¿Qué decir de la libertad humana? | R.C.Sproul

¿Qué decir de la libertad humana?

R.C.Sproul

En un capítulo anterior, consideramos brevemente la provocativa primera línea del capítulo “Del decreto eterno de Dios” de la Confesión de Westminster, que dice: “Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordeno libre e inalterablemente todo lo que sucede. Sin embargo, lo hizo de tal manera, que Dios ni es autor del pecado, ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias, sino más bien las establece”. Los teólogos que participaron en la redacción de esa declaración doctrinal tuvieron la precaución de decir que aunque creemos en un Dios que gobierna todas las cosas y ordena todo lo que sucede, él no ejerce su gobierno soberano y providencial de una forma que destruya lo que llamamos libertad humana o volición humana. Más bien las decisiones humanas y las acciones humanas son parte del plan providencial general de las cosas, y Dios lleva a cabo su voluntad mediante las decisiones libres de agentes morales. El hecho de que nuestras decisiones libres concuerden con este plan global de ningún modo aminora la realidad de esa libertad.
Con todo, la pregunta sobre cómo se corresponden nuestras decisiones libres con la soberana providencia de Dios es una de las preguntas más terriblemente difíciles con las que luchamos en teología. Hace años, entré en una discusión con un profesor de la Universidad Carnegie Mellon. En ese entonces, él enseñaba en el departamento de física, y era en cierto modo hostil hacia la teología, a la que consideraba más o menos como una seudo-ciencia. Él dijo: “En el centro mismo de su sistema de creencias hay cosas que son simplemente indefinibles”. Cuando le pedí que diera algunos ejemplos, dijo: “Dios. ¿Qué es más básico para la teología que Dios? Y no obstante, cualquier cosa que se pueda decir sobre Dios a fin de cuentas es imprecisa”. Yo le respondí: “Nuestra primera doctrina sobre Dios es lo que llamamos ‘la inabarcabilidad de Dios’, que ningún concepto puede describirlo en forma exhaustiva. Pero eso no significa que las afirmaciones que hacemos acerca de él sean totalmente inadecuadas. Seguramente tú podrás entender nuestra lucha en la ciencia de la teología, porque en física ustedes tienen que enfrentar el mismo problema”. Él negó que los físicos tuvieran un problema de ese tipo, y me pidió que me explicara. Yo le dije: “¿Qué es la energía? ¿Qué tan básica es la energía para la física moderna?”. Él dijo: “Yo puedo responder esa pregunta: la energía es la capacidad de hacer un trabajo”. Yo le dije: “No, no te estoy preguntando qué puede hacer la energía. Estoy preguntando qué es”. Él dijo: “Bueno, energía es MC2”. Le respondí: “No, no quiero su equivalencia matemática. Quiero su estructura ontológica”. Finalmente suspiró y dijo: “Ahora te estoy entendiendo”.
Es una tendencia humana pensar que podemos resolver un misterio metafísico poniéndole un nombre o dándole una definición. No existe nadie, al menos nadie de quien tenga conocimiento, que comprenda la gravedad. Asimismo, no conozco a ningún científico que ya haya respondido la más antigua y desconcertante pregunta filosófica y científica: “¿Qué es el movimiento?” Ponerle una etiqueta a algo o asignarle un término técnico no lo explica en su totalidad.

LA DOCTRINA DE LA CONCURRENCIA
He abordado este complicado punto porque tenemos una palabra para la relación entre la soberana providencia divina y la libertad humana, pero aunque creo que es una palabra útil, es meramente descriptiva; no explica cómo armonizan las acciones humanas con la providencia divina. La palabra es concurrencia. La concurrencia se refiere a las acciones de dos o más partes que ocurren al mismo tiempo. Una serie de acciones ocurre con otra serie, y sucede que estas se entrelazan o convergen en la historia. Por lo tanto, la doctrina cristiana de la relación entre la soberanía de Dios y los actos volitivos humanos se llama la doctrina de la concurrencia. Como puedes ver, la palabra “concurrencia” simplemente designa este proceso, pero no lo explica.
Yo creo que una de las mejores ilustraciones de la concurrencia se encuentra en el Antiguo Testamento en el libro de Job. Este libro es presentado como una especie de drama, y la escena de apertura acontece en el cielo. Satanás entró en escena después de recorrer toda la tierra, sondeando el desempeño de hombres supuestamente devotos de Dios. Dios le preguntó a Satanás: “¿Y no has pensado en mi siervo Job? ¿Acaso has visto alguien con una conducta tan intachable como él? ¡No le hace ningún mal a nadie, y es temeroso de Dios!” (1:8). Desde luego, Satanás era escéptico. Él le dijo a Dios: “¿Y acaso Job teme a Dios sin recibir nada a cambio? ¿Acaso no lo proteges, a él y a su familia, y a todo lo que tiene? Tú bendices todo lo que hace, y aumentas sus riquezas en esta tierra.” (vv. 9b–10). Las preguntas de Satanás implicaban que Job era fiel y leal a su Creador solo por causa de lo que recibía de Dios. Así que Satanás desafió a Dios: “Pero pon tu mano sobre todo lo que tiene, y verás cómo blasfema contra ti, y en tu propia cara” (v. 11). Así que Dios le dio permiso a Satanás para que atacara todas las posesiones de Job y, más tarde, la salud de Job.
¿Cómo llevó a cabo Satanás su ataque contra Job? Se nos relata que, entre otros sucesos, los caldeos se llevaron los camellos de Job (v. 17). Así que en este robo había tres agentes involucrados: los caldeos, Satanás, y Dios. Consideremos a estos tres agentes uno por uno.
Algunos estudiosos, enfocándose en la maliciosa intención de Satanás, concluyen que los caldeos eran hombres justos que respetaban a Job, pero fuerzas demoniacas bajo el control de Satanás los indujeron a robar lo camellos de Job. Ellos no habían pensado en robarle a Job hasta que Satanás puso la idea en sus mentes. Pero la Escritura nunca afirma algo así. La verdad es que los caldeos fueron ladrones de camellos desde el principio. Tenían una ira envidiosa, avarienta y celosa contra Job, y lo único que los había mantenido alejados del corral de Job durante años era la el cerco protector que Dios había puesto alrededor de Job. Sin embargo, cuando se presentó la oportunidad, estuvieron más que felices de llevarse los camellos de Job.
A Satanás no le interesaba ver a los caldeos llevarse algunos camellos gratis. Su objetivo en este drama era obligar a Job a maldecir a Dios. Él estaba actuando con malicia y malevolencia para derrocar la autoridad y la majestad de Dios. Él esperaba que el robo de los camellos de Job por parte de los caldeos fuera un paso hacia ese objetivo. Así que había concordancia de propósito entre los caldeos y Satanás.
Sin embargo, había un pleno desacuerdo entre los propósitos de los caldeos y Satanás y el propósito de Dios. Sobre la base de lo que hemos aprendido hasta aquí acerca de la providencia, podemos concluir con seguridad que Dios ordenó que los camellos de Job fueran robados. Ese era el plan providencial de Dios. Pero el propósito de Dios era vindicar a Job de la injusta acusación de Satanás, así como de vindicar su propia santidad.
¿Era un propósito legítimo que Dios vindicara a Job? ¿Era un propósito legítimo que Dios vindicara su propia santidad? No estoy diciendo que el fin justifique los medios, pero los propósitos y designios de Dios tienen que ser considerados en nuestra evaluación de este drama. Dios no pecó contra Job. La justicia no exigía que Dios impidiera que alguna vez Job perdiera sus camellos. Recordemos que Job era un pecador. Él no tenía un derecho eterno a esos camellos. Cualquier camello que Job poseyera era un don de la gracia de Dios, y él tenía todo el derecho bajo el cielo a quitar o alejar esa gracia para sus propios propósitos santos. Por lo tanto, en este drama, Dios actuó justamente, pero Satanás y los caldeos hicieron lo malo. Un suceso, tres agentes, tres propósitos distintos.

CONCURRENCIA EN LA HISTORIA DE JOSÉ
Mi ilustración favorita de la concurrencia es la historia de José, la cual encontramos en los últimos capítulos de Génesis. José era favorito de su padre, Jacob, quien le dio a José un manto de colores. Los hermanos de José lo odiaban por este trato favorecido (37:3–4). Un día, cuando José cayó en manos de sus hermanos, lejos de los ojos vigilantes de su padre, ellos llegaron tan lejos como para discutir su muerte, pero al final sencillamente lo vendieron a unos comerciantes que iban en caravana a Egipto (vv. 18–28). En Egipto, José fue vendido a Potifar, el capitán de la guardia del faraón. José sirvió bien a Potifar y se hizo mayordomo de su casa (39:1–4). Pero la esposa de Potifar realizó insinuaciones ilícitas a José, las que este rechazó. El infierno no conoce furia como la de una mujer despreciada, así que ella lo acusó de intento de violación, y José fue echado a la cárcel (vv. 7–8, 14–15, 20).
En la prisión, José conoció al copero y al panadero del faraón, quienes habían desagradado al rey (40:1). Mientras estaban en prisión, José interpretó sueños para el copero y el panadero, y ambos sueños se cumplieron (vv. 8–23). Algún tiempo después, cuando el copero había sido restaurado, le contó al faraón sobre la habilidad de José, y el faraón llamó a José para que le interpretara su propio sueño (41:12–36). El faraón estuvo tan agradecido que nombró a José como primer ministro de Egipto, con la tarea de prepararse para el hambre que el faraón había previsto en su sueño (vv. 37–45).
Cuando llegó el hambre sobre la tierra, también afectó a la tierra natal de José. La familia de Jacob moría de hambre, así que Jacob envió a algunos de sus hijos a Egipto a comprar algo del alimento excedente que el primer ministro había tenido la sabiduría de almacenar para el pueblo egipcio (42:1–2). Cuando los hijos fueron a Egipto, encontraron a José, pero aunque no lo reconocieron, él los reconoció a ellos (vv. 6–8). José ocultó su identidad por algún tiempo, pero finalmente reveló que él era su hermano perdido hacía tanto tiempo (45:3). Por invitación de José, Jacob trasladó a toda su familia a Egipto (46:5–7).
Años más tarde, después de la muerte de Jacob, los hermanos tuvieron miedo de que José se vengara de ellos por haberlo vendido como esclavo (50:15). Así que inventaron una historia, y dijeron que Jacob les había contado que quería que José los perdonara (vv. 16–17). No era necesario que ellos se preocuparan; José ya hacía tiempo que los había perdonado. Él les dijo: “No tengan miedo. ¿Acaso estoy en lugar de Dios? Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió todo para bien, para hacer lo que hoy vemos, que es darle vida a mucha gente” (vv. 19–20).
José no negó el pecado de sus hermanos. Él dijo: “Ustedes pensaron hacerme mal”. Él estaba diciendo que ellos habían actuado con mala intención al venderlo a los madianitas. Al igual que los caldeos, los hermanos de José eran culpables de pecado, un pecado que ellos personalmente habían querido cometer. Pero Dios está por encima de todas las decisiones humanas y actúa a través de la libertad humana para llevar a cabo sus propios objetivos providenciales. Eso es lo que José estaba diciendo: “Ustedes decidieron hacer algo pecaminoso, pero Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman y son llamados según su propósito. Yo estoy llamado según el propósito de Dios, y Dios ha causado un bien a través de esto”. ¿Cuál bien? En primer lugar, Dios envió a José a Egipto a hacer preparativos para el hambre y por consiguiente para salvar muchas vidas, incluidas las de su propia familia. En segundo lugar, Dios hizo que toda la familia de Jacob se mudara a Egipto, para que allí pudieran prosperar y multiplicarse, solo para ser esclavizados y posteriormente liberados por la poderosa mano de Dios en uno de los momentos clave de la historia de la redención. Y Dios llevó a cabo todo esto mediante la concurrencia de su propia voluntad justa y la voluntad pecaminosa de los hermanos de José.

DIOS DISPUSO TODO PARA BIEN
Hay una vieja y sencilla historia que enseña una profunda lección: “Por falta de un clavo se perdió una herradura. Por falta de la herradura, se perdió un caballo. Por falta del caballo, se perdió el jinete. Por falta del jinete, se perdió un mensaje. Por falta del mensaje se perdió la batalla. Por falta de la batalla, se perdió el reino”. ¿Qué habría ocurrido en la historia del mundo si Jacob no le hubiese dado un manto de colores a José? Sin manto no hay celos. Sin celos, no hay una traidora venta de José a los comerciantes madianitas. Sin venta de José a los comerciantes madianitas, no hay descenso a Egipto. Sin descenso a Egipto, no hay encuentro con Potifar. Sin encuentro con Potifar, no hay problemas con su esposa. Sin problemas con su esposa, no hay encarcelamiento. Sin encarcelamiento, no hay interpretación de los sueños del faraón. Sin interpretación de los sueños del faraón, no hay ascenso al cargo de primer ministro. Sin ascenso al cargo de primer ministro, no hay reconciliación con sus hermanos. Sin reconciliación con sus hermanos, no hay migración del pueblo judío a Egipto. Sin migración a Egipto, no hay éxodo desde Egipto. Sin éxodo desde Egipto, no hay Moisés, ni ley, ni profetas —¡y no hay Cristo! ¿Crees que el suceso del manto fue un accidente en el plan de Dios? Dios dispuso todo para bien.
Jonathan Edwards predicó una vez un sermón titulado “God, the Author of All Good Volitions and Actions” (Dios, el autor de todas las voliciones y acciones buenas). Me encanta el título de ese sermón porque muestra lo distinto que era Edwards al cristiano promedio. Cada vez que tomamos decisiones buenas, nobles o virtuosas, nos gusta llevarnos todo el crédito. Por otra parte, si hacemos algo que no es tan bueno, algo malo, damos excusas y evadimos la culpa. No nos gusta quedarnos con el crédito por nuestras malas decisiones. A veces tratamos de culpar a Dios por ellas, tal como hizo Adán cuando dijo: “La mujer que me diste por compañera fue quien me dio del árbol, y yo comí” (Génesis 3:12). Él trató de culpar a Dios mismo por la caída. Esa es nuestra tendencia: llevarnos el crédito por lo bueno, echar la culpa a otro por lo malo. Pero Edward entendía que cualquier buena acción que hagamos, cualquier decisión justa que tomemos, solo ocurren porque Dios está obrando en nuestro interior.
Cuesta entender la relación entre la providencia de Dios y la libertad humana porque el hombre es verdaderamente libre en el sentido de que tiene la capacidad de tomar decisiones y elegir lo que quiera. Pero también Dios es verdaderamente libre. Es por esto que la Confesión de Fe de Westminster puede decir que Dios lo ordena todo “libremente” sin hacer “violencia al libre albedrío de sus criaturas”. Por supuesto, si lo he oído una vez, lo he oído mil veces: “La soberanía de Dios nunca puede limitar la libertad del hombre”. Esa es una expresión de ateísmo, porque si la soberanía de Dios está limitada un ápice por nuestra libertad, él no es soberano. ¿Qué tipo de concepto de Dios tenemos como para decir que las decisiones humanas inmovilizan a Dios? Si su libertad está limitada por nuestra libertad, nosotros somos soberanos, no Dios. No; nosotros somos libres, pero Dios es aún más libre. Esto significa que nuestra libertad jamás puede limitar la soberanía de Dios.

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

¿Dios o casualidad? | R.C. Sproul

¿Dios o casualidad?

R.C. Sproul

Tras el éxodo de los israelitas desde Egipto, Dios mandó a su pueblo que construyera un tabernáculo, una enorme tienda que funcionaría como el centro de su adoración. La sección más íntima del tabernáculo, que estaba cerrada con cortinas, era el Lugar Santísimo, al cual solo el sumo sacerdote podía entrar, y solo un día en el año, el Día de la Expiación. Era allí, en el Lugar Santísimo, donde se guardaba el arca del pacto. El arca no era un barco, como en la historia del arca de Noé, sino un enorme cofre cubierto de oro. Dentro del cofre se guardaban las tablas de los Diez Mandamientos, la vara de Aarón que había brotado, y una vasija con el maná con el que Dios alimentó milagrosamente al pueblo en el desierto (Hebreos 9:4). La tapa del arca, que estaba adornada con dos querubines de oro, se consideraba el trono de Dios. En palabras simples, el arca era el receptáculo más sagrado en toda la historia religiosa judía.
El arca también tenía significación militar para los judíos. Cuando Moisés y Josué condujeron a los israelitas en su viaje a la Tierra Prometida y en su conquista de Canaán, cuando iban a la batalla contra sus enemigos, los sacerdotes llevaban el arca del pacto. Cuando el trono de Dios acompañaba al ejército de Israel, ellos salían victoriosos. Dios estaba con ellos en la batalla y peleaba por ellos.
Lamentablemente, con el tiempo el pueblo comenzó a asociar la victoria en la batalla con el arca misma, no con Dios. Esto lo vemos en 1 Samuel 4, donde se relata una ocasión cuando los israelitas salieron a la batalla contra los filisteos (pero no iban acompañados del arca) y sufrieron una derrota, con la pérdida de cuatro mil hombres. Entonces leemos: “Cuando el pueblo volvió al campamento, los ancianos israelitas preguntaron: ‘¿Por qué permitió el Señor que los filisteos nos vencieran? Vayamos a Silo, donde está el arca del Señor. Ella tiene que acompañarnos siempre, para que nos salve de nuestros enemigos’ ” (v. 3). El pueblo atribuyó su derrota a Dios, pero miraron al arca para que los salvara.
Así que llevaron el arca al campamento israelita. Cuando los soldados vieron la llegada del trono de Dios, rompieron a vitorear alborotada y estruendosamente. Al otro lado del valle, los filisteos oyeron los vítores, y cuando descubrieron el motivo, supieron que estaban en graves problemas, porque recordaron cómo Dios había azotado a los egipcios durante el éxodo (vv. 5–8).
En este tiempo, Israel era liderado por Elí, un sacerdote y juez. Él era un hombre piadoso que había servido al pueblo durante décadas, pero tenía un grave defecto. Tenía dos hijos, Hofni y Finés, quienes también eran sacerdotes, pero no compartían la piedad de Elías, y cometieron toda clase de profanación de su sagrada vocación. Sin embargo, Elí nunca los disciplinó. Así que Dios le había hablado a Elí por medio de un profeta, advirtiéndole que iba a caer juicio sobre su casa, porque Hofni y Finés iban a morir el mismo día (2:30–34).
Esta profecía se cumplió cuando los israelitas, jubilosos por tener el arca de Dios con ellos, volvieron a la batalla con los filisteos, y Hofni y Finés acompañaron el arca. Y ocurrió lo impensable: los israelitas no prevalecieron, aun cuando el arca estaba presente. Esta vez cayeron treinta mil israelitas (4:10). Hofni y Finés también murieron, pero lo peor de todo fue que los filisteos paganos capturaron el arca del pacto (v. 11).
Después de la batalla, un mensajero volvió corriendo a Silo con las malas noticias. Elí tenía noventa y ocho años, y estaba ciego y con sobrepeso (v. 15, 18). Estaba sentado junto a la puerta donde realizaba juicios, porque esperaba ansioso las noticias de la batalla. Cuando el mensajero llegó y le contó que Israel había sido derrotado, sus hijos estaban muertos, y el arca había sido capturada, Elí cayó de espaldas, se rompió el cuello, y murió (v. 18).
La nuera de Elí, la esposa de Finés, estaba embarazada y a punto de dar a luz. Cuando escuchó las noticias de la derrota y la muerte de su esposo, comenzó a tener el parto. Dio a luz a un hijo, pero ella murió a consecuencia del parto. Sin embargo, antes de morir, ella llamó al niño Icabod, un nombre que significa “ha partido la gloria”. Aquel bebé nació el día en que la mayor gloria de Israel, el trono de Dios, fue llevado cautivo por los filisteos paganos.

AFLICCIONES PARA LOS FILISTEOS
Según se nos relata, los filisteos se llevaron el arca a Asdod, una de sus cinco ciudades estado. La pusieron en su templo más sagrado, que estaba dedicado a Dagón, su deidad principal. En el templo, pusieron el arca a los pies de una imagen de Dagón, el lugar de humillación y subordinación (5:1–2). A la mañana siguiente, sin embargo, encontraron la estatua de Dagón tumbada sobre su cara. Era como si Dagón estuviera postrado delante del trono de Jehová. Los sacerdotes enderezaron a su deidad, pero a la mañana siguiente, la estatua no solo había caído de cara, sino que su cabeza y sus manos estaban cortadas (vv. 3–4).
Para empeorar las cosas, brotó una plaga de tumores en Asdod (v. 6), y aparentemente una plaga de ratas (6:5). Los hombres de Asdod sospecharon que estas aflicciones venían de la mano de Dios, así que celebraron un concilio para debatir lo que harían. Tomaron la decisión de enviar el arca a otra de las ciudades estado filisteas, Gat (5:7–8). Sin embargo, en Gat comenzó la misma aflicción, de manera que la gente de Gat decidió enviar el arca a Ecrón. Pero las noticias de las aflicciones habían precedido al arca, y la gente de Ecrón se negó a recibirla. Después de siete meses de pruebas, los filisteos finalmente se dieron cuenta de que el arca debía ser devuelta a Israel (5:9–6:1).
La devolución de semejante objeto sagrado a Israel no era tarea fácil. Los filisteos reunieron a sus sacerdotes y adivinos para que les aconsejaran cómo hacerlo. Los sacerdotes y adivinos recomendaron que la devolvieran con una “ofrenda por la culpa”: cinco tumores de oro y cinco ratones de oro (6:2–6).
Ahora la historia se vuelve interesante. Los sacerdotes y adivinos les dijeron a los líderes filisteos que prepararan un carro nuevo y pusieran en él el arca con los tumores y los ratones de oro. Luego tenían que encontrar dos vacas lecheras que nunca hubieran sido enyugadas y atarlas al carro. Una vez que hicieran todo esto, debían soltar el carro pero observar adónde lo llevaban las vacas. Ellos dijeron: “Si se va por el camino que lleva a Bet Semes, su tierra, eso querrá decir que fue el Señor quien nos mandó tan grandes males; pero si toma otro camino, sabremos que no fue el Señor, sino que lo que sufrimos fue un accidente” (v. 9). En esencia, entonces, este fue un elaborado experimento para ver si Dios había estado detrás de las aflicciones o si estas habían sucedido por “casualidad”.
Es crucial que entendamos la manera en que los filisteos “cargaron los dados”, por así decirlo, para determinar de manera concluyente si era el Dios de Israel quien había causado sus aflicciones.
Ellos consiguieron vacas que recién habían parido. ¿Cuál es la inclinación natural de una vaca madre que acaba de parir? Si se aleja a esa vaca de su cría y se la deja libre, ella se irá directo hacia su cría. Asimismo, escogieron vacas que nunca habían sido enyugadas o entrenadas para tirar un carro con un yugo. En tal caso, lo más probable es que la vaca luche con el yugo y es poco probable que trabaje bien con la otra vaca enyugada. Al incluir estas situaciones en el experimento, era muy improbable que el carro fuera a algún lado, ni hablar de que fueran hacia la tierra de Israel. Si las vacas eran capaces siquiera de tirar el carro, querrían volver hacia sus terneros. Por lo tanto, si el carro iba hacia Israel, esa sería una señal de que Dios estaba guiando las vacas, y por consiguiente, que él había dirigido las aflicciones que habían venido sobre los filisteos desde que habían capturado el arca.

UN EXPERIMENTO DE ATEOS
Este experimento suena primitivo. Ocurrió en la era pre-científica. Esta gente no era sofisticada. No tenían doctorados en física. Su ingenuidad al tratar de discernir la causa de su aflicción es divertida. Pero este relato tiene algo que me parece extremadamente contemporáneo: esta gente era claramente atea. Quizá te sorprenda esta afirmación, porque la Biblia dice que los filisteos tenían un templo, un sacerdocio, y una religión, de la cual una parte implicaba que ellos participaran en actividades religiosas. ¿Por qué, entonces, afirmo yo que ellos eran ateos? Hace años, cuando yo enseñaba en un seminario, estaba a cargo de enseñar un curso sobre la teología de la Confesión de Fe de Westminster, un documento teológico del siglo XVII que es el fundamento confesional del presbiterianismo histórico. Los primeros dos capítulos de la confesión tratan de la Escritura y del Dios trino, mientras que el tercer capítulo se titula “Del decreto eterno de Dios”. Los presbiterianos saben exactamente qué significa eso: predestinación. Los alumnos del seminario disfrutan de discutir sobre cuestiones doctrinales difíciles, y disfrutan especialmente de debatir sobre la predestinación, así que mi cátedra pendiente sobre esta doctrina causaba entusiasmo. La mayoría de mis alumnos invitó a amigos que no creían en la predestinación, así que cuando se reunió la clase para considerar esta difícil doctrina, se congregó alrededor del doble de la cantidad habitual de personas.
Comencé la clase leyendo las líneas iniciales del capítulo tres de la Confesión de Westminster: “Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede”. Entonces me detuve y dije: “La confesión dice que desde la eternidad Dios ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede. ¿Cuántos de ustedes creen eso?”. Este era un seminario presbiteriano, así que se levantaron muchas manos. Los buenos alumnos presbiterianos en la clase estaban orgullosos de confesar su convicción acerca de la soberanía de Dios.
Desde luego, no todos levantaron la mano, así que pregunté: “¿Cuántos de ustedes no creen esto? Nadie va a anotar sus nombres. No se van a meter en problemas. No vamos a tener un juicio por herejía ni sacar los cerillos y quemarlos en la hoguera. Solo sean honestos”. Finalmente, varios alumnos levantaron la mano. Cuando lo hicieron, dije: “Quiero hacer otra pregunta: ¿cuántos de ustedes se describirían francamente a sí mismos como ateos? Una vez más, sean honestos”. Nadie levantó la mano, así que dije: “No entiendo por qué aquellos que dijeron que no estaban de acuerdo con la confesión no levantaron la mano cuando les pregunté si eran ateos”.
Como podrás imaginar, se produjo una ruidosa protesta entre los estudiantes que no concordaban con la confesión. Estaban dispuestos a lincharme. Ellos dijeron: “¿De qué está hablando? ¿Solo porque no creemos que Dios ordene todo lo que sucede, nos llama ateos? Entonces pasé a explicarles que el pasaje que había leído de la confesión no decía nada exclusivamente presbiteriano. Ni siquiera era exclusivamente cristiano. Esa declaración no separó a los presbiterianos de los metodistas, luteranos, o anglicanos, y no distinguía entre presbiterianos, musulmanes o judíos. Simplemente ofrecía una distinción entre teísmo y ateísmo.
Lo que yo quería que vieran estos jóvenes era esto: si Dios no es soberano, Dios no es Dios. Si existe tan solo una molécula rebelde en el universo —una molécula corriendo libre fuera del alcance de la soberanía de Dios—, no podemos tener la más mínima confianza de que cualquier promesa que Dios haya hecho acerca del futuro llegue a cumplirse.
Es por esto, entonces, que yo digo que los filisteos eran ateos. Ellos concedían la posibilidad de que un suceso en este mundo ocurriera por casualidad; la posibilidad de que, contra toda evidencia, las aflicciones que habían soportado hubiesen ocurrido por coincidencia. Ellos dejaban lugar para una partícula rebelde, por lo cual estaban concediendo la posibilidad de un Dios que no es soberano, y un Dios que no es soberano no es Dios.
El gran mensaje del ateísmo es que la “casualidad” tiene poder causal. Una y otra vez se expresa la postura de que no necesitamos atribuir la creación del universo a Dios, porque sabemos que aquel llegó a existir por medio del espacio más el tiempo más el azar. Eso no tiene sentido. El azar no puede hacer nada. El azar es una palabra totalmente adecuada para describir posibilidades matemáticas, pero solo es una palabra. No es una entidad. El azar no es nada. No tiene poder porque no tiene ser; por lo tanto, no puede ejercer ninguna influencia sobre nada. No obstante, hoy tenemos sofisticados científicos que hacen serias declaraciones aseverando que todo el universo fue creado por el azar. Esto equivale a decir que la nada causó algo, y no hay declaración más contraria a la ciencia que esa. Todo tiene una causa, y la causa última, como hemos visto, es Dios.
Cuando los filisteos soltaron las vacas, estas “se dirigieron a Bet Semes; iban andando y bramando, sin apartarse del camino” (6:12). Las vacas tiraban el carro suavemente, aunque nunca habían sido enyugadas. Se alejaban de sus crías, aun cuando deseaban ir hacia ellas, como evidencian sus bramidos. E iban directo hacia Israel. ¿Ocurrió todo eso por casualidad? No, las vacas eran guiadas por la mano invisible del Dios de la providencia. En consecuencia, los filisteos supieron que esa misma mano los había afligido.

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

El engaño del dinero | Héctor Salcedo

El engaño del dinero basado el Lucas 12:13-15.

El dinero y las posesiones siempre han tenido un rol vital en el desarrollo de las civilizaciones a través de la historia. Se podría decir que la “motivación” de conseguir riquezas ha sido el principal motor del avance del mundo. Visto así, el dinero y el avance material es bueno. No obstante, en vista de la presencia de pecado en el corazón humano, el deseo de lucro se desborda y termina produciendo todo tipo de problemas. Tal y como pasa con todos los temas de nuestra existencia, la Palabra de Dios es nuestra lámpara, y cuando de dinero y posesiones se trata, la Biblia tiene mucho que decir. De hecho, Jesús habló en diversas ocasiones acerca de los bienes materiales y quizás resulte curioso para muchos saber que su enseñanza más frecuente implícita o explícitamente con relación al dinero y las posesiones fue “¡cuidado!”

En Lucas 12:13-15, Jesús está enseñando a una gran multitud y en medio de su discurso, es interrumpido por un hombre que le habla de una herencia diciendo, “maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo.” Llama la atención lo “inoportuno” que fue este individuo. En medio de un discurso ante miles de personas, trae un tema personal a ser mediado por Jesús. Claramente, el interés por su herencia le distrajo del hecho de que tenía enfrente a Dios mismo, enseñando asuntos que trascienden lo material (Lucas 12:12). Esta interrupción ilustra de manera precisa lo que las posesiones tienden a producir en el corazón humano; capturan nuestra atención al punto de desviarnos de Dios.

Jesús, al ser interrumpido, “pone distancia” y no pierde tiempo con asuntos que no tenían que ver con Su misión diciendo “hombre!, ¿quién me ha puesto por juez o árbitro sobre vosotros?” (Lucas 12:14). El individuo quería usar a Jesús para sus fines y Jesús no se lo permite y se mantiene al margen de la discusión. No obstante, al percatarse Jesús de lo que hay en el corazón de este individuo, aprovecha la ocasión para dejar una enseñanza de valor eterno. Lucas 12:15 dice, “Y les dijo: Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia; porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes.” No sabemos si el individuo entendió que Jesús decía esto primero por él, pero lo cierto es que la enseñanza no fue sólo para el inoportuno sino para todos.

La selección de palabras que Jesús usa en esta enseñanza es extremadamente importante; los términos apuntan a que la avaricia se mueve con sutileza, es subrepticia, es decir, que actúa de manera oculta, de forma imperceptible. Jesús nos advierte de esta inclinación de nuestro corazón, en vista de que como dice la segunda parte del verso 15: “…porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes.” En otras palabras, la vida plena, significativa y valiosa que el ser humano busca no se encuentra en la acumulación de posesiones de este mundo. Que tremendo error sería enfocar nuestras vidas en cosas materiales que al final no producen en nosotros los resultados deseados.

Nada de esto significa que ser rico es malo, pecaminoso o perverso. El problema no es la cantidad sino nuestra actitud hacia lo material; cuando pienso que lo que necesito para sentirme satisfecho es tener más cosas o cuando mi contentamiento depende de algo que no es Dios. Contra esto es que Jesús está advirtiendo. Lamentablemente, el mundo en el que vivimos opera otorgando a lo material un nivel de importancia que está muy por encima al que la Palabra de Dios le da y nosotros no estamos ajenos a esta influencia. Si nos exponemos, aunque sea mínimamente, a los medios de comunicación es fácil percibir que el mensaje claro y alto que se escucha es que “más es mejor”. Es por esta fuerza que tienen las ideas avariciosas y materialistas en el corazón humano y la naturaleza sutil de este pecado que Jesús advierte enfáticamente de que estemos atentos y en guardia para no ser seducidos (1 Timoteo 6:9-10; Mateo 13:22; Lucas 18:18-24; Proverbios 30:7-9).

Héctor Salcedo
Héctor sirve como pastor ejecutivo en la Iglesia Bautista Internacional (IBI) de Santo Domingo, República Dominicana. Es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos en el tradicional Moody Bible Institute de Chicago. Como economista, cursó estudios de Maestría en Macroeconomía Aplicada en Chile a mediados de los 90’s para ejercer dicha profesión durante casi 15 años en el medio económico-empresarial. Ha laborado desde los inicios de la IBI, pasando por diversas asignaciones conforme el crecimiento lo requirió. Desde 2004 es uno de los pastores de la IBI, y desde 2009 lo ha sido a tiempo completo. Entre sus funciones se encuentran el manejo administrativo y financiero de la IBI e Integridad & Sabiduría. Asimismo, está a cargo del Ministerio de jóvenes adultos de la IBI (M-Aquí). Cuando las circunstancias lo requieren, es uno de los pastores que predica en la IBI. De hecho, la enseñanza de la Palabra de Dios es su mayor pasión, sobre todo su aplicación práctica a la vida. Está casado con Chárbela El Hage y juntos tienen dos hijos: Elías y Daniel.

Divisiones en la iglesia | Jairo Namnún

Divisiones en la iglesia

Jairo Namnún

Imagina una iglesia en una ciudad importante, repleta de nuevos creyentes y con varios pastores en medio de ellos. Resulta que esta congregación tuvo un pastor “plantador”. Ese que llegó a arar el terreno y poner la semilla. El que llegó nuevo a la ciudad y presentó el evangelio y preparó a los primeros líderes. Pero resulta que con el tiempo llegaron otros líderes. Uno en específico, vino de otra congregación, mostrando sabiduría y poder. El pastor plantador ya se ha ido: está en otro lugar, plantando iglesias. Por supuesto, muchos lo extrañan. “Ay, las cosas eran diferentes antes”, dicen. Pero este otro impactante líder también tiene sus seguidores. “Por fin esta iglesia es lo que tiene que ser”.

Una división como esta debe causar muchos problemas dentro de la iglesia, ¿cierto? Quizás tú mismo has estado en una situación similar.

Ahora, no tenemos que imaginarnos una iglesia como esa: la tenemos en la Biblia.

“Así que yo, hermanos, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Les di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podían recibirlo. En verdad, ni aun ahora pueden, porque todavía son carnales. Pues habiendo celos y discusiones entre ustedes, ¿no son carnales y andan como hombres del mundo? Porque cuando uno dice: “Yo soy de Pablo,” y otro: “Yo soy de Apolos,” ¿no son como hombres del mundo?”, 1 Corintios 3:1-4

El contexto de la división
La iglesia en Corinto tenía problemas serios. Uno de los problemas que se repite constantemente en la carta es este: la división. Pablo fundó la iglesia en Corinto poco después de su visita a Atenas (Hch. 18:1-17), y estuvo entre ellos no menos de un año y seis meses (Hch. 18:11). Aparentemente, Priscilla y Aquila estuvieron con él por algún tiempo en esta plantación (Hch. 18:3-5). Esta misma pareja es aquella que se encuentra con e instruye a Apolos un poco más adelante en Éfeso (Hch. 18:26), quien tenía una presencia imponente en la iglesia, por su elocuencia y su habilidad del manejo del Texto. Es la iglesia en Éfeso –en la cual estaban Priscilla y Aquila– quienes motivan a Apolos a que fuera a Corinto (Hch. 18:27-19:1. Corinto era la capital de la provincia de Acaya). Éste predicador estuvo entre los corintios por algún tiempo después de Pablo, enseñando y alentando a la congregación, y sin duda algunos lo prefirieron a él antes que al apóstol Pablo. Otros evidentemente se quedaron con el recuerdo de Pablo y preferían al apóstol que a este predicador.

Problemas entre ovejas
Desde aquí podemos ver que entre Pablo y Apolos no había división. Pablo plantó la iglesia, compañeros de ministerio de Pablo instruyeron a Apolos, y Apolos fortaleció a la iglesia en Corinto. Lo que es más, en la misma Carta a los Corintios (1 Co. 16:12) vemos que Pablo y Apolos mantenían una constante relación. La Biblia no presenta ningún tipo de problemas entre estos líderes. El problema era entre las ovejas.

Sin duda, en algún momento todos hemos pasado por una situación similar, donde preferimos la manera de un líder hacer las cosas por encima de la del otro. Pero en Corinto no era algo esporádico: ellos tenían divisiones reales y profundas. Pareciera ser que no era solo un asunto de preferencias, era ya de jactancias (1 Co.3:21-23). Que los que habían conocido a Cristo por Pedro o por Pablo o por Apolos pensaban que su fidelidad a estos hombres los hacía de alguna manera superior a los demás. Quizás algunos admiraban y se gloriaban en que Pedro era uno de los 12 apóstoles y era un hombre de acción; quizás otros se mofaban en el conocimiento y los milagros de Pablo; quizás los otros pretendían de que su maestro Apolos era como pocos en su elocuencia. Y otros se consideraban mucho mejor que los demás, pues su Maestro Cristo era como ningún otro. (Es muy posible que estos últimos, “los de Cristo” se jactaran en que no tenían que hacer caso a ningún hombre porque ellos eran siervos solo de Cristo). Debía ser bastante incómodo pastorear esta iglesia.

¡No sean carnales!
Este pasaje de 1 Corintios es uno que de diversas formas hoy es malinterpretado. De seguro lo has visto: dices que te gusta algún maestro o que sigues alguna enseñanza, y casi de inmediato alguien dice “¡Cuánta carnalidad! Yo no sigo a hombres, ¡yo soy de Cristo!”. O tal vez presentas con gracia y verdad lo que enseña la Palabra sobre algún falso maestro y la persona te responde “¡Yo sé muy bien a quién sigo. Yo soy de los de Fulano! Tu porque eres de los de Mengano te crees eso”. También lo oyes como “dices eso porque eres de los calvinistas. Yo soy cristiano, no arminiano ni reformado ni nada de eso”.

Esta mentalidad pasa por alto que la fiebre no está en las sábanas. Pocos hombres han influido tanto en mi vida espiritual como Miguel Núñez. Yo amo la retórica de C.S. Lewis. Respeto profundamente el testimonio del pastor MacArthur. Soy miembro gozoso de la iglesia que pastorea C.J. Mahaney. Y de más está decir que siento una profunda deuda y gratitud hacia el pensamiento de Juan Calvino. Tú de seguro tendrás tus propios nombres que poner ahí. Eso no nos hace carnales, tanto como tampoco serían carnales los corintos (1 Co. 11:1), los filipenses (Fil. 3:17), ni los tesalonicenses (1 Tes. 1:6). Ellos eran seguidores de Pablo, y al serlo, estaban siendo obedientes al Señor.

El problema de la división no es que nos guste lo que alguien tenga que decir. Es que encontremos nuestra identidad en ese alguien. Es que, al menos en la práctica, consideremos lo que diga esa persona como de igual peso a lo que enseña la Biblia. Es que nuestra gloria sea el ser seguidor de esa persona. Que nuestra jactancia sea haber sido enseñados por algún hombre. Esto lleva entonces a que haya “celos y discusiones entre (n)osotros”, porque cada uno representa a un “partido”. Esto es lo normal en el mundo, pero en la iglesia, todos somos de Cristo (1 Co. 3:23), y Pablo y Apolos y Priscila y Aquila y Núñez y MacArthur y Mahaney y Calvino son nuestros (1 Co. 3:22).

En contra de las divisiones
Podemos tener nuestras preferencias. Sin duda tendremos predicadores favoritos. Y en nuestra misma iglesia, tendremos pastores que apreciamos y admiramos más que otros. Simplemente, esa es la vida debajo del sol.

Pero que la palabra o la preferencia de ninguno de esos pastores se comparen a la Palabra del gran Pastor. Que entre nosotros no haya ni rastros de “celos y discusiones”. En la iglesia, procuremos unidad. Lo demás es carnalidad e inmadurez.

“¿Qué es, pues, Apolos? ¿Y qué es Pablo? Servidores mediante los cuales ustedes han creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento”, 1 Corintios 3:5-6.

Jairo Namnún sirve como pastor plantador de la Iglesia Piedra Angular en República Dominicana, y tiene estudios en el Southern Baptist Theological Seminary (MATS, M.Div). Está casado con Patricia y tienen tres hijos. Puedes encontrarlo en Twitter.

Características que fomentan la unidad en la iglesia | Costi W. Hinn

Características que fomentan la unidad en la iglesia
Por Costi W. Hinn

Hay una vieja broma eclesiástica que dice algo así: “Una vez un hombre puso un perro y un gato en una jaula juntos como un experimento, para ver si se llevarían bien. Lo hicieron, así que puso un pájaro, un cerdo y una cabra. Ellos, luego de unos pequeños ajustes, también se llevaron bien. Luego, puso un bautista, un luterano, un presbiteriano y un pentecostal adentro. Luego de varios minutos, ¡No quedaba nada vivo!”.

Aunque es gracioso, es demasiado certero que cuando pones cristianos juntos habrá conflictos. Más allá de las diferencias denominacionales, en las congregaciones locales donde la mayoría de las personas están de acuerdo con los distintivos doctrinales, aún puede haber preferencias personales, opiniones y actitudes que rompen la unidad en lugar de preservarla. Todos podemos ser culpables de hacer una ley espiritual donde no hay una ley bíblica, o en un esfuerzo por tomarnos de nuestras libertades cristianas, podemos ser culpables de abusar de ellas. En todos los casos, la oportunidad de dividirse se presenta, y hasta se vende, como una piedad más profunda o una posición más alta con Dios, solo para dejarnos en las ruinas de la división.

La unidad es difícil de lograr en la fe cristiana, pero es importante para nosotros cumplir con nuestro llamado. Y es alcanzable, no importa las diferencias secundarias que podamos tener, siempre y cuando todos caminen en la familia de Dios de la forma en la que fueron llamados (Ef 4:1). Es más fácil decirlo que hacerlo, ¿pero eso no cambia nuestro objetivo, o sí?

Luego de establecer una base rica en el evangelio, en los primeros tres capítulos de Efesios, el apóstol Pablo comienza a decirle a la iglesia cómo debía vivir a la luz del hecho de que la gracia de Dios los había cambiado. El orgullo, las facciones y el interés propio dominaba en su antigua forma de pensar. Ahora, con el Espíritu Santo habiendo tomado lugar en sus corazones, debían vivir su fe en sumisión a Dios, no en sus propios impulsos carnales. Esta nueva forma de vivir conduciría a la unidad.

Basado en lo que Pablo escribe en Efesios 4:2-3, aquí hay cuatro características que alentarán el tipo de unidad que cada creyente (y pastor) desea en su iglesia local:

Humildad

Pablo dice que caminar de acuerdo con su llamado incluiría caminar “…con toda humildad…” (Ef 4:2a). Humildad significa “modesto o por debajo” y es una idea enteramente cristiana. Los griegos y romanos celebraban la confianza en uno mismo, la arrogancia y el orgullo. La humildad era rebajada a una debilidad. Algunos lingüistas incluso dicen que no había equivalente para la palabra “humildad” en el lenguaje griego, por lo que es probable que Pablo tuviera que inventar una, y así comenzara a esparcirse la idea de humildad cristiana. La humildad era modelada por Jesús mismo. En otra oportunidad, Pablo escribe:

“No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:3-8).

Jesús tenía la gloria del cielo, nunca tuvo forma humana, estaba por encima de todos nosotros, y era verdaderamente Dios. Él viene a la tierra y toma forma humana, sin dejar de ser Dios, sino rebajándose a sí mismo al convertirse en un hombre. Él entonces vela la totalidad de Su gloria, limitándose al punto de que, Él podría haber destruido a todos sus enemigos, tomado venganza en cada ocasión, vaporizado a todos los que se oponían a Él, y dejado registro peleando Su santa guerra justo allí y en ese momento como una deidad igual a Dios el padre. En su lugar, Él no ve Su igualdad con el Padre como algo a qué aferrarse, sino que se somete al padre voluntariamente para que Él pudiera redimir a los pecadores mediante una vergonzosa, brutal y humilde muerte en una cruz.

Por el ejemplo de Cristo, debemos pasar cada ambición, cada pelea o respuesta rápida, cada decisión, cada palabra y cada pensamiento por un filtro: ¿Se ve como mi Señor?

Esa visión va a alentar a la unidad.

Mansedumbre

Pablo luego dice “…y mansedumbre…” (Ef 4:2b). La mansedumbre es una palabra griega que tiene correlación con la palabra “paciencia”. Esto es, ser amables y considerados hacia otros, y es una cualidad muy importante porque, si no somos mansos, terminamos viviendo y relacionándonos con otros como una bola de demolición, destruyendo y rompiendo en lugar de construir. La mansedumbre en la vida de Cristo se veía como fuerza bajo control. Jesús poseía una columna de acero y un corazón suave. Para un cristiano, la paciencia no es debilidad, aún si el mundo mira a las personas pacientes como alfombras de piso pasivas que nunca hacen que algo ocurra. Cuando, en realidad, la persona mansa sí es un activista, pero lo es de forma sabia, con gracia y a la manera de Cristo. Los cristianos no se llevan todo por delante en busca de un resultado final. La mansedumbre es tan importante porque es útil al lidiar con el pecado, que es un asunto común en la iglesia, formada por seres humanos. Gálatas 6:1 nos recuerda, “si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

Un cristiano no debería ser una espina que pincha, sino un bálsamo que cura, aún si la verdad apesta, la sanación y la pureza son los resultados. La mansedumbre está unida a la oferta de Cristo para los pecadores que buscan encontrar paz en cualquier lugar erróneo, y terminan cargados por el peso destructivo del pecado, cuando Él dice:

“Vengan a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas” (Mt 11:28-29).

¿Eres conocido por ser manso? ¿La gente del cuerpo de Cristo, quiere ir a ti para admitir sus debilidades, confesar sus pecados, buscar sabiduría y encontrar ánimo? ¿Deseamos retener la venganza cuando podríamos destruir a alguien? Solo porque podamos satisfacer nuestra alma con venganza, ¿lo hacemos? Siempre siento mi culpa por lo que una vez dijo Chuck Swindoll: “Podemos estar en lo correcto, pero no necesitamos ser irrespetuosos por eso”. Eso es mansedumbre. Piensa en un semental salvaje que ha sido domesticado, pero aún tiene espíritu, lucha y se esfuerza por correr. El semental es feroz y fuerte, pero, aun así, corre hacia donde su dueño lo dirige, y solo cuando su dueño lo dirige. Una iglesia mansa hace que el enemigo tiemble porque somos fuertes, y aun así, disciplinados y difícil de seducir por sus trampas y esquemas.

Paciencia

Efesios 4:2c también incluye “con paciencia”. Esta es la palabra griega makrothumia y es un “estado de continua tranquilidad al esperar un resultado”. Es lentitud para reaccionar, es aguantar, es ser de temperamento lento en circunstancias desafiantes. Este tipo de actitud es clave para la unidad en la iglesia porque causa que seamos menos reactivos hacia los demás. Es difícil ofender a una persona paciente. La paciencia a menudo está unida a la fe y confianza en el Señor. Es por eso por lo que muchos de los héroes de la fe fueron pacientes, aun cuando pasaban por desafíos, cuando recibían pecados, o cuando no tenían todo lo que querían en seguida

Noé construyó un arca durante 120 años mientras que todos se burlaban de él, y ni siquiera una gota de lluvia caía.
José soportó décadas muy duras antes de gobernar Egipto.
David fue ungido mucho antes de convertirse en rey, luego fue atacado por su predecesor Saúl.
Dios fue paciente con nosotros; en lugar de darnos lo que merecemos como pecadores es paciente, lento para la ira, y nos adopta como Sus propios hijos amados.
¿Confiamos en el Señor cuando otros pecan contra nosotros? ¿Confiamos en Él en épocas de espera? ¿Estamos prontos para quejarnos por nuestras preferencias o consideramos lo que Dios pueda estar enseñando? Cuando Dios no sigue nuestra línea de tiempo, o cuando los demás no cumplen con nuestras expectativas, ¿demandamos exigentes que las cosas ocurran a nuestro tiempo o a nuestra forma? Los cristianos somos llamados a ser pacientes porque vamos a tener que soportar desafíos, Dios nos hará crecer mediante pruebas, y seremos maltratados, engañados, atacados o malentendidos a lo largo de nuestras vidas. La paciencia es clave para seguir a Cristo, y fomenta la unidad porque, en lugar de culpar a otros o atacar a otros en los momentos de espera, confiamos en el Señor, aceptando Sus tiempos.

Soportándonos en Amor

Finalmente, Pablo escribe, “…soportándose unos a otros en amor”. Soportarnos en amor no es pasar por alto la verdad, es continuar amando, sirviendo y cuidando de alguien que te molesta, que te desagrada o te decepciona con sus decisiones algunas veces. El amor es tan importante para la unidad porque cuando nuestros sentimientos nos llevan a decisiones arduas, o palabras duras, el amor nos mantiene arraigados.

Colosenses 3:14 dice: “Y sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo de la unidad”. El amor es el pegamento que mantiene al cuerpo unido. La humildad fluye del amor, la mansedumbre fluye del amor y el soportar a otros fluye del amor. No puedes tener ninguna de estas características si no tienes amor. Por eso Pablo oraba para que los efesios estuvieran “arraigados y cimentados en amor” (3:17) y para que conocieran el amor de Cristo y estuvieran llenos de Él.

Armados con estas características, los creyentes deben esforzarse “por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4:3). Esto significa que debemos ser fervientes y dispuestos en perseverar en la unidad que ya ha sido provista por medio de la cruz de Cristo.

Cuando los creyentes caminan de una forma digna al llamado con el que han sido llamados, la unidad siempre es el resultado porque Dios ha diseñado Su cuerpo para trabajar de esa manera.

Costi W. Hinn
Costi W. Hinn es pastor ejecutivo de la iglesia Mission Bible en Tustin, California.

LA SOLUCION DIVINA PARA LA AMARGURA | Jaime Mirón

LA SOLUCION DIVINA PARA LA AMARGURA


Hace tiempo una mujer de 43 años vino a consultarnos. Hacía 23 años que estaba en tratamiento médico y siquiátrico por su depresión. Era una triste historia que cada vez escuchamos con más frecuencia. El padre de esta mujer se había aprovechado de ella desde los 5 hasta los 14 años de edad. Tiempo después ella recibió al Señor como Salvador de su vida, lo cual trajo alivio al comienzo, pero meses después volvió a caer en un estado depresivo. Vino a verme como un último recurso. «Desempacamos” el problema y descubrimos varios asuntos que solucionar, entre ellos como era lógico, un profundo resentimiento hacia su padre.
¿Cuál fue la ayuda para esta pobre mujer y para los miles que cuentan con experiencias similares?
Si hasta el momento usted no ha tenido que luchar con la amargura, tarde o temprano le acontecerá algo que lo enfrentará cara a cara con la tentación de guardar rencor, de vengarse, de pasar chismes, de formar alianzas, de justificar su actitud porque tiene razón, etc. Como cristianos hemos de estar preparados espiritualmente. ¿Cómo hacerlo?
Establecer la santidad como meta en su vida. Como en todos los casos de pecado, más vale prevenir que tener que tratar con las consecuencias devastadoras que el pecado siempre deja como herencia. El escritor de Hebreos, dentro del contexto de la raíz de amargura, exhorta: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (12:14). La mejor manera de prevenir la amargura es seguir o buscar la paz y la santidad; asumir un compromiso con Dios para ser santo (puro) pase lo que pasare. Cuando sobrevienen situaciones que lastiman nuestros sentimientos, producen rencor y demás actitudes que forman el círculo íntimo de la amargura, debemos decir: “He hecho un pacto con Dios a fin de ser santo, como El es Santo. A pesar de que la otra persona tenga la culpa, entregaré la situación en manos de Dios, perdonaré al ofensor y buscaré la paz.»
Nótese la diferencia entre la actitud de David y su ejército cuando volvieron de una batalla (1 Samuel 30). Encontraron la ciudad asolada y sus familias llevadas cautivas. En vez buscar el consuelo de Dios y por ende Su sabiduría, el pueblo se amargó y propuso apedrear a David. En contraste, la Biblia explica que «David se fortaleció en Jehová su Dios” (v. 6). En ningún momento es mi intención minimizar el daño causado por una ofensa o por el ultraje que experimentó David y su gente, sino que mi deseo es magnificar la gracia de Dios para consolar y ayudar a perdonar.
Consideremos ahora qué hacer cuando estamos amargados.
1) Ver la amargura como pecado contra Dios. En las próximas páginas explicaremos la importancia de perdonar al ofensor. Sin embargo, si yo estimara la amargura solamente como algo personal contra la persona que me engañó, me lastimó, me perjudicó con chismes o lo que fuere, sería fácil justificar mi rencor alegando que tengo razón pues el otro me hizo daño. Como ya mencionamos,es posible que no hay nada tan difícil de solucionar que la situación de la persona amargada que tiene razón para estarlo.
Cuando tengo amargura en mi corazón, con David tengo que confesar a Dios: “Contra ti, contra ti solo he pecado” (Salmo 51:4). En el momento en que percibo que (a pesar de las circunstancias) la amargura es un pecado contra Dios, debo confesarlo y la sangre de Cristo me lavará de todo pecado. Pablo instruye: “Quítense de vosotros toda amargura». La Biblia no otorga a nadie el derecho de amargarse.
Volvamos al Antiguo Testamento para entender el contexto de la raíz de amargura en Deuteronomio 29:18, donde el pecado principal es la idolatría. Eso es precisamente lo que pasa en el caso de la amargura. En vez de postrarse ante el Dios de la Biblia, buscando la solución divina, uno se postra ante sus propios recursos y su propia venganza. El ídolo es el propio “yo».
2) Perdonar al ofensor. En el mismo contexto donde Pablo nos exhorta a librarnos de toda amargura, nos explica cómo hacerlo: “…perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:31–32).
En junio de 1972, por vez primera en mi vida tuve que enfrentarme con la amargura. Dos ladrones entraron en la oficina de mi padre y lo mataron a sangre fría, robando menos de 50 dólares. Ni siquiera tuve el consuelo de poder decir, “Bueno, papá está con el Señor», porque a pesar de ser una excelente persona, mi padre no tenía tiempo para Dios. ¿Cuáles eran mi opciones? ¿Hundirme en la amargura? ¿Buscar venganza? ¿Culpar a Dios? No, tenía un compromiso bíblico con Dios de buscar la santidad en todo. La respuesta inmediata era perdonar a los criminales y dejar la situación en manos de Dios y las autoridades civiles.
¿Tristeza? Sí. ¿Lágrimas? Muchas. ¿Dificultades después? En cantidad. ¿Consecuencias? Por supuesto. ¿Fue injusto? Indiscutiblemente. ¿Hubo otras personas amargadas? Toda mi familia. ¿Viví o vivo con raíz de amargura en mi corazón? Por la gracia de Dios, no.
a) El perdón trae beneficios porque quita el resentimiento. Uno de los muchos beneficios de no guardar rencor es poder tomar decisiones con cordura.
b) El perdón no es tolerar a la persona ni al pecado; no es fingir que la maldad no existe ni es intentar pasarla por alto. Tolerar es “consentir, aguantar, no prohibir” y lejos está de ser el perdón bíblico. Permitir es pasivo mientras perdonar es activo. Cuando la Biblia habla de perdón, en el griego original hallamos que esta palabra literalmente significa “mandarlo afuera». Activamente estoy enviando el rencor “afuera», es decir estoy poniendo toda mi ansiedad sobre Dios (1ª Pedro 5:7).
c) El perdón no es simplemente olvidar, ya que eso es prácticamente imposible. El resentimiento tiene una memoria como una grabadora, y aún mejor porque la grabadora repite lo que fue dicho, mientras que el resentimiento hace que con cada vuelta la pista se vuelva más profunda. La única manera de apagar la grabadora es perdonar.
Después de una conferencia, una dama me preguntó: “Si el incidente vuelve a mi mente una y otra vez, ¿quiere decir que no he perdonado?” Mi respuesta tomaba en cuenta tres factores:
(1) Es posible que ella tuviera razón. Recordamos que “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso…” (Jeremías 17:9). El ser humano haría cualquier cosa para mitigar la vergüenza, y es lógico que permanezcan los fuertes sentimientos negativos asociados con una ofensa. Volvamos al caso de la mujer que durante 23 años había estado en tratamiento siquiátrico a causa del abuso de su padre. Después de aclarar lo que no es el perdón, y luego de hablar sobre los beneficios que el perdón produciría, le expliqué que de acuerdo a Marcos 11:25 ella tenía que perdonar a su padre. Su respuesta inmediata fue: “Ya lo he hecho.” Pero era obvio que estaba llena de amargura y rencor. Mi siguiente pregunta fue: “¿Cuándo y cómo lo hizo?” Su contestación ilustra otra manera en que el ser humano evita asumir responsabilidad ante el Señor. Me dijo: “Muchas veces he pedido al Señor Jesús que perdonara a mi padre.” Es posible que la mujer aún no entendiera lo que Dios esperaba con respecto al perdón. O tal vez fuera su manera de no cumplir con una tarea difícil. Con paciencia volví a explicarle las cosas, y finalmente ella inclinó la cabeza y empezó a orar. Pronto vi lágrimas en sus ojos, y de corazón perdonó a su padre. Al día siguiente regresó para una consulta y se la veía con esperanza, con alivio y como una nueva persona.
(2) Hay quienes desean que recordemos incidentes dolorosos del pasado. En primer lugar está Satanás, que trabaja día y noche para dividir a los hermanos en Cristo (Apocalipsis 12:10; 1ª Timoteo 5:14). En segundo lugar, la vieja naturaleza saca a relucir el pasado. Los mexicanos emplean la frase “la cruda” al referirse a los efectos de la borrachera al día siguiente. En cierto modo es posible tener una “cruda espiritual” que precisa tiempo hasta no molestar más. Me refiero a ciertos hábitos, maneras de pensar que son difíciles de romper. Si uno en verdad ha perdonado, cada vez que el incidente viene a la memoria, en forma inmediata hay que recordar a Satanás y recordarse a sí mismo que la cuestión está en las manos de Dios y es un asunto terminado que sólo forma parte del recuerdo.
(3) Finalmente existe otra persona o grupo que no quiere que usted olvide el incidente: Aquellos que fueron contagiados por su amargura, aquellos a quienes usted mismo infectó y como resultado tomaron sobre sí la ofensa. Por lo general para ellos es más difícil perdonar porque recibieron la ofensa indirectamente. Por lo tanto, no se sorprenda cuando sus amigos a quienes usted contagió de amargura, se enojan con usted cuando, por la gracia de Dios, ha perdonado al ofensor y está libre de dicha amargura.
d) El perdón no absuelve al ofensor de la pena correspondiente a su pecado. El castigo está en las manos de Dios, o quizá de la ley humana. El salmista nos asegura: “El Señor hace justicia, y juicio a favor de todos los oprimidos” (Salmo 103:6 BLA).
Presenté estos principios por primera vez en una iglesia donde no solamente varios de los feligreses estaban resentidos, sino también el mismo pastor. Después del sermón el pastor dividió a su pequeña congregación en grupos de 5 ó 6 personas para dialogar sobre el tema. Me tocó estar en un grupo que incluía a una pareja y su hijo adolescente. En forma inmediata noté la total falta del gozo del Señor en aquella familia. Durante los 20 minutos que tuvimos para compartir me preguntaron cómo era posible quitar la amargura del corazón por un gran mal que alguien había cometido. El hijo mayor había entrado en el mundo de la droga a pesar de que sus padres eran cristianos. Un día no tuvo suficiente dinero para pagar por su dosis regular, y el proveedor lo mató. Desde aquel momento la amargura había estado carcomiendo a toda la familia, y alegaban que era imposible perdonar. Ellos creían que perdonar significaba absolver a los asesinos del crimen que habían perpetrado.
e) El perdón tampoco es un recibo que se da después que el ofensor haya pagado. Si no perdonamos hasta tanto la otra persona lo merezca, estamos guardando rencor.
f) El perdón no necesariamente tiene que ser un hecho conocido al ofensor. En muchos casos el ofensor ha muerto, pero el rencor continúa en el corazón de la persona herida. Recuerdo el caso de una señora que con lágrimas admitió que su esposo había desaparecido con otra mujer de la iglesia. Durante la conversación me confesó: “Lo he perdonado. Hay y habrá muchas lágrimas, dolor y tristeza, pero me rehúso terminantemente a llegar al fin de mi vida como una vieja amargada.” El hombre consiguió el divorcio y se casó legalmente con la otra mujer. Por su parte, esta señora vive con su tres muchachos y sirve a Dios de todo corazón; sus hijos aman al Señor y oran para que su padre un día regrese al camino de Dios. Tener que perdonar un gran mal mientras el ofensor no lo merezca, representa una excelente oportunidad para entender mejor cómo Cristo pudo perdonarnos a nosotros (Romanos 5:8; Efesios 4:32).
g) El perdón debe ser inmediato. Una vez me picó una araña durante la noche. Tuve una reacción alérgica que duró casi medio año. Ahora bien, si hubiera podido sacar el veneno antes de que se extendiera por el cuerpo, hubiera quedado una pequeña cicatriz pero no habría habido una reacción tan aguda. Algo semejante sucede con el perdón. Hay que perdonar inmediatamente antes de que “la picadura empiece a hincharse.”
h) El perdón debe ser continuo. La Biblia indica que debemos perdonar continuamente (Mateo 18:22). Perdonar hasta que se convierta en una norma de vida. Uno de los casos más difíciles es cuando la ofensa es continua como en el caso de esposo/esposa, patrón/empleado, padre/hijo, etc. Es entonces cuando el consejo del Señor a Pedro (perdonar 70 veces 7) es aun más aplicable.
i) El perdón debe marcar un punto final. Perdonar significa olvidar. No hablo de amnesia espiritual sino de sanar la herida. Es probable que la persona recuerde el asunto, que alguien le haga recordar o que Satanás venga con sus mañas trayéndolo a la memoria. Pero una vez que se ha perdonado sí es posible olvidar.
Perdonar es la única manera de arreglar el pasado. No podemos alterar los hechos ni cambiar lo ya ocurrido, pero podemos olvidar porque el verdadero perdón ofrece esa posibilidad. Una vez que hay perdón, olvidar significa:
1) Rehusarse a sacar a relucir el incidente ante las otras partes involucradas.
2) Rehusarse a sacar a relucirlo ante cualquier otra persona.
3) Rehusarse a sacar a relucirlo ante uno mismo.
4) Rehusarse a usar el incidente en contra de la otra persona.
5) Recordar que el olvido es un acto de la voluntad humana movida por el Espíritu Santo.
6) Sustituir con otra cosa el recuerdo del pasado, pues de lo contrario no será posible olvidar. Pablo nos explica una manera de hacerlo: “Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:20, 21). Jesús amplía el concepto: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).
j) El perdón también significa velar por los demás. Al finalizar su libro y bajo la inspiración del Espíritu Santo, el escritor de Hebreos exhorta a todos los creyentes a que seamos guardianes de nuestros hermanos. El versículo que advierte sobre la raíz de amargura comienza con: “Mirad bien”. En el griego original es la palabra episkopeo, de donde procede el término obispo o sobreveedor. Esto implica que en el momento en que uno detecta que se ha sembrado semilla de amargura en el corazón de un hermano en Cristo, la responsabilidad es ir con espíritu de mansedumbre, y hacer todo lo posible para desarraigarla antes que germine.
Se requiere un compromiso profundo con Dios a fin de no caer en la trampa de la amargura. Cristo mismo nos dará los recursos para vivir libres del “pecado más contagioso”.

Si tiene alguna pregunta, favor de dirigir su carta a:
Jaime Mirón
Apartado 15
Guatemala c.p. 01901
Guatemala, America Central

MANERAS NO BIBLICAS DE TRATAR CON LA AMARGURA | Jaime Mirón

MANERAS NO BIBLICAS DE TRATAR CON LA AMARGURA
«Quítense de vosotros toda amargura…»
(Efesios 4:31).
La amargura es uno de los pecados más comunes no solamente en el mundo sino también entre el pueblo cristiano evangélico. Casi todos hemos sido ofendidos, y una u otra vez hemos llegado al punto de la amargura. Muchos no han podido superar una ofensa y han dejado crecer una raíz de amargura en su corazón. Debido a que es difícil (si no imposible) vivir amargado y en paz, el hombre maquina maneras para tratar de resolver su problema de amargura y así menguar el dolor, pero sin embargo la amargura queda intacta. Para poder extirpar de manera bíblica la amargura del corazón, es imperioso comprender y desenmascarar las varias formas mundanas de “solucionar” el problema, para que no quede otra alternativa que la bíblica.

  1. Vengarse. La manera no bíblica más común es tomar venganza. Hace poco escuché una entrevista con un escritor de novelas policiales, quien comentó que sólo existen tres motivos para asesinar a una persona: amor, dinero, y venganza. En un país centroamericano asolado por la guerrilla, me comentaron que muchos se aprovechan de tales tiempos para vengarse y echar la culpa a los guerrilleros. Con razón Pablo exhorta: “…no os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19).
    A pesar de las circunstancias, la Biblia sostiene que jamás es voluntad de Dios que nos venguemos nosotros mismos.
    Julia y Roberto son hermanos; ambos están casados y tienen 4 y 3 hijos respectivamente. Cuando vivían en la casa paterna sufrían con un padre borracho y perverso. No sólo los trató con violencia y con las palabras más degradantes, sino que también se aprovechó sexualmente de sus hijos. Pasaron los años y Roberto –ya adulto, herido, con muchos malos recuerdos y profundamente amargado– odia a su padre. ¿Quién lo puede culpar por sentirse profundamente herido? Otra vez podemos decir que “tiene razón». No es cuestión de minimizar el pecado de la otra persona ni el daño o la herida, sino es cuestión de qué hacer ahora, y magnificar la gracia de Dios.
    Buscando alivio, Roberto, acudió a un psicólogo no cristiano que le ayudó a descubrir la profundidad de su odio y amargura, y sugirió como solución la venganza. Durante los últimos años Roberto ha estado llevando a cabo el dictamen. Principió con llamadas telefónicas insultando a su padre con las mismas palabras degradantes que éste había empleado. Cuando las llamadas dejaron de tener el efecto deseado, empezó a sembrar veneno en su hermana Julia y los demás familiares para que hicieran lo mismo. No es de extrañar que cada reunión familiar termine en un espectáculo como la lucha libre. Hoy día Roberto es un hombre amargado y cada día más infeliz.
    Por su parte Julia –adulta y también herida, y con muchos malos recuerdos pero sin amargura– ama a su padre. Es cristiana, esposa de un pastor, y optó por perdonar a su padre e intentar ganarlo para Cristo. Dos personas de la misma familia y que experimentaron las mismas circunstancias, eligieron dos caminos distintos: uno la venganza y la otra el perdón.
    Cuando intento vengarme por mi propia cuenta…
    a) Me pongo en el lugar de Dios. De acuerdo a la Biblia la venganza pertenece a Dios. Entonces, la venganza es el pecado de usurpar un derecho que sólo le pertenece a El. Querer vengarnos por nosotros mismos es asumir una actitud de orgullo, el mismo pecado que causó la caída de Lucero (Isaías 14:13, 14). Por lo tanto, al tratar de vengarnos (aunque tan sólo en nuestra mente), estamos pisando terreno peligroso.
    Por otra parte, la ira de Dios siempre es ira santa. Dios no obrará hasta tanto yo deje la situación en sus manos. No puedo esperar de mi parte la solución que solamente el Dios soberano puede llevar a cabo.
    b) La venganza siempre complica la situación. Mi propia venganza provoca más problemas, más enojo, envenena a otros y deja mi conciencia contaminada.
    c) Sobre todo, tomar venganza por nuestros medios es un pecado contra el Dios santo. Es una gran lección ver como el apóstol Pablo dejó lugar a la ira de Dios cuando dijo: “Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos” (2 Timoteo 4:14).
  2. Minimizar el pecado de la amargura. Minimizo un pecado cuando por algún motivo puedo justificarlo. Existen, por lo menos, tres maneras de minimizar el pecado de la amargura:
    a) Llamarlo por otro nombre, alegando que es una debilidad, una enfermedad o desequilibrio químico, enojo santo, o sencillamente afirmando que “todo el mundo lo está haciendo». Hay quienes dicen ser muy sensibles y como resultado están resentidos pero no amargados. ¡Cuidado! Existe una relación muy íntima entre los sentimientos heridos y la amargura.
    b) Disculparse por las circunstancias y así justificar la amargura. “En estas circunstancias Dios no me condenaría por guardar rencor en mi corazón.” Básicamente, lo que estamos diciendo es que hay ocasiones cuando los recursos espirituales no sirven, y nos vemos obligados a pecar. Juan dice a tales personas: “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a El mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1ª Juan 1:10).
    c) Culpar al otro. Esta es, sin duda, la manera más frecuente de eludir la responsabilidad bíblica de admitir que la amargura es pecado. Cuando de amargura se trata, el ser humano generalmente culpa a la persona que le ofendió. En casos extremos algunos se resienten contra Dios. “No sé porque Dios me hizo así…” “¿Dónde estaba Dios cuando me sucedió esto?»
  3. Desahogarse. Ultimamente se ha popularizado la idea de que “desahogarse” sanará la herida. Ahora bien, es cierto que desahogarse tal vez ayuda a que la persona sobrellevar el peso que lleva encima (Gálatas 6:2). Sin embargo, es factible que (a) termine esparciendo la amargura y como resultado contamine a muchos; (b) le lleve a minimizar el pecado de la amargura porque la persona en quien se descarga contesta: “Tú tienes derecho»; (c) no considere la amargura como pecado contra Dios.
  4. Una disculpa de parte del ofensor. Muchos piensan que el asunto termina cuando el ofensor pide disculpas a la persona ofendida. De acuerdo a la Biblia efectivamente esto forma parte de la solución porque trae reconciliación entre dos personas (Mateo 5:23–25). Sin embargo, falta reconocer que la amargura es un pecado contra Dios. Sólo la sangre de Cristo, no una disculpa, limpia de pecado (1ª Juan 1:7). La solución radica tanto en la relación horizontal (con otro ser humano) como en la vertical (con Dios).
  5. Perdonar a Dios. Después de presentar estos principios en una iglesia, de dos fuentes diferentes escuché que la solución para la amargura era “perdonar a Dios». Cuando una persona no está conforme con su apariencia física o con un suceso que dejó cicatrices emocionales o físicas en su vida, se le aconseja que perdone a Dios por haber permitido que sucediera.
    En Rut 1:13 Noemí estaba amargada contra Dios y hasta explicó a sus dos nueras que tenía derecho a estar más amargada que ellas porque se habían muerto su esposo y sus dos hijos. Es la clase de situación donde hoy día se aconsejaría perdonar a Dios por haberlo permitido.
    Estoy convencido de que hablar de “perdonar a Dios” es blasfemia. Dios es bueno (Salmo 103); Dios es amor (1ª Juan 4:8); Dios está lleno de bondad (Marcos 10:18); Dios es esperanza (Romanos 15:13); Dios es santo (Isaías 6:3); Dios es perfecto (Deuteronomio 32:4; Hebreos 6:18). Jamás habrá necesidad de perdonarlo.
    Este concepto de perdonar a Dios es uno de los intentos del ser humano de crear a Dios a imagen del hombre. Demuestra una total ignorancia e incomprensión de que Dios en su amor tiene múltiples propósitos y lleva a cabo tales propósitos por medio de las experiencias que atravesamos. ¡Sí pudiéramos aprender la realidad: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2ª Corintios 12:9)!

Mirón, J. (1994). La amargura, el pecado más contagioso (pp. 17-22). Editorial Unilit.

¿Cómo crece la iglesia? | Justin Burkholder

¿Cómo crece la iglesia?

Justin Burkholder

Nota del editor:
Este es un fragmento adaptado del libro Sobre la roca: Un modelo para iglesias que plantan iglesias. Justin Burkholder. B&H Español.

Esto sonará un poco sencillo, pero la iglesia crece mediante el evangelismo. La iglesia no es nada más y nada menos que la comunidad de los que han sido salvos por la obra de Cristo. Esto significa que la gente que pertenece a esa comunidad tiene que haber escuchado sobre la obra de Cristo y tiene que haber creído en ella. Así lo dice Pablo: “¿Cómo, pues, invocarán a Aquél en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquél de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Rom. 10:14).

A medida que las personas oyen de Cristo y de su obra, y creen en Cristo y en su obra redentora, se van agregando a la comunidad de fe. A fin de cuentas, la iglesia del futuro es el fruto del evangelismo de la iglesia de hoy. Dios mismo ha escogido a los que son discípulos hoy “a fin de que anuncien las virtudes de Aquél que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1 Ped. 2:9). Jesús les dice a sus discípulos en los últimos momentos con ellos: “Como el Padre Me ha enviado, así también Yo los envío” (Jn. 20: 21). Lo que Jesucristo está diciendo es que la iglesia, formada por sus discípulos, ha sido enviada al mundo con el fin de predicar el evangelio. Mientras más personas escuchen el evangelio, más creerán en Él y más crecerá la iglesia.

Llenar un salón con gente que canta, aplaude y escucha una predicación no significa que la iglesia ha crecido; solo significa que la asistencia ha aumentado.

El evangelismo en la iglesia local es una tarea de todos los miembros. La Gran Comisión es una encomienda que fue dada a todos los discípulos de Jesús. Por lo tanto, nadie queda exento del evangelismo. Hoy en día es muy común pensar que el que evangeliza es el pastor o los que pertenecen al ministerio de evangelismo. Los demás simplemente esperan que él o esos miembros particulares hagan ese trabajo. Algunos también creen que los que deben evangelizar son los que tienen el don de evangelización. Es probable que tengan mayor éxito debido a que están enfocados en el evangelismo, pero eso no quita que todos seamos responsables de anunciar las buenas nuevas de Jesús.

Cuando hablamos del crecimiento de la iglesia no nos referimos tan solo al aumento en el número de los asistentes a los servicios de los domingos. Parte del problema de enfocarnos solo en el crecimiento de la asistencia dominical radica en que no representa el crecimiento total de la verdadera iglesia. No creemos que todas las personas que asisten los domingos serán las que estarán en la presencia de Dios en el cielo por toda la eternidad. Aunque asistan a la iglesia, no todos ellos son la iglesia. Llenar un salón con gente que canta, aplaude y escucha una predicación no significa que la iglesia ha crecido; solo significa que la asistencia ha aumentado. Lo que realmente queremos ver es más gente que crea y crezca en las verdades del evangelio. Esto implica que estén viviendo una vida donde confiesen su pecado, su esperanza esté puesta en Cristo y estén haciendo buenas obras como resultado de una vida transformada luego de haber creído en el evangelio. Por tanto, nuestro enfoque, nuestro tiempo, nuestros recursos y nuestra atención deberían estar más enfocados en la proclamación del evangelio.

Si tu mayor anhelo para la nueva plantación es llenar el salón, probablemente harás crecer la iglesia con personas interesadas en la religión, gente trasplantada de otras iglesias que están buscando una mejor experiencia dominical y no personas que confiesen su nueva fe en Cristo. Tal vez te estés preguntando: “Pero, ¿cómo podemos asegurar el crecimiento de la iglesia?”. Muy buena pregunta que tiene una respuesta muy sencilla: no lo podemos hacer. Es mejor admitirlo que intentar darle una justificación a nuestro posible pragmatismo en busca de resultados numéricos. A Dios le agrada que nosotros no tengamos el poder para hacer que su iglesia crezca, porque solo Él es quien da el crecimiento. Eso es justamente lo que dice Pablo, “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Cor. 3:6).

A Dios le agrada que nosotros no tengamos el poder para hacer que su iglesia crezca, porque solo Él es quien da el crecimiento.

Como ves, nosotros sí somos responsables de sembrar y regar. Esto significa que, como un buen granjero, no podemos tener la plena seguridad de que las plantas darán fruto, pero sí sabemos que hay tierra fructífera y lista para dar fruto, y por eso es que sembramos y regamos. Esto lo hacemos orando y confiando en Dios, quien finalmente es el responsable y el único capaz de producir el crecimiento.

Nosotros somos responsables de asegurar que los que deben oír tengan a alguien que les predique (Rom. 10:14-15). Nuestra responsabilidad es asegurarnos de que estamos proclamando el evangelio a tiempo y fuera de tiempo. A medida que proclamamos con fidelidad el evangelio, tenemos la plena confianza de que Dios salvará y añadirá a nuestro número, tal como lo hizo a lo largo del libro de Hechos. En este sentido, el éxito debe medirse por las oportunidades que aprovechamos para evangelizar. Fracasamos cuando no evangelizamos. Somos exitosos cuando somos fieles en evangelizar. El tamaño de la cosecha de salvación le corresponde solo al Señor.


Justin Burkholder es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Junto a su esposa sirven como misioneros en Guatemala con TEAM (The Evangelical Alliance Mission). Sirve como uno de los pastores en Iglesia Reforma y como Director de México y Centro América para TEAM. Es el autor de Sobre la Roca: un modelo para iglesias que plantan iglesias. Tienen tres hijas. Puedes seguirlo en Twitter o visitar su blog.

Dinero, ofrendas y la iglesia | Augustus Nicodemus Lopes

Dinero, ofrendas y la iglesia
Por Augustus Nicodemus Lopes

Teniendo en cuenta que la Biblia dice que el amor al dinero es la raíz de toda clase de males (1Ti 6:10), ¿deberíamos prohibir completamente a la iglesia cristiana cualquier referencia al “vil metal”? Creo que no, aunque la historia de la iglesia ha demostrado que la alerta de la Biblia es verdadera.

Muchos de los problemas ocurridos con pastores, predicadores y misioneros, que traen divisiones y escándalos tienen que ver con el dinero. Quien no recuerda los escándalos financieros involucrando algunos famosos evangelistas en distintas épocas, que incluso tenían programas de televisión y eran mundialmente conocidos. ¿O más recientemente, en mi país (Brasil), las denuncias que han surgido involucrando a líderes evangélicos?

Pero eso no es todo. Un enfoque erróneo sobre el dinero también acaba causando problemas en la propia concepción de lo que es la iglesia y de lo que es un cristiano. Puesto que toda iglesia mueve dinero de los miembros para sus fines apropiados, siempre aparecen problemas relacionados con el uso correcto de estos recursos y los derechos que ellos dan a quien contribuye.

La cuestión es tan seria que algunas iglesias decidieron no tener pastores remunerados, como es la Congregación Cristiana en Brasil, fundada en 1910 por Luis Francescon, en Paraná, al sur de Brasil. Cada pastor debe tener un empleo, del cual obtiene su sustento. Otras iglesias buscan hacer el levantamiento de las ofrendas de los miembros de la forma más discreta posible, siempre dejando claro que son contribuciones voluntarias, que no traen otro beneficio al donante sino el placer de contribuir.

Quisiera resaltar algunos puntos que creo están claramente expuestos en la Biblia, en cuanto a esto, buscando un equilibrio en este asunto tan delicado.

Todo lo que existe pertenece a Dios. Él es el Señor de todo y de todos. Nuestros recursos no son nuestros. Ni los de la iglesia. Somos administradores de los bienes que Dios nos ha confiado.
El dinero en sí no es bueno ni malo, dependerá del uso que hagamos de él y de nuestra actitud hacia él. Podemos usar el dinero o ser utilizados por él. Podemos usar el dinero para vivir, o vivir para el dinero. El dinero, cuando es bien empleado, se convierte en bendición para la vida de muchos.
La iglesia de Cristo, al estar en este mundo, tiene gastos con edificios, personal, impuestos, salarios, obra misionera y obra social. Para cumplir estos compromisos, ella busca recursos entre sus miembros. Todos los que participan en una iglesia deben contribuir generosamente al mantenimiento de la misma, no por obligación, sino por entender la tarea y la naturaleza de la iglesia.
Toda contribución a la iglesia es voluntaria. Ella debe ser hecha con amor y generosidad. Quien contribuye a la iglesia debe hacerlo sin esperar nada a cambio, ni favores divinos y ni privilegios humanos. El Señor Jesús dijo que nuestra mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda, cuando se trata de dar y contribuir.
La contribución a la iglesia debe ser vista como un acto del culto que prestamos a Dios. Dar a la iglesia no es lo mismo que pagar una mensualidad o la prestación de tu automóvil o de tu casa. Por este motivo, muchas iglesias separan un momento en el culto donde los creyentes dejan sus contribuciones ante el Señor. En el Antiguo Testamento, el pueblo de Dios entregaba sus contribuciones en medio de ceremonias religiosas cuidadosamente planificadas para destacar la soberanía de Dios sobre todas las cosas y nuestro deber de servirlo, incluso con nuestros bienes.
Nuestras contribuciones a la iglesia no compran beneficios de parte de Dios. Es verdad que Dios prometió bendecir y recompensar a los que ofrecen con corazón alegre, pero esta bendición es gratuita y no debe ser vista como “comprada” por dinero. Esto sería una grave ofensa ante Dios. Simón, el mago, pensó que podía comprar con dinero el don del Espíritu Santo, pero fue rechazado radicalmente por el apóstol Pedro.
Conclusión

Hay que tener mucho cuidado al tratar estas cosas en la iglesia. El dinero y la religión es una mezcla potencialmente explosiva. Los principios, reglas y límites deben estar claramente delineados. Los medios de gracia, el bautismo y la Santa Cena, son ofrecidos libremente por la iglesia a todos los verdaderos cristianos, sin que para esto se consulte la lista de los contribuyentes y de los no contribuyentes, si es que la misma existe. Servicios pastorales como funerales, visitas, etc., están disponibles gratuitamente a todos los que lo deseen. La iglesia sobrevive de ofrendas voluntarias, que nada piden a cambio. Y sin pedir nada a cambio, la iglesia también ministra los sacramentos y el cuidado por las almas. El Señor Jesús dijo a los apóstoles (y, por lo tanto, a todos los pastores): “De gracia recibieron, den de gracia” (Mt 10:8). Él se refería al evangelio, que debía ser impartido al pueblo gratuitamente.

Augustus Nicodemus Lopes
Es un ministro presbiteriano, teólogo, profesor, conferenciante internacional y autor de éxito. Augustus tiene una licenciatura en teología en el Seminario Presbiteriano del Norte en Recife, Brasil, una Maestría en Teología en Nuevo Testamento de la Universidad Reformada de Potchefstroom, Sudáfrica, y un doctorado en interpretación bíblica en el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfia. Él es también un pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana de Recife.

No hay tal cosa como la psicología cristiana | David Barceló

¿Hay psicología cristiana?

Por supuesto que un profesional puede ser cristiano –cualquier profesional- y tendrá una ética diferente. Pero es difícil pensar que un abogado haga abogacía cristiana, diferente de los demás abogados; o que un carpintero haga carpintería cristiana, diferente a los demás carpinteros.

De hecho, aquí hay una cita de la Asociación Cristiana de los Estudios Psicológicos:

“A menudo se nos pregunta si somos psicólogos cristianos. Y encontramos difícil dar una respuesta puesto que sabemos lo que la pregunta implica. Somos cristianos que somos psicólogos. Y es difícil suponer que trabajamos de una manera fundamentalmente distinta a nuestros colegas no cristianos”.

¿Nos damos cuenta de lo que están diciendo?

Aquellos psicólogos que son cristianos son psicólogos y son cristianos; pero practican la misma psicología que vemos en el mundo, una de las trescientas y pico escuelas que tenemos allí fuera.

Por tanto, no existe tal cosa como la psicología cristiana.

Hay psicólogos que son cristianos que practican algunas de esas escuelas pero la psicología no se convierte en cristiana espolvoreando unos versículos bíblicos por encima.

Eso es como decir, “Mi familia es cristiana porque puse un pececito en el coche”.

Está muy bien que pongas el pececito en el coche. Pero eso no os convierte en cristianos.

Del mismo modo, si un psicólogo da una conferencia sobre el autoestima y luego un psicólogo cristiano da la misma conferencia sobre el autoestima pero usa un versículo bíblico al final, eso no la convierte en psicología cristiana.

Dice J. Vernon McGee, el maestro bíblico:

“La llamada psicología cristiana no es sino psicología secular vestida de tópicos píos y de retórica religiosa”.

Es la misma psicología del mundo usada con términos cristianos para ser consumida por evangélicos, sin más ni menos.