Deja que las Escrituras den Forma a Tus Oraciones

Evangelio Blog

Deja que las Escrituras den Forma a Tus Oraciones

Por John MacArthur

En el año primero de su reinado, yo, Daniel, pude entender en los libros el número de los años en que, por palabra del Señor que fue revelada al profeta Jeremías, debían cumplirse las desolaciones de Jerusalén: setenta años. Volví1 mi rostro a Dios el Señor para buscarle en oración y súplicas, en ayuno, cilicio y ceniza. (Daniel 9:2-3)

Antes de que lleguemos a la oración de Daniel en sí, es esclarecedor examinar a qué respondía la oración. Y vemos en estos primeros versículos del capítulo que su oración nació de las Escrituras.

Ya he dicho muchas veces que debemos empezar por estudiar la Palabra de Dios y dejar que la oración fluya a partir de ese estudio. A menos que entendamos la Escritura, no entenderemos los propósitos y planes de Dios, y por lo tanto nuestras oraciones no serán gobernadas y guiadas por Su voluntad. Fue cuando Daniel vio y entendió los planes de Dios para Judá que comenzó a orar.

Pero podemos decir aún más que eso. Estoy seguro de que Daniel creía que su oración era un elemento en el cumplimiento de la voluntad revelada de Dios en las Escrituras. Por supuesto, Daniel creía absolutamente en la soberanía de Dios. Sabía que si las Escrituras decían que algo sucedería, ciertamente se cumpliría. Sin embargo, Daniel seguía orando.

La razón humana responde de manera totalmente diferente a la soberanía de Dios. Si estamos leyendo Jeremías y vemos que Dios rescatará a Judá después de 70 años, y si creemos que Dios siempre cumple su palabra, entonces podríamos estar tentados a pensar: “¿Por qué hay que orar? Está todo muy claro. Orar no cambiará nada.”

Pero esa no es la respuesta de Daniel. Aunque a los humanos nos cuesta entender la relación entre nuestras oraciones y el plan soberano de Dios, Daniel seguía sintiendo la responsabilidad de orar.

Creo que nunca entenderé la relación entre Dios y el hombre. No entiendo cómo Dios puede escribir la Biblia utilizando a los hombres como instrumentos. No entiendo cómo Dios puede hacerse hombre y seguir siendo Dios al mismo tiempo. No entiendo cómo puedo ser salvado por mi propia elección y también por la voluntad soberana de Dios antes de la fundación del mundo. Y no entiendo cómo mis oraciones pueden tener alguna parte en la obra soberana de Dios. Pero esto no lo tengo que entender yo.

Cuando Daniel leyó el plan de Dios, en lugar de volverse fatalista y decir: «Bueno, eso es todo», inmediatamente se arrodilló en señal de quebranto y penitencia y clamó a Dios con manto y ceniza en nombre de su pueblo. Y la esencia de su oración es una petición para que Dios haga lo que había prometido hacer.

Una vez más, nos inclinamos a preguntar: “¿Por qué ora Daniel? Dios ya ha dicho que lo va a hacer.” Pero Daniel no está interesado en el razonamiento humano lógico. Él simplemente está derramando su corazón. ¿Y por qué hacer eso? ¿Por qué debemos orar cuando leemos los propósitos de Dios en su Palabra? No es porque Dios necesite que oremos; en cambio, es porque necesitamos alinearnos con las causas de Dios. La oración es para nosotros.

En la oración, vemos nuestra propia pecaminosidad y vemos nuestra necesidad de su gracia y su poder. En la oración, llegamos al lugar de someternos a su plan. De este modo, la oración y la Palabra están inseparablemente unidas. No creo que se pueda orar correctamente si no se está en la Palabra. Como dice el Salmo 119

Más que todos mis enseñadores he entendido,
Porque tus testimonios son mi meditación.. (Salmo 119:99)

En otras palabras, el salmista entiende más que sus mayores porque ha descubierto la voluntad de Dios en las Escrituras. Está diciendo: “Si quiero entrar en tus planes y entender lo que has ordenado, tengo que comprometerme con tu Palabra.” La oración, entonces, no es para cambiar lo que Dios va a hacer. Es para identificarnos con Sus planes. Y no podemos hacerlo inteligentemente sin entender Su Palabra.

Si puedes leer la Escritura y no ser impulsado a la oración, no estás escuchando lo que estás leyendo. Cualquier pasaje que leas debe ser motivo de confesión del pecado en tu vida, de alabanza a Dios por su bendición y de agradecimiento por el desarrollo de Su plan.

Por eso Hechos 6:4 dice que los apóstoles se dedicaban “a la oración y al ministerio de la palabra.” La oración y la Escritura van juntas. La Palabra genera naturalmente la oración. Cuando habla de Dios, anhelamos estar en comunión con Él. Cuando habla de la gloria, anhelamos recibirla. Cuando habla de la promesa, anhelamos realizarla. Cuando habla del pecado, anhelamos confesarlo. Cuando habla del juicio, anhelamos evitarlo. Cuando habla del infierno, oramos por los perdidos.

La Palabra de Dios es la causa de la oración. Y el hecho de que sepamos que algo es inevitable no significa que nos levantemos fatalmente de nuestras rodillas y nos alejemos en una especie de indiferencia teológica enfermiza. La oración de Daniel, como toda oración verdadera, nace del estudio y la comprensión de la Escritura.

Ahora que hemos visto la fuente de la oración de Daniel 9, la próxima vez veremos el tono de la oración de Daniel y las lecciones que podemos tomar de ella para nuestras propias oraciones.

Artículo tomado de: Evangelio Blog

El Ascetismo

Esclavos de Cristo

El Ascetismo

William Kelly

Ascetismo. Del griego askēsis (ejercicio o práctica), el ascetismo señala la práctica de disciplinarse a sí mismo, más particularmente en relación con el cuerpo. Normalmente toma la forma de renuncia en la forma de ayuno, celibato, etc., aunque algunas veces se la ha dado una forma más activa en excesos como la auto-flagelación.

La idea puede extenderse a muchas áreas de la vida, especialmente al abandono de las posesiones o al retirarse de varios aspectos de la vida intelectual o cultural en favor de la edificación espiritual o el servicio.

La Biblia tiene un lugar para un tipo de ascetismo correcto. De manera que, Israel debió abstenerse de relaciones sexuales matrimoniales antes de la entrega de la ley (Ex. 19:15). El voto nazareo envolvía el tener que abstenerse de vino o sidra y una estricta rigidez en relación con comida inmunda. (Jue. 13:5). Elías ayunó por cuarenta días en su camino a Horeb (1 R. 19:8), y el ayuno en particular jugó un papel importante en la humillación penitente delante de Dios (Jl. 2:15ss.).

El ascetismo tampoco es excluido en el NT. Juan el Bautista tuvo una actitud muy severa en cuanto a la comida y el vestido (Mt. 3:4). Jesús entró en su ministerio ayunando (Mt. 4:1ss.), y para el bien de su ministerio tuvo que privarse de los derechos normales del hombre, tales como la propiedad, el matrimonio, y hasta de sus relaciones familiares (Mr. 3:33s.).

Si bien no enseñó a ayunar a sus discípulos, les dijo claramente que debían hacerlo cuando él partiera (Mt. 9:15), y obviamente requirió que algunos debían llevar una vida célibe y renunciar a las relaciones ordinarias de los hombres por amor a él (Mt. 19:12, 29). En las epístolas, Pablo ve que el celibato tiene algún valor para agradar mejor al Señor (1 Co. 7:32), y su propia práctica fue la de una rigurosa disciplina a fin de ser un buen soldado y siervo de Jesucristo (1 Co. 9:27; 2 Ti. 2:3s.).

Es imponente el énfasis consistente que la Biblia hace sobre un ascetismo correcto; sin embargo, debe tenerse en cuenta cuidadosamente tres puntos importantes. Primero, no se sugiere de ningún modo que haya algo intrínsecamente malo en aquello que se deja, como por ejemplo, la comida, el matrimonio, la propiedad privada, o las relaciones ordinarias. Segundo, en la mayoría de los casos no se da una regla universal, y menos permanente, de ascetismo. Tercero, el ascetismo no es un fin en sí mismo, sino un medio para lograr algo positivo, p. ej., arrepentimiento, oír la palabra de Dios, o, en forma más particular, servicio.

El testimonio ascético era particularmente valioso en el mundo pagano antiguo que tenia sus normas de moralidad física tan relajadas, y en una medida muchos cristianos tuvieron que aceptar un nuevo nivel de abstinencia, y otros estuvieron preparados a ir hasta extremos mucho más grandes por el bien de su nueva vida y su testimonio. De manera que, no sorprende encontrar un rápido desarrollo de un movimiento ermitaño o monástico que tenía como fin facilitar o fomentar las prácticas ascéticas. Tampoco debemos condenar del todo este hecho, ya que acepta literalmente las afirmaciones bíblicas que demasiado a menudo se evaden con espiritualizaciones. Además, mantiene un nivel de normas mucho más elevado que el alcanzado por la mayoría. Y muchos de los monjes antiguos fueron los primeros en el evangelismo y el servicio.

No obstante, desafortunadamente, la tendencia general de la iglesia ha sido perder de vista las tres características distintivas e inseparables del ascetismo genuinamente bíblico. Bajo la influencia pagana, dominante especialmente en el gnosticismo, se ha sospechado de manera continua que lo físico es malo esencialmente y que, por tanto, debe abandonarse para alcanzar la verdadera santificación y la total obediencia a Cristo. Otra vez, se ha tratado de imponer reglas definidas de ascetismo como obligación indisoluble, así como la iglesia Romana insiste en el celibato o el carácter permanente de los votos monásticos. Tercero, se ha supuesto que hay mérito en el ascetismo como tal, el asceta alcanza un grado de vida cristiana superior con lo que consigue méritos en su esfuerzo por evitar el purgatorio. En esta forma es que el dualismo, el eclesiasticismo y el legalismo han pervertido el verdadero ascetismo, y en venganza lo han llevado hasta el libertinaje (cf. el concubinato clerical) o bien al fariseísmo egocéntrico (Lc. 18:11s.). No puede existir una caricatura mejor del ascetismo genuino que la de Simón Estilita en su pilar, el celibato de los sacerdotes con su «ama de llaves», o el monje que busca la edificación privada aislándose del mundo.

Con todo, el mejor antídoto contra el ascetismo pervertido es el punto de vista bíblico y evangélico, el cual descansa en que Cristo solo es el salvador. No busca ningún mérito o virtud en el ascetismo como tal. No cree que lo físico es intrínsecamente malo. No puede aceptar una regla permanente o comprometedora de abnegación. Pero está preparado para varias medidas de disciplina y negación de sí mismo en obediencia a las demandas específicas de Jesucristo, haciéndolo de todo corazón y con un amor dominante hacia él y por el bien del ministerio de evangelismo o edificación.

K.E. Kirk, The Vision of God; O. Zoeckler.


Nota importante sobre el autor del documento.
Charles Haddon Spurgeon (1834-1892) dijo al respecto de Kelly que “era un autor destacado de la escuela exclusivista de Plymouth, una eminencia teológica de la escuela de los Hermanos capaz de desarrollar buenas exposiciones, pero tergiversándolas a favor de los dogmas peculiares de su partido. Lamentamos ver que los cauces de una mente como la suya se vean estrechados por los vínculos de un partido. Es una lástima que un hombre tan excelente permita que se llene de prejuicios una mente privilegiada como la suya”. Citando finalmente las palabras bien conocidas de Pope, dice: “Kelly es alguien que, llamado a conquistar el universo de la teología, ha bebido de los prejuicios que las influencias del darbismo han dejado en su mente”.

El temor a no ser aceptados

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El. temor

El temor a no ser aceptados

Jeremy Pierre

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor

Nos gusta ser aceptados. Ser aceptados es ser deseados. Y el deseo de ser deseado es uno de los impulsos más poderosos del corazón humano. Al ver cómo esta hambre por ser deseados lleva a personas razonables a actuar con tanta desesperación, e incluso necedad, me he preguntado si sus cabezas han sido reemplazadas. Yo mismo he sido un necio desesperado… y tú también.

Ser considerado poco atractivo o indigno de atención es una de las peores categorías posibles en una cultura como la nuestra. He visto más de una vez a una mujer de calidad terminar con un hombre cuestionable, simplemente porque fue el primero en expresar interés por ella en mucho tiempo. Y viceversa. La aceptación es la moneda de nuestras relaciones sociales, se percibe en todo: desde la atracción tácita hacia una persona por encima de otra en una fiesta hasta las diferentes muestras de atención que intercambiamos en las redes sociales. Queremos ser aceptados, y queremos que nos digan: «Me gusta». 

¿Cómo podemos interpretar esta experiencia bíblicamente? Veamos algunos temas de las Escrituras que pueden ayudarnos a entenderlo.

  1. Dios nos diseñó para ser aceptados.

El desagrado entre las personas no existía en el huerto del Edén antes de la Caída. Por supuesto, nunca llegamos a ver cómo habría funcionado una sociedad completa bajo esos hermosos árboles. Pero si la relación entre Adán y Eva nos enseña algo sobre las relaciones (no solo el matrimonio) es que Dios creó a las personas para que conectaran entre sí, libres del temor a la vergüenza y el rechazo. Estaban desnudos y no se avergonzaban (Gn 2:25). Pero la maldición del pecado los desconectó, trajo temor y vergüenza, haciendo que las personas se dieran cuenta de lo que estaba mal en ellos mismos y en los demás (3:7). Fueron separados el uno del otro y también de su Creador. Fuimos creados para ser aceptados porque fuimos creados para conectarnos unos con otros.

  1. Ser aceptados significa ser deseados. Ser deseados es parte de pertenecer.

Las personas se sienten atraídas a lo que consideran valioso. El libro de Cantares describe cómo se ve la intimidad restaurada entre un esposo y una esposa, y nos enseña un principio que aplica a todas las relaciones humanas: el vínculo entre el deseo y la pertenencia. Este tema se resume bien en Cantares 7:10: «Yo soy de mi amado, y su deseo tiende hacia mí». En otras palabras, una esposa se siente segura en su relación con su esposo porque él expresa claramente su deseo por ella. Este mismo principio se aplica en el resto de las relaciones humanas: ser aceptados es un elemento clave de la conexión relacional para la que fuimos creados.

  1. No ser aceptados significa no ser deseados.

Lo peor de no ser aceptados es que nos recuerda nuestras características indeseables, las cualidades que no dan la talla. Es una forma de rechazo. Le tememos al rechazo porque fuimos creados para pertenecer a una comunidad.

Esto nos indica que, a fin de cuentas, el temor a no ser aceptados es temor al rechazo. El hecho de que temamos al rechazo no es sorprendente, pues el Señor nos creó para conectarnos unos con otros. Pero Dios nos diseñó para una intimidad aún más esencial. Fuimos creados para pertenecer a Dios. Y esto es lo que empieza a movernos hacia una solución sólida al temor a no ser aceptados por las personas.

  1. Fuimos creados para pertenecer primeramente al Señor.

El Señor nos creó para que le pertenezcamos primero a Él y luego a los demás. El temor a no ser aceptados por las personas puede amenazar ese orden, pues al querer ser deseables a los ojos de las personas, muchas veces menospreciamos el afecto superior de Dios hacia nosotros. Olvidamos que nuestro mayor problema nunca ha sido el rechazo de las personas, sino el de Dios. El temor a no ser aceptados por las personas puede indicar que hemos olvidado el privilegio asombroso de ser recibidos tan profundamente por Dios, que Jesús dice que el Padre ama a Su pueblo con el mismo amor con que lo ama a Él (Jn 17:26). No hay un afecto más profundo en todo el universo.

  1. El Señor te valora (es decir, te acepta y te ama).

Aquí no estoy proponiendo meramente un evangelio terapéutico. Su amor no es simplemente Su intento por asegurarte que eres más deseable de lo que piensas. Su amor es mucho mejor que esto. Significa que Él te valora por razones mucho más profundas que cualquier cualidad que puedas tener o no tener. Él te valora porque te creó como una expresión única de Su propio ser. Aunque tu pecado desfigura esa expresión, la intención de Dios sigue siendo apartarte para Su exclusiva posesión. Él ve la imagen de Cristo en ti (Rom 8:291 Co 15:49).

Todo esto significa que Dios no solo te ama. Él te acepta. Es decir, el afecto que tenía Salomón por su esposa, o Adán por Eva, es tan solo un pequeño reflejo del deseo de Dios por Su pueblo. Él nos valora porque nos ha hecho valiosos al derramar Su amor sobre nosotros en Cristo. 

Ser aceptados por Dios es una consecuencia de Su amor. A medida que confíes en ese amor perfecto, el temor a no ser aceptado por las personas irá perdiendo su poder sobre ti.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jeremy Pierre
Jeremy Pierre

El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de Consejería Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky., pastor en Clifton Baptist Church y coautor de The Pastor and Counseling [El pastor y la consejería].

El pecado de inseguridad

Coalición por el Evangelio

El pecado de inseguridad

 JEREMY PIERRE

Barney lucha por levantar su gran cabeza púrpura, debilitado por la pérdida gradual de audiencia en los últimos años. Una vez una voz formidable en la programación televisiva para niños, ahora agarra débilmente a sus amigos, que se paran en silencio a su lado. Se las arregla para apoderarse de un puñado del pescuezo de Elmo y lo acerca. “Una cosa que nunca debes dejar que un solo niño olvide: ‘Tú eres especial”. El monstruo con voz de falsetto pone una mano peluda en Barney y se vuelve a mirar a los demás. Todos ellos sabían que un mensaje muy importante se les había confiado. De todas las lecciones morales en la programación televisiva de niños, esto iba a ser fundacional.

Y si te fijas, cada vez que los programas para niños se alejan de la diversión tonta o de la resolución de problemas situacional y dan un paso hacia la admonición moral, por lo general se trata de este mismo tema: la importancia de una positiva imagen propia y la confianza que debe resultar de la misma. Y así, la televisión educacional nos entrena para pensar positivamente sobre todo, desde el color de nuestro cabello hasta nuestro conjunto particular de intereses como los medios de infundir confianza para vivir.

No estoy abogando por una baja imagen propia, por supuesto. Simplemente estoy señalando que la inseguridad parece ser lo único adecuado para la corrección pública. De hecho, podríamos decir que en el universo moral de la programación infantil, la inseguridad es el pecado principal. ¿Por qué?

Antes de intentar responder a esa pregunta, permíteme presentarte otra: Yo creo que Dios llama a la inseguridad pecado, también; pero, ¿por qué?

La respuesta al primer por qué y al segundo no podrían ser más diferentes. Nuestros instructores culturales desaprueban nuestra inseguridad, porque es una ofensa a la dignidad individual. Dios desaprueba nuestra inseguridad, porque es una ofensa a la dignidad de su Hijo. El problema que Dios tiene con la inseguridad es digno de reflexión.

La inseguridad y la confianza en la carne

Puede que sea contrario a la intuición, pero de acuerdo a la Biblia, la inseguridad es lo que Pablo llama “confianza en la carne.” Pero, ¿cómo se entiende que la inseguridad y la confianza puedan estar relacionadas? Cada moneda tiene dos caras. En el lado superior, la confianza en la carne es la seguridad en sí mismo que viene de poseer esos atributos que supuestamente determinan mérito. Pero el otro lado de la moneda es igual de peligroso: la inseguridad que viene de no poseerlos. En ambos casos, ponemos nuestra confianza en los atributos personales que pensamos que traen vida.

En el entorno religioso y cultural del apóstol Pablo, él poseía todas las características más preciadas que lo encomendaban a Dios y a los demás. Tú y yo probablemente nunca hemos conocido a alguien que quiera ser conocido públicamente como un fariseo o que desearía haber sido circuncidado al octavo día. En nuestra cultura, no son cosas particularmente elogiables. Pero todos conocemos las cosas que sí lo son. Y más penoso, todos hemos sentido la desesperación de no tenerlas.

Para algunos de nosotros, esta es la estática de fondo de nuestro pensamiento regular, y tenemos que darnos cuenta de que no está mal principalmente porque nos hace infelices, como varios de nuestros amigos títeres destacarán. La inseguridad es pecaminosa por razones más graves que esa. Aquí hay al menos cuatro de ellas:

1. Distracción con uno mismo

La inseguridad estropea nuestra capacidad de hacer lo que Dios nos creó para hacer: amarlo a él y a los demás. ¿Cuántas veces has estado en una situación en la que deberías haber ofrecido la atención a alguien o acercarte a Dios privadamente en oración, pero tu mente está afanada pensando en lo torpe que te ves en tus pantalones esa mañana o cuánto más inteligente a la persona con la que estás hablando es? Ser inseguro es estar consciente de uno mismo. No estamos amando a los demás cuando estamos obsesionando con nosotros mismos; no estamos en humildad considerándolos como más importantes y más dignos (Fil. 2:3).

2. Insatisfacción con Dios

La inseguridad es a menudo nada más que rezongar por mejor maná. Estamos hartos de una alimentación adecuada; queremos un sabor extraordinario. No nos gusta lo que Dios nos ha dado – dinero, posición, apariencia, personalidad – y rezongamos por algo mejor. Tal descontento es una trampa de las “muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Tim. 6:9). Nuestra insatisfacción con uno mismo es a menudo nada más que nuestra insatisfacción con Dios. La inseguridad no es pecado principalmente porque es un insulto a nuestro valor (aunque lo es), sino porque es un insulto a la sabiduría de Dios.

3. Justificación de otros

La inseguridad revela que anhelamos justificación ante la gente más que ante Dios. A él no le importa si su entrepierna es de 28 pulgadas o 34, o si tú alquilas o eres dueño. Sabemos esto, por supuesto. Pero todavía nos preocupamos. . . porque a ellos todavía les importa. Nos preocupamos más sobre los atributos que creemos que nos hacen dignos ante la gente que lo que nos preocupamos por aquellos que nos hacen dignos ante el Todopoderoso. La justicia es lo que agrada al Señor. Pero nosotros preferiríamos tener una reputación envidiable. Cuando nuestras mentes están suspirando por más atención en Facebook o una mejor carrera como un impulso a nuestra dignidad, abandonamos la justicia de Cristo que realmente nos hace dignos (Rom. 1:16-17).

4. Justificación por obras

La inseguridad muestra que de alguna manera todavía estamos creyendo que nuestra justificación está basada en nuestros propios atributos y logros. La mayoría de nosotros no estamos tentados a pensar que somos dignos porque somos de la tribu de Benjamín, pero puede que desearíamos que tuviéramos una iglesia más grande, niños más impresionantes, otro grado detrás de nuestro nombre. Pero la búsqueda de confianza en esas cosas es un rival directo a la búsqueda de la confianza en Cristo.

Y esta es la cordura que el apóstol Pablo nos trae en nuestra inseguridad: “Pero cuantas cosas eran para mí era ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor “(Fil. 3: 7-8a). Pablo no nos diría a nosotros en nuestras inseguridades implacables: “Sé que no te sientes digno, pero lo eres. Dios te hizo especial”. Si ser especial fuera la solución, nuestras vidas serían un ciclo sin fin de dietas y búsquedas de empleo. Pero estos son sólo nuestros patéticos intentos para voltear a la parte superior de esa misma moneda corroída. Todavía sería confiar en la carne.

Pablo nos dice que abandonemos la búsqueda de nuestro valor en otra cosa que no sea Cristo y su obra redentora a nuestro favor. Circular privadamente a través de una nueva ronda de auto-queja no se puede comparar con el abandono de nosotros mismos al servicio de los demás. El cansancio de quejas continua no puede ser comparado con la ganancia del contentamiento piadoso. La admiración voluble de la gente no se puede comparar con la abundante aprobación del Todopoderoso. La confianza tambaleante que mantenemos en nosotros mismos, no se puede comparar con el inmenso valor de la confianza en Cristo.

Si Pablo tenía un mensaje de despedida, ciertamente no sería que eres especial. Sería que eres justificado en Cristo, y la prueba suprema de esto te espera en la línea de meta, así que persevera en la fe (2 Tim. 4:7-8). No deberíamos estar tan preocupados con ser especiales que no podamos ser encontrados en Cristo.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Alejandra E. Fernández

Jeremy Pierre es el decano de Estudiantes y profesor asociado de la consejería bíblica en The Southern Baptist Theological Seminary y sirve como anciano en la Iglesia Bautista Clifton. Es co-autor de “The Pastor and Counseling” (“El Pastor y la Consejería”, Crossway, 2015) y autor del próximo “The Dynamic Heart in Daily Life: Counseling from a Theology of Human Experience” (“El Corazón Dinámico en la Vida Diaria: Aconsejando desde una Teología de la Experiencia Humana”, New Growth, 2016). Él y su esposa, Sarah, tienen cinco hijos y vive en Louisville, Kentucky.

Cómo compartir el evangelio

The Master’s Seminary

Cómo compartir el evangelio

Alberto Solano Z.

1. Háblale de Dios

Dios como creador de todo. Dios es el creador de todo lo que existe. Mira a tu alrededor, tu persona, la naturaleza, el universo entero; todo lo que existe ha sido creado por Dios (Génesis 1:1). Antes de que existiese la tierra y todo lo que vemos estaba Dios y solamente Dios. Él creó todo detalle en la creación. En su mente infinita y perfecta él ingenió absolutamente todo. ¿Por qué? Él no lo hizo porque se sentía solo o porque necesitaba a los humanos. Más bien él diseñó y creó todo por causa de su gloria y placer.

Dios como dueño de todo. Puesto que él creó todo, es por lo tanto el dueño de toda criatura (Salmos 24:1-2). Dios, siendo el diseñador y hacedor del mundo, tiene completa autoridad y no ha dejado nada fuera de su soberanía divina. No sólo eso, sino que Dios posé atributos divinos los cuales solamente él tiene, tales como su omnipotencia (Dios es todopoderoso por encima de cualquier poder en el universo), omnisciencia (Dios conoce todo lo que ha ocurrido, está ocurriendo y ocurrirá) y omnipresencia (Dios está presente en todo lugar en todo momento).

Dios como Dios santo y perfecto. Dios es santo (1 Juan 1:5), esto quiere decir que él es completamente distinto de todo lo que vemos y experimentamos en este mundo. Él es mayor, más grande y distinto de nosotros, siendo su santidad trascendente e infinita (Mateo 5:48). En su santidad perfecta Él requiere que las personas obedezcan sus instrucciones y su ley (Santiago 2:10). En esencia es simple: Dios creó el mundo, estableció leyes que deben ser obedecidas y ahora espera que las personas las obedezcan por completo, teniendo él el derecho de demandar esto por haber sido el creador y soberano sobre el universo.

No hay un solo justo, ni siquiera uno

2. Háblale del pecado

¿Cómo comenzó? Sin embargo, la gente ha quebrantado la ley de Dios. Cuando Dios creó el mundo, él creó dos seres humanos: Adán y Eva, el primer hombre y mujer (Génesis 1:26-28). Cuando Dios los creó, los creó perfectos y buenos. Pero esto no duró, y no mucho tiempo después de su creación desobedecieron a Dios, siguieron el consejo del diablo y por lo tanto fracasaron en obedecer a la perfección la ley de Dios. Dios, al ver la desobediencia de Adán y Eva, maldijo la humanidad, permitiendo así que el pecado entrase al mundo. A partir de ese momento todo ser humano que nace es por naturaleza rebelde hacia Dios y desobediente a sus leyes. Por lo tanto no hay un solo justo, ni siquiera uno (Romanos 3:10).

¿Cuál es la consecuencia del pecado? Debido a que cada persona que jamás haya vivido ha nacido manchado de pecado, muerto en delitos y transgresiones delante de Dios (Efesios 2:1-3), todos son contados como rebeldes, desobedientes y incapaces de cumplir con las expectativas de obediencia perfecta (Romanos 3:23). La pena de tal pecado es clara: la muerte, la muerte no sólo física, sino también la muerte espiritual (Romanos 6:23). Los que han nacido en esta naturaleza pecaminosa merecen ser castigados con muerte espiritual por su desobediencia ante un Dios santo y justo. Esto significa una sola cosa: separación eterna de Dios. Dios, siendo totalmente santo, no puede permitir que el pecado y la desobediencia residan en su santidad, siendo la única solución el ser condenados a un castigo eterno por causa del pecado.

¿Cuál es la solución? ¿Qué podemos hacer para salvarnos de tal condenación? Nada. No podemos salvarnos de tal separación eterna de Dios, pues en nuestra pecaminosidad estamos incapacitados de elegir a Dios y hacer suficientemente cosas buenas para lograr la obediencia perfecta que requiere Dios (Tito 3:5). Los hombres son totalmente depravados, esto es que no son capaces de obedecer a Dios ya que están muertos espiritualmente, incapaz de alcanzar una posición redimida ante Dios (Isaías 64:6). Los hombres están muertos en pecado y totalmente ciegos a cualquier deseo de agradar a Dios (Efesios 2:8-9).

3. Háblale de Jesús

¿Quién es Jesús? Dios, teniendo pleno conocimiento de todo lo que ha sucedido y sucederá, sabía que los humanos no serían capaces de obedecerle perfectamente y que Adán y Eva pecarían, distorsionando así la naturaleza en la que cada ser humano nace. Y en su amor, compasión y misericordia, envió a su único hijo al mundo, Jesús. Nacido de una virgen y siendo Dios y hombre sin pecado a la vez (Colosenses 2:9), vino a esta tierra con el fin de restablecer la gente de vuelta a una relación correcta con Dios. Dios mismo tomó la forma de un hombre con el fin de entrar en este mundo para salvar a pecadores, pues los hombres no pueden alcanzar una posición correcta delante de Dios por sí mismos.

¿Por qué murió Jesús? Debido a que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), se necesitaba que alguien no contaminado por el pecado muriera para pagar el castigo de los pecados. Así fue como Jesús, un hombre sin pecado y Dios mismo, muestra el amor de Dios en su propia muerte en la cruz, pagando así la pena del pecado (Romanos 5:8). En esencia, Dios puso nuestros pecados sobre Cristo con el fin de que los que Dios amó pudieran ser hechos limpios de pecado delante de Dios (2 Corintios 5:21). En otras palabras, los que fueron hechos justos delante de Dios no lo lograron por su propio esfuerzo o deseo, sino que fueron justificados por una justicia ajena que fue imputada sobre ellos en la muerte de Cristo (1 Pedro 2:24). Cristo tuvo que vivir una vida sin pecado, sufrir y morir en la cruz para ser el redentor del pueblo de Dios, a fin de presentarlos limpios y sin mancha delante de Dios. Aunque la gente todavía no puede obedecer perfectamente la ley de Dios, la muerte de Cristo ha pagado el precio de todos nuestros defectos y nos ha hecho justicia de Dios por medio de la muerte de Cristo en la cruz.

¡Ésta es la belleza y el milagro de la cruz! Pecadores son contados como perfectamente obedientes basados en la perfecta obediencia de Cristo, siendo obediente hasta la muerte en la cruz. Dios no sólo envió a su Hijo a morir en la cruz, sino también lo levantó de entre los muertos (1 Corintios 15:4). Jesucristo está ahora vivo a la diestra de Dios en el cielo.

4. Háblale de la salvación

La salvación que Dios logró a través de la muerte de Cristo no es universal, lo que quiere decir que no todo el mundo está ahora a salvo de un castigo eterno por desobedecer la ley de Dios. Hay algo que se debe hacer para ser salvo de la pena del pecado y ser contado entre los que Dios ha restaurado por medio de la muerte y la resurrección de Cristo: creer y arrepentirse. Para ser salvo debe haber arrepentimiento de todo lo que deshonra a Dios (Isaías 55:7) y de los pecados que se han cometido. Y su vez debe haber una creciente separación de todo lo que desagrada a Dios, sabiendo que Dios persona a todo pecador que se arrepiente (Lucas 9:23).

No solo tiene que haber arrepentimiento, sino que también se debe creer en Cristo como Señor y Salvador (Romanos 10:9). Esto significa creer en Jesucristo tanto como Salvador de la pena del pecado y como amo y Señor, pues así como Dios se convirtió en el gobernante de todo lo que existe al crear el mundo, así también Cristo es la cabeza de los que, por la obra divina de salvación hecha de parte de Dios, han sido llamados a salvación y ahora experimentar una relación restaurada con Dios. Sólo aquellos que por la fe se arrepienten y creen serán hechos vivos en Cristo y su sus pecados limpios y borrados en la cruz de Cristo.

Los que no se arrepienten y creen en la verdad del evangelio de Cristo, su muerte y resurrección, les espera un castigo eterno por causa de sus pecados, pues no obedecieron perfectamente a la ley de Dios ya que su naturaleza pecaminosa les imposibilita hacerlo (Romanos 8:1-8). Pero aquellos que se arrepienten y creen, Dios promete perdón competo en Cristo, redención de todos los pecados a través de la muerte de Cristo en la cruz, comunión con Dios Padre y una futura morada eterna con él en el cielo.

Alberto Solano, graduado con una Maestría en Divinidad (M.Div.) en The Master’s Seminary, actualmente estudia una Maestría en Teología (Th.M.) con énfasis en el Nuevo Testamento. Aparte de servir en el ministerio hispano de Grace Community Church, Alberto trabaja en el departamento de admisiones del seminario.

La parábola de los obreros de la viña

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola de los obreros de la viña

Jonathan T. Pennington

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

«Jardines imaginarios con sapos reales en ellos». Así es como un escritor ha descrito las parábolas de Jesús. Son historias imaginarias pero se relacionan con la vida real. Son jardines imaginarios pero en ellos hay sapos reales. A menudo esos sapos somos nosotros.

Mateo 20:1-16 inicia con una situación común en el mundo antiguo: un hacendado necesita obreros, así que, contrata a algunos jornaleros. A medida que avanza el día, necesita más trabajadores. Por lo que regresa varias veces hasta que solo falta una hora antes de que termine la jornada.

Pero luego el dueño de la viña hace algo extraño. Al final del día, llama a todos los obreros y les paga a los que solo trabajaron una hora, el salario completo de un día. Este acto impresionantemente generoso provoca un murmullo en el grupo. Los obreros que trabajaron el día completo hacen rápidamente los cálculos: «Si estos que trabajaron solo una hora recibieron un denario, entonces nosotros ganaremos un buen dinero», probablemente piensen. Esperan que este sea su día de suerte.

En la parábola, Jesús les recuerda que todo lo que tienen proviene de Dios, que todas sus bendiciones son por la generosidad de Dios, no por su propio obrar.

De modo que podemos entender que cuando a los obreros les llegó el pago y se les puso en sus manos extendidas y cubiertas de ampollas el mismo salario que a aquellos que fueron contratados más tarde, no estaban muy contentos que digamos. Se pusieron furiosos, lo suficiente como para quejarse abiertamente ante su benefactor. El dueño les responde diciendo que les había pagado la cantidad justa que habían acordado y que como él elija gastar su dinero, incluyendo la decisión de ser generoso con aquellos que tuvieron menos oportunidad de trabajar, depende de él. Los trabajadores quejosos no habían sido tratados injustamente. Su tormento emocional se debía a expectativas basadas en su envidia, no en la injusticia.

En la historia de la Iglesia, han existido muchos intentos de explicar esta parábola. Algunos han sugerido que las cinco contrataciones distintas representan cinco etapas de la historia mundial durante las cuales Dios ha llamado a Su pueblo hacia Sí mismo, o diferentes etapas en la vida en las que una persona puede convertirse en cristiano. El punto es que Dios es bondadoso con todos y le da la bienvenida a todos a Su reino, sin importar cuándo son llamados. Algunos dicen que la parábola es una imagen del reino futuro de Dios donde todos los salvos reciben el cielo, no importando cuánto hayan trabajado para Dios. Pero la más amplia y quizás más popular interpretación es que esta parábola es simplemente una imagen de la increíble y maravillosa gracia y generosidad de Dios, o en pocas palabras, del evangelio.

Cada una de estas interpretaciones tiene algo de verdad en ella. Pero existe algo más que debemos ver. La clave está en prestar atención al contexto que Mateo nos da para esta parábola. La historia que precede a nuestra parábola es acerca del rico, líder de una sinagoga, que termina no siguiendo a Jesús debido a que su amor por sus posesiones era demasiado grande (19:16-22). Ante esto, los discípulos estaban conmocionados. Jesús entonces les promete recompensas asombrosas por haber dejado todo lo que tenían para seguirle (vv. 23-30). Esta promesa de que los discípulos se sentarían en doce tronos consume tanto sus pensamientos, que poco después Jacobo y Juan ya estaban deseando ser los que se sentaran en los tronos más cercanos a Jesús (20:20-28).

Ese contexto muestra que esta parábola va dirigida directo a nuestros corazones, a esos problemas gemelos de la autocomplacencia y la envidia. Cuando el joven rico se alejó con las manos vacías pero a los humildes discípulos se les prometió ser gobernantes, era imposible para ellos el no ser un poco autocomplacientes, enorgullecerse un tanto de su sabio logro, de su mejor elección de seguir a Jesús. En la parábola, Jesús les recuerda que todo lo que tienen proviene de Dios, que todas sus bendiciones son por la generosidad de Dios, no por su propio obrar. Los discípulos no son mejores que el hombre rico. Al mismo tiempo, Jesús presiona directamente en nuestros corazones, que son propensos a la envidia. Jesús desafía a Sus discípulos a no mirar lo que otros tienen y tornarse amargados y celosos. La rivalidad es destructiva para el alma porque todo en la vida es un regalo que proviene de Dios. 

Por lo tanto, esta parábola nos da una visión de la generosa gracia de Dios hacia nosotros y hacia otros. Encontramos vida cuando fijamos nuestros ojos, no horizontalmente en lo que otros tienen, sino verticalmente, en la generosidad del Dueño de toda la tierra, el Rey Jesús, que nos llama amigos y nos provee sabia y generosamente.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jonathan T. Pennington
Jonathan T. Pennington

Dr. Jonathan T. Pennington es profesor del Nuevo Testamento y director de estudios de doctorado Ph.D. del Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky, y es ministro asociado de predicación en la Sojourn East Church. Es autor de varios libros, incluyendo The Sermon on the Mount [El Sermón del Monte] y Human Flourishing [El florecimiento humano].

El clavo en el ataúd de nuestros corazones

Pasión por el Evangelio

El clavo en el ataúd de nuestros corazones

Tony Reinke

Hace quinientos años, Dios encendió una pequeña llama en Wittenberg, Alemania, y se convirtió en el fuego de la Reforma Protestante. Lo que comenzó como una iniciativa de Martín Lutero, pronto se convirtió en un movimiento que impactó la cultura, destruyendo toda falsa imagen de Dios en la adoración cultural de la época.

Se volvió complicado.

Destrozaron imágenes, estatuas, santuarios y reliquias. Pero estas eran simplemente manifestaciones externas de los ídolos invisibles arraigados en los corazones pecadores, ídolos a veces cubiertos bajo el disfraz del «cristianismo».

Los reformadores percibieron la antigua expresión de la fabricación de ídolos como simplemente la expresión de un ídolo interior, una confianza falsamente colocada. La Reforma Protestante fue una declaración de guerra a los pensamientos vanos sobre Dios. Y cuando esto sucede, se declara la guerra a los ídolos de la cultura.

Fábrica de ídolos

Juan Calvino escribió: «La naturaleza del hombre, por así decirlo, es una fábrica perpetua de ídolos». Pero presta atención a lo que Calvino expresa después:

La mente del hombre, llena de orgullo y audacia, se atreve a imaginar un dios según su propia capacidad; al andar con lentitud, es abrumada por la más cruda ignorancia, concibe una irrealidad y una apariencia vacía como Dios. (Institutos, 1:108)

No hay nada más peligroso que la confianza religiosa en un falso dios creado por nuestra propia imaginación.

Martín Lutero luchó en esta misma guerra, escribiendo contra Roma:

Los malvados dicen y confiesan […] «Soy un monje. Sirvo a Dios con votos y ceremonias. Por eso me dará la vida eterna». ¿Pero quién dice que estás adorando así al verdadero Dios, cuando él no ha ordenado estas cosas? Por lo tanto, te has inventado un dios que quiere estas cosas, aunque no hay un Dios verdadero que lo requiera o que quiera dar la vida eterna por esto. ¿Qué estás adorando entonces, excepto un ídolo de tu propio corazón, al que crees que le place la justicia de tus obras? (Obras, 18:9-10).

Analiza la mentira expuesta: «Seré feliz una vez que logre mi seguridad espiritual por mis propios actos, mis votos y por el mérito de las ceremonias y votos que realizo».

Esta afirmación es un falso ídolo, una falsa seguridad en la carne, una falsa imagen de Dios, un falso evangelio y, en resumen, todo esto es un falso dios.

La teología superficial

La Reforma Protestante fue iniciada por esta confrontación de vanas seguridades. Los reformadores se opusieron a las imágenes, estatuas, santuarios y reliquias. Pero principalmente, los Reformadores señalaban a los ídolos doctrinales, las falsas afirmaciones sobre Dios y las presunciones sobre Dios que engañaban a generaciones enteras (2 Co 10:4-5; Col 2:8).

Los reformadores se basaron en los primeros tres mandamientos para desafiar esta atracción universal por los ídolos en todas las culturas.

Primer mandamiento en Éxodo 20:3: No sigas a otros dioses.

Segundo Mandamiento en Éxodo 20:4-6: No corrompas tu adoración a Dios con imágenes vanas.

Tercer Mandamiento en Éxodo 20:7: No uses el nombre de Dios en vano.

Estos tres mandamientos son tres advertencias divinas contra los pensamientos vanos y superficiales de Dios.

La primera advertencia  prohíbe el sincretismo. No pienses que puedes mezclar a Dios con tu adoración a los ídolos. Si quieres un tercio de Dios, y dos tercios de otros ídolos, no tendrás nada de Dios. El sincretismo es un pensamiento vano sobre Dios.

La segunda advertencia prohíbe el reduccionismo. No pienses que puedes reducir a Dios a algo manejable, que lo puedes sostener en una mano como un ídolo que ponen en las casas o un pequeño becerro de oro. La tierra es el estrado de sus pies (Is 66:1). El reduccionismo de Dios también es un pensamiento vano sobre Dios.

La tercera advertencia prohíbe la presunción. No hables precipitadamente de Dios. Es vanidad pensar que podemos invocar el nombre de Dios para cubrir nuestra ignorancia sobre quién es realmente. La presunción sobre Dios otro pensamiento vano sobre él.

En esencia, todos los ídolos físicos del Antiguo Testamento mienten sobre Dios. Eso es todo lo que pueden hacer: mentir. Los ídolos nacen de las mentiras. Así, a su vez, los ídolos sólo pueden predicar sermones de engaño a sus adoradores (Jer 10:15; Hab 2:18; Zac 10:2).

Y como hace referencia Lutero del texto de las Escrituras, el becerro de oro fue moldeado con un cincel, un «instrumento de escritura» que originalmente tenía como propósito escribir la verdad sobre Dios, pero en cambio se utilizó para dar forma a una mentira de oro (Éx 32:4).

Nuestros ídolos en la actualidad

Señalar a los ídolos religiosos de la época se convertiría en la principal discusión mientras los reformadores reclamaban y proclamaban las epístolas de Pablo a los gálatas y romanos.

El corazón del hombre es una fábrica de ídolos, y fue necesaria una revolución para frenarlo. Los predicadores tuvieron que ser instruidos y enviados a otros lugares, los evangelistas tuvieron que cumplir su llamado, los misioneros tuvieron que viajar por mares oscuros hacia tierras desconocidas, los traductores tuvieron que traducir las Escrituras a la lengua de cada pueblo, y las iglesias locales tuvieron que crecer para poder servir en esta guerra. Cada creyente tuvo que resistir la fábrica de ídolos de su corazón llenando sus corazones con Cristo y alimentándose de un abundante conocimiento de quién Dios ha revelado ser en las Escrituras.

Esta era la principal preocupación que los reformadores tenían hace quinientos años. El pensamiento superficial sobre Dios siempre reemplaza a Dios, y pone en su lugar un ídolo fraudulento de seguridad, o sexo, o riqueza, o poder, o incluso, de religión.

La triste realidad es que las Escrituras nos advierten una y otra vez que todos somos fabricantes de ídolos. Siete mil millones de politeístas hoy en día no pueden dejar (ni dejarán) de rendir culto, porque no pueden dejar de poner su esperanza y seguridad en estas cosas. La gracia soberana debe romper nuestros impulsos idólatras.

Como Juan Calvino célebremente expresó: «El corazón humano es una fábrica de ídolos, produciendo nuevos ídolos como una cinta transportadora de una fábrica que produce nuevos aparatos». Los ídolos comunes emergen de los corazones caídos e inundan cada rincón de los medios de comunicación en nuestra cultura, en los medios sociales, la televisión, la música, las películas y las novelas.

Hace mucho tiempo, en Wittenberg, Alemania, un monje inició una guerra de quinientos años contra la idolatría. Y la llama de la Reforma perdura, porque las batallas fundamentales continúan hoy en día.

Hace quinientos años, Dios encendió una pequeña llama en Wittenberg, Alemania, y se convirtió en el fuego de la Reforma Protestante. Lo que comenzó como una iniciativa de Martín Lutero, pronto se convirtió en un movimiento que impactó la cultura, destruyendo toda falsa imagen de Dios en la adoración cultural de la época.

Se volvió complicado.

Destrozaron imágenes, estatuas, santuarios y reliquias. Pero estas eran simplemente manifestaciones externas de los ídolos invisibles arraigados en los corazones pecadores, ídolos a veces cubiertos bajo el disfraz del «cristianismo».

Los reformadores percibieron la antigua expresión de la fabricación de ídolos como simplemente la expresión de un ídolo interior, una confianza falsamente colocada. La Reforma Protestante fue una declaración de guerra a los pensamientos vanos sobre Dios. Y cuando esto sucede, se declara la guerra a los ídolos de la cultura.

Fábrica de ídolos

Juan Calvino escribió: «La naturaleza del hombre, por así decirlo, es una fábrica perpetua de ídolos». Pero presta atención a lo que Calvino expresa después:

La mente del hombre, llena de orgullo y audacia, se atreve a imaginar un dios según su propia capacidad; al andar con lentitud, es abrumada por la más cruda ignorancia, concibe una irrealidad y una apariencia vacía como Dios. (Institutos, 1:108)

No hay nada más peligroso que la confianza religiosa en un falso dios creado por nuestra propia imaginación.

Martín Lutero luchó en esta misma guerra, escribiendo contra Roma:

Los malvados dicen y confiesan […] «Soy un monje. Sirvo a Dios con votos y ceremonias. Por eso me dará la vida eterna». ¿Pero quién dice que estás adorando así al verdadero Dios, cuando él no ha ordenado estas cosas? Por lo tanto, te has inventado un dios que quiere estas cosas, aunque no hay un Dios verdadero que lo requiera o que quiera dar la vida eterna por esto. ¿Qué estás adorando entonces, excepto un ídolo de tu propio corazón, al que crees que le place la justicia de tus obras? (Obras, 18:9-10).

Analiza la mentira expuesta: «Seré feliz una vez que logre mi seguridad espiritual por mis propios actos, mis votos y por el mérito de las ceremonias y votos que realizo».

Esta afirmación es un falso ídolo, una falsa seguridad en la carne, una falsa imagen de Dios, un falso evangelio y, en resumen, todo esto es un falso dios.

La teología superficial

La Reforma Protestante fue iniciada por esta confrontación de vanas seguridades. Los reformadores se opusieron a las imágenes, estatuas, santuarios y reliquias. Pero principalmente, los Reformadores señalaban a los ídolos doctrinales, las falsas afirmaciones sobre Dios y las presunciones sobre Dios que engañaban a generaciones enteras (2 Co 10:4-5; Col 2:8).

Los reformadores se basaron en los primeros tres mandamientos para desafiar esta atracción universal por los ídolos en todas las culturas.

Primer mandamiento en Éxodo 20:3: No sigas a otros dioses.

Segundo Mandamiento en Éxodo 20:4-6: No corrompas tu adoración a Dios con imágenes vanas.

Tercer Mandamiento en Éxodo 20:7: No uses el nombre de Dios en vano.

Estos tres mandamientos son tres advertencias divinas contra los pensamientos vanos y superficiales de Dios.

La primera advertencia  prohíbe el sincretismo. No pienses que puedes mezclar a Dios con tu adoración a los ídolos. Si quieres un tercio de Dios, y dos tercios de otros ídolos, no tendrás nada de Dios. El sincretismo es un pensamiento vano sobre Dios.

La segunda advertencia prohíbe el reduccionismo. No pienses que puedes reducir a Dios a algo manejable, que lo puedes sostener en una mano como un ídolo que ponen en las casas o un pequeño becerro de oro. La tierra es el estrado de sus pies (Is 66:1). El reduccionismo de Dios también es un pensamiento vano sobre Dios.

La tercera advertencia prohíbe la presunción. No hables precipitadamente de Dios. Es vanidad pensar que podemos invocar el nombre de Dios para cubrir nuestra ignorancia sobre quién es realmente. La presunción sobre Dios otro pensamiento vano sobre él.

En esencia, todos los ídolos físicos del Antiguo Testamento mienten sobre Dios. Eso es todo lo que pueden hacer: mentir. Los ídolos nacen de las mentiras. Así, a su vez, los ídolos sólo pueden predicar sermones de engaño a sus adoradores (Jer 10:15; Hab 2:18; Zac 10:2).

Y como hace referencia Lutero del texto de las Escrituras, el becerro de oro fue moldeado con un cincel, un «instrumento de escritura» que originalmente tenía como propósito escribir la verdad sobre Dios, pero en cambio se utilizó para dar forma a una mentira de oro (Éx 32:4).

Nuestros ídolos en la actualidad

Señalar a los ídolos religiosos de la época se convertiría en la principal discusión mientras los reformadores reclamaban y proclamaban las epístolas de Pablo a los gálatas y romanos.

El corazón del hombre es una fábrica de ídolos, y fue necesaria una revolución para frenarlo. Los predicadores tuvieron que ser instruidos y enviados a otros lugares, los evangelistas tuvieron que cumplir su llamado, los misioneros tuvieron que viajar por mares oscuros hacia tierras desconocidas, los traductores tuvieron que traducir las Escrituras a la lengua de cada pueblo, y las iglesias locales tuvieron que crecer para poder servir en esta guerra. Cada creyente tuvo que resistir la fábrica de ídolos de su corazón llenando sus corazones con Cristo y alimentándose de un abundante conocimiento de quién Dios ha revelado ser en las Escrituras.

Esta era la principal preocupación que los reformadores tenían hace quinientos años. El pensamiento superficial sobre Dios siempre reemplaza a Dios, y pone en su lugar un ídolo fraudulento de seguridad, o sexo, o riqueza, o poder, o incluso, de religión.

La triste realidad es que las Escrituras nos advierten una y otra vez que todos somos fabricantes de ídolos. Siete mil millones de politeístas hoy en día no pueden dejar (ni dejarán) de rendir culto, porque no pueden dejar de poner su esperanza y seguridad en estas cosas. La gracia soberana debe romper nuestros impulsos idólatras.

Como Juan Calvino célebremente expresó: «El corazón humano es una fábrica de ídolos, produciendo nuevos ídolos como una cinta transportadora de una fábrica que produce nuevos aparatos». Los ídolos comunes emergen de los corazones caídos e inundan cada rincón de los medios de comunicación en nuestra cultura, en los medios sociales, la televisión, la música, las películas y las novelas.

Hace mucho tiempo, en Wittenberg, Alemania, un monje inició una guerra de quinientos años contra la idolatría. Y la llama de la Reforma perdura, porque las batallas fundamentales continúan hoy en día.

Tony Reinke

Tony Reinke es el escritor principal de Desiring God y autor de Competing Spectacles (2019), 12 Ways Your Phone Is Changing You (2017), John Newton on the Christian Life (2015), y Lit! A Christian Guide to Reading Books (2011). Es el anfitrión del podcast Ask Pastor John y vive en el Phoenix con su esposa y tres hijos.

¿Por qué todo pecado es, en última instancia, un pecado contra Dios?

Got Questions

¿Por qué todo pecado es, en última instancia, un pecado contra Dios?

El pecado generalmente daña a otra persona, pero, en última instancia, todo pecado es contra Dios. La Biblia contiene muchas referencias de personas que admiten: «He pecado contra Dios» (Éxodo 10:16; Josué 7:20; Jueces 10:10). Génesis 39:9 nos da una visión más cercana de esto. José estaba siendo tentado a cometer adulterio con la esposa de Potifar. Al resistirse a ella, dijo: «No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?». Resulta interesante que José no dijera que su pecado sería contra Potifar. Esto no quiere decir que Potifar no se viera afectado. Sin embargo, la mayor lealtad de José era hacia Dios y a Sus leyes. Era a Dios a quien no quería ofender.

David dijo algo similar después de haber pecado con Betsabé (2 Samuel 11). Cuando fue confrontado con su pecado, David se arrepintió profundamente, diciendo a Dios: «Contra ti, contra ti solo he pecado» (Salmo 51:4). Está claro que también había pecado contra Betsabé y su marido, aunque fue la violación de la ley de Dios lo que más afligió a David. Dios odia el pecado porque es la antítesis de Su naturaleza y porque nos perjudica a nosotros o a otra persona. Al pecar contra Dios, David también había dañado a otras personas.

Cuando alguien comete un crimen, la persona que fue perjudicada por el crimen no es la que castiga al criminal. Es la ley la que juzga a una persona culpable o inocente, no la víctima. Lo que se ha violado es la ley. Independientemente de los méritos o la inocencia de la víctima, todos los delitos se cometen en última instancia contra la ley establecida. Si robas en la casa de tu vecino, obviamente has perjudicado a tu vecino, pero no es él quien te hace rendir cuentas. Es una ley superior la que has violado. El gobierno tiene la responsabilidad de condenarte y castigarte; tu vecino, aunque se vea afectado por tu delito, se somete al gobierno.

De la misma manera, toda ley moral comienza con Dios. Como fuimos creados a imagen de Dios, tenemos Su ley moral escrita en nuestros corazones (Génesis 1:27). Cuando Adán y Eva comieron del árbol prohibido en el Jardín del Edén, Dios dijo: «He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal» (Génesis 3:22). En ese momento, que sepamos, no se había establecido ninguna ley escrita. Sin embargo, Dios había comunicado claramente Su voluntad a Adán y Eva, y ellos supieron que habían pecado y corrieron a esconderse de Dios (Génesis 3:10). Su vergüenza después de pecar era evidente.

Nosotros también sabemos intrínsecamente cuándo hemos pecado. El pecado es una perversión del diseño perfecto de Dios. Todos llevamos la imagen misma de Dios, y cuando pecamos, estropeamos esa semejanza. Fuimos creados para ser espejos de la gloria de Dios (Efesios 2:10; 4:24; Hebreos 2:7). El pecado es una gran mancha en el espejo, y reduce la belleza y la santidad que debemos reflejar. Cuando pecamos, nos salimos del propósito para el que fuimos creados, violando así la ley moral de Dios, y somos responsables ante Él por la transgresión. Romanos 3:23 dice: «Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios». El pecado es cualquier cosa que se aleja del plan de Dios. Por lo tanto, ya sea que nos perjudique a nosotros o a otra persona, todo pecado es, en última instancia, contra un Dios santo.

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

¿Qué es el Día de la Reforma?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

¿Qué es el Día de la Reforma?

Stephen Nichols

Un solo evento en un solo día cambió el mundo. Ocurrió el 31 de octubre de 1517. El hermano Martín, monje y erudito, había luchado durante años con su iglesia, la Iglesia en Roma. Se sentía grandemente perturbado por la venta sin precedentes de indulgencias. La historia tiene todos los elementos de un éxito de taquilla en Hollywood. Conozcamos al elenco.

Primero, está el joven obispo —demasiado joven según las leyes de la Iglesia— Alberto de Maguncia. No solo era obispo sobre dos diócesis, sino que deseaba un arzobispado adicional sobre Maguncia. Esto también iba en contra las leyes de la Iglesia. Así que Alberto apeló al Papa en Roma, León X. Proveniente de la familia de Médici, León X avariciosamente permitió que sus gustos excedieran sus recursos financieros. Entran los artistas y escultores, Rafael y Miguel Ángel.

Cuando Alberto de Maguncia apeló por una dispensación papal, León X estaba preparado para negociar. Alberto, con la bendición papal, vendería indulgencias por los pecados pasados, presentes y futuros. Todo esto molestó al monje Martín Lutero. ¿Podemos comprar nuestro acceso al cielo? Lutero tuvo que protestar.

Pero ¿por qué el 31 de octubre? El 1 de noviembre ocupaba un lugar especial en el calendario de la Iglesia como el Día de Todos los Santos. El 1 de noviembre de 1517, una exposición masiva de reliquias recién adquiridas serían exhibidas en Wittenberg, la ciudad de Lutero. Los peregrinos vendrían de todas partes, harían una genuflexión ante las reliquias, y eliminarían así cientos si no miles de años de tiempo en el purgatorio. El alma de Lutero se enfurecía cada vez más. Nada de esto parecía correcto.

Martín Lutero, un erudito, tomó la pluma en la mano, la sumergió en su tintero y publicó sus 95 Tesis el 31 de octubre de 1517. Estas tenían la intención de suscitar un debate, para estimular la reflexión entre sus hermanos y compañeros en la Iglesia. Las 95 Tesis suscitaron mucho más que un debate. Estas 95 Tesis también revelaron que la Iglesia ya no podía ser rehabilitada. Se necesitaba una reforma. La Iglesia y el mundo nunca volverían a ser los mismos.

Una de las 95 Tesis de Lutero de manera simple declara: «El verdadero tesoro de la Iglesia es el Evangelio de Jesucristo». Esa declaración sola es el significado del Día de la Reforma. La Iglesia había perdido de vista el Evangelio porque hacía mucho tiempo que había cubierto las páginas de la Palabra de Dios con capas y capas de tradición. La tradición siempre produce sistemas de obras para ganar tu camino de regreso a Dios. Fue así en el caso de los fariseos como también en el catolicismo romano medieval. ¿No dijo el mismo Cristo: “Mi yugo es fácil y mi carga ligera?” El Día de la Reforma celebra la gozosa belleza del Evangelio liberador de Jesucristo.

¿Qué es el Día de la Reforma? Es el día en que la luz del Evangelio prorrumpió de las tinieblas. Fue el día en que comenzó la Reforma protestante. Fue un día que llevó a Martín Lutero, Juan Calvino, John Knox y a otros reformadores a ayudar a la Iglesia a encontrar su camino de regreso a la Palabra de Dios como la única autoridad para la fe y la vida y a guiar a la Iglesia de regreso a las gloriosas doctrinas de la justificación por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo. Este día encendió el fuego de los esfuerzos misioneros, motivó la composición de himnos y el canto congregacional y promovió la centralidad del sermón y la predicación para el pueblo de Dios. Es la celebración de una transformación teológica, eclesiástica y cultural.

Es por eso que celebramos el Día de la Reforma. Este día nos recuerda que debemos estar agradecidos por nuestro pasado y al monje convertido en reformador. Además, este día nos recuerda nuestro deber, nuestra obligación de mantener la luz del Evangelio en el centro de todo lo que hacemos.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries.
Stephen Nichols
Stephen Nichols

El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our SalvationJonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and ThoughtPeace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life. Él está en Twitter @DrSteveNichols.

¿Hay pastoras en la Biblia?

Sirviendo al Dios del evangelio en Almería

¿Hay pastoras en la Biblia?

Will Graham
Sirviendo al Dios del evangelio en Almería

No, no hay pastoras de iglesia en la Biblia.

En el contexto de la congregación local, Dios ha asignado roles diferentes a los hombres y mujeres.

El Espíritu Santo dice:

“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Timoteo 2:11-12).

¿Por qué?

“Porque Adán fue formado primero, después Eva” (v. 13).

Lo que tenemos aquí no es un consejo pastoral para no herir la sensibilidad cultural de los efesios (como creen muchas feministas evangélicas actuales) sino un argumento a partir de la mismísima creación.

En el Edén, antes de la caída, Dios quiso que el hombre gobernara y que su esposa fuera su ayuda idónea. El diseño divino exige que el hombre sea la cabeza del hogar y de la iglesia (la cabeza de cabezas y el pastor de pastores es el varón Jesucristo), no la mujer.

La autoridad fue dada al hombre antes de la caída, en el estado de perfección. Y el Señor quiere ver este orden reflejado en la comunidad de la re-creación.

Si es así, ¿qué hacemos con Débora?

Bueno, Débora era una líder socio política, no eclesial. No exponía las Escrituras al pueblo ni ofrendaba por los pecados.

¿Y qué hacemos con Gálatas 3:28 que declara que en Cristo no hay varón ni mujer?

Pues, interpretamos aquel pasaje en su contexto. Allí el apóstol Pablo (el cual redactó el pasaje antes citado en 1 Timoteo 2:11-13) está desarrollando la doctrina de la justificación y explica que nadie será justificado por ser hombre ni mujer sino por tener fe en el Salvador, Jesucristo.

Así que, no, no hay pastoras de iglesia en la Biblia.

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

Escribe semanalmente en sus blogs en Protestante Digital Evangelical Focus y colabora con Unión BíblicaCoalición por el Evangelio Pasión por el Evangelio.

¡Bienvenidos a su página oficial!

https://pastorwillgraham.com/

Soli Deo gloria.