El Llamado de Cristo a Reformar la Iglesia

por John MacArthur 

El Señor Jesucristo escribió, en el libro de Apocalipsis, siete cartas a ciudades en Asia Menor. No las escribió al ayuntamiento sino a la iglesia. 

Piense en eso por un momento. En los capítulos finales de las Escrituras, el Señor no llama a su iglesia para una misión de «redimir la cultura”. No aconsejó a su pueblo que aprovechara el poder político para instituir moralidad, o para protestar contra el gobierno de individuos inmorales. Es más, Él no lanzó una revolución social ni ideó una estrategia política de ninguna clase. 

La iglesia de nuestro tiempo –y en particular la iglesia en los Estados Unidos- debe entender que Dios no ha llamado a su pueblo a salir del mundo simplemente para librar una guerra cultural con el mundo. No estamos destinados a ganar terreno temporal como alguna fuerza invasora que lucha superficialmente para “hacer que este país regrese a Dios”. Debemos liberarnos de la ilusión de que la moralidad de nuestros antepasados convirtió una vez a los Estados Unidos en una “nación cristiana”. Nunca ha habido naciones cristianas, solo ha habido cristianos. 

Los creyentes debemos entender que lo que ocurra política y socialmente en los Estados Unidos no tiene nada que ver con el avance o el poder del reino de Dios. El cambio cultural no acelera el crecimiento del reino, ni puede obstaculizarlo (Mt. 16:18). El reino de Cristo “no es de este mundo” (Jn. 18:36). 

Eso no quiere decir que yo desprecie nuestro proceso democrático o que sea desagradecido por tener una voz en él. Es una gran bendición tener voto y poder apoyar las normas bíblicas de la moral. Muchos cristianos a lo largo de la historia de la iglesia han vivido circunstancias mucho peores que las nuestras, sin medios legales para hacer algo al respecto. 

Pero la presunción de que un movimiento social o una influencia política podrían llevar a cabo un gran cambio espiritual en el mundo es evidencia de una grave falta de comprensión del pecado. Los creyentes debemos concentrar nuestras energías en el ministerio que puede transformar vidas, no en leyes. La obra del reino no tiene que ver con reformar gobiernos, reescribir regulaciones, o reconstruir la sociedad en alguna versión de una utopía cristiana. En el mejor de los casos, los esfuerzos de justicia política y social son soluciones externas de corto plazo para los males morales de la sociedad, y no hacen nada por abordar la problemática personal, interna y dominante de los corazones pecadores que odian a Dios (Ro. 8:7), los cuales solo pueden ser rescatados de la muerte eterna por fe en el Señor Jesucristo.  

(Adaptado de El Llamado de Cristo a Reformar la Iglesia)

¿Es pecado ingerir bebidas alcohólicas?

Un creyente debe abstenerse de ingerir cualquier bebida alcohólica.

Como siempre ha sido nuestra práctica, dejemos que la palabra de Dios nos instruya sobre este tan debatido y polémico asunto de conducta cristiana.

Comenzaremos diciendo que la Biblia no contiene ningún mandato en contra de ingerir bebidas alcohólicas. Lo que sí contiene es mandatos en contra de la embriaguez. Note uno de ellos, se encuentra en 1ª Corintios 6:9-10 donde leemos: «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios»

De aquí podemos concluir que la palabra de Dios condena la borrachera al ponerla en el mismo plano que la fornicación, el adulterio, la homosexualidad, la idolatría, etc.

¿Será entonces que el creyente puede ingerir cualquier bebida alcohólica siempre y cuando no llegue a emborracharse? Hay muchos que opinan que sí, y se convierten en bebedores sociales, lo cual, según ellos, significa que ingieren bebidas alcohólicas con moderación para cumplir con sus compromisos sociales. Dicen ellos que como la Biblia no contiene un versículo que diga: No seáis un bebedor social, entonces no hay ningún problema con ingerir bebidas alcohólicas siempre y cuando no lleguen a emborracharse.

Pero aquí debemos detenernos y meditar, porque estamos entrando en un campo que debe ser considerado con sumo cuidado antes de decidir que podemos ingerir bebidas alcohólicas con moderación como dicen algunos.

Es necesario considerar la ley del amor gobernando nuestra libertad en Cristo para hacer o dejar de hacer ciertas cosas no legisladas en la Biblia. En esencia lo que esta ley dice es que la libertad que tenemos en Cristo para hacer o dejar de hacer las cosas que no están reguladas en la Biblia está limitada por una ley superior que es el amor a los demás.

Esta ley aparece en textos como Gálatas 5:13 donde dice: «Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servios por amor los unos a los otros»

Según lo que dice este texto, diríamos que efectivamente, el creyente tiene plena libertad para ingerir bebidas alcohólicas con moderación, sin llegar a emborracharse, pero existe el peligro de usar esta libertad como ocasión para la carne.

¿Qué significa esto? Pues que la libertad que tiene el creyente para hacer cierta cosa, se ha tornado en un justificativo para agradarnos a nosotros mismos en detrimento de los demás. Por eso el versículo que leímos termina diciendo: sino servios por amor los unos a los otros.

Esto significa entonces que la libertad del creyente para hacer las cosas no legisladas en la Biblia queda subyugada al servicio a los demás en amor. ¿Cómo serviríamos a otros por amor, en el caso que nos atañe? Pues simple y llanamente cediendo voluntariamente el derecho que tenemos para ingerir bebidas alcohólicas.

Es por esto que Pablo nos deja con un excelente enfoque de su libertad en Cristo en 1ª Corintios 10:23-24 donde dice: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro.»

Aplicando este texto al caso específico de ingerir o no bebidas alcohólicas con moderación, sin llegar a emborracharse, Pablo diría: Es lícito ingerir bebidas alcohólicas sin llegar a emborracharse, pero no es necesariamente conveniente. Es lícito ingerir bebidas alcohólicas sin emborracharse, pero puede ser que no sea edificante. ¿Cómo saber si es o no conveniente? ¿Cómo saber si es o no edificante? Pues por el efecto que esta conducta va a tener en los otros.

La libertad cristiana está entonces limitada por como va a afectar nuestras acciones sobre otros hermanos. Es en relación a esto que Pablo pronunció las palabras que tenemos en 1ª Corintios 8:13 donde dice: «Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano.»

Aplicando esto a nuestro caso de ingerir bebidas alcohólicas con moderación, Pablo diría: Si ingerir bebidas alcohólicas con moderación afecta negativamente a algún hermano, gustosamente cederé mi derecho de ingerir bebidas alcohólicas con moderación para por amor no hacer tropezar a ese hermano. Esto es la libertad limitada por el amor; y es característica de una verdadera madurez espiritual.

Terminando ya, leamos lo que dice Romanos 15:1-2 «Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.»

Resumiendo entonces, la Biblia no ordena abstinencia total de bebidas alcohólicas por parte del creyente. El creyente tiene libertad de hacerlo, pero esta libertad está limitada por el amor a otros hermanos y esto resulta en un ceder el derecho de ingerir bebidas alcohólicas para no herir a otros hermanos. Esta es una conducta propia de la madurez espiritual.

Llevar cautivas todas las cosas

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

No hace mucho, mi familia y yo estábamos comiendo en un restaurante local conocido por su cocina sureña de estilo casero y su pintoresco ambiente familiar. Cuando nos íbamos, no pude evitar fijarme en una familia que estaba sentada junta, y cada uno de ellos —papá, mamá, hermano mayor y hermana pequeña— estaba envuelto en una conversación con otra persona, en otro lugar en una galaxia muy, muy lejana. Con los hombros encorvados y los ojos mirando inertes a sus teléfonos móviles, sus dedos frenéticos tecleaban mientras colocaban cuidadosamente sus emoticones (imágenes emocionales electrónicas, como caritas sonrientes, caras tristes, etc.) que hacían la función que les correspondía como sustitutos emocionales de sus caras desapasionadas y electrónicamente brillantes.

Como observador constante de mi entorno sociocultural, tenía que captar de algún modo este triste fenómeno familiar del siglo XXI. Inmediatamente saqué mi útil iPhone y tomé una foto digital. Sí, es cierto que vivimos en un mundo nuevo y desafiante: mira hasta dónde hemos llegado.

Para bien o para mal, soy un poco anticuado y tengo tendencia a resistirme a lo nuevo, a lo mejorado, a lo que está de moda y a todo lo que se considera producto del supuesto progreso. Sin embargo, desde que me convertí en cristiano he tenido la convicción abrumadora de que debo aprovechar al máximo mi tiempo y aprovechar cada minuto de cada día para realizar lo que sea digno para la gloria de Dios, utilizando cualquier medio o nueva tecnología que sean apropiados con sabiduría y cuidado, tal como nos instruye el apóstol Pablo: Aprovecha bien el tiempo porque los días son malos (Ef 5:16). Del mismo modo, Jonathan Edwards resolvió «no perder nunca un momento de mi tiempo, sino mejorarlo de la manera más provechosa que pueda» (quinta resolución). Por esta razón, no debemos rehuir de lo que nos llegue en este nuevo mundo, por muy rápido que llegue. Por el contrario, debemos vivir cada día a la luz de la eternidad, delante del rostro de Dios, que no solo aprueba, sino que ordena el uso correcto de todas las cosas correctas, siempre que se utilicen para la edificación de Su pueblo, para la misión mundial de la iglesia de Cristo y para la proclamación de la inmutable Palabra de Dios, que fue supervisada por el Espíritu Santo y escrita con pluma y pergamino, y que ahora está a disposición del mundo entero, por el plan soberano de Dios, todo para Su gloria.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Ovejas y Cabritos en La Iglesia: La Verdadera Diferencia

Por Hayden Hefner

Amo la música de Keith Green. Me encanta el piano intenso y fuerte, así como las muchas palabras que emplea en las letras de sus canciones. Me encanta que representa el estilo de los ochentas y del movimiento de Jesus People. Amo su pasión.

Mi papá fue el que me presentó a Green en un inicio. Lo escuchábamos con frecuencia durante nuestro trayecto a casa desde la escuela. En mi opinión, no hay mejor ejemplo de una canción de Green que «The Sheep and the Goats» (Las ovejas y las cabras).

Sheep Farm Indonesia – Peternakan Domba Banjarnegara
Green canta la parábola de Jesús en Mateo 25:31-46 en esta canción. En el pasaje, Jesús describe el juicio final del mundo como un pastor que separa a las ovejas justas de los cabritos injustos. La forma en que el pastor distingue entre los dos grupos es examinando el amor sacrificial que han mostrado hacia «uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños» (Mt 25:40, 45).

Green se apega al texto de manera notable. Sin embargo, él agrega este comentario final sobre el pasaje en la última línea de la canción: «Amigos míos, la única diferencia entre las ovejas y las cabras, según esta Escritura, es lo que hicieron y lo que no hicieron».

Estas palabras sacudieron el mundo de mi infancia porque resaltaron mi hipocresía. Yo era un cristiano profesante en ese momento de mi corta vida, pero en realidad estaba lejos de Jesús. Afirmaba amar a Jesús, pero no amaba como Él. Como resultado, esta canción me hizo sentir el desconcertante peso de la hipocresía de mi falta de amor.

No hay nada más horrible que la hipocresía, ¿verdad? En especial, la hipocresía cristiana. No hay nada tan descorazonador, deshonesto y desorientador como una persona que profesa ser cristiana, pero no ama a los demás.

La suprema idoneidad del amor
¿Por qué nos molesta tanto la hipocresía cristiana? ¿Por qué los pecados que reflejan una falta de amor entre los que profesan ser cristianos causan tal sensación de desorientación, disonancia y (si no tenemos cuidado) desilusión?

Más importante aún: ¿por qué el Pastor odia la hipocresía de la falta de amor?

Cuando leemos el texto de Mateo 25, parece evidente que el amor sacrificial es supremamente apropiado para el cristiano. Es la base sobre la que el Buen Pastor separa a sus ovejas de los cabritos.

Sin embargo, no inferimos que es apropiado solo de pasajes como Mateo. Lo vemos articulado a lo largo del Nuevo Testamento. Jesús declara: «En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn 13:35).

Jesús no podría ser más claro. La forma en que amamos a los demás (especialmente a «uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños») es importante. Importa porque nos hace diferentes. Importa porque este tipo de amor es la forma en que el pastor distingue a sus ovejas de los cabritos. Importa porque está en juego la entrada al reino del Padre (Mt 25:34).

Todo esto plantea otra pregunta: ¿En qué sentido es que la entrada al reino está en juego? Si no podemos hacer algo para ganar nuestra salvación, ¿por qué Jesús dice todo esto en Mateo 25? En otras palabras, ¿Cuál es la verdadera diferencia entre las ovejas y los cabritos?

Oveja verdadera, lana verdadera
Aunque me encanta la música de Green en general y me encanta «The Sheep and the Goats» en particular, creo que la última línea de la canción es engañosa.

La única diferencia entre las ovejas justas y los cabritos injustos no es lo que hicieron o dejaron de hacer. La diferencia no está simplemente en las características externas. Las ovejas y los cabritos tienen un ADN diferente. Tienen células diferentes y son especies diferentes.

Sí, existen diferencias externas entre las ovejas y los cabritos. Sí, podemos distinguir entre los dos basándonos en esas diferencias externas («en esto conocerán todos que son Mis discípulos»). Pero debemos tener cuidado de no confundir los síntomas con las causas. Debemos tener cuidado de no confundir la fruta con la raíz, ni la lana con el ADN.

El Nuevo Testamento es claro de forma consistente. La manera en que amamos a los demás tiene un significado eterno. No te equivoques, los justos serán separados de los injustos en base a la presencia de un amor genuino por los demás. Sin embargo, este amor sacrificial no es la causa de una nueva naturaleza justa, es el fruto inevitable de recibir esta nueva naturaleza.

El amor sacrificial es la verdadera lana que distingue a las ovejas de los cabritos. Tener lana verdadera no te convierte en una oveja, pero ser oveja hace que tengas lana verdadera.

Por lo tanto, cuando Cristo separa a las ovejas y los cabritos, los está separando basándose en la presencia de resultados inevitables. Sí, podemos reconocer la verdadera conversión por la presencia del amor sacrificial. Pero nunca debemos creer que nuestro amor sacrificial es la causa de una verdadera conversión. El amor sacrificial es al nuevo nacimiento, lo que la lana verdadera es a una oveja.

El fruto inevitable de una semilla incorruptible
Pedro expresa esta realidad cuando manda a los creyentes: «ámense unos a otros entrañablemente, de corazón puro. Pues han nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible» (1 P 1:22-23).

El mandamiento de amar a los demás es real, pero nunca debe ser obedecido por nuestras propias fuerzas. Pedro nos aclara que el amor sacrificial es el fruto inevitable de una simiente incorruptible.

En lugar del hedor de la muerte del pecado, el amor sacrificial es el aroma de la nueva creación resucitada. En lugar de los harapos manchados de suciedad del hijo rebelde, el amor sacrificial es la hermosa túnica que se ajusta perfectamente al hijo pródigo que ha regresado. En lugar de las sutilezas superficiales de los cabritos injustos, el amor sacrificial es la lana verdadera y duradera de las ovejas verdaderas.

En lugar de las flores marchitas que crecen de las raíces podridas de Babilonia, el amor sacrificial es el fruto hermoso, eterno e inevitable de una simiente incorruptible.

Por Hayden Hefner
Hayden Hefner sirve como pastor de los ministerios estudiantiles en la iglesia Bridgeway en la ciudad de Oklahoma. Él obtuvo una maestría en estudios teológicos del Seminario Teológico Bautista de Southwestern.

La definición de legalismo

Serie: El legalismo

La definición de legalismo
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Si quieres degradar a alguien en la iglesia, simplemente tienes que utilizar «la palabra que comienza con L» cuando hables con esa persona o sobre ella. El número de veces que un creyente ha llamado legalista a otro es incalculable. Los insultos suelen producirse cuando alguien de la iglesia cree que otro ha dicho o hecho algo que atenta contra la libertad cristiana. Al igual que su término hermano «fundamen…», la etiqueta de legalista se ha convertido en una especie de insulto religioso habitual en las iglesias orientadas a la gracia y centradas en el evangelio. Debemos ser extremadamente lentos a la hora de utilizar esta palabra cuando hablemos con o sobre otros en una comunidad eclesiástica. Puede ser que un creyente simplemente tenga una conciencia más débil o más blanda que otro (Ro 14-15). Además, los que aman la ley de Dios y procuran caminar cuidadosamente de acuerdo con ella siempre serán susceptibles de ser llamados legalistas.

Debemos cuidarnos de no lanzar descuidadamente la acusación de legalismo. Sin embargo, también debemos reconocer que el legalismo, en sus diversas formas, está muy vivo en las iglesias evangélicas y reformadas. También hay que evitarlo con la máxima determinación. Para evitar lanzar una falsa acusación contra un creyente, para evitar abrazar personalmente el legalismo y para ayudar a restaurar a un creyente que ha caído en el legalismo, debemos saber identificar este mal perenne tanto en sus formas doctrinales como prácticas.

LEGALISMO DOCTRINAL
El legalismo es, por definición, un intento de añadir algo a la obra terminada de Cristo. Es confiar en cualquier otra cosa que no sea Cristo y Su obra terminada para la posición de uno ante Dios. La refutación del legalismo en el Nuevo Testamento es principalmente una respuesta a las perversiones de la doctrina de la justificación por la fe sola. La mayoría de los oponentes del Salvador eran los que creían que eran justos por sí mismos, basándose en su celo y compromiso con la ley de Dios. Los fariseos, los saduceos y los escribas ejemplificaban, con sus palabras y sus actos, el legalismo doctrinal en los días de Cristo y los apóstoles. Aunque hacían ocasionales apelaciones a la gracia, con su autojusticia truncaron y tergiversaron el significado bíblico de la gracia. El apóstol Pablo resumió la naturaleza del legalismo judío cuando escribió: «Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:3-4).

Comprender la relación entre la ley y el evangelio en nuestra justificación es primordial para aprender a evitar el legalismo doctrinal. Las Escrituras enseñan que somos justificados por las obras del Salvador, no por las nuestras. El último Adán vino a hacer todo lo que el primer Adán no pudo hacer (Ro 5:12-21; 1 Co 15:47-49). Nació «bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Vino a ser nuestro representante para cumplir las exigencias legales del pacto de Dios, es decir, para rendir a Dios una obediencia perfecta, personal y continua en nombre de Su pueblo. Jesús hizo merecedores de justicia perfecta a todos aquellos que el Padre le había dado. Nosotros, mediante la unión de fe con Él, recibimos un estatus de justicia en virtud de la justicia de Cristo que se nos imputa. En Cristo, Dios proporciona lo que Él exige. Las buenas obras por las que Dios ha redimido a los creyentes, para que andemos en ellas, no intervienen en absoluto en nuestra justificación. Son simplemente la evidencia necesaria de que Dios nos ha perdonado y aceptado en Cristo.

Sin embargo, el legalismo doctrinal también puede introducirse en nuestra mente por la puerta trasera de la santificación. El apóstol Pablo lo dio a entender en Gálatas 3:1-4. Los miembros de la iglesia de Galacia se habían dejado engañar creyendo que su posición ante Dios dependía en última instancia de lo que consiguieran en la carne en su andar cristiano. Es posible que comencemos la vida cristiana creyendo únicamente en Cristo y en Su obra salvadora y que luego caigamos en la trampa de imaginar tontamente que depende de nosotros terminar lo que Él ha comenzado. En la santificación, al igual que en la justificación, son ciertas las palabras de Jesús: «separados de Mí nada pueden hacer» (Jn 15:5).

El legalismo doctrinal en la santificación a veces es alimentado por predicadores apasionados que hacen hincapié en las enseñanzas de Jesús sobre las exigencias del discipulado cristiano, al tiempo que las separan de la enseñanza apostólica sobre la naturaleza de la obra salvadora de Cristo para los pecadores, o minimizan tal enseñanza. El renombrado teólogo reformado Geerhardus Vos explicó la naturaleza de esta forma sutil de legalismo cuando escribió:

Todavía prevalece una forma sutil de legalismo que quiere robar al Salvador Su corona de gloria, ganada por la cruz, y hacer de Él un segundo Moisés, ofreciéndonos las piedras de la ley en lugar del pan de vida del evangelio… [el legalismo] no tiene poder para salvar.

En Colosenses 2:20-23, el apóstol Pablo aborda otra forma de legalismo doctrinal que se cuela por la puerta trasera de la santificación. Él escribe:

Si ustedes han muerto con Cristo a los principios elementales del mundo, ¿por qué, como si aún vivieran en el mundo, se someten a preceptos tales como: «no manipules, no gustes, no toques», (todos los cuales se refieren a cosas destinadas a perecer con el uso), según los preceptos y enseñanzas de los hombres? Tales cosas tienen a la verdad, la apariencia de sabiduría en una religión humana, en la humillación de sí mismo y en el trato severo del cuerpo, pero carecen de valor alguno contra los apetitos de la carne.

Los que han abrazado esta forma de legalismo doctrinal prohíben lo que Dios no ha prohibido y ordenan lo que Él no ha mandado. Se obligan a sí mismos y a los demás a una norma de santidad externa a la que Dios no nos ha obligado en Su Palabra. Esta es una de las formas más prevalentes y perniciosas de legalismo en la iglesia actual. A menudo se presenta en forma de prohibiciones de comer ciertos alimentos y beber alcohol. A veces se cuela a través de convicciones personales sobre la crianza y la educación.

LEGALISMO PRÁCTICO
Hay otro tipo de legalismo ante el que debemos estar en guardia: el legalismo práctico, que puede tomar imperceptiblemente el control de nuestros corazones. Por naturaleza, nuestras conciencias están conectadas al pacto de obras. Aunque los creyentes se han convertido en nuevas criaturas en Cristo, todavía llevan consigo un viejo hombre, una vieja naturaleza pecaminosa adámica. El modo por defecto de la vieja naturaleza es volver a deslizarse mentalmente bajo el pacto de obras. Siempre corremos el peligro de convertirnos en legalistas prácticos al alimentar o pasar por alto un espíritu legalista.

Es totalmente posible que un hombre o una mujer tenga la cabeza llena de doctrina ortodoxa y al mismo tiempo el corazón lleno de autosuficiencia y orgullo. Podemos estar comprometidos intelectualmente con las doctrinas de la gracia y hablar con nuestros labios de la libertad que Cristo ha comprado para los creyentes, y al mismo tiempo negarlas con nuestras palabras y acciones.

El espíritu legalista es fomentado por el orgullo espiritual. Cuando un creyente experimenta un crecimiento en el conocimiento o algún poder espiritual, corre el peligro de empezar a confiar en sus logros espirituales. Cuando esto ocurre, los legalistas prácticos empiezan a mirar a los demás por encima del hombro y a juzgar pecaminosamente a quienes no han experimentado lo mismo que ellos. En su sermón «Llevar el arca a Sión por segunda vez», Jonathan Edwards explicó que había observado la realidad del orgullo espiritual y el legalismo práctico entre quienes habían experimentado el avivamiento durante el Gran Despertar:

Mientras viven, en los hombres hay una disposición excesiva para hacer una justicia de lo que hay en ellos mismos, y también una disposición excesiva para hacer una justicia de sus experiencias espirituales, así como de otras cosas… un converso es propenso a ser exaltado con pensamientos elevados de su propia eminencia en la gracia.

Quizá lo más perjudicial sea la forma en que el espíritu legalista puede manifestarse en el púlpito. Un ministro puede predicar la gracia de Dios en el evangelio sin experimentar esa gracia en su propia vida. Esto, a su vez, tiende a alimentar un espíritu legalista entre ciertos miembros de una iglesia.

LA CURA PARA EL LEGALISMO
La gracia de Dios en el evangelio es la única cura para el legalismo doctrinal y práctico. Cuando reconozcamos el legalismo doctrinal o práctico en nuestras vidas, debemos huir hacia el Cristo crucificado. Al hacerlo, empezaremos a crecer de nuevo en nuestro amor por Aquel que murió para sanarnos de nuestra propensión a confiar en nuestras propias obras o logros. A diario, necesitamos que se nos recuerde la gracia que ha cubierto todos nuestros pecados, que nos ha proporcionado la justicia desde fuera de nosotros mismos y que nos ha liberado del poder del pecado. Solo entonces perseguiremos con gozo la santidad. Solo entonces amaremos la ley de Dios sin intentar cumplirla para nuestra justificación ante Él. El grito de un corazón liberado del legalismo es este:Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano (Gá 2:20-21).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

¿Debe un cristiano consultar a los horóscopos?

El propósito de un horóscopo es comprender mejor el carácter de una persona y predecir el futuro. La creencia básica de la astrología es que los planetas y las estrellas ejercen una influencia sobre nuestras vidas. Aquellos con conocimiento especial — los astrólogos — pueden predecir los acontecimientos en la vida de una persona. Es penoso que los periódicos más importantes tienen una columna del horóscopo, y aún más angustiante que muchos cristianos leen sus horóscopos.

La Biblia prohíbe expresamente la adivinación, la brujería y las artes ocultas (Deuteronomio 18:10-14). El pueblo de Dios debe prestar atención solo a Dios (Deuteronomio 18:15). Cualquier otra fuente de orientación, información o revelación debe ser rechazada rotundamente. (Véase también Hechos 16:16-18). La Biblia señala a Jesucristo como el único enfoque correcto de la fe (Hechos 4:12; Hebreos 12:2). Nuestra confianza está solo en Dios, y sabemos que Él dirigirá nuestras veredas (Proverbios 3:5-6). La fe en cualquier cosa que no sea Dios está fuera de lugar.

La astrología, entonces, se opone a la enseñanza bíblica en al menos dos formas: defiende la fe en algo distinto de Dios, y es una forma de adivinación. No podemos determinar la voluntad de Dios para nuestras vidas a través de los horóscopos. Como cristianos, debemos leer la Biblia y orar a Dios para obtener sabiduría y guía. Consultar un horóscopo es una violación de los medios de comunicación de Dios para con Sus hijos. Creemos firmemente que los horóscopos deben ser rechazados por los cristianos.

¿Qué pasó con el pudor y la modestia?

¿Qué pasó con el pudor y la modestia?
SUGEL MICHELÉN

Como vimos en la entrada anterior, Dios no nos ha dejado en oscuridad con respecto al tema de la vestimenta. Él ha hablado y, como siempre, lo que Él dice sobre este asunto es completamente contrario a lo que el mundo dice. Pero si eres creyente, los criterios de Dios revelados en la Palabra de Dios son los que deben amarrar tu conciencia y guiar tus pasos; no la revista Vogue, ni Harper’s Bazar, ni Cosmopolitan, ni GQ para los hombres, sino la infalible, inerrante y todo suficiente Palabra de Dios. “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Rom. 3:4). ¿Qué nos dice Dios en Su Palabra sobre la vestimenta, qué nos ordena?

Veamos lo que Pablo dice al respecto en 1Tim. 2:9: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia”. Las dos palabras que Pablo usa en el texto, y que RV traduce como “atavío” y “decoro”, proceden de la misma raíz: kosmos y kosmeo, de dónde proviene nuestra palabra “cosmético”. La palabra kosmos significa “orden, arreglo o sistema”. Lo contrario de kosmos es caos. De manera que lejos de reprimir ese deseo natural de las mujeres a arreglarse, Pablo lo pone más bien en perspectiva. “Arréglense, pero como mujeres piadosas, mujeres que le temen a Dios y que desean agradarle a Él y reflejar Su carácter por encima de todas las cosas”. Ahora bien, ese arreglo personal debe poseer dos características fundamentales.

La mujer debe vestirse con pudor

La palabra griega que Pablo usa aquí conlleva tanto la idea de modestia como de humildad. Significa literalmente “sentido de vergüenza”. Una mujer piadosa debería sentirse avergonzada y culpable si por causa de su vestimenta alguien es distraído en su adoración a Dios o llevado a tener pensamientos impuros.

La modestia es todo lo opuesto a la arrogancia y al deseo de llamar la atención. Cuando esta mujer se viste ella está delante de Dios, no delante de los hombres. Por eso la modestia evita el exceso y la sensualidad.

La ropa de una mujer cristiana debe estar en perfecta consonancia con su profesión de fe. Una mujer que ama a Jesucristo no trata de causar furor con su vestido. Su principal interés es mostrar el carácter de nuestro Dios y Padre en todo cuanto hace y en todo cuanto usa.

Si te vistes para la gloria de Dios, tu vestimenta revelará pureza y castidad. En vez de mostrar las formas de tu cuerpo para provocar a otros, vas a cubrirlo adecuadamente porque no quieres ni pensar que por causa de un capricho tuyo un hombre sea llevado a pecar contra el Dios al que tú dices amar, adorar y servir.

De más está decir que ese no es el pensamiento del mundo en cuanto a este asunto. La industria de la moda no cree que el principal propósito de la ropa sea cubrir el cuerpo, sino más bien atraer las miradas de los hombres sobre ti; la mayoría de la moda hoy día es diseñada para provocar una atracción sexual. Se usan telas que se pegan al cuerpo para revelar sus formas, y son cuidadosamente diseñados para resaltar ciertas partes que son cubiertas de tal manera que provoquen el deseo de ver más.

En un libro secular sobre la moda titulado “Hombres y mujeres” escrito por Claudia Kidwell y Valerie Steele, dice que “la ropa es especialmente sexy cuando llama la atención al cuerpo desnudo que está debajo”. Por eso mientras más corto y ajustado mejor. Lamentablemente debemos reconocer que los impíos son más honestos que muchos cristianos. Ellos nos dicen francamente lo que muchos creyentes no se atreven a decir: “Nos vestimos así para provocar, para llamar la atención sobre nuestra figura, para que puedas tener una idea clara de mis formas”.

Como decía en un anuncio sobre trajes de baño: “Es glamoroso… es exótico… definitivamente esto no tiene que ver con nadar”. ¡Por supuesto que no tiene que ver con nadar! Esto tiene que ver con la sensualidad y la provocación.

Las formas del cuerpo del hombre y de la mujer no son pecaminosas; el cuerpo fue diseñado por un Dios bueno y santo, que luego de hacerlo lo declaró bueno y santo. Pero el hombre pecó y se corrompió, y por esa causa el cuerpo descubierto de una mujer es como un barril de pólvora que pasa en medio de candelabros encendidos. Es por eso que nuestro Señor y Salvador nos advierte con tanta fuerza que tengamos cuidado con lo que ven nuestros ojos: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mt. 5:27-29).

Para el hombre es un problema ver a una mujer vestida en una forma reveladora e insinuante. Si la codicia, dice Cristo, ya adulteró con ella en su corazón; y la mujer que provocó tal pensamiento por llevar una falda demasiado corta, o un pantalón ajustado, o una blusa ceñida al pecho que revela claramente sus formas, esa mujer tendrá que darle cuenta a Dios en el día del juicio.

Escucha lo que dice nuestro Señor acerca de aquellos que ponen tropiezo a otros: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo! (Mt. 18:6-7).

Un vestido ajustado que revela claramente las formas del cuerpo, o demasiado corto como para cubrir lo que debe ser cubierto, no es algo neutral. Eso es pecaminoso porque violenta la santidad de Dios y la modestia que estamos llamados a exhibir como hijos de Dios. Y que nadie nos acuse de legalistas por decir esto. Urgir a los creyentes a cubrir su cuerpo no es legalismo, porque la modestia es un mandamiento escritural, un mandamiento que muchos parecen estar olvidando. Cada vez se nota menos la diferencia entre nosotros y los paganos que no conocen a Dios.

¿Es tu vestimenta un reflejo de la humildad y castidad que debe caracterizar a un creyente? Cristo nuestro Salvador, derramó Su preciosa sangre en la cruz para comprar tu alma y tu cuerpo, y el Espíritu de Dios ha venido a hacer morada en ti. A la luz de esa realidad debes dedicarte en cuerpo y alma a perseguir la gloria de Dios en todas las áreas de tu vida.

Dice Pablo en 1Cor. 6:19-20: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. ¿Te vistes como es apropiado vestir al templo del Espíritu Santo? ¿Es tu vestido un reflejo claro del carácter santo y puro de Dios?

Pero la mujer no solo debe vestirse con pudor, sino también, en segundo lugar…

La mujer debe vestirse con buen juicio

Ese es el significado de la palabra que RV traduce como “modestia” en 1Tim. 2:9. También podemos traducirla como “auto control”, “sentido común” o “pureza mental”. Se trata de una mujer juiciosa que no se deja llevar por sus impulsos. Cuando se viste lo hace en una forma discreta y apropiada: apropiada para su edad, para su situación económica y para su época.

En cuanto a esto último dice Richard Baxter: “Es siempre legítimo seguir la moda sobria de la gente sobria; pero no es legítimo seguir la moda vana, inmodesta y enfermiza de los rebeldes, desenfrenados, orgullosos y disolutos” (Christian Directory; pg. 393).

Así que debemos vestirnos con pudor y buen juicio. Y digo “debemos” porque aunque Pablo se está refiriendo en este texto a las mujeres de manera particular, el espíritu general de la Escritura nos permite aplicar estos principios a los hombres también.

Que Dios nos ayude a glorificarle en todo cuanto hacemos, incluyendo la forma como nos vestimos. Nuestra vestimenta dice mucho de la realidad de nuestro corazón.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

El legalismo versus la religión del evangelio

Serie: El legalismo

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Por Burk Parsons

En los últimos años la palabra religión ha pasado por momentos difíciles. Muchos han intentado oponer la religión a la fe, diciendo que el cristianismo no es una religión sino una relación. Eso suena bien, pero no es del todo cierto. La fe y la religión no se excluyen mutuamente, sino que se complementan. El cristianismo es una religión fundada en una relación con Jesucristo. De hecho, el cristianismo es la única religión verdadera del mundo porque es la religión establecida por el único Dios verdadero. La religión cristiana es la vida integral de confiar, adorar, seguir y amar a Dios y al prójimo, capacitada por la obra regeneradora y potenciadora del Espíritu Santo, y fundamentada en nuestra relación con Cristo mediante el evangelio por la gracia sola por medio de la fe sola.

Sin embargo, hablamos con razón de la religión en forma crítica cuando hablamos de la religión creada por el hombre. Cuando hablamos de tal religión, o bien nos referimos a todas las falsas religiones del mundo, como el islam y el budismo, o bien hablamos de las normas religiosas que los hombres añaden a la Escritura y con las que intentan atar nuestras conciencias. Este último tipo de religión era la de los fariseos y, más tarde, la de los judaizantes. Sin embargo, el problema fundamental de los fariseos y los judaizantes no fue que eran demasiado celosos de la ortodoxia religiosa, sino que inventaron su propia ortodoxia religiosa. Basándose en sus invenciones legalistas hechas por el hombre, juzgaron los corazones y tiranizaron a aquellos a los que Cristo había liberado. Y ese es precisamente el problema de las formas de legalismo en nuestras iglesias de hoy. Inventamos leyes en torno a la ley de Dios. Intentamos convertir nuestras preferencias en principios de Dios. Decimos «no puedes» cuando Dios dice «puedes».

Al mismo tiempo, también debemos comprender lo que no es el legalismo. El legalismo no es la obediencia a Dios y a Su ley. El legalismo no es aprender a obedecer todo lo que Cristo nos ha ordenado. El legalismo no es perseguir la santidad. El legalismo no es esforzarnos por agradar a Dios y glorificarle en todo lo que hacemos. El legalismo no es ser celosos de nuestras buenas obras y en dar frutos de arrepentimiento.

El legalismo no es un error del cristianismo: es una religión totalmente diferente. El legalismo llama la atención sobre nosotros mismos, pero la religión del evangelio llama la atención sobre Jesucristo. El legalismo nos da gloria, pero la religión del evangelio da gloria a Dios. El legalismo está arraigado en la adoración de uno mismo, pero la religión del evangelio está arraigada en la adoración de Dios. Y lo irónico del legalismo es que no hace que la gente quiera esforzarse más, sino que hace que quiera rendirse.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Confiando en el Dios bueno y soberano en todo tiempo

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Por Timothy Z. Witmer

Mi versículo favorito de mi capítulo favorito de mi libro favorito de la Biblia es Romanos 8:28: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito». Me «encontré por casualidad» con este versículo hace más de cuarenta años, en mi primer año de creyente, y ha sido de gran consuelo a lo largo de mi vida adulta. Su consuelo radica en el hecho de que nada de lo que sucede en mi vida es aleatorio, sino que el Señor está obrando todo para bien de forma misteriosa. Aunque este versículo ha traído consuelo a muchos, no podemos pasar por alto el principio subyacente si queremos que su promesa nos resulte confiable. Ella solo es posible si Dios es absolutamente soberano sobre todas las cosas. Otra traducción lo expresa de una forma aún más directa cuando dice: «Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien» (Rom 8:28, NTV). Es imposible que haga que todas las cosas cooperen para el bien a menos que todo esté bajo Su dirección soberana. Y no solo se trata de todas las cosas, sino también de toda nuestra vida.

El primer capítulo de Su obra soberana en nuestras vidas comienza incluso antes de que nazcamos. El salmista escribe:

Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre. Te alabaré, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra (Sal 139:13-15).

Esto nos recuerda que Él es nuestro Creador y ha demostrado Su gracia al darnos el regalo de la vida misma. Además, a cada uno de nosotros nos ha dado aptitudes, talentos y dones naturales de acuerdo con Su propósito. Pero también debemos reconocer que nuestras deficiencias naturales, ya sean físicas, intelectuales o emocionales, son parte de Su providencia misteriosa, que forma lo que somos para Su gloria. Puede ser difícil creer que algo bueno puede resultar cuando un niño nace con problemas de aprendizaje o síndrome de Down, pero esta es la promesa de Dios: que, incluso en estas circunstancias, Él está llevando a cabo Su plan para nuestro bien.

En los siguientes capítulos de nuestra vida, Su obra soberana a menudo se ve en la apertura y el cierre de puertas. Muchos de los momentos críticos de nuestras vidas surgen como resultado de decisiones importantes que debemos enfrentar. Suelen ser decisiones que debemos tomar entre varias opciones. Los jóvenes deben decidir qué van a hacer con sus vidas. ¿Debería ir a la universidad o no? Si es así, ¿a qué universidad debería asistir? ¿Debería casarme? Si es así, ¿con quién debería casarme? ¿Qué trabajo debo tomar? Por supuesto, debemos aceptar nuestra responsabilidad y emplear la sabiduría dada por Dios cuando abordamos estas preguntas, pero estos son momentos importantes para creer que el Señor tiene un plan para nuestras vidas. Aquí es donde frecuentemente vemos el desarrollo del plan soberano del Señor cuando Él cierra una puerta y abre otra, cuando somos aceptados en una universidad y no en otras, cuando obtenemos este trabajo y no otro.

Recuerdo una ocasión en que era joven y me ofrecieron dos puestos laborales muy buenos. No podía decidirme y no quería salir de la voluntad de Dios. Me reuní con un ex profesor muy piadoso que me aseguró que ambas opciones eran buenas y que no podía salirme de la voluntad de Dios si buscaba Su sabiduría a través de la oración. Esos son los momentos en los que las siguientes palabras cobran vida: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Pr 3:5-6). A medida que los capítulos de nuestra vida se van desarrollando y nos enfrentamos a los desafíos de la edad adulta que sigue avanzando, mirar en retrospectiva con frecuencia revela la sabiduría del plan de Dios, permitiéndonos ver lo que antes no podíamos ver: el camino por el que Él nos condujo paso a paso.

Al llegar al capítulo final de nuestras vidas, sabemos que Él también es el Señor soberano sobre nuestra muerte. Volviendo al Salmo 139, leemos: «Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos» (v. 16). Como pastor, he tenido el privilegio de estar junto a miembros amados de la iglesia en momentos de gran dolor, a veces cuando un ser querido ha fallecido de forma repentina, inesperada o siendo muy joven. Ha sido una experiencia conmovedora ver cuánto reconforta a esos preciosos enlutados el comprender que, aunque los caminos del Señor son misteriosos, de algún modo Él está ejecutando Su plan. En esos tiempos, es difícil ver cómo algo así puede cooperar para bien. Coopera para bien porque la promesa se basa en el hecho de que Dios es bueno.

En la primavera del año 2000, James Montgomery Boice fue diagnosticado con un cáncer de hígado terminal. En el último sermón que pronunció ante su congregación de la Tenth Presbyterian Church [Décima Iglesia Presbiteriana] en Filadelfia, expresó su confianza en su Señor bueno y soberano. Antes que nada, le recordó a su rebaño lo que les había enseñado durante treinta años. Dijo: «Si tuviera que reflexionar sobre lo que está sucediendo teológicamente aquí, enfatizaría dos cosas. Una es la soberanía de Dios. Eso no es novedoso. Aquí hemos hablado de la soberanía de Dios siempre. Dios está a cargo. Cuando llegan a nuestras vidas cosas como esta, no son accidentales. No es como que Dios de alguna manera se hubiera olvidado de lo que estaba pasando y se le hubiera escapado algo malo».

Pero luego expresó su convicción sobre la bondad de Dios en medio del sufrimiento humano. «Lo que más me ha impresionado es algo adicional a eso. Es posible concebir a Dios como soberano pero indiferente, ¿no es cierto? Dios está a cargo, pero no le importa. Sin embargo, no es así. Dios no solo es quien está a cargo; Dios también es bueno. Todo lo que hace es bueno».

Cuán importante es recordar que, incluso cuando caminamos por el valle de sombra de muerte, nuestro Señor sigue siendo nuestro Buen Pastor. El Dr. Boice agregó a la ecuación una eventualidad hipotética. «Si Dios hace algo en tu vida, ¿lo cambiarías? Si lo cambiaras, lo empeorarías. No sería tan bueno. Así que esa es la forma en que queremos aceptarlo y seguir adelante, ¿y quién sabe qué hará Dios?». En estas palabras, no debes escuchar una actitud de pasividad respecto a algo que puedes cambiar, sino de aceptación y confianza en el Señor respecto a las cosas que no puedes cambiar. Como escribió John Owen: «No podemos disfrutar de la paz en este mundo a menos que estemos dispuestos a ceder a la voluntad de Dios con respecto a la muerte. Nuestros tiempos están en Su mano, a Su disposición soberana. Debemos aceptar eso como lo mejor».

El Catecismo de Heidelberg, en su primera pregunta y respuesta, expresa bellamente el consuelo que la soberanía de Dios brinda al creyente en toda época de su vida:

P. ¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?

R. Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, quien con Su preciosa sangre ha hecho una satisfacción completa por todos mis pecados y me ha librado de todo el poder del diablo. Además, Él me preserva de tal forma que, sin la voluntad de mi Padre celestial, no puede caer ni un cabello de mi cabeza: sí, todas las cosas deben servir para mi salvación. Por lo tanto, mediante Su Espíritu Santo, también me asegura que tengo vida eterna y me prepara y dispone de corazón para que viva para Él, de aquí en adelante.

Estas palabras nos recuerdan que hay una página en el libro de la vida de cada creyente, ya sea tarde o temprano en su historia, donde hay un marcador carmesí que marca el plan soberano de Dios de llamarnos a Él y alinearnos con Su propósito salvador mediante la fe en nuestro Salvador resucitado. Aunque el libro de esta vida se cerrará un día, el libro de la vida eterna se abrirá. Ese libro no tiene fin. Mientras tanto, debido a que este Autor divino no necesita un editor, podemos saber que Él está obrando todas las cosas para bien.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Timothy Z. Witmer
El Dr. Timothy Z. Witmer es pastor de St. Stephen Reformed Church en New Holland, Pa., y profesor de teología práctica emérito en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Es autor de Mindscape y The Shepherd Leader.

¿Qué es la Biblia?

La palabra “Biblia” proviene de las palabras griega y latina que significan “libro”, un nombre muy apropiado, puesto que la Biblia es el libro para toda la gente de todos los tiempos. Es un libro como no hay otro, único en su clase.

Sesenta y seis diferentes libros forman la Biblia. Éstos incluyen libros sobre la ley, tales como Levítico y Deuteronomio; libros históricos, tales como Esdras y Hechos; libros de poesía, tales como Salmos y Eclesiastés; libros de profecía, como Isaías y Apocalipsis; biografías, como Mateo y Juan; y epístolas (cartas formales) como Tito y Hebreos.

Los Autores

Cerca de 40 diferentes autores humanos contribuyeron para su formación, escrita dentro de un período aproximado de 1,500 años. Los autores fueron reyes, pescadores, sacerdotes, oficiales gubernamentales, granjeros, pastores y doctores. Toda esta diversidad converge en una increíble unidad, con temas comunes entrelazados a través de toda ella.

La unidad de la Biblia se debe al hecho de que, finalmente, tiene un Autor: Dios Mismo. La Biblia es “Inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16). Los autores humanos escribieron exactamente lo que Dios quiso que escribieran, y el resultado fue la perfecta y santa Palabra de Dios (Salmo 12:6; 2 Pedro 1:21).

Las Divisiones

La Biblia está dividida en dos partes principales: El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. En resumen, el Antiguo Testamento es la historia de una Nación, y el Nuevo Testamento es la historia de un Hombre. La Nación fue la manera en que Dios trajo al Hombre al mundo.

El Antiguo Testamento describe la fundación y preservación de la nación de Israel. Dios prometió utilizar a Israel para bendecir al mundo entero (Génesis 12:2-3). Una vez que Israel fue establecida como una nación, Dios levantó a una familia de entre esa nación a través de la cual vendrían las bendiciones: la familia de David (Salmos 89:3-4). Entonces, de la familia de David fue prometido un Hombre quien traería la bendición prometida (Isaías 11:1-10).

El Nuevo Testamento detalla la venida del Hombre prometido. Su nombre fue Jesús, y Él cumplió las profecías del Antiguo Testamento, porque vivió una vida perfecta, murió para convertirse en el Salvador, y resucitó de entre los muertos.

El Carácter Central

Jesús es el carácter central en la Biblia – en realidad todo el libro es acerca de Él. El Antiguo Testamento predijo Su venida y preparó el escenario para Su entrada al mundo. El Nuevo Testamento describe Su venida y Su obra para traer salvación a nuestro mundo pecador.

Jesús es más que una figura histórica; de hecho, Él es más que un hombre. Él es Dios hecho carne, y Su venida fue el evento más importante en la historia del mundo. Dios Mismo se hizo hombre para darnos una clara y entendible imagen de lo que Él es. ¿Cómo es Dios? Dios es como Jesús; Jesús es Dios en forma humana (Juan 1:14; 14:9).

Un Breve Resumen

Dios creó al hombre y lo puso en un ambiente perfecto; sin embargo, el hombre se rebeló contra Dios y falló en llegar a ser lo que Dios quería que fuera. Dios puso al mundo bajo una maldición a causa del pecado, pero inmediatamente puso en acción un plan para restaurar al hombre y a toda la creación a su gloria original.

Como parte de Su plan de redención, Dios llamó a Abraham desde Babilonia a Canaán (aproximadamente en el año 2000 a.C.). Dios prometió a Abraham, su hijo Isaac, y su nieto Jacob (también llamado Israel), que Él bendeciría al mundo a través de sus descendientes. La familia de Israel emigró de Canaán a Egipto, donde se multiplicaron hasta hacerse una nación.

Aproximadamente en el año 1400 a. C., Dios guió a los descendientes de Israel fuera de Egipto bajo la dirección de Moisés y les dio la Tierra Prometida, Canaán, para que la poseyeran. A través de Moisés, Dios le dio la Ley al pueblo de Israel e hizo un pacto (convenio) con ellos: si ellos permanecían fieles a Dios y no seguían la idolatría de las naciones que les rodeaban, entonces ellos prosperarían. Si ellos dejaban a Dios y seguían a los ídolos, entonces Dios destruiría su nación.

Aproximadamente 400 años después, durante el reinado de David y su hijo Salomón, Israel fue consolidado como un reino grande y poderoso. Dios prometió a David y Salomón que un descendiente de ellos gobernaría como un Rey eterno.

Después del reinado de Salomón, la nación de Israel se dividió. Las diez tribus del norte fueron llamadas “Israel,” y pasaron cerca de 200 años antes que Dios las juzgara por su idolatría. Asiria llevó cautivo a Israel en el año 721 a.C. Las dos tribus en el sur fueron llamadas “Judá,” y ellas tardaron un poco más, pero eventualmente ellas también, se olvidaron de Dios. Babilonia los llevó cautivos en el año 600 a.C.

Cerca de 70 años después, Dios bondadosamente trajo el remanente de los cautivos de regreso a su propia tierra. Jerusalén, la capital, fue reconstruida aproximadamente en el año 444 a.C., e Israel estableció una vez más su identidad nacional. Hasta aquí termina el Antiguo Testamento.

El Nuevo Testamento inicia 400 años más tarde con el nacimiento de Jesucristo en Judea. Jesús fue el descendiente prometido a Abraham y David, Aquel que llevaría a cabo el plan de Dios para la redención de la raza humana y restauración de la creación. Jesús completó fielmente Su obra: Él murió por el pecado y resucitó de los muertos. La muerte de Cristo es la base para un nuevo pacto (convenio) con el mundo: todo el que tenga fe en Jesús será salvo del pecado y vivirá eternamente.

Después de Su resurrección, Jesús envió a Sus discípulos a proclamar las buenas nuevas por todas partes, sobre Su vida y Su poder para salvar. Los discípulos de Jesús salieron en todas las direcciones proclamando las buenas nuevas de Jesús y la salvación. Ellos viajaron a través de Asia Menor, Grecia y todo el Imperio Romano. El Nuevo Testamento cierra con una predicción del retorno de Jesús para juzgar al mundo incrédulo y liberar a la creación de la maldición.