Una caja de herramientas

Miércoles 1 Febrero
Sed hacedores de la palabra (de Dios), y no tan solamente oidores.
Santiago 1:22
Retenga tu corazón mis razones, guarda mis mandamientos, y vivirás.
Proverbios 4:4

Una caja de herramientas

En una boda de una pareja cristiana, después del mensaje bíblico, el que había hecho el oficio ofreció una Biblia a los recién casados: «Esta es la mejor caja de herramientas que puedo darles. Utilícenla todos los días, no se gasta».

Para nosotros los creyentes, la Palabra de Dios es:

– un martillo que quebranta la piedra (Jeremías 23:29),

– una lámpara a mi camino (Salmo 119:105),

– una espada de dos filos que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).

Nos da el gozo (Jeremías 15:16), la paz (Hechos 10:36), el alimento y el refrigerio para el alma (Salmo 36:8). Es la verdad (Juan 17:17), viva, penetrante y eterna (1 Pedro 1:23, 25). Es pura (Salmo 12:6). En la Biblia encontramos todo lo necesario para la vida de nuestra alma y el desarrollo de nuestras facultades espirituales. Pero para que nos sea de provecho, es preciso leerla atentamente y con regularidad. Ejercitémonos en hacer como el autor del salmo 119, el más largo de la Biblia, enteramente dedicado a la Palabra de Dios. Estas son algunas de las cosas que experimentó:

“En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (v. 11).

“Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado” (v. 93).

“Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tus mandatos” (v. 148).

“Mi escondedero y mi escudo eres tú; en tu palabra he esperado” (v. 114).

1 Samuel 25:23-44 – Mateo 20:16-34 – Salmo 18:31-36 – Proverbios 6:16-19

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Correr no lo es todo | Charles Spurgeon

Corrió, pues, Ahimaas por el camino de la llanura, y pasó delante del etíope».
2 Samuel 18:23

Correr no lo es todo: hay otras cosas en el camino que hemos elegido. El que corra velozmente por los valles y las montañas no avanzará más que el que viaje lentamente por un camino llano. ¿Cómo va mi viaje espiritual? ¿Estoy subiendo fatigosamente el collado de mis propias obras y descendiendo por las barrancas de mis humillaciones y resoluciones, o corro por el camino llano del «Cree y vive»? ¡Cuán bienaventurado es esperar en el Señor por la fe! El alma corre sin cansancio y marcha sin fatiga por el camino del creer.

Jesucristo es el camino de la vida: un camino llano, placentero, apropiado para los pies vacilantes y las rodillas débiles de los temblorosos pecadores. ¿Me hallo yo en ese camino o estoy angustiosamente buscando otra senda como la que me promete la superchería o la metafísica? He leído acerca del camino de santidad, en el cual el viajero, aunque sea torpe, no se extraviará. ¿He sido librado de la arrogante razón y llevado, como un niñito, a descansar en el amor y en la sangre de Jesús? Si es así, por la gracia de Dios, ganaré al más diestro corredor que haya elegido cualquier otro camino.

Recordaré para mi bien esta verdad en mis ansiedades y necesidades diarias. Mi determinación más sabia será ir directamente a mi Dios y no vagar de un lado para otro. Él conoce mis necesidades y puede aliviarlas. ¿A quién recurriré sino a Dios por el directo medio de la oración y el sencillo argumento de la promesa? No conferenciaré con los sirvientes, sino que iré directamente al Señor.

Al leer este pasaje llego a la siguiente conclusión: si los hombres compiten por cosas triviales y uno sobrepasa al otro, yo también debo mostrarme celoso y correr de tal manera que obtenga el premio (cf. 1 Co. 9:24). Señor, ayúdame a ceñir los lomos de mi entendimiento, para que prosiga «a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Fil. 3:14).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 39). Editorial Peregrino.

En quien también nosotros tuvimos herencia | Charles Spurgeon

Efesios 1:11 (VM)

30 de enero

En quien también nosotros tuvimos herencia

Efesios 1:11 (VM)

Cuando Jesús se dio a sí mismo por nosotros, nos otorgó todos sus derechos y privilegios; de modo que, aunque como Dios eterno tiene unos derechos esenciales que ninguna criatura puede aventurarse a pretender, sin embargo, como Jesús —el Mediador, la Cabeza representativa del pacto de gracia—, comparte una herencia con nosotros. Cada uno de los gloriosos resultados de su obediencia hasta la muerte son posesiones comunes de todos aquellos que están en él, a favor de los cuales cumplió la voluntad divina. Mira bien: Jesús entra en la gloria, pero no solo para sí mismo; pues está escrito: «Donde entró por nosotros como precursor» (He. 6.20). ¿Está él en la presencia de Dios? Está allí «para presentarse por nosotros» (He. 9:24).

Considera esto, creyente. En ti mismo no tienes el derecho de ir al Cielo; tu derecho está en Cristo. Si estás perdonado es por su sangre; si estás justificado es por su justicia; si estás santificado es porque él te ha sido hecho por Dios santificación; si permaneces sin caer es porque en Cristo Jesús estás preservado; y si, finalmente, llegas a ser perfecto, será porque estás completo en él. De este modo, Jesús es magnificado, pues todo existe en él y por él; así se nos garantiza la herencia, porque la hemos obtenido en él; así las bendiciones resultan más ricas y el Cielo mismo más esplendoroso, porque lo hemos obtenido todo en Jesús nuestro Amado. ¿Dónde está el hombre que pueda tasar nuestra divina porción? Pesa las riquezas y los tesoros de Cristo en balanzas, si puedes, y entonces intenta calcular los tesoros que pertenecen a los santos.

Mira si eres capaz de llegar al fondo del mar de gozo que hay en Cristo y, entonces, podrás tener la esperanza de comprender la gloria que Dios ha preparado para los que le aman. Salta, si puedes, por encima de las fronteras de las posesiones de Cristo y, entonces, sueña en poner límite a la hermosa herencia de los elegidos. «Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co. 3:23).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 38). Editorial Peregrino.

En el principio

Lunes 30 Enero

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Génesis 1:1-3

En el principio

En el principio: La Biblia empieza con esta expresión. No se trata de un comienzo cualquiera, como el de una nueva semana, sino del comienzo de la creación del universo, tal como Dios la operó. Antes de la creación no había nada, sino el Dios eterno.

Creó Dios: Dios tiene el poder para crear algo a partir de la nada. Los hombres, por el contrario, solo saben transformar lo que ya existe.

Los cielos y la tierra: este es el marco en donde se desarrolla toda la historia del hombre. De hecho, toda la Biblia habla sobre las relaciones entre la tierra y el cielo.

Y la tierra estaba desordenada y vacía: se expone el triste estado de nuestro planeta, que es el mismo estado del corazón humano. “El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”: Esta frase expresa el interés de Dios con respecto a la tierra, y con respecto a la humanidad: “De tal manera amó Dios al mundo…”.

Y dijo Dios: Sea la luz: Mediante esta primera frase, Dios introdujo la luz, es decir, el remedio a esta situación desoladora. Esta luz representa a Jesucristo. Él mismo dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12). “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1:9). En efecto, Dios envió a su Hijo unigénito al mundo perdido, para salvar a todos los que depositan su confianza en él.

Desde el principio de la Biblia encontramos el plan de salvación que, aún hoy, Dios ofrece a cada ser humano. ¡Que el Evangelio sea también el gran comienzo de su vida y de una verdadera relación con Dios!

1 Samuel 24 – Mateo 19 – Salmo 18:16-24 – Proverbios 6:6-11

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Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde. – Génesis 8:11

29 de enero
«Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde».
Génesis 8:11

Bendito sea el Señor por este otro día de gracia, aunque esté yo ahora fatigado con sus afanes. Al preservador de los hombres elevo mi cántico de gratitud. La paloma no halló descanso fuera del arca y, por lo mismo, volvió a ella; y mi alma ha conocido hoy, más plenamente que nunca, que no hay satisfacción en las cosas terrenales: solo Dios puede dar descanso a mi espíritu. Mis negocios, mis posesiones, mi familia, mis conocimientos, todo está bien en su lugar, pero esas cosas no pueden satisfacer los deseos de mi naturaleza inmortal: «Vuelve alma mía a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de bienes» (Sal. 116:7, LBLA). Fue en la hora del reposo, mientras las puertas del día se cerraban, cuando, con las alas fatigadas, la paloma volvió a su dueño. ¡Oh Señor, capacítame esta noche para volver a Jesús! La paloma no podía estar revoloteando toda la noche sobre las turbulentas aguas; tampoco puedo yo estar ni una hora más apartado de Jesús, descanso de mi corazón y hogar de mi espíritu. La paloma no descendió meramente sobre el techo del arca, sino que entró en ella. Así quisiera mi angustiado espíritu considerar lo secreto del Señor, penetrar en el interior de la verdad, entrar dentro del velo y llegar a mi Amado. Debo ir a Jesús: mi anhelante espíritu solo quedará satisfecho con una comunión muy íntima y amorosa con él. Bendito Jesús, quédate conmigo, revélate y permanece conmigo toda la noche, de suerte que, cuando despierte, pueda estar aún contigo. Observo que la paloma traía en su pico una hoja de olivo, recuerdo de los días pasados y profecía de los futuros. ¿No tengo yo algún placentero recuerdo que traer a la memoria? ¿Alguna promesa de cariño? Sí, Señor mío, yo te presento mi agradecido reconocimiento por tus apacibles misericordias que has renovado todas las mañanas y repetido todas las tardes; y, ahora, te ruego que extiendas tu mano y pongas a tu paloma en tu pecho.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 37). Editorial Peregrino.

Jesús – su obediencia (4)

Domingo 29 Enero

(Jesús), puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Lucas 22:41-42

Jesús entonces dijo a Pedro… La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?

Juan 18:11

Jesús – su obediencia (4)

Dios solo prohibió una cosa al primer hombre, a quien instaló en un maravilloso huerto: no debía comer del fruto de cierto árbol. Pero Adán desobedeció y decidió hacer su propia voluntad, y no la de Dios.

En contraste, la invariable línea de conducta de Jesús fue hacer la voluntad de su Padre. “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7). Y dijo a sus discípulos: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). También dijo: “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).

La desobediencia del primer hombre fue una terrible afrenta a Dios. Mediante su obediencia, Jesús devolvió a Dios el honor debido. Jesús no obedeció por obligación, sino por amor: “Para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago” (Juan 14:31).

Como era Dios, Jesús nunca había tenido que obedecer. Pero cuando se hizo hombre, mostró lo que convenía a esta condición, es decir, una obediencia incondicional a Dios. Esta obediencia lo llevó hasta la cruz: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Dios fue plenamente glorificado mediante la obediencia perfecta del hombre Cristo Jesús.

(continuará el próximo domingo)

1 Samuel 23 – Mateo 18:15-35 – Salmo 18:7-15 – Proverbios 6:1-5

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Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho – Lucas 2:20

¿Cuál era el motivo de su alabanza? Alababan a Dios por lo que habían oído: por las buenas nuevas de gran gozo que decían que les había nacido un Salvador. Imitémoslos; levantemos nosotros también un cántico de acción de gracias por haber oído de Jesús y de su salvación. También alababan a Dios por lo que habían visto. Hay una música más melodiosa: aquello que hemos experimentado, que hemos sentido en nosotros, de lo que nos hemos apropiado… «Las cosas que hemos hecho tocante al Rey».

No es suficiente oír acerca de Jesús. El mero acto de oír puede afinar el arpa, pero son los dedos de la fe viva los que producen la música. Si has visto a Jesús con la visión de la fe que Dios da, no consientas que haya las telarañas entre las cuerdas del arpa, sino que, en alta voz, para alabanza de la soberana gracia, despierta tu salterio y tu arpa.

Un motivo por el cual alababan a Dios aquellos pastores era la concordancia entre lo que habían oído y lo que habían visto. Observa la última frase: «Como se les había dicho». ¿Has encontrado que el evangelio no ha sido para ti lo que la Biblia dice que debiera haber sido? Jesús prometió que te daría descanso. ¿No has gozado en él de la más dulce paz? Él dijo que tendrías gozo, bienestar y vida, creyendo en él. ¿No has recibido todas estas cosas? ¿No son sus sendas, sendas de gozo, y sus pasos, pasos de paz? Sin duda puedes decir con la reina de Sabá: «Ni aun se me dijo la mitad». He hallado a Cristo más amable de lo que sus siervos me dijeron que era.

Contemplé su parecer mientras lo describían, pero eso era un mero manchón comparado con la realidad; porque el Rey en su hermosura eclipsa toda la belleza imaginable. Sin duda, lo que hemos visto guarda relación con lo que hemos oído: más aún, lo excede.

Glorifiquemos, pues, y alabemos a Dios por un Salvador tan precioso y que tanto satisface.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 36). Editorial Peregrino.

Ser cristiano

Sábado 28 Enero
(Jesús dijo:) No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Mateo 7:21
Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna.
Juan 6:40

Ser cristiano

–¡Soy cristiano!, dicen algunos, sin reflexionar mucho.

–Ah, ¿sí? Pero realmente, ¿en qué cree?

De hecho, todo el mundo «cree» en algo. ¡Incluso los demonios! “Los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19), pues conocen el poder de Dios. En Atenas, el apóstol Pablo dijo a los filósofos griegos: En su ciudad vi esta inscripción: “Al Dios no conocido” (Hechos 17:23). Los griegos, que pretendían ser sabios, creían en un dios que no conocían.

Pero, ¿esto significa ser cristiano? Volvamos a leer las palabras de Jesús citadas en el encabezamiento: ¿es posible vivir en la ilusión hasta tal punto? Todo lo que soy, todo lo que he hecho, incluso todo lo que creo, no me sirve de nada si no recibí a Jesús como mi Salvador.

–¡Pero fui bautizado!, replica la persona.

–Esto no le abre las puertas del cielo.

–Oro todos los días, voy a la iglesia regularmente; he tenido muchas pruebas…

–Esto tampoco le salvará…

Ser cristiano es aceptar que Jesús es mi único Salvador, quien me liberó del castigo que yo merecía, pues lo sufrió en mi lugar. Él es el Salvador que Dios me dio. Jesús lo afirma: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios… Os es necesario nacer de nuevo… El que cree en el Hijo (de Dios) tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:3, 7, 36). ¡Ser cristiano significa creer lo que Cristo enseña, creer en el valor de su sacrificio!

1 Samuel 22 – Mateo 18:1-14 – Salmo 18:1-6 – Proverbios 5:21-23

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¡No hay doble condena!

Viernes 27 Enero
(Dios es) justo, y… justifica al que es de la fe de Jesús.
Romanos 3:26
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
Romanos 8:1

¡No hay doble condena!

El mismo delito no se castiga dos veces. Este principio básico es bien conocido por los hombres de leyes. Cuando una persona ha sido juzgada y se ha hecho justicia, no se pueden hacer más demandas contra esa persona por el mismo delito. La justicia divina aplica el mismo principio, y da una entera seguridad a todo hijo de Dios.

¡Expliquémoslo más claramente! Todo ser humano es pecador y merece la condenación del Dios santo. La pena merecida es el alejamiento definitivo de Dios, en los tormentos eternos. ¡Sería terrorífico si no hubiese otra salida! Pero Jesús ama a todos los hombres, y quiso ser condenado en lugar de ellos. Él no tenía ningún pecado que expiar, pero aceptó cargar con el pecado de los hombres y sufrir el castigo que ellos merecían. ¿Puedo formar parte de “los que están en Cristo Jesús”, protegidos por él? Sí, si reconozco mis pecados y acepto que Jesucristo sufrió una vez por mis pecados, “el justo por los injustos” (1 Pedro 3:18).

Para el que acepta esta propuesta del amor divino, todo está solucionado. La sentencia fue pronunciada y la pena expiada, por ello Dios no hará nuevamente un juicio sobre un asunto que ya fue juzgado definitivamente. Si lo hiciese, sería injusto con su Hijo. “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad” (Salmo 32:1-2). Cristianos, nuestra seguridad es total, fuimos justificados por un Dios justo. ¡Ya no hay ninguna condenación que recaiga sobre nosotros!

1 Samuel 21 – Mateo 17 – Salmo 17:10-15 – Proverbios 5:15-20

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Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían – Lucas 2:18

No debemos dejar de admirarnos de las grandes maravillas de Dios. Sería muy difícil trazar una línea divisoria entre una admiración santa y una adoración auténtica; porque cuando el alma está anonadada por la majestad de la gloria de Dios, aun cuando no pueda expresar esa majestad con un cántico, ni aun hacerlo con la cabeza inclinada en humilde oración, sin embargo, esa alma adora silenciosamente.

Debemos adorar al Dios encarnado como el Admirable. Que Dios tenga consideración de sus caídas criaturas y, en lugar de barrerlas con el escobón de la destrucción, se encargue de ser su Redentor y pague el precio de su rescate es, en verdad, maravilloso. Para el creyente, la redención es aún mucho más maravillosa cuando la mira en relación consigo mismo. Es, en efecto, un milagro de la gracia que Jesús se desprenda de los tronos y las prerrogativas reales del Cielo para sufrir ignominiosamente por ti. Deja que tu alma prorrumpa en admiración, porque la admiración es, en este caso, una emoción muy práctica.

Una admiración muy santa te guiará a una adoración agradecida y a una sentida acción de gracias. Esto creará en ti una piadosa vigilancia, pues temerás pecar contra tal amor. Al sentir la presencia del poderoso Dios en el don de su querido Hijo, quitarás los zapatos de tus pies, porque el lugar donde te halles será tierra santa. Serás conducido al mismo tiempo a una gloriosa esperanza. Si Jesús ha hecho cosas tan maravillosas a tu favor, sentirás que el Cielo mismo no es algo demasiado grande para tu expectación.

¿Quién puede asombrarse de nada, cuando se ha asombrado ante el pesebre y ante la cruz? ¿Qué otra cosa admirable puede haber para uno que ha visto al Salvador? Querido lector, puede que desde la quietud y soledad de tu vida, difícilmente seas capaz de imitar a los pastores de Belén, quienes dijeron lo que habían visto y oído; pero puedes, al menos, llenar el círculo de los adoradores que están delante del Trono, maravillándote de lo que Dios ha hecho.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, pp. 34-35). Editorial Peregrino.