Conozco un libro que me informa sobre lo que había “en el principio”, antes de que el tiempo existiese. Me dice cómo empezó y cómo acabará el universo. Partiendo del “principio”, me lleva a través de los siglos y milenios hasta la eternidad futura, cuando el tiempo dejará de existir…
Este libro ilumina el futuro, así como el pasado. Su autor declara: “Yo soy Dios, y no hay otro Dios… que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad… lo he pensado, y también lo haré” (Isaías 46:9-11).
Este libro me cuenta cómo entraron y cómo serán definitivamente destruidos el sufrimiento y la muerte en el mundo.
Traza la historia de los hombres que vivieron antes de mí mejor que la mejor biografía, y me enseña sobre mí mismo más fielmente que un espejo. Me revela el objetivo de mi existencia y mi destino. Me muestra cómo ser perfectamente feliz.
Este libro me acompaña cada día en todas mis necesidades. Me aconseja en mis decisiones, me advierte de los peligros; si me desvío por no haberle pedido consejo, me trae al buen camino… Me ilumina de noche, si caigo me levanta, si estoy inquieto me tranquiliza. Me consuela, me anima, me alimenta, sacia mi sed…
Responde a mis preguntas, me revela los tesoros de la sabiduría… Su armonía es perfecta, nunca se contradice. Este libro es la Biblia, mensaje del Dios de amor y de verdad. Lo dedica a cada ser humano.
Esta es la confianza que tenemos en él (Dios), que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.1 Juan 5:14-15
Comando de voz
Mi tía es anciana y vive sola cerca de mi casa, pero por medio de su voz puede marcar mi número telefónico automáticamente. Sabe que basta llamarme por mi nombre para recibir ayuda en todo momento. Y es justamente lo que hace, incluso para los más pequeños problemas.
¡Hagamos como ella! Aprovechemos la relación permanente que existe entre la tierra y el cielo: una línea que nunca está ocupada. Basta con pronunciar el nombre de Dios, y ya tenemos la seguridad de que él nos oye.
La oración no consiste en recitar frases de memoria en cualquier circunstancia, sino en un contacto directo y personal con nuestro Creador, para pedirle su ayuda. Jesús habló de un hombre que hizo una oración muy breve: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13). ¡Y fue perdonado inmediatamente!
El cristiano también sabe que puede orar al Señor para contarle sus pequeños problemas cotidianos. Tenemos un Dios muy grande, para quien nada es demasiado pequeño cuando eso tiene que ver con sus hijos. ¡Nunca lo cansaremos! Un niño no teme molestar a sus padres para que le saquen punta al lápiz, le amarren el cordón de su zapato o respondan a sus múltiples preguntas, incluso si son inocentes y formuladas en un lenguaje infantil.
“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mateo 6:6-7).
¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío. Salmo 42:5
El desánimo
Sería falso y duro afirmar que un cristiano no puede estar triste. Es falso porque, creyentes o no, todos podemos pasar por fases de depresión que no tienen un origen espiritual. ¡Qué duro es para los que pasan por esas situaciones lamentables!
La Biblia cuenta la historia de creyentes que pasaron por grandes angustias, por ejemplo Job, Elías, Jeremías, Pablo.
Incluso sin tener momentos de depresión, a todos nos pasa que un día u otro estamos tristes o desanimados. En la vida de fe puede existir una sucesión de altibajos, de momentos en los que todo es claridad y otros en los que el horizonte parece oscurecerse. No dejemos que el pesimismo nos gane; nuestra fe debe estar vivificada continuamente por la lectura de la Palabra de Dios. Pidamos al Señor que haga brillar su luz en nuestro corazón mirando al Salvador en los evangelios.
La lectura de los salmos nos reconforta cuando nos sentimos turbados, desanimados, incomprendidos. A menudo sus autores cuentan su tristeza a Dios, ponen palabras a su sufrimiento. “¿Por qué te abates, oh alma mía…?”. Es como una toma de conciencia, la búsqueda de las causas de este sufrimiento, la convicción de que Dios quiere ocuparse de él y curar las heridas. Los momentos de recogimiento para buscar a Dios, solos o con la ayuda de hermanos y hermanas cristianos, pueden ser una gran ayuda.
“Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario” (Salmo 63:1-2).
Y mirándole el Señor (a Gedeón), le dijo: Ve con esta tu fuerza… ¿No te envío yo?Jueces 6:14
La mirada divina (2) – El Señor miró a Gedeón
Lea Jueces capítulo 6
Esta historia sucedió hace más de 3000 años, en el tiempo de los jueces, un período difícil para el pueblo de Israel. Desde hacía siete años el pueblo era atacado por un enemigo que tomaba sus bienes y destruía sus cosechas, dejando el país en una gran miseria. Pero no todos se rendían; en la familia de Joás, un joven llamado Gedeón trabajaba en secreto para proteger sus víveres del enemigo. Dios decidió emplearlo para salvar a su pueblo y se lo hizo saber. Gedeón no sabía quién era ese mensajero que lo saludaba con estas palabras reconfortantes: “El Señor está contigo, varón esforzado y valiente” (v. 12). Gedeón no se sentía fuerte, al contrario, se consideraba incapaz de llevar a cabo la misión propuesta. Entonces el ángel de Dios lo miró fijamente y le dijo: “Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas” (v. 14). A pesar de su desconfianza, Gedeón siguió con fe, paso a paso. Se dejó dirigir y Dios le dio la victoria.
Amigos creyentes, a veces nos sentimos aplastados por la magnitud de una tarea, pero Dios quiere captar nuestra mirada y animarnos. Quiere despejar nuestros temores y darnos la seguridad de su apoyo. Como lo hizo con Gedeón, lo hizo también con al apóstol Pablo, cuando le dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9), e incluso con el profeta Isaías: “Yo el Señor soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo” (Isaías 41:13). ¡También lo hará con nosotros!(mañana continuará)