Tú eres responsable de tus hijos

Coalición por el Evangelio

Tú eres responsable de tus hijos
JUAN D. ROJAS

“Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”, Deuteronomio 6:4-9.

Este pasaje se conoce como el Shemá, y es una de las oraciones más importantes para los judíos. Es vital que consideremos este texto con detenimiento, ya que nos enseña muchas cosas valiosas. Una de ellas es la importancia de enseñar la Palabra de Dios a nuestros hijos.

Un mandato para todos
El mandato en el Shemá es para cada hombre y mujer del pueblo de Dios, y enfatiza la responsabilidad primaria de los padres: educar a sus hijos en la fe.

La formación espiritual y el discipulado debe de originarse y tener su mayor fuerza y profundidad en los hogares. Esto no solo lo vemos en el Shemá; por toda la Escritura encontramos el testimonio de que Dios espera que los padres seamos los primeros maestros de nuestros hijos en los caminos y mandamientos de nuestro Dios.

Proverbios 22:6 dice, “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere grande no se apartará de él”. Este texto es un principio sabio dado por un Padre a otros padres. Tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros niños en el camino de Señor y el hacerlo, aunque de ninguna manera será garantía de su conversión, definitivamente será de grande bendición para sus vidas.

Por otro lado, Jesús, a sus doce años, se encontró discutiendo temas teológicos con los rabinos de su época. Esto en parte puede atribuirse a la solidez con la que José y María lo discipularon desde muy pequeño. No podemos olvidar que Jesús es Dios, pero también un hombre que “…crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).

Es fácil darnos cuenta de que la familia es la institución de vida más importante para el desarrollo de una persona. Debido a eso, Dios diseñó que la formación espiritual de los hijos sea cultivada y modelada por los padres. Y esto no significa simplemente orar antes de cada comida con ellos, sino también cimentar una enseñanza sólida y completa de todo el consejo de Dios. Por eso en el Shemá, Dios es muy claro acerca de la constancia, frecuencia, e intencionalidad de la formación espiritual que debemos de tener para con nuestros hijos: “Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:7).

¿Cuáles son tus prioridades?
Los padres debemos buscar tener nuestras prioridades alineadas al orden de Dios. Vivimos en un mundo acelerado que nos obliga a correr en todas direcciones, tentándonos constantemente a dejar de lado la formación espiritual de nuestros niños. Al final, reducimos su instrucción a una hora el domingo y por alguien que tal vez ni siquiera conocemos. Aunque la escuela dominical para los niños es una gran bendición, no debe ser el lugar principal para la educación espiritual y bíblica de nuestros hijos.

Los padres de familia somos los encargados de la salud espiritual de nuestra esposa y de nuestros hijos. Los varones estamos llamados a ser los sacerdotes en nuestro hogar y guías espirituales de los miembros de nuestras casas. Somos los responsables delante de Dios de enseñarles la Palabra de Dios y su aplicación. Debemos de enseñarles a orar, a leer las Escrituras, y a valorar las disciplinas espirituales.

El teólogo Jonathan Edwards dijo: “Toda familia cristiana debiera ser una pequeña iglesia, consagrada a Cristo, e influenciada y gobernada enteramente por sus mandamientos. La educación y orden de la familia son algunos de los mejores medios de gracia”.1

Sé fiel a tu llamado
Quisiera motivarles a empezar o a retomar con entusiasmo y perseverancia el trabajo de la formación de los discípulos más inmediatos que Dios nos ha dado: nuestros propios hijos. Los invito a que juntos recibamos este noble encargo como una oportunidad única de parte de Dios para la formación de futuros hombres y mujeres que puedan ser de bendición a nuestro mundo. Los hijos son una bendición del Señor y una oportunidad increíble para formar más discípulos que traigan bendición al mundo y gloria a su Nombre.

[1] Farewell Sermon (The Works of Jonathan Edwards, Vol. I, p. ccvi.)
Juan D. Rojas es el pastor de la Iglesia Casa Vida en Tamarindo, Costa Rica. También es el fundador del movimiento Plantación Casa Vida, y estudiante de Doctorado en el Southern Baptist Theological Seminary.

Toma el pecado en serio

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Toma el pecado en serio
Por Geoffrey Thomas

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Toma a Cristo en serio. Sí, por supuesto. Cada vez que mires tu pecado, mira diez veces a Cristo. Pero, ¿querrás mirar a Cristo si no has visto tu necesidad? ¿Verás tu necesidad si no has visto tu pecado?

¿Por qué se da por sentado al Hijo de Dios en la iglesia visible de hoy? Solo porque el pecado es tomado a la ligera. Nuestra necesidad más apremiante es redescubrir la gloria de la salvación de Cristo. Hasta el hombre de Dios más maduro necesita tener una visión fresca de Jesucristo para poder gritar: «¡Aleluya! ¡Cristo salva!». Esta es la marca distintiva de una congregación creciente y reavivada, y esa llenura del Espíritu que glorifica al Hijo viene en gran parte por la convicción de nuestro pecado y la comprensión de nuestra necesidad de este glorioso Libertador, que nos libra del dominio, la perversidad y la condenación del pecado. Así que, cristiano joven, toma el pecado en serio.

Considera que el pecado hace pedazos la ley de Dios. Dos tablas de reglas seguras, buenas, santas, justas, espirituales y provechosas: el pecado derriba y destruye ambas tablas. ¿Es esa una acción insignificante? ¿Desdeñar y destruir la santa ley de Dios, el resumen de la naturaleza y las perfecciones divinas?

Considera que el pecado mira con frialdad al carácter de nuestro Creador, el Hacedor de todo lo majestuoso, glorioso, hermoso y excelente; derrama desprecio sobre Él. Piensa en las criaturas más aterradoras del mundo e imagínate que se te están acercando. Sin embargo, ninguna de esas criaturas odia a Dios por naturaleza. Solo el pecado, el tuyo y el mío, desprecia y rechaza a Dios.

Considera que el pecado está bajo las advertencias del Dios vivo. Dios odia todo lo que contradice Su naturaleza. El Señor tres veces santo desprecia todo lo que es malo, maquiavélico, cruel, egoísta, idólatra, codicioso y lujurioso. Todo lo que hay en el cielo y en los cielos de los cielos ―los ángeles y serafines, los espíritus de los justos hechos perfectos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo― son unánimes en su justa ira y furia contra el pecado, ¿y seguiremos nosotros siendo indiferentes a él? Un día, por la gracia de Dios, lo detestaremos al igual que ellos.

Considera las consecuencias del pecado. Piensa en el hombre rico de la historia de Jesús y en el gran abismo puesto entre él y la bienaventuranza de los que estaban en el cielo (Lc 16:19-31). Él anhela ser librado, pero nunca podrá dejar ese lugar. Una gota de agua es todo lo que pide, pero nunca podrá tenerla. ¿Qué fue lo que llevó allí a este hombre rico que lo tenía todo, a este hijo del orgullo? ¿Qué fue lo que lo unió a los muchos otros que recorrieron resueltamente el camino ancho por años y rechazaron toda oferta de misericordia, despreciando a Cristo el Redentor? Fue el pecado, ese mismo pecado que llena los cementerios de muertos y hace que el humo de sus cuerpos quemados suba por las chimeneas de todos los crematorios. La paga del pecado es muerte, la muerte física en este mundo y la horrible muerte segunda en el mundo venidero.

Considera el juicio del pecado que cayó sobre el Señor Jesús en el Gólgota. ¿Qué piensan del pecado el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? Piensa en el fin del Hijo amado de Dios el Padre. No hay padre más amoroso que el Padre ni hijo más amado que el Hijo. Sin embargo, el Hijo llevó nuestros pecados en Su propio cuerpo sobre la cruz. El Hijo de Dios se convirtió en el Cordero de Dios. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros. Dios el Padre no lo eximió. No podía haber ni un gramo de flexibilidad en lo que concierne al pecado. Dios no refrenó ni un solo golpe de la vara de Su justicia al mostrar cuán digno de condenación es el pecado. El Padre quiso golpear a Cristo hasta matarlo. El Padre alzó Su vara, y Cristo la recibió sobre Sí mismo en nuestro lugar.

Todo esto indica la seriedad con la que Dios ve el pecado, y cuán inexpresable es todo lo que Él soportó para que gente patética como nosotros sea librada de la iniquidad. ¿Y puedes encogerte de hombros? ¿Puedes asentir con la cabeza y seguir pecando en hecho, palabra, actitud y omisión?

Incrédulo, Jesucristo es todo lo que los pecadores necesitan. Él puede satisfacer todos tus deseos y romper esas cadenas poderosas que te atan al pecado. Cristiano, ya seas joven o anciano, mortifica el pecado remanente. Estrangúlalo y no le des ni un respiro. Hazlo morir de hambre. Niégate a darle aunque sea un bocadito. Toma el pecado en serio, pues tomas en serio la justicia y la sangre de Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Geoffrey Thomas
El Rev. Geoffrey Thomas es el pastor principal de la Alfred Baptist Church en Aberystwyth, Gales. También sirve como profesor invitado de teología histórica en el Puritan Reformed Theological Seminary y editor asociado de la revista Banner of Truth.

Solo haz algo

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Solo haz algo
Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Luego de dictar una charla sobre la doctrina de la vocación en una universidad cristiana, un estudiante se me acercó para preguntarme si podía orientarlo. Llegó a la universidad pensando que quería ser pastor, pero luego se sintió inclinado a convertirse en profesor. «¿Cómo puedo saber lo que el Señor quiere que haga?», me preguntó.

Le di algunos consejos sobre cómo discernir sus talentos, pero luego me hizo una pregunta que reveló el problema de fondo: «¿Qué pasa si tomo la decisión equivocada?». ¿Qué pasa si decido ser maestro, pero Dios realmente quería que fuera pastor? ¿O qué pasa si decido ser pastor, pero en realidad Dios no quería que lo fuera? ¿Cómo podría enseñar o predicar si al hacerlo puedo estar fuera de la voluntad de Dios? Y, de todos modos, ¿cómo podría saberlo?

Entonces me llegó la respuesta. «No puedes tomar la decisión equivocada», le dije. Si decides ingresar al ministerio ―y, sobre todo, si terminas el seminario y recibes el llamado de una congregación, ya que las vocaciones vienen desde afuera de nosotros― puedes estar seguro de que Dios te ha puesto en ese púlpito. Si decides dedicarte a la enseñanza y una escuela te contrata, puedes estar seguro de que Dios te ha puesto en esa aula. Incluso es posible que Dios te ponga en un aula ahora y luego te llame al ministerio.

Muchas personas suponen que la voluntad de Dios para nuestras vidas es algo que debemos «descubrir» y que podemos perder si tomamos la «decisión» equivocada. Pero como no hay forma de que sepan realmente cuál es la voluntad de Dios para su caso concreto, se quedan paralizados, sin saber qué hacer, y por eso no hacen nada.

Los cristianos reformados saben que reducir todo a nuestra «decisión» es ir demasiado lejos. Sí, tomamos decisiones, pero para los cristianos, que tenemos la confianza en el Señor que gobierna el universo, ni nuestra salvación ni el curso de nuestras vidas «dependen de nosotros».

¿De verdad pensamos que la voluntad de Dios se puede frustrar? Por supuesto, podemos ir en contra de Su voluntad revelada, de Sus mandamientos; eso es lo que significa pecar. Debemos estudiar la Palabra de Dios para conocer Su justa voluntad. También debemos darnos cuenta de que eso suele entrar en conflicto con nuestra propia voluntad caída. Debemos crecer en nuestra fe, para que podamos orar junto a Jesús: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22:42). Sin embargo, en última instancia, Su voluntad soberana se cumplirá en el gobierno de Su creación.

No cabe duda de que el estudiante sabía que ciertas carreras, como la de narcotraficante o productor de pornografía, estaban descartadas para él. Pero ser profesor no es pecado. Tampoco lo es ser pastor. Sí, tiene que tomar decisiones, y hacerlo requerirá autoexamen, agonía y oración. Debe tomar en cuenta todos los factores ordinarios: sus finanzas, sus tiempos y sus consideraciones familiares. Pero una vez que ha tomado la decisión, puede estar seguro de que Dios lo ha guiado.

Esto es lo que enseñan las Escrituras. «La mente del hombre planea su camino» ―así que debemos hacer planes―, «pero el SEÑOR dirige sus pasos» (Pr 16:9). Dios es quien «dirige» lo que hacemos. «Se prepara al caballo para el día de la batalla, pero la victoria es del SEÑOR» (21:31). El Señor es quien produce el resultado, convirtiéndote en colaborador en Sus propósitos.

En contraste con las enseñanzas del evangelio de la prosperidad, el éxito terrenal no es necesariamente una señal del favor de Dios, ni la falta de éxito es una señal de que estés «fuera de la voluntad de Dios». Con frecuencia, el curso de nuestra vida no solo incluye oportunidades, sino también fracasos; no solo puertas que se abren, sino también algunas que se cierran en tu cara. La vocación ciertamente no se trata de tu «autorrealización». Seguir a Jesús en una vocación requiere abnegación y sacrificio diario en favor del prójimo al que servimos con ella.

Las adversidades de nuestras diversas vocaciones, ya sea en la familia, la Iglesia y la comunidad o nuestro lugar de trabajo, dan cuenta de otro aspecto de la voluntad de Dios: Él quiere que crezcamos en la fe y la santidad. «Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes 4:3). Esto sucede cuando las luchas de nuestra vida nos hacen depender cada vez más de Él.

En este momento, no sabemos lo que va a pasar ni adónde nos llevarán nuestras decisiones. Pero cuando miramos atrás, especialmente cuando ha pasado el tiempo, cuando somos mayores, podemos ver el patrón y la manera en que Dios nos estuvo guiando en cada paso del camino, aunque no hayamos sido conscientes de ello en el momento.

Mientras tanto, debemos actuar. Confiar en la providencia de Dios ―no solo en Su control, sino en que Él «provea» para nosotros― no es una receta para que seamos pasivos, sino para que gocemos de libertad. Podemos abordar con valentía las oportunidades y relaciones que la vida nos depara, confiando en que Él estará con nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Gene Edward Veith
El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

Sean nuestros mentores

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sean nuestros mentores
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Sería imposible medir el impacto que tuvo William Still sobre una generación de pastores durante la última parte del siglo XX. Aunque Still ahora se encuentra en la gloria con Cristo, su ministerio continúa influyendo a ministros de ambos lados del Atlántico en el siglo XXI. No tengo duda alguna de que continuará haciéndolo por décadas, incluso por siglos, en el futuro. Sus cincuenta y dos años de ministerio en la Gilcomston South Church de Glasgow, Escocia, fueron de impacto mundial para la predicación expositiva y el ministerio pastoral. Esto se debió, al menos en parte, al hecho de que Still se entregó a las vidas de muchos jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Algunos de los ministros más talentosos y valorados del mundo pasaron tiempo aprendiendo de Still en Gilcomston South. El relato unánime dice que William Still era el mentor pastoral por excelencia.

Cuando yo era un seminarista joven, escuché muchas veces a Sinclair Ferguson hablar sobre el impacto que Still tuvo en su propia vida y preparación ministerial. Cuando expresaba su gratitud afectuosa por la manera en que su mentor se dedicó a él, en mi corazón surgía un anhelo de tener esa misma experiencia bendita. Sin embargo, al parecer había dos obstáculos. El primero era mi temor al rechazo. Era muy reacio a pedirles a los hombres que admiraba que fueran mis mentores, pues sabía que podían negarse. El segundo era el desinterés que percibía. Los ministros que más admiraba parecían estar demasiado ocupados en sus propios ministerios como para servir de mentores a los jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Por correcto o incorrecto que haya sido ese temor, y por cierta o falsa que haya sido mi percepción, estoy seguro de esto: yo no estaba pidiéndoles que me orientaran y ellos no estaban buscando hacerlo. A la luz de muchas conversaciones que he tenido con otros ministros a lo largo de los años, esta es una experiencia común.

Mientras crecíamos, mi padre solía orar para que el Señor «nos hiciera sabios más allá de nuestros años». Uno de los medios por los que el Señor responde esa oración es el de colocar personas sabias y experimentadas en nuestra vida para que nos orienten. Necesitamos desesperadamente la sabiduría de los que han sido usados para avanzar el Reino y han afrontado la tormenta antes que nosotros. Como bien expresó Isaac Newton, «Si he visto más lejos, es solo porque me paré en los hombros de gigantes». Si esto es cierto con respecto a lo que adquirimos al leer los escritos de los que nos han precedido, también lo es cuando recibimos la amistad y orientación de los que se entregan a nosotros.

La mentoría tiene su fundamento en la Escritura. Los ejemplos bíblicos de la mentoría son abundantes, ya sea en la ley, la literatura sapiencial, los profetas, los Evangelios, los Hechos de los apóstoles o las epístolas del Nuevo Testamento. Por ejemplo, Moisés fue mentor de Josué, David fue mentor de Salomón (considera los diez diálogos padre-hijo que se encuentran en Proverbios), Elías fue mentor de Eliseo, Jesús fue mentor de los discípulos, Pedro fue mentor de Juan Marcos y el apóstol Pablo dedicó su vida, no solo al servicio de la iglesia, sino también a la mentoría de su hijo espiritual, Timoteo.

La historia de la Iglesia también está llena de ejemplos del papel decisivo que la mentoría ha desempeñado en ella. El apóstol Juan fue mentor de Policarpo, un pastor y teólogo de la iglesia primitiva, quien a su vez fue mentor de Ireneo de Lyon. Ambrosio de Milán fue mentor de Agustín de Hipona. Como confesó Agustín:

Ese hombre de Dios me recibió como un padre, y miró mi cambio de residencia con amabilidad benevolente y episcopal. Y comencé a amarlo. . . como un hombre amigable conmigo. Y escuché cuidadosamente cómo le predicaba a la gente. . . Me aferré asiduamente a sus palabras.

Tras Martín Lutero, hallamos a Johann von Staupitz. Juan Calvino se sentó a los pies de Guillermo Farel. La lista suma y sigue.

Necesitamos desesperadamente que haya hombres y mujeres mayores, piadosos y sabios que abran sacrificadamente sus hogares, corazones, mentes y vidas a los hombres y mujeres jóvenes. Necesitamos que haya hombres y mujeres que nos enseñen lo que han aprendido a lo largo de los años y nos den un ejemplo a seguir. Pero, quizás incluso más que eso, necesitamos que haya hombres y mujeres mayores que nos amen y nos brinden su amistad para caminar junto a nosotros a través de los desafíos que enfrentamos día tras día en la vida y el ministerio. Por favor, sean nuestros mentores.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

¿Qué es el misticismo cristiano?

¿Qué es el misticismo cristiano?

El misticismo cristiano es una palabra difícil de definir. A veces se piensa como en la práctica del conocimiento experiencial de Dios. El término también puede aplicarse al misterio de la eucaristía en el catolicismo romano, así como los supuestos significados ocultos de las escrituras, como en el gnosticismo. La biblia no tiene significados ocultos, ni los elementos de la comunión se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Si bien es cierto que los cristianos experimentan a Dios, el misticismo cristiano tiende a elevar el conocimiento experiencial y deleitarse en lo misterioso, centrándose en la mística para el crecimiento espiritual. El cristianismo bíblico se centra en conocer a Dios por medio de Su palabra (la biblia) y la comunión con el Espíritu Santo a través de la oración. El misticismo tiende a ser una práctica individual y subjetiva, mientras que el cristianismo bíblico es una relación particular con Dios y una relación que necesariamente se vive en comunidad. No existe tal cosa como la de un cristiano solitario. No todo lo que se podría considerar «misticismo cristiano» es malo, pero en gran parte es, y un enfoque en el misticismo sin duda puede conducir al error.

El misticismo se puede encontrar en muchas religiones. A menudo involucra el ascetismo de alguna clase y busca la unión con Dios. Es verdad que uno quiere acercarse a Dios, pero la unión mística con Dios es diferente del tipo de intimidad con Dios, a la que están llamados los cristianos. El misticismo tiende a buscar la experiencia y a veces se ve como secreto o elitista. Los cristianos son conscientes y se involucran en las realidades espirituales (Efesios 1:3; 6:10-19) y el cristianismo bíblico comprende la experiencia espiritual, pero la intimidad con Dios está destinada para todos los cristianos y no está velada por cualquier clase de práctica misteriosa. Acercarse a Dios no es nada misterioso o elitista, sino que implica cosas como la oración regular, el estudio de la palabra de Dios, adorar a Dios, y tener comunión con otros creyentes. Nuestros esfuerzos palidecen en comparación con la obra que Dios mismo hace en nosotros. De hecho, nuestros esfuerzos son más una respuesta a Su obra y no algo que se origina en nosotros.

Los cristianos tienen lo que podrían considerarse experiencias místicas. Cuando aceptamos a Jesús como Salvador, el Espíritu Santo habita en nosotros. El Espíritu Santo nos transforma y nos permite vivir el llamado de Dios. A menudo, un cristiano lleno del Espíritu Santo, demostrará gran sabiduría, fe o discernimiento espiritual. Un cristiano lleno del Espíritu Santo también demostrará cosas como el amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe y dominio propio (Gálatas 5:22-23). El Espíritu Santo ayuda a que los creyentes entiendan la verdad y la vivan (1 Corintios 2:13-16). Este no es el resultado de prácticas místicas, sino una señal de la permanencia del Espíritu Santo obrando en nosotros. La segunda carta a los Corintios 3:18 habla acerca de la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor».

El movimiento carismático, con su énfasis en sueños y visiones, sentimientos y experiencias, y la nueva revelación, es una forma de misticismo cristiano. Ya que tenemos toda la palabra de Dios, no estamos llamados a buscar sueños, visiones o revelación extra de parte de Dios. Aunque es posible que hoy en día Dios se revele a sí mismo en sueños y visiones, debemos tener cuidado de la naturaleza subjetiva de los sentimientos e impresiones espirituales.

Es importante recordar que cualquier cosa que un cristiano experimente debe alinearse con la verdad de la biblia. Dios no se contradice a sí mismo. Él no es el autor de la confusión (1 Corintios 14:33). Dios ciertamente está más allá de nuestra comprensión, y hay mucho respecto a Él que es misterioso. Sin embargo, Él se nos ha revelado. En lugar de buscar experiencias místicas, debemos involucrarnos en las cosas que Dios nos ha revelado (Deuteronomio 29:29). Efesios 1:3-14 habla de las bendiciones espirituales en Cristo. En parte, este pasaje dice, «dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra» (v. 9-10). Dios ha revelado el misterio y nos invita a caminar fielmente en Sus caminos mientras completa Su plan (Juan 15:1-17; Filipenses 3:20-21; 2 Corintios 5:16-21).

Segunda de Pedro 1:3-8 resume muy bien nuestro llamado: «Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo». Hay misterio, sin embargo, la manera en la que estamos llamados a vivir no es nada misterioso. Estudie la palabra, busque honrar a Dios y permita que Su Espíritu Santo obre dentro de usted.

Sean nuestros mentores

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sean nuestros mentores
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Sería imposible medir el impacto que tuvo William Still sobre una generación de pastores durante la última parte del siglo XX. Aunque Still ahora se encuentra en la gloria con Cristo, su ministerio continúa influyendo a ministros de ambos lados del Atlántico en el siglo XXI. No tengo duda alguna de que continuará haciéndolo por décadas, incluso por siglos, en el futuro. Sus cincuenta y dos años de ministerio en la Gilcomston South Church de Glasgow, Escocia, fueron de impacto mundial para la predicación expositiva y el ministerio pastoral. Esto se debió, al menos en parte, al hecho de que Still se entregó a las vidas de muchos jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Algunos de los ministros más talentosos y valorados del mundo pasaron tiempo aprendiendo de Still en Gilcomston South. El relato unánime dice que William Still era el mentor pastoral por excelencia.

Cuando yo era un seminarista joven, escuché muchas veces a Sinclair Ferguson hablar sobre el impacto que Still tuvo en su propia vida y preparación ministerial. Cuando expresaba su gratitud afectuosa por la manera en que su mentor se dedicó a él, en mi corazón surgía un anhelo de tener esa misma experiencia bendita. Sin embargo, al parecer había dos obstáculos. El primero era mi temor al rechazo. Era muy reacio a pedirles a los hombres que admiraba que fueran mis mentores, pues sabía que podían negarse. El segundo era el desinterés que percibía. Los ministros que más admiraba parecían estar demasiado ocupados en sus propios ministerios como para servir de mentores a los jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Por correcto o incorrecto que haya sido ese temor, y por cierta o falsa que haya sido mi percepción, estoy seguro de esto: yo no estaba pidiéndoles que me orientaran y ellos no estaban buscando hacerlo. A la luz de muchas conversaciones que he tenido con otros ministros a lo largo de los años, esta es una experiencia común.

Mientras crecíamos, mi padre solía orar para que el Señor «nos hiciera sabios más allá de nuestros años». Uno de los medios por los que el Señor responde esa oración es el de colocar personas sabias y experimentadas en nuestra vida para que nos orienten. Necesitamos desesperadamente la sabiduría de los que han sido usados para avanzar el Reino y han afrontado la tormenta antes que nosotros. Como bien expresó Isaac Newton, «Si he visto más lejos, es solo porque me paré en los hombros de gigantes». Si esto es cierto con respecto a lo que adquirimos al leer los escritos de los que nos han precedido, también lo es cuando recibimos la amistad y orientación de los que se entregan a nosotros.

La mentoría tiene su fundamento en la Escritura. Los ejemplos bíblicos de la mentoría son abundantes, ya sea en la ley, la literatura sapiencial, los profetas, los Evangelios, los Hechos de los apóstoles o las epístolas del Nuevo Testamento. Por ejemplo, Moisés fue mentor de Josué, David fue mentor de Salomón (considera los diez diálogos padre-hijo que se encuentran en Proverbios), Elías fue mentor de Eliseo, Jesús fue mentor de los discípulos, Pedro fue mentor de Juan Marcos y el apóstol Pablo dedicó su vida, no solo al servicio de la iglesia, sino también a la mentoría de su hijo espiritual, Timoteo.

La historia de la Iglesia también está llena de ejemplos del papel decisivo que la mentoría ha desempeñado en ella. El apóstol Juan fue mentor de Policarpo, un pastor y teólogo de la iglesia primitiva, quien a su vez fue mentor de Ireneo de Lyon. Ambrosio de Milán fue mentor de Agustín de Hipona. Como confesó Agustín:

Ese hombre de Dios me recibió como un padre, y miró mi cambio de residencia con amabilidad benevolente y episcopal. Y comencé a amarlo. . . como un hombre amigable conmigo. Y escuché cuidadosamente cómo le predicaba a la gente. . . Me aferré asiduamente a sus palabras.

Tras Martín Lutero, hallamos a Johann von Staupitz. Juan Calvino se sentó a los pies de Guillermo Farel. La lista suma y sigue.

Necesitamos desesperadamente que haya hombres y mujeres mayores, piadosos y sabios que abran sacrificadamente sus hogares, corazones, mentes y vidas a los hombres y mujeres jóvenes. Necesitamos que haya hombres y mujeres que nos enseñen lo que han aprendido a lo largo de los años y nos den un ejemplo a seguir. Pero, quizás incluso más que eso, necesitamos que haya hombres y mujeres mayores que nos amen y nos brinden su amistad para caminar junto a nosotros a través de los desafíos que enfrentamos día tras día en la vida y el ministerio. Por favor, sean nuestros mentores.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

El orgullo como piedra de tropiezo en el ministerio

Coalición por el Evangelio

El orgullo como piedra de tropiezo en el ministerio

MIGUEL NÚÑEZ

Este es un fragmento adaptado del libro De pastores y predicadores (B&H Español, 2019), por Miguel Núñez.

Muchas de las caídas de los hombres de Dios han estado precedidas por el orgullo. El orgullo nos lleva a creer que a nosotros no nos ocurrirá lo que le ha ocurrido a otros. Este mismo orgullo nos hace creer que no tenemos que rendir cuentas o que podremos manejar la tentación sin la ayuda de ninguna otra persona.

El orgullo nos conduce a permanecer callados cuando hemos pecado. La persona humilde busca ayuda, confiesa, se arrepiente, rinde cuentas. El orgullo quiere impresionar; lucir bien; ganarse el aplauso y frecuentemente entiende que no necesita someterse a nadie.

El orgullo parte de una comparación subjetiva que favorece al que hace la comparación. Uno de los aspectos más serios del orgullo, es que lleva al líder a acreditarse el mérito y a empañar la gloria de Dios.

Un hombre orgulloso siempre quiere ser el centro de atención y siempre hace lo posible para que la atención esté sobre él. Esto impide que otros surjan o se formen como líderes, porque piensa que podrían quitarle la posición o la autoridad. Este hombre orgulloso considera a los demás líderes como posibles amenazas a su autoridad.

Manifestaciones del orgullo
A continuación, algunas manifestaciones que el orgullo puede tener:

El líder que frecuentemente enfatiza sus títulos, sus logros, o que disfruta hacer alardes de poder.
Todo esto solo habla de una inseguridad en el ser humano que requiere traer a colación su preparación y sus logros para sentirse seguro o superior a otros.

En medio de nuestra generación donde proliferan los autodenominados apóstoles y profetas, debemos recordar que los alardes de poder por parte de este grupo nunca fueron parte de la vida de Jesús, ni de sus verdaderos apóstoles.

Uno de los aspectos más serios del orgullo, es que lleva al líder a acreditarse el mérito y a empañar la gloria de Dios

El apóstol Pablo dejó todas estas cosas atrás al experimentar el cambio en su vida, declarando en Filipenses 3:3: «… no poniendo la confianza en la carne». Lo que antes consideraba de importancia, luego Pablo le llamó «basura» o «pérdida» por amor a Cristo (Fil 3:7). La meta de Pablo y la nuestra debe ser conocerlo a Él y el poder de su resurrección (Fil 3:10).

El líder incuestionable que no tolera ningún tipo de observación o señalamiento.
Este es el líder que se ofende con facilidad y luego perdona y olvida con dificultad. Cristo, que es la máxima expresión de la humildad, nunca se ofendió… aun cuando injustamente le llamaron bebedor, glotón y amigo de prostitutas. Debemos estar conscientes de que somos peor de lo que pensamos y no somos tan buenos como creemos.

El líder controlador.
La necesidad de controlar a otros es una señal de debilidad en muchos líderes. Esto habla de inseguridad en la persona que teme que las circunstancias puedan salirse de su control.

Desafortunadamente, el controlador se irrita con facilidad, sospecha con frecuencia de los demás y no da espacio para el desarrollo de otros ni para la expresión de la diversidad. El orgullo quiere controlarlo todo, saberlo todo, determinarlo todo y que todo lo que se considere y se determine sea para la satisfacción personal del individuo.

Indisposición al aprendizaje.
El orgullo indispone al hombre de Dios para aprender. Nadie lo sabe todo. Por ejemplo, si existen recursos de educación continua y conferencias para pastores, ¿por qué considerar ofensivo el asistir? Ese pastor podría también pensar: “¿irán ovejas también a estas conferencias?”. El aprender sentados junto a las ovejas es bueno para el alma, porque todos necesitamos aprender, aunque sea en distintas áreas y niveles de conocimiento de Dios.

El orgullo no es solo una piedra de tropiezo para tu posible caída; es un impedimento para poder ministrar a las ovejas que están en necesidad

No aceptación o no apertura a las opiniones de los demás.
El orgullo no nos permite aceptar las opiniones de otro y con frecuencia las rechaza con ofensas. Por un lado, el orgullo ofende con facilidad a otros, sobre todo cuando otros mencionan algo que quizás la persona orgullosa no percibe como correcto o con lo que no está de acuerdo. A la vez, el orgullo es defensivo porque defiende su posición, muchas veces sin dar siquiera el beneficio de la duda o sin reconocer que podría estar en un error.

Autosuficiencia.
El orgullo es autosuficiente; no le gusta pedir ayuda. Existe una broma generalizada en muchas culturas de que cuando un hombre está conduciendo y se pierde, no pide dirección. Generalmente la mujer se detiene y pregunta para saber cómo llegar. Pero el hombre da vueltas y vueltas. El orgullo no nos permite admitir que estábamos perdidos, aunque eventualmente hayamos encontrado el camino.

Vulnerabilidad a la caída.
El orgullo vuelve a la persona particularmente vulnerable a las caídas. El orgulloso no admite sus errores, no pide ayuda, no reconoce que otros pueden saber más. Esto vuelve al líder más vulnerable a los errores y caídas, resulta en nuestro detrimento y empeora nuestra condición.

Este orgullo también interfiere al momento de lidiar con las ovejas porque endurece nuestro corazón y lo vuelve poco compasivo. Este es uno de esos pecados que todo el mundo ve, menos el que lo tiene; es como un punto ciego. Es el mismo orgullo el que no nos permite ver que somos orgullosos.

El orgullo no es solo una piedra de tropiezo para tu posible caída; es un impedimento para poder ministrar a las ovejas que están en necesidad.

El líder enigmático o misterioso.
Oremos que el evangelio de Dios, su amor mostrado en la cruz, nos impulse a guardarnos del orgullo y descansar en Su gracia para vencerlo

El orgullo hace a las personas excesivamente reservadas y faltas de transparencia; a estas personas les gusta hacer las cosas en secreto y mantenerlas en secreto porque el orgullo vive para la apariencia, para el buen nombre, para la buena posición y, por tanto, el orgulloso es muy reservado con sus cosas. El orgullo muchas veces hace que el individuo ponga distancia entre él y los demás. En algunos casos, puede tener muchos conocidos, pero nadie lo conoce a profundidad, los pasos que da y las decisiones que toma porque él no comparte esta información.

Dios ha revelado su sentir respecto al orgullo: «… no toleraré al de ojos altaneros y de corazón arrogante» (Sal 101:5). Debemos notar que Dios no dijo «lo ignoraré», sino que utiliza un término enfático, «no toleraré». Estas palabras nos llaman a la sobriedad y nos deben conducir a orar por humildad en todo tiempo.

Oremos que el evangelio de Dios, su amor mostrado en la cruz, nos impulse a guardarnos del orgullo y descansar en su gracia para vencerlo.

​Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.

20-LA PROVIDENCIA

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

LAS OBRAS Y LOS DECRETOS DE DIOS

20-La Providencia

En Rhode Island hay una ciudad importante llamada Providence («Providencia» en castellano). Este nombre tiene algo de extraordinario. El nombre de la ciudad hace que nos demos cuenta del abismo que separa el pensamiento de nuestra sociedad actual del pensamiento de las generaciones pasadas. ¿A quién hoy día se le ocurriría llamar a una ciudad «Providencia»? La palabra de por sí suena pasada de moda y arcaica.

Cuando leo los escritos de los cristianos de siglos pasados me llama la atención la multitud de referencias a la providencia de Dios. Parece ser como si antes del advenimiento del siglo veinte los cristianos sintonizaban más con la providencia de Dios en sus vidas que lo que sucede ahora. El espíritu del naturalismo que entiende que todos los acontecimientos en la naturaleza están gobernados por fuerzas naturales ha hecho su impacto sobre nuestra generación.

La raíz del significado de la palabra providencia es «prever o ver de antemano», o «proveer». La palabra, como tal, no transmite el significado profundo de la doctrina de la providencia. La doctrina implica mucho más que el hecho de que Dios sea un espectador de los acontecimientos humanos. Conlleva más que una simple referencia a su previo conocimiento.

Los ministros de Westminster en el siglo diecisiete definieron la providencia de la siguiente manera:

Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene, dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas, acciones, y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña, por su más sabia y santa providencia, de acuerdo con su previo conocimiento infalible, y el libre e inmutable consejo de su propia voluntad, para la alabanza de la gloria de su sabiduría, su poder, su justicia, su bondad y su misericordia’.

Dios también sostiene lo que crea. El universo no solo depende de Dios para su origen, depende de Dios para continuar existiendo. El universo no puede ni existir ni operar por su propio poder. Dios tiene todo en su poder. Es en Él que vivimos, nos movemos y somos.

El punto central de la doctrina de la providencia es la importancia otorgada al gobierno de Dios sobre el universo. El gobierna a su creación con absoluta soberanía y autoridad. Gobierna todo lo que acontece, desde lo más importante hasta lo más insignificante. No sucede nada que esté fuera del alcance de su gobierno providencial soberano. Él hace que caiga la lluvia ~ que brille el sol. Él hace que surjan los reinos y los hace caer. El tiene contados los cabellos sobre nuestras cabezas y los días de nuestra vida.

Hay una diferencia crucial entre la providencia de Dios y el destino, la fatalidad o la fortuna. La clave de esta diferencia la encontramos en el carácter personal de Dios. El destino es ciego, mientras que Dios todo lo ve. La fatalidad es impersonal, mientras que Dios es un Padre. La fortuna no tiene voz, mientras que Dios puede hablar. No hay fuerzas impersonales y ciegas actúan en la historia de la humanidad. Todo acontece por la mano invisible de la Providencia.

En un universo gobernado por Dios no hay lugar para acontecimientos fortuitos. La casualidad no existe. La probabilidad es solo una palabra que utilizamos para describir las posibilidades matemáticas. Pero ni la casualidad ni la probabilidad intrínsecamente tienen ningún poder porque no son. La casualidad no es una entidad capaz de influenciar la realidad. La casualidad no es algo. Es nada. .

Otro aspecto de la providencia es llamado la concurrencia. La concurrencia se refiere a las acciones co-extensivas de Dios y los seres humanos. Somos criaturas con nuestra propia voluntad. Podemos provocar acontecimientos. Sin embargo, el poder cual que ejercemos es secundario. La providencia soberana de los trasciende nuestras acciones. El cumple su voluntad a través de las acciones de las voluntades humanas, sin violar la libertad de dichas voluntades humanas. El ejemplo más claro de concurrencia que encontramos en la Escritura es el caso de José y sus hermanos. Aunque los hermanos de José incurrieron en una culpa verdadera por haber traicionado a su hermano, la providencia de Dios seguía actuando a través de su pecado. José le dijo a sus hermanos: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo» (Gen. 50:20).

La providencia redentora de Dios puede obrar incluso a través de las acciones más diabólicas. La ofensa más grande jamás cometida por un ser humano fue la traición de Cristo por Judas. Sin embargo, la muerte de Cristo no fue un accidente histórico. Estaba en concordancia con el consejo determinado de Dios. El acto malvado de Judas hizo que sucediera lo mejor que haya sucedido en la historia, la Expiación. No es ninguna casualidad que ese día sea conocido históricamente como el Viernes «Santo».

Resumen

  1. Hoy en día no se cree generalmente en el concepto de la providencia divina.
  2. La providencia implica la obra de Dios para sostener a su creación.
  3. La providencia se refiere principalmente al gobierno de Dios sobre la creación.
  4. A la luz de la providencia divina no hay cabida para fuerzas impersonales como el destino, la fatalidad o la casualidad.
  5. La providencia implica la concurrencia por medio de la cual Dios obra su divina voluntad a través de la voluntad de sus criaturas.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Job 38:1-41:34

Dan. 4:34-35

Acts 2:22-24

Rom. 11:33-36

Sé paciente y ora

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sé paciente y ora
Por Don Bailey

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Hace poco llamé a Joe, nuestro encargado de reparaciones de unos setenta años, para ver si podía incluirnos en su apretada agenda. Contestó el teléfono mientras reparaba un refrigerador y aseguró que me devolvería la llamada más tarde durante ese día. «Pero no te preocupes», me dijo, «tengo tu número anotado en mi libreta en la casa». «Pero Joe», le respondí algo irritado, «¿no podría simplemente guardar el número desde el que lo estoy llamando y devolverme la llamada antes?». Me contestó: «No con mi celular con tapa». Quería instruirlo sobre su necesidad de contar con un teléfono inteligente, pero entonces recordé que lo estaba llamando porque el viejo Joe sabe colocar puertas, instalar ventiladores de techo y reparar ventanas, y ha dominado otras tareas útiles que me intimidan incluso antes de intentarlas.

Cultivar la paciencia requiere vigilancia a lo largo de nuestras vidas. Sin embargo, el creyente joven puede cobrar ánimo al ver su progreso en la paciencia, sabiendo que la paciencia es evidencia de que el Espíritu Santo está en acción: «Mas el fruto del Espíritu es… paciencia» (Gal 5:22). Dios no abandonará la obra que ha comenzado (Flp 1:6). Pero no debemos postergar nuestros esfuerzos para crecer en la paciencia, porque como nos recuerda Santiago: «No sabéis cómo será vuestra vida mañana. Solo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece» (Stg 4:14).

Una palabra griega del Nuevo Testamento que suele utilizarse para expresar el concepto de paciencia es makrothumia, y significa «de temperamento largo». En lugar de arder como una mecha rápida, el hombre paciente «mantiene la calma». La paciencia es inherente a la naturaleza de Dios: «Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad» (Sal 86:15). Ya que Dios es el dador de toda buena dádiva ―y no hay duda de que la paciencia es una dádiva maravillosa―, debes buscar al Dador Divino (Stg 1:17). Cultivar la paciencia sin oración es una completa necedad. Por tanto, debes pedirle a Dios que le dé a tu carácter lo que fluye del Suyo.

Hay algunas áreas notables que destacan en el cultivo de la paciencia. Una de ellas tiene que ver con la conversación entre las generaciones. Es muy común que en nuestra juventud les cerremos la puerta con impaciencia a los ancianos que Dios ha puesto en nuestras vidas, pues hablan lento o quieren contarnos historias. Pensamos: «¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé!». Nuevamente, Santiago nos ayuda al decirnos: «Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira» (v. 19). La próxima vez que te impacientes con una persona mayor y estés listo para darte la vuelta e irte, recuerda oír primero. En Su obra santificadora, Dios les ha enseñado mucho a los santos experimentados.

En segundo lugar, ten paciencia mientras esperas el llamado vocacional de Dios. El camino no es tan sencillo como en los días en que uno aprendía una habilidad que su familia había determinado. Las opciones son vastas. Por tanto, no te preocupes por lo complicado del camino siempre y cuando trabajes de corazón «como para el Señor» (Col 3:23). No dejes de agradecer a Dios por Su plan perfecto para ti: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Pr 3:5–6). Que tu objetivo sea el contentamiento en este viaje por el desierto. No puedes ver todo lo que estás logrando al forjar habilidades o relaciones, ni tampoco los propósitos divinos a los que estás sirviendo en la salvación de los elegidos de Dios.

Otra área notable en que hay que ejercer paciencia y oración constante es la de esperar a un cónyuge. Según mi experiencia pastoral, este ha sido un motivo de gran dolor para muchos. Mantén estándares altos pero sobrios (recuerda que tú también eres pecador) en cuanto al carácter piadoso y el amor por Cristo de una posible pareja. Al mismo tiempo, pregúntate si tus requisitos de belleza física, comodidad financiera o compatibilidad perfecta provienen del Espíritu Santo o de la fábrica de ídolos ilusorios de este mundo (Rom 12:1–2; 1 Jn 5:21). La paciencia revela nuestra confianza en la soberanía de Dios, y eso incluye Su provisión en esta área tan sensible de nuestros deseos.

Matthew Henry es una voz perspicaz en la nube de testigos que nos han precedido. Expresa muy bien este asunto al decir: «No pierdas tu confianza porque Dios pospone Sus actos… Dios obrará cuando le plazca, cómo le plazca y usando los medios que le plazcan. No está obligado a ceñirse a nuestro tiempo, pero cumplirá Su palabra, honrará nuestra fe y recompensará a los que le buscan con diligencia».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Don Bailey
El Rev. Don Bailey Jr. es pastor asociado de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida.

Sé paciente con nosotros mientras aprendemos

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sé paciente con nosotros mientras aprendemos

Por Joe Holland

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Cristiano mayor, ahora entiendo que debes haber visto la expresión en mi rostro. Cuando era un cristiano más joven, tenía esa mirada con más frecuencia que ahora, y el cambio solo se lo puedo atribuir a la gracia correctiva de Dios. Todavía hay días en que esa mirada regresa a mi rostro. Sin embargo, ahora, a mis cuarenta años, he entrado a una etapa extraña de la vida, una edad en la que algunos me consideran mayor y otros aún me consideran (más o menos) joven. Además, ahora veo la misma mirada en los rostros de los cristianos más jóvenes que yo. La mirada, que ahora me avergüenza plasmar en palabras, es una de resentimiento y rechazo. Te tuve resentimiento porque eras mayor y conocías algunos de los consuelos que vienen con la adultez y la piedad, pero tus caminos y pensamientos me parecían anticuados y absurdos en comparación con lo que yo pensaba que nuestra iglesia necesitaba, que yo necesitaba. Te rechacé principalmente por la división que había entre nosotros, la brecha generacional que nos separaba. Te rechacé porque, simultáneamente, me frustraba que no cruzaras esa brecha y sentía un temor profundo de que lo hicieras y comenzaras a hablar la verdad en mi vida, verdad que necesitaba, pero no quería oír. Rechazarte era más cómodo.

Era tan infantil, tan impetuoso, tan tonto. Pequé contra ti al no darte el honor que merecías (Ex 20:12; Pr 20:29). Pequé contra Dios al despreciar a los santos mayores, Su regalo para la Iglesia. A fin de cuentas, me robé a mí mismo para pagar mi orgullo

¿Cómo crecieron estos pecados tanto tiempo? Desarrollé una práctica malvada, un cáncer de la juventud: fui tardo para oír y pronto para hablar (Stg 1:19). Mi lentitud para oír se debía a una ceguera doble. Estaba ciego a lo poco que sabía. Así como el cantante joven no tiene derecho a cantar blues hasta que haya vivido un poco, el cristiano joven no tiene derecho a hacer afirmaciones categóricas sobre la vida hasta que haya escuchado mucho, escuchado a los santos experimentados que lo han precedido. Sin embargo, también estaba ciego respecto a ti y tu sabiduría. No busqué escucharte porque no pensé que tuvieras nada que decir que valiera la pena escuchar. Cristiano mayor, has sido formado en el mortero de la gracia de Dios y las pruebas de la vida. No solo tienes conocimiento bíblico; tienes sabiduría bíblica. Te sientas con los padres de la fe, con las madres de Sion. Y yo estaba ciego a eso.

Pero, además, era pronto para hablar. Así como mi lentitud para oír surgió de una ceguera doble, mi rapidez para hablar surgió de un orgullo doble. Primero, en mi orgullo pensé que tenía algo que decir o, más bien, quería que me vieran como alguien que tenía algo que decir. Pero, en segundo lugar, y me da vergüenza decir esto, era pronto para hablar porque pensaba que tenía algo que enseñarte, como un bebé que trata de ser el centro de atención en la mesa de la cena familiar. Fui pronto para hablar porque llegué a una conclusión incorrecta sobre ambos: tuve un concepto demasiado alto de mí mismo y demasiado bajo de ti.

Pero ahora llego a la parte más difícil: lo que quiero pedirte.

Mientras los jóvenes y los mayores estén a ambos lados de esta brecha etaria, alguien tendrá que dar el primer paso. Quisiera poder poner la carga sobre ambos, pero el orgullo, la fragilidad y la inestabilidad de la juventud nos dejan en una lamentable desventaja. Santo mayor, necesitamos que des el primer paso y nos busques continuamente. Necesitamos que busques, orientes, discipules y ames a los cristianos jóvenes de nuestra iglesia. Te pido que tengas paciencia con los cristianos jóvenes, una paciencia como la que ejemplificó nuestro Señor Jesús. Cuando actuemos con orgullo, por favor, sopórtanos con paciencia. Cuando seamos tardos para oír, por favor, toléranos con paciencia. Cuando seamos prontos para hablar, por favor, escúchanos pacientemente con una sonrisa cómplice que un día reconoceremos como compasión mezclada con gracia. Cuando te demos la mirada de resentimiento y desprecio, por favor, recibe con paciencia ese insulto y estate dispuesto a perdonarnos. Por favor, corrígenos con paciencia, ora por nosotros y mantente a nuestro lado. Si no das el primer paso, si no te mantienes cerca de nosotros con una paciencia como la de Cristo, seguirá existiendo esta brecha entre nosotros, para el mal de ambos.

Por favor, cristiano mayor, sé paciente con nosotros mientras aprendemos.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Joe Holland
El Rev. Joe Holland es un editor asociado de Ligonier Ministries y un anciano docente en la Presbyterian Church in America.