Nuestra actitud hacia el fariseo

Nuestra actitud hacia el fariseo
Por David Strain

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

avegar entre la Escila (las rocas) del antinomianismo, por un lado, y la Caribdis (los lugares difíciles) del legalismo, por otro, es una responsabilidad constante en la vida cristiana. Esta dificultad se ve agravada por el hecho de que la mayoría de nosotros nos sentimos más atraídos por las rocas de un lado que por las del otro. Tal vez reaccionemos a la forma en que fuimos criados, o a una predicación desequilibrada que en su día tuvo lugar en nuestras iglesias, o a una fase anterior de nuestro propio camino cristiano en la que nos desviamos hacia la autocomplacencia o la autosuficiencia. Y aunque nunca debemos desentendernos de la lucha por mantener el rumbo y evitar los peligrosos arrecifes que siempre acechan bajo la superficie, también debemos recordar que hay otras personas que también están haciendo el viaje, y nuestras reacciones al verlas trazar un rumbo inseguro pueden estar condicionadas tanto por nuestra propia historia de giros equivocados como por sus errores actuales.

Los que venimos de un trasfondo fundamentalista y hemos llegado a conocer a Cristo podemos encontrarnos en medio de una reacción al legalismo. Las exigencias excesivamente restrictivas añadían cargas innecesarias al yugo ligero y fácil de Cristo. Pero en algún momento, en la bondadosa providencia de Dios, redescubrimos las riquezas de la gracia soberana. Comprendimos que, habiendo sido justificados gratuitamente, al margen de nuestras obras, estamos revestidos de la justicia de Cristo, total e inamoviblemente perdonados, aceptados y amados. Hemos llegado a aferrarnos con gratitud a la maravillosa verdad de nuestra adopción. En Cristo, nosotros, que antes éramos enemigos de Dios, ahora somos Sus hijos, herederos Suyos y coherederos con Cristo.

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él (Ro 8:16-17).

La vergüenza que sentíamos antes, cuando no estábamos a la altura de las exigencias legalistas que se nos imponían, se ha desvanecido a medida que nos apropiamos de nuevo de nuestra libertad como hijos del Rey. Ahora sabemos que no es necesario que intentemos ganarnos un lugar en la casa de Dios por nuestros propios esfuerzos, ya que hemos sido adoptados para siempre en Su familia.

Pero aun habiendo redescubierto las alegrías de estas preciosas verdades del evangelio, seguimos estando en peligro. Afortunadamente, el primer peligro es bien conocido, y aunque es pernicioso, la mayoría de nosotros estamos en guardia contra él. Es el peligro de la reacción exagerada. Sabemos que no debemos escuchar en las fuertes garantías de la rica gracia de Dios una negación de las exigencias igualmente fuertes de la santa ley de Dios. Sabemos que por las obras de la ley nadie será justificado (Gá 2:16), pero no estamos fuera de la ley de Dios, sino que vivimos bajo la ley de Cristo (1 Co 9:21). La ley, despojada de su poder condenatorio, se ha convertido en nuestra amiga. Siguiendo con la metáfora marinera, para el cristiano la ley se convierte en el piloto de un barco, que dirige la nave a través de aguas traicioneras y traza un rumbo seguro.

Sin embargo, al segundo peligro lo pasamos por alto fácilmente. Trazar un rumbo seguro para nosotros mismos es una cosa, pero la paciencia con los compañeros cristianos que pueden desviarse de ese rumbo es otra muy distinta. Como legalistas en recuperación, tenemos que reconocer lo rápido que puede fallar nuestra paciencia con los demás cuando todavía no pueden ver las rocas del legalismo que se avecinan y de las que siempre nos alejamos con tanto cuidado. Nos preguntamos cómo pueden estar tan ciegos como para pasar por alto las rocas afiladas de la justicia propia y los arrecifes ocultos de la vergüenza. Nos alegramos de no cometer sus errores. ¡Qué ingenuos son esos que no pueden ver el camino de la verdadera libertad del evangelio!

Pero el legalismo adopta diversas formas, y una de las más sutiles queda expuesta en nuestra jactancia farisaica de que, a diferencia de nuestros pobres hermanos legalistas, nosotros sabemos más. Y así, mientras nos felicitamos por nuestra sabiduría al alejarnos con seguridad de los peligros de la excesiva estrechez y de las gravosas restricciones impuestas por el hombre, encallamos en las mismas rocas de las que creímos haber escapado. J. Gresham Machen, reflexionando sobre la parábola de Jesús del fariseo y el publicano (Lc 18:11), señaló en una ocasión este peligro en su libro What Is Faith? [¿Qué es la fe?].

Sin duda creemos que podemos evitar el error del fariseo. Decimos que Dios no fue propicio a él, porque fue despectivo con el publicano; debemos ser tiernos con el publicano, como Jesús nos enseñó a ser, y entonces Dios será propicio a nosotros. Seguro que es una buena idea; está bien que seamos tiernos con el publicano. Pero ¿cuál es nuestra actitud hacia el fariseo? Por desgracia, lo despreciamos de forma verdaderamente farisaica. Subimos al templo a orar; nos ponemos de pie y oramos así con nosotros mismos: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, orgulloso de mi propia justicia, poco caritativo con los publicanos, ni aun como este fariseo».

Si esperamos salvar a otros de las rocas, de nada nos servirá que encallemos nosotros mismos. La práctica de la paciencia es la mejor defensa para no convertirnos en legalistas respecto al legalismo y en fariseos respecto a los fariseos.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Strain
El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].

¿Qué es el orgullo?

Por Daniel Puerto

“Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5).

El 3 de junio de 1741, Jonathan Edwards escribió una carta a Deborah Hatheway. Ella era una joven de 18 años recién convertida al evangelio que le pidió a Edwards consejo espiritual. El pastor de Northhampton, le envió una carta con “instrucciones sobre cómo conducirte en tu carrera cristiana”. De los 17 consejos que Edwards listó, el número 8 dice:

Recuerda que el orgullo es la peor víbora que hay en el corazón, el mayor perturbador de la paz del alma y de la dulce comunión con Cristo: fue el primer pecado cometido, y yace en lo más bajo de los cimientos de todo el edificio de Satanás, y es desarraigado con la mayor dificultad, y es el más oculto, secreto y engañoso de todos los deseos, y a menudo se arrastra sigilosamente en medio de la religión, incluso, a veces, bajo el disfraz de la misma humildad.[1]

Con toda seguridad, Edwards tomó este concepto de la Biblia misma. El escritor del Salmo 19 sabía que el orgullo es un pecado engañoso, destructivo y difícil de matar. Él clamó a Dios rogándole: “Guarda también a Tu siervo de pecados de soberbia; que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro, y seré absuelto de gran transgresión” (Salmos 19:13).

El pecado del orgullo es tan ofensivo delante de Dios que con toda claridad afirma que lo odia (Proverbios 6:16-17; 8:13; Amós 6:8). Dios abate y humilla a los soberbios (Isaías 2:12; Daniel 4:37; 5:20). La Biblia no deja lugar a dudas o especulación en cuanto a la opinión de Dios acerca del orgullo, la soberbia, la arrogancia, la jactancia: “Los ojos altivos y el corazón arrogante… son pecado” (Proverbios 21:4).

Una definición
Pero ¿qué es el orgullo? Generalmente, en las Escrituras se encuentran diez palabras hebreas y dos griegas que se refieren al orgullo (o sus sinónimos). Estos términos describen a personas elevadas o exaltadas en actitud.[2] La palabra hebrea ge’a, traducida “orgullo” en Proverbios 8:13 (NBLA), viene de una raíz que significa “elevarse”.[3] La palabra juperéfanos, traducida “soberbios” en Lucas 1:51, significa “mostrarse sobre los demás”. Esta palabra está compuesta por dos términos: juper, que significa “encima”, “sobre”, y fainesthai, que significa “mostrarse”.[4] Juan Calvino dice que esta palabra se refiere a “los que están levantados, por así decirlo, en lo alto, [y] miran hacia abajo a los que están, por así decirlo, debajo de ellos con desprecio”.[5]

Pero el orgullo tiene también otra dimensión. No solamente describe la actitud de una persona hacia otra, sino también la actitud de una persona hacia Dios. El orgulloso piensa que es independiente de Dios, que no lo necesita, incluso se cree mayor que Él. En Daniel 5:20-21, el profeta expresa cómo el corazón de Nabucodonosor “se enalteció y su espíritu se endureció en su arrogancia”. ¿Cómo humilló Dios a este rey? Él “fue depuesto de su trono real y su gloria le fue quitada. Fue echado de entre los hombres, su corazón se hizo semejante al de las bestias y con los asnos monteses tuvo su morada. Se le dio a comer hierba como al ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo, hasta que reconoció que el Dios Altísimo domina sobre el reino de los hombres y que pone sobre él a quien le place” (énfasis añadido). Nabucodonosor creyó que era independiente de Dios, incluso superior a Él. Por eso fue humillado.

Podemos, entonces, definir el orgullo como la actitud pecaminosa del corazón humano de independencia de Dios y superioridad hacia los demás. El orgullo es pensar más alto acerca de ti mismo, percibirte arriba, independiente de Dios y por sobre otras personas.

Algunos ejemplos bíblicos
Esa actitud de independencia de Dios y superioridad hacia otros ha sido la característica del ser humano a lo largo de la historia. En las Escrituras vemos muchos ejemplos de orgullo. Aquí algunos:

Adán y Eva fueron tentados por Satanás con estas palabras: “el día que de él coman [del árbol que Dios les había prohibido], se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios” (Génesis 3:5). Ellos comieron del fruto porque creyeron que serían “como Dios”, y ¿quién necesita a Dios cuando puedes ser como Él?

Después del diluvio, los hombres se unieron para construir una torre, la Torre de Babel. Ellos dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y hagámonos un nombre famoso, para que no seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierra” (Génesis 11:4). Si nosotros podemos hacernos nuestro propio reino, ¿quién necesita el señorío de Dios y vivir bajo Su gobierno?

Unos 600 años antes de Cristo vivió un rey que gobernó el imperio más grande de su tiempo, el imperio de Babilonia. Este rey se llenó de orgullo. Por eso Dios envió un mensaje acerca de él por medio del profeta Isaías. Esta profecía la encontramos en Isaías 14:12-15: “¡Cómo has caído del cielo, oh lucero de la mañana, hijo de la aurora! Has sido derribado por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Pero tú dijiste en tu corazón: ‘Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, y me sentaré en el monte de la asamblea, en el extremo norte. Subiré sobre las alturas de las nubes, me haré semejante al Altísimo’. Sin embargo, serás derribado al Seol, a lo más remoto del abismo”.[6]¿Quién necesita a Dios cuando tiene como meta ser semejante a Él? Juan Calvino, exponiendo sobre este pasaje, dice que “todos los que se atreven a atribuirse más de lo que Dios permite son culpables de exaltarse a sí mismos contra Dios, como si le declararan la guerra; porque donde hay orgullo, ahí también hay desprecio contra Dios”.[7]

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, encontramos a dos de los discípulos de Jesús haciendo una petición. Días antes de la crucifixión de Cristo, Jacobo y Juan se le acercaron para pedirle los puestos más altos, las posiciones de mayor poder y autoridad en Su reino. En Marcos 10:37 leemos cuál fue esa petición: “Concédenos que en Tu gloria nos sentemos uno a Tu derecha y el otro a Tu izquierda”. Ellos no querían estar debajo de nadie, no querían las posiciones más bajas. Ellos querían estar elevados por sobre todos, en las posiciones de mayor honor.

En la tercera carta de Juan leemos de un líder de una iglesia a quien le gustaba “ser el primero” (v. 9). Diótrefes —junto con Adán, Eva, los hombres de la Torre de Babel, el rey de Babilonia, Jacobo y Juan— llenan la descripción de orgullo: ellos tuvieron la actitud pecaminosa del corazón humano de independencia de Dios y superioridad hacia los demás. Ellos pensaron altas cosas acerca de sí mismos, se percibieron arriba, independientes de Dios y por sobre otras personas.

¿Qué de nuestro orgullo?
No podemos dejar de darnos por aludidos cuando hablamos del orgullo. ¿Acaso no nos hemos pensado superiores a otros e independientes de Dios? Si somos honestos, debemos responder con un rotundo: “Sí, por supuesto”. Podemos dar por hecho que nosotros hemos sido orgullosos y luchamos con ese pecado cada día. Seguimos en la misma tradición de Adán y Eva, Jacobo y Juan, el rey de Babilonia y Diótrefes.

Charles Spurgeon dijo que el orgullo “nació con nosotros y no morirá ni una hora antes que nosotros”.[8] El puritano Thomas Brooks escribió lo siguiente sobre este pecado tan propio de la naturaleza humana caída: “El primer mal que más acompaña a la juventud es el orgullo. Orgullo del corazón, orgullo por la vestimenta, orgullo por las posiciones (1 Timoteo 3:6). Los jóvenes son susceptibles de enorgullecerse por la salud, la fuerza, las amistades, las relaciones, la inteligencia, la riqueza y la sabiduría. [Es muy raro] encontrar a un joven humilde”.[9]

La pregunta no es, entonces: ¿soy yo orgulloso? Más bien, debemos preguntarnos: ¿en qué áreas de mi vida puedo detectar el orgullo y cómo está siendo expresado? No podemos hacer morir ese pecado que ofende tanto a Dios y nos pone en enemistad con nuestro prójimo si no lo reconocemos primero. Medita en las palabras de John Stott: “En cada etapa de nuestro desarrollo como cristianos y en cada esfera de nuestro discipulado cristiano, el orgullo es nuestro más grande enemigo y la humildad nuestro más grande amigo”.[10]

En las próximas semanas continuaremos considerando con más detalle el orgullo y la humildad, con aplicaciones específicas a los hombres cristianos. ¡Que Dios nos ayude a hacer morir cada día el pecado del orgullo en nosotros!

[1] Jonathan Edwards, Jonathan Edwards’ Resolutions and Advice to Young Converts [Las resoluciones de Jonathan Edwards y el consejo a nuevos creyentes], (versión Kindle sin datos de publicación), ubicación 132 de 164.

[2] Walter A. Elwell y Barry J. Beitzel, “Pride” [“Orgullo”], Baker Encyclopedia of the Bible [La encyclopedia bíblica Baker] (Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988), 1752.

[3] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de La Biblia (Miami: Editorial Unilit, 1999), 775.

[4] William Barclay, Palabras griegas del Nuevo Testamento: Su uso y significado (El Paso, TX: Casa Bautista de Publicaciones, 1977), 103.

[5] John Calvin y John Owen, Commentary on the Epistle of Paul the Apostle to the Romans [Comentario sobre la epístola de Pablo el apóstol a los Romanos] (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 82.

[6] Algunos teólogos afirman que este pasaje es también una descripción de la rebelión y la caída de Satanás. Ver, por ejemplo, el capítulo 20 de la Teología sistemática de Wayne Grudem (Miami, Florida: Editorial Vida, 2007).

[7] John Calvin y William Pringle, Commentary on the Book of the Prophet Isaiah [Comentario sobre el libro del profeta Isaías] vol. 1 (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 445.

[8] En su sermón predicado el 4 de octubre de 1857, titulado “Fear Not” [“No teman”].https://www.spurgeongems.org/sermon/chs156.pdf, accesado el 14 de julio de 2020.

[9] Thomas Brooks, Manzanas de Oro, ed. David Vela, trad. Samuel Ortiz, vol. II (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2018).

[10] John Stott, “Pride, humility, and God” [“Orgullo, humildad y Dios”] en J. I. Packer y Loren Wilkinson, eds., Alive to God: Studies in Spirituality [Vivo para con Dios: estudios acerca de la espiritualidad] (Vancouver, BC: Regent College Publishing, 2000), 119.

Daniel Puerto
Daniel es pastor de la Iglesia Bautista Palabra de Vida en Tampa, Florida. Estudió en el Instituto Bíblico Rio Grande (Edinburg, Texas) y actualmente cursa una maestría en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Claudia y es padre de Emma y Loikan. Lo puedes seguir en Twitter

Cómo superar el legalismo

Por Sean Michael Lucas

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Jaime se crió en un entorno eclesiástico legalista. Profesó la fe desde niño y se le enseñó la gloriosa verdad del evangelio de que Jesucristo murió por los pecadores. Pero después de esa profesión de fe inicial, toda su experiencia cristiana se centró en el cumplimiento de normas. Se le enseñó que los cristianos debían cumplir normas, no solo mandatos bíblicos directos, sino también una serie de «principios» en el ámbito de las citas y las amistades, el consumo de alcohol, la cultura popular y otros aspectos similares. La principal preocupación era mantener a Jaime y a los jóvenes cristianos como él «sin mancha del mundo»; el resultado fue que el evangelio que él conoció quedó truncado en un conjunto de normas de comportamiento.

Cuando Jaime llegó a la universidad, ya estaba cansado de cumplir normas. No solo era agotador cumplirlas, sino que también lo apartaba de sus compañeros de piso y amigos, que no parecían estar sujetos a tales reglas. Y ellos parecían divertirse y ser felices. ¿No sería mejor, menos agotador, más satisfactorio, renunciar a las normas y simplemente disfrutar de la vida? Así, Jaime dejó de cumplir las normas; y al hacerlo, también se alejó de la iglesia. Al fin y al cabo, si el cristianismo consiste en cumplir normas y él ya no las cumplía, entonces ya no era cristiano. Y lo que es peor, el cristianismo ya no funcionaba para él.

Lamentablemente, la historia de Jaime no es inusual. De hecho, para muchos jóvenes criados en la iglesia, este es exactamente el camino que siguen. Es cierto que, tras abandonar su moralismo legalista y «vivir la vida loca», algunos de ellos llegan a ver que su comprensión del evangelio era anémica e incluso falsa. Sin embargo, la mayoría de ellos nunca vuelven a la iglesia y, por eso, nunca se dan la oportunidad de escuchar el cristianismo bíblico.

¿Cómo respondemos a esto? ¿Existe alguna esperanza para los que se han criado en círculos eclesiásticos legalistas, para esos que quizá están maltrechos y magullados, en conflicto y confundidos sobre el verdadero significado del evangelio?

Sí, hay esperanza. Y esa esperanza se encuentra al volver al evangelio de Jesús.

PECADORES COTIDIANOS, EVANGELIO COTIDIANO
Al volver al evangelio, lo que debemos confesar es que nunca pasamos de la puerta del evangelio. Porque somos pecadores cotidianos, necesitamos un evangelio de todos los días.

Mientras vivamos, estaremos luchando con el pecado remanente. Sí, para aquellos que hemos confiado en Jesús, ha ocurrido algo decisivo. Hemos sido unidos a Cristo. Nos hemos despojado del viejo hombre y nos hemos revestido del nuevo. Por la fe, hemos sido bautizados en Cristo.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación (2 Co 5:17-19).

Pero, aunque somos nuevas criaturas en Cristo, también tenemos patrones aprendidos, deseos caprichosos y hábitos insensatos que permanecen. Además, a medida que aprendemos más sobre el Dios santo que nos ha amado con un amor inquebrantable, vemos los laberintos de nuestro corazón, los subterfugios que practicamos y la naturaleza de cabeza de hidra del pecado.

El arma que Dios nos ha dado para combatir el pecado remanente en nuestros corazones y cuerpos es el evangelio. Así traemos nuestros corazones de vuelta a quién y de quién somos en Jesucristo: estamos unidos a Jesús, somos aquellos a los que Él ha declarado justos y santos. Además, Él ha concedido al Espíritu Santo que entrene nuestras mentes y corazones para decir sí a la justicia y no a la injusticia. En el poder del Espíritu, damos muerte a los delitos de la carne y vivimos para las prácticas virtuosas de la santidad.

Debido a que pecamos todos los días y a que somos pecadores hasta el día de nuestra muerte, necesitamos el evangelio todos los días. A medida que meditamos en lo que Cristo ha hecho por nosotros a través de Su vida, muerte, sepultura, resurrección y ascensión, y a medida que vemos cada vez con más claridad cómo toda la Escritura trata de la obra de Cristo, nos formamos como una clase diferente de personas. El propio evangelio nos moldea cada día en mujeres y hombres nuevos.

EL PROGRESO DEL PEREGRINO
Esta transformación por el evangelio implica que el cristianismo no consiste en cumplir normas. Sin duda, un cristiano obedece la Palabra de Dios, pero el camino hacia la obediencia no consiste en centrarse en el cumplimiento de normas, en volar correctamente y en hacerlo mejor. El núcleo de lo que hace Jesús en el Sermón del monte, en Mateo 5, es destruir la idea de que la justicia consiste en la obediencia externa a la ley. Cuando dice: «Porque les digo a ustedes que si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt 5:20), nos dice que el camino hacia la justicia no es la mera obediencia externa. En cambio, el camino hacia una vida justa es la transformación interior del Espíritu a medida que progresamos en la vida del evangelio. Cuando utilizamos los medios de la gracia —incluyendo el culto corporativo centrado en la Palabra, los sacramentos, la oración y el compañerismo, así como la adoración privada—, Dios se encuentra con nosotros, introduce el evangelio en nuestros corazones, confronta nuestros patrones de pensamiento, palabras y actos pecaminosos, y nos hace nuevos.

Pero este tipo de transformación por el evangelio lleva tiempo. Progresamos en ella a medida que somos formados y moldeados por la obra del Espíritu. A medida que avanzamos y nos adentramos, vemos más pecados, nos enfrentamos a más engaños, creemos más en el evangelio y recibimos más consuelo divino. Aprendemos por experiencia y ganamos sabiduría y perspicacia a medida que pasamos de la insensatez a la reverencia y al amor al Señor.

Y esto es lo que ocurre: cuando vivimos al ritmo del Espíritu, en realidad vivimos de forma que «guardamos las reglas». Los que den el fruto de amor del Espíritu serán los que guarden las dos tablas de los Diez Mandamientos. Los que tengan gozo conocerán la fuerza para decir no al pecado y sí a la justicia. Los que lleven la paz serán íntegros y sanos, no inquietos ni ansiosos. Y así sucesivamente. Cumplimos normas, pero no centrándonos en ellas como meras obras que hay que hacer, sino centrando nuestro corazón en Jesús, en quién es Él, en lo que ha hecho y en lo que está haciendo en nosotros por medio del Espíritu para hacernos cumplir la ley.

CARÁCTER Y VOCACIÓN
En otras palabras, el evangelio de la gracia de Dios transforma nuestro carácter. Empezamos a vivir en la realidad de la nueva creación que es nuestra porque estamos unidos a Jesucristo. La imagen de Dios comienza a restaurarse en nosotros a medida que el Espíritu obra en nosotros la santidad, la justicia y el conocimiento genuino de Dios. Nos convertimos en las personas que Dios siempre quiso que fuéramos.

Este tipo de formación del carácter no puede ocurrir cuando un cristiano individual solo estudia la Palabra de Dios u ora por su cuenta. Más bien, se produce a través de la comunidad llamada «iglesia», a medida que aprendemos a amar y a vivir entre personas dramáticamente diferentes a nosotros. Las nuevas formas de vivir que Pablo detalla en Efesios 4-5 y Colosenses 3 solo pueden darse en comunidad: desechamos la falsedad y aprendemos a decir la verdad, ¿por qué? «Porque somos miembros unos de otros» (Ef 4:25). No permitimos que la ira se arraigue en nuestros corazones, ¿por qué? Para no dar «oportunidad al diablo» de dividirnos unos de otros (v. 27). No dejamos que salga de nuestra boca ninguna palabra mala, ni amargura, ira, enojo o malicia, ¿por qué? «Para que imparta gracia a los que escuchan» (v. 29). ¿Te das cuenta? El carácter nuevo y renovado que el Espíritu obra en nosotros es para los demás. Y solo puede formarse y expresarse en comunidad con los demás.

A medida que somos moldeados por el evangelio, Dios nos llama a la vida de los demás y a Su mundo. Se nos dan dones para que los compartamos con los demás, habilidades dadas por el Espíritu que edifican a los demás en el evangelio. Estos son diferentes y necesarios para que nosotros y los demás seamos las personas que Dios quiere que seamos (Ro 12; 1 Co 12). De nuevo, esto significa que debemos formar parte de la comunidad llamada «iglesia», no para que podamos marcar como cumplida en nuestra lista de reglas la asistencia a la iglesia, sino para poder contribuir a la formación de los demás en el evangelio.

Pero Dios también nos llama a Su mundo como señales y agentes de la nueva creación. Cuando vivimos como esposos y esposas, madres y padres, padres e hijos, trabajadores en nuestras carreras y en el hogar, miembros y líderes de la iglesia, y en varios otros llamados, lo hacemos como señales de cómo será cuando todo sea como debe ser. Somos señales de la nueva creación y a la vez sus agentes. Y eso es así porque Jesús nos ha encargado que hagamos discípulos, que ayudemos a otros a aprender la fe y los caminos del evangelio, no para conseguir más observadores legalistas de las normas, sino para formar más señales y agentes de los nuevos cielos y la nueva tierra.

Este es un evangelio que es mucho mejor que simplemente «cumplir normas». Este es un evangelio que da una esperanza genuina al legalista en recuperación, porque este es el evangelio de Jesús, Aquel que está haciendo todas las cosas nuevas.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sean Michael Lucas
El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

Cómo se ocupa Dios de los suyos

Martes 4 Octubre
Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
Romanos 8:28
Cómo se ocupa Dios de los suyos (2)
“Le mostré todos los libros que había comprado para él. Le expliqué:

Llegué a Lima en la noche y no pude dormir. Le voy a decir por qué. Hace algunos meses Dios tocó el corazón de varias personas en mi país para ofrendar dinero para Su obra en Perú. También me movió a mí a hacer el viaje hasta aquí y a levantarme temprano en la mañana para ir a la librería. Fue así como me encontré con usted y pude comprarle varios libros que serán muy útiles para usted y los demás creyentes de su comunidad”.

Cristianos, ¿comprenden ustedes el amor de Dios? No me hablen de coincidencias, ¡eso sería blasfemia o locura! Durante meses, Dios preparó los corazones y las circunstancias de decenas de personas para que ese cristiano humilde no se devolviera con las manos vacías. Y si él amó de tal manera a ese joven, a mí también me ama tanto como a él, y ama de la misma manera a cada uno de sus hijos. ¡Oh, si pudiéramos comprender mejor a qué punto nuestro Dios es maravilloso!

Dios tiene reservadas cosas maravillosas para nosotros, “cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). ¿No confiaremos en él? Claro que sí, ¡con todo el corazón!

“El que camina en sabiduría será librado. El que da al pobre no tendrá pobreza; mas el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones” (Proverbios 28:26-27).

Amós 8-9 – Judas – Salmo 110 – Proverbios 24:19-20

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿QUÉ CLASE DE EVANGELIO ESTÁS ESCUCHANDO?

POR ANDY JOHNSON

ué quiero decir cuando uso la palabra “evangelio”? Con ella me refiero al mensaje cristiano histórico, las buenas nuevas acerca de lo que Dios ha hecho por los pecadores por medio de Cristo. Y con esto no me refiero a ciertas implicaciones de ese mensaje, como por ejemplo la forma en la que algunos cristianos viven o lo que hacen, sino que me refiero al mensaje mismo de lo que Jesús ha hecho por los pecadores; el único mensaje que puede salvarnos del Infierno y llevarnos a Dios.

El evangelio bíblico empieza con Dios, quien creó todas las cosas por Su Palabra. De la nada, Dios habló y fueron creadas todas las galaxias, las nebulosas, las estrellas y los planetas. También creó la vida en nuestro planeta, incluyendo el primer hombre y la primera mujer. Dios los colocó en un huerto y les dio todas las cosas para que las disfrutaran y gobernaran con perfecta libertad. La única prohibición fue que no comieran de un árbol en particular. Pero el rebelde enemigo de Dios entró en el huerto y tentó a Eva, aunque Adán no hizo nada al respecto. Escogieron desobedecer la prohibición de Dios y escuchar en su lugar las falsas promesas de Satanás. Los humanos hemos estado haciendo lo mismo desde entonces. Pero Dios castigará el pecado porque es bueno y justo. Él no es la clase de juez que esconde la suciedad bajo la alfombra, pervirtiendo así la justicia. Él es un juez justo, y eso es malo para transgresores de la ley como nosotros. Rebelarse contra el gobierno justo de un Dios perfecto es indescriptiblemente perverso y merece un castigo de inconcebible severidad y duración. Merecemos un castigo eterno y consciente en el Infierno bajo la ira de Dios.

Pero Dios tenía un plan en su incalculable amor y sabiduría para castigar el pecado —y así ser un juez justo— y al mismo tiempo perdonar a pecadores como nosotros (y así reflejar su misericordia). Eso fue lo que hizo al enviar a Jesucristo —el coeterno y mismo Dios en la persona de Su Hijo— para que se encarnara. Jesús vivió una vida perfecta sin rebelarse nunca contra Dios. Nunca cometió pecado alguno, sino que voluntariamente tomó el lugar de los pecadores. Y al ser clavado en la cruz de madera, cargó sobre Sus hombros toda la fuerza de la justa ira que el Dios todopoderoso tiene en contra del pecado. Cristo cargó sobre Sí mismo el castigo eterno que merecen nuestros pecados. Su sacrificio soberano absorbió el castigo de todos los pecadores que algún día se arrepentirían y confiarían en Él. Dios mostró que había aceptado el sacrificio de Jesucristo cuando lo levantó de la muerte después de haber estado tres días en la tumba.

Ahora este Jesús resucitado ordena a todos en todo lugar que se arrepientan de sus pecados y confíen en Él. Y de manera asombrosa, Cristo nos concede no solo la promesa del perdón, sino también la adopción como hijos e hijas amadas del mismo Dios que hemos ofendido. Si nos hemos arrepentido de nuestros pecados y confiado en Jesús, ahora conocemos la paz con Dios y la esperanza firme de tener gozo eterno y disfrutar de Él para siempre. Ese es el evangelio bíblico y es verdad para todas las personas, todas las lenguas, todos los lugares y todas las culturas a través de los tiempos.

Sea cual sea nuestro papel en la iglesia, lo mejor que podemos hacer es creer este evangelio. Tenemos que meditar en él y medir todo lo que hay en nuestras vidas a la luz de su verdad y su valía.

Y cuando lo hayamos hecho, tenemos que orar por los líderes de nuestra iglesia y animarlos con gentileza a que dirijan a la congregación a poner el evangelio en lo más alto. Dales las gracias cada vez que presenten claramente el evangelio en su predicación y anímales a promover la pasión por las misiones mundiales como una consecuencia natural y bíblica del evangelio.

“EL ÚNICO COMBUSTIBLE VÁLIDO PARA LAS MISIONES MUNDIALES ES LA GLORIA DEL EVANGELIO, NO LAS NECESIDADES DE LA HUMANIDAD.”

Los pastores y líderes de la iglesia tienen que mantener en alto este evangelio no solo en los mensajes evangelísticos, sino en todo tiempo. Las personas salvas de tu congregación necesitan que se les recuerde y se les ayude regularmente a maravillarse en la idea de que “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8b). Allí donde las personas ven la obra de Cristo como algo sumamente valioso, las misiones se convierten en un sacrificio racional y glorioso. El único combustible válido para las misiones mundiales es la gloria del evangelio, no las necesidades de la humanidad.

¿QUÉ SIGNIFICAN LAS PALABRAS “MISIONES” Y “MISIONEROS”?

No obstante, ¿qué queremos decir cuando usamos la palabra “misiones” y quién puede ser considerado “misionero”? Para algunos cristianos, estas dos palabras han cambiado su significado recientemente. Algunos tratan ahora la misión de la iglesia como si abarcara todas las cosas buenas que los cristianos hacen, desde la acción social hasta la protección del medioambiente. Es cierto que es bueno hacer estas cosas y otras muchas que multitud de cristianos hacen regularmente de manera individual. Pero mi intención es mantener el uso tradicional e histórico de la palabra “misiones”. Es decir, la exclusiva y característica misión evangélica de la iglesia que es hacer discípulos a todas las naciones. O sea, la clase de evangelismo que lleva el evangelio traspasando los límites étnicos, lingüísticos y geográficos, y que congrega a las iglesias y les enseña a obedecer todo lo que Jesús ha ordenado. La verdad es que hacerlo de manera diferente supone convertir la palabra “misiones” en algo inútil. Tal y como dijo Esteban Neill en su famosa frase respecto a esta nueva definición de las misiones: “Si todo es misión, entonces nada es misión”.

De la misma manera, cuando me refiero a “los misioneros” no estoy hablando de los cristianos que viven en una cultura diferente a la suya y que comparten el evangelio. Así como no todos los miembros de iglesia que aman a Cristo son “pastores o ancianos” y no todos los miembros de iglesia que hablan acerca de la Biblia son “maestros” en el sentido de Santiago 3:1, tampoco todos los testigos del evangelio en una cultura diferente a la suya son misioneros según vemos en 3 Juan o 1 de Corintios. Me ciño al entendimiento tradicional e histórico de la palabra “misionero” como alguien que es reconocido por la iglesia local y enviado para que el evangelio sea conocido y, para congregar, servir y fortalecer a las iglesias locales sin importar las divisiones étnicas, lingüísticas o geográficas. Esas son las personas a las cuales se les ha dicho a nuestras iglesias en lugares como 3 Juan que debemos sustentar.

Este artículo fue adaptado de una porción del libro Las misionespublicado por Poiema PublicacionesPuedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
_________________________

¡Cuánto amo tu ley!

Por Sinclair B. Ferguson

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

En un torneo del PGA Tour en octubre de 2015, Ben Crane se autodescalificó tras completar su segunda ronda. Lo hizo con un coste económico considerable. Pero no le importó: Crane creyó que el coste personal de no hacerlo habría sido mayor (animado por un artículo devocional que había leído esa mañana de Davis Love III, el distinguido excapitán de la Copa Ryder).

Crane se dio cuenta de que había roto una de las reglas menos conocidas del golf. Si recuerdo bien la historia, mientras estaba en un obstáculo buscando su bola, apoyó su palo en una piedra. Abandonó la bola, asumió la penalización requerida por hacerlo, siguió jugando y terminó su ronda. Pudo haber pasado cómodamente la eliminatoria del viernes por la noche; le esperaba un fin de semana muy exitoso desde el punto de vista financiero. Entonces Ben Crane pensó: «¿Debí haber incluido una penalización por haber dejado mi palo en un obstáculo?». Pues sí (regla 13.4a). Así que se descalificó.

(¿Entiendes la idea? Esperemos que ningún lector de Tabletalk se quede despierto esta noche sabiendo que el trofeo se ganó ilegalmente).

Crane fue ampliamente elogiado por su acción. No hubo una avalancha de ataques rencorosos o denigrantes en el ciberespacio ni correos de odio por su estrechez de mente. Todo el reconocimiento para él. Curiosamente, nadie dijo o escribió: «Ben Crane es un legalista».

No, Tabletalk no va a iniciar una nueva columna de deportes este mes. Pero qué extraño es ver tantos elogios por su atención detallada a las reglas del golf y, sin embargo, lo contrario cuando se trata de las reglas de la vida, la (mucho más sencilla) ley de Dios, incluso en la iglesia.

Hay un problema en alguna parte.

EL PROBLEMA
Ni Jesús ni Pablo tenían problemas con la ley. Pablo escribió que su evangelio de la gracia sostiene y confirma la ley (Ro 3:31), incluso las leyes de Dios en su forma negativa, ya que «la gracia de Dios… nos enseña a rechazar» (Tit 2:11-12 NVI). ¿Y recuerdas las palabras de Jesús en Mateo 5:17-19? Nuestra actitud ante la ley es una prueba de fuego de nuestra relación con el reino de Dios.

Entonces, ¿cuál es el problema? El verdadero problema es que no entendemos la gracia. Si lo hiciéramos, también nos daríamos cuenta de por qué John Newton, autor de Sublime gracia, pudo escribir: «En el fondo de la mayoría de los errores religiosos está la ignorancia de la naturaleza y del diseño de la ley».

Esta es una cuestión profunda. En la Escritura, la persona que comprende la gracia ama la ley. (Por cierto, las meras polémicas contra el antinomianismo tampoco pueden producir esto).

Piensa de nuevo en Ben Crane. ¿Por qué él guarda las complejas reglas del golf? Porque ama el juego. Algo similar, pero mayor, es cierto para el creyente. Si amamos al Señor, amaremos Su ley, porque es Suya. Todo se basa en esta hermosa simplicidad bíblica.

Piensa en esto en términos de tres hombres y las tres «etapas» o «épocas» que representan: Adán, Moisés y Jesús.

ADÁN
En la creación, Dios dio mandamientos. Expresaban Su voluntad. Y como Él es un Dios bueno, sabio, amoroso y generoso, Sus mandamientos son siempre para nuestro bien. Él quiere ser un Padre para nosotros.

Tan pronto como Dios creó al hombre y a la mujer a Su imagen (Gn 1:26-28, una afirmación enormemente significativa), les dio estatutos que debían seguir (v. 29). El contexto deja clara la razón: Él es el Señor; ellos son Su imagen. Los hizo para que le reflejaran. Él es el Señor cósmico y ellos los señores terrenales. Su objetivo es que disfruten el uno del otro y de la creación en una comunión de vida (1:26-2:3). Así que les dio un comienzo: un jardín en el Edén (2:7). Él quiere que extiendan ese jardín hasta los confines de la tierra y que lo disfruten como creadores en miniatura, imitando así al gran Creador original (1:28-29).

Así que los mandatos de Dios en la creación tenían como objetivo que reflejáramos Su imagen y Su gloria. Los portadores de Su imagen han sido hechos para ser como Él. De una forma u otra, todos los mandatos divinos tienen consagrado este principio: «Eres mi imagen y mi semejanza. Sé como Yo». Esto se refleja en Su mandato: «Santos serán porque Yo, el SEÑOR su Dios, soy santo» (Lv 19:2).

Aquí está implícito que los portadores de la imagen de Dios han sido creados, por así decirlo, para reflejarle. Sí, se les dan leyes externas, pero estas simplemente proporcionan aplicaciones específicas de las «leyes» incorporadas en la imagen divina, leyes que ya están en la conciencia.

Por tanto, era instintivo que Adán y Eva imitaran a Dios, que fueran como Él, porque fueron creados a Su imagen y semejanza, así como el pequeño Set habría de comportarse instintivamente como su padre, Adán, porque era «a su semejanza, conforme a su imagen» (Gn 5:3). De tal padre, tal hijo.

Pero entonces vino la caída: el pecado, la falta de conformidad con la ley revelada de Dios y la distorsión de la imagen dieron lugar a un mal funcionamiento de los instintos humanos internos. La imagen que reflejaba se apartó de la mirada y de la vida de Dios, y desde entonces todos los hombres (excepto Cristo) comparten esta condición. El Señor sigue siendo el mismo. Su diseño para Su imagen sigue siendo el mismo. Pero la imagen está estropeada. El virrey que fue creado para convertir el polvo en un jardín se ha convertido en polvo:

Con el sudor de tu rostro
Comerás el pan
Hasta que vuelvas a la tierra,
Porque de ella fuiste tomado;
Pues polvo eres,
Y al polvo volverás (Gn 3:19).

Seguimos siendo la imagen de Dios y las leyes que rigen nuestra mejor manera de vivir no han cambiado. Pero ahora estamos demacrados y gastados, retorcidos por dentro, descentrados, distorsionados, llevando el aroma de la muerte. Antes éramos jefes de operaciones, ahora somos vagabundos que sobreviven robando al Propietario de la empresa (Yahvé e Hijo) que tan generosamente nos proveyó. La ley interior sigue funcionando, pero en el mejor de los casos de forma poco fiable, no porque la ley sea defectuosa sino porque nosotros lo somos.

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos. Porque muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Ro 2:14-15; ver también 7:7-25).

Pero Dios quiere Su retrato, Su imagen, de regreso.

MOISÉS
En esencia, la ley mosaica, resumida en el Decálogo, fue una reescritura en tablas de piedra de la constitución escrita en el corazón del hombre en la creación. Pero ahora esa ley llegó a un hombre caído e incluyó ofrendas por el pecado para abordar la nueva condición de la humanidad. Se le dio a una nación específica en una tierra específica. Y se le dio hasta la venida del Redentor prometido en Génesis 3:15. Por lo tanto, en gran medida se dio en términos negativos, con aplicaciones añadidas relevantes para una nación específica en una tierra específica, hasta el día en que los tipos y sacrificios de esa ley se cumplieran en Cristo.

La ley se le dio a las personas como a un «menor de edad» (Gá 3:23-4:5), en gran medida en forma negativa. Nosotros también enseñamos a nuestros hijos: «¡No metas el destornillador en el enchufe!», mucho antes de explicarles cómo funciona la electricidad. Es la forma más sencilla y segura de protegerlos.

Pero los creyentes del antiguo pacto ya tenían claro que las negaciones de la ley encerraban mandatos positivos. La negación «No tendrás otros dioses delante de mí» implicaba la imagen a color y desarrollada de amar al Señor con todo el corazón y los mandamientos del dos al cuatro daban cuerpo a esa imagen. El resto de los mandamientos eran negativos que se desarrollaban en «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

Además, dado que los sacrificios de animales sustituían los pecados de los humanos, era evidente que no carecían de proporción y no podían otorgar el perdón que ilustraban. Un creyente del antiguo pacto podía comprobarlo yendo al templo dos días seguidos: el sacerdote estaba de pie ante el altar, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios (He 10:1-4, 11). El sacrificio adecuado y final aún estaba por llegar.

Y entonces el Decálogo recibió una aplicación civil para el pueblo en la tierra. Pero estas leyes locales ya no funcionarían de la misma manera para el pueblo de Dios cuando este se dispersara por todas las naciones. La preservación y el avance de Su reino ya no dependerían más de ellas.

Todo esto está bien expresado en la enseñanza de la Confesión de Fe de Westminster de que la «ley moral» continúa, la «ley ceremonial» fue abrogada y la «ley civil» expiró, aunque es evidente que todavía podemos aprender mucho de las legislaciones ceremonial y civil (19.3-5). Un creyente del antiguo pacto podría entender esto, aunque con menos claridad. Al fin y al cabo, solo el Decálogo se colocó en el arca, como expresión del propio carácter y el corazón de Dios. Sí, la ley era una porque el Dios que la dio es uno. Pero la ley de Moisés no era monolítica: era multidimensional, tenía un fundamento y también ámbitos de aplicación. Lo primero era permanente; lo segundo eran disposiciones provisionales hasta que el día amaneciera.

Los creyentes del antiguo pacto realmente amaban la ley. Se deleitaban en ella. A su Dios del pacto eso le importaba tanto que reformuló Sus instrucciones originales para que pudieran guiar al pueblo como pecadores que eran. Los creyentes del antiguo pacto que conocían y meditaban en el Decálogo y en toda la Torá (la ley) crecerían en su capacidad de aplicarla a todas las providencias de Dios en sus vidas (Sal 1). Con todas sus normas y reglamentos, la ley de Dios proporcionaba seguridad y dirección para toda la vida.

Al final de mi primer año de universidad, enseñé en una escuela para jóvenes delincuentes. Sus vidas estaban fuertemente limitadas. Pero, para mi sorpresa, tenían en común un extraordinario espíritu de equipo, lealtad y orgullo por su escuela. Al principio esto me desconcertó. Luego me di cuenta de que estos chicos sabían dónde estaban. Estaban a salvo y salvaguardados de sí mismos y de sus rebeldías. Los profesores los disciplinaban con afecto. Quizá por primera vez en sus vidas, recibían comidas regulares. Sí, las normas a veces les molestaban; al fin y al cabo eran pecadores. Pero estaban a salvo. Algunos de ellos incluso volvieron a transgredir solo para poder volver al entorno de la escuela. Comprendí el motivo, aunque no podía aprobarlo. Allí tenían cuidado y seguridad.

Pablo utiliza una ilustración no muy diferente en Gálatas 3-4. Los creyentes del antiguo pacto eran herederos menores de edad, que vivían en el entorno restringido de la ley mosaica. Pero ahora, en Cristo, la historia redentora ya ha alcanzado la mayoría de edad. Existe una nueva dimensión de libertad. No necesitas comprobar el calendario para ver si es un día santo. No necesitas comprobar la carne ni revisar de qué está hecha tu ropa. No necesitas llevar más sacrificios al templo. Ahora que Cristo ha venido, nos han dejado salir del reformatorio. «De manera que la ley ha venido a ser nuestro guía para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe» (Gá 3:24). Sin embargo, la ley en donde se apoya esto, ¿por qué habría de cambiar? ¿Por qué vamos a ser menos obedientes al mismo Padre?

Ya estamos descubriendo que no podemos comprender plenamente la ley de Moisés sin pensar en Jesús. Dios tiene la intención de restaurar Su retrato.

JESÚS
Jesús vino a recrear una humanidad nueva y verdadera, marcada por un amor interno restaurado hacia el Señor y un deseo de ser como Él. La ley por sí misma no puede hacer eso en nosotros. Para lograrlo se necesita perdón, liberación y poder. Esto lo proporciona Dios en Jesucristo y por el Espíritu.

Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Ro 8:3-4).

Tal vez porque sabía que la gente sacaría conclusiones erróneas de Sus enseñanzas (y así fue), Jesús explicó que no había venido a abolir, sino a cumplir la ley. Él llenaría a plenitud la «medida» que Moisés había dado (Mt 5:17-20). Dejó claro que también pretendía restaurar el retrato y la imagen de Dios en nosotros (Mt 5:21-48). Como sabemos, trazó una serie de contrastes. Pero Sus palabras no fueron: «Está escrito… pero yo les digo…»; más bien fueron: «Han oído que se dijo… pero yo les digo…». No estaba contrastando Su enseñanza con la ley de Dios, sino con las interpretaciones y distorsiones rabínicas de la misma.

Sin embargo, hay una diferencia importante en el nuevo pacto. Moisés ascendió al monte terrenal de Dios y bajó con la ley escrita en tablas de piedra. Pero más tarde, expresó su anhelo de que el Señor pusiera Su Espíritu sobre todo el pueblo (Nm 11:29). La ley de Moisés podía ordenar, pero no podía dar poder. En cambio, Jesús ascendió al monte celestial de Dios y bajó en el Espíritu para escribir Su ley en nuestros corazones.

El libro de Hebreos lo afirma explícitamente en dos ocasiones citando a Jeremías 31:31 (He 8:10; 10:16, la única «ley» que puede estar a la vista aquí son los Diez Mandamientos). El Señor de la ley ha reescrito la ley del Señor en nuestros corazones por medio de Su Espíritu. Fortalecidos desde dentro por el Espíritu de Jesús que cumple la ley, amamos la ley porque amamos al Señor. Al igual que en el antiguo pacto el principio de vida era «Yo que te amo soy santo, ámame y sé santo tú también», en el nuevo pacto el principio de vida también puede resumirse en una frase: «El Hijo de Dios, Jesús, es la imagen de Dios en nuestra naturaleza humana; así que sé como Jesús». A fin de cuentas, que lleguemos a ser como Cristo siempre ha sido el objetivo último del Padre para nosotros.

Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó (Ro 8:29-30).

AMA LA LEY DE DIOS
«Tienes que amar la ley» tiene un doble significado. Tienes que amarla: es un mandato. Pero al mismo tiempo, «tienes que amarla» porque es muy buena. Por supuesto que lo es. Es un regalo de tu Padre celestial. Está destinada a mantenerte seguro y bien, a darte seguridad y a ayudarte a andar por la vida. Toma el Catecismo Menor de Westminster (o mejor, el Catecismo Mayor) y lee la sección sobre los mandamientos. Allí aprenderás a utilizar y aplicar las reglas del juego de la vida. Son mucho más fáciles de entender que las reglas del golf.

Cuando Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guardarán Mis mandamientos» (Jn 14:15), solo hacía eco de las palabras de Su Padre. En realidad, es simple, pero lo exige todo. Como dice el himno de John H. Sammis:

Obedecer cumple a nuestro deber.

Si queréis ser felices, debéis obedecer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

SALMO 121 «Mi ayuda proviene del SEÑOR, creador del cielo y de la tierra».

SALMO 121
«Mi ayuda proviene del SEÑOR, creador del cielo y de la tierra»
(Sal. 121:1-2).
Todo sucedió en una fracción de segundo. Conducía el automóvil rumbo al aeropuerto para ir por un amigo, cuando el auto que me pasaba a mi izquierda perdió el control, se estrelló contra el muro de contención, y antes de que yo pudiera hacer nada, giró e impactó mi auto, a unos cuantos centímetros de mi puerta.
El auto fue pérdida total. Cuando mi auto se detuvo, y me percaté de que estaba bien y no había salido herido, inmediatamente alcé mi vista por el vidrio delantero, buscando ayuda. Allí venían varias personas, acercándose hacia mí para ver si estaba bien.
La situación en la que me encontré me recuerda un poco al Salmo 121. Este salmo era uno que los peregrinos cantaban cuando subían a Jerusalén a una de las fiestas judías. El salmista alza su mirada a las montañas preguntándose si de allí encontrará socorro (v. 1). ¿Hacia dónde miras cuando te encuentras en dificultad? Muchas veces Dios nos pone en situaciones difíciles para que reconozca- mos que, si nuestra mirada no está puesta en Él, entonces está en el lugar equivocado.
El salmista responde a la pregunta inmediatamente: «Mi soco- rro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra» (v. 2). El Dios que hizo la Vía Láctea, el Sol y los anillos de Júpiter, el que hizo al águila que surca el cielo buscando comida, y el que hizo el pez más pequeño que nada solitario en la oscuridad, es el mismo Dios que te auxilia.
No solamente Dios nos socorre, sino que también nos guarda. Así como Dios guardaba al pueblo de Israel, guarda ahora a Su pueblo, la Iglesia. Dios no se duerme (v. 3). Ni siquiera le da sueño (v. 4). El verdadero Dios existe en sí mismo y es todopoderoso. No tiene necesidad de recargar fuerzas. No tiene necesidad de que le recuerden algo.
¡Ese es el Dios que nos guarda (v. 5)! Es como una sombra que nos dice que, aunque no podamos verlo físicamente, Él está allí. Dentro de la voluntad de Dios, no hay nada que pueda dañarnos (v. 6). Y cuando Dios, en Su eterna sabiduría, decide que lo mejor para nosotros es pasar por un momento de prueba (como han pa- sado incontables de creyentes durante la historia de la Iglesia), Él preserva lo más preciado que tenemos: nuestra alma (v. 7).
Aquella ocasión, mientras mi auto giraba sobre su eje, antes de salirse de la carretera y estrellarse contra un muro, de mi boca salió una oración continua: ¡Cuídame, Señor! Dios tuvo a bien conce- derme esa petición.
Cuando las cosas se salen de tu control, conf ía en Aquel que pue- de guardar «en el hogar y en el camino, desde ahora y para siempre» (v. 8). Mi deseo para mi vida y la tuya es que cuando estemos en alguna dificultad, podamos decir igual que el salmista: «Mi ayuda proviene del SEÑOR».

Las raíces del legalismo

Las raíces del legalismo
Por Stephen Nichols

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

no de los muchos aportes de Martín Lutero consiste en la palabra latina incurvatus. Suena como algo que un dentista te diría que tienes mientras te pincha y te clava los molares. Pero no es eso. Significa «vuelto hacia dentro». Significa que somos egoístas, egocéntricos y ensimismados por naturaleza. Aunque esto por sí solo es más que condenatorio, la condición de incurvatus tiene un efecto aun más revelador. Como estamos volcados hacia adentro, pensamos que podemos alcanzar la justicia por nosotros mismos. Así que nos esforzamos, ansiosos, por alcanzar una posición correcta ante Dios.

¿Cuántas veces has oído decir a alguien que mientras nuestras buenas obras superen a las malas, Dios nos recibirá en el cielo con los brazos abiertos? ¿Cuántos sistemas religiosos se basan en las obras? ¿Cuántas personas se sienten atrapadas por sus incesantes intentos fallidos de alcanzar la perfección? Todos esos son casos de incurvatus. Es una epidemia.

Comprendiendo tan bien este concepto de incurvatus, Lutero dijo: «Es muy difícil para un hombre creer que Dios es misericordioso con él. El corazón humano no puede captarlo». Si no miramos a la gracia, nos miramos a nosotros mismos y a nuestros propios esfuerzos.

Ahí están las raíces del legalismo.

Las raíces del legalismo están en el propio corazón humano pecador y caído. El corazón manifiesta su condición pecaminosa en nuestro deseo paralizante de apoyarnos en nuestros propios méritos y en nuestras propias capacidades en el intento de salir de algún modo del pozo cenagoso del pecado y llegar hasta el cielo. La gracia nos parece una píldora demasiado amarga. Nos dice que nunca podremos ser lo suficientemente buenos.

Curiosamente, lo contrario al legalismo también tropieza con la gracia. Lo contrario al legalismo es el antinomianismo. Esta palabra incluye el prefijo griego anti, «contra, en lugar de», y la palabra griega nomos, «ley». Desde el punto de vista teológico, los antinomianos huyen de cualquier obligación a la ley o de cualquier mandato divino. Los antinomianos son como James Bond: tienen licencia para pecar. Pero esa es la triste mentira del antinomianismo. No es libertad, es una licencia.

La solución al legalismo no es el antinomianismo. La solución al antinomianismo no es el legalismo. La solución a ambos es la gracia, eso que Lutero nos dijo que era difícil de comprender. Explorar más a fondo las raíces del legalismo servirá no solo para desenmascararlo, sino también para mostrar los contornos brillantes y asombrosos de su solución: la gracia de Dios.

EL LEGALISMO EN LA ESCRITURA
La expresión más clara del legalismo en la Escritura aparece en las historias de los antagonistas en los evangelios, los fariseos. De hecho, gracias a ellos, tenemos el término farisaico, que se define como «hipócrita» y tiene que ver también con ser censurador y santurrón. Estas cosas no son buenas. En conjunto, son algo realmente malo. Otra definición nos informa que el término farisaico, significa un compromiso extremo con la observancia religiosa y el ritual, lejos de creer. Ambos aspectos de la definición son cruciales. La primera parte es el empeño por llegar, aunque sea con aprehensión, al cielo. La segunda parte nos remite a la cita de Lutero y a nuestra aversión a la gracia: simplemente no puede ser tan simple como creer.

Cristo se enfrentó a esta tendencia farisaica en casi todas las páginas de los evangelios. Una de las ocasiones fue la parábola sobre el fariseo y el publicano en Lucas 18. «Te doy gracias porque no soy como los demás hombres», oraba el fariseo. Ahí está la autojustificación. El fariseo manifestó además que ayunaba y diezmaba. Ahí está la obediencia externa.

En esta parábola, el fariseo se contrapone al recaudador de impuestos. El publicano simplemente oraba: «Ten piedad de mí, pecador». Ahí está el clamor por la gracia.

Unos versículos más adelante, un gobernante rico se le acerca a Cristo. También él cumple el rol de fariseo. También él manifiesta su santurronería. Al parecer, adonde sea que Cristo iba, se encontraba con fariseos.

Irónicamente, los fariseos, aunque entendían lo contrario, en realidad no se preocupaban por la ley de Dios. Ellos crearon todo un sistema de normas para poder eludir la ley de Dios. Eran expertos en crear vacíos legales. Tenían un sistema de leyes creado por el hombre para evitar la ley divina y llevaron a Israel por el mal camino. Por eso vemos que Jesús se opuso a ellos con tanta vehemencia y los definió como falsos pastores de Israel en la serie de «ayes» desencadenados en Mateo 23.

Antes de su conversión, Pablo era uno de esos falsos pastores. Pablo era un legalista consumado. De hecho, sería difícil encontrar a otra persona tan celosa por la ley. Él tenía conocimiento de primera mano cuando declaró: «Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él» (Ro 3:20). Tenía conocimiento de primera mano cuando se lamentó: «Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición» (Gá 3:10).

Pablo también tuvo experiencia de primera mano con la gracia. Por eso declaró con gozo: «Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Es imposible estudiar a Pablo sin entrar en contacto con la gracia. Por eso leemos en Romanos 5 que todo nuestro esfuerzo llega a su fin en Cristo. Solo podemos alcanzar la paz con Dios por medio de la fe en Cristo, el único que cumplió la ley perfectamente.

EL LEGALISMO EN LA HISTORIA
Al volver a las páginas de la historia de la iglesia, vemos cómo el enfoque de la iglesia en la gracia fue eclipsado por el legalismo. Esto ocurrió a gran escala tras la controversia entre Agustín y Pelagio. A raíz de esa controversia, se sembraron las semillas que acabarían dando lugar a un sistema de obras en toda regla como lo fue la visión de la iglesia medieval sobre la salvación. La clave aquí es el cambio de la enseñanza bíblica sobre el arrepentimiento a la enseñanza de la iglesia sobre la penitencia.

El arrepentimiento está ilustrado en el recaudador de impuestos de la parábola de Cristo. El arrepentido simplemente oraba a Dios: «Ten piedad de mí, pecador». La penitencia es la lista de cosas que hay que hacer para quedar bien con Dios. En la época de Lutero, esa lista había crecido bastante. Por eso Lutero intentó en vano llegar a Dios siendo un buen monje. Lutero incluso se metió en el monasterio en un intento, muy equivocado, de agradar a Dios.

Solo una cosa resultó del ardiente trabajo de Lutero: se encontró aun más alejado de Dios y sumido en la ansiedad. Más adelante en su vida, incluso sufrió físicamente por sus intentos anteriores de alcanzar la justicia mediante estos esfuerzos. Pero en Su gracia, Dios llegó hasta Lutero. No podemos aprehender la gracia de forma natural. Por eso la gracia nos debe aprehender a nosotros.

Una rama de la Reforma inicialmente celebró esta gloriosa verdad de la gracia y luego se apartó de ella. En Zúrich surgieron los anabaptistas. Entre otras creencias, abogaban por retirarse de la sociedad y vivir en comunidades segregadas. Pronto desarrollaron un código de vestimenta y normas sobre cómo vivir y trabajar. Se llamaban a sí mismos menonitas, ya que seguían las enseñanzas de Menno Simons (1496-1561). En 1693, Jakob Ammann se separó de los menonitas por la práctica de «la prohibición», es decir, el rechazo a los que transgreden las normas. Sus seguidores serían conocidos como los amish. Pasaron del evangelio a las normas y las tradiciones.

La misma dinámica se produjo en el siglo XX en varios grupos fundamentalistas. Recuerdo entrar en una iglesia en los años setentas y encontrarme con dos grandes diagramas que mostraban las pautas aceptables de cabello y ropa para hombres y mujeres. El cristianismo se reducía a listas, sobre todo de lo que no hay que hacer.

Así como vemos que Cristo se enfrentó al legalismo en casi todas las páginas de los evangelios, también podemos encontrar legalismo en todas las páginas de la historia de la iglesia. También podemos encontrar lo contrario. El antinomianismo prosperó durante la Reforma. Prosperó y sigue prosperando en algunos grupos de fundamentalismo. Lamentablemente, podemos contar toda la historia de la búsqueda equivocada de Dios por parte de la humanidad rastreando estos hilos siempre presentes del legalismo y el antinomianismo.

EL LEGALISMO EN LA VIDA
Lo contrario al legalismo no es la licencia. Es la libertad. Lutero llamaba a Gálatas su «Katie». «Estoy comprometido con ella», decía. Es un cumplido que va en dos direcciones. Refleja cuán profundamente amaba a su esposa, y refleja cuán profundamente amaba el mensaje de Gálatas. Es «la epístola de la libertad».

Si queremos descubrir las raíces del legalismo, debemos mirar en última instancia a nuestra propia vida. La condición incurvatus nos impide ver nuestra verdadera necesidad. Nos engaña haciéndonos creer que somos básicamente buenos y que solo necesitamos ser mejores. El legalismo es realmente condenable y bastante perjudicial. El legalismo puede incluso catapultarnos hacia lo contrario, a una vida de licencia y a una vida, en última instancia, de rebelión.

La realidad es que no somos buenos. Qué ironía que parte de la «buena noticia» del evangelio sea que no somos buenos en absoluto. Y como no somos buenos, nunca podríamos mirarnos a nosotros mismos, sino que debemos mirar a Aquel que nació de una mujer, nacido bajo la ley. Él es el único justo. Guardó la ley y soportó su castigo por aquellos que confían en Él. Dios derrama Su gracia gratuitamente sobre nosotros por lo que Cristo ha hecho por nosotros. Cristo nos ha liberado (Gá 5:1).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Stephen Nichols
El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our Salvation, Jonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and Thought, Peace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life. Él está en Twitter @DrSteveNichols.

Dejar de reunirse con la iglesia te hace daño espiritualmente

Dejar de reunirse con la iglesia te hace daño espiritualmente

Por Jonathan Leeman

Algunos pensarán que esto es insensible, otros pensarán que ya es tarde, pero quiero asegurarme de que se diga: dejar de reunirte físicamente con la iglesia te hace daño espiritualmente. Así que, cristiano cansado de la pandemia, trabaja para reunirte de nuevo con tu iglesia, incluso si tu iglesia sigue ofreciendo una opción virtual. Del mismo modo, pastor cansado de la pandemia, anime amablemente a su congregación cansada de la pandemia a reunirse tan pronto como pueda.

UNAS PALABRAS PARA LOS MIEMBROS
A los cristianos, déjenme admitir que no conozco su situación. No conozco las leyes a las que están sometidos ni los riesgos de salud que siguen existiendo para ustedes personalmente. Por eso, en un artículo para el público en general como éste, quiero dejar espacio para las diferentes circunstancias y conciencias. Los impedimentos providenciales son reales. Si la gripe te impide ir al trabajo, quédate en casa y no deberías sentirte culpable. Al mismo tiempo, sabes que quedarte en casa, con el tiempo, perjudica tu trabajo. Así que vuelve al trabajo tan pronto como puedas.

Del mismo modo, mientras piensas en tu propia situación de asistencia a la iglesia, con la esperanza de conversar con tus pastores, tal vez permanezcas provisionalmente impedido de asistir. El Señor muestra misericordia y gracia. Él hace provisión para el aislado, el soldado, el que no puede ir a la iglesia, y el anciano de alto riesgo.

Pero mientras sopesas todas las variables, quiero dejar una piedra en tu zapato. Si no puedes asistir, quiero que te sientas un poco frustrado por no poder asistir, para que no te sientas cómodo. Si no te sientes frustrado, algo va mal. El Señor nos ha ordenado no abandonar la congregación (Heb. 10:25). Y la ausencia de la reunión sí afecta a nuestro estado espiritual, aunque tengamos una razón legítima para no asistir, como estar enfermos o en cuarentena. Jesús diseñó el cristianismo y el progreso de nuestro discipulado para centrarse en las reuniones. Por tanto, la matemática es simple: Reunirse con la iglesia es espiritualmente bueno para ti. Dejar de reunirte físicamente con la iglesia te perjudica espiritualmente.

UNA PALABRA PARA LOS PASTORES
A los pastores, permítanme decirles que estoy planteando el tema ahora — en el invierno de 2021— porque estoy escuchando de ustedes que algunos de sus miembros se han vuelto complacientes. Me dicen que los miembros no están asistiendo cuando probablemente podrían hacerlo. Se sienten demasiado cómodos con la opción virtual.

De hecho, esta es la razón por la que algunas iglesias nunca ofrecieron el servicio de transmisión en vivo en primer lugar. No querían arriesgarse a fomentar el apetito por un sustituto muy poco sano. Muchas otras iglesias, sin embargo, tomaron una decisión diferente. Ofrecieron el sustituto menos sano. Sin embargo, en mi caso, lo hicimos sabiendo que había riesgos.

Uno de los riesgos es tentar a los miembros a pensar: «Oye, parece que me va bien espiritualmente con sólo ir a la iglesia cada semana. Tal vez no ir a la iglesia el domingo no sea un gran problema». Sin embargo, ahora es el momento, pastor, de que tengamos en cuenta esos riesgos, para que no vuelvan a casa.

Por tanto, te animo a que encuentres alguna manera de discutir esto con tu iglesia. No necesito decirte qué palabras usar. Puedes averiguar cómo animar a tus miembros a reunirse sin ser insensible a los que se encuentran en situaciones difíciles. Hace apenas unas semanas, nuestros propios ancianos discutieron este tema. Acordamos decir algo tanto en la reunión semanal como en las conversaciones individuales. Esto último nos permitiría ejercer la atención pastoral con individuos en diferentes situaciones. Sin embargo, acordamos que necesitamos recordar a la iglesia que no reunirse no es espiritualmente sano.

Además, te animo a que tú y tus compañeros ancianos discutan entre ustedes, como hicimos nosotros, si se debe desactivar la opción virtual y cuándo, o al menos restringirla más severamente. La iglesia virtual individualiza el discipulado cristiano. Sustituye sutilmente una fe familiar por una fe de consumo. Algunos de sus miembros seguirán eligiendo esa opción si está disponible, aunque no deberían hacerlo.

Reconozco que la iglesia virtual también parece atractiva por razones de evangelización. Los no cristianos parecen más propensos a sintonizar que a acudir. Lo entiendo. Pero la Biblia dice que los no cristianos no sólo necesitan una imagen tuya predicando; necesitan estar rodeados de cristianos adorando (1 Co. 14:24-25). En otras palabras, la iglesia virtual individualiza no sólo el discipulado, sino la evangelización. Muestra al mundo una imagen del cristianismo a través de palabras, no de palabras y vidas. Tal vez por eso el cristianismo creció durante 2000 años sin nuestros servicios virtuales.

Mientras tanto, el mandato bíblico de reunirse no es una carga (véase Heb. 10:25; 1 Juan 5:3). Es para nuestro bien, nuestra fe, nuestro amor y nuestra alegría. Es posible que tus miembros necesiten que se les recuerde esto.

Por Jonathan Leeman
Jonathan (@JonathanLeeman) edita la serie de libros 9Marks, así como el 9Marks Journal. También es autor de varios libros sobre la iglesia. Desde su llamado al ministerio, Jonathan ha obtenido un máster en divinidad por el Southern Seminary y un doctorado en eclesiología por la Universidad de Gales. Vive con su esposa y sus cuatro hijas en Cheverly, Maryland, donde es anciano de la Iglesia Bautista de Cheverly.

¿Cómo ha afectado la Caída del hombre a la humanidad?

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12). Los efectos de la caída son numerosos y de gran alcance. El pecado ha afectado cada aspecto de nuestro ser. Ha afectado nuestras vidas en la tierra y nuestro destino eterno.

Uno de los efectos inmediatos de la caída fue que la humanidad se separó de Dios. En el jardín de Edén, Adán y Eva tuvieron comunión perfecta y compañerismo con Dios. Cuando se rebelaron contra Él, esa comunión se rompió. Ellos se dieron cuenta de su pecado y se avergonzaron ante Él. Se escondieron de Él (Génesis 3:8-10), y el hombre ha estado escondiéndose de Dios desde entonces. Sólo a través de Cristo se puede restaurar esa comunión, porque en Él somos hechos justos y sin pecado a los ojos de Dios como Adán y Eva fueron antes de pecar. «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El» (2 Corintios 5:21, LBLA).

A causa de la caída, la muerte se convirtió en una realidad, y toda la creación estaba sujeta a ella. Todos los hombres mueren, todos los animales mueren, toda la vida vegetal muere. «…toda la creación gime a una» (Romanos 8:22), esperando el tiempo cuando Cristo volverá para liberarla de los efectos de la muerte. Por causa del pecado, la muerte es una realidad ineludible, y nadie es inmune. «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23). Peor aún, no sólo nos morimos, sino que si morimos sin Cristo, experimentamos la muerte eterna.

Otro efecto de la caída es que los seres humanos han perdido de vista el propósito para el cual fueron creados. El último y más alto propósito del hombre en la vida es glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre (Romanos 11:36; 1 Corintios 6:20; 1 Corintios 10:31; Salmo 86:9). Por lo tanto, el amor a Dios es la base de toda moralidad y bondad. Lo opuesto es la elección de uno mismo como supremo. El egoísmo es la esencia de la caída, y lo que sigue es todos los otros delitos contra Dios. En todas sus formas, el pecado es un giro hacia uno mismo, que se confirma en cómo vivimos nuestras vidas. Llamamos la atención a nosotros mismos y a nuestras buenas cualidades y logros. Minimizamos nuestros defectos. Buscamos favores especiales y oportunidades en la vida, queriendo una ventaja extra que nadie más tiene. Nos enfocamos en nuestros propios deseos y necesidades, mientras que ignoramos los de los demás. En definitiva, nos situamos en el trono de nuestras vidas, usurpando el papel de Dios.

Cuando Adán eligió rebelarse contra su Creador, perdió su inocencia, incurrió en la pena de muerte física y espiritual, y su mente fue oscurecida por el pecado, al igual que las mentes de sus herederos. El apóstol Pablo dijo de los paganos, «Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada» (Romanos 1:28). Les dijo a los Corintios que «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4:4). Jesús dijo: «Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Juan 12:46). Pablo recordó a los Efesios: «ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor» (Efesios 5:8, NVI). El propósito de la salvación es «[abrir] sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios» (Hechos 26:18).

La caída produjo en los seres humanos un estado de depravación. Pablo habló de aquellos «teniendo cauterizada la conciencia» (1 Timoteo 4:2) y de aquellos cuyas mentes se obscurecen espiritualmente como resultado de rechazar la verdad (Romanos 1:21). En este estado, el hombre es totalmente incapaz de hacer o elegir lo que es aceptable a Dios, aparte de la gracia divina. «La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo» (Romanos 8:7, NVI).

Sin la regeneración sobrenatural del Espíritu Santo, todos los hombres permanecerían en su estado caído. Pero en Su gracia, misericordia y bondad amorosa, Dios envió a Su Hijo a morir en la Cruz y tomar el castigo por nuestro pecado, reconciliándonos con Dios, haciendo posible la vida eterna con Él. Lo que se perdió en la caída se reclama en la Cruz.