Podemos soportar los peores tipos de dolor cuando hay un propósito significativo. Un cadete puede soportar trabajos extenuantes y agotamiento siempre que sepa que su sufrimiento está diseñado para prepararlo para una futura batalla. Una madre puede soportar fuertes dolores de parto si sabe que el resultado será el nacimiento de su ansiado hijo. Si se le quita el propósito significativo, el sufrimiento se vuelve casi imposible.
No podemos evitar el sufrimiento en esta vida. Es inevitable. Sin embargo, como cristianos podemos soportar e incluso abrazar el sufrimiento cuando estamos seguros de que Dios está haciendo algo bueno. Y en nuestro sufrimiento, Dios siempre está haciendo algo bueno. Las Escrituras dan al menos 11 razones por las que Dios permite el sufrimiento.
1. Para mostrar la gloria de Dios a un mundo que mira
Pablo vio el sufrimiento de su encarcelamiento como un propósito, ya que le dio la oportunidad de compartir el evangelio con toda la guardia pretoriana (Fil 1:12-13). Además, su sufrimiento sirvió como motivación para que los creyentes compartieran el evangelio sin miedo (Fil 1:14).
2. Para revelar la calidad de nuestra fe
Pedro habla de las pruebas como un fuego refinador que muestra la calidad del oro (1 Pe 1:6-9). Las pruebas están destinadas a revelar la sustancia de lo que hay en nosotros.
3. Para fortalecer nuestra fe
Santiago 1:2 dice que debemos considerar una bendición de Dios cuando caemos en diversas pruebas porque sabemos que logran algo, «sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Sant 1,3-4).
4. Para darnos un corazón sabio
El sufrimiento nos ayuda a apreciar nuestro tiempo en la tierra. Aporta perspectiva. Powlison en su libro, God’s Grace in your Suffering, sugiere que el sufrimiento es un anticipo de nuestra próxima muerte (102-105). Todos moriremos si Cristo se demora. Pero no tenemos que temer la muerte porque Cristo ha vencido el aguijón de la muerte, 1 Cor 15:55.
5. Para quitarnos nuestra independencia y hacernos depender más de Dios y ser más interdependientes de la iglesia local
Pablo recibió la espina en la carne para evitar que se exaltara a sí mismo, para eliminar su orgullo (2 Cor 12:7). El sufrimiento tiene una manera de quitar todas las muletas que usamos para sostenernos. Y cuando nos quitan todas esas muletas, nos queda depender únicamente del único que puede librarnos: Dios. El sufrimiento también aumenta nuestra interdependencia en el cuerpo de Cristo. La vida cristiana nunca fue concebida para ser vivida en solitario. Dios nos diseñó para vivir en una comunidad de creyentes donde nos ayudamos mutuamente a llegar a Dios.
6. Conocer el consuelo de Dios
El Dios de toda consolación nos consuela en todas nuestras pruebas, 2 Cor 1:3-4.
7. Para enseñarnos a consolar a otros
Uno de los propósitos de que Dios nos consuele en nuestros sufrimientos es para que podamos consolar a otros en sus pruebas con el consuelo que nosotros mismos recibimos de Dios, 2 Cor 1:4.
8. Para aumentar nuestro deseo de estar con Dios
¿Te has sentado alguna vez con un cristiano que ha sido lisiado por el sufrimiento y que está al borde de la muerte? No quieren ser sanados. No quieren volver a ser jóvenes. Quieren ser liberados del sufrimiento en última instancia. Quieren estar con Jesús. Quieren vivir para siempre. Martin Lloyd-Jones, en su lecho de muerte, escribió a su esposa: «No ores por mi sanidad. No me retengas de la gloria». Estaba listo para encontrarse con su Salvador.
9. Cumplir la promesa de Jesús de que sufriríamos
Jesús dijo que «si a mí me persiguieron, a vosotros también os perseguirán» (Juan 15:20).
10. Para exponer nuestro pecado
A veces Dios trae pruebas a nuestras vidas para exponer nuestro pecado. Jueces 2:22-3:4 muestra el ciclo de incredulidad que tenía Israel. Se alejaban de Dios. Dios traería problemas. Ellos clamaban a Él por ayuda. Él los libraría. Dios usó la dificultad ordinaria para aumentar la conciencia de un pueblo que había cerrado sus oídos a Su Palabra. Los estaba despertando a la fealdad de su pecado (cf. Hag 1:6; 1 Cor 11:30).
11. Para disciplinarnos
A veces Dios permite que suframos para apartarnos de las cosas que Él sabe que nos hacen daño (Heb 12:5-10). El Padre amoroso quiere que participemos de su santidad, y por eso utiliza el sufrimiento como una forma de corregirnos y llevarnos de nuevo al camino de la rectitud.
Las Escrituras dan múltiples razones por las que los cristianos sufren. Y en medio de cualquier prueba, puede que no sepamos la o las razones por las que Dios nos permite sufrir. Pero debemos confiar en que Dios está orquestando soberanamente todos los eventos de nuestras vidas para sus buenos propósitos. Y si confiamos en el gobierno soberano de Dios y en su buen plan, podemos estar seguros de que nuestro sufrimiento no carece de sentido. Dios lo utiliza para engrandecer su gloria en nuestras vidas y en las de los demás, y nos hace más parecidos a Cristo (Romanos 8:28-29). En nuestro sufrimiento, no tenemos que desesperar como si no hubiera esperanza. Podemos aceptar con confianza e incluso abrazar el sufrimiento como una forma amorosa de Dios de cumplir sus propósitos.
Nota del editor: Este es el capítulo 13 de la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Amenudo les digo a los hijos de nuestra iglesia ―desde los más pequeños hasta los estudiantes universitarios― que ellos piensan que van a vivir para siempre, pero siempre añado: «¡No es así!». De hecho, les digo, van a morir, e incluso puede que sufran físicamente antes de morir. Es un hecho que sufrirán emocionalmente. Todos sufrimos de alguna manera en algún momento de nuestras vidas. Es posible que suframos dificultades físicas, carencia de bienes físicos o angustia emocional, y a veces eso es a causa de nuestra fe. Nuestro Señor dijo: «En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). La tribulación incluye sufrimiento.
Vi a mi madre piadosa sufrir de muchas maneras, a menudo en el plano emocional, mientras criaba a tres hijos que no siempre anduvieron en los caminos del Señor. La vi sufrir la muerte de mi maravilloso padre, que fue su esposo durante cincuenta y ocho años. Finalmente, la vi sufrir la pérdida de su salud y movilidad, y, a la postre, sufrir los dolores del cáncer. A pesar de todo, el lema que ella me repetía era sencillo: «Hijo, yo confío en el Señor». Esa no era una frase santurrona. Era la voz de la fe. Era real y la ayudó a vivir una vida ejemplar, con una determinación paciente, una disposición dulce y un anhelo por su Salvador, en medio de todo su sufrimiento, que nos impactaba a todos. Ella vivía con la esperanza del cielo y de Cristo, y era real. Todos sus hijos, nietos y bisnietos recordaremos durante toda la vida la disposición confiada de Nana en todos los momentos difíciles. Ella vivió con la esperanza bienaventurada de su Señor y Salvador Jesucristo (Tit 2:13).
Hace dos años, los médicos nos dijeron que nuestro hijo de diecinueve años tenía «un bulto en el cerebro». El «bulto» resultó ser un absceso del tamaño de un huevo de pavo. En seguida, le realizaron tres cirugías en una sola semana. Un mes después, se le realizó una cuarta cirugía debido a un problema con los medicamentos. La noche del diagnóstico inicial, tuve esa «charla» con nuestro hijo. Le pregunté si entendía lo serio que era esto. «Sí», me dijo. «Sé que debes estar asustado, porque yo sí que lo estoy», le respondí. Él me dijo: «Papá, hemos confiado en el Señor en todo lo demás. Podemos confiar en Él ahora». Yo lloré y dije: «Amén». Luego me dijo: «Estaré bien pase lo que pase, papá». No te diré que mi fe y la de la familia fue lo suficientemente fuerte como para mover montañas esa noche o en los meses siguientes. Estaba débil. Muchas veces oré: «Señor, aumenta mi fe», y Él lo hizo. A veces un poquito, a veces un poco más. Esperamos en el Señor y Él fue todo lo que necesitábamos. Oh, por cierto, el Señor mantuvo a nuestro hijo con nosotros; acaba de graduarse de la universidad y ahora va a entrar a la escuela de posgrados. Sin embargo, aunque no hubiera librado a nuestro hijo… alabado sea el Señor por la esperanza que tenemos en un Dios soberano.
Para mis lectores jóvenes: mi madre tenía ochenta y cinco años. Era de esperar que sufriera y muriera. Sin embargo, mi hijo tenía diecinueve años, y en verdad sufrió (y todavía tiene que tomar medicamentos con efectos secundarios). Fácilmente podría haber muerto. Pero el punto es este: siempre puedes enfrentar el sufrimiento ―a esos matones de la escuela, esas críticas de moda de tus «amigos», esas disputas relacionales con tus mejores amigos, el cáncer, los abscesos cerebrales― con tu mejor Amigo a tu lado. Eso siempre y cuando tu mejor amigo sea Cristo Jesús. «Pero hay amigo más unido que un hermano» (Pr 18:24), y Jesús afirma ser ese amigo: «Os he llamado amigos» (Jn 15:15). Él es nuestra esperanza.
Mi madre tenía esa esperanza porque conocía al Salvador, Jesucristo. Su fe estaba basada solo en Él. Mi hijo tuvo esa esperanza en medio de sus sufrimientos porque conoce al Salvador, Jesucristo. Ambos conocían la Biblia y la promesa de la esperanza que tenemos en el Señor Jesucristo. Los dos asistían fielmente a los cultos de adoración y se empapaban de los medios de gracia: la palabra, la oración y los sacramentos. Amaban y disfrutaban la comunión de los santos que se encuentra en Su Iglesia. La esperanza ―no un «yo pienso», sino la esperanza genuina― no surge de la nada. Se cultiva y se vive solamente por la fe en Cristo. Prepárense bien, amigos jóvenes, para los sufrimientos que les esperan, de modo que puedan glorificar a Dios con sus vidas esperanzadas, incluso en los tiempos difíciles.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. C.N. Willborn El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.
¿Deben los pastores de hoy interesarse por la Reforma? Por D. A. Carson
Los pastores devotos a su ministerio tienen muchas cosas que hacer. Aparte de la meticulosa preparación de sermones frescos y estudios bíblicos semana tras semana, de las horas dedicadas a brindar consejería, del cuidado en el desarrollo de excelentes relaciones, de la evangelización cuidadosa y reflexiva (¡y que requiere mucho tiempo! ), la orientación de otra generación que viene detrás, las incesantes exigencias de la administración y la supervisión, por no mencionar el cuidado de sus propias almas, está el conjunto regular de prioridades familiares, incluyendo el cuidado de los padres ancianos, los preciosos nietos y un cónyuge enfermo (o cualquier número de permutaciones de tales responsabilidades), y, para algunos, los niveles de energía que disminuyen en proporción inversa a la edad.
Entonces, ¿por qué debería apartar horas valiosas para leer acerca de la Reforma, que normalmente se piensa que comenzó hace 500 años? Cierto, los reformadores vivieron en tiempos que cambiaban rápidamente, ¿pero cuántos de ellos pensaron seriamente en la epistemología posmoderna, el transgenerismo y la nueva (in)tolerancia? Si hemos de aprender de los antepasados, ¿no sería prudente elegir a los más recientes? No necesariamente.
EL PASTOR COMO MÉDICO GENERAL Un pastor es, por definición, alguien parecido a un MG (un «médico general»). No es un especialista en, por ejemplo, el divorcio y las segundas nupcias, historia de las misiones, comentarios culturales o períodos particulares de la historia de la iglesia. Sin embargo, muchos pastores tendrán que desarrollar un conocimiento introductorio competente en todas estas áreas como parte de su aplicación de la Palabra de Dios a las personas de su entorno. Y eso significa que está obligado a dedicar algo de tiempo cada año a la lectura en amplias áreas. Una de esas áreas es la teología histórica. La literatura histórica bien elegida nos expone a diferentes culturas y épocas, amplía nuestros horizontes y nos permite ver cómo los cristianos de otros tiempos y lugares han reflexionado sobre lo que dice la Biblia y cómo aplicar el evangelio a toda la vida. ¡Sigue leyendo!
En segundo lugar y, más específicamente, un conocimiento creciente de la teología histórica hace maravillas al destruir la ilusión de que la exégesis perspicaz y rigurosa comenzó en el siglo XIX o en el XX. No todo lo que se escribió hace 500 años, o hace 1500 años, es totalmente admirable y digno de repetirse, como tampoco es totalmente admirable y digno de repetirse todo lo que se escribe en la actualidad. Pero esa lectura histórica es el único antídoto eficaz contra la trágica actitud de un seminario (cuyo nombre no se ha revelado para proteger a los culpables) que durante mucho tiempo sostuvo que sus estudiantes únicamente debían aprender una buena exégesis y una hermenéutica responsable: no necesitaban aprender lo que otros pensaban, ya que con la exégesis y la hermenéutica en su haber podían girar la manivela y ofrecer una teología fiel por sí mismos.
¡Qué ingenuo es creer que la exégesis y la hermenéutica son disciplinas neutrales y sin valores! La realidad es que necesitamos escuchar a otros pastores-teólogos, tanto de nuestros días como del pasado, si queremos crecer en riqueza, matices, perspicacia, autocorrección y fidelidad al evangelio.
¿POR QUÉ LA REFORMA? Pero, ¿por qué centrarnos en la Reforma en particular? Aunque fue desencadenada por la cuestión de las indulgencias, el debate sobre las indulgencias pronto condujo, directa o indirectamente, a debates de sondeo acerca de la autoridad, el lugar de la revelación (¿debemos recurrir a un depósito ostensiblemente dado a la iglesia que abarque tanto la Escritura como la Tradición, o a la sola Scriptura?), el purgatorio, la autoridad por la que se perdonan los pecados, el tesoro de las satisfacciones, la naturaleza y el lugar de la iglesia, la naturaleza y la autoridad de los sacerdotes/presbíteros, la naturaleza y la función de la Eucaristía, los santos, la justificación, la santificación, la naturaleza del nuevo nacimiento, el poder esclavizante del pecado, y mucho más.
Todos ellos siguen siendo temas centrales en el programa teológico actual. Incluso la cuestión de las indulgencias sigue siendo importante: tanto el Papa Benedicto como el Papa Francisco han ofrecido indulgencias especiales plenarias en determinadas circunstancias (aunque en una estructura más restringida que la adoptada por Tetzel). Además, el estudio de la Reforma es especialmente saludable como respuesta a quienes piensan que la llamada «Gran Tradición», tal como se conserva en los primeros credos ecuménicos, es invariablemente una base adecuada para la unidad ecuménica, como si no hubiera herejías inventadas después del siglo IV. En este frente, el estudio de la Reforma fomenta útilmente un poco de realismo histórico.
Además del carácter hermenéutico distintivo de la Reforma que surgió de la sola Scriptura, los reformadores se esforzaron por desarrollar una hermenéutica rigurosa que estuviera alejada de los caprichos de la cuádruple hermenéutica que se impuso durante la Edad Media. Esto no significa que fueran literalistas simplistas, incapaces de apreciar los diferentes géneros literarios, las metáforas sutiles y otras figuras retóricas cargadas de símbolos; significa, más bien, que se esforzaron por dejar que la Escritura hablara en sus propios términos, sin permitir que se impusieran métodos externos al texto como una cuadrícula extratextual diseñada para garantizar las respuestas «correctas». En parte, esto estaba ligado a su comprensión de la claritas Scripturae, la perspicuidad o claridad de la Escritura.
La teoría católica acerca de la espiritualidad suele distinguir entre la vida de los católicos ordinarios y la vida espiritual de los católicos realmente comprometidos. Es casi una versión católica de la teología de la «vida superior». Se dice que conduce a una conexión mística con Dios, y que se caracteriza por prácticas y disciplinas espirituales extraordinarias. Pero aunque he leído a fondo, por ejemplo, a Julián de Norwich, encuentro una gran cantidad de misticismo subjetivo y prácticamente ninguna base en las Escrituras o el evangelio. Y, en lo que a mí respecta, no puedo imaginarme ni a Pedro ni a Pablo recomendando el retiro monástico para alcanzar una mayor espiritualidad: siempre es un peligro que ciertas prácticas ascéticas se conviertan en caminos normativos para la espiritualidad cuando no hay apoyo apostólico para ellas.
Nuestra generación contemporánea, cansada de los enfoques meramente cerebrales del cristianismo, se ve atraída por los últimos modelos patrísticos y medievales de la espiritualidad. Qué alivio, entonces, acudir a los escritos más cálidos de los Reformadores, y descubrir de nuevo la búsqueda de Dios y su justicia bien fundamentada en las Sagradas Escrituras. Por eso, la carta de Lutero a su barbero sigue siendo un clásico: está llena de aplicaciones piadosas del evangelio a los cristianos comunes, construyendo una concepción de la espiritualidad que no está reservada a la élite de los elegidos, sino a todos los hermanos y hermanas en Cristo. Asimismo, los primeros capítulos del Libro III de las Instituciones de Calvino ofrecen una reflexión más profunda sobre la verdadera espiritualidad que muchos tomos contemporáneos mucho más largos.
La Reforma es de fundamental importancia para entender la historia occidental. Tres movimientos a larga escala establecieron el escenario para el mundo occidental contemporáneo: el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración. Cada uno de los tres es complejo, y los eruditos siguen debatiendo sus múltiples facetas. No obstante, la afirmación de que estos tres movimientos tienen roles fundamentales no se puede cuestionar fácilmente.
My cousin showed me an amazing bookstore in Venezia (Venice). It was so disorganised, you had to ask the owner to show you where the books were, cause he was the only one knowing it ! ¿POR QUÉ ESTA REFORMA? Hay tres lecciones que debemos aprender de la Reforma acerca de la soberanía de Dios en los movimientos de avivamiento y reforma. Después de todo, existieron otros reformadores y movimientos reformistas que se mostraron prometedores en sus inicios, pero que en gran medida se esfumaron. Juan Wycliffe (c.1320-1384) fue un teólogo, filósofo, eclesiástico, reformador eclesiástico y traductor de la Biblia, y el trabajo que realizó se anticipó a la Reforma, pero no se puede decir que la precipitara. Jan Hus (1369-1415) fue un sacerdote checo, reformador, erudito, rector de la Universidad de Carlos de Praga y artífice de un movimiento reformista, a menudo llamado «husitismo», pero, por supuesto, fue martirizado y su movimiento, importante en Bohemia, no alcanzó en Europa más que la condición de predecesor.
¿Por qué Lutero, Calvino y Zuinglio vivieron lo suficiente como para orientar una Reforma gigantesca mientras que el traductor bíblico William Tyndale (1494-1536) fue asesinado? La retrospectiva histórica ofrece muchas razones por las que ésta vivió y aquella murió, por las que esta acción reformadora se desvaneció y aquélla encendió una llama incontenible. Vale la pena comprender los detalles históricos, pero los ojos de la fe verán la mano de Dios en la auténtica reforma, y nos recordarán que debemos alabarle por lo que ha hecho, y nuestras peticiones por lo que aún le rogamos que haga.
EXPLICA LA BIBLIA, HAZ TEOLOGÍA La Reforma se destaca como un movimiento que buscaba integrar la exégesis de los libros bíblicos con lo que hoy llamaríamos teología sistemática. No todos los reformadores lo hicieron de la misma forma. Algunos actuaban como si estuvieran exponiendo los textos bíblicos, pero en realidad tendían a saltar de una palabra o frase fundamental a la siguiente, deteniéndose en cada punto para descargar tratamientos teológicos de los diversos «loci».
Otros, como Bucer, siguieron el texto más de cerca, pero también descargaron su tratamiento de los «loci» sobre la marcha, haciendo sus comentarios extraordinariamente largos y densos. Calvino se esforzaba en sus comentarios por lo que llamaba «lúcida brevedad», y reservaba su teología sistemática principalmente para lo que se convirtió en los cuatro tomos de la Institución de la religión cristiana. De hecho, los comentarios de Calvino son tan «escuetos» que no pocos estudiosos le han criticado por no incluir suficiente teología en ellos. Pero lo que llama la atención de todos estos reformadores, independientemente de sus éxitos o fracasos a la hora de lograr una integración adecuada, es el modo en que intentaron simultáneamente explicar la Biblia y comprometerse con una teología seria. En cambio, hoy en día pocos sistemáticos son excelentes exégetas, y pocos exégetas muestran mucho interés por la teología sistemática. Las excepciones no hacen más que confirmar la regla.
ENTENDIENDO SU ÉPOCA—Y LA NUESTRA Los reformadores leyeron bien sus propia época. Aunque se apoyaron en la «norma» de las Sagradas Escrituras, comprendieron realmente dónde estaban las fallas en su propio tiempo y lugar. Algunas de las mismas cuestiones prevalecen actualmente. Por otra parte, lo que debemos extraer de los reformadores en este sentido no es solamente la lista de temas en los que se especializaron, sino la importancia de entender nuestros tiempos y aprender a comprometernos con la verdad de las Escrituras.
Traducido por Nazareth Bello
Don Carson es profesor de investigación del Nuevo Testamento en la Trinity Evangelical Divinity School en Deerfield, Illinois, y cofundador de The Gospel Coalition.
Nota del editor: Este es el duodécimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Terminar bien comienza ahora. Puede que admitir la vejez sea una lucha muy antigua, pero los cristianos jóvenes necesitan los ejemplos de los santos mayores que han aceptado su edad y están cultivando el fruto espiritual en sus últimos años.
El estímulo de nuestros amigos ancianos es una bendición especial. Sidney era casi sesenta años mayor que yo, pero en los últimos años de su vida fue uno de mis amigos más cercanos. Me llamaba por teléfono, y sus primeras palabras solían ser: «Habla el viejo». Sidney aceptó su edad y, como disfrutó el amor de Dios durante muchas décadas, estaba comprometido con terminar bien.
Sidney me mostró cómo terminar bien con dos palabras. En una ocasión, fui con él a ver a un amigo moribundo, y Sidney se inclinó junto a su amigo, habló con él en voz baja, oró con él, y luego le dijo : «Billy, dos palabras: te… amo…». Eso era todo, dos palabras sencillas pero notables. Y ese era Sidney: amaba a las personas de un modo sencillo pero notable. Ya fuera su esposa, que sufría de Alzheimer; sus médicos y enfermeras, que lo cuidaron durante un cáncer y un derrame cerebral, o el camarero que le traía café antes del almuerzo, Sidney quería saber de ellos, cómo estaban y cómo podía ayudarlos y orar por ellos. Vi cómo el «viejo» servía a Dios y a los demás con esas dos palabras sencillas.
La gran bendición de ver a alguien terminar bien no es solo que aprendemos cómo vivir mañana; en realidad, es que aprendemos cómo vivir hoy. Los hombres y mujeres que siguen viviendo la segunda mitad de su vida con madurez y fidelidad a Dios son una motivación para que las generaciones jóvenes vivan de esa misma forma ahora.
En el Nuevo Testamento, leemos que Timoteo disfrutó las bendiciones de contar con ejemplos fieles y piadosos. No solo tuvo a su abuela Loida y a su madre Eunice, que le ejemplificaron y enseñaron la fe, sino también a Pablo, que peleó la buena batalla, terminó la carrera y guardó la fe. Timoteo necesitaba las lecciones que aprendió de los hombres y las mujeres mayores para ser diligente y fructífero en el llamado de Dios. Piensa en algunos de los aspectos en que Pablo terminó bien:
Siguió consagrado a Dios en oración, alabanza, adoración y obediencia hasta el final. Soportó las pruebas con gracia y valor. Vivió con humildad, contentamiento, gratitud, gozo y esperanza. Amó y sirvió a los demás, incluso cuando era difícil para él. Recordó y formó a la generación venidera para el ministerio. Se preparó para la muerte y estaba ansioso por estar con Cristo. Pablo «terminó la carrera» y el patrón general de su vida fue un ejemplo de la gracia y perseverancia de Dios, pero, en realidad, las prioridades de la vida de Pablo son las mismas preocupaciones apremiantes a cualquier edad.
Cuando los creyentes jóvenes enfrentan horarios ocupados, presiones diarias y el costo de seguir a Jesús, quieren saber que todo estará bien. Nuestros temores pecaminosos y las mentiras del mundo insisten en que debemos buscar el éxito y el placer a toda costa, pero los creyentes maduros tienen el beneficio de la retrospectiva y la perspectiva para insistir en que el camino de Dios es el mejor. Necesitamos tener ejemplos vivos de sabiduría y vejez que testifiquen que Dios es fiel y que ser fiel a Él es, a fin de cuentas, lo único que realmente importa.
Nadie sabe lo que nos depara el mañana y siempre estamos entrando a etapas nuevas y desconocidas de la vida. Dios puede llamarnos a terminar antes de lo que habíamos planeado, pero Él es bondadoso. De hecho, el salmista nos da una oración y un camino a seguir:
Oh Dios, tú me has enseñado desde mi juventud, y hasta ahora he anunciado tus maravillas. Y aun en la vejez y las canas, no me desampares, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a esta generación, tu poderío a todos los que han de venir (Sal 71:17-18).
Algunos pueden sentirse tentados a pensar que el llamado a terminar bien solo es relevante para las personas que tienen ochenta o noventa años, pero en realidad la preparación comienza mucho antes. El carácter y los hábitos piadosos que se desarrollan a través de los años son los patrones que emergen en la vejez e influyen a los creyentes más jóvenes de un modo inolvidable. La necesidad de ser fieles en la segunda mitad de la vida es demasiado importante como para esperar hasta que sea demasiado tarde. Por lo tanto, la petición es simple: muéstranos ahora cómo comenzar a terminar bien.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Wiley Lowry El Rev. Wiley Lowry es ministro de cuidado pastoral en la First Presbyterian Church de Jackson, Mississippi, y profesor adjunto de Belhaven University.
Ama a tus hijos y a tu cónyuge Por Dennis E. Johnson
Nota del editor: Este es el undécimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Por la gracia de Dios, mi esposa y yo cumplimos cincuenta años de matrimonio. Nuestros hijos adultos sobrevivieron a nuestros intentos falibles de pastorear sus corazones. Ahora, nos alegra verlos pastorear los corazones de nuestros nietos. He aprendido que el matrimonio a veces es difícil, pero a menudo es dulce. La crianza de los hijos es aterradora, pero puede estar llena de gozo. Nuestro Padre celestial es paciente, misericordioso y fiel para siempre. Todavía estoy aprendiendo mucho más, y aquí hay algunas exhortaciones que surgen de ese aprendizaje.
Ama a Cristo más de lo que amas a tu familia. Los vecinos de Israel sacrificaban a sus hijos a Moloc. Nuestros vecinos suelen sacrificar a sus cónyuges e hijos al desarrollo profesional, la realización personal u otros «ídolos». Los cristianos podemos reaccionar de forma exagerada a este ambiente cultural tóxico convirtiendo al amor matrimonial y paternal, que son buenas dádivas de Dios, en nuestros propios ídolos. Pero Jesús dice: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10:37).
No puedes amar bien a tu cónyuge o a tus hijos si los amas más que a nada. Siendo ídolos, las personas más cercanas y queridas no pueden llevar la carga de tu devoción y dependencia. Solo si tu corazón se postra y tu esperanza está fija en Jesús, recibirás la gracia para amar a tus seres queridos como Dios espera que lo hagas.
Ama a tu familia más que a ti mismo. El egocentrismo es la configuración predeterminada de los corazones humanos torcidos, incluso de los que están siendo renovados por el Espíritu de Dios. Pasar de perseguir nuestras propias agendas a estar dispuestos a rendir nuestras vidas por los demás, como Jesús lo hizo por nosotros (1 Jn 3:16), requiere esfuerzo. Tal sacrificio no solo incluye circunstancias extremas inusuales (proteger a tu esposa e hijos de una agresión física), sino también las decisiones cotidianas de la vida: cómo invertimos el dinero, el tiempo y la energía (v. 17).
Sobre todo, guarden sus corazones. Proverbios 6:20-35 brinda consejos oportunos para nuestra atmósfera social, donde las sensaciones frescas de necesidades insatisfechas y atracción superan a los votos antiguos e incómodos. Esposo, deja de comparar a tu esposa cansada con la compañera de trabajo que derrocha su admiración sobre cada una de tus ideas. Esposa, ten cuidado con el oído atento del papá que conociste en las prácticas de fútbol de tu hijo, cuya empatía supera la de tu desatento esposo. Recuerden, pueden sacar amor de una reserva que va más allá de ustedes mismos: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4:19).
Marca la pauta. El amor apunta a lo mejor para nuestros seres queridos. Eso requiere disciplina. «Además, habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: HIJO MÍO, NO TENGAS EN POCO LA DISCIPLINA DEL SEÑOR… PORQUE EL SEÑOR AL QUE AMA, DISCIPLINA» (Heb 12:5-6). Pablo exhorta a los padres a criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4). Estos textos nos muestran tres verdades: (1) El amor verdadero disciplina. No decir «no» no es una señal de amor, sino de indiferencia, inercia o timidez egoísta. (2) La disciplina piadosa no fluye de un impulso por controlar, sino de un anhelo amoroso por el bienestar de tu cónyuge y tus hijos. (3) Cuando nos sometemos a la disciplina del Señor, podemos extender la disciplina amorosa del Señor a los demás.
Vive por gracia. Cuando somos transformados por la gracia de Dios, podemos amarnos los unos a los otros y a nuestros hijos, viviendo por esta gracia hora tras hora. Dios conoce lo peor de ti y aun así te acoge en amor. Su gracia te libera para humillarte ante tu esposa, tu esposo, tus hijos; para admitir tu pecado y fracaso, y para pedir perdón. Además, vivimos por gracia cuando soportamos con paciencia los errores y las ofensas de los demás, negándonos a vengarnos o alimentar el rencor.
Ama a la Iglesia. Amar a nuestros cónyuges e hijos significa mostrarles por qué amamos a la Iglesia. Lamentablemente, un síntoma de la «idolatría familiar» de algunos creyentes es la inclinación a aislar a sus familias, no solo de las influencias de nuestra cultura cada vez más pagana, sino también de la comunión del cuerpo de Cristo. Cristo le dio a Su Iglesia dones espirituales que nos ayudan a crecer juntos hacia la madurez (Ef 4:11-16). Dios incluyó Sus directrices para los padres (Dt 6:5-9; Ef 6:4) en documentos dirigidos a todo Su pueblo: «Escucha, oh Israel» (Dt 6:4) y «a los santos que están en Efeso» (Ef 1:1). Amamos más a nuestro cónyuge y a nuestros hijos cuando los ayudamos a «captar» nuestro propio amor por la Iglesia de Cristo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Dennis E. Johnson El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..
Muéstrennos cómo ser una familia Por Adriel Sanchez
Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra.
ueridos padres y madres en Cristo: estoy agradecido por la experiencia y sabiduría que Dios les ha dado para criar familias piadosas. Como saben, muchos estamos recién empezando a formar nuestras propias familias. Necesitamos desesperadamente su estímulo en este tiempo.
Desde el punto de vista estadístico, los hogares de padres casados son cada vez menos comunes. Un estudio reciente, realizado por el Centro de investigaciones Pew, afirma que, desde 1968, se ha cuadruplicado el número de padres solteros en Estados Unidos. Aunque esta realidad ha afectado a todos los grupos étnicos y raciales, la prevalencia de los padres solteros me resulta especialmente cercana debido a mi trasfondo hispano. En la actualidad, casi uno de cada cuatro niños hispanos están siendo criados por madres solteras. Yo fui uno de esos niños, criado por una madre soltera esforzada. Muchos de nosotros no tuvimos una crianza familiar «normal». No pudimos ver a esposos que amaran a sus esposas como Jesús ama a la Iglesia ni esposas que modelaran la gracia y la sumisión santa descrita en las Escrituras (Ef 5:22–33). Ahora estamos tratando de liderar nuestros propios hogares, pero no es fácil. Es como entrar a una habitación oscura y amoblada por primera vez. Te mueves despacio, pero no puedes evitar chocar con el sofá o la mesa de centro. Nuestra gran esperanza es llegar a entender el panorama del matrimonio y la familia antes de ―siguiendo con la metáfora― volcar un jarrón costoso y producir un daño severo. La orientación de ustedes es fundamental, y me gustaría compartirles algunas formas en las que creo que pueden proporcionarla.
En primer lugar, ¿podrían ser sinceros con nosotros respecto a sus fracasos anteriores? Algunos de ustedes (a pesar de su trasfondo) han derribado jarrones. Han cometido errores en el hogar y pueden rastrear los pasos que los llevaron a ellos. Pueden tratarse de errores respecto a la manera en que amaron a su cónyuge, a la forma en que manejaron las finanzas, al tiempo que le dedicaron al trabajo o a la forma en que educaron a sus hijos. El evangelio nos da la libertad de abrirnos respecto a nuestras fallas pasadas porque han sido perdonadas. Desde luego, las fallas perdonadas siguen teniendo consecuencias, pero también pueden ser utilizadas por Dios para enseñarles lecciones importantes a otros. Hay advertencias que pueden darnos y necesitamos escuchar, y, por mucho que les cueste compartirlas, pueden ser de gran beneficio para nosotros, sus hijos en Cristo.
En segundo lugar, necesitamos su perspectiva. Al decir eso, no me refiero solo a sus consejos, sino también a su punto de vista. Me he dado cuenta de que es fácil tener una visión muy estrecha cuando hay niños pequeños en la casa. Necesitamos que nos recuerden que cambiar los pañales hoy es parte del discipulado a largo plazo, para que no desmayemos. Sospecho que esta perspectiva es la que están empezando a compartir con nosotros cuando nos dicen: «Disfruten de estos días; ¡pasan tan rápido!». No se detengan ahí. Sigan animándonos cuando «estos días» se sientan agotadores. Recuérdennos nuestra esperanza suprema, el Hijo de Dios. Cuando estemos tan metidos en nuestras propias familias que perdamos de vista Su familia, y la eternidad, dígannos la verdad en amor.
En tercer lugar, enséñennos a dirigir a nuestras familias en la adoración. Entendemos el concepto de la vida devocional personal, pero orar y leer las Escrituras juntos es algo que no hacemos muy bien. Necesitamos su estímulo para cultivar estas prácticas piadosas, y necesitamos su sabiduría respecto a lo que funciona mejor en las diferentes etapas de una familia joven. ¿Cómo es que un recién casado lava a su novia en la Palabra de Dios? ¿Cómo es que una madre nueva puede plantar las semillas de la fe en sus hijos? ¿Qué es lo que ha funcionado y ha sido de bendición para su familia, y qué habrían hecho diferente si hubieran podido?
Padres y madres, ustedes son un regalo para nuestra generación si nos presentan y nos legan el ejemplo piadoso ordenado por Pablo:
Los ancianos deben ser sobrios, dignos, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la perseverancia. Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada. Asimismo, exhorta a los jóvenes a que sean prudentes; muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana (Tit 2:2-7).
Que Dios los ayude a modelar estas cosas, y que nos ayude a nosotros a aprenderlas de ustedes.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Adriel Sanchez El Rev. Adriel Sánchez es el pastor principal de la iglesia North Park Presbyterian Church en San Diego y conductor del programa de radio Core Christianity.
Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Hace treinta años, prediqué un sermón titulado «Dedicado, respetuoso de la ley y trabajador», basado en 2 Timoteo 2, comenzando con el versículo 3. Mi vida, en especial sus primeros años, ha estado envuelta en tres metáforas de 2 Timoteo 2:3-7: el soldado, el atleta y el labrador. Cuando escribo palabras para la Generación Z (los que nacieron entre 1995 y 2015), estos son de los primeros versículos que vienen a mi mente.
Crecí en una finca ganadera y agrícola al noreste de Kansas. Por lo tanto, aprendí el valor del esfuerzo desde mi juventud. Ya estaba manejando un tractor en los campos de heno antes de comenzar el primer grado. Poco sabía entonces que el labrador que trabaja debe ser el primero en recibir su parte de los frutos (2 Tim 2:6). Entré a la escuela, y descubrí de inmediato que me gustaban los deportes.
Practiqué todos los deportes disponibles en la escuela secundaria (en esos años, no teníamos la gama de deportes que hay hoy, especialmente en una escuela pequeña), y jugué baloncesto en la universidad Geneva College. En ese escenario, aprendí que un atleta debe jugar de acuerdo con las reglas (v. 5). Tras trabajar como entrenador durante un año en Geneva College después de graduarme, fui reclutado por el Ejército de los EE. UU. y serví todo un año como infante y oficinista, partiendo con el rango de soldado raso en la 101ª División Aerotransportada en Vietnam. Mientras estuve allí, aprendí que un buen soldado debe ser dedicado y no debe enredarse en cuestiones civiles (v. 4).
Algunas personas están cada vez más preocupadas porque la generación joven, incluso los jóvenes del pacto, están posponiendo la adultez tanto como pueden. Y quizás eso se debe, en parte, a lo que ven en la vida de los que somos mayores. En estos días, el ocio lo consume todo. La economía del ocio es lo que hace funcionar gran parte de nuestro mundo actual. Esa es una de las razones por las que las ciudades costeras son tan populares. Vivimos en una economía basada en el ocio. Mi esposa me contó hace poco que conoció a un hombre que le dijo que, para él, todos los días son como sábados. Con esa afirmación, quiso decir que sus días no tienen las preocupaciones ni las responsabilidades de la semana laboral normal.
Quizás los millennials lo aprendieron de los baby boomers. Sin embargo, por la razón que sea, hoy existe una preocupación importante porque nuestros hijos posponen la adultez lo máximo posible. Hace varios años, escuché a Don Kistler, que entonces era director de Soli Deo Gloria Publications, decir que la edad promedio de una profesión de fe hace doscientos años era de cinco años. ¿Creen que a los puritanos les preocupaba que sus hijos estuvieran retrasando las responsabilidades de la adultez? No lo creo. Piensa en todos los puritanos que se formaron en grandes universidades durante su adolescencia.
Hoy en día, en algunos contextos, hay decisiones, como la de unirse a una iglesia como miembro comulgante, que se retrasan lo más posible. De muchas maneras, nuestros hijos pueden estar captando de sus padres el mensaje de que en verdad no están listos para la adultez.
Permíteme volver al soldado, al atleta y al labrador. El soldado sabe que para tener éxito, debe dejar de lado los intereses que no se relacionan con la vida de un soldado. ¿Te acuerdas de Urías hitita? Urías ni siquiera quiso acostarse con su esposa Betsabé cuando el rey David lo alentó. No se sentía cómodo durmiendo en la misma cama que su esposa cuando los demás soldados estaban en el campo de batalla durmiendo en el suelo.
El atleta compite según las reglas. Si no lo hace, corre el riesgo de hacer perder a su equipo. Muchos cristianos, tanto jóvenes como mayores, corren el riesgo de naufragar en lo relacionado a la fe por las pasiones del momento. Parece que piensan que no importa que tomen atajos o no tengan la intención de cumplir con sus compromisos.
El labrador es un trabajador esforzado. Durante los meses de verano, trabaja de sol a sol. Durante el invierno, prepara su maquinaria para la primavera y cuida de su ganado, sin importar cuánta nieve haya en el suelo.
Jóvenes cristianos, la Iglesia los necesita. Prepárense para la batalla. Háganse adultos. Esfuércense, apártense de lo que tan fácilmente los envuelve y obedezcan a su Padre celestial. Acuérdense de Jesucristo, resucitado de entre los muertos (2 Tim 2:8). Enfoquen los ojos en Jesús y en Él por encima de todo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Jerry ONeill El Dr. Jerry O’Neill es presidente emérito y profesor emérito de teología pastoral en el Reformed Presbyterian Theological Seminary, ubicado en Pittsburgh.
12 Cosas Que Los Pastores No Deben Hacer Por Mark Altrogge
Hay muchas cosas que los pastores están llamados a hacer: Predicar el Evangelio y la Palabra de Dios, pastorear y cuidar el rebaño de Cristo, orar y buscar dar ejemplo a los santos, entre muchos otros. Pero hay cosas que los pastores no deben hacer, y tentaciones en las que podemos caer. He sido pastor desde 1981, y he fracasado muchas veces, y tengo muchas debilidades. Estoy muy agradecido de que el Señor haya sido paciente y bueno conmigo. Aquí hay algunas cosas que el Señor me enseñó a lo largo de los años y que los pastores no deben hacer.
No Piense Que Su Iglesia Es Mejor Que Las Demás En los primeros días de nuestra iglesia, era tan necio, tan arrogante. Pensé que nuestra iglesia estaba más cerca de ser «una iglesia Neotestamentaria» que cualquier otra iglesia en la ciudad. Una vez un hombre que estaba desempleado me dijo que estaba pensando en mudarse a Texas por trabajo. Le dije: «¿Sabes si hay allí una iglesia Neotestamentaria?» Él dijo: «No, pero estoy seguro de que hay buenas iglesias allí». Así que le dije: «Bueno, sería mejor que te quedaras aquí y trabajaras en McDonald’s que tomaras un gran trabajo en algún lugar donde no sepas si hay una iglesia Neotestamentaria o no». ¡NECIO! Afortunadamente el hombre se mudó con su familia a Texas, donde consiguió un buen trabajo. Afortunadamente, Dios más tarde me dio la oportunidad de pedirle perdón.
Otra vez me encontré con un anciano muy piadoso que me había ayudado mucho como nuevo convertido. Este hombre asistió a una gran iglesia denominacional en la ciudad. Le pregunté por qué seguía yendo allí. Dijo: «Creo que Dios me ha llamado a ser misionero en esta iglesia, porque hay muchos incrédulos en ella». A lo que yo respondí: «¡El apóstol Pablo NUNCA habría considerado ser misionero en la iglesia! Era un misionero de los perdidos que no estaban en las iglesias. Las iglesias son para los creyentes». (Por supuesto que yo creía que cada persona en nuestra iglesia era un creyente). Más tarde también le confesé a este hombre lo estúpido que fui.
No creas que tu iglesia es la mejor de la ciudad. En un momento dado yo hubiera pensado que no necesitábamos ninguna iglesia nueva para comenzar en nuestra área porque, pensaba, cuando eres la mejor, la gente debería venir a tu iglesia. No necesitas más iglesias inferiores para alejar a la gente de ti. ¡No puedo creer que pensara así!
Estoy agradecido de que nuestro Padre sea tan bueno y paciente conmigo. Cambió mi forma de pensar drásticamente a lo largo de los años. Recientemente le dije a un pastor que está plantando una iglesia en nuestra área, «Necesitamos todas las iglesias predicadoras del evangelio que podamos conseguir aquí. Hay miles de incrédulos en el área que necesitan ser salvos. La mayoría de ellos no se sentirán atraídos por nuestra iglesia, pero si van a su iglesia y escuchan las buenas nuevas e invocan al Señor, eso es maravilloso. Estoy tan contento de que estés aquí.»
Lo que me lleva a otra cosa que los pastores no deben hacer:
No se enoje, se lastime o se ofenda cuando alguien abandone su iglesia para ir a otra iglesia. Hemos tenido muchas personas que han dejado nuestra iglesia a través de los años y han comenzado a asistir a otras iglesias, por varias razones. Le dije a una mujer que dijo que se sentía muy mal por ir a otra iglesia: «¡Hey! sólo hay UNA iglesia en la ciudad, la iglesia de Jesús. No estamos compitiendo con otras iglesias. Quiero que estés donde Jesús quiere que estés. Quiero que estés en un lugar donde puedas desarrollarte para Él. Y sabes que eres bienvenido cuando quieras visitarnos». Probablemente no habría dicho eso en mis primeros años.
No se ofenda cuando la gente no está de acuerdo con usted o ve las cosas de manera diferente. No hace mucho, un hombre de nuestra iglesia me envió un correo electrónico, en desacuerdo con algunos puntos de un mensaje que hice en el que Jesús hablaba del fin de los tiempos. En algún momento podría haber pensado: «Oye, yo soy el pastor. No me desafíes.» Pero ya no más. El hombre hizo algunos puntos realmente buenos. Estudié el pasaje de nuevo y consideré sus puntos. Aunque todavía llegué a mis conclusiones originales, le agradecí por ser como los de Berea, que no creyeron a Pablo sólo porque lo dijo, sino que fueron a casa y leyeron sus Biblias por sí mismos. También le dije al hombre que podría tener razón sobre sus puntos.
Ningún pastor tiene el rincón de la verdad. Incluso un gran líder no tiene la mayor sabiduría sobre cómo dirigir su iglesia. Necesitamos que otros compartan sus pensamientos y opiniones. Estoy muy agradecido de haber tenido siempre compañeros pastores y miembros de la iglesia que no temían compartir sus opiniones conmigo.
Cuando dirigía nuestra iglesia, a menudo tenía lo que creía que eran grandes ideas sobre las cosas que debíamos hacer. Soy bueno para generar ideas. Y a menudo, cuando las compartía con mi compañero pastor en ese momento, Steve, me decía. «Sí, Mark, ¿pero has pensado en cuánto nos va a costar?» o «Es una gran idea, pero no creo que tengamos a los líderes ahora mismo para asumirlo.» A menudo me sentía un poco frustrado al principio, pero Steve tenía razón. Tenía muchas ideas, pero a menudo no las pensaba bien. Dios me ayudó a no ofenderme cuando Steve y otros no estaban de acuerdo conmigo.
Necesitamos que otros no estén de acuerdo con nosotros! Necesitamos a otros que nos corrijan, nos ajusten o nos señalen nuestras debilidades. David dijo,
Que el justo me hiera con bondad y me reprenda; es aceite sobre la cabeza; no lo rechace mi cabeza, pues todavía mi oración es contra las obras impías…Psalm 141:5
Lo que me lleva al siguiente punto:
No interprete el desacuerdo como deslealtad He leído que esta es una de las debilidades que tienen muchos líderes dotados. Ellos interpretan el desacuerdo como deslealtad. Tengo amigos que han experimentado esto. Cuando no estaban de acuerdo con el líder bajo el que estaban, los marginó. Un líder dijo a otros que ya no confiaba en el hombre que no estaba de acuerdo con él. Esto es terrible. Si usted es pastor, no piense que siempre sabe lo que es mejor. No se ofenda cuando otros no estén de acuerdo con usted. No lo tome como algo personal. Usted no tiene toda la sabiduría. Necesitamos equipos.
Por la gracia de Dios, este pasaje siempre ha sido una gran ayuda para mí:
Donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros está la victoria. Proverbios 11:14
Estoy tan agradecido de que Dios a menudo me haya traído a la mente este pasaje. No es que yo siempre respondiera inmediatamente al desacuerdo, pero Dios me impidió interpretarlo como deslealtad.
No se desanime cuando su iglesia no crezca tan rápido como usted cree que debería. En los 80’s (ojalá ahora sea diferente), hubo un gran énfasis en el crecimiento de la iglesia. Si tu iglesia no se estaba multiplicando, debes haber hecho algo mal. Luché durante años porque nuestra iglesia era muy pequeña. A menudo la gente se iba porque la economía era mala en nuestra área y necesitaban diferentes trabajos. Poco a poco a lo largo de los años me di cuenta de que la palabra de Dios en ninguna parte nos dice que debemos aspirar a una iglesia grande. Pablo nunca reprendió a los líderes por el lento crecimiento de sus iglesias.
Y alguien me dijo algo realmente útil: «La fidelidad es más importante que el éxito.» Dios no quería que persiguiera el éxito, sino que fuera tan fiel como pudiera para cuidar de la gente que nos dio.
No le digas a la gente difícil que tal vez deberían encontrar otra iglesia Este es tan difícil para algunos pastores. Alguien entra y no está de acuerdo con algo que dijo en un mensaje, o quizás está luchando con una doctrina o énfasis particular de la iglesia. ¡Sigue hablando con ellos! Considere lo que dicen. ¡Escúchalos! Sea rápido para escuchar, lento para hablar, lento para enojarse (Santiago 1:19-20). No tienes que estar necesariamente de acuerdo con ellos. Pero no les digas: «Quizá necesites ir a otra iglesia». Si llegan a esa conclusión, eso es una cosa. Pero nuestra actitud debe ser siempre que los amemos y nos preocupemos por ellos, y que odiemos verlos partir.
No manipule a la gente para que dé financieramente Esto debería ser obvio a estas alturas, después de que hemos tenido tantos pastores famosos y de la televisión que presionan a su gente para que den. Pablo nunca manipuló a la gente para dar. Él dijo,
Que cada uno dé[a] como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre. 2 Corintios 9:7
Nunca debemos presionar o manipular a la gente en nuestras iglesias para que den o sirvan o cualquier otra cosa. Debemos confiar en Dios para que se mueva en aquellos a quienes servimos.
No hagas todo lo que tus líderes dicen sin cuestionar Durante décadas nuestra iglesia fue parte de una asociación de iglesias, que en muchas, muchas maneras nos bendijo y benefició inmensamente. Pero una de mis debilidades era que si los líderes nos decían que debíamos hacer algo, a menudo lo hacía sin hacer preguntas. En una conferencia, un líder dijo que estaban cambiando el nombre de sus «grupos habituales» a «grupos de atención». Lo adivinaste. Fui a casa y cambiamos el nombre de nuestros grupos pequeños a grupos de atención. Sin hacer preguntas. Si los líderes lo hicieron, saben más que yo, supongo que debo hacerlo.
Afortunadamente, con el tiempo, empezamos a pensar por nosotros mismos. Hay muchos grandes líderes en la iglesia, y muchos excelentes maestros. Pero nadie tiene un rincón en la verdad. Nadie tiene toda la sabiduría. Lo que es bueno para una iglesia no es necesariamente bueno para todas las iglesias. Por supuesto, debemos obedecer los claros mandamientos de las Escrituras. Pero las Escrituras no nos dicen cómo llamar a nuestros pequeños grupos.
La Escritura tiene muchos principios, como caminar en pureza. Pero no dice que un adolescente nunca debe ir a un baile de graduación. La Escritura dice que debemos dar generosamente, pero no dice que siempre debemos dar el 10% de nuestros ingresos.
Debemos leer las Escrituras por nosotros mismos, como los de Berea.
Estos [los de Berea]eran más nobles que los de Tesalónica, pues] recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así. Hech 17:11
No edifique su iglesia en un solo hombre Comparta la carga de la predicación. Un pastor principal puede predicar mucho tiempo o la mayor parte del tiempo, pero deje que otros prediquen. Deje que otros den clases. Haga su meta que si usted muriera repentinamente, la iglesia continuaría sin problemas. Trate de desarrollar un equipo de pastores. Tener una junta asesora. Todos en la iglesia tienen diferentes dones. Anime a su gente a usar sus dones.
No actúe como si no tuvieras problemas o luchas. Algunos pastores se abstienen de mencionar cualquier debilidad, pecado, mala actitud o tentación en sus mensajes. Los pastores no están en una clase propia, muy por encima de la gente común en la iglesia. ¡No! Estamos justo ahí con ellos. Nosotros también estamos en el proceso de santificación.
Obviamente, los pastores no deben estar involucrados en pecados graves. Pero no debemos dar la impresión de que lo tenemos todo junto. Comparte cómo luchas a veces para amar a los demás. Cómo se impacientaba con sus hijos. Cómo luchaste para creer que Dios te ayudaría. Cuando los pastores comparten sus luchas y debilidades, esto anima a los santos. Si el se distrae cuando ora, yo también tengo esperanza.
No se irrite, se moleste o se impaciente con personas que son lentas para cambiar No espere que la gente cambie rápidamente. No exprese decepción a la gente cuando fallan o pecan. Dios es tan paciente con nosotros. Piense en Pablo y los Corintios. No estaba molesto con ellos porque eran un desastre. Claro, los corrigió y les amonestó. Pero no los llamó un montón de perdedores. Le dijo a los Corintios que Dios:
…también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. 1 Corintios 1:8
Se lo dijo a los filipenses:
Estando convencido precisamente de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús. Filipenses 1:6
No te irrites ni te molestes ni te impacientes con los santos que son débiles. No espere que la gente cambie rápidamente. No exprese decepción a la gente cuando fallan o pecan. Pablo les dijo a los Gálatas:
Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Galatas 6:1
Finalmente, si usted tiene éxito, si su iglesia crece y prospera, no piense que usted hizo algo grande Jesús dijo: «Yo edificaré mi iglesia». Si algo bueno ha sucedido es porque Jesús lo edificó.
Uno de mis versículos favoritos es:
Señor, tú establecerás paz para nosotros, ya que también todas nuestras obras tú las hiciste por nosotros. Isaías 26:12
Si hemos logrado algo es porque Dios lo hizo. No tenemos nada de qué jactarnos. Todo lo que tenemos, cualquier don, cualquier éxito, es todo de Dios.
Pastores, no debemos pensar en nosotros mismos como líderes dinámicos, sino como siervos. Como dijo Jesús:,
Y llamándolos junto a sí, Jesús les dijo: Sabéis que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero entre vosotros no es así, sino que cualquiera de vosotros que desee llegar a ser grande será vuestro servidor, y cualquiera de vosotros que desee ser el primero será siervo de todos. Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida[a] en rescate por muchos. Marcos 10:42-45
Incluso Jesús vino a servir. Cuánto más deben hacerlo los pastores.
Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
oven, ¿es esta tu historia? Creciste en la iglesia de tu familia y estuviste muy involucrado en ella cuando eras niño y quizá hasta la secundaria. Pero cuando te fuiste a la universidad, al ejército o a trabajar lejos de casa, empezaste a involucrarte mucho menos en la iglesia.
No planeabas hacer eso, pero te encontraste con nuevas responsabilidades y exigencias de tiempo. Te liberaste de los patrones viejos y te hallaste solo, libre para formar otros nuevos. Quizás buscaste una iglesia que «se ajustara a tus necesidades», una que tuviera mucha gente de tu edad, música que te gustara o un gran predicador. Faltabas al culto de adoración debido a las fuertes exigencias de la escuela o el trabajo, pero aun así amabas a Jesús, orabas y veías cultos de adoración en la televisión o en tu computadora. Simplemente no te enchufaste a una iglesia.
Permíteme animarte con dos pensamientos bíblicos.
En primer lugar, Jesús tiene un plan para ti y para cada cristiano. Su plan es que todos los cristianos se sumerjan en Su iglesia y sean cuidados por ella. Él reveló Su plan a Sus discípulos en Mateo 16:18-19: «Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Así pues, Jesús fundó, autorizó y estructuró personalmente este plan cuando dijo: «Yo te daré [dirigiéndose a los apóstoles] las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos».
El plan de Jesús no es una sugerencia sino Su voluntad divina, el plan de Dios. No es un plan más entre los otros que podríamos crear, sino Su plan, el mismo plan por el que Él vino y murió. El libro de los Hechos y todas las epístolas confirman que los apóstoles de Jesús llevaron a cabo Su plan en medio de su generación.
El plan de Jesús sigue siendo reunir a todas Sus ovejas en iglesias, donde Él usa el poder y la autoridad de Su resurrección para enseñar, cuidar, reprender y restaurar a Su pueblo de manera continua. Para lograr eso, Él otorga dones espirituales a los hombres y las mujeres, de modo que edifiquen Su iglesia en todos los lugares donde Él los envíe. El plan de Jesús para Su iglesia (para ti y para mí) incluye un liderazgo estructurado. El plan de Jesús para nosotros es que seamos cuidados por pastores y maestros en Su iglesia. El plan de Jesús es inspirado divinamente y es el mejor plan que podría hacer el cielo. Nuestro deber y privilegio es aceptar Su plan y sumergirnos en él.
Dios explica Su plan en Efesios 4:11-12: «Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo».
Muchas personas de mi generación, y quizás aún más de la tuya, consideran que la iglesia es solo una opción y han perdido de vista el plan de Jesús.
En segundo lugar, el plan de Jesús te incluye a ti, pero no solo como alguien que asiste a la iglesia y escucha la predicación de Su Palabra. Jesús te ha dado dones espirituales para que los uses en Su (tu) iglesia. Sí, tienes dones, y deben ser utilizados en la iglesia para nuestro crecimiento mutuo y también para el tuyo. Escucha lo que dice Efesios 4:7: «Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo». Ese «cada uno» te incluye a ti. Eres necesario si la iglesia ha de ser (y si tú has de ser) el pueblo de Dios que Dios planeó.
¿Cómo puedes descubrir y desarrollar tus dones espirituales?
Aquí hay algunas ideas.
Asiste con mucha regularidad a tu iglesia. Sé enseñable, paciente y dado a la oración. Habla con alguno de tus pastores o ancianos sobre este asunto, o encuentra a un hombre o a una mujer de mentalidad espiritual con quien puedas desarrollar una relación informal de mentoría. Sirve en cualquier función de la iglesia que esté disponible y atrévete a probarla, por ejemplo, la portería, la guardería infantil, los comités, los estudios bíblicos, el servicio comunitario. Mantente en contacto con tus líderes y pídeles que retroalimenten tu servicio. Pídele a Jesús, el que te dotó, que te ayude a identificar tus dones espirituales. Haz que tu objetivo interior sea convertirte en todo lo que Jesús ha diseñado que seas. Dile al Señor que lo que más quieres es darle gloria a Él. Ya que Jesús te ha dado dones espirituales, Su iglesia te necesita y tú necesitas a la iglesia. Unámonos bajo el plan de Jesús.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Larry G. Mininger El Dr. Larry G. Mininger es pastor emérito de la Lake Sherwood Orthodox Presbyterian Church, en Orlando, Florida. Además, sirve como encargado de atención estudiantil en el Reformation Bible College, Sanford, Florida.
Nota del editor: Este es el septimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
En esta vida, hay pocas bendiciones mejores que contar con personas mayores piadosas. ¿Por qué? Porque todos necesitamos modelos de santidad. Las palabras importan, pero los ejemplos vivos suelen hablar más fuerte a los corazones jóvenes y distraídos. No es casualidad que el apóstol Pablo anime a su discípulo Timoteo diciendo: «Porque por esto trabajamos y nos esforzamos, porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes» (1 Tim 4:10). Pablo pone su propio ejemplo frente a Timoteo. Curiosamente, luego lo instruye para que sea «ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza» (v. 12). Los ejemplos vivos de semejanza a Cristo influencian las vidas de quienes los rodean. Todos los cristianos jóvenes necesitan (no solo se benefician de) el ejemplo de los cristianos mayores piadosos.
Hace unos meses, un grupo de hombres jubilados de la iglesia a la que sirvo decidió comenzar a reunirse todos los miércoles por la mañana para orar. Esta semana, entré a nuestro edificio cuando estaban concluyendo su reunión. Mientras se iban, les comenté: «Esto me alegra el corazón. Estoy agradecido de que ustedes, los hombres, se reúnan, oren y busquen animarse los unos a los otros para servir al cuerpo de Cristo». Uno de estos cristianos mayores me miró y me dijo: «Es bueno oír eso, porque nos sentimos muy innecesarios en la sociedad». Mi respuesta sencilla fue: «Puede que se sientan así en nuestra sociedad, pero nunca deben sentirse así en nuestra iglesia. Los necesitamos. Y la iglesia los necesita».
La iglesia necesita que los santos experimentados estén presentes con los santos menos maduros en edad, piedad, o ambas cosas. Es bien sabido que los jóvenes ocupamos nuestra mente en lo inmediato. Lo urgente reclama atención. A menudo, ocurre que la vida tranquila, moderada, estable y servicial del santo mayor es la que nos despierta de nuestras preocupaciones juveniles.
¿Por qué? Porque observamos sus vidas. Sin embargo, no podemos observar lo que no vemos. La vida de Pablo influenció la de Timoteo, y ahora la vida de Timoteo debía influenciar las vidas de las personas de su congregación. Eso es lo hermoso de cuando los santos mayores modelan una vida de fe. Sin embargo, todo esto depende de que los santos mayores estén presentes con los santos jóvenes.
Cuando pienso en mi propia vida, hay ciertas personas, hombres y mujeres, que me sirven como consejeros mentales. Cuando enfrento diferentes decisiones, suelo pensar: «¿Qué haría Jane en esta situación?» o «¿Cómo abordaría John este asunto?». Sin embargo, al reflexionar en mi vida cristiana, veo que rara vez perduró lo que me dijeron los cristianos mayores. Más que todo lo demás, tengo grabadas en la mente las vidas de las personas. Recuerdo su forma de ser, su capacidad de dirigir las conversaciones hacia Cristo, su gozo, su paz, su armonía familiar, su disposición a servir sin aplausos, su fidelidad, su fe, su coherencia, su oído atento. Vivieron siguiendo a Cristo en el Espíritu para la gloria de Dios, y no sabían que yo estaba observando.
No soy viejo, pero esta realidad me impactó hace muchos años. Mi primer pastorado fue familiar y juvenil. Dedicaba la mayoría de la semana a ministrar a estudiantes de secundaria y preparatoria. Después de pasar tres años con ellos, acepté un llamado a plantar una iglesia nueva al otro lado del país y, por lo tanto, me vi obligado a dejar a esos estudiantes. Lo que me sorprendió en los años siguientes fueron los correos y las cartas que recibí de algunos alumnos con los que apenas pasé tiempo de forma individual. Simplemente eran parte de los muchos estudiantes que asistían al grupo de jóvenes o a la escuela dominical y que quizá iban al viaje de esquí de los jóvenes. Sin embargo, recordaban diferentes formas en que afecté sus vidas, por la gracia de Dios. ¿Cómo? Simplemente estando con ellos.
Nuestras vidas están en exhibición constante, y los demás están tomando notas mentales sobre lo que significa vivir para Cristo. Sin duda, esa es una de las razones por las que Pablo le dice a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza» (1 Tim 4:16). Querido «santo más experimentado», tenerte con nosotros no es solo agradable: necesitamos que estés con nosotros en la iglesia. Necesitamos tu ejemplo, tu presencia, que vivas tu vida frente a nosotros. Señálanos a Cristo y muéstranos cómo vivir mejor para Su gloria con esa sabiduría que tanto te costó adquirir.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Jason Helopoulos El Rev. Jason Helopoulos es el pastor principal de la University Reformed Church (PCA), en East Lansing, Michigan. Es autor de The New Pastor’s Handbook [Manual del pastor nuevo] y A Neglected Grace: Family Worship in the Christian Home [Una gracia descuidada: la adoración familiar en el hogar cristiano].