Solamente un “adiós”

Sábado 12 Noviembre

Yo en ti confío, oh Señor; digo: Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos.

Salmo 31:14-15

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.

Isaías 26:3

Solamente un “adiós”

Una cristiana contó: Yo estaba hospitalizada debido a unos problemas de salud. Una pared móvil separaba mi cama de la de una joven paciente que tenía un mal incurable. Su médico había renunciado a todo tratamiento curativo y, como ella sufría demasiado, le administraban fuertes dosis de calmantes. Un día, mientras ella respondía al teléfono, la escuché decir a su interlocutor: “Esto no mejorará. Quiero regresar a casa. Me gustaría morir en la casa”.

Estas palabras me impactaron. Ella iba a morir y lo sabía. ¿Estaba preparada para encontrar a Dios? Pedí al Señor que me diera las palabras para hablar a su corazón. Me acerqué a su cama y le hablé de Jesús, de su sacrificio en la cruz para darnos la vida eterna. Le repetí las palabras que Jesús dijo a Nicodemo y por las cuales muchas personas han sido conducidas a la fe: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Ella me miró y, sonriendo, me dijo: “Yo también soy creyente”. Al otro día partió para “morir en su casa”, y cuando le dije adiós, ella me mostró el cielo y me dijo: “Sí, adiós; nos volveremos a ver allá arriba”.

“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1 Tesalonicenses 4:13-14).

Josué 1 – Hebreos 4 – Salmo 121 – Proverbios 27:13-14

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Cartas a las iglesias: Éfeso (1)

Jueves 10 Noviembre

(Jesús dijo:) Has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado; pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.

Apocalipsis 2:3-4

Cartas a las iglesias: Éfeso (1)

Leer Apocalipsis 2:1-7

La primera de las siete cartas que Jesús dirigió a su Iglesia (o Asamblea) fue escrita a la iglesia en Éfeso. Esta ciudad, muy comercial, era un centro religioso pagano importante. No era fácil ser creyente en Éfeso. Los cristianos habían sufrido debido a su fe. El Señor lo sabía y apreciaba esta fidelidad, como también su trabajo, su paciencia y su vigilancia para no soportar a los que impartían una enseñanza errónea. Sin embargo, ahora Jesús les hacía este reproche: “Has dejado tu primer amor”. Cuando estos cristianos habían creído en el Señor Jesús, su vida había hallado su fuente y su celo en el amor por él, y en el gozo de conocerlo. Pero con el paso de los años, su fe había perdido su frescor. Sin desanimarse, ellos continuaban sus actividades cristianas. Pero, quizá porque su servicio los absorbía demasiado, perdieron de vista al Señor mismo. Un gran peligro amenazaba a esta iglesia. El agua todavía corría en el arroyo, pero su fuente, el primer amor, se había secado.

Esta carta a Éfeso, iglesia del primer siglo, nos interpela a todos. Como creyente puedo perder el fervor del primer amor por mi Salvador. Ni mis obras, por buenas que sean, ni mi celo por la verdad, me preservarán. Para hacer “las primeras obras” (v. 5) necesito mirar la realidad en frente, salir de mi religiosidad y mantener una comunión con el Señor. Las primeras obras emanan del primer amor… y no a la inversa. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

(continuará el próximo jueves)

Deuteronomio 33 – Hebreos 2 – Salmo 119:169-176 – Proverbios 27:9-10

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Un corazón de Padre

Miércoles 9 Noviembre
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.
1 Juan 3:1
Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.
1 Pedro 5:7
Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.
Jeremías 31:3

Un corazón de Padre
Un niño había pasado toda la tarde martillando y trabajando con trozos de madera. Al fin salió del taller con un barco de tres cubiertas, y esperó impaciente a su padre. Este llegó a su casa tarde en la noche, cansado y preocupado. No se fijó en el niño que, muy emocionado, quería mostrarle su obra maestra. El niño se fue a la cama muy triste, su papá ni siquiera lo había mirado…

Tal vez usted tenga recuerdos dolorosos de su infancia privada de un padre, cuando se perdió y vagaba completamente angustiado, cuando era el blanco de las burlas malvadas de sus compañeros, cuando lo lastimaron o lo decepcionaron. Sin embargo, nuestro Padre celestial nunca lo ha perdido de vista; él quiere manifestarle su ternura, su interés. Su amor es incondicional, no depende de nuestros éxitos o hazañas, de nuestra amabilidad o belleza. Usted no necesita demostrarle nada. Él lo ama tal como es. Usted es único para su Padre.

“Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él”. Él mismo llevó “nuestros pecados” (1 Juan 4:8-9; 1 Pedro 2:24). ¡Qué prueba de amor!

“Estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra. Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra” (2 Tesalonicenses 2:15-17).

Deuteronomio 32:29-52 – Hebreos 1 – Salmo 119:161-168 – Proverbios 27:7-8

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¡Mi Dios es grande!

Martes 8 Noviembre

Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos… Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.

Salmo 33:6-9

¡Mi Dios es grande!

Tengo un amigo cuyo aspecto siempre es amable y tranquilo. Hoy me contó cómo Dios lo sostiene en medio de los grandes sufrimientos que atraviesa. Me describió los síntomas desconocidos, a veces extraños, que siente en su cuerpo minado por la enfermedad. Se hace preguntas sobre lo que le sucederá en los próximos días. Pero también me dijo: “Estoy en paz. No puedo explicarlo, pero la paz de Dios me invade y sobrepasa todos mis temores y mis razonamientos”.

Sonriendo me explicó que un capítulo de la Biblia lo animaba mucho desde hacía algunos días: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra… Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz… y separó Dios la luz de las tinieblas…” (Génesis 1:13-4). En este texto introductorio de la Biblia Dios revela quién es él, subraya su majestad, su poder y su autoridad sobre todo. En el inmenso universo no existe nada por casualidad. Todo muestra la sabiduría y el orden del que llamó la creación a la existencia. Cada elemento aparece en su tiempo, espléndido, perfecto; luego toma el lugar y la función asignados por Dios. La composición final es magnífica.

Estas palabras animaban a mi amigo. Retenía interiormente este mensaje: “Hijo mío, recuerda que tu Padre es infinitamente grande. Confía plenamente en mí; ten la certeza de que puedes entregarme todos tus sufrimientos y tus preguntas, porque yo soy tu Dios”.

¿Conoce usted al Dios de mi amigo, el gran Dios, el único Dios justo y Salvador? (Isaías 45:21-22).

Deuteronomio 32:1-28 – Juan 21 – Salmo 119:153-160 – Proverbios 27:5-6

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Tenía que correr (2)

Lunes 7 Noviembre

Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Filipenses 3:13-14

Tenía que correr (2)

“¿Jesús era realmente el Mesías de Israel, el Salvador del mundo? Esta pregunta crucial terminó ocupando todos mis pensamientos. Yo no podía ignorarla, con el pretexto de que la mayoría de los judíos no creen en él. Entonces oré a Dios pidiéndole que me revelara si Jesús era verdaderamente el mediador del nuevo pacto. Esta oración cambió mi vida.

Comprendí que mis pecados formaban una barrera que me impedía conocer a Dios. Como en el tiempo de Moisés, se necesita un sacrificio para que Dios perdone y su justicia sea satisfecha. Pero el cordero del antiguo pacto anunciaba al Hijo de Dios: él se ofreció en sacrificio una vez por todas. Poniendo mi confianza en él, en lo que él hizo por mí, y no en mis méritos, podía estar delante de Dios. Esto me conmovió profundamente.

Mi andar espiritual no tiene nada espectacular. Sin embargo, Dios cumplió un gran milagro: cambió mi vida presente y me dio la seguridad de la vida eterna. La buena nueva del evangelio, del amor de Dios manifestado en Jesús el Mesías, colmó el vacío de mi vida.

Aunque sigo amando el deporte, este ya no es para mí una meta en sí mismo. Ya no corro para obtener una medalla de poco valor; pero prosigo a la meta, para una recompensa eterna, el premio del llamado celestial de Dios”.

Étienne L.

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Corintios 9:24).

Deuteronomio 31 – Juan 20 – Salmo 119:145-152 – Proverbios 27:3-4

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Tenía que correr (1)

Domingo 6 Noviembre

¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente.

Isaías 55:2

Tenía que correr (1)

Testimonio

“Empecé a correr al comienzo de los años 1980. Al principio corría para relajarme, pero muy pronto me involucré en la competencia, especialmente en la maratón. Durante siete años me entregué al ritmo exigente de esta disciplina. Mi único objetivo era mejorar mis resultados. En enero de 1990, debido a una lesión, fui repentinamente detenido en mi carrera. Esta dura pausa me permitió reflexionar en todo el tiempo y la energía gastada para ganar algunos segundos en la famosa carrera de 42, 195 km. ¿Qué sentido tenían todos esos esfuerzos? Entonces tomé consciencia de que lo que yo trataba de hacer era llenar el vacío de mi existencia. Yo tenía una familia, amigos, trabajo, pero pensaba que debía continuar corriendo, que no debía detenerme nunca, tanto en sentido literal como figurado.

En 1992 un amigo músico me habló de Jesús. Su conversación era interesante, pero su fe no era para mí. Yo había crecido en una familia judía, en la cual Jesús era un sujeto que se debía evitar. Sin embargo, mi amigo no perdía ninguna ocasión para hablarme de Jesús, y terminó regalándome un Nuevo Testamento. Nuestras pláticas y la lectura de ese libro borraron poco a poco los clichés que yo tenía sobre Jesús. Su enseñanza me fascinaba. Pero, ¿era él el Mesías prometido en el Antiguo Testamento? Por ejemplo, el profeta Isaías había anunciado unos 800 años antes que el Mesías sería ofrecido en sacrificio para llevar nuestros pecados, y que resucitaría para hacernos justos”.

(mañana continuará)

Deuteronomio 30 – Juan 19:31-42 – Salmo 119:137-144 – Proverbios 27:1-2

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“¿Qué queréis que os haga?”

Sábado 5 Noviembre

El Señor es muy misericordioso y compasivo.

Santiago 5:11

Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.

Mateo 8:17

“¿Qué queréis que os haga?”

Leer Mateo 20:29-34

Dos ciegos estaban sentados al borde del camino por donde Jesús pasaba. Ellos clamaron a él e insistieron a pesar de la oposición de la multitud. Él se detuvo, les preguntó qué necesitaban. “Ellos le dijeron: Señor, que nos sean abiertos nuestros ojos”. Entonces les devolvió la vista. Jesús siempre se ocupó de los enfermos, de los rechazados por la sociedad, de los decepcionados de la vida. Su compasión y su entrega son un modelo para nosotros.

Pero su objetivo era mucho más grande. Jesús “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). La sanación que nos trajo no concierne solo a nuestro cuerpo, a nuestra condición material, sino también y, sobre todo, a nuestra alma. La necesidad más urgente de todo ser humano es ser liberado del pecado. Esta es la enfermedad más grave que existe, porque conduce a la muerte eterna, es decir, al alejamiento definitivo de Dios.

Aún hoy, aunque Jesús no está físicamente en la tierra, se acerca a usted y le dice: “¿Quieres ser sano?” (ver Juan 5:1-9). Si usted quiere ser libre de sus pecados y recibir el perdón de Dios, diríjase a él. Jesús dio su vida en la cruz para salvarnos. “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).

Él no obliga a nadie, pero siempre está dispuesto a recibir al que va a él. ¿Quiere que Jesús haga algo por usted?

Deuteronomio 29 – Juan 19:1-30 – Salmo 119:129-136 – Proverbios 26:27-28

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La llave: la revelación

Viernes 4 Noviembre
Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.
Hebreos 1:1-2

La llave: la revelación

Después de una mañana de clases pasé frente a la oficina del capellán. Allá, sobre un pequeño estante, se hallaban algunos libros. Mis ojos se posaron en el título de uno de ellos, compuesto por dos palabras: Llave y revelación.

Fue como un rayo de luz en mi espíritu. En efecto, desde hacía algún tiempo tropezaba con el tema de la existencia de Dios, y estaba desanimado. De repente la luz brilló. La verdadera pregunta no era: ¿Existe Dios?, sino: ¿Dios se reveló? En efecto, sin revelación yo permanecería indefinidamente en la duda.

Así, dos palabras en la cubierta de un libro me liberaron de mis reflexiones estériles. La llave para avanzar en la fe es la revelación, y esta se halla en la Biblia. Esto me condujo a un nuevo punto de partida para leerla con cuidado. Han pasado décadas, y esta lectura todavía sigue alimentando mi fe.

Por nuestras reflexiones personales permanecemos en el dominio humano. Pero Dios está por encima de nosotros, él está sobre todo. Para conocerlo es necesario que una puerta nos sea abierta, una puerta cuya llave es la revelación que él ha hecho de sí mismo. Sin ella el dominio de Dios permanece inaccesible.

Desde el principio hasta el fin de la Biblia, Dios se revela de diferentes maneras a los hombres, a veces lo hace directamente, pero sobre todo lo hace por medio de Jesucristo, quien “es la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15). Su victoria, su gloria en el cielo y su reino son revelados en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, que significa “Revelación”.

Deuteronomio 28:38-68 – Juan 18:19-40 – Salmo 119:121-128 – Proverbios 26:25-26

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Toda la Escritura es inspirada por Dios

Jueves 3 Noviembre

Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla… a fin de… que fuese santa y sin mancha.Efesios 5:25-27

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.
2 Timoteo 3:16

Escuchar lo que el Espíritu dice a las iglesias (o asambleas)
Leer Apocalipsis 2-3

Finalizando el primer siglo, el apóstol Juan escribió el libro del Apocalipsis, dirigido a siete iglesias (o asambleas, congregaciones de cristianos) del Asia Menor de la época (Turquía actual). Era una provincia romana caracterizada por el culto al emperador y la persecución a los cristianos, que ya eran numerosos.

En el primer capítulo Juan expone cómo, en una visión, vio a Jesús en medio de esas iglesias. En los capítulos 2 y 3 podemos leer lo que escribe a cada iglesia. Esas cartas forman un conjunto, como con frecuencia las series de 7 en la Biblia; por ejemplo, los siete días de la creación en el primer capítulo de Génesis. Ellas presentan un cuadro general de la Iglesia en aquel momento. Estas cartas evocan también las etapas de la historia de la cristiandad hasta que el Señor Jesús venga para llevar consigo a los que han creído en él. En esa época, como hoy, muchos cristianos eran perseguidos, otros eran tentados a hacer compromisos con el mundo, otros toleraban enseñanzas que desviaban a los fieles.

En esas cartas el Señor Jesús expresa su aprobación, anima, advierte sobre los peligros, muestra los errores, exhorta a cambiar y hace una promesa a los vencedores. Hoy su mensaje se dirige a cada cristiano. Jesús nos habla porque nos ama (cap. 3:19). Escuchemos lo que su Espíritu dice a las iglesias (cap. 2:7), sean ricas o pobres espiritualmente, pequeñas o grandes, que vivan en paz o sean perseguidas.

(continuará el próximo jueves)
Deuteronomio 28:1-37 – Juan 18:1-18 – Salmo 119:113-120 – Proverbios 26:23-24

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Deseo partir (6) Pablo

Miércoles 2 Noviembre

Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia… teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros… para vuestro provecho y gozo de la fe.

Filipenses 1:2123-25

Deseo partir (6) Pablo

Leer Filipenses 1

El apóstol Pablo había servido a Jesucristo, su Señor y Maestro, con devoción; trabajó sin cesar por los cristianos. Pero constató con tristeza que “todos buscan lo suyo propio” (Filipenses 2:21). Entonces, desde el fondo de su prisión romana, a pesar de su edad escribió a los cristianos de Filipos: “Y en esto me gozo, y me gozaré aún… será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:1820-21).

¿Cuáles eran sus motivaciones? ¿Trataba de escapar a los sufrimientos? ¿Estaba decepcionado de los cristianos, o herido en su amor propio y desanimado por estar confinado en una cárcel? ¿Se creía el único fiel, y estaba listo a rendirse? ¿Lamentaba haber nacido? ¡En absoluto! Su carta refleja el gozo y la paz. Con insistencia invita a sus lectores a regocijarse “en el Señor siempre”. Pablo sabía que la muerte lo llevaría a estar en compañía de su amado Salvador. Lo que él deseaba era “estar con Cristo”. Sin embargo, no pedía la muerte. “No sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho” (Filipenses 1:22-23). Él no pensaba en sí mismo, sino en los otros; sabía que todavía podía ser útil a los cristianos.

Que nuestro Dios nos conceda tener las mismas motivaciones que Pablo. Él tenía una sola razón para vivir, la cual resume así: “Para mí el vivir es Cristo”. ¡Por Cristo vale la pena soportar todo!

Deuteronomio 27 – Juan 17 – Salmo 119:105-112 – Proverbios 26:21-22

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