Serie: Cómo aprender las leyes de Dios Por R.C. Sproul ¿Tiene el hombre libre albedrío? Esta es una de las preguntas teológicas más comunes. A veces no se presenta como una pregunta sino como una objeción a la idea de un Dios soberano.
En el centro del problema está la definición de libre albedrío. ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que el hombre tiene libre albedrío? En pocas palabras, el libre albedrío significa simplemente que el hombre tiene la habilidad de elegir lo que quiere. Esta habilidad requiere la presencia de una mente, de una voluntad y de un deseo. Si estas facultades están presentes y funcionando, ese hombre tiene libre albedrío.
Libre albedrío no significa que el hombre puede elegir hacer lo que quiera y necesariamente tener éxito. Nosotros podemos elegir volar sin la ayuda de dispositivos mecánicos. Podemos caer por el aire, pero no podemos volar. Nos hace falta el equipamiento natural necesario (en este caso, alas) para poder volar. Sin embargo, esto no significa que no seamos libres. Sí significa que nuestra «libertad» está limitada por nuestras limitaciones físicas. Mi voluntad puede ser derrotada por la voluntad de una mayoría o de algún poder superior. Ese poder conflictivo no elimina mi libertad, pero podría imponer límites sobre ella.
Uno de los límites más importantes para mi libertad soy yo mismo. Si examinamos cuidadosamente cómo funciona la voluntad, encontraremos un punto de ironía que a menudo es pasado por alto en las discusiones sobre el libre albedrío. El punto es este: no solo puedo elegir lo que quiero sino que debo escoger lo que quiero si mi elección ha de ser realmente libre. La elección se hace basada en un deseo. Sin el deseo no puede haber una elección libre (sobre todo cuando hablamos de una elección moral).
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Dios te dio libre albedrío para elegir. Eliges de acuerdo a tus deseos. ¿Te guiarán tus deseos presentes a tomar decisiones sabias para el futuro?
Para estudiar más a fondo Deuteronomio 30:19 – Josué 24:15 – Salmo 25:12
Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries. Cómo aprender las leyes de Dios
R.C. Sproul El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Por R.C. Sproul La vida cristiana se vive en el contexto de una unión mística con Cristo. Esta unión encuentra su origen inicial en la eternidad. Desde la fundación del mundo, nuestra salvación está descansando en la gracia de la elección soberana de Dios. Pablo así lo explica en Efesios 1:3-6.
Es en el Amado que encontramos nuestra redención. Desde la eternidad, Dios considera que los elegidos están en Cristo. Antes de que nuestra unión mística se llevara a cabo en el tiempo, ya era una realidad presente en la mente de Dios.
Tal y como Cristo invadió el tiempo desde la eternidad hace dos mil años, así mismo nuestra unión eterna se inmiscuye en el tiempo a través de la obra del Espíritu. Lo que siempre ha existido en la mente eterna de Dios se convierte una realidad atada al tiempo en el corazón de los regenerados. El resultado es que, en Cristo, por medio del Espíritu, contemplaremos al Padre en nuestra muerte y de ahí a la eternidad. Somos hijos del Padre, tal como fue en el principio.
Nuestra salvación es por Cristo y en Cristo. Por Su justicia somos hechos justos. Por Su expiación nuestros pecados son perdonados.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Agradece a Dios por tu salvación, Su justicia y Su expiación por tus pecados.
Para estudiar más a fondo Efesios 1:3-6
Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries. Cómo aprender las leyes de Dios R.C. Sproul El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Nuestras almas no pueden salir solas del lodo del pecado porque están muertas. La salvación viene no a aquellos que claman: «Muéstrame el camino al cielo», sino a aquellos que dicen: «Llévame porque no puedo solo».
Para cuidarnos de ver la oración del pecador como una mera técnica, debemos recordar que Cristo levanta a los muertos para que puedan caminar. No pronunciamos las palabras mágicas y luego esperamos morir. El cristianismo también involucra el crecimiento espiritual. Requiere trabajo, el arduo trabajo de la santificación. La regeneración es monergista, obra exclusiva de Dios. La santificación, el proceso mediante el cual somos hechos santos, es sinergista, Dios obra junto con nosotros.
La parte de Dios es fácil para Él. Él no necesita atajos porque Él nunca se cansa. Por el contrario, nosotros debemos estar luchando continuamente contra la tentación de buscar atajos. Ninguna técnica nos hará santos. Sin embargo, ninguna técnica del diablo puede detener el proceso de Cristo conformarnos a Su Imagen. A aquellos a quienes Él llama también los santifica.
Nuestra santificación requiere del Espíritu de Dios y, ya que Él ha ordenado Su mundo como lo ha hecho, la santificación requiere el uso disciplinado y repetitivo de los medios de gracia. Cinco minutos al día de estudio bíblico huele a técnica. Algo seco que seguramente está destinado al fracaso. Debemos sumergirnos en la Palabra de Dios. Entonces, tal como Jesús prometió, conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres. Entonces seremos Sus discípulos (Juan 8:31-32).
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Recuerda, Dios está obrando en ti. Él nunca se cansa. Da gracias por este proceso que está en marcha.
Para estudiar más a fondo Juan 8:31-32 – Juan 8:36 – Salmo 40:2
Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries. Cómo aprender las leyes de Dios
R.C. Sproul El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
La doctrina del infierno es, sin duda, el tema más inquietante de la Biblia, y la verdad más inquietante sobre el infierno es su duración. La idea de que la gente sea castigada por sus pecados y fechorías no molesta a la mayoría de la gente. Pero la noción de que el infierno durará para siempre es totalmente repugnante para muchos. Por esta razón, hay quienes han tratado de suavizar esta verdad adoptando una visión «más amable y gentil» del infierno.
En los últimos años se han hecho populares dos opiniones erróneas sobre el destino de los perdidos. La primera de ellas es el aniquilacionismo, que enseña que todas las almas son inmortales, pero que los malvados pierden su inmortalidad en el juicio final y son extinguidos por Dios. Para los aniquilacionistas, el castigo para los perdidos es la extinción eterna.
El segundo punto de vista no bíblico es la inmortalidad condicional, que enseña que las almas humanas no son inherentemente inmortales, y que en el juicio, los malvados pasarán al olvido mientras que a los justos se les da la inmortalidad.
Estas dos ideas son tan similares que no suelen distinguirse la una de la otra. En aras de la simplicidad, se suelen fusionar y se denominan aniquilacionismo.
¿Cómo defienden su punto de vista los defensores del aniquilacionismo? En primer lugar, sostienen que los perdidos son destruidos o dejan de existir, ya sea en el momento de la muerte o en algún momento posterior determinado por Dios. Mateo 10:28 es uno de los versículos a los que apelan: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno».
En el texto original del Nuevo Testamento, la palabra griega que se traduce como «destruir» (appolumi/apoleia) significa la mayoría de las veces «arruinar, desperdiciar o perder». En Marcos 14:4 significa «desperdiciar». En Lucas 15 se usa ocho veces y significa «perder». La moneda, la oveja y el hijo están perdidos, pero obviamente siguen existiendo.
El segundo argumento utilizado por los aniquilacionistas es que el castigo de los perdidos es eterno, pero no el castigo. En otras palabras, el fuego del infierno arderá para siempre, pero los perdidos no estarán allí para soportarlo.
Aunque el aniquilacionismo es ciertamente más atractivo para la mente humana que la visión tradicional de la condenación eterna en el infierno, la Biblia enseña claramente que el castigo en el infierno durará para siempre. La palabra griega daionios, que se traduce como «eterno» o «para siempre», se utiliza 71 veces en el Nuevo Testamento. Cincuenta y una veces se utiliza para referirse a la felicidad de los salvos en el cielo. Se utiliza tanto para la calidad como para la cantidad de la vida que los creyentes experimentarán con Dios. La palabra se usa otras dos veces de la duración de Dios en Su gloria (Romanos 16:26; 1 Timoteo 6:16). Una vez se usa de la duración de los cuerpos glorificados de los creyentes en el cielo (2 Corintios 5:1). Varias otras veces se usa de tal manera que nadie cuestionaría que significa para siempre. Siete veces se usa para referirse al destino de los impíos, y no debería haber ninguna duda para una mente objetiva de que en estos pasajes la palabra significa eterno, para siempre, o sin fin (Mateo 18:8; 25:41,46; Marcos 3:29; 2 Tesalonicenses 1:9; Hebreos 6:2; Judas 7).
Una de las referencias más claras en el Nuevo Testamento a la eternidad del castigo en el infierno es Apocalipsis 14:10-11:
beberá también el vino del furor de Dios, que en la copa de su ira está puro, no diluido. Será atormentado con fuego y azufre, en presencia de los santos ángeles y del Cordero. El humo de ese tormento sube por los siglos de los siglos. No habrá descanso ni de día ni de noche para el que adore a la bestia y su imagen, ni para quien se deje poner la marca de su nombre».
En Mateo 25:46, en el espacio de un versículo, tanto el cielo como el infierno se describen como «eternos»: «Estos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna». Para limitar el significado de eterno para los condenados, hay que estar dispuesto a limitarlo también para los salvos.
Marcos 9:47-48 indica que el castigo y la pena en el infierno son eternos: “…ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego no se apaga.” ¿Por qué el fuego en el infierno sería eterno si nadie estará allí para siempre?
Apocalipsis 20:10 también establece claramente la eternidad del castigo en el infierno: “Y el diablo que los engañaba fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.” Este pasaje deja claro que el tormento en sí es eterno. El gran comentarista luterano R.C.H. Lenski dijo,
La expresión más fuerte para nuestro «para siempre» es eis tous aionan ton aionon, «por los eones de los eones»; cada uno de ellos de vasta duración, se multiplican por muchos más, lo que imitamos con «por los siglos de los siglos». El lenguaje humano sólo es capaz de utilizar términos temporales para expresar lo que está totalmente más allá del tiempo y es intemporal. El griego toma su mayor término para el tiempo, el eón, lo pluraliza, y luego lo multiplica por su propio plural, utilizando incluso artículos que hacen de los eones los definidos. [148]
La misma frase de duración se utiliza varias veces para hablar de la duración de la existencia de Dios (Apocalipsis 1:18; 4:9-10; 10:6; 15:7).
La eternidad del infierno es realmente aleccionadora. Conocer el terrible y eterno juicio que espera a los perdidos debería hacernos suplicar que se reconcilien con Dios (2 Corintios 5:20-21).
El verdadero talón de Aquiles del punto de vista de la aniquilación es la verdad sobre los grados de castigo en el infierno. Obviamente, no habría necesidad de grados de aniquilación. O eres aniquilado o no lo eres. Que la verdad de un infierno eterno nos llene de pasión y compasión por los que van allí sin Cristo.
[148]. Citado por Larry Dixon en, The Other Side of the Good News(Wheaton, IL: Bridge-Point, 1992), 93.
Un libro del Nuevo Testamento que hace un hincapié particular en la asombrosa gracia soberana de Dios es la carta de Pablo a los Romanos. Según Pablo, esta gracia hace que tanto judíos como gentiles sean coherederos del reino de Dios con el fiel Abraham (Rom. 4:16). Establece paz entre Dios y los pecadores, quienes son sus enemigos (Rom. 5:2). Solo esta gracia es más fuerte que las fuerzas del pecado, trayendo libertad genuina y duradera del dominio del pecado (Rom. 5:20-21; 6:14). La gracia divina equipa a los hombres y mujeres cristianos con dones variados para servir en la iglesia de Dios (Rom. 12:6). Esta gracia en última instancia va a conquistar a la muerte y es el presagio seguro de vida eterna para todos los que la reciben (Rom. 5:20-21), porque es una gracia que data de antes de la creación del tiempo y, sin respetar el mérito humano, elige hombres y mujeres para la salvación (Rom. 11:5-6).
Esta idea de que la salvación se debe totalmente a la gracia de Dios es el tema central no solo en Romanos sino también en todas las epístolas de Pablo. Por ejemplo, Pablo comienza su carta a los Filipenses con una oración por la Iglesia en la que dice: “el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (1:6). “La simiente de Dios vendrá a la cosecha de Dios”, escribe Samuel Rutherford. La salvación no es ni nuestra ganancia ni nuestra obra. Es por eso que Pablo oraba con gozo y acción de gracias cada vez que recordaba los Filipenses. Si el hombre habría comenzado la obra de la salvación, la continuaría, y tendría que completarla, la alabanza de Pablo sería silenciada. Pero debido a que la salvación fluye de una obra divina que persiste día a día a pesar de las luchas y contratiempos del hombre, una obra que sin duda se perfeccionará en el gran día, todo es para alabanza de la gloria del Dios trino. Es por esto que Pablo da gracias a Dios por todas las doctrinas de la gracia, y es movido a gozo cada vez que piensa en los creyentes siendo atraídos a Cristo. Al aferrarnos a la gracia de Dios, nosotros, al igual que Pablo, podemos ser cristianos gozosos que victoriosamente confiesan: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom. 8:31).
La gracia nos llama (Gal. 1:15), nos regenera (Tito 3:5), nos justifica (Rom. 3:24), nos santifica (Heb. 13:20-21), y nos preserva (1 Pe. 1:3-5). Necesitamos de la gracia para ser perdonados, para volvernos a Dios, para sanar nuestros corazones rotos, y para fortalecernos en tiempos de problemas y de guerra espiritual. Solo mediante la gracia libre y soberana de Dios podemos tener una relación salvadora con Él. Solo a través de la gracia podemos ser llamados a la conversión (Ef. 2:8-10), la santidad (2 Pe. 3:18), el servicio (Fil. 2:12-13) o sufrimiento (2 Cor. 1:12).
La gracia soberana aplasta nuestro orgullo. Nos avergüenza y nos humilla. Queremos ser los sujetos, no los objetos, de la salvación. Queremos ser activos, no pasivos, en el proceso. Nos resistimos a la verdad de que Dios es el único autor y consumador de nuestra fe. Por naturaleza, nos rebelamos contra la gracia soberana, pero Dios sabe cómo romper nuestra rebelión y hace que seamos amigos de esta gran doctrina. Cuando Dios le enseña a los pecadores que su misma esencia está depravada, gracia soberana se convierte en la doctrina más alentadora posible.
Desde la elección hasta la glorificación, la gracia reina en espléndida soledad. Juan 1:16 dice que recibimos “gracia sobre gracia”, que literalmente significa “gracia frente a la gracia”. La gracia sigue a la gracia en nuestras vidas como las olas siguen unas a las otras hasta la orilla. La gracia es el principio divino por el cual Dios nos salva; es la provisión divina en la persona y obra de Jesucristo; es la prerrogativa divina que se manifiesta en la elección, el llamado, y la regeneración; y es el poder divino que nos permite abrazar libremente a Cristo para que podamos vivir, sufrir y hasta morir por su causa y ser conservado en Él por la eternidad.
Los calvinistas entienden que, sin la gracia soberana, todo el mundo se perdería para siempre. La salvación es completamente por gracia y es toda de Dios. Primero tiene que venir vida de Dios antes de que el pecador pueda levantarse de la tumba.
La gracia gratuita clama por tener expresión en la iglesia de hoy en día. Las decisiones humanas, manipulaciones de multitudes y llamados al altar no producirán convertidos genuinos. Solo el evangelio antiguo de la gracia soberana capturará y transformará a los pecadores por el poder de la Palabra y el Espíritu de Dios.
Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por Markos Fehr. Dr. Joel R. Beeke es el presidente y profesor de teología sistemática y homilética en el Puritan Reformed Theological Seminary y un pastor en Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Mich.
Estoy iniciando una nueva serie de artículos en la que revisaremos una lista de términos teológicos para proporcionar una definición concisa y sencilla (eso espero) de cada uno de ellos. Al usar el término “elemental” no siempre me refiero a que las palabras son de uso común entre los cristianos (o que se encuentren en la Biblia), sino a que las cosas que representan comprenden algunos de los componentes centrales de la fe y la práctica cristiana.
El contenido de estos artículos procederá, en la mayoría de los casos, de uno o varios autores cuyas definiciones me han resultado especialmente útiles (aunque de vez en cuando también puedo aportar algún resumen o síntesis). Para comenzar, lo más apropiado es iniciar con una definición del término que ha unificado a todos los demás: teología. Millard Erickson, en su obra masiva Teología Sistemática, da una definición sencilla pero completa: [Teología es] aquella disciplina que intenta desarrollar una exposición coherente de las doctrinas de la fe cristiana, basándose principalmente en las Escrituras, situándose en el contexto de la cultura en general, expresándose en un idioma contemporáneo y relacionándose con los asuntos de la vida. (23)
Lo que Erickson llama simplemente “teología” otros lo denominan de forma más precisa como teología sistemática. Wayne Grudem, un teólogo que también ha escrito un libro enorme sobre el tema (casi obligatorio tenerlo en su biblioteca), hace esta distinción y define la teología sistemática como “cualquier estudio que responde a la pregunta ‘¿Qué nos enseña toda la Biblia hoy?’ respecto a cualquier tema” (21).
Aunque mucho más corta, la definición de Grudem es, en esencia, la misma que la de Erickson; ambas son buenas y útiles. Otra forma aún más sencilla, con menos calificaciones, sería decir que la teología se refiere a lo que pensamos que Dios piensa sobre algo.
¿Sugiere usted algunas otras definiciones para la teología?
Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.
La conciencia casi siempre es vista por el mundo moderno como un defecto que les roba a las personas su autoestima. Sin embargo, lejos de ser un defecto o un desorden, la capacidad que tenemos de sentir nuestra propia culpa es un magnífico obsequio divino. Dios diseñó la conciencia en el marco mismo del alma humana.
La conciencia, escribió el puritano Richard Sibbes en el siglo XVII, es el alma reflexionando sobre sí misma.[1] La conciencia es la esencia de lo que distingue a la criatura humana. Las personas, a diferencia de los animales, pueden contemplar sus propias acciones y hacer autoevaluaciones morales. Ésa es la función propia de la conciencia.
La conciencia es una habilidad innata cuya función es discernir lo correcto y lo incorrecto. Todos, incluso los paganos menos espirituales, tienen conciencia: “Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (Ro. 2:14-15, énfasis agregado).
La conciencia nos suplica que hagamos lo que creemos que es correcto y nos impide hacer lo que creemos que es incorrecto. La conciencia no se debe equiparar con la voz de Dios o la ley de Dios. Es una facultad humana que juzga nuestras acciones y pensamientos a la luz del más alto nivel que percibimos. Cuando violamos nuestra conciencia, ésta nos condena, provocando sentimientos de vergüenza, angustia, arrepentimiento, consternación, ansiedad, desgracia e incluso miedo. Cuando seguimos nuestra conciencia, ésta nos elogia, trayendo alegría, serenidad, autoestima, bienestar y regocijo.
La conciencia está por encima de la razón y más allá del intelecto. Podemos racionalizar, tratando de justificarnos en nuestras propias mentes, pero una conciencia violada no se convencerá fácilmente. Es posible anular virtualmente la conciencia mediante el abuso repetido. Pablo habló de personas cuyas conciencias estaban tan pervertidas que su “gloria es su vergüenza” (Fil. 3:19; cf. Ro. 1:32). Tanto la mente como la conciencia pueden contaminarse a tal punto que dejen de distinguir entre lo que es puro y lo que es impuro (cf. Tit. 1:15). Después de tanta violación, la conciencia finalmente se calla. Moralmente, aquellos con conciencias contaminadas se quedan volando a ciegas. Las señales de advertencia molestas pueden desaparecer, pero el peligro ciertamente no; de hecho, el peligro es mayor que nunca.
Además, incluso la conciencia más contaminada no permanece en silencio para siempre. Cuando nos juzgamos, la conciencia de cada persona se pondrá del lado de Dios, el juez justo. El peor malhechor endurecido por el pecado descubrirá ante el trono de Dios que tiene una conciencia que testifica en su contra.
La conciencia, sin embargo, no es infalible. La conciencia está informada tanto por la tradición como por la verdad, por lo que los estándares que nos obligan no son necesariamente bíblicos (1 Co. 8:6-9). La conciencia puede estar condenando innecesariamente en áreas en las que no hay problema bíblico. La conciencia, para operar plenamente y de acuerdo con la verdadera santidad, debe ser instruida por la Palabra de Dios. La conciencia reacciona a las convicciones de la mente y, por lo tanto, puede ser alentada y agudizada en concordancia con la Palabra de Dios.
El cristiano sabio quiere dominar la verdad bíblica para que la conciencia esté completamente instruida y juzgue bien porque está respondiendo a la Palabra de Dios. Una dieta periódica de lectura de las Escrituras fortalecerá una conciencia débil o restringirá una hiperactiva. Por el contrario, el error, la sabiduría humana y las influencias morales erradas que llenan la mente corromperán o paralizarán la conciencia.
En otras palabras, la conciencia funciona como un tragaluz, no como una bombilla. Deje entrar la luz en el alma; no produzca la suya. Su efectividad está determinada por la cantidad de luz pura a la que la exponemos y por lo limpia que la mantenemos. Cúbrala o póngala en la oscuridad total y dejará de funcionar. Es por eso que el apóstol Pablo habló de la importancia de una conciencia limpia (1 Ti. 3:9) y advirtió contra cualquier cosa que contamine o enturbie la conciencia (1 Co. 8:7; Tit. 1:15).
La conciencia está al tanto de todos nuestros pensamientos y motivos secretos. Por lo tanto, es un testigo más preciso y formidable en la sala del tribunal del alma que cualquier observador externo. La conciencia es una parte indivisible del alma humana. Aunque puede estar endurecida, cauterizada o adormecida en latencia aparente, la conciencia continúa almacenando evidencia que algún día usará como testimonio para condenar el alma culpable.
La semana que viene veremos que debido a que la conciencia es el sistema automático de advertencia del alma, es ella misma la que inicia el juicio en el tribunal imaginario, en el consejo del corazón humano.
Atesorar el precio de la redención Por R.C. Sproul
La clave para entender el clamor de Jesús desde la cruz la encontramos en la carta de Pablo a los gálatas: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros (porque escrito está: MALDITO TODO EL QUE CUELGA DE UN MADERO)» (Gal 3:13).
Ser maldito es ser apartado de la presencia de Dios, ser colocado fuera del campamento, ser excluido de Sus beneficios. En la cruz, Jesús fue maldito. Es decir, Él representó a la nación judía que había violado el pacto y estaba expuesta a la maldición. Allí, Él recibió la medida completa de la maldición sobre Sí mismo. Como el Cordero de Dios, Aquel que cargó con el pecado, Él fue apartado de la presencia de Dios.
En la cruz, Jesús experimentó el abandono en lugar nuestro. Dios le dio la espalda y lo apartó de toda bendición, de todo cuidado, de toda gracia y de toda paz.
Dios es demasiado santo como para mirar la iniquidad. Dios el Padre le dio la espalda a Su Hijo, y lo maldijo hasta el abismo del infierno mientras colgaba en la cruz. Aquí estaba «el descenso al infierno» del Hijo. Aquí la furia de Dios se desató contra Él. Su grito fue el grito de los condenados. Por nosotros.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Reflexiona sobre lo que Jesús hizo por ti en el Calvario. Da gracias por el Cordero de Dios que cargó con tu pecado.
Para estudiar más a fondo Mateo 27:46 – Gálatas 3:13 – Gálatas 3:10
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Lo que significa y no significa ser «apto para enseñar»
Por Sam Emadi
«No creo que Colin deba ser pastor principal… tú sabes, él tiene una personalidad INTJ (por sus siglas en inglés)[1]». Quedé mudo, pues conocía a Colin por años y era un buen predicador, con sana teología, amaba a las personas y había demostrado tener agallas. No podía entender por qué mi amigo expresaba preocupación de que fuera pastor, particularmente a causa de cierto tipo prefabricado de personalidad.
Le pedí una aclaración. Mi amigo respondió: «bueno, él es un 4 y sabemos que los 4 luchan en su rol como pastores principales. Ellos sirven más para roles administrativos». Al ver mi confusión, mi amigo me explicó lo que significa una personalidad «4» según el eneagrama[2] y lo que podría decir sobre la idoneidad de alguien para el ministerio pastoral.
The boys in the back Comencé a preguntarme: «¿qué iniciales y números caracterizaban mi vida y capacidad para el ministerio?». Nunca he hecho un examen oficial de personalidad, pero, una vez, un test de Facebook arrojó que soy más como Charlie de El ala oeste de la Casa Blanca y según BuzzFeed, aparentemente, entre las princesas de Disney, Cenicienta y yo seríamos probablemente mejores amigos por siempre. Dejaré que otros decidan cómo eso debiera formar mis ambiciones en el ministerio.
Sin duda, pocos de nosotros equipararíamos tan confiadamente los tipos de personalidad con roles de ministerio específicos. Sin embargo, en cierto nivel, cada uno de nosotros es tentado a seguir la lógica del mundo cuando se trata de identificar a futuros pastores y ancianos: mirar la apariencia externa en lugar del corazón (1S 16:7). Podemos valorar los dones, el carisma y la presencia en el escenario por sobre la piedad, la claridad y la sensatez. La Escritura, no obstante, revisa nuestra perspectiva mundana, recordándonos que Dios quiere a su iglesia en manos cuidadosas, no necesariamente carismáticas. Cada requisito para el ministerio pastoral en 1 Timoteo 3 y Tito 1 se enfoca en el carácter, no en los dones.
A excepción de uno.
Pablo le dice a Timoteo que los ancianos deben ser «aptos para enseñar» (1Ti 3:2). También le dice a Tito que los ancianos «debe[n] retener la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que sea[n] capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen» (Tit 1:9).
El único don particular que los pastores deben demostrar es la aptitud para enseñar. Pero ¿qué significa exactamente? ¿Los pastores deben ser capaces de cautivar una audiencia? ¿Deben tener una buena presencia en el escenario? ¿Los pastores son solo cristianos fieles… con un poco de dosis extra de encanto y carisma? ¿Qué significa ser «apto para enseñar»?
«APTO PARA ENSEÑAR» NO SE TRATA PRINCIPALMENTE DE UNA HABILIDAD RETÓRICA Es fácil asumir que ser «apto para enseñar» debe tener algo que ver con la predicación. Dicho de manera simple, si quieres ser un anciano, tienes que ser capaz de predicar. Sin embargo, equiparar «apto para enseñar» con la predicación es una sobre-lectura de este requisito. Después de todo, Pablo no menciona la predicación en este pasaje. Tampoco él ni otro escritor en el Nuevo Testamento asume que la predicación sea el único contexto en el cual ocurre la enseñanza. De hecho, en otra parte de sus escritos, Pablo claramente se refiere a la «enseñanza» que ocurre en la iglesia fuera del ministerio de la predicación (Ro 15:14; Tit 2:3). Además, Pablo también reconoce que, aunque cada anciano debe poder enseñar, solo algunos de ellos dentro de la iglesia tienen ministerios de enseñanza pública significativa y consistente (1Ti 5:17).
Por lo tanto, si ser «apto para enseñar» no significa necesariamente «predicar sermones grandiosos», entonces, ¿qué significa?
Al mirar el mismo requisito en Tito 1, vemos a Pablo además explicando que ser «apto para enseñar» es «retener la palabra fiel que es conforme a la enseñanza», instruir en «sana doctrina» y reprender las ideas no bíblicas (Tit 1:9). Este enfoque en la sana doctrina continúa a lo largo de las epístolas pastorales. El anciano no debe enseñar «doctrinas extrañas» (1Ti 1:3), sino que debe modelar y enseñar doctrina con el poder para salvar a sus oyentes (1Ti 4:16). Él debe manejar con precisión la Palabra de verdad (1Ti 2:15), evitando «palabrerías vacías» que «conducirán a más y más impiedad» (2Ti 2:16). Su enseñanza debe producir «arrepentimiento» en sus oyentes y «pleno conocimiento de la verdad» (2Ti 2:25).
En resumen, Pablo se enfoca más en el contenido y en el resultado de la enseñanza que en su ejecución. «Apto para enseñar» no es sencillamente el «don del habla». Podrías ser capaz de cautivar a una multitud, pero si tu enseñanza no es verdadera o no produce santidad, no eres «apto para enseñar».
El propio ministerio de Pablo modela estos compromisos. Él nunca se jactó de su elocuencia; al contrario, buscó prudencia por sobre el estilo; claridad por sobre el carisma: «Pues Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio, no con palabras elocuentes, para que no se haga vana la cruz de Cristo» (1Co 1:17).
«APTO PARA ENSEÑAR» TIENE UN POCO QUE VER CON LA HABILIDAD RETÓRICA «Apto para enseñar» se trata principalmente de integridad doctrinal, no de habilidad retórica. Después de todo, tienes que comunicar la sana doctrina para enseñarla. Pablo quiere que los pastores no solo dividan correctamente la Palabra, sino que puedan explicarla de una manera que produzca piedad (1Ti 4:16; 2Ti 2:25).
De este modo, ser apto para enseñar significa que puedes comunicar la sana doctrina de maneras que beneficien a la iglesia. No existe nada en el contexto del pasaje que sugiera que Pablo tiene en mente un formato particular de enseñanza. El punto es, ya sea en el púlpito, en una clase de Escuela Dominical, en un grupo pequeño o, incluso, en un discipulado uno a uno, que los pastores y ancianos sean capaces de usar palabras para clarificar, no para nublar, el significado de la Escritura.
Por lo tanto, ¿qué significa ser «apto para enseñar»? Este es mi resumen en una oración: ser «apto para enseñar» significa que una persona es capaz de enseñar y aplicar fielmente la Biblia a fin de que los oyentes crezcan en su conocimiento de la Escritura y la sana doctrina de una manera que produzca amor por Dios y por el prójimo.
UN PAR DE REFLEXIONES PASTORALES SOBRE SER «APTO PARA ENSEÑAR» A la luz de lo anterior, a continuación comparto un par de sugerencias sobre cómo este requisito pastoral único debe moldear tanto nuestra filosofía del ministerio como nuestros esfuerzos para entrenar pastores y ancianos.
En primer lugar, Pablo enfatiza la piedad en el liderazgo; nosotros debemos hacer lo mismo.
Como ya se mencionó, ser «apto para enseñar» es un requisito pastoral único, el cual se centra de manera excepcional en el don más que en el carácter. Es mejor un predicador promedio con un carácter impecable que un predicador «talentoso» con un carácter cuestionable. Los pastores deben ser piadosos. Después de todo, la predicación común y poco espectacular no arruinará un ministerio, pero un fracaso moral sí lo hará.
Si son una iglesia que busca un pastor o eres un pastor que busca más ancianos, no asuman que el mejor candidato es el mejor predicador. Algunos hombres que parecen impresionantes en el púlpito actúan como paganos en casa. Mira más allá de la apariencia externa a los asuntos del corazón (1S 16:7). Identifica hombres que amen a sus esposas, sirvan a sus familias, cultiven la unidad de la iglesia, prediquen el Evangelio, practiquen la hospitalidad y discipulen a otros. En algún lugar de ese conjunto de hermanos, encontrarás hombres que también puedan enseñar.
En segundo lugar, Pablo exige que los pastores y los ancianos sean «aptos para enseñar» y los pastores no deben esperar nada menos de sí mismos o de sus hermanos ancianos.
«Apto para enseñar» podría ser el único requisito respecto a dones para el ministerio pastoral, pero eso no significa que sea negociable. Pastores, consideren cómo pueden cultivar este don entre los hombres piadosos y maduros en sus iglesias. Hagan una revisión regular del servicio/sermón. Compren libros doctrinalmente sanos para tu congregación. Den retroalimentación sobre la enseñanza y la predicación de otros. Estén dispuestos a dar oportunidades de enseñanza para que otros puedan crecer y desarrollarse como maestros.
Independientemente de lo que escojan hacer en sus contextos, busquen maneras de animar a otros a desarrollar sus dones. Algunos miembros de sus congregaciones serán más naturalmente talentosos que otros, pero, de hecho, puedes enseñar a otros cómo enseñar. Después de todo, John Piper obtuvo un C- en su clase de predicación, pero parece que le ha ido bien.
En tercer lugar, que «apto para enseñar» se enfoque más en la integridad doctrinal que en la habilidad retórica debe recordarnos que el trabajo del pastor es pastorear a las ovejas, no atraer a una multitud.
Eso es todo; esa es la reflexión.
Finalmente, pastores, cobren ánimo si son predicadores promedio (¡incluso bajo el promedio!). Dios no requiere elocuencia, sino que valentía y fidelidad.
Predicar y enseñar es desalentador; es una guerra espiritual. Conozco a más de un pastor que cada lunes escribe una nueva carta de renuncia, abrumado por sus deficiencias retóricas en el púlpito.
No obstante, si somos honestos, todo cristiano preferiría tener un predicador fiel que ocasionalmente masculla palabras y se pierda en sus notas que uno superficial y cautivador. Mi amigo Matt Smethurst a menudo me recuerda que los sermones son como las comidas: no recordamos la mayoría de ellas, pero estamos vivos solamente porque las consumimos. Si la cadena de abastecimiento de comida colapsara, ¿preferirías que te dieran un perro caliente en un plato de cartón cada día o un plato gourmet en porcelana fina una vez al mes? Un hombre que es «apto para enseñar» sabe cómo entregar comidas nutritivas a su congregación, incluso si no todas saben increíbles.
Pastor, recuerda, Dios requiere claridad, no inteligencia; fidelidad doctrinal, no florecimiento retórico. Como se ha dicho, otros podrían ser capaces de enseñar mejor el Evangelio, pero no pueden predicar un mejor evangelio. Podrías no ser elocuente o efectivo según los estándares del mundo, pero Dios aún podría considerarte «apto para enseñar».
[1] Introversión, Intuición, Racional, Calificador. Sigla según el Indicador de tipo de Myers-Briggs.
[2] Según el eneagrama el tipo 4 es una personalidad individualista, sensible, introspectivo, expresivo, dramático, ensimismado y temperamental.
Sam Emadi es miembro de la Iglesia Bautista Third Avenue en Louisville, KY y se desempeña como Editor Principal en 9Marks.
El Catecismo de Westminster define el pecado como «cualquier falta de conformidad con la ley de Dios, o la transgresión de la misma». Aquí vemos que el pecado se define tanto en términos negativos como positivos. El aspecto negativo se indica por las palabras «falta de conformidad». Apunta a una falla o fracaso en el desempeño moral. En términos populares se le llama pecado de omisión. Un pecado de omisión ocurre cuando fallamos en hacer lo que Dios nos ordena.
El aspecto positivo de la definición de pecado en el catecismo se refiere a traspasar abiertamente los límites de la ley de Dios. Es un pecado de comisión.
A veces Dios expresa Sus leyes en términos negativos (no hagas tal cosa) y a veces en términos positivos (haz tal cosa). Los Diez Mandamientos contienen ambas formas (no robarás; honra a tu padre y a tu madre).
Tanto los pecados de omisión como los de comisión son pecados reales. Incurren en culpa real. Cuando hacemos lo que Dios prohíbe, somos culpables del pecado de comisión. Cuando fallamos en hacer lo que Dios ordena, somos culpables del pecado de omisión. En ambos casos la ley de Dios es violada.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Examina tu vida en oración para identificar pecados de omisión o de comisión.
Para estudiar más a fondo Santiago 4:17 – Salmos 51:1-3
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.