La imagen de Dios y la ética cristiana

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El Blog de Ligonier

Serie: La ética cristiana

La imagen de Dios y la ética cristiana

Por J.V. Fesko

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

l relativismo ético parece haber fracturado nuestra cultura en millones de islas aisladas en las que cada uno hace lo que le parece correcto. En este mundo moldeado por la tecnología, la gente crea reinos virtuales adaptados a sus intereses y ha extendido esta mentalidad al mundo real al crear su propia moralidad.

Sin embargo, la Biblia nos enseña que Dios ha creado a todos los seres humanos a Su imagen, lo que significa que compartimos este vínculo dado por Dios. Uno de los elementos característicos de llevar la imagen de Dios es que Él ha inscrito Su ley moral en el corazón de todos los seres humanos; en última instancia, todos compartimos la misma moral y ética dadas por Dios, aunque las personas no regeneradas las supriman. Podemos explorar esta verdad examinando, en primer lugar, lo que la Biblia tiene que decir sobre el ser portadores de la imagen. En segundo lugar, reflexionaremos sobre la teología de nuestra norma ética comúnmente compartida. Y en tercer lugar, pensaremos en las implicancias de lo que significa tener la ley de Dios inscrita en nuestros corazones. ¿Podemos interactuar con nuestros vecinos sobre la base de este conocimiento ético comúnmente compartido?

LO QUE LA BIBLIA DICE

En la creación, Dios coronó Su obra con los seres humanos, portadores de Su imagen. La triple repetición de la imagen de Adán y Eva señala la importancia de la acción de Dios: «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Creó, pues, Dios al hombre imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1:26-27, énfasis añadido). Que los seres humanos fueron creados a imagen de Dios significa que se parecen a Dios en muchos aspectos. Esto no quiere decir que los seres humanos se parezcan físicamente a Dios, pues Él es un espíritu y no tiene cuerpo (Jn 4:24). Sin embargo, los seres humanos reflejan los atributos de Dios, como la santidad, la sabiduría, el poder, el conocimiento y la justicia. Llevamos estos atributos a nivel de creaturas y de manera analógica. La conexión entre similitud y ser portadores de Su imagen aparece en Génesis 5:3, donde leemos que Adán «engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen». Génesis señala de forma sutil pero sorprendente que todos los humanos son hijos de Dios porque llevan Su imagen y semejanza. El hecho de que Dios haya investido a los humanos con Su imagen no es poca cosa, ya que el salmista lo caracteriza como una tremenda bendición:

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que tú has establecido,
digo: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes,
y el hijo del hombre para que lo cuides?
¡Sin embargo, lo has hecho un poco menor que los ángeles,
y lo coronas de gloria y majestad!
Tú le haces señorear sobre las obras de tus manos;
todo lo has puesto bajo sus pies (Sal 8:3-6).

TEOLOGÍA Y ÉTICA

Cuando reunimos estos datos bíblicos para formular nuestra comprensión teológica de la relación entre ser portadores de Su imagen y la ética, salen a la luz grandes verdades. Debemos considerar a los seres humanos en el contexto más amplio de la creación para apreciar la naturaleza de lo que implica ser portadores de Su imagen. Juan Calvino caracterizó la creación como un espejo de la divinidad de Dios, discernible desde la arquitectura del mundo. Calvino tenía en mente pasajes como estos: «Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa» (Rom 1:20) y «Los cielos proclaman la gloria de Dios y la expansión anuncia la obra de sus manos» (Sal 19:1). En particular, el salmista pasa de la creación más amplia a la ley de Dios: «La ley del SEÑOR es perfecta, que restaura el alma» (v. 7). La creación y la ley de Dios van de la mano, pues la creación refleja el ser y los atributos de Dios. Lo que es cierto de la creación mayor es también cierto de los seres humanos. Según Calvino, el ser humano es una creación microcósmica que refleja al Creador. Tanto la creación macrocósmica como la microcósmica reflejan a su Creador. Herman Bavinck afirma que toda criatura es una encarnación del pensamiento divino, pero los seres humanos en particular son la más rica autorrevelación de Dios, ya que solo ellos llevan Su imagen divina.

Una imagen de la relación estrecha entre el ser portadores de Su imagen y la ley aparece en los templos de Dios. Tanto en el tabernáculo del desierto como en el templo salomónico, el arca del pacto descansaba en el lugar santísimo. ¿Y qué contenía el arca? La vara de Aarón, una vasija de maná y las «tablas del pacto», la ley (Ex 16:33-3425:16Nm 17:101 Re 8:92 Cr 5:10Heb 9:4). El último templo de Dios también contiene Su ley: Su morada final es la Iglesia, el pueblo de Dios. Nuestros cuerpos individualmente son el templo del Espíritu Santo (1 Co 6:19), y colectivamente el pueblo de Dios es el «templo del Señor», «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular» (Ef 2:20-21). Cuando Dios redime a Su pueblo, lo incorpora a Su templo, la Iglesia, y escribe Su ley en sus corazones (Jer 31:33Heb 8:1010:16). Pero cuando Dios redime a los pecadores, no escribe una ley diferente en sus corazones, sino que restaura el conocimiento de Su ley al eliminar las manchas y la distorsión del pecado y les da un corazón nuevo. En otras palabras, en la redención Él recrea Su imagen y el conocimiento de Su ley en los corazones de los creyentes.

Pablo testifica del hecho de que todos los seres humanos poseen el conocimiento de la ley de Dios en virtud de su condición de portadores de Su imagen. En Romanos describe a los judíos como aquellos que tienen la ley de Dios, el Decálogo. Israel estuvo al pie del Sinaí y recibió la ley de Dios. Por el contrario, los gentiles, que no tienen la ley del Sinaí, «cumplen por instinto [o «por naturaleza», según otras traducciones] los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos» (Rom 2:14). Nota que Pablo dice que los gentiles por naturaleza —es decir, en virtud de su creación, de su condición de portadores de la imagen— hacen lo que la ley del Sinaí exige. ¿Cómo es eso? Ellos «muestran la obra de la ley escrita en sus corazones» (v. 15). Los gentiles no se pararon al pie del Sinaí para recibir la ley, pero Dios ha escrito Su ley en sus corazones (aquí se hace referencia a ella como a la «obra de la ley», para distinguirla de la ley recibida en el Sinaí). Los gentiles saben que deben adorar y honrar a Dios; honrar a los padres; no cometer asesinato, adulterio, robo o engaño; y no codiciar. Aunque todos los humanos han sufrido los efectos nocivos del pecado de Adán en todo su ser, todavía queda un grado suficiente de conocimiento de la ley de Dios que permite a los no creyentes conocer la diferencia entre el bien y el mal. Pablo explica que las conciencias de los gentiles dan «testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiendolos» (v. 15). Piensa, por ejemplo, en cuando Abraham permitió que Abimelec se llevara a Sara a su harén. Dios le advirtió a Abimelec que, sin saberlo, había tomado a la esposa de Abraham (Gn 20:2-3). Cuando el rey gentil se enfrentó a Abraham, le dijo: «me has hecho cosas que no se deben hacer» (v. 9). Aquí el pagano mostró mayor moralidad que Abraham, uno que fue salvado por Dios. Lo mismo puede decirse de los corintios, que se jactaban de un tipo de inmoralidad sexual «tal como no existe ni siquiera entre los gentiles, al extremo de que alguno tiene la mujer de su padre» (1 Co 5:1). Una vez más, los paganos practicaban una moral mejor que la de los cristianos corintios.

SIGNIFICADO

Teniendo en cuenta estos datos bíblicos y esta reflexión teológica, podemos concluir que los cristianos comparten un punto de contacto ético con los no creyentes. En virtud de nuestra creación a imagen y semejanza de Dios, no somos pizarras en blanco, como afirmaba John Locke, sino que tenemos la ley de Dios escrita en nuestros corazones. Lo que C.S. Lewis llamó en su día el Tao (el principio absoluto que sustenta el universo) o la ley natural que existe en cada ser humano. Lewis sostiene que ciertas actitudes son genuinas y otras son totalmente falsas. Los pueblos, a lo largo de la historia y en todo el mundo, comparten los mismos valores morales colectivos básicos. Usando las gafas de la Escritura para asegurarnos de que leemos correctamente la ley natural de Dios, podemos comprometernos con nuestros vecinos en tareas creativas comunes, sabiendo que tenemos un conocimiento ético compartido. También tenemos un punto de contacto con los incrédulos cuando evangelizamos y defendemos el evangelio frente a la incredulidad. Cuando apelamos a este conocimiento ético compartido, no capitulamos ante un razonamiento humano pecaminoso ni ante una norma moral humana, sino que apelamos a la ley de Dios escrita en el corazón de todas las personas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko

El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

Tesis #19 – La mayoría de las divisiones de la iglesia se han dado por nuestros egos agigantados

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 19

 La mayoría de las divisiones de la iglesia se han dado por nuestros egos agigantados

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

Tesis #19 para la iglesia evangélica de hoy: «La mayoría de las divisiones de la iglesia se han dado por diferencias debidas a nuestros egos agigantados» – Pastor Miguel Núñez

Basada en Juan 17:21 «Para que todos sean uno. Como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti, que también ellos estén en Nosotros, para que el mundo crea que Tú Me enviaste»

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Nuestra norma de autoridad

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Serie: La ética cristiana

Nuestra norma de autoridad

Por David B. Garner

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

Los especialistas intentan persuadirnos de que compremos su interpretación del mundo y sus convicciones sobre el bien y el mal. Nos dan consejos, nos hablan a los oídos, buscando un camino hacia nuestros corazones. Aunque como cristianos estamos equipados para pensar con la mente de Cristo, los «razonamientos persuasivos» aún pueden amenazar con llevarnos «cautivos», atrapando nuestras vidas en una red moral que no es «según Cristo» (Col 2:4-8).

Afortunadamente, navegar por la vida no depende de nosotros. Dios nos ha dado Su Palabra a través de Sus profetas y apóstoles. En Su Palabra, encontramos la razón de la creación y las promesas para el estado futuro de las cosas. Entendemos acerca de Dios, del hombre, del pecado y de la salvación. Dios nos revela Su amor soberano, Su perdón infatigable y Su gracia gloriosa. Descubrimos la divinidad, la dignidad, la depravación y la liberación. No solo nos dice por qué morimos; nos informa cómo vivir.

La Biblia no ofrece el sabio consejo de un amigo bien intencionado pero poco informado. Las Escrituras son la voz misma de Dios y «deben ser recibidas, porque son la Palabra de Dios» (Confesión de Fe de Westminster 1.4). La Escritura nos confiere la perfecta sabiduría de este Dios omnisciente y soberano y creador del universo, quien es, como proclama Su bondadosa Palabra, nuestro Padre celestial. Los «testimonios» de Dios son nuestros «consejeros» (Sal 119:24); Sus «mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos» (v. 98). Nuestro Pastor conduce Su rebaño a «verdes pastos» y «por el valle de sombra de muerte» (Sal 23:1-4). En Su Palabra, nuestro Padre expresa sin ambigüedad Su voluntad justa y llena de sabiduría para Sus hijos.

¿Pero qué pasa con el Antiguo Testamento? ¿Es relevante hoy en día? Uno podría preguntárselo, ya que hay paradigmas teológicos enteros que sostienen que la ley mosaica está esencialmente pasada de moda. Muchos afirman que el Antiguo Testamento es, bueno, antiguo, y por tanto es para una época anterior. Cualquier afinidad contemporánea con él es una tontería, ya que sería como buscar refrescarse en un pozo seco. Después de todo, ¿no se alegra el apóstol Pablo de que «Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Rom 10:4)?

Sí. Jesús es, en efecto, el fin (de la palabra griega telos) de la ley. En eso nos alegramos con el apóstol. Pero ¿cómo debemos entender a Cristo como «el fin de la ley» y qué es lo que Pablo celebra realmente? ¿Deja Pablo a Moisés en el polvo y ve el Antiguo Testamento como una tierra estéril? ¿Acaso Jesús, como agua viva, disuelve la ley moral y sus requisitos obligatorios? No, porque el hecho de que Jesús sea el fin de la ley significa que Él es el objetivo de la ley, Aquel a quien apunta y que la cumple para que nosotros podamos cumplirla en agradecimiento a Su gracia gratuita.

EL FIN DE LA LEY

De manera armoniosa, Moisés, Jesús y Pablo refuerzan la instrucción divina dada a Adán en el jardín del Edén de que solo el que obedece la ley vivirá; el que la desobedece morirá (Gn 2:15-17). El Señor soberano reitera este punto claramente a Moisés: «Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis leyes, por los cuales el hombre vivirá si los cumple; yo soy el SEÑOR» (Lv 18:5). Pablo abraza la relevancia permanente de este principio de vida y muerte: «Porque Moisés escribe que el hombre que practica la justicia que es de la ley, vivirá por ella» (Rom 10:5).

Vivimos en el mundo de Dios. Vivimos ante Él y para Él. Y todos lo sabemos. Incluso los gentiles que carecen del beneficio de la ley escrita reconocen su responsabilidad ante Dios como portadores de Su imagen, como aquellos que tienen la ley «escrita en sus corazones» (Rom 2:15). Antes de que los Diez Mandamientos de Dios estuvieran inscritos en tablas, Su ley instruía al corazón humano. La autoconciencia es una conciencia divinamente diseñada que, en el fondo, conoce los fundamentos de la ley moral de Dios (Rom 1:18-20). 

Al considerar nuestra responsabilidad moral, no nos encontramos con un código legal rígido, sino con el Dios personal. «Pues el que dijo: No cometas adulterio, también dijo: No mates» (Stg 2:11, énfasis añadido). La ley escrita codifica los mandatos personales del Creador. Cristo da mayor claridad a los mandatos de Dios, ya que Él, que se deleitó en la voluntad de Su Padre (Jn 4:34), extrae toda la profundidad y el alcance de las exigencias de la ley sobre nosotros (ver Mateo 5-7). La Confesión de Fe de Westminster 19.1 resume estas exigencias de forma clara: «obediencia personal, completa, exacta y perpetua» en pensamiento, palabra, obra, motivo y meta.

Estas fecundas exigencias de la ley contrastan con la decadencia del hombre a lo largo de la historia de la humanidad que asegura su muerte. Cada iteración de la revelación bíblica agudiza la perdición del hombre: «La Escritura lo encerró todo bajo pecado» (Gal 3:22). Pero la espiral descendente de la rebelión se ve contrarrestada por la anticipación en la progresión del Antiguo Testamento, que asegura la llegada de un Hijo que cumpliría de una vez por todas la ley de Dios.

Este Hijo tan esperado, como atestiguan uniformemente los Evangelios, no es otro que Jesús de Nazaret. Nacido bajo la ley (Gal 4:4), el Hijo de Dios fue el único que la cumplió plenamente. Al observar sus exigencias más profundas, cumplió perfectamente la ley de Su Padre (Mt 5:1748). Sin embargo, este Hijo perfecto, en lugar de entrar en la vida, muere. ¿Cómo, con la inquebrantable promesa bíblica de vida por la obediencia a la ley de Dios, puede morir este Hijo perfecto?

Aquí reside el tesoro del santo evangelio: su gracia, su gloria y su llamado a la justicia. El perfecto legislador se convirtió en el perfecto guardián de la ley, y sin embargo sufrió la maldición de la ley como transgresor de la misma a causa de la desobediencia voluntaria, personal, completa, exacta y perpetua de Su pueblo. Nuestra cabeza del pacto, el Señor Cristo, sufrió, sangró y murió por nosotros. «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él» (2 Co 5:21). 

Al guardar la ley, el Hijo obedeció el mandato moral de Su Padre para asegurar el propósito de Su Padre: redimir y consagrar a Su pueblo elegido. La fidelidad intachable a la ley y el pleno sometimiento a las sanciones punitivas de la ley lo calificaron como Mediador y Libertador del pueblo de Dios. Vivió, murió y resucitó para que Su pueblo pudiera vivir. Vindicado por el Padre en Su resurrección de entre los muertos, el Salvador da a Su Iglesia Su poder santo y vivificante de la resurrección (Ef 1:15-23). Por medio de Su Espíritu, Cristo asegura que seremos «santos y sin mancha delante de Él» (v. 4) y vivamos como «Pueblo Santo, redimidos del SEÑOR» (Is 62:12), el pueblo en el que habita ricamente la Palabra de Dios (Col 3:16).

LA LEY Y LAS CEREMONIAS

¿Pero qué pasa con las ceremonias religiosas que Dios dio a Su pueblo del Antiguo Testamento? Si la ley es nuestra guía santa, ¿debemos seguir teniendo un altar en nuestra iglesia, un sacerdote que proporcione sacrificios diarios y un calendario que guarde las fiestas y los festivales?

En cierto sentido, sí, deberíamos. Y, de hecho, lo hacemos, de una manera más esplendorosa que la que experimentaron nuestros antepasados del Antiguo Testamento. Las ceremonias religiosas del Antiguo Pacto nunca fueron concebidas para operar a perpetuidad o como un fin en sí mismas, sino que fueron instituidas con miras a su culminación, su fin en Aquel que derramaría Su vida para llenar hasta el desborde los vasos religiosos y tipológicos de la ley.

Las actividades de adoración del antiguo pacto tenían a Cristo como meta. Es decir, cada mandato —las fiestas, los festivales, los sacrificios y el contenido del tabernáculo/templo— tenía como objetivo a Cristo. El ceremonial del Antiguo Testamento era temporal porque era anticipatorio. Cuando Jesús completó Su obra, la ley ceremonial llegó a su fin, no porque las prácticas fueran inútiles, sino precisamente porque Él era su objetivo. Cristo era la anticipación de la ley; Cristo es su fin, su meta. En la medida en que adoramos al Cristo de la Escritura, el Hijo de Dios que es el fin o la meta de la ley, cada elemento de la ceremonia del Antiguo Pacto es nuestro en abundancia permanente.

LA PALABRA VIVA Y PERMANENTE

Entonces, todo cristiano del Nuevo Testamento es un cristiano del Antiguo Testamento. La santidad a la que Cristo nos llama está definida por la ley. Ninguna otra norma servirá. Para decirlo de otro modo, el Hijo de Dios obedeció la ley, de modo que los hijos de Dios son, por el Espíritu de Cristo resucitado, hechos vivos y llamados y equipados para obedecer la ley. Cristo, pues, es el fin de la ley para nosotros, de modo que, por Su Espíritu, alcanzará el fin de la ley en nosotros. Sin la santidad de Cristo, según la norma autorizada revelada por Dios, nadie —en ninguna época de la historia humana— verá al Señor (Heb 12:14).

La Palabra de Dios «vive y permanece» y «permanece para siempre» (1 Pe 1:2325). Su Palabra da vida (Sal 119:25). Despreciar los mandatos morales de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento es despreciar no solo la Palabra de Dios, sino también al Cristo de Dios. Oponerse a la ley de Dios en cualquier forma es oponerse al Salvador en toda forma; el espíritu antinomiano, que dice que la ley moral no es de ninguna manera obligatoria, es un espíritu anticristo. Por el contrario, el alma de la persona santificada se deleita en Cristo y en la ley que Él ama. Como hijos de Dios plenamente perdonados y justificados, estamos por gracia revestidos con las ropas de Su justicia, no con las galas de la rebelión. Estamos cubiertos generosamente con la justicia sin costuras de Cristo, no con la tela de la ambigüedad moral o la indiscreción.

Así, Cristo nos ha revestido de tales relucientes vestiduras de justicia para que caminemos según Su Espíritu (Rom 8:9-17Gal 5:16-26). Al compás de nuestro Salvador, Señor y Hermano que vive y da vida, el pueblo de Dios resuena afectuosamente con Su voz: «Me acuerdo de tus ordenanzas antiguas, oh SEÑOR, y me consuelo» y «¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Sal 119:5297).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David B. Garner
David B. Garner

El Dr. David B. Garner es decano académico, vicepresidente de ministerios globales y profesor asociado de teología sistemática en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia y anciano docente de la Presbyterian Church in America. Es autor de Sons in the Son y How Can I Know for Sure? [Hijos en el Hijo y ¿Cómo puedo saber con seguridad?].

Evidencias de un verdadero arrepentimiento (2)

Iglesia Bautista Ozama

SERIE: Evidencias de un verdadero arrepentimiento

Evidencias de un verdadero arrepentimiento (2) – Hechos 2:37-42

Otto Sánchez

Rolando Otoniel (Otto) Sánchez Pérez, nació el 24 de febrero del año 1966 en la ciudad de Santo Domingo. Viene de un hogar cristiano y conoció la gracia de Jesucristo en su adolescencia.

Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama desde el año 1992. Sus primeros estudios universitarios fueron en el área de Publicidad. Realizó estudios ministeriales en el Seminario Teológico Bautista Dominicano. Tiene una Maestría en Teología del Southern Baptist School for Theological Studies.

El pastor Otto está dirigiendo el STBD (Seminario Teológico Bautista Dominicano) desde enero del 2008. Está casado con Susana Almanzar y tienen dos niñas, Elizabeth Marie y Alicia.

http://www.ibozama.org

51 – ¡El gran final! | Romanos 16:17-27 

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Serie: Romanos

51 – ¡El gran final! | Romanos 16:17-27 

Ps. Sugel Michelén

El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/

Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI) para América Latina. El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.

http://www.ibsj.org

Tesis #17 – Mientras la mies no sea recogida, la tarea misionera no será completada

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 17

 Mientras la mies no sea recogida, la tarea misionera no será completada

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

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10. La incomprensibilidad de Dios

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

2. LA NATURALEZA Y LOS ATRIBUTOS DE DIOS

10. La incomprensibilidad de Dios

R.C. Sproul

Durante un seminario en los Estados Unidos, un estudiante le preguntó al teólogo suizo Karl Barth: «Dr. Barth, ¿cuál ha sido lo más profundo que usted ha aprendido en su estudio de la teología?»

Barth pensó por un momento y luego contestó: «Cristo me ama, bien lo sé, en la Biblia dice así». Los estudiantes se rieron de su respuesta tan simplista, pero su risa se tornó algo nerviosa cuando pronto advirtieron que Barth lo había dicho muy en serio.

Barth dio una respuesta sencilla a una pregunta muy profunda. Al hacerlo estaba llamando la atención a por lo menos dos nociones fundamentalmente importantes. (1) En la más sencilla de las verdades cristianas reside una profundidad que puede ocupar las mentes de las personas más brillantes durante toda su vida. (2) Que aun dentro de la sofisticación teológica más académica nunca nos podremos elevar más allá del entendimiento de un niño para comprender las profundidades misteriosas y las riquezas del carácter de Dios.

Juan Calvino utilizó otra analogía. Dijo que Dios nos habla como si estuviera balbuceando. De la misma manera que los padres les hablan a sus hijos recién nacidos imitando el balbuceo de los bebés, así Dios cuando desea comunicarse con los mortales debe condescenderse y hablarnos con balbuceos.

Ningún ser humano tiene la capacidad para entender a Dios exhaustivamente. Existe una barrera infranqueable que impide un entendimiento completo y exhaustivo de Dios. Somos seres finitos; Dios es un ser infinito. Y ahí radica el problema. ¿Cómo puede algo que es finito comprender a algo que es infinito? Los teólogos medioevales tenían una frase que se ha convertido en un axioma dominante en cualquier estudio de teología. «Lo finito no puede aprehender (o contener) a lo infinito.» No hay nada que resulte más obvio que esto, que un objeto infinito no puede ser introducido dentro de un espacio finito.

Este axioma contiene una de las doctrinas más importantes del cristianismo ortodoxo. Se trata de la doctrina de la incomprensibilidad de Dios. Este término puede no ser bien entendido. Puede sugerir que como lo finito no puede «aprehender» a lo infinito, entonces es imposible llegar a conocer nada sobre Dios. Si Dios está más allá del entendimiento humano, ¿no sugiere eso que toda discusión religiosa no es más que mero palabrería teológico y que entonces, como mucho, solo nos queda un altar a un Dios desconocido?

Por supuesto que esto no es la intención. La incomprensibilidad de Dios no significa que no sabemos nada sobre Dios. En realidad significa que nuestro conocimiento será parcial y limitado, que nunca podremos alcanzar el conocimiento total y exhaustivo de Dios. El conocimiento que Dios nos da sobre sí mismo mediante la revelación es verdadero y útil. Podemos conocer a Dios en la medida que Él decida revelarse a sí mismo. Lo finito puede «aprehender» a lo infinito, pero lo finito no podrá nunca contener a lo infinito en sus manos. Siempre habrá algo más de Dios que lo que podamos aprehender.

La Biblia expresa esto mismo de esta manera: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre» (Deut. 29:29). Martín Lutero hizo referencia a los dos aspectos de Dios – el secreto y el revelado. Una porción del conocimiento divino permanece oculta a nuestros ojos. Trabajamos a la luz de lo que Dios nos ha revelado.

Resumen

1. Hasta las verdades cristianas más sencillas contienen un profundo significado.

2. Independientemente de lo profundo que pueda ser nuestro conocimiento teológico, siempre habrá mucho sobre la naturaleza y el carácter de Dios que seguirá siendo un misterio para nosotros.

3. Ningún ser humano puede tener un conocimiento exhaustivo sobre Dios.

4. La doctrina de la incomprensibilidad de Dios no significa que no podemos llegar a conocer nada sobre Dios. Significa que nuestro conocimiento está restringido, limitado por nuestra humanidad.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Job 38: 1-41:34

Ps. 139:1-18

Is. 55:8-9

Rom. 11:33-36

1 Cor. 2:6-16

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

¿No te harás imagen?

Ministerios Ligonier

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

¿No te harás imagen?

Por Robert Letham

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

n el año 726, la orden del emperador León de destruir la imagen de Cristo en el palacio imperial produjo una revuelta y la Iglesia oriental quedó sumergida en una larga y agresiva controversia. No fue hasta que la emperatriz Irene convocó el Segundo Concilio de Nicea en el año 787 que la controversia se resolvió a favor de las imágenes. Incluso, luego de esto, surgió un reavivamiento de la iconoclasia y solo en el año 843 el patriarca de Constantinopla, San Metodio, dio fin a la agitación, ocasión que, desde ahí en adelante, se conmemora como la «Fiesta de la Ortodoxia». Esta controversia fue despiadadamente violenta. Los monjes eran azotados hasta la muerte públicamente o se les cortaban las fosas nasales. Uno de ellos fue hecho trizas por una turba mientras que el patriarca Constantino de Constantinopla fue decapitado públicamente. El papado se vio obligado a aliarse con los francos en lugar de con Oriente, ya que la iconoclasia era una realidad ajena en Occidente.

¿Qué causó estas convulsiones? Durante el siglo anterior, las imágenes comenzaron a ser consideradas ventanas al mundo espiritual de manera progresiva. Los íconos de Cristo y de los santos se convirtieron en objetos de devoción, promovidos activamente por la Iglesia. El Concilio Quinisexto, celebrado en el año 692, decretó que Cristo debía ser representado de forma humana «para que de esta manera percibamos la profundidad de la humillación de Dios». Leoncio de Nápoles consideraba a las imágenes de Cristo como una extensión, una recreación, de la encarnación.

Los iconoclastas objetaron. El emperador Constantino V alegó que si una imagen solo presenta la naturaleza humana de Cristo, entonces separa su humanidad de su persona. Si retrata a Cristo en sus dos naturalezas, su deidad es reducida al nivel de la humanidad. La única imagen verdadera de Cristo es la que Él nos dio: la eucaristía. Constantino V, en el año 754, convocó un concilio en el que condenó las imágenes al considerarlas blasfemias contra la encarnación.

Cuando la emperatriz Irene ascendió al poder de facto, convocó un concilio en el año 787. En este, se ordenó la restauración de las imágenes, ya que estas mostraban la realidad de la encarnación. A las imágenes se les debía rendir «reverencia honorable, no la verdadera adoración de la fe que le pertenece solamente a la naturaleza divina… ya que el honor que se le rinde a la imagen es transmitido a lo que la imagen representa, y el que reverencia a la imagen reverencia en ella al sujeto representado». El concilio anatemizó a cualquiera que igualara a las imágenes con los ídolos.

Este concilio suscitó la oposición del reino de los francos, que recientemente había adquirido poder. Carlomagno ordenó que se escribieran los Libri Carolini, que argumentaban que solo Dios puede ser adorado. El principio de que se le rinde veneración a la imagen debido a su relación con lo que originalmente representa es falso y engaña a la gente sencilla. Estos libros rechazaban tanto al concilio iconoclasta del año 754 como al iconódulo Segundo Concilio de Nicea (partidario de las imágenes). La emperatriz Irene no tenía derecho a enseñar a los hombres ni a convocar un concilio. Sin embargo, los iconoclastas no apreciaban la distinción iconodulia entre latria (adoración) y proskunesis (veneración de imágenes). En latín solo existía una palabra —adoro— para traducir ambos términos, y parecía implicar adoración idólatra.

Hasta el día de hoy, la principal característica de la Iglesia ortodoxa oriental es el iconostasio, una pantalla de gran altura que cubre toda la sala hacia el frente. El iconostasio divide al santuario —la parte que está tras él— de la congregación. Solo el clero puede entrar al santuario; no puede acceder ninguna mujer. El santuario simboliza el mundo divino. La nave, el lugar donde está la congregación, es la imagen del mundo humano y todo lo que hay en él. A pesar de estar divididos por el iconostasio, estos dos lugares se consideran partes de un todo, el lugar donde el cielo y la tierra se encuentran. En el iconostasio mismo, que se halla entre el cielo y la tierra, hay varios niveles de íconos que representan una gran nube de testigos y simbolizan a la Iglesia en su desarrollo hacia la eternidad.

La teología de las imágenes. Entre los años 726 y 730, Juan Damasceno emergió como el principal teólogo iconódulo. Distinguió cuidadosamente entre la adoración (latria), que se le debe solo a Dios, y la veneración (proskunesis) en sus distintos grados, señal de la subordinación y humildad del que venera. Juan insistió en que adoremos solo a Dios.

Juan argumentaba que hacer una imagen del Dios invisible sería un grave error, pero que una imagen del Dios encarnado es diferente, ya que Cristo asumió un cuerpo humano. Los cristianos, decía él, no viven bajo el antiguo pacto que prohibía las imágenes, sino bajo la nueva era de la gracia. El hombre mismo es la imagen de Dios. Sostener que las imágenes no son permisibles, según Juan, es decir que la materia es mala. Las imágenes sagradas son medios de instrucción en la fe, memoriales de las vidas de los cristianos, incentivos para vivir una vida piadosa y canales de gracia en virtud de su poder sacramental. El Hijo es la idéntica imagen del Dios invisible; la naturaleza creada del hombre es una copia de la de Dios, que no es creada; la creación refleja sutilmente lo divino.

Todo el mundo es icónico. Una imagen, escribe Juan, es una semejanza de la cosa imaginada, pero también hay una disimilitud entre la imagen y el original, ya que son cosas diferentes. Necesitamos imágenes, argumenta Juan, debido a que somos seres físicos para los cuales el mundo espiritual es un misterio. Los íconos nos proporcionan una ventana hacia este mundo, una ayuda en el camino de la salvación. Dios por naturaleza no tiene cuerpo pero, según Juan, Dios nos dio semejanzas e imágenes de acuerdo a la analogía de nuestra naturaleza corporal. Esto supone una concepción semiótica del universo en la que el ser humano es capacitado para entender la realidad invisible y espiritual a través de señales visibles al combinar lo terrenal y lo espiritual.

Anteriormente, en el siglo IV, Gregorio de Nisa había sostenido que la revelación visible de Dios en la creación es superior a la revelación verbal, ya que él pensaba que el lenguaje es inherentemente ambiguo y, por lo tanto, inapropiado para describir a Dios. Por otro lado, la creación indica Su existencia de forma positiva. Así, la cuestión de las imágenes conlleva preguntas más profundas y trascendentales con respecto a la revelación de Dios.

Asuntos en juego. Oriente acepta que la adoración de imágenes estaba prohibida en el antiguo pacto, pero sostiene que las imágenes eran objeto de veneración. Si todas las imágenes estaban prohibidas, dicen ellos, no podría haber habido querubines sobre el propiciatorio y el arca del pacto.

La encarnación ha cambiado el panorama de forma crucial. Dios el Hijo ha asumido una naturaleza humana, incluyendo un cuerpo, en una unión personal permanente. Dios ahora tiene una forma humana, permanente y visible. La encarnación, de acuerdo con la Iglesia oriental ortodoxa, no solo justifica el uso de imágenes, sino que lo requiere. Afirmar lo contrario es cuestionar la realidad de la encarnación e insinuar que la humanidad del Hijo no es eterna y permanentemente real. También supone que lo espiritual y lo material se oponen entre sí.

Los iconoclastas, por su parte, insistieron en que las imágenes eran idólatras y estaban prohibidas por el segundo mandamiento. De hecho, afirmaron que la pérdida de los territorios orientales, que cayeron bajo dominación musulmana, fue el juicio de Dios por la idolatría.

Inquietudes reformadas. Los cristianos reformados tienen varios problemas con las imágenes, principalmente con su presencia en el contexto de la adoración como el elemento visual más prominente en la iglesia. Esto, en el mejor de los casos, produce ambigüedad. En segundo lugar, el punto crucial tiene que ver con las imágenes de Cristo. El Catecismo Mayor de Westminster, en su pregunta 109, se opone a las imágenes de la Trinidad y, por extensión, a las imágenes de Cristo, ya que Cristo es el eterno Hijo encarnado. Sin embargo, los pasajes que sustentan la doctrina se refieren a la adoración israelita de dioses falsos por medio de objetos materiales, contexto diferente al de la iconografía oriental. Además, el catecismo no rechaza las imágenes de los santos, ya que estas no están vinculadas con la adoración.

De acuerdo con la Iglesia ortodoxa oriental, las imágenes de Cristo no solo están permitidas, sino que son requeridas a la luz de la encarnación. Oponerse a las imágenes de Cristo es negar la realidad de la encarnación: Su humanidad no sería real, sino solo aparente, lo que constituye la herejía del docetismo. Sin embargo, hacer una imagen de Cristo es abstraer Su humanidad de Su persona (el Hijo eterno) y, de esta forma, es caer en el nestorianismo. Aquí la Iglesia ortodoxa oriental, que vehementemente niega el nestorianismo, afirma que la persona de Dios el Verbo encarnado es la que aparece en la imagen y que esta no es una representación de Dios, ya que el Verbo es visible como hombre. Además, hay una semejanza y una diferencia entre la imagen y lo que ella representa, que es evidente en el hecho de que se sostiene que las imágenes muestran a la naturaleza humana transfigurada con belleza divina. La imagen no es una representación de la Deidad, sino que indicaría la participación de una persona determinada en la vida divina.

En qué estamos de acuerdo. La teología reformada también cree en las imágenes. La idea de la imagen (eikôn) es una categoría bíblica: el hombre es hecho a imagen de Dios y Cristo es la imagen del Dios invisible. Sin embargo, más allá de esto, todo es icónico para los reformados. Dios ha impreso la evidencia de Su propia belleza y gloria en toda la creación. «Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de sus manos» (Sal 19:1).

Lo que hizo el calvinismo fue dar lugar a esta apreciación terrenal de la belleza. Al eliminar el arte y las esculturas de la adoración eclesiástica, las llevó al mundo, situando lo estético en el contexto de la revelación general como el testigo de Dios en el mundo y no como el foco de la adoración de Dios en la Iglesia. El resultado fue el tremendo florecimiento de la creatividad en la cultura posterior a la Reforma, creatividad que no se centró en el dominio sobrenatural de los ángeles y los demonios, sino en el mundo alrededor nuestro que refleja la gloria y la belleza de Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Letham
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El Dr. Robert Letham es profesor de teología sistemática e histórica en la Union School of Theology de Gales. Es autor de numerosos libros, entre ellos The Holy Trinity y Union with Christ.

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Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

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