. Y existen al menos dos remedios para eso. El primero es que el Rey Jesús arreglará todo al final. El otro es que las iglesias locales son libres de no estar de acuerdo y actuar para recibir a una persona previamente disciplinada como miembro.

Aunque la disciplina eclesial es siempre una acción pesada y triste, es una acción que en última instancia nace del amor y tiene como objetivo el bien de la persona disciplinada. No se trata de decir: «te odiamos», sino «te amamos y queremos que te arrepientas y seas restaurado».

  1. Los ancianos dirigen a la iglesia en su ejercicio de las llaves

Donde hay una iglesia en la Biblia, hay ancianos. Y esos ancianos tienen un papel específico: dirigir a la iglesia en su ejercicio de la autoridad que Jesús ha dado. Observa que los ancianos no poseen las llaves; la iglesia sí. Pero los ancianos dirigen a la iglesia cuando ésta las usa. No se trata solamente de un papel de asesoramiento. Hay una autoridad real en ese liderazgo.

Por eso hay lugares en la Biblia como Hebreos 13:17: «Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos». O, Hechos 20:28 donde Pablo los llama «obispos». O 1 Pedro 5 donde Pedro dice que hay que «estar sujetos» a los ancianos.

Este tipo de lenguaje asusta a la gente, porque la autoridad en general y la sumisión a la autoridad suelen tener mala fama, y con justa razón en muchos casos. Pero en toda la Biblia, la autoridad se nos presenta como algo bueno y vivificante cuando se utiliza correctamente.

Esto se aplica a la autoridad que tienen los ancianos en la iglesia. Pero también hay un tipo de autoridad que tienen los ancianos, no tanto una autoridad de mando, sino una autoridad de consejo. Los Estados y los padres tienen autoridad de mando; ellos hablan, y luego tienen autoridad inmediata para hacer cumplir a través de la espada o la vara.

Pero a algunas autoridades, incluso a la mayoría, no se les dan los medios para hacerlos cumplir; en cambio, confían en la rendición de cuentas que se le dará a Jesús al final. Ese es el tipo de autoridad que tienen los ancianos: una autoridad de consejo. Pueden recomendar y explicar, pero no pueden imponer. Es por eso que la Biblia hace tanto hincapié en que los ancianos deben ser capaces de enseñar, porque así es como los ancianos ejercen la autoridad, enseñando la Palabra y persuadiendo.

Algunos podrían escuchar eso y pensar: «Oh, bueno, bien. Eso no es una autoridad real». Pero lo es porque es una autoridad respaldada por Jesús. Si los ancianos aconsejan y tú te niegas, no ha terminado; rendirás cuenta de ello al final. Tal vez tengan razón, tal vez no, pero es sabio ser cuidadosos.

En la práctica, esto se traduce en el mecanismo de que los ancianos recomiendan y la iglesia vota. La iglesia siempre tiene el derecho y la autoridad de rechazar las recomendaciones de los ancianos, e incluso de destituirlos y reemplazarlos. Pero, de nuevo, tiene que estar dispuesta a rendir cuentas, lo que me lleva al último punto.

  1. La relación entre una iglesia y sus ancianos debe ser de confianza, no de escepticismo

A veces la gente piensa que la mejor postura para una iglesia es poner freno a los ancianos, para mantener sus pies en el fuego. Incluso puede haber algo de teología detrás de eso: tienen una naturaleza caída y son pecadores y, por tanto, al igual que el gobierno de Estados Unidos, necesitamos controles y equilibrios para evitar que se descarrilen.

Pero la iglesia no está destinada a funcionar como el gobierno estadounidense. De hecho, el gobierno de los Estados Unidos fue diseñado para operar en el escepticismo mutuo: las ramas del gobierno buscan su propio poder y están en tensión. Está diseñado para que haya controles y equilibrios precisamente porque los Fundadores sabían que la nación estaba formada por personas egoístas.

Pero la iglesia es fundamentalmente diferente, y debemos partir de la base de que, sí, tenemos una naturaleza caída, pero también hemos sido regenerados. Por tanto, las relaciones deben estar marcadas en última instancia por la confianza, no por los controles y el escepticismo.

En la práctica, esto significa que es realmente bueno cuando una iglesia tiene una racha de votos unánimes. Puede ser frustrante para algunos, porque pensarán que es un fracaso del tipo de congregacionalismo robusto que desean. Si los votos son unánimes, lo atribuyen a la apatía de la congregación o, peor aún, a la intimidación de los ancianos.

Aunque podrían ser esas cosas, yo diría que también podría apuntar a una congregación que está confiando en sus ancianos de la manera que Jesús quería. De hecho, si una iglesia tiene demasiados votos divididos, ¡probablemente necesita conseguir nuevos ancianos en los que pueda confiar!

¿Pero qué pasa con el voto negativo? Básicamente, si vas a votar en contra, necesitas hacerlo con total integridad. Lo que quiero decir es que debes desear realmente que la moción contra la que votas fracase. El peor tipo de voto negativo es aquel en el que una persona no quiere realmente que fracase —porque las consecuencias serían demasiado grandes o lo que sea—, pero vota que no de todos modos para hacer una declaración y solo confía en que el resto de la iglesia la apruebe.

Si decide votar en contra, hazlo con integridad, porque realmente piensas que es un mal uso de las llaves, que vale la pena actuar en contra de la recomendación de los ancianos y que estás dispuesto a rendir cuentas ante Jesús algún día.

La intención de Jesús es que la relación entre los ancianos y las iglesias locales no esté cargada de tensiones y conflictos, sino que sea una hermosa relación de confianza y amor. Después de todo, la Biblia dice que los ancianos son regalos para la iglesia, dados por el Rey desde el trono del cielo. También dice que los ancianos deben hacer su trabajo recordando siempre que Jesús compró a estas personas para sí mismo con su sangre, que se identifica con ellos, y que abusar de ellos es abusar de él.

Traducido por Nazareth Bello


Nota del editor: Este artículo ha sido compilado a partir de notas de sermones y una transcripción. Para más información sobre estos temas, considera los libros de Jonathan Leeman: La autoridad de la congregación, La membresía de la iglesia: Cómo sabe el mundo quién representa a Jesús, y La disciplina en la iglesia: Cómo protege la iglesia el nombre de Jesús.

Por Greg Gilbert
Greg Gilbert es el pastor principal de Third Avenue Baptist Church en Louisville, Kentucky. Lo puedes encontrar en Twitter en @greggilbert.

NOTAS A PIE DE PÁGINA:

[1] Para un tratado detallado de «Las llaves del reino», véase el cuarto capítulo de Don’t Fire Your Church Members [No despidas a los miembros de tu iglesia], de Jonathan Leeman.

Los necios no saben ser diligentes

Por Pepe Mendoza

Todo hombre prudente obra
con conocimiento,
Pero el necio ostenta necedad
(Pr 13:16).

Un aparato electrónico nuevo viene acompañado de dos pequeños pero voluminosos folletos a los que les prestamos poca atención. Ambos están escritos en muchos idiomas y, a decir verdad, con una letra minúscula difícil de leer. Uno de ellos es la garantía del producto, escrita con una fraseología legal casi cuneiforme, que parece importante para el fabricante pero poco o nada para el consumidor. El otro librito es el manual de operación. Uno debe buscar su idioma y luego se supondría que deberíamos darle una leída exhaustiva no solo para saber operar el dispositivo, sino también para sacarle el máximo provecho. Sin embargo, seamos sinceros: la emoción nos gana. Después de abanicar un par de páginas, preferimos operar el gadget usando el famoso «sentido común intuitivo» y el conocido «un amigo tiene uno parecido…».

Podría decir, con un mínimo margen de error, que una de las formas más seguras para poder diferenciar un sabio de un necio es si lee o no lee el manual del fabricante. Tengo que confesar que a veces he dañado equipos o tenido que desarmar un mueble por completo (porque lo armé al revés), y son infinitas las veces que he utilizado equipos sin conocer todas sus ventajas… todo por no leer el manual. Todo por no ser prudente y obrar sin conocimiento. Todo por ostentar con creces mi necedad.

Hace muchos años memoricé una frase que no es bíblica, pero es muy cierta: «Lo que el necio hace al final, el sabio lo hace al principio». Tómate un minuto para pensar en esas palabras. ¿Por qué el necio termina haciendo lo que ya el sabio hizo desde el principio? La razón es muy sencilla y tiene que ver con el conocimiento. Mientras que el necio se atreve a caminar por la vida «ensayando» posibilidades, el sabio va a lo seguro porque sabe lo que hay que hacer. Esto me lleva a asegurar que las cosas solo se pueden hacer de manera sabia porque nada saca uno atornillando al revés, como dicen en algunos países. Llegará el momento en que habrá que hacerlo como se debe hacer.

Podré cansarme de tratar de hacer las cosas a mi modo, una y mil veces, pero tarde o temprano tendré que rendirme y hacerlas según las directrices del manual de funcionamiento. Es probable que el sabio ya esté en otra cosa productiva desde hace mucho tiempo, mientras que el necio ha gastado tiempo, esfuerzo y hasta dinero para que al final haga lo que el sabio hizo al principio.

La necedad, es decir, esa terquedad que hace que no haga lo que tenga que hacer (aunque lo sepa), muchas veces va unida a la pereza. La sabiduría, por el contrario, se acompaña de la prudencia y la diligencia, que son el cuidado sensato y entendido al realizar una tarea con presteza. Por eso el maestro de sabiduría dice: «El alma del perezoso desea mucho, pero nada consigue, sin embargo, el alma de los diligentes queda satisfecha» (Pr 13:4).

Me generó mucha curiosidad el uso de la palabra «alma» en el pasaje anterior. Esta palabra expresa el ser interior, la persona misma, el yo, pero también involucra aquello que está en la esencia de lo que eres como ser humano. En ese sentido, el pasaje nos dice que el alma de un necio tiene muchos deseos, antojos o anhelos que nunca llega a satisfacer por su pereza. Pero no solo son incumplidos por la pereza, sino también porque son imposibles de alcanzar al estar realmente fuera de la realidad. Un necio desea imposibles como, por ejemplo, aprobar un examen sin haber estudiado o ganar una maratón luego de entrenar solo por dos días. Ambas cosas son loables y deseables, pero son deseos necios mientras no van acompañados por la diligencia que obliga a estudiar o a entrenar para lograr el objetivo anhelado. 

Una vez escuché decir que los cementerios están llenos de genios de la música, de las artes, el deporte y las ciencias que no lograron serlo porque se quedaron solo como promesas. No se comprometieron en desarrollar con esfuerzo su talento natural y así adquirir destreza y conocimiento mientras vivían. Al final, un sabio «obra con conocimiento» y produce fruto, mientras que el necio solo hará gala de una grandeza que es solo deseo subjetivo que se evapora al toparse con la realidad.

El sabio es aquella persona que, como dijo Jesús, «oye la palabra y la entiende» (Mt 13:23a). Nuestra primera responsabilidad es huir de la necedad ignorante a la sabiduría que surge de la obediencia a la Palabra de Dios porque, «El que desprecia la palabra pagará por ello, pero el que teme el mandamiento será recompensado» (Pr 13:13). Una vida sabia no es una vida llena de deseos incumplidos, sino una vida esforzada y entendida, transformada por la obra de Cristo. Una vida llena de logros para la gloria de Dios porque, «sí da fruto y produce, uno a ciento, otro a sesenta y otro a treinta por uno» (Mt 13:23b).

​José «Pepe» Mendoza es el Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en Twitter.