¡Oh, Dios! ¡Perdóname! (1)

Viernes 20 Enero

¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?

Juan 9:27

¡Oh, Dios! ¡Perdóname! (1)

Hace muchos años conocí a Ralph Newman en Inglaterra. Disfrutábamos mucho de nuestro tiempo libre. Pasábamos noches en las discotecas con muchos amigos. Vivíamos exclusivamente para nuestro placer, sin preocuparnos por Dios, por su amor, ni por lo que le agrada. Una noche hablamos del joven predicador de la congregación.

–Es un buen tipo, dijo Rendall, el mecánico del garaje.

–¿Cómo? ¿Un buen tipo?, exclamó Ralph. ¿Te vas a volver religioso?

–¡Cuidado, Newman! ¡También podría persuadirte!, respondió Rendall.

–¿Cómo?, vociferó Ralph… ¡Yo, Ralph Newman en la iglesia! ¡Ni pensarlo! E hizo todo tipo de comentarios desagradables sobre el predicador, enojándose cada vez más. Pero el mecánico dijo tranquilamente:

–Es fácil insultar a alguien a sus espaldas. Si realmente eres un tipo honesto, ve a la iglesia y, después de la reunión, dile lo que piensas de él.

Ralph dudó. ¿Se arriesgaría a atacar públicamente a un hombre que era respetado en todo el pueblo?

–Ralph, ¡no eres tan valiente como pretendes!, bromeó su amigo. Pero Ralph no quería admitirlo, y exclamó:

–Si nos vamos todos a la iglesia el domingo, le diré en la cara a ese joven payaso que él no hace más que decir palabras piadosas, pero que él mismo no cree lo que predica…

¡Al final todos aceptaron ir!

(mañana continuará)

1 Samuel 16 – Mateo 13:24-43 – Salmo 13 – Proverbios 4:1-6

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Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras – Lucas 24:45

Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras

Lucas 24:45

Aquí encontramos a Jesús, a quien vimos anoche abriendo las Escrituras, abriéndoles el entendimiento a las personas. En la primera obra tiene muchos colaboradores, pero en la segunda permanece solo: muchos pueden llevar las Escrituras a la mente, pero solo Dios es capaz de preparar esta última para recibirlas. Nuestro Señor Jesús difiere de todos los demás maestros en que, mientras que estos últimos llegan al oído, él instruye el corazón.

Ellos se ocupan de la letra externa, pero él imparte un gusto interior por la verdad, por el cual percibimos el sabor y el espíritu de la misma. El más ignorante de los hombres llega a ser un perfecto erudito en la escuela de la gracia, cuando el Señor Jesús, por medio de su Santo Espíritu, le revela los misterios del Reino y le concede la divina unción por la cual lo capacita para contemplar lo invisible. Si el Maestro ha abierto y capacitado nuestros sentidos, somos dichosos. ¡Cuántos hombres de profunda erudición ignoran las cosas eternas!

Conocen, de la revelación, la letra que mata, pero no pueden discernir su espíritu que vivifica: tienen un velo sobre sus corazones que los ojos de la razón carnal no logran atravesar. Nosotros, que ahora vemos, éramos una vez tan ciegos como ellos. La verdad era, para nosotros, como la belleza en la oscuridad: una cosa inadvertida y olvidada. Si no hubiese sido por el amor de Jesús, habríamos permanecido en perfecta ignorancia hasta este momento; de no habernos abierto él el sentido, no hubiéramos alcanzado el conocimiento espiritual, como tampoco un niño sería capaz por sí solo de escalar las pirámides. La escuela de Jesús es la única en donde se puede realmente aprender la verdad de Dios.

Otras escuelas pueden enseñarnos lo que debe creerse, pero solo la de Cristo es capaz de enseñarnos cómo creer. Sentémonos a los pies de Jesús y, con ardiente ruego, imploremos su ayuda bendita, para que nuestros embotados sentidos puedan ir esclareciéndose y nuestros débiles entendimientos acepten las cosas celestiales.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 27). Editorial Peregrino.

El museo del muelle Branly (París)

Jueves 19 Enero

(Dios) nos ha librado de la potestad de las tinieblas.

Colosenses 1:13

(Jesús libra) a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.

Hebreos 2:15

El museo del muelle Branly (París)

Este museo está dedicado a las artes y civilizaciones de África, Asia, Oceanía y las Américas. El visitante constata que hay tres temas presentes en los cuatro continentes:

– Las máscaras: desde las islas del Pacífico hasta el corazón de África, por todas partes el hombre se esconde bajo máscaras muy variadas.

– La muerte: numerosos rituales tienen que ver con la muerte y el más allá.

– El mundo invisible: los brujos, con sus objetos mágicos, tratan de conjurar los hechizos realizados por los espíritus maléficos.

Estos tres temas son puestos en evidencia desde las primeras páginas de la Biblia. Por medio de la serpiente, el mundo invisible tentó a la primera pareja (Génesis 3:1). Avergonzados por haber desobedecido a Dios, Adán y Eva se escondieron (cap. 3:8). La sentencia de muerte anunciada fue confirmada (cap. 2:17; 3:19). Hasta hoy, el temor a la muerte y las supersticiones han marcado a la humanidad. Pero el Evangelio hace brillar una gran luz sobre esta escena tenebrosa:

– Ya no hay que esconder ninguna vergüenza: el Señor Jesús nos acepta tal como somos y nos perdona. Luego nos da la fuerza para hacer el bien y vivir en la luz, en una perfecta rectitud.

– Ya no debemos tener miedo a la muerte: por medio de la resurrección de Cristo, la muerte fue vencida, y el creyente sabe que estará con Cristo cuando deje este mundo.

– No más miedo a un mundo invisible: todo lo oscuro y oculto pierde su poder sobre el que conoce a Jesucristo. Es liberado del poder de las tinieblas y experimenta el amor divino.

1 Samuel 15 – Mateo 13:1-23 – Salmo 12 – Proverbios 3:32-35

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Les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían – Lucas 24:27

Los discípulos que iban a Emaús tuvieron un viaje provechoso. El compañero y Maestro de ellos era el mejor de los preceptores, el mejor intérprete entre mil, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento. El Señor Jesús se dignó convertirse en predicador del evangelio y no se avergonzó de ejercer su vocación ante un auditorio de dos personas, ni tampoco rehúsa ahora ser el Maestro hasta de uno solo. Busquemos la compañía de tan excelente Instructor, pues hasta que él no nos sea hecho sabiduría, nunca seremos sabios para la salvación.

Este Maestro sin rival utilizó como libro de texto el mejor de los libros. Aunque capacitado para revelarnos nuevas verdades, prefirió exponer la verdad antigua. Él conocía por su omnisciencia cuál era la norma de enseñanza más instructiva y, al referirse enseguida a Moisés y a los profetas, nos mostró que el camino más seguro hacia la sabiduría no es la conjetura, el razonamiento o la lectura de libros humanos, sino la meditación de la Palabra de Dios. El modo más efectivo de ser rico en conocimiento celestial es cavar en esta mina de diamantes y recoger perlas en este mar celestial.

Cuando Jesús procuraba enriquecer a otros, recurría a la cantera de las Sagradas Escrituras. A estas dos personas favorecidas se las llevó a considerar el mejor de los temas, pues Jesús habló de sí mismo y expuso las cosas concernientes a su persona. Aquí el diamante talla el diamante, ¿y qué podría ser más admirable? El dueño de la casa abre sus propias puertas, conduce a los huéspedes a su mesa y coloca en ella sus sabrosas comidas. El que ha ocultado el tesoro en el campo, él mismo guía a los que lo buscan. Nuestro Señor disertaría, naturalmente, acerca de los temas más agradables, y no hallaría ninguno más bello que su propia persona y su obra.

Teniendo en mente esto, debiéramos escudriñar siempre la Palabra de Dios.

¡Dios nos conceda la gracia de estudiar la Biblia teniendo a Jesús como Maestro y lección!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 26). Editorial Peregrino.

En la cárcel

Miércoles 18 Enero

Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

1 Timoteo 1:15

En la cárcel

Testimonio

«Debido a un tipo de demencia, y como había cometido varios actos muy violentos, fui llevado a un hospital psiquiátrico, y luego a la cárcel. Allí conocí a Randy, un prisionero cristiano, quien a menudo oraba y leía la Biblia. Siempre me burlaba de su fe, pero a pesar de ello nos hicimos amigos. Día tras día sus preguntas y las respuestas que daba a las mías empezaron a desestabilizarme. Antes creía que la resurrección de Jesús era una historia inventada para la gente ingenua… Pero poco a poco me dije que si alguien estaba dispuesto a morir por una causa, ¡esta debía ser realmente seria! Si los apóstoles estaban dispuestos a morir por Jesús, era porque verdaderamente lo habían visto vivo, resucitado.

Mis convicciones se desmoronaron una tras otra. De pensar que yo era un hombre mejor que los otros, pasé a creer que era el peor de todos. ¿Quién podía amarme y darme una nueva vida? Tal vez Jesús, de quien Randy me hablaba con frecuencia. Entonces me puse de rodillas y oré: “Dios, no sé si voy a creer en ti mañana, pero creo en ti ahora. Si quieres hacer un trabajo en mí, hazlo por favor”. Cuando me levanté de mi oración, por primera vez desde hacía años, no quería hacerle daño a nadie.

Yo, que era un hombre violento y blasfemo, obtuve misericordia; la gracia de nuestro Señor sobreabundó, para que sirva de ejemplo a los que creerán en él para vida eterna (1 Timoteo 1:16)».

David

1 Samuel 14:23-52 – Mateo 12:38-50 – Salmo 11 – Proverbios 3:27-31

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Vendré otra vez

Martes 17 Enero

(Jesús dijo:) En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

Juan 14:2-3

Vendré otra vez

Jesús dijo a sus discípulos: “Vendré otra vez”. Ellos amaban a su Maestro y estaban tristes y turbados porque sabían que Jesús los dejaría. Quizá recordaron esta promesa cuando vieron al Señor resucitado, y pensaron que ella se estaba cumpliendo. ¡Pero algunas semanas más tarde el Señor subió al cielo! Entonces, ¿dudaron, como lo hacemos nosotros tan a menudo?

Por medio del apóstol Pablo, Dios quiso confirmar esta promesa: “El Señor mismo… descenderá del cielo” (1 Tesalonicenses 4:16).

¿Qué efecto produce en nuestra vida esta promesa del regreso de Jesús? ¿Nos llena de alegría, como cuando esperamos a un amigo? ¿O más bien sentimos un poco de temor? Cuando Jesús vuelva, ¿me llevará con él? Jesús dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Si tenemos dudas, vayamos a Jesús. No nos echará fuera, pues lo prometió.

Entonces la esperanza de su regreso será como un faro en nuestra vida cotidiana. Aunque todo el mundo diga que el futuro es sombrío, el cristiano sabe que el regreso de Cristo tendrá lugar pronto, lo que alumbra este futuro para él.

También podemos preguntarnos: Cuando el Señor regrese, ¿cómo nos encontrará? ¿Ocupados en sus intereses o en los nuestros? ¿Con un corazón que arde por él, o que lo olvida? ¿Con sentimientos de rencor, o de perdón?

¡Preparémonos para su regreso! ¡Velemos y oremos!

1 Samuel 14:1-22 – Mateo 12:1-37 – Salmo 10:12-18 – Proverbios 3:21-26

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Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real – 2 Samuel 11:2

En aquella hora David vio a Betsabé. Nunca nos encontramos fuera del alcance de la tentación. Tanto en el hogar como fuera de él, estamos expuestos a encontrarnos con lo que nos incita a hacer el mal. Empezamos la mañana con peligro y las sombras de la tarde nos hallan aún en él. Aquellos a quienes Dios guarda están bien guardados, ¡pero ay de quienes salen al mundo o se atreven a andar por sus propias casas desarmados! Los que piensan estar más seguros son aquellos que se hallan más expuestos al peligro.

El escudero del pecado es la confianza en nosotros mismos. David tenía que haber estado ocupado en librar las batallas del Señor; pero, en cambio, se quedó en Jerusalén y se entregó al descanso lujurioso, pues dice el texto que «al caer la tarde […] se levantó David de su lecho». La ociosidad y la molicie son los chacales del diablo que le consiguen abundante presa. En las aguas estancadas abundan los microbios perniciosos y los terrenos sin cultivar pronto se cubren de espinos y de abrojos. ¡Dios nos conceda el amor de Cristo que «nos constriñe», para conservarnos activos y útiles! El rey de Israel dejó perezosamente su lecho al caer la tarde y, enseguida, cayó en la tentación. Debo, pues, tener cuidado y vigilar diligentemente la puerta.

¿Es posible que el rey subiera al terrado de su casa para estar a solas y meditar? Si es así, ¡qué advertencia se nos da aquí a fin de que no consideremos ningún lugar, por más secreto que sea, como un santuario libre de pecado! Mientras nuestros corazones sean como el yesquero y las chispas tantas, es necesario que utilicemos toda diligencia, en todos los lugares, para prevenir un incendio.

Satanás puede subir a las azoteas y entrar a nuestras cámaras secretas y, aun cuando pudiésemos dejar fuera a ese demonio, nuestras propias corrupciones serían suficientes para labrar nuestra propia ruina, si la gracia no lo impidiera. Lector, cuidado con las tentaciones de la tarde. ¡Oh bendito Espíritu, guárdanos esta noche de todos los males! Amén.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 25). Editorial Peregrino.

Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí – Daniel 9:26

Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí
Daniel 9:26

¡Bendito sea su nombre!, no hay causa de muerte en él. Ni pecado original ni pecado presente lo ha manchado y, por tanto, la muerte no tiene ningún derecho sobre él. Ningún hombre podría haberle quitado la vida con justicia, pues él no injurió a ningún hombre; y ningún hombre podía haberlo matado por la fuerza, si él no hubiese deseado entregarse para morir. Pero, he aquí que uno peca y otro sufre. La justicia se vio ultrajada por nosotros, pero halla en él su satisfacción.

Ni ríos de lágrimas, ni montañas de sacrificios, ni mares de sangre de bueyes, ni cerros de incienso hubiesen servido para la remisión de los pecados; pero Jesús fue muerto por nosotros y la causa de la ira desapareció enseguida, porque se había eliminado el pecado para siempre. Aquí hay sabiduría, mediante la cual la sustitución, seguro y rápido camino de expiación, se divisaba. Aquí hay condescendencia, que envía al Mesías —el Príncipe— para que se ciña una corona de espinas y muera en la cruz. Aquí hay amor, que lleva al Redentor a dar su vida por sus enemigos. Sin embargo, no basta con admirar el espectáculo del inocente que sangra por el culpable; tenemos que estar seguros de que también nos salvó a nosotros. El propósito particular de la muerte del Mesías era la salvación de su Iglesia. ¿Tenemos nosotros parte y suerte entre aquellos por quienes él dio su vida en rescate? ¿Fuimos curados por sus llagas? Será terrible si nos privamos de una porción de su sacrificio; en ese caso, sería mejor no haber nacido.

Aunque la pregunta es solemne, nos alienta saber que se puede contestar claramente y sin error: para todos los que creen en él, Jesús es un Salvador actual y sobre los tales se esparció toda la sangre de la reconciliación. Que cuantos confían en los méritos de la muerte del Mesías se sientan gozosos al recordarlo, y hagan que una santa gratitud los guíe a consagrarse por entero a su causa.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 24). Editorial Peregrino.

La hija del militar

Lunes 16 Enero
A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, los cuales… son engendrados… de Dios.
Juan 1:12-13
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.
1 Juan 3:1

La hija del militar
El siguiente suceso me llamó la atención:

«Una niña irrumpió en medio de una ceremonia militar para encontrar a su padre».

Luego un video mostraba una fila de militares firmes y bien ordenados, cada uno con su uniforme, mientras del otro lado de la plaza, una niña se escapaba de un grupo, corría hacia los militares y se metía entre un par de piernas idénticas al resto. Eran las de su padre, quien se inclinó, tomó a su hija en sus brazos, le dio tiernamente un beso y luego la paró a su lado. La niña, satisfecha, regresó a su lugar bajo la mirada de los enternecidos espectadores. Y la ceremonia oficial continuó…

El gesto simple y natural de esta niña nos toca el corazón. Ella sintió una necesidad urgente de correr hacia su padre, a pesar de lo inapropiado, y nadie trató de impedírselo… Esto ilustra maravillosamente la expresión de la Biblia: “Hijitos… habéis conocido al Padre” (1 Juan 2:13). Solo uno de esos militares era el padre de la niña, y ella lo reconoció entre todos, sin dudar.

Todo creyente tiene el privilegio de conocer a Dios como a un Padre. Sin embargo, no conviene actuar con familiaridades, sino que debemos acercarnos con reverencia, como al Dios Altísimo. Este respeto hacia Dios no quita nada a la dulzura y a la intimidad de la relación.

“Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:15-16).

1 Samuel 13 – Mateo 11 – Salmo 10:1-11 – Proverbios 3:19-20

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Mas yo oraba – Salmo 109:4

Las lenguas mentirosas estaban ocupadas en manchar la reputación de David; pero él no se defendió, sino que remitió la causa al Tribunal Supremo y suplicó delante del gran Rey. La oración es el medio más seguro para responder a las palabras de odio. El Salmista no oró fríamente, sino con fervor: puso en ello toda su alma y todo su corazón, como lo hizo Jacob cuando luchó con el ángel. Así, y solo así, tendremos buen éxito ante el trono de la gracia. Al igual que una sombra no tiene virtud alguna porque no hay en ella sustancia de ninguna clase, tampoco la súplica en que no está presente el corazón, luchando ardientemente y demostrando un vehemente deseo, resulta en modo alguno eficaz, pues le falta aquello que le da poder. «La oración ferviente —dice un antiguo teólogo— es como un cañón emplazado frente a las puertas del Cielo, que las hace abrir enseguida». La falta común en muchos de nosotros es la propensión a distraernos. Nuestros pensamientos vagan de aquí para allá y avanzamos poco hacia nuestro deseado fin.

¡Qué malo es esto! Nos perjudica y, lo que es peor, insulta a nuestro Dios. ¿Qué pensaríamos de un peticionario que, mientras está en audiencia con un príncipe, jugase con una pluma o se pusiera a cazar moscas? La constancia y la perseverancia se hallan implícitas en la expresión de nuestro texto. David no clamó solo una vez para caer después en el silencio, sino que continuó orando hasta que llegó la bendición. La oración no debe ser una ocupación ocasional, sino una labor cotidiana: un hábito y una vocación. Como los artistas se consagran a sus modelos, y los poetas a sus estudios clásicos, así nosotros debemos dedicarnos a la oración. Hemos de sumergirnos en la plegaria y orar sin cesar.

Señor, enséñanos a orar de tal manera que podamos prevalecer más y más en nuestras súplicas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, pp. 23-24). Editorial Peregrino.