La ley del Señor es perfecta… los juicios del Señor son verdad, todos justos.Salmo 19:7, 9
Él envía su palabra a la tierra; velozmente corre su palabra.Salmo 147:15
¡Atrévase con la Biblia! (6)
¡Cuántos creyentes estuvieron, y están aún, dispuestos a morir por este libro tan importante!
¿Cómo resumir la Biblia en pocas palabras?
– De Génesis a Deuteronomio: Dios creó el hombre perfecto, libre, feliz y responsable. Pero este, usando su libertad, escogió desobedecerle.
– De Josué a Ester: muchas de las escenas prefiguran las luchas morales del creyente y las intervenciones de Dios en su favor.
– De Job al Cantar de los Cantares se reúnen reflexiones existenciales, las respuestas de Dios, preceptos para la vida cotidiana, sentimientos experimentados en diversas circunstancias de la vida (gozo, tristeza, amor, depresión, esperanza reencontrada, liberación interior…).
– Los profetas ilustran la responsabilidad del hombre, su miseria lejos de Dios, y anuncian la gracia que quiere salvar al hombre.
– Los evangelios cuentan la vida de Jesucristo, su crucifixión y su resurrección.
– Los Hechos de los Apóstoles describen la formación de la Iglesia, compuesta por todos aquellos que creen en Jesucristo.
– Las epístolas dan enseñanzas doctrinales y prácticas sobre la vida de los creyentes y de la Iglesia.
– El Apocalipsis hace un cuadro de los juicios que vendrán, juicios terroríficos para los no creyentes (una eternidad en el infierno, Apocalipsis 21:8), pero reconfortantes para los que hayan puesto su confianza en Jesús (una eternidad de felicidad, cap. 21:1-5).(continuará el próximo lunes)
Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 1 Juan 1:8-9
Una palabra en peligro de extinción
En una de sus obras, el psiquiatra Karl Menninger escribió: “Antiguamente la palabra pecado estaba cargada de sentido. Era un término fuerte, amenazante y grave… Pero casi ha desaparecido, con esa noción que expresaba. ¿Por qué? ¿Ya no hay nadie que peque?”.
Este asunto nos concierne a todos, creyentes e incrédulos.
Creer en Jesús para ser salvo significa, en primer lugar, reconocer mis pecados y recibir la certeza de que “Cristo murió por nuestros pecados” (1 Corintios 15:3). Entonces, ¿eso quiere decir que ya no peco?
Permaneciendo cerca de Dios seremos conscientes de que seguimos pecando. Si nos esforzamos en vivir en la luz divina, la Palabra de Dios sacará a la luz los simples rencores, los celos secretos o las oleadas de orgullo…
Entonces probablemente nos sentiremos completamente abatidos. Pero Dios no nos abandona. Actúa en nosotros, abre nuestros ojos sobre faltas que toleramos en nuestra propia vida. Quiere que se las confesemos y nos alejemos de ellas, para así transformarnos en el aspecto en que lo necesitemos, y para que nos parezcamos cada vez más a nuestro modelo: Jesucristo.
¿Y si usted no cree en Jesús? Él no lo acusa (y nosotros tampoco), pero quiere salvarlo. Si usted es consciente de que lo necesita, háblele de todas las áreas sombrías de su vida, de todo lo que quizá lo oprime, pues solo él puede borrar nuestros pecados.
En una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende. Por sueño, en visión nocturna, cuando el sueño cae sobre los hombres, cuando se adormecen sobre el lecho, entonces revela al oído de los hombres, y les señala su consejo Job 33:14-16
Un sueño aterrador
En la época del patriarca Job, antes que la Biblia estuviese a disposición, a menudo Dios hablaba a los hombres por medio de sueños. En nuestros días la Biblia está ampliamente difundida, y Dios se revela mediante lo que escribió y anuncia en ella. Estas palabras divinas alumbran nuestro ser interior. El que lee la Biblia descubre el amor de Dios y su plan de salvación para los hombres.
Pero aun hoy, Dios también puede hablar de otras maneras. En particular puede hacerlo mediante un sueño. Esto sucedió con Jack C., quien era esclavo del alcohol y del pecado.
A sus 59 años, estando en la cárcel, tuvo un terrible sueño: Rodeado de criaturas que reñían y gritaban, y acompañado por muchas personas, descendía por una pendiente resbaladiza. Lleno de pánico preguntó: “¿Dónde estamos?”. “¿No lo sabe?”, le respondieron. “Faltan cinco metros y estaremos en el infierno”.
Muy angustiado, Jack gritó en su pesadilla: “¡Señor, sálvame!”.
Entonces sintió como si alguien lo sacase de la multitud, y despertó en su cama temblando. Al día siguiente sus compañeros le preguntaron: “¿Qué te sucedió? ¡Gritaste como un loco!”.
Entonces les contó su historia y lo que le había sucedido a continuación: halló a Jesucristo como su Salvador. Ellos se burlaron de él, pensando que pronto sería el mismo de antes. Pero su cambio fue tan radical y duradero que lo llamaban el Jack feliz.
Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.1 Pedro 3:18
¡Necesito un Salvador!
Si caigo al agua sin saber nadar, no necesito buenos consejos, ni lecciones de natación, sino a alguien que me salve sacándome del agua.
Si tengo muchas facturas que no puedo pagar, necesito a alguien que me libre de las manos de los acreedores y de los alguaciles, aceptando pagar en mi lugar.
Por naturaleza soy pecador, culpable a los ojos de Dios. Lo que necesito no es una lección de moral, sino un Salvador que pague en mi lugar mis pecados y sufra el castigo ante la justicia divina.
Así como una moneda tiene dos caras inseparables, Dios es inseparablemente amor y luz. Como es amor, nos busca para hacer de nosotros sus hijos. Como es luz, no puede soportar en su presencia a ningún pecador cargado con sus faltas. Su justicia exige que nos condene, pues todo acto malo, al igual que toda palabra mala, debe ser castigado. Dios es justo castigando a los pecadores, sin embargo, en su gran amor quiere que los culpables lleguen a ser justos a sus ojos santos. ¿Cómo?
Las exigencias de la justicia de Dios y la abundancia de su amor se expresaron en la cruz. El mal tenía que ser castigado; y lo fue cuando el Hijo de Dios se entregó y murió en la cruz en nuestro lugar. Él es nuestro rescate; él sufrió el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados: ¡esta es su justicia, y al mismo tiempo su amor hacia nosotros!
Los que creen son “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24).