La Inminencia De La Venida De Cristo Por La Iglesia

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La Inminencia De La Venida De Cristo Por La Iglesia

POR GERALD B,. STANTON

En el lenguaje más claro y conciso, las Escrituras del Nuevo Testamento establecen la venida del Señor Jesucristo como la esperanza, el estímulo y el consuelo del pueblo peregrino de Dios. Es por su aparición que se les instruye a velar y esperar. Es por la expectativa de su pronto regreso que se les anima a vivir con toda pureza. Es con el conocimiento de que se reunirá con los difuntos en el regreso de Cristo que se les exhorta a consolarse unos a otros. El hecho de que Cristo vendrá de nuevo y que su venida puede ser muy pronto ha sido durante mucho tiempo la principal esperanza del pueblo de Dios.

También está claro en las Escrituras que nadie puede saber el día, ni la hora, del regreso de Cristo. Para muchos cristianos, cuando estudian la Palabra, es igualmente claro que ningún evento profetizado, o claramente programado, se interpone entre la hora presente y el arrebatamiento de la Iglesia en el rapto. No esperan el reino terrenal de Cristo, ni la revelación del Anticristo y los terribles años de la Tribulación. Buscan a Cristo mismo, creyendo que Su venida es el próximo evento importante en el calendario del cielo.

Al creer así, muchos cristianos afirman que la venida de Cristo es inminente, lo que no significa que este feliz acontecimiento deba ser inmediato, sino que es inminente, que puede ocurrir en cualquier momento. La palabra inminente, si se usa para un acontecimiento malo, podría traducirse como latente, porque siempre está amenazando con suceder. Un acontecimiento inminente es uno que queda suspendido, posiblemente por un período de tiempo indefinido, pero su ocurrencia final es segura. Al aplicarse a la venida del Señor, la inminencia consiste en tres cosas: la certeza de que Él puede venir en cualquier momento, la incertidumbre del tiempo de esa llegada, y el hecho de que ningún evento profetizado se interpone entre el creyente y esa hora.

El propósito de tal inminencia es que la Iglesia esté en un estado constante de expectación, siempre buscando y esperando la venida de su Señor del cielo. La esperanza de su regreso no sólo es una fuente de consuelo y estímulo para el creyente, sino que también es un incentivo muy definido para el servicio y la vida santa. Por la propia naturaleza del caso, si se hubiera revelado el momento exacto del rapto, nadie más que la última generación de cristianos tendría motivos para esperar el regreso de su Salvador, y para todas las demás generaciones se habría perdido esta esperanza e incentivo vitales. Tal es el mal causado cuando cualquier evento conocido, como la Tribulación, la venida del Anticristo, o el Milenio, se interpone entre la Iglesia y la venida de Cristo para los suyos. Arthur T. Pierson escribe:

La inminencia del segundo advenimiento se destruye en el momento en que situamos entre la primera y la segunda venida de nuestro Señor cualquier período de tiempo definido, ya sean cien años o mil; pues ¿cómo puede uno esperar como inminente un acontecimiento que sabe que no va a tener lugar durante un tiempo definido[1]?

La colocación de incluso un período de siete años como la Tribulación, con sus impresionantes personajes y eventos claramente programados, entre la hora actual y el rapto destruye con la misma certeza el concepto bíblico de un retorno inminente. Sin embargo, esta es la posición de los hermanos posttribulacionales, que defienden con vehemencia la hipótesis de que la Iglesia debe pasar por todo el período de la Tribulación. De hecho, la negación de la inminencia aplicada a la venida de Cristo es uno de sus principales argumentos, como ilustra Robert Cameron, que llena aproximadamente un tercio de su libro con este mismo argumento[2].

Puesto que el regreso de Cristo a su Iglesia es una esperanza muy valiosa para los cristianos de todo el mundo, puesto que implica una cantidad no pequeña de consuelo, estímulo e incentivo para una vida correcta, y puesto que gran parte de esta ventaja se pierde por cualquier negación de la inminencia de esa venida, es importante reexaminar a fondo el tema. Se ha escrito poco en su defensa, pero las acusaciones lanzadas contra él son muchas. Las siguientes páginas demostrarán, según se cree, que las acusaciones son falsas y que la doctrina se mantiene firme. Primero se considerarán los diversos argumentos contra la inminencia, después se indicará el amplio apoyo bíblico de la doctrina.

I. EL ARGUMENTO CONTRA LA INMINENCIA

Robert Cameron, debido a su fuerte énfasis en este problema particular, bien puede ser elegido como este portavoz del argumento contra la inminencia. Ciertamente, su enfoque es minucioso, y también ambicioso, pues escribe “para mostrar que tal enseñanza se opone a todo el Nuevo Testamento.”[3] Al igual que otros que niegan el regreso inminente de Cristo, Cameron enumera una serie de objeciones básicas:

El hecho de que Cristo prometiera la venida del Consolador, el Espíritu Santo, parece indicar que debe transcurrir un período de tiempo entre la partida de Cristo y su regreso, y un regreso inminente haría de la venida del Espíritu “un recado de tontos.”[4] Así también, la promesa de Cristo a Pedro (Juan 21:18, 19) de que viviría hasta la vejez excluiría la posibilidad de que los primeros cristianos buscaran a Cristo en cualquier momento. Pedro también escribió sobre los “burladores,” que dirían, en años posteriores: “¿Dónde está la promesa de su venida?” Asimismo, las parábolas de Mateo 13 pretendían revelar verdades, antes no dadas a conocer, relativas al período entre el rechazo de Cristo por parte de Israel y Su regreso. Al afirmar que estas parábolas establecen el curso de toda esta era, Cameron implica que debe transcurrir un largo tiempo antes de su finalización.

El tiempo, el trabajo, los años de esfuerzo, el crecimiento y el desarrollo, en la historia de la cristiandad deben preceder al Adviento[5].

Este mismo pensamiento lo encuentra en la parábola del noble que se fue a un país lejano para recibir para sí un reino, y luego regresó. Antes del regreso, sus siervos deben tener tiempo suficiente para comerciar y aumentar el número de sus talentos. Aún más definitiva, según Cameron, es la parábola de los talentos en Mateo 25:14-30, donde se dice claramente: “después de mucho tiempo, el Señor de estos siervos viene y hace cuentas con ellos.”

Ahora bien, aunque no se nombra ningún período definido, no se puede convertir un “tiempo largo” en un tiempo corto, y mucho menos en un momento, mediante un malabarismo de palabras. En virtud de los términos de esta Parábola, armonizando con la enseñanza de todas las demás Parábolas, el “inminente” o “cualquier momento” Advenimiento del Señor era una posibilidad impensable[6].

Cameron argumenta además, que la Gran Comisión de Mateo 28:19, 20 implica un largo intervalo de tiempo, y que no hay la menor razón para suponer que una “compañía judía sin nombre,” convertida después del rapto pero antes del Milenio, pueda completar el cumplimiento de esta tarea. Aún más definitivo, se argumenta, Pablo evidentemente no esperaba que el Señor viniera durante su vida, porque él registra en 2 Timoteo 4:6-8, “el tiempo de mi partida ha llegado.” Además, escribió a la iglesia de Roma su propuesta de viaje a Jerusalén, luego a Roma, y después a España (Rom. 15:22-25, 30, 31). “Si tuviera algún pensamiento de que Cristo vendría inmediatamente, ¿podría haber escrito esto?”[7].

Otro pos-tribulacionista, Edmund Shackleton, resume los detalles adicionales de este argumento tan bien como cualquiera, cuando dice:

También los profetas, hablando por el Espíritu, le habían dicho que le esperaban prisiones y aflicciones. Al despedirse de los ancianos en Mileto, les habló de los males que surgirían después de su partida; y estas cosas tardarían un poco en desarrollarse. Luego, cuando Pablo fue encarcelado en Jerusalén, el Señor se puso a su lado por la noche y le dijo que debía dar testimonio también en Roma (Hechos xxxiii.11). De nuevo, al escribir a los filipenses desde la cárcel, habla de su deseo de partir, o de la alternativa de ser liberado y hacerles otra visita. En sus dos epístolas a Timoteo, predice peligros espirituales de un tiempo todavía futuro[8].

Además, Cameron argumenta que Cristo profetizó sobre la caída de Jerusalén, Pablo predijo tiempos peligrosos en los últimos días, y se encuentran numerosos otros eventos predichos en el Nuevo Testamento, todos los cuales se utilizan para demostrar que el regreso de Cristo no podía esperarse en ese día. En otras palabras, la segunda venida de Cristo debe seguir a eventos bien definidos de la profecía no cumplida y por lo tanto no puede ser inminente.

II. RSPUESTAS A ESTAS OBJECIONES

Aunque el presente tratamiento de los argumentos de Cameron no puede rivalizar en extensión con las cincuenta páginas que llena con objeciones a la inminencia, se cree que un breve análisis de las cuestiones principales será suficiente para revelar la debilidad general de su presentación y abrir el camino a los estudiantes de la Biblia que deseen profundizar en el tema. Las siguientes divisiones siguen el orden de las objeciones expuestas en la sección anterior.

A. La Promesa del Consolador

Seguramente la promesa de que los discípulos serían “bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:5) no indicaba que tuviera que transcurrir un tiempo apreciable para que el Espíritu pudiera venir. En realidad, Pentecostés tuvo lugar apenas diez días después de la ascensión de Cristo. Hay que tener siempre presente a lo largo de esta discusión que inminente no significa inmediato, y el hecho de que hubiera un breve intervalo antes de Pentecostés no demuestra que constituyera ningún obstáculo para la fe de los discípulos en el pronto regreso del Señor. De hecho, cuando Cristo regrese, será por Su Iglesia, y la Iglesia no fue instituida hasta el momento del descenso del Espíritu. Es difícil ver cómo Pentecostés, antes del cual la Iglesia, como tal, no existía, podría haber sido algún tipo de obstáculo para la fe en el inminente regreso de Cristo para los miembros de esa Iglesia.

B. La Promesa a Pedro

Para que no se diga que el argumento posttribulacional contra la inminencia no tiene peso, y que los eventos predichos sobre Pedro y Pablo tienen poca relación con la creencia en el regreso inminente de Cristo, la siguiente cita de Oswald Smith, pastor de la Iglesia del Pueblo de Toronto, es significativa. Exponiendo sus razones para abandonar el punto de vista pretribulacional, escribe:

Entonces, cuando recordé que la muerte de Pedro, su predicción de corrupción y apostasía después de su muerte, la muerte de Pablo y muchos otros eventos tuvieron que ocurrir antes del Rapto, mi teoría de “cualquier momento” tomó alas y voló.[9]

Este investigador cree que tal “huida” de una esperanza confiada en el inminente regreso de Cristo fue un alejamiento innecesario, y que la primera posición era más defendible que la segunda. Sin duda, muchos pastores ocupados, y muchos santos serios, han sido engañados por algún escritor inteligente que persigue una campaña de proselitismo para el postribulacionismo.

El argumento relativo a Pedro es que, sobre la base de Juan 21:18, 19, Pedro sabía que envejecería y moriría, y por tanto, al menos para él, la venida de Cristo no podía ser inminente. Sin embargo, no está claro que Pedro entendiera así al Señor en este punto. Ciertamente, animó a los creyentes de su tiempo a esperar la venida del Señor. Además, sabía que podía morir repentinamente (2 Ped. 1:14), y aunque no se dice si esperaba la muerte, Herodes acababa de matar a espada a Santiago, el hermano de Juan, y había apresado a Pedro con la misma intención (Hechos 12:1-3). Por lo menos, es seguro que los creyentes esperaban la muerte de Pedro, pues cuando Roda llevó la noticia de su liberación, le dijeron: “Estás loco,” y cuando vieron a Pedro, “se asombraron” (Hechos 12:15, 16). Es muy dudoso que Pedro tuviera la seguridad de que su muerte debía preceder a la venida de su Señor, y es obvio que la gente no tenía el concepto de que la suya sería una vida larga. El pasaje real en cuestión, Juan 21:18, con la explicación del apóstol en el versículo siguiente, no fue escrito hasta veinte o más años después de la muerte de Pedro. En el mismo contexto, versículos 20-23, se encuentra una clara indicación de que los creyentes de aquel tiempo esperaban el regreso de Cristo en vida de Juan. Al contemplar la venida de Cristo, Pedro, al menos, no era un factor en el pensamiento de la iglesia primitiva. Mientras esperaban al Salvador, no andaban preguntando: “¿Me pregunto si Pedro ya habrá muerto?” Pedro podría haber muerto repentinamente sin que la mayoría lo supiera. Incluso si la promesa de Cristo fuera conocida por toda la Iglesia, e interpretada en el sentido más estricto de que la muerte de Pedro debía preceder a la venida de Cristo, no había ninguna razón para que la Iglesia rechazara su creencia en el retorno inminente sobre esa base. A juzgar por su espíritu de expectación, es evidente que no lo hicieron. Toda esta objeción le parece a uno tonta e innecesaria, y se trata aquí sólo porque parece ocupar tanto el pensamiento postribulacional.

En cuanto a la afirmación de Pedro de que en los últimos días los hombres se burlarán de la promesa de la venida de Cristo (II Pe. 3:3-5), y las predicciones afines de Pablo sobre “tiempos peligrosos” (2 Tim. 3:1-5) y el abandono de la fe (I Tim. 4:1-3), estas condiciones tenían un cumplimiento tanto cercano como lejano. Tales predicciones nunca fueron un obstáculo en las mentes de los creyentes de los días apostólicos, de nuevo evidente por el hecho de que el regreso de Cristo era esperado por la Iglesia Primitiva. Thiessen armonizó acertadamente estos versículos cuando comentó:

Los escritores de estas profecías no pensaron en ellas como si estuvieran en un futuro remoto, sino que hablaron de ellas como si ya estuvieran presentes, al menos en sus inicios, en su propia época. Pretendían que sus afirmaciones fueran una advertencia para el propio pueblo al que escribían, y no simplemente para nosotros que vivimos en el siglo XX[10].

C. El Problema de las Parábolas de Cristo

Cameron sostiene con razón la posición de que las siete parábolas de Cristo, expuestas en Mateo 13, ilustran el curso de esta era presente entre el rechazo de Cristo por parte de Israel y Su regreso para reinar. Luego defiende su punto de vista postribulacional sobre la base de que tanto la cizaña como el trigo crecen juntos hasta el momento de la cosecha, y que hay un largo tiempo de siembra antes de que todo el mundo sea alcanzado. Además:

Las otras seis parábolas armonizan con ésta, y debe transcurrir un largo tiempo antes de que el mundo pueda ser sembrado; antes de que la cizaña y el trigo (la cristiandad) puedan madurar; antes de que la levadura del mal pueda extenderse a través de toda la comida de la verdad y antes de que la red de arrastre pueda ser llenada y la separación hecha[11].

Por lo tanto, la cizaña será eliminada primero y el rapto no puede preceder al juicio; además, dado que el cumplimiento de estas parábolas requiere mucho tiempo, el rapto no es inminente.

Del mismo modo, se argumenta, la parábola del noble que dio a sus siervos las diez libras fue una reprensión a los que “pensaban que el reino de Dios debía aparecer inmediatamente,” y la parábola de los talentos en Mateo 25 registra claramente que fue sólo después de “mucho tiempo” que el señor de esos siervos vino e hizo su cuenta con ellos. Sobre la base de tales pasajes de la Escritura, los postribulacionistas construyen un argumento contra la inminencia que sin vacilar califican de “incontestable.”

Sin embargo, no es difícil encontrar una respuesta justa y razonable. La pregunta no es si Dios previó la totalidad de la era de la Iglesia cuando dio estas Escrituras, pues ese hecho es obvio. Tampoco se trata de saber si toda la era está representada con suficiente claridad para que los creyentes del siglo XX puedan visualizar en estas parábolas la larga historia de la cristiandad. Tenemos la ventaja de la mirada retrospectiva, la perspectiva histórica, y debemos admitir desde nuestro punto de vista que estas parábolas describen algo de la tarea de la Iglesia y el progreso de la época.

La cuestión es más bien si los cristianos del primer siglo vieron y comprendieron en estas parábolas lo suficiente de los propósitos futuros de Dios como para rechazar la inminencia de la venida de Cristo. Creemos que no lo hicieron. Dado que las cuestiones más básicas del programa redentor de Dios, en particular, que Cristo debe ir a la cruz y al tercer día resucitar (Mateo 16:21-23; 17:22, 23; 26:69-75; Lucas 24:21, 25; Juan 20:25, etc.), es difícil ver cómo los primeros cristianos en general pudieron comprender el programa profético de Dios hasta el punto de rechazar el regreso inminente de Aquel cuya venida se les había instruido a vigilar. Esto es especialmente cierto, ya que las predicciones estaban revestidas del lenguaje de las parábolas. Por el contrario, toda la Iglesia apostólica y los cristianos de los dos siglos siguientes[12] se caracterizaron por esperar el pronto regreso de Cristo. Aunque se admite que en las parábolas del reino se encuentra un esquema general del desarrollo de la cristiandad, hay que reconocer que también hubo una aplicación simultánea y local de esas mismas parábolas. “Todas las condiciones descritas en las parábolas existen simultáneamente en todos los periodos de la historia de la Iglesia y, sin embargo, también hay un cumplimiento progresivo”[13] Es muy probable que los primeros cristianos sólo vieran el cumplimiento preliminar de su propio día y no tuvieran un verdadero concepto del desarrollo completo de la época. ¿No se llevó pronto el Evangelio a los lugares más lejanos del mundo conocido entonces? ¿No se instaló inmediatamente la apostasía, con los incrédulos burlándose de la promesa de la venida de Cristo? La apostasía ha estado presente durante toda la era, aunque alcanzará su punto álgido después de que la Iglesia y la restricción del Espíritu hayan sido eliminadas. Es seguro concluir entonces, que las enseñanzas de las parábolas de Cristo no constituyeron ningún obstáculo para la esperanza de la Iglesia apostólica en Su inminente regreso.

Se dice que las siete iglesias de Apocalipsis 1-3 ilustran el curso de la época, y que, por lo tanto, los cristianos primitivos no podrían haber sostenido la doctrina en cuestión. Si bien es cierto que estas iglesias tienen una marcada semejanza con los diversos períodos de la historia de la iglesia, y si bien se concede que esta es una aplicación legítima, no se debe olvidar que Juan estaba escribiendo a siete congregaciones existentes, aunque representativas. Todos estos matices del testimonio cristiano, o del abandono, estaban presentes en la época de Juan en toda la iglesia primitiva. Juan no vio la necesidad de proyectar la segunda venida en un futuro lejano, ya que él mismo fue uno de los principales testigos de la pronta venida de Cristo, siendo las palabras finales escritas en el libro del Apocalipsis: «Ciertamente vengo en breve [ταχύ, rápidamente, tan pronto como sea posible]. Sí, ven, Señor Jesús» (Ap. 22:20). Pablo también se alegró de que los tesalonicenses “se convirtieran a Dios de los ídolos… y esperaran a su Hijo del cielo.”

En contradicción directa con la idea de que ciertas parábolas habrían llevado a la iglesia primitiva a rechazar la esperanza de un regreso inminente, hay indicios de que algunos habían dejado de trabajar sobre la base de que Cristo podría venir en cualquier momento (1 Tesalonicenses 4:11; 2 Tesalonicenses 3:10-12), y que otros se estaban inquietando por el aparente retraso y tenían que ser exhortados a la paciencia (Santiago 5:7, 8). Por lo tanto, no cabe duda de que la iglesia apostólica veía la venida de Cristo como algo inminente. Cristo había consolado a sus discípulos con el hecho de que volvería, y hay mucho en todo el Nuevo Testamento para alentar en el creyente un espíritu de expectación diaria. Al mismo tiempo, se previene cuidadosamente contra el error demasiado común de fijar fechas para el momento de Su regreso.

Ahora vamos a tratar más directamente las parábolas en cuestión. La parábola del trigo y la cizaña indica la naturaleza de la era actual, declarando que los piadosos y los malvados vivirán uno al lado del otro hasta el regreso de Cristo. Pero esto difícilmente puede significar que ningún creyente o incrédulo abandonará la tierra antes de la cosecha final de Dios, ya que los representantes de ambos grupos están siendo eliminados por la muerte casi a cada momento del día. La parábola simplemente presenta el hecho de que tanto el trigo como la cizaña continuarán en la tierra hasta el final, momento en el que se hará la separación. Así se explica el problema de por qué Dios permite que los malvados florezcan con los justos. Él es consciente de su aparente prosperidad, pero aún no ha llegado el momento de la separación.

La parábola, entonces, no excluye de ninguna manera la posibilidad del rapto antes del juicio, en cuyo caso el “trigo” de ese día final consistirá en los salvados después del rapto, incluso el remanente judío y los muchos conversos de entre las naciones gentiles. Y si, como insisten los postribulacionistas, esta parábola establece el orden de la cosecha, incluso su sistema no es inmune a la dificultad, pues la parábola declara: “Primero, la cizaña.”

Aunque Cameron insiste en que este pasaje demuestra que “el tiempo, el trabajo, muchos años de esfuerzo, crecimiento y desarrollo, en la historia de la cristiandad deben preceder al Advenimiento”[14], ¿quién puede negar que la cizaña florecía en medio del trigo, incluso en la iglesia primitiva? Pablo advirtió a los ancianos de la asamblea espiritual de Éfeso que, después de su partida, entrarían entre ellos “lobos rapaces” que destrozarían el rebaño (Hechos 20:29). Hubiera sido muy difícil persuadir a estos ancianos de que Cristo no podía venir en cualquier momento, con el argumento de que la cizaña no había tenido aún tiempo suficiente para florecer en medio del trigo. Aunque la apostasía alcanzará su clímax en los últimos tiempos, ha marcado a la Iglesia profesante en todos los siglos de su existencia. La Iglesia primitiva no era tan inmune como para que la falta de apostasía les impidiera anticipar la venida de Cristo.

El propósito de la parábola del noble se explica claramente en Lucas 19:11. Los seguidores de Cristo esperaban el reino terrenal del Mesías, y “como estaba cerca de Jerusalén … pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente.” Todavía no comprendían que Cristo les dejaría, ni que debía morir, ni que la instauración del reino visible debía esperar a un segundo advenimiento. Cristo dio esta parábola para corregir su pensamiento y para instruirlos a “llevar a cabo los negocios” para Él después de su partida. No dijo cuánto tiempo se iría, pero prometió regresar de tal manera que el servicio debería prestarse con un espíritu de expectación. Debemos “ocuparnos” hasta que Él venga, así como en la Cena del Señor “mostramos la muerte del Señor hasta que venga” (I Cor. 11:26). Estas expresiones enfatizan la inminencia del regreso de Cristo, en lugar de negarlo.

Lo mismo ocurre con la parábola de los talentos. Un adulto que ya ha conseguido la posesión de una casa, dinero y sirvientes, emprende un viaje, habiendo puesto primero sus bienes en manos de sus sirvientes. No se revela la duración de su viaje, pero el “largo tiempo” no fue de tantos meses o años como para que el dueño no los encontrara a todos viviendo a su regreso, de modo que pudieran ser considerados responsables. La parábola fue dada para ilustrar la necesidad de vigilancia y no para establecer la extensión de la ausencia. Si se dio alguna impresión sobre el momento del regreso, debió ser que la llegada se produciría durante la vida de los siervos. No hay absolutamente nada que indique, como alega Cameron, que esta parábola haga del regreso inminente del Señor “una posibilidad impensable”[15].

D.  La Gran Comisión

Mateo 28:18-20 registra la última orden de Cristo a sus seguidores antes de su ascensión. El pasaje se conoce generalmente como la “Gran Comisión,” o las “órdenes de marcha de la iglesia.” Aquí se expone la instrucción de despedida de nuestro Señor de llevar el evangelio a toda criatura y enseñar a todas las naciones lo que Él ha mandado (cf. Marcos 16:15, 16). Según Cameron, Jesús está exponiendo aquí un vasto programa para la época actual, y puesto que han pasado muchos siglos y todavía “todas las naciones, y pueblos, y tribus, y lenguas” no han sido alcanzadas por el evangelio, la idea de un inminente regreso de Cristo “es absurda”[16].

Hay que recordar una vez más que no se trata de que Dios conozca y registre su programa anticipado, sino de esta pregunta: “¿Habría hecho tal Escritura que los discípulos se dieran cuenta de la magnitud de la era venidera y así los hubiera obligado a renunciar a cualquier creencia personal en el inminente regreso de Cristo?” Cuando se recuerda la vitalidad y el celo de Pablo y otros conversos primitivos, con su testimonio que sacudía el mundo (Hechos 17:6), junto con el tamaño del mundo habitado entonces (reducido aún más por la influencia unificadora del dominio y las carreteras romanas), hay que confesar que la evangelización mundial era una posibilidad mayor en los días de Pablo que en los nuestros. Tampoco era la intención de la gran Comisión que Pablo y sus sucesores intentaran convertir al mundo, aunque los postmilenialistas se han esforzado por leer esto en el texto. Es muy evidente que los discípulos no entendieron así al Señor. Cuando Pedro se dirigió al concilio de Jerusalén, no dijo que todos los gentiles se iban a salvar durante esta época, sino que Dios visitaría a los gentiles “para tomar de ellos pueblo para su nombre” (Hechos 15:14). Thiessen ha comentado:

Lo que el Señor pidió a los discípulos fue que dieran testimonio a todas las naciones (Hechos 1:8), y que hicieran discípulos a los que creyeran. Es decir, la Gran Comisión señala el destino del evangelio, pero no hace ninguna predicción en cuanto al éxito del mismo[17].

Cuando la Gran Comisión dice “todas las naciones,” no puede significar que la totalidad de la población mundial deba ser salvada antes de que Cristo pueda venir. Sobre esa base, ninguna generación sería testigo de la venida del Señor de la gloria, porque cientos están naciendo en el mundo por cada nuevo convertido a Cristo. Pero si esto significa que todas las naciones deben tener la oportunidad de escuchar el evangelio, ese hecho por sí solo explica en gran medida el incentivo y el tremendo ímpetu misionero de la iglesia primitiva. Que esta es la conclusión correcta y que fue el punto de vista de los primeros cristianos, lo confirman las palabras de Pablo a los Colosenses:

. . . el evangelio, que ha llegado hasta vosotros … i en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro. (Col. 1:6, 23).

A la luz de este éxito abrumador concedido al programa misionero de la iglesia primitiva, no hay absolutamente ninguna indicación de que Mateo 28:18-20 fuera un obstáculo para su expectativa de que el Señor pudiera haber regresado en sus días[18].

E. Las Declaraciones de Pablo

En el caso de los argumentos en contra de la inminencia destaca la afirmación de que el apóstol Pablo no esperaba, ni podía esperar, que Cristo volviera en su vida. Parece que hay tres objeciones principales a la idea de que Pablo veía la venida de Cristo como inminente. La primera de ellas es que Pablo escribió a Timoteo acerca de «los últimos tiempos [cuando] algunos se apartarán de la fe» (1 Tim. 4:1-3), y de «los últimos días [cuando] vendrán tiempos peligrosos» (2 Tim. 3:1-5), hombres que tienen «apariencia de piedad», pero que niegan su poder. Aunque ahora se reconoce que esto es una imagen del fin de la era, los pecados enumerados son universales. Más allá de cualquier duda razonable, los cristianos de todos los siglos han encontrado estos versículos aplicables a los tiempos en los que vivían, al menos lo suficiente como para no ver la profecía como algo que aún espera su cumplimiento antes de que el Señor pueda venir. Como se ha señalado, la apostasía se instaló muy pronto (Gálatas 1:6; 3:1; 4:11; Hechos 15:1, ss). Si bien es cierto que las predicciones de Pablo sobre la apostasía final implican un desarrollo mayor que el alcanzado en su generación, la Escritura no declara que la consumación de la apostasía deba ocurrir antes del rapto. 2 Tesalonicenses 2:3 habla de una “apostasía,” y de la revelación del Hombre de Pecado, pero la Tribulación está aquí en vista y no las condiciones de la era de la Iglesia. La apostasía en su forma final alcanzará su clímax sólo bajo el liderazgo inspirado por Satanás del Anticristo durante la gran Tribulación.

La segunda objeción es que a Pablo se le prometió claramente una larga carrera como apóstol, y que escribió bajo inspiración que viajaría a tierras lejanas. En su conversión y bautismo, se le dijo que llevaría el nombre de Cristo «ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (Hechos 9:15). Realizó tres viajes misioneros. Visitó Éfeso y prometió volver. Planeó visitar a los santos en Jerusalén, visitar Roma y viajar a España (Rom. 15:23-25). ¿Cómo pudieron cumplirse todas estas cosas si Pablo veía la venida de Cristo como un acontecimiento inminente?

La respuesta al problema radica en el hecho de que Pablo sirvió al Señor con el espíritu de la exhortación: “Ocupaos hasta que yo venga” (Lucas 19:13). Todos sus planes, incluidos estos viajes propuestos, estaban supeditados a la dirección del Señor y a la posterior revelación de la voluntad de Dios para su vida. Así fue como condicionó su promesa a los de Éfeso: “pero otra vez volveré a vosotros, si Dios quiere.” (Hechos 18:21). A los cristianos de Roma les expresó su deseo de “tener un viaje próspero por la voluntad de Dios para ir a vosotros.” Muchas veces se había propuesto ir a ellos, pero se lo habían impedido (Rom 1:9, 10, 13). Escribió claramente a los corintios: “Pero iré pronto a vosotros, si el Señor quiere” (1 Cor. 4:19).

Pocos hombres han servido tan bien o han sufrido más por la causa de Cristo que Pablo, y sin embargo, junto con su servicio siempre se expresó como alguien que creía que el Señor podría venir en cualquier momento. A los filipenses les escribió: «Porque nuestra conversación [ciudadanía] está en los cielos, desde donde también esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo» (Fil. 3:20). Y oró por los cristianos de Tesalónica para que «todo su espíritu, su alma y su cuerpo se conserven irreprochables hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (I Tesalonicenses 5:23). Asimismo, los elogió por haberse convertido «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo desde el cielo» (I Tesalonicenses 1:9, 10). Tal actitud dista mucho de la que le atribuye el postribulacionista Cameron:

No buscó la “inminente” venida del Señor. Había sido demasiado bien instruido por el Príncipe de los maestros como para no cometer un error tan flagrante[19].

La tercera parte del argumento basado en la vida de Pablo es no sólo que iría “lejos a los gentiles” (Hechos 22:21), sino también que disfrutaría de una gran cantidad de años como apóstol de los gentiles. Siendo este el caso, se asegura que Cristo no podría haber regresado en vida. Pero se ha visto que Pablo no tardó en llegar a los gentiles; de hecho, ya había estado en los macedonios (Hechos 16). Llevar el evangelio hasta los confines se realizó rápidamente (Col. 1:6, 23). En cuanto a la duración de su vida, Pablo testificó en 1 Corintios 15:30: “¿Por qué estamos en peligro cada hora?” De su sufrimiento registró:

De los judíos cinco veces recibí cuarenta azotes, salvo una. Tres veces fui golpeado con varas, una vez fui apedreado, tres veces naufragué, una noche y un día estuve en el fondo…

Al leer estos y los siguientes versículos de 2 Corintios 11:23-28, apenas se puede concluir que Pablo gozaba de una gran seguridad de una vida larga y saludable. Su propósito no era necesariamente vivir, sino simplemente magnificar a Cristo Jesús, el Señor, en su cuerpo “ya sea con la vida o con la muerte” (Fil. 1:20, 21). Para Pablo, la duración de la vida no dependía de que fuera el apóstol de los gentiles, sino de que hiciera la voluntad de Dios, y esa misma actitud le permitía vivir y servir con la esperanza de un inminente regreso de Cristo[20].

F. ¿Por Qué Este Ataque a la Inminencia?

¿Qué intenta demostrar Cameron, y los muchos que siguen su ejemplo, con sus largos y laboriosos argumentos? ¿Cuál es el propósito de este argumento detallado y supuestamente incontestable que se esfuerza tan diligentemente en establecer? Seguramente tiene un motivo más profundo que intentar demostrar que los santos del primer siglo no buscaban a su Señor desde la gloria. Al final de este argumento, el motivo es finalmente expuesto:

Así, encontramos que los Apóstoles buscaban eventos intermedios entre ellos y la Venida del Señor. Esta actitud no hizo que su venida fuera menos preciosa para sus corazones. Ciertamente estamos en buena compañía cuando compartimos la misma fe y sentimiento, y sigue siendo la bendita esperanza para nuestros corazones[21].

En otras palabras, Cameron intenta demostrar que la segunda venida de Cristo era una preciosa esperanza para los apóstoles, pero no sobre la base de que pensaran que su venida era inminente, o que pudieran compartir la experiencia del rapto. Lo que realmente hizo que Su venida fuera una preciosa esperanza para ellos, cuando primero debían esperar la muerte de Pedro y la muerte de Pablo, y esperar la venida del Espíritu, la caída de Jerusalén, y el cumplimiento de la Gran Comisión, dando tiempo para que el evangelio llegara a España y para que la cizaña creciera con el trigo, Cameron y sus amigos no se preocupan de indicarlo. ¿Puede ser que la venida de Cristo fuera una fuente de consuelo y aliento para la iglesia primitiva porque, a pesar de otras predicciones, la consideraban inminente? Sin duda, esta es la verdad del caso.

Sin embargo, la doctrina del retorno inminente de Cristo no es atacada por su aplicación a la iglesia primitiva. Si se tratara de una cuestión que influyera sólo en esa generación de creyentes, podría ser más fácil descartar todo el asunto. El punto de vista postribulacional priva a cada generación de una esperanza inminente y, por consiguiente, reconfortante y purificadora. Sostiene que, como el rapto no es inminente en el primer siglo, no es inminente en ningún siglo, y no puede ser inminente ahora. El Anticristo y la gran Tribulación están por delante, y no hay base para esperar que Cristo venga antes de tales eventos claramente programados. No es bíblico esperar que este sea el año de Su regreso. Aunque Él viniera en esta generación, la Tribulación y el martirio están mucho más cerca. No hay necesidad de vigilar a Cristo; vigile al Anticristo – ¡él estará aquí primero! ¡Esto es postribulacionismo!

La doctrina del regreso inminente de Cristo es absolutamente fatal para tal filosofía postribulacional. Por lo tanto, presionan el ataque contra la inminencia y se esfuerzan tanto por descartar la doctrina. Se puede concluir de la misma debilidad de los argumentos de su principal portavoz que su tarea no se ha cumplido, ya que pueden ser enfrentados y derrotados en su propio terreno. Hasta ahora, la consideración ha sido negativa; la fuerza real de la doctrina de la inminencia se demostrará de forma más concluyente mediante el enfoque positivo: el testimonio de las Escrituras sobre la esperanza real de los apóstoles y la actitud de la iglesia primitiva.

III. LA ESPERANZA DE LA IGLESIA TEMPRANA

La confianza de los apóstoles en la posibilidad de un advenimiento temprano ha sido tratada en la sección anterior y sólo necesita un breve resumen en este punto. Una consideración de las Escrituras implicadas será suficiente para convencer al lector medio de que la esperanza de la venida de Cristo era compartida por la iglesia primitiva.

A. El Testimonio de la Escritura

Entre las palabras pronunciadas por Cristo a sus discípulos en la intimidad del aposento de la Pascua, se encontraban las que prometían una mansión celestial y un regreso seguro de Cristo para los suyos: “pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:2, 3). A esta promesa, los ángeles añaden su testimonio: “Este mismo Jesús… vendrá de la misma manera que le habéis visto ir al Cielo” (Hechos 1:11). Todo indica que los apóstoles recibieron tales promesas como si se aplicaran directamente a ellos mismos. En su carta a los cristianos de Corinto, Pablo escribe palabras aplicables a toda la Iglesia en la época actual: “No todos dormiremos, sino que todos seremos transformados, En un momento, en un abrir y cerrar de ojos …” (1 Cor. 15:51, 52), y ¿quién puede probar que el propio Pablo no abrigaba la esperanza de estar incluido entre los que no “dormirán”? Cuando escribió a los filipenses, les recordó la ciudadanía en el cielo: “de donde también esperamos al Salvador” (Fil. 3:20).

Cuando escribió a los colosenses, parte de su tema era: “Cuando Cristo, que es nuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros os manifestaréis con él en la gloria” (Col. 3:4). Cuando escribió a los tesalonicenses, les elogió por haberse «convertido de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo desde el cielo» (I Tesalonicenses 1:9, 10). Pablo instruyó a su hijo en la fe, Timoteo, y le exhortó a «guardar este mandamiento sin mancha, irreprensible, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tim. 6:14).

A los conversos judíos se les recordaba que «todavía un poco, y el que ha de venir vendrá, y no tardará» (Heb. 10:37). Santiago exhorta a aquellos a los que escribió: «Tened también vosotros paciencia; afirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca» (Santiago 5:8). Pedro señala que los que se burlan de la venida del Señor “ignoran voluntariamente” (2 Ped. 3:4, 5), mientras que Juan concluye el Apocalipsis y cierra el canon de las Escrituras con el alegre grito: “El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo pronto. Amén. Sí, ven, Señor Jesús» (Ap. 22:20). Aquí está el testimonio de la esperanza de la iglesia primitiva.

Se reconoce plenamente que éstas, y otras preciosas promesas similares, fueron dadas a través de los apóstoles y profetas a toda la iglesia, y para toda la época. Esto por sí solo es motivo suficiente para demostrar que todas las generaciones durante la era de la iglesia han tenido el derecho de considerar la venida de Cristo como inminente. Pero esos escritos del Nuevo Testamento fueron enviados a personas vivas y a lugares reales, enviados para responder a problemas reales en las iglesias locales existentes, y es innegable que la generación que recibió los autógrafos originales creyó que tenía derecho a tomar estas promesas para sí. Tampoco reprendió Pablo a los cristianos de Tesalónica por esperar «a su Hijo del cielo» con el argumento de que Pedro aún no había muerto, o que Jerusalén aún no había sido destruida.

La venida de Cristo era tan inminente en el primer siglo como lo es hoy, con lo que se quiere decir que desde el punto de vista del creyente, Cristo podría haber venido en esa generación. Desde las mismas Escrituras, los hombres de hoy esperan su aparición. Las promesas están redactadas de tal manera que cada época puede ver la venida como inminente y recibir la bendición y el consuelo de tal esperanza, sin que ninguna época o generación pueda decir enfáticamente: «Cristo vendrá en nuestros días».

B. La Esperanza de los Tres Primeros Siglos

No sólo se puede demostrar que la Iglesia del Nuevo Testamento consideraba inminente la venida de Cristo, sino que se llega a la misma conclusión a partir de los escritos de los hombres de Dios de las generaciones posteriores. Silver dice de los Padres Apostólicos que “ellos esperaban que el tiempo fuera inminente porque su Señor había enseñado a vivir en una actitud vigilante.”[22] Con respecto a los Padres Anti-Nicenos, dice: “Por tradición ellos conocían la fe de los Apóstoles. Algo de la evidencia de estas afirmaciones se presentará más adelante, bajo la consideración del «problema histórico» en el capítulo 10. Se pueden citar muchos autores para demostrar que la creencia en el pronto regreso de Cristo existió a lo largo de los tres primeros siglos. A pesar de pertenecer a la escuela teológica liberal, por su honestidad como historiador, A. Harnack escribe:

En la historia del cristianismo se encuentran tres fuerzas principales que han actuado como auxiliares del evangelio. Han suscitado el ardiente entusiasmo de hombres a los que la mera predicación del Evangelio nunca habría convertido en conversos decididos. Estos son la creencia en el pronto regreso de Cristo y en su glorioso reinado en la tierra…. Lo primero en el tiempo fue la fe en la proximidad del segundo advenimiento de Cristo y el establecimiento de su reino de gloria en la tierra. De hecho, aparece tan temprano que podría cuestionarse si no debería considerarse como una parte esencial de la religión cristiana[24].

El peso de la evidencia de los escritos de los apóstoles y de la fe de la iglesia primitiva en el tercer siglo está sólidamente detrás de la afirmación de que la Biblia enseña la inminencia del regreso de Cristo.

IV. LAS EXHORTACIONES DEL NUEVO TESTAMENTO

Hay en el Nuevo Testamento un conjunto de verdades que pertenecen legítimamente al epígrafe “La esperanza de la iglesia primitiva,” pero es lo suficientemente amplio como para justificar un tratamiento separado. Consiste en las exhortaciones apostólicas a mirar, vigilar, esperar y estar preparados para la venida del Salvador. Aquí se encuentra una prueba positiva y bíblica adicional de la inminencia de Su regreso. El argumento, en resumen, es el siguiente:

En Filipenses 3:20, Pablo habla de la ciudadanía en el cielo, “desde donde también esperamos al Salvador.” Hebreos 9:28 registra, “y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.” Según Tito 2:13, los creyentes deben estar “esperando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.”

Pablo … no nos pide que busquemos la Tribulación, o el Anticristo, o la persecución y el martirio, o la muerte, sino el regreso de Cristo. Si cualquiera de estos eventos debe preceder al Rapto, entonces ¿cómo podemos evitar buscarlos en lugar de la venida del Señor? Tal visión de la venida del Señor sólo puede inducir, en el mejor de los casos, un interés muy general por la “bendita Esperanza.”[25]

El hecho mismo de que todas las generaciones de cristianos hayan buscado y sean exhortados a seguir buscando la venida del Señor, da testimonio de que Cristo puede venir en cualquier momento. Sin embargo, algunos han perdido de vista este hecho y han seguido la filosofía de aquellos siervos que decían: «Mi Señor tarda en venir» (Mateo 24:48).

El hecho de que, de acuerdo con una Ley del Parlamento adoptada en 1752, el Libro Episcopal de Oración Común da instrucciones para calcular las fiestas del año eclesiástico hasta el año 8500 d. C., no estaba calculado para convencer a Darby y sus asociados hace un siglo de que los obispos y otros clérigos de la Iglesia oficial vivían en una ansiosa expectativa del advenimiento. Más bien indicaba que consideraban a la Iglesia de Inglaterra como firmemente establecida en la tierra y esperaban que siguiera siendo su «mundo sin fin»[26].

A las exhortaciones a esperar el regreso de Cristo se añaden las exhortaciones similares a velar. Este mandato se da a la Iglesia en vista del rapto en 1 Tesalonicenses 5:6. «No durmamos, pues, como los demás, sino velemos y seamos sobrios». La misma exhortación se da a la iglesia de Sardis, en Apocalipsis 3:3. «Si, pues, no velares, vendré a ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré a ti». Una orden similar de velar se da a los creyentes, particularmente a Israel, que estará bajo la persecución de la Bestia durante la gran Tribulación. «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora vendrá vuestro Señor» (Mateo 24:42; cf., 25:13; Apocalipsis 16:15). «Bienaventurados los siervos a quienes el Señor, cuando venga, encuentre velando» (Lucas 12:37; cf., 21:36). Así, la actitud de vigilancia es propia de cualquier creyente en Cristo, y la exhortación a velar parece aplicarse a la segunda venida en su conjunto. Ciertamente, el lenguaje de Marcos 13:32-37, aunque se da en el marco del regreso del Señor a la tierra, puede usarse por aplicación como una exhortación general a todos los santos en el curso de toda la era:

Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre. Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad..

Durante estos muchos años, los creyentes han estado esperando y vigilando a su Señor de la gloria. Han creído que, aunque Su venida no sea inmediata, ni necesariamente en su vida, Su venida podría ser muy pronto. Cansados por la presencia del pecado o doloridos por la presencia de la enfermedad, por la mañana han dicho: «¡Tal vez hoy!» y por la noche han susurrado: «¡Tal vez esta noche!» Han «amado su aparición», viéndola como inminente, y así han esperado el regreso del Salvador. Sin embargo, con todo ello han vivido de acuerdo con esa otra exhortación más práctica: «Ocupaos hasta que yo venga». Como bien dice Blackstone:

La verdadera vigilancia es una actitud de la mente y del corazón que se aleja alegre y rápidamente de cualquier ocupación para ir al encuentro de nuestro Amado, exclamando con entusiasmo «éste es el Señor; le hemos esperado»[27].

No hace falta decir que el punto de vista postribulacional desacredita y despoja a las exhortaciones bíblicas a la vigilancia de cualquier significado real y significativo. Esto lo vio claramente el honorable James H. Brookes:

Si la Iglesia debe pasar por la tribulación, es inútil velar por Él diariamente. Según este punto de vista, la apostasía debe primero establecerse como una inundación, y barrer la gran masa del cristianismo profesante, el Anticristo en su orgullosa anarquía debe desarrollarse, y los judíos restaurados en la incredulidad a su propia tierra. Ninguna de estas cosas ha ocurrido [la última sólo en parte]: y por lo tanto es imposible que los que sostienen el error, aquí condenado, presten atención a la advertencia del Salvador: «Velad, pues, y orad siempre», lanzando el grito del anhelante apóstol: “Sí, ven, Señor Jesús,” Apocalipsis 22:20. Se ponen en desacuerdo con la mente del Maestro, pues posponen su advenimiento al menos durante algunos años[28].

La tercera exhortación con vistas a la segunda venida de Cristo es la de esperar. Tal es la actitud de los creyentes que esperan la redención de sus cuerpos (Rom. 8:23). Los de Corinto se quedaron atrás en nada, «esperando la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 1:7), mientras que los creyentes tesalonicenses servían al Dios vivo y verdadero y esperaban a su Hijo desde el cielo (1 Tes. 1:10; cf., 2 Tes. 3:5). Ciertamente, esta es una actitud normal para los hombres redimidos que ven la venida de su Señor como inminente. Se podría esperar que el mandato de esperar (Lucas 12:36) y estar preparados (Lucas 12:40; Mateo 24:44) se diera proféticamente a los hombres de la gran Tribulación que han rechazado la marca de la Bestia que sellaría su perdición (Apocalipsis 14:9, 10). Éstos estarán esperando y vigilando ansiosamente a Aquel que destruirá a sus enemigos con el resplandor de su aparición (2 Tesalonicenses 2:8). Sin embargo, no es de esperar que estas mismas exhortaciones sean dadas en general a la Iglesia, como lo son, a menos que se pretenda que cada generación de creyentes se caracterice por una actitud de espera vigilante, viendo la venida de Cristo para Su Iglesia como inminente a lo largo de la era.

No es necesario que estos mandatos de velar, esperar y estar preparados sean palabras técnicas utilizadas sólo para el rapto, o para la revelación. Se ha demostrado que estas exhortaciones fueron dadas a la Iglesia del primer siglo y son aplicables a toda la época, lo que en sí mismo apoya la doctrina de la inminencia. Sólo cuando el creyente se da cuenta de que la venida de Cristo puede ser muy pronto, y debe ser antes de la revelación del Anticristo y del día de la ira derramada de Dios, puede expresar la esperanza:

Espero el amanecer, Del brillante y bendito día:

Cuando la noche oscura del dolor, Se haya desvanecido lejos:

Cuando para siempre con el Salvador, Más allá de este valle de lágrimas,

Entonaré la canción de adoración, A través de los años eternos.

Estoy mirando el brillo, (Mira, brilla desde lejos,)

Del claro y alegre resplandor, De la «Brillante y Estrella de la Mañana»;

A través de la oscura niebla gris de la mañana, Veo su gloriosa luz;

Entonces se aleja toda sombra, De esta noche triste y cansada.

Espero la llegada, Del Señor que murió por mí;

¡Oh! Sus palabras han estremecido mi espíritu: «Volveré por ti».

Casi puedo oír sus pasos, En el umbral de la puerta,

Y mi corazón, mi corazón anhela ser suyo para siempre.

Para evitar toda la fuerza del argumento de la inminencia de estas exhortaciones a mirar, vigilar y esperar, los postribulacionistas han tratado de demostrar mediante una ilustración que los acontecimientos programados antes de la venida no nos impiden vigilar a Cristo mismo. Cuando se está en la estación esperando un tren que lleva a un amigo querido, se argumenta, se observan las señales. Mientras el semáforo esté en ángulo recto, sabes que el tren no ha pasado por la última estación, pero estás pendiente, no de la caída del semáforo, sino de tu amigo que está cerca[29]. A lo lejos, oyes la banda que encabeza el desfile, pero mientras esperas la primera vista de la banda, en realidad buscas, no la banda, sino al propio rey.

A partir de estas ilustraciones, los postribulacionistas harían creer al cristiano que el Anticristo, la Tribulación y la ira de Dios no les impiden mirar más allá para la venida del Rey. Estos otros eventos no son sino la «banda» que precede a la carroza real.

Sin embargo, es responsabilidad nativa de una ilustración parecerse al menos a la cosa ilustrada. Esperar a que caiga una señal es ciertamente una actividad inofensiva, pero difícilmente ilustrativa de siete años de horror como el mundo nunca antes ha conocido, cuando los hombres buscarán la muerte y no la encontrarán, cuando se roerán la lengua de dolor y clamarán que las montañas caigan sobre ellos para ocultarlos de la ira de Aquel que se sienta en su trono. La banda de música que precede alegremente al monarca real apenas ejemplifica la perspectiva de guerra y hambre, de muerte y destrucción sin parangón, de conflicto con la gran Bestia y de tumba de mártir al final. Tales ilustraciones, típicas de la argumentación postribulacional, no ilustran, sino que ocultan la verdad. Lo único que se ilustra es la tendencia de aquellos que rechazan un rapto «en cualquier momento», ya sean postribulacionistas o amilenaristas, a espiritualizar cualquier significado verdadero del período de la Tribulación, haciéndolo equivalente a cualquier otro tiempo de persecución soportado por el pueblo de Dios. Al aferrarse a tales pajas para sus ilustraciones, la verdad de la inminencia no es herida. Más bien se reivindica.

Las Escrituras unen a las exhortaciones a mirar, velar y esperar tres características distintas del rapto que indican además que este acontecimiento debe preceder a la Tribulación. Para el cristiano de esta época, la venida de Cristo es una «esperanza bendita», una «esperanza consoladora» y una «esperanza purificadora». Los que aman al Señor están obligados a esperar «esa bendita esperanza, y la gloriosa aparición del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo (Tito 2:13). No deben lamentarse por los seres queridos que están «dormidos» como hombres que no tienen esperanza, porque Cristo los resucitará también, «y así estaremos siempre con el Señor». Por tanto, consolaos unos a otros con estas palabras» (I Tesalonicenses 4:13-18). En efecto, el primer consuelo dado a los desconcertados discípulos que vieron a su Señor ascender al cielo y que entonces se quedaron mirando al cielo, fue: «Este mismo Jesús… vendrá de la misma manera» (Hechos 1:11). Anteriormente, habían sido consolados con la misma esperanza: “voy, pues, a preparar lugar para vosotros… Y si me fuere y os preparare lugar” (Juan 14:1, 3). Este retorno del Señor es significado más tarde por Juan como una esperanza purificadora cuando dijo: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Juan 3:3; cf. 2:28; 2 Pedro 3:14). El mismo Pablo exhortó: “Que vuestra gentileza sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca” (Fil. 4:5).

No hay nada malo en cualquier sistema de interpretación que destruya la fuerza de exhortaciones como estas, pintando sobre los brillantes matices de la esperanza de un inminente regreso de Cristo con los sombríos matices de la inminente Tribulación. Sin embargo, Frost introduce su capítulo titulado “La Venida Postribulacional” con estas palabras:

Mi propósito ahora será indicar que el segundo advenimiento, según las Escrituras, no puede esperarse momentáneamente, ya que no tendrá lugar hasta que Dios haya cumplido ciertos grandes propósitos suyos y haya llevado a cabo la última gran prueba y purificación de su pueblo en medio de los fuegos del horno. En cuanto a este último aspecto de nuestro tema, permítanme admitir con franqueza que no es un tema que invite a ello, pues todos nosotros nos retraemos del sufrimiento de cualquier tipo. Pero permítanme añadir que no debemos eludir las presentaciones proféticas simplemente porque son oscuras y siniestras[30].

Ahora se admite libremente que la Tribulación será «oscura y siniestra». No hay nada atractivo en el jinete del caballo pálido, llamado Muerte, que es seguido por otro llamado Infierno, ambos matan con la espada y con el hambre, con la muerte y las bestias de la tierra. No hay nada atractivo en el tormento de las langostas infernales, ni en los viles ríos de aguas convertidas en sangre, ni en las plagas de llagas graves sobre los cuerpos de los hombres, ni en el gran granizo caído del cielo, ni en el lagar de la ira de Dios todopoderoso.

Tampoco hay nada particularmente atractivo en un sistema de interpretación que sustituya la expectativa de estas pruebas por la bendita esperanza del pueblo de Dios. No está de más preguntar a los que erróneamente llevarían a la Iglesia, la esposa de Cristo, al tiempo de la «angustia de Jacob», si para ellos estas penas comprenden la «bendita esperanza». ¿Es por la muerte, el infierno y la ira por lo que hay que velar? ¿La perspectiva de las llagas dolorosas y de la peste infernal constituye el preludio de la «esperanza consoladora» de la Iglesia? ¿Puede el cristiano regocijarse plenamente en el conocimiento de su pronta venida, creyendo que aquellos que comparten la experiencia del rapto deben primero soportar la mayor hora de tormento en la historia de la tierra y que, en el mejor de los casos, el privilegio del rapto espera sólo a los pocos que escapan de la furia de la Bestia y de una muerte de mártir? La interpretación pretribulacional de la profecía puede tener algunas dificultades, ¡pero ninguna tan grave y de gran alcance como éstas!

El mismo hecho de que el pasaje principal sobre el rapto de la Iglesia (I Tesalonicenses 4:13-18) declare que este mensaje es de consuelo, hace increíble un rapto postribulacional. Esperar siete años de intenso sufrimiento, la «purificación de su pueblo en medio de los fuegos del horno», como dice Frost, es una dudosa fuente de esperanza o consuelo. No es un consuelo ni un estímulo decir a los santos que sufren que les esperan cosas mucho peores. Hay toda la diferencia del mundo entre buscar al Señor y buscar al Anticristo, el falso Mesías del Diablo. El significado que se pretende claramente en el pasaje de Tesalonicenses es que los santos deben ser consolados por la perspectiva de la venida de Cristo. No hay la menor insinuación de que los santos angustiados deban soportar una angustia aún mayor en la Tribulación. Antes que entrar en ese período de angustia y tormento, sería mucho mejor morir, pues estar ausente del cuerpo significa estar gloriosamente presente con el Señor (2 Cor. 5:8). La muerte es un enemigo derrotado, que ha perdido su aguijón por la victoria de Cristo sobre la tumba (I Cor. 15:54-57), pero es un enemigo, y como tal es de dudoso consuelo. Sin embargo, la muerte es preferible a la gran tribulación.

Sólo una posición hace honor a las Escrituras que hablan de esperanza y consuelo, y sólo una interpretación tiene sentido en vista de las exhortaciones a mirar, esperar y velar por el Señor desde la gloria. Esto es para entender y estar seguros de que Dios no empujará a Su Iglesia al período de la Tribulación. Otros pueden declarar estas porciones proféticas «oscuras y siniestras». Aún otros pueden tratar de armonizar la vida y la muerte, la bendición y la maldición, el consuelo y la perspectiva de la sangre de los mártires, pero el cristiano instruido se animará en el Señor y en la esperanza de Su inminente regreso pretribulacional. Con esta esperanza, los cristianos se animarán y sostendrán unos a otros, y a la luz de tal esperanza le servirán, purificando sus vidas para tener confianza y no ser avergonzados ante Él en su venida.

¡Oh, gozo! ¡Oh, qué gozo! Si nos vamos sin morir:

¡Sin enfermedad, sin tristeza, sin dolor y sin llanto!

Atrapados en las nubes con el Señor en la gloria

¡Cuando Jesús reciba a los Suyos!

V. EL RETORNO INMINENTE: UN INCENTIVO PARA LA SANTIDAD

La doctrina del regreso inminente de Cristo no sólo mantiene las promesas y exhortaciones relacionadas con su venida en su perspectiva apropiada y bíblica, sino que también esta verdad es uno de los mayores incentivos para la Iglesia para la vitalidad del servicio y la santidad de vida. Charles R. Erdman ha expuesto claramente el caso:

El hecho de la Parusía ha sido, en todas las épocas de la Iglesia, una fuente de inspiración y de gozo. En ella se basan las exhortaciones a la pureza, la fidelidad, la santidad, la esperanza y prácticamente todas las virtudes de la vida cristiana[31].

Gibbon, el autor de la inmensa obra «La Decadencia y la Caída del Imperio Romano», y él mismo un crítico acérrimo de todo lo relacionado con el cristianismo, se ve obligado a admitir cuando escribe sobre la venida de Cristo:

Los que entendían en su sentido literal los discursos del propio Cristo estaban obligados a esperar la segunda y gloriosa venida del Hijo del Hombre antes de que esa generación fuera totalmente distinguida…. Mientras se permitió que este error existiera en la Iglesia con fines sabios, produjo los efectos más saludables en la fe y en la práctica de los cristianos que vivían en la espantosa expectativa de ese momento[32].

Es lógico que los cristianos, que creen que Cristo puede volver y arrebatar a los suyos casi en cualquier momento y que su recompensa en el juicio del tribunal Bema está determinada por su comportamiento y servicio antes de la experiencia del rapto, tienen un tremendo incentivo siempre presente para vivir bien agradando a la vista del Señor. Ahora bien, es cierto que la doctrina de la segunda venida no es la única (y puede que ni siquiera sea la principal) guía para el comportamiento cristiano. Tenemos toda la Palabra de Dios y debemos guiarnos por sus instrucciones claras y directas para la vida cristiana. Sin embargo, la creencia en el inminente regreso del Señor proporciona un tremendo incentivo para el comportamiento correcto, que bien puede explicar por qué el Espíritu dio las promesas de la segunda venida de tal manera que han sido apropiadas por los creyentes de cada generación. Es el siervo malo, que está persuadido en su corazón: «Mi señor retrasa su venida», el que procede a golpear a sus consiervos y a comer y beber con los borrachos (Mateo 24:49-51). Tal es el mal efecto en la conducta de los hombres que no esperan el regreso del Maestro.

Se ha visto que la venida de Cristo para los suyos es una «esperanza purificadora». En Tito 2:12, 13, el esperar a Cristo se vincula con vivir sobriajusta y piadosamente. En 1 Tesalonicenses 5:6, la segunda venida se traduce en sobriedad; Santiago 5:7, 8, en paciencia; Filipenses 1:10, en sinceridad; 1 Juan 3:3, en pureza; 1 Tesalonicenses 3:12, 13, en amor fraternal y santidad, etc. Blackstone enumera cuarenta usos de la doctrina de la segunda venida en el Nuevo Testamento, y concluye:

Se emplea para armar las apelaciones, para señalar los argumentos y para reforzar las exhortaciones. ¿Qué hay más práctico en cualquier otra doctrina?[33].

El valor de la verdad de la inminencia en la vida y la perspectiva de los santos está bien resumido por Brookes:

Si creemos de corazón y en la práctica que el Señor puede venir por su pueblo en cualquier momento, esto debe separarnos del mundo, y matar el egoísmo, y destruir las raíces de la ambición personal, y aumentar el amor fraternal, e intensificar el celo, y profundizar la preocupación por la salvación de los perdidos, y dar consuelo en la aflicción, y ponernos en un estado de preparación para la gran entrevista, como una novia que se prepara para recibir a su novio. Oh, no hay verdad en la Biblia que pueda traer mayor bendición al alma, cuando se recibe en el poder del Espíritu Santo, pero esta bendición se ve en gran medida obstaculizada si se nos enseña a esperar que nuestra reunión con él está más allá de la terrible tribulación que vendrá sobre todo el mundo[34].

Desde el punto de vista de un pastor o evangelista, el valor de enseñar y predicar la inminencia del regreso de Cristo está claramente marcado. Predique que la venida de Cristo de la gloria es un evento inminente, que puede ocurrir incluso en nuestros días, y la gente es bendecida y los corazones palpitan con una anticipación gozosa. Enseña que la Iglesia debe enfrentar los fuegos de la gran Tribulación, y envías a la gente de vuelta a sus hogares con desaliento y consternación. Predica el punto de vista postribulacional a los creyentes que esperan y aguardan Su regreso, y se siembra la discordia y la angustia en el medio. Se podrían citar fácilmente múltiples ejemplos de que esto es cierto. Enseña el regreso inminente de Cristo y la gente se renueva en esperanza y valor, a pesar de la oscuridad circundante.

Es importante recordar que en la enseñanza de la doctrina de la segunda venida, el tema principal y el centro de atracción debe ser Cristo mismo, y no simplemente un deseo humano de escapar de la Tribulación, o incluso el santo deseo de ganar el cielo. Cristo es el tema central de la Biblia. Él es aquel de quien escribieron los profetas y los apóstoles y a quien los ángeles y las huestes redimidas atribuyen alabanza y gloria y honor. Cristo, y sólo Cristo, debe ser nuestra esperanza: no la gloria de la venida, no el gozo y el beneficio que traerá su venida, sino sólo Cristo. Nuestro deseo es hacia Él. Nuestra visión debe ser aclarada y nuestros oídos deben estar afinados para la vista y el sonido de Aquel que prometió: «Ciertamente, vengo pronto». Lo siguiente para la Iglesia, ese acontecimiento largamente prometido que está más cerca y es por tanto inminente, es Su venida. Que los corazones de todos los que lean estas líneas se agiten de nuevo para responder: “Sí, ven, Señor Jesús.”

VI. RESUMEN Y EXHORTACION

Se espera sinceramente que aquellos que han seguido este argumento a favor del pretribulacionismo hasta ahora, incluyendo a aquellos que pueden no estar totalmente de acuerdo con la posición aquí presentada, puedan regocijarse en el hecho y la seguridad de la venida de Cristo. Que los valores espirituales personales no se pierdan en el interés de establecer distinciones teológicas.

En cuanto a la discusión que nos ocupa, los argumentos de Robert Cameron, como portavoz del caso contra la inminencia, han sido presentados y, se cree, respondidos de manera justa y concluyente. La iglesia primitiva no sólo esperaba el regreso de Cristo, sino que fue exhortada y alentada por los apóstoles a hacerlo. Se dice que un saludo común entre los cristianos en los primeros días de la Iglesia era «¡Maranatha!» – ¡Nuestro Señor viene! Las predicciones relativas a la muerte de Pedro o Pablo, etc., nunca parecieron ser un obstáculo para la creencia del primer siglo en el inminente regreso del Señor, y ciertamente no lo han sido desde ese siglo.

Se ha establecido a partir del Nuevo Testamento que la venida de Cristo era la esperanza de la iglesia primitiva, y a esas Escrituras se añadió el peso de las constantes exhortaciones a mirar, vigilar y esperar el regreso del Señor. Se ha visto que la teoría del rapto posterior a la tribulación es incongruente con el hecho de que el rapto comprende la bendita esperanza, la esperanza consoladora y la esperanza purificadora de la Iglesia. Se ha demostrado que la venida de Cristo por los suyos es para la Iglesia uno de sus grandes incentivos para la santidad y el servicio, y que esto alcanza su plena fuerza sólo cuando el rapto se considera pretribulacional. Así, las Escrituras del Nuevo Testamento dan amplio testimonio de la verdad y el valor práctico del inminente regreso de nuestro Señor desde la gloria. Puesto que, entonces, los cristianos buscan a Cristo y no al Anticristo, y el gozo de su venida en lugar de la ira y la desesperación de la Tribulación, que tengan cuidado de servir a Cristo fielmente, recortando sus lámparas para que brillen más, caminando por el sendero de esta vida con muchas miradas hacia arriba, hacia Aquel cuya venida es su esperanza.


[1] Arthur T. Pierson, The Coming of the Lord, p. 53.

[2] Robert Cameron, Scriptural Truth About the Lord’s Return, pp. 21-69.

[3] Ibid., p. 21.

[4] Ibid., p. 23.

[5] Ibid., p. 29.

[6] Ibid., p. 30.

[7] Ibid., p. 41.

[8] Edmund Shackleton, Will the Church Escape the Great Tribulation?, pp. 31, 32, cited by Reese, The Approaching Advent of Christ, p. 231.

[9] Oswald Smith, God’s Future Program:  Will the Church Escape the Tribulation? cited by John J. Scruby, The Great Tribulation:  The Church’s Supreme Test, p. 75.

[10] Henry C. Thiessen, “Will the Church Pass Through the Tribulation?”  Bibliotheca Sacra, XCII (July-September, 1935), 310.

[11] Cameron, op. cit., pp. 28, 29.

[12] La esperanza de la venida de Cristo en los tres primeros siglos se analizará en el capítulo 10.

[13] Thiessen, op. cit., p. 310.

[14] Cameron, op. cit., p. 29.

[15] Cameron, loc. cit.

[16] Ibid., p. 34.

[17] Thiessen, Will the Church Pass Through the Tribulation?, p. 52.

[18] Reese, op. cit., escribe un capítulo titulado “La Gran Comisión Misionera y Su Cumplimiento, pp. 108-19. Todo el esfuerzo es un ataque a Darby y a algunos de sus seguidores que aplicaron la Gran Comisión al celo evangelizador del remanente judío durante el período de la Tribulación. Reese trata de atribuir esta interpretación ciertamente ultradispensacional al pretribulacionismo en su conjunto, y luego procede a refutar el punto de vista con sarcasmo y ridiculización. Aunque puede ser un hábil recurso de polemista dar la impresión de que la posición del oponente no es sólida atribuyéndole, y luego atacando, una opinión extrema sobre un punto menor, el valor de tal tergiversación es cuestionable.

[19] Cameron, op. cit., p. 50.

[20] Además de estos objetivos principales para una creencia temprana en la inminencia de la aparición de Cristo, se plantean una o dos objeciones más insignificantes, como la prometida destrucción de Jerusalén. Lucas 21:20-24 registra esta predicción de Cristo, y se argumenta que aquí había otro evento conocido y claramente profetizado que separaba a los primeros cristianos de cualquier esperanza de estar en el rapto. Sin embargo, cuando se observa que el momento de esta destrucción no fue predicho -podría haber llegado mucho antes del año 70 d.C.- y cuando se comprende que la destrucción podría haber sido parte del tiempo de angustia después del rapto, esta objeción pierde toda su fuerza.

[21] Cameron, op. cit., p. 68.

[22] Jesse Forest Silver, The Lord’s Return:  Seen in History and Scripture as Premillennial and Imminent, pp. 62, 63.

[23] Ibid., p. 64.

[24] A. Harnack, “Millennium,” Encyclopaedia Britannia (ninth edition), XVI, 314.

[25] Thiessen, Bibliotheca Sacra, XCII (July-September, 1935), 307.

[26] Oswald T. Allis, Prophecy and the Church, p. 167.

[27] W. E. Blackstone, Jesus Is Coming, p. 65.

[28] James H. Brookes, “Kept Out of the Hour,” Our Hope, VI (November, 1899), 154.

[29] Cameron, op. cit., p. 107.

[30] Henry W. Frost, The Second Coming of Christ, p. 202.  Italics added.

[31] Charles R. Erdman, “Parousia,” The International Standard Bible Encyclopaedia, IV, 2521-F.

[32] Cited by I. M. Haldeman, The History of the Doctrine of Our Lord’s Return, p. 17.

[33] Blackstone, op. cit., p. 181.

[34] Brookes, op. cit., p. 157.

El estado de gloria

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por Sinclair B. Ferguson

El estado de gloria

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

ace ya mucho tiempo, mientras entrenaba en un campo de práctica de golf, un hombre un tanto mayor que yo me ofreció su moderno palo vanguardista de última tecnología, que tenía una gran cabeza. «Prueba este, hijo», me dijo. Y me insistió. Dejé a un lado mi viejo palo de cabeza de madera (lo había comprado usado por £5) y probé su versión ultramoderna de cabeza de metal. La bola salió disparada y aún se mantenía en el aire cuando pasó sobre mis intentos anteriores. De pronto, el golf pareció más fácil, y mi golpe, mucho más poderoso.

No podía creerlo. Tampoco podía costear mi propio palo de última tecnología. Sin embargo, pensé que así es como debe ser la resurrección del cuerpo en el estado de gloria. Ya no será más débil, sino poderoso; la obediencia ya no será una batalla contra el mundo, la carne y el diablo, sino algo natural, al ritmo afable y alegre de un mundo libre del pecado. Si puedo disfrutar de esta nueva tecnología en un palo de golf, qué maravilloso será vivir en el pleno resplandor de la presencia de Dios.

Aunque era escocés, no existe ningún registro de que Thomas Boston (1676-1732), el autor del libro Human Nature in Its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], haya jugado golf. No obstante, tuvo razones más importantes para reflexionar en la vida libre de pecado y enfermedades, y en la felicidad perfecta que traerá el estado de gloria. Durante los años en que Boston trabajó en los sermones y luego en el manuscrito que se convirtió en dicho libro, su amada esposa Catherine padeció una enfermedad invalidante y angustiosa, y la muerte infantil entró en su hogar. Por eso, la expectativa de la gloria por venir fue una realidad que lo sostuvo en medio de las pruebas y a la vez una motivación para vivir por su Señor Jesús a la luz de esa esperanza.

El conocimiento del estado de gloria no hará menos por nosotros. Pero, ¿qué podemos decir al respecto? Las Escrituras tienen mucho que decir sobre el estado de gloria. Algunas de sus enseñanzas pueden resumirse, quizá apropiadamente, bajo siete encabezados.

PROMETIDO POR LA PALABRA DE DIOS

Piensa en esto: no sabríamos nada del estado de gloria si no fuera por la Palabra de Dios y Sus promesas. Dios no necesitaba decirnos nada; después de todo, pudo haberse guardado todo como una sorpresa futura.

No obstante, nuestro Padre celestial es demasiado bondadoso como para negarles a Sus hijos la esperanza en un mundo de desesperación o la luz en un mundo de tinieblas. En Su gracia, nos ha dicho mucho, aunque no todo (no podríamos entender todo), sobre el mundo futuro. Entonces, «según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia» (2 Pe 3:13). Pedro nos dice que este conocimiento debería tener un impacto transformador en nuestras vidas (v. 17).

Pero ¿qué es exactamente lo que se promete?

El punto de los contrastes entre este mundo y el siguiente es simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

EN CONTRASTE CON LA VIDA PRESENTE

Una de las formas en que aprendemos es contrastando lo que ya sabemos con lo que aún necesitamos descubrir. La Escritura emplea este método en referencia a la resurrección. Nuestros cuerpos son como semillas que se siembran en la tierra. Perecen, pero luego emergen como flores gloriosas.

Nosotros también morimos y somos «sembrados» en el suelo. Pareciera que en los momentos finales de la vida está escrita la palabra «fin». Como observó el filósofo Thomas Hobbes, la vida puede ser «repugnante, brutal y corta». Por naturaleza estamos «sin esperanza», y cuando se acerca la muerte que todo lo conquista, la evidencia parece confirmar esa realidad. Sin embargo, señala Pablo, así como la semilla que cae en el suelo se desintegra y «muere» solo para «resucitar» otra vez como una hermosa flor, lo mismo ocurre con nuestros cuerpos:

Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual… Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (1 Co 15:42-4453).

Piensa en eso: tendremos un cuerpo imperecedero, glorioso, poderoso, espiritual e inmortal.

Pero eso no es todo, Pablo también contrasta la vida que termina en la muerte con la muerte que termina en la vida. Aquí experimentamos aflicción; allí, gloria. Aquí todo es temporal; allí todo es eterno. Lo que aquí parece pesado allí parecerá «ligero» y lo que hay allí parecerá un «peso». Aquí este mundo parece sustancial y lo que «no se ve» parece insustancial, pero allí la realidad será precisamente lo opuesto.

¿Cuál es el punto de estos contrastes? Simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

LA CONSUMACIÓN DE LOS PROPÓSITOS YA HA COMENZADO

Aun así, también existe continuidad entre el «ahora» y el «todavía no», pues con la resurrección de Cristo el futuro ya ha comenzado en nuestra historia. Él es «primicias de los que durmieron» (1 Co 15:20). Su resurrección garantiza la nuestra, así como las primicias garantizan la cosecha final.

¿Cómo así? Debido a nuestra unión con Cristo, como notó Agustín, nuestro Señor se considera a Sí mismo incompleto sin nosotros. Entonces, cuando Él resucitó de los muertos, nosotros resucitamos en Él; cuando fuimos unidos al Salvador resucitado mediante la fe, fuimos ligados al Resucitado de manera tal que es imposible que no volvamos a resucitar un día. De hecho, tan indestructible es esta unión que el día «cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria» (Col 3:4).

En un cierto sentido, ya nos ha sido dada «vida juntamente con Cristo… y con Él nos resucitó» (Ef 2:5-6). La vida del futuro ya ha echado raíces en nosotros. Aunque aún residimos en un mundo moribundo, ya hemos muerto (al pecado) y hemos sido resucitados a novedad de vida (Rom 6:1-4). Ya no estamos bajo el dominio del pecado, de su culpa ni del poder de Satanás. La libertad de la gracia ya es nuestra, aunque todavía no gozamos de la plena «libertad de la gloria» (8:21). Sin embargo, estamos seguros de que Dios le dará los retoques finales a la buena obra que comenzó en nosotros (Flp 1:6). El mundo por venir nos parecerá asombrosamente nuevo, pero algo de él nos parecerá vagamente familiar.

El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

SECUELAS DEL JUICIO FINAL

«Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio» (Heb 9:27). No todas las cosas se resuelven en esta vida: los impíos prosperan a menudo, los rectos con frecuencia incluso sufren martirio. No solo es cierto (como comenta Hamlet, el personaje de Shakespeare) que «el tiempo está fuera de quicio»: el mundo entero está fuera de quicio.

La justicia final no prevalece en este mundo. Pero en el día que dará paso al estado de gloria, todos los males se rectificarán. Todas las personas serán evaluadas: «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo» (2 Co 5:10).

El «todos» que Pablo usa aquí significa «todos». Como escribiera el joven Robert Murray M’Cheyne (cuando estaba cerca de experimentar por sí mismo esa realidad): «Mientras caminaba por los campos, me vino el pensamiento, casi con poder apabullante, de que cada miembro de mi rebaño pronto estará en el cielo o en el infierno».

En aquel día, se verá la justicia perfecta de Dios, pues todos serán juzgados «conforme a sus obras» e incluso los secretos serán juzgados «mediante Cristo Jesús» (Rom 2:616). El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

No habrá excusas. Si estamos sin Cristo y sin el vestido de bodas que Él nos da para cubrirnos en Su justicia, seremos excomulgados a las tinieblas de afuera de las que nuestro Señor dio repetidas advertencias a lo largo de Su ministerio (Mt 8:1222:1325:30). Luego de amar más las tinieblas que la luz (Jn 3:19), luego de rebelarse contra Dios y de haber insistido en decir: «Hágase mi voluntad así en la tierra como en el cielo», los incrédulos oirán las palabras más terribles del universo ―«Hágase Tu voluntad»― y las tinieblas «de afuera» serán su destino.

Pero ¿y qué del creyente? ¿Cómo es posible que el hecho de que seamos juzgados «conforme a nuestras obras» derive en el estado de gloria? Es posible porque el Señor siempre juzga a los justificados conforme a su «obra de fe, [su] trabajo de amor y la firmeza de [su] esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 1:3). Al que ha sido fiel en lo poco no solo se le dará «más», sino «mucho». El siervo que produjo cinco minas (un poco más de un año de salario) a partir de una fue puesto sobre cinco ciudades. El juicio de su señor fue en proporción a la fidelidad del siervo (cinco por cinco), pero la recompensa desproporcionada vino de la abundante gracia de su señor (Lc 19:18-19).

Lo mismo ocurrirá en el estado de gloria. Lo que ahora está oculto será revelado. De seguro habrá sorpresas.

En este mundo, a veces nos encontramos con viejos amigos a los que no hemos visto en décadas, y mentalmente tenemos que estirar sus arrugas o volver a ponerles pelo en la cabeza para poder reconocerlos. Sin embargo, en ese mundo, bien puede ser que las primeras palabras que nos digamos sean: «¡Vaya, así es como en verdad eras!» (ver 1 Jn 3:1-2). La verdad oculta de lo que Dios nos ha hecho por fin será visible para todos. Este juicio de nuestras obras también será en conformidad a la gracia de Cristo, en quien hemos sido justificados y santificados.

LA REGENERACIÓN DE TODAS LAS COSAS

En la actualidad, no vemos que todo esté puesto bajo los pies de Jesús (Heb 2:5-9), pero cuando Él vuelva, subyugará todo lo que es malo y consumará lo que inauguró en Su resurrección. Esta es Su obra como el segundo hombre y el postrer Adán, el Verdadero Hortelano (Gn 1:28).

No toda la tierra era un huerto; Adán, Eva y su posteridad tenían que convertirla en uno. A lo mejor María no estaba tan equivocada «pensando que era el hortelano» (Jn 20:15).

De esta manera, Cristo llevará a cabo la renovación de este mundo caído en lo que Él llamó la palingenesis de todas las cosas (Mt 19:28, la única ocurrencia de la palabra «regeneración» en los evangelios). No es de sorprender que la Nueva Jerusalén esté inmersa en el nuevo huerto del Edén (Ap 22:1-5) y que las puertas que permiten el ingreso a ella nunca se cierren de día y que no haya noche allí.

Todo esto vendrá como resultado de una limpieza apocalíptica (1 Pe 3:10). Por ese día, cuando la verdadera identidad de los hijos de Dios será revelada en plenitud, toda la creación gime como mujer de parto. De hecho (como escribe J. B. Phillips al captar brillantemente un matiz del griego de Pablo): «Toda la creación está de puntillas para ver la maravillosa imagen de los hijos de Dios siendo lo que son» (Rom 8:19). Qué gran día será ese.

CRISTO EN EL CENTRO

En el estado de gloria, veremos a nuestro Salvador. «Ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido» (1 Co 13:12). ¡Una reunión cara a cara con el Señor Jesús! ¡Verlo como Él es! ¡Ser semejantes a Él (1 Jn 3:2)! ¡Transformados al nivel final de gloria (2 Co 3:18)!

Sin embargo, precisamente porque estaremos libres del pecado, no nos veremos consumidos por un interés en nuestra propia santificación perfecta. Tampoco reaccionaremos admirándonos los unos a los otros. No. Solo tendremos ojos para Uno: el León de la tribu de Judá, el Cordero inmolado pero ahora resucitado y puesto en Su posición legítima en el centro del trono de Dios (Ap 5:1-14).

Recuerdo que, cuando era adolescente, una noche soñé que moría y era recibido «al otro lado» por amigos que se acercaban para darme la bienvenida con los brazos abiertos. Vi que los apartaba a empujones y oí salir estas palabras de mis labios: «¡Déjenme ir a Jesús! ¡Déjenme ver a Jesús!». Ese es nuestro destino, pues en verdad:

La novia, su vestido
Allí no mirará,
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

DIOS SERÁ TODO EN TODOS

En un pasaje notable, Pablo nos pasea por el «orden» divino de los «días» (1 Co 15:23) de la inauguración de este estado de gracia (vv. 20-28):

  • El día de la resurrección de Cristo, cuando todo comenzó (vv. 22-23a).
  • El día de nuestra resurrección, cuando se inaugurará su consumación (v. 23b).
  • El día de la destrucción, cuando los enemigos de Cristo y de nosotros serán vencidos (vv. 24-25).
  • El día de la victoria, cuando incluso el último enemigo, la muerte, será destruido (vv. 26-27).
  • El día de la consumación, cuando Dios será todo en todos (vv. 24, 28).

Ese día de la consumación, el segundo hombre llevará a una creación restaurada y a un pueblo redimido y resucitado a la presencia de Su Padre. Allí, como el postrer Adán, le presentará ese mundo, perfeccionado como resultado de Su obediencia hasta la muerte y de Su resurrección a novedad de vida. La obra que el Padre planificó y el Hijo realizó en nuestro lugar por el Espíritu estará completa.

Pablo aquí no está pensando en una subordinación dentro de la Trinidad eterna, sino en la sumisión legítima hecha por nosotros y con nosotros por parte de Su Hijo como Mediador, como nuestro representante, en nuestra carne y sangre humanas. Entonces, quizá, las palabras que pronunció en la cruz del Calvario ―«¡Consumado es!»― volverán a oírse.

¿Qué descendiente de la primera pareja que ha experimentado el estado de naturaleza, que ha probado la amargura del estado de pecado y que ahora ha sido introducido al estado de gracia no anhela el día cuando se dé paso al estado de gloria? Es que entonces la oración que nuestro Salvador hizo por nosotros será respondida a cabalidad: «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo» (Jn 17:24).

Robert M’Cheyne tenía razón. Será solo

Cuando el mundo pase ya,
Cuando el sol no brille más,
Con Jesús en gloria estemos
Y nuestra vida observemos,
Mi Señor, recién allí
Pesaré mi deuda a Ti.

«Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20).


Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

¿Qué día es el día de reposo, sábado o domingo? – ¿Deben los cristianos guardar el día de reposo?

Got Questions

¿Qué día es el día de reposo, sábado o domingo?

¿Deben los cristianos guardar el día de reposo?

Frecuentemente se dice que “Dios instituyó el día de reposo en el Edén” debido a la conexión entre el día de reposo y la creación en Éxodo 20:11. Aunque el reposo de Dios en el séptimo día (Génesis 2:3) prefiguró una futura ley del reposo, no hay ningún registro bíblico del reposo antes de que los hijos de Israel salieran de la tierra de Egipto. En ninguna parte de la Escritura existe una pequeña referencia de que la observancia del día de reposo fue practicada desde Adán hasta Moisés.

La Palabra de Dios es muy clara en que la observancia del día de reposo fue una señal especial entre Dios e Israel: “Guardarán, pues, el día de reposo los hijos de Israel, celebrándolo por sus generaciones por pacto perpetuo. Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel; porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó” (Éxodo 31:16-17).

En Deuteronomio 5, Moisés reafirma los diez mandamientos a la siguiente generación de israelitas. Aquí, después del mandamiento de la observancia del día de reposo en los versos 12-14, Moisés da la razón del por qué el día de reposo fue dado a la nación de Israel: “Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido; por lo cual Jehová tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo” (Deuteronomio 5:15).

No fue la intención de Dios el dar a Israel el día de reposo para que recordaran la creación, sino para que recordaran su esclavitud en Egipto y la liberación del Señor. Nótense también los requerimientos para la observancia del día de reposo: La persona que se encontraba bajo la ley del día de reposo, no podía salir de su casa en ese día (Éxodo 16:29), no podía encender un fuego (Éxodo 35:3), ni tampoco provocar que alguien más trabajara (Deuteronomio 5:14). La persona que quebrantara la ley del día de reposo era condenada a muerte (Éxodo 31:15; Números 15:32-35).

Una revisión de los pasajes del Nuevo Testamento, nos muestra cuatro puntos importantes; (1). Cuando Cristo se apareció en Su forma resucitada, (y el día es mencionado), siempre se dice que es el primer día de la semana (Mateo 28:1, 9, 10; Marcos 16:9; Lucas 24; 1, 13, 15; Juan 20:19,26) (2). La única vez que el día de reposo se menciona desde el libro de Hechos hasta Apocalipsis, es por propósitos evangelísticos hacia los judíos y usualmente el lugar es una sinagoga (Hechos capítulos 13 –18). Pablo escribió, “Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley” (1 Corintios 9:20). Pablo no iba a la sinagoga a tener compañerismo y edificar a los santos, sino para convencer y salvar a los perdidos. (3). A partir de que Pablo declaró “…desde ahora me iré a los gentiles” (Hechos 18:6), jamás volvió a mencionarse el día de reposo. Y (4). En vez de sugerir adherirse a la observancia del día de reposo, el recordatorio del Nuevo Testamento implica lo opuesto (incluyendo la excepción del anterior punto 3, encontrado en Colosenses 2:16).

Examinando más de cerca el anterior punto 4, vemos que no hay obligación para el creyente del Nuevo Testamento de guardar el día de reposo, y también nos muestra que la idea de que el domingo sea “El día de reposo cristiano”, tampoco es bíblica. Como expusimos anteriormente, hay una ocasión en que se menciona el día de reposo después de que Pablo comenzó a enfocarse en los gentiles, “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:16-17). El día de reposo judío fue abolido en la cruz donde Cristo murió… “anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:14).

Esta idea se repite más de una vez en el Nuevo Testamento; “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace” (Romanos 14:5-6ª). “…mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios ¿Cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años” (Gálatas 4:9-10).

Pero algunos argumentan que un mandato hecho por Constantino en el año 321 de nuestra era “cambió” el día de reposo, de sábado a domingo. ¿En qué día se reunía la iglesia primitiva para adorar? La Escritura nunca menciona una reunión de creyentes el día de reposo (sábado) para adorar y tener compañerismo. Sin embargo, hay pasajes muy claros que mencionan el primer día de la semana. Por ejemplo, Hechos 20:7 dice que “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan,…”. En 1 Corintios 16:2 Pablo exhorta a los creyentes de Corinto “Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado…”. Puesto que Pablo designa esta ofrenda como “servicio” en 2 Corintios 9:12, esta colecta debe haber estado relacionada con la adoración del servicio dominical en la asamblea cristiana. Históricamente el domingo, no el sábado, era normalmente el día de reunión para los cristianos en la iglesia, y su práctica data del primer siglo.

El día de reposo se le dio a Israel y no a la iglesia. El día de reposo sigue siendo sábado, no domingo y jamás ha sido cambiado. Sin embargo, el día de reposo es parte de la Ley del Antiguo Testamento y los cristianos son libres de la esclavitud de la Ley (Gálatas 4:1-26; Romanos 6:14). La observancia del día de reposo no se requiere por parte de los cristianos – (sea sábado o domingo). El primer día de la semana, domingo, el día del Señor (Apocalipsis 1:10), celebra la Nueva Creación, con Cristo como nuestro Líder resucitado. No estamos obligados a seguir el descanso del día de reposo Mosaico, sino que somos libres para seguir el servicio al Cristo resucitado. El apóstol Pablo dijo que cada cristiano individualmente debe decidir si observa el descanso del día de reposo o no. “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente” (Romanos 14:5). Debemos adorar a Dios cada día, no sólo el sábado o domingo.

¿Qué es el día del Señor?

Got Questions

¿Qué es el día del Señor?

La frase “el día del Señor” usualmente identifica los eventos que tendrán lugar al final de la historia (Isaías 7:18-25) y a menudo se asocia estrechamente con la frase “en aquel día”. Una clave para entender estas frases es notar que siempre identifican un período de tiempo durante el cual Dios interviene personalmente en la historia, directa o indirectamente, para llevar a cabo algún aspecto específico de Su plan.

La mayoría de la gente asocia “el día del Señor” con un período de tiempo o un día especial que ocurrirá cuando la voluntad y el propósito de Dios para Su mundo y para la humanidad se cumplan. Algunos eruditos creen que “el día del Señor” será un mayor período de tiempo, más que un solo día – un período de tiempo cuando Cristo reinará en todo el mundo antes que Él limpie el cielo y la tierra como preparación para el estado eterno de toda la humanidad. Otros eruditos creen que el día del Señor será un evento instantáneo, cuando Cristo regrese a la tierra a redimir a Sus fieles creyentes y a enviar a los incrédulos a la eterna condenación.

La frase “el día del Señor” se usa a menudo en el Antiguo Testamento (Isaías 2:12; 13:6, 9; Ezequiel 13:5, 30:3; Joel 1:15, 2:1, 11, 31; 3:14; Amos 5:18, 20; Abdías 15; Sofonías 1:7, 14; Zacarías 14:1; Malaquías 4:5) y varias veces en el Nuevo Testamento (Hechos 2:20; 1 Corintios 5:5; 2 Corintios 1:14; 1 Tesalonicenses 5:2; 2 Tesalonicenses 2:2; 2 Pedro 3:10). También es citada en otros pasajes (Apocalipsis 6:17; 16:14).

Los pasajes del Antiguo Testamento que tratan sobre el día del Señor, con frecuencia transmiten un sentido de inminencia, cercanía y expectación: “Aullad, porque cerca está el día de Jehová…” (Isaías 13:6); “Porque cerca está el día, cerca está el día de Jehová;…” (Ezequiel 30:3); “…tiemblen todos los moradores de la tierra, porque viene el día de Jehová, porque está cercano” (Joel 2:1); Muchos pueblos en el valle de la decisión; porque cercano está el día de Jehová en el valle de la decisión” (Joel 3:14); “Calla en la presencia de Jehová el Señor, porque el día de Jehová está cercano;…” (Sofonías 1:7). Esto se debe a que los pasajes del Antiguo Testamento sobre “el día del Señor” con frecuencia hablan tanto de un cumplimiento cercano como lejano, de la misma forma que lo hace mucha de la profecía del Antiguo Testamento. Algunos pasajes del Antiguo Testamento que se refieren al “día del Señor” describen juicios históricos que ya han sido cumplidos en algún sentido (Isaías 13:6-22; Ezequiel 30:2,19; Joel 1:15; 3:14; Amos 5:18-20; Sofonías 1:14-18), mientras que otras veces se refiere a juicios divinos que tendrán lugar hacia el final de los tiempos (Joel 2:30-32; Zacarías 14:1; Malaquías 4:1,5).

El Nuevo Testamento lo llama un día de “ira,” un día de “visitación,” y “el gran día del Dios Todopoderoso” (Apocalipsis 16:14) y se refiere a un cumplimiento aún futuro cuando la ira de Dios sea derramada sobre el Israel incrédulo (Isaías 22; Jeremías 30:1-17; Joel 1-2; Amos 5; Sofonías 1), y sobre el mundo incrédulo (Ezequiel 38-39; Zacarías 14). Las Escrituras indican que “el día del Señor” vendrá de repente, como ladrón en la noche (Sofonías 1:14-15; 2 Tesalonicenses 5:2); y por tanto, nosotros como cristianos debemos estar alertas y preparados para la venida de Cristo en cualquier momento.

Además de ser un tiempo de juicio, también será un tiempo de salvación, porque Dios librará al remanente de Israel, cumpliendo Su promesa de que “todo Israel será salvo” (Romanos 11:26), perdonando sus pecados y restaurando a Su pueblo escogido a la tierra que Él prometió a Abraham (Isaías 10:27; Jeremías 30:19-31, 40; Miqueas 4; Zacarías 13). El resultado final del día del Señor será que “La altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y sólo Jehová será exaltado en aquel día” (Isaías 2:17). El último o final cumplimiento de las profecías concernientes al “día del Señor” vendrá al final de la historia, cuando con maravilloso poder, Dios castigará el mal y cumplirá todas Sus promesas.

Por qué debemos reposar los domingos

Coalición por el Evangelio

Por qué debemos reposar los domingos

 JOSÉ MERCADO

Las estadísticas muestran que los feligreses comprometidos con la iglesia solo asisten a la misma un promedio de dos veces al mes. ¡Y estos son los comprometidos! Asistir a la iglesia por beneficio propio refleja nuestra cultura que enfatiza el consumismo.

Una de las cosas que más me preocupa pastoralmente no es que las personas falten los domingos, sino que falten sin sentir convicción por ello. Esto no es legalismo. Debemos informar nuestras creencias por medio de la Palabra de Dios. Necesitamos convicciones bíblicas que informen nuestros corazones al momento de tomar la decisión de si tenemos una razón válida para no congregarnos.

En parte, esta cultura casual hacia la reunión de la iglesia viene de una mala enseñanza sobre el día del Señor. Por esto quiero compartir mi convicción personal acerca de observar este día.[1] Creo que guardar el sabbat (reposo) tiene continuidad para el creyente en el nuevo pacto, observándolo el día del Señor. Una aclaración: creo que los creyentes pueden participar de actividades recreativas que no impidan el congregarse con su iglesia local durante el domingo. Desde mi perspectiva, observamos el descanso al celebrar la resurrección de Jesús, la cual apunta al descanso eterno que experimentaremos (como lo afirma el autor de Hebreos).[2]

Un tema de conciencia

Primeramente, vale la pena dejar en claro que este es un tema de conciencia, y buenos hermanos han llegado a diferentes convicciones.[3] En nuestra iglesia local no tenemos una posición definida para todos los miembros. Les he dado a conocer mi convicción, pero no la impongo. Colosenses 2:16 dice: “Por tanto, que nadie se constituya en juez de ustedes con respecto a comida o bebida, o en cuanto a día de fiesta, o luna nueva, o día de reposo”. Este pasaje me limita a no ponerme de juez sobre otros, pero sí deseo que nuestra congregación forme sus convicciones de acuerdo a la Biblia.

Un mandato desde la creación

Aquellos que nos identificamos con la teología del pacto vemos tanto continuidad como discontinuidad entre el antiguo y nuevo pacto. Estaremos analizando ambos aspectos a continuación.

El argumento principal y uno de los más convincentes de la continuidad del sabbat es que es un mandato dado en la creación. Los “mandatos de creación” son los mandamientos dados antes de la Caída.[4] Lo vemos en Génesis 2:2-3:

“En el séptimo día ya Dios había completado la obra que había estado haciendo, y reposó en el día séptimo de toda la obra que había hecho. Dios bendijo el séptimo día y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que El había creado y hecho”.

Considero firmemente que los mandatos de creación son normativos para los creyentes hoy, y esto incluye el mandato de guardar un día de reposo santificado por Dios. Éxodo 20 apunta a este mandato de creación como la razón por la cual Israel debía observar el día de reposo.

“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es día de reposo para el SEÑOR tu Dios. No harás en él trabajo alguno, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que está contigo. Porque en seis días hizo el SEÑOR los cielos y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, y reposó en el séptimo día. Por tanto, el SEÑOR bendijo el día de reposo y lo santificó”, Éxodo 20:8-11.

Hay una falta de consistencia en los creyentes al practicar los mandatos de creación. Por ejemplo, es común usar Génesis para defender y argumentar sobre el llamado al matrimonio entre hombre y mujer (Gn. 1:27), para defender el liderazgo masculino (Gn. 3:9), o el llamado a multiplicarnos y subyugar la tierra (Gn. 1:28). Todos estos principios se encuentran antes de la Caída. Si usamos estos mandatos como normativos para el creyente hoy, ¿no deberíamos también incluir el llamado a guardar el día de reposo?

Un texto que ha resonado en mí durante el último año es Isaías 58:13-14:

“Si por causa del día de reposo apartas tu pie para no hacer lo que te plazca en Mi día santo, y llamas al día de reposo delicia, al día santo del SEÑOR, honorable, y lo honras, no siguiendo tus caminos, ni buscando tu placer, ni hablando de tus propios asuntos, entonces te deleitarás en el SEÑOR, y Yo te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra, y te alimentaré con la heredad de tu padre Jacob; porque la boca del SEÑOR ha hablado”.

Este texto claramente llama a los creyentes a guardar estrictamente el día de reposo. ¿A qué creyentes se refiere Isaías? Bien, este pasaje hace referencia al futuro. Los capítulos 56 al 66 llaman a los creyentes de todas las épocas a guardar el pacto. ¿Y cómo se guarda el pacto? Desde la creación, la forma más evidente es observando el día del Señor. Todo lo que hacemos como creyentes tiene que ver con el pacto.

Del día de reposo al día del Señor

Dijimos que la teología del pacto ve continuidad y discontinuidad con respecto al antiguo y nuevo pacto. La continuidad se encuentra en seguir observando el sabbat, y la discontinuidad se encuentra en celebrarlo no el sábado, sino el domingo. Por supuesto, esto levantará preguntas. ¿Por qué creo que el día de reposo debe observarse el domingo? La respuesta sencilla es: a eso apunta el Nuevo Testamento. Así lo vemos en estos versos:

“El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche”, Hechos 20:7.

“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas”, 1 Corintios 16:2.

Entonces, la iglesia del Nuevo Testamento comenzó a congregarse los domingos, el primer día de la semana, el día en que Jesucristo venció la muerte. Ese era el día en que Jesús venció a nuestro enemigo, y eso ahora celebramos. Por lo tanto parece a haber una transición del día de reposo en sábado al día del Señor el domingo. El día del Señor ahora representa la observación del reposo cristiano al descansar de nuestras obras para celebrar la resurrección de nuestro Señor.

¿Cómo se debe practicar este día?

Cada creyente debe llegar a convicciones propias. Algunos pensarán que ya el sábado ha sido cumplido en Cristo. Para aquellos que pensamos que el sabbat continúa en el día del Señor, debemos saber que diferentes creyentes pueden observar este mandato de diferentes formas. Eso sí, todo creyente debe tomar en serio el reunirse con la iglesia, evitando a ausentarse.

En nuestra familia, vemos el domingo como el día apartado para adorar a Dios y descansar en Él al congregarnos con los santos. Comparto algunos consejos que, como familia, nos han ayudado a observar el reposo en el día del Señor.

  • Nos restringimos de cualquier actividad que nos impida estar listos para participar del servicio.
  • Desde el sábado estamos pendientes de ir a la cama a una hora adecuada para no estar dormidos en el servicio.
  • Nuestros hijos no hacen trabajo escolar los domingos. Descansan de lo que es su trabajo.
  • Mi esposa se abstiene de hacer tareas domésticas que le causen ansiedad y la distraigan durante el servicio.
  • Yo corro los domingos. Esta actividad me ayuda a servir mejor los domingos. Los días que corro estoy más alerta y muchas veces pienso más claramente.

Creemos que es un mandato congregarnos todos los domingos con excepción de circunstancias extremas. Por esta razón, cuando estamos de vacaciones, buscamos una iglesia donde se predique el evangelio y se observen los sacramentos, y planeamos visitarla. Le queremos comunicar a nuestros hijos que no vamos a la iglesia porque papi es pastor, vamos a la iglesia porque somos cristianos.

Les animo a que no se dejen influenciar por el mundo en este tema. Estúdienlo con detenimiento, pues es de gran importancia para el creyente. Dios le dio gran importancia a esta observación a través de toda la Biblia. Nosotros debemos entonces, por su gracia, tomarla en serio también.


[1] La cual es una posición denominada “sabataria continental” en el mundo teológico.

[2] Esta es la posición histórica de los bautistas reformados que siguen la Declaración Bautista de Fe de 1689. La tradición reformada paedobautista que encontramos en la Confesión de Westminster afirma una convicción sabataria más rígida donde el día del Señor se separa de toda actividad recreativa, y solo se permite la participación de actividades de adoración a Dios. Es por esto que muchas iglesias presbiterianas ofrecen sus servicios en la mañana y en la tarde.

[3] En Del sábado al día del Señor, D. A. Carson defiende una posición contraria a la sabataria continental, pero al final concluye el libro exponiendo que el participar del servicio de adoración es normativo para todo creyente.

[4] Algunos dispensacionalistas y de la nueva teología del pacto consideran que aunque estos mandatos tienen enseñanza para los creyentes, pero no son normativos.


José (Joselo) Mercado es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Oriundo de Puerto Rico, renuncia a su carrera de consultoría en el año 2006 para ingresar al colegio de pastores de Sovereign Grace Ministries. Es el pastor principal de la Iglesia Gracia Soberana en Gaithersburg, Maryland. Joselo completó su Maestría en Artes en estudios teologícos en SBTS, y está casado con Kathy Mercado y es padre de Joey y Janelle. Puedes encontralo en Facebook y Twitter.

¿Existe un “día del Señor”?

Desiring God

¿Existe un “día del Señor”?

 John Piper

Aceptad al que es débil en la fe, pero no para juzgar sus opiniones 2Uno tiene fe en que puede comer de todo, pero el que es débil sólo come legumbres. 3El que come no menosprecie al que no come, y el que no come no juzgue al que come, porque Dios lo ha aceptado. 4¿Quién eres tú para juzgar al criado de otro? Para su propio amo está en pie o cae, y en pie se mantendrá, porque poderoso es el Señor para sostenerlo en pie. 5Uno juzga que un día es superior a otro, otro juzga iguales todos los días. Cada cual esté plenamente convencido según su propio sentir. 6El que guarda cierto día, para el Señor lo guarda; y el que come, para el Señor come, pues da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y da gracias a Dios. 7Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo; 8pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos; por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. 9Porque para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos.

El versículo 5 plantea la pregunta más grande de la interpretación bíblica referente al Día del Señor. Pablo dice: “Uno juzga que un día es superior a otro, otro juzga iguales todos los días. Cada cual esté plenamente convencido en su propio sentir” ¿Quiere decir con estas palabras, que los cristianos más firmes no consideran un día a la semana como separado por Dios para la adoración colectiva, y para actos que consagran ese día como el Día del Señor? ¿Sólo los cristianos débiles se sienten obligados a consagrar un día como especial para el Señor? ¿Está Pablo diciendo que no importa si separamos un día o no, mientras nuestra decisión esté motivada por la gloria de Dios?

Para responder a estas preguntas, quiero que a partir del texto de hoy, hagamos un retroceso en las Escrituras y observemos la extensa representación bíblica del día del Señor. Lo haremos de una manera breve y concisa, en forma de bosquejo, que podría abarcar todo un libro.1

LA SEMANA DE LA CREACIÓN

Comencemos con esta observación: Las semanas existen. Debemos considerarlas. Los días existen porque son el tiempo que demora la rotación de la tierra. Los meses existen porque son el tiempo que demora la luna en crecer y menguar. Los años existen porque son el tiempo que demora la tierra en girar alrededor del sol. ¿Pero por qué existen las semanas? Ellas no corresponden a ningún fenómeno de la naturaleza. La respuesta es que las semanas existen por Génesis 2:2: “Y el séptimo día completó Dios la obra que había hecho, y reposó el día séptimo de toda la obra que había hecho”. La Enciclopedia Británica (artículo sobre “La semana”, 1911) dice: “Aquellos que rehúsan la lectura Mosaica no sabrán, cómo… atribuirla [refiriéndose a la semana] a un origen que tiene mucha apariencia de probabilidad”. En otras palabras, no son convincentes otros intentos de explicar por qué reconocemos el tiempo en semanas. La semana nos remite a la historia de la creación en la Biblia. Dios trabajó seis días y en el séptimo descansó. Aquí está determinado el patrón de la semana.

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

Luego, en los Diez Mandamientos se hace referencia al sábado como el día de reposo. Éxodo 20: 8-11:

Acuérdate del día de reposo para santificarlo. 9 Seis días trabajarás y harás toda tu obra, 10 más el séptimo día es día de reposo para el Señor tu Dios; no harás en él obra alguna, […] 11Porque en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, y reposó en séptimo día; por tanto, el Señor bendijo el día de reposo y lo santificó.

LA ENSEÑANZA DE JESÚS EN EL DÍA DE REPOSO

Cuando Jesús vino al mundo como el Mesías, el hijo de Dios, y como el cumplimiento de todo lo que la ley y los profetas enseñaron, entró en conflicto con los fariseos sobre el día de reposo. Este tema es abordado ampliamente en los cuatro evangelios. Juan 5:18 dice: “Por esta causa, los judíos aún más procuraban matarle, porque no solo violaba el día de reposo, sino que también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a Dios”. Este tema es muy extenso y está relacionado totalmente con las reclamaciones divinas de Jesús, quién hizo ciertas declaraciones radicales que determinan la manera en que debemos pensar sobre nuestra celebración del día del Señor. Leamos Mateo 12:1-14:

Por aquel tiempo Jesús pasó por entre los sembrados en el día de reposo; sus discípulos tuvieron hambre, y empezaron a arrancar espigas y a comer. 2Y cuando lo vieron los fariseos le dijeron: “Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo”. 3Pero él les dijo: “¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, 4cómo entró en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, que no les era lícito comer, ni a él ni a los que estaban con él sino solo a los sacerdotes? [En relación con este tema, la misma historia Marcos 2:27 recoge: “Y él les decía: El día de reposo se hizo para el hombre y no el hombre para el día de reposo”.] 5¿O no habéis leído en la ley, que en los días de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo y están sin culpa? 6Pues os digo que algo mayor que el templo está aquí7Pero si hubierais sabido lo que esto significa: “Misericordia quiero y no sacrificio”, no hubierais condenado a los inocentes8Porque el hijo del Hombre es Señor del día de reposo9Pasando de allí, entró en la sinagoga de ellos. 10Y he aquí un hombre que tenía una mano seca. Y para poder acusarle, le preguntaron diciendo: ¿Es lícito sanar en el día de reposo? 11Y el les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros que tenga una sola oveja, si esta se le cae en un hoyo en día de reposo, no le hecha mano y la saca? 12Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por tanto, es lícito hacer el bien en el día de reposo. 13Entonces dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada, sana como la otra. 14Pero cuando los fariseos salieron, se confabularon contra él, para ver cómo podrían destruirle.

Consideremos tres observaciones y luego, cinco declaraciones que Jesús hizo:

TRES OBSERVACIONES

Observación # 1: Cuando los fariseos acusaron a los discípulos de Jesús de violar la ley (en el versículo 2) porque recogían espigas y las comían en el día de reposo, Jesús ni siquiera intentó argumentar que recoger espigas y comerlas en ese día, no era una violación del día de reposo. De hecho, la manera hipotética en que les respondió asumía que era una violación de la ley.

Observación # 2: En los versículos 3 y 4 Jesús se refiere al rey David y a sus hombres tomando el pan de la casa de Dios que no les era lícito comer, y en el versículo 5 se refiere a los sacerdotes que trabajaban en el día de reposo y lo profanaban. En otras palabras, las necesidades de los hombres de David y las necesidades del servicio del templo tuvieron prioridad sobre el pan ceremonial y las reglas del  día de reposo.

Observación # 3: Jesús sanó a un hombre con una mano seca en el día de reposo, sabiendo que sus enemigos estaban tratando de atraparle. Intencionalmente provocó la controversia.

CINCO DECLARACIONES

Jesús hace cinco declaraciones para explicar lo que está haciendo.

Declaración # 1: Versículo 6: “Algo mayor que el templo está aquí”. Y por deducción: «Uno mayor que David está aquí. Si David y sus hombres, y los sacerdotes que servían en el templo eran inocentes, cuanto más mis discípulos. Soy mayor que David y que el templo».

Declaración # 2: Versículo 8: “El hijo del hombre es Señor del día de reposo”. En otras palabras: «No solo soy un rey más grande que David. Soy el creador, el dueño, y el dador de las reglas del día de reposo. Ese día es mío».

Declaración # 3: Versículo 7: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Esta cita de Oseas 6:6 nos dice que el amor tiene prioridad sobre las leyes ceremoniales«Por tanto, vayan a aprender cómo el Antiguo Testamento brinda directrices de cómo usar la ley amorosamente».

Declaración # 4: Marcos 2:27: “El Día de reposo se hizo para el hombre, y no el hombre para el día de reposo”. Esta declaración nos dice, de otra manera, que hacer el bien a las personas, no atenta contra el día de reposo, aunque sacar un hombre de un pozo cueste el sudor de nuestra frente. Lo cual está luego explícito en la próxima declaración.

Declaración #5. Versículo 12: “Por tanto, es lícito hacer el bien en el día de reposo”.

El resultado de todo lo anterior indica que indudablemente existe un día especial para los seguidores de Cristo, pero que ciertamente, hay un nuevo tipo de libertad y un nuevo criterio para lo que es permisible (como vimos en Oseas 6:6). Jesús no trató de esclarecer si la conducta de sus discípulos se ajustaba o no, al modelo de la ley. El llevó el asunto a una nueva dimensión: El día de reposo fue establecido para expresar el gobierno y la autoridad de Jesús, no la de Moisés (creado para adorar a Cristo). El día de reposo fue hecho para aliviar al hombre no para cargarlo. El día de reposo fue hecho para mostrar misericordia y para hacer el bien.

JUAN 5:16-17

Ahora considere a Juan 5:16-17. Jesús sanó un hombre en el día de reposo y le dijo en Juan 5:8: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Esta orden puso al hombre en problemas por el hecho de cargar su camilla en el día de reposo. En Juan 5:16 Juan escribe: “A causa de esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en el día de reposo”. A lo que dice (en el versículo 17): “Pero él les respondió: Hasta ahora mi padre trabaja y yo también trabajo”.

¿Qué significa esta respuesta? Creo que tiene este significado: Cuando Adán pecó, Dios se levantó de su descanso en el día de reposo, después de la creación, y comenzó a trabajar nuevamente, (esta vez no en la creación, sino en la redención) con vistas a una nueva creación, a una nueva humanidad. “Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo”. «Ustedes no entienden lo que estoy haciendo. Mi padre y yo estamos creando un mundo nuevo, una humanidad nueva, y cuando la terminemos, celebraremos con un nuevo día de reposo».

Y este trabajo de redención y de nueva creación estuvo terminado definitivamente en la cruz. Y tres días después Jesús resucitó de entre los muertos para celebrar la victoria que había ganado, y la nueva creación que finalmente había obtenido e inaugurado. Ahora podía sentarse con su Padre en el trono del universo y entrar en su Día de reposo.

LA IGLESIA PRIMITIVA Y EL PRIMER DÍA DE LA SEMANA

Por esa razón la iglesia primitiva tomó el primer día de la semana como su día de adoración y volvió la espalda al séptimo día. El séptimo día marcó la victoria de la primera creación. El primer día marcó la victoria de la nueva creación con la resurrección de Cristo. Aquí tenemos algunas de las definiciones respecto al primer día de la semana:

En los cuatro evangelios se emplea una manera muy usual de expresar el primer día de la semana, para describir el día de la resurrección de Jesús. Usualmente es traducido “En el primer día de la semana” (Juan 20:1, Lucas 24:1, Marcos 16:2: Te de mia ton sabbaton, o Mateo 28:1: eis mian sabbaton). Literalmente se leería: “el día número uno después del sábado; o sea, el primer día en la secuencia de días determinados por el sábado” (Jewett, The Lord’s Day, p. 75). Las palabras usadas para “primer” aparecen 150 veces en el Nuevo Testamento. Y solamente en referencia al día de la resurrección tenemos este uso peculiar.

¿Por qué es tan significativo este uso? Es significativo porque hay solo dos textos fuera de los evangelios donde los escritores se refieren al primer día de la semana como especial para la iglesia, y en esos dos textos se manifiesta ese uso peculiar. Hechos 20:7: “En el primer día de la semana [en de te mia ton sabaton], cuando estábamos reunidos para partir el pan, Pablo les hablaba, pensando partir al día siguiente”. 1ra a los Corintios 16:2: “El primer día de la semana [kata mian sabattou], cada uno de vosotros aparte y guarde según haya prosperado, para que cuando yo vaya no se recojan entonces ofrendas”.

Este uso es simplemente sorprendente desde un punto de vista estadístico. Hay más de 150 usos de la palabras “primer” (aún “primer día”) que no se refieren al primer día de la semana (Por ejemplo: Mateo 26:17; Marcos 14:12; Hechos 20:18; Filipenses 1:5) y solo en referencia al primer día de la semana, como día de congregación cristiana, está la forma idéntica y extraordinaria, empleada para describir el día que Jesús resucitó de entre los muertos.

La cuestión es que la iglesia cristiana cambió el séptimo por el primer día con vistas a la adoración porque ese fue el día en que el Señor Jesús resucitó de entre los muertos (el día que vindicó la obra redentora de su Padre). La nueva creación, la nueva humanidad, fueron compradas y establecidas (pero no consumadas).

CRISTO ES NUESTRO DÍA DE REPOSO FINAL

Así que ha comenzado el día de reposo final, eterno y comprado por sangre. Entramos en él cuando cesamos nuestras obras y confiamos en Cristo y su obra culminante en la cruz por nosotros. Aquí está el significado final y grandioso del día de reposo. Cristo se ha convertido en nuestro descanso, en nuestro día de reposo. Hebreos 4: 9-10 lo confirma cuando dice: “Queda por tanto un reposo sagrado para el pueblo de Dios.10 Pues el que ha entrado en su reposo, él mismo ha reposado de sus obras, como Dios reposó de las suyas”. En este texto hay una referencia al tiempo pasado: hemos entrado. Pero luego el escritor añade en el versículo 11: “Por tanto esforcémonos por entrar en ese reposo”. En otras palabras, hemos entrado en ese reposo, y todavía debemos hacerlo. La redención está cumplida. Ahora, debe ser aplicada y consumada. Nuestro día de reposo eterno comenzó pero no está completamente presente.

Probablemente por esa razón, la iglesia primitiva no abandonó la celebración de un día, entre siete, como día especial del Señor. En Apocalipsis 1:10 se le llama, “el día del Señor”. “Estaba yo en el Espíritu en el día de Señor”. Ellos sabían que el descanso eterno aún era futuro. Todavía se necesitaba un día para testificar a un mundo auto dependiente y autosuficiente de que nuestras obras no nos salvan o nos definen, Cristo es quien lo hace.

¿Qué es lo que Pablo quiere decir entonces, cuando escribe a los colosenses (en Colosenses 2:16-17): “Por tanto, que nadie se constituya en vuestro juez con respecto a comida o bebida, o en cuanto a día de fiesta, o luna nueva, o día de reposo; 17 cosas que solo son sombra de lo que ha de venir, pero el cuerpo pertenece a Cristo”? Pienso que Pablo quiere decir que Cristo mismo es nuestro día de reposo final. “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Cristo ha venido y ha comprado nuestro descanso, y se ha convertido en nuestro lugar de descanso. Nos ha sido quitada la carga de salvarnos a nosotros mismos. Hay descanso para nuestras almas.

Pero la sombra permanece porque Cristo no ha regresado todavía. Un día no habrá más semanas porque no habrá más noches, meses o años. El sol y la Luna no se necesitarán, porque “el Señor Dios los iluminará” (Apocalipsis 22:5). Solo habrá día de reposo y no otro día.

Pero todavía no probaremos el reposo final, sino solo en parte, a medida que confiemos en Cristo. Por tanto, el principio del día de reposo no fue abandonado por la iglesia primitiva. Cristo aún ofrece su sombra frente a este mundo cargado, es decir, el primer día de la semana (el día del Señor. Y el significado de ese día es que Jesucristo ha resucitado, Jesús es Señor, Jesús es creador, Jesús es redentor y en Jesús está el único descanso para nuestras almas. El primer día es para adorar a Jesús. Es un día para expresar, mediante nuestras acciones, que Jesús (no nuestras obras, ni el dinero que ganamos por nuestras obras), es nuestro tesoro y nuestra razón de ser. Es un día especial para darle la honra y la gloria al Señor. Es un día para la misericordia. Es un día especial para el hombre.

¿SE REFIERE ROMANOS 14:5 AL DÍA DEL SEÑOR?

Ahora bien, cuando Romanos 14:5 dice: “Uno juzga un día superior a otro, otro juzga iguales todos los días. Cada cual esté plenamente convencido en su propio sentir”, ¿se refiere al día del Señor? Respondo junto a Paul Jewett: “No resulta convincente… tomar la declaración de Pablo en Romanos 14:5 tan absolutamente como hemos considerado a Juan (el apóstol) un judaizante, por haber llamado un día de la semana “el día del Señor” (Apocalipsis 1:10), dándole así la preeminencia”. (The Lord’s Day, p. 78).  Jewett acepta la convicción de Juan pues tiene autoridad apostólica y asume que él no está entre los “débiles” de Romanos 14:2. O sea, Juan no llama un día de la semana “el día de Señor” como una opción entre muchos. Lo llama “el día del Señor” porque él y la iglesia primitiva lo trataban como un día especial entre los demás días.

No puedo dejar de mencionar que me parece una evidencia muy convincente el hecho de que el día del Señor permanezca hasta que Jesús venga y que esté separado para la gloria de Cristo y el bien de las almas. Que el Señor nos dé sabiduría, libertad y gozo mientras mostramos Su obra y Su valor en Su día.


1 Vea: D. A. Carson, From Sabbath to Lord’s Day: A Biblical, Historical and Theological Investigation [Wipf & Stock Publishers, 2000]; Joseph Pipa, The Lord’s Day [Christian Publications, 1997]; Paul K. Jewett, The Lord’s Day [Eerdmans, 1971].John Piper (@JohnPiper) is founder and teacher of desiringGod.org and chancellor of Bethlehem College & Seminary. For 33 years, he served as pastor of Bethlehem Baptist Church, Minneapolis, Minnesota. He is author of more than 50 books, including Desiring God: Meditations of a Christian Hedonist and most recently Providence.

John Piper

Es el fundador y escritor principal de DesiringGod.com y es presidente de Bethlehem College & Seminary. Durante 33 años Piper ha servido como pastor de Bethlehem Baptis Church. Ha escrito más de 50 libros, entre ellos Cinco puntos y Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder.

Es uno de los escritores cristianos más reconocidos de las últimas décadas. Su escritura es  caracterizada por un corazón pastoral y un estilo confrontador, pero también alentador. Sus más de 30 años de ministerio están recopilados gratuitamente en artículos y vídeos. Los puedes encontrar en: DesiringGod.org.

El pastor John Piper vive en la ciudad de Minneapolis, Estados Unidos con su esposa Noel. Tiene cinco hijos y catorce nietos.

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El estado de gracia

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por Cornelis P. Venema

El estado de gracia

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

unque no es muy probable que los lectores de la revista Tabletalk saquen su teología de las calcomanías para autos, sin duda algunos de ustedes habrán visto una que dice: «¡No soy perfecto, solo perdonado!». Si bien esta calcomanía pretende encapsular la verdad respecto a nuestro estado como pecadores salvados por el perdón de Dios en Cristo que nos llega por gracia, en realidad no logra su objetivo.

Sin duda, los cristianos no son perfectos. No obstante, esa no es toda la historia respecto a lo que la gracia salvadora de Dios en Cristo les otorga en esta vida. La frase pone de relieve una de las principales bendiciones de la obra salvadora de Cristo: el perdón. Pero, deja sin mencionar muchas bendiciones inherentes que también les son impartidas a los creyentes que están unidos a Cristo por medio de la fe. Cuando Cristo, por Su Espíritu y Su Palabra, imparte las múltiples bendiciones de Su obra salvadora como Mediador, estas bendiciones no solo incluyen el perdón, sino también la liberación del dominio del pecado y la renovación mediante el poder santificador de Su Espíritu.

Siguiendo el lenguaje del libro Human Nature in its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], escrito por el gran puritano escocés Thomas Boston, cuando Dios salva a los pecadores perdidos mediante la obra de Cristo y el ministerio del Espíritu, no los deja impotentes ante la tiranía del diablo, de su propia carne pecaminosa y del mundo bajo el dominio del pecado. Los saca de su estado de perdición en Adán y los introduce a su nuevo estado de gracia en Cristo. Si bien todos los pecadores caídos son incapaces de no pecar (non posse non peccare), los pecadores redimidos sí son capaces de no pecar (posse non peccare). Los creyentes son capacitados por gracia mediante el Espíritu de Cristo para comenzar a conformarse a la voluntad de Dios en verdadero conocimiento, justicia y santidad. Este comienzo puede ser «pequeño», pero es un comienzo de «obediencia perfecta», como bien lo expresa el Catecismo de Heidelberg. Los creyentes en unión con Cristo fueron sellados «con el Espíritu Santo de la promesa», quien garantiza su herencia hasta que tomen completa posesión de ella (Ef 1:13-14). Experimentan los albores de la vida eterna en comunión con Dios y estos albores son una especie de primicias de la plenitud de vida que gozarán en los nuevos cielos y la nueva tierra.

LA UNIÓN CON CRISTO Y EL ORDEN DE LA SALVACIÓN

Para poder apreciar las riquezas de las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes en el estado de gracia, debemos recordar que Cristo imparte estos beneficios a través del ministerio del Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Juan Calvino usa una frase encantadora para capturar la relación entre lo que Cristo ha obtenido para Su pueblo y la forma en que el Espíritu obra para unirlos a Cristo de modo que puedan participar en todos los beneficios de Su obra salvadora. El Espíritu Santo, dice Calvino, es el «ministro de la liberalidad de Cristo». Mediante el Espíritu, Cristo otorga libre y generosamente a Su pueblo las bendiciones que ha obtenido para ellos. Tan íntima es la relación entre el Espíritu y Cristo que el apóstol Pablo puede decir que «el Señor es el Espíritu» (2 Co 3:17) o que Él fue hecho «espíritu que da vida» (1 Co 15:45). Como lo expresa Calvino, el Espíritu es el «vínculo de comunión» entre Cristo y Su novia elegida. Él les comunica a los creyentes las riquezas de su herencia en Cristo.

En discusiones recientes en torno a la salvación mediante la unión con Cristo, se ha dicho mucho con respecto a la cuestión de cómo se relaciona esta unión con las bendiciones espirituales que se enumeran en lo que ha sido denominado el orden de la salvación (ordo salutis) en el estado de gracia. Estas discusiones a ratos han generado más calor que luz. Sin embargo, por lo general hay consenso en que el orden de la salvación ofrece un relato bíblico de todas las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes que están unidos a Cristo. A través del ministerio del Espíritu y la Palabra de Dios, los creyentes son llevados a la comunión con Cristo y comienzan a disfrutar de las bendiciones espirituales que son suyas en Él. El orden de la salvación busca proporcionar un relato bíblico de estas bendiciones como aspectos diferentes pero a la vez inseparables de la excepcional y gran obra del Espíritu en la salvación de los pecadores.

Quizás el testimonio bíblico más claro referente a los rudimentos del orden de la salvación es Romanos 8:29-30. En este pasaje, hallamos lo que a menudo se denomina la cadena de oro de la salvación:

Porque a los que [Dios] de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó.

Este pasaje es importante, no porque ofrece un orden completo de la salvación, sino porque nos provee un relato claro de la manera en que el propósito elector de Dios en gracia está ligado al llamamiento eficaz del evangelio, que lleva a los pecadores perdidos a Cristo por la senda de la fe y el arrepentimiento, les otorga la bendición de la justificación y asegura la glorificación del creyente. Cuando se observa en conjunto con otros testimonios escriturales sobre la obra de la gracia de Dios en la salvación de los elegidos, este pasaje es una piedra angular para formular el orden de la salvación de una manera más completa.

Puede ser útil distinguir tres grupos de beneficios que son otorgados mediante el ministerio del Espíritu cuando lleva a los creyentes a la comunión salvadora con Cristo. El primer grupo de beneficios describe la manera en que, normalmente, el Espíritu lleva a los elegidos a la unión con Cristo mediante el llamamiento eficaz, la regeneración y la conversión (la fe y el arrepentimiento). El segundo grupo de beneficios describe el nuevo estatus que los creyentes reciben en unión con Cristo, es decir, la justificación y la adopción. Por último, el tercer grupo de beneficios describe la nueva condición otorgada a los creyentes en unión con Cristo, es decir, su santificación y renovación en conformidad a la imagen de Cristo, que al final culmina en la glorificación. En consecuencia, la representación del orden de la salvación, que es efectuada mediante la unión con Cristo producida por el Espíritu, comúnmente incluye los siguientes aspectos: el llamamiento eficaz, la regeneración, la conversión (la fe y el arrepentimiento), la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación. Algunas de estas bendiciones son inconfundible y definitivamente obra de Dios (el llamamiento eficaz y la regeneración). Otras son acciones que Dios obra en los creyentes, pero que a la vez son propias de ellos (la fe y el arrepentimiento, la santificación y la perseverancia). Algunas se centran en actos judiciales de Dios que tienen relación con el estado del creyente ante Él (la justificación y la adopción). Otras son bendiciones transformadoras o renovadoras que renuevan progresivamente a los creyentes en santidad y conformidad a la imagen de Cristo (la santificación y la perseverancia). Todas ellas son propias del estado de gracia al que son llevados los pecadores perdidos según el propósito salvador de Dios.

EL LLAMAMIENTO EFICAZ, LA REGENERACIÓN Y LA CONVERSIÓN

La aplicación de la obra salvadora de Cristo por parte del Espíritu Santo comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración. Por la Palabra del evangelio, el Espíritu lleva a las personas que Dios escoge a la comunión con Cristo. El Espíritu acompaña la proclamación del evangelio convenciéndonos de nuestro pecado y de nuestra miseria, iluminando nuestras mentes en el conocimiento de Cristo, y renovando nuestras voluntades (Catecismo Menor de Westminster, 31). Cuando el llamado del evangelio va acompañado del Espíritu vivificador de Cristo, los elegidos son persuadidos, capacitados y llevados a responder a la Palabra con fe y arrepentimiento. Por esta razón, el apóstol Pablo habla del llamamiento eficaz del evangelio como una «demostración del Espíritu y de poder» para que nuestra fe «no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2:4-5). Sin la obra del Espíritu en la regeneración o el nuevo nacimiento, la Palabra por sí sola es incapaz de producir fe y arrepentimiento en los que son llamados a creer en Cristo y volverse de sus pecados. A menos que el Espíritu regenere u otorgue el nuevo nacimiento a los que son llamados por el evangelio, los pecadores perdidos permanecerán muertos en sus delitos y pecados, incapaces e indispuestos a cumplir las demandas del llamado del evangelio. Como Jesús anuncia en Su discurso sobre el nuevo nacimiento, nadie puede «ver» ni «entrar» en el Reino de Dios sin la obra del Espíritu (Jn 3:3-5). El nuevo nacimiento es, por completo, la obra del Espíritu. No producimos nuestro nuevo nacimiento en el plano espiritual más de lo que producimos nuestro nacimiento en el plano natural. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (3:6). Fuera de la obra del Espíritu en la regeneración, el estado de los pecadores caídos queda bien encapsulado en el dicho: «No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír». No obstante, en virtud de la obra del Espíritu en la regeneración, los ciegos pueden ver la gloria de Cristo y los ciegos pueden oír la Palabra hablada en el poder del Espíritu (1 Co 2:132 Co 4:6).

Considerada en su sentido más preciso, la regeneración por el Espíritu puede distinguirse del llamamiento eficaz. En tal sentido, la regeneración se refiere a un acto inefable del Espíritu mediante el cual los pecadores espiritualmente muertos reciben la capacidad de escuchar la Palabra, saber y entender lo que proclama y estar dispuestos a abrazar lo que promete. Sin embargo, como el Espíritu ordinariamente obra con la Palabra, el llamamiento eficaz y la regeneración, aunque son diferentes, no deben separarse. El curso ordinario es que el Espíritu otorgue el nuevo nacimiento mediante el instrumento de la Palabra del evangelio, que es denominada la «simiente de la regeneración» en 1 Pedro 1:23. Mediante el uso que el Espíritu hace de la Palabra de verdad, los pecadores perdidos son nacidos de Dios como una suerte de «primicias de sus criaturas» (Stg 1:18). Cuando la regeneración va ligada a la obra del Espíritu por el ministerio de la Palabra, es virtualmente sinónima al llamamiento eficaz. En su sentido más amplio, la regeneración incluso puede entenderse como algo que incluye la conversión y todos los frutos del ministerio del Espíritu en el estado de gracia. Dichos frutos incluyen la fe y el arrepentimiento, la renovación a la imagen de Cristo, la santificación y la glorificación.

Cuando los pecadores perdidos son eficazmente llamados y convertidos por el ministerio del Espíritu y la Palabra, responden al llamado del evangelio con fe y arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento son gracias evangélicas diferentes pero inseparables que el Espíritu nos otorga a los pecadores perdidos a través del ministerio del evangelio (Hch 11:1813:48). La fe verdadera y salvadora consiste en el conocimiento, la convicción y la confianza de que el testimonio de la Palabra de Dios es verídico, en especial la promesa de que Cristo puede salvar «para siempre» a todos los que acuden a Él en fe (Heb 7:25). El arrepentimiento es, a la vez, un dolor profundo por el pecado y un gozo profundo en Dios por medio de Cristo. Cuando los creyentes se arrepienten, se vuelven del pecado a Dios, mortificando su carne pecaminosa y experimentando la vida en su nuevo hombre en Cristo. En lugar de continuar en el sendero del pecado y la desobediencia, comienzan a hacer buenas obras nacidas de la fe verdadera para la gloria de Dios y en conformidad al estándar de Su santa ley. Al igual que la fe, el arrepentimiento no es un mero acto que ocurre al comienzo de la vida del cristiano en el estado de gracia. Toda la vida cristiana, de principio a fin, es un alejamiento continuo o diario del pecado en dirección a Cristo. Durante el curso del peregrinaje del cristiano, la fe necesita ser nutrida y cultivada a través de los medios ordinarios de la gracia (la Palabra, los sacramentos y la oración). De igual forma, la vida del cristiano requiere volverse cada día del pecado a Dios en nueva obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN Y LA ADOPCIÓN: UN NUEVO ESTATUS

Cuando los creyentes son llevados a la unión con Cristo mediante la fe, gozan de dos beneficios por gracia que reflejan su nuevo estatus ante Dios. En su estado natural, los pecadores caídos están expuestos a la justa sentencia divina de la condenación y la muerte. En el estado de gracia, los creyentes ya no están bajo la condenación de la ley ni tampoco obligados a hallar el favor de Dios haciendo lo que la ley requiere. Más bien, gozan de la gracia de la justificación gratuita. La justificación es el veredicto en que Dios declara por Su gracia que los que están en Cristo por medio de la fe son justos ante Él y tienen derecho a la vida eterna. Dios declara a los creyentes justos en Cristo otorgándoles e imputándoles Su obediencia, Su rectitud y la satisfacción de la justicia divina. Cuando los creyentes reciben la justicia de Cristo a través de la sola fe, gozan de la gracia de la aceptación gratuita de Dios. Además, en virtud del acto divino de adopción en Cristo por gracia, también gozan de todos los derechos y privilegios propios de los que son Sus hijos. Reciben un «espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8:15Gal 4:5-6). Las gracias de la justificación y la adopción gratuitas les permiten a los creyentes vivir en el gozo, la paz y la confianza de que son aceptados en el favor divino y tienen todos los derechos de los hijos adoptados.

LA SANTIFICACIÓN Y LA PERSEVERANCIA: UNA NUEVA CONDICIÓN

Mediante el Espíritu y la Palabra, los creyentes también disfrutan las bendiciones de la santificación y la perseverancia en unión con Cristo. El propósito de la redención del creyente es la conformidad perfecta a Cristo (Rom 8:29). Aunque este objetivo no puede alcanzarse en esta vida, el Espíritu de Cristo comienza a renovar a los creyentes en la senda de la obediencia. El apóstol Pablo nos presenta una descripción impactante de esta obra del Espíritu en Romanos 8:9-11: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en vosotros» (cp. Gal 5:16-26). La bendición de la santificación libra de su antigua esclavitud al pecado a los que están en el estado de gracia y los posiciona en Cristo para que vivan según la «exigencia justa de la ley» (Rom 8:4, NTV, ver 6:15-23). Aunque el estado de gracia nunca es uno de perfección ni de ausencia de pecado en esta vida, sí constituye la inauguración de la vida de la nueva creación que culmina en el estado de glorificación. En este aspecto, el estado de gracia sobrepasa al estado de inocencia del que gozó la raza humana en Adán antes de la caída. Mientras el estado de inocencia era mutable y susceptible a ser perdido por la desobediencia, el estado de gracia viene con la garantía de vida inmutable e inquebrantable en comunión con Dios. En el estado de gracia, los creyentes tienen al Espíritu habitando en ellos, que es prenda y garantía de su herencia completa en Cristo (Jn 14:16-172 Co 5:5).

Dos consecuencias fluyen de lo que las Escrituras enseñan sobre el estado presente de los creyentes en unión con Cristo mediante la obra del Espíritu. En primer lugar, los creyentes son impulsados a repetir las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 3:12-14:

No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello [conocer a Cristo y el poder de Su resurrección] para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. […] Yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Y en segundo lugar, estas enseñanzas motivan a los creyentes a darles todos los usos posibles a los medios de gracia ―el ministerio de la Palabra por parte de la Iglesia, los sacramentos y la oración― a fin de crecer en la gracia y recibir lo que Cristo les otorga por gracia mediante Su Espíritu.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Cornelis P. Venema
Cornelis P. Venema

El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

¿Cómo seguir a Cristo sin ser moralista o estar en libertinaje?

Coalición por el Evangelio

WILL GRAHAM

¿Cómo seguir a Cristo sin ser moralista o estar en libertinaje?

Desde los días de la época apostólica, la Iglesia cristiana se ha visto obligada a pelear contra dos grandes tentaciones espirituales, a saber, el moralismo y el libertinaje.

Recientemente el pastor dominicano Sugel Michelén se ha referido a estas dos corrientes con los términos mitológicos Escila y Caribdis. Eran los dos monstruos marinos que se ubican en los dos lados del estrecho de Mesina, en la mitología griega. El marinero que se alejaba de Escila se acercaba a Caribdis (y viceversa) poniendo su vida en peligro.[1]

¿Cómo podemos vencer la seducción del moralismo y el libertinaje? Antes que nada, veamos una definición de ambas tendencias.

Entendiendo el moralismo

La primera bestia indomable se llama Moralismo. Y su apellido es Legalismo.

El moralista es aquél que coloca la ética en el lugar que le corresponde a la gracia salvadora de Dios, porque piensa que heredará la vida eterna en base a su obediencia externa a los mandatos del Señor. El moralista no depende de la justicia de Dios en Cristo para salvación, sino de su propia justicia personal (la cual es una verdadera anti-justicia, por cuanto todos están bajo el poder del pecado).

El moralismo es el pecado favorito de todos los hijos de Adán. Si preguntas a cualquier persona incrédula que conoces si se cree buena o mala persona, lo más seguro es que te contestaría diciendo que es buena. ¿Por qué? “Porque nunca he matado a nadie. Nunca he robado nadie”. ¿Cierto? Es el evangelio de la auto-justicia.

Irónicamente, los pecadores utilizan este argumento diabólico para consolar sus conciencias sin darse cuenta de que es precisamente esta clase de fe falsa la que los envía al infierno. Al confiar en su propia justicia, desechan la justicia del Señor Jesucristo (Ro. 10:3).

En la carta a los Gálatas se nos presenta un buen ejemplo bíblico del engaño del moralismo. Tristemente, algunos maestros habían entrado en la iglesia del Señor enseñando que para ser salvos hacía falta fe en Cristo, pero que además de ella los verdaderos creyentes tenían que circuncidarse en obediencia al pacto de Abraham.

Pablo se puso furioso ante esto y escribió esta epístola fogosa explicando que el mensaje de los falsos profetas se trataba de una mentira. La tesis de Gálatas es que la salvación se da únicamente por medio de la fe en el Señor Jesús. En otras palabras, Dios no nos acepta gracias a nuestras obras religiosas como la circuncisión, sino con base en la perfecta justicia de su Hijo aplicada a nuestra cuenta por la fe (Gá. 2:16).

El verdadero creyente coloca su mirada en Jesucristo, no en sus hazañas religiosas. 

En el siglo XVI, podemos considerar a la Reforma protestante, iniciada por Martín Lutero, como una reacción contra el mismo espíritu moralista que se daba a conocer dentro de la Iglesia católica romana. A diferencia de los judaizantes del primer siglo, los católicos no creían que hiciera falta circuncidarse para ser aceptados delante Dios; pero sí tenían que cumplir con una larga lista de deberes religiosos si querían disfrutar del favor de Dios.

¿Cómo respondieron los reformadores? Volvieron a las epístolas de Romanos y Gálatas explicando que el favor del Señor nos es concedido única y exclusivamente en la persona de su glorioso Hijo. El verdadero creyente coloca su mirada en Jesucristo, no en sus hazañas religiosas. Aquel que cree de todo corazón que Cristo murió por sus pecados en la cruz y que Dios le resucitó literalmente al tercer día, será salvado eternamente (1 Co. 15:1-4).

Pablo, Lutero, Zuinglio, y Calvino estuvieron de acuerdo en que el espíritu moralista se vence en el nombre de la intachable obra del Señor Jesucristo. ¿Cómo conquistar el moralismo? Fijándonos en la cruz y en la resurrección del Cristo de Dios.

Entendiendo el libertinaje

El segundo monstruo es conocido como Libertinaje.

Mientras el moralista coloca la ética en el lugar de la gracia salvadora de Dios, el libertino abusa de la doctrina de la gracia de Dios, usándola como un pretexto para vivir en pecado. En otras palabras, convierte la gracia en desgracia. Razona de la siguiente manera: “Ya que mi salvación depende cien por ciento del Señor Jesucristo y no de mi obediencia, puedo hacer lo que me da la gana”. El término teológico que alude a esto es antinomianismo. Etimológicamente hablando, quiere decir “anti-ley” o “contra la ley”.

La lógica del evangelio bíblico, al ser mal entendida, podría llevar a una persona a pensar que puede vivir según sus antojos y caprichos pecaminosos. A fin de cuentas, nuestra salvación está en Cristo, no en nosotros. Por lo tanto, ¿por qué preocuparnos por nuestra obediencia personal?

En cierto sentido, el libertino tiene algo de razón. Es cierto que nuestra salvación eterna depende de la imputación de la justicia de Jesucristo a nuestra cuenta. Es por eso que Martyn Lloyd-Jones decía que si un pastor predica el evangelio correctamente, será acusado de antinomianismo al bajar del púlpito (Pablo recibía la misma acusación, según Romanos 6:1-2).

Pero lo que la lógica humana no alcanza a entender por sí sola es que, cuando el Espíritu de Dios labra la fe salvadora en el alma del creyente, simultáneamente quita el corazón de piedra de aquel individuo para que este pueda gozarse en la ley de Dios. El nacido nuevo ama los mandatos de Dios (Ez. 36:26-27).

La señal de que una persona ha abrazado el evangelio es que abunda en buenas obras por el poder del Espíritu Santo. 

Asimismo, el libertino olvida que Cristo nos salvó para que viviéramos para su gloria. Jesús “se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras” (Tit. 2:14). Es decir, la señal de que una persona ha abrazado el evangelio es que abunda en buenas obras por el poder del Espíritu Santo.

La carta de Judas nos revela que hubo hombres libertinos en la iglesia apostólica, los cuales convirtieron en libertinaje la gracia de Dios (Jud. 1:4). Y en los días de la Reforma, un tal Johannes Agricola, alumno de Lutero, avivó la herejía antinominiana entre los propios protestantes.

El libertino necesita aprender que la fe auténtica siempre engendra obediencia a Dios.

La solución que necesitamos

¿Cómo podemos evadir los monstruos Moralismo y Libertinaje? La solución reside en entender la relación entre el evangelio y la ética cristiana.

Recuerda que el evangelio no tiene que ver con lo que tú y yo hacemos. Tristemente, se utiliza una frase antibíblica entre los evangélicos contemporáneos —incluso en círculos sanos— la cual afirma que “hay que vivir el evangelio”, o dice: “vivamos el evangelio”, o cosas así por el estilo. No, no hay que vivir el evangelio. La única persona que vivió el evangelio fue el Señor Jesucristo mediante su muerte expiatoria y su resurrección. Lo que hay que hacer es creer en el evangelio del amado Hijo de Dios, arrepintiéndonos de todo pecado.

Cuando nos predicamos el evangelio día tras día, el gozo del Señor comienza a fluir en nosotros y esta maravillosa noticia tocante a la muerte de Cristo crea gozo en nuestros corazones, provocando una vida de obediencia alegre al Señor. La ética nace como una respuesta agradecida a la gracia salvadora de Dios (Ro. 12:1-2).

Por lo tanto, si tenemos clara esta distinción entre el evangelio y la ética, podremos acabar de una vez para siempre con el moralismo y el libertinaje.

Primero, venceremos el moralismo porque sabremos que disfrutamos de la sonrisa del Señor únicamente en la persona del Hijo de Dios. Así daremos toda la gloria a Jesucristo por nuestro estado positivo ante el Padre.

Segundo, triunfaremos sobre el libertinaje porque comprenderemos que aquel que de verdad tiene fe en el Hijo tendrá ganas de obedecer su Palabra sin reservas. Lejos de justificar una vida en pecado, el evangelio bíblico, correctamente entendido, produce vidas obedientes.

Gracias a la obra redentora de Jesús, no tenemos porqué temer ni a Escila ni a Caribdis. ¡Nos vemos en el estrecho de Mesina!


[1] Sugel Michelén, De parte de Dios y delante de Dios: Una guía de predicación expositiva (B&H Español, 2016), pos. 1646.


Casado con Agota, Will Graham sirve como predicador itinerante en España y es profesor de Pneumatología, Apologética y Teología contemporánea en la Facultad de Teología (Córdoba). Escribe semanalmente en sus blogs ‘Brisa fresca’ en Protestante Digital y ‘Fresh Breeze’ en Evangelical Focus. Puedes encontrarlo en Facebook.

El estado de naturaleza

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por William VanDoodewaard

El estado de naturaleza

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

a vida en el Edén era maravillosa. Nuestros primeros padres experimentaron la vitalidad completa en lo mejor de una creación prístina y hermosa. Era un mundo sin sufrimiento ni muerte. Todo era muy bueno, y, en el centro de todo, Adán y Eva disfrutaban de una comunión perfecta con Dios y entre ellos en su estado de inocencia.

Luego del gozo del matrimonio de Adán y Eva en Génesis 2, la serpiente, que «era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho» (Gn 3:1), apareció en el Edén. Sabemos por otros pasajes de la Escritura que Dios, quien es soberano sobre todo en santidad perfecta, no es ni puede ser el autor del mal (Dt 32:4Job 34:10Is 6:3). Génesis no revela la razón por la que Dios permitió a Satanás rebelarse, calumniar y engañar, ni tampoco está revelado plenamente por qué Dios se propuso que el hombre pudiera pecar contra Él. Pero, como en el caso del libro de Job, sí se nos revela lo que necesitamos saber. Los eventos de Génesis 3 son acordes al consejo de la santa voluntad de Dios, y, en última instancia, sirven para revelar Su gloria y cooperan para el bien de Su pueblo.

Luego de haber caído de la gloria angelical en su propia rebelión, Satanás entabló una conversación con Eva en el Edén. Usando el engaño y la calumnia, tentó a Eva a que probara el fruto del único árbol que Dios había prohibido: «¿Conque Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”?… Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal» (Gn 3:14-5).

Eva interiorizó la tentación externa de Satanás, dando espacio en su corazón y en su mente a la narrativa de la serpiente, pasando de la atracción al deseo de actuar. Y a pesar de esto, el pecado de Eva no fue el más importante: Adán estaba allí a su lado (v. 6). El apóstol Pablo nos dice que «el pecado entró en el mundo por un hombre» (Rom 5:12). Dios había creado primero a Adán y le ordenó personalmente que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:17). Adán era el esposo y la cabeza federal de Eva; él representaba a Eva y a todos los hijos que ellos tendrían delante de Dios. Si bien Eva también estaba consciente de la prohibición de Dios respecto a comer del árbol, Adán sabía en todo momento que las palabras de Satanás eran mentira. Él no fue engañado (1 Tim 2:14), aunque Eva sí lo fue. Adán sabía que ella estaba siendo engañada, pero permaneció en silencio. En lugar de reprender y rechazar la tentación externa, tanto Adán como Eva eligieron libremente interiorizarla y aprobarla. Este fue el comienzo de su pecado, que precedió al acto de tomar el fruto y comerlo: «Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer… y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6). El deseo pecaminoso dio a luz al acto pecaminoso cuando Adán y Eva fueron «llevados y seducidos» por sus propios deseos (Stg 1:14).

Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él. 

Cuando Adán y Eva pecaron, ocurrió un cambio masivo. Dios los había creado con «conocimiento, justicia y verdadera santidad, según su propia imagen. Ellos tenían la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder para cumplirla… sin embargo, con la posibilidad de transgredirla, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad» (Confesión de Fe de Westminster 4.2). Tenían la capacidad tanto de no pecar como de pecar (posse non peccare et posse peccare). Pero ahora sucedió aquello de lo que Dios les había advertido amorosamente: «En el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:17). Adán y Eva comenzarían a morir físicamente, encontrándose ahora expuestos a la enfermedad, los accidentes y a la muerte inevitable. Sin embargo, también murieron espiritualmente, cayendo a un estado de ser incapaces de no pecar (non posse non peccare). El pecado, la culpa y la incapacidad de no pecar se convirtieron en realidades determinantes de su estado de existencia. La Confesión de Fe de Westminster lo expresa de esta manera: «Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo» (6:2). En ese momento, pasaron de la maravillosa luz y comunión con Dios a la muerte espiritual, las tinieblas y la separación de Él.

El cambio de Adán y Eva fue dramático. La ley de Dios escrita en sus corazones ya no era su gozo y sabiduría, sino su condenación. Luego de comer del fruto, los marcó de inmediato un sentido de vergüenza, culpa, y exposición, tanto entre ellos como ante Dios. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Gn 3:7). Su instinto inmediato como pecadores fue tratar de cubrir su vergüenza con hojas de higuera, escondiéndose entre los árboles del jardín en un intento inútil de evitar la presencia de Dios. Tenían miedo de Él, así que buscaron la oscuridad en lugar de la luz. Cuando fueron llamados a rendir cuentas, tanto Adán como Eva rehusaron responder honestamente las preguntas del Señor. «Con injusticia [restringieron] la verdad… Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido» (Rom 1:1821). Adán culpó a Eva; Eva culpó a la serpiente. Su integridad anterior en conocimiento, justicia y santidad desapareció. Aunque la imagen de Dios permaneció en ellos, ahora estaba distorsionada y desfigurada por el pecado.

La vida de Adán y Eva en el jardín antes de la caída existía en el contexto del pacto de vida (también conocido como pacto de obras) realizado con ellos. Los teólogos consideran que dicho pacto fue establecido en la creación de Adán y Eva a la imagen de Dios y fue expresado tanto de forma positiva en la bendición y el llamado a ser fructíferos, multiplicarse y ejercer dominio (Gn 1:28-30) como en la provisión de todo árbol del jardín para sustento junto con la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2:16-17). La Escritura deja claro que este pacto de vida fue realizado específicamente con Adán como el representante federal de toda la humanidad. Pablo habla de esto en Romanos 5, donde describe a Adán como el hombre por medio del cual el pecado, con la consecuencia de la muerte, entró al mundo «a todos los hombres» (Rom 5:12). Primera a los Corintios 15 hace eco de esto al comparar al primer hombre, «Adán [en quien] todos mueren», con Cristo (1 Co 15:2245-49).

Mientras el Nuevo Testamento nos habla de la posición de Adán como cabeza pactual, cuando leemos Génesis 1 – 3 con esto en mente, nos damos cuenta que ya era evidente. El Señor le ordena a Adán las disposiciones y la prohibición del pacto de vida antes de la creación de Eva. Cuando Adán y Eva caen en pecado, Adán es el primero en ser llamado a rendir cuentas. Él es quien, como cabeza del pacto, recibe las palabras que promulgan la maldición pactual de la muerte: «Comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (3.19). Como Adán era el primer padre de toda la humanidad y también su cabeza pactual, la consecuencia de su pecado tuvo un alcance universal: «Toda la raza humana descendiente de Adán por generación ordinaria, pecó y cayó en él en su primera transgresión» (Catecismo Menor de Westminster, 16). Es por esto que todos desde Adán, excepto nuestro Señor Jesucristo, han sido concebidos y han nacido en pecado (Sal 51.5). Es por esto que «no hay justo, ni aun uno» (Rom 3:10). Pecamos en Adán: su pecado como nuestra cabeza federal nos es imputado. Como sus descendientes, nacemos en el consecuente estado caído de la naturaleza. 

Pero el alcance de las consecuencias va más allá de la humanidad universalmente caída. John Murray observa:

El pecado se origina en el espíritu y reside en el espíritu… pero afecta drásticamente lo físico y lo no espiritual. Sus relaciones son cósmicas. «Maldita será la tierra por tu causa… espinos y abrojos… la creación fue sometida a vanidad… la creación entera a una gime».

El desorden, el sufrimiento y la muerte se introdujeron en el tejido de todo el cosmos bajo el peso de la maldición.

Cuando entendemos estas realidades, comenzamos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Por qué el sufrimiento y la muerte afligen a la creación? ¿Por qué deseamos las cosas que deseamos? ¿Por qué las personas que nos rodean hacen lo que hacen de la manera en que lo hacen? Es porque estamos caídos en Adán en el estado de naturaleza, separados de la vida y la comunión con Dios, y bajo Su maldición. Es porque, libremente y apartados de la gracia, solo queremos «cambiar la verdad de Dios por la mentira» y adorar y servir «a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos» (Rom 1:25). Estos efectos del pecado en la raza humana se describen con los términos teológicos de depravación total e incapacidad total. A menos que sean traídos por Dios al estado de gracia, todos los seres humanos son «por nacimiento hijos de ira, incapaces de ningún bien salvífico, e inclinados al mal, muertos en pecados y esclavos del pecado… y no quieren ni pueden volver a Dios… sin la gracia del Espíritu Santo, que es quien regenera» (Cánones de Dort 3/4.3).

Esto no significa que Adán, Eva y toda su posteridad sean inmediata o constantemente tan malvados como podrían serlo. Génesis narra mucho pecado y miseria, pero queda claro que algunos en el estado de naturaleza son más malvados que otros (ver Gn 4:23-24) y que ha habido momentos en los que la maldad aumentó y fue «mucha en la tierra» (6:5) en mayor medida que en otros tiempos. Los creyentes muestran el pecado remanente al mismo tiempo que los incrédulos muestran la gracia común. Tanto Faraón como Abimelec hicieron un bien externo al reprender a Abraham por su engaño (Gn 12:1820:9-10). Los Cánones de Dort señalan de manera útil que «después de la caída aún queda en el hombre alguna luz de la naturaleza, mediante la cual conserva algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales, de la distinción entre lo lícito y lo ilícito, y también muestra alguna práctica hacia la virtud y la disciplina externa» (3/4.4). Aunque sigue estando distorsionada, la imagen de Dios en el hombre no está perdida completamente en el estado de naturaleza, debido a Su gracia común o restrictiva. Por eso, disfrutamos de la compañía de los buenos vecinos que no son cristianos, pero comparten sus herramientas de jardinería o nos ayudan después de una tormenta, aunque viven desafiando a Dios. No obstante, sus «buenas obras» no son verdaderas buenas obras que se conforman al estándar de Dios para lo que es bueno porque no son hechas en obediencia a Dios, para Su gloria ni son fruto de la fe en Cristo.

Hoy en día, las realidades del estado de naturaleza que nos son reveladas en la Escritura están siendo cuestionadas en varios frentes. Uno de ellos se encuentra en nuestro contexto evangélico contemporáneo, donde hay esfuerzos continuos por rechazar la historicidad de Adán y Eva como los primeros padres de toda la humanidad. Hay una creciente variedad de intentos de leer los primeros capítulos de Génesis usando nuevos métodos hermenéuticos. Aunque el impulso parece ser el deseo de armonizar el Génesis con la teoría de la evolución, las pérdidas bíblicas y teológicas son significativas. Algunos revisionistas tratan de argumentar que los primeros capítulos de Génesis no importan siempre y cuando haya existido un «Adán» en algún momento de la historia evolutiva que haya funcionado como cabeza federal de la humanidad contemporánea, futura y posiblemente incluso anterior. Si bien podemos estar agradecidos de que conserven vestigios de un Adán histórico, este planteamiento trae consigo la pregunta del lugar que tiene el hecho de que Adán haya actuado como cabeza pactual en su relación con todos sus descendientes por generación ordinaria. Si abandonamos eso, también estamos abandonando el fundamento bíblico y teológico de la generación extraordinaria y única de Jesús, la Simiente de la mujer, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María como el segundo Adán.

Un segundo cuestionamiento de la comprensión bíblica del pecado dice relación con la doctrina del pecado sostenida por los evangélicos en las discusiones sobre la sexualidad humana. Algunos han adoptado una visión terapéutica del pecado o incluso articulan una doctrina católico romana de la concupiscencia. Según el catolicismo romano, la inclinación a pecar, o la «concupiscencia», no puede dañar a quienes luchan con ella y no es una ofensa para Dios a menos que sea puesta en acción. La visión terapéutica del pecado es muy similar. Ninguna de las dos concuerda con el testimonio de Génesis y de toda la Escritura: el pecado no solo incluye las acciones sino también las atracciones y los deseos pecaminosos que pueden producir el fruto de la acción pecaminosa. Aquí hay un peligro espiritual y teológico importante. Dar lugar al pecado en las atracciones y los deseos de los cristianos es, sin duda, una negación de la doctrina bíblica de la santificación y, en consecuencia, tendrá también repercusiones en la visión que se tiene de la persona y la obra de Cristo. En Gálatas, el apóstol Pablo, proclamando la palabra del Cristo ascendido, nos dice que «[el deseo] del Espíritu es contra la carne» (Gal 5:17). Los deseos que «llevan y seducen» no son neutrales, sino que son «terrenales, naturales y diabólicos» (Stg 1:143:15).  

Aunque ninguno de nosotros se regocija grandemente cuando le recuerdan las realidades de nuestra condición caída en Adán, entenderla como el Señor nos la revela en Su gracia es esencial para recibir Su evangelio. Es esencial para recibir la plenitud de Su revelación en la persona y obra de Cristo. Es para nuestro bien. Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él.  «Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino… Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (Sal 119:105111).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

William VanDoodewaard
William VanDoodewaard

El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .


El estado de inocencia

Ministerios Ligonier

Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por Richard P. Belcher Jr.

El estado de inocencia


Nota del editor: 
Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

Es importante entender que el mundo como fue creado al principio era un lugar muy distinto al mundo en que vivimos hoy en día. El mundo en que vivimos es un lío enredado. Cada día, las noticias documentan desastres naturales y la conducta violenta de los seres humanos. Los primeros dos capítulos del Génesis describen la creación original intacta, lo que tiene implicaciones para nuestro entendimiento de la vida actual.

Génesis 1 comienza con Dios, quien ha existido por toda la eternidad: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (v. 1). El primer capítulo de la Biblia narra el poder de Dios para tomar la tierra, que era un lugar inhabitable («sin orden y vacía»), y volverla habitable en seis días para los seres humanos (v. 2). Dios es poderoso, majestuoso y trascendente. Él habla, y las cosas comienzan a existir, y Él ordena el mundo que ha creado. En Génesis 1, Dios es Elohim, un nombre en la forma hebrea intensiva plural que enfatiza Su majestuosa Deidad. A diferencia de los relatos de la creación en el antiguo Cercano Oriente, en la narrativa de Génesis no hay un poder opositor que Dios tenga que vencer al crear el mundo ni tampoco está la muerte que pueda estropear la creación de Dios. Por el contrario, se hace varias veces la siguiente afirmación: «Y vio Dios que era bueno» (vv. 10, 18, 21, 25), además de la declaración final: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (v. 31). La creación de Dios es un lugar hermoso y magnífico para el disfrute de todas Sus criaturas, pero en especial de los seres humanos.

Es importante discutir el lugar y la labor del ser humano en el contexto de un mundo que no ha sido afectado por el pecado. La creación de la humanidad por parte de Dios es distinguida de Su creación de los animales con las palabras «Hagamos al hombre» (v. 26). Ya sea que estas palabras expresen una autodeliberación o una autoexhortación por parte de Dios, ellas enfatizan que Dios se involucró personalmente en la creación de la humanidad, de una forma diferente a como interactuó con los animales. Los seres humanos son hechos a la imagen de Dios y exhiben la «semejanza» de Dios. A pesar de que existen muchas maneras en que podríamos describir la imagen y semejanza de Dios, los aspectos principales que separan a los seres humanos de los animales son la autoconciencia, la habilidad de comunicarse, la habilidad de razonar y la habilidad de tomar decisiones morales. La imagen de Dios nos da una dignidad que no poseen los animales porque somos un reflejo de Dios. Estamos hechos de una forma única en la creación de Dios. Somos capaces de tener una relación personal con Dios al comunicarnos y tener comunión con Él. Hemos sido creados para adorarlo y para encontrar nuestro mayor propósito en vivir nuestras vidas para Su gloria. 

Cuando fueron creados por primera vez, Adán y Eva se encontraban en un estado de inocencia que todavía no estaba manchado por el pecado, y poseían tanto la habilidad de pecar (posse peccare) como la habilidad de no pecar (posse non peccare). Esta era una condición natural llamada justicia original. Había armonía en las facultades humanas, de modo que la mente, la voluntad y los afectos eran rectos y sumisos a Dios. Esta condición habría sido legada a los descendientes de Adán si él no hubiera pecado. Por otro lado, el catolicismo romano argumenta que la justicia original era un don sobrenatural añadido a la condición natural de la humanidad, pero esa perspectiva contradice la enseñanza de la Escritura. Dicha perspectiva asume que había algo faltante en la condición original de la humanidad, pero toda la creación que Dios había hecho, incluyendo la humanidad, fue declarada buena (v. 31). Cuando Dios le dio a Adán el mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (2:17), Adán tenía la habilidad de obedecerlo. En otras palabras, Adán tenía la habilidad de «no pecar». 

A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien.

Cuando Dios creó a la humanidad a Su imagen, también les dio dominio sobre Su creación, mencionando específicamente a los peces, las aves y el ganado (1:26). El dominio humano se ha convertido en un punto de discordia debido a que muchos han negado el lugar especial de los seres humanos en la creación al atribuirles a los animales el mismo nivel de importancia. Sin embargo, el dominio debe entenderse en el contexto de Génesis 1 – 2, donde el papel de los seres humanos refleja la manera en que se presenta Dios. En Génesis 1, Dios es el Creador poderoso y majestuoso que le da forma a Su creación para que sea habitable para la humanidad. El dominio humano sobre la creación es un reflejo de la actividad de Dios. A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien. La palabra hebrea traducida como «dominio» en Génesis 1:26-28 significa «gobernar» y ocurre en contextos donde un grupo gobierna a otro grupo, por ejemplo, el del gobierno de Israel sobre sus enemigos (Is 14:2) y el de las naciones gentiles sobre los pueblos sometidos a ellas (v. 6). La palabra «sojuzgar» aparece en Génesis 1:28, donde la humanidad recibe la orden de ser fructífera, multiplicarse y llenar la tierra, orden que es seguida de los mandamientos de sojuzgarla y ejercer dominio sobre ella. Esta palabra es un término fuerte que se refiere a poner algo bajo control. Aparte de Génesis 1:28, aparece en el contexto de un mundo caído donde existe oposición expresa y, de ahí, la necesidad de que haya algún tipo de coerción (Nm 3:2229Jos 18:1Miq 7:10). Antes de la caída, Adán debía ejercer este papel llevando el mundo ordenado y domesticado del jardín hacia el mundo virgen y bueno pero salvaje fuera del jardín.

Génesis 1 presenta una de las caras del papel de los seres humanos en la creación de Dios, que es descrita en los términos del dominio y el gobierno. Génesis 2 presenta la otra cara, donde el énfasis está en el cuidado de la creación. Este papel también sigue el modelo de la actividad de Dios, donde el Dios creador poderoso y trascendente de Génesis 1 ingresa a Su creación para crear personalmente a Adán y a Eva, y para prepararles un lugar especial para vivir. El nombre de Dios no solo es Elohim, como en Génesis 1, sino «SEÑOR Dios» (Yahweh Elohim). El nombre Yahweh se vuelve significativo como el nombre pactual de Dios en el éxodo de Egipto, donde Dios escucha el clamor de Su pueblo y lucha para librarlos. El papel de Adán en el jardín sigue el modelo de la actividad de Dios, pues es colocado «en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara» (2:15). De esta manera, el papel adecuado de los seres humanos en el mundo de Dios sigue el modelo de la actividad de Dios e incluye tanto el dominio como el cuidado de la creación.

Génesis 1 presenta el panorama general de la creación de los cielos y la tierra por parte de Dios. Génesis 2 se enfoca en la actividad de Dios en el huerto al describir cómo creó a Adán y a Eva y les proveyó un lugar especial para vivir y trabajar. Estos capítulos son importantes porque establecen el diseño de Dios para la humanidad en varias áreas que son fundamentales para la vida humana. Dios interactúa con los seres humanos a través de un pacto, así que no es sorpresa que encontremos evidencia de una relación pactual en Génesis 2. A pesar de que la palabra pacto no aparece en Génesis 2, tampoco aparece en 2 Samuel 7, pero otros pasajes bíblicos señalan que en ese capítulo se establece un pacto (2 Sam 23:5Sal 89:328132:11-12). Hay una relación similar entre Génesis 3 y Oseas 6:7. La clave no es si el término pacto aparece, sino si los elementos de un pacto están presentes. Este pacto hecho con Adán es comúnmente llamado el pacto de obras, ya que ofrece vida con la condición de una obediencia personal y perfecta, la condición de que Adán haga perfectamente las obras que Dios le encomendó (Confesión de Fe de Westminster 7.2).

Las partes del pacto eran Dios y Adán. La condición de su relación pactual era el mandato que Dios le dio a Adán de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17). La bondad abundante de Dios fue demostrada al permitirle a Adán comer de todos los árboles del jardín prohibirle comer de solo un árbol. Dios probó a Adán para ver si desdeñaría Su provisión benéfica de alimento para comer del árbol prohibido. Este mandato ligado a un castigo se enfoca en la necesidad de que Adán obedeciera a Dios en todo. Le enfrenta a una clara elección entre la obediencia y la desobediencia a Dios.

Los pactos también tienen bendiciones y maldiciones. En Génesis 1:28, Dios bendice a la humanidad y les ordena que se multipliquen y llenen la tierra. Las bendiciones de Dios se experimentan en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Las bendiciones de Dios también se ven en cómo Él provee todo lo que Adán necesita en el jardín para tener una vida plena y productiva (Gn 2). La maldición está conectada con la prohibición de que Adán comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal: «porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (v. 17). El castigo por quebrantar el mandato de Dios es la muerte. Si Adán desobedece, ocurrirán cambios trascendentales en su relación con Dios, su relación con su esposa Eva, su relación con la creación y su autopercepción. La muerte incluiría la pérdida de la vida física, pero también tendría consecuencias espirituales inmediatas.

Los pactos operan sobre la base de un principio representativo, de modo que las acciones del representante pactual afectan a los demás que son parte de la relación del pacto, incluyendo a los descendientes del representante (Gn 17:7Dt 5:2-32 Sam 7:12-16). La pena establece claramente que si Adán come del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirá. La entrada del pecado y la muerte al mundo no solo lo afectaría a él (Gn 3:9-12) y a sus descendientes (ver las consecuencias del pecado en Gn 4), sino también al resto de la creación (Gn 3:17-19). Adán era la cabeza pactual de la raza humana, y su pecado afectó negativamente a todos sus descendientes naturales. Teológicamente hablando, a cada descendiente natural de Adán le fue imputado o acreditado el pecado debido a su transgresión (Rom 5:12-13). Esto implica que si Adán hubiera obedecido el mandato de Dios y hubiera pasado la prueba, habría disfrutado de la vida con una bendición aún mayor. Adán fue creado en un estado de santidad positiva y no estaba sujeto a la ley de la muerte, pero tenía la posibilidad de pecar. Todavía no disfrutaba de la vida plena en el grado máximo de la perfección, de la vida que no se puede perder. Habría alcanzado la condición de non posse peccare (no poder pecar). Esta vida era simbolizada por el árbol de la vida (Gn 3:22), una prenda del pacto de vida (Catecismo Mayor de Westminster, pregunta 20), la recompensa prometida por la obediencia. 

Aunque Adán no cumplió con los términos del pacto de obras al comer del fruto prohibido, las ordenanzas fundamentales de la creación establecidas por Dios para la humanidad en ese pacto continúan. Dios estableció el matrimonio para que se pueda cumplir el mandato de fructificar, multiplicarse y llenar la tierra (Gn 1:28). La creación de la humanidad como varón y hembra por parte de Dios está diseñada para establecer la relación de una sola carne del matrimonio, tanto para el compañerismo como para la procreación de hijos (2:24). Dios le dio a Adán la tarea de labrar y cuidar el jardín (v. 15), que incluía plantar y cultivar las plantas (v. 5), ejerciendo un papel de dominio real al nombrar a los animales del jardín (vv. 19-20), y cuidar su espacio sagrado (un rol sacerdotal que tiene su foco de atención en el capítulo 3). Adán debía cumplir su papel como mayordomo de la creación de Dios, como portador de la imagen de Dios sumiso a la voluntad de Dios (un rol profético) y como alguien que debía honrar a Dios en todo lo que hacía. Dios formó personalmente a Adán del polvo de la tierra, le infundió vida (2:7) y sacó una costilla de su costado para proporcionarle una ayuda idónea (vv. 21-22). Dios es el Creador de Adán, pero es más que su Creador, ya que el jardín era un lugar especial donde la primera pareja podía tener comunión con Dios (las asociaciones entre el jardín y el templo como los querubines, el árbol de la vida y el agua que fluía del lugar de la presencia de Dios respaldan esto). Dios debe haber acudido al jardín muchas veces para tener comunión con Sus criaturas antes de dirigirse a él para juzgarlas, ya que, en lugar de ir al encuentro de Dios, Adán y Eva se escondieron de Él (3:8). Nuestros primeros padres, al igual que todos los seres humanos, fueron creados para adorar (Rom 1:21-23). La tarea de Adán en el huerto era más que solo una manera de sostener físicamente a su familia; era una vocación porque tenía el propósito de glorificar a Dios.

Al final del relato de la creación, Dios terminó Su obra de creación y reposó el séptimo día (Gn 2:1-3). De esta manera, ese día se volvió especial ya que Dios lo bendijo y lo apartó como santo. Más tarde, Moisés se refiere a este mismo patrón en el contexto del cuarto mandamiento como una razón para acordarse del día de reposo y santificarlo (Ex 20:11). Aunque no hay ninguna mención específica de la observancia del día de reposo en el huerto, tampoco hay menciones específicas de la adoración ni de ninguno de los otros mandamientos del Decálogo. Sin embargo, muchos de ellos están implicados en la estructura vital establecida en el jardín. Dios le dio a Adán un trabajo que debía realizar para cubrir sus necesidades diarias. El trabajo implica que las personas deben contentarse con lo que tienen (ver el décimo mandamiento) y no robar para conseguir lo que quieren (ver el octavo mandamiento). La relación exclusiva de una sola carne del matrimonio respalda la prohibición del adulterio del séptimo mandamiento. Las consecuencias negativas de las mentiras y el engaño de Satanás muestran la importancia de decir la verdad (ver el noveno mandamiento). El hecho de que Dios sea el único Dios verdadero y busque establecer una relación con Adán y Eva implica la importancia de los mandamientos sobre la adoración y el honor del nombre de Dios (ver el primero, el segundo y el tercer mandamiento). La bendición del séptimo día y el hecho de que haya sido apartado como santo es importante porque tiene implicaciones para la humanidad como un patrón de nuestros seis días de trabajo por uno de reposo (el cuarto mandamiento). Experimentamos este patrón todas las semanas cuando cesamos de trabajar y adoramos en el día de la resurrección de Cristo.

La salvación que Cristo aseguró para nosotros trae el descanso final (Mt 11:28-29) porque Él cumplió toda justicia al guardar la ley en nuestro lugar (cumpliendo el pacto de obras). Sin embargo, no entraremos a la plenitud de ese reposo hasta que Él vuelva otra vez. Hasta entonces, qué privilegio tenemos de experimentar un anticipo de ese reposo en la presencia de Dios con el pueblo de Dios en la adoración semanal mientras nos preparamos para esa adoración gloriosa al final de los tiempos, cuando experimentaremos la plenitud del reposo de nuestra salvación al regreso de Cristo. Entonces alcanzaremos la gloria escatológica y el reposo de no poder pecar (non posse peccare), llegando a la meta que Dios había planeado originalmente para la humanidad.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Richard P. Belcher Jr.
Richard P. Belcher Jr.

El Dr. Richard P. Belcher Jr. es profesor de Antiguo Testamento y decano académico en Reformed Theological Seminary en Charlotte, N.C., y Atlanta, y es un anciano de la Iglesia Presbiteriana en América.